Alonso de Ercilla. La Araucana Canto 1º.

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PRIVILEGIO PARA EL REINO DE CASTILLA
El Rey
Por cuanto por parte de vos, don Alonso de Ercilla y Zúñiga, nos fue fecha relación que habíades compuesto la Tercera Parte de LA ARAUCANA y juntádola con la Primera y Segunda, en que se acaban de escribir las guerras de la provincia de Chili hasta vuestro tiempo, y por ser obra provechosa para la noticia de aquella tierra, suplicándonos os mandásemos dar licencia para imprimir las dichas tres Partes de las cuales hicistes presentación, y privilegio por veinte años o por el tiempo que fuésemos servido o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática por Nos fecha sobre la impresión de los libros dispone, fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra célula en la dicha razón, e Nos tuvímoslo por bien; por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos o la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis hacer imprimir y vender el dicho libro que de suso se hace mención en todos estos nuestros reinos de Castilla, por tiempo y espacio de diez años, que corran y se cuenten desde el día de la data desta nuestra cédula, so pena que la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere o hiciere imprimir o vender, pierda la impresión que hiciere con los moldes y aparejos della, y más incurra en pena de cincuenta mil  maravedís cada vez que lo contrario hiciere, la cual dicha pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare y la otra tercia parte para nuestra cámara y fisco con tanto que todas las veces que hobiéredes de hacer imprimir el dicho libro, durante el dicho tiempo de los dichos diez años, le traigáis al nuestro Consejo juntamente con el original que en él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin del de Juan Gallo de Andrada, nuestro escribano de cámara de los que residen en el nuestro Consejo, para que se vea si la dicha impresión está conforme a él o traigáis fe en pública forma de como, por corretor nombrado por nuestro mandado, se vio y corrigió la dicha impresión por el dicho original y se imprimió conforme a él, y quedan impresas las erratas por él apuntadas para cada un libro de los que ansí fueren impresos, para que se os tase el precio que por cada volumen hobiéredes de haber, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y premáticas de nuestros reinos.
Y mandamos a los del nuestro Consejo y a otras cualesquier justicias que guarden y cumplan y ejecuten esta nuestra cédula y lo en ella contenido.
Fecha en San Lorenzo, a trece días del mes de mayo de mil y quinientos y ochenta y nueve años.
YO EL REY.
Por mandado del Rey nuestro señor. luan Vázquez.
Alonso de Ercilla

Canto I
El cual declara el asiento y descripción de la provincia de Chile y
Estado de Arauco, con las costumbres y modos de guerra que los
naturales tienen; y asimismo trata en suma la entrada y conquista
que los españoles hicieron hasta que Arauco se comenzó a
rebelar

No las damas, amor, no gentilezas
de caballeros canto enamorados,
ni las muestras, regalos y ternezas
de amorosos afectos y cuidados;
mas el valor, los hechos, las proezas
de aquellos españoles esforzados,
que a la cerviz de Arauco no domada
pusieron duro yugo por la espada.
Cosas diré también harto notables
de gente que a ningún rey obedecen,
temerarias empresas memorables
que celebrarse con razón merecen,
raras industrias términos loables
que más los españoles engrandecen
pues no es el vencedor más estimado
de aquello en que el vencido es reputado.
Suplícoos, gran Felipe, que mirada
esta labor, de vos sea recebida,
que, de todo favor necesitada,
queda con darse a vos favorecida.
Es relación sin corromper sacada
de la verdad, cortada a su medida;
no despreciéis el don, aunque tan pobre,
para que autoridad mi verso cobre.
Quiero a señor tan alto dedicarlo,
porque este atrevimiento lo sostenga,
tomando esta manera de ilustrarlo,
para que quien lo viere en más lo tenga;
y si esto no bastare a no tacharlo,
a lo menos confuso se detenga
pensando que, pues va a Vos dirigido,
que debe de llevar algo escondido.
Y haberme en vuestra casa yo criado,
que crédito me da por otra parte,
hará mi torpe estilo delicado,
y lo que va sin orden, lleno de arte;
así, de tantas cosas animado,
la pluma entregaré al furor de Marte:
dad orejas Señor, a lo que digo,
que soy de parte dello buen testigo.
Chile, fértil provincia y señalada
en la región antártica famosa,
de remotas naciones respetada
por fuerte, principal y poderosa;
la gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a estranjero dominio sometida.

Es Chile norte sur de gran longura,
costa del nuevo mar, del Sur llamado,
tendrá del leste a oeste de angostura
cien millas, por lo más ancho tomado;
bajo del polo Antártico en altura
de veinte y siete grados, prolongado
hasta do el mar Océano y chileno
mezclan sus aguas por angosto seno.

