Luis Lacy y Gauthier.

lacy
Luis Lacy y Gauthier (San Roque (Cádiz), 11 de enero de 1772 – fusilado en el Castillo de Bellver, Palma de Mallorca.
Era hijo de Patrick de Lacy Gould, militar español de origen irlandés. También los Gauthier, de origen francés, eran militares en el ejército español.
Luis se alistó en el ejército a la edad de 13 años en el llamado entonces «Regimiento de Borgoña», que zarpaba para Puerto Rico con sus tíos maternos Juan y Francisco Gauthier, o también en documentos como Gautier, y a los 14 era subteniente de Infantería, dando señas de carácter intrépido e insubordinado.
Participa en 1794, con 22 años, como capitán de infantería, en la campaña del Rosellón. Por algunos líos de faldas que tuvo en un destino en Canarias, fue expulsado temporalmente del ejército y desterrado a la isla de El Hierro; en 1803, se alista en el ejército francés para luchar en Alemania en la Legión Irlandesa.
Ya en 1803 Napoleón necesitaba la escuadra española contra Inglaterra. Trafalgar fue la respuesta. La destrucción de la flota española significó el fin del poderío y del Imperio.
En 1808 las tropas de Napoleón ocupaban Pamplona y Barcelona y se aproximaban hacia Madrid, y en estas tropas se encontraba Luis Lacy, cuya unidad en la cual se encontraba encuadrado el ya comandante Lacy, era una de las que tenía como objetivo la conquista de la capital. Ante esta perspectiva, Luis Lacy desertó y se encaminó hacia Sevilla, presentándose ante la Junta, siendo admitido con el grado de capitán y al poco como teniente coronel.
Dos concepciones políticas pertenecientes a dos siglos contrapuestos se enfrentaban claramente en el país. Aquellos que, como Luis Lacy, eran conscientes de la situación real europea y aquellos que, como Carlos IV y su hijo Fernando VII, continuaban instalados en el cuadro de Goya, y no veían razón alguna para alterar su situación, aferrándose al mantenimiento de sus privilegios hereditarios.
El plan de Napoleón, por su parte, consistía en atraer a toda la familia real española a Bayona, en Francia, creyendo Fernando que la ocasión le sería propicia para ser nombrado rey suplantando a su padre, cuando en realidad el emperador francés ya había decidido dar a España un príncipe de su sangre.
Y así comenzó la Guerra de la Independencia, con la insurrección del 2 de mayo y los fusilamientos del 3, inmortalizados igualmente por Goya. Estos sucesos sirvieron a Napoleón para precipitar en Bayona las renuncias a la corona de España, primero de Fernando y luego de Carlos IV.
Napoleón, ya en Madrid, se puso a reorganizar España, sin para nada consultar con su hermano José, aboliendo la Inquisición, y suprimiendo muchos conventos, de cuyos bienes se incautaba. Los problemas europeos obligaron luego a Napoleón a ausentarse de España sin haberla realmente conquistado.
Aquellos que como Luis Lacy habían optado por la modernidad dieron lugar a las Cortes de Cádiz, como se describe en la Historia de España del profesor Tuñón de Lara que al parecer nuestra Universidad descartó en su día. En cualquier caso, España dejaba de ser una monarquía absoluta de derecho divino, estableciéndose como monarquía moderada hereditaria. Desgraciadamente Napoleón firmó en 1813 con Fernando VII el Tratado de Valençay, por el que le restituía la corona, devolviéndole la condición de rey, sin el intermedio de las Cortes, lo que equivalía a una renovación del absolutismo, lo que disgustaba a aquellos que como Luis Lacy exigían el respeto a las Cortes de Cádiz. Este había sido nombrado capitán general de Cataluña, para luego en 1813 encontrarse como capitán general de Galicia, dando muestras constantes de su oposición al absolutismo retrógrado de Fernando VII, cuando ante la temida vuelta de éste último se confirmó, en efecto, el restablecimiento del Antiguo Régimen, de carácter absolutista.
En 1816 Luis Lacy se trasladó a Cataluña donde puesto en contacto con Milans del Bosch (el antecesor de todo lo contrario), y otros compañeros, trazó un pronunciamiento para marchar con las tropas que se hallaban en su comarca, sobre Barcelona para proclamar la Constitución que tan ostensiblemente violaba Fernando VII. El pronunciamiento fracasó. Milans del Bosch pudo escapar hacia los Pirineos, mientras que el general Lacy fue hecho prisionero por unos payeses cuando estaba a punto de embarcar, en Blanes. El general Lacy fue juzgado en Barcelona y fusilado en los fosos del castillo de Bellver el 5 de julio de 1817. Tanto Lacy cocmo Castaños pertenecian a la masonería, Castaños obediente de Fernando VII sometió a su compañero a un juicio sumarísimo dando un curioso sentido a la pena condenatoria, pues dice,
“Considerando sus distinguidos y bien notorios servicios a en este principado y con este mismo ejército que formó, y siguiendo los paternales impulsos de nuestro benigno soberano, es mi voto que el teniente general Lacy sufra la pena de ser pasado por las armas”.
En 1820 por una orden real se proclamó que “se devolvieran al general Lacy todos los honores, mandando colocar su nombre en el salón de Cortes como muerto en un patíbulo por la Constitución”. El cuadro de La familia de Carlos IV mantenía toda su vigencia al recuperar Fernando VII su Antiguo Régimen al ser liberado por los 100.000 hijos de San Luis que su tío Luis XVII le había mandado desde Francia.

______________________________

lacy2

Durante la Guerra de la Independencia, y ateniéndose
al primer Reglamento de la Orden de San Fernando, únicamente
se concedieron dos Grandes Cruces, en mayo de
1813 al general español don Luis de Lacy y Gauttier,
por las acciones libradas en Igualada (Barcelona) y
sus inmediaciones los días 5 y 8 de octubre de 1811.

 

Revuelta de las Alpujarras.

Banner
En la ciudad de Granada y en la parte oriental del reino sobrevivía una sociedad musulmana autóctona numerosa. -y en aumento- y con su propia clase dirigente. Desde el punto de vista político, el reino de Granada fue simplemente anexionado a Castilla en 1492 y no conservó ningún tipo de autonomía. De hecho, la intención de Castilla era absorber y asimilar Granada lo más rápidamente posible, sin conservar nada de su autonomía y despreciando el tratado de capitulación concertado con Boabdil. Concluida su reconquista se instalaron señores cristianos en sus tierras ricas, bien dotadas de infraestructuras agrarias y bien cuidadas.
Pronto los siguieron oficiales y eclesiásticos todos dispuestos a sacar el mayor provecho de aquel rico reino. Se produjo así una situación de «colonialismo» dentro de la propia España: unos colonos nuevos, una población sometida a una opresión civil y militar. También los moriscos tenían sus protectores, como el virtuoso Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, que dedicó su vida a convertir a los musulmanes mediante métodos benevolentes y respetuosos con su cultura, y la familia Mondéjar, cuyos miembros desempeñaban, por herencia, el cargo de capitán general de Granada, y que frecuentemente arriesgaron su cargo y su reputación en la defensa de los moriscos. Pero la política oficial no era todo lo coherente que cabría esperar, los moriscos fueron perseguidos frecuentemente y sólo podían librarse de esta persecución a cambio de importantes subsidios de sus ambiciosos gobernantes.
La economía de los moriscos de Granada, como lo había sido durante su época que había sido un reino musulmán, descansaba básicamente en el comercio de la seda con Italia. Granada, al igual que Almería y Málaga, tenía talleres que producían finas sedas en telares en la mayor parte de los pueblos. La seda era prácticamente el único cultivo comercializable de las región de las Alpujarras. La producción y la manufactura de la seda era una importante fuente de impuestos que la Hacienda exploto al máximo y los moriscos como forma de comprar el favor real entregaban a regañadientes como forma de proteger su integridad física. A partir de 1559 los agentes empezaron una cruzada con la intención de comprobar todos los títulos de propiedad con el fin de reclamar la mayor parte de las tierras para la corona. Esta estratagema fue muy dañina para los moriscos que sólo podían recurrir en su defensa con títulos de propiedad árabes que eran despreciado en la campaña existente contra su lengua y cultura.
Sin embargo, no hay que atribuir únicamente a los castellanos de la responsabilidad en la crisis que sobrevino en las relaciones entre el Estado y los moriscos de Granada, y que llegó a su punto álgido en el decenio de 1560. En la costa mediterránea del Norte de África, Argel libraba una guerra religiosa y económica contra la Corona Hispánica. Los turcos se encontraban más lejos pero en todo el Mediterráneo se sentía su creciente poder que amenazaba con el dominio del mar y que ponía en peligro el comercio. Tras el sitio de Malta en 1565 el peligro de la presencia en el Mediterráneo occidental se incremento y durante todo el decenio existió tanto un incremento de la frecuencia y la dureza de los ataques corsarios contra la costa granadino, desde sus bases en Tetuan, Cherchell y Argel. En este contexto muchos existía una convicción de que estos actuaban con la ayuda de los moriscos que se encontraban en la Península. Se les acusaba de haber entrado en contacto con jerifes marroquíes, piratas de Tetuan e incluso con el sultán de Constantinopla, además de haber colaborado como espiás en la conquista de Malta. Puede ser que existiesen estos contactos pero, desde luego, se magnifico su importancia y llevo a pensar a muchos que con su colaboración se estaba llevando a cabo una operación concertada en la que Granada era el lugar elegido por los musulmanes para una invasión de la Península.
El Sitio de Malta de 1565. El Sitio de Malta, pintura de Egnazio Danti del siglo XVI (Museos Vaticanos). Al final de la península que forma el Monte Sceberras, ocupada por la artillería turca, se encuentra el fuerte San Telmo, donde todavía resisten los Caballeros de Malta (atención a las banderas). Al otro lado del Gran Puerto se puede ver Birgu y San Ángel (con una gran bandera de la Orden), asediado desde todos los puntos excepto por Senglea y San Miguel, al que le une un pontón y que también es atacado duramente desde Sceberras, además de por mar, dónde una empalizada marítima lo protege de la flota turca que, cargada de jenízaros, el 15 de julio, se hundió por los cañonazos recibidos desde San Ángel. Abajo a la izquierda, se muestra el plano de La Valeta —aquí denominada Melita, Malta en latín— coronada por San Telmo
En la seguridad interna también preocupaban porque muchos de los moriscos se habían convertido en bandoleros y piratas que asolaban aquellos territorios donde eran numerosos como Valencia y Andalucía, y donde actuaban con total impunidad y con el apoyo de la población, o al menos, eso es lo que se creía.
Por otro lado existía un odio visceral por parte de los cristianos viejos que se alimentaba ante la prosperidad del artesano y el comerciante moriscos, y por otro lado, la obstinación de estos por mantener su cultura y religión, el Corán y no la Biblia era el principal texto sagrado en Granada, cosa imperdonable en el contexto de una España profundamente cristiana.
Ante la tensión existente la Corona decidió pasar a la acción y no siempre de la mejor manera. La chispa de la rebelión morisca se produjo cuando en noviembre de 1566 el inquisidor general Diego de Espinosa preparó conjuntamente con Felipe II considerando que era el momento de atender las advertencias de Pío V. En efecto, el Papa había recibido al arzobispo Guerrero (cuya sede era la granadina) al concluir el Concilio de Trento, cuando el arzobispo pasó por Roma antes de su regreso a España. Y el Papa le hizo presente su extrañeza, por cuanto habiendo destacado como lo había hecho, como uno de los prelados más celosos por defender los principios tridentinos, era sin embargo el obispo que regía la diócesis menos cristiana de toda la Cristiandad. Algo que había que remediar urgentemente. Asunto que Guerrero expuso a Felipe II y lo cual debió de causarle un gran impacto, en su católica convicción El edicto imponía unas prohibiciones que atentaban en extremo contra la cultura morisca. Por la nueva disposición los moriscos de Granada estaban obligados a aprender el castellano en el plazo de 3 años, y a partir de entonces se consideraría delito hablar, leer o escribir el árabe en público o en privado. Se les exigía también que abandonaran sus vestimentas, sus apellidos moros, sus costumbres y sus ceremonias y se les prohibía la práctica del baño, so pretexto de que ofrecía la oportunidad de practicar las abluciones rituales prescritas en el Corán. El final de este edicto era acabar con cualquier vestigio del pasado musulmán de la península y que en sus reinos sólo existieran buenos cristianos. Primeramente, los moriscos que ya habían sufrido disposiciones semejantes creyeron que por medio del dinero podrían conseguir la suspensión del edicto. Su representante, Jorge de Baeza, se trasladó a Madrid para protestar ante Felipe II, mientras que su anciano notable Francisco Núñez Muley presentaba un memorándum a la Audiencia de Granada en el que manifestaba la lealtad de los moriscos, tanto en el presente como en el pasado. Pero día de Año Nuevo de 1567, Pedro de Deza, presidente de la Audiencia de Granada, promulgó el edicto y comenzó a imponer su cumplimiento.
Las negociaciones se prolongaron durante un año y, cuando los moriscos comprendieron la inutilidad de sus esfuerzos y que el edicto esta vez iba en serio explotó súbitamente todo su resentimiento reprimido y decidieron la insurrección una vez más. La fecha que eligieron fue el día de Nochebuena de 1568 y, aunque los insurgentes no consiguieron que se levantara el Albaicín rápidamente, extendieron la revuelta por las montañas de las Alpujarras, entre S. Nevada y la costa. De hecho, el auténtico núcleo de la rebelión estuvo en las montañas que extendería su influencia hacia las llanuras. Era fundamentalmente un movimiento rural, siendo menor la participación de las ciudades, donde la “integración” en la cristiandad era algo mayor.
Los moriscos de Granada buscaron apoyos en Valencia y enviaron misiones a los países norteafricanos, a Argel y Tetuán, y también a Constantinopla, en busca de ayuda y de apoyo militar. De Argel recibieron voluntarios, municiones y alimentos, que pagaron con el envío de prisioneros cristianos. Argel aprovecho el momento de desconcierto que suponía la rebelión para conquistar Túnez en 1570. El sultán Selim II también aprovecho la ocasión para progresar en el Mediterráneo oriental y cuando envió su tropa no fue en ayuda de los moriscos granadinos a los que consideraba sus aliados en las líneas enemigas, sino en cambio lo hizo para atacar a Chipre. Bajo estos datos podemos considerar que los moriscos recibieron más apoyo moral que un verdadero apoyo logístico y militar que podría haber hecho cambiar el desenlace de la revuelta.
La guerra de Granada sobrevino en un momento delicado para la Corona en que tenía serios problemas fuera de sus fronteros que le robaban los recursos necesarios para atajar la rebelión. Además, durante el primer año de las hostilidades, la indecisión de la táctica a adoptar contra los rebeldes ayudo a estos a hacerse fuertes. Alcanzar a los rebeldes en sus lugares recónditos de las montañas y aislar a sus aliados en la costa era una difícil misión para unas tropas acostumbradas a luchar en campo abierto, por otro lado, era muy difícil -por no decir imposible- bloquear la larga línea costera de territorio rebelde con sus innumerables calas y su fácil acceso para los barcos procedentes de Argel de donde recibían la poca ayuda que provenía del exterior. En esas circunstancias, la guerra se convirtió en una larga y confusa guerra de guerrillas, en las que predominó la ferocidad, nacida de la desesperación en los moriscos y de la debilidad entre los españoles. Los monfíes -bandoleros moriscos organizados en bandas y que actuaban en la Sierra Nevada- eran musulmanes fanáticos que asesinaban y torturaban a cuantos sacerdotes caían en sus manos, pero que sin embargo eran héroes ensalzados por una población oprimida por el cristiano vencedor. Un ejemplo de la virulencia de las operaciones está la toma de Serón por parte de los moriscos que se saldo con la muerte de 150 hombres y la esclavitud para 80 mujeres. Los cristianos tampoco escatimaban medios y el 3 de febrero de 1569 Francisco de Córdoba encabezo una fuerza de 800 hombres para conquistar el promontorio rocoso de Inox, cerca de Almería. Los cristianos consiguieron superar la resistencia de los moriscos y no tuvieron piedad. Mataron a 400 hombres, 50 fueron presos y enviados a galeras y esclavizaron a 2700 mujeres y niños. Sólo unos días más tarde, el marques de Mondéjar cuando capturó el fuerte de Guajar pasó por las armas a todos sus ocupantes, hombres y mujeres. En enero de 1570 se envió a D. Juan de Austria, hermanastro del rey, a luchar contra la rebelión- con tropas regulares italianas y de las comarcas orientales de la Península sustituyendo a la milicia andaluza- temiéndose que pudiera llegar la tan temida intervención musulmana desde el exterior. Se comenzó una política de expulsión de los moriscos de las tierras llanas con el fin de aislar a los rebeldes en las montañas y evitar su aprovisionamiento. Por decreto de junio de 1569, 3.500 moriscos fueron expulsados de la ciudad de Granada y dispersados por La Mancha. Los rebeldes de la montaña, privados de apoyo, perseguidos de manera implacable, tuvieron que rendirse en el transcurso del año 1570, siendo su líder Aben Abó traicionado y asesinado por sus propios seguidores.
El levantamiento había durado 2 años y había puesto en jaque al poderoso ejército y consumido los recursos de la Corona. Por tanto, las condiciones para la solución del conflicto tenían que ser duras, para evitar cualquier rebrote del conflicto. La única solución que pudieron aportar al conflicto, que continuaría en diferentes estadios hasta la expulsión de los moriscos en 1609, fue la deportación de estos a otras partes de los territorios peninsulares de la Corona. Se decidió deportar a todos los moriscos del reino de Gra­nada, hubieran participado o no en el levantamiento, en una medida extraordinariamente desproporcionada. El 28-10-1570 se dio la orden de evacuación, fijando D. Juan de Austria la fecha del 1 de noviembre para su resolución. Los moriscos, encadenados y esposados, fueron conducidos en largos convoyes hacia las ciudades y aldeas de Extremadura, Galicia, La Mancha y Castilla la Vieja, sin la menor consideración por su integridad física. El duro viaje invernal se cobró numerosas victimas y se cree que debieron perecer en el trayecto no menos de un 20%. A pesar de todo, la expulsión no fue total y en 1587 vivían todavía en Granada unos 10.000 moriscos. Medida tan rigurosa conllevaba un altísimo peligro; que los moriscos en su desesperación ofrecieran nuevos alzamientos. Para evitarlo, se disimuló la orden como un alejamiento provisional, de cara al invierno, poniendo como excusa que, al no haberse cogido cosecha alguna, el hambre sería general y sólo había una manera de ayudarles; llevarles a donde la guerra no hubiera dañado las cosechas. Así el comisario de Baza, Alonso de Carvajal, presentaba la solución:
[…] por no haberse podido sembrar, a causa de la inquietud que la guerra ha traído consigo, como por la esterilidad del año, se ha reducido esta provincia a tanta penuria que imposible poderse sustentar en ella, por lo cual… Su Majestad ha tomado resolución que por el presente los dichos cristianos nuevos se saquen deste Reino y se llevan a Castilla y a las otras provincias donde el año ha sido abundante y no han padescido a causa de las guerras […] donde con gran comodidad podrán comer y sustentarse […] se podrá considerar para qué tiempo y cómo se podrán volver a sus casas […] sin que se les quiten ninguna cosa dellos […]
Finalmente, parecía haberse resuelto el problema de Granada. Para llenar el vacío provocado por tan inmensa emigración, las tierras abandonadas fueron confiscadas por la corona y ofrecidas en condiciones favorables, junto con ganado y utensilios, a colonos procedentes de Galicia, Asturias, León y Burgos. Sin embargo, el resultado de la operación no fue totalmente satisfactorio. Aunque la corona obtuvo sustanciosos beneficios de las confiscaciones y ventas de tierras a inmigrantes pobres, a magnates, monasterios e iglesias, surgieron nuevos problemas y revivieron otros del pasado. Muchas de las tierras ofrecidas, situadas en las Alpujarras y en otras zonas montañosas, eran pobres, porque los cristianos viejos ya ocupaban las mejores vegas de las llanuras. Muchos de los nuevos pobladores, defraudados en sus expectativas, se desanimaron y acabaron por marcharse. Así pues, aunque la población cristiana de Granada era importante e iba en aumento, las Alpujarras y la zona costera de las proximidades se encontraban poco pobladas y suponían un problema de seguridad interna.
En realidad, la política de deportación no resolvió nada en Granada y agravó el problema morisco al extenderlo a toda Castilla donde antes no existía, a pesar de que su concentración de núcleos moriscos eran menores. Los moriscos alpujarreños con la vitola ya de fieros y rebeldes, al esparcirse por las dos mesetas, por Extremadura y Andalucía occidental, llevaron ese aire inquieto a los antiguos mudéjares castellanos, que estaban resignados a su suerte. De ese modo, al extinguir el problema morisco granadino, Felipe II lo que consiguió fue generalizarlo en el resto de buena parte de Castilla. Así pues, fue creciendo la sensación en toda la comunidad cristianovieja que el problema morisco era de muy difícil solución, por cuanto se mostraban irreductibles y en ellos no avanzaba el proselitismo cristiano. no fueron demasiado bien recibidos por sus vecinos castellanos y asimilarlos y convertirlos al cristianismo no era una tarea fácil. El conjunto de la población cristiana se mostró cada vez más hostil hacia ellos, a medida que fue adquiriendo conciencia de su existencia. Más tarde, a principios del reinado de Felipe III, en los círculos oficiales se consideraba que la política de dispersión había sido un error de cálculo. Durante los 40 años siguientes siguieron siendo un motivo de preocupación contaste. La intención había sido dispersarlos en números reducidos a lo largo de una superficie extensa, pero los moriscos tendían a abandonar los lugares que les habían sido asignados, y sus hábitos trashumantes hacían que fuera difícil seguir sus huellas, tendiendo a reagruparse. Muchos de ellos regresaron incluso a Granada, donde se decretó una nueva expulsión, de menores proporciones, en 1584. La frustración de sus nuevas condiciones de vida despertó en ellos tendencias criminales, y algunos se integraban en bandas de proscritos que vivían de los frutos del robo y la violencia.
Los moriscos eran odiosos para la masa de la población porque evadían las responsabilidades nacionales en los asuntos religiosos y bélicos, dedicándose sosegadamente a incrementar su numero. Pero, sobre todo a ojos de sus contemporáneos cristianos, ganaban demasiado y gastaban demasiado poco. Estas afirmaciones no eran demasiado ciertas pero eran creídas sin fisuras por los cristianos viejos no existen testimonios estadísticos de que el crecimiento demográfico entre los moriscos se produjera porque evadían sus responsabilidades. Además, su situación económica no era en la mayoría de los casos tan boyante como la creencia popular les atribuía Sin embargo, lo que verdaderamente los hacía odiosos ante el resto de la población es la creencia, en muchos casos cierta, de que seguían procesando la religión musulmana tal como exponía el arzobispo de Toledo “son verdaderamente mahometanos, como los de Argel”, cosa intolerable en la ortodoxia cristiana del momento, por lo que siguieron siendo unos inadaptados objetivo del odio popular. Existe un pasaje de Cervantes en su obra Coloquio de los perros en las Novelas ejemplares que refleja perfectamente los sentimientos populares:
Por maravilla se hallará entre tantos unos que crea derechamente en la sagrada ley cristiana; todo su intento es acuñar y guardar dinero acuñado, y para conseguirle trabajan y no comen; en entrando el real en su poder, como no sea sencillo, le condenan a cárcel perpetua y a escuridad eterna; de modo que ganando siempre y gastando nunca, llegan y amontonan la mayor cantidad de dinero que hay en España. Ellos son su hucha, su polilla, sus pìcazas y sus comadrejas; todo lo llegan, todo lo esconden y todo lo tragan. Considérese que ellos son muchos y que cada día ganan y esconden poco o mucho, y que una calentura lenta caba la vida como la de un tabardillo; y como van creciendo, se van aumentando los escondedores, que crecen y han de crecer en infinito, como la experiencia lo muestra. Entre ellos no hay castidad, ni entran en religión ellos ni ellas; todos se casan, se multiplican, porque el vivir sobriamente aumenta las causas de la generación. No los consume la guerra, ni ejercicio que demasiadamente los trabaje; róbandonnos a pie quedo, y con los frutos de nuestras heredades, que nos revenden, se hacen ricos.
La Corona, paladín del cristianismo, no podía consentir la existencia de una minoría heterodoxa en su tierra y fruto de esto fue el decreto de 1609 en el que decretaba su expulsión definitiva y que no fue más que un reflejo de la impotencia de las instituciones por asimilar esta minoría Y este conflicto precedería a la gran empresa de la monarquía filipina en su lucha contra el Islam: la constitución de la Santa Liga, que llevaría a las naves del Rey, mandadas por don Juan de Austria, al mayor triunfo cristiano de todo el Quinientos: la jornada de Lepanto.
_________________________________________________
FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, M.: Felipe II y su tiempo. Ed. RBA Coleccionables, S.A. Barcelona. 2005
FLORISTÁN, A (Coord.): Historia Moderna Universal. Ed. Ariel, S.A. Barcelona. 2005
LYNCH, J: Los Austrias. Ed. RBA Coleccionables, S:A. Barcelona. 2005

