Alfredo Kindelán Duany considerado fundador del actual Ejército del Aire de España.

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Nació en Santiago de Cuba el 13 de marzo de 1879, hijo del ingeniero militar Ultano Kindelán y Manuela Duany pertenecientes a acomodadas familias españolas de origen irlandés.
Su familia, que se había trasladado a España en 1882 por un cambio de destino de su padre, ingeniero militar, perdió toda su fortuna como consecuencia de la guerra con los Estados Unidos en 1898. Quedó huérfano de padre a los 13 años y a los 14 ingresó como cadete en la Academia de Ingenieros de Guadalajara del general general Vives. Es nombrado teniente en 1899.

Además de hacer frente a sus obligaciones familiares, contribuyendo al sostenimiento de la familia y a la educación de sus hermanos, se dedicó en los años siguientes a la primigenia aeronáutica.

En 1901 obtiene el título de piloto de globo aerostático en el Servicio de Aerostación Militar. Realizó numerosas ascensiones en globo y se convirtió en el primer piloto español de dirigible. Obtiene el tercer y cuarto puesto en sus dos únicas participaciones en el campeonato de globos de la Copa Gordon Bennett.

Durante las dos primeras décadas del siglo, se dedica también a colaborar con el desarrollo de la primera aeronáutica en distintos campos. Publica los libros Dirigibles y Aeroplanos (1910) y La flota aérea española (1916). Participó con el ingeniero Torres Quevedo en los trabajos de construcción del primer dirigible semirrígido español, el España.

Con la llegada del aeroplano, por encargo del gobierno y junto al general Vives desarrolla el estudio para la creación de una escuela de pilotos militar que finalmente se establece en el aeropuerto de Madrid-Cuatro Vientos y de la que se le encarga la dirección, obteniendo el primer título de piloto militar de aeroplano que en ella se expide. En 1913 se le nombra como jefe de Aviación del Servicio Aeronáutico Militar, asumiendo el mando de la primera escuadrilla que participa en la guerra de Marruecos. Destinado de nuevo a la península, en 1921 pone en marcha en Los Alcázares (Murcia) la Escuela de Combate y Bombardeo y en 1925 manda la Escuadra Expedicionaria, componente aéreo de la operación del desembarco de Alhucemas.

En 1926, ya general, Miguel Primo de Rivera lo nombra Director General de Aeronáutica. En esos años comienza la gestación de los grandes vuelos de la aviación española alrededor del mundo como el Plus Ultra de Ramón Franco o el Jesús del Gran Poder.

Alfonso XIII después del fracaso de la dictadura de Primo de Rivera al que apoyó, se ve obligado a exiliarse en Roma. Kindelán, marcadamente monárquico, se exilia y se traslada a Francia y luego Suiza al proclamarse la República. Trabaja como ingeniero en la empresa Saurer de Arbon. En 1934 regresa a España para colaborar activamente en la preparación de la sublevación que al fracasar da lugar a una guerra civil el 18 de julio de 1936.
Iniciada ésta, la Junta de Defensa Nacional del General Francisco Franco le nombra como Jefe del Aire, ocupando la Jefatura de los Servicios del Aire, haciéndose cargo de todas las fuerzas aéreas sublevadas durante toda la guerra. Kindelán había apoyado a Franco desde el principio como comandante general de las fuerzas militares y esto le había convertido en uno de sus hombres de confianza. Confiaba en Franco en gran parte como una buena oportunidad para así poder restaurar la monarquía con la mayor brevedad posible después del conflicto.

Según evolucionaba la guerra, el General Emilio Mola concentraba sus ataques en el frente del norte y Juan Vigón le había convencido de la necesidad de una solución rápida a la guerra. Esto se convirtió en un punto de discordia entre Franco y Kindelán que le pidió sucesivamente abandonar sus ataques en el frente de Valencia para así concentrarse totalmente en el frente norte. Criticó la participación de Franco en la batalla del Ebro por su larga duración y sugirió que su decisión de comprometerse en este frente en lugar de un ataque directo a Barcelona añadió cuatro meses más al final de la guerra.

Después de la victoria de Franco en 1939, Kindelán crítico con Franco -consideraba a Franco como un igual y no un superior- no dudaba en considerar el régimen franquista como una regencia y buscaba la restauración de Alfonso XIII. Ricardo de la Cierva propone a Kindelán para asumir el Ministerio del Aire (actual Cuartel General del Ejército del Aire), ya que como tal había ejercido durante la guerra. Sin embargo, Franco le sustituye y pone al General Juan Yagüe como jefe de la Fuerza Área, mientras desplaza a Kindelán nombrándolo responsable de la región aérea de las Islas Baleares. El gobierno de Franco en el contexto internacional se alinea con la Alemania Nazi, ya durante la guerra había recibido importante apoyo áereo de las potencias del Eje como la Legión Cóndor o la Aviación Legionaria. Kindelán a pesar de todo se muestra proclive a los aliados de la Segunda Guerra Mundial y forma parte del Estado Mayor de la conspiración monárquica contra Franco. Kindelán simpatizaba con el gobierno del Reino Unido hasta tal punto que los británicos lo utilizan para presionar a Franco a restaurar la monarquía y así forzar a España su neutralidad durante la guerra mundial. El 13 de diciembre de 1941 la embajada alemana se quejó de que Kindelán hubiese invitado al embajador del Reino Unido a su palco del Liceo de Barcelona.

En 1941 se hace con el cargo de Capitán General de Cataluña, un cargo diseñado por Franco para equilibrar a las distintas facciones dentro de los militares y así amortiguar el poder de Ramón Serrano Suñer y Falange. En noviembre de 1942, cuando el Ministro del Ejército Carlos Asensio está empujando a que España entre en la guerra, se reúne con Franco y le afirma que si esto ocurre, hará un golpe de estado para restaurar la monarquía. Kindelán contaba con el apoyo de un importante número de generales y aunque al principio Franco no reacciono, a los tres meses en 1943, consigue un nuevo cargo. Es nombrado Director a la Escuela Superior del Ejército y miembro académico de la Real Academia de la Historia, aunque no toma posesión del cargo.

En agosto de 1945, después de atacar a Franco en un polémico discurso pro-monárquico, pierde su cargo en la academia militar. Mientras tanto, su libro más importante, Mis cuadernos de guerra, se retrasa y sufre la censura. En el se trazan el desarrollo de la guerra civil y le eliminan un pasaje crítico con las decisiones de Franco en el frente del norte.
Kindelán en este momento se ve libre para dedicarse a las conspiraciones para asegurar la restauración al trono del infante Conde de Barcelona, Juan de Borbón. Cuando en 1946 se da a conocer el llamado manifiesto de Lausana donde se pide la restauración inmediata de Juan de Borbón, Franco identifica a Kindelán como el cabecilla del manifiesto y ordena su encarcelamiento. Fidel Dávila Arrondo hace un llamamiento a Franco para que tenga en cuenta sus servicios pasados y su avanzada edad, 67 años. El caudillo cedió y le envió al exilio a las Islas Canarias, a más de dos mil kilómetros de la capital del país, Madrid.

Tras la guerra en Europa, ahora con dos grandes frentes internacionales, Estados Unidos y la Unión Soviética, el Gobierno evolucionó hacia posturas monárquicas. En 1947 la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado define por primera el Estado franquista como un “Reino”, aunque manteniendo la Jefatura del Estado atribuida nominativamente a Franco, que en cualquier momento podría proponer a las Cortes la persona de su sucesor, a título de Rey o de Regente. En 1949 el General Kindelán pasa a la reserva con 70 años.

Durante los últimos años, Kindelán es parcialmente rehabilitado, ocupa su puesto en la Academia de Historia y se le concede la Medalla Aérea que sólo acepta con la aprobación de Juan de Borbón. En 1961 Kindelán es reconocido con el título nobiliario de Marqués, aunque el gesto fue interpretado como una broma irónica de parte de Franco, burlándose del hecho de que, a pesar de todos sus esfuerzos, Kindelán todavía no estaba viviendo en la monarquía que así deseaba.18 Murió al año siguiente en Madrid, el 14 de diciembre de 1962, con España todavía bajo el franquismo.

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Historias de la Historia de España Cap. 94. Un general, un desastre y unos asesinos republicanos.

El 29 de julio la columna del general Navarro se retiró hasta Monte Arruit. Allí organizó la defensa de la misma con una fuerza de 3.017 soldados. Sin víveres, agua y municiones suficientes, sin que las tropas españolas que estaban llegando a Melilla fueran capaces de salir a combatir y rescatar a las tropas asediadas del general Navarro, éste se vió obligado a capitular tras 14 días de asedio. Cuando el 11 de agosto los soldados comenzaron a salir de Monte Arruit, los moros se echaron sobre ellos masacrándoles a todos.

Navarro

Felipe Navarro y Ceballos-Escalera, Barón de Casa Davalillo,  nació en Madrid, 21 de julio de 1862. Su padre fue Carlos Navarro y Padilla y su madre Francisca Ceballos-Escalera y de la Pezuela, hermana de Joaquín Ceballos-Escalera y de la Pezuela, Marqués de Miranda de Ebro y General de Artillería.

Ingresó como alumno en la Academia de Caballería el 1 de septiembre de 1877, siendo promovido al empleo de alférez en julio de 1880. Fue destinado al Regimiento de Pavía hasta agosto de 1882, en que fue nombrado ayudante de campo del Ministro de la Guerra con 20 años y dos años de servicio en filas.

Cuando en octubre de 1883 Martínez-Campos dejó el Ministerio de la Guerra y pasó a ser Capitán General de Ejército, se llevó consigo a Navarro, primero destinado a sus órdenes directas y luego nombrándole su Ayudante de Campo en febrero de 1885.

En septiembre de 1888 se le destinó al Regimiento de la Reina, y en noviembre ascendió al empleo de Teniente con 26 años. Continuó en el regimiento hasta diciembre de 1890, en que pasa de nuevo al Regimiento de Pavía. Posteriormente ejerció el cargo de ayudante de campo de los Generales de División D. Federico Ochando y D. Bernardo Echaluce.

En diciembre de 1892 volvió a destinársele al Regimiento de la Reina. En septiembre de 1893 fue nombrado alumno de la Escuela Superior de Guerra, pero en el mes de noviembre fue destinado al Ejército de Operaciones de Africa, que mandaba el Capitán General D. Arsenio Martínez Campos, de nuevo como ayudante de campo suyo. Participó en las operaciones de Melilla hasta marzo de 1894, y recibió una Cruz Blanca al Mérito Militar de Primera Clase. A finales de ese mes se incorporó a la Escuela Superior de Guerra.

El 26 de junio de 1886 se casó con María Cristina Morenés y García Alessón, Baronesa de Casa Davalillo, nacida en Madrid el 20 de octubre de 1862. Era hija de Carlos Morenés y Tord, Barón de Cuatro Torres y Gentilhombre de Cámara, y de María Fernanda García Alessón y Pardo, Condesa del Asalto y Baronesa de Casa Davalillo.

En septiembre de 1888 se le destinó al Regimiento de la Reina, y en noviembre ascendió al empleo de Teniente con 26 años. Continuó en el regimiento hasta diciembre de 1890, en que pasa de nuevo al Regimiento de Pavía. Posteriormente ejerció el cargo de ayudante de campo de los Generales de División D. Federico Ochando y D. Bernardo Echaluce.

