El Sitio de Gibraltar. 1705

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El Último de Gibraltar. Augusto Ferrer-Dalmau

Fíjense vuesas mercedes que en aquesta guerra, llámanse a los piratas ingleses y holandeses, aliados. Mas todavía hay gentes que prefieren a los Habsburgo, aquésos que no fueron capaces de respetar el testamento de Carlos II y que aprovecharon esta Guerra “Mundial” para rapiñarnos media España. Sobre todo los de Saboya y los Habsburgo de Centroeuropa, los verdaderos dueños del Imperio, para ellos los réditos y para nos, las ratas.

… Una de las principales preocupaciones de los aliados era conseguir una base naval en el Mediterráneo para las flotas inglesa y holandesa. Su primera tentativa fue tomar Cádiz en agosto de 1702, pero fracasó. En la batalla de Cádiz un ejército aliado de 14 000 hombres desembarcó cerca de esa ciudad en un momento en que no había casi tropas en España. Se reunieron a toda prisa, recurriéndose incluso a fondos privados de la esposa de Felipe V, la reina María Luisa Gabriela de Saboya (que en el futuro sería conocida afectuosamente por los castellanos como «la Saboyana»), y del cardenal Luis Fernández Portocarrero. Sorprendentemente este ejército aliado fue rechazado, triunfando la defensa española.

Antes de reembarcar el 19 de septiembre, las tropas aliadas se dedicaron al pillaje y al saqueo del Puerto de Santa María y de Rota, lo que sería utilizado por la propaganda borbónica –según el felipista Marqués de San Felipe los soldados «cometieron los más enormes sacrilegios, juntando la rabia de enemigos a la de herejes, porque no se libraron de su furor los templos y las sagradas imágenes»– e hizo imposible que Andalucía se sublevara contra Felipe V tal como tenían planeado los austracistas castellanos encabezados por el almirante de Castilla.

Otra de las preocupaciones de los aliados era interferir las rutas transatlánticas que comunicaban España con su Imperio en América, especialmente atacando la flota de Indias que transportaba metales preciosos que constituían la fuente fundamental de ingresos de la Hacienda de la Monarquía española. Así en octubre de 1702 las flotas inglesa y holandesa avistaron frente a las costas de Galicia a la flota de Indias que procedía de La Habana, escoltada por veintitrés navíos franceses, que se vio obligada a refugiarse en la ría de Vigo. Allí fue atacada el 23 de octubre por los barcos aliados durante la batalla de Rande infligiéndole importantes pérdidas, aunque la práctica totalidad de la plata fue desembarcada a tiempo. Fue conducida primero a Lugo y más tarde al alcázar de Segovia.

Uno de los principales giros de la guerra tuvo lugar en el verano de 1703, cuando el reino de Portugal y el ducado de Saboya se sumaron a los restantes estados que componían el Tratado de La Haya, hasta entonces formada únicamente por Inglaterra, Austria y los Países Bajos. El duque de Saboya, a pesar de ser el padre de la esposa de Felipe V, firmó el Tratado de Turín y Pedro II de Portugal, que en 1701 había firmado un tratado de alianza con los borbones, negoció con los aliados el cambio de bando a cambio de concesiones a costa del Imperio español en América, como la Colonia de Sacramento, y de obtener ciertas plazas en Extremadura –entre ellas Badajoz– y en Galicia –que incluía Vigo–.

Una flota francesa, al mando del conde de Toulouse intentó recuperar Gibraltar pocas semanas después, enfrentándose a la flota angloholandesa al mando de Rooke el 24 de agosto a la altura de Málaga. La batalla naval de Málaga fue una de las mayores de la guerra. Duró trece horas pero al amanecer del día siguiente la flota francesa se retiró, con lo que Gibraltar continuó en manos de los aliados. Así que finalmente consiguieron lo que habían venido intentando desde el fracaso de la toma de Cádiz en agosto de 1702: una base naval para las operaciones en el Mediterráneo de las flotas inglesa y holandesa.

Renegades rebels & rogues

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El día 15 de noviembre de 2014 en España, será un día para recordar por los siglos de los siglos.
Después de 273 años, por fin hay un héroe de guerra ensalzado en España, ha costado, pues en este país de pijos-progres neohippies y españoles antiespañoles, parece que la historia militar de la que nos deberíamos sentir orgullosos está viendo la luz.
Por aclamación popular se ha rendido homenaje a un teniente general de la armada con una hoja de servicio impoluta al servicio y en defensa de los intereses del imperio español en tiempos de Felipe V.
Un homenaje donde no han faltado ni la Armada Española, ni el Rey de España, ni tampoco los políticos de uno y otro bando y sus declaraciones más que demagogas, burdas, inoportunas y salidas de tono, como la de Ana Botella, que aprovecha cualquier acto para hacer política con declaraciones como esta: Blas de Lezo simboliza además la victoria sobre “quienes pretenden imponer el silencio o negar la contribución generosa y leal de todos los pueblos” o sobre aquellos que quieren dar por “caducada una gran nación como es “España”.
Me parece bien Señora mía que haga usted declaraciones, pero esas, ahí sobran, no haga usted política en un acto de homenaje a uno de los marinos mas grandes de España y del Imperio, ya que Don Blas era español por los cuatro costados y por encima de todo, un militar de la cabeza a los pies.
Y ya puestos a decir barbaridades, cómo no iban a faltar los renegados de siempre, sí, esos que ustedes y yo sabemos, los que en cada acto de homenaje a algo que lleve tintes de color verde, produce analfabetismo, sarna, urticaria y la mas baja, rastrera y ruín de las enfermedades y adoctrinamientos mentales. Ésos mismos, los pancatalanistas, nazionalistos e imbéciles vaiados de la fauna ibérica residentes al nornoroeste de la península, más particularmente en Cataluña.
El teniente alcalde de Barcelona -éste especímen de la raza humana al ver que tiene un título de teniente diría de teniente alcalde a teniente general es el mismo rango así que me voy a cubrir de gloria- pues no se le ocurren otras declaraciones que hacer que las siguientes.
“Madrid inaugura una escultura a Blas de Lezo que, entre más cosas, bombardeó Barcelona durante el asedio de 1714. En fin…”.
Pues eso …Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la fineza, la lealtad,
el honor, la bizarría;
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son,
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna,
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.”
Valores que ni usted ni ninguno de sus correligionarios catalanufos poseen.
Es fácil engañar a sus borregos adoctrinados de CIU, pues ustedes les dicen lo que ellos quieren escuchar y menos mal que Lezo era vasco, pero claro como no era de la ETA ni del GRAPO y no mataba españoles, pues es malo.
Durante el asedio a Barcelona, en esa guerra que una vez terminada ustedes decidieron seguir a su cuenta y riesgo, Lezo en dos ocasiones estuvo al frente de flotillas, en dos ocasiones, una defendiéndoles de los Ingleses y Holandeses para darles a ustedes avituallamaiento y la otra cuando ustedes se convirtieron en rebeldes, cosa que es normal en la forma de pensar de sus conCIUdadanos a lo largo de la historia. Que eso es lo que son, unos renegadodos, rebeldes y ladrones.
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A Vuestra Excelencia Don Blas se le atribuye la famosa frase de: “Todo buen español debería mear siempre mirando a Inglaterra”. Pero se le olvidó decir “y cagando, hacia la Generalidad de Cataluña”.
A Vuecencia no le tenían que haber hecho una estatua de 7 metros, o de 80 cm, como dijeron en TVE. A Vuecencia le debíamos de haber hecho una estatua de 90 metros, un poquito más grande que la de la Libertad.
Al marino más grande de todos los tiempos, enterrado en una fosa común y desposeido de todos sus cargos y honores gracias al Virrey Sebastián de Eslava.
Pero es usted español y sin embargo para ocultarle, el enemino endiosó a un almirante mediocre como Nelson para eclipsar sus victorias. No se preocupe V.E. que en la conmemoración de Trafalgar, España mandó una fragata con su nombre y así darle en la boca a ésos piratas para que recuerden a «sus muertos» en Cartagena de Indias, piratas que V.E. hizo temblar mientras estuvo vivo.
Gloria y honor a nuestros marinos. ¡Viva España!