Historias de la HIstoria de España; Capítulo 58. Érase un mes de diciembre, un pronunciamiento, como no, militar, Martínez Campos y un nuevo Rey

martinez campos

En 1868 la reina Isabel II fue destronada. Un año después fue destinado a Cuba donde acababa de empezar la Guerra de los Diez Años. Regresó a España tres años después como brigadier por méritos de guerra. Una vez en la Península, recibió el mando de una brigada para luchar en Cataluña contra los carlistas. En 1873, el presidente Nicolás Salmerón le encargó someter los cantones de Almansa y de Valencia, lo que consiguió sin mucha dificultad.
El 2 de enero de 1874 el general Manuel Pavía disolvió las Cortes, el final de la Primera República estaba cerca.
Martínez Campos era partidario de la Restauración de los Borbones en el trono, pero al contrario que Cánovas del Castillo, él no estaba dispuesto a esperar a que la campaña política pacífica acabara por reconvertir a España en una monarquía.
El 29 de diciembre de 1874 el gobierno, que sospechaba de Martínez Campos, había decidido desterrarle. Enterado, simuló dirigirse a Ávila, pero fue directamente a Sagunto, requerido por los alfonsinos valencianos para que se pronunciara. Mientras, el brigadier Luis Dabán Jefe de la brigada de Segorbe, trasladó a parte de su tropa hasta este mismo lugar. El 29 de diciembre con los soldados formando un cuadro, Martínez Campos se dirigió a ellos y proclamó al príncipe Alfonso, hijo de Isabel II, Alfonso XII, Rey de España. El gobierno que, en esos momentos estaba en manos de Serrano, no se opuso al pronunciamiento, aceptando al nuevo rey.
Tras la llegada de Alfonso XII a España, se le otorgó el mando de las tropas que luchaban contra los carlistas en Cataluña y Navarra. En marzo de 1875 ocupó Olot (la “capital” carlista de Cataluña) y poco después sitió Seo de Urgel, que cayó en agosto. Tras acabar con unos pocos reductos, el levantamiento carlista en Cataluña quedó definitivamente controlado el 19 de noviembre. El ejército concentró entonces todo su esfuerzo en Navarra, último reducto carlista. El 28 de febrero de 1876 Alfonso XII, el Pacificador entraba en Pamplona. Tras el final de la contienda, Martínez Campos fue ascendido por méritos de guerra a Capitán General.
Fue diputado a Cortes por el distrito de Sagunto en las elecciones de 1876, aunque en noviembre renunció al cargo para ser sustituido por Eduardo Castañón.
Ese mismo año fue destinado de nuevo a Cuba. Como Capitán General de la isla estaba al mando de las tropas que luchaban contra los rebeldes desde hacía ocho años.
Al mando de unos 20.000 hombres derrotó a los insurrectos en Santiago de Cuba y Las Villas. Poco después, dándose cuenta de que una guerra tan larga había conseguido debilitar a ambos contendientes y perjudicaba a toda la población de la isla, y, como era favorable a una política de tolerancia, Martínez Campos inició una serie de contactos con los insurgentes. Entonces declaró una amnistía total para todos aquéllos que abandonasen las armas. Los rebeldes, cansados de la guerra, comenzaron a abandonar la lucha.
El 7 de febrero de 1878 sostuvo un encuentro secreto con Vicente García González, jefe de los insurrectos y le transmitió sus condiciones para que abandonaran las armas.
Finalmente, el 10 de febrero se firmó la Paz de Zanjón, con la que se ponía fin a diez años de guerra. Se dio una mayor autonomía a Cuba y se abolió la esclavitud.
En 1879 regresó a la Península. Senador por derecho propio,2 el 7 de marzo, a instancias de Cánovas del Castillo, ocupó el cargo de Presidente del Consejo de Ministros y de Ministro de Guerra por el Partido Conservador. El 9 de diciembre fue sustituido por el propio Cánovas. Al darse cuenta de que había sido instrumentalizado por Cánovas, abandonó su partido y se pasó al Partido Liberal de Sagasta.
Formó parte del gobierno de Sagasta de 1881 a 1883 de nuevo como Ministro de Guerra. Mientras estaba en el cargo se ocupó de la creación de la Academia General Militar. El 20 de febrero de 1882 se publicó el decreto fundacional, firmado por el rey y por Martínez Campos, por el que se creaba la Academia en el Alcázar de Toledo.
En 1893, ocupando el cargo de Capitán General de Cataluña, sufrió un atentado anarquista en Barcelona.
Desde 1890, los choques entre las tropas españolas de Melilla y las tribus rifeñas de la zona iban en aumento. El 2 de octubre fueron asesinados un grupo de soldados españoles y unos presidiarios que trabajaban en la construcción de un fuerte a las afueras de la ciudad. La situación fue empeorando hasta que, el 27 y el 28 de octubre de 1893, fue atacado el fuerte de Cabrerizas Altas, en el cual el gobernador militar de Melilla, general de división Juan García Margallo murió junto con una parte de sus hombres. El gobierno español organizó inmediatamente un ejército de 20.000 hombres al frente de Martínez Campos.
Ante el temor a una guerra, el sultán Hassan I mandó a su hermano con tropas para controlar a las tribus del Rif.
El 5 de marzo de 1894, Martínez Campos firmó con el sultán un Tratado por el que se acabó el conflicto.
En 1895, al estallar otra vez la guerra, fue nuevamente nombrado Gobernador de Cuba. Pero esta vez sus intentos pacificadores no dieron mucho resultado y, al no querer endurecer las medidas contra los insurgentes, fue relevado al año siguiente por el general Valeriano Weyler, regresando a la Península.
Poco después fue nombrado Presidente del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, cargo que ocupó hasta su muerte el 23 de septiembre de 1900 en Zarauz (Guipúzcoa).
Comunicado del Poder Ejecutivo de la República ante el pronunciamiento
En el momento mismo en que el Jefe del Estado movía el ejército del Norte para librar una batalla decisiva contra las huestes carlistas, utilizando los inmensos sacrificios que el Gobierno ha exigido al país, y que este ha otorgado con tan noble patriotismo, algunas fuerzas del ejército del Centro, capitaneadas por los Generales Martínez Campos y Jovellar, han levantado al frente del enemigo la bandera sediciosa de D. Alfonso de Borbón.
Este hecho incalificable que pretende iniciar una nueva guerra civil, como si no fueran bastantes las calamidades de todo género que pesan sobre la patria, no ha encontrado eco por fortuna ni en los ejércitos del Norte y Cataluña, ni en ninguno de los diversos distritos militares. El Gobierno, que ha apelado en las supremas circunstancias en que la Nación se encuentra en la Península y en América á todos los partidos que blasonan de liberales para ahogar en su comun esfuerzo las aspiraciones del absolutismo, tiene un derecho incuestionable y hasta un deber sagrado de calificar duramente y de castigar con todo rigor dentro de su esfera una rebelion que en su último resultado no podria favorecer si se propagase más que al carlismo y á la demagogia, deshonrándonos además á los ojos del mundo civilizado.
El Ministerio, fiel á sus propositos y leal á los solemnes compromisos que ante el país y Europa tiene contraidos, está hoy más resuelto que nunca á cumplir con su deber, y lo cumplirá.
Gaceta de Madrid
30 de Diciembre de 1874.