En diciembre de 1892 volvió a destinársele al Regimiento de la Reina. En septiembre de 1893 fue nombrado alumno de la Escuela Superior de Guerra, pero en el mes de noviembre fue destinado al Ejército de Operaciones de Africa, que mandaba el Capitán General D. Arsenio Martínez Campos, de nuevo como ayudante de campo suyo. Pero dos meses después de iniciar sus estudios los interrumpió, al producirse en Melilla las derrotas españolas con las que comenzó la que se conocería como Guerra de Margallo o Primera Guerra del Rif, presentándose voluntario al Ejército de Operaciones de África cuyo mando se entregó a Martínez-Campos, de quien de nuevo fue nombrado Ayudante de Campo en noviembre de 1893.

Participó en las operaciones hasta la finalización de la campaña en marzo de 1894, por las que fue recompensado con una Cruz del Mérito Militar con distintivo Blanco de 1.ª Clase. A finales de ese mes se reincorporó a la Escuela Superior de Guerra, pasando poco después a pertenecer al Regimiento de Caballería de Santiago.

En abril de 1895, al iniciarse la guerra de independencia cubana o Guerra del 95, interrumpió de nuevo sus estudios para incorporarse voluntariamente al Ejército de la Isla de Cuba como Ayudante de Campo de su General en Jefe, de nuevo Martínez-Campos. Emprendió a su llegada operaciones de campaña contra los insurrectos separatistas, condecorándosele con la Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 1.ª Clase por su actuación en las operaciones sobre Mayari Arriba y por su comportamiento en el combate del 3 de junio librado en Seboruco. El 7 de enero de 1896 participó en el combate sostenido en el ingenio de San Dimas, concediéndosele por el mérito que entonces contrajo la Cruz de María Cristina (tercera recompensa al valor, antecesora de la Medalla Militar) de 1.ª Clase.(RED.] (RED.] Alojamiento de tropas en Melilla

Ese mismo mes Martínez-Campos fue relevado por el General Valeriano Weyler y Nicolau como Gobernador de Cuba, así que Navarro también regresó a la península a finales del mismo. Fue nombrado Ayudante de Campo de su tío, el General de División D. Joaquín Ceballos-Escalera y de la Pezuela, prosiguiendo sus estudios en la Escuela Superior de Guerra. En marzo de 1896 ascendió a Capitán (con 33 años) y en septiembre concluyó por fin su accidentado curso de Estado Mayor. Al mes siguiente, y con el fin de realizar las prácticas reglamentarias del Cuerpo de Estado Mayor, se le destinó al IV Cuerpo de Ejército a la vez que se le nombraba, por quinta y última vez, Ayudante de Campo de Martínez-Campos, que moriría en 1900.

Guerra en Filipinas.

En enero de 1897 embarcó voluntario para Filipinas, donde la sublevación había estallado unos meses antes, para continuar allí las expresadas prácticas. Durante su estancia en las islas se distinguió en diversos hechos de armas y fue condecorado por ello: Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 1.ª Clase pensionada por los combates del 3 y 4 de mayo en el barranco Limbong y en el pueblo de Indang; ascenso a Comandante por méritos de guerra (segunda recompensa al valor después de la Cruz Laureada de San Fernando) por la toma de Maragondón el 11 de mayo (con 34 años, habiendo estado pues de Capitán apenas un año); Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 2.ª Clase pensionada por la acción sostenida el 30 de mayo en Talisay, en la que resultó herido; y Cruz de María Cristina de 2.ª Clase por el combate reñido en Minuján el 9 de diciembre.

Aunque el 23 de diciembre el General Fernando Primo de Rivera y Sobremonte y los rebeldes firmaron el Pacto de Biak-na-Bato que puso fin a las hostilidades, Navarro permaneció aún hasta marzo de 1898, en comisiones de servicio, cooperando en la sumisión y entrega de armas de diversas partidas rebeldes. Por ello fue recompensado con una Mención Honorífica.

A su regreso a la metrópoli recibió por fin el Diploma de Estado Mayor, quedando de reemplazo hasta que en mayo fue destinado al Regimiento de Caballería de Reserva de Madrid nº 39 y en septiembre al Regimiento de Cazadores de Lusitania. Allí permaneció hasta diciembre de 1902, en que pasó a la Escuela Militar de Equitación como Profesor y Jefe del Detall (Departamento Estadístico de Trámite Administrativo de Libros y Listados, lo que viene a ser nuestra actual Sección de Personal o S-1). El 4 de octubre de 1905 fue nombrado por el Rey Alfonso XIII Gentilhombre de Cámara con ejercicio. En enero de 1906 volvió al que fue su primer destino, el Regimiento de Pavía, y ese mismo año, durante las fiestas organizadas en la Corte con ocasión de la boda de Alfonso XIII, se le comisionó a las inmediatas órdenes de los Príncipes Genaro, Raniero y Felipe de Borbón-Dos Sicilias (hijos de Alfonso de Borbón-Dos Sicilias y Austria, pretendiente al trono del Reino de las Dos Sicilias y cabeza de su Casa Real). En 1909 ante S.A.R. el Prínncipe Rupprecht de Baviera; y acompañó a la Familia Real en sus viajes por España y Francia.

Consumado jinete, formó parte del jurado de los Concursos Hípicos Internacionales celebrados en Bruselas en 1905 y en Lisboa en 1909.

En mayo de 1914 fué destinado como Jefe de Caballería de la Comandancia Militar de Larache. Obtuvo una Cruz Roja al Mérito Militar de Tercera Clase por los combates del 2 de agosto que se libraron en Sidi-bu-Haya y hayera Tuila; y una Cruz de María Cristina de Segunda Clase por el combate de R´gaia del 18 de noviembre.

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Guerra de Melilla
El 21 de noviembre de 1909, tras los graves sucesos que dieron lugar a la Guerra de Melilla, se le agregó al Cuartel General del Comandante en Jefe de las Fuerzas del Ejército de Operaciones en Melilla, prestando servicios de campaña y asistiendo el día 26 a la toma de Sebt, Eulad-Daud y Atlaten. El 30 de diciembre, terminadas las hostilidades, regresó a la península. En agosto de 1913 ascendió a Coronel (con 51 años), siguiendo en el cargo de Ayudante de Órdenes del Rey.

Asistió en 1914 a varias operaciones en el territorio de Larache, contrayendo méritos por los cuales fue recompensado con la Cruz del Mérito Militar con distintivo Rojo de 3.ª Clase. En mayo de 1914 fue nombrado Jefe de las Fuerzas de Caballería de la Comandancia General de Larache, constituidas en una Agrupación para los efectos del mando y servicio, saliendo de nuevo a campaña. Por su notable participación en diversos combates recibió varias recompensas: Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 3.ª Clase por los combates del 2 de agosto que se libraron en Sidi-bu-Haya y Hayera Tuila; y Cruz de María Cristina de 2.ª Clase por el combate de R´gaia del 18 de noviembre. Al cargo que venía desempeñando de Jefe de las Fuerzas de Caballería de la Comandancia General de Larache, en mayo de 1915 se le sumó el de Subinspector de las Tropas de la citada Comandancia, prestando meritorios y distinguidos servicios en ambos cometidos.

Promovido a General de Brigada en octubre de 1916 (con 54 años), permaneció en situación de cuartel hasta que un año después, el 17 de octubre de 1917, se le confió la 3.ª Brigada de Caballería, la cual mandó hasta el 31 de agosto de 1918 en que, designado Jefe de Sección del Ministerio de la Guerra, se hizo cargo de la Cría Caballar y Remonta. En dicho cometido y en comisión de servicio, revistó en septiembre el 3.er Establecimiento de Remonta en Écija, Sevilla; en diciembre el 5º Depósito de Caballos Sementales de Zaragoza y en mayo de 1919 los Depósitos de Caballos Sementales y Establecimientos de Remonta de Jaén, Córdoba, Sevilla y Cádiz, presenciando a la vez la entrega de los potros a los Cuerpos de Caballería. Mientras tanto, ese mismo año fue nombrado caballero gran cruz de la Orden de San Hermenegildo con antigüedad del año anterior.

Comandancia General de Ceuta
En julio de 1919 su viejo conocido de las campañas de Cuba y Larache, el General de División de Caballería Manuel Fernández Silvestre, fue nombrado Comandante General de Ceuta. Estando vacante el puesto de Segundo Jefe, Navarro lo reclamó y al mes siguiente, el 25 de agosto, se le concedió. Como Segundo Jefe de la Comandancia General de Ceuta, inspeccionó las posiciones del territorio y asistió a las operaciones de campaña desarrolladas en el mismo, dirigiendo varias de ellas. Del 11 al 23 de febrero de 1920 asumió el mando accidental de dicha Comandancia.

En febrero de 1920 Silvestre pasó a ser Comandante General de Melilla. Cuando quedó vacante el puesto de Segundo Jefe, Navarro lo solicitó y se le concedió el 5 de noviembre. Este cargo de Segundo Jefe de la Comandancia General de Melilla llevaba consigo el de Presidente de la Junta de Arbitrios de la ciudad, lo que significaba a efectos prácticos que era el Alcalde de Melilla. Esta función le consumía gran parte de su tiempo, en una época en la que la ciudad iba creciendo a ritmo acelerado. Aunque Navarro participó en todas las acciones militares de importancia, el general Silvestre no le hacía partícipe de la información ni del curso de los acontecimientos político-militares.

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Desde el primer día se dedicó a recorrer el territorio y visitar las posiciones ocupadas, asistiendo a cuantas operaciones se desarrollaron, algunas de las cuales dirigió personalmente. El 6 de abril de 1921 se le concedió la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo Rojo “en atención a las circunstancias que concurren en [él], y muy especialmente a los servicios de campaña prestados y méritos contraídos en nuestra Zona de Protectorado en África durante un período de operaciones mayor de seis meses, en virtud de propuesta del Alto Comisario de España en Marruecos y de acuerdo con el Consejo de Ministros”.

Desde el 21 de abril al 4 de mayo estuvo encargado interinamente del mando de la Comandancia.

Navarro ha pasado a la posteridad por su actuación en el llamado Desastre de Annual, en julio y agosto de 1921, frente a la fuerzas de Abd el-Krim. El mismo día en que se iniciaba este desastre, el 22 de julio, Silvestre moría tras ordenar la evacuación de la base avanzada de Annual. Navarro asumió entonces el mando y dirigió la retirada de las desmoralizadas fuerzas españolas, intentando organizarlas y recuperar por el camino a las máximas guarniciones posibles. Retrocedió combatiendo durante seis agotadores días, deteniéndose en Ben Tieb, Dar-Drius, El Batel y Tistutin hasta llegar el día 29 a Monte Arruit. Al estar ocupado por el enemigo todo el terreno entre esta posición y Melilla, la única forma de continuar la retirada era abandonando a los heridos. Navarro se negó a ello y decidió aguantar la posición hasta la llegada de refuerzos, lo que supuso la salvación de Melilla pues las cabilas rebeldes se centraron en acabar con este foco de resistencia en vez de proceder contra la indefensa ciudad. Monte Arruit fue muchas cosas extremas. Fue una posición que lo resumió todo, en definitiva un defensa a ultranza…

Llegada de la columna de Navarro a Monte Arruit
“Mientras parte de la columna penetra en Monte Arruit desordenadamente, el general Navarro se ha quedado solo. «¡Españoles, que os habéis dejado atrás a vuestro general!»,* les gritarán. Y pronto varios oficiales se organizan para defenderle. Ahí están el capitán Sánchez-Monge, Gilabert y el jefe de los restos del Alcántara, Primo de Rivera. La situación es angustiosa y cargada de incertidumbre. La harka está muy encima y empieza a mezclarse con soldados y oficiales en un combate casi cuerpo a cuerpo. Uno de los rifeños apunta al general español, prácticamente a bocajarro. Pero «Primo de Rivera detuvo un caballo abandonado y en él montó al general, en el preciso momento»* en que suena un disparo que «destrozó el cráneo del moro, cuya masa encefálica salpicó la barba y la gorra del general»*,…”.
(Morir en África, la epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual, pág. 399).

