3ª Parte, cap. 22 Del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

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Nota: Para que se vea que esta historia no es novelada, al final se da una explicación sobre las revueltas de los Sangleyes en Manila

… Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

Aquella noche que había luna, desde las diez dio sobre los enemigos y los indios pelearon con flechas muy bien y en dos horas los desbarató. El cossario había enviado por sus navíos que estaban 4 leguas de allí y se embarcaron muchos dellos y el general suyo. Diole tanto pesar al almirante cuando lo entendió que a las tres de la mañana se embarcó tras dél y a las 6 le había echado a fondo cinco navíos y los otros cuatro se le rindieron. A las diez del día tornó a tomar puerto y se vio en gran peligro porque llegaron catorce navíos de socorro de Mindana[o] y de otras islas de enemigos y se arrojaron a los navíos de Espinosa hasta que hizo colgar en todas las entenas todos los presos, los cuales los atemorizaron diciéndoles que los suyos todos habían perecido y fue tanto el temor que les dio el saberlo que al momento huyeron todos, arrancó en su seguimiento cojíoles tres navichuelos echó cuatro a fondo y los demás se escaparon de allí a tres días volvió al puerto del nombre de Jesús Pintados despachó un aviso al Gobernador enviando el cossario preso, habíendolo enviado primero a que lo viese la Señora Doña Fabiana Pérez. El que llevó al cossario a ambas partes fue Alonso de Quesada a quien había hecho capitán por merecerlo y era natural de Jaén. Hiciéronse fiestas en Manila por tan gran victoria.

A tres días pasados despachó la almiranta y otro navío porque era ya tiempo de volver a México. Habiendo ordenado estas cosas fue a la ciudad donde se desposó aquella noche con Doña Fabiana Señora de Indios en la isla con mucho contento de todos porque estimaron tal amparo y defensor.

El gobernador le premió con una encomienda de tres pueblos del Rey y otro que vacó por muerte de un encomendero se lo dio luego, que todos valdrán cada año mil y quinientos pesos de oro. La mujer tiene otros tres que le rentan dos mil pesos de oro y su mayorazgo de tierras ingenio de azúcar que vale mucho. En diversas ocasiones ha llegado a la isla muchos cossarios con quien ha tenido más de veynte batallas y más de las doce han sido con los mindanaos y todas las ha vencido por su grande ardid y valentía, ha tenido tres desafíos, el uno con un negro moro loloso cossario de cual le contaban cosas notables, y a todos los venció.
Ha tenido otras muchas victorias y de todas sale empeñado, porque junta la gente y gasta a su costa y después reparte el despojo. Con los presos ha sido liberalísimo, de suerte que es proverbio entre los enemigos que no se les da nada de la prisión del almirante, porque tiene cierta la libertad y aun muchas victorias han procedido desto

No ha castigado soldado castilla si no es por traycion o por maltratar los indios y entonces con mucha misericordia.
Ha sido notablemente honesto y no se le ha conocido vicio que le desautorice y desacredite.

Todos los gobernadores que han ido le han confirmado el título de Almirante y le han ido dando más indios y renta o pensiones sobre otras encomiendas porque en tiempo de todos ha vencido enemigos.

A un corsario mindana lo cogió habiéndole vencido dos veces y dándole libertad la tercera lo llevó a Manila y por mandado del Gobernador amaneció colgado, de lo cual recibió grandísima pena, lo cual le reprehendió el gobernador y en satisfación dijo: Señor dicen que decía el Príncipe de Oria que si ahorcan los corsarios se privaba de la gloria que le habían de dar porque no había con quien pelear.

Avia poblado junto a Manila más de doce mil chinos, que allí Íes llaman Changuayes Chriílianos. Estos por algunos achaques le levantaron y cercaron a Manila auxilió el Gouernador al Almirante, y vino en su socorro en tan buen tiempo que los enemigos asaltaban el pueblo .En la qual ocasión sucedió vn milagro que no es justo se pase en silencio. Apareció vn Christo Crucificado entre las almenas del muro y les habló a los Changuayes (sangleyes)* diziéndoles gente maldita por qué afligís mi pueblo.

Viéronle dellos infinitos, y le oyeron, y assi dexaron el asalto, y se dividieron en tres exércitos, y se fueron a destruir los pueblos comarcanos. En esta sazón llegó el Almirante, y fue en seguimiento de uno de los exércitos de suerte que lo venció, y desbarató con notables hazañas de su persona. Después de vencidos se reduxeron todos recabando- les perdón del Gobernador conque se mostraron muy arrepentidos de su novedad, y motín. Recibido. En Manila, el Gobernador con grande honra y le dio nuevas rentas y premios en ciertos indios, pueblos, y minas, y muy favorecido, y honrado le despachó a su isla nombre de I E S V S de Pintados.

A ydo fu fama y honra en grande acrecentamiento con las nuevas hazañas que cada día emprende, Vitorias que consigue, y cosarios que rinde, es común dicho, en las Filipinas, que los cargos, ginetas y Vanderas, citan aguardando a los hombres de Jaén, y no ellos a los cargos, por la buena fama, y nombre que tienen, y han si hay nueva que son al presente algunos Capitanes. Esto es hasta el año de 1608. Que tuvieron cartas sus padres en Jaén en que les informa de una gran batalla que avía tenido con cossarios, de que había salido mal herido, aunque vencedor. Después acá, no se a sabido más del, si es muerto confío en Dios le avrá dado su gloria por lo bien que les sirvió contra sus enemigos. Y fi es vivo, Dios le conserve, y aumente las Vitorias para mayor gloria de su Magestad, y de la del Rey Señor nuestro.


Ilustración: José Ferre Clauzel

2ª Parte, cap. 22 del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

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… Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años en el cual le ocupó dos con tanta animosidad valor y prudencia, que ofreciéndole una salida habiendo de nombrar caudillo, le pidió a voces todo el ejército y se le encargó aquel acometimento del cual dio tan buena cuenta, que acabó lo que no había podido otros caudillos, por lo cual el general le dio título de capitán con mucha gloria y aplauso de todos.

En este cargo aunque lo recibió menos que de veynte y dos años hizo alarde y muestra de sus heroicas virtudes valor invencible asentada nativa, era gran maestre de milicia y con su ejemplo instruía, de suerte que todos los soldados aunque fueran ciervos, imitándole eran leones.

Dél se puede decir que dijo un retórico de Alejandro que ni en sus determinaciones faltó prudencia , ni en los asaltos y batallas osadía, ni en el repartir a sus soldados lo que tenía liberalidad, porque cuando se ofrecía algún consejo de dificultad y duda el suyo eran tan acertado que los muy experimentados lo aprobaban por de muy sabio.

Si peleaba con los enemigos emprendía tales hazañas que descubría suma valentía. Si había ocasiones de saco y riqueza, de tal suerte los sabía repartir no acordándose de sí mismo que todos le quedaban obligados y aficionados, si sabía de la necesidad de algún soldado la remediaba, aunque se lo quitase de la boca y favorecióle el Cielo este ánimo tan hidalgo y liberal que siempre le dio para que tuviese qué dar.

Acabada aquella jornada volvió a México y el virrey le ocupó dándole una conduta de capitán del galeón Almirante que va a las Filipinas donde hizo su viaje muy próspero, habiendo llegado a Manila dentro de tres días se descubrieron el mar doce velas chinas que entendió ser cossarios de los muchos que andaba en aquellos mares revelados de la China, el general y Gobernador le nombraron, salió con el almiranta y cuatro navíos y sin llevar orden acometió al enemigo y le dio batalla y venció , tomóles dos navíos y los demás le huyeron. No perdió en esta refriega más que nueve hombres.

Entrando el puerto repartió toda su hacienda con sus soldados, diciendo que ya sabía su delito, mas aunque el general le prendió fue para más honra suya porque se juntaron mil y trescientos hombres y a voces pidieron su almirante diciendo que por tales hazañas y tan famosa victoria no merecía prisión, antes gran premio.

Porque él solo, visto que el enemigo le entraba a un navío, se arrojó en él sin entrar otra persona de socorro y fue bastante su presencia y sus hechos para arrojar al mar todos los enemigos. Y así le dieron por libre y honraron de suerte que el Gobernador y General de las filipinas que reside en Manila, trató luego de casarlo con la Mayorazgo que reside en la Isla del nombre de Jesús de Pintados que en todas aquellas islas no hay otro mayorazgo que el de la señora doña Fabiana Pérez das Mariñas por los hechos de su padre y respondió ella que [cuando] hubiese visto sus hechos y su persona daría el sí y que pues la isla estaba cercada del cossario chino y de nueve navíos que le había quedado y esperaba muchos navíos de la isla Mindanao y de otras que le enviase al socorro, y con esta ocasión le soltó de la prisión y fue nombrado por almirante de aquellos mares con tal título.

Salió con seis navíos bien armados, llevó todos los soldados que se hallaron en la pasada y más, juntó todos los que pudo hallar de Jaén y su Reyno en aquellas islas porque decía, que los había conocido buenos para mandar y obedecer y que sabían y osaban acometer sin perder la ocasión. Habiendo llegado a la isla de Pintados se fue derecho al puerto con cuatro navíos y envió los otros dos 20 leguas de allí y les mandó que desembarcasen y viniesen con dos mil indios isleños vestidos como españoles, que ellos llamaban Castillas. El general cossario retiró a otro puerto sus navíos y más de ocho mil hombres que traía. Juntóse con los castillas de la tierra del almirante y dio orden de que se vistiesen dos mil isleños, contándoles las coletas porque traían y es deshonra entre ellos traerlo corto, aunque por la necesidad lo consintieron forzados, conjurándose que se habían de vengar en teniendo ocasión. Mas para desenojarlos y asegurarlos, el almirante hablo a un cacique de aquellos, que era señor de unos pueblos del Rey y le regaló mucho diciéndole que todos aquellos cabellos los pagaría el en oro y a peso de honra que pensaba hacer a todos los caciques e indios.
El cacique le descubrió la conjuración y cómo tenían determinado de pasarse al enemigo si viesen que llevaba lo mejor de la batalla.

Sabido por Chalques (que son los correos) la venida de la gente y indios les mandó estuviesen en la montaña y diesen socorro quando él lo mandase.

Otro día les habló a los isleños y les dio los vestidos y a cada uno perdonó un tributo de lo que pagaban y les dio a entender que era honra haberles cortado los cabellos en servicio de Dios y del Rey y de la Patria. Cosa que los dejó contentos y redujo, y envió a decir con este cacique a los otros enviándoles veintidós de los soldados, quedándose él solo con lo que traía encima y aquel día no quedó cosa de paño que no lo hiciesen capotillos y gabardinas para que todos fuesen en hábitos de castillas, aunque son muy pusilánimos y huyen en viendo los arcabuces.
A otro día la batalla con solo mil castillas y dos mil isleños dejando los otros con grande penacho. Peleó desde las siete de la mañana hasta las nueve y aquella hora salió el socorro de trescientos hombres castillas y dos mil isleños con el mismo orden.

Comenzaron a retirarse los chinos y a estar allí sus navíos se entendió que se embarcaran. Duró hasta la noche en que murieron veinte y un castillas y doce no más de los isleños porque no les dejó pelear no más de hacer bulto de castillas: de los cossarios se dijo que murieron dos mil o más, en esta ocasión le vio doña Fabiana Pérez y quedó tan satisfecha y aficionada que le envió a rogar que se entrase en la ciudad a descansar. Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

CONTINUARÁ


Ilustración: José Ferre Clauzel

Historia de la antigua y continuada nobleza de la ciudad de Jaén. Y de algunos varones famosos, hijos de ella (1628)

Cap 22 del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

No solo por tierra más por la mar ha tenido este Reyno y Ciudad hijos que se han hecho conocer y estimar no solo en este mundo ártico más en el antártico, de quel fin otros muchos dará testimonio aquel valeroso Almirante del mar de las Filipinas Cristóbal de Espinosa de los Monteros hijo de un noble hidalgo llamado Pedro de Espinosa de los Monteros, descendiente de aquel famoso y ennoblecido que en las montañas tienen de donde toman el sobrenombre de fuerte que el blasón heredado de sus ascendientes lo matizó con el fino esmalte de la gloria de sus heroicos hechos.

Sus padres desde niño le enseñaron para lo que Dios ordenase del leer y el escribir y le dieron estudio si diera lugar su bélica y acelerada inclinación, que desde niño la descubrió, pues apenas había cumplido los doce años de su edad cuando un capitán por esta ciudad haciendo gente le fue a hablar y le pidió le recibiese por soldado. Diciéndole. Vaya con Dios.

Mancebo, que es muy pequeño. Él le replicó ansioso de cumplir su deseo: Yo confío en dios señor capitán que me hará grande y me ayudará para que acierte a servirle a Él y a mi Rey en esta profesión. Al capitán le agradó la réplica de fuerte que luego lo recibió sin reparar en su edad y ello lo estimó.

Cinco años anduvo en las galeras y estuvo en algunas fronteras, más disciplinándose en la milicia que haciendo cosas de soldado y en estos principios, dio tan buenas esperanzas que todos los que le conocían las concibieron de su valor, tenía modestia de mayor edad, palabras de experimentado, osadía de hombre animoso y valiente, guardaba con tal prudencia respeto que obligaba a que le respetaran. Habiendo pasado estos 5 años en estos ejercicios militares, con licencia de sus padres se embarcó para las indias de la nueva España donde en llegando a la Ciudad de México, por nuevas y cartas que llevaba, visitó a un tío suyo, muy rico de moneda y mercader, más hombre conocido por su buen trato y mucha verdad. Este le recibió como a hijo, le regaló, acarició, agasajó y se lo tuvo en su casa muchos días, hasta que considerando que no se inclinaba a la mercancía ni trato, una noche le hablo en puridad acerca de sus designios y determinaron de la vida que pensaba seguir, prometiendo de ayudalle
a lo que se inclinase, o a mercader o a las minas y hízole instancia en que le respondiese. Él le respondió con toda modestia.

Yo estimo señor tío la merced y regalo que vuesa merced me ha hecho y estimo y agradezco como devo el favor que promete y desea hacerme, mas mi inclinación ni me llama a mercader ni a minas, sino a soldado, esta es mi nerva y mi genio y no otra cosa alguna esto me llama a esto me inclino, esto apetezco, esto deseo. El tío se levantó de la silla donde estaba sentado y le abrazó muy aficionadamente alabándole los honrados y animosos pensamientos, porque él había seguido esta profesión y le contó todas las ocasiones en que él había hallado, mostrándole papeles de sus honrados servicios y premios en los títulos de capitán, alférez y cargos. Púsole mayor ánimo, aunque lo tenía grande, para que se fuese a una jornada, que le hacía de un descubrimiento de Indias y otro día fueron los dos a hablar con el general el qual se holgó mucho de llevar prendas del mercader capitán, porque tenía muy gran noticia de su valor y confiaba que el sobrino lo habría de heredar Mostró éste contento y agrado dándole su bandera y diciéndole se ocupalle en ella, que la tenía guardada para un soldado tal y estoy muy alegre de ver cumplido también mi deseo

Porque para mí basta ser sobrino de Vuestra merced para tener por cierto el buen empleo. Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años…

CONTINUARÁ


Ilustración: José Ferre Clauzel

La Araucana. Canto XXI

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Halla Tegualda el cuerpo del marido y haciendo un llanto sobre él, le lleva a su tierra. Llegan a Penco los españoles y caballo que venían de Santiago y de la Imperial por tierra. Hace Caupolicán muestra general de su gente.

¿Quién de amor hizo prueba tan bastante?
¿Quién vio tal muestra y obra tan piadosa
como la que tenemos hoy delante
desta infelice bárbara hermosa ?
La fama, engrandeciéndola, levante
mi baja voz, y en alta y sonorosa
dando noticia della, eternamente
corra de lengua en lengua y gente en gente.

Cese el uso dañoso y ejercicio
de las mordaces lenguas ponzoñosas,
que tienen de costumbre y por oficio
ofender las mujeres virtuosas.
Pues, mirándolo bien, solo este indicio,
sin haber en contrario tantas cosas,
confunde su malicia y las condena
a duro freno y vergonzosa pena.

¡Cuántas y cuántas vemos que han subido
a la difícil cumbre de la fama!
Iudic, Camila, la fenisa Dido
a quien Virgilio injustamente infama;
Penélope, Lucrecia, que al marido
lavó con sangre la violada cama;
Hippo, Tucia, Virginia, Fulnia, Cloelia,
Porcia, Sulpicia, Alcestes y Cornelia.

Bien puede ser entre éstas colocada
la hermosa Tegualda pues parece
en la rara hazaña señalada
cuanto por el piadoso amor merece.
Así, sobre sus obras levantada,
entre las más famosas resplandece
y el nombre será siempre celebrado,
a la inmortalidad ya consagrado.

Quedó pues (como dije) recogida
en parte honesta y compañía segura,
del poco beneficio agradecida,
según lo que esperaba en su ventura;
pero la aurora y nueva luz venida,
aunque el sabroso sueño con dulzura
me había los lasos miembros ya trabado,
me despertó el aquejador cuidado.

Viniendo a toda priesa adonde estaba
firme en el triste llanto y sentimiento,
que sólo un breve punto no aflojaba
la dolorosa pena y el lamento,
yo con gran compasión la consolaba,
haciéndole seguro ofrecimiento
de entregarle el marido y darle gente
con que salir pudiese libremente.

Ella, del bien incrédulo, llorando,
los brazos estendidos, me pedía
firme seguridad; y así llamando
los indios de servicio que tenía,
salí con ella, acá y allá buscando.
Al fin, entre los muertos que allí había,
hallamos el sangriento cuerpo helado,
de una redonda bala atravesado.

La mísera Tegualda que delante
vio la marchita faz desfigurada,
con horrendo furor en un instante
sobre ella se arrojó desatinada;
y junta con la suya, en abundante
flujo de vivas lágrimas bañada,
la boca le besaba y la herida,
por ver si le podía infundir la vida.

“¡Ay cuitada de mí! -decía-, ¿qué hago
entre tanto dolor y desventura?
¿Cómo al injusto amor no satisfago
en esta aparejada coyuntura?
¿Por qué ya, pusilánime, de un trago
no acabo de pasar tanta amargura?
¿Qué es esto? ¿La injusticia a dónde llega,
que aun el morir forzoso se me niega?”

Así, furiosa por morir, echaba
la rigurosa mano al blanco cuello
y no pudiendo más, no perdonaba
al afligido rostro ni al cabello,
y aunque yo de estorbarlo procuraba,
apenas era parte a defendello,
tan grande era la basca y ansia fuerte
de la rabiosa gana de la muerte.

Después que algo las ansias aplacaron
con la gran persuasión y ruego mío
y sus promesas ya me aseguraron
del gentílico intento y desvarío,
los prestos yanaconas levantaron
sobre un tablón el yerto cuerpo frío,
llevándole en los hombros suficientes
adonde le aguardaban sus sirvientes.

Mas porque estando así rota la guerra
no padeciese agravio y demasía,
hasta pasar una vecina sierra
le tuve con mi gente compañía;
pero llegando a la segura tierra,
encaminada en la derecha vía,
se despidió de mí reconocida
del beneficio y obra recebida.

Vuelto al asiento, digo que estuvimos
toda aquella semana trabajando,
en la cual lo deshecho rehicimos
el foso y roto muro reparando;
de industria y fuerza al fin nos prevenimos
con buen ánimo y orden , aguardando
al enemigo campo cada día,
que era pública fama que venía.

También tuvimos nueva que partidos
eran de Mapocho nuestros guerreros,
de armas y municiones bastecidos,
con mil caballos y dos mil flecheros.
Mas del lluvioso invierno los crecidos
raudales y las ciénagas y esteros,
llevándoles ganado, ropa y gente,
los hacían detener forzosamente.

Estando, como digo, una mañana
llegó un indio a gran priesa a nuestro fuerte
diciendo: ” ¡ Oh temeraria gente insana,
huid, huid la ya vecina muerte !
Que la potencia indómita araucana
viene sobre vosotros de tal suerte,
que no bastarán muros ni reparos,
ni sé lugar donde podáis salvaros.”

El mismo aviso trujo a medio día
un amigo cacique de la sierra,
afirmando por cierto que venía
todo el poder y fuerza de la tierra
con soberbio aparato, donde había
instrumentos y máquinas de guerra,
puentes, traviesas, árboles, tablones
y otras artificiosas prevenciones.

No desmayó por esto nuestra gente,
antes venir al punto deseaba,
que el menos animoso osadamente
el lugar de más riesgo procuraba,
y con presteza y orden conveniente
todo lo necesario se aprestaba,
esperando con muestra apercebida
el día amenazador de tanta vida.

Fuimos también por indios avisados
de nuestros espiones, que sin duda
nos darían el asalto por tres lados
al postrer cuarto de la noche muda;
así que, cuando más desconfiados,
no de divina, más de humana ayuda,
por la cumbre de un monte de repente
apareció en buen orden nuestra gente.

¿ Quién pudiera pintar el gran contento,
el alborozo de una y otra parte,
el ordenado alarde, el movimiento,
el ronco estruendo del furioso Marte,
tanta bandera descogida al viento,
tanto pendón, divisa y estandarte,
trompas, clarines, voces, apellidos,
relinchos de caballos y bufidos ?

Ya que los unos y otros con razones
de amor y cumplimiento nos hablamos,
y para los caballos y peones
lugar cómodo y sitio señalamos,
tiendas labradas, toldos, pabellones
en la estrecha campaña levantamos
en tanta multitud, que parecía
que una ciudad allí nacido había.

Fue causa la venida desta gente
que el ejército bárbaro vecino,
con nuevo acuerdo y parecer prudente,
mudase de propósito y camino;
que Colocolo, astuta y sabiamente,
al consejo de muchos contravino,
discurriendo por términos y modos
que redujo a su voto los de todos.

Aunque, como ya digo, antes tuvieron
gran contienda sobre ello y diferencia
pero al fin por entonces difirieron
la ejecución de la áspera sentencia,
y el poderoso campo retrujeron
hasta tener más cierta inteligencia
del español ejército arribado,
que ya le había la fama acrecentado.

Pero los nuestros de mostrar ganosos
aquel valor que en la nación se encierra,
enemigos del ocio, y deseosos
de entrar talando la enemiga tierra,
procuran con afectos hervorosos
apresurar la deseada guerra,
haciendo diligencia y gran instancia
en prevenir las cosas de importancia.

Reformado el bagaje brevemente
de la jornada larga y desabrida,
y bulliciosa y esforzada gente,
ganosa de honra y de valor movida,
murmurando el reposo impertinente
pide que se acelere la partida
y el día tanto de todos deseado,
que fue de aquel en cinco señalado.

Venido el aplazado, alegre día,
al comenzar de la primer jornada,
llegó de la Imperial gran compañía
de caballeros y de gente armada,
que en aquella ocasión partido había
por tierra, aunque rebelde y alterada,
con gran chusma y bagaje, bastecida
de municiones, armas y comida.

Ya, pues, en aquel sitio recogidos
tantos soldados, armas, municiones,
todos los instrumentos prevenidos,
hechas las necesarias provisiones,
fueron por igual orden repartidos
los lugares, cuarteles y escuadrones,
para que en el rebato y voz primera
cada cual acudiese a su bandera.

Caupolicán también por otra parte
con no menor cuidado y providencia
la gente de su ejército reparte
por los hombres de suerte y suficiencia,
que en el duro ejercicio y bélica arte
era de mayor prueba y esperiencia;
y todo puesto a punto, quiso un día
ver la gente y las armas que tenía.

Era el primero que empezó la muestra
el cacique Pillilco, el cual armado
iba de fuertes armas, en la diestra
un gran bastón de acero barreado;
delante de su escuadra, gran maestra
de arrojar el certero dardo usado,
procediendo en buen orden y manera
de trece en trece iguales por hilera.

Luego pasó detrás de los postreros
el fuerte Leucotón, a quien siguiendo
iba una espesa banda de flecheros,
gran número de tiros esparciendo.
Venía Rengo tras él con sus maceros
en paso igual y grave procediendo,
arrogante, fantástico, lozano,
con un entero líbano en la mano.

Tras él con fiero término seguía
el áspero y robusto Tulcomara,
que vestido en lugar de arnés, traía
la piel de un fiero tigre que matara,
cuya espantosa boca le ceñía
por la frente y quijadas la ancha cara,
con dos espesas órdenes de dientes
blancos, agudos, lisos y lucientes;

al cual en gran tropel acompañaban
su gente agreste y ásperos soldados,
que en apiñada muela le cercaban
de pieles de animales rodeados.
Luego los talcamávidas pasaban,
que son más aparentes que esforzados,
debajo del gobierno y del amparo
del jactancioso mozo Caniotaro.

Iba siguiendo la postrer hilera
Millalermo, mancebo floreciente,
con sus pintadas armas, el cual era
del famoso Picoldo decendiente,
rigiendo los que habitan la ribera
del gran Nibequetén, que su corriente
no deja a la pasada fuente y río,
que todos no lo traiga al Biobío.

Pasó luego la muestra Mareande
con una cimitarra y ancho escudo,
mozo de presunción y orgullo grande,
alto de cuerpo, en proporción membrudo;
iba con él su primo Lepomande,
desnudo, al hombro un gran cuchillo agudo,
ambos de una devisa, rodeados
de gente armada y pláticos soldados.

Seguía el orden tras éstos Lemolemo
arrastrando una pica poderosa
delante de su escuadra, por estremo
lucida entre las otras y vistosa;
un poco atrás del cual iba Gualemo,
cubierto de una piel dura y pelosa
de un caballo marino que su padre
había muerto en defensa de la madre.

Cuenta, no sé si es fábula, que estando
bañándose en la mar, algo apartada,
un caballo marino allí arribando,
fue dél súbitamente arrebatada
y el marido a las voces aguijando
de la cara mujer, del pez robada,
con el dolor y pena de perdella,
al agua se arrojó luego tras ella.

Pudo tanto el amor, que el mozo osado
al pescado alcanzó, que se alargaba
y abrazado con él, por maña, a nado
a la vecina orilla le acercaba,
donde el marino monstruo sobreaguado
( que también el amor ya le cegaba )
dio recio en seco, al tiempo que el reflujo
de las huidoras olas se retrujo.

Soltó la presa libre y sacudiendo
la dura cola, el suelo deshacía,
y aquí y allí el gran cuerpo retorciendo
contra el mozo animoso se volvía,
el cual, sazón y punto no perdiendo,
a las cercanas armas acudía,
comenzando los dos una batalla,
que el mar calmó y el sol paró a miralla.

Mas con destreza el bárbaro valiente
de fuerza y ligereza acompañada
al monstruo devoraz hería en la frente
con una porra de metal herrada.
Al cabo el indio valerosamente
dio felice remate a la jornada,
dejando al gran pescado allí tendido
que más de treinta pies tenía medido.

Y en memoria del hecho hazañoso
digno de le poner en escritura,
del pellejo del pez duro y peloso
hizo una fuerte y fácil armadura.
Muerto Guacol, Gualemo valeroso
las armas heredó y a Quilacura,
ques un valle estendido y muy poblado
de gente rica de oro y de ganado.

Pasó tras éste luego Talcaguano,
que ciñe el mar su tierra y la rodea,
un mástil grueso en la derecha mano
que como un tierno junco le blandea,
cubierto de altas plumas, muy lozano,
siguiéndole su gente de pelea,
por los pechos al sesgo atravesadas
bandas azules, blancas y encarnadas.

Venía tras él Tomé, que sus pisadas
seguían los puelches, gentes banderizas,
cuyas armas son puntas enastadas
de una gran braza, largas y rollizas;
y los trulos también, que usan espadas,
de fe mudable y casas movedizas,
hombres de poco efeto, alharaquientos,
de fuerza grande y chicos pensamientos.

No faltó Andalicán con su lucida
y ejercitada gente en ordenanza,
una cota finísima vestida,
vibrando la fornida y gruesa lanza;
y Orompello, de edad aun no cumplida
pero de grande muestra y esperanza,
otra escuadra de pláticos regía,
llevando al diestro Ongolmo en compañía.

Elicura pasó luego tras éstos
armado ricamente, el cual traía
una banda de jóvenes dispuestos,
de grande presunción y gallardía.
Seguían los llaucos, de almagrados gestos,
robusta y esforzada compañía,
llevando en medio dellos por caudillo
al sucesor del ínclito Ainavillo.

Seguía después Cayocupil, mostrando
la dispuesta persona y buen deseo,
su veterana gente gobernando
con paso grave y con vistoso arreo.
Tras él venía Purén, también guiando,
con no menor donaire y contoneo
una bizarra escuadra de soldados
en la dura milicia ejercitados.

Lincoya iba tras él, casi gigante,
la cresta sobre todos levantada,
armado un fuerte peto rutilante,
de penachos cubierta la celada.
Con desdeñoso término, delante
de su lustrosa escuadra bien cerrada,
el mozo Peycaví luego guiaba
otro espeso escuadrón de gente brava.

Venía en esta reseña en buen concierto
el grave Caniomangue, entristecido
por el insigne viejo padre muerto
a quien había en el cargo sucedido:
todo de negro el blanco arnés cubierto,
y su escuadrón de aquel color vestido,
al tardo són y paso los soldados,
de roncos atambores destemplados.

Fue allí el postrero que pasó en la lista
– primero en todo – Tucapel gallardo,
cubierta una lucida sobrevista
de unos anchos escaques de oro y pardo;
grande en el cuerpo y áspero en la vista,
con un huello lozano y paso tardo,
detrás del cual iba un tropel de gente
arrogante, fantástica y valiente.

El gran Caupolicán, con la otra parte
y resto del ejército araucano,
más encendido que el airado Marte
iba con un bastón corto en la mano
bajo de cuya sombra y estandarte
venía el valiente Curgo y Mareguano,
y el grave y elocuente Colocolo,
Millo, Teguán, Lambecho y Guampicolo.

Seguían luego detrás sus plimayquenes,
tuncos, renoguelones y pencones,
los itatas, mauleses y cauquenes
de pintadas devisas y pendones;
nibequetenes, puelches y cautenes
con una espesa escuadra de peones
y multitud confusa de guerreros
amigos, comarcanos y estranjeros.

Según el mar las olas tiende y crece
así crece la fiera gente armada;
tiembla en torno la tierra y se estremece,
de tantos pies batida y golpeada.
Lleno el aire de estruendo se escurece
con la gran polvoreda levantada,
que en ancho remolino al cielo sube,
cual ciega niebla espesa o parda nube.

Pues nuestro campo en orden semejante
según que dije arriba, don García
al tiempo de partir puesto delante
de aquella valerosa compañía,
con un alegre término y semblante
que dichoso suceso prometía,
moviendo los dispuestos corazones
comenzó de decir estas razones:

“Valientes caballeros, a quien sólo
el valor natural de la persona
os trujo a descubrir el austral polo,
pasando la solar tórrida zona
y los distantes trópicos, que Apolo
( por más que cerca el cielo y le corona )
jamás en ningún tiempo pasar puede
ni el Soberano Autor se le concede:

” ya que con tanto afán habéis seguido
hasta aquí las católicas banderas
y al español dominio sometido
innumerables gentes estranjeras,
el fuerte pecho y ánimo sufrido
poned contra esos bárbaros de veras,
que, vencido esto poco, tenéis llano
todo el mundo debajo de la mano.

” Y en cuanto dilatamos este hecho
y de llegar al fin lo comenzado,
poco o ninguna cosa habemos hecho
ni aun es vuestro el honor que habéis ganado,
que, la causa indecisa, igual derecho
tiene el fiero enemigo en campo armado
a todas vuestras glorias y fortuna
pues las puede ganar con sola una.

” Lo que yo os pido de mi parte y digo
es que en estas batallas y revueltas,
aunque os haya ofendido el enemigo,
jamás vos le ofendáis a espaldas vueltas;
antes le defended como al amigo
si, volviéndose a vos las armas sueltas,
rehuyere el morir en la batalla,
pues es más dar la vida que quitalla.

“Poned a todo en la razón la mira,
por quien las armas siempre habéis tomado,
que pasando los términos la ira
pierde fuerza el derecho ya violado.
Pues cuando la razón no frena y tira
el ímpetu y furor demasiado,
el rigor excesivo en el castigo
justifica la causa al enemigo.

” No sé ni tengo más acerca desto
que decir ni advertiros con razones,
que en detener ya tanto soy molesto
la furia desos vuestros corazones.
¡ Sús, sús, pues, derribad y allanad presto
las palizadas, tiendas, pabellones
y movamos de aquí todos a una
adonde ya nos llama la fortuna !”

Súbito las escuadras presurosas
con grande alarde y con gallardo brío
marchan a las riberas arenosas
del ancho y caudaloso Biobío;
y en equifadas barcas espaciosas
atravesaron luego el ancho río,
entrando con ejército formado
por el distrito y término vedado.

Mas según el trabajo se me ofrece
que tengo de pasar forzosamente,
reposar algún tanto me parece
para cobrar aliento suficiente,
que la cansada voz me desfallece
y siento ya acabárseme el torrente;
mas yo me esforzaré si puedo, tanto
que os venga a contentar el otro canto.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XIV.

