Expedición Española Contra China y el Imperio Khmer

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Por D. Gome Pérez das Mariñas y Ribadeneira
Gobernador y Capitan General de las Islas Filipinas,
con anterioridad Corregidor de León y de Cartagena
como también Capitan General, Justicia Mayor y Adelantado de Murcia 1595
Hacia finales del siglo XVI , el antiguo Imperio Khmer se encuentra en un periodo convulso y de franca decadencia.
Ya pasado su periodo de máximo esplendor, siglos IX al XII, sus gobernantes dominaban Vietnam, Birmania y la península de Malaca, el Imperio Khmer entra en franco declive. Una grave crisis económica y la pujanza del Budismo le dieron el toque de gracia. Los Emperadores dejaron de ser divinidades y su poder se resintió. Angkor Vat, la capital del Imperio fue abandonada en el siglo XV.
Hacia finales del XVI, el Estado Khmer había perdido gran parte de sus características nacionales y todo su vigor, estando muy influenciado por su vecino, el Reino de Siam.
En 1595, la Corte de Camboya anda revuelta y con problemas. Siam había atacado, ocupado el reino de los Khmer y derrotado a su rey Apram, el cual huyó al vecino Laos con toda su familia. Mientras, un familiar del rey Prabantul, se rebeló contra los Siameses, derrotándolos y ocupando Prabantul el trono de su primo.
Ante esto, el legítimo rey Apram, pidió ayuda a los españoles que residían en Camboya con unos cuantos comerciantes portugueses, entre los españoles se encontraba un tal Blas Ruiz de Ciudad Real, al que Apram nombró su embajador y lo mandó a Manila para solicitar ayuda.
Al mismo tiempo que llegaba Ruiz a Manila lo hacía una embajada enviada por el rey de Siam. La encabezaba un portugués, Diego Belloso, hasta ese momento prisionero en la Corte de Siam. El objetivo de esta Embajada era lograr que los españoles de Filipinas no entraran en el conflicto entre Siam y Camboya.
El Gobernador de Manila, Pérez Dasmariñas, decidió apoyar al destronado monarca Camboyano, para ello se enviaría una expedición con 120 españoles al mando de un Capitán Canario, Suárez Gallinato, junto con algunos mercenarios japoneses, en un Galeón y dos juncos.
Los otros mandos eran el propio Diego Belloso y Blas Ruiz, los dos embajadores forzados, se vieron trocados en capitanes de Junco y de tropas. Con ellos viajaba un dominico, Fray Gabriel de San Antonio, que es por él por quien se tienen noticias de estos sucesos.
El 19 de Enero de 1596 partía la pequeña expedición del Puerto de Manila, dividiendo una tempestad a la pequeña escuadra, los juncos llegaron a la desembocadura del Mekong en Camboya sin demasiados problemas, lo contrario que el Galeón de Gallinato que acabo en Singapur, con el aparejo y las cuadernas muy maltrechos. Gallinato se quedo a reparar los desperfectos perdiendo el contacto con Belloso y Ruiz. Entre los dos Juncos sumaban sesenta españoles y veinte Japoneses, una fuerza irrisoria para una intervención.
Al llegar estos a Camboya fueron recibidos por el rey usurpador Prabantul, quedando Ruiz como Jefe de la expedición por su condición de español y Belloso, portugués, como su segundo. Las órdenes que traían era tratar de resolver el problema dinástico entre familiares de modo pacifico, actuando como árbitros en el asunto y sacando ventajas comerciales o algún tipo de beneficio para los intereses de la Corona, como muestra de buena voluntad, entre otros muchos regalos, el Gobernador de Filipinas enviaba a Camboya un animal rarísimo y exótico para el país, un burro.
El burro salio rana, ya que con sus rebuznos espantaba a los elefantes del rey, al final no terminó de agradar a la Corte el regalito y el rey devolvió el presente.
Nada mas llegar, los españoles entraron en conflicto con los chinos, una colonia de mas de 3.000 personas que vivía en la capital, en su mayoría dedicados al comercio y que de inmediato vieron a los españoles como rivales y empezaron a hostigarlos, planteando Blas Ruiz el problema al rey para evitar un enfrentamiento directo.
Prabatul se quito de en medio, «Que arreglen los extranjeros sus diferencias entre ellos», pero el ataque a 3 españoles por parte de los chinos colmó la paciencia de Blas Ruiz, el resultado fue una escaramuza en plena capital con mas de 300 chinos muertos y sus juncos en poder de los castellanos.
Cuando el rey se enteró de esta noticia, exigió la devolución de los barcos y la presencia en su palacio de los capitanes españoles, acto seguido Blas Ruiz se encaminó hacia palacio con 40 de sus hombres. No se sabe como, se enteraron que se les preparaba una encerrona, y su reacción fue asaltar el palacio real durante la noche y provocar un incendio. Durante los incidentes el rey fue alcanzado por un disparo de arcabuz, muriendo allí mismo. Una multitud se lanzó en persecución de los españoles, que batiéndose en retirada y dando el frente a los perseguidores consiguieron llegar hasta los barcos a orillas del río.
Entre tanto, había llegado Suárez Gallinato con el resto de la expedición, el cual en lugar de aliarse con los partidarios del rey legitimo Apram, y aprovecharse de la situación, consideró mas prudente marcharse de Camboya para evitar nuevos combates, ya que estaban prácticamente sin víveres.
En su viaje de vuelta no les quedó mas remedio que bajar por el Mekong, bordear la costa, y llegar a los alrededores de la actual Saigón. al llegar a dicha ciudad los mercaderes no les querían vender provisiones y los españoles las acabaron tomando por la fuerza de las armas. Estaban pues en la Cochinchina, concretamente en el puerto de Chua Chang.
En este puerto encontraron semidestruida la nave en que había encontrado la muerte el gobernador Gómez Pérez, padre del Gobernador de Filipinas, Gómez Pérez se había puesto al frente de una expedición en socorro de las Molucas, que se habían rebelado.
Los marineros chinos de la nave se sublevaron a su vez y mataron a todos los castellanos, huyendo luego hacia Cochinchina.
Gallinato se enteró que el estandarte real de la nave y su cargamento estaba en manos del Rey de Tonkin y ni corto ni perezoso envió a uno de sus hombres (Gregorio de Vargas), con la misión de recuperar bandera y cargamento. No solo no lo consiguió sino que el soberano de Tonkin no murió de milagro.
En el puerto de Chua Chang donde recalaron unos buques japoneses, seguían las andanzas y pendencias. Un tripulante (un samurai), recibió un bofetón por parte de un español, queriendo el primero resolver el asunto, a golpes de Katana y que gracias a la intervención de un capitán español y otro japonés, el incidente quedó olvidado.
Otro conflicto fue cuando una pequeña escuadra japonesa atacó a los españoles con buques provistos de artillería, que aun así los derrotaron y pusieron en fuga.
Gallinato no queriendo mas enfrentamientos, el 4 de septiembre partió hacia a Manila, donde casó con una rica viuda, no sin antes ser atacado su barco por siete juncos piratas, muriendo tres soldados castellanos, pero a su vez, acabando con los atacantes.
Continuando el viaje, el rey de Sumatra los quiso contratar como mercenarios para una guerra contra el rey de Malaca pero andaban tan cansados y maltrechos tras tanto combate, que solo querían volver a Filipinas, a donde llegaron en Mayo de 1597. Entre tanto, Blas Ruiz había partido hacia Laos en busca del rey legitimo Ampram.
Cuando Blas Ruiz y Diego Belloso llegaron a Laos se encontraron que el rey Apram y su heredero habían muerto, solo quedaba un hijo menor, Prauncar, casi un niño.
El problema era que en Camboya se había proclamado rey el hijo del usurpador Prabantul, de nombre Chupinamu. Era pues preciso destronarlo.
Belloso y Ruiz hicieron circular la falsa noticia de que se esperaba la llegada de una flota desde Filipinas y otra desde Malaca con mercenarios. Tampoco descuidaron otras tácticas y compraron a dos Generales camboyanos para que cambiaran de bando.
Con estas malas artes y mucha suerte, recuperaron el trono de Camboya, Chupinamu el hijo del usurpador huyó al verse traicionado por sus Generales.
El nuevo rey, nombró a Belloso y a Blas Ruiz gobernadores de dos provincias y autorizó la presencia de misioneros católicos, llegando una embajada a Manila en agosto de 1598, Pérez Dasmariñas decide mandar dos religiosos junto con 200 soldados españoles a Camboya.
La expedición, en tres buques fue un desastre, uno de los navíos se hundió, salvándose solo el piloto. Otro pierde parte de la tripulación, pero logra llegar a Tagayan, en las propias Filipinas. El Tercero acaba en la costa de Kwantung, en China, sus tripulantes consiguen salvarse pero se pierde el barco. Tras pasar incontables calamidades son rescatados por un junco que parte de Macao.
El Gobernador de Filipinas organiza otra expedición, esta de dos buques, al mando de los Capitanes Luis Ortiz del Castillo y Luis de Villafane.
LLegados sanos y salvos a Camboya, son muy bien recibidos por Ruiz ,Belloso y el puñado de españoles que quedan. No así por la Corte Khemer.
El Rey Prauncar, aunque muy joven, tenia una afición a la bebida mas propia de un adulto, pasándose el día prácticamente ebrio. Gobernando el reino su madrastra, la viuda del difunto rey Apram y amante de uno de los generales que se habían dejado corromper por los españoles.
Este General, Ocuña, vio con muy malos ojos la llegada de refuerzos desde Filipinas y temió por su posición de favorito. Pretextando razones vanales obligo a los dos buques españoles a remontar el Mekong y volver a la costa, Ruiz intercedió ante el joven rey que estaba de resaca y nada hizo. Volvieron a la costa los buques, al poco tiempo fueron atacados por las tropas de Ocuña, mercenarios malayos mahometanos, fuerzas bien entrenadas y dotadas de artillería.
Los dos frailes dominicos y todos los soldados sucumbieron, la derrota fue total y completa. En la capital, Ruiz y Belloso, con los soldados que quedaban se hicieron fuertes en sus casas fortificándolas, pero el ataque de los Malayos de Ocuña no se hizo esperar, resultando muertos todos los españoles.
Tras estos acontecimientos, Ocuña mando asesinar al joven rey y ocupo su lugar, para verse derrocado al poco tiempo por un tío del monarca asesinado.
Sin haber obtenido al final ninguna ventaja política o comercial acabaron las expediciones españolas al reino de Camboya. En Filipinas se perdió el interés por este reino visto los embrollos y problemas que había traído consigo, no sin antes proponer, Álvaro de Sande a Felipe II la movilización de 1000 voluntarios de los Tercios Viejos como fuerza de avanzada, para intentar una invasión a China.
Una historia interesante y en algunos pasajes, inverosímil, la de estos españoles en Asia, que buscaban la fortuna y que encontraron toda clase de infortunios.
Publicado 22nd March 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros
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Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XV