La posición estaba guarnecida por una sección de la 1ª Compañía Provisional del Rgto. “Ceriñola” núm 42, al mando del teniente Antonio García Fernandez, con unos 48 hombres de tropa.

Tenía unos 500 metros de perímetro y 10.000 metros cuadrados en su interior, correspondiente aproximadamente a una tercera parte del espacio de la Puerta del Sol. En su interior se hallaban tres barracones y casas dedicadas a depósito de Intendencia, casa de Policía, horno y residencia del jefe de la posición.

Ya hemos comentado en su momento cómo efectuó su retirada y en qué condiciones llegaron los restos de la columna Navarro a Monte Arruit la mañana del 29 de julio, trayendo unos 900 hombres, muchos heridos, enfermos e inútiles.

Una vez reunidas las fuerzas, se cifraron en un número aproximado de unos 3.017 los hombres presentes en la posición, procedentes de la columna Navarro y de las posiciones en retirada que pudieron retenerse en Monte Arruit. Para ellos se disponía de 23 sacos de arroz, 16 sacos de judías y 10 sacos de garbanzos, algo de café, azúcar y 109 litros de aceite. Respecto a municiones, las tropas de “San Fernando” tenían 11 cargadores, es decir, 55 cartuchos por soldado; el “Ceriñola” tenía tan solo 200 fusiles para 280 hombres, con 30 cartuchos por arma y una caja de reserva que no llegaba a 200 cargadores.

Quebrantada la moral de los combatientes, el general Navarro organizó la defensa de los 500 metros de perímetro de la posición, asignando las unidades en sectores de defensa, comenzando por la derecha de la puerta de entrada hasta cerrar el perímetro por la izquierda: “Melilla”, “África”, Ingenieros, “Ceriñola”, “San Fernando”, Caballería y Artillería.

El frente ocupado por Caballería, Artillería y la sección del Ceriñola de guarnición en la posición era el favorito de los ataques de los rifeños, pues estaba a unos 20 metros de los edificios de unas cantinas abandonadas que ocupaba el enemigo y desde los que arrojaba granadas de mano, dinamita y piedras continuamente, obligando con ello a la tropa estar permanentemente presente en el parapeto y causarles numerosas bajas. En una ocasión los disparos de cañón abrieron una brecha en el muro y los moros lo eligieron como objeto de sus ataques, que debían rechazarse en reñidos combates cuerpo a cuerpo con arma blanca.

1479457_509921952454229_273682840_nLas comunicaciones con Melilla se hacían con heliógrafo con grandes dificultades debido a las frecuentes nieblas; no se hacían directamente sino a través de las posiciones de Zeluán primero, y la Restinga y el Atalayón más tarde.

El enemigo no dejó de disparar con fuego de cañón ninguno de los días del asedio, excepto uno.

La tarde de ese mismo día se ocupó un pozo cercano a la puerta de la posición, con tan mala suerte que al pocos instantes un soldado desesperado de sed se acercó al mismo y cayó en él, inutilizando el pozo con su muerte.

El en telegrama que el general Navarro envía al general Berenguer le dice que está “convencido de la imposibilidad de replegarse más, si no recibe refuerzos”. Y en la conferencia que celebra el general Berenguer con el ministro de la Guerra a las 12:30 horas, manifiesta al gobierno que tiene intención de autorizar al general Navarro dar por terminada su heroica resistencia, una vez que reconocía que había quedado a salvo el honor militar.

30 de julio, sábado

Al día siguiente de la llegada de la columna Navarro, los rifeños comenzaron los disparos de los cañones. El teniente coronel Primo de Rivera se encontraba en la zona destinada al Cuartel General. Al oír la señal, el teniente coronel procedió a tumbarse en el suelo, y ya su mano tocaba la tierra cuando un proyectil le seccionó un brazo; el proyectil fue a estallar más allá, en un grupo de caballos matando a ocho de ellos. El teniente coronel fue conducido al cuarto destinado al depósito de víveres, donde existía la única cama que había en la posición, propiedad del Auxiliar de Intendencia.

Era una mísera estancia, completamente desmantelada, en que la única luz de exterior penetraba por una estrecha ventana abierta a gran altura en el muro, y en la que, para impedir la entrada del calor, se colocó una manta de soldado.

Al teniente coronel se le amputó el brazo sin anestesia, con una navaja barbera, mordiendo un pañuelo y rogando al médico que acabase cuanto antes.

31 de julio, domingo

1463573_509836272462797_1838369913_nEse día el general Navarro telegrafió a Melilla que el “enemigo hizo 48 disparos de cañón a 2000 metros de distancia con gran eficacia, causando numerosas bajas y grandes destrozos en posición y ganado”. El general Berenguer contestó autorizando al general Navarro a adoptar las medidas que creyera más convenientes, una vez que la defensa había llegado al límite del heroísmo; en caso de cesar la defensa, le recomendaba tratar con el caid Ben Chelal “que, aunque rebelde, podrían obtenerse más ventajosas condiciones”.

La falta de agua era el enemigo más cruel. A cargo de su reparto estaba el teniente Manuel Sánchez Ocaña, ayudante del 1º Batallón del Rgto. “San Fernando”. Las tropas de Infantería e Ingenieros estaban encargadas de hacer las aguadas, y sufrían en ellas muchas bajas. En los combates que se libraron para conseguirla se distinguieron los soldados de “San Fernando”. Tanto mejoró su espíritu combativo que lograron apoderarse de una casa vecina a la aguada, donde una compañía destacada protegía el servicio de ésta.

Para batir la aguada los moros habían construido una trinchera en la que, parapetados, disparaban contra los soldados españoles que iban por el agua, llevándose a los que caían heridos. En la mañana del día 31 de julio la aguada se cobró las bajas de un jefe, tres oficiales y 86 de tropa. Otro día tan solo regresaron entre 20 ó 30 soldados de los 180 hombres de “África” y “San Fernando” que salieron a buscar el agua.

Se intentó de nuevo por la tarde. Esta vez el general Navarro ordenó que saliesen una compañía de “Ceriñola” y otra de “San Fernando” a proteger la aguada; los españoles tomaron la trinchera y las casas inmediatas, con lo que se pudo hacer la aguda varios días seguidos. Pero los moros construyeron una segunda trinchera y volvieron a impedir de nuevo la aguada los tres últimos días del asedio.

Mientras tanto, en Melilla seguían llegando tropas peninsulares de refuerzo. Ese día se pasó revista a los quince batallones expedicionarios ya llegados y se constató su mal estado, por lo que el general Berenguer decidió no acudir en socorro de Monte Arruit. Los informes que el Estado Mayor de la Comandancia y uno de los generales llegados a Melilla dirigieron al general Berenguer son demoledores: la fuerza expedicionaria llegada era un amasijo de hombres mal pertrechados y sin instrucción alguna. Dieciocho días después de su llegada a Melilla aún no estaban preparados para salir al campo. Como previendo lo que dirían los informes, esto es lo que le dijo el 29 de julio el general Berenguer al ministro de la Guerra:

“Marchar con estas fuerzas a auxiliar a Zeluán y Montearrui sería exponerlas a un fracaso y dejar descubierta la plaza, que hoy está amenazada por todo su frente; no dispongo de efectivos, porque los batallones recibidos son muy pequeños y la gente no está instruida para poder batirse … no tenemos garantía alguna de que las tropas puedan combatir con eficacia. Es un caso extraordinario, pues no se trata de reforzar un ejército con elementos nuevos, sino de crear un ejército para combatir al día siguiente.”

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3 de agosto, miércoles

El general Berenguer afirmó haber enviado un telegrama al general Navarro en el que le autorizaba “adoptar resoluciones que propone u otras que de momento estime oportunas, recomendándole trate de retener rehenes u otras garantías análogas que alejen toda posibilidad de traición”.

Según los supervivientes de Monte Arruit, este mensaje nunca llegó a su destino. Sin embargo, tiene su importancia a la hora de enjuiciar la estimación que se hacía del enemigo, pues en el archivo de mensajes de la Comandancia aparece sin firma y con la expresión original “una traición muy probable” tachada y sustituida por la de “toda posibilidad de traición”.

Ese día salieron de servicio de agua unos 200 hombres desarmados, que fueron acometidos por un numeroso grupo de moros, resultado muertos la mayor parte de ellos.

Por la noche se envió un telegrama desde Alhucemas al general Berenguer avisando de la salida de varios emisarios hacia Monte Arruit con la intención de suspender el fuego contra ella.

7 de agosto, domingo

Otro disparo de Artillería cayó en la “Plazoleta de la Muerte”; mató al cornetín del Cuartel General, hirió al general Navarro en la pierna, a los capitanes de Estado Mayor Sánchez Monge y Sáinz Gutierrez, al intérprete Alcaide y al asistente del general; y causó además 29 bajas entre un grupo de soldados del regimiento “Melilla”, matando a la mayor parte de ellos, entre ellos un suboficial.

Al capitán Sánchez Monge hubo que seccionarle una pierna.

cap mongeRespecto a las posibles negociaciones de rendición, el general Navarro sabía que el general Berenguer había enviado emisarios a Abd el-Krim y que el jefe Ben Chel-lal y Si Dris Ben Said se habían ofrecido a mediar a fin de alcanzar las condiciones más aceptables de capitulación; por ello, a mediodía el general Navarro envió un telegrama al general Berenguer diciéndole “ruego a V.E. haga saber emisarios que deben empezar por venir ellos a hablar”, pues la “Policía y chusma que le rodea ha querido varias veces negociar entrega campamento, y como carecen garantías, me he negado y ha vuelto cañoneo.”

8 de agosto, lunes

Los moros que iban a negociar la rendición de las tropas españolas llegaron a Monte Arruit la noche anterior. De ese modo, a las 08:00 horas del 8 de agosto el general Navarro envió un telegrama al general Berenguer diciendo que “estoy esperando la llegada de los Jefes que me comunicaron anoche desde fuera.”

En el mensaje del general Berenguer a la misma hora le dice que “si no han llegado emisarios, le autorizo para tratar con enemigo que le rodea, aun a base de entregar las armas, pues mi principal deseo, una vez extremada la defensa al punto que lo han hecho, es salvar vidas esos héroes, en los que tiene puesta la vista España entera, que los admira”.

Un sargento de Intendencia salió con 16 hombres, sin armamento, para intentar la aguada con un carro-cuba; los moros les hicieron prisioneros, pero mataron a un cabo por estar enfermo.

La falta de medios terapéuticos para luchar contra las heridas y las enfermedades amenazan con gangrenar cualquier herida por leve que sea, llegando a producirse 167 muertos por infección durante todo el asedio.

El único médico superviviente declaró que más de medio millar de hombres descansaban en la enfermería sin posibilidad de asistencia alguna. Sus sufrimientos eran oídos por todos los defensores, quienes abrían constantemente sepulturas para enterrar a los muertos. Los gritos eran a veces tan insufribles que los colocaban junto a los parapetos. Allí encontró la muerte el capitán Maroto, que yacía gravemente herido y que encontró la muerte por la explosión de una granada que cayó junto a él.

El comandante Villar, de la Policía Indígena, es enviado fuera de la posición a parlamentar con los moros. El comandante no regresó, siendo hecho prisionero y llevado a Axdir.