Y estos dos anchos mares, que pretenden,
pasando de sus términos, juntarse,
baten las rocas, y sus olas tienden,
mas esles impedido el allegarse;
por esta parte al fin la tierra hienden
y pueden por aquí comunicarse.
Magallanes, Señor, fue el primer hombre
que, abriendo este camino, le dio nombre.
Por falta de pilotos, o encubierta
causa, quizá importante y no sabida,
esta secreta senda descubierta
quedó para nosotros escondida;
ora sea yerro de la altura cierta,
ora que alguna isleta, removida
del tempestuoso mar y viento airado
encallando en la boca, la ha cerrado.
Digo que norte sur corre la tierra,
y báñala del oeste la marina;
a la banda de leste va una sierra
que el mismo rumbo mil leguas camina;
en medio es donde el punto de la guerra
por uso y ejercicio más se afina.
Venus y Amón aquí no alcanzan parte,
sólo domina el iracundo Marte.
Pues en este distrito demarcado,
por donde su grandeza es manifiesta,
está a treinta y seis grados el Estado
que tanta sangre ajena y propia cuesta;
éste es el fiero pueblo no domado
que tuvo a Chile en tal estrecho puesta,
y aquel que por valor y pura guerra
hace en torno temblar toda la tierra.
Es Arauco, que basta, el cual sujeto
lo más deste gran término tenía
con tanta fama, crédito y conceto,
que del un polo al otro se estendía,
y puso al español en tal aprieto
cual presto se verá en la carta mía;
veinte leguas contienen sus mojones,
poséenla diez y seis fuertes varones.
De diez y seis caciques y señores
es el soberbio Estado poseído,
en militar estudio los mejores
que de bárbaras madres han nacido;
reparo de su patria y defensores,
ninguno en el gobierno preferido.
Otros caciques hay, mas por valientes
son éstos en mandar los preeminentes.
Sólo al señor de imposición le viene
servicio personal de sus vasallos,
y en cualquiera ocasión cuando conviene
puede por fuerza al débito apreamiallos;
pero así obligación el señor tiene
en las cosas de guerra dotrinallos
con tal uso, cuidado y diciplina,
que son maestros después desta dotrina.
En lo que usan los niños en teniendo
habilidad y fuerza provechosa,
es que un trecho seguido ha de ir corriendo
por una áspera cuesta pedregosa
y al puesto y fin del curso revolviendo,
le dan al vencedor alguna cosa.
Vienen a ser tan sueltos y alentados
que alcanzan por aliento los venados.
Y desde la niñez al ejercicio
los apremian por fuerza y los incitan,
y en el bélico estudio y duro oficio,
entrando en más edad, los ejercitan.
Si alguno de flaqueza da un indicio,
del uso militar lo inhabilitan,
y el que sale en las armas señalado
conforme a su valor le dan el grado.
Los cargos de la guerra y preminencia
no son por flacos medios proveídos,
ni van por calidad, ni por herencia,
ni por hacienda y ser mejor nacidos;
mas la virtud del brazo y la excelencia,
ésta hace los hombres preferidos,
ésta ilustra, habilita, perficiona
y quilata el valor de la persona.
Los que están a la guerra dedicados
no son a otro servicio constreñidos,
del trabajo y labranza reservados,
y de la gente baja mantenidos;
pero son por las leyes obligados
destar a punto de armas proveídos,
y a saber diestramente gobernallas
en las lícitas guerras y batallas.
Las armas dellos más ejercitadas
son picas, alabardas y lanzones,
con otras puntas largas enastadas
de la fación y forma de punzones;
hachas, martillo, mazas barreadas,
dardos, sargentas, flechas y bastones,
lazos de fuertes mimbres y bejucos,
tiros arrojadizos y trabucos.
Algunas destas armas han tomado
de los cristianos nuevamente agora,
que el contino ejercicio y el cuidado
enseña y aprovecha cada hora,
y otras, según los tiempos, inventado:
que es la necesidad grande inventora,
y el trabajo solícito en las cosas,
maestro de invenciones ingeniosas.
Tienen fuertes y dobles coseletes,
arma común a todos los soldados,
y otros a la manera de sayetes,
que son, aunque modernos, más usados;
grebas, brazaletes, golas, capacetes
de diversas hechuras encajados,
hechos de piel curtida y duro cuero,
que no basta a ofenderle el fino acero.
Cada soldado una arma solamente
ha de aprender, y en ella ejercitarse,
y es aquella a que más naturalmente
en la niñez mostrare aficionarse;
desta sola procura diestramente
saberse aprovechar, y no empacharse
en jugar de la pica el que es flechero,
ni de la maza y flechas el piquero.
Hacen su campo, y muéstranse en formados
escuadrones distintos muy enteros,
cada hila de más de cien soldados;
entre una pica y otra los flecheros
que de lejos ofenden desmandados
bajo la protección de los piqueros,
que van hombro con hombro, como digo,
hasta medir a pica al enemigo.
Si el escuadrón primero que acomete
por fuerza viene a ser desbaratado,
tan presto a socorrerle otro se mete,
que casi no da tiempo a ser notado.
Si aquél se desbarata, otro arremete,
y estando ya el primero reformado,
moverse de su término no puede
hasta ver lo que al otro le sucede.
De pantanos procuran guarnecerse
por el daño y temor de los caballos,
donde suelen a veces acogerse
si viene a suceder desbaratallos;
allí pueden seguros rehacerse,
ofenden sin que puedan enojallos,
que el falso sitio y gran inconveniente
impide la llegada a nuestra gente.
Del escuadrón se van adelantando
los bárbaros que son sobresalientes,
soberbios cielo y tierra despreciando,
ganosos de estremarse por valientes.
Las picas por los cuentos arrastrando,
poniéndose en posturas diferentes,
diciendo: «Si hay valiente algún cristiano,
salga luego adelante mano a mano».

Hasta treinta o cuarenta en compañía,
ambiciosos de crédito y loores,
vienen con grande orgullo y bizarría
al son de presurosos atambores;
las armas matizadas a porfía
con varias y finísimas colores
de poblados penachos adornados,
saltando acá y allá por todos lados.