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En este quinceno y último canto se acaba la batalla en la cual fueron muertos todos los araucanos sin querer algunos dellos rendirse, y se cuenta la navegación que las naos del Pirú hicieron hasta llegar a Chile y la grande tormenta que entre río Maule y el puerto de la Concepción pasaron.
¿Qué cosa puede haber sin amor buena?
¿Qué verso sin amor dará contento?
¿Dónde jamás se ha visto rica vena
que no tenga de amor el nacimiento?
No se puede llamar materia llena
la que de amor no tiene el fundamento;
los contentos, los gustos, los cuidados,
son, si no son de amor, como pintados.
Amor de un juicio rústico y grosero
rompe la dura y áspera corteza,
produce ingenio y gusto verdadero
y pone cualquier cosa en más fineza.
Dante, Ariosto, Petrarca y el Ibero,
amor los trujo a tanta delgadeza
que la lengua más rica y más copiosa,
si no trata de amor, es desgustosa.
Pues yo, de amor desnudo y ornamento,
con un inculto ingenio y rudo estilo,
¿ cómo he tenido tanto atrevimiento,
que me ponga al rigor del crudo filo ?
Pero mi celo bueno y sano intento,
esto me hace a mí añudar el hilo,
que ya con el temor cortado había,
pensando remediar esta osadía.
Quíselo aquí dejar, considerado
ser escritura larga y trabajosa,
por ir a la verdad tan arrimado
y haber de tratar siempre de una cosa;
que no hay tan dulce estilo y delicado
ni pluma tan cortada y sonorosa
que en un largo discurso no se estrague
ni gusto que un manjar no le empalague.
Que si a mi discreción dado me fuera
salir al campo y escoger las flores,
quizá el cansado gusto removiera
la usada variedad de los sabores,
pues como otros han hecho, yo pudiera
entretejer mil fábulas y amores;
mas ya que tan adentro estoy metido,
habré de proseguir lo prometido.
Al lombardo dejé y al araucano
donde la guerra andaba más trabada,
que vienen a juntarse mano a mano,
la espada alta y la maza levantada.
De malla está cubierto el italiano,
el indio la persona desarmada
y así como más suelto y más ligero,
en descargar el golpe fue el primero.
El membrudo italiano, como vido
la maza y el rigor con que bajaba,
alzó el escudo en alto y recogido
debajo dél, el golpe reparaba;
por medio el fuerte escudo fue rompido
y en modo la cabeza le cargaba,
que, batiendo los dientes, vio en el suelo
las estrellas más mínimas del cielo.
El brazo descargó, que alto tenía,
sobre el valiente bárbaro el lombardo,
pensando que dos piezas le haría
según era del ánimo gallardo,
pero Rengo, que punto no perdía,
como una onza ligera y suelto pardo,
un presto salto dio a la diestra mano,
de suerte que el cuchillo bajó en vano.
Tras esto el diestro bárbaro rodea
la poderosa maza, de manera
que acertarle de lleno, no al Andrea
pero un duro peñasco deshiciera.
Igual andaba entre ellos la pelea,
aunque temo yo a Rengo a la primera
vez que el cuchillo baje, si le halla,
que habrá fin con su muerte la batalla.
Mas con destreza y gran reportamiento,
desnudo de armas y de esfuerzo armado,
entra, sale y revuelve como el viento,
que en maña y ligereza era estremado;
hace siempre su golpe, y al momento
le halla el enemigo así apartado,
que aunque el cuchillo de dos brazos fuera,
alcanzar a herirle no pudiera.
Mil golpes por el aire arroja en vano
el furioso italiano embravecido,
viendo cómo desnudo un araucano
y él armado, le tiene en tal partido;
la izquierda junta a la derecha mano
y apretando la espada, de corrido
al bárbaro arremete, altos los brazos,
pensando dividirle en dos pedazos.
El araucano con mañoso brío,
baja la maza, firme lo esperaba
mas el cuerpo hurtó con un desvío
al tiempo que el cuchillo derribaba,
así que el brazo y golpe dio en vacío,
y de la fuerza inmensa que llevaba
el gran cuchillo sustentar no pudo,
quedando allí con sólo medio escudo.
Pues como tal lo vio, suelta la maza,
cerrando el presto bárbaro de hecho
y cuerpo a cuerpo así con él se abraza,
que le imprime las mallas en el pecho;
no por esto el lombardo se embaraza
mas piensa dél así haber más derecho,
y con brazos durísimos lo afierra
creyendo levantarlo de la tierra.
Lo que el valiente Alcides hizo a Anteo,
quiso el nuestro hacer del araucano;
mas no salió fortuna a su deseo
y así el deseado efeto salió en vano,
que el esforzado Rengo de un rodeo
lo lleva largo trecho por el llano,
sobre los cuerpos muertos tropezando,
siempre con más furor sobre él cargando.
Andrea, de empacho ardiendo en rabia viva,
sintiéndose de un hombre así apurado,
firme en el suelo con los pies estriba,
cobrando esfuerzo del honor sacado,
y de manera sobre Rengo arriba
que de tierra lo lleva levantado,
que era de fuerza grande y de gran prueba,
bastante a comportar la carga nueva.
Yo vi, entre muchos jóvenes valientes
sobre pruebas de fuerza porfiando,
trabar él una cuerda con los dientes,
asiendo cuatro della; y estribando
todos a un tiempo a parte diferentes,
a su pesar llevarlos arrastrando,
y de solos los dientes se valía,
que las manos atrás presas tenía.
Y con facilidad y poca pena
la mayor bota o pipa que hallaba,
capaz de veinte arrobas, de agua llena,
de tierra un codo y más la levantaba;
y suspendida sin verter, serena,
la sed por largo espacio mitigaba,
bajándola después al suelo llano
como si fuera un cántaro liviano.
Aconteció otras veces, barqueando
ríos en esta tierra caudalosos,
ir la corriente el ímpetu esforzando
a desbravar en riscos peñascosos,
arrebatando el barco, no bastando
la fuerza de los remos presurosos
y él, cubierto de malla como estaba,
luego animoso al agua se arrojaba;
y una cuerda en la boca, revolviendo
al furioso raudal el duro pecho,
los pies y fuertes brazos sacudiendo,
rompía por la canal casi derecho
remolcando la barca y resistiendo
el ímpetu del agua, del estrecho
la sacaba a la orilla en salvamento,
haciendo otras mil cosas que no cuento.
A Rengo aquí también sobrepujaba
que no fue de su fuerza menor prueba;
pero Rengo, que en ira se abrasaba,
viendo que sin firmarse alto lo lleva,
hizo por fuerza pie y sobre él tornaba,
sacando la vergüenza fuerza nueva;
pero al cabo los dos se desasieron
y otra vez a las armas acudieron.
Y comienzan de nuevo el fiero asalto
como si descansaran todo el día:
ora presto por bajo, ora por alto,
sin miedo el uno al otro acometía.
Rengo, que de armadura estaba falto
con tal destreza y maña se regía
que sostiene en un peso aquella guerra,
no perdiendo una mínima de tierra.
Con presteza una vez tal golpe asienta
al valiente cristiano por un lado
que toda la persona le atormenta
según que fue de fuerza muy cargado;
otro redobla, y otro y a mi cuenta
al cuarto, que bajaba más pesado,
el astuto italiano se desvía
y de una punta al bárbaro hería.
La espada le atraviesa el brazo fuerte
abriéndole en el lado una herida;
mas fue tal su ventura y diestra suerte
que no le privó el golpe de la vida;
el bárbaro en ponzoña se convierte
y con braveza fuera de medida
con el fiero enemigo fue en un punto,
descargando la maza todo junto.
El italiano en alto el medio escudo
alzó, por recoger el golpe estraño
pero del todo resistir no pudo,
aunque se reparó parte del daño.
Batióle la cabeza el golpe crudo,
y cual si el morrión fuera de estaño
y no de fuerte pasta bien templado,
así de aquella vez quedó abollado.
Dos o tres pasos dio desvanecido
del golpe el italiano, vacilando,
perdida la memoria y el sentido
y anduvo por caer titubeando;
la sangre por el uno y otro oído
le reventó en gran flujo, como cuando
revienta de abundancia alguna fuente,
y en pie se tuvo bien difícilmente.
Pero vuelto en su acuerdo, que se mira
lleno de sangre y puesto en tal estado,
más furioso que nunca, ardiendo en ira
de verse así de un bárbaro tratado,
el brazo con el pie diestro retira
para tomar más fuerza y el pesado
cuchillo derribó con tal ruido
que revocó en los montes del sonido.
Rengo, que el gran cuchillo bajar siente
y el ímpetu y furor con que venía,
cruzando la alta maza osadamente,
al reparo debajo se metía,
no fue la asta defensa suficiente
por más barras de acero que tenía,
que a tierra vino della una gran pieza
y el furioso cuchillo a la cabeza.
Fue este golpe terrible y peligroso
por do una roja fuente manó luego,
y anduvo por caer Rengo dudoso,
atónito y de sangre casi ciego.
El italiano allí no perezoso,
viendo que no era tiempo de sosiego,
baja otra vez el gran cuchillo agudo
con todo aquel vigor que dalle pudo.
En medio de la frente en descubierto
hiere al turbado Rengo el italiano,
y hubiérale de arriba abajo abierto
si no torciera al descargar la mano;
el golpe fue de llano y como muerto
vino al suelo tendido el araucano
y el cuchillo, del golpe atormentado
por tres o cuatro partes fue quebrado.
Crino, que volvió el rostro al gran ruido
del poderoso golpe y la caída,
viendo al valiente Rengo así tendido
pensó que era pasado desta vida
y de amistad y deudo conmovido,
la espada de su propio amo homicida,
que en Penco Tucapel ganado había,
en venganza del bárbaro esgrimía.
Pasa al Andrea de un golpe el estofado
no reparando en él la cruda espada,
que, rompiendo la malla por el lado,
le penetró hasta el hueso la estocada;
vuelve con un mandoble, y recatado
Andrea, viendo venir la cuchillada,
fue tan presto con él por resistirle
que no le dejó tiempo de herirle.
Sin darle más lugar, con él se afierra,
donde en satisfacción de la herida,
alzándole cien alto de la tierra
de espaldas le tendió con gran caída;
y por dar presto fin a aquella guerra,
la espada le quitó y luego la vida,
metiéndose tras esto por la parte
que andaba más sangriento el fiero Marte.
Hiende por do el montón vee más estrecho:
¡ triste de aquel que allí con él se junta !
Uno parte al través, otro al derecho,
otro al sesgo, otro ensarta de una punta;
otros que tiende, aún no bien satisfecho,
a coces los quebranta y descoyunta:
brazos, cabezas por el aire avienta
sin término, sin número, ni cuenta.
El buen Lasarte con la diestra airada
en medio del furor se desenvuelve;
pasa el pecho a Talcuén de una estocada,
y sobre Titaguán furioso vuelve;
abrióle la cabeza desarmada
mas el rabioso bárbaro revuelve,
y antes que la alma diese, le da un tajo
que se tuvo al arzón con gran trabajo.
Pacheco a Norpa abrió por el costado
y a Longoval derriba tras él, muerto;
pues Juan Gómez también por aquel lado,
de fresca sangre bárbara cubierto,
había de un golpe a Colca derribado
y a Galvo el desarmado vientre abierto;
el bárbaro mortal, la color vuelta,
dio en el postrer sospiro la alma envuelta.
Gabriel de Villagrán no estaba ocioso,
que a Zinga y a Pillolco había tendido,
y andaba revolviéndose animoso
entre los hierros bárbaros metido.
El rumor de las armas sonoro,
los varios apellidos y el ruido,
a las aves confusas y turbadas
hacen estar mirándolas paradas.
Crece la rabia y el furor se enciende,
la gente por juntarse se apiñaba,
que ya ninguno más lugar pretende
del que para morir en pie bastaba.
Quién corta, quién barrena, rompe, hiende,
y era el estrecho tal y priesa brava
que, sin caer los muertos, de apretados
quedaban a los vivos arrimados.
La soberbia, furor, desdén, denuedo,
la priesa de los golpes y dureza
figurarla del todo aquí no puedo
ni la pluma llevar con tal presteza.
De la muerte ninguno tiene miedo,
antes, si vuelve el rostro, más tristeza
mostraban, porque claro conocían
que vencidos quedaban si vivían.
Mas aunque de vivir desconfiaban,
perdida de vencer ya la esperanza,
el punto de la muerte dilataban
por morir con alguna más venganza,
y no por esto el paso retiraban
ni el pecho rehusaban de la lanza,
si por mover un paso, como digo,
dejasen de ofender al enemigo.
Cuatro aquí, seis allí, por todos lados
vienen sin detenerse a tierra muertos,
unos de mil heridas desangrados,
de la cabeza al pecho otros abiertos;
otros por la espadas y costados
los bravos corazones descubiertos,
así dentro de los pechos palpitaban
que bien el gran coraje declaraban.
Quién en sus mismas tripas tropezando
al odioso enemigo arremetía;
quién por veinte heridas resollando
las cubiertas entrañas descubría;
allí se vio la vida estar dudando
por qué puerta de súbito saldría;
al fin salía por todas y a un momento
faltaba fuerza, vida, sangre, aliento.
Ya pues, no estaba en pie la octava parte
de los bárbaros: muertos, no rendidos;
Villagrán, que miraba esto de aparte,
viendo los que quedaban tan heridos,
les envió dos indios de su parte
a decir que se entreguen por vencidos
sometiéndose al yugo y obediencia
y que usará con ellos de clemencia.
Todos los españoles retrujeron
las espadas y el paso en el momento,
y los dos mensajeros propusieron
el pacto, condición y ofrecimiento;
pero los araucanos, cuando oyeron
aquel partido infame, el corrimiento
fue tanto y su coraje, que respuesta
no dieron a la plática propuesta.
Los ojos contra el cielo vueltos, braman.
” ¡ Morir!, ¡ morir !” no dicen otra cosa.
Morir quieren, y así la muerte llaman
gritando : ” ¡ Afuera vida vergonzosa ! ”
Esta fue su respuesta y esto claman,
y a dar fin a la guerra sanguinosa
se disponen con ánimo y braveza,
sacando nuevas fuerzas de flaqueza.
Espaldas con espaldas se juntaban
algunos de rodillas combatiendo,
que las tullidas piernas les faltaban,
sostenerse sobre ellas no pudiendo
y aún así las espadas rodeaban;
otros, que ya en el suelo retorciendo
se andaban, por dañar lo que podían,
a los contrarios pies se revolvían.
Viéranse cuerpos vivos desmembrados
con la furiosa muerte porfiando,
en el lodo y sangraza derribados,
que rabiosos se andaban revolcando
de la suerte que vemos los pescados
cuando se va algún lago desaguando,
que entre dos elementos se estremecen,
y en ellos revolcándose perecen.
Si el crudo Sylla, si Nerón sangriento
( por más sed que de sangre ellos mostraran )
della vieran aquí el derramamiento,
yo tengo para mí que se hartaran,
pues con mayor rigor, a su contento,
en viva sangre humana se bañaran,
que en Campo Marcio Sylla carnicero,
y en el Foro de Roma el bestial Nero.
Quedaron por igual todos tendidos
aquellos que rendir no se quisieron,
que ya al fin de la vida conducidos
a la forzosa muerte se rindieron;
los lasos españoles mal heridos
de la cercada plaza se salieron,
de armas y cuerpos bárbaros tan llena
que sobre ellos andaban a gran pena.
Ningún bárbaro en pie quedó en el fuerte
ni brazo que mover pudiese espada.
Sólo Mallén, que al punto de la muerte
le dio de vivir gana acelerada,
y rendido al temor y baja suerte,
viéndose de una fiera cuchillada
en el siniestro brazo mal herido,
detrás de un paredón se había escondido.
No sintiendo el rumor que antes se oía,
que en torno retumbaba todo el llano
( que , como dije, ya la muerte había
puesto silencio con airada mano ),
dejó aquel paredón, y a ver salía
si hallaba por allí algún araucano
a quien se encomendar que le salvase
y la sensible llaga le apretase.
Mas cuando vio la plaza cuál estaba
y en sus amigos tal carnicería
que aunque la muerte los desfiguraba,
la envidia conocidos los hacía,
con ira vergonzosa, presentaba
la espalda al corazón, y así decía:
” ¡ Cómo ! ¿ yo solo quedo por testigo
de la muerte y valor de tanto amigo ?
” Cobarde corazón, por cierto indigno
de algún golpe de espada valerosa,
pues fue por elección y no destino
perder una sazón tan venturosa;
tú me apartaste, ¡ oh flaco ! , del camino
de un eterno vivir y a vergonzosa
muerte he venido ya con mengua tuya,
por más que la mi diestra lo rehuya.
“Si a mi sangre con esta del Estado
mezclarse aquí le fuere concebido,
viendo mi cuerpo entre éstos arrojado,
aunque de brazo débil ofendido,
quizá seré en el número contado
de los que así su patria han defendido;
mas, ¡ ay triste de mí !, que en la herida
será mi flaca mano conocida.
” ¿ Qué indicios bastarán, qué recompensa,
qué emienda puedo dar de parte mía,
que yo satisfacer pueda a la ofensa
hecha a mi honor y patria y compañía ?
Yo turbo el claro honor y fama inmensa
de tantos, pues podrán decir que había
entre ellos quien de miedo, bajamente,
del enemigo apenas vio la frente.
” ¿ Por qué al temor doy fuerzas dilatando
con prolijas razones mi jornada ?
¿ Arrepentirme qué aprovecha cuando
ya el arrepentimiento vale nada ?”
Aquí cerró la voz y no dudando,
entrega el cuello a la homicida espada:
corriendo con presteza el crudo filo,
sin sazón de la vida cortó el hilo.
Cese el furor del fiero Marte airado
y descansen un poco las espadas,
entretanto que vuelvo al comenzado
camino de las naves derramadas,
que contra el recio Noto porfiado,
de Neptuno las olas levantadas
proejando por fuerza iban rompiendo,
del viento y agua el ímpetu venciendo.
Por entre aquellas islas navegaron
de Sangallá , do nunca habita gente,
y las otras ignotas se dejaron
a la diestra de parte del poniente;
a Chaule a la siniestra, y arribaron
en Arica, y después difícilmente
vimos a Copiapó, valle primero
del distrito de Chile verdadero.
Allí con libertad soplan los vientos
de sus cavernas cóncavas saliendo,
y furiosos, indómitos, violentos,
todo aquel ancho mar van discurriendo,
rompiendo la prisión y mandamientos
de Eolo, su rey, el cual temiendo
que el mundo no arruinen, los encierra
echándoles encima una gran sierra.
No con esto su furia corregida,
viéndose en sus cavernas apremiados,
buscan con gran estruendo la salida
por los huecos y cóncavos cerrados;
y así la firme tierra removida
tiembla, y hay terremotos tan usados,
derribando en los pueblos y montañas
hombres, ganados, casas y cabañas.
Menguan allí las aguas, crece el día
al revés de la Europa, porque es cuando
el sol del equinocio se desvía
y al Capricornio más se va acercando.
Pues desde allí las naves que a porfía
corren, al mar y al Austro contrastando,
de Bóreas ayudadas luego fueron
y en el puerto coquímbico surgieron.
Apenas en la deseada arena,
salidos de las naos el pie firmamos,
cuando el prolijo mar, peligro y pena
de tan largos caminos olvidamos,
y a la nueva ciudad de La Serena,
que dos leguas del puerto, caminamos
en lozanos caballos guarnecidos,
al esperado tiempo prevenidos.
Donde un caricioso acogimiento
a todos nos hicieron y hospedaje,
estimando con grato cumplimiento
el socorro y larguísimo viaje,
y de dulce refresco y bastimento
al punto se aprestó el matalotaje,
con que se reparó la hambrienta armada,
del largo navegar necesitada.
A la gente y caballos aguardaban
que , por áspera tierra y despoblados
rompiendo, con esfuerzo caminaban,
de hambres y trabajos fatigados;
pero a cualquier fortuna contrastaban,
y desde poco a la ciudad llegados,
un mes en mucho vicio reposaron,
hasta que los caballos reformaron.
Al fin del cual, sin esperar la flota,
reparados del áspero camino,
toman de su demanda la derrota,
llevando a la derecha el mar vecino;
pasan la fértil Ligua y a Quillota
la dejaron a un lado, que convino
entrar en Mapocho, que es do pararon
las reliquias de Penco que escaparon.
El sol del común Géminis salía
trayendo nuevo tiempo a los mortales,
y del solsticio por zenit hería
las partes y región setentrionales.
Cuando es mayor la sombra al mediodía
por este apartamiento en las australes
y los vientos en más libre ejercicio
soplan con gran rigor del austral quicio,
nosotros, sin temor de los airados
vientos, que entonces con mayor licencia
andan en esta parte derramados
mostrando más entera su violencia,
a las usadas naves retirados,
con un alegre alarde y apariencia
las aferradas áncoras alzamos,
y al norueste las velas entregamos.
La mar era bonanza, el tiempo bueno,
el viento largo, fresco y favorable,
desocupado el cielo y muy sereno,
con muestra y parecer de ser durable.
Seis días fuimos así; pero al seteno,
Fortuna, que en bien jamás fue estable,
turbó el cielo de nubes, mudó el viento,
revolviendo la mar desde el asiento.
Bóreas furioso aquí tomó la mano
con presurosos soplos esforzados,
y súbito en el mar tranquilo y llano
se alzaron grandes montes y collados.
Los españoles, que el furor insano
vieron del agua y viento atribulados,
tomaron por partido estar en tierra
aunque del todo hubiera fin la guerra.
De mi nave podré sólo dar cuenta,
que era la capitana de la armada,
que arrojada de la áspera tormenta
andaba sin gobierno derramada;
pero ¿ quién será aquel que en tal afrenta
estará tan en sí, que falte en nada ?
Que el general temor apoderado
no me dejó aun para esto reservado.
Con tal furia a la nave el viento asalta
y fue tan recio y presto el terremoto,
que la cogió la vela mayor alta,
y estaba en punto el mástil de ser roto;
mas viendo el tiempo así turbado, salta
diciendo a grandes voces el piloto:
” ¡Larga la triza en banda!, ¡larga, larga!,
¡larga presto, ¡ay de mí!, !que el viento carga! “.
La braveza del mar, el recio viento,
el clamor, alboroto, las promesas
el cerrarse la noche en un momento
de negras nubes, lóbregas y espesas;
los truenos, los relámpagos sin cuento,
las voces de pilotos y las priesas
hacen un són tan triste y armonía,
que parece que el mundo perecía.
“¡Amaina!, ¡amaina! “, gritan marineros:
“¡amaina la mayor! ¡iza trinquete!”
Esfuerzan esta voz los pasajeros,
y a la triza un gran número arremete;
los otros de tropel corren ligeros
a la escota, a la braza, al chafaldete,
mas del viento la fuerza era tan brava
que ningún aparejo gobernaba.
Àbrese el cielo, el mar brama alterado,
gime el soberbio viento embravecido;
en esto un monte de agua levantado
sobre las nubes con un gran ruido
embistió el galeón por un costado
llevándolo un gran rato sumergido,
y la gente tragó del temor fuerte
a vueltas de agua, la esperada muerte.
Mas quiso Dios que de la suerte como
la gran ballena, el cuerpo sacudiendo,
rompe con el furioso hocico romo,
de las olas el ímpeto venciendo,
descubre y saca el espacioso lomo
en anchos cercos la agua revolviendo,
así debajo el mar salió el navío
vertiendo a cada banda un grueso río.
El proceloso Bóreas más crecido
la mar hasta los cielos levantaba,
y aunque era un mangle el mástil muy fornido
sobre la proa la alta gavia estaba;
la gente con gran fuerza y alarido
en amainar la vela porfiaba,
que en forma de arco el mástil oprimía
y así la racamenta no corría.
Eolo, o ya fue acaso, o se doliendo
del afligido pueblo castellano,
iba al valiente Bóreas recogiendo,
queriendo él encerrarle por su mano;
y abriendo la caverna, no advirtiendo
al Céfiro que estaba más cercano,
rotas ya las cadenas a la puerta,
salió bramando al mar, viéndola abierta.
Y con violento soplo, arrebatando
cuantas nubes halló por el camino,
se arroja al levantado mar, cerrando
más la noche con negro torbellino,
y las valientes olas reparando,
que del furioso cierzo repentino
iban la vía siguiendo, las airaba,
y el removido mar más alteraba.
Súbito la borrasca y travesía
y un turbión de granizo sacudieron
por un lado a la nao, y así pendía
que al mar las altas gavias decendieron.
Fue la furia tan presta, que aún no había
amainado la gente; y cuando vieron
los pilotos la costa y viento airado,
rindieron la esperanza al duro hado.
La nao, del mar y viento contrastada
andaba con la quilla descubierta,
ya sobre sierras de agua levantada,
ya debajo del mar toda cubierta.
Vino en esto de viento una grupada
que abrió a la agua furiosa una ancha puerta,
rompiendo del trinquete la una escota
y la mura mayor fue casi rota.
Alzóse un alarido entre la gente
pensando haber del todo zozobrado,
miran al gran piloto atentamente
que no sabe mandar de atribulado.
Unos dicen: “¡zaborda!”; otros; “¡detente!”,
“¡cierra el timón en banda!”, y cuál turbado
buscaba escotillón, tabla o madero
para tentar el remedio postrimero.
Crece el miedo, el clamor se multiplica,
uno dice: “¡a la mar!”; otro: “¡arribemos!”;
otro da grita: “¡amaina! “; otro replica :
“¡A orza!, no amainar, que nos perdemos!”;
otro dice: “¡herramientas, pica, pica!;
¡mástiles y obras muertas derribemos!”
Atónita de acá y de allá la gente
corre en montón confuso diligente.
Las gúmenas y jarcias rechinaban
del turbulento Céfiro estiradas;
y las hinchadas olas rebramaban
en las vecinas rocas quebrantadas,
que la escura tiniebla penetraban
y cerrazón de nubes intricadas;
y así en las peñas ásperas batían,
que blancas hasta el cielo resurtían.
Travesía era el viento y por vecina
la brava costa de arrecifes llena,
que del grande reflujo en la marina
hervía el agua mezclada con la arena;
rota la scota, larga la bolina,
suelto el trinquete, sin calar la entena
y la poca esperanza quebrantada
por el furioso viento arrebatada.
LAUS DEO
Fin de la Primera Parte