9 de agosto, martes

annual 22Se recibe en la posición una carta del comandante Villar en la que daba seguridades de la formalidad de los jefes que habían de pactar y comunicaba que en Nador se había pregonado en el zoco el respeto a los cristianos.

Antes de que los jefes moros llegasen a la posición, el general Navarro envió al general Berenguer el siguiente telegrama: “Ruego a V.E. haga llegar la profunda gratitud de soldados esta columna a S.M. el Rey, por el alentador saludo que nos dirigió en momentos angustiosos de peligro y tribulación”.

Los jefes moros llegaron a la posición. Entre ellos se encontrada el ya citado Ben Chelal, con quien el general Berenguer ya había entablado negociaciones (incluso con el propio Abd el-Krim) a través de un intermediario llamado Idris Ben Said. Los moros son recibidos en la puerta por el capitán Sáinz, pero se niegan entrar en la posición con los ojos vendados, lo que obliga al general Navarro a personarse en la puerta de la posición arrastrando su pierna herida, apoyado en un bastón y del brazo de un oficial. Apoyado en el pilar derecho de la puerta, comienzan las negociaciones y se pacta la siguiente capitulación:

Retirada de la compañía destacada en la casa que protegía la aguada a la posición principal.

Organización de un convoy con los heridos, que viajarían con la columna, proporcionando los moros medios de transporte para los mismos.

El resto de la columna, con los heridos como ya queda dicho, sería escoltada por los jefes moros hasta el Atalayón.

Los heridos más graves quedarían en la posición con los médicos y una guardia de 50 hombres.

Los soldados entregarían todo el armamento (solo les quedaban a los españoles unos cinco cartuchos por fusil); los oficiales podrían conservar sus pistolas.

Ante la imposibilidad de convocar un consejo de oficiales que los alejarían peligrosamente de sus hombres, el capitán Sainz recabó las opiniones de jefes y oficiales; los supervivientes declararon posteriormente que fueron de la opinión de que no había ninguna posibilidad de prolongar la resistencia.

10 de agosto, miércoles

La falta de agua obligaba a beber los líquidos más repugnantes. Mientras se estaba en negociaciones con los moros no se pudo hacer tampoco la aguada; algunos de ellos se acercaban a la posición a vender agua y tabaco a los españoles.

11 de agosto, jueves

Hecho el pacto y extendida un acta en árabe por los secretarios de los jefes moros, el capitán Aguirre transmitió lo acordado en un telegrama al general Berenguer. Acto seguido se comenzó a dar cumplimiento a lo pactado.

Un jefe moro fue con el teniente Gilaberte a la aguada para incorporar a la posición a la compañía allí destacada.

A las 13:00 horas el convoy de los heridos comenzó a salir de la posición, llegando su cabeza hasta la estatua del león que se levantaba en mitad de la cuesta que separaba la posición de la carretera y que fue levantado en honor del general Jordana.

Los soldados del regimiento “San Fernando”, tras entregar el armamento a los notarios moros, llegaron a la puerta principal de la posición; allí hicieron un alto para impedir la salida de posibles fugitivos.

Detrás comenzaron a concentrarse el resto de las unidades, una vez entrado el armamento.

El general Navarro, dando visibles muestras de cansancio y acompañado de los miembros de su Cuartel General, camina hacia la entrada, bien para presenciar el desfile de los soldados según unos, bien para firmar el acta de capitulación que ya debería estar redactado según otros; se sentó a la sombra de uno de los muros arruinados colindante con la posición.

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En un momento dado el general y sus acompañantes son rodeados por un grupo de indígenas y empujados y violentamente conducidos hacia las casas del poblado. Mientras tanto, a sus espaldas se consuma la traición: los moros entran en la posición matando soldados españoles desarmados a diestro y siniestro. Algunos oficiales y soldados lograron salvarse al refugiarse en los escasos accidentes del terreno. Los soldados del regimiento “Africa”, que aún no habían entregado el armamento, se enfrentan a sus agresores al mando del capitán Marciano González Valles (Compañía de Ametralladoras, 1º Batallón); agotaron sus municiones en lucha desigual hasta caer todos ellos muertos. Fueron los últimos combatientes de la Comandancia General de Melilla, completamente derrumbada.

Sus cuerpos quedaron mutilados, desnudos, insepultos, durante un mes y medio, hasta que los españoles llegaron el 24 de octubre durante la campaña de la reconquista del territorio. En la columna española iba encuadrado el comandante Franco, de la 1ª Bandera de La Legión, quien, en su libro “Diario de una Bandera” dice lo siguiente:

“Renuncio a describir el horrendo cuadro que se presenta a nuestra vista. La mayoría de los cadáveres han sido profanados o bárbaramente mutilados. Los hermanos de la Doctrina Cristiana recogen en parihuelas los momificados y esqueléticos cuerpos, y en camiones son trasladados a la enorme fosa.

“Algunos cadáveres parecer ser identificados, pero sólo el deseo de los deudos acepta muchas veces el piadoso engaño, ¡es tan difícil identificar estos cuerpos desnudos, con las cabezas machacadas!

El 8 de agosto de 1921 el gobierno aprobó un plan para reforzar las tropas españolas destinadas en el Protectorado español de Marruecos con unidades expedicionarias procedentes de unidades con guarnición en la Península. De esta forma, solo del arma de Infantería, fueron desembarcados en Melilla 40 batallones expedicionarios entre los meses de julio y octubre; 12 batallones expedicionarios en Ceuta entre el mismo periodo; y otros 9 batallones expedicionarios en Larache en el mes de agosto. También fueron desembarcadas otras unidades expedicionarias de Caballería, Artillería e Ingenieros.

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Número de bajas

Si de los 3.017 hombres se deducen los que abandonaron la posición el 2 de agosto saltando el parapeto y los aproximadamente 300 ingresados en la enfermería, quedarían unos 2.500 combatientes. El número de muertos durante el asedio ascendió a 419 individuos; unos 433 fueron heridos durante el mismo. Se estima que murieron asesinados por los moros unos 2000 soldados el día de la salida de la capitulación.

Sobrevivieron 61 hombres de los 3.000 sitiados. Se respetó la vida de algunos oficiales (entre ellos Navarro) con el fin de presionar a España y canjearlos por dinero, algunos artilleros o sanitarios de los que precisaban colaboración y, en fin, algunos soldados afortunados. Los cadáveres quedaron insepultos hasta la reconquista de la posición varios meses después.

Navarro permaneció año y medio prisionero de los rifeños en Axdir, capital de la cabila de Abd el-Krim (la Beni Urriaguel) y por tanto capital también de la República del Rif. Durante su cautiverio sufrió numerosas vejaciones por parte de sus captores, llegando a pasar encadenado largos períodos de tiempo, con una argolla de 50 kilos al cuello, pero se portó muy dignamente en todo momento, exponiendo su vida muchas veces con reclamaciones en defensa de sus hombres.

Navarro y los demás cautivos fueron liberados finalmente el 27 de enero de 1923, tras las negociaciones llevadas a cabo con Abd el-Krim por parte de Horacio Echevarrieta, a cambio de 80 000 duros de plata, fue trasladado a Melilla, de donde pasó a Madrid. La grave crisis política creada tras el desastre llevó, en septiembre de ese año, a la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera.

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Tras su liberación fue sometido a un Consejo de Guerra a raíz del Expediente Picasso de depuración de responsabilidades, enfrentándose a graves acusaciones por parte del fiscal. No obstante, la defensa que hizo el Auditor del Cuerpo Jurídico Militar Luis Rodríguez de Viguri fue tan aplastante que el fiscal retiró los cargos al día siguiente de la vista, que se celebró el 23 de junio de 1924.

Rehabilitado por completo, al mes siguiente (4 de julio) fue ascendido a General de División (con 61 años) sin ocasión de vacante, es decir, produciendo un exceso de plantilla que se consideró justo desagravio, y ese mismo día se le encomendó el mando de la 9.ª División. Un mes después, el 9 de agosto, fue nombrado General Inspector de las Fuerzas de Caballería de la Península, trasladándose a Extremadura durante el mes de septiembre para reconocer la zona en que debían desarrollarse las maniobras de las fuerzas de Caballería y Artillería de la I Región.

Comandante General de Ceuta
Días después (el 27 de septiembre) fue nombrado Comandante General de Ceuta, en cuyo cometido recorrió e inspeccionó el territorio, tomó parte activa en las operaciones de campaña realizadas en el de Ceuta-Tetuán, dirigió varios combates y en diciembre dirigió el repliegue de las tropas españolas desde el Zoco de Arbaá a Ben-Karrik, pasando por Tarranes y Karikera. El 2 de noviembre de 1925 fue nombrado Ayudante de Campo del Rey, pero quedó en comisión a las órdenes del Alto Comisario del Protectorado de España en Marruecos y General en Jefe del Ejército de Operaciones en África.

Menos de un mes después, el 26 de noviembre de 1925, cesó en su comisión y se incorporó a su destino como Ayudante de Campo del Rey. El 3 de febrero de 1926 se le concedió la Gran Cruz de María Cristina “en atención a los señalados servicios prestados y méritos contraídos en operaciones activas de campaña en nuestra Zona de Protectorado en Marruecos, en el lapso de tiempo comprendido entre 1 de agosto de 1924 y 1 de octubre de 1925, a propuesta del Ministerio de la Guerra, de acuerdo con el Consejo de Ministros y en vista del favorable informe emitido por el Consejo Supremo de Guerra y Marina”.

El 31 de agosto de 1926 y tras sólo 2 años como General de División, ascendió a Teniente General (con 63 años), asumiendo el 8 de septiembre el cargo de Capitán General de la VI Región (Burgos). El 29 de abril de 1927 fue nombrado Capitán General de la I Región (Madrid), puesto que ocupó durante tres años hasta que el 27 de marzo de 1930, dos meses después de la dimisión de Primo de Rivera y gobernando el Almirante Aznar, fue nombrado Jefe de la Casa Militar del Rey y Comandante General del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos.

Cuatro meses más tarde, el 24 de julio, pasó a situación de primera reserva por haber cumplido la edad reglamentaria, lo que ponía punto final a su carrera. Tenía 68 años de edad y nada menos que 53 de servicio activo. Pero su carrera no llegó a su fin técnicamente hasta que cuatro años después, el 26 de julio de 1934, pasó a situación de segunda reserva por haber cumplido la edad reglamentaria. Acababa de cumplir 72 años, hacía tres que se había instaurado la Segunda República y gobernaba entonces el bienio radical-cedista o de derechas.

Epílogo

coloreado navarroEl General Navarro, quien toda su vida la dedicó a la milicia, 53 años de servicio, sobrevivió a cinco guerras, la de Margallo, la Guerra de Cuba, la de Filipinas, la de Melilla y la Guerra de Marruecos. Quedó herido en la pierna por una granada en la defensa de Monte Arruit, donde fue hecho prisionero junto a 60 hombres tras rendir la posición. Se le trasladó a Axtdir donde pasó un año y medio de cautiverio. Y fue a morir asesinado junto a su hijo en Paracuellos por las milicias republicanas en Noviembre de 1936. ¿Razón? no se sabe, quizá por haber sido general africanista, por haber evitado que los moros tomasen Melilla, por haber sido Ayudante de Campo del Rey, Jefe de la Casa Militar del Rey y Comandante General del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos.

O simplemente, porque a los comunistas, todo lo que vaya vestido de verde o de caqui, les produce repulsión.

Navarro nunca tuvo la “carne de gallina”, quizá más bien le sobrasen atributos como al caballo de Espartero. La falta de ellos, está hartamente demostrada por los descendientes de aquellos asesinos afines a las hoces, martillos y estrellas rojas de cinco puntas.