Hacen fuerzas o fuertes cuando entienden
ser el lugar y sitio en su provecho,
o si ocupar un término pretenden,
o por algún aprieto y grande estrecho;
de do más a su salvo se defienden
y salen de rebato a caso hecho,
recogiéndose a tiempo al sitio fuerte,
que su forma y hechura es desta suerte:
señalado el lugar, hecha la traza,
de poderosos árboles labrados
cercan una cuadrada y ancha plaza
en valientes estacas afirmados,
que a los de fuera impide y embaraza
la entrada y combatir, porque, guardados
del muro los de dentro, fácilmente
de mucha se defiende poca gente.
Solían antiguamente de tablones
hacer dentro del fuerte otro apartado,
puestos de trecho a trecho unos troncones
en los cuales el muro iba fijado
con cuatro levantados torreones
a caballero, del primer cercado,
de pequeñas troneras lleno el muro
para jugar sin miedo y más seguro.
En torno desta plaza poco trecho
cercan de espesos hoyos por defuera:
cuál es largo, cuál ancho, y cuál estrecho,
y así van sin faltar desta manera,
para el incauto mozo que de hecho
apresura el caballo en la carrera
tras el astuto bárbaro engañoso
que le mete en el cerco peligroso.
También suelen hacer hoyos mayores
con estacas agudas en el suelo,
cubiertos de carrizo; yerba y flores,
porque puedan picar más sin recelo;
allí los indiscretos corredores,
teniendo sólo por remedio el cielo,
se sumen dentro, y quedan enterrados
en las agudas puntas estacados.
De consejo y acuerdo una manera
tienen de tiempo antiguo acostumbrada,
que es hacer un convite y borrachera
cuando sucede cosa señalada;
y así cualquier señor, que la primera
nueva del tal suceso le es llegada,
despacha con presteza embajadores
a todos los caciques y señores
haciéndoles saber como se ofrece
necesidad y tiempo de juntarse,
pues a todos les toca y pertenece,
que es bien con brevedad comunicarse.
Según el caso, así se lo encarece,
y el daño que se sigue dilatarse,
lo cual, visto que a todos les conviene,
ninguno venir puede que no viene.
Juntos, pues, los caciques del senado,
propóneles el caso nuevamente,
el cual por ellos visto y ponderado,
se trata del remedio conveniente;
y resueltos en uno y decretado,
si alguno de opinión es diferente,
no puede en cuanto al débito eximirse,
que allí la mayor voz ha de seguirse.
Después que cosa en contra no se halla,
se va el nuevo decreto declarando
por la gente común y de canalla,
que alguna novedad está aguardando.
Si viene a averiguarse por batalla,
con gran rumor lo van manifestando
de trompas y atambores altamente,
porque a noticia venga de la gente.
Tienen un plazo puesto y señalado
para se ver sobre ello y remirarse;
tres días se han de haber ratificado
en la difinición sin retratarse,
y el franco y libre término pasado,
es de ley imposible revocarse
y así como a forzoso acaecimiento,
se disponen al nuevo movimiento.
Hácese este concilio en un gracioso
asiento de mil florestas escogido,
donde se muestra el campo más hermoso
de infinidad de flores guarnecido;
allí de un viento fresco y amoroso
los árboles se mueven con ruido,
cruzando muchas veces por el prado
un claro arroyo limpio y sosegado,
do una fresca y altísima alameda
por orden y artificio tienen puesta
en torno de la plaza y ancha rueda,
capaz de cualquier junta y grande fiesta,
que convida a descanso, y al sol veda
la entrada y paso en la enojosa siesta;
allí se oye la dulce melodía
del canto de las aves y armonía.
Gente es sin Dios ni ley, aunque respeta
aquel que fue del cielo derribado,
que como, a poderoso y gran profeta
es siempre en sus cantares celebrado.
Invocan su furor con falsa seta
y a todos sus negocios es llamado,
teniendo cuanto dice por seguro
del próspero suceso o mal futuro.
Y cuando quieren dar una batalla
con él lo comunican en su rito;
si no responde bien, dejan de dalla
aunque más les insista el apetito.
Caso grave y negocio no se halla
do no sea convocado este maldito:
llámanle Eponamón, y comúnmente
dan este nombre a alguno si es valiente.
Usan el falso oficio de hechiceros,
ciencia a que naturalmente se inclinan,
en señales mirando y en agüeros
por las cuales sus cosas determinan;
veneran a los necios agoreros
que los casos futuros adivinan:
el agüero acrecienta su osadía
y les infunde miedo y cobardía.
Algunos destos son predicadores
tenidos en sagrada reverencia,
que sólo se mantienen de loores,
y guardan vida estrecha y abstinencia.
Estos son los que ponen en errores
al liviano común con su elocuencia,
teniendo por tan cierta su locura,
como nos la Evangélica Escritura.

Y éstos que guardan orden algo estrecha
no tienen ley ni Dios ni que hay pecados,
mas sólo aquel vivir les aprovecha
de ser por sabios hombres reputados;
pero la espada, lanza, el arco y flecha
tienen por mejor ciencia otros soldados,
diciendo que al agüero alegre o triste
en la fuerza y el ánimo consiste.

En fin, el hado y clima desta tierra,
si su estrella y pronósticos se miran,
es contienda, furor, discordia, guerra
y a solo esto los ánimos aspiran.
Todo su bien y mal aquí se encierra,
son hombres que de súbito se aíran,
de condiciones feroces, impacientes,
amigos de domar estrañas gentes.
Son de gestos robustos, desbarbados,
bien formados los cuerpos y crecidos,
espaldas grandes, pechos levantados,
recios miembros, de niervos bien fornidos;
ágiles, desenvueltos, alentados,
animosos, valientes, atrevidos,
duros en el trabajo y sufridores
de fríos mortales, hambres y calores.
No ha habido rey jamás que sujetase
esta soberbia gente libertada,
ni estranjera nación que se jatase
de haber dado en sus términos pisada,
ni comarcana tierra que se osase
mover en contra y levantar espada.
Siempre fue esenta, indómita, temida,
de leyes libre y de cerviz erguida.
El potente rey Inga, aventajado
en todas las antárticas regiones,
fue un señor en estremo aficionado
a ver y conquistar nuevas naciones,
y por la gran noticia del Estado
a Chile despachó sus orejones;
mas la parlera fama desta gente
la sangre les templó y ánimo ardiente.
Pero los nobles Ingas valerosos
los despoblados ásperos rompieron,
y en Chile algunos pueblos belicosos
por fuerza a servidumbre los trujeron,
a do leyes y edictos trabajosos
con dura mano armada introdujeron,
haciéndolos con fueros disolutos
pagar grandes subsidios y tributos.
Dado asiento en la tierra y reformado
el campo con ejército pujante,
en demanda del reino deseado
movieron sus escuadras adelante.
No hubieron muchas millas caminado,
cuando entendieron que era semejante
el valor a la fama que alcanzada
tenía el pueblo araucano por la espada.
Los promaucaes de Maule, que supieron
el vano intento de los Ingas vanos,
al paso y duro encuentro les salieron,
no menos en buen orden que lozanos;
y las cosas de suerte sucedieron
que llegando estas gentes a las manos,
murieron infinitos orejones,
perdiendo el campo y todos los pendones.
Los indios promaucaes es una gente
que está cien millas antes del Estado,
brava, soberbia, próspera y valiente,
que bien los españoles la han probado;
pero con cuanto digo, es diferente
de la fiera nación, que cotejado
el valor de las armas y excelencia,
es grande la ventaja y diferencia.
Los Ingas, que la fuerza conocían
que en la provincia indómita se encierra
y cuán poco a los brazos ganarían
llegada al cabo la empezada guerra,
visto el errado intento que traían,
desamparando la ganada tierra,
volvieron a los pueblos que dejaron
donde por algún tiempo reposaron.