Luis Lacy y Gauthier.

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Luis Lacy y Gauthier (San Roque (Cádiz), 11 de enero de 1772 – fusilado en el Castillo de Bellver, Palma de Mallorca.
Era hijo de Patrick de Lacy Gould, militar español de origen irlandés. También los Gauthier, de origen francés, eran militares en el ejército español.
Luis se alistó en el ejército a la edad de 13 años en el llamado entonces «Regimiento de Borgoña», que zarpaba para Puerto Rico con sus tíos maternos Juan y Francisco Gauthier, o también en documentos como Gautier, y a los 14 era subteniente de Infantería, dando señas de carácter intrépido e insubordinado.
Participa en 1794, con 22 años, como capitán de infantería, en la campaña del Rosellón. Por algunos líos de faldas que tuvo en un destino en Canarias, fue expulsado temporalmente del ejército y desterrado a la isla de El Hierro; en 1803, se alista en el ejército francés para luchar en Alemania en la Legión Irlandesa.
Ya en 1803 Napoleón necesitaba la escuadra española contra Inglaterra. Trafalgar fue la respuesta. La destrucción de la flota española significó el fin del poderío y del Imperio.
En 1808 las tropas de Napoleón ocupaban Pamplona y Barcelona y se aproximaban hacia Madrid, y en estas tropas se encontraba Luis Lacy, cuya unidad en la cual se encontraba encuadrado el ya comandante Lacy, era una de las que tenía como objetivo la conquista de la capital. Ante esta perspectiva, Luis Lacy desertó y se encaminó hacia Sevilla, presentándose ante la Junta, siendo admitido con el grado de capitán y al poco como teniente coronel.
Dos concepciones políticas pertenecientes a dos siglos contrapuestos se enfrentaban claramente en el país. Aquellos que, como Luis Lacy, eran conscientes de la situación real europea y aquellos que, como Carlos IV y su hijo Fernando VII, continuaban instalados en el cuadro de Goya, y no veían razón alguna para alterar su situación, aferrándose al mantenimiento de sus privilegios hereditarios.
El plan de Napoleón, por su parte, consistía en atraer a toda la familia real española a Bayona, en Francia, creyendo Fernando que la ocasión le sería propicia para ser nombrado rey suplantando a su padre, cuando en realidad el emperador francés ya había decidido dar a España un príncipe de su sangre.
Y así comenzó la Guerra de la Independencia, con la insurrección del 2 de mayo y los fusilamientos del 3, inmortalizados igualmente por Goya. Estos sucesos sirvieron a Napoleón para precipitar en Bayona las renuncias a la corona de España, primero de Fernando y luego de Carlos IV.
Napoleón, ya en Madrid, se puso a reorganizar España, sin para nada consultar con su hermano José, aboliendo la Inquisición, y suprimiendo muchos conventos, de cuyos bienes se incautaba. Los problemas europeos obligaron luego a Napoleón a ausentarse de España sin haberla realmente conquistado.
Aquellos que como Luis Lacy habían optado por la modernidad dieron lugar a las Cortes de Cádiz, como se describe en la Historia de España del profesor Tuñón de Lara que al parecer nuestra Universidad descartó en su día. En cualquier caso, España dejaba de ser una monarquía absoluta de derecho divino, estableciéndose como monarquía moderada hereditaria. Desgraciadamente Napoleón firmó en 1813 con Fernando VII el Tratado de Valençay, por el que le restituía la corona, devolviéndole la condición de rey, sin el intermedio de las Cortes, lo que equivalía a una renovación del absolutismo, lo que disgustaba a aquellos que como Luis Lacy exigían el respeto a las Cortes de Cádiz. Este había sido nombrado capitán general de Cataluña, para luego en 1813 encontrarse como capitán general de Galicia, dando muestras constantes de su oposición al absolutismo retrógrado de Fernando VII, cuando ante la temida vuelta de éste último se confirmó, en efecto, el restablecimiento del Antiguo Régimen, de carácter absolutista.
En 1816 Luis Lacy se trasladó a Cataluña donde puesto en contacto con Milans del Bosch (el antecesor de todo lo contrario), y otros compañeros, trazó un pronunciamiento para marchar con las tropas que se hallaban en su comarca, sobre Barcelona para proclamar la Constitución que tan ostensiblemente violaba Fernando VII. El pronunciamiento fracasó. Milans del Bosch pudo escapar hacia los Pirineos, mientras que el general Lacy fue hecho prisionero por unos payeses cuando estaba a punto de embarcar, en Blanes. El general Lacy fue juzgado en Barcelona y fusilado en los fosos del castillo de Bellver el 5 de julio de 1817. Tanto Lacy cocmo Castaños pertenecian a la masonería, Castaños obediente de Fernando VII sometió a su compañero a un juicio sumarísimo dando un curioso sentido a la pena condenatoria, pues dice,
“Considerando sus distinguidos y bien notorios servicios a en este principado y con este mismo ejército que formó, y siguiendo los paternales impulsos de nuestro benigno soberano, es mi voto que el teniente general Lacy sufra la pena de ser pasado por las armas”.
En 1820 por una orden real se proclamó que “se devolvieran al general Lacy todos los honores, mandando colocar su nombre en el salón de Cortes como muerto en un patíbulo por la Constitución”. El cuadro de La familia de Carlos IV mantenía toda su vigencia al recuperar Fernando VII su Antiguo Régimen al ser liberado por los 100.000 hijos de San Luis que su tío Luis XVII le había mandado desde Francia.

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Durante la Guerra de la Independencia, y ateniéndose
al primer Reglamento de la Orden de San Fernando, únicamente
se concedieron dos Grandes Cruces, en mayo de
1813 al general español don Luis de Lacy y Gauttier,
por las acciones libradas en Igualada (Barcelona) y
sus inmediaciones los días 5 y 8 de octubre de 1811.

 

Navío de línea de la Real Armada Española de 70 cañones, y de cómo varios escuadrones de fragatas y navíos ingleses trataban de capturarlo.