Historias de la Historia de España. Capítulo 29. Érase un destronamiento, un Gobierno Provisional, un monarca de Saboya, una República y un Golpe de Estado. En fin, lo que viene siendo un sexenio democrático.

De la “Revolución Gloriosa” a la I República

sexenio

Las prácticas dictatoriales de Narváez y González Bravo en los últimos gobiernos moderados extendieron la impopularidad del régimen moderado y de la reina Isabel II, que siempre les había apoyado. La crisis económica iniciada en 1866 acrecentó el descontento de la población. Finalmente, la muerte de Narváez en la primavera de 1868 descabezó al partido que había detentando durante tantos años el poder en España.
La muerte de O’Donnell en 1867 propició el acercamiento de la Unión Liberal, ahora encabezada por el general Serrano, a los progresistas con el propósito cada vez más definido de poner fin al reinado de Isabel de Borbón. Los progresistas, dirigidos por el general Prim, y los demócratas, partidarios del sufragio universal, habían firmado en 1866 el llamado Pacto de Ostende por el que se comprometían en el objetivo de derrocar a Isabel II.
Finalmente la sublevación estalló en septiembre de 1868. Iniciada por el unionista almirante Topete en Cádiz, al pronunciamiento militar se le unieron rápidamente sublevaciones populares en diversas zonas del país. Isabel II huyó a Francia. La que los progresistas vinieron a denominar “Revolución Gloriosa” había triunfado con gran facilidad en el país.
–La Gloriosa– se inicia con un pronunciamiento liberal, tanto militar y como civil, que abre una etapa revolucionaria con la que se pretende, sin conseguirlo, instaurar un régimen democrático. A pesar de ello, el sexenio aportó la primera Constitución democrática del siglo XIX.
 Claro exponente de las dificultades del período es la rápida sucesión de fases:
– destronamiento de Isabel II
– Gobierno provisional
– Monarquía democrática de Amadeo I
– 1ª República
Asimismo, el Sexenio sufrirá problemas políticos y sociales, que arrastraba casi desde sus comienzos la revolución liberal española (el problema carlista, el colonial y el problema de la tierra), a los que se suman la llamada “cuestión social”, las lacras y los excesos de la   centralización y, sobre todo, tres conflictos de envergadura –la guerra cubana, la guerra carlista y la sublevación cantonal–.
 2. La Gloriosa, septiembre de 1868
Entre las causas de la revolución pueden citarse:
– La crisis financiera internacional de 1866 puso fin a la prosperidad económica de 1856–1865. El hundimiento de la Bolsa y el parón del tendido ferroviario provocó la quiebra de muchos bancos y empresas. La industria textil catalana sufrió los efectos del recorte de las  exportaciones de algodón por causa de la guerra de Sucesión norteamericana y por la bajada del consumo.
– A la crisis financiera e industrial se añade una crisis de subsistencias por las malas cosechas en 1867 y 1868 con sus secuelas de carestía de alimentos, hambre y mortalidad.
– En el plano político las causas hay que buscarlas en el agotamiento del régimen político moderado tanto por la corrupción del sistema como por el empeño de los moderados de mantenerse en el poder aunque fuera por la fuerza.
– Los partidos de la oposición –Progresistas, Unión Liberal y Demócrata- ante la imposibilidad de alcanzar el poder por vías legales, optaron por la preparación de un movimiento  revolucionario. Este siguió las pautas del pronunciamiento militar liberal, apoyado por juntas revolucionarias progresistas y demócratas cuyo objetivo era el destronamiento de Isabel II.
– La muerte de O’Donnell, en 1867, facilitó la adhesión del general Serrano, el nuevo dirigente de la Unión Liberal, a la causa revolucionaria. La participación de los generales unionistas aseguró el apoyo militar a la vez que imprimió un giro menos radical a la revolución.

caricatura sexenio

Pero la revolución se consolida gracias la formación de las juntas revolucionarias de carácter civil que desde Andalucía se extienden por toda España.
En un primer momento, el poder residió en las juntas revolucionarias que reclamaron amplias medidas de democratización política (sufragio universal, libertad de expresión, de reunión, de asociación y de culto) y de reformas sociales (desamortización, abolición de las quintas y del impuesto de consumos).
La revolución social y económica del movimiento popular hicieron caer en la batalla de Alcolea (28 de septiembre de 1868) a Isabel II, la cual tuvo que exiliarse, dejando el poder dividido entre las juntas revolucionarias (Demócratas y Republicanos) y el Gobierno Provisional (Progresistas y Unionistas).
 3. El Gobierno Provisional
El gobierno provisional con Prim y Serrano como hombres fuertes, compuesto por unionistas
y progresistas, decretó la disolución de las juntas y asumió el ideario democrático de estas.
Pero una de las cuestiones clave era la forma de gobierno, monarquía o república, que debían
decidir unas Cortes constituyentes. Se convocaron elecciones en marzo y se celebran en junio,
fueron las primeras elegidas por sufragio universal, dieron la mayoría a los partidos de la coalición antiborbónica –unionistas, progresistas y demócratas–, partidarios de una monarquía democrática.
A la izquierda se situó una fracción del partido demócrata partidaria de la República, y que formó el Partido Republicano Federal.
Prim (Progresistas) pasa a ser nombrado jefe de gobierno y Serrano (Unionistas) es declarado regente.
La labor más importante fue la desarrollada por Laureano Figuerola en materia económica:
– Creó la peseta
– Intentó una reforma fiscal, destinada a suprimir el impuesto de consumos, que resultó fallida.
– Dictó una nueva legislación minera que permitió las inversiones de capital extranjero.
– Creó un arancel que introdujo el librecambismo en España.
3.1. La Constitución de 1869
Es la primera constitución democrática española y recoge las siguientes características:
– Establece un régimen de monarquía basado en el principio básico de la soberanía nacional.
– Recoge una amplia declaración de derechos y libertades como el derecho de reunión de asociación, el juicio por jurados, el sufragio universal y directo para los hombres mayores de 25 años y la libertad de culto.
– Se fundamenta en los principios de la división de poderes y en la descentralización.
– Las Cortes son bicamerales (Congreso y Senado), y asumen completamente la aprobación de las leyes y tienen iniciativa legislativa –poder legislativo–.
– El ejecutivo, de acuerdo con la fórmula británica del “rey reina pero no gobierna”, era desempeñado por los ministros responsables ante las Cortes.
– Asegura la independencia y la democratización de la justicia, ya que establece el sistema de oposiciones y el del jurado.
– Se reemprende la desamortización y se suprimen los consumos.
Pero el mayor problema al que se tenía que enfrentar este nuevo gobierno era el de encontrar un rey ya que ni Isabel II ni su heredero (Alfonso XII), ni la opción carlista eran opciones válidas.

 Carlismo 2

3.2. La oposición al gobierno progresista
Los mayores problemas a los que se tuvieron que enfrentar fueron:
– El descontento de los republicanos por la trayectoria que el Gobierno provisional impuso a la revolución al inclinarse por la monarquía. Por otra parte estaban los carlistas que también se oponían al gobierno.
– Las crisis agrarias de 1867–1868 desataron la rebeldía de campesinado andaluz. El fracaso de la sublevación produjo el desengaño del campesinado hacia los partidos políticos. Desde 1872 con la introducción en España de la I Internacional, en su versión anarquista, apolítica y colectivista encontró eco en ese campesinado desengañado.
– De igual modo la escasez, la carestía y la protesta contra los consumos y las quintas provocó motines populares urbanos. Surge la huelga.
– El Sexenio tuvo en la guerra de Cuba (1868–1878) otro problema de gran envergadura. La falta de respuesta por parte el gobierno y las ansias independentistas cubanas provocaron un movimiento secesionista dirigido por Céspedes.
4. Monarquía de Amadeo de Saboya (1871–1873)

prim

La elección de Amadeo de Saboya por las Corte Constituyentes (octubre, 1870) como nuevo Rey de España no fue unánime (191 votos a favor y 100 en contra).
Era el candidato de Prim y cuando éste fue asesinado en 1870 perdió al que era su mayor apoyo; Amadeo I, con el rechazo aristocrático y popular, tuvo que enfrentarse a graves problemas.
Prim había mantenido unida la coalición monárquico–democrática y su muerte provocó su descomposición. Los unionistas se alejaron el nuevo régimen y se acercaron a los partidarios de la solución alfonsina.
En el seno del partido más sólido de la coalición, el Progresista, se produjo la ruptura. De un lado Sagasta, con la parte constitucionalista, y por el otro Ruiz Zorrilla, con el sector más radical).
También se oponían a él la Iglesia católica (por la cuestión de la libertad política), la nobleza (por la desamortización) y la burguesía industrial y financiera (por la cuestión de la esclavitud en Cuba).
El carlismo cobró un nuevo impulso tras el destronamiento de Isabel II, iniciando una tercera guerra carlista a favor de Carlos VII (1872–1876).
Amadeo I tuvo graves problemas como gobernante y se vivió una fuerte inestabilidad política (tres elecciones y seis cambios gobierno en treinta meses).
Aprovechando un problema militar en el cuerpo de artillería abdica en febrero de 1873.
4.1. La cuestión cubana
El mayor problema de la Monarquía Democrática fue el de Cuba. La alta burguesía española obtuvo sus grandes fortunas de Cuba; asimismo, los antiabolicionistas tuvieron un importante
papel en el movimiento alfonsino, siendo el marqués de Manzanedo uno de los principales inspiradores del movimiento antiabolicionista.
Los problemas, en primer lugar, derivaban del hecho de que entre la sociedad cubana y la española las diferencias eran crecientes. Los productores de azúcar y tabaco concedían cada vez más importancia a Estados Unidos como mercado natural, mientras que se agudizaban las tensiones entre criollos y peninsulares.
Había también una cuestión político–administrativa. El Capitán General, autoridad suprema en Cuba, tenía unos poderes que equivalían a los de un monarca absoluto. La distancia y la inestabilidad política en la Península impedían que desde ésta se ejerciera el poder con decisión y coherencia. De hecho, el Capitán General en el momento, Francisco Lersundi, adoptó una política de dura represión que fue ya irreversible al poco tiempo.
La sublevación aconteció muy poco después de la revolución, tras el llamado gritó de Yara (octubre, 1868). Su foco principal se sitúo en el oeste de la isla y tenía como principales líderes a Maceo y Gómez. La “guerra larga”, en realidad, no fue más que una interminable guerrilla que tardó diez años en ser erradicada. Una buena parte de los dirigentes republicanos y alguno de los intelectuales más conocidos formó parte de la sociedad abolicionista de la esclavitud, cuestión que estaba planteada en la política española en torno a 1872–1873.
4.2. La guerra carlista

Carlismo

La desaparición de Isabel II creó nuevas esperanzas de que se volviera a la línea dinástica representada de Carlos María Isidro, cuyo candidato era el autodenominado Carlos VII.
La práctica del sufragio universal permitió a los Carlistas triunfar en las elecciones de 1869 en todo el Pais Vasco y Navarra, mientras que la libertad de imprenta hizo posible la existencia de periódicos carlistas. Pronto los carlistas se dividieron en dos tendencias, unos querían la  defensa de la actuación en la legalidad (Cándido Nocedal y sus neocatólicos) y otros querían la sublevación militar.
En 1872 se produjo una sublevación general del carlismo pero don Carlos fue derrotado en seguida y durante algunos meses el carlismo quedó reducido a tan sólo unas cuantas partidas. A final de año se produjo una nueva sublevación, inicialmente de poca envergadura, pero que se fue extendiendo sobre todo a partir de la proclamación de la República.
En 1873 don Carlos volvió a España y tomó Estella.
5. La I República (febrero 1873–enero 1874)

1_rep_blica

El vacío de poder hizo que Republicanos y radicales monárquicos, se unieran para salvar el ideario democrático de la revolución de 1868. Su lema va a ser “orden, justicia, y libertad”. El primer gobierno republicano estuvo formado por una coalición de radicales y republicanos, y presidido por Estanislao Figueras. Los radicales querían una República unitaria, mientras que los republicanos renuncian a la proclamación inmediata de la República federal dejando esta decisión para las Cortes. Pero esta I República sólo fue reconocida internacionalmente por EE.UU.
Los dirigentes republicanos se encontraron con una doble oposición:
– Por un lado los radicales: republicanos, monárquicos y unitarios (derecha)
– Por el otro los intransigentes: partidarios del inmediato establecimiento de la República federal, aunque sea por la vía de la revolución.
La desilusionada y frustrada masa federal intentó proclamar el Estado catalán dentro de la República Federal española. La radicalización se extendió a los campesinos, que identificaron la República con el reparto de tierras. En Andalucía estos brotes revolucionarios desembocaron en graves disturbios como el de Montilla, en Córdoba.
Los republicanos federales gobernaran solos, puesto que los radicales intentaran derribar el gobierno por la fuerza e impedir la convocatoria de Cortes Constituyentes. Tuvieron que hacer frente a las recuperaciones de las guerras carlistas y a los partidos políticos restantes.
El 1 de junio de 1873 se convocan Cortes Constituyentes, nombrándose un nuevo gobierno presidido por Pi i Margall. Emilio Castelar se encargó de redactar un proyecto de constitución según el ideario federalista.
Las elecciones a Cortes Constituyentes darán una abrumadora mayoría a los republicanos federales.
La Constitución de 1873 declaraba:
– La total separación Estado–Iglesia y el matrimonio civil.
– La separación de poderes, con la creación de un cuarto poder, el Poder de relación, en manos del Presidente de la República.
– Estructura federal con 17 estados incluyendo Cuba y Puerto Rico para evitar problemas coloniales. Cada estado podía elaborar su constitución, dentro de los límites de la constitución federal.
– Mantenía derechos similares a la de 1869.
No llegó a aprobarse por el estallido de los movimientos cantonalistas, la conflictividad social, la extensión de la guerra carlista y el problema cubano.
En julio dimite Pi i Margall y le sustituye Nicolás Salmerón, que produce un giro conservador. Para acabar con el movimiento cantonal y los levantamientos se aumenta la presión social en las calles, se reprime la I Internacional y se refuerza el ejército y la Guardia Civil.
En septiembre Castelar es nombrado presidente. Gobierna por decreto. El gobierno sale fortalecido como árbitro de las tres guerras y se sofoca el levantamiento cantonalista casi en su totalidad.
Pero el 3 de enero de 1874 Pavía da un golpe de Estado en las Cortes que votaban la sustitución de Castelar.
5.1. El movimiento cantonal
El cantonalismo buscó hacer realidad el ideal de la República federal desde abajo, es decir, la formación de unos poderes locales fuertes y autónomos –cantones– como medida para contrarrestar el centralismo.
En Andalucía aparecen poderes políticos que se declaraban autónomos y que no reconocían el poder central. La sublevación federal cantonalista fue protagonizada por estudiantes, intelectuales y políticos provincianos, a los que se suman artesanos, tenderos y asalariados de diversas especies. Muy a menudo los internacionalistas (movimiento obrero) colaboraron con el cantonalismo.
Puntos destacados de la sublevación cantonal fueron Alcoy y Sanlúcar, pero el principal foco fue la sublevación de Cartagena, que contó con el apoyo de parte de la Armada. Para sofocar estos levantamientos Salmerón empleó a militares monárquicos, como los generales Martínez Campos y Pavía, que acabaron con el movimiento cantonal durante el verano de 1873.
6. Hacia la Restauración
El ejército propone a Serrano para cerrar el proceso y acabar con las guerras y el desorden, pero los carlistas van a aguantar hasta 1876 y la guerra de Cuba va a durar hasta 1878.
La causa alfonsina es la salida más lógica. Canovas del Castillo redacta el “manifiesto de Sandhurst” en diciembre 1874, firmado en la localidad inglesa del mismo nombre, según el cual Alfonso, en el caso de ser nombrado rey, se comprometía a implantar un régimen constitucional y parlamentario estable. El general Martínez Campos se adelanta y se pronuncia en Sagunto a favor de Alfonso XII el 29–30 de diciembre de 1874, poniendo fin a la I República.
7. Política económica del Sexenio
El objetivo principal de la política económica del momento fue el crecimiento económico, para lo cual se tomaron diversas medidas, destacando en importancia las propuestas por Laureano Figuerola ya durante el gobierno de Serrano en 1868.
Se creaba en este año la nueva unidad monetaria, la peseta, vinculada al sistema de paridades de la Unión Latina.
Para responder a las demandas sociales se intentó realizar una reforma fiscal que suprimiera los “consumos”, pero no fue posible debido a la oposición de la burguesía y a las necesidades de la Hacienda. Con el fin de dar solución a dichas necesidades, relacionadas principalmente con la cuestión de la Deuda Pública, se creó el Banco Hipotecario en 1872, y se otorgó al Banco de España el monopolio de la emisión de billetes.
Pero lo más destacado del progresismo económico fue abrir la economía española a los mercados exteriores, para lo cual se promulgó la Ley Arancelaria de 1869, que rebajaba los impuestos aduaneros para facilitar la importación de bienes de equipo y la exportación de alimentos y materias primas. Asimismo, la Ley de Sociedades Anónimas y la Ley de Minas de 1871 permitieron conseguir inversiones extranjeras y entrada de capitales para financiar el crecimiento económico.