 FUENTES:
  • Gaceta de Madrid. Número 245 de 2 de septiembre de 1926. Páginas 1325 y 1326.
  • Pando Despierto, Juan. Historia secreta de Annual. Ediciones Temas de Hoy. Colección: Historia. Madrid, 1999. Página 321.
  • Palma Moreno, Juan Tomás. Annual 1921. 80 años del Desastre. Almena ediciones. Madrid, 2001. Página 26.
  • Leguineche Bollar, Manuel (1996), Annual 1921: el desastre de España en el Rif Madrid: Ed. Alfaguara. ISBN 84-204-8235-8.
  • Morir en África, la epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual
  • Fotografías: ABC,
  • Heliógrafo y telégrafo: JJ Godoy Espinosa de los Monteros.
  • Fotografía coloreada de Navarro: Manuel Valladolid

Luis Lacy y Gauthier.

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Luis Lacy y Gauthier (San Roque (Cádiz), 11 de enero de 1772 – fusilado en el Castillo de Bellver, Palma de Mallorca.
Era hijo de Patrick de Lacy Gould, militar español de origen irlandés. También los Gauthier, de origen francés, eran militares en el ejército español.
Luis se alistó en el ejército a la edad de 13 años en el llamado entonces «Regimiento de Borgoña», que zarpaba para Puerto Rico con sus tíos maternos Juan y Francisco Gauthier, o también en documentos como Gautier, y a los 14 era subteniente de Infantería, dando señas de carácter intrépido e insubordinado.
Participa en 1794, con 22 años, como capitán de infantería, en la campaña del Rosellón. Por algunos líos de faldas que tuvo en un destino en Canarias, fue expulsado temporalmente del ejército y desterrado a la isla de El Hierro; en 1803, se alista en el ejército francés para luchar en Alemania en la Legión Irlandesa.
Ya en 1803 Napoleón necesitaba la escuadra española contra Inglaterra. Trafalgar fue la respuesta. La destrucción de la flota española significó el fin del poderío y del Imperio.
En 1808 las tropas de Napoleón ocupaban Pamplona y Barcelona y se aproximaban hacia Madrid, y en estas tropas se encontraba Luis Lacy, cuya unidad en la cual se encontraba encuadrado el ya comandante Lacy, era una de las que tenía como objetivo la conquista de la capital. Ante esta perspectiva, Luis Lacy desertó y se encaminó hacia Sevilla, presentándose ante la Junta, siendo admitido con el grado de capitán y al poco como teniente coronel.
Dos concepciones políticas pertenecientes a dos siglos contrapuestos se enfrentaban claramente en el país. Aquellos que, como Luis Lacy, eran conscientes de la situación real europea y aquellos que, como Carlos IV y su hijo Fernando VII, continuaban instalados en el cuadro de Goya, y no veían razón alguna para alterar su situación, aferrándose al mantenimiento de sus privilegios hereditarios.
El plan de Napoleón, por su parte, consistía en atraer a toda la familia real española a Bayona, en Francia, creyendo Fernando que la ocasión le sería propicia para ser nombrado rey suplantando a su padre, cuando en realidad el emperador francés ya había decidido dar a España un príncipe de su sangre.
Y así comenzó la Guerra de la Independencia, con la insurrección del 2 de mayo y los fusilamientos del 3, inmortalizados igualmente por Goya. Estos sucesos sirvieron a Napoleón para precipitar en Bayona las renuncias a la corona de España, primero de Fernando y luego de Carlos IV.
Napoleón, ya en Madrid, se puso a reorganizar España, sin para nada consultar con su hermano José, aboliendo la Inquisición, y suprimiendo muchos conventos, de cuyos bienes se incautaba. Los problemas europeos obligaron luego a Napoleón a ausentarse de España sin haberla realmente conquistado.
Aquellos que como Luis Lacy habían optado por la modernidad dieron lugar a las Cortes de Cádiz, como se describe en la Historia de España del profesor Tuñón de Lara que al parecer nuestra Universidad descartó en su día. En cualquier caso, España dejaba de ser una monarquía absoluta de derecho divino, estableciéndose como monarquía moderada hereditaria. Desgraciadamente Napoleón firmó en 1813 con Fernando VII el Tratado de Valençay, por el que le restituía la corona, devolviéndole la condición de rey, sin el intermedio de las Cortes, lo que equivalía a una renovación del absolutismo, lo que disgustaba a aquellos que como Luis Lacy exigían el respeto a las Cortes de Cádiz. Este había sido nombrado capitán general de Cataluña, para luego en 1813 encontrarse como capitán general de Galicia, dando muestras constantes de su oposición al absolutismo retrógrado de Fernando VII, cuando ante la temida vuelta de éste último se confirmó, en efecto, el restablecimiento del Antiguo Régimen, de carácter absolutista.
En 1816 Luis Lacy se trasladó a Cataluña donde puesto en contacto con Milans del Bosch (el antecesor de todo lo contrario), y otros compañeros, trazó un pronunciamiento para marchar con las tropas que se hallaban en su comarca, sobre Barcelona para proclamar la Constitución que tan ostensiblemente violaba Fernando VII. El pronunciamiento fracasó. Milans del Bosch pudo escapar hacia los Pirineos, mientras que el general Lacy fue hecho prisionero por unos payeses cuando estaba a punto de embarcar, en Blanes. El general Lacy fue juzgado en Barcelona y fusilado en los fosos del castillo de Bellver el 5 de julio de 1817. Tanto Lacy cocmo Castaños pertenecian a la masonería, Castaños obediente de Fernando VII sometió a su compañero a un juicio sumarísimo dando un curioso sentido a la pena condenatoria, pues dice,
“Considerando sus distinguidos y bien notorios servicios a en este principado y con este mismo ejército que formó, y siguiendo los paternales impulsos de nuestro benigno soberano, es mi voto que el teniente general Lacy sufra la pena de ser pasado por las armas”.
En 1820 por una orden real se proclamó que “se devolvieran al general Lacy todos los honores, mandando colocar su nombre en el salón de Cortes como muerto en un patíbulo por la Constitución”. El cuadro de La familia de Carlos IV mantenía toda su vigencia al recuperar Fernando VII su Antiguo Régimen al ser liberado por los 100.000 hijos de San Luis que su tío Luis XVII le había mandado desde Francia.

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Durante la Guerra de la Independencia, y ateniéndose
al primer Reglamento de la Orden de San Fernando, únicamente
se concedieron dos Grandes Cruces, en mayo de
1813 al general español don Luis de Lacy y Gauttier,
por las acciones libradas en Igualada (Barcelona) y
sus inmediaciones los días 5 y 8 de octubre de 1811.

 

Diego de León y Navarrete

Siendo brigadier, y en plena Guerra Carlista, cargó a la cabeza de un escuadrón de caballería, con su montura al galope y lanza en ristre, asaltando la primera línea enemiga aprovechando el hueco de la tronera de un cañón, poniendo en fuga al enemigo. Una imagen que quedó para la historia y los grabados de la época.

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Teniente General
Gentil Hombre de Cámara de S.M.
Conde de Belascoain
Tres Veces condecorado con La Gran Cuz de San Fernando
De Carlos III
De Isabel La Católica
Diego de León y Navarrete González de Canales y Valdivia. Hijo de militar, Diego de León abraza la carrera de las armas a los 17 años. Tres años después es capitán del Regimiento de Coraceros de la Guardia Real, donde tiene ocasión de adquirir un intenso afecto por la institución monárquica, muy en particular por la reina Mª Cristina, esposa de Fernando VII, lo que marcaría la etapa más decisiva de su vida. Iniciada la primera guerra carlista con la muerte del monarca en 1833, Diego de León, tras solicitarlo reiteradamente a sus jefes, se incorpora al conflicto como Capitán de Dragones en un regimiento de húsares del Ejército del Norte, bajo el mando del General Alaix.
Muy joven ingresó en el ejército en el arma de caballería. Participando en Andalucía en la Primera Guerra Carlista, destacó inmediatamente por su valor y decisión, haciéndose famosa su costumbre de marchar en los ataques al frente de sus lanceros y cargar allí donde el enemigo fuera más numeroso. En Arcos, al mando de un escuadrón de sólo 70 jinetes, se enfrentó a una columna carlista, deteniéndola hasta que llegaron los refuerzos. Su comportamiento en esta acción fue tan heroico que su jefe ordenó se le impusiera en el mismo campo de batalla la Cruz Laureada de San Fernando.
Su arrojo, casi temerario, empieza a ser comentario común de todos los que le rodean y transciende a los cenáculos sociales y políticos de la capital. Se habla no sólo de su porte gallardo e impresionante, de esto último podían dar buena cuenta sus adversarios en el campo de batalla, sino también de su extraordinaria habilidad como jinete y en el manejo de la lanza, lo que sorprende a todos ya que este arma no se usaba en combate de asalto desde Carlos III, y había caído en total desuso a lo largo de la guerra de la Independencia.
Terminada la guerra, la convulsa situación provocada por el exilio de Dª Cristina acaecido en octubre de 1840, colocan a Diego de León en un «campo de batalla» para el que no tenía ni dotes ni vocación: la política. Su enfrentamiento con Espartero, al ocupar éste la regencia en mayo de 1841, y su voluntad decidida de reponer en el trono a la Reina Cristina, por la que sentía una verdadera lealtad y devoción, le hacen entrar en contacto con los generales O´Donnell, de la Concha, y otros muchos mandos del ejército que pensaban como él. Poco más hacía falta para empujar a la acción a quien nunca había conocido el conformismo o la cautela y en la tarde del 7 de octubre, acompañado por de la Concha y Pezuela, decide asaltar el Palacio de Oriente. La enconada resistencia de la guarnición hace fracasar estrepitosamente la operación.
Diego de León es apresado, y aunque dispuso de la oportunidad de huir a Portugal, fiel al concepto del honor que presidió toda su vida, rehúsa el ofrecimiento y se auto inculpa como único responsable del asalto a palacio. El Consejo de Guerra es inmediato y fulminante en su sentencia. La ejecución se produce en la mañana del 15 de octubre en los aledaños de la Puerta de Toledo adonde llega Diego de León aclamado por el pueblo de Madrid con su uniforme de gala. De él dice el General San Miguel, entonces Ministro de la Guerra: “La pena sufrida por el General de León no le deshonró ni menoscabó en lo más mínimo su gloria, tan justamente adquirida”.
La noche antes de la condena la propia Isabel II rogó a Espartero que le amnistiara pero este cegado por su odio irracional no quiso ceder a la petición de la reina.
No obstante Diego de León convirtió su propia muerte en otro acto heróico y legendario haciendo gala de su famosa máxima “la muerte menos temida da más vida”. No quiso aceptar proposiciones de huida y aceptó la pena que se impusiera por su intento de asalto al Palacio Real. Espartero siguió mostrándose inflexible a pesar de las numerosas peticiones de indulto que recibió e hizo ejecutar la pena de muerte. Desde la prisión se le trasladó al lugar de la ejecución, a las afueras de Madrid, concretamente en la puerta de Toledo. De León vistió su uniforme de gala. Al bajar de la carreta regaló unas monedas de oro a los soldados del pelotón y, una vez leída la sentencia sumarísima, se dirigió a los soldados y les dijo antes de dar él mismo las órdenes reglamentarias: «¡Que no os tiemble el pulso!¡Al corazón!». Fue fusilado el 15 de octubre de 1841.

Manuel Crespo de Cebrián.