El glorioso
El Glorioso, que transportaba cuatro millones de pesos de plata desde América, consiguió repeler dos ataques ingleses, uno en las costas de las Azores, y otro más frente al Cabo de Finisterre antes de desembarcar su carga en el puerto gallego de Corcubión.
En julio de 1747 el navío de línea español Glorioso, botado en La Habana en 1740 y mandado por el Capitán don Pedro Mesía de la Cerda, regresaba a España desde América transportando un gran cargamento de pesos de plata en cantidad aproximada de cuatro millones. El martes 25 de julio, mientras navegaba próximo a la costa de la isla de Flores, en el archipiélago de las Azores, la tripulación del Glorioso distinguió entre la niebla a un convoy de buques mercantes ingleses. Cuando a mediodía la niebla comenzó a disiparse, los españoles divisaron diez buques británicos, tres de los cuales eran buques de guerra: el navío de línea Warwick, de 60 cañones, la fragata Lark, de 40 cañones, y un bergantín de 20 cañones.
De la Cerda ordenó prepararse para el combate, pero trató de evitarlo manteniéndose a barlovento para no arriesgarse a perder la carga y la tripulación de las que era responsable. Los ingleses, tras divisar al navío español decidieron perseguirlo, y a las 21:00 horas el bergantín, mucho más veloz, dio alcance al Glorioso y colocándose de través, abrió fuego contra su popa. El capitán español ordenó entonces trasladar dos cañones de 18 libras y dos de 24 a la popa del Glorioso impidiendo así al bergantín inglés acercarse demasiado. Después de un errático intercambio de fuego entre ambos barcos que duró toda la noche, a las 11:00 horas del día 26 los otros dos barcos de guerra británicos se encontraban ya cerca del buque español. El bergantín se apartó entonces, momento que aprovechó de la Cerda para dar de comer a sus hombres y permitirles descansar, aunque sin abandonar sus puestos. John Crookshanks, comandante de la escolta del convoy inglés, envió al bergantín de vuelta con los mercantes para protegerlos.
A las 14:00 horas se produjo un chubasco que dejó al Glorioso sin viento, aunque curiosamente no fue así para los barcos ingleses. Crookshanks ordenó a la fragata Lark, mucho más rápida, atacar al Glorioso con la esperanza de provocarle daños que retardaran su marcha y permitir así al navío inglés darle alcance. Sobre las 21:00 horas, siendo el combate inevitable, el capitán español dio la orden de ponerse de costado presentando la banda de estribor a la fragata inglesa. El Glorioso cañoneó entonces a la Lark con tal contundencia que provocó en el buque inglés graves daños en el casco y el aparejo. A pesar de todo, gracias al sacrificio de la Lark, el Warwick tuvo tiempo de dar alcance al navío español. El capitán de la Cerda ordenó entonces virar en redondo y presentar al navío inglés la banda de estribor, tratando de llevar el enfrentamiento a corta distancia. A las 02:00 horas, en plena madrugada, el Warwick abría fuego contra el Glorioso. Tras una hora y media de combate, el navío español había conseguido derribar el mástil principal del navío inglés y provocado graves averías en su aparejo, lo que obligó al Warwick a retirarse. El Glorioso tuvo cinco muertos (entre ellos dos civiles) y 44 heridos, además de sufrir cuatro impactos de bala de cañón en su casco y daños en el aparejo. Don Pedro Mesía, preocupado por la posibilidad de que hubiese más barcos de guerra británicos en la zona, decidió no rematar al navío inglés y proseguir su marcha hacia España. Según el informe del capitán español, el Glorioso efectuó un total de 406 cañonazos de a 24, 420 de a 18, 180 de a 8 y 4.400 disparos de fusil.
Tras tener el Almirantazgo Británico noticia de este enfrentamiento, Crookshanks fue sometido a un consejo de guerra por denegación de auxilio y negligencia en combate. Declarado culpable, fue expulsado de la Royal Navy.
Después de este primer combate, el Glorioso continuó navegando hacia España. Parte de los daños sufridos pudieron ser reparados durante la travesía, pero los más graves necesitaban ser reparados en puerto. El día 14 de agosto, ya en las proximidades del Cabo de Finisterre, en Galicia, el Glorioso tropezó con el navío de línea Oxford, de 50 cañones, la fragata Shoreham, de 24 cañones, y el bergantín Falcon, de 20 cañones, pertenecientes a la escuadra de John Byng. Los británicos atacaron al navío español, pero tras tres horas de combate y pese a estar dañado, el Glorioso puso en fuga a los barcos ingleses tras provocarles graves daños. Como había sucedido anteriormente con su compañero, el capitán Callis, del navío Oxford, fue sometido a un consejo de guerra. Pero a diferencia del comodoro Crookshanks, Callis fue absuelto y restituido con honor. El Glorioso perdió su bauprés y tuvo nueve bajas, pero dos días después, el 16 de agosto, consiguió arribar al puerto de Corcubión, desembarcando allí su cargamento.
En Corcubión, la tripulación del Glorioso pudo llevar a cabo las reparaciones imprescindibles para mantener el barco navegable. Tras esto, el capitán de la Cerda decidió poner rumbo al Ferrol, pero vientos desfavorables dañaron la arboladura del navío y obligaron a de la Cerda a poner rumbo a Cádiz. El Glorioso trató en todo momento de mantenerse alejado de las costas portuguesas para evitar en lo posible un nuevo enfrentamiento con naves inglesas.
A pesar de todo, el 17 de octubre, el Glorioso se encontró con un grupo de cuatro fragatas corsarias británicas bajo mando del comodoro George Walker en las proximidades del Cabo de San Vicente. Este escuadrón era conocido en el Reino Unido como The Royal Family (La Familia Real) debido a los nombres de las fragatas que lo componían: King George, Prince Frederick, Princess Amelia y Duke, que en conjunto transportaban 960 hombres y 120 cañones.
Tras el avistamiento, el viento cesó quedándose los buques parados. Pero sobre las 05:00 de la mañana, comenzó a soplar viento del Noroeste reiniciándose las maniobras de aproximación. A las 08:00 la King George, buque insignia del grupo, consiguió aproximarse al Glorioso Inmediatamente le dieron caza, aunque el español, resabiado, no reveló su nacionalidad -treta común del mar- hasta que la King George se acercó a preguntársela. Entonces Mesía izó pabellón de combate y le largó al rubio con su primera salva una andanada que le desmontó dos cañones y el palo mayor, teniendo que soportar la King George tres horas de duro castigo sin apenas margen de maniobra, perdiendo a siete hombres y sufriendo numerosos heridos. La Prince Frederick consiguió entonces acercarse, pero el Glorioso consiguió guardar las distancias. Finalmente, las fragatas restantes consiguieron unirse a la batalla, a la vez que se aproximaba también el navío Dartmouth, de 50 cañones. Seis barcos y 250 cañones contra los 70 del solitario español. El capitán del Dartmouth, John Hamilton, consiguió dar alcance al Glorioso. Tras un furioso intercambio de disparos con el navío español, un cañonazo hizo blanco en la santabárbara del inglés, y el Darmouth saltó por los aires y se incendió, hundiéndose rápidamente. El capitán Hamilton y toda la tripulación de 325 hombres murieron, salvo un teniente y 11 marinos. Los supervivientes fueron rescatados por varios botes de la fragata Prince Frederick.
Y al fin, el 19 de octubre -33 muertos y 130 heridos a bordo, agotada la munición, el barco desarbolado, chorreando sangre por los imbornales, raso como un pontón y a punto de hundirse-, el comandante convocó a los oficiales que seguían vivos, los puso por testigos de que la tripulación había hecho lo imposible, y arrió la bandera.
De tal modo, fiel a su nombre, acabó viaje el navío español Glorioso. Había librado tres combates contra 12 barcos enemigos, de los que hizo volar uno y hundió otro; pero la hazaña final no corresponde sólo a quienes con tanta decencia lo defendieron, sino al navío mismo: remolcado a Lisboa por los vencedores para repararlo e izar en él su pabellón, los destrozos se revelaron tan graves que se negó a flotar y fue desguazado. Ningún inglés navegó jamás a bordo de ese barco.
El comodoro Walker, comandante de las cuatro fragatas corsarias, fue severamente reprendido por uno de los propietarios de la Familia Real por arriesgar su barco contra un enemigo superior. Walker protestó amargamente por ello.
El capitán de la Cerda y sus hombres, que habían sido trasladados a bordo del Prince Frederick y el King George, fueron llevados a Gran Bretaña y recluidos en Londres, donde fueron objeto de admiración por parte de sus enemigos. De la Cerda fue posteriormente ascendido a Jefe de Escuadra (posteriormente Teniente General de la Real Armada y virrey de Nueva Granada) por su valor en combate y la tripulación española superviviente recibió el reconocimiento merecido a su regreso a España. La defensa del Glorioso se ganó un lugar de honor en la historia naval española.
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  • Rodríguez González, Agustín Ramón (2006). Victorias por Mar de los Españoles. Grafite Ediciones, Madrid.
  • Allen, Joseph (1852). Battles of the British navy, Volume 1. London: Henry G. Bohn. Leer en Internet
  • Fernández Duro, Cesáreo (1898). Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y de León, tomo VI. Madrid: Est. tipográfico “Sucesores de Rivadeneyra”. Leer en Internet
  • Laughton, John Knox. Armada Studies in Naval History. Biographies. Adamant Media Corporation. ISBN 978-1-4021-8125-2.
  • Schomberg, Isaac (1815). Naval chronology: or An historical summary of naval and maritime events… From the time of the Romans, to the treaty of peace of Amiens…, Volume 1. London: T. Egerton by C. Roworth. Leer en Internet una edición anterior
  • Keppel, Thomas Robert (1842). The life of Augustus, viscount Keppel, admiral of the White, and first Lord of the Admiralty in 1782-3, Volume 1. London: H. Colburn. Leer en Internet
  • Walker, George (1760). The Voyages And Cruises Of Commodore Walker: During the late Spanish and French Wars. In Two Volumes. London: Millar. Leer en Internet
  • Jhonston, Charles H. L. (2004). Famous Privateersmen and Adventures of the Sea. Kessinger Publishing. ISBN 978-1-4179-2666-4.