Y colorín colorado, el Sexenio Democrático se ha acabado.

sexenio

 

_______________________________________________

Ilustraciones, Revista La Flaca, la revista que salía cuando podía.

Historias de la Historia de España. Capítulo 8. Érase un Pronunciamiento, una Reina en el exilio y un montón de generales.

revolucion 1841

Es generalmente aceptado que la Regente y Reina Gobernadora Dª María Cristina, viuda de Fernando VII y madre de Isabel II, y el general don Baldomero Espartero fueron las dos caras de una misma moneda. La moneda del liberalismo político español en el momento de su implantación. La primera sería referente para los moderados y el segundo para los progresistas, pero que podría haber sido al contrario. Por su carácter flemático y autoritario, Espartero parecía más apropiado para las filas del moderantismo. Tuvieron en común la tozudez, una para defender el trono de su hija aliándose con los perseguidos por su marido, Fernando VII, frente a las aspiraciones de su cuñado el infante Carlos Mª Isidro, y al segundo la que le negó la ductilidad o inteligencia política suficiente por haber dilapidado en pocos años el inmenso prestigio que había cosechado en el campo de batalla; y los mismos que le apoyaron, la burguesía y las clases populares en Barcelona en 1840, en 1843 se volverán contra él.
El 30 de julio de 1843 a bordo del vaporcito llamado Betis escribiría
Espartero:
«Acepté el cargo de regente del reino para afianzar la Constitución y el trono de la reina, después que la Providencia, coronando los nobles esfuerzos de los pueblos, los había salvado del despotismo. Como primer magistrado, juré la ley fundamental; jamás la quebranté ni un para salvarla: sus enemigos han debido el triunfo a este ciego respeto;  pero yo nunca soy perjuro. Feliz en otras ocasiones, vi restablecido el imperio de las leyes, y aun esperaron que en el día señalado por la Constitución entregaría a la reina una monarquía tranquila dentro y fuera. La nación me daba pruebas del aprecio que le merecían mis desvelos; y una ovación continuada aun en las poblaciones mismas en que la insurrección había levantado cabeza me hacía conocer su voluntad, a pesar del estado de agitación de algunas capitales, a cuyos muros sólo estaba limitada la anarquía. Una insurrección militar que hasta carece de pretexto ha concluido la obra que muy pocos comenzaron, y, abandonado de los mismos que tantas veces conduje a la victoria, me veo en la necesidad de marchar a tierra extraña, haciendo los más fervientes votos para la felicidad de mi querida patria. A su justicia recomiendo a los que, leales, no han abandonado la causa legítima ni aún en los momentos más críticos: el Estado tendrá siempre en ellos servidores decididos»
Duró poco la Regencia de Espartero, poco más de dos años. Nace del enfrentamiento contra Dª Mª Cristina y ésta no olvidará que Espartero la suplantase no sólo como Regente, sino que además le impidiera el ejercicio de la tutoría de sus hijas, la Reina-niña Isabel y la princesa Luisa Fernanda., Agustín Argüelles fue nombrado tutor de las niñas el 10 de julio de 1841, tomando posesión el día 27 del mismo mes. Argüelles, que desde las Cortes de Cádiz era conocido como el «Divino» por su elocuencia, desempeñó este cometido de la tutoría con singular honradez y sin percibir la remuneración fijada Las facciones del liberalismo de la época en España eran el moderantismo y el progresismo. Pocas eran las diferencias sustanciales, si prescindimos de que los primeros eran más partidarios de la «autoridad», pues ambos fueron partidarios del sufragio censitario, aunque si bien en proporciones distintas; en la administración local que los progresistas eran partidarios de una autonomía local más amplia, y que la milicia nacional para estos últimos, los progresistas,  fue siempre garante de las libertades conquistadas, como la libertad de imprenta. Unos, los moderados, eran más partidarios de la continuidad de valores próximos a la tradición y sus formas, u otros, los progresistas, igualmente liberales, fueron más populares, incluso hasta demagógicos, aunque sin poner en riesgo la propiedad privada y su defensa, base de todo el sistema, sino de ampliarla y extenderla, no ya con los bienes de la Iglesia que habían sido objeto de la desamortización de Mendizábal para resolver los problemas de la Hacienda  pública y la guerra carlista, sino con los bienes de los pueblos para lo que proponen repartos en aras de una mejor explotación y aumento de la producción y abaratamiento, por consiguiente, del consumo. Pero amén de las diferencias entre moderados y progresistas fue importante el enfrentamiento de personalidades como las mencionadas, tan definidas, con aristas tan cortantes. Dª Mª Cristina, ya era la Sra. de Muñoz pues estaba casada con Agustín Fernández Muñoz, duque de Riánsares, que con los moderados y el apoyo de Francia, Luis Felipe de Orleáns, maquinará contra Baldomero Espartero. El apoyo de los moderados a una propuesta de acoso y derribo del progresista Espartero entraba dentro de la lucha política al uso. Pero si el mundo del liberalismo en España estaba dividido en dos sensibilidades, el ejército, soporte primordial de la monarquía estaba igualmente dividido en estas dos orientaciones; así habrá militares progresistas que serán amigos de Espartero: Linaje, Van Hallen, Seoane y Zurbano, principalmente, y militares moderados que girarán en torno a Leopoldo O´Donnell y Ramón Mª Narváez. La división de los militares podemos explicarla desde el afloramiento de formas de oposición militar a los franceses en la Guerra de Independencia distintas a las tradicionales. El militarismo progresista mete sus raíces especialmente en el mundo de la guerrilla y su posterior encuadramiento en el ejército regular.
D.ª M.ª Cristina buscará el apoyo de los militares moderados, igualmente como los progresistas, todos hijos de su tiempo y henchidos de romanticismo, unos por el gesto y otros por la sangre. El apoyo de Luis Felipe no era gratuito, ni altruista. Luis Felipe pretendía suplantar a Inglaterra que ejercía una influencia política tal que hasta el propio Mendizábal, se decía, debía su nombramiento de Presidente del Consejo de Ministros al embajador inglés Mr. Villiers. El progresismo representado por Espartero era partidario del librecambismo, y éste beneficiaba a Inglaterra potencia librecambista por excelencia en la época. Francia pretendía meter cabeza en la política española. En resumen que «lo más grave de todo esto… era que Inglaterra y Francia, las dos potencias más poderosas y camorristas del mundo, tomaban partido en nuestras discordias, declarándose los ingleses por la libertad y Luis Felipe por la moderación»
En este contexto político tienen lugar los acontecimientos de octubre de 1841. Aunque responden a un único planteamiento político: terminar con la regencia de Espartero y recuperar la tutoría y custodia de Isabel y Luisa Fernanda por su madre Mª Cristina, los escenarios son dos: el Palacio Real y algunas provincias del Norte de España, como Zaragoza, Navarra, Vizcaya y Alava. Esta localización fue un intento de «la utilización de argumentaciones que pretendían salvar la foralidad de unos territorios que acababan de ser integrados de manera completa y total en el resto de España».
En el primer caso el objetivo era claro, tomar las infantas y, en el segundo, propiciar una  sublevación que cuestionase el prestigio militar de Espartero, apoyándose en algunas zonas que habían sido castigadas en la guerra carlista.
Los sublevados pensaban que contarían con apoyo social y Zaragoza que serviría de enlace, en caso de prosperar el movimiento también en Cataluña, y por otra garantizar la retirada en caso de necesidad, la salvación, hacia Francia.
A principios de 1841, María Cristina y su esposo Muñoz viajaron a Italia para entrevistarse con el Papa Gregorio XVI y obtener de él la bendición de su matrimonio morganático, situación que pesaba como una losa en la situación política de María Cristina. El viaje fue organizado por Francisco Cea Bermúdez. Los esposos consiguieron la absolución que ansiaban, no sin antes tener que renunciar a la obtención de algún título de nobleza para el esposo. De esta forma, los moderados vieron renacer la esperanza de que María Cristina pudiera liderar el Partido sin lacra alguna en su historial personal e hiciera oídos sordos a los que alimentaban su deseo de retirarse a la vida privada con Muñoz. Así, en febrero los moderados instaron al gobierno francés al apoyo de María Cristina frente a las alianzas de Espartero con Inglaterra.
En mayo de 1841, al tiempo que las Cortes españolas concedían la regencia única a Espartero, María Cristina llegó a París donde Luis Felipe de Orleans la instó a fijar su residencia. Una vez allí los moderados desfilaron ante la Corte de la ex regente bajo la atenta vigilancia de Muñoz que se convirtió en piedra angular de los movimientos políticos. Uno de los primeros hombres en ganarse la confianza de María Cristina y su esposo fue Juan Donoso Cortés que, más tarde, se convirtió en auténtico paladín de la causa moderada más crítica con los liberales progresistas. A este se unieron Francisco Javier de Istúriz, Diego de León, Juan González de la Pezuela y otros moderados del ala más conservadora.
Ni María Cristina ni su esposo estaban por la labor de patrocinar y, menos, financiar, un movimiento contra Espartero con quienes juzgaban traidores. Ambos mostraban abiertamente su hostilidad a los moderados a quienes criticaban por no haber sabido defender la regencia y haber traicionado el Estatuto Real de 1834. La posición de los moderados criticando a la regente cuando se vio obligada a capitular ante las peticiones de los sargentos de la Granja de San Ildefonso y su inacción en los meses posteriores frente a los liberales, junto a los panfletos que lanzaron por las calles de Madrid para hostigar el matrimonio secreto con Muñoz, eran los reproches más comunes. Muñoz incluso evocaba el periodo anterior, el de la Década Ominosa, en el que veía el reflejo de lo que debía ser la monarquía: un régimen absolutista.
No obstante, la situación comenzó a cambiar a raíz de varios sucesos. Por un lado, la tutela de la reina Isabel, menor de edad, se encomendó a Agustín Argüelles, hombre no deseado por María Cristina; en segundo lugar el relevo en las personas cercanas a la reina en el Palacio colocando gente de confianza de Espartero alejaba los contactos con sus hijas, y en tercer lugar la amenaza que suponía para las pretensiones de María Cristina la proximidad a su hija Isabel de la infanta Luisa Carlota, empeñada en una boda de la reina con alguno de sus hijos. Por todos esos motivos finalmente María Cristina aseguró la financiación de la sublevación.
El gobierno de Antonio González González, hombre de confianza del general Espartero, fue el que tuvo que hacer frente al pronunciamiento organizado desde París por la regente María Cristina con la colaboración del Partido Moderado y protagonizado por los generales afines, encabezados por Ramón María Narváez y en el que también estaba implicado el joven coronel Juan Prim, a pesar de estar más cercano a los progresistas. Entre los políticos implicados destacaban el moderado Andrés Borrego y un histórico del liberalismo, Antonio Alcalá Galiano, ahora en las filas del moderantismo.
La justificación del pronunciamiento por parte de los implicados fue que la “reina estaba secuestrada” por los progresistas, a través de su tutor Agustín de Argüelles y de la dama de compañía nombrada por éste, la condesa de Espoz y Mina, viuda del famoso guerrillero y militar liberal Francisco Espoz y Mina –en realidad lo que estaban haciendo los progresistas era llevar a la práctica una de sus aspiraciones fundamentales: controlar la educación de la reina, sobre la idea de una “reina liberal”.
Por eso el objetivo del pronunciamiento era la vuelta de María Cristina, “deseosa de recuperar la Regencia y la tutela regia de la que había sido formalmente apartada, hecho este último básico ya que suponía controlar los resortes de Palacio como poder de hecho en la toma de decisiones políticas y económicas”.
Según Juan Francisco Fuentes, el pronunciamiento era no sólo antiesparterista sino también antiliberal, “que se explica por el peso determinante que tanto la ex regente –que financió la sublevación con más de ocho millones de reales- como su marido, Fernando Muñoz, tuvieron en la dirección del golpe y por la participación en el mismo de sectores carlistas descontentos con el supuesto incumplimiento del Convenio de Vergara… así como la notoria complicidad de las diputaciones forales, contrarias a la solución centralista que acababa de dar el gobierno a los fueros vascos”.
María Cristina, aún financiando la revuelta, negó a los elementos civiles y militares su implicacación hasta tanto se le garantizasen dos cosas: la protección del Palacio Real y, por tanto, de sus hijas; y la posibilidad de huida de las mismas si la sublevación fracasaba por el temor de que sobre ellas recayese la reacción liberal.
Istúriz, que era, de facto, el jefe de la conspiración civil, junto con Antonio Alcalá Galiano, recibieron la mayor parte del dinero de la ex regente y de sus banqueros franceses y españoles. En la conspiración estaban implicados también los militares Ramón María Narváez y Leopoldo O’Donnell, aunque éste último con un menor convencimiento dado el espíritu absolutista que tenía la trama.
El gobierno de Espartero tuvo conocimiento en septiembre de 1841 de los movimientos civiles y militares y, ante la posibilidad de que la operación fracasase aún antes de empezar, O’Donnell se vio obligado a sublevarse en Pamplona antes de tiempo.
 Así, el movimiento militar lo inició el 27 de septiembre en Pamplona el general Leopoldo O’Donnell pero no consiguió que la ciudad proclamase como regente a María Cristina, a pesar de que ordenó bombardear la ciudad desde su ciudadela, por lo que el inicio efectivo del pronunciamiento fue la sublevación de Vitoria por el general Piquer el 4 de octubre, que fue seguida por la proclamación en Vergara por el general Urbiztondo de María Cristina como regente, a la par que se constituía en su nombre una llamada “Junta Suprema de Gobierno” presidida por Montes de Oca.
Otras poblaciones como Zaragoza o Bilbao lo siguieron en los primeros días de octubre, pero la planificación falló porque se contaba con la primera gran sublevación en Andalucía dirigida por Narváez seguida de otros movimientos en Madrid.
El 7 de octubre tuvo lugar el hecho más significativo del pronunciamiento: el asalto al Palacio real para capturar a Isabel II y a su hermana y “llevarlas al País Vasco; allí se proclamaría de nuevo la tutoría y regencia de María Cristina y se nombraría un gobierno presidido por Istúriz. El 7 de octubre, en una noche de lluvia, los generales Diego León y Manuel de la Concha, con la complicidad de la guardia exterior, entraron en el Palacio Real, pero no lograron apoderarse de las dos niñas, ante la resistencia que hicieron en la escalera principal los alabarderos”. El general Diego de León se entregó convencido de que Espartero no iba a fusilarle.
Así pues la operación resultó un absoluto fracaso por la contundente reacción de los alabarderos de la Guardia Real dirigidos con maestría por el coronel Domingo Dulce y Garay. El día anterior, el Infante Don Carlos ya había negado su implicación en la revuelta dado el mal resultado que se avecinaba y Ramón Cabrera no había participado de manera alguna en el intento.
Los principales militares implicados, como O’Donnell y Narváez consiguieron exiliarse. Otros como Borso di Carminati, Manuel Montes de Oca y Diego de León fueron apresados y ajusticiados.
La respuesta de Espartero rompió con una de las reglas no escritas entre los militares respecto de los pronunciamientos –respetar la vida de los derrotados- pues mandó fusilar a los generales Manuel Montes de Oca, Borso de Carminati y Diego de León, lo que causó un enorme impacto en gran parte del ejército y en la opinión pública, incluida la progresista –la muerte del joven general Diego León, “a quien Espartero se negó a indultar, quedó en la memoria popular como un crimen imperdonable del regente”- . Por otro lado la dura represión llevada a cabo por Espartero no acabó con la conspiración moderada, que continuó actuando a través de la clandestina Orden Militar Española.
Otra de las consecuencias del pronunciamiento moderado de 1941 fue que en varias ciudades se produjo un levantamiento progresista para impedirlo, aunque una vez derrotado algunas juntas desobedecieron la orden de Espartero de disolverse y desafiaron la autoridad del regente. Los sucesos más graves se produjeron en Barcelona donde la “Junta de Vigilancia” presidida por Juan de Llinás, aprovechando la ausencia del capitán general Juan Van Halen que se había desplazado a Navarra para acabar con el pronunciamiento moderado, procedió a demoler la odiada fortaleza de la Ciudadela mandada construir por Felipe V tras su victoria en la guerra de sucesión española, que era considerada por la mayoría de los barceloneses un instrumentos de opresión. Además con esa medida se pretendía proporcionar trabajo a los muchos obreros que se encontraban en paro. La respuesta de Espartero fue suprimir la Junta por “abuso de la libertad” y desarmar a la milicia, además de disolver el ayuntamiento y la diputación de Barcelona y hacer pagar a la ciudad la reconstrucción de los muros de la Ciudadela que ya se habían derribado.
CONCLUSIONES
 Primera. Que tanto la insurrección militar del norte, iniciada por O´Donell
con el levantamiento del regimiento Extremadura en Pamplona el día 27 de
septiembre, como el asalto al Palacio Real fueron parte del mismo plan, que
pretendía devolver la Regencia a doña María Cristina.
 