General CrespoHay personajes que, por alguna razón, pasan injustamente de puntillas por la Historia. Héroes que, sin saber por qué, son misteriosamente olvidados y difuminados por el paso del tiempo. Precisamente uno de ellos es Manuel Crespo de Cebrián, un militar español que, al final de su vida, pudo presumir de no haber sido herido en ninguno de los 95 actos de guerra y 13 cercos de plazas en los que participó. Teniente general en el ocaso de sus días, este conquense demostró su valor en decenas de combates, llegando en muchos casos a salvar la vida a cientos de sus compañeros gracias a su capacidad estratégica.
Este héroe decimonónico fue condecorado a lo largo de su existencia con varias distinciones entre las que destacan las grandes cruces de San Hermenegildo e Isabel la Católica y dos cruces de San Fernando. Tras una vida prolongada de esfuerzo y lealtad en los campos de batalla recibió el título de capitán general de las Islas Filipinas. En Minglanilla, su pueblo natal, las calles y edificios emblemáticos del lugar hablan de su memoria.
La juventud de un héroe
La vida del teniente general Manuel Crespo de Cebrián es, en parte, una gran incógnita. Según su Hoja de Servicios, uno de los escasos documentos oficiales que se conservan y que se encuentra en elArchivo General Militar de Segovia, vino al mundo el 8 de Marzo de 1793 en la localidad conquense de Minglanilla, aunque el día y mes exactos de su nacimiento son un motivo de discusión, puesto que la partida de bautismo que se encontraba en la iglesia parroquial desapareció durante la Guerra Civil. Asimismo, otros documentos más modernos indican que nació el 30 de julio de 1793 y que era hijo de Manuel Antonio Crespo y Ana María Cebrián, quienes se ocuparon de su educación con esmero en una época oscura para las letras.
Unos años más tarde, mientras la escuadra franco-española era derrotada en Trafalgar, Manuel Crespo, que entonces tenía doce años, continuó su formación académica bajo la tutela de los padres Escolapios de Almodóvar del Pinar, una localidad cercana a su pueblo natal. A decir verdad, y salvo algunos detalles, resulta un misterio cómo fue la juventud de Manuel Crespo, y cuál fue el momento exacto en el que llegó a interesarse por la carrera militar. Los biógrafos no explican en sus escritos por qué lo hizo ni quien le alentó a recorrer este arduo camino. Sin embargo, algunos informes sí que señalan que cinco años después, el 15 de diciembre de 1809, el joven minglanillero estaba preparado para ingresar como distinguido en el Cuerpo Nacional de Artillería.
 Crespo, contra Bonaparte
Apenas contaba Crespo con 15 veranos a sus espaldas cuando un tal Napoleón Bonaparte -Emperador de profesión, incordio de vocación-, puso la política internacional patas arriba al entrar en la Península con 60.000 soldados dispuestos a transformar nuestra España en su «Espagne». Concretamente, el calendario marcaba el año 1808 cuando los gabachos cruzaron con toda su pomposidad Barcelona y avanzaron a través de tierras hispanas bayoneta en mano.
Sin embargo, con lo que no contaba el «pequeño corso» era con que sus altivos generales -educados todos durante años en el arte de la guerra- se iban a dar de bruces contra el pueblo español, menos ducho en capacidad estratégica pero absolutamente decidido a dejarse las gónadas en expulsar al invasor. Así, se sucedieron a lo largo y ancho del territorio varias sublevaciones contra los franchutes usurpadores hasta que se organizó desde nuestro país un movimiento conjunto para combatir a Bonaparte. Se acababa de dar el arcabuzazo de salida a la Guerra de la Independencia.
Parece que esta corriente contra los franceses -así como la posibilidad de repartir alguna que otra bofetada a los soldados de Bonaparte- atrajo la atención de Crespo, pues no tardó en comenzar a disparar por su patria. «Cuando comenzó a combatir en la Guerra de la Independencia Crespo tenía 16 años y en su hoja ya aparecía la mención de “cadete distinguido”. Durante la contienda luchó principalmente a la altura deltercio oriental de Valencia, lo que era el bajo Aragón», señala Vicente Langreo, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad de Castilla la Mancha, en declaraciones a ABC.
Primeras batallas
Tras varias escaramuzas, este minglanillero tuvo su bautismo de fuego en el cerco que las tropas francesas pusieron a la ciudad de Valencia en 1810. En aquellos días, Crespo demostró en multitud de ocasiones su tenacidad a la hora de enfrentarse cara a cara con los soldados galos, ávidos de acabar con todo reducto español ubicado en la Península. A su vez, este conquense consiguió en dicho asedio una de sus primeras victorias, pues los gabachos, ante la imposibilidad de romper las defensas de la ciudad, levantaron el cerco y huyeron con todo su azul, blanco y rojo entre las piernas.
Después de Valencia, Crespo volvió a calar la bayoneta por España en múltiples terrenos. Con todo, fue en Tarragona donde su nombre comenzó a cobrar importancia entre los mandos pues, después de ser capturado por los fusileros de «la France», logró volver sano y salvo junto a sus compañeros.
«Fue hecho prisionero en Uldecona -cerca de Tarragona- pero cuando lo conducían a Francia huyó. Hay que tener en cuenta que en aquellos años hacían falta muchos guardias para vigilar una partida de prisioneros, y no era lo mismo vigilar a una docena de presos que a los miles que partieron hacia tierras galas. Por ello, Crespo logró escapar», señala el experto español.
Sagunto, la cruel derrota de Crespo
Tras lograr escapar de las garras de Napoleón -y a pesar de haber visto en primera persona las crueldades de la guerra- Manuel Crespo no lo dudó y volvió a reengancharse en su antigua unidad, la cual, en plena guerra, no tardó en recibir nuevas órdenes. Así pues, y en este caso, a Crespo se le mandó dirigir sus pasos nuevamente hacia tierras valencianas.
Corría entonces el año 1811 y la situación no era precisamente idónea para las tropas españolas pues, en un nuevo intento por conquistar la costa, un contingente francés al mando del Mariscal Suchet se dirigía cañón y fusil al hombro hacia la ciudad valencia de Sagunto. Y es que, hasta el imperial gorro como estaba Napoleón de la decidida defensa planteada por los hispanos en el este de la Península, no dudó en enviar a la lucha a 20.000 de sus mejores infantes, 2.000 jinetes y una cincuentena de piezas de artillería.
De nada sirvió que al encuentro galo salieran las cuantiosas tropas del malagueño Joaquín Blake (entre cuyos soldados se encontraba Crespo), pues los gabachos hicieron gala de toda su capacidad en el arte de la guerra y se mantuvieron firmes ante los más de 25.000 fusileros y 5.000 caballeros hispanos. No hubo rival y los franceses, tras lanzar una lluvia de fuego sobre los defensores, pudieron vanagloriarse de haber acabado con más de mil españoles y haber apresado a otros tantos. Sin embargo, Manuel –que formaba parte del Regimiento de Cazadores de Valencia-, logró huir antes de ser capturado.
Tras Sagunto, este nativo de Minglanilla siguió combatiendo en la parte este de la península, donde volvió a ser capturado. «En el asedio de Valencia le hicieron prisionero de nuevo, pero volvió a escaparse. En ese momento volvió a buscar a su unidad por la provincia de Cuenca y se volvió a reenganchar», completa Langreo.
«Au revoir» a «la France»
Con todo, mientras Crespo continuaba dando sablazos contra los franceses en Valencia, el calendario fue corriendo hasta detenerse en 1812, año en que, según parece, el «petit corso» se cansó de España y puso rumbo a Rusia. Encaprichado como estaba ahora de la tierra de los zares, sacó de la península a una buena parte de su «grande armée» -más de 50.000 hombres- y la puso en camino hacia el norte.
Crespo tenía 15 años cuando comenzó la Guerra de la Independencia
No pudo cometer un error mayor. Espoleados ahora por la falta de enemigos, nuestros soldados se enfrentaron a los restos del ejército galo logrando grandes victorias como la deVitoria, en la que se obligó al hermanísimo de Bonaparte (nombrado rey español por obra y gracia del molesto Napoleón) a recoger sus pertrechos y volver con los restos de su ya «pequeña armée» a Francia.
Pero lo que se le había olvidado al «pequeño corso» era el odio que había generado en el pueblo español durante los últimos 6 años, el cual provocó que un ejército hispano cruzara la frontera y le enseñara al emperador lo poco divertido que es una invasión. Precisamente en esta fuerza de castigo iba Manuel Crespo quien, aunque no había tenido el gusto de combatir en las batallas que, a la postre, serían recordadas por la Historia, sí había derramado mucha sangre por su querida España. «Manuel Crespo no estuvo en grandes batallas como la de Zaragoza, Bailén u Ocaña, pero combatió en otras contiendas que también marcaron el destino del país», completa el experto español.
La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX
Correspondencia particular del general Crespo desde La Habana
Camino a las Américas
Para Crespo, la lucha contra el francés llegó a su fin en 1814, momento en que se firmó la paz con el ya no tan poderoso Napoleón. Durante ese mismo año, este minglanillero fue ascendido a teniente y destinado en Cádiz tal y como se explica escuetamente en su hoja de servicios:«1814: De guarnición en Cádiz y la Isla de San Fernando».
Por aquel entonces ya habían cambiado las cosas en España ya que, entre otras cosas, Fernando VII había logrado por fin su sueño de volver al trono. A su vez, llegaban también a la península jugosas novedades desde América pues, durante la invasión francesa, los territorios de ultramar habían decidido poner su granito de arena en la playa de discordia que se había generado en nuestro país iniciando una revolución.
La insurrección de los vecinos americanos no agradó demasiado al Rey Fernando, quien ordenó al militar y marino Pablo Morillo organizar una expedición con la que atravesar el océano y acabar con la insurrección. «En esa expedición viajaba Crespo. En 1815 se embarcó voluntario, y con apenas 22 años, para ir a América con el general Morillo. En aquella travesía viajaron entre 10.000 y 15.000 hombres en una escuadra que estaba en muy malas condiciones», destaca el profesor.
Contra Bolívar
Meses después de su partida, y tras un viaje plagado de peligros y enfermedades, Crespo desembarcó junto a otros tantos militares españoles en la Isla de Santa Margarita -ubicada en el norte de la actual Venezuela-. Sus órdenes estaban claras: debían aplastar la rebelión organizada por Simón Bolívar, recuperar el control de aquellas ciudades y fuertes que se hubieran declarado en rebeldía y socorrer a las villas aún leales a la metrópoli. En las américas fue donde este joven pasó a convertirse en un verdadero militar ya que, además de verse obligado a combatir contra un ejército superior en número, tuvo que hacer frente a la escasez de alimentos, agua y municiones.
«No es posible enumerar las acciones de guerra en Isla Margarita, en Tierra Firme, en La Guaira, en la ciudad de Asunción… En América resistió sitios, rompió cercos y llevó convoyes para auxiliar a sitiados y forzó el paso de ríos caudalosos. (…). Por ejemplo, cercado en la ciudad de Cunamá, resistió ataques de hasta 4.000 soldados de infantería y 400 caballos», destaca Langreo en su artículo «Síntesis biográfica de los generales Crespo».
El combate de Calabozo
Sin embargo, hubo varias actuaciones durante su estancia en las américas en las que Manuel demostró su gran capacidad militar. La primera se sucedió en una ciudad cercana a Caracas. Habían pasado ya tres años desde que el contingente de Morillo pisó por primera vez tierras venezolanas, y la situación no era del todo ventajosa para los «realistas» (como allí se conocía a los españoles) pues sus fuerzas estaban diseminadas a lo largo y ancho del país y las tropas de Bolívar amenazaban en cada llanura.
En aquellas jornadas Crespo se encontraba junto a su regimiento -presumiblemente el Unión- apostado cerca de la villa de Calabozo (en el norte de Venezuela) cuando un contingente formado por 4.000 infantes y 2.000 jinetes al mando de Bolívar atacó su posición por sorpresa.
La batalla se auguraba difícil, pues los españoles contaban con un número de hombres muy inferior al de Bolívar. «El jefe español (…) tenía a sus órdenes 2.230 hombres repartidos de la siguiente manera: Los húsares de Fernando VII (dos escuadrones de 250 jinetes), apoyados por los cazadores del regimiento de infantería de Navarra (100 peones). (…) el batallón Castilla (450 hombres), y en la ciudad dos batallones del regimiento Navarra (700 plazas), uno del Unión (600 hombres) y varios piquetes de caballería y artillería (130 hombres)», explica Francisco Javier Vergara y Velasco en su obra «1818 (Guerra de Independencia)».
Desprevenido como estaba, Morillo tuvo apenas tiempo para organizar a sus hombres cerca de Calabozo, donde pretendía, en principio, plantar una heroica batalla al contingente enemigo. Sin embargo, cuando lanza en ristre llegaron las primeras cargas de los jinetes de Bolívar, el líder español prefirió ser más cauto y retirarse, con un considerable número de heridos, hasta la seguridad que le ofrecían los muros de la ciudad.
Dos días después de encerrarse en Calabozo la situación era dantesca para los hombres de Morillo debido a la falta de alimento y agua. A su vez, el español sabía que era imposible recibir refuerzos en un corto periodo de tiempo. Por ello, el líder peninsular tomó una dura decisión: al auspicio de la noche, sus tropas abandonarían la villa en dirección a otra ciudad realista ubicada a 250 kilómetros. Era un plan arriesgado, pero no se podía llevar a cabo otra estrategia.
«A las 11 de la noche del 13 al 14 (de febrero) se dio en Calabozo el primer toque de marcha, y a las doce se emprendió el movimiento; el ejército realista formaba una especie de enorme cuadro, o mejor, grupo de columnas de infantería que custodiaban y cubrían la emigración, que era numerosa, los enfermos, los equipajes etc. El Unión caminaba detrás, y lo que restaba de húsares de Fernando VII cubría la retaguardia», sentencia Vergara y Velasco en su obra.