1497 El Gran Capitán es recibido triunfalmente en Roma durante la guerra entre España y Francia

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Campaña de 1496: Atella y Ostia 
En febrero de 1496 Fernández de Córdoba recibió una remesa de dinero procedente de España, por lo que decidió comenzar sus operaciones. En poco tiempo recorrió la Alta Calabria y se dirigió a Cosenza, necesaria para sus futuras operaciones, y de la que se apoderó tras tres vigorosos asaltos. En ese momento fue llamado por el rey Fernando II para que le ayudase a acabar con las tropas de Montpensier y Precy, a las que había logrado encerrar en la plaza de Atella.
Fernández de Córdoba se puso en camino, pero tuvo noticias de que Américo de San Severino, conde de Mélito e hijo del conde de Capacho, se había reunido en Lanio con un grupo de nobles angevinos pro-franceses para salirle al encuentro. Fernández de Córboba quiso aprovechar esta oportunidad para acabar con los rebeldes, que le preocupaban más que las escasas fuerzas francesas del del Señor de Aubigny. Hizo una marcha nocturna por sendas ásperas y montuosas, arrolló a los montañeses que guardaban los pasos y gargantos, especialmente el valle de Mucano, y sorprendió a los nobles al amanecer con todas sus fuerzas. Entró de improviso en la plaza, cortó el paso y arrolló a los que acudían a la fortaleza. Mató al jefe de la rebelión, Américo de San Severino, hizo prisioneros a Honorato de San Severino, al conde de Nicastro, a doce barones y más de cien caballeros, que llevó presos al rey Fernando II.
Reforzado con 500 hombres recién llegados de España, Fernández de Córdoba se incorporó por fin al sitio de Atella el 24 de junio de 1496. En algo más de un mes logró su capitulación y la repatriación del ejército francés de Nápoles. Su victoria tuvo una gran repercusión internacional y por ella comenzó a ser conocido como El Gran Capitán. Tras la victoria de Atella, todas las plazas francesas excepto Venosa, Tarento y Gaeta y las que gobernada el Señor de Aubigni en Calabria se recuperaron para el rey Fernando II. A continuación Fernández de Córdoba, convertido ya en “Gran Capitán” regresó a Calabria para seguir batiendo al general francés Aubigny. Por fin consiguió encerrarlo en Galípoli y obligarlo a regresar a Francia a finales del verano, con lo que consiguió liberar por fin a toda la Calabria en nombre del rey Fernando II.
El rey Fernando II no pudo saborear el triunfo conseguido. El 7 de octubre de 1496 falleció en plena juventud, a los 28 años. Ese mismo día fue proclamado como sucesor su tío Don Fadrique. Éste se hallaba sitiado en Gaeta por los franceses, por lo que llamó al Gran Capitán en su auxilio una vez finalizadas las operaciones en Calabria. Los españoles se presentaron en la plaza y al día siguiente de su llegada se rindieron los franceses. Excepto en las plazas de Diano y Tarento, ya no quedaban tropas invasoras franceses en el reino de Nápoles.
Antes de abandonar suelo italiano, el Gran Capitán y su ejército fueron requeridos por el papa Alejandro VI, miembro de la Santa Liga, para recuperar el puerto de Ostia, en poder de un gobernador de Carlos VIII desde hacía dos años y que amenazaba destruir el comercio de Roma y hacerla padecer el hambre. Tras su toma, el Gran Capitán entró triunfante en Roma y fue galardonado por el propio Sumo Pontífice.
Desde Roma el Gran Capitán marchó a Nápoles, donde el rey Don Fadrique le dió el título de duque de Santángelo, el señorío de dos ciudades y diversos lugares del Abruzo, y tres mil vasallos, diciendo que “que era debido conceder siquiera una pequeña soberanía a quien era acreedor a una corona.”.
De Nápoles se dirigió a Sicilia como gobernador de la isla. Allí el Gran Capitán administró justicia, corrigió abusos y fortificó las costas. Al poco tiempo acudió a la llamada del rey don Fadrique para expulsar a las franceses de Diano, única plaza que aún conservaban. En pocos días el Gran Capitán logró la rendición de la guarnición francesa, con lo que dieron fin las operaciones militares en Nápoles.
Pero el estado de guerra se había trasladado al Rosellón, donde el ejército francés se apoderó por sorpresa de la plaza de Salces. El general español Don Enrique de Guzmán concertó con el francés una tregua que duró desde octubre de 1496 hasta enero de 1497, y que fue prorrogándose sucesivamente mientras se encontraba un arreglo a la situación. Carlos VIII de Francia murió inesperadamente en Amboise el 7 de abril de 1498. Con ella se pararon las iniciativas hispano-francesas para negociar la paz. Al difunto rey le sucedió el duque de Orleans con el nombre de Luis XII, que prosiguió las negociaciones de manera que el 5 de agosto de 1498 se firmó un tratado de paz entre Francia y España que devolvía a ésta última la plaza de Salces pero que nada decía sobre Nápoles. Oficialmente, la guerra entre ambas naciones había acabado.
Acabada su misión en Italia, el Gran Capitán regresó por fin a España en 1498 con la mayor parte de su ejército. A su llegada la gente le aclamó como un auténtico héroe nacional. En la Corte, el rey Don Fernando el Católico decía que la guerra de Nápoles había procurado a España más crédito y gloria que la de Granada.
Consideraciones 
La Primera Campaña de Italia supuso la confirmación de D. Gonzalo Fernández de Córdoba como gran general de las tropas españolas. Éstas demostraron su gran valía, gracias a la disciplina, cohesión y entrenamiento que les dió el Gran Capitán.
El Gran Capitán introdujo los rodeleros como soldados armados de espada y dardo con misión de combatir cuerpo a cuerpo a los piqueros enemigos introduciéndose debajo de sus picas. Además introdujo los arcabuceros en una relación de 1 a 5 con el resto de soldados.
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Enciclopedia Academia General Militar

D. JORGE JUAN. Ilustre Marino, profundo Matemático.

Jorge juan

Valeroso como pocos y perspicaz como ninguno, estas son las características que, sin duda, mejor definen a Jorge Juan y Santacilia, un ilustre español que, durante el s.XVIII, combinó los empleos de militar, científico y espía y a quien la Armada rindió un solemne homenaje en el Real Observatorio de Madrid la pasada jornada. Durante la tarde, y con motivo del que hubiera sido su 300 aniversario, el Subsecretario de Fomento Mario Garcés Sanagustín y el Almirante Jefe de Estado Mayor de la Armada Jaime Muñoz-Delgado y Díaz del Río descubrieron una placa en honor de este héroe español en los jardines del insigne edificio, los cuales se tiñeron de blanco por las decenas de uniformes militares presentes.

Sin embargo, este no fue el único recuerdo en honor de Jorge Juan ya que, tras la inauguración del monumento, y bajo techo, dos expertos repasaron pormenorizadamente la vida de este desconocido héroe español y dieron a conocer la repercusión que sus investigaciones cosmológicas han tenido en la época actual. El homenaje fue a su vez el cañonazo de salida al «Seminario de Navegación Astrológica» que se sucederá durante los días 23,24 y 25 de septiembre en el marco de laIII Semana Naval de Madrid.

Ancla y placa en contra del olvido

Bajo un sol de justicia que no derritió -ni mucho menos- los ánimos de los asistentes, Garcés y Muñoz Delgado descubrieron primero una placa en honor de Jorge Juan instalada en un monumento en forma de ancla donado por la Armada. Un sencillo monolito que, a partir de ahora, tratará de combatir el olvido que ataca a este personaje desde hace exactamente tres siglos.