Alonso de Ercilla. La Araucana, Camto XII.

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Recogido Lautaro en su fuerte, no quiere seguir la vitoria por entretener a los españoles, pasa ciertas razones con el Marco Veaz, por las cuales Pedro de Villagrán viene a entender el peligroso punto en que estaba, y levantando su campo se retira. Viene el marqués de Cañete a la ciudad de los reyes en el Perú.

Virtud difícil y difícil prueba
es guardar el secreto peligroso,
que la dificultad bien claro prueba
cuánto es sano, seguro y provechoso
y el poco fruto y mucho mal que lleva
el vicio inútil del hablar dañoso;
ejemplo los de Líbico homicidas,
y otros que les costó el hablar las vidas.

Veránse por los ojos y escrituras
en los presentes tiempos y pasados
crueldades, ruinas, desventuras,
infamias, puniciones de pecados,
grandes yerros en grandes coyunturas,
pérdidas de personas y de estados;
todo por no sufrir el indiscreto
la peligrosa carga del secreto.

De los vicios el menos de provecho
y por donde más daño a veces viene,
es el no retener el fácil pecho
el secreto hasta el tiempo que conviene;
rompe y deshace al fin todo lo hecho,
quita la fuerza que la industria tiene,
guerra, furor, discordia, fuego enciende,
al propio dueño y al amigo vende.

Por eso el sabio hijo de Pillano
la causa a sus soldados encubría
de no dejar salir gente a lo llano,
siguiendo la vitoria de aquel día;
y el retirado campo castellano
seguro a paso largo por la vía,
como dije, la furia quebrantada,
toma de la ciudad la vuelta usada.

Usar Lautaro desta maña, entiendo
que fuese para algún sagaz intento,
el cual por conjeturas comprehendo
ser de gran importancia y fundamento.
Dejado esto a su tiempo y revolviendo
a los nuestros, que así del fuerte asiento
se alejan, a tres leguas otro día
hicieron alto, asiento y ranchería.

Dos días los españoles estuvieron
haciendo de los bravos, aguardando
pero jamás los bárbaros vinieron,
ni gente pareció del otro bando;
al fin dos de los nuestros se atrevieron
a ver el fuerte y cerca dél llegando,
oyeron una voz alta del muro,
diciéndoles: ” Llegaos , que os doy seguro”.

Al uno por su nombre lo llamaba
con el cierto seguro prometido,
el cual dejando al otro se llegaba
por conocer quién era el atrevido.
Llegado el español junto a la cava,
el de la voz fue luego conocido,
que era el gallardo hijo de Pillano,
tratado dél un tiempo como hermano.

Estaba de un lustroso peto armado
con sobrevista de oro guarnecida,
en una gruesa pica recostado
por el ferrado regatón asida;
el ancho y duro hierro colorado
y de sangre la media asta teñida;
puesta de limpio acero una celada
abierta por mil partes y abollada.

Llegado el español donde podía
hablarle y entenderle claramente,
el bizarro Lautaro le decía:
” Marcos, de ti me espanto estrañamente,
y de esa tu inorante compañía,
que sin razón y seso, ciegamente
penséis así de mí opinión mudarme
y ser bastantes todos a enojarme.

” ¿ Qué intento os mueve o qué furor insano
que así queréis tiranizar la tierra ?
¿ No veis que todo agora está en mi mano:
el bien vuestro y el mal, la paz, la guerra ?
¿ No veis que el nombre y crédito araucano
los levantados ánimos atierra,
que sólo el son al mundo pone miedo
y quebranta las fuerzas y el denuedo ?

” En los pueblos no fuistes poderosos
de defender las propias posesiones,
que es cosa que aun los pájaros medrosos
hacen rostros en su nido a los leones,
¿ y en los desiertos campos pedregosos
pensáis de sustentar los pabellones
en tiempo que estáis más amedrentados,
y más vuestros contrarios animados ?

” Es, a mi parecer, loca osadía
querer contra nosotros sustentaros,
pues ni por arte, maña ni otra vía
podéis en nuestro daño aprovecharos.
Si lo queréis llevar por valentía,
baste el presente estrago a escarmentaros,
que fresca sangre aún vierten las heridas
y della aquí las yerbas veo teñidas.

” Pues dejar yo jamás de perseguiros,
según que lo juré, seré escusado.
Hasta dentro de España he de seguiros,
que así lo he prometido al gran Senado;
mas si queréis en tiempo reduciros
haciendo lo que aquí os será mandado,
saldré de la promesa y juramento
y vosotros saldréis de perdimiento.

” Treinta mujeres vírgines apuestas
por tal concierto habéis de dar cada año,
blancas, rubias, hermosas, bien dispuestas,
de quince años a veinte, sin engaño.
Han de ser españolas, y tras éstas,
treinta capas de verde y fino paño,
y otras treinta de púrpura tejidas,
con hilo de oro guarnecidas.

” También doce caballos poderosos,
nuevos y ricamente enjaezados,
domésticos, ligeros y furiosos,
debajo de la rienda concertados
y seis diestros lebreles animosos
en la caza me habéis de dar cebados:
este solo tributo estorbaría
lo que estorbar el mundo no podría.”

Atento el castellano lo escuchaba,
estando de la plática gustoso,
mas cuando a estas razones allegaba
no pudo aquí tener ya más reposo;
así impaciente al bárbaro atajaba,
diciéndole: ” No estés tan orgulloso,
que las parias que pides, ¡ oh Lautaro !,
te costarán, si esperas, presto caro.

” En pago de tu loco atrevimiento
te darán españoles por tributo
cruda muerte con áspero tormento,
y Arauco cubrirán de eterno luto.”
Lautaro dijo: ” Es eso hablar al viento.
Sobre ello, Marcos, más yo no disputo:
las armas, no la lengua, han de tratarlo
y la fuerza y valor determinarlo.

” Libre puedes decir lo que quisieres
como aquel que seguro le está dado,
que tú después harás lo que pudieres
y yo podré hacer lo que he jurado;
tratemos de otras cosas de placeres,
quede para su tiempo comenzado,
y quiérote mostrar, pues tiempo hallo,
una lucida escuadra de caballo.

” Que para que no andéis tan al seguro,
acuerdo de tener también caballos
y de imponer mis súbditos procuro
a saberlos tratar y gobernallos.”
Esto dijo Lautaro y desde el muro,
a seis dispuestos mozos, sus vasallos,
mandó que en seis caballos cabalgasen
y por delante dél los paseasen.

Por las dos puentes, a la vez caladas,
salieron a caballo seis chilcanos,
pintadas y anchas dargas embrazadas,
gruesas lanzas terciadas en las manos;
vestidas fuertes cotas y tocadas
las cabezas, al modo de africanos,
mantos por las caderas derribados,
los brazos hasta el codo arremangados.

Y con airosa muestra, por delante
del atento español dos vueltas dieron;
pero ni de su puesto y buen semblante,
punto que se notase le movieron,
antes con muestra y ánimo arrogante,
en alta voz, que todos lo entendieron
( que el muro estaba ya lleno de gente),
habló así con Lautaro libremente:

” En vano, ¡ oh capitán ! cierto trabaja
quien pretende con fieros espantarme;
no estimo lo que vees en una paja
ni alardes pueden punto amedrentarme.
Y por mostrar si temo la ventaja
yo solo con los seis quiero probarme,
do verás que a seis mil seré bastante:
vengan luego a la prueba aquí delante.”

Lautaro respondió: ” Marcos, si mueres
tanto por nos mostrar tu fuerza y brío,
el mínimo que dellos escogieres
a pie vendrá contigo en desafío
del modo y la manera que quisieres.
Elige armas y campo a tu albedrío,
ora con ellas, ora desarmados,
a puños, coces, uñas y a bocados.”

El español le dijo: ” Yo te digo
que mi honor en tal caso no consiente
darles uno por uno su castigo,
porque jamás se diga entre la gente
que cuerpo a cuerpo bárbaro conmigo
en campo osase entrar singularmente;
por tanto, si no quieres lo que pido
no quiero yo acetar otro partido”.

No vinieron en esto a concertarse;
después por otras cosas discurrieron
pero llegado el tiempo de apartarse,
del bárbaro los dos se despidieron.
Vueltos a su camino, oyen llamarse,
y a la voz conocida revolvieron,
que era el mesmo Lautaro quien llamaba
diciendo: ” Una razón se me olvidaba.

” Tengo mi gente triste y afligida,
con gran necesidad de bastimiento,
que me falta del todo la comida
por orden mala y poco regimiento;
pues la tenéis de sobra recogida,
haced un liberal repartimiento
proveyéndonos della que, a mi cuenta,
más la gloria y honor vuestro acrecienta.

” Que en el ínclito Estado es uso antiguo
y entre buenos soldados ley guardada,
alimentar la fuerza al enemigo
para solo oprimirle por la espada.
Estad , Marcos, atento a lo que digo,
y entended que será cosa loada
que digan que las fuerzas sojuzgastes
que para mayor triunfo alimentastes.

” Que se llame vitoria yo lo dudo
cuando el contrario a tal estremo viene,
que en aquello que nunca el valor pudo
la hambre miserable poder tiene;
y al fuerte brazo indómito y membrudo,
lo debilita, doma y lo detiene;
y así por bajo modo y estrecheza
viene a parecer fuerte la flaqueza.”