Pues don Diego de Almagro, Adelantado
que en otras mil conquistas se había visto,
por sabio en todas ellas reputado,
animoso, valiente, franco y quisto,
a Chile caminó determinado
de estender y ensanchar la fe de Cristo.
Pero llegando al fin deste camino,
dar en breve la vuelta le convino.

A sólo el de Valdivia esta vitoria
con justa y gran razón le fue otorgada
y es bien que se celebre su memoria,
pues pudo adelantar tanto su espada.
Éste alcanzó en Arauco aquella gloria
que de nadie hasta allí fuera alcanzada;
la altiva gente al grave yugo trujo
y en opresión la libertad redujo.
Con una espada y capa solamente,
ayudado de industria que tenía,
hizo con brevedad de buena gente
una lucida y gruesa compañía,
y con designio y ánimo valiente
toma de Chile la derecha vía,
resuelto en acabar desta salida
la demanda difícil o la vida.
Viose en el largo y áspero camino
por hambre, sed y frío en gran estrecho;
pero con la constancia que convino
puso al trabajo el animoso pecho,
y el diestro hado y próspero destino
en Chile le metieron, a despecho
de cuantos estorbarlo procuraron,
que en su daño las armas levantaron.
Tuvo a la entrada con aquellas gentes
batallas y recuentros peligrosos
en tiempos y lugares diferentes
que estuvieron los fines bien dudosos;
pero al cabo por fuerza los valientes
españoles con brazos valerosos,
siguiendo el hado y con rigor la guerra
ocuparon gran parte de la tierra.
No sin gran riesgo y pérdidas de vidas
asediados seis años sostuvieron,
y de incultas raíces desabridas
los trabajados cuerpos mantuvieron,
do a las bárbaras armas oprimidas
a la española devoción trujeron
por ánimo constante y raras pruebas,
criando en los trabajos fuerzas nuevas.
Después entró Valdivia conquistando
con esfuerzo y espada rigurosa
los promaucaes, por fuerza sujetando
curios, cauquenes, gente belicosa;
y el Maule y raudo Itata atravesando,
llegó al Andalién, do la famosa
ciudad fundó de muros levantada,
felice en poco tiempo y desdichada.
Una batalla tuvo aquí sangrienta,
donde a punto llegó de ser perdido
pero Dios le acorrió en aquella afrenta,
que en todas las demás le había acorrido.
Otros dello darán más larga cuenta,
que les está este cargo cometido;
allí fue preso el bárbaro Ainauillo;
honor de los pencones y caudillo.
De allí llegó al famoso Biobío
el cual divide a Penco del Estado,
que del Nibequetén, copioso río,
y de otros viene al mar acompañado.
De donde con presteza y nuevo brío,
en orden buena y escuadrón formado
pasó de Andalicán la áspera sierra
pisando la araucana y fértil tierra.
No quiero detenerme más en esto
pues que no es mi intención dar pesadumbre,
y así pienso pasar por todo presto,
huyendo de importunos la costumbre;
digo con tal intento y presupuesto,
que antes que los de Arauco a servidumbre
viniesen, fueron tantas las batallas,
que dejo de prolijas de contallas.
Ayudó mucho el inorante engaño
de ver en animales corregidos
hombres que por milagro y caso estraño
de la región celeste eran venidos;
y del súbito estruendo y grave daño
de los tiros de pólvora sentidos,
como a inmortales dioses los temían
que con ardientes rayos combatían.
Los españoles hechos hazañosos
el error confirmaban de inmortales,
afirmando los más supersticiosos
por los presentes los futuros males;
y así tibios, suspensos y dudosos,
viendo de su opresión claras señales,
debajo de hermandad y fe jurada
dio Arauco la obediencia jamás dada.
Dejando allí el seguro suficiente
adelante los nuestros caminaron;
pero todas las tierras llanamente,
viendo Arauco sujeta se entregaron,
y reduciendo a su opinión gran gente,
siete ciudades prósperas fundaron:
Coquimbo, Penco, Angol y Santiago,
la Imperial, Villarica, y la del Lago.
El felice suceso, la vitoria,
la fama y posesiones que adquirían
los trujo a tal soberbia y vanagloria,
que en mil leguas diez hombres no cabían,
sin pasarles jamás por la memoria
que en siete pies de tierra al fin habían
de venir a caber sus hinchazones,
su gloria vana y vanas pretensiones.
Crecían los intereses y malicia
a costa del sudor y daño ajeno,
y la hambrienta y mísera codicia,
con libertad paciendo, iba sin freno.
La ley, derecho, el fuero y la justicia
era lo que Valdivia había por bueno:
remiso en graves culpas y piadoso,
y en los casos livianos riguroso.
Así el ingrato pueblo castellano
en mal y estimación iba creciendo,
y siguiendo el soberbio intento vano,
tras su fortuna próspera corriendo;
pero el Padre del cielo soberano
atajó este camino, permitiendo
que aquel a quien él mismo puso el yugo,
fuese el cuchillo y áspero verdugo.
El Estado araucano, acostumbrado
a dar leyes, mandar o ser temido,
viéndose de su trono derribado
y de mortales hombres oprimido,
de adquirir libertad determinado,
reprobando el subsidio padecido,
acude al ejercicio de la espada,
ya por la paz ociosa desusada.
Dieron señal primero y nuevo tiento
(por ver con qué rigor se tomaría),
en dos soldados nuestros, que a tormento
mataron sin razón y causa un día.
Disimulóse aquel atrevimiento,
y con esto crecióles la osadía;
no aguardando a más tiempo abiertamente
comienzan a llamar y juntar gente.
Principio fue del daño no pensado
el no tomar Valdivia presta emienda
con ejemplar castigo del Estado,
pero nadie castiga en su hacienda.
El pueblo sin temor desvergonzado
con nueva libertad rompe la rienda
del homenaje hecho y la promesa,
como el segundo canto aquí lo espresa.