Después de ello, el Subsecretario de Fomento fue el primero en alzar la voz con la intención de recordar las hazañas y el carácter de este personaje. «Hemos venido aquí para conmemorar a un insigne marino, un insigne humanista y un insigne hombre de la ilustración. Un hombre que, probablemente, personifica como nadie el SXVIII, don Jorge Juan y Santacilia»

Garcés no se olvidó tampoco del legado de Jorge Juan a nivel científico. «Como hombre humanista que fue, en el año 1.790 consideró la necesidad de (…) constituir los dos grandes observatorios que son buques insignias de nuestra Historia: el Real Observatorio de la Armada y el Real Observatorio de Madrid», añadió el político.

Finalmente, el Subsecretario de Fomento también aludió al espíritu de Jorge Juan para tratar de salir de las aguas turbias en las que se encuentra España: «Actualmente vivimos una de las crisis económicas más importantes que han azotado a nuestro país en los últimos 200 años. Y siendo esto así, creo que su ejemplo debe ser un ejemplo esencial para todos nosotros, pues, desde el conocimiento, la ciencia, y la determinación, fue un hombre que sabía que había que renovar, que había que cambiar».

De marino a marino

Por su parte, el Almirante Jefe de Estado Mayor de la Armada tomó después la palabra para criticar el olvido en el que han caído multitud de héroes españoles a lo largo de los siglos: «Con la figura de Jorge Juan lamentablemente se repiten las mismas circunstancias que con otros insignes españoles que, habiendo prestado un gran servicio a nuestra nación, habiendo tenido una relevancia fundamental en el devenir de nuestra historia, y habiendo gozado de un enorme prestigio nacional e internacional, murieron sin que sus méritos fueran lo suficientemente reconocidos en su país, cayendo en el más injusto de los olvidos».

Con todo, el militar quiso hacer hincapié en la importancia que tuvieron los conocimientos marítimos del héroe español a la hora de dar forma a la Real Armada del XVIII, pues, «sus reformas en las ingenierías de los buques, los arsenales y la enseñanza, sentaron las bases de la edad de oro que vivió la construcción naval en España a mediados del SXVIII».

La historia de un militar, científico y espía

MANUEL P. VILLATOROMADRID
Acabado el homenaje, el Capitán de Navío Mariano Juan y Ferragut tomó la palabra para desenterrar la heroica historia de un hombre que, además de militar y científico, puso en riesgo su vida en varias misiones de espionaje al servicio de la corona española. Sus primeras palabras no dejan duda sobre lo trascendental de su aportación a nuestro país: «Jorge Juan es el científico español más importante de la Ilustración, y quizás de nuestra Historia».
Según explica el experto, Jorge Juan vino al mundo en la villa alicantina de Novelda el 5 de enero de 1.713. Concretamente, este futuro marino nació en una época en la que la Corona buscaba elevar el poder marítimo español. «La preocupación máxima de los Borbones fue restaurar nuestro poder naval para garantizar las comunicaciones con nuestro imperio ultramarino. (…) España no pretendió rivalizar con Inglaterra a nivel naval ni superar el poderío de Francia por tierra, pues nuestros recursos económicos y humanos no permitieran», señala Juan y Ferragut.
Desde muy joven, Jorge Juan entró a formar parte de la Orden de Malta lo que, a los 16 años, le llevó a convertirse en el comendador de una pequeña villa aragonesa. Sin embargo, y a pesar de que se hizo un nombre combatiendo a tan tierna edad, el joven sabía que su futuro no se encontraba en otro lugar que en la mar.
«Jorge Juan trató de ingresar en la Academia de Guardias Marinas a los 16 años, pero tuvo que esperar seis meses debido a que no había vacantes. Sin embargo, por fin pudo incorporarse a la Real Armada y pronto adquirió fama de alumno aventajado, por lo que sus compañeros pasaron a llamarle “Euclides”. Además, como ya conocía toda la teoría debido a que había estado de oyente en las clases durante el tiempo de espera, pudo embarcar casi de inmediato», destaca en su exposición el experto.
Al poco de subir a bordo, Jorge Juan tuvo que enfrentarse en multitud de ocasiones a los corsarios berberiscos, lo que fue forjando su carácter como militar. En cambio, su primer acto de valor no lo viviría con la espada en la mano, sino en el buque «Castilla» donde, arriesgando su vida, trató de apagar un incendio que se había declarado a bordo.
Una expedición para el recuerdo
A penas cinco años después de acabar sus estudios, Jorge Juan recibió su encargo más destacado. Concretamente, y junto a Antonio de Ulloa, debería acompañar a una expedición francesa a América del Sur para medir un arco de Meridiano bajo el Ecuador y así, de una vez por todas, calcular cual era el grado de achatamiento de la Tierra.
Curiosamente, el rey decidió encomendar el trabajo a estos veinteañeros, los cuales no contaban todavía con una graduación militar. «Para que no fueran inferiores a los franceses, se les ascendió a ambos a tenientes de navío, es decir, se saltaron tres empleos de golpe. Se repartieron los trabajos: Jorge Juan sería el matemático y Ulloa el naturalista», completa el español
En Quito, su destino, tuvieron que hacer frente a todo tipo de penurias para poder llevar a cabo sus mediciones junto a los franceses. «Allí se les llamó “los caballeros del punto fijo”, pues los lugareños afirmaban que estaban buscando el punto exacto por donde pasaba el Ecuador», destaca el experto. La expedición duró nada menos que 11 años, tras los cuales Jorge Juan llegó a ser reconocido como un destacado investigador en Francia.
Vuelta a España: espía al servicio de la Corona
No sucedió lo mismo en España, donde, según Juan y Ferragut, sus heroicidades tendieron a caer en el olvido. De hecho, tuvo que esperar algún tiempo hasta que le fue encomendado un nuevo trabajo: recabar en secreto toda la información que pudiera sobre la construcción de buques por parte de la Pérfida Albión y tratar de conseguir que especialistas navales del lugar viajaran a España para dar forma a una novedosa Armada.
En aquel viaje fue conocido de muchas formas. «Como Mr. Josues entró en contacto con los constructores ingleses, a los que les dio la posibilidad de trabajar en España ofreciéndoles unos contratos muy beneficiosos. (…) Fue numerosísima la cantidad de personal que aceptó la oferta, (…) entre 80 y 90 personas», completa el Capitán de Navío. Con todo, la desgracia se cernió sobre él cuando su operación fue descubierta y tuvo que huir hacia España.
A su regreso a España renovó la construcción naval con la reforma de los diques y arsenales de Cartagena, Cádiz y Ferrol y la implantación de un sistema propio de arquitectura naval. A su vez, en 1.572 el Rey le nombró director de la Academia de Guardiamarinas. Finalmente, llevó a cabo varias misiones como espía y embajador en Marruecos hasta su muerte a los 60 años.
Para terminar la jornada, Jesús Gómez González –Subdirector General de Astronomía, Geodesia y Geofísica del Instituto Geográfico Nacional- llevó a cabo un repaso por la influencia que la faceta científica y cosmológica de Jorge Juan ha tenido en importantes proyectos nacionales.
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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.
D. JORGE JUAN. Ilustre Marino, profundo Matemático cuyas obras le dieron el renombre de Sabio Español y serán eternos monumentos de su memoria. Nació en Noveldo en 1713, y murió en Madrid en 1773.

D. JORGE JUAN.
Ilustre Marino, profundo Matemático cuyas obras le dieron el renombre de Sabio Español y serán eternos monumentos de su memoria. Nació en Noveldo en 1713, y murió en Madrid en 1773.