Segunda. Que en el partido moderado desde el momento en que el general
Espartero, líder de los progresistas, se hizo cargo de la Regencia, empezaron
a trabajar en la preparación del pronunciamiento.
 
Tercera. Que la insurrección militar del norte empezó días antes de que
tuviera lugar el asalto al Palacio Real, y todo el pronunciamiento fue responsabilidad
de la alta oficialía. De los soldados siempre se dice que actuaron engañados.
 
Cuarta. Que el pronunciamiento militar tuvo menos repercusión en el
Boletín Oficial de Badajoz que el asalto a Palacio Real.
 
Quinta. Que la insurrección se produjo en el norte esperando una gran
acogida por parte de la población, que no fue tal, a pesar de la presencia de
algunos diputados forales, individuos del bajo clero y la actuación de algunas
partidas, para explotar la aversión de la población carlista contra el general
Espartero que había terminado con la guerra carlista y había firmado el Convenio
de Vergara con el General Maroto en agosto de 1839.
 
Sexta. Que el asalto al Palacio Real se realizó de forma precipitada lo que
contribuyó a su fracaso.
 
Séptima. Que se aceleró el proceso de constitucionalización de las Provincias
Vascas y Navarra
 
Octava. Que el apoyo al pronunciamiento por parte de los soldados y
suboficiales fue muy débil pues la deserción fue muy pronto y masiva.
 
Novena. Que la represión del pronunciamiento fue muy severa, lo que
hace elevar a la categoría de héroe a algunos de los sediciosos, como Diego de
León y Manuel Montes de Oca. Los escasos indultos sólo afectaron a oficiales
de menor rango.
 
Décima. Que contribuyó a la caída de Baldomero Espartero poco tiempo
después en 1843.

 

__________________________________________________

Historia de un pronunciamiento
frustrado FELIPE GUTIÉRREZ LLERENA
  • Bahamonde, Ángel; Martínez, Jesús A. (2011). Historia de España. Siglo XIX (6ª edición). Madrid: Cátedra. ISBN 978-84-376-1049-8.
  • Fontana, Josep (2007). La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares. Barcelona: Crítica/Marcial Pons. ISBN 978-84-8432-876-6.
  • Fuentes, Juan Francisco (2007). El fin del Antiguo Régimen (1808-1868). Política y sociedad. Madrid: Síntesis. ISBN 978-84-975651-5-8.

Historias de la Historia de España. Capítulo 7. Érase un motín, un Duque y unas ronchas sospechosas.

motin de arganda
Motines, conflictos, desórdenes sociales, son una constante a lo largo de la edad moderna. En la mayoría de los casos el estallido de la revuelta popular es el resultado de un cúmulo de factores que poco a poco ha ido generando un creciente descontento, y en el que la protesta actúa como única vía de escape de las clases sociales más desfavorecidas. En una sociedad tremendamente injusta e insolidaria, donde no hay más ley que la del Señor, ni más razón que la del poderoso, no cabía más respuesta en situaciones extremas que la del grito reivindicativo de la multitud, haciendo oir la opinión del pueblo sobre una actuación, situación o persona. En el caso de Arganda, el motín es un movimiento antiseñorial.
El descontento social no viene dado por motivos fiscales, o por el alto precio de un producto de primera necesidad, sino por la pérdida del privilegio de ser villa de realengo.Todos los pueblos preferían estar bajo la jurisdicción directa de la corona, y Arganda no era una excepción.Después de cuatrocientos años de haber sido vasallos del Arzobispo de Toledo, en 1581 toman la decisión de endeudarse por tal de conseguir no servir más que al Rey, sin desde luego pensar que treinta años más tarde no sólo iban a volver a ser vasallos, sino que el nuevo Señor era el peor de los señores posibles.El siniestro Duque de Lerma, paradigma del desgobierno y la corrupción, sumaba a su infinidad de cargos y prebendas, el derecho de administrar justicia, recaudar impuestos y nombrar los oficiales de la villa de Arganda.
No era la primera vez que el valido de Felipe III tenía que enfrentarse con muestras de desprecio, ningún pueblo lo quería por Señor, y así se lo habían manifestado cuando había ido a tomar posesión de otras villas, pero sin llegar a la virulencia de Arganda, donde la revuelta fue general y se llegó a la agresión directa.
Era normal que las ciudades se resistieran a perder sus privilegios, y que determinados sectores sociales, generalmente de una extracción social media (clérigos, artesanos, oficiales), se atrevieran a cuestionar el desmedido poder y ambición de la aristocracia.Este fue también uno de los motivos que llevaron a la rebelión de la mítica Fuenteovejuna, tras ser desvinculada de Córdoba por el Comendador mayor de Calatrava, poco partidario de la monarquía.La particularidad de Fuenteovejuna es que según la tradición nadie se puso de lado del tirano, poco creible pero así se cuenta. En Arganda en una primera fase pocos, muy pocos, se oponen a las intenciones del Duque, y los veintiocho que se atreven encauzan su protesta por la vía pacífica. Reclaman justicia ante los tribunales, e intentan argumentar y convencer al resto mediante buenas palabras. Pero finalmente lo que era una lucha por un derecho, el de ser villa del Rey, se convierte en unos momentos y por una serie de curiosos sucesos, en una cuestión de honor, y que enlaza directamente con los dramas de honra que tanto gustaban en la época y que popularizó Lope de Vega. El tema del honor era uno de los ejes de esa sociedad, está presente a todas horas y en todas las bocas, y si además la afrenta es pública y a la máxima autoridad de una villa, motivos sobran para contestarla, venga de quien venga, aunque sea del todopoderoso y temido Duque de Lerma. Y así fue, recibiendo una lección que no olvidaría, y que además sirvió para mostrar, sin dudas ni divisiones, el sentir unánime del pueblo de Arganda con su nuevo Señor.
El gobierno de la villa estaba a cargo de dos alcaldes ordinarios, que eran elegidos anualmente, y cuatro regidores (cargo equivalente a los actuales concejales). En 1613 eran los siguientes:
Alcaldes: Felipe Sanz
Bautista de Beas
Regidores: Gabriel de Vilches
Andrés Rendero
Juan de Plasencia
Francisco García
Junto a los puestos de gobierno había varios oficios concejiles, encargados de diversos aspectos de la administración municipal:
Procurador: Juan Lebrero
(representante de la villa ante Tribunales y otras instancias del Estado)
Alguaciles: (dos)
(agentes ejecutores de la Justicia)
Guardas viñaderos: (seis)
(encargados de la vigilancia de los viñedos)
Pregonero: Gabriel Gómez
Receptores: (tres)
(recaudadores de impuestos)
Escribano: Juan Gordo
(secretario y fedatario del Ayuntamiento)
Mayordomo: Andrés González
(administrador de las alcabalas e impuestos)
Alcaldes de la Santa Hermandad: Juan de Sancho
(gobernadores del campo) Baltasar de Vallés
El conocido como Motín de Arganda es un curioso suceso que tuvo lugar en la villa de Arganda en 1613, y como desdichado protagonista a Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, Marqués de Denia, primer Duque de Lerma y valido de Felipe III, y durante más de veinte años el personaje más poderoso y odiado de todo el Estado. Pero el motín es sobre todo un fascinante testimonio de la lucha de un pueblo en defensa de su dignidad, libertad e independencia. Gentes humildes que se endeudan por tal de no caer en manos de un señor, y que años más tarde se ven en la absoluta necesidad de bajar la cabeza y ofrecerse nada menos que al Duque de lerma, pero será una derrota con final feliz y que parece salido de una comedia de Lope.Personajes como el rebelde clérigo Alonso Lebrero o el increible gesto del alcalde Felipe Sanz, son elementos que pensamos facilitan e invitan que haga
posible su puesta en escena. Seguidamente se exponen de un modo conciso los contenidos principales de este episodio histórico.Para una más fácil comprensión del suceso hemos optado por exponerlo a modo de diario, paso a paso, ya que en realidad el Motín es sólo la
culminación de una serie de acontecimientos que comienzan muchos años atrás.
1.599.- El valido Francisco Gómez de Sandoval es nombrado Duque de Lerma. Aprovecha su privilegiada situación para enriquecerse y otorgar a sus familiares los más altos cargos, ante el desagrado y repulsa de otras familias cortesanas.
1.601.- Movido por sus intereses traslada la Corte a Valladolid, originando innecesarios gastos.En 1606 vuelve a instalarse en Madrid.
1.602.- Con el fin de constituir un mayorazgo para su hijo Don Diego y como prueba de su poderío comienza una carrera por la adquisición de ciudades. La primera es Valdemoro, propiedad del Marqués de Auñon.
1.602, junio .- Los reyes Felipe III y su esposa Margarita de Austria se hospedan en la Quinta del Embajador Khevenhüller.
1.603.- La Compañía de Jesús se establece en Arganda con unos fines exclusivamente comerciales se dedica al cultivo extensivo del viñedo, llegando a adquirir un tercio de las mejores haciendas de la villa, hasta su expulsión en 1764.
1.606.- La Corte vuelve a Madrid, y con ella se traslada también Miguel de Cervantes, personaje de ascendencia argandeña por la rama materna y por lo tanto Ayuntamiento de Arganda del Rey. Archivo de la Ciudad muy al corriente de las intrigas e intereses que comenzaban a girar en torno a Arganda.
1.606, Mayo.- Muerte del Embajador Khevenhüller. Al no dejar ningún heredero en España todas sus propiedades de Arganda son malvendidas, y no se cumple su deseo de que su palacio de Arganda se vendiera al Rey. Es, como no, el Duque de Lerma quien lo adquiere en la irrisoria cantidad de 12.000 escudos, cuando estaba apreciado en 40.000. El palacio es sólo un primer paso, desde él tiene los primeros contactos con algunos vecinos para conseguir su verdadero propósito, la villa de Arganda.
1.607.- Este año pasan a engrosar el patrimonio de la casa de Lerma varias ciudades como Tudela de Duero, Torquemada y Santa María del Campo. 1.608, Marzo.- Al ir a visitar sus nuevas villas es recibido poco respetuosamente por sus nuevos vasallos. En Santa María quitan el escudo de Duque de la puerta de la villa, en Torquemada lo ensucian, y en Tudela aparecen pasquines en su contra. La aversión al valido iba en aumento. En el verano de ese mismo año aparecen en los lugares más frecuentados de Madrid otros pasquines incitando a los madrileños a levantarse contra el tirano “que tenía esclavizado al Rey y hundido al pueblo en la miseria”.
1609, Abril.- Felipe III decreta la expulsión de los moriscos, incluidos los más de doscientos que poblaban el barrio del Arrabal en Arganda.
1.610.- El Duque de Lerma, viudo y con cincuenta y siete años, tenía proyectado casarse con una hermosa y rica viuda de cuarenta, pero a última hora el novio se arrepiente, dejando a la condesa muy enojada.
1.611.- Se inicia la operación del Duque para anexionarse la villa de Arganda. Una idea que ya tenía cuando adquirió el palacete del Embajador Khevenhüller, y allí Ayuntamiento de Arganda del Rey. En lo que hoy conocemos como “Casa del Rey”, llegó a un primer acuerdo
para hacerse cargo del pago al Rey del impuesto de alcabalas, y el a su vez se lo cobraría a los vecinos de Arganda. Es decir, a cambio de una mínima cantidad, el de Lerma se convierte en el gestor y recaudador de un impuesto muy rentable que era potestad de la corona.
1.612.- Se tienen los primeros contactos serios con el Duque de Lerma para negociar la venta de la villa. Los principales impulsores con el hidalgo Diego Ortiz de Vargas, el caballero García Bravo de Acuña y el canciller real Jorge Olalde de Vergara, con casa y hacienda en Arganda. Según ellos, es la única forma de acabar con las deudas contraídas al comprar su independencia en 1583, y que habían elevado el precio de los artículos de consumo y llevado al vecindario a una situación de necesidad. Aunque sin duda lo que realmente perseguían era alegrar los oídos y conseguir prebendas del personaje más poderoso de todo el Estado.
1613, Enero, 20.- Después de los primeros contactos favorables con el Duque se realiza una primera reunión oficial del Concejo en la que se acuerda, ya con opiniones en contra, iniciarlos pasos para vender la jurisdicción de la villa. Una comisión se traslada a Madrid y entrega personalmente al Duque un Memorial con las siete condiciones que debe cumplir con la villa en el caso que pase a formar parte de sus estados. Sorprendentemente el Duque no pone la más mínima objección y promete “hacer merced de todo lo que se le pide”.
1.613, Enero, 30.- Se hace nuevo Concejo Abierto en el que se comunican “las capitulaciones y mercedes que se han obtenido del Duque”. Al mismo tiempo, se empiezan a organizar los que serán los principales defensores de que Arganda siga vinculada a la corona.Encabezados por el clérigo Alonso Lebrero, y seguidos por el también clérigo Juan de Plasencia, el licenciado Diego de Vallés y el Alcalde de la Santa Hermandad Juan de Sancho, presentan un Memorial al Rey en el que le expresan su deseo de seguir bajo la jurisdicción real, y le exponen varias soluciones para acabar con las deudas de la villa, sin necesidad de venderse a ningún Señor.
1613, Febrero, 9.- El Juez Real Justino de Chaves llega a Arganda, se hospeda en una posada y manda al pregonero Gabriel Gómez que anuncie “que mañana domingo diez, a las dos de la tarde, en la parte acostumbrada, se hará Concejo Abierto para que cada uno de la opinión sobre la licencia que se pidió para vender la jurisdicción de la villa”.
1613, Febrero, 10.- Con media hora de retraso, esperando a los que nunca llegaron, se inicia el Concejo Abierto. A pesar de ser festivo sólo asisten 360 de los 636 cabezas de familia censados, un importante y significativa ausencia.Había que decidir el futuro de la villa y el cuarenta por ciento de los vecinos deciden no asistir a la votación, su postura puede interpretarse como una forma de protesta. El voto era nominal, vecino a vecino, ¿ Quien se podía atrever a contradecir en público al todopoderoso Duque de Lerma?. Fueron 28 los que tuvieron semejante gesto, con nombres y apellidos y dando argumentos para contradecir la venta.Los 322 restantes se declaran favorables a la operación, y acusan a los contradictores de guiarse “por su pasión y fines particulares por vivir con libertad y sin respeto a la justicia ya que son hombres inquietos que en ocasiones han sido procesados y desterrados pon andar con sus ganados en los panes, viñas y olivares, y han tratado mal y dicho descomposturas al alcalde Felipe Sanz, y siendo la villa de Señor se a de poner remedio en ello”. Otros muchos, la mayoría, reconocen que apenas saben nada de estos asuntos, pero el temor y respeto al poderoso les hace bajar la cabeza.
1613, Septiembre, 8.- Se realiza Concejo Abierto para ratificar la escritura de venta ante el Juez comisionado por su majestad, y presentado el título de su Excelencia alcaldes y regidores “lo obedecen y ponen en sus cabezas con el acatamiento debido”, en la fachada de las casas del concejo se instalan las armas del Duque. Comienza a aparecer el verdadero rostro del primer ministro de Felipe III hasta ahora tan complaciente con las peticiones de la villa, en el documento que se lee ante los vecinos se les recuerda que “guardarán al señor Duque la fidelidad que los vasallos y súbditos deben a su señor, y le obedecerán y acatarán y besarán la mano, y que ahora y en todo el tiempo del mundo le guardarán todas las preeminencias como si la dicha villa fuera de la Real Corona, y que juran no hacer reclamación contraria a esta venta y si se hiciera se dará por nula, y si fuera puesto pleito la villa saldrá a la defensa del señor Duque”.Tanta advertencia revela las serias dudas que tenía el de Lerma con su nueva villa, y es posible que despertara a más de un vecino confiado en sus buenas intenciones.
1613, Septiembre, 13.- En otras ocasiones había tardado más de un año el Duque en tomar posesión, pero en el caso de Arganda no llegó a la semana, le movía el apetito de poseer cuanto antes lo que tantos quebraderos del estaba ocasionando. Desde El Escorial parte hacia Arganda, nada menos que acompañado de su tío el Inquisidor General y Cardenal –Arzobispo de Toledo, don Bernardo Sandoval y Rojas, los máximos representantes de Iglesia y Estado.Era un día grande y había mandado para la ocasión organizar diversas fiestas y correr toros, sin embargo era otra la fiesta que le esperaba, un amotinamiento de la villa con el protagonismo del clérigo Alonso Lebrero, el alcalde Felipe Sanz (hasta ahora proclive a la venta) y el mismo Duque de Lerma.Es el cronista real Luis Cabrera de Córdoba quien recoge este episodio que contribuyó a la caida del valido de Felipe III.
La cuestión es que el valido de Felipe III, por su paradigma de desgobierno y corrupción entre otras cosas, tenía que enfrentarse continuamente a muestras de desprecio, ningún pueblo lo quería por Señor, y así se lo habían manifestado cuando había ido a tomar posesión de otras villas. La diferencia fue que en Arganda ese rechazo propició una revuelta general donde se llegó a la agresión directa el día de su recibimiento. En realidad se suceden unos hechos bastante cómicos. Al llegar la comitiva a la plaza un cochero del Duque cae muerto ante el alboroto de la multitud, pero un compañero de cochero lo llama ‘borracho’ y lo aparta de un tortazo creyendo que no estaba muerto. Entonces, la gente se agolpó sobre los carruajes y el Duque intentó sobornar al alcalde con 200 ducados temiendo por su integridad. Pero la contestación del alcalde avivó los ánimos aún más: “No los quiero, el agravio no se ha hecho a mi persona, sino a la vara”. De lo que pasó después sólo se supo que el Duque tuvo que recurrir a un sangrador para curarse unas ronchas que le habían salido y que nada más amanecer al día siguiente volvió a Madrid.

