Evaristo Fernández de San Miguel y Valledor

Nota: Las fichas de personajes son descargables clickando en ellas

Estudiante de Humanidades en la Universidad de Oviedo, se integró en las unidades de voluntarios con el estallido de la Guerra de la Independencia integrándose en el Batallón de Voluntarios del Estado en Madrid en 1807. Huyó de la capital al iniciarse la guerra dirigiéndose a Asturias donde ingresó en el Batallón Covadonga integrado en el Regimiento Infiesto con el que tomó parte en los combates de Cabezón, San Vicente de la Barquera, Pajares y Peña del Castillo, llegó a capitán, fue hecho prisionero en este último punto y fue llevado a Francia. No parece que sean ciertos los rumores de su robespierrismo exaltado durante el cautiverio, ya que es más posible que durante el tiempo que pasó en Francia estuviera bajo la protección de dos hermanos afrancesados (según la Francmasonería en cueros, 1823). Sí lo es, en cambio, que intentó fugarse, siendo llevado por ello en 1813 a la fortaleza de Montpellier, hasta que fue liberado en 1814.. Sus acciones militares en la zona serán decisivas en el intento de liberación de Santander. Se mostró como hombre fuerte, leal y, en ocasiones, duro con el enemigo. En francia tomó contacto con muchos de los militares liberales que serían decisivos en el devenir de la historia de España años más tarde.

Tras su liberación en 1814 con la firma de la paz, participó en los movimientos opuestos al Manifiesto de los Persas que legitimó la restauración absolutista de Fernando VII. Se incorporó entonces al regimiento de Asturias, con el que tomó parte primero en la ocupación en San Juan de Luz (Francia). En 1819 ascendió a segundo comandante y fue destinado al ejército expedicionario de Ultramar y, luego, ya como segundo comandante del ejército expedicionario, que se había concentrado en torno a Cádiz, tomó parte en la Conjuración del Palmar, hasta que fue detenido por masón (con el nombre de “Patria”, según consta en la lista del Archivo General de Palacio) y encerrado en el castillo de San Sebastián en Cádiz. Ello no le impidió continuar la conspiración, pues secundó la proclamación de la Constitución que hizo Riego el 1 de enero de 1820 en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan (véase Pronunciamiento de Riego), y publicó junto con Antonio Alcalá Galiano la importante Gaceta patriótica del Ejército Nacional. Nombrado Segundo Jefe de Estado Mayor, siendo uno de los primeros hombres que se une el 1 de enero de 1820 al alzamiento de Rafael de Riego, dirigiéndose con él desde San Fernando hacia la capital de España. En este momento es ascendido a Coronel. Aunque es discutido, parece haber sido el autor de la letra del Himno de Riego.

Tras jurar Fernando VII la Constitución liberal de Cádiz, se trasladó a Madrid, donde fue nombrado para ocupar diversos puestos en torno al Ministerio de la Guerra. Los movimientos contrarrevolucionarios de Fernando VII se hacen más patentes en Madrid que en otros lugares. San Miguel tiene, entre sus obligaciones, estar a cargo del Batallón de Patriotas y, por ende, de la Milicia Nacional en la ciudad. En julio de 1822 se ve obligado a usar la fuerza contra unidades realistas que intentaba entrar en la capital. En este tiempo fue miembro del Gabinete como Secretario del Despacho de Estado, con rango equivalente a Ministro de Asuntos Exteriores desde el 5 de agosto de 1822 al 2 de marzo de 1823 en que lo sustituye Álvaro Flórez Estrada, debiendo enfrentarse durante su ministerio a las acciones de las potencias extranjeras unidas en la Santa Alianza en favor del absolutismo. Con la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, junto con Espoz y Mina, combate en Cataluña pero es gravemente herido, detenido y trasladado al país galo.

Liberado en 1824, durante la Década Ominosa no pudo volver a España y se exilió en Londres. Regresó en 1834 con la amnistía general, uniéndose inmediatamente a la causa de María Cristina de Borbón en defensa de la legitimidad de Isabel II en el enfrentamiento con el Infante don Carlos por la Corona española. Se unió así al ejército cristino durante la Primera Guerra Carlista donde llegó a ascender hasta Mariscal de Campo, destacando su participación en la Batalla de Mendigorría -por la que obtuvo la Cruz Laureada de San Fernando. Llegó a ser nombrado General en Jefe de los Ejércitos del Centro.

Al finalizar la Guerra Carlista fue nombrado Capitán General provisional de Aragón y apoyó de forma explícita los movimientos revolucionarios de 1836 que desencadenó el motín de la Granja de San Ildefonso para el restablecimiento de la Constitución gaditana de 1812 en perjuicio del Estatuto Real de 1834.

Fue elegido diputado en las Cortes que aprobaron la Constitución de 1837. Fue Ministro de la Guerra durante la regencia de Baldomero Espartero, siendo Presidente del Consejo de Ministros Eusebio Bardají Azara. De 1836 a 1850 fue elegido diputado sucesivamente por Oviedo, Zaragoza y Madrid. En 1851 fue elegido senador vitalicio aunque no regresó a la actividad política efectiva hasta la llegada del Bienio Progresista en 1854, de nuevo con Espartero y O’Donnell, siendo partícipe activo de los movimientos revolucionarios de la Junta de Madrid, Capitan General de Castilla La Nueva y Comandante General del Real Cuerpo de Alabarderos. El recuerdo de sus actuaciones al frente de la Milicia Nacional en 1822 en defensa de Madrid le llevaron a ser apodado por sus conciudadanos Ángel de la Paz.

Además de la Laureada de San Fernando, fue distinguido con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III y la Orden de San Hermenegildo

Fue también académico de honor desde 1836 de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis.

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Archivo de Cortes. Legajo 104, N. 84.
Archivo General Militar de Segovia, expediente Velasco Coello.
Archivo General de Palacio. Papeles Reservados, 87.
La Francmasonería en cueros vivos y los francmasones en faldones. O sean reflexiones sobre Las reflexiones que ha publicado el señor don Antonio Alcalá Galiano con relación al Zurriago número 79 y 80. Por dos españoles puros y netos. Gibraltar, 1823.
GIL NOVALES, Alberto. Las Sociedades patrióticas. Madrid: Tecnos, 1975.
PALAU Y DULCET, Antonio. Manual del librero hispanoamericano. 2ª ed. Barcelona, 1948-1977.
SUÁREZ, Constantino: Escritores y artistas asturianos. Madrid, 1936.
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Don Manuel Gutiérrez de la Concha: un general liberal en la España de Isabel II (2ª parte).

Marques del duero

Este comportamiento hizo que muchos de sus antiguos partidarios, colaboradores suyos en el pronunciamiento de 1843, fueran distanciándose, especialmente O’Donnell, que buscaba una alternativa política capaz de convertirle en líder de una formación política capaz de convertirse en alternativa a la moderada. Y junto a él, políticos y generales entre los que se contaban los dos hermanos Concha, Manuel y José. No tendrá nada de particular, por lo tanto, que cuando O’Donnell se lance a la aventura de organizar su propio partido, buscando un hueco entre las dos grandes figuras que lideran a moderados y progresistas, Manuel Gutiérrez de la Concha se sume al proyecto, e incluso se beneficie de él. A ello contribuye el alejamiento temporal de Narváez, que abre el proceso de crisis que pondrá fin a la década moderada. La especulación en torno a las concesiones ferroviarias se convirtió en el caballo de batalla utilizado para derribar a Sartorius. El camino hacia la crisis quedó abierto en la sesión del Senado del nueve de diciembre. Manuel Gutiérrez de la Concha, con su discurso en la Cámara Alta, fue  una de las voces que denunciaron las irregularidades cometidas, la sombra de cuya corrupción llegaba hasta la familia real. Sometida a votación la política de estas concesiones, el Gobierno fue derrotado por 105 votos contra 69. Al día siguiente Sartorius optó por clausurar las Cortes. Esta medida, más las represalias adoptadas durante el mes de enero del nuevo año hacia los senadores opuestos a su gestión, entre ellos varios generales, precipitará su caída. Al producirse el pronunciamiento que encabezará O’Donnell, Concha –confinado en Tenerife– regresará a la península para unirse al golpe que derribaría al Gobierno.