Los hombres grandes son siempre dignos de nuestra memoria y veneración; pero mucho mas aquellos que, como el Excmo. Sr. D. Jorge Juan, han consagrado sus talentos y estudios en beneficio de su patria y de todo el género humano. Nació este ilustre Español en la Villa de Novelda, próxima á Alicante, en 5 de Enero de 1713; y sus padres D. Bernardo Juan y Doña Violante Santacilia le procuráron dar desde su tierna edad la mas completa educación; de suerte que habiendo entrado (después de venir de Malta) en 1729 en la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz, se distinguió en ella no menos por su talento, aplicación y progresos, que por su espíritu y serenidad en las primeras campañas de mar. El alto concepto que supo grangearse le hizo acreedor á que, juntamente con D. Antonio de Ulloa, se le eligiese para ir con los Académicos Franceses Godin, Bouguer y la Condamine á executar en nuestra América meridional la medición de los grados terrestres debaxo del equador, con el objeto de averiguar la verdadera figura de la tierra.
Once años consumió en el desempeño de una confianza tan honrosa, viviendo lo mas del tiempo en los páramos y en las cumbres de las elevadas montañas de Guayaquil y Quito, atendiendo ademas á varios encargos del Virey sobre la defensa de aquellas plazas y disciplina de sus tropas, siendo por tal causa el amparo y confianza de los pueblos, que le dieron solemnes demostraciones de gratitud en sus mas críticos apuros. Vuelto á Europa, conferenció en Paris sus tareas con aquellos sabios, que lo miraron con honorífico aprecio; y vencidos los obstáculos que tanto lo aburrieron de dar á conocer su comisión y desempeño al nuevo Ministerio que encontraba, repartió el trabajo con su compañero, y dieron á luz en 1748, así la relación histórica del viage, como lasObservaciones astronómicas y físicas, de que hizo tan utiles aplicaciones á la magnitud y figura de la tierra, á la navegación y á otros objetos de general utilidad; disponiendo casi al mismo tiempo una Disertación histórica-geográfica sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal. Finalizados estos trabajos, pasó á Londres con una comisión importante, cuyo buen desempeño le produxo una serie no interrumpida de otras muchas durante su vida activa y laboriosa. Exceden de veinte y quatro los viages que emprendió de órden de la Corte de un extremo á otro de España, y en ellos proyectó y dirigió los célebres arsenales de Cartagena y Ferrol, sus diques, las bombas de fuego, las gradas para construir navíos y botarlos al agua sin lesión, el método de construirlos igualmente que todas las demás clases de buques, las útiles mejoras en las minas de Almadén, con provecho de la salud de los trabajadores y considerable aumento del Erario: siendo consiguiente á esto la confianza con que todo se le consultaba, ya de obras civiles é hidráulicas, beneficio de minas, liga y afinación de monedas, dirección de canales y riegos, ya sobre otras materias científicas y de su peculiar profesión.
Nombrado Capitán de la Compañía de Guardias Marinas en 1751, mejoró los estudios, buscó excelentes maestros, supo dotarlos y apreciarlos dignamente, estableció el famoso Observatorio astronómico de Cádiz, y dedicado él mismo á la enseñanza dió, en su Compendio de navegación, impreso en 1757, no solo un digno exemplo á los otros maestros, sino un resúmen claro y elegante de quanto había adelantado la navegación hasta aquella época. Aun fué mas rápida y pública la reforma y mejora que recibió el Seminario de Nobles después de nombrado D. Jorge Juan por su Director: la Academia de S. Fernando, que ha tributado públicos testimonios de su gratitud al Zelo y laboriosidad de este hábil Consiliario suyo, reconocerá siempre como fruto de su consejo y dirección el haber publicado tan útiles y completas obras matemáticas, y el haber arreglado y fomentado estos estudios con particular aplicación al progreso de las Nobles Artes; y finalmente, para demostrar que su talento no era limitado á las ciencias y literatura, dió pruebas de su tino, prudencia y zelo en los asuntos políticos ocupaciones iba trabajando catorce años hacia su grande obra, que con el título de Exámen marítimo dió a luz en 1771: obra no menos original que sublime, y no menos profunda en su teórica, que atinada y precisa en sus vastas y útiles aplicaciones, con particularidad á la construccion y manejo de las naves. A tanto laboriosidad sacrifió su salud en términos que la repeticion de los cólicos biliosos convulsivos acabó con su vida en Madrid á 21 de Junio de 1773. Enterrósele con solemnidad en la Parroquia de S. Martin, donde cubre sus cenizas un honorífico epitafio. Su virtud, su modestia, su caridad, su patriotismo compitiéron con su saber. Toda la Europa le conocia, llamándole por antonomasia el Sabio Español. Los Ingleses le diéron en vida y personalmente las mismas públicas demostraciones de aprecio que después han dado á su Exámen marítimo, de que han repetido numerosas ediciones. Los Franceses lo han traducido y comentado tambien, y en España ha emprendido la misma ilustración con mucha profundidad y maestría un Oficial de Marina y compatriora del mismo D. Jorge, deseoso de dar á conocer todo el tesoro que en sí encierra una de las obra mas clásicas del siglo XVIII en las ciencias físico-matemáticas.
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ABC.es historia militar
libro Retratos de Españoles ilustres, publicado en el año de 1791.

Historias de allende los mares. Éranse unas batallas, unos fieros infantes de marina y una esquirla que casi nos ahorra la de Trafalgar.

Puede que las aguas europeas se hayan teñido multitud de veces con la sangre de los marineros españoles e ingleses. No obstante, la armada ibérica y la Royal Navy pueden presumir de haberse plantado cara a lo largo y ancho del mundo entero. Precisamente, uno de los lugares más recónditos en los que se encontraron fue en la bahía de Pensacola, cerca de la Florida. Allí, en un día de 1.781, la Infantería de Marina hispana desembarcó y expulsó del terreno a los defensores de la Pérfida Albión.

Para saber por qué la armada de nuestro país viajó miles de kilómetros para derramar sangre inglesa hay que remontarse hasta finales del SXVIII, concretamente a 1.763, año en que Inglaterra hizo doblar la rodilla a una coalición de países entre los que se encontraban Francia y España.

Tras esta dolorosa derrota, Carlos III estaba deseoso de que el tiempo le diera una excusa para devolver tal afrenta al inglés, y esto sucedió cuando llegaron las primeras noticias de que las Trece Colonias americanas habían iniciado un levantamiento contra los británicos. En ese momento, España dio comienzo a una abismal campaña de apoyo a los rebeldes, a los que equipó con armas, munición y uniformes. A su vez, la situación se recrudeció cuando la corona declaró la guerra a las islas en 1.779.

Hacia Pensacola

Con el inicio de la lid España dio también el arcabuzazo de salida para molestar en todo lo posible a la Royal Navy, la cual debía ahora dividir sus buques para hacer frente a franceses, americanos e hispanos. En este contexto, el entonces gobernador de Luisiana, el malagueño Bernardo de Gálvez, recibió órdenes de arrebatar Pensacola –una ciudad ubicada en la Florida occidental- a los británicos. Esta empresa, no obstante, era tan arriesga como dificultosa, pues, para entrar en su bahía, era necesario pasar un estrecho de poco calado cubierto por dos baterías enemigas.

Pero el miedo no era una opción para Gálvez, que el 28 de febrero de 1.781 armó una flota de 36 buques y cientos de Infantes de Marina. A su vez, estableció que tropas españolas y francesas tomarían los alrededores de Pensacola desde tierra y ayudarían a asediar la propia ciudad. Con todo preparado, gran valentía, y los cañones armados, se inició el viaje hacia la bahía enemiga.

«Yo solo»

Una vez frente a Pensacola, Gálvez observó que la empresa auguraba un fuerte derramamiento de sangre. Con todo, el malagueño no retrocedió y tomó a bayoneta calada con sus hombres una de las dos baterías que cubrían el estrecho y la entrada a la ciudad.

Sin embargo, y a pesar de que de esta forma redujeron las defensas del enemigo, los ingleses todavía tenían los cañones de la posición conocida como «Barrancas coloradas», una fortificación imposible de tomar sin entrar en la bahía y exponerse a su fuego.

En ese momento se iniciaron las discrepancias entre los oficiales españoles ya que, mientras que Gálvez pretendía entrar con la flota y hacer frente a las «Barrancas coloradas» lanzando sobre ellos andanadas y andanadas de artillería, había muchos que temían que sus buques pudieran ser destruidos.