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Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado. Fin.

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…El mismo Homero vituperando el rumor con que los Troyanos peleaban, dijo.
Ac veluti innumere domini locupletis in aula
admulctam coguntur oves: balatibus illae
perculsae cara fobolis, roce omnia replent:
Sic Troum audiri per campos undique clamor.
Cuyo sentido se contiene en los seis versos que le siguen.
Cual en cas de un pastor rico de ovejas,
el hato innumerable constreñido
a dejar el sustento de sus hijos,
suele henchir el aire de bólidos
tal por el campo todo el alarido,
se sentía retumbar de los Troyanos.
Con razón comparó los que gritaban a ovejas, por que el gritar las mas veces procede de flaqueza de ánimo, y muchas se ha visto perder la victoria por un sólo grito, el cual puede desanimar los amigos, y animar los enemigos, así que ningún soldado en escaramuza, encuentro, batalla, o alcance, grite, ni hable palabra, especialmente pidiendo como suelen, pólvora, picas, plomo, etc, so pena de la muerte, que por dársela cualquier oficial, o soldado, no sólo no incurra en pena alguna, mas antes merezca ser aventajado y honrado.
Pues como Carlo V Emperador, de feliz memoria señor nuestro, decía, los que tales cosas piden en tales tiempos, muy cerca están de huir, y está claro que oyéndolos amigos y enemigos, creyeron que falta lo que se pide, y los unos perdieran, y los otros cobraran ánimo. Así que a tales lugares ninguno debe ir desprovisto de todo lo necesario, y el que lo fuere calle por no poner en aventura la victoria, que puede consistir en cosas de mucho menos momento, y es menor inconveniente no pelear los desprovistos, que no podrán ser muchos, si los superiores son los que deben, pues a ellos toca la prohibición y la orden, y no se habrán descuidado de dar ante mano, y de llevar lo necesario para tales efectos, así que los soldados callen, y estén atentos a las órdenes de las cabezas, y aparejados para acudir adonde menester fuere, el mismo Homero vituperando en otra parte el rumor, y alabando el silencio, y obediencia dice.
Tu Phriges ingenti strepitur. Es clamore feruntur,
more gruum pasis liquido super aere panis
que postquam gelidas hiemes, imbren que nivalem,
fugere oceani: repetunt clangoribus undas,
astiram tacito spirabant corde pelasgi,
alter in auxilium alterius properare parati.
Cuya sentencia en nuestra lengua es la contenida en los nueve versos que se siguen.
Con gran rumor ,y estrépito los Fnigios,
iban a combatir como las grullas,
cuando seguras del invierno frío
vuelven del Océano a ver las ondas,
con sus alas hendiendo el líquido aire,
hinchiendo cielo y tierra de clamores,
mas los callados Griegos en sus ánimos
concibiendo iras muy apercibidos,
a correr en favor del uno el otro.

Así los que pretende quedar vencedores en cualquier escaramuza, encuentro o batalla, deben concebir iras de sus ánimos, considerando que los enemigos sin causa ni razón hacen guerra a su Rey, destruyen su patria, matan sus deudos y amigos, fuerzan sus mujeres, roban sus haciendas, introducen sectas contra la ley divina, y en suma, que tras hacer cuantas maldades se pueden imaginar, no sólo pretenden con mano armada sustentar que todo es bien hecho, más aún porque quieren defender que no procedan, vienen a matar los que con tanta razón se oponen por su ley, por su Rey, por su patria, por sus deudos, y amigos, haciendo por sus honras, y vidas.