De esta forma, cuando la Unión Liberal entre en liza, en sus filas veremos políticos tan significados como Cortina, Ríos Rosas, Cánovas del Castillo o Alonso Martínez, y generales como Serrano o el mayor de los Concha, quien por estos años se beneficiará del proceso desamortizador desarrollado en 1855, incrementando de esa manera su influencia política. El marqués del Duero se contará entre los que ayuden a subir al poder a O’Donnell tras la renuncia de Espartero en pleno Bienio Progresista, en el momento en que el líder progresista decide retirarse de la política activa a la plácida vida de sus tierras riojanas. Esto ocurre en un momento delicado, porque muy posiblemente los militares fieles a Espartero estarían dispuestos a levantarse en armas contra esta maniobra política, que significaba entregar la revolución a sectores ajenos al progresismo. Pero Espartero no quiso encabezar la revuelta. Y ante su postura, la única salida era sumarse a O’Donnell antes que permitir que las  fuerzas radicales capitalizaran la revolución y la condujeran a unos extremos que el Ejército no estaba dispuesto a asumir. La resistencia se manifestó en las calles a través de la Milicia Nacional, y en el Congreso, donde un elevado número de diputados se constituyeron en sesión permanente. Los milicianos se apostaron en las proximidades del Congreso dispuestos a defenderlo mientras esperaban en vano que Espartero llegara para capitanear la resistencia.

Las fuerzas gubernamentales dirigidas por O’Donnell, Concha y Serrano –entonces Capitán General de Madrid–, despejaron calles y plazas a cañonazos. La misma suerte corrió el Congreso, donde los diputados fueron desalojados por la artillería a las órdenes de Serrano que con esta acción se hizo merecedor del ascenso a capitán general, al tiempo que dejaba patente su militancia unionista y el abandono del progresismo que con anterioridad había profesado. En Barcelona, como en las demás capitales en las que la resistencia se había alzado, se impusieron igualmente las armas del Gobierno. No deja de ser curioso, sin embargo, el hecho de que la presencia del mayor de los Concha en los años de gobierno de O’Donnell, nunca llegue a adquirir la importancia política que le hubiera podido hacer merecedor de la consideración de “espadón”. Incluso su hermano José sería Ministro años más tarde, concretamente de la cartera de Ultramar, y cuando llegue la revolución que en 1868 ponga fin al reinado de Isabel II, será el último Presidente del Consejo de Ministros y el hombre que, tras la batalla de Alcolea, pacte el traspaso de poderes a un general tan versátil como Serrano, salido de las filas de la Unión Liberal de O’Donnell y, tras la muerte de éste, líder de los unionistas. Otra cosa es que, dentro de lo que era la línea de funcionamiento político marcada por la Constitución de 1845, y en virtud de su afinidad con O’Donnell, Concha presidiera por seis veces, y en legislaturas consecutivas –desde la decimotercera a la decimoctava– la Cámara Alta. Pero no hay más. Hasta donde sabemos, no tenemos constancia de que pretendiera hacer valer su autoridad o su prestigio para satisfacer mayores ambiciones políticas.

5. ¿Moderantismo o fidelidad a la Reina?

Incluso, en los años finales del reinado de Isabel II, cuando podríamos considerarle más volcado hacia el moderantismo, su conducta puede ser interpretada desde una perspectiva bien diferente. Porque a Concha lo vemos reprimiendo el levantamiento de los sargentos del cuartel de San Gil, que tan duramente castigaría posteriormente O’Donnell, junto a Serrano o al propio Narváez. Pero también nos lo encontramos al lado de la Reina cuando, tras el exilio y la muerte de O’Donnell, y el fallecimiento de Narváez en abril de 1868, decida permanecer fiel al trono, ya inevitablemente entregado en brazos de la reacción más conservadora, y defender hasta dónde fue posible, junto y bajo las órdenes de su hermano José –accidental Presidente del Gobierno– a una Isabel II que posiblemente no mereciera esa entrega. Delegados los poderes en Manuel, capitán general de Castilla la Nueva, será el marqués del Duero quien negocie y ceda el poder a los revolucionarios el 29 de septiembre.

Esta fidelidad hacia la Reina es común a espadones como Narváez o el propio O’Donnell que, incluso cuando ya estaba plenamente convencido de la inutilidad de sus esfuerzos por rescatar al trono de las fuerzas de la reacción, prefiere marchar al exilio antes que pronunciarse contra su reina, como harían Serrano y Prim. Esto no es óbice para que, instaurada la frágil normalidad revolucionaria, Manuel Gutiérrez de la Concha se mantenga próximo a los espadones triunfantes, aunque no participe del poder de forma directa, aunque sí lo veremos presentándose a las elecciones al Senado, y resultando elegido por la provincia de Málaga, durante el reinado de Amadeo de Saboya. Precisamente será, como representante del Gobierno, el comisionado que se desplace al puerto de Cartagena para recibir oficialmente al nuevo monarca, lo que significaba la aceptación evidente de la nueva normalidad que pretendía instaurarse mediante el cambio de dinastía. No fue una tarea agradable, ya que las circunstancias resultaron totalmente adversas. Concha acude a Cartagena porque Prim ha sido herido en el atentado de la calle del Turco. Y es quien, tras los saludos de rigor, debe comunicar al joven príncipe que acaba de recibir un telegrama en el que se daba cuenta de la muerte del hombre fuerte de la revolución que, de esta manera, quedaba huérfana y condenada al fracaso. Será Manuel Gutiérrez de la Concha quien  tras el fracaso de la república federal, marche al Norte, a luchar nuevamente contra los carlistas, convirtiéndose en la esperanza de victoria frente a ellos. Entra con Serrano en Bilbao, liberado del cerco carlista y, nombrado General en jefe del Ejército del Norte, continúa la campaña mientras el duque de la Torre vuelve a Madrid. Todo parece indicar que en estos momentos, el marqués del Duero tuviera ya tomada su decisión y, quizá por primera vez en su carrera militar, estuviera dispuesto a utilizar su prestigio –notablemente fortalecido por la campaña del Norte–, para poner fin a un período de despropósitos, buscando la ansiada “vuelta a la normalidad”, a través de la restauración de los Borbones en la figura de Alfonso XII, en connivencia con Cánovas del Castillo. No es probable, sin embargo, que estuviera pensando en un pronunciamiento, fórmula que muchos generales consideraban que debía ser evitada si se quería encontrar una alternativa política estable, rompiendo con la tradición anterior.

De cualquier forma, nos inclinamos a pensar que el marqués del Duero habría optado por una nueva línea de intervención. La protagonizada por los generales de la generación siguiente –Pavía y Martínez Campos–, evitando convertirse en líderes de los partidos políticos y buscando, a un nivel mucho más institucional y general que el de los anteriores pronunciamientos, una solución para las desgracias de la Patria. No pudo ser. Galdós nos lo cuenta: “Llegó el General donde estábamos Tordesillas y yo, ocultos a la vista de los demás asistentes por un matorral espeso. Con voz displicente dijo a su ordenanza: -Ricardo, el caballo. Éstas fueron las últimas palabras que pronunció en el mundo de los vivos… En el momento de cruzar la pierna derecha por la grupa del caballo, una bala, que lo mismo pudo venir del cielo que del mismo infierno, le atravesó el corazón. Con débil gemido expiró el primer soldado español de aquellos maldecidos tiempos”.

Sus restos descansan en el Panteón de Hombres Ilustres de la Basílica de Atocha.

6. Una reflexión final a modo de epílogo

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En las líneas anteriores he obviado aspectos importantes de la personalidad de Manuel Gutiérrez de la Concha intencionadamente. En parte, lo digo al principio, porque hay quien puede hacerlo con más conocimiento. Pero también porque, como reza el título, se trataba de hablar del marqués del Duero desde la perspectiva del general liberal, centrándome en su figura militar. Durante muchos años, y quizá aún nos quede un resabio de ello, al hablar de la España de los generales la referencia a los “espadones” implicaba  en cierto matiz despectivo. Como si habláramos de militares que gobernaban España a golpe de sable, sin más recurso que la autoridad cuartelera. Posiblemente ello se deba en parte a la imagen que la literatura nos ha legado.

Los Galdós, Baroja o Valle Inclán, cada cual en su estilo y con sus antipatías personales, han contribuido a ello en buena medida. Pero también, en buena medida, hayamos hecho extensivas a esta época, que se cierra con la restauración de los Borbones en 1874, las características que han presidido el intervencionismo militar en la España del siglo XX.

Y este es un grandísimo error. Entre otras cosas porque, con sus virtudes y sus defectos, los espadones del periodo central del siglo XIX, eran también políticos. Y algunos de ellos con una talla que nada tenían que envidiar a la de muchos líderes del ámbito civil. Pertenecían a un  partido y utilizaban su prestigio personal para llevarlo al poder, aplicando una fórmula que nos puede parecer desafortunada desde nuestra perspectiva actual, pero que –y esto no podemos dejar de tenerlo en cuenta– formaba parte de un sistema político en proceso de maduración, deudor de las carencias propias de un país en guerra permanente durante los cuarentas  primeros años del siglo, y con un escaso desarrollo social y económico. Ha sido fácil denostar a estos personajes. Espartero nos ha sido presentado como un hombre ignorante, pero lo que hoy sabemos de su vida doméstica y de los fondos de su biblioteca personal, desdice esta imagen. Y Narváez, aún por rescatar del desconocimiento, tiene en su haber como, demostró Pabón y nos recordó Seco Serrano, un bagaje de realizaciones que por sí solo debería bastar para poner en duda la imagen con la que ha pasado a la posteridad. En términos generales, algo así ocurre con todos ellos. Los conocemos por sus hechos militares, pero los condenamos por su actividad política. Y obviamos algo que, conforme nos vamos aproximando a sus figuras, va siendo cada vez más evidente.