Ante la disyuntiva, el malagueño no dudó y, después de subirse a un bergantín (un barco de menor calado) se dispuso a llevar a cabo un acto de valentía digno de figurar en los libros de Historia: entrar solo en la bahía a través del fuego enemigo. Decidido, las últimas palabras que dirigió a sus hombres fueron: «Una bala de a treinta y dos recogida en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el Fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galvez-town para quitarle el miedo».

Sin dudarlo, y mientras enarbolaba la bandera de Comandante, Gálvez pasó el estrecho junto a otros tres navíos y atrajo todo el fuego sobre sí, lo que dio tiempo al resto de la flota a posicionarse y arremeter contra las «Barrancas coloradas». Curiosamente, y como si hubieran sido bendecidos, estos primeros valientes no sufrieron daños severos.

La toma de Pensacola

Con el fuego inglés controlado, ya sólo quedaba conquistar la ciudad, empresa que se hizo más sencilla gracias a la llegada de refuerzos españoles y franceses. Finalmente, y ante la ingente cantidad de tropas que se habían reunido junto a Gálvez (unos 8.000 soldados frente a los 3.000 defensores) únicamente hizo falta tiempo para que Pensacola cayera de forma definitiva en manos de Gálvez.

Un brazo y un cañón, de nombre «Tigre»

Otra de las grandes gestas españolas tuvo lugar durante los últimos días de un caluroso mes de julio de 1797. Ese año, Inglaterra se propuso invadir la isla de Santa Cruz de Tenerife con la inestimable ayuda del por aquél entonces contralmirante Horatio Nelson; una de las empresas que a la postre le iba a producir una gran derrota.

El objetivo de los ingleses era claro. Las islas Canarias eran un enclave único y estratégico; un lugar bañado por el océano Atlántico que podría haber servido para el refugio y avituallamiento de la Royal Navy, que en aquellos años tenía intereses en el continente americano. Conquistar Santa Cruz de Tenerife y el resto de las islas significaba, por tanto, la creación de una poderosa base estratégica que contribuiría en definitiva al engrandecimiento del Imperio británico. Sin embargo, Inglaterra no solo se iba a encontrar con la resistencia heroica del ejército español, sino que además se iba a enfrentar con un factor determinante: el Pueblo.

Fuerzas en combate

Así las cosas, durante la oscura madrugada del 22 de julio de 1797 ocho buques ingleses se situaron sigilosos frente a las costas de Tenerife dispuestos a iniciar el desembarco. En total, el ejército del contralmirante Nelson estaba formado por 393 bocas de fuego y nada menos que 2.000 hombres instruidos y experimentados en otros enfrentamientos.

Además, se daba la circunstancia de que el orgullo británico estaba intacto tras haber vencido a los españoles cinco meses atrás en la batalla del Cabo de San Vicente. Por su parte, la defensa de Santa Cruz de Tenerife estaba compuesta tan solo por unos 60 artilleros veteranos y 320 de milicias, varios cientos de soldados y alrededor de 900 campesinos. Todos ellos estaban dirigidos por el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero, un soldado veterano que en aquél estío rondaba los 68 años. No obstante, a pesar del número claramente inferior de los españoles, la historia iba a ser muy distinta respecto a los sucesos que habían acaecido en el Cabo de San Vicente.

Un plan casi perfecto

El plan principal de los ingleses, que tenía su origen en una misiva que Nelson le escribió a John Jervis, jefe de la flota del Mediterráneo, el 12 de abril de 1797, era más o menos sencillo. El ejército inglés debía botar 30 lanchas de 900 hombres con el objetivo de asaltar el castillo de Paso Alto, cercano a la playa, y desde allí efectuar fuego de artillería contra la fortaleza de San Cristóbal, el lugar donde se encontraba el general Antonio Gutiérrez de Otero y su plana mayor.

Mientras tanto, la infantería haría lo propio desde tierra. Sin embargo, a pesar de que el plan empezó a ejecutarse según lo previsto, la marea contraria retrasó el avance de las tropas inglesas, que no lograron llegar a la playa hasta el amanecer, justo en el momento en que la defensa española, prevenida, comenzó a utilizar los cañones desde el castillo de Paso Alto para hacer retroceder al invasor.

La batalla del pueblo

Aún así, los 900 hombres armados y con sed de conquista lograron desembarcar en una playa situada al noreste de Santa Cruz, donde fueron sorprendidos por un grupo de 200 españoles que les cortaron el paso. Tras largas horas de batalla, y custodiados en todo momento por un sol de justicia, el capitán Trowbridge ordenó la retirada de los ingleses al atardecer. A pesar de todo, el ejército invasor iba a intentar conquistar la isla unos días más tarde.

De esta manera, en la madrugada del 25 de julio, alrededor de 700 ingleses lograron desembarcar en una playa próxima al castillo Principal con el objetivo de asaltar el fuerte de San Cristóbal. Sin embargo, el fuego de los cañones del muelle y de algunas fortalezas cercanas como La Concepción, Paso Alto, San Telmo o Santo Domingo fueron determinantes para evitar el avance de las tropas.

Además, en el transcurso de la batalla se produjeron algunos acontecimientos inesperados que pusieron en jaque a los ingleses, como la retirada del contralmirante Nelson, que fue herido de gravedad en el brazo derecho por una esquirla de cañón (el cual tuvo que ser amputado por el cirujano unos minutos más tarde), o el hundimiento de la embarcación «Fox». Finalmente, tras una dura y sangrienta batalla por las playas, calles y plazas de Santa Cruz, en la que también participaron labriegos, pescadores y artesanos tinerfeños, las tropas inglesas fueron obligadas a firmar la rendición.

Así, durante la mañana del 25 de julio de 1797, el ejército de Inglaterra sufrió en sus lívidas carnes el poder y la fuerza de un pueblo unido, y Horatio Nelson, el héroe de Trafalgar Square, se llevó uno de los peores recuerdos de su vida.

Continuará…

Historias de allende los mares. Éranse unas batallas, unos fieros marineros y un montón de “Barquitos”, al mando de Vernon.

La de isla Flores no fue ni mucho menos una lucha épica a sangre y fuego, pero, por el contrario, si fue una batalla difícil de olvidar para la pérfida Albión. Y es que, las Azores vieron aquel día de 1.591 como una flota española ponía en fuga a los infames corsarios de su Graciosísima Majestad que, en este caso, fallaron estrepitosamente en su habitual intento de saquear hasta la última moneda de oro que los navíos hispanos traían de América en sus bodegas.

No corrían buenos tiempos para la corona hispánica –encabezada por Felipe II- en el ocaso del SXVI. De hecho, nuestro país hacía frente aquellas jornadas a una creciente deuda nacional que, a falta de liquidez, era sufragada con las insuficientes monedas traídas desde América. A su vez, España combatía por entonces contra su Majestad inglesa, la reina Isabel I, quien no dudaba en pagar a piratas – o corsarios, como eran conocidos estos sanguinarios mercenarios- para que saquearan y enviaran al fondo del mar a los navíos peninsulares que atravesaban el Atlántico cargados de joyas.

Los preparativos

Así, entre sable y mosquete, fueron pasando los años hasta que, en 1.591, los ingleses se enteraron de una célebre noticia: los españoles pensaban echar sus buques a la mar desde América con una gran partida de oro y joyas en dirección a España. Sin tiempo que derrochar los oficiales se pusieron manos a la obra para, en nombre de la Reina, armar una flota con la que interceptar el preciado cargamento.

Para ello, dispusieron una veintena de navíos –varios de ellos piratas-, cuyo mando fue otorgado al afamado oficial Thomas Howard, un viejo conocido por su participación en varios asaltos y batallas contra los españoles. Además, entre las filas se destacaba nada menos que el bucanero Richard Grenville, capitán del galeón inglés «Revenge» (el buque que, durante años, había navegado a las órdenes del cruel pirata Francis Drake).