 

Historias de la Historia de España. Capítulo 5. Érase un cerco al Congreso y unos diputados que salieron por las ventanas.

Pavía
El capítulo de hoy se basa en la ocupación del edificio del Congreso de los Diputados por guardias civiles y soldados que desalojaron del mismo a los diputados cuando se estaba procediendo a la votación de un nuevo presidente del Poder Ejecutivo de la República en sustitución de Emilio Castelar que acababa de perder la cuestión de confianza presentada por Francisco Pi y Margall, Estanislao Figueras y Nicolás Salmerón, líderes del sector del Partido Republicano Federal opuesto a la política “fuera de la órbita republicana” del republicano federal “derechista” Emilio Castelar. Precisamente el objetivo del golpe era impedir que Castelar fuera desalojado del gobierno, aunque como éste tras el golpe no aceptó seguir en el poder por medios antidemocráticos, el general Pavía tuvo que reunir a los partidos contrarios a la República Federal que decidieron poner al frente del “gobierno nacional” que promovía Pavía al líder del conservador Partido Constitucional, el general Francisco Serrano. Así se inició la segunda etapa de la Primera República Española que se suele denominar “República Unitaria” o “Dictadura de Serrano”.
 La política de Castelar de acercamiento a los constitucionales y a los radicales, los dos partidos liberales que habían sustentado la Monarquía de Amadeo I, encontró la oposición de los “centristas” de Pi y Margall, pero también la de los “moderados” que seguían a Nicolás Salmerón -que al principio habían apoyado al gobierno- porque creían que la República debía ser construida por los republicanos auténticos, no por los recién llegados -eran contrarios a hacer una «política fuera de la órbita republicana»-. Esta oposición aumentó cuando Castelar nombró a generales de dudosa afección a la República para los puestos más importantes -como Manuel Pavía, nuevo Capitán General de Castilla la Nueva, que incluía Madrid- y cuando cubrió los puestos vacantes de tres arzobispados a mediados de diciembre -Toledo, Tarragona y Santiago de Compostela-, lo que indicaba que había entablado negociaciones con la Santa Sede, restableciendo de facto las relaciones con ella, y que se oponía a la separación de la Iglesia y el Estado que defendían los republicanos. A ello se añadió un decreto de 22 de diciembre por el que se autorizaba a los gobernadores civiles a suspender periódicos sin necesidad de apercibimiento ni multa previa, y la supresión arbitraria de diputaciones y ayuntamientos, como el de Madrid cuyos concejales fueron sustituidos por otros más conservadores.
 A raíz de la derrota parlamentaria de Castelar, Cristino Martos, líder de los radicales, y el general Serrano, líder de los constitucionales, que hasta entonces habían estado preparándose para las elecciones parciales que ya no se iban a celebrar, acordaron llevar a cabo un golpe de fuerza para evitar que Castelar fuera reemplazado al frente del Poder Ejecutivo por un voto de censura que previsiblemente iban a presentar Pi y Margall y Salmerón en cuanto volvieran a abrirse las Cortes el 2 de enero de 1874. El acuerdo entre Serrano y Martos preveía que el primero ocuparía la presidencia de la República y el segundo la presidencia del gobierno.
 Cuando el 20 de diciembre Emilio Castelar tuvo conocimiento del golpe que se preparaba llamó a su despacho el 24 al capitán general de Madrid, el general Pavía, para intentar convencerle de que se atuviera a la legalidad y no participara en la intentona. En esa reunión, según relató después Pavía, éste le pidió a Castelar que promulgara un decreto ordenando que continuasen suspendidas las Cortes y que «yo hubiera fijado en la Puerta del Sol con cuatro bayonetas», a lo que se negó rotundamente Castelar manifestándole que no se separaría un ápice de la legalidad. Sin embargo, como se preguntó más tarde Pi y Margall al conocer los hechos, ¿por qué Castelar permitió que Pavía continuara con su proyecto de disolver por la fuerza las Cortes y no lo destituyó de forma fulminante de su puesto de máxima autoridad militar de Madrid? Pavía afirmó después que cuando salió de la reunión con Castelar se preguntó:«¿debo yo permitir que estalle la anarquía?»23 Una muestra de que el general Pavía no admitía la supremacía del poder civil sobre el Ejército, lo que le llevó a considerar que el golpe que tenía planeado dar era legítimo, se produjo unas semanas antes con motivo del entierro del diputado Ríos Rosas en el que pretendió situarse en el cortejo fúnebre inmediatamente detrás del Gobierno y por delante de la Mesa de las Cortes, teniendo que intervenir el propio Castelar para restablecer la prelación.
 Una semana después, el 31 de diciembre, Castelar le escribió al general José López Domínguez, que dirigía el sitio de Cartagena -el último reducto de la rebelión cantonal-, para asegurarle que nunca se saldría de la legalidad y que abandonaría el poder si las Cortes así lo decidían, y también para que pedirle que se mantuviera fiel a la legalidad asegurándole que estaba resuelto a fundar la República «en el orden, a aumentar el Ejército y a salvar la disciplina y a todo aquello que puede darnos patria». El general López Domínguez le contesta el 2 de enero: «¿Podrá consentir este bizarro ejército que me enorgullezco en mandar, la ignominia de ver triunfantes a los insurrectos? […] Temo que la Cámara pueda tomar un camino que su legalidad sea la deshonra de la patria». Después de leer esto Castelar no lo destituyó.
 En aquellos momentos Castelar ya sabía que Nicolás Salmerón iba a sumarse al voto de censura porque el día anterior, 30 de diciembre (o el 26 de diciembre según otras fuentes), en la entrevista que había mantenido con él, Castelar no había aceptado las condiciones que le había puesto para seguir dándole su apoyo: sustituir a los generales que Castelar había nombrado por otros adictos al federalismo; revocación del nombramiento de los arzobispos; cese de los ministros más conservadores dando entrada en el gobierno a seguidores suyos; y discusión y aprobación inmediata de la Constitución federal.
 Cuando se reabrieron las Cortes a las dos de la tarde del 2 de enero de 1874 el capitán general de Madrid, Manuel Pavía, antiguo partidario de Prim, con quien se había alzado en Villarejo de Salvanés, tenía preparadas a sus tropas para el caso de que Castelar perdiera la votación parlamentaria -además les había pedido a los dirigentes del Partido Radical y del Partido Constitucional que se reuniesen en una casa contigua al Congreso y que allí esperasen sus “órdenes”-. En el lado contrario batallones de Voluntarios de la República estaban preparados para actuar si vencía Castelar -de hecho, según Jorge Vilches, “los cantonales cartageneros habían recibido la contraseña de resistir hasta el 3 de enero, día en que siendo derrotado el Gobierno Castelar se formaría uno intransigente que «legalizaría» su situación y «cantonalizaría» España”
 Al abrirse la sesión intervino Nicolás Salmerón para anunciar que retiraba su apoyo a Castelar, Salmerón terminó su intervención con una frase que se hizo famosa: «Perezca la República, sálvense los principios» -lo que, según Jorge Vilches, quería decir que “si no se podía gobernar con los principios republicanos, se dejara la República a otros”-. Le respondió Emilio Castelar haciendo un llamamiento al establecimiento de la «República posible» con todos los liberales, incluidos los conservadores, y abandonando la “demagogia”.
 Pasada la medianoche se produjo la votación de la cuestión de confianza en la que el gobierno salió derrotado por 100 votos a favor y 120 en contra, lo que obligó a Castelar a presentar la dimisión, y a continuación se hizo un receso para que los partidos consensuaran el candidato que habría de sustituir a Castelar al frente del Poder Ejecutivo de la República. En aquellos momentos el diputado constitucional Fernando León y Castillo ya había hecho llegar el resultado adverso a Castelar al general Pavía a través del también constitucionalista Víctor Balaguer. Pavía dio entonces la orden de salir hacia el Congreso de los Diputados a los regimientos comprometidos y  situó en la plaza frente al edificio a todo su estado mayor.
800px-General_Pavía_en_las_Cortes
El Golpe de Estado del General Pavía. (Texto recreado por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros).
Sábado 3 de enero de 1874. Madrid, 7 menos cinco de la mañana, dos grados bajo cero; yo, el Capitán General de Madrid, Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, militar progresista y republicano, al que el desorden del federalismo siempre han puesto nervioso, enterado de los acontecimientos que se están llevando a cabo en el Congreso y viendo la posibilidad de retornar a la República Federal, he decidido actuar de inmediato, poniendo en marcha un contingente de tropas y mandando dos informadores al Presidente de la Cámara.
Poco tiempo después, en el hemiciclo, Nicolás Salmerón, anuncia que ha recibido una “orden” del Capitán General de Madrid, para que se desaloje el Congreso de inmediato, “Señores diputados, hace pocos minutos que he recibido un recado u orden del capitán general (creo que debe ser el ex-capitán general de Madrid), por medio de dos ayudantes, para decir que se desalojase el salón en un término perentorio”.
Los diputados se han exaltado, enfurecido y envalentonado, gritan ¡vivas! a la República, a la soberanía nacional, … Piden armas para defenderse, me destituyen privándome de mis condecoraciones, y se animan para permanecer hasta la muerte en su escaño con el fin de defender la República Federal.
Mientras veo la situación de desmembramiento en la que puede quedar nuestra madre patria, he mandado situar en la plaza frente al edificio a mi estado mayor, dos compañías de infantería, una batería de montaña (para la que he dispuesto cartuchos de cañón sin bala por si necesito hacer mayor intimidación, pero creo que no precisaré de usarlos) y otras dos compañías de la Guardia Civil. El coronel Iglesias, ha vuelto a ordenar a dos ayudantes que impongan a Salmerón la disolución de la sesión de Cortes y el desalojo del edificio en cinco minutos.
La Guardia Civil, que custodia el Congreso, se ha puesto bajo el mando de mi estado mayor ocupando los pasillos del edificio (no llegando a entrar en el hemiciclo). De nuevo, y por segunda vez, el coronel Iglesias en persona entra en la Cámara indicando que, según ordena el capitán general de Madrid, se desaloje de inmediato. Nuevamente se produce un revuelo, los diputados se enaltecen, vociferan, vuelven los ¡vivas! e increpan a los guardias. El Presidente se les enfrenta: “Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré”. Se oyen los primeros disparos … Es entonces cuando los valientes diputados dejan a la carrera sus escaños y huyen por todos los rincones, saltando por las ventanas. A lo que Iglesias, sorprendido, ha preguntado: «Pero señores, ¿por qué saltar por las ventanas cuando pueden salir por la puerta?». Los pocos políticos que quedan, con Castelar al frente, han sido desalojados por la misma Guardia Civil que minutos antes custodiaba el Congreso.
Muchos de los que habían jurado morir en sus puestos –confiesa Flores García– recogen sus prendas de abrigo en el guardarropa y ganan, cabizbajos y silenciosos, la calle de Floridablanca.
La I República ha finalizado cuando el reloj del hemiciclo marca las siete y media, todo se ha completado con la ocupación militar de los puntos neurálgicos de Madrid…. Mientras todo esto ocurre en el Congreso, yo, Manuel Pavía sigo en mi despacho del Ministerio del Ejército, y mi caballo, del que se asegura que es blanco, ha permanecido en todo momento en los establos.
Fdo. Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque. Capitán General de Castilla la Nueva, Marqués de la Almenara y de la Ensenada.
Epílogo
Pavía, que era republicano unitario, le ofreció a Emilio Castelar continuar en la presidencia, pero este rehusó al no querer mantenerse en el poder por medios antidemocráticos. Estos hechos supusieron el final oficioso de la Primera República, aunque oficialmente continuaría casi otro año más.
Serrano fue nombrado presidente del gobierno y del Poder Ejecutivo, instaurando una especie de dictadura republicana de talante conservador; su ambición era perpetuarse como dictador, pero la destrucción de las fuerzas republicanas había abierto el camino para la restauración de los Borbones, precipitada en aquel mismo año por el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto con la aquiescencia gubernamental, sin oposición popular y a favor de la restauración monárquica en la persona de don Alfonso de Borbón y Borbón. Cánovas del Castillo toma el control asumiendo el ministerio-regencia a la espera del rey, lo que supuso el nacimiento de la RESTAURACIÓN BORBONICA. En diciembre de 1874 el príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII, proclama el Manifiesto de Sandhurst , firmado en la academia militar del mismo nombre donde estaba estudiando , manifiesta su disposición a ser rey de España «…ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal».. Alguna semanas después de produjo el cambio de régimen.
________________________________________________
Pavía se encontró de repente con la posibilidad de convertirse en dictador. Sin embargo, mandó llamar a los jefes de los partidos, como Serrano y Sagasta, y depuso la autoridad en sus manos. No aceptó ni siquiera el ministerio que le ofrecieron. Fue felicitado por los embajadores, y se convirtió en un hombre muy popular en Madrid. De hecho, no sólo era vitoreado cuando paseaba por la calle, sino que en las elecciones de enero de 1876 obtuvo 2.966 votos de los 3.054 posibles en el distrito centro de Madrid.
Una mañana de enero de 1895, su criado le encontró tirado en el suelo de su habitación. Pavía había muerto. El día antes, el 3, había almorzado con Cánovas para recordar el golpe de 1874; fue una de las pocas bromas que don Antonio se permitió. La prensa seria coincidió en el retrato. El conservador La Época decía que había sido “una garantía de tranquilidad”; el liberal La Iberia afirmaba que siempre se había guiado por el patriotismo; La Correspondencia de España dijo que era un “liberal arrojado (…) [un]político modesto en sus ambiciones, lleno de abnegación y valentía en sus hechos”; el barcelonés La Dinastía aseguraba, exagerando, que era “uno de los colosos de la Historia contemporánea”; y el liberal El Imparcial dijo que era un “ordenancista” que defendió tras el 74 que el ejército se alejara de la política.
Sin embargo, la prensa republicana no le perdonaba el episodio. El País, diario republicano progresista, decía que la “infausta jornada” fue “el prólogo de la nefasta restauración borbónica”. El satírico Don Quijote decía, sin gracia, que no se sabía si había tenido tiempo para pedir perdón por “sus culpas y pecados”. Por su culpa “murió la Primera República Española”
Bendito sea D. Manuel. ¡Viva España!