Es el caso de Manuel Gutiérrez de la Concha. En estas líneas hemos hablado algo acerca de su figura como militar; podríamos hablar mucho más sin duda. Pero no podemos olvidar que, aunque no fuera una figura de primera fila en la política, tiene una trayectoria que nos lo presenta como un hombre con conocimientos que excedían con mucho a lo puramente militar. Que era de los pocos hombres públicos que se tomaban la molestia de estudiar los asuntos que habían de debatirse en las Cortes, y que sus intervenciones ponían de manifiesto que sabía de qué hablaba. Y que, junto a todo ello, y como quienes se han aproximado con cariño a su figura ya han puesto de manifiesto, fue un hombre de empresa en muchos aspectos  adelantado a su tiempo, demostrando poseer unas dotes que por sí solas le hubieran hecho destacar al margen de su trayectoria militar. En el caso del marqués del Duero, como ocurrió con Espartero y quizá algún día ocurra con Narváez o con O’Donnell, el estudio biográfico es un requisito indispensable para comprender, no ya al personaje, que ya de por sí resulta apasionante, sino un periodo especial de nuestra historia reciente sobre el que se han escrito muchos lugares comunes, pero que está necesitado de mucha investigación todavía.

El mejor epílogo a la figura de Manuel Gutiérrez de la Concha, uno de los generales que colaboró a que España tuviera un sistema político constitucional, sería un estudio biográfico que abordara su personalidad desde todos los puntos de vista, y lo rescatara –a él y a su época– de un olvido o, lo que es peor, de un conocimiento deficiente.

Don Manuel Gutiérrez de la Concha: un general liberal en la España de Isabel II

Marques del duero

Venir a hablar de Manuel Gutiérrez de la Concha, marqués del Duero, a San Pedro Alcántara, no deja de ser un atrevimiento. Sobre todo cuando entre nosotros hay personas que han hablado de él más allá de lo que mis conocimientos me permiten. Estudios como los publicados por José Luis Casado Bellagarza o Secundino José Gutiérrez Álvarez, en nuestros días; aproximaciones más alejadas en el tiempo como la del profesor Seco Serrano, o contemporáneas de su muerte, como la debida a la pluma de Vega Inclán, Castro y López, y Astorga en su Relación histórica de la última campaña del marqués del Duero, que prologaraun gran estudioso de las campañas carlistas como fue Gómez de Arteche, no son sin embargo suficientes para responder a la necesidad de un estudio biográfico que recupere de manera adecuada la figura que hoy nos ocupa. La suerte del marqués del Duero no es exclusiva. Tenemos grandes carencias en lo referente al conocimiento de estas figuras militares que compaginaron la carrera militar con la actividad política y, en ocasiones, con la económica, ofreciendo un perfil de hombre público  extremadamente complejo, cuyo conocimiento resulta ario si queremos entender cómo nacimos a un sistema constitucional del que somos deudores. Por supuesto, no pretendo suplir esa carencia.

Hay personas más adecuadas para cubrir este objetivo. Mi intención hoy, en estos breves minutos, no va más allá de esforzarme por contribuir al rescate de la memoria del marqués del Duero, situándolo en la época y las circunstancias que marcaron una etapa tan decisiva en nuestra historia como la que  transcurrió a lo largo de los tres primeros cuartos del siglo XIX. Con ello, si lo logro, podremos entenderlo mejor y hacer un balance más ajustado a la realidad de su significado.

1. Antecedentes hasta la primera guerra carlista

Manuel Gutiérrez de la Concha pertenece a una generación de militares que desempeñaron un papel protagonista en la historia española del siglo XIX, con unas características que responden a dos acontecimientos fundamentales: la primera guerra carlista y el establecimiento de un sistema de monarquía constitucional, representada en los años en que se desarrolla su vida por la figura de Isabel II.

Por supuesto, existen otra serie de características que podríamos llamar menores, que contribuyen a perfilar aún más la personalidad de los miembros de esta generación de generales que definirán con su protagonismo la historia política de los años centrales del siglo. Concha nace precisamente en 1808, cuando el conflicto contra el francés está a punto de iniciarse. En 1809 nace O’Donnell, en 1810 Serrano y, ya en 1814, Prim. Tres de los grandes espadones que marcarán de manera particular la segunda mitad del reinado de Isabel II. Anteriores eran Espartero, nacido en 1793 y el único de los grandes espadones que participa en la Guerra de la Independencia; Luis Fernández de Córdoba –nacido en 1798– cuya temprana muerte dejará abierto el camino a Narváez que, nacido en 1799, fue demasiado joven para luchar frente al invasor francés, aunque sí lo hará contra los Cien Mil Hijos de San Luis, jugándose carrera y vida en defensa del constitucionalismo y redimiéndose del ostracismo al que le condenó el absolutismo fernandino a través de la primera guerra carlista. Posteriores a la generación de Concha serían los artífices del retorno a la dinastía borbónica que Serrano y Prim habían expulsado del trono en 1868: Pavía y Rodríguez de Alburquerque, nacido en 1827, y Martínez Campos, en 1831. Son generales, espadones, cuya intervención en política seguirá unas directrices que marcan una diferencia fundamental en el carácter del protagonismo militar que nos conducirá a los golpes de Estado de septiembre de 1923 y julio de 1936, con unas características netamente diferentes a lo que fue el intervencionismo de nuestros espadones. La generación de Concha crece y prospera, cuando no muere, en los largos años de la guerra civil de 1833 a 1840. Son militares que, procedentes en gran parte de familias militares y ligadas a la nobleza, ingresan por lo común a edades muy tempranas en la profesión militar. Doce años tenía Manuel Gutiérrez de la Concha cuando ingresa como cadete de la Guardia Real; diez O’Donnell, como subteniente por real gracia; 12 Serrano. Narváez había ingresado a los 15 como cadete de las Guardias Valonas. Espartero, uno de los pocos entre ellos procedentes de familia humilde, ajena al mundo de las armas y de la nobleza, a los 16 como soldado distinguido voluntario para luchar contra el francés, al igualque lo haría años más tarde Prim, con 19, para luchar contra los carlistas. Todos ellos, salvo Espartero que combate en la Guerra de la Independencia y Prim que no se incorpora hasta la primera Guerra carlista, hacen sus primeras armas en los años del trienio liberal y de la década absolutista. De esta manera se ven inmersos en las pugnas entre defensores y enemigos de las fórmulas políticas definidas por el absolutismo y el liberalismo. Y aunque su protagonismo es escaso, sí tenemos elementossuficientes como para aceptar su inclinación hacia las tesis liberales, quizá no de manera tanevidente como fue el caso de Narváez enfrentándose en 1822 a sus propios compañeros de lasGuardias reales, pero sí con la suficiente evidencia como para sufrir la inevitable persecución política,como sería el caso del propio Concha.

2. La Guerra Carlista y la definición política

Y es en 1833, con edades que oscilan entre los 40 años de Espartero y los 19 de Prim –Concha tiene 25–, cuando la guerra carlista se convierte en el vehículo de una brillante carrera militar, indispensable para la posterior política.

La guerra los convierte en héroes. Todos ellos reciben heridas, condecoraciones y ascensos. Concha será al término de la guerra mariscal de campo, con apenas 32 años. Se habrá distinguido en numerosas acciones militares que, entre otras cosas, le harán merecedor de tres laureadas de San Fernando, y se habrá labrado –como sus compañeros– fama de valiente en un mundo en el que la valentía se demostraba día a día, y en el que las condiciones de vida eran extremadamente duras. En esta España en guerra, no puede resultarnos extraño que los incipientes partidos políticos, que conspiraban unos contra otros en la corte de la Reina Gobernadora, fijaran sus ojos en los hombres más destacados del frente de batalla, intentando atraerlos a sus filas, deficientes de apoyo social. Un caudillo victorioso era, inevitablemente, el héroe popular que podía arrastrar tras de sí a una población que, desde la guerra del francés, no se había visto –de manera más o menos directa– libre de una situación de guerra.