Hechos los preparativos, la Royal Navy se dispuso a viajar a las Azores, donde darían una sorpresa a los súbditos de Felipe II. Sin embargo, lo que no sabía la cruel Inglaterra era que España, harta como estaba de la piratería, había dispuesto una flota de 55 barcos al mando de Alonso de Bazán para, de una vez por todas, escarmentar a los saqueadores.

Comienza la batalla

El 9 de septiembre, las dos flotas se divisaron en la lejanía para incredulidad de los ingleses. Preparado para derramar la sangre de Albión, Bazán ordenó en un principio que los españoles se dividieran en dos columnas que asaltaran al enemigo desde todos los frentes.

Sin embargo, este plan pronto zozobró debido al mal estado de uno de los buques. «Aviéndose navegado algunas leguas en esta conformidad, el general Sancho Pardo envío a dezir a don Alonso que llevaba rendido el bauprés de su galeón, que es uno de los de Santander, y no podía hazer fuerza de vela; y así conbino templar todas las de la armada, por hazerle buena compañía y no dexarle solo donde andavan cruzando de una parte y otra navíos de enemigos, que fue causa de no poder amanecer sobre las Islas», señala un documento de la época de la colección «González-Aller» ubicado en el archivo del Museo Naval y recogido por la «Revista de Historia Naval».

A pesar de que el asalto no se produjo con toda la celeridad que Bazán pretendía, los ingleses no tuvieron los arrestos de plantar combate en mar abierto y, para asombro de los españoles, la mayoría de la flota de la Royal Navy inició la huída a toda vela.

El «Revenge» mantiene la posición

Pero la retirada fue demasiado deshonrosa para Grenville quien, desoyendo las órdenes, decidió mantener la posición y, junto a otros dos navíos ingleses más, plantar batalla a los españoles. Por su parte, y mientras se sucedía un inmenso fuego de mosquetería y cañón, Bazán ordenó a parte de sus fuerzas acabar con el «Revenge» mientras varios buques seguían en su huída a los ingleses.

La contienda no fue muy extensa. A las pocas horas, los buques que escoltaban a Grenville habían abandonado sus posiciones y sólo el «Revenge» se enfrentaba valientemente a los navíos españoles, ahora al completo tras haber vuelto de la fallida persecución. No hubo victoria para los ingleses que, asediados como estaban por todos los flancos, cayeron bajo las tropas españolas.

Acaba el combate

Al anochecer, el «Revenge», buque insignia de Francis Drake, había caído en manos españolas. «El almirante, de los mayores marineros y corsario de Inglaterra, gran hereje y perseguidor de católicos, hízole traer don Alonso de Bazán a su capitana, donde por venir herido de un arcabuzazo en la cabeza le hizo curar y regalar, haciéndose buen tratamyento y consolándose de su pérdida; mas la herida eran tan peligrosa que murió a otro día. De 250 hombres que traía el navío quedaron 100, los más de ellos heridos», se añade en el antiguo escrito.

Por parte española fallecieron aproximadamente 100 soldados y marineros debido al hundimiento de varios buques durante la contienda. No obstante, aquel día España demostró a su Majestad Isabel I que no estaba dispuesta a sufrir más el pillaje de sus infames corsarios.

Blas de Lezo, el almirante que defendió Cartagena de Indias

Era cojo, manco y tuerto, pero a pesar de ello logró humillar a los ingleses en una de las batallas navales más importantes del SXVIII. Este marino no era otro que Blas de Lezo, un almirante guipuzcoano que, contra todo pronóstico, consiguió rechazar a la segunda flota más grande de la historia con apenas seis buques y poco más de 3.000 hombres en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.

Esta dura batalla se fraguó aproximadamente en 1.738, año en que los ingleses declararon la guerra a España después de que nuestros navíos apresaran el buque de un contrabandista británico. Al parecer, esta excusa fue muy útil para la pérfida Albión que, como deseaba desde hacía tiempo, comenzó a planear un asalto sobre Cartagena de Indias (el centro del comercio americano y donde confluían las riquezas de las colonias españolas). Sin embargo, lo que no sabían es que allí les esperaba Blas de Lezo, un condecorado y experimentado almirante guipuzcoano conocido también como «Mediohombre» o «Almirante Patapalo» por ser cojo, manco y tuerto.

El número contra el ingenio

Para asaltar Cartagena de Indias, los ingleses armaron la segunda mayor flota de la historia (después de la que fue utilizada en el desembarco de Normandía). Concretamente, disponían de 195 navíos, 3.000 cañones y 29.000 soldados (4.000 de ellos milicianos estadounidenses), todos al mando del almirante Edward Vernon.

Por su parte, los españoles disponían de una paupérrima defensa en esta ciudad, pues a las órdenes de Blas de Lezo había únicamente 3.000 hombres, 600 indios flecheros, y 6 navíos de guerra (el Galicia, el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador).

No obstante, Lezo no dudó en aprovechar las ventajas estratégicas que le ofrecía el terreno. Y es que la entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos conocidos como «bocachica» (defendido por dos fuertes) y «bocagrande» (asegurado por cuatro). En un intento de resistir al invasor, el «Mediohombre» dividió sus buques en dos compañías y situó una en cada entrada. A su vez, dio órdenes de que, en caso de que fueran superados, se barrenaran los navíos españoles para que sus restos impidieran la entrada a la bahía.

Comienza la batalla

La armada inglesa se dejó ver por la ciudad colombiana el 13 de marzo de 1.741, y en solo dos jornadas se adueñaron de sus alrededores. A continuación, Vernon inició un bombardeo constante sobre los fuertes y los buques que defendían la plaza durante 16 días.

La frecuencia y la potencia de los disparos fue tal que, a pesar de que el español usó una decena de artimañas como lanzar bolas encadenadas para destrozar los palos de los navíos enemigos, no quedó más remedio que abandonar dos de los fuertes. Además, y ante la cantidad de fuego que caía sobre ellos, Lezo ordenó, como estaba previsto, incendiar sus buques para evitar el paso hasta la ciudad.

Sin embargo, esto no sirvió de mucho, pues el almirante inglés remolcó uno de los buques que aún no se había ido al fondo del mar y consiguió apartarlo de la entrada de Cartagena de Indias. Así, con los barcos españoles hundidos y varias fortalezas tomadas, Vernon cometió el mayor error de su vida: enviar emisarios a Inglaterra anunciando su victoria. Algo que, a la postre, le saldría muy caro.

El asalto final

Con sus buques en la bahía y bombardeando hasta la saciedad las posiciones enemigas, Vernon se hinchó de orgullo y decidió asaltar el símbolo de la resistencia española: el castillo de San Felipe (una de las fortificaciones donde quedaban poco más que 600 defensores). No obstante, y como asaltar frontalmente la fortaleza era una locura, el almirante prefirió rodear la posición y atacar por retaguardia. En este caso, el inglés cometió otro gran error, pues, para llegar hasta la parte trasera de la fortaleza era necesario atravesar la selva, algo que provocó la muerte de cientos de sus soldados.

Una vez en la posición deseada, y a pesar de las penurias, Vernon ordenó un primer ataque contra los muros españoles en los días sucesivos, asalto que los defensores resistieron heroicamente acabando con nada menos que 1.500 enemigos. Tras este primer combate, el almirante inglés se desesperó ante la idea de perder una batalla que hasta hace pocos días parecía ganada y ordenó a sus hombres llevar a cabo una última arremetida masiva usando escalas.

En la noche del 19 de abril, los ingleses se agruparon en tres columnas para tomar las murallas. Sin embargo, los asaltantes se llevaron una gran sorpresa cuando se dieron cuenta de que las escalas no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de los muros. Y es que Lezo, haciendo uso de su ingenio, había ordenado cavar un foso para impedir el asedio. Con los enemigos a su merced, los españoles acabaron aquel día con centenares de casacas rojas.

Al día siguiente, y aprovechando el golpe psicológico que habían dado a los ingleses, el «Almirante Patapalo» salió de la fortaleza y, junto a sus hombres, inició una última carga que, sorprendentemente, acabó obligando a los ingleses a volver a sus buques. La victoria, milagrosamente, pertenecía a los españoles.