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Llega Francisco de Villagrán de noche sobre el fuerte de los enemigos sin ser dello sentido. Da al amanecer súbito en ellos y a la primera refriega muere Lautaro. Trábase la batalla con harta sangre de una parte y de otra.
¿Cuál será aquella lengua desmandada
que a ofender las mujeres ya se atreva,
pues vemos que es pasión averiguada
la que a bajeza tal y error las lleva,
si una bárbara moza no obligada
hace de puro amor tan alta prueba,
con razones y lágrimas salidas
de las vivas entrañas encendidas ?
Que ni la confianza ni el seguro
de su amigo le daba algún consuelo,
ni el fuerte sitio, ni el fosado muro
le basta asegurar de su recelo;
que el gran temor nacido de amor puro
todo lo allana y pone por el suelo,
sólo halla el reparo de su suerte
en el mismo peligro de la muerte.
Así los dos unidos corazones
conformes en amor desconformaban
y dando dello allí demostraciones
más el dulce veneno alimentaban.
Los soldados, en torno los tizones,
ya de parlar cansados reposaban,
teniendo centinelas, como digo,
y el cerro a las espaldas por abrigo.
Villagrá con silencio y paso presto
había el áspero monte atravesado,
no sin grave trabajo, que sin esto
hacer mucha labor es escusado.
Llegado junto al fuerte, en un buen puesto,
viendo que el cielo estaba aún estrellado
paró, esperando el claro y nuevo día,
que ya por el oriente descubría.
De ninguno fue visto ni sentido:
la causa era la noche ser escura
y haber las centinelas desmentido,
por parte descuidada por segura;
caballo no relincha ni hay ruido,
que está ya de su parte la ventura:
ésta hace las bestias avisadas
y a las personas, bestias descuidadas.
Cuando ya las tinieblas y aire escuro
con la esperada luz se adelgazaban,
las centinelas puestas por el muro
al nuevo día de lejos saludaban,
y pensando tener campo seguro
también a descansar se retiraban,
quedando mudo el fuerte y los soldados
en vino y dulce sueño sepultados.
Era llegada al mundo aquella hora
que la escura tiniebla, no pudiendo
sufrir la clara vista de la Aurora,
se va en el occidente retrayendo;
cuando la mustia Clicie se mejora
el rostro al rojo oriente revolviendo,
mirando tras las sombras ir la estrella
y al rubio Apolo Délfico tras ella.
El español que vee tiempo oportuno,
se acerca poco a poco más al fuerte,
sin estorbo de bárbaro ninguno,
que sordos los tenía su triste suerte;
bien descuidado duerme cada uno
de la cercana inexorable muerte:
cierta señal que cerca della estamos
cuando más apartados nos juzgamos.
No esperaron los nuestros más, que en viendo
ser ya tiempo de darles el asalto,
de súbito levantan un estruendo
con soberbio alarido horrendo y alto;
y en tropel ordenado arremetiendo
al fuerte van a dar de sobresalto:
al fuerte más de sueño bastecido
que al presente peligro apercebido.
Como los malhechores que en su oficio
jamás pueden hallar parte segura
por ser la condición propia del vicio
temer cualquier fortuna y desventura,
que no sienten tan presto algún bullicio
cuando el castigo y mal se les figura
y corren a las armas y defensa,
según que cada cual valerse piensa,
así medio dormidos y despiertos
saltan los araucanos alterados,
y del peligro y sobresalto ciertos,
baten toldos y ranchos levantados.
Por verse de corazas descubiertos
no dejan de mostrar pechos airados,
mas con presteza y ánimo seguro
acuden al reparo de su muro.
Sacudiendo el pesado y torpe sueño
y cobrando la furia acostumbrada,
quién el arco arrebata, quién un leño,
quién del fuego un tizón y quién la espada;
quién aguija al bastón de ajeno dueño,
quién por salir más presto va sin nada,
pensando averiguarlo desarmados,
si no pueden a puños, a bocados.
Lautaro a la sazón, según se entiende,
con la gentil Guacolda razonaba;
asegúrala, esfuerza y reprehende
de la desconfianza que mostraba.
Ella razón no admite y más se ofende,
que aquello mayor pena le causaba,
rompiendo el tierno punto en sus amores
el duro són de trompas y atambores.
Mas no salta con tanta ligereza
el mísero avariento enriquecido
que siempre está pensando en su riqueza,
si siente de ladrón algún ruido,
ni madre así acudió con tal presteza
al grito de su hijo muy querido
temiéndole de alguna bestia fiera,
como Lautaro al són y voz primera.
Revuelto el manto al brazo, en el instante
con un desnudo estoque y él desnudo,
corre a la puerta el bárbaro arrogante,
que armarse así tan súbito no pudo.
¡ Oh pérfida Fortuna ! , ¡ oh inconstante !
¡ cómo llevas tu fin por punto crudo,
que el bien de tantos años, en un punto,
de un golpe lo arrebatas todo junto !
Cuatrocientos amigos comarcanos
por un lado la fuerza acometieron,
que en ayuda y favor de los cristianos
con sus pintados arcos acudieron,
que con estrema fuerza y prestas manos
gran número de tiros despidieron:
del toldo el hijo de Pillán salía
y una flecha a buscarle que venía
por el siniestro lado, ¡ oh dura suerte !,
rompe la cruda punta y tan derecho,
que pasa el corazón más bravo y fuerte
que jamás se encerró en humano pecho;
de tal tiro quedó ufana la muerte,
viendo de un solo golpe tan grande hecho;
y usurpando la gloria al homicida,
se atribuye a la muerte esta herida.
Tanto rigor la aguda flecha trujo
que al bárbaro tendió sobre la arena,
abriendo puerta a un abundante flujo
de negra sangre por copiosa vena;
del rostro la color se le retrujo,
los ojos tuerce y con rabiosa pena
la alma, del mortal cuerpo desatada,
bajó furiosa a la infernal morada.
Ganan los nuestros foso y baluarte,
que nadie los impide ni embaraza,
y así por veinte lados la más parte
pisaba de la fuerza ya la plaza;
los bárbaros con ánimo y sin arte,
sin celada ni escudo y sin coraza
comienzan la batalla peligrosa,
cruda, fiera, reñida y sanguinosa.
En oyendo los indios estranjeros
que con Lautaro estaban recogidos
el súbito rumor, salen ligeros,
del miedo y sobresalto apercebidos;
mas sintiendo los golpes carniceros,
el ánimo turbado y los sentidos,
con atentas orejas acechaban
adónde con menor rigor sonaban.
Como tímidos gamos, que el ruido
sienten del cazador y atentamente,
altos los cuellos, tienden el oído
hacia la parte que el rumor se siente,
y el balar de la gama conocido
que apedazan los perros y la gente,
con furioso tropel toman la vía
que más de aquel peligro se desvía;
la baja y vil canalla, acostumbrada
a rendirse al temor de aquella suerte,
por ciega senda inculta y desusada
rompe el camino y desampara el fuerte
acá y allá corriendo derramada:
y era tan grande el miedo de la muerte
que al más valiente y bravo se le antoja
ver un fiero español tras cada hoja.
Pero aquellos que nunca el miedo pudo
hacerlos con peligros de su bando,
poniendo osado pecho por escudo
están la antigua riña averiguando;
la desnuda cabeza del agudo
cuchillo no se vee estar rehusando,
ni rehusa la espada la siniestra,
ejercitando el uso de la diestra.
Que el joven Corpillán, no desmayado
porque su espada y mano vino a tierra
antes en ira súbita abrasado,
contra la parte del contrario cierra;
y habiendo ya la espada recobrado,
la diestra, que aun bullendo el puño afierra,
lejos con gran desdén y furia lanza,
ofreciendo la izquierda a la venganza.
Flaqueza en Millapol no fue sentida
viéndole atravesado por la ijada
y la cabeza de un revés hendida,
ni por pasalle el pecho una lanzada;
que de espumosa sangre a la salida
vino la media lanza acompañada,
dejando aquel lugar della vacío,
aunque lleno de rabia y nuevo brío:
que a dos manos la maza aprieta fuerte
y con furia mayor la gobernaba:
bien se puede llamar de triste suerte
aquel que el fiero bárbaro alcanzaba;
con la rabia postrera de la muerte
una vez el ferrado leño alzaba,
mas faltóle la vida en aquel punto,
cayendo cuerpo y maza todo junto.
Aunque la muerte en medio del camino
le quebrantó el furor con que venía,
un valiente español a tierra vino
del peso y movimiento que traía,
mas luego puesto en pie, con desatino
hacia el lugar del dañador volvía,
y viendo el cuerpo muerto dar en tierra,
pensando que era vivo, con él cierra,
y encima del cadáver arrojado,
de dar la muerte al muerto deseoso,
recio por uno y por el otro lado
hiere y ofende el cuerpo sanguinoso,
hasta tanto que, ya desalentado,
se firma recatado y sospechoso,
y vio a aquel que aferrado así tenía
vueltos los ojos y la cara fría.
Traía la espada en esto Diego cano
tinta de sangre, y con Picol se junta,
haciendo atrás la rigurosa mano
el pecho le barrena de una punta;
turbado de la muerte el araucano
cayó en tierra, la cara ya difunta,
bascoso, revolviéndose en el lodo
hasta que la alma despidió del todo.
De dos golpes Hernando de Alvarado
dio con el suelto Talco en tierra muerto,
pero fue mal herido por un lado
del gallardo Guacoldo en descubierto;
estuvo el español algo atronado,
mas del atronamiento ya despierto,
corriendo al fuerte bárbaro derecho
la espada le escondió dentro del pecho.
El viejo Villagrán, con la sangrienta
espada por los bárbaros rompiendo,
mata, hiere, tropella y atormenta,
a tiempo a todas partes revolviendo;
un golpe a Nico en la cabeza asienta,
el cual los turbios ojos revolviendo
a tierra vino muerto; y de otro a Polo
le deja con el brazo izquierdo solo.
Usadas las espadas al acero,
topando la desnuda carne blanda,
ayudadas de un ímpetu ligero
dan con piernas y brazos a la banda.
No rehusa el segundo ser primero,
antes todos siguiendo una demanda,
como olas que creciendo van, crecían,
y a la muerte animosos se ofrecían.
La gente una con otra así se cierra,
que aún no daban lugar a las espadas;
apenas los mortales van a tierra
cuando estaban sus plazas ocupadas.
Unos por encima de otros se dan guerra,
enhiestas las personas y empinadas
y de modo a las veces se apretaban,
que a meter por la espada se ayudaban.
Las armas con tal rabia y fuerza esgrimen
que los más de los golpes son mortales;
y los que no lo son, así se imprimen
que dejan para siempre las señales;
todos al descargar los brazos gimen
mas salen los efetos desiguales;
que los unos topaban duro acero,
los otros al desnudo y blando cuero.
Como parten la carne en los tajones
con los corvos cuchillos carniceros,
y cual de fuerte hierro los planchones
baten en dura yunque los herreros,
así es la diferencia de los sones
que forman con sus golpes los guerreros:
quién la carne y los huesos quebrantado,
quién templados arneses abollando.
Pues Juan de Villagrán firme en la silla
contra Guarcondo a toda furia parte,
y la lanza le echó por la tetilla
con una braza de asta a la otra parte.
El bárbaro, la cara ya amarilla,
se arrima desmayado al baluarte,
dando en el suelo súbita caída,
el alma gomitó por la herida.
Pero Rengo, su hermano, que en el suelo
el cuerpo vio caer descolorido,
cuajósele la sangre, y hecho un hielo,
del súbito dolor perdió el sentido;
mas vuelto en sí, se vuelve contra el cielo
blasfemado el soberbio y descreído
y el ñudoso bastón alzando en alto,
a Juan de Villagrán llegó de un salto.
Mas antes Pon con una flecha presta
hirió al caballo en medio de la frente;
empínase el caballo, el cuello enhiesta,
al freno y a la espuela inobediente
y entre los brazos la cabeza puesta,
sacude el lomo y piernas impaciente:
rendido Villagrán al duro hado
desocupó el arzón y ocupó el prado.
Apenas en el suelo había caído
cuando la presta maza decendía
con una estraña fuerza y un ruido,
que rayo o terremoto parecía;
del golpe el español quedó adormido
y el bárbaro con otro revolvía,
bajando a la cabeza de manera
que sesos, ojos y alma le echó fuera.
Y con venganza tal no satisfecho
del caso desastrado del hermano,
antes con rabia y más despecho
hiere de tal manera a Diego Cano,
que, la barba inclinada sobre el pecho,
se le cayó la rienda de la mano,
y sin ningún sentido, casi frío,
el caballo lo lleva a su albedrío.
En medio de la turba embravecido
esgrime en torno la ferrada maza;
a cuál deja contrecho, a cuál tullido,
cuál el pescuezo del caballo abraza;
quién se tiende en las ancas aturdido,
quién, forzado, el arzón desembaraza:
que todo a su pujanza y furia insana
se le bate, derriba y se le allana.
Por partes más de diez le iba manando
la sangre, de la cual cubierto andaba;
pero no desfallece, antes bramando,
con más fuerza y rigor los golpes daba.
Ligero corre acá y allá saltando,
arneses y celadas abollaba,
hunde las altas crestas, rompe sesos,
muele los nervios, carne y duros huesos.
En esto un gran rumor iba creciendo
de espadas, lanzas, grita y vocería,
al cual confusamente, no sabiendo
la causa, mucha gente allí acudía;
y era un gallardo mozo que, esgrimiendo
un fornido cuchillo, discurría
por medio de las bárbaras espadas,
haciendo en armas cosas estremadas.
Venía el valiente mozo belicoso
de una furia diabólica movido,
el rostro fiero, sucio y polvoroso,
lleno de sangre y de sudor teñido,
como el potente Marte sanguinoso
cuando de furor bélico encendido
bate el ferrado escudo de Vulcano,
blandiendo la asta en la derecha mano.
Con un diestro y prestísimo gobierno
el pesado cuchillo rodeaba,
y a Cron, como si fuera junco tierno,
en dos partes de un golpe lo tajaba;
tras éste al diestro Pon envía al infierno
y tras de Pon a Lauco despachaba,
no hallando defensa en armadura,
descuartiza, desmiembra y desfigura.
Llamábase éste Andrea, que en grandeza
y proporción de cuerpo era gigante,
de estirpe humilde, y su naturaleza
era arriba de Génova al levante;
pues con aquella fuerza y ligereza
a los robustos miembros semejante,
el gran cuchillo esgrime de tal suerte
que a todos los que alcanza da la muerte.
De un tiro a Guaticol por la cintura
le divide en dos trozos en la arena,
y de otro al desdichado Quilacura
limpio el derecho muslo le cercena;
pues de golpes así desta hechura
la gran plaza de muertos deja llena,
que su espada a ninguno allí perdona,
y unos cuerpos sobre otros amontona.
A Colca de los hombros arrebata
la cabeza de un tajo, y luego tiende
la espada hacia Maulén, señor de Itata,
y de alto a bajo de un revés le hiende;
lanzas, hachas y mazas desbarata,
que todo el pueblo bárbaro le ofende,
llevando muchos tiros enclavados
en los pechos, espaldas y en los lados.
Como la osa valiente perseguida
cuando le van monteros dando caza
que con rabia, sintiéndose herida,
los ñudosos venablos despedaza,
y furiosa, impaciente, embravecida,
la senda y callejón desembaraza,
que los heridos perros lastimados
le dan ancho lugar escarmentados,
de la misma manera el fiero Andrea
cercado de los bárbaros venía,
pero de tal manera se rodea
que gran camino con la espada abría;
crece el hervor, la grita y la pelea,
tanto que la más gente allí acudía;
he ahí a Rengo también ensangrentado
que llega a la sazón por aquel lado.
Y como dos mastines rodeados
de gozques importunos, que en llegando
a verse, con los cerros erizados
se van el uno al otro regañando,
así los dos guerreros señalados,
las inhumanas armas levantando,
se vienen a herir…Pero el combate
quiero que al otro canto se dilate.

Alonso de Ercilla La Araucana Canto XI

Canto XI
Canto onceno en el cual se caban las fiestas y diferencias, y caminando Lautaro sobre la ciudad de Santiago, antes de llegar a ella hace un fuerte en el cual metido, vienen los españoles sobre él, donde tuvieron una recia batalla.
Cuando los corazones nunca usados
a dar señal y muestra de flaqueza
se ven en lugar público afrentados,
entonces manifiestan su grandeza,
fortalecen los miembros fatigados,
despiden el cansancio y la torpeza,
y salen fácilmente con las cosas
que eran antes, Señor, dificultosas.
Así le vino a Rengo, que, en cayendo,
tanto esfuerzo le puso el corrimiento,
que lleno de furor y en ira ardiendo,
se le dobló la fuerza y el aliento;
y al enemigo fuerte no pudiendo
ganarle antes un paso, agora ciento
alzado de la tierra lo llevaba,
que aun afirmar los pies no le dejaba.
Adelante la cólera pasara
y hubiera alguna brega en aquel llano,
si receloso desto no bajara
presto de arriba el hijo de Pillano
que de Caupolicán traía la vara
y él propio los aparta de su mano;
que no fue poco, en tanto encendimiento
tenerle este respeto y miramiento.
Siendo desta manera sin ruido
despartida la lucha ya enconada,
le fue a Rengo su honor restituido
mas quedó sin derecho a la celada.
Aun no estaba del todo difinido
ni la plaza de gente despejada,
cuando el mozo Orompello dijo presto:
” Mi vez ahora me toca, mío es el puesto.”
Que bramando entre sí se deshacía
esperando aquel tiempo deseado,
viendo que Leucotón ya mantenía,
del tiro de la lanza no olvidado;
con gran desenvoltura y gallardía
salta el palenque y entra el estacado
y en medio de la plaza, como digo,
llamaba cuerpo a cuerpo al enemigo.
La trápala y murmurio en el momento
creció, porque parando el pueblo en ello,
conoce por allí cuán descontento
del fuerte Leucotón está Orompello;
témese que vendrán a rompimiento
mas nadie se atraviesa a defendello,
antes la plaza libre los dejaron
y los vacíos lugares ocuparon.
El pueblo, de la lucha deseoso,
la más parte a Orompello se inclinaba;
mira los bellos miembros y el airoso
cuerpo que a la sazón se desnudaba,
la gracia, el pelo crespo y el hermoso
rostro, donde su poca edad mostraba,
que veinte años cumplidos no tenía
y a Leucotón a fuerzas desafía.
Juzgan ser desconformes los presentes
las fuerzas destos dos por la apariencia
viendo del uno el talle, y los valientes
niervos, edad perfeta y esperiencia,
y del otro los miembros diferentes,
la tierna edad y grata adolescencia
aunque a tal opinión contradecía
la muestra de Orompello y osadía,
que puesto en su lugar, ufano espera
el són de la trompeta, como cuando
el fogoso caballo en la carrera
la seña del partir está aguardando.
Y cual halcón que en la húmida ribera
ve la garza de lejos blanqueando,
que se alegra y se pule ya lozano
y está por arrojarse de la mano,
el gallardo Orompello así esperaba
aquel alegre són para moverse
que de ver la tardanza, imaginaba
que habían impedimentos de ofrecerse.
Visto que tanto ya se dilataba,
queriendo a su sabor satisfacerse,
derecho a Leucotón sale animoso,
que no fue en recebirle perezoso.
En gran silencio vuelto el rumor vano,
quedando mudos todos los presentes,
en medio de la plaza mano a mano
salen a se probar los dos valientes.
Como cuando el lebrel y fiero alano,
mostrándose con ronco són los dientes,
yertos los cerros y ojos encendidos
se vienen a morder embravecidos,
de tal modo los dos amordazados,
sin esperar trompeta ni padrino,
de coraje y rencor estimulados,
de medio a medio parten el camino;
y en un instante iguales, aferrados
con estremada fuerza y diestro tino,
se ciñeron los brazos poderosos,
echándose a los pies lazos ñudosos.
Las desconformes fuerzas, aunque iguales,
los lleva, arroja y vuelve a todos lados;
viéranlos sin mudarse a veces tales
que parecen en tierra estar clavados;
donde ponen los pies dejan señales,
cavan el duro suelo y apretados,
juntándose rodillas con rodillas,
hacen crujir los huesos y costillas.
Cada cual del valor, destreza y maña
usaba que en tal tiempo usar podía,
viendo el duro tesón y fuerza estraña
que en su recio adversario conocía;
revuélvense los dos por la campaña
sin conocerse en nadie mejoría,
pero tanto de acá y de allá anduvieron
que ambos juntos a un tiempo en tierra dieron.
Fue tan presto el caer y en el momento
tan presto el levantarse, por manera
que se puede decir que el más atento
a mover la pestaña no lo viera.
Ventaja ni señal de vencimiento
juzgarse por entonces no pudiera,
que Leucotón arrodilló en el llano
y Orompello tocó sola una mano.
En esto los padrinos se metieron
y a cada lado el suyo retirando,
en disputa la lucha resumieron
sus puntos y razones alegando.
De entrambas partes gentes acudieron
la porfía y rumor multiplicando;
quién daba al uno el precio, honor y gloria,
quién cantaba del otro la vitoria.
Tucapelo, que estaba en su asiento
a la diestra del hijo de Pillano,
visto lo que pasaba, en el momento
salta la plaza, la ferrada en mano,
y con aquel usado atrevimiento
dice: ” El precio ganó mi primo hermano
y si alguno esta causa me defiende,
haréle yo entender que no lo entiende.
” La joya es de Orompello y quien bastante
se halle a reprobar el voto mío,
en campo estamos: hágase adelante
que, en suma, le desmiento y desafío.”
Leucotón con un término arrogante
dice: ” Yo amansaré tu loco brío
y el vano orgullo y necio devaneo
que mucho tiempo ha ya que lo deseo.”
” Conmigo lo has de haber, que comenzado
juego tenemos ya “, dijo Orompello.
Responde Leucotón fiero y airado:
” Contigo y con tu primo quiero habello.”
Caupolicán en esto era llegado,
que del supremo asiento viendo aquello
había bajado a la sazón confuso
y allí su autoridad toda interpuso.
Leucotón y Orompello, conociendo
que el gran Caupolicán allí venía,
las enconosas voces reprimiendo
cada cual por su parte se desvía;
mas Tucapel la maza revolviendo,
que otro acuerdo y concierto no quería,
lleno de ira diabólica no calla,
llamando a todo el mundo a la batalla.
Ruegos y medios con él no valen nada
del hijo de Leocán ni de otra gente,
diciendo que a Orompello la celada
le den por vencedor y más valiente;
después que en plaza franca y estacada
con Leucotón le dejen libremente,
donde aquella disputa se dicida,
perdiendo de los dos uno la vida.
Puesto Caupolicán en este aprieto,
lleno de rabia y de furor movido,
le dice: ” Haré que guardes el respeto
que a mi persona y cargo le es debido.”
Tucapel le responde: ” Yo prometo
que por temor no baje del partido
y aquel que en lo que digo no viniere,
haga a su voluntad lo que pudiere.
” Guardaré respeto, si derecho
en lo que justo pido me guardares,
y mientras que con recto y sano pecho
la causa sin pasión desto mirares.
Mas si contra razón, sólo de hecho,
torciendo la justicia lo llevares,
por ti y tu cargo y todo el mundo junto
no perderé de mi derecho un punto.”
Caupolicán, perdida la paciencia,
se mueve a Tucapel determinado
mas Colocolo, viejo de esperiencia,
que con temor le andaba siempre al lado,
le hizo una acatada resistencia
diciendo: ” ¿ Estás., señor, tan olvidado
de ti y tu autoridad y salud nuestra
que lo pongas en sólo alzar la diestra ?
” Mira, señor, que todo se aventura,
mira que están los más ya diferentes;
de Tucapel conoces la locura
y la fuerza que tiene de parientes;
lo que enmendar se puede con cordura,
no lo enmiendes con sangre de inocentes.
Dale a Orompello el contendido precio
y otro al competidor , de igual aprecio.
” Si por rigor y término sangriento
quieres poner en riesgo lo que queda,
puesto que sobre fijo fundamento
Fortuna a tu sabor mueva la rueda
y el juvenil furor y atrevimiento
castigar a tu salvo te conceda,
queda tu fuerza más disminuida
y al fin tu autoridad menos temida.
” Pierdes dos hombres, pierdes dos espadas
que el límite araucano han estendido,
y en las fieras naciones apartadas
hacen que sea tu nombre tan temido;
si agora han sido aquí desacatada,
mira lo que otras veces han servido
en trances peligrosos, derramando
la sangre propia y del contrario bando.”
Imprimieron así en Caupolicano
las razones y celo de aquel viejo
que, frenando el furor, dijo: ” En tu mano
lo dejo todo y tomo ese consejo.”
Con tal resolución, el sabio anciano
viendo abierto camino y aparejo,
habló con Leucotón que vino en todo
y a los primos después del mismo modo.
Y así el viejo eficaz los persuadiera;
que en tal discordia y caso tan diviso,
lo que el mundo universo no pudiera,
pudo su discreción y buen aviso.
Fuelos, pues, reduciendo de manera
que vinieron a todo lo que quiso
pero con condición que la celada
por precio al Orompello fuese dada.
Pues la rica celada allí traída
al ufano Orompello le fue puesta,
y una cuera de malla guarnecida
de fino oro a la par vino con ésta
y al mismo tiempo a Leucotón vestida.
Todos conformes, en alegre fiesta
a las copiosas mesas se sentaron
donde más la amistad confederaron.
Acabado el comer, lo que del día
les quedaba, las mesas levantadas,
se pasó en regocijo y alegría
tejiendo en corros danzas siempre usadas
donde un número grande intervenía
de mozos y mujeres festejadas,
que las pruebas cesaron y ocasiones
atento a no mover nuevas quistiones.
Cuando la noche el horizonte cierra
y con la negra sombra el mundo abraza,
los principales hombres de la tierra
se juntaron en una antigua plaza
a tratar de las cosas de la guerra
y en discurso dellas dar la traza,
diciendo que el subsidio padecido
había de ser con sangre redemido.
Salieron con que al hijo de Pillano
se cometiese el cargo deseado,
y el número de gente por su mano
fuese absolutamente señalado;
tal era la opinión del araucano
y tal crédito y fama había alcanzado,
que si asolar el cielo prometiera,
crédito a la promesa se le diera.
Y entre la gente joven más granada
fueron por él quinientos escogidos,
mozos gallardos , de la vida airada
por más bravos que pláticos tenidos;
y hobby de otros , por ir esta jornada,
tantos ruegos, protestos y partidos,
que escusa no bastó ni impedimento
a no exceder la copia en otros ciento.
Los que Lautaro escoge son soldados
amigos de inquietud, facinerosos,
en el duro trabajo ejercitados,
perversos, disolutos, sediciosos,
a cualquier maldad determinados,
de presas y ganancias codiciosos,
homicidas, sangrientos, temerarios,
ladrones, bandoleros y corsarios.
Con esta buena gente caminaba
hasta Maule de paz atravesando,
y las tierras, después, por do pasaba
las iba a fuego y sangre sujetando.
Todo sin resistir se le allanaba
poniéndose debajo de su mando;
los caciques le ofrecen francamente
servicio, armas, comida, ropa y gente.
Así que por los pueblos y ciudades
la comarca los bárbaros destruyen,
talan comidas, casas y heredades,
que los indios de miedo al pueblo huyen;
stupros, adulterios y maldades
por violencia sin término concluyen,
no reservando edad, estado y tierra,
que a todo riesgo y trance era la guerra.
No paran, con la gana que tenían
de venir con los nuestros a la prueba;
los indios comarcanos que huían
llevan a la ciudad la triste nueva.
Rumores y alborotos se movían,
el bélico bullicio se renueva,
aunque algunos que el caso contemplaban
a tales nuevas crédito no daban.
Dicen que era locura claramente
pensar que así una escuadra desmandada
de tan pequeño número de gente
se atreviese a emprender esta jornada,
y más contra ciudad tan eminente
y lejos de su tierra y apartada;
pero los que de Penco habían salido
tienen por más el daño que el ruido.
Votos hay que saliesen al camino
( éstos son de los jóvenes briosos );
otros, que era imprudencia y desatino
por los pasos y sitios peligrosos.
A todo con presteza se previno,
que de grandes reparos ingeniosos
el pueblo fortalecen y en un punto
despachan corredores todo junto,
debajo de un caudillo diligente
que verdadera relación trujese
del número y designio de la gente,
con comisión, si lance le saliese
a su honor y defensa conveniente,
que al bárbaro escuadrón acometiese,
volviendo a rienda suelta dos soldados
para que dello fuesen avisados.
Por no haber caso en esto señalado,
abrevio con decir que se partieron
y al cuarto día con ánimo esforzado
sobre el campo enemigo amanecieron;
trabóse el juego y no duró trabado,
que los bárbaros luego les rompieron
y todos con cuidado y pies ligeros
resolvieron a ser los mensajeros.
Sin aliento, cansados y afligidos
vuelven con testimonio asaz bastante
de cómo fueron rotos y vencidos
por la fuerza del bárbaro pujante,
lasos, llenos de sangre, malheridos,
con pérdida de un hombre el cual delante
y en medio de los campos desmandado,
a manos de Lautaro había espirado.
Cuentan que levantado un muro había
adonde con sus bárbaros se acoge
y que infinita gente le acudía,
de la cual la más diestra y fuerte escoge;
también que bastimentos cada día
y cantidad de munición recoge,
afirmando, por cierto, fuera desto,
que sobre la ciudad llegará presto.
Quien incrédulo dello antes estaba,
teniendo allí el venir por desvarío,
a tan clara señal crédito daba,
helándole la sangre un miedo frío.
Quién de pura congoja trasudaba,
que de Lautaro ya conoce el brío;
quién con ardiente y animoso pecho
bramaba por venir más presto al hecho.
Villagrán enfermado acaso había;
no puede a la sazón seguir la guerra,
mas con ruegos y dádivas movía
la gente más gallarda de la tierra,
y por caudillo en su lugar ponía
un caro primo suyo con quien se encierra
todo lo que conviene a buen soldado:
Pedro de Villagrán era llamado.
Èste sin más tardar tomó el camino
en demanda del bárbaro Lautaro
y el cargo que tan loco desatino
como es venir allí, le cueste caro.
Diose tal priesa a andar que presto vino
a la corva ribera del río Claro,
que vuelve atrás en círculo gran trecho,
después hasta la mar corre derecho.
Media legua pequeña elige un puesto
de donde estaba el bárbaro alojado,
el lugar mejor y más dispuesto
y allí, por ver la noche, ha reparado;
estaba a cualquier trance y rumor presto,
de guardia y centinelas rodeado
cuando, sin entender la cosa cierta,
gritaban: “¡ Arma !, ¡ arma!; ¡ alerta !, ¡ alerta ! “
Esto fue que Lautaro había sabido
como allí nuestra gente era llegada,
que después de la haber reconocido
por su misma persona y numerada,
volvióse sin de nadie ser sentido
y mostrando estimarlo todo en nada,
hizo de los caballos que tenía
soltar el de más furia y lozanía.
Diciendo en alta voz: ” Si no me engaño,
no deben de saber que soy Lautaro
de quien han recebido tanto daño,
daño que no tendrá jamás reparo;
mas porque no me tengan por estraño
y el ser yo aquí venido sea más claro,
sabiendo con quien vienen a la prueba,
quiero que este rocín lleve la nueva.”
Diez caballos, Señor, había ganado
en la refriega y última revuelta;
el mejor ensillado y enfrenado,
porque diese el aviso cierto, suelta.
Siendo el feroz caballo amenazado,
hacia el campo español toma la vuelta
al rastro y al olor de los caballos
y ésta fue la ocasión de alborotallos.
Venía con un rumor y furia tanta
que dio mas fuerza al arma y mayor fuego;
la gente recatada se levanta
con sobresalto y gran desasosiego.
El escándalo no fue tanto cuanta
era después la burla, risa y juego,
de ver que un animal de tal manera
en arma y alboroto los pusiera.
Pasaron sin dormir la noche en esto
hasta el nuevo apuntar de la mañana,
que con ánimo y firme presupuesto
de vencer o morir, de buena gana
salen del sitio y alojado puesto
contra la gente bárbara araucana,
que no menos estaba acodiciada
del venir al efeto de la espada.
Un edicto Lautaro puesto había
que quien fuera del muro un paso diese,
como por crimen grave y rebeldía,
sin otra información luego muriese;
así el temor frenando a la osadía,
por más que la ocasión la conmoviese
las riendas no rompió de la obediencia
ni el ímpetu pasó de su licencia.
Del muro estaba el bárbaro cubierto,
no dejando salir soldado fuera;
quiere que su partido sea más cierto
encerrando a los nuestros de manera
que no les aproveche en campo abierto
de ligeros caballos la carrera
mas sólo ánimo esfuerzo y entereza
y la virtud del brazo y fortaleza.
Era el orden así, que acometiendo
la plaza, al tiempo del herir volviesen
las espaldas los bárbaros huyendo,
porque dentro los nuestros se metiesen;
y algunos por de fuera revolviendo,
antes que los cristianos se advirtiesen,
ocuparles las puertas del cercado,
y combatir allí a campo cerrado.
Con tal ardid los indios aguardaban
a la gente española que venía
y en viéndola asomar la saludaban
alzando una terrible vocería;
soberbios desde allí la amenazaban
con audacia, desprecio y bizarría,
quién la fornida pica blandeando,
quién la maza ferrada levantando.
Como toros que van a salir lidiados,
cuando aquellos que cerca lo desean,
con silbos y rumor de los tablados
seguros del peligro los torean,
y en su daño los hierros amolados
sin miedo amenazándolos blandean:
así la gente bárbara araucana
del muro amenazaba a la cristiana.
Los españoles, siempre con semblante
de parecerles poca aquella caza,
paso a paso caminan adelante
pensando de allanar la fuerte plaza,
en alta voz diciendo: ” No es bastante
el muro ni la pica y dura maza
a estorbaros la muerte merecida
por la gran desvergüenza cometida.”
Llegados de la fuerza poco trecho,
reconocida bien por cada parte,
pónenle el rostro y sin torcer, derecho,
asaltan el fosado baluarte,
Por acabado tienen aquel hecho;
de los bárbaros huye la más parte,
ganan las puertas francas con gran gloria,
cantando en altas voces la vitoria.
No hubiera relación deste contento
si los primeros indios aguardaran
tanto espacio y sazón cuanto un momento
que las puertas los últimos tomaran,
mas viéndolos entrar, sin sufrimiento
ni poderse abstener, luego reparan;
haciendo la señal que no debían,
hicieron revolver los que huían.
Como corre el caballo cuando ha olido
las yeguas que atrás quedan y querencia
que allí el intento inclina y el sentido,
gime y relincha con celosa ausencia,
afloja el curso, atrás tiende el oído,
alerto a si el señor le da licencia,
que a dar la vuelta aún no le ha señalado
cuando sobre los pies ha volteado,
de aquel modo los bárbaros huyendo
con muestra de temor, aunque fingida,
firman el paso presuroso oyendo
la alegre y cierta seña conocida,
y en contra de los nuestros esgrimiendo
la cruda espada, al parecer rendida,
vuelven con una furia tan terrible
que el suelo retembló del són terrible.
Como por sesgo mar del manso viento
siguen las graves olas el camino
y con furioso y recio movimiento
salta el contrario Coro repentino,
que las arenas del profundo asiento
las saca arriba en turbio remolino,
y las hinchadas olas revolviendo
al tempestuoso Coro van siguiendo.
De la misma manera a nuestra gente
que el alcance sin término seguía,
la súbita mudanza de repente
le turbó la vitoria y alegría
que, sin se reparar, violentamente
por el mismo camino revolvía,
resistiendo con ánimo esforzado
el número de gente aventajado.
Mas como un caudaloso río de fama,
la presa y palizada desatando,
por inculto camino se derrama
los arraigados troncos arrancando,
cuando con desfrenado curso brama
cuanto topa delante arrebatando
y los duros peñascos enterrados
por las furiosas aguas son llevados,
con ímpetu y violencia semejante
los indios a los nuestros arrancaron,
y sin pararles cosa por delante
en furiosa corriente los llevaron,
hasta que con veloz furor pujante
de la cerrada plaza los lanzaron,
que el miedo de perder allí la vida
les hizo el paso llano a la salida.
De más priesa y con pies más desenvueltos
los sueltos españoles que a la entrada,
en una polvorosa nube envueltos
salen del cerco estrecho y palizada;
entre ellos van los bárbaros revueltos,
una gente con otra amontonada,
que sin perder un punto se herían
de manos y de pies como podían.
No el alzado pecho y agujeros
que fuera del entorno había cavados,
ni la fajina y suma de maderos
con los fuertes bejucos amarrados
detuvieron el curso a los ligeros
caballos, de los hierros hostigados,
que como si volaran por el viento,
salieron a lo llano en salvamento.
Los españoles sin parar corriendo
libre la plaza a los contrarios dejan,
que la fortuna próspera siguiendo
con prestos pies y manos los aquejan;
pero los nuestros, el morir temiendo,
siempre alargan el paso y más se alejan,
deteniendo a las veces flojamente
la gran furia y pujanza de la gente.
Bien una legua larga habían corrido
a toda furia por la seca arena;
sólo Lautaro no los ha seguido,
lleno de enojo y de rabiosa pena.
Viendo el poco sustén del mal regido
campo, tan recio el rico cuerno suena,
que los más delanteros los sintieron
y al són, sin más correr, se retrujeron.
Estaba así impaciente y enojado
que mirarle a la cara nadie osaba
y al pabellón él solo retirado,
un nuevo edicto publicar mandaba,
que guerrero ninguno fuese osado
salir un paso fuera de la cava,
aunque los españoles revolviesen
y mil veces el fuerte acometiesen.
Después, llamando a junta a los soldados
aunque ardiendo en furor, templadamente
les dice: ” Amigos, vamos engañados,
si con tan poco número de gente
pensamos allanar los levantados
muros de una ciudad así eminente;
la industria tiene aquí más fuerza y parte
que la temeridad del fiero Marte.
” Ésta los fieros ánimos reprime
y a los flacos y débiles esfuerza;
las cervices indómitas oprime
y las hace domésticas por fuerza;
ésta el honor y pérdidas redime
y la sazón usar della nos fuerza,
que la industria solícita y Fortuna
tienen conformidad y andan a una.
” Cumple partir de aquí, muestras haciendo
que sólo de temor nos retiramos,
y asegurar los españoles, viendo
cómo el honor y campo les dejamos;
que después a su tiempo revolviendo,
haremos lo que así dificultamos,
teniendo ellos el llano y por guarida
vecina la ciudad fortalecida.”
El hijo de Pillán esto decía
cuando asomaba el bando castellano,
que con esfuerzo nuevo y osadía
quiere probar segunda vez la mano.
Fue tanto el alborozo y alegría
de los bárbaros, viendo por el llano
aparecer los nuestros, que al momento
gritan y baten palmas de contento.
En esto los cristianos acercando
poco a poco se van a la batalla,
y al justo tiempo del partir llegando,
dejan irse a la bárbara canalla;
que uno la maza en alto, otro bajando
la pica, el cuerpo esento en la muralla,
con animoso esfuerzo se mostraban
y al ejercicio bélico incitaban.
Unos acuden a las anchas puertas
y comienzan allí el combate duro;
de escudos las cabezas bien cubiertas
se llegan otros al guardado muro;
otros buscan por partes descubiertas
la subida y el paso más seguro;
hinche el bando español la cava honda
y el araucano el muro a la redonda.
Pero el pueblo español con osadía,
cubierto de fortísimos escudos
la lluvia de los tiros resistía
y los botes de lanzas muy agudos.
Era tanta la grita y armonía
y el espeso batir de golpes crudos,
que Maule el raudo curso refrenaba
confuso al són que en torno ribombaba.
Por las puertas y frente y por los lados
el muro se combate y se defiende;
allí corren con priesa amontonados
adonde más peligro haber se entiende;
allí con prestos golpes esforzados
a su enemigo cada cual ofende
con furia tan terrible y fuerza dura
que poco importa escudo ni armadura.
Los nuestros hacia atrás se retrujeron,
de los tiros y golpes impelidos,
tres veces y otras tantas revolvieron
de vergonzosa cólera movidos.
Gran pieza la fortuna resistieron
mas ya todos andaban mal heridos,
flacos, sin fuerza, lasos, desangrados
y de sangre los hierros colorados.
El coraje y la cólera es de suerte
que va en aumento el daño y la crueza;
hallan los españoles siempre el fuerte
más fuerte y en los golpes más dureza;
sin temor acometen de la muerte,
pero poco aprovecha esta braveza,
quel que menos herido y flaco andaba
por seis partes la sangre derramaba.
Hasta la gente bárbara se espanta
de ver lo que los nuestros han sufrido
de espesos golpes, flecha, y piedra tanta
que sin cesar sobre ellos ha llovido,
y cuán determinados y con cuánta
furia tres veces han acometido;
desto los enemigos impacientes
apretaban los puños y los dientes.
Y como tempestad que jamás cesa
antes que va en furioso crecimiento,
cuando la congelada piedra espesa
hiere los techos y se esfuerza el viento,
así los duros bárbaros, apriesa,
movidos de vergüenza y corrimiento
con lanzas, dardos, piedras arrojadas,
baten dargas, rodelas y celadas.
Los cansados cristianos no pudiendo
sufrir el gran trabajo incomportable,
se van forzosamente retrayendo
del vano intento y plaza inexpugnable;
y el destrozado campo recogiendo,
vista su suerte y hado miserable,
por el mesmo camino que vinieron,
aunque con menos furia, se volvieron.
Aquella noche al pie de una montaña
vinieron a tener su alojamiento,
segura de enemigos la campaña,
que ninguno salió en su seguimiento.
Decir prometo la cautela estraña
de Lautaro después, que ahora me siento
flaco, cansado, ronco; y entretanto
esforzaré la voz al nuevo canto.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto VIII