Los generales de nuestra generación –los Concha, O’Donnell, Fernández de Córdoba, etc.– no fueron, sin embargo, protagonistas políticos de primera fila en estos años iniciales de la monarquía constitucional. Las grandes figuras, en las que las opciones moderada y progresista del liberalismo pusieron sus ojos, eran los hombres de la generación anterior: Espartero (1793), Luis Fernández de Córdoba (1798) o, en sustitución de éste tras su temprana muerte, Ramón María Narváez (1799). La generación de Manuel Gutiérrez de la Concha desarrollará su carrera política a la sombra de las dos grandes y contradictorias figuras, símbolos del progresismo en el caso de Espartero, y del moderantismo en el de Narváez.

Solo pasados bastantes años, y con gran esfuerzo, la generación nacida en los años de la Guerra de la Independencia, alcanzará la primera fila del protagonismo político. No es el momento de debatir sobre el porqué de las filiaciones políticas de Espartero y Narváez. Pero podemos, si no afirmar de manera categórica, sí al menos hacer conjeturas fiables acerca de la definición política de Manuel Gutiérrez de la Concha. Por supuesto, estamos en condiciones de afirmar su inclinación hacia el liberalismo de manera evidente, sin las sombras que arrojan dudas acerca del oportunismo de otros espadones. Pero, aceptada la opción liberal frente a la absolutista, ¿qué lleva a Concha a situarse al lado del moderantismo representado por Luis Fernández de Córdoba primero, y por Narváez después? Aquí entramos de lleno en el terreno de las conjeturas, a la espera de que un estudio biográfico nos permita disponer de conclusiones demostrables. El profesor Gay Armenteros argumentaba la antipatía de Concha hacia Espartero con Ayacucho al fondo3. Los antecedentes familiares de los Concha –su padre Juan Gutiérrez de la Concha y Mazón, brigadier de marina y gobernador intendente de la provincia de Tucumán, había sido fusilado en Argentina en 1810– y la relación que se establecía entre Espartero y los ayacuchos, no parecen, en mi opinión, argumento de peso. Mi hipótesis se orientaría hacia las simpatías/antipatías personales y profesionales en el marco de un escenario en el que la rivalidad Espartero/Fernández de Córdoba primero, Espartero/Narváez después, se transfirió del terreno militar al campo de la política. Esto no quiere decir que Concha fuera por definición liberal moderado. De hecho, su trayectoria posterior nos lo mostrará mucho más inclinado hacia las posturas centristas representadaspor O’Donnell y su Unión Liberal. Pero debemos tener en cuenta que, en estos momentos de la guerra carlista, la aproximación a las tendencias progresistas o moderadas obedecía más a enfrentamientos personales que a la definiciónde una ideología concreta.

3. Los pronunciamientos de 1841 y 1843

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Lo cierto es que en 1841 encontraremos a Manuel Gutiérrez de la Concha junto a Narváez, O’Donnell y el desventurado Diego de León, asumiendo un papel protagonista en el intento de derrocar a Espartero de la Regencia. En torno a María Cristina se organizó una trama conspirativa en la que estaban presentes
generales como Diego de León, Concha, Borso de Carminati y por descontado, O’Donnell y el implacable Narváez. El proyecto de un primer levantamiento se ramificó pronto por toda España, dando lugar a un pronunciamiento en septiembre de 1841 que terminó en fracaso. Narváez desde Gibraltar, pasando a Andalucía, debía aprovechar la popularidad conquistada en las tierras del Sur por su actuación contra las partidas; Borso di Carminati trabajaría para levantar Zaragoza; O’Donnell, que había conseguido su cuartel para Pamplona, junto con Montes de Oca en Vitoria, esperaban arrastrar a los simpatizantes del carlismo,
que se suponía harían causa común contra su vencedor; sin tener en cuenta que Cabrera primero, y don Carlos después, habían dado la consigna de no implicarse en el pronunciamiento. Desde Bourges, donde residía la Corte carlista, no se deseaba la caída de Espartero, cuya política en lo referente a la Iglesia se esperaba provocara una reacción que favorecería el fortalecimiento de la causa del carlismo.

Y en Madrid, Diego de León, Pezuela y Concha preparaban simultáneamente el gran golpe de efecto: asaltar el Palacio real, donde contaban con la colaboración del comandante Marchesi, responsable de la guardia exterior, y secuestrar a las infantas. La consigna era sublevarse a toda costa contando con que, afianzada la sublevación en el Norte –que constituiría su base territorial– y devuelto el poder a María Cristina –de nuevo tutora de sus hijas–, Espartero se enfrentaría a la tesitura de resucitar la guerra civil o resignar la Regencia. Sin embargo, la decidida oposición que mostró el coronel Domingo Dulce, comandante de los alabarderos de Palacio, frustró el intento de rapto, a la vez que la descoordinación entre los implicados hacía fracasar los levantamientos en las ciudades.

Viendo fracasados sus intentos Pezuela, Concha y León, optan por la huida. El primero, herido y muerto su caballo, se salva gracias a la actitud del coronel que mandaba a los soldados de la Guardia Real que le perseguían. Sabiendo que se encontraba oculto en las cercanías, se dirige a sus hombres en estos términos: “Los soldados de España no son perros de caza. Nos han mandado que recorramos la carretera hasta Villalba; lo que pase fuera de la carretera no nos interesa. ¡A caballo todo el mundo!” Así, Pezuela pudo llegar hasta el deshabitado monasterio de El Escorial, donde el fraile que ejercía de guardián le dio cobijo. Concha consiguió igualmente escapar de sus perseguidores. Pero no le cupo la misma suerte a Diego de León, que se entregó, convencido de que Espartero no daría la orden de fusilarlo, pese a que las fuerzas enviadas para su captura le instaron a escapar. O’Donnell consiguió alcanzar la frontera, no así Borso, cuyo fracaso al menos parcialmente, atribuye Baroja en Juan Van Halen, el oficial aventurero, a su deficiente conocimiento del castellano que le hizo perder toda autoridad cuando arengó a los soldados diciéndoles: “¡Hijos míos: esos empapamientos de acuas serán mañana chorreones de la nostra gloria!”. La misma suerte corrió Montes de Oca, que fue hecho prisionero. Narváez regresó a París, renunciando a levantar Andalucía. La proclamación de María Cristina como Regente, efectuada por el general convenido Urbiztondo en Vergara, el 7 de octubre, quedó reducida a una pantomima.

El frustrado golpe coincide con la estancia de Serrano en Málaga donde se encontraba enfermo; pese a ello se traslada a Madrid al estallar la revuelta, poniéndose bajo las órdenes de Espartero, que le confió la primera división del Ejército del Norte. Este primer aviso, al que Espartero permaneció sorprendentemente ajeno reaccionando con una inusitada lentitud, tendría en su desenlace final perniciosas secuelas para la popularidad del Regente, ya que sometidos a los tribunales militares los implicados, fueron condenados a muerte, quedando en manos de Espartero conceder un indulto que se daba por descontado si se tenía en cuenta que todos los generales condenados habían sido heroicos combatientes en la pasada guerra civil. No obstante, y pese a las reiteradas peticiones de indulgencia que se le hicieron, Espartero se mostró tan inflexible como en ocasiones similares lo había sido durante la guerra, negando el indulto. Las sentencias fueron ejecutadas y los conspiradores convertidos en héroes de la libertad en la lucha contra el dictador, que así era como empezaba a ser visto Espartero por sectores cada vez más amplios lítica y militar.

Entre todos los ejecutados adquirió especial relevancia la figura de Diego de León, “la primera lanza del reino”, cuyo valor ante el pelotón de fusilamiento no fue menor al mostrado en el campo de batalla, convirtiéndose en una de las figuras más relevantes del imaginario romántico de la época. No cabe sin embargo, interpretar como un gesto románticamente desesperado ante el fracaso del pronunciamiento el asalto a Palacio por parte de Diego de León, cuando en realidad se trataba de la pieza fundamental de toda la conspiración cuidadosamente preparada. El pronunciamiento de 1841 tiene sin embargo una componente sentimental irrefutable: una Reina desterrada, una inocente hija huérfana retenida, y una defensa del Trono en la que se derrochan valor y heroísmo, elementos todos que llevó a calificarlo de “conspiración romántica” y que jugó mucho en la pérdida de popularidad del Regente al que se le asignaba el papel de villano, encerrado en su palacio y rodeado de una corte de aduladores.