Y porque es cierto que la ira crece el ánimo, y que el corazón errado se defiende gritando, han los soldados de callar, y apercibirse a ejecutar sus justas iras con obras, donde, y como los superiores les ordenaren, acudiendo los unos con gran presteza, y diligencia en favor de los otros.
Otrosí, porque parándose los soldados a despojar los caídos, suelen dejar de seguir la victoria, y revolviendo los enemigos a verla, se debe mandar, que ningún soldado ni otra persona pare a despojar los caídos, ni desvalijar el bagaje, mas siga hasta el fin la victoria, so pena de la vida.
Que todo lo que se ganare de los enemigos se reduzca a un montón, para que sea repartido por los fieles entre todos, según el cargo, y sueldo de cada uno, so pena de la vida, al que alguna cosa &fraudare. Promulgando tales estatutos, y observándolos inviolablemente en todos los ejércitos, provincias, reinos, donde se entretuviese gente de guerra, cierto se frenarían a aquellos soldados, que por virtud no estuviesen en oficio, pero la observancia de la buena disciplina militar, no se debe fundar en sólo temor, aunque diga Salustio, que el Imperio fácilmente se retiene y sustenta con aquellas artes que se ganó. Pues de muchos se sabe haber adquirido Reinos e Imperios por tiranía, cuya principal parte es temor, y por quererlos sustentar con ellos perdieron, y juntamente las vidas, que los hombres aborrecen al que temen, y el que de todos es temido en ninguna parte puede estar seguro, especialmente si siempre le es forzado ponerse al terreno de los que no lo aman, y tienen toda la oportunidad que pueden desear, para librarse de su temor. En suma ninguna fuerza de imperio es tanta, que por vía, de miedo pueda durar, pues que será temiendo de la misma fuerza, que consiste en la gente de guerra, con la cual convendría proceder diferentemente, que con todas las demás gentes, lo saben, no dejando mal sin castigo, ni bien sin galardón, por castigar justamente no viene el superior a ser aborrecido, y por premiar con razón venía a ser amado, la liberalidad es gran parte para serlo, pero el dar a quien quiera, y como quiera, antes pierde que gana benevolencia, porque se ofende la justicia y la razón, y viene el servicio a ser duro, cuando no por él, sino por otros respetos y contemplaciones, se da la honra y el provecho.
Si el Capitán particular quiere ser amado de sus soldados, haga el más benemérito de ellos Alférez, y así Sargento, y Cabos de escuadra, cuando faltare el Alférez de la bandera, al Sargento, y la gineta al más benemérito Cabo de escuadra, y la escuadra a tal soldado, que de mano en mano merezca la gineta, la bandera, y la compañía, de las ventajas de arcabuceros a los mas hábiles, diestros, y experimentados: y cuando por bajar el número se hubiere de quitar alguna, sea al que postrero la dio, si no fuere tan conocida la mejoría dé él a otro, que con ella se excuse el agravio de quitarla al más antiguo.
Para las ventajas particulares nombre los más dignos de ellas, a ninguno quite sueldo ni emolumentos, sea afable con la autoridad necesaria, a que no se le pierda respeto.
Sea verdadero, y procure entender el arte, y observar la buena disciplina militar, mejor que ninguno de sus inferiores. Con ésto aunque los castigue las faltas y errores, será muy amado de ellos, y merecerá que el General le mejore de cargo, y que el Rey le haga merced.
Todo lo dicho del Capitán particular, y mucho más se ha de entender del General, a quien importa más que todos, amen y sigan con voluntad, sin la cual se aciertan a hacer pocas cosas (para entender voluntad de trabajar derramar sangre, y morir, grandísima esperanza de honra y provecho se requiere) y no hay cosa que más la quite que es dar a la negociación, lo que se debe al servicio, acaece esto muchas veces, porque los que sirven no negocian, o no tienen medios para negociar, o no saben usar de ellos, o no los quieren, confiando que los servicios hablarán por ellos, engañándose mucho.
Porque los Reyes, y grandes señores, no pueden ver como sirve cada uno, y lo que llega a su noticia suena, como place a los que se lo refieren, de aquí nace que unos cogen el fruto, de lo que otros trabajaron, y que algunos por ser muy virtuosos dejan de ser conocidos. Nan semper est formidolosa virtus.

Y al envidia procede así, que deshace lo bueno, y hace mejor lo no tal como loores, que no se eche de ver su engaño. Por lo cual vienen las pérdidas de unos a otros a ser más estimadas, que las ganancias de otros, y así poco a poco se ha ido perdiendo la esperanza, y no sólo no acuden a la profesión militar, nuevos soldados, mas aún desean dejarla, cuantos en su buen tiempo vinieron a ella: Entonces faltando el Maestro de Campo, era subrogado en su lugar el Capitán del tercio más benemérito. Y faltando el Capitán no se quitaba al Alférez la compañía: Especialmente si el Capitán muere peleando, que en tal caso gratitud y razón, quieren que se dé al Alférez la compañía, más aún de cualquier manera que faltase, no habiendo deméritos en el Alférez se le daba, y todas las demás cosas se proveían en los que las merecían sirviendo.