Era, Señor su intento que pensase
ser la necesidad fingida, cierta,
para que nuestra gente se animase,
de industria abriendo aquella falsa puerta;
y con esto inducirla a que esperase,
teniendo así su astucia más cubierta,
hasta que el fin llegase deseado
del cauteloso engaño fabricado.

Marcos, de las palabras conmovido,
le dice: ” Yo prometo de intentallo
por sólo esas razones que has movido
y hacer todo el poder en procurallo.”
Habiéndose con esto despedido,
revolviendo las riendas al caballo,
él y su compañero caminaron
hasta que al español campo llegaron.

De todo al punto Villagrán informado
cuanto a Marcos, Lautaro dicho había,
sospechoso, confuso y admirado
de ver que bastimentos le pedía.
Era sagaz, celoso y recatado;
revolviendo la presta fantasía,
los secretos designios comprehende
y el peligroso estado y trance entiende.

Y en el presto remedio resoluto,
cuando el mundo se muestra más escuro,
sin tocar trompa, del peligro instruto,
toma el camino a la ciudad seguro,
maravillado del ardid astuto.
Pero de nuestra gente ahora no curo,
que quiero antes decir el modo estraño
de la ingeniosa astucia y nuevo engaño.

Aún no era bien la nueva luz llegada,
cuando luego los bárbaros supieron
la súbita partida y retirada,
que no con poca muestra lo sintieron,
viendo claro que al fin de la jornada
por un espacio breve no pudieron
hacer en los cristianos tal matanza
que nadie dellos más tomara lanza.

Que aquel sitio cercado de montaña,
que es en un bajo y recogido llano,
de acequias copiosísimas se baña
por zanjas con industria hechas a mano.
Rotas al nacimiento, la campaña
se hace en breve un lago y gran pantano;
la tierra es honda, floja, anegadiza,
hueca, falsa, esponjada y movediza.

Quedaran, si las zanjas se rompieran,
en agua aquellos campos empapados;
moverse los caballos no pudieran
en pegajosos lodos atascados,
adonde, si aguardaran, los cogieran
como en liga a los pájaros cebados;
que ya Lautaro, con despacho presto,
había en ejecución el ardid puesto.

Triste por la partida y con despecho
la fuerza desampara el mismo día,
y el camino de Arauco más derecho,
marcha con su escuadrón de infantería.
Revuelve y traza en el cuidoso pecho
diversas cosas y en ninguna había
el consuelo y disculpa que buscaba
y entre sí razonando sospiraba

diciendo: ” ¿ Qué color puede bastarme
para ser desta culpa reservado ?
¿ No pretendí yo mucho de encargarme
de cosa que me deja bien cargado ?
¿ De quién sino de mí puedo quejarme
pues todo por mi mano se ha guiado ?
¿ Soy yo quien prometió en un año solo
de conquistar del uno al otro polo ?

” Mientras que yo con tan lucida gente
ver el muro español aún no he podido,
la luna ya tres veces frente a frente
ha visto nuestro campo mal regido,
y el carro de Faetón resplandeciente
del Escorpio al Acuario ha discurrido;
y al fin damos la vuelta maltratados
con pérdida de más de cien soldados.

” Si con morir tuviese confianza
que una vergüenza tal se colorase,
haría a mi inútil brazo que esta lanza
el débil corazón me atravesase;
pero daría de mí mayor venganza
y gloria al enemigo si pensase
que temí más su brazo poderoso
que el flaco mío, cobarde y temeroso.

” Yo juro al infernal poder eterno
( si la muerte en un año no me atierra)
de echar de Chile el español gobierno
y de sangre empapar toda la tierra;
ni mudanza, calor, ni crudo invierno
podrán romper el hilo de la guerra
y dentro del profundo reino escuro
no se verá español de mí seguro.”

Hizo también solene juramento
de no volver jamás al nido caro
ni del agua, del sol, sereno y viento
ponerse a la defensa ni al reparo;
ni de tratar en cosas de contento
hasta que el mundo entienda de Lautaro
que cosa no emprendió dificultosa
sin darla con valor salida honrosa.

En esto le parece que aflojaba
la cuerda del dolor que a veces, tanto
con grave y dura afrenta le apretaba,
que de perder el seso estuvo a canto.
Así el feroz Lautaro caminaba
y al fin de tres jornadas, entretanto
que esperado tiempo se avecina,
se aloja en una vega a la marina,

junto adonde con recio movimiento
baja de un monte Itata caudaloso,
atravesando aquel umbroso asiento
con sesgo curso, grave y espacioso,
los árboles provocan a contento,
el viento sopla allí más amoroso,
burlando con las tiernas florecillas
rojas, azules, blancas y amarillas.

Siete leguas de Penco justamente
es esta deleitosa y fértil tierra,
abundante, capaz y suficiente
para poder sufrir gente de guerra.
Tiene cerca a la banda del oriente
la grande cordillera y alta sierra,
de donde el raudo Itata apresurado
baja a dar su tributo al mar salado.

Fue en un tiempo de españoles pero había
la prometida fe ya quebrantado,
viendo que la fortuna parecía
declarada de parte del estado,
el cual veinte y dos leguas contenía:
éste era su distrito señalado,
pero tan grande crédito alcanzaba
que toda la nación le respetaba.

Los españoles con ánimos briosos
éste los puso humildes por el suelo;
éste los bajos, tristes y medrosos
hace que se levanten contra el cielo;
y los estraños pueblos poderosos
de miedo déste viven con recelo:
los remotos vecinos y estranjeros
se rinden y someten a sus fueros.

Pues la flor del Estado deseando
estaba al tardo tiempo en esta vega,
tardo para quien gusto está esperando,
que al que no espera bien, presto llega;
pero el tiempo y sazón apresurando,
a sus valientes bárbaros congrega
y antes que se metiesen en la vía,
estas breves razones les decía:

” Amigos, si entendiese que el deseo
de combatir, sin otro miramiento,
y la fogosa gana que en vos veo
fuese de la vitoria el fundamento,
hágaos saber de mí que cierto creo
estar en vuestra mano el vencimiento
y un paso atrás volver no me hiciera,
si el mundo sobre mí todo viniera.

” Mas no es sólo con ánimo adquirida
una cosa difícil y pesada:
¿ qué aprovecha el esfuerzo sin medida,
si tenemos la fuerza limitada ?
Mas ésta, aunque con límite, regida
por industrioso ingenio y gobernada,
de duras y de muy dificultosas
hace llanas y fáciles las cosas.

” ¿ Cuántos vemos el crédito perdido
en afrentoso y mísero destierro,
por sólo haber sin término ofrecido
el pecho osado al enemigo hierro ?
Que no es valor, mas antes es tenido
por loco, temerario y torpe yerro:
valor es ser al orden obediente,
y locura sin orden ser valiente.

” Como en este negocio y gran jornada
con tanto esfuerzo así nos destruimos,
fue porque no miramos jamás nada
sino al ciego apetito a quien seguimos;
que a no perder, por furia anticipada,
el tiempo y coyuntura que tuvimos,
no quedara español ni cosa alguna
a la disposición de la Fortuna.

” Si al entrar de la fuerza reportados
allí algún sufrimiento se tuviera,
fueran vuestros esfuerzos celebrados,
pues ningún enemigo se nos fuera;
en la ciudad estaban descuidados:
con la gente que andaba por de fuera
hiciéramos un hecho y una suerte,
que no la consumieran tiempo y muerte.

” Pero quiero poneros advertencia
que habéis por la razón de gobernaros,
haciendo al movimiento resistencia
hasta que la sazón venga a llamaros;
y no salirme un punto de obediencia
ni a lo que os mandare adelantaros,
que en el inobediente y atrevido
haré ejemplar castigo nunca oído.

” Y pues volvemos ya donde se muestra
nuestro poco valor, por mal regidos,
en fe que habéis de ser, alzo la diestra,
en el primer honor restituidos,
o el campo regará la sangre nuestra
y habemos de quedar en él rendidos
por pasto de las brutas bestias fieras
y de las sucias aves carniceras.”

Con esto fue la plática acabada
y la trompeta a levantar tocando,
dieron nuevo principio a su jornada
con la usada presteza caminando;
yendo así, al descubrir de una ensenada,
por Mataquito a la derecha entrando,
un bárbaro encontraron por la vía
que del pueblo les dijo que venía.

Éste les afirmó con juramento
que en Mapocho se sabe su venida:
ora les dio la nueva della el viento,
ora de espías solícitas sabida;
también que de copioso bastimento
estaba la ciudad ya prevenida,
con defensas, reparos, provisiones,
pertrechos, aparatos, municiones.

Certificado bien Lautaro desto,
muda el primer intento que traía,
viendo ser temerario presupuesto
seguirle con tan poca compañía;
piensa juntar más gentes y de presto
un fuerte asiento que en el valle había,
con ingenio y cuidado diligente
comienza a reforzarle nuevamente.

Con la priesa que dio, dentro metido,
y ser dispuesto el sitio y reparado,
fue en breve aquel lugar fortalecido
de foso y fuerte muro rodeado.
Gente a la fama desto había acudido,
codiciosa del robo deseado;
forzoso me es pasar de aquí corriendo
que siento en nuestro pueblo un gran estruendo.

Sábese e la ciudad por cosa cierta
que a toda furia el hijo de Pillano
guiando un escuadrón de gente experta
viene sobre ella con armada mano.
El súbito temor puso en alerta
y confusión al pueblo castellano;
mas la sangre, que el miedo helado había,
de un ardiente coraje se encendía.

A las armas acuden los briosos
y aquellos que los años agravaban,
con industrias y avisos provechosos
la tierra y partes flacas reparaban;
tras estos, treinta mozos animosos
y un astuto caudillo se aprestaban,
que con algunos bárbaros amigos
fuesen a descubrir los enemigos.

Villagrá a la sazón no residía
en el pueblo español alborotado;
que para la Imperial partido había
por camino de Arauco desviado.
Mas ya con nueva gente revolvía
y junto de do el bárbaro cercado
de gruesos troncos y fajina estaba,
sin saberlo una noche se alojaba.

Cuando la alegre y fresca aurora vino
y él la nueva jornada comenzaba,
al calar de una loma, en el camino
un comarcano bárbaro encontraba,
el cual le dio la nueva del vecino
campo y razón de cuanto en él pasaba,
que todo bien el mozo lo sabía,
como aquel que a robar de allá venía.

Entendió el español del indio cuanto
el bárbaro enemigo determina,
y cómo allega gentes entretanto
que el oportuno tiempo se avecina:
no puso a los cautenes esto espanto
y más cuando supieron que vecina
venía también la gente nuestra armada,
que dellos aún no estaba una jornada.

Villagrán le pregunta si podría
ganar al araucano la albarrada;
sonriéndose el indio respondía
ser cosa de intentar bien escusada
por el reparo y sitio que tenía,
y estar por las espaldas abrigada
de una tajada y peñascosa sierra
que por aquella parte el fuerte cierra.

Díjole Villagrán: ” Yo determino
por esa relación tuya guiarme,
y abrir por la montaña alta el camino
que quiero a cualquier cosa aventurarme;
y si donde está el campo lautarino
en una noche puedes tú llevarme,
del trabajo serás gratificado
y al fuego, si me mientes, entregado.”

Sin temor dice el bárbaro: ” Yo juro
en menos de una noche de llevarte
por difícil camino aunque seguro:
desta palabra puedes confiarte.
De Lautaro después no te aseguro,
ni tu gente y amigos serán parte
a que, si vais allá, no os coja a todos
y os dé civiles muertes de mil modos.”

No le movió el temor que le ponía
a Villagrán el bárbaro guerrero,
que, visto cuán sin miedo se ofrecía,
le pareció de trato verdadero;
y a la gente del pueblo que venía
despacha un diligente mensajero
para que con la priesa conveniente
con él venga a juntarse brevemente.

Pues otro día allí juntos, se dejaron
ir por do quiso el bárbaro guiallos,
y en la cerrada noche no cesaron
de afligir con espuelas los caballos.
Después se contará lo que pasaron,
que cumple por agora aquí dejallos
por decir la venida en esta tierra
de quien dio nuevas fuerzas a la guerra.

Hasta aquí lo que en suma he referido
yo no estuve, Señor, presente a ello
y así, de sospechoso, no he querido
de parciales intérpretes sabello;
de ambas las mismas partes lo he aprendido,
y pongo justamente sólo aquello
en que todos concuerdan y confieren
y en lo que en general menos difieren.

Pues que en autoridad de lo que digo
vemos que hay tanta sangre derramada,
prosiguiendo adelante, yo me obligo
que irá la historia más autorizada;
podré ya discurrir como testigo
que fui presente a toda la jornada,
sin cegarme pasión, de la cual huyo,
ni quitar a ninguno lo que es suyo.

Pisada en esta tierra no han pisado
que no haya por mis pies sido medida;
golpe ni cuchillada no se ha dado,
que no diga de quién es la herida;
de las pocas que di estoy disculpado,
pues tanto por mirar embebecida
truje la mente en esto y ocupada
que se olvidaba el brazo de la espada.

Si causa me incitó a que yo escribiese
con mi pobre talento y torpe pluma,
fue que tanto valor no pereciese,
ni el tiempo injustamente lo consuma;
quel mostrarme yo sabio me moviese
ninguno que lo fuera lo presuma;
que, cierto bien entiendo mi pobreza
y de las flacas sienes la estrecheza.

De mi poco caudal bastante indicio
y testimonio aquí patente queda;
va la verdad desnuda de artificio
para que más segura pasar pueda;
pero, si fuera desto lleva vicio,
pido que por merced se me conceda
se mire en esta parte el buen intento
que es sólo de acertar y dar contento.

Que aunque la barba el rostro no ha ocupado
y la pluma a escrebir tanto se atreve
que de crédito estoy necesitado,
pues tan poco a mis años se le debe,
espero que será, Señor, mirado
el celo justo y causa que me mueve,
y esto y la voluntad se tome en cuenta
para que algún error se me consienta.

Quiero dejar a Arauco por un rato,
que para mi discurso es importante
lo que forzado aquí del Pirú trato
aunque de su comarca es bien distante;
y para que se entienda más barato
y con facilidad lo de adelante,
si Lautaro me deja, diré en breve
la gente que en su daño ahora se mueve.

El Marqués de Cañete era llegado,
a la ciudad insigne de Los Reyes,
de Carlos Quinto Máximo enviado
a la guarda y reparo de sus leyes;
éste fue por sus partes señalado
para virrey de donde dos virreyes
por los rebeldes brazos atrevidos
habían sido a la muerte conducidos.

Oliendo el Virrey nuevo las pasiones
y maldades por uso introducidas,
el ánimo dispuesto a alteraciones
en leal apariencia entretejidas,
los agravios, insultos y traiciones
con tanta desvergüenza cometidas,
viendo que aun el tirano no hedía,
que, aunque muerto, de fresco se bullía,

entró como sagaz y receloso,
no mostrando el cuchillo y duro hierro,
que fuera en aquel tiempo peligroso
y dar con hierro en un notable yerro,
mostrándose benigno y amoroso
trayéndoles la mano por el cerro
hasta tomar el paso a la malicia
y dar más fuerza y mano a la justicia.

En tanto que las cosas disponía
para limpiar del todo las maldades,
quitando las justicias, las ponía
de su mano por todas las ciudades;
éstas eran personas que entendía
haber en ellas justas calidades,
de Dios, del Rey, del mundo temerosas,
en semejantes cargos provechosas.