Y nuevamente lo encontramos en 1843, cuando alcanza el éxito que marcará el inicio del reinado de Isabel II. Efectivamente, los conspiradores no se habían desanimado tras el fracaso de 1841. O’Donnell y Narváez, parece que a propuesta de este último, acordaron constituir una sociedad secreta, al estilo de las de masones y comuneros tan en boga en estos tiempos, con el objeto de preparar la revolución política que debía terminar con la Regencia esparterista. El Consejo Supremo de la “Orden Militar Española”, que así se denominó esta sociedad secreta, se constituyó a principios de 1842, siendo sus miembros, Narváez, Fernando Fernández de Córdoba, Pezuela, Benavides y Escosura, que actuaba como secretario. En Madrid se estableció una sucursal entre cuyos componentes figuraban Fulgosio y Aspiroz, que contaban con el apoyo de El Heraldo, redactado por Zaragoza y Sartorius. A la Orden no le faltaron medios de financiación, provenientes en buena medida de la fortuna de María Cristina, aunque también de otras fuentes, entre ellas del marqués de Viluma; y nutrió sus filas con numeroso afiliados, entre los que se contaban muchos jefes y oficiales descontentos con la política de Espartero, así como con políticos, entre ellos Donoso Cortés. La presidencia recayó en O’Donnell que aunque más joven, era superior a Narváez en graduación, y éste prefería que las cosas fueran así, confiando en el ascendiente que tenía sobre el joven general. Hay que admirar el golpe de vista y la astucia de Narváez. Sabe que los  progresistas confían en beneficiarse de la fuerza militar que apoya a los moderados, responsables del pronunciamiento militar. Igualmente sabe que Serrano en Barcelona y Prim en Reus, han tomado la iniciativa para imponer su opción, confiados en que él, alma del pronunciamiento, desembarcando en Cádiz tendrá pocas posibilidades de ganarles la mano. Pero Narváez, que intuye la maniobra, pretende entrar por la frontera catalana. Prim difiere el apoyo que le reclama, con us intenciones quedan claramente al descubierto. Sin embargo Narváez no abandona –siempre tuvo fama de testadura–. Se traslada a Marsella, alquila un vapor, “Le Rubis”, y el 27 de junio desembarca en Valencia, donde el levantamiento ya había triunfado. Mientras Concha sigue camino para ponerse al frente del levantamiento en Andalucía, Narváez toma el mando en Valencia. El Gobierno provisional no tuvo más remedio que asumir los hechos y el 30 le nombra Capitán General de Valencia.

4. Manuel Gutiérrez de la Concha en la política del reinado de Isabel II

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Su gran capacidad y prestigio militar hicieron que fuese considerado el mejor estratega del siglo XIX español, lo que llevó a que el gobierno de la Primera República en 1874 le entregara el mando del Tercer Cuerpo del Ejército del Norte, una unidad crucial para la defensa del régimen. En los tres meses durante los cuales estuvo al mando del frente carlista del Norte consiguió victorias de gran resonancia y significado, con especial relieve en la liberación de Bilbao, en mayo.

Hasta aquí podríamos concluir que el moderantismo sería la opción política de Manuel Gutiérrez de la Concha. Pero esto no sería cierto. A comienzos de los años cuarenta no cabían muchas más posibilidades. La rivalidad entre Espartero y Narváez trascendía de lo militar a lo político. No era probable que cualquier otra vía alternativa pudiera tener posibilidades de éxito. Como Concha, O’Donnell, Serrano, incluso el mismo Prim –que acabaría siendo el líder de los progresistas, cuyo símbolo era Espartero–, conspiraban contra éste. Pero eso no significará que en el futuro permanezcan aliados con Narváez de manera incondicional. La historia de los años siguientes, el cuarto  permanece Isabel II en el trono, sirven para poner de manifiesto algunas cuestiones claves para entender la figura de Concha.

Ante todo, y revisando su vida tras el triunfo del pronunciamiento que en 1843 puso fin a la Regencia de Espartero, una primera conclusión parece evidente. Si Manuel Gutiérrez de la Concha fue un espadón, lo fue en el sentido estricto que a este término da el Diccionario de la Real Academia: personaje de elevada jerarquía en la milicia. Según esta definición tan generalista, espadones serian todos los generales. Pero en una acepción más ajustada, que no contempla la Real Academia, entendemos por espadón a ese personaje que une, a su elevada jerarquía, el poder y la influencia que le permiten afrontar la aventura de imponer una solución política como alternativa a la existente. Poder e influencia ya es algo que no puede atribuirse a todos los generales, ni siquiera a una minoría amplia. Fueron contados los que realmente alcanzaron esa posición en una sociedad nacida entre guerras. Y ellos, terminadas éstas, serán los protagonistas en la nueva etapa de nuestra historia. De su mano se producirá la transición política del antiguo al nuevo régimen, de su mano reinará Isabel II, como de su mano le vendrá a la infortunada reina la pérdida del trono; aunque luego se lo devolvieran a la dinastía en la persona de su hijo Alfonso.

De entre todos ellos destacan de manera particular cinco: Espartero, Narváez, O’Donnell, Serrano y Prim. Podríamos hablar de otros, qué duda cabe. Luis Fernández de Córdoba por ejemplo, con quien Pabón pensaba que el “régimen de los generales” tuvo su inicio. O el fusilado Diego de León, cuya trágica ejecución se prestaría maravillosamente a la estampa del militar como figura romántica, el mismo halo de tragedia que podría tener la imagen de un Zumalacárregui. Pero los que pervivieron, los que llegaron al poder, los que incluso renunciaron a él en ocasiones, fueron los cinco mencionados. Y con ello estoy afirmando que, si bien Concha hubiera podido, no tenemos constancia de que haya querido ser un espadón en el sentido político del término. Cierto que lo encontramos simultaneando cargos políticos con sus responsabilidades militares. Lo vemos ocupando un escaño en el Congreso en las legislaturas de 1843 y de 1844-1845. Y desde 1845 es senador, siendo poco después, y como muestra de la confianza que su prestigio militar le había granjeado en la Corte, designado para ponerse al frente de las fuerzas de intervención en Portugal en 1847.

Pero esto es algo normal, que deriva del sistema establecido por la Constitución de 1845 a través del cual Narváez –y este será un mérito personal–, busca la manera de alejar a los generales del pronunciamiento mediante una política que pretendió vincularlos institucionalmente con la Constitución. Esto se hizo en parte a través del Senado, normalmente como senadores vitalicios designados por la Reina, al margen de su opción política. Excepto Prim –que no reuniría los requisitos para ser designado senador hasta 1858 aunque sí será diputado–, el resto de nuestros espadones serán senadores vitalicios; incluso Espartero, designado en 1847. La lista de capitanes y tenientes generales es numerosa. Junto a Narváez, Serrano y O’Donnell, encontramos a muchos otros, más o menos conocidos: los Concha (Manuel y José), Pavía y Lacy, Alaix, Infante, el anciano Castaños, Cleonard, Fernando Fernández de Córdoba, Rodil, etc. Indudablemente, la integración de generales como Alaix o el propio Espartero, podía ser un medio de evitar que, desde el exilio, se dedicaran a la conspiración. La experiencia y el sentido común estaban detrás de esta disposición. Esto forma parte del sistema aunque, por esto, no garantiza la permanencia al lado de Narváez. De hecho, éste se había convertido en 1850 en un gobernante autoritario, que prefería gobernar mediante decretos, marginando al Parlamento, y mostrando escasa paciencia con las contrariedades:

“[…] contestaba a ellas con actos de violencia
y de arrogancia que labraban cada
día su impopularidad en los altos círculos
de la política y en la opinión del país.
[…] A los que le hacían la oposición en
las Cortes, mirábalos como a enemigos
personales […]”

Continuará…

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Texto extraido de l artículo de Fernando Fernández Bastarreche
Profesor titular de Historia Contemporánea
Universidad de Granada Cilniana 22/23, 2009 – 2010: 117-126 ISSN 1575-6416

Historias de la historia de España; Capítulo 54. Érase una Exposición, muchos millones, el Rey, Primo de Rivera y un hecho muy importante para la ciudad de Sevilla.