Con tornarse a hacer así tornaría la esperanza, y tras ella la buena disciplina ilitar, que no está tan lejos, ni tan olvidada, como otras veces ha estado, al menos entre los que han de ser mandados, pues tienen lo principal que es Cristiandad, de manera, que ninguno o pocos dejan de confesarse, cuando la Iglesia les ordena, oyen muchos la palabra de Dios, cuando se les predica, no hay cuadrillas, hay pocos amancebados, tiene cofradías del Nombre de Dios, con las cuales en gran parte se ha desterrado el jurar su santo nombre en vano, cuanto más los reniegos y blasfemias, que tanto se solían usar, no són muchos los inobedientes, tienen los más camaradas. En suma, aún son sujetos, y dipuestos a recibir la forma que se les quisiere dar sin tanto trabajo, como tuvo Escipión Africano en reducir el arte y disciplina militar, a los ejércitos que halló haber sido debajo de otros Capitanes, muchas veces vencido en España, con los cuales después arraso la famosa Numancia, y hubo siempre victoria, y Metello en Africa al ejército, que gobernando Alvino había sido vencido, de tal manera le redujo a la disciplina que con él sojuzgó, a los que antes lo habían sojuzgado. Y Cayo Mario a las legiones Silanas, que los Cimbros habían desbaratado en Galia disciplinó, así que con ellas mismas venció, no solamente los Cimbros, pero a una grandísima
multitud de Teutones.
Y porqué más fácil es instituir y adoctrinar nuevos soldados, que reducirlos una vez rebotados. La mayor parte de los que hoy se entretienen son nuevos y no saben que cosa es ser vencidos, ni pasar bajo el yugo, como aquellos Romanos.
Son Españoles que aman más la honra que la vida, y temen menos la muerte que la infamia. Tienen de suyo voluntad a las armas, destreza y habilidad en ellas. Están en los peligros tan en sí, como fuera de ellos, de manera, que en sabiendo obedecer, guardar orden y lugar, sabrá cuanto es necesario para ser invencibles en tierra y mar.
 Estas tres cosas ningún hombre del mundo las haría mejor, quitada de por medio la codicia que los desordena, con quitarles las acogetas, y repartirles fielmente todo lo que se ganare en las guerras, no habría de tener codicia, pues haciendo cada uno su deber en el lugar que le fuese señalado, habría más de lo que fuera de él podría ganar, con menos trabajo y más gloria. Donde pues tantas cosa naturales concurren, fácilmente se añadirían las artificiales, que para la perfección de la cosa militar pueden faltar. La principal es saber mandar, para ello se requiere bastante autoridad, las generales aumentan la suya, con darla a sus inferiores, de manera, que en todo se ofrece gran facilidad, mas aunque en todo se ofrecerán grandísimas dificultades, dignándose V. Excelencia de meter su mano en ello, sin alzar la de la infinitud y grandeza de los demás negocios se allanarían, pues que reducir la cosa militar a buena disciplina, sea el mayor negocio del mundo, y en que más gloria puede un Capitán General ganar en ésta, y en la otra vida, ninguna duda se debe tener, siendo como es claro, que por ella se conserva la libertad, y se amplía la dignidad de la patria, la templanza, la justicia, y todas las otras virtudes se conservan, auméntanse los Reinos, los Reyes se aseguran, y los vasallos bien en quietud, gozando cada uno lo suyo.
Considerando todo ésto, y que cualquier arte por fácil que sea, si se deja de ejercitar se olvida, los Lacedemonios primero, y después los Romanos, sobre todas las otras artes ejercitaron la militar, dificilísima de aprender, y facilísima de olvidar. Antes pues que del todo se olvidase convendría poner el remedio necesario, tocaría a V. Excelencia, a quien Dios hizo para ser padre de la patria, y habiéndolo siempre sido, de los defensores de ella, habría conseguido totalmente el fin para que fue criado. Catón mayor aunque siendo Cónsul, fue singular Capitán de ejércitos Romanos, más creyó que aprovecharía en su república, introduciendo la buena disciplina militar, y dejándola escrita, porque las cosas que gobernando, y combatiendo fuertemente en la guerra, se hacen, no duran más de una edad. Pero las que por utilidad de la cosa pública se escriben, son más durables, no sólo pues se debería reducir la buena disciplina militar, mas ponerla en escrito. Porque si por largos intervalos de paz, o descuido de sus profesores, algún día se olvidase toda, o parte de ella, con recorrer a los libros se pudiese restituir, muchos Emperadores escribieron, o hicieron escribir preceptos de la cosa militar. Escribió el mismo Catón, y escribieron Frontinio, Vegecio, Eliano, Valturio, y después otros infinitos, pero los más tan confusamente, y tan fuera de lo que hoy es necesario, que de sus recuerdos, y de la experiencia y uso, convendría se hiciese un inquiridión, o breve compendio, en que todos los soldados que supiesen leer viesen, y los demás oyesen leer la buena disciplina militar, y muchas partes de ella yo he dejado de tocar, y algunas he tocado sucintamente.
Porque desde el once de Enero pasado, que el mandato de V. Excelencia, me obligó a escribir ésto, no siempre he tenido salud, y la memoria forzada, pocas veces administra lo que hombre desea, especialmente tan flaca como la mía. Y porque lo que he dejado, no me ha parecido importar tanto por ahora, que con más oportunidad no se pueda escribir, si V. Excelencia fuere servido de ello. Y porque si lo dicho se introdujere, podríamos todos contentarnos con nuestros estipendios, no maltratar ni hacer injuria a nadie: Servir también a la Majestad Divina y humana, que de entrambas hubiésemos galardón, conforme a nuestros servicios, encamínelo Dios, y guarde a V. Excelencia, por infinitos años.
En Liera a ocho de Abril, de M. D. LXVIII. años.
Don Sancho de Londoño

 

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Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor…