La marcha, que en un principio transcurrió sin problemas, no tardó en convertirse en un infierno cuando Bolívar, decidido como estaba a no dejar escapar con vida a los españoles, inició su persecución. De hecho, no pasaron muchas horas hasta que los jinetes americanos, montados en caballos más descansados, interceptaron el convoy español.
Fue precisamente en ese momento cuando el regimiento, al mando del cual estaba Crespo, cubrió al resto de españoles al combatir cara a cara contra los caballeros enemigos. Concretamente, su unidad hizo uso de la formación en cuadro, una estrategia que consistía en constituir un cuadrado de bayonetas imposible de atravesar por la caballería. De esta forma, y a pesar de que fueron muchos los hispanos que murieron aquel día a manos de los jinetes de Bolívar, la pericia de este minglanillero permitió a los hombres de Morillo llegar sanos y salvos hasta su destino.
Un breve retorno
Pero la actuación de Crespo no se detuvo en Calabozo, sino que este militar llegó a estar presente en batallas tan determinantes para el provenir del ejército español en América como la de Carabobo. «El momento más difícil y que inclinó la guerra a favor de los independentistas fue el 24 de julio de 1821 cuando, reorganizadas las fuerzas de Bolívar, fue deshecho casi por completo el pequeño ejército español en los llanos de Carabobo. Apenas pudo salvarse un batallón de 600 hombres, que mandaba Crespo, huyendo en columna cerrada, perseguidos por 3.000 caballos enemigos y haciendo nueve veces el cuadro», destaca, en este caso, Langreo.
La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX
◄Litografía del general Manuel Crespo
 Así lo cuenta, de su puño y letra, el propio Crespo en su hoja de servicios: «1821. En la batalla de los llanos de Carabobo (el 24 de junio) combatimos contra fuerzas enemigas de ambas armas, creadas y reunidas por Bolívar, que obtuvo la victoria, quedando en el campo muerto y prisionero casi todo nuestro pequeño ejército, excepto mi batallón de Valency, que con fuerzas de 600 plazas, en columna cruzada, cargado y perseguido por tres mil caballos enemigos y formando nueve veces el cuadro en un terreno muy llano por donde se retiraba, logró salvarse y entrar en la plaza de Puerto Cabello, aunque con bastantes pérdidas».
Algo similar sucedió en la ciudad de Maracaibo, donde se vio obligado a capitular junto a sus hombres ante el poderío del ejército de Bolívar. «Tras rendirse, los venezolanos le llevaron a Cuba junto con el resto de los prisioneros y, al parecer, allí se casó o se juntó con alguna nativa, pues tuvo un hijo cuya partida de nacimiento indica que nació en Maracaibo. Según este documento, el niño, al que llamaron Romualdo, era hijo de una tal Francisca de Antequera. Una vez que Manuel volvió, no queda constancia de lo que sucedió de aquella mujer», completa el experto español.
El teniente general salvó a su unidad formando varias veces el cuadro
Así, entre batallas, hambre y heroicidades, fue pasando el tiempo hasta que, en 1824, Manuel Crespo decidió volver a Españacomo gobernador militar y político de Ferrol. Por entonces este valeroso militar podía presumir de haber participado en nada menos que 60 acciones de guerra en tierras americanas e, incluso, de no haber sido herido nunca. Con todo, bien parece que tenía cierta morriña por los territorios de ultramar, pues en 1826 se trasladó de nuevo a Cuba, donde pasó 10 años haciendo las veces de gobernador.
A las armas contra Carlos
Mientras, en España, el siglo XIX se convertía en una época de conflictos y desencanto. El broche final al reinado de inestabilidad de Fernando VII tuvo su cénit en 1830. Ese año, la cuarta esposa del rey, María Cristina de Borbón, se quedó encinta y el acontecimiento generó un gran revuelo entre los españoles que pensaban que el hermano del rey sería el nuevo dirigente de España. Por su parte, Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción, una normativa que abolía la Ley Sálica de 1713 y que permitía que su futura hija pudiera reinar.
Tras la muerte del monarca en 1833, España se dividió en dos partes: los carlistas, que apoyaban las aspiraciones del pretendiente Carlos María Isidro, y los liberales o isabelinos, que creían en la figura de Isabel II como reina. Así comenzó la Primera Guerra Carlista, un conflicto entre hermanos que se prolongaría durante siete años y que abriría la puerta a dos enfrentamientos más.
Así estaban las cosas en España cuando el coronel Manuel Crespo regresó a la Península a principios de 1837 para servir de apoyo al ejército isabelino. Durante esos primeros meses participó en algunos combatas destacados como la toma del convento extremeño de Guadalupe el 28 de enero de 1838, que era un enclave más que sagrado por su valor estratégico para los carlistas. Además, esa misma noche los liberales también consiguieron dispersar una facción de 1.200 soldados en la villa de Alia; un encuentro que se saldó con más de 200 prisioneros y que abrió la puerta a nuevas hostilidades como la acción del puerto de Andino, donde las tropas del coronel Crespo vencieron a 500 infantes que intentaban proteger ese punto a toda costa.
A lo largo de la contienda, los carlistas se hicieron fuertes en las zonas rurales, aunque no llegaron a dominar las grandes ciudades que formaban parte de su zona de influencia. Después de participar en los enfrentamientos señalados, el héroe minglanillero se encargó de perseguir a algunos de los cabecillas absolutistas más importantes que recorrían con batallones el centro de España y que, a la postre, suponían un grave peligro para el bando isabelino. Uno de ellos fue don Basilio García y Velasco, un militar que había sido hombre de confianza durante el reinado de Fernando VII y que fue protagonista de algunas empresas destacadas como el incendio de una de las iglesias de Calzada de Calatrava, en Ciudad Real, donde perecieron más de 100 personas entre miembros de la milicia nacional y sus familias. Sin embargo, las tropas del general Flinter, entre cuyos hombres fuertes se encontraba Manuel Crespo, consiguieron vencerle en Valdepeñas, donde la moral de la tropa carlista quedó mermada.
Este conquense participó en la toma del último gran bastión carlista
Una vez que finalizó su intervención en Extremadura, el coronel Crespo fue enviado a la ciudad de Ávila, donde recibió la orden de perseguir a otros cabecillas de renombre como La Perdiz, a quien derrotó el 13 de julio de 1838 en la villa de Navamorcuende en una batalla épica que terminó con 64 fallecidos y en la que el propio La Perdiz fue gravemente herido de una bala que le rompió la pierna. Este acontecimiento fue decisivo en la vida del ilustre manchego, ya que a partir de ese momento ascendió a brigadier y gozó de la confianza suficiente para emprender nuevas acciones militares como la persecución del coronel Calvente y de Felipe Muñoz, más conocido por el nombre de «Felipe el Faccioso».
A finales del verano de 1838, el recién nombrado brigadier se trasladó a la provincia de Toledo para seguir de cerca las andanzas de la Partida de Palillos, el último gran estandarte del infante don Carlos en las tierras de La Mancha. Allí se produjeron varios enfrentamientos como el que sucedió el 6 de septiembre, cuando las tropas liberales batieron a 80 hombres y consiguieron devolver 150 pares de bueyes y 50 de mulas a los vecinos de Talavera de la Reina y otros pueblos cercanos. Unos días más tarde, después de un nuevo encuentro en la Puebla de Montalbán, el ejército isabelino también socorrió la localidad de Navaloncillos tras realizar una marcha a pie durante más de cinco horas. Al llegar a este punto concreto de la geografía manchega, las tropas de Crespo consiguieron armar con notable éxito a la población, que según relatan las crónicas fue proeza suficiente para dispersar a las partidas carlistas y propició un gran reconocimiento por parte de los ayuntamientos y personas respetables del lugar.
Por este tipo de acciones, Manuel Crespo fue nombrado a principios de 1839 comandante general de La Mancha hasta Almadén, y poco tiempo después comandante general de Cuenca, en cuya provincia participó en una delicada operación que consistió en trasladar un convoy de 200 cargas con toda clase de víveres desde la capital hacia el castillo de Moya, en la frontera de Aragón, mientras estuvo rodeado durante gran parte del trayecto por la brigada carlista de Forcadell.
El avance continuo de los liberales consiguió debilitar a las fuerzas leales a don Carlos, que durante los últimos años de la contienda se dividieron en dos facciones irreconciliables: los llamados transaccionistas, que eran partidarios de un pacto que pusiera fin a la guerra, y los intransigentes, que apostaban por la continuidad del conflicto. Los acontecimientos se precipitaron, y el 29 de agosto de 1839 tuvo lugar en Guipúzcoa el Abrazo de Vergara entre los generales Baldomero Espartero y Rafael Maroto. Por su parte, don Carlos no aceptó el acuerdo y el conflicto se prolongó durante un año más, especialmente en la zona del Maestrazgo, donde el general Ramón Cabrera se convirtió en la última esperanza de los absolutistas.
En 1854 fue nombrado capitán general de las Islas Filipinas
Así las cosas, el 18 de mayo de 1840 el ejército del general Espartero se aproximó al castillo de Morella, que había sido conquistado por las fuerzas carlistas en 1838. Hasta allí también se desplazó Manuel Crespo acompañado de su hijo Romualdo, que en aquellas fechas tenía quince años y era su ayudante. Morella, sin duda, significaba el último destino del ilustre manchego tras varios meses de continuos sitios y victorias en lugares hostiles como Alcalá de la Selva, Villahermosa y Cantavieja donde la muerte acechaba en cualquier instante y la vida representaba un papel trágico de sangre y desesperanza al final del día.
 La historia perdida del general Crespo: un héroe olvidado de la España del siglo XIX◄Tumba del general Crespo en Minglanilla, pueblo conquense donde nació y murió
 Los soldados isabelinos, en medio de una gran nevada, destruyeron a su paso las fortificaciones avanzadas de San Pedro Mártir y la Querola, y una vez llegaron a Morella comenzaron a sitiar la ciudad sin pensar en el asalto. Baldomero Espartero, el héroe de Luchana, ordenó instalar la artillería y durante los días sucesivos, Manuel Crespo y el resto de los militares se encargaron de arrojar alrededor de 19.000 proyectiles sobre el ejército que se encontraba en el interior de la fortaleza; unas bombas que destruyeron multitud de calles, edificios y el almacén de municiones, cuyo estallido provocó la muerte de numerosos soldados y civiles. Al final, tras un intento frustrado de fuga y nuevos enfrentamientos, los sitiados optaron por la rendición definitiva. De esta manera, la conquista del castillo de Morella significó el final de la guerra en el Maestrazgo y la dispersión de los carlistas.
Tras la toma del fuerte de Morella y otros conflictos que sucedieron en Aragón y Valencia, Manuel Crespo se trasladó a Cataluña, donde participó de forma activa en la toma de Berga y en la de Coll de Gosen durante los primeros días de julio de 1840. Una vez que estos lances finalizaron, el ilustre manchego recibió el mando de la línea desde la ciudad de Lérida hasta el pueblo de Esparraguera; una nueva posición que le permitió expulsar a las últimas partidas carlistas que se concentraban en aquella zona, y a su vez, conseguir el ascenso a mariscal de campo. Por último viajó a Barcelona, donde se hizo responsable de la primera división del quinto cuerpo de ejército con el que cubrió el servicio de las dos Castillas.
De retiro político
La vida política de Manuel Crespo comenzó el 14 de mayo de 1841 cuando fue nombrado gobernador militar de Cartagena; un cargo que alternó con sus obligaciones castrenses en defensa de los valores liberales que siempre había profesado y que le hicieron empuñar las armas de nuevo para dirigir la segunda división del ejército de operaciones del Norte contra un grupo de insurrectos que se había hecho fuerte en Navarra durante los últimos meses de 1841.
En aquellos años, según explica el profesor Vicente Langreo, era común que los militares ocuparan puestos clave dentro de la política nacional. Sin embargo, a lo largo de esta etapa ocurrieron dos episodios que todavía hoy se encuentran dentro de las brumas de la incertidumbre. Uno de ellos tuvo lugar en el mes de julio de 1845 en Madrid cuando varios guardias sorprendieron a Crespo mientras dormía y le condujeron a un lóbrego calabozo donde estuvo retenido durante tres meses sin que nunca haya trascendido la causa de su detención.
 Asimismo, una situación similar volvió a producirse el 28 de marzo de 1848 cuando fue deportado a las Islas Baleares por un periodo de diez meses. No obstante, estos episodios no tuvieron al parecer ninguna consideración en la vida del militar conquense, ya que tan sólo un año después tomó asiento en el Congreso para representar al distrito valenciano de Requena y a partir de 1850 se le nombró teniente general y capitán general de las Islas Filipinas, cuyo puesto ocupó desde 1854 hasta su dimisión en 1856.
El teniente general Manuel Crespo de Cebrián falleció el 6 de agosto de 1869 a la edad de 76 años en Minglanilla, el lugar donde nació y donde finalmente fue enterrado con todos sus honores. Allí, en el Ayuntamiento, se alza su memoria imperecedera a través de varios cuadros que dan forma a su figura y a algunas de las batallas en las que participó, mientras que la tradición popular también cuenta que su propio fajín fue legado a la imagen del patrón del pueblo, el Santísimo Cristo de la Salud.
Y es allí, en el cementerio de la localidad conquense, donde el curioso testigo de la historia podrá encontrar los restos mortales de un hombre valiente que participó en 95 batallas, 13 cercos de plazas y que por sus hazañas se convirtió en personaje relevante de la Historia Militar de España. Esta es la vida del ilustre manchego; el hombre que jamás fue herido en un campo de batalla.

