Alfonso XIII. El rey soldado.

Rey soldado
Resulta muy difícil entender la historia política del primer tercio de nuestro siglo XX, ese primer tercio que culmina en una espantosa guerra civil, si prescindimos del estudio de la historia institucional del cuerpo de oficiales de aquella época.
Para facilitar este entendimiento debemos atenernos al dato básico, de las relaciones entre el monarca de aquel periodo, Alfonso XIII, y “su” Ejército. Convendría para ello explorar los antecedentes inmediatos.
Su abuela, Isabel II, tras treinta y cinco años de reinado vividos entre espadones y pronunciamientos, fue derrocada por un golpe de generales, los mismos que de tenientillos habían salvado su trono de las ambiciones carlistas en ardua guerra civil.
Su padre, Alfonso XII, salvado el interregno del Sexenio Revolucionario vivido en el exilio, pudo reinar aupado al pavés por otro pronunciamiento militar, el de Martínez Campos en Sagunto en los últimos días de diciembre de 1874. Cánovas, mentor de don Alfonso y gran mago político de la nueva época que se abría, quedó consternado: la monarquía restaurada nacía auspiciada por el inevitable brazo militar. La opinión pública no había podido ser oída.
Para contrarrestar ese pernicioso origen deslegitimador, Cánovas potenció un personaje desaparecido de las tradiciones del país desde los tiempos de Carlos I, y que funcionaba como un verdadero mecanismo de identificación emocional: la figura del “rey soldado”. Se trataba de hacer del joven rey otro oficial, pero colocado en el pináculo de la jerarquía militar. Dada su doble naturaleza de monarca y de oficial del Ejército, debería ser capaz de establecer una relación de patronazgo paternalista con el resto de sus compañeros oficiales. De este modo, sería posible neutralizar o moderar la influencia y el peso político de los espadones y sus clientelas militares e, incluso, arbitrar los conflictos entre esos grupos. En definitiva, debía forjarse un nuevo espadón; el más fuerte, porque coronaba el vértice jerárquico; el mejor legitimado, porque se sentaba en el trono. Ese espadón sometería a los otros y unificaría las clientelas dispersas en una sola, que englobaría la totalidad de la institución militar. Tras el vistoso uniforme, estaría el cerebro político de Cánovas. Pero ¿Qué ocurriría el día que faltara el cerebro y el vistoso uniforme se quedara solo en la tribuna de los desfiles?.
El primer paso de Cánovas para revestir de oropeles guerreros a su protegido, todavía un adolescente en el exilio, consistió en hacerlo ingresar en la reputada academia militar de Sandhurst. Cuando llegó el momento de volver a casa, aunque fuera gracias al éxito de su pronunciamiento en Sagunto, se impidió a Martínez Campos entrar triunfalmente en Madrid con dos batallones de la sublevada Brigada Dabán. Era el joven y recién estrenado rey, quién al frente de las tropas debía ganarse los aplausos del pueblo. Tras esa apoteosis, y a fin de obtener otros laureles bélicos no menos prefabricados, su gallarda apostura fue enviada al norte como jefe nominal del ejército que combatía a los carlistas, y así rivalizar con la barbada y romántica estampa de otro rey en uniforme: el pretendiente don Carlos VII.
En la paz, Alfonso XII siguió mostrando predilección por revistas y desfiles; memorizaba ordenanzas; y mandaba traducir la literatura militar extranjera que caía en sus manos. Su círculo íntimo eran oficiales que, a menudo, compartían con él su admiración por el ejército de moda: el alemán. Parece ser que le entusiasmaba ser coronel honorario de uno de sus regimientos de ulanos.
Pero la figura del rey soldado tenía su reverso. Si bien amenguaba el brillo de los espadones, convertía a la corona en la representante de los intereses y del prestigio del cuerpo de oficiales. En un choque contra políticos civiles, el Ejército siempre podría contar con el trono como aliado. La posibilidad de ese choque, improbable siendo nuevo el edificio canovista, se hizo más evidente en el reinado de Alfonso XIII, cuando los cimientos de la Restauración se dislocaban por el desastre colonial y la inoperancia de los partidos del turno.