Entretenía la gente y sustentaba
con són de un general repartimiento,
y el más culpado más premio esperaba,
fundado en el pasado regimiento.
El Marqués entretanto se informaba,
llevando deste error diverso intento,
que no sólo dio pena a los culpados
mas renovó los yerros perdonados;

pues cuando con el tiempo ya pensaron
que estaban sus insultos encubiertos,
en público pregón se renovaron,
y fueron con castigo descubiertos:
que casi en los más pueblos que pecaron
amanecieron en un tiempo muertos
aquellos que con más poder y mano
habían seguido el bando del tirano.

No condeno, Señor, los que murieron
pues fueron perdonados y admitidos
cuando a vuestro servicio en sazón fueron,
y en importante tiempo reducidos,
quedando los errores que tuvieron
a vuestra clemencia remitidos.
De vos solo, Señor, es el juzgarlos,
y el poderlos salvar o condenarlos.

Dar mi decreto en esto yo no puedo,
que siempre en casos de honra lo rehuso;
sólo digo el terror y estraño miedo
que en la gente soberbia el Marqués puso
con el castigo, a la sazón acedo,
dejando el reino atónito y confuso,
del temerario hecho tan dudoso
que aun era imaginarlo peligroso.

A quien hallaba culpa conocida
del Pirú le destierra en penitencia,
que es entre ellos la afrenta más sentida,
y que más examina la paciencia;
el justo de ejemplar y llana vida
temeroso escudriña la conciencia,
viendo el rigor de la justicia airada
que ya desenvainado había la espada.

Y algunos capitanes y soldados
que con lustre sirvieron en la guerra
y esperaban de ser gratificados
conforme a los humores de la tierra,
recelando tenerlos agraviados
del reino en són de presos los destierra,
remitiendo las pagas a la mano
de Rey tan poderoso y soberano.

Esto puso suspensa más la gente,
la causa del destierro no sabiendo,
no entiende si es injusta o justamente;
sólo sabe callar y estar tremiendo;
teme la furia y el rigor presente
y a inquirir la razón no se atreviendo,
tiende a cualquier rumor atento oído,
mas no puede sentir más del ruido.

Temor, silencio y confusión andaba,
atónita la gente discurría,
nadie la oculta causa preguntaba,
que aun preguntar error le parecía;
por saber, uno a otro se miraba
y el más sabio los hombros encogía,
temiendo el golpe del furor presente,
movido al parecer por accidente.

Fue hecho tan sagaz, grande y osado
que pocos con razón le van delante,
asaz en estos tiempos celebrado
y a los ánimos sueltos importante;
por él quedó el Pirú atemorizado,
temerario, rebelde y arrogante
y a la justicia el paso más seguro,
con mayor esperanza en lo futuro.

Así enfrenó el Pirú con un bocado
que no le romperá jamás la rienda,
haciendo al ambicioso y alterado
contentarse con sola su hacienda,
y el bullicio y deseo desordenado
le redujo a quietud y nueva enmienda;
que poco lo mal puesto permanece
como por la esperiencia al fin parece.

Quien antes no pensaba estar contento
con veinte o treinta mil pesos de renta,
enfrena de tal suerte el pensamiento
que sólo con la vida se contenta;
después hizo el Marqués repartimiento
entre los beneméritos de cuenta,
para esforzar los ánimos caídos
y dar mayor tormento a los perdidos.

Con ejemplos así y acaecimientos,
¿ cómo vemos que tantos van errados,
que sobre arena y frágiles cimientos
fabrican edificios levantados ?

Bien se muestran sus flacos fundamentos,
pues por tierra tan presto derribados
con afrentoso nombre y voz lo vemos,
huyendo su infición cuanto podemos.

¡ Oh vano error !, ¡ oh necio desconcierto
del torpe que con ánimo inorante
no mira en el peligro y paso incierto
las pisadas de aquel que va delante,
teniendo, a costa ajena, ejemplo cierto,
que el brazo del amigo más constante
ha de esparcir su sangre en su disculpa,
lavando allí la espada de la culpa !

Quiero que esté algún tiempo falsamente
sobre traidores hombros sostenido:
que el viento que se mueva de repente
le aflige, altera y turba aquel ruido,
pues que cuando la voz del Rey se siente
no hay són tan duro y áspero al oído
que tiene solo el nombre fuerza tanta
que los huesos le oprime y le quebranta.

Que le asome Fortuna algún contento,
¡ con cuántos sinsabores va mezclado
aquel recelo, aquel desabrimiento,
aquel triste vivir tan recatado !.
Traga el duro morir cada momento,
témese del que está más confiado,
que la vida antes libre y amparada
está sujeta ya a cualquier espada.

Negando al Rey la deuda y obediencia,
se somete al más mínimo soldado
poniendo en contentarle diligencia
con gran miedo y solícito cuidado;
y aquellos más amigos en presencia,
las lanzas le enderezan al costado
y sobre la cabeza aparejadas
le están amenazando mil espadas.

Cualquier rumor, cualquiera voz le espanta,
cualquier secreto piensa ques negarle;
si el brazo mueve alguno y lo levanta,
piensa el triste que fue para matarle:
la soga arrastra, el lazo a la garganta,
¿ qué confianza puede asegurarle ?
pues mal el que negar al Rey procura
tendrá con un tirano fe segura.

Si no bastare verlos acabados
tan presto, y que ninguno permanece,
y los rollos y términos poblados
de quien tan justamente lo merece:
bandos, casas, linajes estragados,
con nombre que los mancha y escurece;
baste la obligación con que nacemos
que a nuestro Rey y príncipe tenemos.

De un paso en otro paso voy saliendo
del discurso y materia que seguía
pero aunque vaya ciego discurriendo
por caminos más ásperos sin guía,
del encendido Marte el són horrendo
me hará que atine a la derecha vía;
y así seguro desto y confiado
me atrevo a reposar, que estoy cansado.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto IX.

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Canto IX
Llegan los araucanos a tres leguas de la Imperial con grueso ejército. No ha efeto su intención por permisión divina. Dan vuelta a sus tierras adonde les vino nueva que los españoles estaban en el asiento de Penco reedificando la ciudad de la Concepción. Vienen sobre los españoles, y hubo entre ellos una recia batalla.

Si los hombres no veen milagros tantos
como se vieron en la edad pasada
es causa haber agora pocos santos
y estar la ley cristiana autorizada;
y así de cualquier cosa hacen espantos
que sobre el natural uso es obrada
y no sólo al Autor no dan creencia
mas ponen en su crédito dolencia.

Que si al enfermo quiere Dios sanarle
por su costumbre y tiempo convalece;
si al bajo miserable levantarle
por modos ordinarios le engrandece;
si al soberbio hinchado derribarle
por naturales términos se ofrece:
de suerte que las cosas desta vida
van por su natural curso y medida.

Por do vemos que Dios quiere y procura
hacer su voluntad naturalmente,
sirviendo de instrumento la natura
sobre la cual èl sólo es el potente;
y así los que creyeron por fe pura
merecen más que si palpablemente
viesen lo que después de ya visible,
sacarlos de que fue sería imposible.

En contar una cosa estoy dudoso
que soy de poner dudas enemigo,
y es un estraño caso milagroso
que fue todo un ejército testigo;
aunque yo soy en esto escrupuloso
por lo que dello arriba, Señor, digo,
no dejaré en efeto de contarlo
pues los indios no dejan de afirmarlo.

Y manifiesto vemos hoy en día
que, porque la ley sacra se estendiese
nuestro Dios los milagros permitía
y que el natural orden se excediese;
presumirse podrá por esta vía
que para que a la fe se redujese
la bárbara costumbre y ciega gente
usase de milagros claramente.

Yo dije que el ejército araucano
de la Imperial tres leguas se alojaba
en un dispuesto asiento y campo llano
y que Caupolicán determinaba
entrar el pueblo con armada mano;
también cómo el castigo dilataba
Dios a su pueblo ingrato y sin enmienda
usando de clemencia y larga rienda.

Estaba la Imperial desbastecida
de armas, de munición y vitualla;
bien que la gente della era escogida
pero muy poca para dar batalla;
fuera por los cimientos destruida,
cualquier fuerza bastara arruinalla,
y persona de dentro no escapara,
si a vista el pueblo bárbaro llegara.

Cuando el campo de allí quería mudarse,
que ya la trompa a caminar tocaba,
súbito comenzó el aire a turbarse,
y de prodigios tristes se espesaba
nubes con nubes vienen a cerrarse,
turbulento rumor se levantaba,
que con airados ímpetus violentos
mostraban su furor los cuatro vientos.

Agua recia, granizo, piedra espesa
las intrincadas nubes despedían;
rayos, truenos, relámpagos apriesa
rompen los cielos y la tierra abrían;
hacen los vientos ásperos represa
que en su entera violencia competían;
cuanto topa arrebata el torbellino,
alzándolo en furioso remolino.

Un miedo igual a todos atormenta;
no hay corazón, no hay ánimo así entero
que en tanta confusión, furia y tormenta
no temblase, aunque más fuese de acero;
en esto Eponamón se les presenta
en forma de un dragón horrible y fiero
con enroscada cola envuelta en fuego
y en ronca y torpe voz les habló luego

diciéndoles que apriesa caminasen
sobre el pueblo español amedrentado,
que por cualquiera banda que llegasen
con gran facilidad sería tomado,
y que al cuchillo y fuego la entregasen
sin dejar hombre a vida y muro alzado.
Esto dicho, que todos lo entendieron,
en humo se deshizo y no lo vieron.

Al punto los confusos elementos
fueron sus movimientos aplacando,
y los desenfrenados cuatro vientos
se van a sus cavernas retirando;
las nubes se retraen a sus asientos
el cielo y claro sol desocupando;
sólo el miedo en el pecho más osado
no dejó su lugar desocupado.

La tempestad cesó y el raso cielo
vistió el húmido campo de alegría,
cuando con claro y presuroso vuelo
en una nube una mujer venía
cubierta de un hermoso y limpio velo
con tanto resplandor, que al mediodía
la claridad del sol delante della
es la que cerca dél tiene una estrella.

Desterrando el temor la faz sagrada
a todos confortó con su venida;
venía de un viejo cano acompañada,
al parecer de grave y santa vida.
Con una blanda voz y delicada
les dice: ” ¿ A dónde andáis, gente perdida ?
Volved, volved el paso a vuestra tierra,
no vais a la Imperial a mover guerra.

” Que Dios quiere ayudar a sus cristianos
y darles sobre vos mando y potencia
pues ingratos, rebeldes, inhumanos
así le habéis negado la obediencia.
Mirad, no vais allá, porque en sus manos
pondrá Dios el cuchillo y la sentencia.”
Diciendo esto y dejando el bajo suelo,
por el aire espacioso subió al cielo.

Los araucanos la visión gloriosa
de aquel velo blanquísimo cubierta
siguen con vista fija y codiciosa,
casi sin alentar, la boca abierta.
Ya que despareció, fue estraña cosa,
que, como quien atónito despierta,
los unos a los otros se miraban
y ninguna palabra se hablaban.

Todos de un corazón y pensamiento
sin esperar mandato ni otro ruego,
como si solo aquel fuera su intento
el camino de Arauco toman luego.
Van sin orden, ligeros como el viento,
paréceles que de un sensible fuego
por detrás las espaldas se encendían
y así con mayor ímpetu corrían.

Heme, Señor, de muchos informado
porque con más autoridad se cuente;
a veintitrés de abril, que hoy es mediado,
hará cuatro años cierta y justamente
que el caso milagroso aquí contado
aconteció, un ejército presente,
el año de quinientos y cincuenta
y cuatro sobre mil por cierta cuenta.

Va la verdad, en suma, declarada
según que de los bárbaros se sabe,
y no de fingimientos adornada,
que es cosa que en materia tal no cabe;
tienen ellos por cosa averiguada
( que no es en prueba desto poco grave )
que por esta visión hubo en dos años
hambres, dolencias, muertes y otros daños.

Que la mar reprimiendo sus vapores,
faltó la agua y vertientes de la sierra,
talando el sol en tierna edad las flores,
ayudado del fuego de la guerra.
Como creció la seca y las calores
por falta de humidad la árida tierra
rompió blanco y alzóse con los frutos,
dejando de acudir con sus tributos.

Causó que una maldad se introdujese
en el distrito y término araucano,
y fue que carne humana se comiese,
inorme introducción, caso inhumano,
y en parricidio error se convirtiese
el hermano en sustancia del hermano;
tal madre hubo que al hijo muy querido
al vientre le volvió do había salido.

Digo, pues, que los bárbaros llegando
al valle de Purén, paterno suelo,
las armas por entonces arrimando,
dieron lugar al tempestuoso cielo.
En este tiempo, en estas partes, cuando
el encogido invierno con su hielo
del todo apoderándose de la tierra,
pone punto al discurso de la guerra,

espárcese y derrámase la gente,
dejan el campo y buscan los poblados,
cesa el fiero ejercicio comúnmente,
la tierra cubren húmidos ñublados;
mas cuando enciende a Scorpio el sol ardiente
y la frígida nieve los collados
sacuden de sus cimas levantadas
ya de la nueva yerba coronadas;

en este tiempo el bullicioso Marte
saca su carro con horrible estruendo
y ardiendo en ira belicosa, parte
por el dispuesto Arauco discurriendo.
Hace temblar la tierra a cada parte
los ferrados caballos impeliendo
y en la diestra el sangriento hierro agudo,
bate con la siniestra el fuerte escudo.

Luego a furor movidos los guerreros
toman las armas, dejan el reposo;
acuden a los remotos forasteros
al cebo de la guerra codicioso.
De los hierros renuevan los aceros,
tiemplan la cuerda al arco vigoroso,
el peso de las mazas acrecientan
y el duro fresno de las astas tientan.

La gente andaba ya desta manera
con el son de las armas y bullicio,
que codiciosa comenzar espera
el deseado bélico ejercicio;
juntáronse a la usada borrachera
(orden antigua y detestable vicio)
la más ilustre gente y señalada
a dar difinición en la jornada.

Tratando en general concilio estaban
del bien y aumentación de aquel Estado,
cuando cuatro soldados arribaban
con triste muestra y paso apresurado,
haciéndoles saber como ya andaban
en el sitio de Penco arruinado
cantidad de españoles trabajando,
un grueso y fuerte muro levantando,

diciéndoles: ” Venimos, ¡oh guerreros!,
de parte de los pueblos comarcanos
con facultad bastante a prometeros,
si desterráis de nuevo a los cristianos,
que pagarán con suma de dineros
el trabajo y labor de vuestras manos;
y no habiendo el efeto deseado,
la tercia parte hayáis de lo asentado.

” Viendo el poco reparo y resistencia
que sin vuestro favor todos tenemos,
les dimos llanamente la obediencia
que en el tiempo infelice dar solemos;
no fue por opresión, no fue violencia
pues, aunque desdichados, entendemos
cuán breve es el sospiro de la muerte
que pone fin y límite a la suerte;

“mas, porque estando Arauco tan vecino
y fija en su favor la instable rueda,
la paz nos pareció mejor camino
para que remediar todo se pueda;
ya que lo estrague el áspero destino,
tiempo para morir después nos queda,
pues no estarán los brazos tan cansados
que no puedan abrir nuestros costados.

” Y pues os es patente y manifiesta
la embajada y gran priesa que traemos
en ella hora tratada, que la respuesta
con la resolución esperaremos.
Brevedad os pedimos, que con ésta
podrá ser que sin riesgo derribemos
la soberbia española y confianza,
antes que les dé esfuerzo la tardanza.”