El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España

Nada más dar el golpe de Estado, Primo de Rivera instauró una dura política contra los nacionalismos, sobre todo el catalán, al que consideraba unos de los grandes «males» del país
El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España
ABC
«De los males patrios que más demandan urgente y severo remedio, destacan el sentimiento, propaganda y actuación separatistas que vienen haciéndose por odiosas minorías, que no por serlo quitan gravedad al daño, y que precisamente por serlo ofenden el sentimiento de la mayoría de los españoles, especialmente el de los que viven en las regiones donde tan grave mal se ha manifestado», escribía el generalPrimo de Rivera el 17 de septiembre de 1923, menos de una semana de su golpe de Estado.
El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España
ABC
Primo de Rivera, en 1925
Tras medio siglo con el sistema de laRestauración, el excapitán general de Cataluñainstaura su dictadura para «salvar la patria» y librarla de «los males» que acechaban a un Estado en plena descomposición. Uno de los primeros objetivos que se propuso –además de terminar con el sistema parlamentario «inmoral y corrupto», los desórdenes públicos y el problema marroquí– fue el de erradicar de un plumazo los separatismos en España. El dictador impuso rápidamente una dura política contra los nacionalismos e independentismos periféricos, que quedó plasmada con la firma, pocos días después de haberse iniciado el directorio militar y de haberse declarado el estado de guerra, del Real Decreto sobre el Separatismo, del que ahora se cumplen 90 años. El objetivo: imponer sanciones que «eviten el daño apuntado» y «purgar el virus que representa la menor confusión, el más pequeño equívoco en sentimientos que ningún pueblo ni Estado conscientes de su seguridad y dignidad admiten ni toleran», especificaba Primo de Rivera en el preámbulo del Real Decreto dirigido al Rey Alfonso XIII.
El apoyo inicial del nacionalismo catalán
En un principio, Primo de Rivera disimuló su anticatalanismo para no decepcionar a la poderosa burguesía catalana ni a la Lliga, quegobernaba en la Mancomunidad de Cataluña. Y de hecho, en los primeros instantes el nacionalismo catalán apoyó a Primo de Rivera creyendo que, al haber sido capitán general de Cataluña, les favorecería en su camino hacia la obtención de más libertades y privilegios, pero lo cierto es que el fuerte carácter centralista del nuevo dictador se impuso rápidamente. Todo ellos favorecido por el cada vez mayor recelo con que era visto el auge de los nacionalismos catalán y vasco entre la derecha conservadora española.
El Decreto que quiso erradicar de un plumazo el independentismo en España
ABC
Discurso de Primo de Rivera el año del golpe de Estado
El Real Decreto sobre Separatismo del 18 de septiembre de 1923 –que al día siguiente ABC publicaba al completo bajo el título «La represión del separatismo»– establecía juicios militares por los delitos «contra la unidad de la patria, cuando tiendan a disgregarla, restarle fortaleza y rebajar su concepto, ya sea por la palabra, por escrito, por la imprenta o por otro medio mecánico o gráfico de publicidad y difusión, o por cualquier otro acto o manifestación». Su artículo primero también prohibía izar cualquiera bandera que no fuera la española en los edificios oficiales, ya fueran los del Estados o de los gobiernos provinciales o municipales. La banderas catalanas, vascas o gallegas quedaban desterradas, y cualquiera que las ostentara podría ser arrestado durante seis meses o sufrir una multa de hasta 5.000 pesetas. Toda una fortuna para la época que también podría caer, además de los seis meses de prisión, a todo aquel que pronunciara discursos o redactara escritos que reflejaran cualquier sentimiento independentista.
Prohibido hablar catalán
Ahí no quedaban las penas, que podían ser mucho mayores en el caso de organizarse alzamientos contra el Gobierno central, donde se podría aplicar incluso la pena de muerte, o realizar manifestaciones «públicas o privadas» a favor de la independencia o difundirse ideas separatistas en los colegios. En este último caso el castigo podía llegar a dos años de cárcel y multas de hasta 10.000 pesetas. El Real Decreto también prohibió a cualquier autoridad pública, sea del signo que sea, utilizar otro idioma que no fuera el español en los actos públicos, ya fueran estos de carácter nacional o internacional.
Texto íntegro del Real Decreto sobre el Separatismo (18 de septiembre de 1923)
Artículo 1º. «Serán juzgados por los tribunales militares, a partir de la fecha de este decreto, los delitos contra la seguridad y unidad de la patria, cuando tiendan a disgregarla, restarle fortaleza, y rebajar su concepto, ya sea por la palabra, por escrito, por la imprenta o por otro medio mecánico o gráfico de publicidad y difusión, o por cualquier clase de actos o manifestaciones.
No se podrá izar ni ostentar otra bandera que la nacional en buques o edificios, sean del Estado, de la provincia o del municipio, ni en lugar alguno, sin más excepción que las embajadas, consulados, hospitales y escuelas u otros centros pertenecientes a naciones extranjeras.»
Artículo 2º. «Las infracciones que contra lo dispuesto en este decreto-ley se cometan se castigarán del modo siguiente: ostentación de bandera que no sea la nacional, seis meses de arresto y una multa de 500 a 5.000 pesetas para el portador de ella, o para el dueño de la finca, barco, etc.
Delitos por la palabra, oral o escrita: prisión correccional de seis meses y un día hasta un año, y una multa de 500 a 5.000 pesetas.
La difusión de ideas separatistas por medio de la enseñanza o la predicación de doctrinas de las expresadas en el artículo primero: prisión correccional de uno a dos años.
Pandillaje, manifestaciones públicas o privadas referentes a estos delitos: tres años de prisión correccional y una multa de 1.000 a 10.000 pesetas.
Alzamiento de partidas armadas: prisión mayor de seis años y un día a 12 años al jefe, y de tres a seis años de prisión correccional a los que le sigan formando partida o partidas, si el hecho no constituyera otro delito más grave.
Resistencia a la fuerza pública en concepto de partida: pena de muerte al jefe y de seis años y un día a 12 años de prisión mayor para todos los que formen la partida o partidas. Con las mismas penas señaladas anteriormente se castigarán los delitos frustrados, la tentativa y las conspiraciones para cometerlos.
Las señeras, pendones o banderas tradicionales e históricas de abolengo patriótico, en cualquiera de sus periodos, que son guardados con amoroso orgullo por ayuntamientos u otras corporaciones, las del Instituto de Somatenes, gremios, asociaciones y otras que no tengan ni se les dé significación antipatriótica, podrás ser ostentadas en ocasiones y lugares adecuados, sin incurrir en penalidad alguna.
El expresarse o escribir en idiomas o dialectos, las canciones, bailes, costumbres y trajes regionales no son objeto de prohibición alguna. Pero en los actos oficiales de carácter nacional o internacional no sé podrá usar, por las personas investidas de autoridad, otro idioma que el castellano, que es el oficial del Estado español, sin que esta prohibición alcance a la vida interna de las corporaciones de carácter local o regional, obligadas, no obstante, a llevar en castellano los libros oficiales de registros y actas, aún en los casos que los avisos y comunicaciones no dirigidas a autoridades se hayan redactado en lengua regional.
Dado en Palacio, a 18 de septiembre de 1923.– Alfonso.– El presidente del Directorio Militar, Miguel Primo de Rivera.»
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 ISRAEL VIANAISRA_VIANA  / MADRID Día 20/09/2013 – 09.34h ABC historia