En este nuevo y más amenazador contexto, Alfonso niño siguió pasos parecidos a los paternos, bajo la mirada aprobadora de su madre, la regente María Cristina. El peso de lo militar en su primera educación fue decisivo: la mayoría de sus preceptores eran oficiales. Fernández Almagro cita a Sanchiz; Pacheco; Juan Lóriga, teniente coronel y conde del Grove; Miguel González de Castejón, coronel de estado mayor y conde de Aybar; Patricio Aguirre de Tejada, general de la Armada y su director de estudios, etc. Naturalmente no podía faltar la instrucción militar, impartida por el capitán don Enrique Ruiz Fornells, ocupado en hacer evolucionar con infantil marcialidad por la Casa de Campo o, si el tiempo era desapacible, por alguna de las salas grandes de Palacio al pequeño Alfonso y a un selecto grupo de ocho o diez muchachitos, hijos de grandes de España.
Alguien ha llegado a hablar, con evidente exageración, del verdadero interés del joven rey por el arte militar. Interés suscitado por el trauma que a los doce años le supuso la pérdida colonial y la humillación frente a Estados Unidos. Andrée Bachoud aventura que la rabia y la desilusión que aquel drama le produjo podrían justificar sus impertinencias con los ministros, su desprecio por la vida parlamentaria, y su pasión por resucitar nuestras “glorias” militares. En realidad nunca pasó de ser un play-boy, que confundía la milicia con uno de los muchos deportes que practicaba. En cualquier caso, recordemos que se le consideró capacitado para reinar con sólo dieciséis años, sin más bagaje que su simpatía y una inteligencia superficial, que no pudo ampararse en una formación profunda. En esas condiciones, no resulta extraño que no tuviera muy claros sus límites personales y constitucionales. Sólo su madre, la ex-regente, pudo constituir un freno para él en aquellos primeros años de su reinado.
Desde luego, lo que resultó inequívoco fue su gusto por retratarse de uniforme; por las coronelías honorarias –ocho de distintos ejércitos extranjeros-; por paradas y revistas; por el trato más que asiduo con un cortejo de oficiales de confianza. En el fondo, el espejo en el que le hubiera gustado mirarse era el del Kaiser Guillermo II. Ambos eran caprichosos y autoritarios. Ambos gustaban de condecoraciones y empenachados uniformes; de rodearse de una nube obsequiosa de marciales edecanes. Los dos, en cuanto pudieron, se sacudieron la tutela de algún gran estadista – Guillermo la de Bismarck, Alfonso la de Maura, por ejemplo- para así disponer a su antojo de un país al que querían poderoso, pero sin permitirle verdadera vida democrática, y de un ejército que Alfonso hubiera querido que fuese como el alemán, al que admiró siempre más allá de su derrota.
Pero el rey soldado debía buscar su acomodo entre las otras instancias del Estado. Ese marco regulador lo proporcionó la Constitución de 1876, vigente hasta 1923. La interpretación provechosa de sus ambigüedades propició el choque cotidiano de los intereses contrapuestos de unos y de otros. Pues, si bien podía ser considerada liberal, no era resueltamente democrática: se basaba en la difícil conciliación entre el derecho divino y la soberanía nacional, malabarismo caro al pensamiento moderantista, que engendró la anterior Constitución de 1845. Sólo en este sentido puede entenderse el chocante artículo 18: “La potestad de hacer las leyes reside en las Cortes con el Rey”; que los ministros fueran responsables ante las Cortes (artículo 45.3), pero que fuera el monarca quien los nombrara y los separara libremente (artículo 54.9); que así mismo dispusiera del derecho a negar la sanción de una ley aprobada por las Cortes (artículo 44), pero que no lo ejercitara nunca.

_______________________________________________________

  • Javier Moreno Luzón (ed.) (2003): Alfonso XIII, un político en el trono, Madrid, Marcial Pons, pp. 373–403, ISBN 84-95379-59-7
  • Morgan C. Hall (2005): Alfonso XIII y el ocaso de la monarquía liberal, 1902–1923, Madrid, Alianza Editorial, ISBN 84-206-4790-X