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Canto VIII
Júntanse los caciques y señores principales a consejo general en el valle de Arauco, mata Tucapel al cacique Puchecalco, y Caupolicán viene con poderoso ejército sobre la ciudad Imperial, fundada en el valle de Cautén.

Un limpio honor del ánimo ofendido
jamás puede olvidar aquella afrenta,
trayendo al hombre siempre así encogido,
que dello sin hablar da larga cuenta;
y en el mayor contento, desabrido
se le pone delante, y representa
la dura y grave afrenta, con un miedo
que todos le señalan con el dedo.

Si bien esto los nuestros lo miraran
y al temor con esfuerzo resistieran,
sus haciendas y casas sustentaran
y en la justa demanda fenecieran;
de mil desabrimientos no gustaran
ni al terrero del vulgo se pusieran;
del vulgo, que jamás dice lo bueno,
ni en decir los defectos tiene freno.

Pero de un bando y de otro contemplada
la diferencia en número de gentes,
la ciudad sin reparos descercada,
con otra infinidad de inconvenientes,
y el ver puestas al filo de la espada
las gargantas de tantos inocentes,
niños, mujeres, vírgenes sin culpa,
será bastante y lícita disculpa.

Si no es disculpa y causa lo que digo,
se puede atribuir este suceso
a que fue del Señor justo castigo,
visto de su soberbia el gran exceso,
permitiendo que el bárbaro enemigo,
aquel que fue su súbdito y opreso,
lo eche de su tierra y posesiones
y les ponga el honor en opiniones.

Bien que en la Concepción copia de gente
estaba a la sazón, pero gran parte
de barba blanca y arrugada frente,
inútil en la dura y bélica arte,
y poca de la edad más suficiente
a resistir el gran rigor de Marte
y a la parcial Fortuna, que se muestra
en todos los sucesos ya siniestra.

¿ Quién podrá con el bando lautarino,
viendo que su opinión tanto crecía
y la fortuna próspera el camino
en nuestro daño y su provecho abría ?
No piensa reparar hasta el divino
cielo y arruinar su monarquía,
haciendo aquellos bárbaros bizarros
grandes fieros, bravezas y desgarros.

Pues al pueblo de Penco desolado
y de la fiera llama consumido
dije cómo a gran priesa había llegado
un indio mensajero conocido
que por Caupolicán era enviado;
y habiendo de su parte encarecido
la gran batalla, digna de memoria,
las gracias les rindió de la vitoria.

Dijo también, sin alargar razones,
que el General mandaba que partiese
Lautaro con los prestos escuadrones
y en el valle de Arauco se metiese,
donde el Senado y junta de varones
tratasen lo que más les conviniese,
pues en fértil valle hay aparejo
para la junta y general consejo.

En oyendo Lautaro aquel mandato
levanta el campo, sin parar camina,
deja gran tierra atrás, y en poco rato
al monte aldanicano se avecina;
y por llegar de súbito rebato
el camino torció por la marina,
ganosos de burlar al bando amigo,
tomando el nombre y voz del enemigo.

Tanto marchó, que al asomar del día
dio sobre las escuadras de repente
con una baraúnda y vocería
que puso en arma y alteró la gente;
mas vuelto el alboroto en alegría,
conocida la burla claramente
los unos y los otros sin firmarse,
sueltas las armas, corren abrazarse.

Caupolicán, alegre, humano y grave
los recibe, abrazando al buen Lautaro
y con regalo y plática suave
le da prendas y honor de hermano caro;
la gente, que de gozo en sí no cabe,
por la ribera de un arroyo claro
en juntas y corrillos derramada,
celebran de beber la fiesta usada.

Algún tiempo pasaron después desto
antes que el gran Senado fuese junto,
tratando en su jornada y presupuesto
desde el principio al fin sin faltar punto;
pero al término justo y plazo puesto
llegó la demás gente y todo a punto,
los principales hombres de la tierra
entraron en consulta a uso de guerra.

Llevaba el General aquel vestido
con que Valdivia ante él fue presentado:
era de verde y púrpura tejido,
con rica plata y oro recamado,
un peto fuerte, en buena guerra habido,
de fina pasta y temple relevado,
la celada de claro y limpio acero,
y un mundo de esmeralda por cimero.

Todos los capitanes señalados
a la española usanza se vestían;
la gente del común y los soldados
se visten del despojo que traían;
calzas, jubones, cueros desgarrados,
en gran estima y precio se tenían;
por inútil y bajo se juzgaba
el que español despojo no llevaba.

A manera de triunfos, ordenaron
el venir a la junta así vestidos
y en el consejo, como digo, entraron
ciento y treinta caciques escogidos;
por su costumbre antigua se sentaron,
según que por la espada eran tenidos;
estando en gran silencio el pueblo ufano,
así soltó la voz Caupolicano:

” Bien entendido tengo yo, varones,
para que nuestra fama se acreciente,
que no es menester fuerza de razones,
mas sólo el apuntarlo brevemente
que, según vuestros fuertes corazones,
entrar la España pienso fácilmente
y al gran Emperador, invicto Carlo,
al dominio araucano sujetarlo.

” Los españoles vemos que ya entienden
el peso de las mazas barreadas
pues ni en campo ni en muro nos atienden.
Sabemos cómo cortan sus espadas
y cuán poco las mallas los defienden
del corte de las hachas aceradas;
si sus picas son largas y fornidas,
con las vuestras han sido ya medidas.

” De vuestro intento asegurarme quiero
pues estoy del valor tan satisfecho,
que gruesos muros de templado acero
allanaréis, poniéndoles el pecho;
con esta confianza, el delantero
seguiré vuestro bando y el derecho
que tenéis de ganar la fuerte España
y conquistar del mundo la campaña.

” La deidad desta gente entenderemos
y si del alto cielo cristalino
desciende, como dicen, abriremos
a puro hierro anchísimo camino;
su género y linaje asolaremos,
que no bastará ejército divino
ni divino poder, esfuerzo y arte
si todos nos hacemos a una parte.

En fin, fuertes guerreros, como digo,
no puede mi intención más declararse;
aquel que me quisiere por amigo
a tiempo está que pueda señalarse.
Ténganme desde aquí por enemigo
el que quisiere a paces arrimarse.”
Aquí dio fin, y su intención propuesta,
esperaba sereno la respuesta.

Ceja no se movió y aun el aliento
apenas al espíritu halló vía
mientras duró el soberbio parlamento
que el gran Caupolicano les hacía.
Hubo en el responder el cumplimiento
y cerimonia usada en cortesía;
a Lautaro tocaba, y escusado,
Lincoya así responde levantado:

” Señor: Yo no me he visto tan gozoso
después que en este triste mundo vivo,
como en ver manifiesto el valeroso
ánimo dese invicto pecho altivo
y así, por pensamiento tan glorioso,
me ofrezco por tu siervo y tu captivo,
que no quiero ser rey del cielo y tierra
si hubiese de acabarse aquí la guerra.

” Y en testimonio desto yo te juro
de te seguir y acompañar de hecho,
ni por áspero caso, adverso y duro
a la patria volver jamás el pecho;
desto puedes, señor, estar seguro
y todo faltará y será deshecho
antes que la palabra acreditada
de un hombre como yo por prenda dada.”

Así dijo; y tras él, aunque rogado,
el buen Peteguelén, curaca anciano,
de condición muy áspera enojado
pero afable en la paz, dócil y humano;
viejo, enjuto, dispuesto, bien trazado,
señor de aquel hermoso y fértil llano,
con espaciosa voz y grave gesto
propuso en sus razones sabias esto:

” Fuerte varón y capitán perfeto,
no dejaré de ser el delantero
a probar la fineza deste peto
y si mi hacha rompe el fino acero;
mas, como quien lo entiende, te prometo
que falta por hacer mucho primero
que salgan españoles desta tierra,
cuanto más ir a España a mover guerra.

” Bien será que, señor, nos contentemos
con lo que nos dejaron los pasados
y a nuestros enemigos desterremos
que están en lo más dello apoderados;
después por el suceso entenderemos
mejor el disponer de nuestros hados.
Esto a mí me parece y quién quisiere
proponga otra razón, si mejor fuere.”

Callando este cacique, se adelanta
Tucapelo, de cólera encendido,
y sin respeto así la voz levanta
con un tono soberbio y atrevido
diciendo: ” A mí la España no me espanta
y no quiero por hombre ser tenido
si solo no arruino a los cristianos.
Ahora sean divinos, ahora humanos.

Pues lanzarlos de Chile y destruirlos
no será por mí bastante guerra
que pienso, si me esperan, confundirlos
en el profundo centro de la tierra;
y si huyen, mi maza ha de seguirlos,
que es la que deste mundo los destierra;
por eso no nos ponga nadie miedo
que aun no haré en hacerlo lo que puedo.

” Y por mi diestro brazo os aseguro,
si la maza dos años me sustenta,
a despecho del cielo, a hierro puro,
de dar desto descargo y buena cuenta
y no dejar de España enhiesto muro
y aún el ánimo a más se me acrecienta,
que después que allanare el ancho suelo,
a guerra incitaré al supremo cielo.

” Que no son hados, es pura flaqueza
la que nos pone estorbos y embarazos;
pensar que haya fortuna es gran simpleza:
la fortuna es la fuerza de los brazos.
La máquina del cielo y fortaleza
vendrá primero abajo hecha pedazos
que Tucapel en esta y otra empresa
falte un mínimo punto en su promesa.”

Peteguelén, la vieja sangre fría
se le encendió de rabia y levantado
le dice: ” ¡ Oh arrogante !, ¡ la osadía
sin discreción jamás fue de esforzado…”
Pero Caupolicán, que conocía
del viejo a tiempo el ánimo arrojado,
con discreción le ataja las razones
haciendo proponer a otros varones.

Purén se ofrece allí y Angol se ofrece
no con menor braveza y desatiento;
Ongolomo no quedó, según parece,
de mostrar su soberbio pensamiento;
del uno en otro multiplica y crece
el número en el mismo ofrecimiento.
Colocolo, que atento estaba a todo,
sacó la voz, diciendo de este modo:

” La verde edad os lleva a ser furiosos,
¡ oh hijos !, y nosotros los ancianos
no somos en el mundo provechosos
más de para decir consejos sanos,
que no nos ciegan humos vaporosos
del juvenil hervor y años lozanos;
y así como más libres, entendemos
lo que siendo mancebos no podemos.

” Vosotros , capitanes esforzados,
de sola una vitoria envanecidos,
estáis de tal manera levantados
que os parecen ya pocos los nacidos.
Templad, templad los pechos alterados
y esos vanos esfuerzos mal regidos;
no hagáis de españoles tal desprecio
que no venden sus vidas a mal precio.

” Si dos veces por dicha los vencistes,
mirad cuando primero aquí vinieron
que resistir sus fuerzas no pudistes
pues más de cinco veces os vencieron.
En el licúreo campo ya lo vistes
lo que solos catorce allí hicieron;
no será poco hecho y buen partido
cobrar la tierra y crédito perdido.

” Debemos procurar con seso y arte
redemir nuestra patria y libertarnos
dando vuestras bravezas menos parte,
pues más pueden dañar que aprovecharnos.
¡ Oh hijo de Leocán !, quiero avisarte,
si quieres como sabio gobernarnos,
que temples esta furia y con maduro
seso pongas remedio en lo futuro.

” El consejo más sano y conveniente
es que, el campo en tres bandas repartido,
a un tiempo, aunque con parte diferente,
dé sobre el Cautén, pueblo aborrecido;
bien que esté en su defensa buena gente,
es poca; y este asiento destruido,
Valdivia de allanar fácil sería
pues no alcanza arcabuz ni artillería.

” Sólo a mi Santiago me da pena
pero modo a su tiempo buscaremos
para poderla entrar y La Serena
fácilmente después la allanaremos.
Aunque sujeto a lo que el hado ordena,
es el mejor camino que tenemos.”
Acabando con esto el sabio viejo,
a muchos pareció bien su consejo.

Tras éste, otro curaca hechicero
de la vejez decrépita impedido
( Puchecalco se llama el agorero
por sabio en los pronósticos tenido ),
con profundo sospiro, íntimo y fiero
comienza así a decir entristecido:
” Al negro Eponamón doy por testigo
de lo que siempre he dicho y ahora digo:

por un término breve se os concede
la libertad y habéis lo más gozado;
mudarse esta sentencia ya no puede
que está por las estrellas ordenado
y que Fortuna en vuestro daño ruede;
mirad que os llama ya el preciso hado
a dura sujeción y trances fuertes:
repárense a lo menos tantas muertes.

” El aire de señales anda lleno,
y las noturnas aves van turbando
con sordo vuelo el claro día sereno,
mil prodigios funestos anunciando;
las plantas con sobrado humor terreno
se van, sin producir fruto, secando;
las estrellas, la luna, el sol lo afirman,
cien mil agüeros tristes lo confirman.

” Mírolo todo y todo contemplando,
no sé en qué pueda yo esperar consuelo,
que de su espada el Orión armado
con gran ruina ya amenaza el suelo;
Júpiter se ha al ocaso retirado;
sólo Marte sangriento posee el cielo
que, denotando la futura guerra,
enciende un fuego bélico en la tierra.

” Ya la furiosa Muerte irreparable
viene a nosotros con airada diestra
y la amiga Fortuna favorable
con diferente rostro se nos muestra;
y Eponamón horrendo y espantable,
envuelto en la caliente sangre nuestra,
la corva garra tiende, el cerro yerto,
llevándonos al no sabido puerto.”

Tucapel, que de rabia reventando
estaba oyendo al viejo, más no atiende,
que dice: ” Yo veré si adivinando,
de mi maza este necio se defiende.”
Diciendo esto y la maza levantando,
la derriba sobre él y así lo tiende,
que jamás midió curso de planeta,
ni fuera más adivino ni profeta.

Quedóle desto el brazo tan sabroso
según la muestra, que movido estuvo
de dar tras el senado religioso,
y no sé la razón que lo detuvo.
Caupolicán , atónito y rabioso,
transportada la mente un rato estuvo,
mas vuelto en si, con voz horrible y fiera
gritaba: ” ¡ Capitanes !: ¡muera!, ¡ muera !”

No le dio tanto gusto a aquella gente
lo que Caupolicano le decía,
cuanto al soberbio bárbaro impaciente
viendo que ocasión tal se le ofrecía;
era alto el tribunal, pero el valiente
los hace saltar dél tan a porfía,
que ciento y treinta que eran, en un punto
saltan los ciento, y él tras ellos junto.

Los que en el alto tribunal quedaron
son los en esta historia señalados,
que jamás de su asiento se mudaron
de donde lo miraban sosegados;
que de ver uno solo no curaron
mostrarse por tan poco alborotados,
aunque los que saltaron de tan alto
en menos estimaron aquel salto.

Cubierto Tucapel de fina malla
saltó como un ligero y suelto pardo
en medio de la tímida canalla;
haciendo plaza el bárbaro gallardo,
con silbos, grita, en desigual batalla,
con piedra, palo, flecha, lanza y dardo
le persigue la gente de manera
como si fuera toro o brava fiera.

Según suele jugar por gran destreza
el liviano montante un buen maestro,
hiriendo con estraña ligereza
delante, atrás, a diestro y siniestro,
con más desenvoltura y más presteza
mostrándose en los golpes fuerte y diestro,
el fiero Tucapel en la pelea
con la pesada maza se rodea.

De tullir y mancar no se contenta,
ni para contentarse esto le basta;
sólo de aquellos tristes hace cuenta
que su maza los hace torta o pasta.
Rompe, magulla, muele y atormenta,
desgobierna, destroza, estropia y gasta;
tiros llueven sobre él arrojadizos
cual tempestad furiosa de granizos.

Pero sin miedo el bárbaro sangriento
por las espesas armas discurría;
brazos, cabezas, y ánimos sin cuento
soberbios quebrantó en solo aquel día
y cual menuda lluvia por el viento
la sangre y frescos sesos esparcía
no discierne al pariente del estraño,
haciéndolos iguales en el daño.

Las armas eran sólo en defenderle
de la canalla bárbara araucana
que en montón trabajaba de ofenderle,
mas el temor la ofensa hacía liviana.
Era cierto, admirable cosa verle
saltar y acometer con furia insana
desmembrando la gente, sin poderse
de su maza y presteza defenderse.

Caupolicán del caso no pensado
en tal furor y cólera se enciende,
que estaba de bajar determinado
aunque su gravedad se lo defiende;
pero Lautaro, alegre y admirado,
miraba cómo solo así contiende
un hombre contra tanto barbarismo,
incrédulo y dudoso de sí mismo.

Y en esto al General, con el debido
respeto y ojos bajos en el suelo,
le dice: ” Una merced, señor, te pido,
si algo merecen mi intención y celo,
y es que el gran desacato cometido
perdones francamente a Tucapelo;
pues ha mostrado en campo claramente
valer él más que toda aquella gente.”

Perplejo el General estaba en duda
pero mirando al fin quién lo pedía,
luego el ejecutivo intento muda,
y con el rostro alegre respondía:
” Èl ha tenido en vos bastante ayuda
por la cual le perdono”, y más decía
que fuese a las escuadras y mandase
que el combatirle más luego cesase.

Baja Lautaro al campo y prestamente
el rico cuerno a retirar tocaba,
al són del cual se recogió la gente,
que recogerse a nadie le pesaba;
sólo lo siente el bárbaro valiente,
que satisfecho a su labor no estaba
y volviendo a Lautaro el fiero gesto,
en alta y libre voz le dijo aquesto:

” ¿ Cómo, buen capitán, has estorbado,
el tomar desta vil canalla emienda
y verme destos rústicos vengado
para que mi valor mejor se entienda ?”
Lautaro le responde: ” Es escusado
quien viniere contigo a la contienda
que se pueda valer contra tu diestra,
según que dello has dado aquí la muestra.

” Conmigo puedes ir, que te aseguro
que ningún daño y mal te sobrevenga.”
Tucapel le responde: ” Yo te juro
que un paso ese temor no me detenga.
Mi maza es la que a mí me da el seguro;
lo demás como quiera vaya y venga,
que el miedo es de os niños y mujeres.
¡ Sús, alto ! vamos luego a do quisieres.”

Juntos los dos al tribunal llegando,
Tucapel, de Lautaro adelantado,
subió por la escalera no mostrando
punto de alteración por lo pasado;
el sagaz General, disimulando,
con graciosa apariencia le ha tratado
y de la rota plática el estilo
Lautaro, así diciendo, añudó el hilo:

” Invicto capitán, yo he estado atento
a lo que estos varones han propuesto,
y no sé figurarte el gran contento
que me da ver su esfuerzo manifiesto.
Si de servirte tengo sano intento,
mis obras por las tuyas dirán esto
pues para ser del todo agradecidas,
será poco perder por ti mil vidas.

” Estos fuertes guerreros ayudarte
quieren a restaurar la propia tierra,
porque en ello les va también su parte
y por el vicio grande de la guerra;
no puedo yo dejar de aconsejarte
aunque todo el consejo en ti se encierra,
aquello que mejor me pareciere
y más bien al bien público viniere.

” Es mi voto que debes atenerte
al consejo, con término discreto,
del sabio Colocolo, que por suerte
le cupo ser en todo tan perfecto;
así que, gran señor, sin detenerte
cumple que esto se ponga por efeto
antes que los cristianos se aperciban
porque más flacamente nos reciban.

” Y pues que Mapochó sólo es temido
después que lo demás esté allanado,
por el potente Eponamón te pido
que el cargo de asolarle me sea dado;
la tierra palmo a palmo, la he medido,
con españoles siempre he militado,
entiendo sus astucias e invenciones,
el modo, el arte, el tiempo y ocasiones.

” Quinientos araucanos solamente
quiero para la empresa que yo digo
escogidos en toda nuestra gente:
un soldado de más no ha de ir conmigo.
Aquí lo digo, estando tu presente
y estos sabios caciques: que me obligo
de darte la ciudad puesta en las manos
con cien cabezas nobles de cristianos.”

Aquí se cerró el bárbaro orgulloso,
y gran rato sobre ello platicaron;
pareciéndoles modo provechoso,
todos en este acuerdo concordaron;
después do estaba el pueblo deseoso
de saber novedades, se bajaron,
donde lo difinido y decretado
con general pregón fue declarado.

Estuvieron allí catorce días
en grande regocijo y mucha fiesta,
ocupados en juegos y alegrías,
y en quién más veces bebe sobre apuesta.
Después contra los pueblos del Mesías,
la alborozada gente en orden puesta,
marcha Caupolicán con la vanguardia,
quedando Lemoleno en retaguardia.

Cerca llegó el ejército furioso
de la Imperial, fundada en sitio fuerte,
donde el fiero enemigo vitorioso
la pensaba entregar presto a la muerte;
mas el Eterno Padre poderoso
lo dispone y ordena de otra suerte,
dilatando el azote merecido,
como veréis, prestando atento oído.

Alonso de Ercilla, La Araucana. Canto VII.

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Canto VII
Llegan los españoles a la ciudad de la Concepción hechos pedazos, cuentan el destrozo y pérdida de nuestra gente y vista la poca que para resistir tan gran pujanza de enemigos en la ciudad había, y las muchas mujeres, niños y viejos que dentro estaban, se retiran en la ciudad de Santiago. Asimismo en este canto se contiene el saco, incendio y ruina de la ciudad de la Concepción.