Cuando el Gobierno de Primo de Rivera asumió el compromiso de celebrar en Sevilla un Certamen que fuera el punto de confluencia de todas las repúblicas iberoamericanas, Portugal y EE.UU., la Dictadura se comprometió personalmente con el éxito del Certamen, y delegó en Cruz Conde la tarea de concentrar toda la energía de la ciudad sobre un único empeño: organizar el evento con el mayor esplendor en el plazo más breve posible, recuperando el tiempo perdido.
Hay que decir que la ciudad, simbolizada en su Ayuntamiento, contempló impasible esta pérdida de control en una empresa que había nacido sevillana, con la creencia y la esperanza de que, junto con la dirección, el Estado también recogería la responsabilidad económica. Este aspecto, formulado ambiguamente, quedará en entredicho y pesará hasta el último momento en el equilibrio de las relaciones entre el Ayuntamiento y el Comité.Su planteamiento de base es claro: la celebración del Certamen exigía un esfuerzo máximo por parte de Sevilla, y eso sólo era posible si se lograban aunar todas las energías ciudadanas, lo que suponia terminar de una vez con los continuos enfrentamientos entre el Ayuntamiento y el Comité, para marchar decididamente tras una organización dirigida sin vacilaciones por Cruz Conde. Esto implicaba una homogenización en el pensamiento y en las actividades de todas las instituciones decisivas en la vida sevillana. Ambas eran tareas paralelas, que exigían colocar en los lugares clave a hombres que se identificaran con la labor del régimen y, en concreto, con las intenciones de José Cruz Conde.
En la misma sesión plenaria en que tomó posesión del cargo de Comisario Regio Cruz Conde, inició su tarea de readaptación»; solicitando de una comisión técnica la confección de un informe sobre el verdadero estado de la preparación del Certamen. El resultado fue contundente: muchas de las edificaciones permanentes carecían incluso de proyecto; de las provisionales no se sabía nada y en el presupuesto había un déficit inicial de 10.000.000 pesetas (tomando en cuenta el último empréstito municipal). En conclusión, constata la imposibilidad de que la Exposición pudiese celebrarse en la primavera de 1927. En vista de lo cual, al Comité no le quedó más alternativa que la de presentar su dimisión, admitiendo que su trabajo había sido, por lo menos, desordenado. Esto explica que el día 11 de marzo de 1926, recogiera la Gaceta el decreto que nombraba un nuevo Comité Ejecutivo de la Exposición Ibero-Americana de Sevilla, en el que destacan dos fiotas principales: la pérdida oficial de la presidencia de dicha institución por el Alcalde de Sevilla

la unidad que Conde buscaba era indispensable a la hora de solucionar el problema clave que dividía las opiniones y retrasaba el Certamen: me refiero a las enormes dificultades ocasionadas por la financiación, porque era verdaderamente
en este aspecto donde se iba a exigir el mayor esfuerzo a los sevillanos.
El problema económico quedó entonces de esta manera: la Exposición fue presupuestada en unos 30.O00.O00 pesetas, subvencionados así: 1O.OO0.000 pesetas por el Estado; otra partida igual por el Ayuntamiento; y el último tercio también respaldado por el Ayuntamiento, si bien con la posibilidad de resarcirse con los hipotéticos beneficios del Certamen. Para cubrir estos compromisos fue por lo que el Ayuntamiento se habla visto en la necesidad de recurrir a negociar con el Banco Internacional de Comercio el empréstito por valor de 20.000.000 pesetas.
1928 es el año crucial. El ritmo de trabajo se hace vertiginoso entonces, y no es exagerado decir que la ciudad observaba su transformación día a día; así lo refleja la Prensa. Y ese ritmo se acelera aún más en los primeros meses de 1929. Había comenzado esta sintesis asegurando que la Exposición fue posible por la concentración de las energías sevillanas desde el año 1926 en adelante, y quiero concluir subrayando que 1928 fue el ano crítico. La Prensa de la época recoge cómo los coetáneos se sorprendían de que tales progresos fueran posibles. Sin embargo, del tránsito de un ritmo pausado durante ciertos años, desde 1910, a la concentración de todo el esfuerzo en poco tiempo, lo cual no permitía que la Ciudad asumiera su propia transformación, se desprenden consecuencias negativas para el futuro de la Ciudad, porque hizo muy estridente el contraste entre estos meses últimos y el frenazo en seco de la actividad económica, de la oferta de empleo, etc. una vez inaugurado el Certamen. Con todo Sevilla y Cruz Conde o Cruz Conde y Sevilla posibilitaron, sin duda, el que la Exposición Ibero-Americana dejara de ser un proyecto y se convirtiera
en una realidad en 1929.
La ceremonia estuvo revestida de gran solemnidad y boato, fue presidida por los Reyes de España en compañía del Gobierno en pleno, Presidente de la Asamblea Nacional, Diputación Provincial, Ayuntamiento y representaciones diplomáticas de los países iberoamericanos participantes.
Discurso del Sr. Cruz Conde en el acto inaugural (9-mayo-1929)

Fuimos designados inmerecidamente para llevar a buen termino la noble empresa que nos congrega ahora en este pedazo del viejo solar español, marcando el más noble de los grandiosos espectáculos que se ofrecen a vuestra vida y que creo considerar como una evocación exaltada y firme de las ansias de fe en los destinos de La Patria, acariciada felizmente en estos momentos por el flamear de más de veinte banderas de otras tantas naciones libres, que se llaman hermanas, y que lo son, cuando hablan en el lenguaje cálido de sus sentimientos, o cuando callan, con la elocuencia de sus convicciones.
Porque es bien cierto , Señor, que siendo tan valiosa y meritoria la obra arquitectónica, que el genio y las exquisiteces de los alarifes ha sabido crear, dando forma a edificios de bella traza y depurado refinamiento; siendo tan admirable y magnifico el conjunto de manifestaciones de nuestro arte, pictóricamente los hechos y los recuerdos gloriosos de la vieja España , del heroísmo que resplandece en las reliquias de los exploradores del siglo XVI, esto que, en cuantioso acervo simboliza el contenido espiritual de este gran certamen, acentuando las riquezas incomparables de los palacios de esta exposición, todo palidece ante el hecho de la asistencia de los pueblos de América, que llegan a la vieja península con exuberante juventudy para reverdecer los lazos Hispanoamericanos, con ofrenda de gratitud y amores filiales, que Sevilla tiene la suerte de recibir agradecida en nombre de La Patria Española.
Ciertamente, Señor, desde la fecha de 12 de Octubre de 1492, no hubo un solo día en la historia de América, de mayor trascendencia y de más alta significación espiritual que este de hoy en que comienza el gran certamen Iberoamericano.
Ayer, el conjuro de la fe y de las mas nobles ansias de gloria, surgió un nuevo mundo ante la proa de la inmortal carabela. Hoy más de veinte países, hijos de la inmortal epopeya se congregan en el solar hispano para entonar a la nación progenitora el himno de la RAZA. Así, Señor, comprenderéis nuestra legítima alegría, pues que habiendo de unirse en el mismo homenaje la consagración de la grandeza pasada de la Patria y la promesa venturosa de nuevas prosperidades.
En nombre, pues de todos mis compañeros de trabajo Señor , os suplico aceptéis el testimonio de nuestra honda y sincera devoción y gratitud.
Seguidamente Hizo uso de la palabra el Jefe del Gobierno, el general Primo de Rivera, el cual elogió a las mujeres sevillanas a las Patria y a la Raza como vínculo de unión entre las naciones iberoamericanas con el siguiente discurso:

Señor: La visible emoción que expresabais ayer al visitar la nave evocadora que condujo a Colon y a sus bravos compañeros al descubrimiento del mundo americano, se produjo hoy, mas viva e intensa, al inaugurar este gran certamen y al oír como el estampido de los cañones, saluda a través de los siglos la hazaña gloriosa, hoy plasmada en este cuadro de luz y gloria en que os veis, rodeado en gran parte de vuestra Real Familia, embajadores y altos dignatarios de países amigos y del pueblo español. Y es, Señor, que al discurrir el tiempo y sus vicisitudes agitadoras la vieja España, la que por su esfuerzo y la fe de su insuperable Reina ISABEL la también España de LEPANTO.
El discurso estuvo lleno de retórica y grandilocuencia, muy al estilo de la época. Nuevamente una gran ovación se produjo al término de las palabras de éste.
Después el Rey puesto de pié pronunció las palabras de rigor:
“Queda inaugurada la Exposición Ibero-Americana de Sevilla”
Produciéndose una atronadora ovación que se mezclaba los acordes de la Marcha Real interpretadas por las bandas y las salvas de artillería.
Tarifas de Entradas
Personal ordinario…………………………………….2 Pts
Especial, jueves, sábados y nocturnos
y domingos mañana y tarde………………………0,50Ptas
ABONOS 25 Cupones………………………….. ..25 Pts
CARRUAJES……………………………………….. . 3 Pts
Horas de Visita
de 10 a 13 horas mañana y de 7 a 10 noche y de 7 a 12 de la noche los demás días
Reseña Histórica