Historias de la Historia de España. Capítulo 6; Érase un 28 de Septiembre; Dos batallas y un puente.

puente de alcolea 1
La batalla del puente de Alcolea de 1808 es una batalla de la guerra de la Independencia española. Se trató de la primera batalla campal en Andalucía entre un ejército español más o menos organizado y las fuerzas francesas.
Entre mayo y junio de 1808, parte del ejército francés se dirige al sur peninsular intentando acabar con las últimas posiciones de resistencia españolas, entre ellas la nueva capital, Cádiz.
Ni qué decir tiene que en la España decimonónica los caminos eran muy precarios. España se vertebraba a través de los caminos reales. En la Andalucía occidental, el camino real bajaba desde Despeñaperros a Bailén y de allí a Córdoba y Sevilla. En la actualidad, gran parte de ese recorrido se encuentra bajo la carretera N-IV. Los antiguos puentes sobre el Guadalquivir, como éste que presentamos de Alcolea, han quedado relegados de las vías principales, si bien la pericia y estilo de los maestros constructores de tiempos pretéritos a veces aún saca los colores a los modernos arquitectos y sus funcionales estructuras de hormigón.
El puente de Alcolea, mandado construir por Carlos III y terminado en 1792 era un punto estratégico en las comunicaciones andaluzas, ya que su plataforma sobre el río abría la puerta de la ciudad de Córdoba. Seguro que cuando fue construido, nadie pensó que se convertiría en escenario de dos batallas históricas, de cuyo resultado iba a depender el destino del país.
El siete de junio de 1808, tan sólo unos años después de la construcción de este puente y con la sangre de los amotinados madrileños todavía caliente, las fuerzas del general Dupont fueron rechazadas en el puente de Alcolea por los voluntarios al mando de Pedro de Echávarri. Se podría decir que esta primera batalla fue poco importante, pero en realidad impidió a Dupont entrar en Córdoba y hacerse fuerte allí, por lo que el ejército francés tuvo que retirarse hacia la ciudad jienense de Bailén, donde se encontrarían con el ejército español del general Castaños y con un terrible destino.
un 6 de junio de 1808, el capitán de fragata Baste, oficial del cuerpo de Infantería de Marina del Ejército Imperial de Napoleón, se hacía visera en los ojos con la mano. El sol del amanecer de un 7 de junio de 1808 dibujaba las sombras de 60 soldados españoles, mal armados y peor equipados, agazapados en una trinchera improvisada que protegía la entrada al Puente de Alcolea. El capitán Baste arreó su caballo, dio media vuelta y levantó una columna de polvo en una inmensa llanura a orillas del Guadalquivir. Minutos después, llovía fuego de artillería sobre la pequeña aldea de Alcolea. La ciudad de Córdoba se asomaba al precipicio de los días más trágicos de su historia contemporánea: una batalla perdida, un saqueo y muchos muertos. La primera batalla a campo abierto entre soldados españoles y franceses durante la Guerra de la Independencia no dejó restos en el camino a Córdoba, en la ruta que precipitadamente tuvieron que tomar los más de 20.000 voluntarios -la mayoría paisanos con una nula formación militar- cuando los cañones franceses segaban vidas y cuando el horror en forma de sablazos, bayonetazos y arcabuzazos provocaban la huida de un ejército que unas horas antes daba vivas a Fernando VII y mueras a Napoleón. Anochecía el 6 de junio de 1808 cuando Córdoba se preparaba para su particular y también sangriento 2 de mayo.
Las huellas de aquellos trágicos días en Córdoba se han disipado. Los testimonios no abundan, tampoco los escritos, salvo un monográfico editado en 1924 por Miguel Ángel Ortí Belmonte, archivero del Ayuntamiento de Córdoba, que durante años estuvo recopilando documentos y testimonios sobre lo ocurrido en Córdoba en aquel terrible mes de junio de 1808. En aquella fecha, la ciudad apenas acogía a 40.000 habitantes en un casco urbano que no superaba el perímetro de sus murallas (todavía hoy se conservan algunos lienzos). 40.000 personas que conocían por rudimentarios correos a caballo los sucesos del 2 de mayo en Madrid, que recibían órdenes de acoger con la mejor hospitalidad del mundo a un ejército francés que dormiría en Córdoba en son de paz y que se preguntaba qué estaba pasando con sus reyes, que abdicaban, renunciaban a su corona. El 26 de mayo de 1808 se desató el odio al francés. Ese día, a las 13:00, un oficial español llegó a caballo a Córdoba dando vivas a Fernando VII. El militar traía un mensaje de Sevilla y solicitaba a Córdoba que se uniese a la sublevación contra Francia. Mientras tanto, una columna de 10.000 franceses al mando del general Dupont marchaba hacia Andalucía para pacificar la región. El Corregidor de la ciudad, desde el balcón del Ayuntamiento, solicitó los pareceres de la ciudad. Unos -los más moderados- expusieron que Córdoba carecía de defensas y de ejército, y que era mejor huir a Sevilla para organizar una resistencia más contundente. Los más exaltados optaron por organizar un ejército para resistir en Córdoba al enemigo francés. Ganaron. Esa misma noche, se publicó un bando llamando a filas a todos los cordobeses de 15 a 18 años y se encargó a Pedro de Echávarri, general de vanguardia de Andalucía, la organización de este improvisado cuerpo militar.
La llamada a las armas -la mayoría clamada desde los altares de las iglesias- corrió como la pólvora por la provincia. En un par de días llegaron a Córdoba 1.500 hombres de Montoro, 191 jinetes de La Carlota, 500 voluntarios de Cabra, un batallón de 800 hombres de Écija, 5.000 milicianos reclutados en los alrededores de Lucena, militares profesionales de Ronda y un batallón de suizos desertores de la columna de Dupont. Muchos soldados, mucho valor, muchos vivas a Fernando VII y poca formación militar y menos armas para enfrentarse a la máquina de matar de Francia. Hacía un par de años que Dupont y sus veteranos habían vencido a un ejército profesional de prusianos que los triplicaba en número. Sevilla mandó cuatro cañones, un obús y 3.000 fusiles para 20.000 soldados españoles. Nada de sables ni de bayonetas. Se sustituyeron por navajas, cuchillos de monte y largas garrochas con una punta afilada. Córdoba se había convertido en una auténtica plaza militar donde el redoble de tambores y el sonido de cornetines despertaba el ardor guerrero de los voluntarios. En la tarde del 5 de junio, este ejército improvisado se puso en marcha de forma más o menos formal. A su vez, la columna de Dupont dejaba Andújar y alcanzaba El Carpio. El 6 de junio, los arrojados cordobeses tomaban posiciones en Alcolea. Apenas había amanecido el día 7 cuando llegaron los franceses. Siete horas después, los 20.000 milicianos cordobeses se batían en retirada. Los franceses los perseguían mientras pasaban a cuchillo a un centenar de vecinos de Alcolea que se aferraban a sus pequeñas propiedades. Las murallas de Córdoba se cerraban. La soldadesca huía a Sierra Morena con estrépito. La ciudad se quedaba indefensa.

Los militares Prim y Topete formaron Juntas Provinciales las cuales se encargaron de movilizar a la población mediante promesas de sufragio universal, de eliminación de impuestos, del fin del reclutamiento forzoso y de una nueva constitución. Lideraron una sublevación en Cádiz contra el gobierno de la reina Isabel II.

Antecedentes: Revolución “La Gloriosa”

En esta situación estalló la revolución de 1868, conocida como La Gloriosa. La ciudad de Cádiz volvía a ser el origen de una revolución, ya que el 19 de septiembre de 1868 el brigadier Topete encabezó un alzamiento tras ponerse al mando de la flota fondeada en Cádiz. Los sublevados difunden un manifiesto titulado “España con honra”, en el que exponían las razones de su levantamiento, que no eran otras que la demanda de reformas políticas. En el manifiesto se pedía que tras exiliarse la reina se fundara un nuevo gobierno sin exclusión de partidos.
El reinado de Isabel II se había distinguido por la penuria económica y la pérdida de influencia exterior. Para colmo, los moderados llevaban veinte años atrincherados en el poder, marginando a los liberales y fomentando la aparición de grupos más radicales como los republicanos. En 1868 el descontento se materializó en un nuevo pronunciamiento. De nuevo la rebelión liberal nacía en Cádiz.
En su camino a Madrid, los rebeldes, fueron interceptados por las tropas monárquicas al mando del general Pavía. El 28 de septiembre de 1868 se produjo la batalla en la que el Duque de la Torre, Francisco Serrano, con los generales Caballero de Rodas, Izquierdo y Rey derrotaron a las tropas fieles a Isabel II mandadas por el general Marqués de Novaliches, que resultó herido en la mandíbula por lo que se acuñó la cancioncilla popular cuya letra decía…
El general Novaliches
en Córdoba quiso entrar /
y en el puente de Alcolea
le volaron las “quijás”…
Y también esta otra:
¿Qué es aquéllo que reluce
en lo alto de aquél cerro?
la “quijá” de Novaliches
que la está royendo un perro…

Despliegue del ejército monárquico
El ejército de Novaliches estaba compuesto por dos divisiones de Infantería, una división de caballería, una brigada de artillería con 32 cañones de campaña, una brigada de vanguardia y algunas unidades auxiliares menores, con un total aproximado de diez mil hombres. Los rebeldes, bajo el mando del general Serrano, formaban un ejército de tamaño similar, aunque con menos artillería. Entre unos y otros se estima que en total participaron en la batalla unos diez y ocho mil hombres, dos mil caballos y sesenta piezas de artillería.
Novaliches planteó su despliegue en dos columnas, una por la carretera de la margen derecha del Guadalquivir para caer por la espalda del puente en la localidad de Alcolea defendido por las tropas del general Serrano, fortificadas a sabiendas de que las circunstancias que reinaban en el resto de España en aquellos momentos jugaban a su favor. La otra columna realista avanzó por lo que hoy es la antigua nacional IV, desde la estación de El Carpio, Las Cumbres, la estación de Los Cansinos y la Vega de Alcolea para llegar de frente al puente.
El 28 de septiembre de 1868 ambos ejércitos se encontraron. Novaliches realizó un ataque frontal que fue contenido por las tropas rebeldes de Serrano. Para evitar la desmoralización de sus tropas, Novaliches en persona decidió acudir a la vanguardia, siendo herido gravemente en la cara por metralla. El general de estado mayor Jiménez de Sandoval tomó entonces el mando y al anochecer, ordenó retirarse a las tropas y comenzó las negociaciones. En total, hubo unas mil bajas entre muertos y heridos.
Esta derrota forzó la renuncia de Isabel II, que huyó a Francia. El Ayuntamiento de Córdoba concedió unas bovedillas en el Cementerio de San Rafael, para enterrar a los jefes y oficiales muertos en esta batalla.
España tenía por delante un sexenio revolucionario, el breve reinado de Amadeo de Saboya y la efímera Primera República.
Y todos estos acontecimientos se decidieron en la batalla del puente de Alcolea, este viejo y sólido puente que aún resiste el paso del tiempo para seguir contándonos su historia.