Tener en mucho un pecho se debría
a do el temor jamás halló posada,
temor que honrosa muerte nos desvía
por una vida infame y deshonrada.
En los peligros grandes la osadía
merece ser de todos estimada;
el miedo es natural en el prudente
y el saberlo vencer es ser valiente.
Esto podrán decir los que picaban
los cansados caballos aguijando;
pues tanto de temor se apresuraban
que les daremos crédito aún callando;
con los prestos calcaños lo afirmaban,
con piernas, brazos, cuerpo ijadeando,
también los araucanos sin aliento,
la furia iban perdiendo y movimiento.
Que del grande trabajo fatigados
en el largo y veloz curso aflojaron,
y por el gran tesón desalentados
a seis leguas de alcance los dejaron.
Los nuestros, del temor más aguijados,
al entrar de la noche se hallaron
en la estrema ribera de Biobío
adonde pierde el nombre y ser de río,
y a la orilla un gran barco asido vieron
de una gruesa cadena a un viejo pino;
los más heridos dentro se metieron
abriendo por las aguas el camino;
y los demás con ánimo atendieron
hasta que el esperado barco vino
y con la diligencia comenzada
a la ciudad arriban deseada.
Puédese imaginar cuál llegarían
del trabajo y heridas maltratados;
algunos casi rostros no traían,
otros los traen de golpes levantados;
del infierno parece que salían:
no hablan ni responden, elevados
a todos con los ojos rodeaban
y más callando el daño declaraban.
Después que dio el cansancio y torpe espanto
licencia de decir lo que pasaba,
dejando el pueblo atónito ya cuanto,
súbito en triste tono levantaba
un alboroto y doloroso llanto,
que el gran desastre más solemnizaba
y al són discorde y áspera armonía
la casa más vecina respondía.
Quién llora el muerto padre, quién marido,
quién hijos, quién sobrinos, quién hermanos;
mujeres como locas sin sentido
ansiosas tuercen las hermosas manos;
con el fresco dolor crece el gemido
y los protestos de accidentes vanos;
los niños abrazados con las madres
preguntaban llorando por sus padres.
De casa en casa corren publicando
las voces y clamores esforzados;
los muertos que murieron peleando
y aquellos infelices despeñados;
mozas, casadas, viudas lamentando,
puestas las manos y ojos levantados
piden a Dios para dolor tan fuerte
el último remedio de la muerte.
La amarga noche sin dormir pasaban
al són de dolorosos instrumentos;
mas el día venido, se atajaban
con otro mayor mal estos lamentos,
diciendo que a gran furia se acercaban
los araucanos bárbaros sangrientos,
en una mano hierro, en otra fuego,
sobre el pueblo español, de temor ciego.
Ya la parlera Fama pregonando
torpes y rudas lenguas desataba;
las cosas de Lautaro acrecentando,
los enemigos ánimos menguaba;
que ya cada español casi temblando,
dando fuerza a la Fama, levantaba
al más flaco araucano hasta el cielo,
derramando en los ánimos un yelo.
Levántase un rumor de retirarse
y la triste ciudad desamparalla,
diciendo que no pueden sustentarse
contra los enemigos en batalla;
corrillos comenzaban a formarse;
la voz común aprueba el despoblalla,
algunos con razones importantes
reprobaban las causas no bastantes.
Dos varias partes eran admitidas
del temor y el amor de la hacienda;
la poca gente, muertes y heridas
dicen que la ciudad no se defienda;
las haciendas y rentas adquiridas
al liberal temor cogen la rienda,
mas luego se esforzó y creció de modo
que al fin se apoderó de todo en todo.
La gente principal claro pretende
desamparar el pueblo y propio nido;
el temeroso vulgo aún no lo entiende
mas tiende oreja atenta a aquel ruido;
visto el público trato, más no atiende ,
que súbito, alterado y removido,
de nuevo esfuerza el llanto y las querellas
poniendo un alarido en las estrellas.
Quién a su casa corre pregonando
la venida del bárbaro guerrero;
quién aguija a la silla, procurando
cincharla en el caballo más ligero;
las encerradas vírgines llorando
por las calles, sin manto ni escudero,
atónitas, de acá y de allá perdidas,
a las madres buscaban desvalidas.
Como las corderillas temerosas
de las queridas madres apartadas,
balando van perdidas, presurosas,
haciendo en poco espacio mil paradas,
ponen atenta oreja a todas cosas,
corren aquí y allí desatinadas,
así las tiernas vírgines llorando,
a voces a las madres van llamando.
De rato en rato se renueva y crece
el llanto, la aflición y el alarido;
tal vez hay que de súbito enmudece,
reduciendo el sentir sólo al oído;
cualquier sombra Lautaro les parece,
su rigurosa voz cualquier ruido,
alzan la grita y corren, no sabiendo
más de ver a los otros ir corriendo.
Era cosa de oír bien lastimosa
los sospiros, clamores y lamento,
haciéndoles mayores cualquier cosa
que trae de nuevo el miedo por el viento;
desampara la turba temerosa
sus casas, posesión y heredamiento,
sedas, tapices, camas, recamados,
tejos de oro y de plata atesorados.
Si alguno hace protestos requiriendo
que no sea la ciudad desamparada,
responde el principal: ” Yo no lo entiendo,
ni de mi voluntad soy parte en nada”.
Pero el temor un viejo posponiendo,
les dice: ” ¡ Gente vil, acobardada,
deshonra del honor y ser de España !
¿ Qué es esto ?, ¿ dónde vais ?, ¿ quién os engaña ? “
No fue esta corrección de algún provecho
ni otras cosas que el viejo les decía;
muestran todos hacerse a su despecho
y van al que más corre ya la vía.
Es justo que la fama cante un hecho
digno de celebrarse hasta el día
que cese la memoria por la pluma
y todo pierda el ser y se consuma.
Doña Mencía de Nidos, una dama
noble, discreta, valerosa, osada,
es aquella que alcanza tanta fama
en tiempo que a los hombres es negada;
estando enferma y flaca en una cama,
siente el grande alboroto y esforzada
asiendo de una espada y un escudo,
salió tras los vecinos como pudo.
Ya por el monte arriba caminaban,
volviendo atrás los rostros afligidos
a las casas y tierras que dejaban,
oyendo de gallinas mil graznidos;
los gatos con voz hórrida maullaban,
perros daban tristísimos aullidos:
Progne con la turbada Filomena
mostraban en sus cantos grave pena.
Pero con más dolor doña Mencía,
que dello daba indicio y muestra clara,
con la espada desnuda los seguía,
y en medio de la cuesta y dellos para;
el rostro a la ciudad vuelto, decía:
” ¡ Oh valiente nación, a quien tan cara
cuesta la tierra y opinión ganada
por el rigor y filo de la espada !,
decidme ¿ qué es de aquella fortaleza,
que contra los que así teméis mostrastes ?
¿ Qué es de aquel alto punto y la grandeza
de la inmortalidad a que aspirastes ?
¿ Qué es del esfuerzo, orgullo, la braveza
y el natural valor de que os preciastes ?
¿ Adónde vais, cuitados de vosotros,
que no viene ninguno tras nosotros ?
¡ Oh cuántas veces fuistes imputados,
de impacientes, altivos, temerarios,
en los casos dudosos arrojados,
sin atender a medios necesarios;
y os vimos en el yugo traer domados
tan gran número y copia de adversarios,
y emprender y acabar empresas tales
que distes a entender ser inmortales !
Volved a vuestro pueblo ojos piadosos,
por vos de sus cimientos levantado;
mirad los campos fértiles viciosos
que os tienen su tributo aparejado;
las ricas minas y los caudalosos
ríos de arena de oro y el ganado
que ya de cerro en cerro anda perdido,
buscando a su pastor desconocido.
Hasta los animales que carecen
de vuestro racional entendimiento,
usando de razón, se condolecen,
y muestran doloroso sentimiento;
los duros corazones se enternecen
no usados a sentir, y por el viento
las fieras la gran lástima derraman
y en voz casi formada nos infaman.
Dejáis quietud, hacienda y vida honrosa
de vuestro esfuerzo y brazos adquirida,
por ir a casa ajena embarazosa
a do tenemos mísera acogida.
¿ Qué cosa puede haber más afrentosa,
que ser huéspedes toda nuestra vida ?
¡ Volved, que a los honrados vida honrada
les conviene o la muerte acelerada !.
¡ Volved, no vais así desa manera,
ni del temor os deis tan por amigos,
que yo me ofrezco aquí, que la primera
me arrojaré en los hierros enemigos !
¡ Haré yo esta palabra verdadera
y vosotros seréis dello testigos !
” ¡ Volved, volved ! ” gritaba, pero en vano,
que a nadie pareció el consejo sano.
Como el honrado padre recatado
que piensa reducir con persuasiones
al hijo, del propósito dañado,
y está alegando en vano mil razones;
que al hijo incorregible y obstinado
le importunan y cansan los sermones:
así al temor la gente ya entregada
no sufre ser en esto aconsejada.
Ni a Paulo le pasó con tal presteza
por las sienes la Iáculo serpiente,
sin perder de su vuelo ligereza,
llevándole la vida juntamente,
como la odiosa plática y braveza
de la dama de Nidos por la gente;
pues apenas entró por un oído
cuando ya por el otro había salido.
Sin escuchar la plática, del todo
llevados de su antojo caminaban;
mujeres sin chapines por el lodo
a gran priesa las faldas arrastraban;
fueron doce jornadas deste modo
y a Mapochó al fin dellas arribaban.
Lautaro, que se siente descansado,
me da priesa , que mucho me he tardado.
No es bien que tanto dél nos descuidemos
pues él no se descuida en nuestro daño,
y adonde le dejamos volveremos,
que fue donde dejó el alcance estraño.
En muy poco papel resumiremos
un gran proceso y término tamaño,
que fuera necesario larga historia
para ponerlo estenso por memoria.
Mas con la brevedad ya profesada
me detendré lo menos que pudiere
y las cosas menudas, de pasada
tocaré lo mejor que yo supiere.
Pido que atenta oreja me sea dada,
que el cuento es grave y atención requiere,
para que con curiosa y fácil pluma
los hechos destos bárbaros resuma.
Que luego que el alcance hubo cesado
volviendo al hijo de Pillán gozoso,
que atrás un largo trecho había quedado
más por autoridad que de medroso,
al General despachan un soldado,
alojándose el campo en el gracioso
valle de Talcamávida importante,
de pastos y comidas abundante.
Un bárbaro valiente que tenía
la estancia y heredad en aquel valle,
halló un indio cristiano por la vía;
pero no se preciando de matalle,
prisionero a su casa le traía
y comienza en tal modo a razonalle:
” La vida, ¡ Oh miserable !, quiero darte
aunque no la mereces por tu parte.
“Pues que ya a la guerra tú venías,
gozando del honor de los guerreros,
¿ por qué con las mujeres te escondías
viendo a hierro morir tus compañeros ?
Mujer debes de ser, pues que temías
tanto de alguna espada los aceros;
y así quiero que tengas el oficio
en todo lo que toca a mi servicio.”
Mandó que del oficio se encargase
que a la mujer honesta es permitido,
y la posada y cena concertase
en tanto que del sueño convencido
los fatigados miembros recrease;
y habiéndose a su cama recogido,
al mundo el sol dos vueltas había dado
y no había el araucano despertado,
sepultado en un sueño tan profundo
como si de mil años fuera muerto,
hasta que el claro sol dio luz al mundo
a la vuelta tercera; que despierto
pidió la usada ropa, y lo segundo
se estaba la comida ya en concierto;
el diligente siervo respondía
que después de guisada estaba fría,
diciéndole también como había estado
cincuenta horas de término en el lecho,
del trabajo y manjares olvidado,
con todo lo demás que se había hecho;
y que el comer estaba aparejado
si del sueño se hallaba satisfecho.
El bárbaro responde: ” No me espanto
de haber sin despertar dormido tanto;
” que el cuidoso Lautaro apercibido,
por hacer desear vuestra llegada,
la gente en escuadrones ha tenido
con tanta diciplina castigada,
que aun el sentarnos era defendido
en acabando Apolo su jornada,
hasta que ya los rayos de su lumbre
nos daban de la vuelta certidumbre.
” Si alguno de su puesto se movía,
sin esperar descargo le empalaba,
y aquel que de cansado se dormía
en medio de dos picas le colgaba;
quien cortaba una espiga allí moría,
demás de la ración que se le daba:
con órdenes estrechas y precetos
nos tuvo, como digo, así sujetos.
” Desta suerte estuvimos los soldados
más de catorce noches aguardando,
las picas altas, a ellas arrimados,
vuestra tarda venida deseando;
del sueño y del cansancio quebrantados
pasando gran trabajo, hasta cuando
supimos que llegábades ya junto,
que nos quitó el cansancio en aquel punto.”
Viendo el silencio que en el valle había
le pregunta si el campo era partido;
el mozo dice: ” Ayer antes del día
salió de aquí con súbito ruido;
afirmarte la causa no sabría
aunque por claras muestras he entendido
que la ciudad de Penco torreada
era del español desamparada.”
Así era la verdad: que caminando
habían los escuadrones vencedores
hacia el pueblo español, desamparado
de los inadvertidos moradores.
La codicia del robo y el cuidado
les puso espuelas y ánimos mayores;
siete leguas del valle a Penco había.
Y arribaron en sólo medio día.
A vista de las casas ya la gente
se reparte por todos los caminos,
porque el saco del pueblo sea igualmente
lleno de ropa, y falto de vecinos;
apenas la señal del partir siente
cuando cual negra banda de estorninos
que se abate al montón del blanco trigo,
baja al pueblo el ejército enemigo.
La ciudad yerma en gran silencio atiende
el presto asalto y fiera arremetida
de la bárbara furia, que deciende
con alto estruendo y con veloz corrida;
el menos codicioso allí pretende
la casa más copiosa y bastecida;
vienen de gran tropel hacia las puertas
todas de par en par francas y abiertas.
Corren toda la casa en el momento
y en un punto escudriñan los rincones;
muchos por no engañarse por el tiento
rompen y descerrajan los cajones;
baten tapices, rimas y ornamento,
camas de seda y ricos pabellones,
y cuanto descubrir pueden de vista
que no hay quien los impida ni resista
No con tanto rigor el pueblo griego
entró por el troyano alojamiento,
sembrando frigia sangre y vivo fuego,
talando hasta en el último cimiento
cuanto de ira, venganza y furor ciego,
el bárbaro, del robo no contento,
arruina, destruye, desperdicia
y aun no puede cumplir con su malicia.
Quién sube la escalera y quién abaja,
quién a la ropa y quién al cofre aguija,
quién abre, quién desquicia y desencaja,
quién no deja fardel ni baratija;
quién contiende, quién riñe, quién baraja,
quién alega y se mete a la partija,
por las torres, desvanes y tejados
aparecen los bárbaros cargados.
No en colmenas de abejas la frecuencia,
priesa y solicitud cuando fabrican
en el panal la miel con providencia,
que a los hombres jamás lo comunican,
ni aquel salir, entrar y diligencia
con que las tiernas flores melifican,
se puede comparar, ni ser figura
de lo que aquella gente se apresura.
Alguno de robar no se contenta
la casa que le da cierta ventura,
que la insaciable voluntad sedienta
otra de mayor presa le figura;
haciendo codiciosa y necia cuenta
busca la incierta y deja la segura,
y llegando, el sol puesto, a la posada,
se queda, por buscar mucho, sin nada.
También se roba entre ellos lo robado,
que poca cuenta y amistad había,
si no se pone en salvo a buen recado,
que allí el mayor ladrón más adquiría;
cuál lo saca arrastrando, cuál cargado
va, que del propio hermano no se fía;
más parte a ningún hombre se concede
de aquello que llevar consigo puede.
Como para el invierno se previenen
las guardosas hormigas avisadas,
que a la abundante troje van y vienen
y andan en acarretos ocupadas;
no se impiden, estorban, ni detienen;
dan las vacías el paso a las cargadas:
así los araucanos codiciosos
entran, salen y vuelven presurosos.
Quien buena parte tiene, más no espera,
que presto pone fuego al aposento;
no aguarda que los otros salgan fuera
ni tiene al edificio miramiento;
la codiciosa llama de manera
iba en tanto furor y crecimiento,
que todo el pueblo mísero se abrasa,
corriendo el fuego ya de casa en casa.
Por alto y bajo el fuego se derrama,
los cielos amenaza el són horrendo,
de negro humo espeso y viva llama
la infelice ciudad se va cubriendo;
treme la tierra en torno, el fuego brama
de subir a su esfera presumiendo;
caen de rica labor maderamientos
resumidos en polvos cenicientos.
Piérdese la ciudad más fértil de oro
que estaba en lo poblado de la tierra,
y adonde más riquezas y tesoro
según fama en sus términos se encierra.
¡ Oh , cuántos vivirán en triste lloro,
que les fuera mejor continua guerra !
Pues es mayor miseria la pobreza
para quien se vio en próspera riqueza.
A quién diez a quién veinte y a quién treinta
mil ducados por año les rentara;
el más pobre tuviera mil de renta,
de aquí ninguno dellos abajara;
la parte de Valdivia era sin cuenta
si la ciudad en paz se sustentara,
que en torno la cercaban ricas venas
fáciles de labrar y de oro llenas.
Cien mil casados súbditos servían
a los de la ciudad desamparada;
sacar tanto oro en cantidad podían,
que a tenerse viniera casi en nada.
Esto que digo y la opinión perdían
por aflojar el brazo de la espada,
ganados, heredades, ricas casas,
que ya se van tornando en vivas brasas.
La grita de los bárbaros se entona;
no cabe el gozo dentro de sus pechos
viendo que el fuego horrible no perdona
hermosas cuadras ni labrados techos,
en tanta multitud no hay tal persona
que de verlos se duela así deshechos,
antes sospiran, gimen y se ofenden,
porque tanto del fuego se defienden.
Paréceles que es lento y espacioso
pues tanto en abrazarlos se tardaba,
y maldicen al Tracio proceloso,
porque la flaca llama no esforzaba;
al caer de las casas sonoroso
un terrible alarido resonaba,
que junto con el humo y las centellas,
subiendo amenazaba las estrellas.
Crece la fiera llama en tanto grado
que las más altas nubes encendía;
Tracio con movimiento arrebatado
sacudiendo los árboles venía
y Vulcano al rumor, sucio y tiznado,
con los herreros fuelles acudía,
que ayudaron su parte al presto fuego
y así se apoderó de todo luego.
Nunca fue de Nerón el gozo tanto
de ver en la gran Roma poderosa
prendido el fuego ya por cada canto,
vista sola a tal hombre deleitosa;
ni aquello tan gran gusto le dio, cuanto
gusta la gente bárbara dañosa
de ver cómo la llama se extendía,
y la triste ciudad se consumía.
Era cosa de oír dura y terrible
los estallidos y tórnase estruendo,
el negro humo espeso e insufrible,
cual nube en aire así se va imprimiendo;
no hay cosa reservada al fuego horrible,
todo en sí lo convierte, resumiendo
los ricos edificios levantados,
en antiguos corrales derribados.
Llegado al fin el último contento
de aquella fiera gente vengativa,
aun no parando en esto el mal intento,
ni planta en pie ni cosa dejan viva;
el incendio acabado como cuento,
un mensajero con gran priesa arriba
del hijo de Leocán, y su embajada
será en el otro canto declarada.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto VI.

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Prosigue la comenzada batalla, con las estrañas y diversas muertes que los araucanos ejecutaron en los vencidos y la poca piedad que con los niños y mujeres usaron, pasándolos todos a cuchillo.

Al valeroso espíritu, ni suerte
ni revolver de hado riguroso
le pueden presentar caso tan fuerte,
que le traigan a estado vergonzoso.
Como ahora a Villagrán, que con su muerte
(no siendo de otro modo poderoso)
piensa atajar el áspero camino
a donde le tiraba su destino.

Sus soldados, el paso apresurando,
en confuso montón se retrujeron,
cuando en el nuevo y gran rumor mirando
a su buen capitán en tierra vieron.
Solos trece, la vida despreciando,
los rostros y las riendas revolvieron,
rasgando a los caballos los ijares
se arrojan a embestir tantos millares.

Con más valor que yo sabré decillo
el pequeño escuadrón ligero cierra,
abriendo en los contrarios un portillo
que casi puso en condición la guerra;
rompen hasta dó el mísero caudillo
de golpes aturdido estaba en tierra,
sin ayuda y favor desamparado,
de la enemiga turba rodeado.

Todos a un tiempo quieren ser primeros
en esta presa y suerte señalada,
y estaban como lobos carniceros
sobre la mansa oveja desmandada,
cuando discordes con aullidos fieros
forman música en voz desentonada,
y en esto los mastines del ejido
llegan con gran presteza aquel ruido.

Así los enemigos apiñados
en medio al triste Villagrán tenían,
que, por darle la muerte embarazados
los unos a los otros se impedían;
mas los trece españoles esforzados
rompiendo a la sazón sobrevenían
de roja y fresca sangre ya cubiertos
de aquellos que dejaban atrás muertos.

Con gran presteza, del amor movidos,
a donde Villagrán veen se arrojaban,
y los agudos hierros atrevidos
de nuevo en sangre nueva remojaban.
Desamparan el cerco los heridos,
acá y allá medrosos se apartaban,
algunos sustentaban con más suerte
su parte y opinión hasta la muerte.

Si un espeso montón se deshacía
desocupando el campo escarmentados,
otra junta mayor luego nacía,
y estaban sus lugares ocupados;
del sueño Villagrán aún no volvía,
mas tal maña se dieron sus soldados
y así las prestas armas revolvieron
que en su acuerdo a caballo lo pusieron.

A tardarse más tiempo fuera muerto
y a bien librar salió tan mal parado,
que, aunque estaba de planchas bien cubierto,
tenía el cuerpo molido y magullado;
pero del sueño súbito despierto
viendo trece españoles a su lado,
olvidando el peligro en que aún estaba,
entre los duros hierros se lanzaba.

Por medio del ejército enemigo
sin escarmiento ni temor hendía,
llevando en su defensa al bando amigo
que destrozando bárbaros venía.
Trillan, derriban, hacen tal castigo
que duran las reliquias hoy en día,
y durará en Arauco muchos años
el estrago y memoria de los daños.

Bernal hiere a Mailongo de pasada
de un valiente altabajo a fil derecho;
no le valió de acero la celada
que los filos corrieron hasta el pecho;
Aguilera al través tendió la espada
y al dispuesto Guamán dejó maltrecho,
haciendo ya el temor tan ancha senda
que bien pueden correr a toda rienda.

Salen, pues, los catorce vitoriosos
donde los otros de su bando estaban,
que turbados, sin orden, temerosos
de ver su muerte ya remolinaban;
no bastaron ni fueron poderosos
Villagrán y los otros que llegaban
a estorbar el camino comenzado,
que ya el temor gran fuerza había cobrado.

Viendo bravo y gallardo al araucano
del todo de vencer desconfiados,
y los caballos sin aliento, en vano
de importunas espuelas fatigados,
a grandes voces dicen: “¡ A lo llano !
No estemos desta suerte arrinconados…”
Y con nuevo temor y desatino
toman algunos dellos el camino.

Cual de cabras montesas la manada
cuando a lugar estrecho es reducida,
de diestros cazadores rodeada
y de importunos tiros perseguida,
que viéndose ofendida y apretada
una rompe el camino y la huida,
siguiendo las demás a la primera:
así abrieron los nuestros la carrera.

Uno, dos, diez y veinte, desmandados
corren a la bajada de la cuesta,
sin orden y atención apresurados,
como si al palio fueran sobre apuesta.
Aunque algunos valientes ocupados
con firme rostro y con espada presta,
combatiendo animosos, no miraban
como así los amigos los dejaban.

No atienden al huir ni se previenen
de remedio tan flaco y vergonzoso;
antes en su batalla se mantienen
trayendo el fin a término dudoso,
y con heroicos ánimos detienen
de los indios el ímpetu furioso;
y la disposición del duro hado
en daño suyo y contra declarado.

Y así resisten, matan y destruyen,
contrastando al destino que parece
que el valor araucano disminuyen
y el suyo con difícil prueba crece;
mas viendo a los amigos cómo huyen,
que a más correr la gente desparece,
hubieron de seguir la misma vía
que ya fuera locura y no osadía.

Quiero mudar en lloro amargo el canto,
que será a la sazón más conveniente
pues me suena en la oreja el triste llanto
del pueblo amigo y género inocente.
No siento el ser vencidos tanto cuanto
ver pasar las espadas crudamente
por vírgenes, mujeres, servidores,
que penetran los cielos sus clamores.

La infantería española sin pereza
y gente de servicio iban camino,
que el miedo les prestaba ligereza
y más de la que algunos les convino;
pues con la turbación y gran torpeza
muchos perdieron de la cuesta el tino:
ruedan unos, los lomos quebrantados,
otros hechos pedazos despeñados.

Quedan por el camino mil tendidos,
los arroyos de sangre el llano riegan,
rompiendo el aire el planto y alaridos
que en són desentonado al cielo llegan,
y las lástimas tristes y gemidos
( puestas las manos altas ) con que ruegan
y piden de la vida gracia en vano
al inclemente bárbaro inhumano.

El cual siempre les iba caza dando
con mano presta y pies en la corrida,
hiriendo sin respeto y derribando
la inútil gente, mísera, impedida,
que a la amiga nación iba invocando
la ayuda en vano a la amistad debida,
poniéndole delante con razones
la deuda, el interés y obligaciones.

Y aunque más las razones obligaban,
si alguno a defenderlos revolvía,
viendo cuánto los otros se alargaban,
alargarse también le convenía;
ni a los que por amigos se trataban
ni a las que por amigas se debía,
con quien había amistad y cuenta estrecha,
llamar, gemir, llorar les aprovecha.

Que ya los nuestros sin parar en nada
por la carrera de su sangre roja
dan siempre nueva furia en su jornada,
y a los caballos priesa y rienda floja,
que ni la voz de virgen delicada,
ni obligación de amigos los congoja;
la pena y la fatiga que llevaban
era que los caballos no volaban.

Sordos a aquel clamor y endurecidos
miden con sueltos pies el verde llano;
pero algunos, de lástima movidos
viendo el fiero espectáculo inhumano,
de una rabiosa cólera encendidos
vuelven contra el ejército araucano
que corre por el campo derramado,
la más parte en la presa embarazado.

Determinados de morir, revuelven
haciendo al sexo tímido reparo,
y de suerte en los bárbaros se envuelven
que a más de diez la vuelta costó caro;
por esto los primeros aun no vuelven
que quieren que el partido sea más claro,
y no poner la vida en aventura
cuanto lejos de allí, tanto segura.

Torna la lid de nuevo a refrescarse
de un lado y otro andaba igual trabada,
pecho con pecho vienen a juntarse,
lanza con lanza, espada con espada;
pueden los españoles sustentarse,
que la gente araucana derramada
el alcance sin orden proseguía
haciendo todo el daño que podía.

Cual banda de cornejas esparcidas
que por el aire claro el vuelo tienden,
que de la compañera condolidas
por los chirridos la prisión entienden,
las batidoras alas recogidas
a darle ayuda en círculo descienden:
el bárbaro escuadrón desta manera
al rumor endereza la carrera.

La gente que de acá y allá discurre,
viendo el tumulto y aire polvoroso,
deja el alcance, y de tropel concurre
al són de las espadas sonoroso;
cada araucano con presteza ocurre
adonde era el favor más provechoso
y los sangrientos hierros en las manos,
cercan el escuadrón de los cristianos.

La copia de los bárbaros creciendo,
crece el són de las armas y refriega
y los nuestros se van disminuyendo,
que en su ayuda y socorro nadie llega;
pero con grande esfuerzo combatiendo,
ninguno la persona a ciento niega,
ni allí se vio español que se notase
que a su deuda una mínima faltase.

Mas de la suerte como si del cielo
tuvieran el seguro de las vidas,
se meten y se arrojan sin recelo
por las furiosas armas homicidas.
Caen por tierra y echan por el suelo,
dan y reciben ásperas heridas,
que él número dispar y aventajado
suple el valor y el ánimo sobrado.

Y así se contraponen, no temiendo
la muerte y furia bárbara importuna,
el ímpetu y pujanza resistiendo
de la gente, del hado y la fortuna;
mas contrastar a tantos no pudiendo
sin socorro, favor ni ayuda alguna,
dilatando el morir les fue forzoso
volver a su camino trabajoso.

Parece el esperar más desatino,
que van los delanteros como el viento;
usar de aquel remedio les convino
y no del temerario atrevimiento;
muchos mueren en medio del camino
por falta de caballos y de aliento
y de sangre también, que el verde prado
quedaba de su rastro colorado.

Flojos ya los caballos y encalmados,
los bárbaros por pies los alcanzaban
y en los rendidos dueños derribados
las fuerzas de los brazos ensayaban;
otros de los peones empachados
– digo, de los cristianos que a pie andaban – ,
casi moverse al trote no podían,
que con sólo el temor los detenían.

Los cansados peones se contentan
con las colas o aciones aferradas,
y en vano lastimosos representan
estrechas amistades olvidadas;
de sí los de caballo los ausentan,
si no pueden a ruego, a cuchilladas,
como a los más odiosos enemigos,
que no era a la sazón tiempo de amigos.

Atruena todo el valle el gran bullicio,
armas, grita y clamor triste se oía
de la gente española y de servicio
que a manos de los indios perecía;
no se vio tan sangriento sacrificio
ni tan estraña y cruda anotomía
como de los fieros bárbaros hicieron
en dos mil y quinientos que murieron.

Unos vienen al suelo mal heridos,
de los lomos al vientre atravesados;
por medio de la frente otros hendidos;
otros mueren con honra degollados;
otros, que piden medios y partidos,
de los cascos los ojos arrancados,
los fuerzan a correr por peligrosos
peñascos sin parar precipitosos.

Y a las tristes mujeres delicadas
el debido respeto no guardaban,
antes con más rigor por las espadas,
sin escuchar sus ruegos, las pasaban;
no tienen miramiento a las preñadas,
mas los golpes al vientre encaminaban,
y aconteció salir por las heridas
las tiernas pernezuelas no nacidas.

Suben por la gran cuesta al que más puede,
y paga el perezoso y negligente,
que ninguno más vida se concede
de cuanto puede andar ligeramente;
y aquel torpe es forzoso que se quede
que no es en la carrera diligente;
que la muerte, que airada atrás venía,
en afirmando el pie, le sacudía.

Aunque la cuesta es áspera y derecha,
muchos a la alta cumbre han arribado,
adonde una albarrada hallaron hecha
y el paso con maderos ocupado.
No tiene aquel camino otra deshecha,
que el cerro casi en torno era tajado:
del un lado le bate la marina,
del otro un gran peñol con él confina.

Era de gruesos troncos mal pulidos
el nuevo muro en breve tiempo hecho,
con arte unos en otros engeridos
que cerraban la senda y paso estrecho;
dentro estaban los indios prevenidos,
las armas sobre el muro y antepecho,
que según orgullosos se mostraban,
al cielo, no a la gente amenazaban.

Viendo los españoles ya cerrados
los pasos y cerrada la esperanza,
a pasar o morir determinados,
poniendo en Dios la firme confianza,
de la albarrada un trecho desviados
prueban de los caballos la pujanza,
corriendo un golpe dellos a romperla
y los bárbaros dentro a defenderla.

Así la gente estaba detenida,
que todo su trabajo no importaba
ni al peligro hallaba la salida
hasta que el viejo Villagrán llegaba;
que vista la escusada arremetida
cuán poco en el remedio aprovechaba,
sin temor de morir ni muestra alguna,
dio aquí el último tiento a la fortuna.

Estaba en un caballo derivado
de la española raza poderoso,
ancho de cuadra, espeso, bien trabado,
castaño de color, presto, animoso,
veloz en la carrera y alentado,
de grande fuerza y de ímpetu furioso,
y la furia sujeta y corregida
por un débil bocado y blanda brida,

El rostro le endereza, y al momento
bate el presto español recio la ijada,
que sale con furioso movimiento
y encuentra con los pechos la albarrada;
no hace en el romper más sentimiento
que si fuera en carrera acostumbrada,
abriendo tal camino que pasaron
todos los que debajo se escaparon.

Los bárbaros airados defendían
el paso, pero al cabo no pudieron,
que por más que las armas esgremían
los fuertes españoles los rompieron;
unos hacia la mano diestra guían,
otros tan buen camino no supieron,
tomando a la siniestra un mal sendero
que a dar iba en un gran despeñadero.

A la siniestra mano hacia el poniente
estaban dos caminos mal usados;
éstos debían de ser antiguamente
por do el agua bajaban los venados.
Digo en tiempos pasados, que al presente
por mil partes estaban derrumbados,
y el remate tajado con un salto
de más de ciento y veinte brazas de alto.

Por orden de natura no sabida
o por gran sequedad de aquella tierra
o algún diluvio grande y avenida,
fue causa de tajarse aquella sierra;
pues por allí la gente mal regida
ocupada del miedo de la guerra,
huyendo de la muerte ya sin tino
a dar derechamente en ella vino.

Las inadvertida gente iba rodando,
que repararse un paso no podía,
el segundo al primero tropellando,
y el tercero al segundo recio envía;
el número se va multiplicando,
un cuerpo mil pedazos se hacía,
siempre rodando con furor violento
hasta parar en el más bajo asiento.

Como el fiero Tifeo presumiendo
lanzar de sí el gran monte y pesadumbre,
cuando el terrible cuerpo estremeciendo
sacude los peñascos de la cumbre
que vienen con gran ímpetu y estruendo
hechos piezas abajo en muchedumbre,
así la triste gente mal guiada
rodando al llano va despedazada.

Pero aquella que el buen camino tiene
de verle con presteza el fin procura;
ninguno por el otro se detiene
que detenerse ya fuera locura;
rodar también a alguno le conviene,
que más de lo posible se apresura:
a caballo y a pie y aun de cabeza
llegaron a lo bajo en poca pieza.

Sueltos iban caballos por el prado
que muertos los señores han caído;
otros desocuparlos fue forzado,
que por flojos la silla había perdido;
cuál ligero cabalga y cuál turbado,
del temor de la muerte ya impedido,
atinar al estribo no podía
y el caballo y sazón se le huía.

No aguardaban por estos mas corriendo
juegan a mucha priesa los talones,
al delantero sin parar siguiendo,
que no le alcanzarán a dos tirones,
votos, promesas entre sí haciendo
de ayunos , romerías, oraciones
y aun otros reservados sólo al Papa,
si Dios deste peligro los escapa.

Venían ya los caballos por el llano
las orejas tremiendo derramadas;
quiérenlos aguijar, mas es en vano,
aunque recio les abren las ijadas.
El hermano no escucha al caro hermano,
las lástimas allí son escusadas;
quien dos pasos del otro se aventaja,
por ganar otros dos muere y trabaja.

Como el que sueña que en el ancho coso
siente al furioso toro avecinarse,
que piensa atribulado y temeroso
huyendo de aquel ímpetu salvarse,
y se aflige y congoja presuroso
por correr, y no puede menearse,
así éstos a gran priesa a los caballos
no pueden aunque quieran aguijallos.

Haciendo el enemigo gran matanza
sigue el alcance y siempre los aqueja;
dichoso aquel que buen caballo alcanza,
que de su furia un poco más se aleja;
quién la darga abandona, quién la lanza,
quién de cansado el propio cuerpo deja,
y así la vencedora gente brava
la fiera sed con sangre mitigaba.

Aquel que por desdicha atrás venía,
ninguno ( aunque sea amigo ) le socorre;
despacio el más ligero se movía;
quien el caballo trota, mucho corre.
El cansancio y la sed los afligía
mas Dios, que en el mayor peligro acorre,
frenó el ímpetu y curso al enemigo,
según en el siguiente canto digo.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto IV.

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Vienen catorce españoles por concierto a juntarse con Valdivia en la fuerza de Tucapel; hallan los indios en una emboscada, con los cuales tuvieron un porfiado encuentro, llega Lautaro con gete de refresco; mueren siete españoles y todos los amigos que llevan; escápanse los otros por una gran ventura.
¡Cuán buena es la justicia y qué importante!
Por ella son mil males atajados;
que si el rebelde Arauco está pujante
con todos sus vecinos alterados
y pasa su furor tan adelante,
fue por no ser a tiempo castigados;
la llaga que al principio no se cura,
requiere al fin más áspera la cura.

Que no es virtud, mas vicio y negligencia
cuando de un daño otro mayor se espera,
el no curar con hierro la dolencia,
si del mal lo requiere la manera;
mas no con tal rigor que la clemencia,
pierda su fuerza y la virtud entera:
clemente es y piadoso el que sin miedo
por escapar el brazo corta el dedo.

No quiero yo decir que a cada paso
traiga el hierro en la mano la justicia,
sino según la gravedad del caso
y la importancia y fin de la malicia;
pues vemos claro en el presente paso
que al cabo, corrompida de avaricia,
dio a la maldad lugar que se arraigase
y en los ánimos más se apoderase.

Mas no se ha de entender, como el liviano
que se entrega al primero movimiento,
que por ser justiciero es inhumano
y por alcanzar crédito es sangriento;
y como aquel que con injusta mano,
sin término, sin causa y fundamento,
por sólo liviandad y vanagloria
quiere dejar de su maldad memoria.

No faltara materia y coyuntura
para mostrar la pluma aquí curiosa;
mas no quiero meterme en tal hondura,
que es cosa no importante y peligrosa;
el tiempo lo dirá y no mi escritura,
que quizás la tendrán por sospechosa;
sólo diré que es opinión de sabios
que adonde falta el rey sobran agravios.

Pero a nuestro propósito tornando,
dejaré de tratar de sinrazones,
que es trabajar en vano, derramando
al viento en el desierto las razones;
de los nuestros diré que peleando
estaban con los fieros escuadrones,
ganando fama y prez, honor y gloria,
haciendo cosas dignas de memoria.

Fue hecho tan notable, que requiere
mucha atención y autorizada pluma,
y así digo que aquel que le leyere
en que fue de los grandes se resuma;
diré cuanto en mi estilo yo pudiere,
aunque toda será una breve suma
y los nombres también de los soldados
que con razón merecen ser loados:

Almagro, Cortés, Córdoba, Nereda,
Morán, Gonzalo Hernández, Maldonado,
Peñalosa, Vergara, Castañeda,
Diego García Herrero el arriscado,
Pero Niño, Escalona y otro queda
con el cual el número acabado:
don Leonardo Manrique es el postrero,
igual en el valor siempre al primero.