La Exposición iberoamericana de Sevilla (1929-1930) fue el acontecimiento mas trascendental del mundo hispánico en el primer tercio del siglo XX con el reencuentro de todas sus naciones tras las respectivas independencias.
El creador de la idea en 1909 fue el Eximo Sr. D Luis Rodríguez Caso, Sevillano Ilustre, gloria de las grandes eminencias culturales de las fuerzas armadas españolas de todos los tiempos.
La idea Sevillana exposicional en pro de la Hispanidad de nuevo cuño, en el tiempo y desde su nacimiento, no fue nada fácil de plasmar, fue deudora de S.M. El Rey Alfonso XIII de las Empañas, por haber sido su gran valedor y también del Eximo Sr. D Miguel Primo de Rivera, marques de Estella, Jefe del Gobierno español a lo largo del periodo 1923-1930, por haber sido su esforzado propulsor.
Los primeros promotores de la exposición fue un grupo privado sin apenas recursos financieros por lo que las subvenciones oficiales obtenidas (aproximadamente 40.547.598 pesetas) fueron las que hicieron posible el evento. Se estima que el certamen necesitó aproximadamente un total de 80.218.599 pesetas, siendo sus ingresos, también aproximadamente, de 85.147.360 pesetas.
El recinto previsto por la organización abarcaba:
El Parque de María Luisa, donado en 1893 por la infanta María Luisa de Borbón y que fue reformado por el ingeniero francés Jean-Claude Nicolas Forestier, conservador del bosque de Boulogne en París, que le dio un toque romántico, inspirado en los jardines del Generalife, La Alhambra y los Reales Alcázares de Sevilla. En el parque se abrieron las plazas de España y de América.
El Prado San Sebastián, donde se levantó el Pabellón de Portugal
Los jardines de San Telmo, donde se ubicó el Pabellón de Sevilla, formado por el Teatro Lope de Vega y el Casino de la Exposición
El Paseo de las Delicias
El Sector Sur.
Aníbal González, nombrado arquitecto director de la exposición, se ocupó en gran parte de la urbanización de los 1.343.200 m² que ocupó la exposición, En 1928 dimite Aníbal González y es nombrado arquitecto Vicente Traver.
La desorganización existente en 1926 influyó en la ubicación de cada uno de los pabellones, que en principio estaban planificados de tal manera que al final se superponían unos sobre otros.
Los principales legados arquitectónicos de la Exposición fueron el conjunto de pabellones en torno a la Plaza de América, que se elaboró en 1913, obra original de Aníbal González y que agrupaba y ordenaba tres edificios en el entorno del Parque María Luisa, formados por: el denominado Pabellón Mudejar actualmente Museo de Artes y costumbres populares, el Pabellón de las Bellas Artes, actualmente Museo Arqueológico y el Pabellón Real.
En 1914, también Aníbal González, elabora el proyecto más ambicioso de toda la exposición, constituido por la Plaza de España, que comprendía el gran palacio y la plaza que lo rodea, su ejecución se prolongó hasta 1928, siendo inaugurada en 1929.
Los participantes más destacados de la Exposición fueron: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Estados Unidos, Marruecos, México, Perú, Portugal, Uruguay, las regiones españolas y las provincias andaluzas, incluida Huelva que al principio no estaba de acuerdo con que fuera Sevilla la sede de la cita.
De los edificios planeados, que fueron en total 22 dentro del recinto, Hotel Alfonso XIII, 8 pabellones oficiales, 12 regionales españoles, 7 provinciales (andaluces), uno municipal, 13 de estados extranjeros y 47 comerciales, sólo sobreviven varias decenas a principios del siglo XXI, algunos muy transformados, así, podemos disfutar de (entre paréntesis su uso actual):
Plaza de España (oficinas municipales, monumento turístico y capitanía general de la Región Militar Sur)
Parque de María Luisa y la urbanización del recinto
Pabellón Domecq (sede de Juventudes Musicales)
Pabellón Mudéjar (Museo de Artes y Costumbres Populares)
Pabellón Real (oficinas municipales)
Pabellón Sevilla (Teatro Lope de Vega)
Pabellón de Bellas Artes (Museo Arqueológico)
Pabellón de la Información (hoy restaurante “La Raza”)
Pabellón de la Prensa (Colegio Público “España”)
Pabellón de Marruecos (Parques y Jardines)
Pabellón de la compañía Arrendataria de Tabacos (archivos)
Pabellón de Argentina (escuela de Danza) (Arquitecto Martín S Noel)
Pabellón de Chile (Escuelas de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos) (Arquitecto Juan Martínez Gutiérrez)
Pabellón de Colombia (Escuela Náutica)
Pabellón de Cuba (Agencia Andaluza de Cooperación Internacional para el Desarrollo)
Pabellón de Guatemala (Escuela de Danza)
Pabellón de Brasil (Vicerrectorados Universidad Hispalense)
Pabellón de Estados Unidos (Museo Fundación Valentín Madariaga) (Arquitecto William Templetton Johnson)
Pabellón de México (Vicerrectorado de Postgrado y Doctorado Universidad Hispalense) (Arquitecto Ismael Amábilis)
Pabellón de Perú (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC)
Pabellón de Portugal (Consulado de Portugal)
Pabellón de Santo Domingo (Carreteras del Estado en Andalucía)
Pabellón de Uruguay (administrativos para Universidad de Sevilla) (Arquitecto Mauricio Cravotto)
Pabellón de las Provincias Vascongadas (Instituto oncológico, hasta hace poco tiempo)
Pabellón de Telefónica (Escuela de Jardinería y Centro de Estudios Medioambientales Joaquín Romero Murube)
Pabellón del Ministerio de Marina (Comandancia de Marina)
Estadio (sede del equipo de fútbol Real Betis Balompié)
Hotel Alfonso XIII (sigue como hotel ***** G L)
Galerías (Naves de Obras del Puerto)
Quinta de Goya (Bar Citroën)
Caseta de electricidad del Parque de atracciones (Sigue aún como casetilla de Sevillana Endesa)
Casino de la Exposición (espacio cultural y social y reuniones Festival Cine Europeo de Sevilla)
Pabellón de la Cruz Roja (Ministerio de Sanidad)
El tren Liliput.
Durante la exposición existió un medio de transporte peculiar, de gran éxito y que hizo las delicias de grandes y pequeños, fue el llamado Tren Liliput o Ferrocarril en miniatura. De esta atracción sólo queda una máquina (llamada Santa María) que se encuentra en la Estación de Santa Justa a la entrada de la sede de la Asociación Sevillana de Amigos del Ferrocarril de Sevilla.

ÉRASE UN FELIZ AÑO NUEVO DE 1874 Y ENTRE TODOS LA MATARON… Y CON PAVÍA SE MURIÓ.

 “Señores, con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía democrática; nadie ha acabado con ella, ha muerto por sí misma; nadie trae la República, la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la Historia. Señores, saludémosla como el sol que se levanta por su propia fuerza en el cielo de nuestra patria”. Tras el elocuente discurso de Castelar, entre encendidos aplausos, fue proclamada la República Española, con la resignación de los monárquicos, por 258 votos a favor y sólo 32 en contra:
La Asamblea Nacional resume todos los poderes y declara la República como forma de gobierno de España, dejando a las Cortes Constituyentes la organización de esta forma de gobierno. Se elegirá por nombramiento directo de las Cortes un poder ejecutivo, que será amovible y responsable ante las mismas Cortes.En esta misma sesión, se eligió el primer gobierno de la República. El republicano federal Estanislao Figueras resultó elegido “Presidente del Poder Ejecutivo” (jefe de Estado y Gobierno) y no “Presidente de la República” pues nunca se llegó a aprobar la nueva Constitución que creaba ese cargo; en su discurso, dijo que la llegada de la República era «como el iris de paz y de concordia de todos los españoles de buena voluntad».

La aprobación de esas resoluciones sorprendió y desconcertó a toda España, ya que en las Cortes, elegidas pocos meses antes, los republicanos eran una minoría. Ruiz Zorrilla afirmaba en plena Asamblea:

Protesto y protestaré, aunque me quede solo, contra aquellos diputados que habiendo venido al Congreso como monárquicos constitucionales se creen autorizados a tomar una determinación que de la noche a la mañana pueda hacer pasar a la nación de monárquica a republicana.

Para muchos, dada la imposibilidad de restaurar a Isabel II y la juventud del futuro Alfonso XII, la República es la única salida posible, aunque sólo sea como medida provisional, en razón del fracaso inevitable que la aguarda.

 Entanislao Figueras


Este primer gobierno lo formaban federales y progresistas, que ya habían sido ministros durante la monarquía. En él cuatro ministros del rey Amadeo; Echegaray, Becerra, Fernández de Córdoba y Berenguer, ocupaban los ministerios de Hacienda, Guerra, Marina y Fomento.

Al comenzar, afrontaban una desesperante situación financiera: déficit presupuestario de 546 millones de pesetas, 153 millones en deudas de pago inmediato y solo 32 millones para cubrirlas. El Cuerpo de Artillería había sido disuelto en el momento de más virulencia en las guerras cubana y carlista, para las que no había suficientes soldados, armamento ni dinero con el que alimentar o adquirirlo. Por otro lado, España atravesaba una aguda crisis económica, coincidente con la gran crisis mundial de 1873.