El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España

Nada más dar el golpe de Estado, Primo de Rivera instauró una dura política contra los nacionalismos, sobre todo el catalán, al que consideraba unos de los grandes «males» del país
El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España
ABC
«De los males patrios que más demandan urgente y severo remedio, destacan el sentimiento, propaganda y actuación separatistas que vienen haciéndose por odiosas minorías, que no por serlo quitan gravedad al daño, y que precisamente por serlo ofenden el sentimiento de la mayoría de los españoles, especialmente el de los que viven en las regiones donde tan grave mal se ha manifestado», escribía el generalPrimo de Rivera el 17 de septiembre de 1923, menos de una semana de su golpe de Estado.
El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España
ABC
Primo de Rivera, en 1925
Tras medio siglo con el sistema de laRestauración, el excapitán general de Cataluñainstaura su dictadura para «salvar la patria» y librarla de «los males» que acechaban a un Estado en plena descomposición. Uno de los primeros objetivos que se propuso –además de terminar con el sistema parlamentario «inmoral y corrupto», los desórdenes públicos y el problema marroquí– fue el de erradicar de un plumazo los separatismos en España. El dictador impuso rápidamente una dura política contra los nacionalismos e independentismos periféricos, que quedó plasmada con la firma, pocos días después de haberse iniciado el directorio militar y de haberse declarado el estado de guerra, del Real Decreto sobre el Separatismo, del que ahora se cumplen 90 años. El objetivo: imponer sanciones que «eviten el daño apuntado» y «purgar el virus que representa la menor confusión, el más pequeño equívoco en sentimientos que ningún pueblo ni Estado conscientes de su seguridad y dignidad admiten ni toleran», especificaba Primo de Rivera en el preámbulo del Real Decreto dirigido al Rey Alfonso XIII.
El apoyo inicial del nacionalismo catalán
En un principio, Primo de Rivera disimuló su anticatalanismo para no decepcionar a la poderosa burguesía catalana ni a la Lliga, quegobernaba en la Mancomunidad de Cataluña. Y de hecho, en los primeros instantes el nacionalismo catalán apoyó a Primo de Rivera creyendo que, al haber sido capitán general de Cataluña, les favorecería en su camino hacia la obtención de más libertades y privilegios, pero lo cierto es que el fuerte carácter centralista del nuevo dictador se impuso rápidamente. Todo ellos favorecido por el cada vez mayor recelo con que era visto el auge de los nacionalismos catalán y vasco entre la derecha conservadora española.
El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España
ABC
Discurso de Primo de Rivera el año del golpe de Estado
El Real Decreto sobre Separatismo del 18 de septiembre de 1923 –que al día siguiente ABC publicaba al completo bajo el título «La represión del separatismo»– establecía juicios militares por los delitos «contra la unidad de la patria, cuando tiendan a disgregarla, restarle fortaleza y rebajar su concepto, ya sea por la palabra, por escrito, por la imprenta o por otro medio mecánico o gráfico de publicidad y difusión, o por cualquier otro acto o manifestación». Su artículo primero también prohibía izar cualquiera bandera que no fuera la española en los edificios oficiales, ya fueran los del Estados o de los gobiernos provinciales o municipales. La banderas catalanas, vascas o gallegas quedaban desterradas, y cualquiera que las ostentara podría ser arrestado durante seis meses o sufrir una multa de hasta 5.000 pesetas. Toda una fortuna para la época que también podría caer, además de los seis meses de prisión, a todo aquel que pronunciara discursos o redactara escritos que reflejaran cualquier sentimiento independentista.
Prohibido hablar catalán
Ahí no quedaban las penas, que podían ser mucho mayores en el caso de organizarse alzamientos contra el Gobierno central, donde se podría aplicar incluso la pena de muerte, o realizar manifestaciones «públicas o privadas» a favor de la independencia o difundirse ideas separatistas en los colegios. En este último caso el castigo podía llegar a dos años de cárcel y multas de hasta 10.000 pesetas. El Real Decreto también prohibió a cualquier autoridad pública, sea del signo que sea, utilizar otro idioma que no fuera el español en los actos públicos, ya fueran estos de carácter nacional o internacional.
Texto íntegro del Real Decreto sobre el Separatismo (18 de septiembre de 1923)
Artículo 1º. «Serán juzgados por los tribunales militares, a partir de la fecha de este decreto, los delitos contra la seguridad y unidad de la patria, cuando tiendan a disgregarla, restarle fortaleza, y rebajar su concepto, ya sea por la palabra, por escrito, por la imprenta o por otro medio mecánico o gráfico de publicidad y difusión, o por cualquier clase de actos o manifestaciones.
No se podrá izar ni ostentar otra bandera que la nacional en buques o edificios, sean del Estado, de la provincia o del municipio, ni en lugar alguno, sin más excepción que las embajadas, consulados, hospitales y escuelas u otros centros pertenecientes a naciones extranjeras.»
Artículo 2º. «Las infracciones que contra lo dispuesto en este decreto-ley se cometan se castigarán del modo siguiente: ostentación de bandera que no sea la nacional, seis meses de arresto y una multa de 500 a 5.000 pesetas para el portador de ella, o para el dueño de la finca, barco, etc.
Delitos por la palabra, oral o escrita: prisión correccional de seis meses y un día hasta un año, y una multa de 500 a 5.000 pesetas.
La difusión de ideas separatistas por medio de la enseñanza o la predicación de doctrinas de las expresadas en el artículo primero: prisión correccional de uno a dos años.
Pandillaje, manifestaciones públicas o privadas referentes a estos delitos: tres años de prisión correccional y una multa de 1.000 a 10.000 pesetas.
Alzamiento de partidas armadas: prisión mayor de seis años y un día a 12 años al jefe, y de tres a seis años de prisión correccional a los que le sigan formando partida o partidas, si el hecho no constituyera otro delito más grave.
Resistencia a la fuerza pública en concepto de partida: pena de muerte al jefe y de seis años y un día a 12 años de prisión mayor para todos los que formen la partida o partidas. Con las mismas penas señaladas anteriormente se castigarán los delitos frustrados, la tentativa y las conspiraciones para cometerlos.
Las señeras, pendones o banderas tradicionales e históricas de abolengo patriótico, en cualquiera de sus periodos, que son guardados con amoroso orgullo por ayuntamientos u otras corporaciones, las del Instituto de Somatenes, gremios, asociaciones y otras que no tengan ni se les dé significación antipatriótica, podrás ser ostentadas en ocasiones y lugares adecuados, sin incurrir en penalidad alguna.
El expresarse o escribir en idiomas o dialectos, las canciones, bailes, costumbres y trajes regionales no son objeto de prohibición alguna. Pero en los actos oficiales de carácter nacional o internacional no sé podrá usar, por las personas investidas de autoridad, otro idioma que el castellano, que es el oficial del Estado español, sin que esta prohibición alcance a la vida interna de las corporaciones de carácter local o regional, obligadas, no obstante, a llevar en castellano los libros oficiales de registros y actas, aún en los casos que los avisos y comunicaciones no dirigidas a autoridades se hayan redactado en lengua regional.
Dado en Palacio, a 18 de septiembre de 1923.– Alfonso.– El presidente del Directorio Militar, Miguel Primo de Rivera.»
____________________________________________________________________________
 ISRAEL VIANAISRA_VIANA  / MADRID Día 20/09/2013 – 09.34h ABC historia

ÉRASE UN FELIZ AÑO NUEVO DE 1874 Y ENTRE TODOS LA MATARON… Y CON PAVÍA SE MURIÓ.

 “Señores, con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía democrática; nadie ha acabado con ella, ha muerto por sí misma; nadie trae la República, la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la Historia. Señores, saludémosla como el sol que se levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra patria”. Tras el elocuente discurso de Castelar, entre encendidos aplausos, fue proclamada la República Española, con la resignación de los monárquicos, por 258 votos a favor y sólo 32 en contra:
La Asamblea Nacional resume todos los poderes y declara la República como forma de gobierno de España, dejando a las Cortes Constituyentes la organización de esta forma de gobierno. Se elegirá por nombramiento directo de las Cortes un poder ejecutivo, que será amovible y responsable ante las mismas Cortes.En esta misma sesión, se eligió el primer gobierno de la República. El republicano federal Estanislao Figueras resultó elegido “Presidente del Poder Ejecutivo” (jefe de Estado y Gobierno) y no “Presidente de la República” pues nunca se llegó a aprobar la nueva Constitución que creaba ese cargo; en su discurso, dijo que la llegada de la República era «como el iris de paz y de concordia de todos los españoles de buena voluntad».

La aprobación de esas resoluciones sorprendió y desconcertó a toda España, ya que en las Cortes, elegidas pocos meses antes, los republicanos eran una minoría. Ruiz Zorrilla afirmaba en plena Asamblea:

Protesto y protestaré, aunque me quede solo, contra aquellos diputados que habiendo venido al Congreso como monárquicos constitucionales se creen autorizados a tomar una determinación que de la noche a la mañana pueda hacer pasar a la nación de monárquica a republicana.

Para muchos, dada la imposibilidad de restaurar a Isabel II y la juventud del futuro Alfonso XII, la República es la única salida posible, aunque sólo sea como medida provisional, en razón del fracaso inevitable que la aguarda.

 Entanislao Figueras


Este primer gobierno lo formaban federales y progresistas, que ya habían sido ministros durante la monarquía. En él cuatro ministros del rey Amadeo; Echegaray, Becerra, Fernández de Córdoba y Berenguer, ocupaban los ministerios de Hacienda, Guerra, Marina y Fomento.

Al comenzar, afrontaban una desesperante situación financiera: déficit presupuestario de 546 millones de pesetas, 153 millones en deudas de pago inmediato y solo 32 millones para cubrirlas. El Cuerpo de Artillería había sido disuelto en el momento de más virulencia en las guerras cubana y carlista, para las que no había suficientes soldados, armamento ni dinero con el que alimentar o adquirirlo. Por otro lado, España atravesaba una aguda crisis económica, coincidente con la gran crisis mundial de 1873.

 Pi y Margall

Se suele considerar a Pi y Margall como el alma de este gobierno que hubo de enfrentarse a un sinfín de problemas ya endémicos para la Primera República (Tercera Guerra Carlista; sublevaciones separatistas, en este caso de Cataluña; indisciplina militar, conspiración monárquica, etc.)

Presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, llegó Estanislao Figueras a gritar en catalán: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!» Tan harto que el 10 de junio dejó disimuladamente su dimisión en su despacho en la Presidencia se fue a dar un paseo por el parque del Retiro y, sin decir una palabra a nadie, tomó el primer tren que salió de la estación de Atocha. No se bajó hasta llegar a París.

Tras la huida a Francia de Figueras, al advertir el vacío de poder ya iba a pronunciarse el general Manuel Sodas cuando un coronel de la Guardia Civil, José de la Iglesia, se presentó con un piquete en el edificio del Congreso y anunció a los diputados que de allí no salía nadie hasta que eligieran a un nuevo Presidente. Eligieron el día 11 de junio al también federalista Francisco Pi y Margall, que al presentar a su gobierno ante la Asamblea declaró que no tenía programa y que no sabía qué hacer. El esfuerzo principal del nuevo gobierno sería la elaboración de una nueva Constitución, así como la aprobación de una serie de leyes de carácter social: el reparto de tierras desamortizadas entre arrendatarios, colonos y aparceros, el restablecimiento del ejército regular, con levas obligatorias, la separación de la Iglesia y el Estado, la abolición de la esclavitud, la enseñanza obligatoria y gratuita, la limitación del trabajo infantil, la creación de jurados mixtos de empresarios y trabajadores, el derecho a la sindicación obrera y la jornada de trabajo de 8 horas.

 Gobierno de Nicolás Salmerón


Tras aceptar la dimisión de Pi y Margall, fue elegido Presidente del Poder Ejecutivo Nicolás Salmerón, con 119 votos a favor y 93 votos en contra.El nuevo presidente, que era un republicano federal moderado, defendía la necesidad de llegar a un entendimiento con los grupos más moderados o conservadores y una lenta transición hacia la república federal. Su oratoria era demoledora. Francisco Silvela decía que Salmerón, en sus discursos, sólo usaba un arma: la artillería. Antonio Maura caracterizaba el tono profesoral de don Nicolás diciendo que «siempre parece que esté dirigiéndose a los metafísicos de Albacete».

Gobierno de Emilio Castelar
 El más propio espectáculo a la española

Al día siguiente, el 7 de septiembre, fue elegido para ocupar la Presidencia del Poder Ejecutivo el unitario Emilio Castelar, catedrático de Historia y destacado orador, por 133 votos a favor frente a los 67 obtenidos por Pi y Margall. Durante su anterior etapa, como Ministro de Estado en el gobierno de Estanislao Figueras, promovió y consiguió que se aprobase la abolición de la esclavitud en el territorio ultramarino de Puerto Rico, aunque no en Cuba por la situación de guerra que vivía.

La sesión del 2 de enero (1874) la dedicó el presidente a hablar de su buena gestión, del restablecimiento de orden público, de las dificultades de la Tercera Guerra Carlista….etc, pero los federales se lanzaron en tromba contra don Emilio Castelar, a quien respaldaba el capitán general de Madrid, don Manuel Pavía. La sesión parlamentaria se suspendió a las siete de la tarde y se reanudó a las once de la noche con un duro discurso de Salmerón en respuesta a Castelar. A las cinco de la madrugada se procedió a la votación de la moción de confianza, resultando contraria al gobierno de Castelar: 119 votos contra 101. Dimitió el último presidente de la República, y el de las Cortes, que era Nicolás Salmerón, ordenó proceder a nueva votación para elegir a un nuevo jefe del Poder Ejecutivo.
 Y como es cosa normal en España, ¿cómo acaban las repúblicas?

El Golpe de Estado del General Pavía. (Texto recreado por Juan J. Godoy Espinosa de los Monteros)

Sábado 3 de enero de 1874. Madrid, 7 menos cinco de la mañana, dos grados bajo cero; yo, el Capitán General de Madrid, Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, militar progresista y republicano, al que el desorden del federalismo siempre han puesto nervioso, enterado de los acontecimientos que se están llevando a cabo en el Congreso y viendo la posibilidad de retornar a la República Federal, he decidido actuar de inmediato, poniendo en marcha un contingente de tropas y mandando dos informadores al Presidente de la Cámara.

 Poco tiempo después, en el hemiciclo, Nicolás Salmerón, anuncia que ha recibido una “orden” del capitán general de Madrid, para que se desaloje el Congreso de inmediato, “Señores diputados, hace pocos minutos que he recibido un recado u orden del capitán general (creo que debe ser el ex-capitán general de Madrid), por medio de dos ayudantes, para decir que se desalojase el salón en un término perentorio”.

 Los diputados se han exaltado, enfurecido y envalentonado, gritan ¡vivas! a la República, a la soberanía nacional, … Piden armas para defenderse, me destituyen privándome de mis condecoraciones, y se animan para permanecer hasta la muerte en su escaño con el fin de defender la República Federal.

 Mientras veo la situación de desmembramiento en la que puede quedar nuestra madre patria, he mandado situar en la plaza frente al edificio a mi estado mayor, dos compañías de infantería, una batería de montaña (para la que he dispuesto cartuchos de cañón sin bala por si necesito hacer mayor intimidación, pero creo que no precisaré de usarlos) y otras dos compañías de la Guardia Civil. El coronel Iglesias, ha vuelto a ordenar a dos ayudantes que impongan a Salmerón la disolución de la sesión de Cortes y el desalojo del edificio en cinco minutos.

 La Guardia Civil, que custodia el Congreso, se ha puesto bajo el mando de mi estado mayor ocupando los pasillos del edificio (no llegando a entrar en el hemiciclo). De nuevo, y por segunda vez, el coronel Iglesias en persona entra en la Cámara indicando que, según ordena el capitán general de Madrid, se desaloje de inmediato. Nuevamente se produce un revuelo, los diputados se enaltecen, vociferan, vuelven los ¡vivas! e increpan a los guardias. El Presidente se les enfrenta: “Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré”. Se oyen los primeros disparos … Es entonces cuando los valientes diputados dejan a la carrera sus escaños y huyen por todos los rincones, saltando por las ventanas. A lo que Iglesias, sorprendido, ha preguntado: «Pero señores, ¿por qué saltar por las ventanas cuando pueden salir por la puerta?». Los pocos políticos que quedan, con Castelar al frente, han sido desalojados por la misma Guardia Civil que minutos antes custodiaba el Congreso.

 La I República ha finalizado cuando el reloj del hemiciclo marca las siete y media, todo se ha completado con la ocupación militar de los puntos neurálgicos de Madrid…. Mientras todo esto ocurre en el Congreso, yo, Manuel Pavía sigo en mi despacho del Ministerio del Ejército, y mi caballo, del que se asegura que es blanco, ha permanecido en todo momento en los establos.

 Fdo. Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque. Capitán General de Castilla la Nueva, Marqués de la Almenara y de la Ensenada.

 Epílogo

Pavía, que era republicano unitario, le ofreció a Emilio Castelar continuar en la presidencia, pero este rehusó al no querer mantenerse en el poder por medios antidemocráticos. Estos hechos supusieron el final oficioso de la Primera República, aunque oficialmente continuaría casi otro año más.

Serrano fue nombrado presidente del gobierno y del Poder Ejecutivo, instaurando una especie de dictadura republicana de talante conservador; su ambición era perpetuarse como dictador, pero la destrucción de las fuerzas republicanas había abierto el camino para la restauración de los Borbones, precipitada en aquel mismo año por el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto con la aquiescencia gubernamental, sin oposición popular y a favor de la restauración monárquica en la persona de don Alfonso de Borbón y Borbón. Cánovas del Castillo toma el control asumiendo el ministerio-regencia a la espera del rey, lo que supuso el nacimiento de la RESTAURACIÓN BORBONICA. En diciembre de 1874 el príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII, proclama el Manifiesto de Sandhurst , firmado en la academia militar del mismo nombre donde estaba estudiando , manifiesta su disposición a ser rey de España «…ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal».. Alguna semanas después de produjo el cambio de régimen.

El General Martínez Campos se pronunció en Sagunto, con la aquiescencia gubernamental, sin oposición popular y a favor de la restauración monárquica en la persona de don Alfonso de Borbón y Borbón. Cánovas del Castillo toma el control asumiendo el ministerio-regencia a la espera del rey, lo que supuso el nacimiento de la RESTAURACIÓN BORBONICA.

 ¡Viva España!