Estos catorce son los que venían
a verse con Valdivia en el concierto,
que del pueblo Imperial partido habían
sin saber que Valdivia fuese muerto;
por la alta cuesta de Purén subían,
y en el más alto asiento y descubierto
los caminos de rama veen sembrados,
señal de paga y junta de soldados.

Conocen que la tierra está alterada
y que de gentes hacen llamamiento;
no torcieron por esto la jornada,
ni les mudó el temor el firme intento;
la fresca y nueva aurora colorada
daba con su venida gran contento,
y las sombras del sol se retraían
cuando el licúreo valle descubrían.

Aquí estaban los indios emboscados
esperando a los nuestros si viniesen,
por cogerlos sin orden descuidados
antes que del peligro se advirtiesen
de un bosque a mano hecho rodeados
para que más cubiertos estuviesen,
hasta que, inadvertidos del engaño,
pudiesen a su salvo hacer el daño.

Los catorce españoles abajaban
por un repecho, al valle enderezando,
donde ocultos los bárbaros estaban,
cubiertos de los ramos aguardando;
los nuestros con el bosque aún no igualaban
cuando los indios, súbito sonando
bárbaras trompas, roncos tamborinos,
los pasos ocuparon y caminos.

En cazador no entró tanta alegría,
cuando más sin pensar la liebre echada
de súbito por medio de la vía
salta de entre los pies alborotada,
cuanto causó la muestra y vocería
del vecino escuadrón de la emboscada
a nuestros españoles, que al instante
arrojan los caballos adelante.

En un punto los bárbaros formaron
de puntas de diamante una muralla;
pero los españoles no pararon
hasta de parte a parte atravesalla;
hombres, picas y mazas tropellaron,
revuelven, por dar fin a la batalla,
con más valor y esfuerzo que esperanza,
vista de los contrarios la pujanza.

De tres dos escuadrones desviados
el paso les cercaron y huida;
viéndose así de bárbaros cercados,
piensan abrir por ellos la salida;
otra vez arremeten apiñados
y aunque una escuadra dellos fue rompida,
volvieron a sus puestos recogidos
quedando desta vuelta mal heridos.

Dos veces embistieron desta suerte,
las cerradas escuadras tropellando;
mas viéndose cercanos a la muerte,
prosiguen su derrota enderezando
al desolado sitio y casa fuerte
a diestro y siniestro derribando,
que los indios entrellos van mezclados,
hiriéndolos también por todos lados.

Estréchase el camino de Elicura
por la pequeña falda de una sierra;
la causa y la razón desta angostura
es un lago que el valle abajo cierra.
Para los nuestros esto fue ventura,
pues siguen su jornada haciendo guerra,
que solo un español que atrás venía
la bárbara arrogancia resistía.

Ellos, que iban así por una espesa
mata, al calar de un áspero collado
veen un indio salir a toda priesa,
el vestido y el rostro demudado,
el cual en el camino se atraviesa,
y del seno sacó un papel cerrado
que Juan Gómez de Almagro el propio día
dando aviso a Valdivia escrito había.

EL mismo mensajero veen lloroso
que dellos adelante había partido;
de Valdivia el suceso lastimoso
les dijo y lo demás acontecido
y que el castillo el bárbaro furioso
le había por los cimientos destruido;
viendo el remedio y presupuesto vano,
tomaron a la diestra un sitio llano.

Era el sitio de lomas rodeado,
aunque por esta senda y paso abierto,
del este, norte, oeste está abrigado,
y el sur le hiere casi en descubierto,
por do seguidos va el camino usado
de los ligeros bárbaros cubierto,
en espaciosa hila prolongada,
sedientos de la sangre baptizada.

Tras los nuestros los bárbaros saliendo,
en el llano asimismo repararon,
y la gente esparcida recogiendo,
dos gruesos escuadrones reformaron;
los catorce españoles conociendo
que era mejor romper; se aparejaron;
mueven los escuadrones concertados,
por el fuerte Lincoya gobernados.

Con flautas, cuernos, roncos instrumentos
alto estruendo, alaridos desdeñosos,
salen los fieros bárbaros sangrientos
contra los españoles valerosos,
que convertir esperan en lamentos
los arrogantes gritos orgullosos;
tanto el esfuerzo y ánimo les crece
que poca gente en contra les parece.

Aunque allí un español disfigurado,
que yo no digo aquí cuán dellos era,
dijo, viendo tan poca dente al lado:
” ¡ Oh si nuestro escuadrón de ciento fuera !”
Pero Gonzalo Hernández animado,
vuelto al cielo, responde: ” A Dios plugiera
fuéramos solo doce y dos faltaran,
que doce de la fama nos llamaran”.

Los caballos en esto apercibiendo,
firmes y recogidos en las sillas,
sueltan las riendas, y los pies batiendo,
parten contra las bárbaras escuadrillas;
las poderosas lanzas requiriendo,
afiladas en sangre las cuchillas,
llamando en alta voz a Dios del cielo,
hacen gemir y retemblar el suelo.

Calan de fuerte fresno como vigas
los bárbaros las picas al momento,
de la suerte que suelen las espigas
derribarse al furor del recio viento;
no bastaron las armas enemigas
al ímpetu español y movimiento,
que los nuestros rompieron por un lado,
dejando el escuadrón aportillado.

A un tiempo los caballos volteando,
lejos las rotas lanzas arrojadas,
vuelven al enemigo y fiero bando,
en alto ya desnudas las espadas;
otra vez arremeten, no bastando
infinidad de puntas enastadas,
puestas en contra de la airada gente,
a que no se mezclasen igualmente.

Los unos, que no saben ser vencidos,
los otros a vencer acostumbrados,
son causa que se aumenten los heridos
y que bajen los brazos más pesados;
de llamas los arneses encendidos,
con gran fuerza y presteza golpeados,
formaban un rumor, que el alto cielo
del todo parecía venir al suelo.

EL buen Gonzalo Hernández presumiendo
imitar al de Córdoba famoso,
iba por el ejército rompiendo
no menos diestro y fuerte que animoso;
Peñalosa y Vergara, conociendo
que vencer o morir era forzoso,
hacen de sus personas arriscadas
de esfuerzo y fuerzas pruebas señaladas.

El valiente soldado de Escalona
la rigurosa espada ejercitando,
aventura y señala su persona,
mil bárbaros valientes señalando;
Don Leonardo Manrique no perdona
los golpes que recibe, antes doblando
los suyos con gran priesa y mayor ira,
los castiga, maltrata y los retira.

Otro, pues, que de Córdoba se llama,
mozo de grande esfuerzo y valentía,
tanta sangre araucana allí derrama
que hizo cien viudas aquel día;
por una que venganza al cielo clama,
saltan todas las otras de alegría;
que al fin son las mujeres variables,
amigas de mudanzas y mudables.

Cortés y Pero Niño por un lado
hacen un fiero estrago y cruda guerra;
Morán, Gómez de Almagro y Maldonado
siembran de cuerpos bárbaros la tierra;
el Herrero, como hombre acostumbrado
y diestro en golpear, mata y atierra;
pues Nereda también , que era maestro,
hiere derriba a diestro y siniestro.

Como si fueran a morir desnudos,
las rabiosas espadas así cortan;
con tanta fuerza bajan golpes crudos
que poco fuertes armas les importan;
lo que sufrir no pueden los escudos,
los insensibles cuerpos lo comportan
en furor encendidos, de tal suerte,
que no sienten los golpes ni aun la muerte.

Antes de rabia y cólera abrasados
con poderosos golpes los martillan,
y de muchos con fuerza redoblados
los cargados caballos arrodillan;
abollan los arneses relevados,
abren, desclavan, rompen, deshebillan,
ruedan las rotas piezas y celadas
y el aire atruena el son de las espadas.

Lincoya, combatiendo y derribando,
anima con hervor los escuadrones,
contra su fuerza y maza no bastando
de crestas altas fuertes morriones.
Cortés un golpe suyo reparando,
la cabeza inclinó entre los arzones,
llevándole el caballo medio muerto,
suelto el freno, corriendo a campo abierto.

Con el cuello inclinado, adormecido,
acá y allá el caballo le traía;
pero tornando luego en su sentido,
vergonzoso las riendas recogía;
vuelve a buscar aquel que le ha herido,
y al punto que miró le conocía;
que al mayor araucano que allí andaba
de los hombros arriba le llevaba.

Conócelo también en la braveza
que mostraba, animando allí su gente,
y en la facilidad y ligereza
con que esgrime la maza diestramente.
Como el suelto lebrel por la maleza
se arroja al jabalí fiero y valiente,
así asalta Cortés al araucano,
la adarga al pecho, el duro hierro en mano.

Al través le hirió por un costado,
no le valiendo el coselete duro;
mas de aquella manera le ha mudado
que mudara un peñasco o fuerte muro;
pasa recio el caballo espoleado,
y Cortés, e Lincoya ya seguro,
por medio de la espesa escuadra hiende
y al un lado y al otro muchos tiende.

Almagro cuerpo a cuerpo combatía
con el joven Guacón soldado fuerte;
pero presto la lid se decidía,
que poco se mostró neutral la suerte;
de un golpe Almagro al bárbaro hería,
por donde una ancha puerta abrió a la muerte,
sale della de sangre roja un río
y ocupa el desangrado cuerpo el frío.

Airado Castañeda en la batalla
mata, tropella, daña, hiere, ofende,
acaso a Narpo a la derecha halla
y allí la rigurosa espada tiende;
no le valió el jubón de fina malla,
ni un peto de dos cueros le defiende,
que la furiosa punta no calase
y el cuerpo del espíritu privase.

La gente una con otra se embravece,
crece el hervor, coraje y la revuelta
y el río de la corriente sangre crece,
bárbara y española toda envuelta;
del grueso aliento el aire se oscurece,
alguna infernal furia andaba suelta
que por llevar a tantos en un día,
diabólico furor les infundía.

Tanto el tesón entre ellos ha durado,
que espanta cómo alzar pueden los brazos;
estaban por el uno y otro lado
de amontonados cuerpos los ribazos.
El sol había en su curso declinado,
cuando ya sin vigor, hechos pedazos,
de manera igualmente enflaquecían,
que moverse adelante no podían.

Como el aliento y fuerza va faltando
a dos valientes toros animosos
cuando en la fiera lucha porfiando
se muestran igualmente poderosos,
que se van poco a poco retirando
rostro a rostro con pasos perezosos,
cubiertos de un humor y espeso aliento,
y esparcen con los pies la arena al viento,

los dos puestos así se retiraron,
sin sangre y sin vigor desalentados,
que jamás las espadas se mostraron,
mas siempre frente a frente careados,
ambos a un mismo tiempo repararon;
a un punto hicieron alto, y desviados
los unos de los otros tanto estaban,
que aun un tiro de flecha no distaban.

Mirábanse del uno y otro bando
en el sitio y contrario alojamiento
cubiertos de agua y sangre ijadeando,
que no pueden hartarse del aliento;
los fatigados miembros regalando,
el pecho y boca abierta al fresco viento
que con templados soplos respiraba,
mitigando del sol la fuerza brava.

Y desde allí con lenguas injuriosas
a falta de las manos se ofendían,
diciéndose palabras afrentosas
la muerte con rigor se prometían;
y a vueltas desto, flechas peligrosas
los enemigos arcos despedían,
que aunque el aliento y fuerza les faltaba,
el rabioso rencor les arrojaba.

Yo no sé de cuál brazo descansado
una flecha con ímpetu saliendo,
a manera de rayo arrebatado
el aire con rumor iba rompiendo;
tocó en soslayo a Córdoba en un lado,
y la furiosa punta no prendiendo,
torció a Morán el curso y encarnada
por el ojo derecho abrió la entrada.

El buen Morán con mano cruda y fuerte
sacó la flecha y ojo en ella asido;
Gonzalo al duro paso de la muerte
le apercibe y esfuerza condolido;
pero Morán gritó: ” No estoy de suerte
que me sienta de esfuerzo enflaquecido;
que solo, así herido, soy bastante
a vencer cuantos veis que están delante.”

Pica el caballo temerariamente,
que galopear no puede de cansado,
contra todo aquel número de gente
que en escuadrón estaba reformado;
pero Gonzalo Hernández diligente
se le puso delante acelerado,
que ya Lincoya al paso le salía
y al puesto, aunque por fuerza, lo volvía.

Con grande alarde, estruendo y movimiento,
sobre la cumbre de una verde loma,
tendidas las banderas por el viento,
Lautaro con la presta gente asoma.
Como cuando de lejos el hambriento
león, viendo la presa, placer toma,
y mira acá y allá feroz rugiendo,
el dedijoso cuello sacudiendo,

Lautaro así veloz por un repecho
bajaba, enderezando a los de España,
pensando él solo dar fin aquel hecho,
si no le desamparan la campaña.
Delante de su gente va gran trecho,
digna es de celebrarse tala hazaña:
solos catorce esperan, hechos piezas,
rotos los brazos, piernas y cabezas.

Cuatro mil sobrevienen vitoriosos;
apiñados los nuestros los esperan,
no de ver tanta gente temerosos,
porque aun morir con más honor quisieran.
Los fieros enemigos orgullosos
en alta voz gritaban: ” ¡ Mueran ! ¡ Mueran !”,
y el lincoyano ejército animado
también acometió por otro lado.

Lanzaron los caballos los cristianos
batiendo bien de espacio el hueco suelo,
contra los descansados araucanos
que fieros amenazan tierra y cielo;
vienen con tardos pies a prestas manos,
y del primer encuentro, hecho un hielo,
Pero Niño tocó la blanca arena,
bañándola de sangre en larga vena.

Atravesóle el cuerpo la herida,
aunque en atribuirla hay desconcierto;
unos dicen que Angol fue el homicida,
otros que Leocotón, y esto es más cierto;
cualquier dellos que fue, de gran caída.
Pero Niño quedó en el campo muerto
con un trozo de pica atravesado
donde fue del tropel despedazado.

También el de Manrique volteando
a los pies de Lautaro muerto vino;
rompen los otros doce, enderezando
por las espesas armas al camino;
pero Ongolmo, los pies apresurando,
de un golpe derribó fuera de tino
a Nereda, que en guerras era experto;
Cortés, de muy herido, cayó muerto

Tras él al suelo fue Diego García,
de una llaga mortal abierto el pecho;
de otro golpe Escalona se tendía,
que Tucapel le acierta por derecho;
los demás españoles en la vía
(considere quien ya se vio en estrecho)
con cuánta priesa baten las ijadas
de los lasos caballos desangradas.

El fiero Tucapel haciendo guerra
a todos con audacia los asalta,
y en viendo que estos dos baten la tierra,
gallardo por encima dellos salta;
topa a Almagro y con él ligero cierra
en los pies levantado y la maza alta,
que sobre él derribándola venía
con toda la pujanza que tenía.

O fue mal tiento o furia que llevaba,
o que el Sumo Señor quiso librallo,
que el tiro a la cabeza señalaba
y a dar vino en las ancas del caballo;
con tanta fuerza el golpe le cargaba
que Almagro más no pudo meneallo,
quedando derrengado de manera
que si fuera de masa o blanda cera.

Almagro con presteza por un lado,
viendo el caballo cojo, se derriba;
ora fue su ventura y diestro hado
ora siniestro del que tras él iba,
el cual era el valiente Maldonado
que envuelto en sangre y polvo al punto arriba
que el golpe segundaba Tucapelo
y por poco con él diera en el suelo.

Con el jinete estribo en el derecho
lado al bárbaro encuentra de pasada,
y cuanto cinco pasos o más trecho
lo lleva hacia adelante por la estrada;
brama el bárbaro ardiendo de despecho:
víbora no se vio más enconada,
ni pisado escorpión vuelve tan presto,
como el indio volvió el airado gesto.

Muda el intento, muda la sentencia
que contra Juan de Almagro dado había,
y la furiosa maza e impaciencia
al triste Maldonado resolvía;
cala un golpe con toda su potencia
mas el presto caballo se desvía;
Tucapel de furioso el tiro yerra
y el ferrado troncón metió por tierra.

No escapó Maldonado de la muerte
que al punto llega el bravo Lemolemo
con un largo bastón ñudoso y fuerte
a manera le corvo y grueso remo,
y un golpe le señala de tal suerte
que no le erró el ferrado y duro estremo
ni la celada prestó de estofa llena,
que los sesos saltaron por la arena.

En esto una gran nube tenebrosa
el aire y cielo súbito turbando,
con una oscuridad triste y medrosa
del sol la luz escasa fue ocupando:
salta Aquilón con furia procelosa
los árboles y plantas inclinando,
envuelto en raras gotas de agua gruesas
que luego descargaron más espesas.

Como el diestro atambor que apercibiendo
al duro asalto y fiera batería,
va con los tardos golpes previniendo
la presta y animosa compañía,
pero el punto y señal última oyendo
suena la horrenda y áspera armonía,
así el negro ñublado turbolento
lanza un diluvio súbito y violento.

En escura tiniebla el cielo vuelto,
la furiosa tormenta se esforzaba;
agua, piedras y rayos todo envuelto
en espesos relámpagos lanzaba;
el araucano ejército revuelto
por acá y por allá se derramaba;
crece la tempestad horrenda tanto
que a los más esforzados puso espanto.

De Juan Gómez la próspera ventura
hizo que al punto el cielo se cerrase,
y a tiniebla de la noche escura
gran rato en su favor se anticipase;
turbado se metió en una espesura
hasta tanto que el ímpetu pasase
de aquella gente bárbara furiosa,
de la española sangre codiciosa.

Cuando vio en su violencia el torbellino
y que él podía salir más encubierto,
el bosque deja y toma su camino,
que el temor se le muestra bien abierto;
cayendo y levantando al cabo vino
de sangre, lodo y de sudor cubierto,
junto donde los nuestros esperaban
si las furiosas aguas aplacaban.

Estaban del camino desviados
y uno de los caballos relinchando,
el español con pasos sosegados
al alegre rumor se fue acercando;
llegó donde los seis amedrentados
con baja voz estaban dél tratando
y en aquella sazón se les presenta,
dándoles del suceso entera cuenta.

Con espanto fue luego conocido,
que entre ellos ya por muerto se tenía,
y cada uno de lástima movido
a morir en su ayuda se ofrecía;
mas él, como animoso y entendido,
viendo que aprovechar no le podía,
dice: ” De mí, señores, nadie cure,
la vida el que pudiere la asegure.”

Esto no dijo bien, cuando esforzado
por el bosque tomó una senda incierta,
y aquella más usada deja a un lado,
de gente y pueblos bárbaros cubierta;
otro trance mayor le está guardado,
pero pues hay de Chile historia cierta
allí lo podrá ver el que quisiere,
si gana de saberlo le viniere.

El coronista estrella escribe al justo
de Chile y del Perú en latín la historia
con tanta erudicción que será justo
que dure eternamente su memoria;
y la vida de Carlos Quinto Augusto,
y en verso los encomios y la gloria
de varones ilustres en milicia,
gobernación, en letras y justicia.

Vuelvo a los seis guerreros, que sintiendo
la desgracia de Almagro, lo mostraban;
pero ayudalle en ella no pudiendo,
a la Imperial ciudad enderezaban;
la tempestad furiosa iba creciendo,
relámpagos y truenos no cesaban
hasta que salió el sol y el claro día
la plaza de Purén les descubría.

Era un castillo, el cual con poca gente
le había Juan Gómez antes sustentado,
hallándose una noche de repente
de multitud de bárbaros cercado;
repelidos al fin gallardamente,
fue por su industria el cerco levantado.
No escribo esta batalla, aunque famosa,
por no tardarme tanto en cada cosa.

Allí los seis guerreros arribados
fueron con tierna muestra recebidos
de los caros amigos, admirados
de verlos a tal término traídos;
míseros, afligidos, demudados,
flacos, roncos, deshechos, consumidos,
corriendo sangre y lodo, sin celadas,
las armas con las carnes destrozadas.

Casi veinticuatro horas sustentaron
las armas, defendiendo su partido,
que nunca en este tiempo descansaron
haciendo lo que habéis, Señor oído;
un rato en el castillo reposaron
del cual la noche atrás habían salido,
no con poco temor los de casa
y más cuando supieron lo que pasa.

La sangre les cuajó un temor helado,
gran turbación se les puso a todos, cuando
el caso de Valdivia desastrado
les fueron por sus términos narrando;
y así viendo el castillo mal parado,
de consejo común considerando
la pujanza que el bárbaro traía,
le dejaron desierto el mismo día.

Hacia Cautén tomaron la jornada
llevando a Almagro acaso de camino,
que por venir la noche tan cerrada
libre salió del campo lautarino;
la fuerza fue por tierra derribada,
que luego el enemigo pueblo vino
talando municiones y comidas
que en el castillo estaban recogidas.

Dieron vuelta los bárbaros gozosos
hacia do su ejército venía,
retumbando en los montes cavernosos
el alegre rumor y vocería;
y por aquellos prados espaciosos
con la vitoria y gozo de aquel día
tales cantos y juegos inventaban
que el cansancio con ellos engañaban.

Juntos, el general con grave muestra
los habla y los recibe alegremente,
y asiendo blandamente de la diestra
al valiente Lautaro, su teniente,
una escuadra le entrega de maestra,
escogida, gallarda y buena gente,
en armas y trabajo ejercitada
para cualquier empresa y gran jornada.

A Lautaro dejemos, pues, en esto,
que mucho su proceso me detiene,
forzoso a tratar dél volveré presto,
que llegar hasta Penco me conviene,
pues hace tanto a nuestro presupuesto
decir cómo a la guerra se previene
que sangrienta y mortal se aparejaba,
y el justo sentimiento que mostraba.

Ya la Fama, ligera embajadora
de tristes nuevas y de grandes males,
a Penco atormentaba de hora en hora,
esforzando su voz de ruines señales,
cuando llegan los indios a deshora,
los dos que ya conté que en los jarales,
viendo a Valdivia roto, se escondieron,
y éstos el triste caso refirieron.

Por mensajeros ciertos entendiendo
el duro y desdichado acaecimiento,
viejos, mujeres, niños concurriendo,
se forma un triste y general lamento;
el cielo con aguda voz rompiendo
hinchen de tristes lástimas el viento
nuevas viudas, huérfanas, doncellas,
era una dolorosa cosa vellas.

Los blancos rostros, más que flores bellos,
eran de crudos puños ofendidos,
y manojos dorados de cabellos
andaban por los suelos esparcidos;
vieran pechos de nieve y tersos cuellos
de sangre y vivas lágrimas teñidos,
y rotos por mil partes y arrojados
ricos vestidos, joyas y tocados.

No con menor estruendo los varones
de la edad más robusta juntamente
daban de su dolor demostraciones
pero con otro modo diferente;
suenan las armas, suenan municiones,
suena el nuevo aparato de la gente,
y la ronca trompeta del dios Marte
a guerra incita ya por toda parte.

Unos botas espadas afilaban,
otros petos mohosos enlucían ,
otros las viejas cotas remallaban,
hierros otros en astas enjerían;
cañones reforzados apuntaban,
al viento las banderas descogían
y en alardosa muestra los soldados
iban por todas partes ocupados.

Caudillo era y cabeza de la gente
Francisco Villagrán, varón tenido
por sabio en la milicia y suficiente,
con suma diligencia prevenido;
de Pedro de Valdivia fue teniente,
después de su persona obedecido;
sentido del suceso y caso fuerte
brama por la venganza de su muerte.

Las mujeres de nuevos alaridos
hieren el alto cóncavo del cielo,
viendo el peligro puesto en los maridos
y ellas en tal trabajo y desconsuelo;
con lagrimosos ojos y gemidos
echadas de rodillas por el suelo,
les ponen los hijuelos por delante,
pero cosa a moverlos no es bastante.

Alonso de Ercilla. La Araucana. Canto IIIº

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Valdivia con pocos españoles y algunos indios amigos camina a la casa de Tucapel, para hacer el castigo. Mátanle los araucanos, los corredores en el camino en un paso estrecho y dándole después la batalla, en la cual fue muerto él y toda su gente por el gran fuerzo y valentía de Lautaro.

¡Oh incurable mal! ¡oh gran fatiga,
con tanta diligencia alimentada !
¡Vicio común y pegajosa liga,
voluntad sin razón desenfrenada,
del provecho y bien público enemiga,
sedienta bestia, hidrópica, hinchada,
principio y fin de todos nuestros males!
¡oh insaciable codicia de mortales!

No en el pomposo estado a los señores
contentos en el alto asiento vemos,
ni a pobrecillos bajos labradores
libres desta dolencia conocemos;
ni el deseo y ambición de ser mayores
que tenga fin y límites sabemos:
el fausto, la riqueza y el estado
hincha, pero no harta al más templado.

A Valdivia mirad, de pobre infante
si era poco el estado que tenía,
cincuenta mil vasallos que delante
le ofrecen doce marcos de oro al día;
esto y aún mucho más no era bastante,
y así la hambre allí lo detenía.
Codicia fue ocasión de tanta guerra
y perdición total de aquesta tierra.

Ésta fue quien halló los apartados
indios de las antárticas regiones;
por ésta eran sin orden trabajados
con dura imposición y vejaciones,
pero rotas las cinchas, de apretados,
buscaron modo y nuevas invenciones
de libertad, con áspera venganza,
levantando el trabajo la esperanza.

¡ Cuán cierto es, cómo claro conocemos,
que al doliente en salud consejo damos
y aprovecharnos dellos no sabemos
pero de predicarlos nos preciamos !
Cuando en la sosegada paz nos vemos,
¡ qué bien la dura guerra platicamos !,
¡ qué bien damos consejos y razones
lejos de los peligros y ocasiones !

¡ Cómo de los que yerran abominan
los que están libres en seguro puerto !,
¡qué bien de allí las cosas encaminan
y dan en todo un medio y buen concierto!
¡Con qué facilidad se determinan,
visto el suceso y daño descubierto!
Dios sabe aquel que a la derecha vía,
metido en la ocasión acertaría.

Valdivia iba siguiendo su jornada
y el duro disponer del hado duro,
no con la furia y priesa acostumbrada,
presago y con temor del mal futuro;
sospechoso de bárbara emboscada,
por hacer el camino más seguro,
echó algunos delante para prueba
pero jamás volvieron con la nueva.

Viendo los nuestros ya que al plazo puesto
los tardos corredores no volvían,
unos juzgan el daño manifiesto,
otros impedimentos les ponían;
hubo consejo y parecer sobre esto,
al cabo en caminar se resolvían,
ofreciéndose todos a una suerte,
a un mismo caso y a una misma muerte.

Aunque el temor allí tras esto vino
en sus valientes brazos se atrevieron
y a su próspera suerte y buen destino
el dudoso suceso cometieron;
no dos leguas andadas del camino,
las amigas cabezas conocieron
de los sangrientos cuerpos apartadas,
y en empinados troncos levantadas.

No el horrendo espectáculo presente
causó en los firmes ánimos mudanza;
antes con ira y cólera impaciente
se encienden más, sedientos de venganza
y de rabia incitados nuevamente
maldicen y murmuran la tardanza;
sólo Valdivia calla y teme el punto,
pero rompió el silencio y pena junto.

diciendo :”¡Oh compañeros, do se encierra
todo esfuerzo, valor y entendimiento!
Ya veis la desvergüenza de la tierra
que en nuestro daño da bandera al viento.
Veis quebrada la fe , rota la guerra,
los pactos van del todo en rompimiento,
siento la áspera trompa en el oído
y veo un fuego diabólico encendido.

” Bien conocéis la fuerza del Estado,
con tanto daño nuestro autorizada;
mirad lo que Fortuna os ha ayudado,
guiando con su mano vuestra espada;
el trabajo y la sangre que ha costado,
que della está la tierra alimentada
y pues tenemos tiempo y aparejo,
será bueno tomar nuevo consejo.

” Quien estos son tendréis en la memoria,
pues hay tanta razón de conocellos,
que si dellos no hubiésemos vitoria
y en campo no pudiésemos vencellos,
será tal su arrogancia y vanagloria
que el mundo no podrá después con ellos
dudoso estoy, no sé, no sé que haga,
que a nuestro honor y causa satisfaga.”

La poca edad y menos esperiencia
de los mozos livianos que allí había
descubrió con la usada inadvertencia
a tal tiempo su necia valentía,
diciendo: “¡Oh capitán!, danos licencia
que solos diez, sin otra compañía,
el bando asolaremos araucano
y haremos el camino y paso llano.

“Lo que jamás hicimos en estrecho
no es bien por nuestro honor que lo hagamos,
pues es cierto que cuanto habemos hecho,
volviendo atrás un paso, lo manchamos;
mostremos al peligro osado pecho,
que en él está la gloria que buscamos.
“Valdivia, de la réplica sentido,
enmudeció de rabia y de corrido.

¡Oh, Valdivia, varón acreditado,
cuánto la verde plática sentiste!
No solías tú temer como soldado,
mas de buen capitán ahora temiste;
vas a precisa muerte condenado,
que como diestro y sabio la entendiste,
pero quieres perder antes la vida
que sea en ti una flaqueza conocida.

En esto a caso llega un indio amigo,
y a sus pies, en voz alta, arrodillado,
le dice: “¡Oh capitán!, mira que digo
que no pases el término vedado;
veinte mil conjurados, yo testigo,
en Tucapel te esperan, protestado
de pasar sin temor la muerte honrosa,
antes que vivir vida vergonzosa.”

Alguna turbación dio de repente
lo que el amigo bárbaro propuso;
discurre un miedo helado por la gente,
la triste muerte en medio se les puso;
pero el Gobernador osadamente,
que también hasta allí estaba confuso,
les dice: ” Caballeros, ¿qué dudamos?,
¿sin ver los enemigos nos turbamos?”

Al caballo con ánimo hiriendo,
sin más les persuadir, rompe la vía;
de los miembros el miedo sacudiendo,
le sigue la esforzada compañía;
y en breve espacio el valle descubriendo
de Tucapel, bien lejos parecía
el muro antes vistoso levantado,
por los anchos cimientos asolado.

Valdivia aquí paró y dijo: “¡Oh constante
española nación de confianza!
Por tierra está el castillo tan pujante,
que en él sólo estribaba mi esperanza;
el pérfido enemigo veis delante,
ya os amenaza la contraria lanza;
en esto no tengo que avisaros
pues sólo el pelear puede salvaros.”

Estaba, como digo, así hablando,
que aún no acababa bien estas razones,
cuando por todas partes rodeando
los iban con espesos escuadrones,
las astas de anchos hierros blandeando,
gritando: “¡Engañadores y ladrones!
La tierra dejaréis hoy con la vida,
pagándonos la deuda tan debida.”

Viendo Valdivia serle ya forzoso
que la fuerza y fortuna se probase,
mandó que al escuadrón menos copioso
y más vecino, a fin que no cerrase,
saliese Bobadilla, el cual, furioso,
sin que Valdivia más le amonestase,
con poca gente y con esfuerzo grande
asalta el escuadrón de Mareande.

La piquería del bárbaro calada
a los pocos soldados atendía;
pero al tiempo del golpe levantada,
abriendo un gran portillo, se desvía.
Dales sin resistir franca la entrada,
y en medio el escuadrón los recogía;
las hileras abiertas se cerraron
y dentro a los cristianos sepultaron.

Como el caimán hambriento, cuando siente
el escuadrón de peces, que cortando
viene con gran bullicio la corriente,
el agua clara en torno alborotando,
que, abriendo la gran boca, cautamente
recoge allí el pescado, y apretando
las cóncavas quijadas lo deshace,
y al insaciable vientre satisface.

pues de aquella manera recogido
fue el pequeño escuadrón del homicida,
y en un espacio breve consumido
sin escapar cristiano con la vida.
Ya el araucano ejército, movido
por la ronca trompeta obedecida,
con gran estruendo y pasos ordenados
cerraba sin temor por todos lados.

La escuadra de Mareande encarnizada
tendía el paso con más atrevimiento;
viéndola así Valdivia adelantada,
no escarmentado, manda a su sargento
que escogiendo la gente más granada
dé sobre ella con recio movimiento;
pero diez españoles solamente
pusieron a la muerte osada frente.

Contra el escuadrón bárbaro importuno
ir se dejan sin miedo a rienda floja,
y en el encuentro de los diez, ninguno
dejó allí de sacar la lanza roja;
desocupó la silla sólo uno,
que con la basca y última congoja
de la rabiosa muerte el pecho abierto,
sobre la llaga en tierra cayó muerto.

Y los nueve después también cayeron
haciendo tales hechos señalados,
que digna y justamente merecieron
ser de la eterna fama levantados;
hechos pedazos todos diez murieron,
quedando de su muerte antes vengados.
En esto la española trompa oída
dio la postrer señal de arremetida.

Salen los españoles, de tal suerte
los dientes y las lanzas apretando,
que de cuatro escuadrones, el más fuerte
le van un largo trecho retirando;
hieren, dañan, atropellan, dan la muerte,
piernas, brazos, cabezas cercenando;
los bárbaros por esto no se admiran,
antes cobran el campo y los retiran.

Sobre la vida y muerte se contiende
– perdone Dios a aquel que allí cayere -,
del un bando y del otro así se ofende
que de ambas partes mucha gente muere
bien se estima la plaza y se defiende,
volver un paso atrás ninguno quiere;
cubre la roja sangre todo el prado,
tornándole de verde colorado.

Del rigor de las armas homicidas
los templados arneses reteñían,
y las vivas entrañas escondidas
con carniceros golpes descubrían;
cabezas de los cuerpos divididas
que aún el vital espíritu tenían
por el sangriento campo iban rodando,
vueltos los ojos ya paladeando.