No se puede decir el gran contento
que les dio a los caciques la embajada;
de todos desde allí en el pensamiento
antes que se acabase fue acetada;
pero tuvieron freno y sufrimiento
que la primera voz estaba dada
al hijo de Leocán, que consultado
así responde en nombre del senado:

“Estamos con razón maravillados
de lo que en este caso hemos oído;
¿ y es verdad que hay cristianos tan osados
que quieren con nosotros más ruido ?
Sús, sús, que estos varones esforzados
acetan la promesa y el partido;
no dando entero fin a la jornada,
del trabajo no quieren llevar nada.

“Bien os podéis volver luego con esto
que sin duda en efeto lo pondremos,
y sobre los cristianos, lo más presto
que se pueda dar orden, llegaremos;
donde se mostrará bien manifiesto
lo poco en que nosotros los tenemos
pero habéis de advertir con sabio modo
que aviso se nos dé siempre de todo.”

Muy alegres los cuatro se partieron
por llevar tal respuesta, y caminando
en breve a sus señores se volvieron,
que estaban por momentos aguardando;
y visto el buen despacho que trujeron,
el contento y traición disimulando,
sufrían con discreción las vejaciones,
encubriendo las falsas intenciones.

Domésticos se muestran en el trato,
nadie toma la causa y la defiende,
conociendo que el medio más barato
del araucano ejército depende;
y con doble y solícito contrato
la esperada venganza se pretende
debajo de la humildad y gran secreto
para que su intención viniese a efecto.

De nuestra gente y pueblo destrozado
gran descuido en hablar yo he tenido;
mas, como es en el mundo acostumbrado
desamparar la parte del vencido,
así yo tras el bando afortunado
he llevado camino tan seguido,
y si aquí la ocasión no me avisara,
jamás pienso que della me acordara.

Conté de la ciudad la despoblada
y de sus ciudadanos el camino;
púselos en el fin de la jornada,
do forzoso dejarlos me convino;
pues volviendo a la historia comenzada
y al duro proceder de su destino,
estuvieron el tiempo en Santiago
que yo dellos mención aquí no hago.

Retirados allí se reformaron
de todo el aparato conveniente
donde por los más votos acordaron
reedificar a Penco nuevamente.
Con gran trabajo y gasto levantaron
pequeña copia y número de gente.
Afirmar la ocasión desto no puedo,
si fue poca la paga o mucho miedo.

Al yermo Penco herboso habían llegado,
y un sitio que en mitad del pueblo había
le tenían de tapión fortificado
que en recogido cuadro le ceñía,
de dos fuertes bastiones abrigado,
que cada uno dos frentes descubría,
y a cada frente asiste una bombarda
que con maciza bala el paso guarda.

La gente comarcana con fingida
muestra la paz malvada aseguraba,
esperando la ayuda prometida
que a cencerros tapados caminaba;
pero no fue secreta esta partida
pues entre los cristianos se trataba
que el valiente Lautaro había pasado
las lomas con ejército formado.

Suénase que Purén allí venía,
Tomé, Pillolco, Angol y Cayeguano,
Tucapel, que con orgullo y bizarría
no le igualaba bárbaro araucano;
Ongolmo, Lemolemo y Lebopía,
Caniomangue, Elicura, Mareguano
Cayocupil, Lincoya, Lepomande,
Chilcano, Leucotón y Mareande.

Todos estos varones señalados
fueron para esta guerra apercebidos,
con otros dos mil pláticos soldados
en el copioso ejército escogidos.
Venían de fuertes petos arreados,
gruesas picas de hierros muy fornidos,
ferradas mazas, hachas aceradas,
armas arrojadizas y enastadas.

Desta manera el escuadrón camina
en la callada noche y sombra escura
debajo del gobierno y diciplina
del cuidoso Lautaro, que procura
llegar cuando la estrella matutina
alegra el mustio campo y la verdura,
antes que por aviso y doble trato
de su venida hubiese algún recato.

Pero los españoles, de un amigo
bárbaro que con ellos contrataba,
saben cómo el ejército enemigo
con riguroso intento se acercaba,
pues avisados desto, como digo,
y de cuanto en secreto se trataba,
al trance se aparejan y batalla,
requiriendo los fosos y muralla.

Era caudillo y capitán de España
el noble montañés Juan de Alvarado,
hombre sagaz, solícito y de maña,
de gran esfuerzo y discreción dotado;
el cual con orden y presteza estraña
del presente peligro recatado,
sazón no pierde, tiempo y coyuntura,
ante las prevenciones apresura.

Que al punto apercebidos los soldados,
en su lugar cada uno dellos puesto,
manda a nueve guerreros más cursados
que salgan a correr la tierra presto
y en la cerrada noche confiados
llegan al campo bárbaro y en esto
del callado escuadrón fueron sentidos,
levantando terribles alaridos.

La grita, el sobresalto, los rumores,
el súbito alboroto de la guerra,
las sonorosas trompas y atambores
hacen gemir y estremecer la tierra;
en esto los astutos corredores,
atravesando una pequeña sierra,
toman la vuelta por más corta vía,
dando aviso a la amiga compañía.

Juan de Alvarado con ingenio y arte
de la fuerza lo flaco fortifica,
y en lo más necesario allí reparte
gente del arcabuz y de la pica;
proveído recaudo en toda parte,
a recebir al araucano pica
con la ligera escuadra de caballo,
por no mostrar temor en esperallo.

La nueva claridad del día siguiente
sobre el claro horizonte se mostraba,
y el sol por el dorado y fresco oriente
de rojo ya las nubes coloraba;
a tal hora Alvarado con su gente
del prevenido fuerte se alejaba
en busca de la escuadra lautarina
que a más andar también se le avecina.

Los nuestros media legua aún no se habían
de aquel muro lejos alongado,
cuando al calar de un monte descubría
el araucano ejército ordenado.
Allí las limpias armas relucían
más que el claro cristal del sol tocado,
cubiertas de altas plumas las celadas
verdes, azules, blancas, encarnadas.

¿ Quién pintaros podrá el contento cuando
sienten los araucanos el ruido,
que las diestras en alto levantando
pusieron en el cielo un alarido ?
Mil instrumentos bárbaros tocando
con grande orgullo y paso más tendido
se vienen acercando a los de España,
sonando en torno toda la campaña.

Quieren los españoles responderlos
con el horrible són de armada mano;
calan el monte a fin de acometerlos
teniendo por mejor el sitio llano.
Bajas las lanzas vienen a romperlos,
pero la osada muestra salió en vano,
que los bárbaros, ya diciplinados,
del todo se cerraron apiñados.

Tan espesas las picas derribaron
con pie y con rostro firme hacia delante,
que no sólo el encuentro repararon
pero a desbaratarlos fue bastante;
los nuestros sin romper se retiraron
y ellos gloriosos con furor pujante,
para dar remate al venturoso lance
siguen con pies ligeros el alcance.

Apretándolos iban reciamente,
los nuestros resistiendo y peleando
hasta el estrecho paso de una puente
que allí Lautaro, al cuerno aliento dando,
el araucano ejército obediente
se va al són conocido reparando;
del fuerte tanto estrecho esto sería
cuanto tira un cañón de puntería.

Detúvose Lautaro con intento
de esperar al caliente mediodía,
porque de la mañana el fresco viento
los caballos y gente alentaría.
Reforma su escuadrón, haciendo asiento
a vista de los nuestros, que a porfía
se habían al sitio fuerte recogido,
teniendo por mejor aquel partido.

Cuando el sol en el medio cielo estaba
no declinando a parte un solo punto,
y la aguda chicharra se entonaba
con un desapacible contrapunto,
el astuto Lautaro levantaba
su campo en escuadrón cerrado y junto,
con grande estruendo y paso concertado
hacia el sitio español fortificado.

Con audacia, desdén y confianza
Lautaro contra el fuerte caminaba;
síguele atrás la gente en ordenanza
y él con gracioso término arrastraba
una larga, ñudosa y gruesa lanza
que airoso poco a poco la terciaba
y tanto por el cuento la blandía
que juntar los estremos parecía.

Los pocos españoles salen fuera,
que encerrados no quieren esperallos;
de arcabuces delante una hilera,
otra de picas luego y los caballos
a los lados, y así desta manera
con fiera muestra vienen a buscallos;
llegados donde ya podían herirse
los unos a los otros dejan irse.

Y de rencor intrínseco aguijados
los movidos ejércitos venían;
suenan los arcabuces asestados,
del humo, fuego y polvo se cubrían;
los corvos arcos con vigor flechados
gran número de tiros despedían;
vuelan nubadas de armas enastadas
por los valientes brazos arrojadas.

Cuales contrarias aguas a toparse
van con rauda corriente sonorosa
que, resistiendo al tiempo del mezclarse,
aquélla más violenta y poderosa
a la menos pujante sin pararse
volverla contra el curso es cierta cosa,
así a nuestro escuadrón forzosamente
la arrebató la bárbara corriente.

No pudiendo sufrir la fuerza brava
del número de gente y movimiento,
al español el bárbaro llevaba
como a liviana paja el recio viento.
Entran sin orden, que ya rota andaba,
todos mezclados en el fuerte asiento
y dentro del cuadrado y ancho muro
comienzan pie con pie un combate duro.

Algunos españoles castigados
recogerse en la fuerza no quisieron,
que eran de corazones congojados
y de verse en estrecho rehuyeron;
quieren el campo abierto, y por los lados
del turbado montón se dividieron
pero los de más ser con mano osada,
procuran amparar la plaza entrada.

Allí quieren morir o defenderse;
la carrera más larga otros tomaron,
que acordaron con tiempo guarecerse;
otros a la marina se llegaron
metiéndose en un barco, sin poderse
sufrir, las corvas áncoras alzaron:
satisfaciendo al miedo y bajo intento
las velas con presteza dan al viento.

Quien en llegar es algo perezoso,
viendo levar el áncora a la nave,
no duda en arrojarse al mar furioso
teniendo aquel morir por menos grave.
Quién antes no nadaba, de medroso
las olas rompe agora y nadar sabe:
mirad, pues, el temor a qué ha llegado,
que viene a ser de miedo el hombre osado.

Los que están en la fuerza retraídos,
como buenos guerreros se defienden;
muertos quieren quedar y no vencidos
que ya sólo un honrado fin pretenden;
y con tal presupuesto embravecidos,
sin esperanza de vivir ofenden,
haciendo en los contrarios tal estrago
que la plaza de sangre era ya lago.

Lautaro, gente y armas contrastando,
en la fuerza el primero entrado había,
y muerto a dos soldados en entrando
que en suerte le cupieron aquel día.
Lincoya iba hiriendo y derribando
mas ¿ quién podrá decir la bravería
de Tucapel, que el cielo acometiera
si hallara algún camino o escalera ?

No entró el fuerte por puerta ni por puente,
antes con desenvuelto y diestro salto
libre el foso salvó ligeramente
y estaba en un momento en lo más alto;
no le pudo seguir por allí la gente,
él solo de aquel lado dio el asalto,
mas como si de mil fuera guardado
se arroja luego en medio del cercado.

Apenas puso el pie firme en la plaza,
cuando el furioso bárbaro esgrimiendo
la ejercitada, dura y gruesa maza,
iba los enemigos esparciendo.
No vale malla fina ni coraza
y las celadas fuertes, no pudiendo
sufrir los recios golpes que bajaban,
machucando los sesos se abollaban.

Unos deja tullidos y contrechos,
otros para en su vida lastimados;
a quién hunde el pescuezo por los pechos,
a quién rompe los lomos y costados
como si fueran de blanda cera hechos;
magulla, muele y deja derrengados
y en el mayor peligro osadamente
se arroja sin temor de armas y gente.

Contra Ortiz revolvió con muestra airada
que había muerto a Torquín, mozo animoso;
la maza alta y la vista en él clavada,
rompe por el tropel de armas furioso.
No sé cual fue la espada señalada
ni aquel brazo pujante y provechoso,
que el mástil cercenó del araucano
y dos dedos con él de la una mano.

Con el encendimiento que llevaba
no sintió la herida de repente
mas, cuando el brazo y golpe descargaba,
que los dedos y maza faltar siente,
herida tigre hircana no es tan brava
ni acosado león tan impaciente
como el indio, que lleno de postema,
del cielo, infierno, tierra y mas blasfema.

Sobre las puntas de los pies estriba
y en ellas la persona más levanta
el brazo cuanto puede atrás derriba
y el trozo impele con violencia tanta
que a Ortiz, que alta la espada sobre él iba,
la celada y los cascos le quebranta,
y del grave dolor desvanecido
dio en el suelo de manos sin sentido.

El bárbaro, con esto no vengado,
viene sobre él con furia acelerada,
y con la diestra, aún no medrosa, airado,
a Ortiz arrebató la aguda espada.
Alzándole la cota por un lado,
le atravesó de la una a la otra ijada
y la alma del corpóreo alojamiento
hizo el duro y forzoso apartamiento.

La espada a la siniestra el indio trueca,
sintiéndose tullido de la diestra
y del golpe primero otro derrueca,
que también en herir era maestra.
Como suele segar la paja seca
el presto segador con mano diestra,
así aquel Tucapel con fuerza brava
brazos, piernas y cuellos cercenaba.

Dejándose guiar por do la ira
le llevaba furioso discurriendo,
unos hiere, maltrata, otros retira,
la espesa selva de astas deshaciendo.
Acaso al Padre Lobo un golpe tira,
que contra cuatro estaba combatiendo,
el cual sin ver el fin de aquella guerra
dio el alma a Dios y el cuerpo dio a la tierra.

El grave Leucotón, no menos fuerte,
con el valor que el cielo le concede
hiere, aturde, derriba y da la muerte,
que nadie en fuerza y ánimo le excede.
No sé cómo a escribirlo todo acierte,
que mi cansada mano ya no puede
por tanta confusión llevar la pluma
y así reduce mucho a breve suma.

También Angol, soberbio y esforzado,
su corvo y gran cuchillo en torno esgrime
hiere al joven Diego Oro y del pesado
golpe en la dura tierra el cuerpo imprime;
pero en esta sazón Juan de Alvarado
la furia de una punta le reprime,
que al tiempo que el furioso alfanje alzaba
por debajo del brazo le calaba.

No halló defensa la enemiga espada,
lanzándose por parte descubierta,
derecho al corazón hizo la entrada
abriendo una sangrienta y ancha puerta.
La cara antes del joven colorada
se vio de amarillez mustia cubierta,
descoyuntóle el brazo un mortal hielo,
batiendo el cuerpo helado el duro suelo.

El corpulento mozo Mareguano
que airado a todas partes discurría,
llegó al tiempo que Angol por diestra mano
al riguroso hierro se rendía.
Era su íntimo amigo y primo hermano,
de estrecho trato antiguo y compañía,
” Pues fue siempre en la vida igual la suerte,
quiero, dijo, también que sea en la muerte.”

Y contra el matador con repentina
rabia que el pecho y las venas le abrasaba,
un macizo y fornido tronco empina,
y con fuerza sobre él lo derribaba;
mas, temiendo del golpe la ruina
Alvarado, que el ojo alerto estaba,
saca presto el caballo apercebido
y en el suelo el troncón quedó metido.

Chilcán, Ongolmo, Cayeguán de un lado,
Lepomande y Purén en compañía,
habían así a los nuestros apretado
que ganaron gran crédito aquel día.
Tomé, Cayocupil, y el esforzado
Pilllolco, Caniomangue y Lebopía,
Mareande, Elicura Y Lemolemo
de su valor mostraron el estremo.