 Pi y Margall

Se suele considerar a Pi y Margall como el alma de este gobierno que hubo de enfrentarse a un sinfín de problemas ya endémicos para la Primera República (Tercera Guerra Carlista; sublevaciones separatistas, en este caso de Cataluña; indisciplina militar, conspiración monárquica, etc.)

Presidiendo un Consejo de Ministros, harto de debates estériles, llegó Estanislao Figueras a gritar en catalán: «Señores, ya no aguanto más. Voy a serles franco: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!» Tan harto que el 10 de junio dejó disimuladamente su dimisión en su despacho en la Presidencia se fue a dar un paseo por el parque del Retiro y, sin decir una palabra a nadie, tomó el primer tren que salió de la estación de Atocha. No se bajó hasta llegar a París.

Tras la huida a Francia de Figueras, al advertir el vacío de poder ya iba a pronunciarse el general Manuel Sodas cuando un coronel de la Guardia Civil, José de la Iglesia, se presentó con un piquete en el edificio del Congreso y anunció a los diputados que de allí no salía nadie hasta que eligieran a un nuevo Presidente. Eligieron el día 11 de junio al también federalista Francisco Pi y Margall, que al presentar a su gobierno ante la Asamblea declaró que no tenía programa y que no sabía qué hacer. El esfuerzo principal del nuevo gobierno sería la elaboración de una nueva Constitución, así como la aprobación de una serie de leyes de carácter social: el reparto de tierras desamortizadas entre arrendatarios, colonos y aparceros, el restablecimiento del ejército regular, con levas obligatorias, la separación de la Iglesia y el Estado, la abolición de la esclavitud, la enseñanza obligatoria y gratuita, la limitación del trabajo infantil, la creación de jurados mixtos de empresarios y trabajadores, el derecho a la sindicación obrera y la jornada de trabajo de 8 horas.

 Gobierno de Nicolás Salmerón


Tras aceptar la dimisión de Pi y Margall, fue elegido Presidente del Poder Ejecutivo Nicolás Salmerón, con 119 votos a favor y 93 votos en contra.El nuevo presidente, que era un republicano federal moderado, defendía la necesidad de llegar a un entendimiento con los grupos más moderados o conservadores y una lenta transición hacia la república federal. Su oratoria era demoledora. Francisco Silvela decía que Salmerón, en sus discursos, sólo usaba un arma: la artillería. Antonio Maura caracterizaba el tono profesoral de don Nicolás diciendo que «siempre parece que esté dirigiéndose a los metafísicos de Albacete».

Gobierno de Emilio Castelar
 El más propio espectáculo a la española

Al día siguiente, el 7 de septiembre, fue elegido para ocupar la Presidencia del Poder Ejecutivo el unitario Emilio Castelar, catedrático de Historia y destacado orador, por 133 votos a favor frente a los 67 obtenidos por Pi y Margall. Durante su anterior etapa, como Ministro de Estado en el gobierno de Estanislao Figueras, promovió y consiguió que se aprobase la abolición de la esclavitud en el territorio ultramarino de Puerto Rico, aunque no en Cuba por la situación de guerra que vivía.

La sesión del 2 de enero (1874) la dedicó el presidente a hablar de su buena gestión, del restablecimiento de orden público, de las dificultades de la Tercera Guerra Carlista….etc, pero los federales se lanzaron en tromba contra don Emilio Castelar, a quien respaldaba el capitán general de Madrid, don Manuel Pavía. La sesión parlamentaria se suspendió a las siete de la tarde y se reanudó a las once de la noche con un duro discurso de Salmerón en respuesta a Castelar. A las cinco de la madrugada se procedió a la votación de la moción de confianza, resultando contraria al gobierno de Castelar: 119 votos contra 101. Dimitió el último presidente de la República, y el de las Cortes, que era Nicolás Salmerón, ordenó proceder a nueva votación para elegir a un nuevo jefe del Poder Ejecutivo.
 Y como es cosa normal en España, ¿cómo acaban las repúblicas?

El Golpe de Estado del General Pavía. (Texto recreado por Juan J. Godoy Espinosa de los Monteros)

Sábado 3 de enero de 1874. Madrid, 7 menos cinco de la mañana, dos grados bajo cero; yo, el Capitán General de Madrid, Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque, militar progresista y republicano, al que el desorden del federalismo siempre han puesto nervioso, enterado de los acontecimientos que se están llevando a cabo en el Congreso y viendo la posibilidad de retornar a la República Federal, he decidido actuar de inmediato, poniendo en marcha un contingente de tropas y mandando dos informadores al Presidente de la Cámara.

 Poco tiempo después, en el hemiciclo, Nicolás Salmerón, anuncia que ha recibido una “orden” del capitán general de Madrid, para que se desaloje el Congreso de inmediato, “Señores diputados, hace pocos minutos que he recibido un recado u orden del capitán general (creo que debe ser el ex-capitán general de Madrid), por medio de dos ayudantes, para decir que se desalojase el salón en un término perentorio”.

 Los diputados se han exaltado, enfurecido y envalentonado, gritan ¡vivas! a la República, a la soberanía nacional, … Piden armas para defenderse, me destituyen privándome de mis condecoraciones, y se animan para permanecer hasta la muerte en su escaño con el fin de defender la República Federal.

 Mientras veo la situación de desmembramiento en la que puede quedar nuestra madre patria, he mandado situar en la plaza frente al edificio a mi estado mayor, dos compañías de infantería, una batería de montaña (para la que he dispuesto cartuchos de cañón sin bala por si necesito hacer mayor intimidación, pero creo que no precisaré de usarlos) y otras dos compañías de la Guardia Civil. El coronel Iglesias, ha vuelto a ordenar a dos ayudantes que impongan a Salmerón la disolución de la sesión de Cortes y el desalojo del edificio en cinco minutos.

 La Guardia Civil, que custodia el Congreso, se ha puesto bajo el mando de mi estado mayor ocupando los pasillos del edificio (no llegando a entrar en el hemiciclo). De nuevo, y por segunda vez, el coronel Iglesias en persona entra en la Cámara indicando que, según ordena el capitán general de Madrid, se desaloje de inmediato. Nuevamente se produce un revuelo, los diputados se enaltecen, vociferan, vuelven los ¡vivas! e increpan a los guardias. El Presidente se les enfrenta: “Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré”. Se oyen los primeros disparos … Es entonces cuando los valientes diputados dejan a la carrera sus escaños y huyen por todos los rincones, saltando por las ventanas. A lo que Iglesias, sorprendido, ha preguntado: «Pero señores, ¿por qué saltar por las ventanas cuando pueden salir por la puerta?». Los pocos políticos que quedan, con Castelar al frente, han sido desalojados por la misma Guardia Civil que minutos antes custodiaba el Congreso.

 La I República ha finalizado cuando el reloj del hemiciclo marca las siete y media, todo se ha completado con la ocupación militar de los puntos neurálgicos de Madrid…. Mientras todo esto ocurre en el Congreso, yo, Manuel Pavía sigo en mi despacho del Ministerio del Ejército, y mi caballo, del que se asegura que es blanco, ha permanecido en todo momento en los establos.

 Fdo. Manuel Pavía y Rodríguez de Alburquerque. Capitán General de Castilla la Nueva, Marqués de la Almenara y de la Ensenada.

 Epílogo

Pavía, que era republicano unitario, le ofreció a Emilio Castelar continuar en la presidencia, pero este rehusó al no querer mantenerse en el poder por medios antidemocráticos. Estos hechos supusieron el final oficioso de la Primera República, aunque oficialmente continuaría casi otro año más.

Serrano fue nombrado presidente del gobierno y del Poder Ejecutivo, instaurando una especie de dictadura republicana de talante conservador; su ambición era perpetuarse como dictador, pero la destrucción de las fuerzas republicanas había abierto el camino para la restauración de los Borbones, precipitada en aquel mismo año por el pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto con la aquiescencia gubernamental, sin oposición popular y a favor de la restauración monárquica en la persona de don Alfonso de Borbón y Borbón. Cánovas del Castillo toma el control asumiendo el ministerio-regencia a la espera del rey, lo que supuso el nacimiento de la RESTAURACIÓN BORBONICA. En diciembre de 1874 el príncipe Alfonso, futuro Alfonso XII, proclama el Manifiesto de Sandhurst , firmado en la academia militar del mismo nombre donde estaba estudiando , manifiesta su disposición a ser rey de España «…ni dejaré de ser buen español ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal».. Alguna semanas después de produjo el cambio de régimen.

El General Martínez Campos se pronunció en Sagunto, con la aquiescencia gubernamental, sin oposición popular y a favor de la restauración monárquica en la persona de don Alfonso de Borbón y Borbón. Cánovas del Castillo toma el control asumiendo el ministerio-regencia a la espera del rey, lo que supuso el nacimiento de la RESTAURACIÓN BORBONICA.

 ¡Viva España!