El enemigo hierro riguroso
todo en color de sangre lo convierte;
siempre el acometer es más furioso,
pero ya el combatir es menos fuerte.
Ninguno allí pretende otro reposo
que el último reposo de la muerte;
el más medroso atiende con cuidado
a sólo procurar morir vengado.

La rabia de la muerte y fin presente
crió en los nuestro fuerza tan estraña,
que con deshonra y daño de la gente
pierden los araucanos la campaña.
Al fin dan las espaldas, claramente
suenan voces: “¡Vitoria! ¡España! ¡España!”
Mas el incontrastable y duro hado
dio un estraño principio a lo ordenado.

Un hijo de un cacique conocido
que a Valdivia de paje le servía,
acariciado dél y favorido,
en su servicio a la sazón venía;
del amor de su patria conmovido
viendo que a más andar se retraía,
comienza a grandes voces a animarla
y con tales razones a incitarla:

“¡Oh ciega gente, del temor guiada!
¿A dó volvéis los temerosos pechos?
que la fama en mil años alcanzada
aquí perece y todos vuestros hechos.
La fuerza pierden hoy, jamás violada,
vuestras leyes, los fueros y derechos
de señores, de libres, de temidos
quedáis siervos, sujetos y abatidos.

“Mancháis la clara estirpe y decendencia
y engerís en el tronco generoso
una incurable plaga, una dolencia,
un deshonor perpetuo, ignominioso.
Mirad de los contrarios la impotencia,
la falta del aliento y el fogoso
latir de los caballos, las ijadas
llenas de sangre y de sudor bañadas.

“No os desnudéis del hábito y costumbre
que de nuestros agüelos mantenemos,
ni el araucano nombre de la cumbre
a estado tan infame derribemos.
Huid el grave yugo y servidumbre;
al duro hierro osado pecho demos;
¿por qué mostráis espaldas esforzadas
que son de los peligros reservadas?

“Fijad esto que digo en la memoria,
que el ciego y torpe miedo os va turbando.
Dejad de vos al mundo eterna historia,
vuestra sujeta patria libertando.
Volved, no rehuséis tan gran vitoria
que os está el hado próspero llamando;
a lo menos firmad el pie ligero,
a ver como en defensa vuestra muero.”

En esto una nervosa y gruesa lanza
contra Valdivia, su señor, blandía,
dando de sí gran muestra y esperanza,
por más los persuadir arremetía.
Y entre el hierro español así se lanza
como con gran calor en agua fría
se arroja el ciervo en el caliente estío
para templar el sol con algún frío.

De sólo el primer bote uno atraviesa,
otro apunta por medio del costado,
y aunque la dura lanza era muy gruesa,
salió el hierro sangriento al otro lado.
Salta, vuelve, revuelve con gran priesa,
y barrenado el muslo a otro soldado,
en él la fuerte pica fue rompida
quedando un grueso trozo en la herida.

Rota la dañosa asta, luego afierra
del suelo una pesada y dura maza;
mata, hiere, destronca y echa a tierra,
haciendo en breve espacio larga plaza;
en él se resumió toda la guerra;
cesa el alcance y dan en él la caza,
más él aquí y allí tan liviano,
que hieren por herirle el aire vano.

¿De quién prueba se oyó tan espantosa,
ni en antigua escritura se ha leído
que estando de la parte vitoriosa
se pase a la contraria del vencido?
¿y que sólo valor, y no otra cosa
de un bárbaro mochacho haya podido
arrebatar por fuerza a los cristianos
una tan gran vitoria de las manos?.

No los dos Publios Decios, que las vidas
sacrificaron por la patria amada,
ni Curcio, Horacio, Scévola y Leonidas
dieron muestra de sí tan señalada,
ni aquellos que en las guerras tan reñidas
alcanzaron gran fama por la espada,
Furio, Marcelo, Fulvio, Cincinato,
Marco Sergio, Filón, Sceva y Dentato.

Decidme: estos famosos ¿qué hicieron
que al hecho deste bárbaro igual fuese?;
¿qué empresa o qué batalla acometieron
que a lo menos en duda no estuviese?;
¿a qué riesgo y peligro se pusieron
que la sed de reinar no los moviese
y de intereses grandes insistidos
que a los tímidos hacen atrevidos?

Muchos emprenden hechos hazañosos
y se ofrecen con ánimo a la muerte,
de fama y vanagloria codiciosos,
que no saben sufrir un golpe fuerte;
mostrándose constantes y animosos
hasta que ven ya declinar su suerte,
faltándoles valor y esfuerzo a una
roto el crédito frágil de fortuna.

Èste el decreto y la fatal sentencia
en contra de su patria declarada
turbó y redujo a nueva diferencia
y al fin bastó a que fuese revocada.
Hizo a Fortuna y hados resistencia,
forzó su voluntad determinada,
y contrastó el furor del vitorioso,
sacando vencedor al temeroso.

Estaba el suelo de armas ocupado
y el desigual combate más revuelto,
cuando Caupolicano reportado
a las amigas voces había vuelto;
también habían sus gentes reparado
con vergonzoso ardor en ira envuelto,
de ver que un solo mozo resistía
a lo que tanta gente no podía.

Cual suele acontecer a los de honrosos
ánimos, de repente inadvertidos,
o cuando en los lugares sospechosos
piensan otros que van desconocidos,
que en pendencias y encuentros peligrosos
huyen; pero si ven que conocidos
fueron de quién los sigue, avergonzados
vuelven furiosos, del honor forzados,

así los araucanos revolviendo
contra los vencedores arremeten,
y las rendidas armas esgrimiendo,
a voces de morir todos prometen.
Treme y gime la tierra del horrendo
furor con que ambas partes se acometen,
derramando con rabia y fuerza brava
aquella poca sangre que quedaba.

Diego Oro allí derriba a Paynaguala,
que de una punta le atraviesa el pecho;
pero Caupolicano le señala,
dejándole gozar poco del hecho.
Al sesgo la ferrada maza cala,
aunque el furioso golpe fue al derecho
pues quedó por de dentro la celada
de los bullentes sesos rociada.

Tras éste, otro tendió desfigurado,
tanto que nunca más fue conocido,
que la armada cabeza y todo el lado
donde el golpe alcanzó, quedó molido.
Valdivia con Ongolmo se ha topado,
y hanse el uno y el otro acometido;
hiere Valdivia a Ongolmo en una mano,
haciendo el araucano el golpe en vano.

Pasa recio Valdivia y va furioso,
que con Ongolmo más no se detiene,
y adonde Leucotón, mozo animoso,
estaba en una gran pendencia, viene,
que contra Juan de Lamas y Reinoso
solo su parte y opinión mantiene,
el cual con su destreza y mucho seso
la guerra sustentaba en igual peso.

Partióse esta batalla, porque cuando
Valdivia llegó adonde combatía,
parte acudió del araucano bando,
que con su ayuda y defensa se metía.
Fuese el daño y destrozo renovando;
de un cabo y de otro gente concurría,
sube el alto rumor a las estrellas
sacando de los hierros mil centellas.

Gran rato anduvo en término dudoso
la confusa vitoria desta guerra,
lleno el aire de estruendo sonoroso,
roja de sangre y húmida la tierra.
Quien busca y sólo quiere un fin honroso,
quien a los brazos con el otro cierra,
y por darle más presto cruda muerte,
tienta con el puñal lo menos fuerte.

A Iuan de Gudiel no le fue sano
el tenerse en la lucha por maestro,
porque sin tiempo y con esfuerzo vano
cerró con Guaticol, no menos diestro.
Y en aquella sazón Purén, su hermano,
que estaba cerca dél, en el siniestro
lado le abrió con daga una herida
por do la muerte entró y salió la vida.

Andrés de Villarroel, ya enflaquecido
por la falta de sangre derramada,
andaba entre los bárbaros metido,
procurando la muerte más honrada.
También Juan de las Peñas, mal herido,
rompiendo por la espesa gente armada,
se puso junto dél, y así la suerte
los hizo a un tiempo iguales en la muerte.

Era la diferencia incomparable
del número infiel al bautizado;
es el un escuadrón innumerable,
el otro hasta sesenta numerado;
ya la incierta Fortuna variable
que dudosa hasta entonces había estado,
aprobó la maldad y dio por justa
la causa y opinión hasta allí injusta.

Dos mil amigos bárbaros soldados
que el bando de Valdivia sustentaban,
en el flechar del arco ejercitados
el sangriento destrozo acrecentaban
derramando más sangre, y esforzados
en la muerte también acompañaban
a la española gente no vencida
en cuanto sustentar pudo la vida.

Cuando de aqueste y cuando de aquel canto
mostraba el buen Valdivia esfuerzo y arte,
haciendo por la espada todo cuanto
pudiera hacer el poderoso Marte.
No basta a reparar él solo tanto,
que falta de los suyos la más parte;
los otros, aunque ven su fin tan cierto,
ningún medio pretenden ni concierto.

De dos en dos, de tres en tres cayendo
iba la desangrada y poca gente;
siempre el ímpetu bárbaro creciendo
con el ya declarado fin presente.
Fuese el número flaco resumiendo
en catorce soldados solamente
que constantes rendir no se quisieron
hasta que al crudo hierro se rindieron.

Sólo quedó Valdivia acompañado
de un clérigo que acaso allí venia,
y viendo así su campo destrozado,
el mal remedio y poca compañía,
dijo: ” Pues pelear es escusado,
procuremos vivir por otra vía. ”
Pica en esto al caballo a toda priesa
tras él corriendo el clérigo de misa.

Cual suelen escapar de los monteros
dos grandes jabalís fieros, cerdosos,
seguidos de solícitos rastreros,
de la campestre sangre cudiciosos,
y salen en su alcance los ligeros
lebreles irlandeses generosos,
con no menor cudicia y pies livianos,
arrancan tras los míseros cristianos.

Tal tempestad de tiros, Señor, lanzan
cual el turbión que granizado viene,
en fin a poco trecho los alcanzan,
que un paso cenagoso los detiene;
los bárbaros sobre ellos se abalanzan,
por valiente el postrero no se tiene,
murió el clérigo luego, y maltratado
trujeron a Valdivia ante el senado.

Caupolicán, gozoso en verle vivo
y en el estado y término presente,
con voz de vencedor y gesto altivo
le amenaza y pregunta juntamente;
Valdivia como mísero captivo
responde, y pide humilde y obediente
que no le dé la muerte y que le jura
dejar libre la tierra en paz segura.

Cuentan que estuvo de tomar movido
del contrito Valdivia aquel consejo;
mas un pariente suyo empedernido,
a quien él respetaba por ser viejo,
le dice: ” ¿ Por dar crédito a un rendido
quieres perder tal tiempo y aparejo ?”.
Y apuntando a Valdivia en el celebro,
descarga un gran bastón de duro nebro.

Como el dañoso toro que, premiado
con fuerte amarra al palo está bramando
de la tímida gente rodeado
que con admiración le está mirando;
y el diestro carnicero ejercitado,
el grave y duro mazo levantando,
recio el cogote cóncavo deciende
y muerto estremeciéndose le tiende;

así el determinado viejo cano
que a Valdivia escuchaba con mal ceño,
ayudándose de una y otra mano,
en algo levantó el ferrado leño.
No hizo el crudo viejo golpe en vano,
que a Valdivia entregó al eterno sueño
y en el suelo con súbita caída
estremeciéndose el cuerpo, dio la vida.

Llamábase este bárbaro Leocato
y el gran Caupolicán ,dello enojado,
quiso enmendar el libre desacato,
pero fue del ejército rogado;
salió el viejo de aquello al fin barato
y el destrozo del todo fue acabado,
que no escapó cristiano desta prueba
para poder llevar la triste nueva.

Dos bárbaros quedaron con la vida
solos de los tres mil, que como vieron
la gente nuestra rota y de vencida,
en un jaral espeso se escondieron;
de allí vieron el fin de la reñida
guerra, y puestos en salvo lo dijeron,
que, como las estrellas se mostraron,
sin ser de nadie vistos se escaparon.

La oscura noche en esto se subía
a más andar a la mitad del cielo,
y con las alas lóbregas cubría
el orbe y redondez del ancho suelo,
cuando la vencedora compañía,
arrimadas las armas sin recelo,
danzas en anchos cercos ordenaban,
donde la gran vitoria celebraban.

Fue la nueva en un punto discurriendo
por todo el araucano regimiento,
y antes que el sol se fuese descubriendo,
el campo se cubrió_ de bastimento.
Gran multitud de gente concurriendo,
se forma un general ayuntamiento
de mozos, viejos, niños y mujeres,
partícipes en todos los placeres.

Cuando la luz las aves anunciaban
y alegres sus cantares repetían,
un sitio de altos árboles cercaban
que una espaciosa plaza contenían;
y en ellos las cabezas empalaban
que de españoles cuerpos dividían;
los troncos, de su rama despojados,
eran de los despojos adornados,

y dentro de aquel círculo y asiento,
cercado de una amena y gran floresta,
en memoria y honor del vencimiento
celebran de beber la alegre fiesta;
y el vino así aumentó el atrevimiento
que España en gran peligro estaba puesta;
pues que promete el mínimo soldado
de no dejar cimiento levantado.

Era allí la opinión generalmente
que sin tardar, doblando las jornadas,
partiese un grueso número de gente
a dar en las ciudades descuidadas;
que tomadas de salto y de repente,
serían con solo el miedo arruinadas
y la patria en su honor restituida,
no dejando cristiano con la vida.

Y dado orden bastante y esto hecho,
para acabar de escutar su saña,
con gran poder y ejército, de hecho
querían pasar la vuelta de la España,
pensándola poner en tanto estrecho
por fuerza de armas, puestos en campaña,
que fuesen cultivadas las iberas
tierras de las naciones estranjeras.

El hijo de Leocano bien entiende
el vano intento y quiere desviarlo,
que, como diestro y sabio, otro pretende,
y por mejor camino enderezarlo.
El tiempo espera y la sazón atiende
que estén mejor dispuestos a tratarlo;
la fiesta era acabada y borrachera
cuando a todos les habla en tal manera:

” Menos que vos, señores, no pretendo
la dulce libertad tan estimada,
ni que sea nuestra patria yo defiendo
en el sublime trono restaurada;
mas hace de atender a que pudiendo
ganar, no se aventure a perder nada;
y así con este celo y fin procuro
no poner en peligro lo seguro.

” Tomad con discreción los pareceres
que van a la razón más arrimados;
pues cobrar vuestros hijos y mujeres
está en ir los principios acertados;
vuestra fama, el honor, tierra y haberes
a punto están de ser recuperados,
que el tiempo, que es el padre del consejo
en las manos nos pone el aparejo.

” A Valdivia y los suyos habéis muerto,
y una importante plaza destruido;
venir a la venganza será cierto
luego que en las ciudades sea sabido.
Demos al enemigo el paso abierto,
esto asegura más nuestro partido.
Vengan, vengan con furia a rienda suelta,
que difícil será después la vuelta.

” La vitoria tenemos en las manos
y pasos en la tierra mil seguros
de ciénagas, lagunas y pantanos,
espesos montes, ásperos y duros;
mejor pelean aquí los araucanos,
españoles mejor dentro en sus muros;
cualquier hombre en su casa acometido
es más sabio, más fuerte y atrevido.

” Esto os vengo a decir porque se entienda
cuanto con más seguro acertaremos,
para poder tomar la justa emienda,
que en sitios escogidos esperemos,
donde no habrá en el mundo quien defienda
la razón y derecho que tenemos,
cuando temor tuviesen de buscarnos,
a sus casas iremos a alojarnos.”

Con atención de todos escuchada
fue la oración que el General hacía,
siendo de los más dellos aprobada,
por ver que a su remedio convenía;
la gente ya del todo sosegada,
Caupolicán al joven se volvía
por quien fue la vitoria, ya perdida,
con milagrosa prueba conseguida.

Por darle más favor, le tenía asido
con la siniestra de la diestra mano
diciéndole : ” Oh varón, que has estendido
el claro nombre y límite araucano ¡
Por ti ha sido el Estado redimido,
tú le sacaste del poder tirano,
a ti solo se debe esta vitoria
digna de premio y de inmortal memoria.

” Y , señores, pues es tan manifiesto,
( esto dijo volviéndose al senado )
el punto en que Lautaro nos ha puesto
( que así el valiente mozo era llamado ),
yo, por remuneralle en algo desto,’
con vuestra autoridad que me habéis dado,
por paga, aunque a tal deuda insuficiente,
le hago capitán y mi teniente.

” Con la gente de guerra que escogiere,
pues que ya de sus obras sois testigos,
en el sitio en que más le pareciere
se ponga a recebir los enemigos,
adonde hasta que vengan los espere;
porque yo con la resta y mis amigos
ocuparé la entrada de Elicura
aguardando la misma coyuntura. ”

Del grato mozo el cargo fue acetado
con el favor que el general le daba;
aprobólo el común aficionado,
si alguno le pesó, no lo mostraba;
y por el orden y uso acostumbrado,
el gran Caupolicán le tresquilaba,
dejándole el copete en trenza largo,
insignia verdadera de aquel cargo.

Fue Lautaro industrioso, sabio, presto,
de gran consejo, término y cordura,
manso de condición y hermoso gesto,
ni grande ni pequeño de estatura;
el ánimo en las cosas grandes puesto,
de fuerte trabazón y compostura;
duros los miembros, recios y nervosos,
anchas espaldas, pechos espaciosos.

Por él las fiestas fueron alargadas,
ejercitando siempre nuevos juegos
de saltos, luchas, pruebas nunca usadas,
danzas de noche en torno de los fuegos;
había precios y joyas señaladas,
que nunca los troyanos ni los griegos,
cuando los juegos más continuaron,
tan ricas y estimadas las sacaron.

Llegó a Caupolicán, estando en esto,
un bárbaro, turbado, sin aliento,
perdida la color, mudado el gesto,
cubierto de sudor y polvoriento,
diciéndole: ” Señor, socorre presto,
tu campo es roto y cierto el perdimiento
que la gente que estaba en la emboscada
es muerta la más della y destrozada.

” Por tierra de Elicura son bajados
catorce valentísimos guerreros,
de corazas finísimas armados
sobre caballos prestos y ligeros;
por estos solos son desbaratados
dos escuadrones tuyos de piqueros
y visto el gran estrago, al improviso
partí corriendo a darte dello aviso. ”

Caupolicán, con muestra no alterada,
hizo que del temor se asegurase,
diciendo que tan poca gente armada
al cabo era imposible que escapase;
y con la diligencia acostumbrada
mandó al nuevo teniente que guiase
con la más presta gente por la vía,
que luego con el resto le seguía.

Lautaro, en lo acetar no perezoso,
escogiendo una escuadra suficiente,
marcha con toda priesa, codicioso
de ganar opinión entre la gente.
Mas de Marte el estruendo sonoroso
me llama, que me tardo injustamente;
de los catorce es tiempo que se trate,
y del sangriento y áspero combate.

Estiéndase su fama y sea notoria,
pues que tanto su espada resplandece,
y dellos se eternice la memoria,
si valor en las armas lo merece:
testimonio dará dello la historia;
pero acabar el canto me parece,
que a decir tan gran cosa no me atrevo,
si no es con nuevo aliento y canto nuevo.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto IIº.

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CANTO II
Pónese la discordia que entre los caciques de Arauco hubo sobre  la elección del Capitán General, y el medio que se tomó por el consejo  del Cacique Colocolo, con la entrada que por engaño los bárbaros  hicieron en la casa fuerte de Tucapel, y la batalla que con  los españoles tuvieron.
Muchos hay en el mundo que han llegado
a la engañosa alteza desta vida,
que Fortuna los ha siempre ayudado
y dádoles la mano a la subida,
para después de haberlos levantado,
derribarlos con mísera caída,
cuando es mayor el golpe y sentimiento
y menos el pensar que hay mudamiento.
No entienden con la próspera bonanza
que el contento es principio de tristeza;
ni miran en la súbita mudanza
del consumidor tiempo y su presteza;
mas con altiva y vana confianza
quieren que en su fortuna haya firmeza;
la cual, de su aspereza no olvidada,
revuelve con la vuelta acostumbrada.
Con un revés de todo se desquita,
que no quiere que nadie se le atreva,
y mucho más que da siempre les quita,
no perdonando cosa vieja y nueva;
de crédito y de honor los necesita:
que en el fin de la vida está la prueba,
por el cual han de ser todos juzgados,
aunque lleven principios acertados.
Del bien perdido, al cabo) qué nos queda
sino pena, dolor y pesadumbre?
Pensar que en él Fortuna ha de estar queda,
antes dejará el sol de darnos lumbre:
que no, es su condición fijar la rueda,
y es malo de mudar vieja costumbre;
el más seguro bien de la Fortuna
es no haberla tenido vez alguna.
Esto verse podrá por esta historia:
ejemplo dello aquí puede sacarse,
que no bastó riqueza, honor y gloria
con todo. el bien que puede desearse
a llevar adelante la vitoria;
que el claro cielo al fin vino a turbarse,
mudando la Fortuna en triste estado
el curso y orden próspera del hado.
La gente nuestra ingrata se hallaba
en la prosperidad que arriba cuento,
y en otro mayor bien que me olvidaba,
hallado en pocas casas, que es contento:
de tal manera en él se descuidaba
( cierta señal de triste acaecimiento)
que en una hora perdió el honor y estado
que en mil años de afán había ganado.
Por dioses, como dije, eran tenidos
de los indios los nuestros; pero olieron
que de mujer y hombre eran nacidos,
y todas sus flaquezas entendieron;
viéndolos a miserias sometidos
el error inorante conocieron,
ardiendo en viva rabia avergonzados
por verse de mortales conquistados.
No queriendo a más plazo diferirlo
entre ellos comenzó luego a tratarse
que, para en breve tiempo concluirlo
y dar el modo y orden de vengarse
se junten a consulta a difinirlo:
do venga la sentencia a pronunciarse,
dura, ejemplar, cruel, irrevocable,
horrenda a todo el mundo y espantable.
Iban ya los caciques ocupando
los campos con la gente que marchaba:
y no fue menester general bando,
que el deseo de la guerra los llamaba
sin promesas ni pagas, deseando
el esperado tiempo que tardaba,
para el decreto y áspero castigo
con muerte y destruición del enemigo.
De algunos que en la junta se hallaron
es bien que haya memoria de sus nombres,
que, siendo incultos bárbaros, ganaron
con no poca razón claros renombres,
pues en tan breve término alcanzaron
grandes vitorias de notables hombres,
que dellas darán fe los que vivieren,
y los muertos allá donde estuvieren.
Tucapel se llamaba aquel primero
que al plazo señalado había venido;
éste fue de cristianos carnicero,
siempre en su enemistad endurecido:
tiene tres mil vasallos el guerrero,
de todos como rey obedecido.
Ongol luego llegó, mozo valiente:
gobierna cuatro mil, lucida gente.
Cayocupil, cacique bullicioso,
no fue el postrero que dejó su tierra,
que allí llegó el tercero, deseoso
de hacer a todo el mundo él solo guerra;
tres mil vasallos tiene este famoso,
usados tras las fieras en la sierra.
Millarapué, aunque viejo, el cuarto vino
que cinco mil gobierna de contino.
Paicabí se juntó aquel mismo día,
tres mil diestros soldados señorea.
No lejos Lemolemo dél venía,
que tiene seis mil hombres de pelea.
Mareguano, Gualemo y Lebopía
se dan priesa a llegar, porque se vea
que quieren ser en todo, los primeros;
gobiernan estos tres mil guerreros.
No se tardó en venir, pues, Elicura
que al tiempo y plazo puesto había llegado,
de gran cuerpo, robusto en la hechura,
por uno de los fuertes reputado:
dice que ser sujeto es gran locura
quien seis mil hombres tiene a su mandado.
Luego llegó el anciano Colocolo;
otros tantos y más rige éste solo.
Tras éste a la consulta Ongolmo viene,
que cuatro mil guerreros gobernaba.
Purén en arribar no se detiene:
seis mil súbditos, éste administraba.
Pasados de seis mil Lincoya tiene,
que bravo y orgulloso ya llegaba,
diestro, gallardo, fiero en el semblante,
de proporción y altura de gigante.
Peteguelén, cacique señalado,
que el gran valle de Arauco le obedece
por natural señor, y así el Estado
este nombre tomó, según parece,
como Venecia, pueblo libertado,
que en todo aquel gobierno más florece,
tomando en nombre dél la señoría,
así guarda el Estado el nombre hoy día.
Este no se halló personalmente
por estar impedido de cristianos;
pero de seis mil hombres que el valiente
gobierna, naturales araucanos,
acudió desmandada alguna gente
a ver si es menester mandar las manos.
Caupolicán el fuerte no venía,
que toda Pilmaiquén le obedecía.
Tomé y Andalicán también vinieron,
que eran del araucano regimiento,
y otros muchos caciques acudieron,
que por no ser prolijo no los cuento.
Todos con leda faz se recibieron,
mostrando en verse juntos gran contento.
Después de razonar en su venida,
se comenzó la espléndida comida.
Al tiempo que el beber furioso andaba
y mal de las tinajas el partido,
de palabra en palabra se llegaba
a encenderse entre todos gran ruido:
la razón uno de otro no escuchaba,
sabida la ocasión do había nacido;
vino sobre cuál era el más valiente
y digno del gobierno de la gente.
Así creció el furor, que derribando
las mesas, de manjares ocupadas,
aguijan a las armas, desgajando
las ramas al depósito obligadas;
y dellas se aperciben, no cesando
palabras peligrosas y pesadas,
que atizaban la cólera encendida
con el calor del vino y la comida.
El audaz Tucapel claro decía
que el cargo del mandar le pertenece;
pues todo el universo conocía
que si va por valor, que lo merece:
” Ninguno se me iguala en valentía;
de mostrarlo estoy presto si se ofrece,
( añade el jactancioso) a quien quisiere;
y a aquel que esta razón contradijere…”
Sin dejarle acabar dijo Elicura;
” A mí es dado el gobierno desta danza,
y el simple que intentare otra locura,
ha de probar el hierro de mi lanza”.
Ongolmo, que el primero ser procura,
dice: “Yo no he perdido la esperanza
en tanto que este brazo sustentare,
y con él la ferrada gobernare”.
De cólera Lincoya y rabia insano
responde: “Tratar deso es devaneo,
que ser señor del mundo es en mi mano,
si en ella libre este bastón poseo”.
“Ninguno, dice Angol, será tan vano
que ponga en igualárseme el deseo:
pues es más el temor que pasaría,
que la gloria que el hecho le daría”.
Cayocupil, furioso y arrogante
la maza esgrime, haciéndose a lo largo,
diciendo: ” Yo veré quién es bastante
a dar de lo que ha dicho más descargo:
haceos los pretensores adelante,
veremos de cuál dellos es el cargo;
que de probar aquí luego me ofrezco,
que más que todos juntos lo merezco”.
“Alto, sús que yo aceto el desafío
(responde Lemolemo), y tengo en nada
poner a nueva prueba lo que es mío,
que más quiero librarlo por la espada:
mostrar ser verdad lo que porfío,
a dos, a cuatro, a seis en la estacada;
y si todos quistión queréis conmigo,
os haré manifiesto lo que digo”.
Purén, que estaba aparte, habiendo oído
la plática enconosa y rumor grande,
diciendo, en medio dellos se ha metido,
que nadie en su presencia se desmande.
Y ¿quién a imaginar es atrevido
que donde está Purén más otro mande?
La grita y el furor se multiplica:
quién esgrime la maza, y quién la pica.
Tomé y otros caciques se metieron
en medio destos bárbaros de presto,
y con dificultad los despartieron,
que no hicieron poco en hacer esto:
de herirse lugar aún no tuvieron,
y en voz airada, ya el temor pospuesto,
Colocolo, el cacique más anciano,
a razonar así tomó la mano:
“Caciques, del Estado defensores,
codicia de mandar no me convida
a pesarme de veros pretensores
de cosa que a mí tanto era debida;
porque, según mi edad, ya veis, señores,
que estoy al otro mundo de partida;
mas el temor que siempre os he mostrado,
a bien. aconsejaros me ha incitado.
¿Por qué cargos honrosos pretendemos,
y ser en opinión grande tenidos,
pues que negar al mundo no podemos
haber sido sujetos y vencidos?
Y en esto averiguarnos no queremos,
estando aún de españoles oprimidos:
mejor fuera esa furia ejecutalla,
contra el fiero enemigo en la batalla.
“¿Qué furor es el vuestro, ¡oh araucanos!,
que a perdición os lleva sin sentillo?
¿Contra vuestras entrañas tenéis manos,
y no contra el tirano en resistillo?
Teniendo tan a golpe a los cristianos,
¿volvéis contra vosotros el cuchillo?
Si gana de morir os ha movido,
no sea en tan bajo estado v abatido.
“Volved las armas y ánimo furioso
a los pechos de aquellos que os han puesto
en dura sujeción, con afrentoso
partido, a todo el mundo manifiesto;
lanzad de vos el yugo vergonzoso,
mostrad vuestro valor y fuerza en esto:
no derraméis la sangre del Estado
que para redimirnos ha quedado.
“No me pesa de ver la lozanía
de vuestro corazón, antes me esfuerza;
mas temo que esta vuestra valentía
por mal gobierno el buen camino tuerza;
que, vuelta entre nosotros la porfía,
degolléis vuestra patria con su fuerza:
cortad, pues, si ha de ser desa manera,
esta vieja garganta la primera.
“Que esta flaca persona, atormentada
de golpes de fortuna, no procura
sino el agudo filo de una espada,
pues no la acaba tanta desventura.
Aquella vida es bien afortunada
que la temprana muerte la asegura;
pero a nuestro bien público atendiendo,
quiero decir en esto lo que entiendo.
“Pares sois en valor y fortaleza;
el cielo os igualó en el nacimiento;
de linaje, de estado y de riqueza
hizo a todos igual repartimiento;
y en singular por ánimo y grandeza
podéis tener del mundo el regimiento:
que este gracioso don, no agradecido,
nos ha al presente término traído.
“En la virtud de vuestro brazo
espero que puede en breve tiempo remediarse;
mas ha de haber un capitán primero,
que todos por él quieran gobernarse;
éste será quien más un gran madero
sustentare en el hombro sin pararse;
y pues que sois iguales en la suerte,
procure cada cual de ser más fuerte”.
Ningún hombre dejó de estar atento
oyendo del anciano las razones;
y puesto ya silencio al parlamento
hubo entre ellos diversas opiniones:
al fin, de general consentimiento
siguiendo las mejores intenciones,
por todos los caciques acordado
lo propuesto del viejo fue acetado.
Podría de alguno ser aquí una cosa
que parece sin término notada,
y es que en una provincia poderosa,
en la milicia tanto ejercitada,
de leyes y ordenanzas abundosa,
no hubiese una cabeza señalada
a quien tocase el mando y regimiento,
sin allegar a tanto rompimiento.
Respondo a esto que nunca sin caudillo
la tierra estuvo, electo del senado.;
que, como dije, en Penco el Ainavillo
fue por nuestra nación desbaratado,
y viniendo de paz, en un castillo
se dice, aunque no es cierto, que un bocado
le dieron de veneno en la comida,
donde acabó su cargo con la vida.
Pues el madero súbito traído,
(no me atrevo a decir lo que pesaba),
que era un macizo líbano fornido
que con dificultad se rodeaba:
Paicabí le aferró menos sufrido,
y en los valientes hombros le afirmaba;
seis horas lo sostuvo aquel membrudo,
pero llegar a siete jamás pudo.
Cayocupil al tronco aguija presto,
de ser el más valiente confiado,
y encima de los altos hombros puesto
lo deja a las cinco horas de cansado;
Gualemo lo probó, joven dispuesto,
mas no paso de allí; y esto acabado,
Angol el grueso leño tomó luego,
duró seis horas largas en el juego.
Purén tras él lo trujo medio día
y el esforzado Ongolmo más de medio;
y cuatro horas y media Lebopía,
que de sufrirlo más no hubo remedio.
Lemolemo siete horas le traía,
el cual jamás en todo este comedio
dejó de andar acá y allá saltando
hasta que ya el vigor le fue faltando.
Elicura a la prueba se previene,
y en sustentar el líbano trabaja;
a nueve horas dejarle le conviene,
que no pudiera más si fuera paja.
Tucapelo catorce lo sostiene,
encareciendo todos la ventaja;
pero en esto Lincoya apercibido
mudó en un gran silencio aquel ruido.
De los hombros el manto, derribando
las terribles espaldas descubría,
y el duro y grave leño levantando,
sobre el fornido asiento lo ponía:
corre ligero aquí y allí mostrando
que poco aquella carga le impedía:
era de sol a sol el día pasado,
y el peso sustentaba aún no cansado.
Venía aprisa la noche, aborrecida
por la ausencia del sol; pero Diana
les daba claridad con su salida,
mostrándose a tal tiempo más lozana;
Lincoya con la carga no convida,
aunque ya despuntaba la mañana,
hasta que llegó el sol al medio cielo,
que dio con ella entonces en el suelo.
No se vio allí persona en tanta gente
que no quedase atónita de espanto,
creyendo no haber hombre tan potente
que la pesada carga sufra tanto:
la ventaja le daban juntamente
con el gobierno, mando, y todo cuanto
a digno general era debido,
hasta allí justamente merecido.
Ufano andaba el bárbaro contento
de haberse más que todos señalado,
cuando Caupolicán a aquel asiento,
sin gente, a la ligera, había llegado:
tenía un ojo sin luz de nacimiento
como un fino granate colorado,
pero lo que en la vista le faltaba,
en la fuerza y esfuerzo le sobraba.
Era este noble mozo de alto hecho,
varón de autoridad, grave y severo,
amigo de guardar todo derecho,
áspero y riguroso, justiciero;
de cuerpo grande y relevado pecho,
hábil, diestro, fortísimo y ligero,
sabio, astuto, sagaz, determinado,
y en casos de repente reportado.
Fue con alegre muestra recebido,
aunque no sé si todos se alegraron:
el caso en esta suma referido
por su término y puntos le contaron.
Viendo que Apolo ya se había escondido
en el profundo mar, determinaron
que la prueba de aquél se dilatase
hasta que la esperada luz llegase.
Pasábase la noche en gran porfía
que causó esta venida entre la gente:
cuál se atiene a Lincoya, y cuál decía
que es el Caupolicano más valiente;
apuestas en favor y contra había:
otros, sin apostar, dudosamente,
hacia el oriente vueltos aguardaban
si los febeos caballos asomaban.
Ya la rosada Aurora comenzaba
las nubes a bordar de mil labores,
y a la usada labranza despertaba
la miserable gente y labradores,
y a los marchitos campos restauraba
la frescura perdida y sus colores,
aclarando aquel valle la luz nueva,
cuando Caupolicán viene a la prueba.
Con un desdén y muestra confiada
asiendo del troncón duro y ñudoso,
como si fuera vara delicada,
se le pone en el hombro poderoso.
La gente enmudeció, maravillada
de ver el fuerte cuerpo tan nervoso;
la color a Lincoya se le muda,
poniendo en su vitoria mucha duda.
El bárbaro sagaz de espacio andaba,
y a toda prisa entraba el claro día;
el sol las largas sombras acortaba,
mas él nunca descrece en su porfía;
al ocaso la luz se retiraba
ni por esto flaqueza en él había;
las estrellas se muestran claramente,
y no muestra cansancio aquel valiente.
Salió la clara luna a ver la fiesta
del tenebroso albergue húmido y frío
desocupando el campo y la floresta
de un negro velo lóbrego y sombrío:
Caupolicán no afloja de su apuesta,
antes con mayor fuerza y mayor brío
se mueve y representa de manera
como si peso alguno no trujera.
Por entre dos altísimos ejidos
la esposa de Titón ya parecía,
los dorados cabellos esparcidos
que de la fresca helada sacudía,
con que a los mustios prados florecidos
con el húmido humor reverdecía,
y quedaba engastado así en las flores,
cual perlas entre piedras de colores.
En el carro de Faetón sale corriendo
del mar por el camino acostumbrado:
sus sombras van los montes recogiendo
de la vista del sol, y el esforzado
varón, el grave peso sosteniendo,
acá y allá se mueve no cansado,
aunque otra vez la negra sombra espesa
tornaba a parecer corriendo apriesa.
La luna su salida provechosa
por un espacio largo dilataba;
al fin, turbia, encendida y perezosa,
de rostro y luz escasa se mostraba;
paróse al medio curso más hermosa
a ver la extraña prueba en qué paraba,
y viéndola en el punto y ser primero,
se derribó en el ártico hemisfero.
Y el bárbaro, en el hombro la gran viga,
sin muestra de mudanza y pesadumbre,
venciendo con esfuerzo la fatiga,
y creciendo la fuerza por costumbre.
Apolo en seguimiento de su amiga
tendido había los rayos de su lumbre;
y el hijo de Leocán, en el semblante
más firme que al principio y más constante.
Era salido el sol, cuando el inorme
peso de las espaldas despedía,
y un salto dio en lanzándole disforme,
mostrando que aún más ánimo tenía:
el circunstante pueblo en voz conforme
pronunció la sentencia y le decía:
” Sobre tan firmes hombros descargamos
el peso y grave cargo que tomamos”.
El nuevo juego y pleito difinido,
con las más cerimonias que supieron
por sumo capitán fue recibido,
y a su gobernación se sometieron;
creció en reputación, fue tan temido
y en opinión tan grande le tuvieron,
que ausentes muchas leguas dél temblaban
y casi como a rey le respetaban.
Es cosa en que mil gentes han parado,
y están en duda muchos hoy en día,
pareciéndoles que esto que he contado
es alguna fición y poesía:
pues en razón no cabe que un senado
de tan gran diciplina y pulicía
pusiese una elección de tanto peso
en la robusta fuerza y no en el seso.
Sabed que fue artificio, fue prudencia
del sabio Colocolo, que miraba
la dañosa discordia y diferencia
y el gran peligro en que su patria andaba,
conociendo el valor y suficiencia
deste Caupolicán que ausente estaba,
varón en cuerpo y fuerzas extremado,
de rara industria y ánimo dotado.
Así propuso, astuta y sabiamente,
para que la elección se dilatase,
la prueba al parecer impertinente
en que Caupolicán se señalase,
y en esta dilación tan conveniente
dándole aviso, a la elección llegase,
trayendo así el negocio por rodeo
a conseguir su fin y buen deseo.
Celebraba con pompa allí el senado
de la justa eleción la fiesta honrosa,
y el nuevo capitán, ya con cuidado
de dar principio a alguna grande cosa,
manda a Palta, sargento, que, callado,
de la gente más presta y animosa
ochenta diestros hombres aperciba
Fueron, pues, escogidos los ochenta
de más esfuerzo y menos conocidos;
entre ellos dos soldados de gran cuenta
por quien fuesen mandados y regidos,
hombres diestros, usados en afrenta,
a cualquiera peligro apercibidos:
el uno se llamaba Cayeguano,
el otro Alcatipay de Talcaguano.
Tres castillos los nuestros ocupados
tenían para el seguro de la tierra,
de fuertes y anchos muros fabricados,
con foso que los ciñe en torno y cierra,
guarnecidos de pláticos soldados
usados al trabajo de la guerra,
caballos, bastimento, artillería,
que en espesas troneras asistía.
Estaba el uno cerca del asiento
adonde era la fiesta celebrada;
y el araucano ejército contento,
mostrando no tener al mundo en nada,
que con discurso vano y movimiento
quería llevarlo todo a pura espada;
pero Caupolicán más cuerdamente
trataba del remedio conveniente.
Había entre ellos algunas opiniones
de cercar el castillo más vecino;
otros, que con formados escuadrones
a Penco enderezasen el camino:
dadas de cada parte sus razones,
Caupolicán en nada desto vino,
antes al pabellón se retiraba,
y a los ochenta bárbaros llamaba.
Para entrar al castillo fácilmente
les da industria y manera disfrazada,
con expresa instrucción que plaza y gente
metan a fuego y a rigor de espada,
porque él luego tras ellos diligente
ocupar los pasos y la entrada,
después de haberlos bien amonestado,
pusieron en efeto lo tratado.
Era en aquella plaza y edificio
la entrada a los de Arauco defendida,
salvo los necesarios al servicio
de la gente española, estatuida
a la defensa della y ejercicio
de la fiera Belona embravecida;
y así los cautos bárbaros soldados
de heno, yerba y leña iban cargados.
Sordos a las demandas y preguntas
siguen su intento y el camino usado,
las cargas en hilera y orden juntas,
habiendo entre los haces sepultado
astas fornidas de ferradas puntas;
y así contra el castillo, descuidado
del encubierto engaño, caminaban
y en los vedados límites entraban.
El puente, muro y puerta atravesando,
miserables, los gestos afligidos,
algunos de cansados cojeando,
mostrándose marchitos y encogidos;
pero dentro las cargas desatando,
arrebatan las armas atrevidos,
con amenaza, orgullo y confianza
de la esperada y súbita venganza.
Los fuertes españoles salteados,
viendo la airada muerte tan vecina,
corren presto a las armas, alterados
de la extraña cautela repentina,
y a vencer o morir determinados,
cuál con celada, cuál con coracina,
salen a resistir la furia insana
de la brava y audaz gente araucana.
Asáltanse con ímpetu furioso
suenan los hierros de una y otra parte:
allí muestra su fuerza el sanguinoso
y más que nunca embravecido Marte;
de vencer cada uno deseoso,
buscaba nuevo modo, industria y arte
de encaminar el golpe de la espada
por do diese a la muerte franca entrada.
La saña y el coraje se renueva
con la sangre que saca el hierro duro:
ya la española gente a la india lleva
a dar de las espaldas en el muro;
ya el infiel escuadrón con fuerza nueva
cobra el perdido campo mal seguro,
que estaba de los golpes esforzados
cubierto de armas, y ellos desarmados.
Viéndose en tanto estrecho los cristianos,
de temor y vergüenza constreñidos,
las espadas aprietan en las manos
en ira envueltos y en furor metidos;
cargan sobre los fieros araucanos
por el ímpetu nuevo enflaquecidos;
entran en ellos, hieren y derriban,
y a muchos de cuidado y vida privan.
Siempre los españoles mejoraban
haciendo fiero estrago y tan sangriento
en los osados indios, que pagaban
el poco seso y mucho atrevimiento;
casi defensa en ellos no hallaban;
pierden la plaza y cobran escarmiento:
al fin de tal manera los trataron
que afuera de los muros los lanzaron.
Apenas Cayeguán y Talcaguano
salían, cuando con paso apresurado
asomó el escuadrón caupolicano
teniendo el hecho ya por acabado;
mas viendo el esperado efeto vano
y el puente del castillo levantado,
pone cerco sobre él, con juramento
de no dejarle piedra en el cimiento.
Sintiendo un español mozo que había
demasiado temor en nuestra gente,
más de temeridad que de osadía
cala sin miedo y sin ayuda el puente,
y puesto en medio dél, alto decía:
“Salga adelante, salga el más valiente:
uno por uno a treinta desafío,
y a mil no negaré este cuerpo mío”.
No tan presto las fieras acudieron
al bramar de la res desamparada,
que de lejos sin orden conocieron
del pueblo y moradores apartada,
como los araucanos cuando oyeron
del valiente español la voz osada,
partiendo más de ciento presurosos
del lance y cierta presa codiciosos.
No porque tantos vengan temor tiene
el gallardo español, ni esto le espanta,
antes al escuadrón que espeso viene
por mejor recibirle se adelanta:
el curso enfrena, el ímpetu detiene
de los fieros contrarios, que con tanta
furia se arroja entre ellos sin recelo,
que rodaron algunos por el suelo.
De dos golpes a dos tendió por tierra,
la espada revolviendo a todos lados:
aquí esparce una junta, y allí cierra
adonde ve los más amontonados;
igual andaba la desigual guerra
cuando los españoles bien armados
abriendo con presteza un gran postigo
salen a la defensa del amigo.
Acuden los contrarios de otra parte,
y en medio de aquel campo y ancho llano
al ejercicio del sangriento Marte
viene el bando español y el araucano;
la primera batalla se desparte,
que era de ciento a un solo castellano:
vuelven el crudo hierro no teñido
contra los que del fuerte habían salido.
Arrójanse con furia, no dudando,
en las agudas armas de juntarse,
y con las duras puntas van tentando
las partes por do más pueden dañarse:
cual los cíclopes suelen, martillando
en las vulcanas yunques, fatigarse,
así martillan, baten y cercenan,
y las cavernas cóncavas atruenan.
Andaba la vitoria así igualmente:
más gran ventaja y diferencia había
en el número y copia de la gente,
aunque el valor de España lo suplía;
pero el soberbio bárbaro impaciente
viendo que un nuestro a ciento resistía,
con diabólica furia y movimiento
arranca a los cristianos del asiento.
Los españoles, sin poder sufrillo,
dejan el campo, y de tropel corriendo
se lanzan por las puertas del castillo,
al bárbaro la entrada resistiendo,
levan el puente, calan el rastrillo,
reparos y defensas preveniendo:
suben tiros y fuegos a lo alto,
temiendo el enemigo y fiero asalto.
Pero viendo ser todo perdimiento
y aprovecharles poco o casi nada,
de voto y de común consentimiento
su clara destruición considerada,
acuerdan de dejar el fuerte asiento;
y así en la escura noche deseada
cuando se muestra el mundo más quieto
la partida pusieron en efeto.
A punto, estaban y a caballo cuando
abren las puertas, derribando el puente
y a los prestos caballos aguijando
el escuadrón embisten de la frente,
rompen por él hiriendo y atropellando,
y sin hombre perder, dichosamente
arriban a Purén, plaza segura,
cubiertos de la noche y sombra escura.
Mientras esto en Arauco sucedía,
en el pueblo de Penco, más vecino
que a la sazón en Chile florecía,
fértil de ricas minas de oro fino,
el capitán Valdivia residía,
donde la nueva por el aire vino,
que afirmaba con término asignado
la alteración y junta de Estado.
El común, siempre amigo de ruido,
la libertad y guerra deseando,
por su parte alterado y removido,
se va con este son desentonando:
al servicio no acude prometido,
sacudiendo la carga y levantando
la soberbia cerviz desvergonzada,
negando la obediencia a Carlos dada.
Valdivia, perezoso y negligente,
incrédulo, remiso y descuidado,
hizo en la Concepción copia de gente,
más que en ella, en su dicha confiado;
el cual, si fuera un poco diligente,
hallaba en pie el castillo arruinado,
con soldados, con armas, municiones,
seis piezas de campaña y dos cañones.
Tenía con la Imperial concierto hecho
que alguna gente armada le enviase,
al cual a Tucapel fuese derecho,
donde con él a tiempo se juntase:
resoluto en hacer allí de hecho
un ejemplar castigo, que sonase
en todos los confines de la tierra,
porque jamás moviesen otra guerra.
Pero dejó el camino provechoso,
y, descuidado dél, torció la vía,
metiéndose por otro, codicioso,
que era donde una mina de oro había,
y de ver el tributo y don hermoso
que de sus ricas venas ofrecía,
paró de la codicia embarazado,
cortando el hilo próspero del hado.
A partir (como dije) antes, llegaba
al concierto en el tiempo prometido,
mas el metal goloso que sacaba
le tuvo a tal sazón embebecido;
después salió de allí, y se apresuraba
cuando fuera mejor no haber salido.
Quiero dar fin al canto, porque pueda
decir de la codicia lo que queda.