En esto un rumor súbito se siente
que los cóncavos cielos atronaba
y era que la vitoria abiertamente
por el bárbaro infiel se declaraba,
y a la española destrozada gente
el camino de Itata enderezaba,
desamparando el suelo desdichado
de sangre y enemigos ocupado.

Del todo a toda furia comenzando
iban los españoles la huida,
siempre más el temor apresurando
con agudas espuelas la corrida;
sigue el alcance y valos aquejando
la bárbara canalla embravecida,
envuelta en una espesa polvoreda,
matando al que por flojo atrás se queda.

Alvarado con ánimo y cordura
los anima y esfuerza y no aprovecha;
que la turbada gente en tal rotura
huye la muerte y plaza tan estrecha.
Cuál encamina al monte, y cuál procura
de Mapocho la senda más derecha,
y cuál y cuál constante todavía,
animoso con Àtropos porfía.

Èstos, honrosa muerte deseando,
despreciaban la vida deshonrada,
aquel forzoso punto dilatando
con raro esfuerzo y valerosa espada;
presto quedó la plaza sin un bando,
de almas vacía y de cuerpos ocupada,
que animosos los pocos que quedaban
a las armas y muerte se entregaban.

Unos por los costados caen abiertos,
otros de parte a parte atravesados,
otros, que de su sangre están cubiertos,
se rinden a la muerte desangrados;
al fin todos quedaron allí muertos,
del riguroso hierro apedazados.
Vamos tras los que aguijan los caballos,
que no haremos poco en alcanzallos.

Quién por camino incierto, quién por senda
áspera, peligrosa y desusada
bate al caballo y dale suelta rienda,
que el miedo es grande y grande la jornada;
el bárbaro escuadrón, con grita horrenda,
por sierra, monte, llano y por cañada
las espaldas los iba calentando,
hiriendo, dando muerte y derribando.

Había en la comarca concurrido
gente armada por uno y otro lado,
que a la mira imparcial había asistido
hasta ver el derecho declarado;
en esto, alzando un súbito alarido,
con el orgullo a vencedores dado,
baja las armas hasta allí neutrales
en daño de las señas imperiales.

Sale en el codicioso seguimiento
de la española gente que corría
con furia y ligereza más que el viento,
sin hacerse uno a otro compañía;
la mucha turbación y desatiento
que a los nuestros el miedo les ponía,
los lleva sin caminos esparcidos
por sierras, valles, montes, por ejidos.

Los que tienen caballos más ligeros
¡ oh cuán de corazón son envidiados !,
¡ qué poco se conocen compañeros
de largo tiempo y amistad tratados !
No aprovechan promesas de dineros
ni de bienes allí representados.
Tanto el miedo ocupados los había
que lugar la codicia aun no tenía;

antes los intereses despreciando
se muestran allí poco codiciosos,
tras las ricas celadas arrojando
petos de fina plata embarazosos;
y así de las promesas no curando,
jugaban los talones presurosos:
sólo las alas de Ícaro quisieran,
aunque pasando el mar se derritieran.

Juan y Hernando Alvarados la jornada
con el valiente Ybarra apresuraban
animando la gente desmayada,
mas no por esto el paso moderaban;
abren por la carrera embarazada,
que ligeros caballos gobernaban
y aunque con viva espuela los batían,
alargarse de un indio no podían.

Delante largo trecho de la gente
a los tres les da caza y atormenta
un espaldudo bárbaro valiente,
Rengo llamado, mozo de gran cuenta;
éste solo los sigue osadamente
y a voces con palabras los afrenta
y los aprieta y corre a campo raso,
sin poderle ganar ni un solo paso.

” ¡So!, ¡so! “, les va gritando: ” ¡Espera, espera !
(que más en castellano no sabía),
pero en su natural lengua primera
atrevidas injurias les decía.
Tres leguas los corrió desta manera,
que jamás de las colas se partía
por mucho que aguijasen los rocines,
llamándolos infames y ruines.

Llevaba un arma en alto levantada
que no hay quien su facción y forma diga.
Era una gruesa haya mal labrada
de la grandeza y peso de una viga,
de metal la cabeza barreada
y esgrímela el garzón sin más fatiga
que el presto esgrimidor suelto y liviano
juega el fácil bastón con diestra mano.

Si alguna vez con el troncón pesado
los caballos el bárbaro alcanzaba,
era de fuerza el golpe tan cargado
que casi derrengados los dejaba;
así cada caballo escarmentado
sin espuelas el curso apresuraba
que jamás fue baqueta en la corrida
como el bastón del bárbaro temida.

Aunque gran techo aquel follón se aleja
del seguro montón y amigo bando,
no por esto la dura empresa deja,
antes más los persigue y va afrentando;
con prestos pies y maza los aqueja,
la nación española profazando
en lenguaje araucano, que entendían
los tres, que a más correr dél se desvían.

Veinte veces revuelven los cristianos
dando sobre él con súbita presteza;
a todos tres les da llenas las manos
con su diabólica arma y ligereza.
Entretanto llegaban los ufanos
indios en el alcance sin pereza
y volviendo los tres a su carrera,
el bárbaro y bastón sobre ellos era.

No por áspero monte ni agria cuesta
afloja el curso y animoso brío,
antes cual correr sobre apuesta
tras las fieras el puelche en desafío,
los corre, aflige, aprieta y los molesta
y a diez millas de alcance, por do un río
el camino atraviesa al mar corriendo
se fue en la húmida orilla deteniendo.

El bárbaro escuadrón parado había,
solo el contumaz Rengo porfiando
desistir de la empresa no quería,
aunque no vee persona de su bando;
los tres lasos cristianos a porfía
iban el ancho vado atravesando
cuando Rengo cargó de una pesada
piedra la presta honda dél usada.

El tronco en el suelo húmido fijado,
rodea el brazo dos veces, despidiendo
el tosco y gran guijarro así arrojado,
que el monte retumbó del sordo estruendo.
Las ninfas por lo más sesgo del vado
las cristalinas aguas revolviendo
sus doradas cabezas levantaron
y a ver el caso atentas se pararon.

El importuno bárbaro no cesa
ni afloja de la empresa que pretende,
antes con silbos, grita y piedra espesa,
en agua a más de la cinta, los ofende,
y dándoles en esto mucha priesa,
el beber los caballos les defiende
diciendo: ” ¡ Sús, salid, salid fuera,
que yo os manterné campo en la ribera !”

Viendo Alvarado a Rengo así orgulloso
de la soberbia tema ya impaciente,
dice a los dos: ” ¡ Oh caso vergonzoso,
que a tres nos siga un indio solamente,
y triunfe de nosotros vitorioso !
No es bien que de españoles tal se cuente:
volvamos y de aquí jamás pasemos
si primero morir no le hacemos.”

Así dijo, y las riendas revolviendo,
segunda vez el vado atravesaban;
de morir o matarle proponiendo,
los cansados caballos aguijaban;
en esto el araucano conociendo
la cólera y furor con que tornaban,
olvidando la maza y presupuesto,
las voladoras plantas mueve presto.

Una larga carrera por la arena
los tres a toda furia le siguieron,
aunque en balde tomaron esta pena,
que el indio más corrió que ellos corrieron.
Faltos no de intención, pero de lena,
de cansados las riendas recogieron,
y en un áspero sitio y peligroso
les hizo rostro el bárbaro animoso.

Por espaldas tomó una gran quebrada
revolviendo a los tres con osadía,
y a falta de la maza acostumbrada
a menudo la honda sacudía;
de allí con mofa, silbos y pedrada,
sin poderle ofender, los ofendía,
por ser aquel lugar despeñadero
y más que ellos el bárbaro ligero.

Visto Alvarado serle así escusado
el fin de lo que tanto deseaba,
dejando libre al bárbaro esforzado
que bien de mala gana se quedaba,
pasa otra vez el ya seguro vado
y el usado camino enderezaba,
triste en ver que Fortuna por tal modo
se le mostraba adversa y dura en todo.

Había dejado el campo lautarino
de seguir el alcance grande rato;
iban los españoles sin camino
como ovejas que van fuera de hato.
De no seguirlos más me determino,
que por lo que adelante dellos trato,
dejarlos agora me es forzado
donde otras veces ya los he dejado.

Con la gente araucana quiero andarme,
dichosa a la sazón y afortunada
y, como se acostumbra, desviarme
de la parte vencida y desdichada.
Por donde tantos van quiero guiarme,
siguiendo la carrera tan usada,
pues la costumbre y tiempo me convence
y todo el mundo es ya ¡viva quien vence!

¡Cuán usado es huir los abatidos
y seguir los soberbios levantados,
de la instable Fortuna favoridos,
para sólo después ser derribados!
Al cabo destos favores, reducidos
a su valor, son bienes emprestados
que habemos de pagar con siete tanto,
como claro nos muestra el nuevo canto.

General español de origen genovés, I duque de Sesto, I marqués de los Balbases y capitán general de Flandes. Ambrosio de Spínola.

Ambrosio
Don Ambrosio Spínola (Ambrosio Spínola Doria o Ambrogio Spinola Doria) (Génova, 1569 – Castelnuovo Scrivia, 25 de septiembre de 1630), fue un general español de origen genovés, I duque de Sesto (1612), I marqués de los Balbases (1621), Grande de España, caballero de la Orden de Santiago y del Toisón de Oro, capitán general de Flandes y comandante del ejército español durante la Guerra de los Ochenta Años. Es famoso por la toma de la ciudad holandesa de Breda y recordado como uno de los últimos grandes líderes militares de la Edad de Oro española.

Miembro de una rica familia de banqueros genoveses muy ligada a la monarquía española, era hijo mayor de Filipo Spinola, marqués de Sesto y Benafro, y de su mujer Policena Cossino, hija del príncipe de Palermo.

En el siglo XVI, la República de Génova era un estado prácticamente en situación de protectorado bajo el poder del Imperio español. Los genoveses eran los banqueros de la monarquía y tenían el control casi total de sus finanzas. Varios de los hermanos más jóvenes de Ambrosio Spínola buscaron fortuna en España, y uno de ellos, Federico, se distinguió como soldado en Flandes. El hermano mayor permaneció en Italia y se casó en 1592 con Joanna Bacciadona, hija del conde de Galeratta.

Las casas de Spínola y Doria rivalizaban por ejercer el poder en la república. Ambrosio Spínola continuó esta rivalidad con el conde de Tursi, entonces jefe de los Doria. Tras un fracaso en un enfrentamiento judicial con los Doria, decidió retirarse de la ciudad y mejorar la fortuna de su casa sirviendo a la monarquía española en Flandes. En 1602 él y su hermano Federico entraron en tratos con el gobierno español – una “condotta” al viejo modelo italiano.

En 1601 entró al servicio de Felipe III y financió un poderoso ejército, a cuyo frente se puso él mismo, para apoyar al archiduque Alberto, gobernador español de los Países Bajos, en su lucha contra los holandeses.

Se trató de una aventura en la que Spinola arriesgó la totalidad de la gran fortuna de su familia. Se encargó de enrolar mil hombres para operaciones militares terrestres, y Federico se ocupó de formar una escuadra de galeras para operaciones en la costa. En ella, varias de la galeras de Federico fueron destruidas por los barcos de guerra ingleses en su camino a través del canal de la Mancha. El propio Federico resultó muerto en acción con los holandeses el 24 de mayo de 1603. Ambrosio Spínola recorrió con su ejército una larga distancia hasta llegar a Flandes en 1602 con los hombres que había reclutado. Durante los primeros meses de su estancia en Flandes, el gobierno español barajó la posibilidad de emplearlo en una invasión de Inglaterra, proyecto que no llegó concretarse. A finales del año regresó a Italia para conseguir más hombres.


Sitio de Ostende. Fecha 5 de julio de 1601 – 20 de septiembre de 1604.

Pronto demostró su valía como general, y en 1604 derrotó a Mauricio I de Nassau-Orange en Ostende. A pesar de las numerosas victorias que cosechó en los campos de batalla, El archiduque Alberto y la infanta Clara Eugenia, hija de Felipe II, gobernadores de Flandes y que habían deseado profundamente la posesión de Ostende, se sintieron muy complacidos con este éxito, valiéndole además una alta reputación entre los soldados de la época. Al cierre de la campaña regresó a España para organizar con la corte, que entonces estaba en Valladolid, la continuación de la guerra.

En Valladolid insistió en servir en calidad de Comandante en jefe en Flandes. En abril estaba de nuevo en Bruselas, y tomó parte en su primera campaña. Las guerras de los Países Bajos consistían principalmente en asedios, y Spínola se hizo famoso por el número de plazas que tomó, a pesar de los esfuerzos de Mauricio de Nassau de socorrerlas.

En 1606 regresó a España, siendo recibido con grandes honores. Se le confió una misión secreta consistente en asegurar la gobernación de Flandes en caso de muerte del archiduque o su mujer, pero no pudo obtener el grado de “Grande” que deseaba, y se vio obligado a entregar en garantía la totalidad de su fortuna para avalar los gastos de la guerra antes de que los banqueros adelantasen fondos a la corona española. Ya que nunca se le restituyó ese dinero, quedó completamente arruinado. El gobierno español comenzó entonces a recurrir a excusas para mantenerlo lejos de España. los gastos de sus tropas y las dificultades económicas de la Corona lo llevaron a la ruina y le convencieron de la necesidad de buscar la paz, por lo que tomó parte en las negociaciones que condujeron a la tregua de los Doce Años en 1609.

Hasta la firma de la tregua de los 12 años en 1609 siguió con el mando en el campo generalmente con éxito. Después de la firma de la misma continuó en su destino, y se le encargó, entre otras tareas, conducir las negociaciones con Francia cuando el Príncipe de Condé huyó a Flandes con su mujer para ponerla fuera del alcance de la admiración senil de Enrique IV de Francia.

En 1611, la ruina financiera de Spínola era completa, pero obtuvo su deseada “grandeza”. En 1614 tomó parte en las operaciones relacionadas con la herencia de Cléveris y Jülich. Cuando estalló la Guerra de los Treinta Años condujo una vigorosa campaña por el Bajo Palatinado, parte de cuyo territorio conquistó (1620) y fue recompensado con el grado de capitán general.

Derrotó a los partidarios del elector Federico. Las operaciones en Alemania se vieron interrumpidas por la conclusión de la tregua de los Doce Años, lo que supuso reanudar las hostilidades en los Países Bajos. Spínola realizó una ofensiva que culminó con la más renombrada victoria de su carrera, la captura de Breda, tras un largo asedio de un año (agosto de 1624 – junio de 1625),, inmortalizada por Velázquez en su cuadro La rendición de Breda (o Las lanzas).

La toma de Breda fue la culminación de la carrera de Spínola. Sin embargo, la parálisis del gobierno de España, la necesidad acuciante de dinero y el nuevo favorito, Olivares, celoso del general permitieron a los holandeses recuperarse. Spínola no pudo evitar que Federico Enrique de Nassau tomase Groll, una buena avanzadilla hacia Breda. En enero de 1628 regresó a España, resuelto a no reasumir el mando en Flandes a no ser que se le asegurasen fondos para mantener su ejército. En Madrid tuvo que sufrir las insolencias de Olivares, que se esforzaba al máximo en hacerle responsable de la pérdida de Groll. Spínola decidió no regresar a Flandes.