Gómez Pérez das Mariñas Gobernador de Filipinas y Capitán General de Murcia. Fin

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… Y echo ansi el enpleo y conpra de dichos mis vienes, aquellos an de ser los binculos y de mayorazgo para sienpre y el primero posehedor dellos a de ser obligado a sacar liçençia de Su Magestad para hazerlo mayorazgo, y las perssonas que an de subçeder en el dicho bínculo y las condiciones que an de guardar son las siguientes:
Primeramente nonbro y senalo por heredero y suzesor del dicho bínculo a don Luis Perez de las Mariñas, Caballero proffesso de la horden de Alcántara, mi hijo legytimo y de dona Ana Maria de Mendoza y Sotomayor, defunta que fue mi muger, para que le aya e goze y herede todos los días de su bida, y después dellos su hijo mayor baron syendo legítimo, abido de legítimo matrimonio, y a falta de baron henbra abida de legitimo matrimonio la mayor, y lo mysmo se guarde en los nyetos del dicho don Luys mi hijo, que abiendo baron abido de legítimo matrimonyo subçeda el mayor en días y a falta de baron enbra, la mayor abida de legítimo matrimonyo.
Y fuera destas dos subcesiones de hijos e nyetos del dicho don Luys mi hijo, an de subceder en el dicho bínculo sus dezendientes barones legítimos de legítimo matrimonyo, el mayor de línea de baron en baron por linya de baron, de tal manera que después de nyetos e nyetas del dicho don Luis, el que depues dezendientes hubiere de subçeder en el dicho bínculo a de ser baron e no enbra, y el baron más próximo por linia de baron tomando su dezendencia y tronco para la sucesion y tronco en la cabeça del dicho don Luis mi hijo, y así para sienpre jamás.
Iten hes condicion que si el dicho don Luis mi hijo muriere sin hijos legítimos de legítimo matrimonio que le subceda en el dicho bínculo, le a de suceder don Fernando de Castro, hijo segundo de mi hermano Albaro Gonzalez, y después del su hijo mayor legitímo baron de legítimo matrimonyo, e por esta horden an de hir subçediendo los dezendientes del dicho don Fernando de Castro, barones legítimos de legítimo matrimonyo para sienpre hesten yendo e no enbras.
Y si el dicho don Fernando de Castro muriere sin la dicha dezendencia y fuera bibo don Joan su hermano terçero subcesor en el dicho bínculo, y después del sus deçendientes, con las dichas condiciones que estan declarado en el dicho don Fernando.
Y si el dicho don Fernando y don Juan su hermano, murieren sin los dichos hijos legítimos subcederá en el dicho bínculo Fernán Díaz de Ribadeneira, hijo de Joan Pardo de Ribadeneira y de dona Costanza de las Mariñas my tia, y después del sus dezendientes legítimos de legítimo matrimonyo barones como esta dicho en los demás.
Y si todos los nonbrados murieren sin sucesor legítimo, subceda en el dicho bínculo don Diego da las Mariñas, Senor da la fortaleza de Parga, y sus dezendientes barones legítimos como esta dicho.
Iten hes condicion que si el dicho don Luis mi hijo tubiera hijos que le subçedan, y le faltaren nyetos le an da suçeder los dichos don Fernando de Castro o don Joan su hermano o Fernán Díaz de Ribadeneira o Diego da las Mariñas, y los descendientes da cada uno por su anteoridad, como aquí ban nonbrados.
Iten hes condicion que sy faltare suçesor baron de todos los que quedan llamados, a de subceder en el dicho bínculo e mejora el deudo de my linaxe mas cercano, baron de legytimo matrimonio por linia y dezendencia de mi señora e madre dona Berenguela de las Mariñas, y abiendo muchos en un grado se prefiera el mayor.
Iten hes condicion que si subcediere en el dicho bínculo hija o nyeta del dicho don Luis mi hijo, a falta de baron como hesta dicho, que la tal sea obligada a casarse con descendiente de mi linaxe por parte de mi madre aviendole, tal y de tal calidad que pueda tenar habyto de Santiago sin dispensaçion, y no le abyendo que se case con decendiente de mi linaxe por parte de mi padre, que tenga mysma calidad de poder tener Abyto de Santiago sin dispensaçion, y abyendo muchos dezendientes con quien poderse casar, que tengan la dicha calidad, que sea a eleción de la tal casare con quien quisiere, sin que aya en ello difirençia ni pleyto más de su boluntad, y con que el marido con quien se casare no tenga casa que le obligue a tener otro nonbre y armas mas del que yo dexare sanalado y si lo tubiera lo aya da dexar por el que yo dexo y si no que no pueda subçeder.
Y si la tal hija o nyeta del dicho don Luis se casare con persona fuera de las de ni linaxe abyendola y no la aviendo con persona que tenga la dicha calidad de poder tener abito de Santiago sin dispensaçion, por el mismo casso pierda la subcesion y pase a los siguientes llamados por la horden dicha no abyendo otro deçendiente del dicho don Luys.
Iten hes condicion que así el dicho don Luis mi hijo y sus hijos, nyetos y dezendientes, como otro qualesquiera que hubiere de subceder en este dicho bínculo, no se puedan casar con muger que no sea linpia de toda rraça de moro o judío o conberço y herexe, penitençiado o otro qualquiera que les pueda ser de ynpedimyento, para que sus hijos no puedan tener abitos, colesios ni ynquisiciones, so pena de que por el mismo echo pierda la subcesion y pase el bínculo al siguiente en grado. Y si al tienpo que binyere a suceder se allare casado con muger que tenga algunos de los dichos defetos e ynconbenyentes, que el tal no pueda suçeder syno que passe al siguiente en grado. Iten hes condicion que así el dicho don Luys mi hijo, como todos los demás que hubieren de subceder en este bínculo, se ayan de llamar syendo barones Gomez Peres das Mariñas sin ponerse don y sin que el tal pueda anadirse otro nonbre ny apellido a este al prenzipio ny al cabo del nonbre, más de asi a sobre Gomez Perez das Mariñas, y sy subcediere muger asta el grado en que estan llamados, se llamen con sobrenonbre das Mariñas y el marido se llame ansymesmo Gomez Perez das Mariñas, e que ayan de traher en sus escudos y sellos mis armas so pena que no pueda subceder.
Y ansimysmo hes condicion que el tal subcesor en las hescrituras y çedulas que dixere y otorgare, se ponga el número de los a quien subcede començando del dicho don Luys del dicho bínculo que se llamará primero sucesor deste bínculo, y el que le subcediere segundo y así de allí adelante en todos, para que sean conozidos entre ellos los que prozedieren, como caballeros serbidores de Dios y de su rrey, ansi onbres de la virtud, y por ello sean alabados e por el contrario los que mal prozedieren sean bituperados, e que esto les sea estímulo para seguir la birtud y esta condizión se a de guardar no siendo contra derecho e si lo fuere abyendo aprobación de Su Magestad y confirmacion suya para que se pueda guardar y no de otra manera.
descargaIten hes condicion que en este bynculo no a de subçeder clerigo de horden sacro, freyre ny monxa, profesos ny rrelixiosos de la conpanía de Jesús, aunque no sea proffesso ny hordenado, ny honbre que sea dado por traydor a su rrey y príncipe por delito que el mysmo aya cometido, ny honbre que sea dado por herexe o penytencia o por la Santa ynquisición, ny el que naciere ciego ny mudo, ny el que fuere leproso de mal de San Lázaro, porque mi yntencion hes que el que subçediere en el dicho bynculo sea persona sana para poder serbir a Dios y a su rrey y así no quiero que subceda ninguno de los arriba nonbrados e que pase al siguiente en grado. Iten hes condicion que las Rentas del dicho bínculo y de lo más bienes partido de todo lo que yo dejare, se deposite en cada un año para sienpre jamás myl ducados de Castilla, los quales se an de meter cada año en una caxa, que a de hestar deposytada en el conbento donde estubiere my cuerpo sepultado, con tres llabes, las quales a de tener la una el que fuere posehedor del dicho bynculo y la otra la Justicia Mayor, Corregidor o Alcalde del lugar donde estubiere, y la otra el padre guardián perlado del conbento donde hestubiere sepultado el dicho my cuerpo, y en la dicha caxa a de aber un libro grande enquadernado donde se ha de asentar todo lo que en ella se mete con día, mes y año, de lo qual a de dar fee el escribano de Consejo aviéndolo y sino otro hescribano público o rreal.
Y esta caxa no se a de abrir en ninguna manera sino fuere el día que se metieren los dichos dos myll ducados en ella, que seran juntos de una bez salbo que en los cassos que abaxo hiran hespresados se podrá abrir y no en otros, so pena que sy se probare que fuera dellos se hubiere abierto, el tal subcesor pierda el dicho bínculo y pase al syguiente en grado, y los demas tenedores sean obligados a los danos que de abrir la dicha caja se ubieren seguido y pierdan el salario de aquel año, salbo sy se abriese sin culpa o dolo de los dichos tenedores.
Iten hes condicion que estos dos myll ducados que cada año se an de enplear meter en dicha caxa, se an de enplear en posesiones, propiedades, juros e censos de la manera que esta dicho o nel demas enpleo de my hacienda, para que la rrenta dellos sea bínculo y mayorazo corno lo demás y esto se a de hazer de diez en diez años, quando en la caxa hubiere beynte myll ducados, que entonzes se a de abrir, presente el hescribano que esta dicho y gastar los dichos veinte myll Ducados e conprar con ellos la dicha rrenta, con que antes que se abra la dicha caxa a de hestar tratado e conzertado el enpleo de los dichos dineros y si no ubiere comodidad de hazer el dicho enpleo al tienpo de los dichos diez años, no se a de abrir la caja asta tener la tal comodidad y en tenyéndose se podra abrir y sacar los dichos veinte myll ducados y no más y enpleallos.
Y si a los cinco anos se ofreciere comodidad de enplear los diez mil ducados que estubieren en la caxa, se podrá abrir y azer el enpleo por ser en comodidad del dicho bínculo que la rrenta se baya aumentando.
Y el enpleo deste dinero lo an de hazer los tenedores de las llabes todos tres, o los dos en discordia del terçero, sin que en esto aya más pleyto y diferencia de juntarse e conferir en presencia del scribano, como y en que cosas será bien azer el enpleo del dicho dinero, para que sea en más benefiçio de la haçienda, y lo que sse determinare por todos los dichos aquello se entienda sea sienpre por acuerdo, y se aga de manera que su boluntad tenga cunplido efeto y no aya fraude ni anbicion, ny el dinero entre en poder del posehedor del bínculo, sy no que por todos tres los tenedores de las llabes se pague e se ynbie donde ubiere de llebar e pagar y que el enpleo sea adonde les paresçieren más acomodado a la casa e bínculo.
Iten hes condicion que luego quel dicho dinero de la caxa se enpleare como dicho hes, los rreditos del se yncorporen con la demás rrenta del dicho binculo, con las mismas clausolas y condiçiones y enagenamiento y todo lo demás que va dicho, para que el posehedor lo aya como lo demás sin tener más obligación de meter los dichos dos myl ducados cada un ano en la caxa.
Iten hes condicion que para que el posehedor deste bínculo por ningun casso se pueda escussar de meter cada año los dichos dos myll ducados en la dicha caxa, que cada año que no los metiere cayga e yncurra en pena de mil Ducados, aplicados para el hospytal de la Corte de Su Magestad, adonde a de estar un traslado autoriçado desta clausola de my testamento e que esté en los libros del dicho hospital, y que con solo ella y el juramento del mayordomo o persona a cuyo cargo la administración del dicho hospital de como el posehedor de binculo no a metido aquel ano en la caxa los dos myll ducados, se pueda egecutar el tal posehedor por los dichos myll Ducados de pena e por los dos myll que no metió en la caxa para que los meta, de manera que el hospital no pueda cobrar lo que le toca de la pena sin traher testimonio de como lo que toca a la caxa se a metido en ella e para la execuçión e cumplimyento desta clausula someto a los subcessores e posehedores del dicho bínculo al rreal Conçejo de Castilla ynmediatamente para que la aga cunplir de manera que no aya escussa, y que el subçessor para hescusarse de la dicha pena tenga cuydado de ynbiar cada año testimonyo al dicho hospital de como a metido los dichos dos myll ducados en la caxa.
Y los casos en que la dicha caxa se podrá abrir fuera del que queda declarado seran los siguientes: El primero hes abiendo jornada de guerra dentro o fuera del rreyno, adonde bayan perssona rreal o principe de castilla, que en tal caso abiendo el posehedor del dicho binculo de hir personalmente en la dicha jornada por mandado de su Rey o Príncipe y no de otra manera, podrá gastar todo el dinero que hubiere en la dicha caxa y gastarlo como quisiere y tanbien estar libre de la obligación de meter en la caxa los dos myll ducados todos los años que durare la jornada andando en ella por mandado de su Rey o Príncipe como esta dicho de lo qual a de constar por testimonios o zedulas rreales.
El segundo caso hes abiendo casamiento de la perssona rreal o príncipe de castilla, que si el tal posehedor fuere llamado por su rrey o prinçipe para le serbir en el tal casamyento o jornada del, que en tal caso podra gastar de la dicha caxa todo lo en ella hubiere y gastarlo libremente como quisiere.
El terzero caso hes sy el tal posehedor fuere ynbiado por Rey o Príncipe con Enbaxada fuera de los rreynos de Castilla, en tal casso podra gastar el dinero de la caxa y gastarlo como hesta dicho. Y para que los tenedores de las llabes y escribano que tengan más cuydado de guardar e cunplir lo que en rrazón de la dicha caxa queda dispuesto, mando que ayan en cada un año de salario el juez que tubiere la una llabe seys myl maravedís y el perlado otros seys myll, los quales se paguen del dinero que se metiere en la dicha caxa al tienpo que se meta en cada un año.
E porque mi yntencion hes que los que ubieren de gozar de mis trabaxos y serbicios que hecho a mi Rey de mi mano y de la de Dios prencipalmente me a benydo lo que les dexo, se conprende hordinario en serbir a sus rreyes y principes y en ellos gasten sus bidas y aciendas con la obligacion de caballeros nobles e porque para esto es neszesario exerciçio de birtud y distruçion en latines y esta mexor se consigue en la profesion de las letras, quiero que todos los subcesores deste bínculo tengan hespecial cuidado de dar hestudio de latinidad y artes a lo menos dos cursos de artes a sus hijos, de manera que el que hubiere de subceder aya estudiado la latinydad razonablemente y dos cursos de artes aunque sea fuera de Unybersidad aprobada e que el que subcediere en el dicho bynculo sin aber estudiado lo dicho o no estudiare subçediendo de hedad para ello, en pena de su nygligençia pierda de la rrenta myll ducados cada año por su bida, los quales se den a dos doncellas pobres hijas de alguno de los de mi linaxe que mas nezesidad tubieren a eleçion del dicho posehedor.
Iten para que todo tenga mas cunplydo efeto, mando que un treslado autoriçado desta fundacion e ynstitucion de bínculo con todas las clausolas e condiciones se llebe al Consejo de Estado de Su Magestad, para que los Señores del lo manden poner en los libros de su Consejo, para que quando se ofresçiere nescesidad Su Magestad se mande serbir de los subcesores de my cassa por la obligacion que tenemos a ello.
Y para cunplir, pagar, guardar, heste my testamento en quanto a las mandas, deudas, Obras Pías en esta cibdad e yslas, nonbro y dexo por mis albazeas y testamentarios al dicho don Luis Das Mariñas mi hijo, y al licenciado Gonçalo de Armida, a los quales y a cada uno ynsolidum doi poder cunplido quan bastante de derecho se rrequiere para que por autoridad de Justicia y sin ella entren en mys bienes y tomen dellos y los bendan en almoneda y fuera della y gasten e cunplan este my testamento, el qual poder les ture uno y dos y tres y más anos y todos los que quisieren syn que se les pueda tomar quenta por ningun juez de bienes de difuntos ny de menores, ny de otro alguno, ny quitarles ninguna hacienda para meterla en la caxa de bienes de difuntos ny en otra, porque yo lo proybo hespresamente y quiero que por su mano se cunpla my testamento y despues de cunplido para lo tocante a España nonbro por albacea y testamentario al dicho don Luis mi hijo y a otros abaxo nonbrados.
Iten declaro que los mill taels de oro que arriba tengo declarado hestan myos en poder de Joan Pacheco, después le he hescrito y dado horden que los entregue al capitan Agustin de Arzeo para que me los lliebe a España.
Iten demas de lo que tengo declarado que dexo en dinero, declaro que por horden mia y de dinero myo Juan Rodrigues de Figueroa, veçino de México, a ynbiado a Francisco Noboa y a Luis Feyjoo, hermanos vezinos de Sevilla, ocho myl pesos.
Iten mando a todas las mandas forçosas a cada una dos rreales con que las aparto de mis bienes.
Iten mando a la casa de San Lázaro de la Villa de Bibero quatro ducados para la obra que tubiere más
necesidad.
Iten mando al hospital de la dicha billa de Bibero diez ducados para camas del dicho hospital.
Iten mando a todas las yglesias de la Villa de Bibero y monasterios della y al de Baldeflores a cada uno media arroba de aceyte.
Iten mando a la yglesia de Chabin media arroba de aceyte.
Iten mando a la yglesia de San Miguel das Negradas una casulla de tafetan y un caliz de plata por el anyma de Francisco de Bibero e por la mia, por lo que soi a cargo a la dicha iglesia.
Iten declaro por mis hijos legitimos y de dona Ana de Sotomayor y Mendoça, a dona Berenguela y a dona Gregoria Das Mariñas, las quales son monjas profesas y an renunciado sus legitimas en el dicho don Luys mi hijo digo en mi persona.
Iten para el cunplimiento deste my testamento e para las cosas de España y todo lo demas en el contenydo, demas de los ariba contenydos, senalo e nonbro por mis testamentarios al dicho Don Luis mi hijo y a dona Costança das Mariñas my tia, y a don Diego de las Mariñas, señor de la villa del Caraminal, y a Fernan Diaz de Ribadeneira my sobrino hijo de la dicha dona Costança Das Mariñas y al padre fray Jorge de Mendoça flayre francisco tio del dicho don Luys my hijo y al liçenciado Gonçalo de Armyda y asymismo porque los susodichos podrian faltar y por ser esta dispusycion duradera y binculo y perpetuo y es menester que sienpre aya albaçea y cunplidor que lo execute y tenga quenta con su cunplimyento y perpetuydad, nonbro e senalo por my testamentario desde luego demas de los susodichos a uno de los Senores del Consejo Real de Su Magestad, al mas antiguo que es o fuere, para que tenga cuydado de la execucion deste mi testamento y todo lo en el contenido, e por la ocupacion e trabaxo mando que se le den en cada un año al dicho oydor más antiguo del Consejo Real que fuere mi albaçea a cien ducados para (no se lee) a los quales dichos mis albazeas testamentarios y cunplidores y a cada uno dellos ynsolidun doy el poder y facultad que puedo y debo de derecho para todo lo susodicho y lo a ello anexo y dependiente.
Por esta presente carta rreboco, anulo y doi por ninguno y de ningun efeto otro qualquiera manda e testamento que antes deste aya fecho por escrito o de palabra, que quiero que no balgan ny agan fee ny prueba en juicio o fuera del, aunque tengan clausola hespressa de no los rrevocar e queste solo balga por mi testamento y ultima boluntad y sino valiere por testamento que balga por codizilio e por escritura publica o en aquella bia y forma que de derecho mexor deba y pueda y deba baler, con que por esta rrebocacion no sea bisto perjudicar a los memoriales de deudas que debo y descargos de mi conçiençia, porque aquellos quiero queden en su fuerça e bigor e que ante todas cosas se cunpla de lo más bien parado de mis bienes lo que dellos faltare por cunplir e que los dichos memoriales tengan fuerça de escritura publica y testamento y toda fuerça y bigor de derecho.
Iten digo que demas de veynte Ducados que doy cada año de alimentos a las dichas mis hijas Dona Berenguela y dona Gregoria, a cada una dellas les mando para que mexor se puedan sustentar quinze mas a cada una, de manera que sean cinquenta ducados en todo, cada una veinte e cinco, en los mismos plazos y terminos que se les dan los beynte y que esto goçen desde el día que yo fallesçiere para que rrueguen a Dios por my anyma.
Aunque arriba digo que aya de quedar en el Consejo de Estado de Su Magestad un treslado deste mi testamento, declaro que basta que quede heste en el dicho Consejo de Estado tan solamente treslado de la clausola de los tres casos en que se a de abrir la caxa de las tres llabes, para que ofreciendose ocasion Su Maegestad se syrba del subcesor de mi casa y acienda y entienda que tiene subjeto y pusible para servir. Iten declaro que aunque arriba en este my testamento mando que por ynbentario y almoneda se bendan todos mis bienes muebles para enplear en rrenta el balor dellos, declaro que las joyas de diamantes, la benera del abito de Santiago, las hespadas de oro y las colgaduras bordadas y algunas otras cosas semejantes de mi rrecamara e que podrian servir para adorno de la casa de Don Luis mi hijo, estas no se bendan syno que los aya, goze y herede el dicho don Luis mi hijo como bienes binculados.
Iten mando que a don Diego de las Mariñas mi primo, se le de una cadena de oro que balga quynientos pesos de horo comun de a ocho rreales el peso, por el amor que le tengo y que si el dicho Don Diego de las Mariñas tubiere abito de Santiago le den my benera de horo del dicho abito, no honstante que arriba digo que se guarde y no se benda.
Iten mando que por quanto siendo yo gobernador y capitan general en las yslas felipinas por el rrey nuestro senor, el Enperador del rreino del Japon me ynbio una carta y enbaxada de que ay papeles e rrecaudos de la forma que byno, e para que mys subcesores les quede memoria desto y deseo de enplearse sienpre en el serbicio de su Rey como son obligados, mando que su carta del dicho enperador la anbale y otros de ciertos prencipales de aquel rreino y una arma en asta dorada y unas como colgaduras de cinta de tabla pintadas que todo bino con la Enbaxada, se guarde y ande sienpre en el dicho binculo con los papeles y rrelacion de la dicha Enbaxada.
Iten declaro que aunque arriba digo que las joyas de diamantes y espadas de oro, benera y colgaduras bordadas y otras cosas de adorno de casa no se bendan, syno que las goze e guarde don Luis mi hijo.
Quiero y es my boluntad que si yo y el dicho don Luis mi hijo, murieremos syn que dexe el dicho don Luis hijo legitimo, en tal casso si le paresçiere al dicho don Luis que sse bendan y conbiertan en rrenta para el mayorazgo y dicho bínculo se aga asy, y sino lo que en esto dispusiere y hordenare el dicho Don Luys eso se cunpla y guarde. Gomez Perez das Mariñas.
En la muy noble e sienpre leal çiudad de Manila de las Islas Felipinas del Poniente a treynta dias del mes de Setiembre de myll e quinientos e noventa e dos años, en presençia de los testigos aqui contenidos Gomez Perez das Mariñas, caballero professo de la horden de Santiago, Gobernador e Capitan General por su magestad en estas yslas por el Rey nuestro señor, dió y entregó a mi el presente scribano hesta escritura zerrada y sellada, la qual dixo e declaró ser su testamento, última e postrímera boluntad, y que en é1 dexa albazeas y erederos y donde a de ser enterrado e nonbrados, e que esta escrito en tres foxas y abajo firmado de su nonbre e pedió a mi el presente escribano no sea abierto ny publicado asta tanto que su ssenoría sea falleszido y pasado desta presente bida y siendolo quiere y es su boluntad se publique, guarde y cunpla lo que en el esta hescrito e rrenunçia y rreboca todas e qualesquiera mandas, poderes y condizilios que antes deste aya fecho y otorgado para que no balgan en Juyçio ny fuera del en testimonyo de lo qual otorgo la presente carta siendo testigos el liçençiado Goncalo de Armyda y el capitan Cristobal de Asqueta y el secretario Juan de Cuellar y el capitan Juan Suarez Gallinato y Suero Diaz, Mayor de Ayllon, Antonyo de Tapia, bezinos y estantes en esta zibdad y lo firmo y los dichos testigos e porque no esta enterado en las foxas que sson que balan todas las que ban hescritas debaxo de su firma y la rrebocacion de las mandas sea conforme a lo que dentro ba escrito. Gomez Perez das Mariñas, Joan Suarez Gallinato, el licençiado Armyda, Mayor de Ayllon, Cristobal de Ascueta, Suero Diaz de Ribadeneira, Juan de Cuellar, Antonyo de Tapia, yo Jeronimo de Mesa scribano publico del número desta zibdad de Manyla por el Rei nuestro Señor presente fui a lo que dicho hes con los dichos testigos y otorgante y fice my signo ques a tal en testimonio de Verdad. Jeronimo de Mesa escribano público.
…el dicho testamento hestaba cosido en un medio pliego de papel en quarto y escrito en el çierta horden que enpieça destos dos myll pessos que se an de echar en rrenta y acaba la horden que sobre esto da con la clausola siguiente:
Iten que lo que son limosnas de los pobres, de los pobres generales se agan con los mas zercanos a la
casa del subcessor en el rreyno de Galiçia y esto se entiende con los mas zercanos en bezindad, el qual quedó rrubricado de my el escribano Juan Gutierrez de Alcalá escribano publico”.