Cuando estalló la guerra de Sucesión de Mantua, el gobierno de España nombró a Spinola gobernador del Milanesado. Desembarcó en Génova en septiembre de 1629. En Italia sufrió los efectos de la enemistad de Olivares, quien provocó que se le privase de sus poderes como plenipotenciario. La salud de Spinola se derrumbó, y habiendo sido objeto de expropiación de su dinero, escatimada la compensación que había reclamado para sus hijos y dejado caer en desgracia en presencia del enemigo, murió el 25 de septiembre de 1630 a consecuencia de las heridas sufridas en el asedio en el sitio de Casale.

Publicado 29th March 2012 por 

Francisco de Aldana

Nápoles, 1537 ó 1540 – Alcazarquivir, Marruecos, 4 de agosto de 1577

aldana

La historia de hoy va sobre uno de los poetas renacentistas más importantes de nuestro país, aunque su nombre no sea tan conocido como otros coetáneos como Garcilaso de la Vega o Miguel de Cervantes.
Un español de aquellos del siglo XVI, valientes, titánicos y hercúleos, que derrochando su sangre, su sudor y sus lágrimas levantaron en nombre de Dios y de España aquel Imperio en el que no se ponía el sol.
Francisco de Aldana se ganó la vida repartiendo estopa a manos llenas, espadazo va espadazo viene, jugándose una y otra vez el pellejo ante los herejes, primero, más tarde ante la morisma, que sería la encargada de finiquitarle en Marruecos, en la trágica derrota de los portugueses en Alcazarquivir.
Aunque viniera de gente de moderada alcurnia, el capitán era querido por la tropa, el mayor halago para un militar, probablemente más allá del valor y la fiereza en el combate. El coraje le venía de antiguo. Uno de sus tíos, Juan de Dios de Aldana, a la sazón alférez del rey Alfonso V de Portugal, fue espanzurrado y pasó a mejor vida en la batalla de Toro, sosteniendo la bandera de su señor con los dientes, pues ya le habían desmembrado los brazos. Y su padre, fue oficial de altísimo rango de la tropa española en la Florencia de Cosme I de Médicis.
Su juventud la pasó en Florencia, entregado al estudio de las lenguas clásicas y de los autores de la antigüedad, de los que llegó a ser un buen conocedor; además llegó a dominar incluso una docena de lenguas. Como poeta, es uno de los representantes del neoplatonismo en la poesía española.
Quevedo (más bien espía que militar), Cervantes, Lope de Vega y Calderón. Tipos que empuñaban con el mismo ánimo y envite el arcabuz y la pluma, la daga y el tintero. Cervantes tenía a Aldana por «El Divino», Quevedo lo llamó «doctísimo español, elegantísimo soldado, valiente y famoso soldado en muerte y en vida» y Lope de Vega le dedicó encendidos versos: «Tenga lugar el Capitán Aldana / entre tantos científicos señores, / que bien merece aquí tales loores / tal pluma y tal espada castellana».
Como su padre y su hermano se consagró a la carrera militar, que no tardó pronto en detestar ansiando la vida contemplativa, y combatió como capitán en San Quintín, donde tuvo una actuación destacada, tanto que el rey Carlos I de España lo mencionaría por su valor; y, ya general de Artillería, fue enviado a Flandes en 1572 bajo el mando de don Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez
Mientras se curaba en el hospital, calló el soldado y habló el genial poeta: «¡Oh galanamente y bien / está mi mal remediado. / Herido y despedazado / y habrá de quedar también / tras cornudo, apaleado». Se refería con cruel ironía a las críticas recibidas por su gestión artillera en aquella industria de Haarlem.
El de Alba fue sustituido por Luis de Requesens, y el bravo oficial recibió un encargo lejos de sus dotes guerreras, aunque no humanas: intermediar con la soldadesca que andaba rebelada por no cobrar durante meses y meses su soldada. Los amotinados acabaron organizando una gresca formidable conocida como el Saco de Amberes, donde se dieron a descoyuntar holandeses de lo lindo, con aquella terrorífica frase que pasó a la Historia para mostrar su ira: «Cenaremos en Amberes o desayunaremos en el infierno».
A la postre, Francisco de Aldana consiguió mediar ante la tropa, pero la desilusión entre lo que veía en la guerra y lo que se imaginaba que vivían otros en la corte afiló su lengua y su pluma: «Mientras, cual nuevo sol, por la mañana / todo compuesto andáis ventaneando / en jaca sin parar, lucia y galana, / yo voy sobre un jinete acá saltando / el andén, el barranco, el foso, el lodo, / al cercano enemigo amenazando».
De vuelta en España, en 1571 fue alcalde del castillo de San Sebastián y un gran consejero y amigo del rey, Felipe II de España.
Su Majestad Católica le tiene por uno de sus más bravos capitanes, le tiene en alta estima, y también sus versos comienzan a ser conocidos más que bien reconocidos. Escribe entonces Gil de Polo, otro escritor de la época: «Este es Aldana, el único monarca que junto ordena versos y soldados». Pero aquel soldado ha perdido media vida en sus esfuerzos. Y quiere soledad, quiere sosiego, quiere la paz que no ha tenido, sentirse a gusto en contacto con la Madre Natura, acercarse por fin a Dios. Y así escribe su Epístola a Arias Montano, el sabio secretario de Felipe II: «Y porque vano error más no me asombre,/ en algún alto y solitario nido / pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre…».
Felipe II enterado de los acontecimientos surgidos en la mauritania decide enviar a don Francisco para que eche un buen vistazo. Nuestro querido caballero no dice que no, y disfrazado de comerciante judío y aprovechando su don de lenguas (y unas cuantas triquiñuelas que le enseñara su nodriza, una negra africana) inicia las pesquisas deuna misión secreta consistente en recorrer el Norte de África para conocer las auténticas fuerzas del sultán de Marruecos. Su misión es un éxito, regresando con valiosa información que desaconseja el ataque.
Sin embargo, por aquellos años, en Portugal, el soberano Don Sebastián soñaba con iniciar una cruzada contra tierras marroquíes, y aunque todo apuntaba a que era una locura, nadie podía hacerle desistir de su proyecto, ya que se consideraba “el capitán de Dios”. Felipe II, tío de Don Sebastián decidió enviar a Aldana a Portugal con el fin de convencer a su sobrino de lo temerario de su plan. Contra todo pronóstico, y gracias al enorme poder de convicción del rey Portugués, el mismo Aldana fue convencido de lo heroico de dicho plan, pasando a apoyar la invasión.
Batalla de Alcázarquivir
Después de muchos contratiempos, la expedición partió de Lisboa, rumbo a Ceuta, por aquel entonces bajo dominio Portugués.
El grueso de la tropa desembarcó en Arcila, donde descansó unos días, ordenó sus diecisiete mil soldados y se dirigió hacia Alcazarquivir, plaza en el camino de Fez.
A pesar de la presencia de buenos militares, se intuía una tragedia, ni la preparación, si el número de tropas, ni el avituallamiento hacía presagiar nada bueno. En más de una ocasión Aldana estuvo a punto de abandonar, si no lo hizo fue por su amistad personal hacia el Rey. El desastre ocurrió el 4 de agosto de 1578
Los infantes más que lusos son ilusos, gente novata, apenas preparada, que no ha visto un moro en su vida. Aldana se lamenta: «Los portugueses no tenían la rigurosa obediencia que profesa la nación española en la guerra».
cuando los ejércitos se enfrentaron en la llanura de Alcazarquivir, con la derrota aplastante del ejercito Portugués. El desastre fue completo debido a la desaparición del rey Don Sebastián, cuyo cuerpo jamás fue encontrado, dando lugar a la leyenda de su posible regreso. Sobre Aldana, sabemos por testigo que se batió junto al rey, luchando con valor, sin embargo, una vez muerto su caballo, el rey le preguntó porqué no tomaba uno, respondiendo Aldana:
– ¡Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie!.
Lanzándose a continuación contra los enemigos que les rodeaban, muriendo allí mismo. A Don Sebastián le sobrevivió su leyenda, al capitán Aldana le sobrevivieron sus versos, llenos de pasión, de amargura y contradicción, los sentimientos de un soldado que se permitió soñar.
Epílogo
 Los portugueses estaban exhaustos tras una larga marcha en plena canícula; los moros dotados de una excelente caballería y expertos arcabuceros andaluces, arremetieron por todas partes. El rey Sebastián desapareció en medio de la matanza y 20 000 cristianos cayeron prisioneros de los infieles.

El desastre de Alcazarquivir le costó muy caro a Portugal: se tuvo que pagar una fortuna para rescatar a los prisioneros. La ruta del comercio perdió algunas de sus etapas africanas importantes. El país perdió a sus élites sociales o políticas y la muerte del rey abrió una crisis sucesoria. Sebastián había muerto sin hijos y el trono recayó en su tío el cardenal Enrique que tenía 65 años. Aparecieron varios pretendientes a la corona. La duquesa de Braganza, bisnieta de Manuel I. Antonio, prior de Crato e hijo natural del hermano de Juan III. Y por último Felipe II de España, tío de Sebastián, quién alegaba que era tan arriesgado poner el país en manos de una mujer como impío ofrecérselo a un bastardo. Finalmente será Felipe II el que se lleve el gato al agua integrando a Portugal en la monarquía hispánica en 1580. Y no será hasta 1640 cuando los portugueses se independicen.

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  • Fernando Martínez Laínez; José María Sánchez de Toca (2006). «Soldados y maestres». Tercios de España. La infantería legendaria. EDAF. pp. 202-204. ISBN 84-414-1847-0.
  • Poesías castellanas completas. Edic. de José Lara Garrido, Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid, 1985.

Historias de la historia de España; Cap.46. Érase un adelantado al que se le adelantaron y no le reconocieron su labor.

Velazquez
Diego Velázquez de Cuéllar (Cuéllar, 1465 – Santiago de Cuba, 1524), Adelantado, conquistador español y primer gobernador de Cuba, cargo que ocupó desde 1511 hasta su muerte en 1524. A él se debe la fundación de las siete primeras ciudades españolas de Cuba, y está considerado como el primer hispano-cubano de la historia.
[editar] Biografía

De ascendencia noble, procedía de una reconocida familia cuellarana, cuyos miembros habían servido durante generaciones a los Reyes de Castilla. Formó parte del segundo viaje de Cristóbal Colón en 1493, y contó con el apoyo del obispo Juan Rodríguez de Fonseca, colaborando después con el gobernador Nicolás de Ovando (1501–1509) en la pacificación de la isla La Española, donde llegó a ser uno de los hombres más principales.

El nuevo gobernador Diego Colón (1509–1515) le puso al frente de una expedición para conquistar y poblar Cuba en 1511, primero como capitán y más tarde como primer gobernador de la isla. En recompensa a sus servicios, obtuvo del rey el título de Adelantado de la isla.

Patrocinó la expedición de Francisco Hernández de Córdoba a Yucatán a principios del año 1517 y, al año siguiente, la de Juan de Grijalva y Pedro de Alvarado a las costas de México. El regreso de Grijalva con oro y noticias acerca de la exuberancia de las culturas maya y mexica, avivaron el interés de Velázquez y a finales de 1518 formó una nueva empresa con Hernán Cortés para organizar una expedición a Culúa, en la que Velázquez era el armador y Cortés el capitán general, pero pronto surgieron desavenencias entre ellos. Tras la traición y partida clandestina de Cortés, envió una expedición al mando de Pánfilo de Narváez para detenerlo, pero fracasó tras la victoria de Cortés en Zempoala y la prisión de Narváez en 1520.

Fundó en La Española las poblaciones de Villanueva de Yáquimo, San Juan de la Maguana, Azua de Compostela, Salvatierra de la Sabana, Santa María de la Vera Paz y Bánica; y en Cuba las ciudades de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, San Salvador de Bayamo, Santiago de Cuba, Santísima Trinidad, Santa María de Puerto Príncipe, Sancti Spíritus, San Cristóbal de la Habana y San Juan de los Remedios.

Nunca cejó en su lucha contra Cortés, considerándole un traidor a sus órdenes e intereses. Más tarde, en 1524, incitó a uno de los lugartenientes de Cortés, Cristóbal de Olid, a rebelarse contra aquel en Honduras, cosa que logró y que le costó la vida a Olid.

Estuvo casado con María de Cuéllar, de su misma naturaleza, hija del contador Cristóbal de Cuéllar. Poco duró el matrimonio, pues ella falleció una semana después de contraer matrimonio.

Velázquez murió en la noche del 11 al 12 de junio de 1524 en su casona de Santiago de Cuba, que aún se mantiene en pie. Al morir dejó, entre sus propiedades: 19 estancias, 3.000 cerdos y 1.000 reses.

Familia de conquistadores

Siguiendo a su pariente Diego Velázquez de Cuéllar, llegaron a América diversos familiares del gobernador, empleados en diferentes trabajos y siempre bajo la protección del adelantado. Entre ellos destacan:

Juan Velázquez de León, conquistador, capitán de Hernán Cortés.
Francisco Velázquez, conquistador de México y Nueva Galicia.
Antonio Velázquez de Narváez, conquistador de México, Nueva Galicia y otras provincias.
Diego Velázquez el Mozo, sobrino del gobernador.
Jorge Velázquez fue pregonero mayor de Santo Domingo, marchando después a Cuba, donde ejerció la alcaldía de Sancti Spíritu el año 1521.
Alonso Velázquez, que después de servir al rey diez años en Italia en la compañía de Martín de Ratia, marchó con Hernando de Soto en 1538 a descubrir las provincias de Florida, donde soportó indecibles trabajos. En 1543 era vecino de México y se disponía a participar en la armada que se iba a enviar a pacificar Perú, pero cesó la rebelión y se casó. Aún residía en México en 1547.
Francisco Velázquez el Corcovado, pariente del gobernador de Cuba, donde se hallaba en 1518. Al año siguiente marchó con Hernán Cortés a México y más tarde regresó a Cuba con otros capitanes de la armada de Pánfilo de Narváez, pues Cortés les dio licencia y uno de los mejores navíos para que regresasen.
Pedro Velázquez, sobrino del gobernador, era vecino de La Habana en 1519, desde donde marchó con Pánfilo de Narváez al año siguiente. Regresó a Cuba y durante 1546–1555 fue vecino y teniente gobernador de La Habana.
Iseo Velázquez de Cuéllar, sobrina del gobernador, estaba en Cuba en 1519 junto a su marido Baltasar Bermúdez, pasando después a México.
Antonio Velázquez, pariente del gobernador, que falleció en una campaña al mando de Hernando de Soto en Florida por los años de 1539.
Francisco y Bernaldino Velázquez, hijos de Violante Velázquez y parientes del gobernador. Fallecieron regresando de las Indias, habiendo otorgado ambos testamento, en el que dejaban por universal heredera a su madre, encargándola uno de ellos de que trajese a España a dos hijos naturales que tenía, con todos sus bienes.
Diego Velázquez, que se embarcó con Hernando de Soto en 1538 rumbo a Florida. Reseña sus grandes servicios el cronista Antonio de Herrera y Tordesillas, que relatando las campañas de Florida de 1541 dice: en ellas estuvo un valiente soldado, llamado Diego Velázquez, de Cuéllar.
Bernardino Velázquez, pariente del gobernador, fue uno de los hombres que Diego Velázquez de Cuéllar tuvo en cuenta a la hora de designar jefe de la expedición a Nueva España, que finalmente encomendó a Hernán Cortés.
Antonio Velázquez Borrego fue otro de los hombres a quien Diego Velázquez de Cuéllar propuso capitanear la armada rumbo al Yucatán, al igual que lo hizo también con Francisco Verdugo, otro pariente.