Gómez Pérez das Mariñas Gobernador de Filipinas y Capitán General de Murcia.

 Courtyard of Casa Manila, a reconstructed example of Bahay na bato, the classic Filipino house, now a Museum, Intramuros, Manila, Philippines, Southeast Asia, Asia
Continuación del Testamento
Iten mando que si Dios nuestro Senor fuere serbido de llebarme desta presente bida en esta cibdad de Manyla, my cuerpo se deposite en el conbento de Santo Domingo della, en lo alto de la capilla mayor al lado derecho del altar mayor, con my abyto de Santiago e que allí este deposytado y sobre el una tunba cubierta con un pano de rraso negro con el dicho abyto, e que por la sepultura para el dicho deposyto de mi cuerpo se dé de limosna al dicho conbento quinyentos pesos de oro comun, demas de lo que costare hazer la dicha sepultura.
Iten mando quel dia de mi entierro se digan en el dicho conbento de Santo Domingo todas las misas cantadas y rrezadas que fuere posible, y el dia siguiente asy en el dicho oonbento como en todos los demás e yglesia mayor desta cibdad, se digan por my anima todas las mysas que se pudieren de cantadas y rresadas e por ellas se de la limosna hordinaria.
Iten mando quel día de my entierro aconpanen my cuerpo el cabildo de la yglesia mayor en forma de cabildo y se le de cien pesos de limosna con sus belas, y ansymesmo me aconpanen todas las cofradías de la cibdad y se les de la limosna que a mys albazeas paresçiere.
Item mando que todo el tienpo que my cuerpo estubiere deposytado en el dicho conbento, hesten en mi sepultura quatro achas de zera, las quales se enciendan a todas las mysas que se dixeren en el altar mayor.
Item mando que despues de mi fallecimyento se me diga por tienpo de un ano entero una mysa rreçada con su rresponso cada día en el dicho conbento de Santo Domingo y se de un peso de limosna por cada una.
Item mando que dentro del dicho ano se me digan otras quinyentas mysas recadas en todos los conbentos e yglesia mayor, rrepartidas al parezer de mys albazeas y por ellas se de la limosna hordinaria.
Item mando quel día de my entierro y el de las honrras se bistan doze pobres a honrra de los doze apóstoles, de la manera que paresçiere a mys albazeas.
Iten mando que al nobeno día despues de my fallesçimyento, se me digan mis honrras en el dicho conbento de Santo Domingo, como paresçiere a mys albazeas y lo mysmo al cabo de año.
Iten mando que si Dios me llebare fuera desta cibdad e yslas, se aga en my entierro todo lo que tengo dicho que se ha de azer en esta cibdad, y se digan las mysmas y agan las mysmas honrras, e que si donde falleçiere hubiere conbento de Santo Domingo en el se deposyte my cuerpo como esta dicho, y no lo abiendo en otro conbento o yglesia a parezer de mys albazeas.
Item mande que si me llebare Dios fuera del rreyno de Galiçia, despues de gastado mi cuerpo se llieben mys guesos a Galiçia y se entierren en el conbento de San Francisco de la Villa de bibero, en la capilla mayor del que es mia o en la cibdad de Betangos en la capilla mayor de San Joan adonde estan sepultados my padre y abuelos, o en Santo antonyo de la Villa de alcaraminal en la que destas mas paresçiere a mi hijo don Luys o al que fuere mi heredero.
Iten mando que en la yglesia donde hestubieren my guesos aya de hordinario para sienpre quatro achas, las quales se ençiendan todos los días de fiesta a la mysa mayor, y a las fiestas prenzipales, a bisperas y misa.
Iten mando que en la yglesia o conbento que se sepultaren mys guesos se diga perpetuamente para sienpre cada semana una mysa de rrequiam rrezada por my alma y de quien tengo obligacion con su rresponso e por ella se de quatro rreales de limosna, los quales senalo en lo mas byen parado de my açienda, atento que los rreligiosos de San Francisco no pueden tener propiedad e por esso no se se los senalo en rrenta.
Item mando que todo el tienpo que my cuerpo estubiere deposytado en Santo Domingo desta cibdad syn llebar los guesos a España como tengo mandado, se de cada un año de lymosna duzientos pessos al dicho conbento, e questo se entienda solamente en esta cibdad de Manyla.
Item mando que si Dios me llebare en estas yslas y don Luys mi hijo se fuere a España syn poder llebar mys guesos, por no estar el cuerpo gastado e por otra causa que dexe perssona de cuydado y confianza que los aga llebar de secreto por hescusar costos e con costos o sin ellos quiero que se llieben y ansi lo encargo al dicho don Luis debaxo de my bendicion.
Iten digo y declaro que de lo que a my me debieren e yo debiere en estas yslas y fuera dellas, se allara quenta e rrazon en mys papeles, mando que lo que declarare deber y mandar por manda graçiosa se pague de mis bienes como sy especialmente lo senalara en este testamento e ansy mesmo lo que declarare se me debe se aga deligencia para cobrarlo.
Item declaro que quando partí despaña para esta tierra hice testamento y dexe memorial de algunas cosan que se avían de hazer e deudas que se avian de pagar, el qual memorial dexé a don Diego de Las Mariñas mi primo hermano, y a don Lope de Mendoza ynquisidor de Toledo my cuñado, y a doña Costanza de Las Mariñas my tia y a Hernando Diaz de Ribadeneira mi sobrino, hijo de la dicha dona Costanza de Las Mariñas, y al padre fray Jorge de Sotomayor e Mendoza de la horden de San Francisco, de don Luys mi hijo, para cada uno dellos subcesivamente, para que los susodichos cada un año de mis bienes pagasen quinientos Ducados conforme al dicho memorial, mando que lo que faltare por cumplir se pague luego junto de mis bienes sin aguardar a pagar cada un año los dichos quatroçientos ducados, e para más claridad de las deudas y mandas que son, dexo entre mis papeles un tanto del dicho memorial firmado de mi nonbre, quiero que se guarde e cumpla como en el se contiene.
Iten declaro que me he serbido mucho tienpo de ydalgos e personas nobles en el rreyno de Galicia, los quales acostunbran a serbir a senores syn sueldos ni salario, no mas de por aficion, amor, boluntad, obligacion, basallaxe, conozimyento o parentesco o otra superioridad, mando que si dentro de un ano despues de my fallecimiento parescieren algunos de los susodichos o otros de qualquier calidad deciendo que me an serbido e no les he pagado, que sabida la berdad sin pleyto ny contienda de juiçio se les pague lo que fuere Justo e paresciere que yo les debo, conforme a lo que se ussa ganar en Galiçia segun la calidad de las personas, e que antes se les de demas que menos de my acienda y esto dexo por deuda forçossa y encargo la conciencia a mis herederos y albaceas para que en ello descarguen la mya y lo agan saber por todo el rreino de Galiçia para que los que algo pretendieren no lo pierdan por ynorancia.
Iten declaro que fui casado con dona Maria Sarmyento un mes, que fue desde bispera de San Joan asta bispera de Santiago del año de sesenta e quatro en que la dicha dona Maria Sarmyento falleçió, la qual me dexó por su unibersal heredero e cunplidor de su alma, en lo qual no se cierto que aya cosa por cunplir, pero sy paresciere que falta algo mando que de mis bienes y no de los suyos se pague lo que faltare, por la rremysion que he tenido en lo cunplir e porque la dicha dona María Sarmyento mandó que despues de mys días se hiciese de sus bienes una Obra Pía, como se contiene en su testamento, declaro que dexo los dichos bienes en pie como ella me los dexó e que todo lo que ella en su testamento dispuso e mandó hes la verdad y ansi lo confieso e quiero se guarde, e para que tenga mas cumplido efeto dexo e mando de mis bienes, para cunplimyento y aumento de la dicha Obra, las casas que fueron de Pedro de Zela que yo conpré.
Iten declaro que quando yo salí Despaña, dexé un pleyto de una dezima de cierta execución que llebé en Cartaxena siendo Corregidor y otro sobre un salario de un criado myo, por los quales dexé por fiadores a Francisco de Montalbo, que fué my alguacil mayor de Murçia, y a Andrés de Palaçio su lizenciado en corte de su Masestad, mando que si ubieren gastado alguna cosa de prençipal y costas se les pague mostrando rrecaudo de lo que hubieren lastado y de los danos que por ellos se les hubieren seguido.
Iten declaro que de mis bienes corridos libres en Hespaña y de lo que he ahorrado de mi salario en estas yslas, terné asta cien myll pesos de horo común poco más o menos, y lo de España esta en poder de las personas arriba declaradas, a cuyo cargo quedó la administración de mi haçienda y lo de aca esta en poder del capitan Joan Pacheco myll taels de horo fino que llebó a la Nueba Hespaña, que anbos hice de my salario y de lo demás tengo en mi poder, de lo qual y de lo que más Dios me diere de aquí adelante se allará quenta e rrazón entre mis papeles, a los quales me rremyto y quiero que balgan tanto como si aquí fueran ynsertos.
Iten por quanto de obligacion, así por mandamiento debino y umano como por dispusiçion de derecho, todos los bibientes deben querer e procurar el acrezentamyento de vida, honrra y estado de sus hijos y dezendientes, hespeçial aquellos que decienden de noble sangre, que con gran trabaxo syrbiendo a Dios nuestro senor y a sus rreyes y príncipes naturales, an alcançado bienes tenporales para poder dexar binculos, mayorazgos e ynstituçiones perpetuas, con que les quede congrua sustentaçion y puedan rrepresentar memorablemente la persona e memoria de aquellos de quien tubieron prenzipio, e considerando que las cosas debidas e partidas en brebe tienpo paresen sin memoria, como la hespirencia lo a mostrado y muestra cada día, e quedando juntas y enteras permaneçe su memoria, así para serbiçio de Dios nuestro senor y de sus rreyes naturales, como para defensa y honrra del tal linaxe y casa, e por los exenplos de los antiguos, tenemos autoridad de serlos muy útil y provechossa ynstituir y fundar los tales bynculos y mayorazgos por la dibision y separamiento de los bienes, y pues así se a usado e guardado asta agora y dellos se an seguido notables bienes y probechos y loable memoria y aunque no tengo facultad, conforme a derecho, de desponer de mis bienes fuera de terçio e quinto por tener a don Luys das Mariñas mi hijo legitimo y heredero forçoso, ny tengo facultad rreal para poder ynstituir ny fundar mayorazgo ny bincular mis bienes, con todo tengo tanta confianza en la birtud y partes del dicho don Luis mi hijo, y del deseo que muestra de darme gusto por el amor que me tiene, que consentirá e pasará por qualquiera grabamen e condiçion que le ponga y dexe sobre su lexitima e con ella la azetará y rrezibirá y aprobará my boluntad como hijo de bendiçion, pues mys deseos y fines ban dirixidos al acrezentamyento y honrra suya del dicho don Luys y de sus decendientes, e que debaxo desta confiança le dexo el quinto de mis bienes que le pudiera quitar.
Por tanto debaxo del dicho consentimyento e aprobacion, quiero e mando que despues de cumplido e pagado lo contenydo en este my testamento, todo lo rrestante de mis bienes muebles e rrayces, derechos y otros y todo lo que se allare al tienpo de mi muerte, sean bienes binculados para sienpre jamas que no se puedan bender, partir, trocar, ny concanbiar, traspasar ny prescribir en pena, ny ypotecar, obligar ny dibidir, ny apartar todos ny parte dellos, lo uno de lo otro ny lo otro de lo otro, ny darlo en dote ny en arras, ny donaçión paternal, ny darlo por qualquier título honeroso ny lucratibo, ny para alimentos ny obras pías ny redençiones de cautibos, ny por otra causa boluntaria ny nezessaria en bida, ny por causa de muerte aunque sea por boluntad y consentimyento de aquel y aquellos que en ellos abian de subceder y aunque aya autoridad de rrey o rreina ny de príncipe heredero, ny de qualquiera vía que sea o ser pueda sy no que todabia y en todo tienpo los dichos bienes sean binculo e permanezca junto y entero, y no subjeto a dibisión ny partiçión como dicho es, y si contra el tenor e forma de lo susodicho o parte dello algun posehedor yntentare ganar licencia para hazer contra esta espresa proybiçión aunque sea echa por ynorançia o personas ynorantes destas dichas condiçiones y binculo, o por otro qualquier herror, defeto o derecho o por qualquier cossa de las que hiciere o yntentare azer el subcesor del dicho bínculo lo pierda, y todos los bienes del y se traspasen en el seguiente en grado, a quien segun la dispusycion del hubiere de benir.
Para cunplimiento de lo qual mando que todo lo que yo dexare en Dineros y bienes muebles y semobientes, se emplehen en propiedad e posesiones rayces en el rreino de Galiçia allándolas, e no las allando se conpren censos e juros de a catorze mill el millar sy los allare de Su Magestad e sy no de concejos sobre sus propios e rrentas con facultad de Su Magestad, con que no sea sobre los propios de la Villa de Madrid, que no quiero que sobre ellos se conpre ninguna cossa.
Y en caso que los zensos o juros una vez conprados se rredimyesen el dinero, se a de poner en bancos asta que se buelba a enplear otra bez, y así todas las bezes que se rredimiere e con esta declaración se han de haçer las escrituras de zenso que el que los rredimiere sea obligado a poner el dinero en los bancos de Madrid o donde estubiere la Corte e sus Consejos, y que todo el tienpo quel dinero hestubiere depositado, el posehedor del binculo no pueda gastar nada del prenzipal por ninguna bía sino lo que legalmente rrentare estando en los bancos e no más.
Y en caso que se enplehe en alguna cosa en los dichos zensos sy despues de rredimydos se allaren propiedades e posesiones rrayces en que sse enpleallo se emplehe, de manera que my boluntad hes que sienpre que se allaren posesiones se conpren asta enplear todo el dinero, para que por esta vía se aga esta rrenta perpetua.
Y para el enpleo de la primera bez despues de mi muerte, se ará luego ynbentario de todos mys bienes dentro de beynte dias, y el dinero se depositará en un conbento de Santo Domingo, y los muebles se benderan dentro de un año, y se cobrará lo que se me debiere y todo se yrá depositando en el dicho conbento en una arca de tres llabes, que la una tenga mi heredero y la otra el perlado del conbento y la otra la justicia mayor del pueblo, con que si el que me suszediere fuere don Luys mi hijo, y si quisiere quedar con los muebles y rrecamara mía para hornato de su casa lo pueda hazer sin benderlo, y sy fuere otro el subcesor se benda como dicho hes.
Y si dentro del primero año se ofreçiere comodidad de hazerlas conpras y enpleo del dicho dinero como dicho hes, del conbento donde hestubiere depositado se sacará para ello y si no se ofreçiere comodidad tal dentro de un año, el dinero se a de poner en los bancos como queda dicho, adonde estará asta que se pueda enplear y entretanto que allí estubiere el posehedor del bínculo no a de gastar de lo prençipal cosa alguna, salbo lo que legalmente rentare en el banco.
Y si fuera del Reyno de Galicia se ofreçieren posesiones buenas se podran conprar antes que zensos rredemibles, con que no sean casas en cibdades ny billas, sino Cortijos o granjas con heredamyentos y después de una bez conpradas las posesiones rrayces no se an de poder bender, trocar, ni concanbiar, salbo que las que se hubieran conprado fuera del rreino de Galicia se podran trocar por otras dentro del dicho rreino y benderlas para conprar otras dentro del, que sean tales y de tanto probecho, e para que no aya fraude en la tal conpra o trueque a de ynterbenir el consentimiento del subzesor en el dicho binculo siguiente en grado, con que no sea el hijo del posehedor aunque lo aya, que para esto será como si no lo hubiera, porque se presume que ará lo que su padre quisiere aunque sea en su perjuyçio y de sus subzesores, e por heso hes menester el consentimyento de otro que no sea su hijo como dicho es.

Gómez Pérez das Mariñas Gobernador de Filipinas y Capitán General de Murcia.

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Gobernador Das Mariñas

Gómez Pérez das Mariñas, natural de Betanzos de los Caballeros, era hijo de Fernán Díaz de Ribadeneira y de su segunda mujer doña Berenguela das Mariñas. Se casó dos veces, la primera, el 23 de junio de 1564, con doña María Sarmiento Ribadeneira, fallecida al mes de su matrimonio “desde bispera de San Joan asta bispera de Santiago del año de sesenta e quatro que la dicha dona Maria Sarmyento falesçio”, y la segunda con doña Ana de Sotomayor y Mendoza, con quien tuvo por hijos a don Luis, a doña Berenguela y a doña Gregoria, éstas últimas monjas profesas.
Nuestro personaje tomó posesión como corregidor de la ciudad de León el 30 de enero de 1579, urbanizándola con suma eficacia al disponer la construcción de fuentes, calzadas, y la fábrica de la Casa de las Carnicerías para el abasto de carnes, cuya traza se debe al arquitecto Juan del Ribero Rada, y en el que se conserva el escudo heráldico de Gómez Pérez y la leyenda que reza:
“Hízose este edificio, más las fuentes y calzadas de la ciudad, siendo Gobernador el muy ilustre Gómez Pérez das Mariñas. Año de 1581, el cual gobernó bien” En el año 1584, el rey Felipe II le nombra corregidor de las ciudades de Murcia, Lorca y Cartagena, por Real Título expedido en El Escorial el 27 de septiembre de 15842, y oficio del que tomaría posesión el 17 de noviembre del mismo año, prorrogado hasta el 1º de enero de 1587, en que accedió al cargo Don Pedro Zapata y Cárdenas, por Real Provisión dada en Madrid el 10 de diciembre de 1586, en cuya sesión se hizo constar: “E luego el dicho don Pedro Çapata tomo las varas del dicho Gomez Perez das Mariñas y de su Alcalde Mayor y alguaziles, aviendo antes y primeramente hecho la solenidad del Juramento acostumbrado”
Una vez efectuado el traspaso de poderes, y en la sesión del siguiente día 13, se aprueba la liquidación de “lo que se le deviere de su salario del tiempo que fue Corregidor”  En los libros de Consistorio se encuentra reflejada la actividad político-social desarrollada por Pérez das Mariñas en la ciudad de Murcia, desde su intervención en la fundación del convento de Nuestra Señora del Carmen mediante las pertinaces gestiones de Fray Diego de Castro, con “liçencia para poder fundar el convento de cuya fundación Vuestra Señoría tanto gusta”, hasta cumplimentar el alistamiento de moriscos “conforme a la pragmática de Su Magestad”, obras públicas, y cuanto pudiera redundar en beneficio de la república, a la que sirvió con la misma dedicación practicada en todos los cargos públicos por él desempeñados.
En el año 1589, el rey Felipe II le hizo merced del hábito de Santiago y le nombró Capitán General de las Islas Filipinas, para donde partió el 8 de junio de 1589, y llegó en mayo del siguiente año. En este viaje, le acompañaron su hijo don Luis das Mariñas, que había sido paje del rey Felipe II, y su sobrino don Fernando de Castro, el gran descubridor de las Indias Orientales.
Gómez Pérez demostró durante su mandato una gran capacidad como gobernante y diplomático, al fomentar el comercio con la China y establecer contactos con el Japón, de cuyo emperador recibió una nutrida embajada con cartas, credenciales y regalos que incorporó al bínculo de su casa para perpetuar tan memorable acontecimiento, citado en su testamento. En cuanto a Manila capital se refiere, de la que se tomó solemne posesión el 19 de mayo de 1571, la cerró de buenas murallas con un perímetro de 3.510 metros de circunferencia, seis grandes puertas, y dos postigos con puentes levadizos. Reforzó la fábrica del fuerte Santiago hasta convertirlo en defensa casi inexpugnable; dotó a la plaza de buena artillería y llenó la población de excelentes edificios, entre los que cabe destacar la construcción en cantería de la Catedral, y la iglesia de Santa Potenciana, patrona de la colonia desde la toma de posesión de la ciudad, por celebrar la iglesia su festividad en dicho día.
Sensible de la necesidad de evangelizar a los pueblos que gobernaba, dispuso la impresión
de un manual de “doctrina cristiana” en tagalo y en chino, como también dejó escritas unas
ordenanzas para el buen gobierno de la república.
El 19 de octubre de 1593 es asesinado a bordo del navío “La Capitana” por los bogadores
chinos del buque en que se dirigía a la conquista de las Molucas.
Le sucede en el gobierno de las Filipinas su hijo don Luis das Mariñas, que desgraciadamente habría de fallecer en similares circunstancias. Entre los personajes que se citan en el testamento que presentamos, figura Francisco de Montalbo, su Alguacil Mayor de Murcia, y el letrado Andrés de Palacio, “su lizenciado en corte de Su Magestad”, a quienes dejó por fiadores en dos litigios pendientes de sentencia, al tener que ausentarse para hacerse cargo del gobierno de las Filipinas.
Entre los testigos de la entrega en depósito de su testamento a Jerónimo de Mesa, escribano de Manila, aparecen citados dos de sus más estrechos colaboradores, el licenciado Gonzalo de Hermida, que era “Alcalde Mayor de Manila”, y Juan de Cuéllar, “Secretario del Gobernador de las Filipinas”, que curiosamente habría de ser secuestrado por los chinos cuando acompañaba a don Luis das Mariñas en su expedición, y datos obtenidos de otros documentos de la época que hemos investigado con anterioridad, en los que igualmente figura el Capitán Gómez de Machuca como “tessorero de las Filipinas”.
En la documentación post-mortem de Gómez Pérez das Mariñas y de nuestro antepasado don Lope de Andrade, contemporáneos dirigentes en aquellas alejadas tierras, figuran una serie de personas que permiten componer el cuadro de los personajes con oficios relevantes en “en la muy noble e sienpre leal çiudad de Manila de las Islas Felipinas del Poniente”:
Escribanos
“Gabriel de Quintanilla, escrivano publico de Manila”.
“Juan Yanez, scrivano de Su Magestad”.
“Juan Gutierrez de Alcalá, escribano publico”.
“Gerónimo de Mesa, escribano publico”.
Militares
Capitán Juan de Laxara. Diego Núñez, soldado de su compañía, y el portugúes Bera,
sargento.
Capitán Francisco de Mercado.
Capitán Hernando Becerra Montanos.
Capitán Bernardo de Bergara.
Capitán Diego Jornado.
Capitán Agustín de Arelo.
Capitán Cristóbal de Azcueta.
Capitán Juan Suárez Gallinato.
Alférez Alonso de Biendegud.
Oficios
Ramos, barbero de Manila.
Rodrigo de Almonte, comerciante de telas.
Cristóbal Belasques y Juan López de León, este último maestre de la nao Santiago, y
“honbres platicos que benían en las naos de China”.
Otros
Fray Andrés de Talavera, “predicador de la Horden de San Francisco”.
Domingo Martín, “piloto portugues estante en Manila”.
Juan Martínez de Acebedo, “vecino de Manila”.
Hernán Gutierres de Céspedes, “difunto que murió en Manila”.
Francisco Giles.
Mayor de Ayllon.
Antonyo de Tapia.
Suero Díaz de Ribadeneira.
Carlos de Niebla.
Hernando Calzado.
Francisco de Estrada.
Domingo de Bera.
En Filipinas fundó la población de Pérez Dasmariñas, en la isla de Luzón, provincia de Cavite, a 24 km. de la capital provincial. En el pasado siglo se simplificó este topónimo, pasando a llamarse Dasmariñas, que en la actualidad cuenta con una población aproximada de 700.000 habitantes.
El hecho de que en Manila se conserve el nombre de una calle dedicada a tan ilustres brigantinos, debería de ser un estímulo para que la ciudad de Murcia se plantee la manera de agradecer el buen gobierno de este corregidor gallego del siglo XVI.

1592. Setiembre, 30. Manila.

Testamento de Gomez Pérez das Mariñas y Ribadeneira, Gobernador y Capitan General de
las Islas Filipinas, con anterioridad Corregidor de León y de Cartagena, como también Capitan General, Justicia Mayor y Adelantado de Murcia, “So cuya dispusición falleçió”.
(Archivo del Reino de Galicia. Real Audiencia. Legajo 26.657-15)
“En el nonbre de Dios Todo Poderoso, Padre, hijo y espíritu santo, tres perssonas y una exsençia Dibina, y de la gloriosysima sienpre birgen nuestra señora Santa Maria su bendita madre, y del bienabenturado apostol Santiago y todos los Santos e santas de la Corte Celestial, yo Gomez Perez das Mariñas, Caballero professo de la horden de Santiago, Gobernador e Capitan General que soi al presente por el Rey Don Phelipe nuestro Señor de las Yslas Felipinas, considerando como hes manyfiesto que en pena de la publica culpa le hestableze la muerte de los honbres y ninguna deuda ser mas natural que esta y la mas cierta que tenemos, pues Jesucristo nuestro senor Dios y honbre berdadero por Redimirnos la quiso rrescevir en el Santo arbol de la cruz e como por esto abemos de ser untados quando a El le plugiere y que ante su divina magestad sera cada uno juzgado segun sus obras porque solas estas hiran con nosotros y mirando quan malas an sido en quebrantamyento de sus Santos mandamyentos y de los de su yglesia católica e quan apartadas de la dotrina y exenplo de su santisima bida que el Evanxelio nos muestra sin aberle serbido los muchos e grandes benefiçios que del rreszibí no merescyendo el menor dellos, con mucha rrazon debo temer y perder los sentidos pensando en la estrecha quenta que me será demandada en el alto tribunal del más alto y supremo juiçio y sobre de todo a quien son manyfiestas todas las cosas mas ocultas de nuestros coraçones y quan mala la puede dar hesta anima que en my crio e por su santa pasion rredimio
creyendo que aunque mis culpas sean tan grandes su misiricordia hes ynfinyta y por ella bino a llamar y rredimir pecadores no permytir que se pierda su obra por mi maldad y deseando endereçarme al camyno verdadero y bida eterna que es el mysmo Dios nuestro señor y entendiendo que para ello hes cosa no solo conbenyente sino muy neszessaria disponer de lo que El en este mundo me encomendó, que fue muy mucho mas de lo que yo le meresci, y dexandolo en la horden de proceder e conçierto que pudiere así en la rrestitucion y satisfacion y paga de los cargos en que yo soy que por mi culpa no hes cunplido como debiera y en otras Obras Pias como en probecho y declarar la subcesion de mys hijos e hijas e casa y hacienda por hende ynbocando la gracia del Hespiritu Santo ago y hordeno este mi testamento y ultima boluntad, por el qual quiero que sepan todos los que lo bieren y oyeren, como yo estando sano
a Dios graçias de my cuerpo y de mi boluntad y libre entendimiento, creyendo como creo firmemente en la fee Católica y confesandola como la Santa yglesia catolica de Roma la tiene e confyessa predica y se contiene en el credo que hiçieron los Santos Apostoles y en el que la yglesia canta y en los siete Sacramentos della por la qual fee Cristo a parecido para morir en ella e por ella y espero salbarme y asy lo protesto desde agora para el articulo postrimero de bibir y morir en esta santa fee, syn la qual ninguno puede ser salbo y con esta protestaçion e firme preposito entiendo de bibir y morir como tengo dicho, y si el enemigo de la umana naturaleza y de nuestra Santa e Catolica rreligion en el articulo de la muerte o en otro qualquier tienpo contra lo susodicho algun mal pensamyento a mi juiçio traxere, desde agora lo doy por ninguno y si alguna pálabra en ofensa de lo que ansi tengo declarado dixere, digo desde agora para entonzes que es en sy ninguna y fuera de toda my boluntad y que no estoi siendo este en el juiçio que debo antes desde agora ofrezco mi anima a la Santisima Trinidad Padre e Hijo y Espiritu Santo tres perssonas y un solo Dios verdadero, que hes el que la crio rredimio y alunbro por su dibina clemençia la quiera colocar en su rreino y por los meritos de su Santísima Pasyon le plega poner entre su justo juyzio y ella a su gloriosysima madre y sienpre birgen Santa María señora nuestra, a quien suplico que pues hes la verdadera y mayor abogada de los pecadores e por su santa fe rrescebida por madre del mas alto hijo que ynterçeda por mi, ponyendo antel alguno de los sus ynfinitos meritos para que yo no sea jusgado por mis grabes culpas y encomyende a los bienabenturados angeles con el arcangel San Miguel y a los Santos Patriarcas y Proffetas con el Santisymo San Joan Baptista y a los apostoles San Pedro e San Pablo principes de la yglesia y a los gloriosos San Joan Ebanxelista y Santiago y a todos los otros Santos martires y confesores y birgines amén.