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 …Que ningún soldado de su propio modo entre a alojar en Iglesia, monasterio, ni hospital, ni en casas, o granjas a ellos pertenecientes, so pena de ser puesto en prisión, por tiempo preciso, o a voluntad.
Que ningún soldado toque ni tome cosa sagrada ni perteneciente a Iglesias, monasterios, y hospitales, so pena de pagar lo que tomare, o robare con las setenas, y ser castigado corporalmente, según la calidad del delito lo requiere.
Otrosí, porque la gente de guerra se entretiene para no permitir agravios, y para amparar los flacos y afligidos, que ningún soldado haga fuerza a mujer, so pena de la vida, especialmente en pueblos rendidos, o tomados por asalto, que en tales partes la fuerza es mayor, pues se debe creer, que por el miedo de muchos condescienden a la voluntad de los que las requieren, y así hasta que el tal miedo sea pasado, siempre se ha de tener por fuerza, aunque parezca que expontáneamente vegan en lo que se les ruega.
Que ningún soldado mate mujer, niño, viejo, ni persona inhábil, aunque sea en la furia del vencer, so pena de la vida, ni ponga la mano en tales personas, so pena de ser catigado conforme a la calidad del delito.
Que todos los soldados se confiesen al menos una vez en el año, al tiempo que lo tiene ordenado la santa madre Iglesia, so pena de castigo arbitrario, conforme a la causa, y al tiempo que hubiere sido inobediente.
Que todos los Capitanes y oficiales tengan especial cuidado, de entender si algunos soldados de sus compañías dejan de confesarse, y por qué, y si por su amonestación no se quisieren confesar, avisen a sus Maestros de Campo, para que por bando público los destierren de las compañías, y den aviso a los oficiales del sueldo, para que no los asienten en otras.
Otrosí, que ningún soldado después de recibido por el Capitán, aprobado y asentado por los oficiales del sueldo, no mude compañía sin licencia en escrito de su Capitán, vista y confirmada por el Maestro de Campo, especialmente para ir a otros tercios, so pena de ser desterrado por infame del ejército, y no poder ganar jamás sueldo de su Majestad. Y el Capitán que sin tal licencia le recibiere privado de la compañía, que de no haberse hecho así ha nacido desobediencia entre los soldados, y entre Capitanes, diferencias, revueltas, y muertes.
Que ningún soldado salga a hacer noche fuera del ejército, o lugar dónde estuviere su bandera, sin llevar en escrito licencia de su Capitán, en la cual se diga dónde va, y los días que ha de estar ausente, so pena si fuere aventajado, de perder la ventaja, y si de paga sencilla el sueldo de un mes, o más, y en las mismas penas incurran los que no volvieron dentro del tiempo en las licencias señalado, si no trajeren bastantes testimonios de justos impedimentos, porque es cierto que algunos piden licencia viciosamente por excusar trabajo, y andarse, como dice, pasando mes, a costa de otros, y otros inconvenientes, además que por falta de quien sirva, trabajan los que quedan sirviendo.
Que ningún soldado juegue las armas, ni sobre ellas, so pena por la primera vez de perder el sueldo de un mes, y por la segunda, ser desterrado por infame.
Otrosí, que ningún soldado juegue sobre la ropa de vestir, ni sobre la palabra, so pena de no ser pagado el que ganare, y de ser el que perdiere, puesto en prisión precisa, o voluntaria.
Además, que la ropa sobre que jugare, y lo que sobre la palabra perdiere, sea aplicado al hospital, que en su tercio o compañía hubiere.
Que ningún soldado deje de presentarse a las muestras contadas las armas, que por orden del Capitán estuviere obligado a servir, propias, enteras, y bien aderezadas, so pena que le sea entretenido el sueldo, o ventaja que tuviere particular, o por razón de coselete o arcabuz, y no le sea vuelta hasta que tengan las dichas armas y sirva con ellas.
Que los Capitanes señalen las ventajas de arcabuceros, a hombres diestros y prácticos, y asentandos en los libros del sueldo, no se las pueden quitar de su propio modo, y sin causa bastante, de lo cual conste al Maestro de Campo, para que con su decreto se quite.
Que todos los soldados al pasar las muestras tengan a los oficiales del sueldo el respeto debido, so pena a los que en palabras, u obras se descomedieren, de castigo arbitrario, según el caso lo requiere.
Que ningún soldado pase plaza en nombre ajeno, so pena de galera por tiempo, o a voluntad al que pasare: y al oficial que le hiciere o permitiere pasar, privación del oficio, y otro castigo arbitrario según el caso lo requiere.
Que si algún soldado sobre la orden y servicio de su Majestad hiriere a algún oficial, especialmente su superior, muera por ello.
Que si algún soldado queriéndole los oficiales castigar por faltas, o desórdenes, pudiéndose desviar pusiere mano a la espada, y esperare, sea castigado arbitrariamente, conforme al lugar, y a la calidad del delito.
Que si algún soldado por cosas no tocantes al orden, ni al servicio de su Majestad, y especialmente por juego, pusiere mano, e hiriere algún oficial, sea castigado arbitrariamente, conforme a la calidad del delito, sin que el ser oficial lo agravie, porque los que fueren no han de dar ocasiones, en confianza de que por serlo se les haya de tener respeto, como si tratasen de orden, o de servicio de su Majestad.
Que cualquier oficial inferior obedezca y respete al sugerir en todas las cosas tocantes al orden y servicio de su Majestad, aunque no sean sus propios Maestros de Campo, Capitanes, Alféreces, o Sargentos, so pena de castigo arbitrario, según la inobediencia, y el poco respeto lo requiere.
Que ningún soldado impida a los ministros de justicia el ejercitar sus oficios so pena de la vida.
Otrosí, por excusar vagabundos, y muchos desórdenes e inconvenientes, que de andar en los ejércitos hombres sin sueldo se siguen y porque los espías no anden con seguridad, se debe mandar que ninguna persona ande en el ejército, sin tener sueldo asentado en los libros de él, so pena que no pueda ganar cosa alguna, ni ser a la parte con los soldados que ganaren, además que los tales sean castigados como vagabundos, si no constare que sirven a otros estipendados del mismo ejército.
Que ningún soldado, ni otra persona, habiendo enemigos en campaña, ande en el ejército sin cruz, o banda roja cosida, so pena de castigo arbitrario, porque no trayendo las cruces o bandas, cosidas pueden andar espías seguramente.
Que ningún soldado, ni otra persona trate, ni hable con enemigo alguno, especialmente en secreto, so pena de la vida.
Que si algún soldado entendiere que otro sirve de espía, o trata con los enemigos, y no lo descubriere a su superior, incurra en la misma pena del principal.
Otrosí, por excusar los motines, y los medios que se usan para promoverlos, y cuajarlos, se debe mandar, que todos los Capitanes, cuando recibieren los soldados, entiendan si saben escribir, y hagan, que los que lo supieren escriban sus nombres, y los de sus padres, y madres, y tierras, en un libro, que cada Furriel tenga para tal efecto, con lo cual gran parte se excusará el poner de los carteles, pues pocos saben disimular también su letra; que en algo no conforme, y se pueda conocer, teniendo como poder cortejarla, que pocos en tales casos se osan fiar de otros.
Que no haya juntas secretas ni corrillos públicos, porque en los tales se fabrican los motines, y se trata por conjeturas, de cuanto pasa en los consejos secretos, de que procede avisar a los enemigos, para que se aperciban, y muchas veces desaniman a los que tienen cargos de defender fortalezas, porque los tales corrillos suelen preceder de flaqueza de los que los hacen.
Que cualquier persona que hiciere o fijare carteles, o dijere palabras escandalosas, de la cuales puede causarse tumulto, o motín, muera por ello sin ser oído.
Que cualquier persona que supiere quien haya escrito, o fijado carteles, o dicho palabras sediciosas, y no lo manifestare luego al superior, incurra en la culpa del principal, y haya la misma pena.
Otrosí, por que el ejército no se podría sustentar, sin que las vituallas y los conductores de ellas fuesen y viniesen a la segura, y sin que los molinos, villas, granjas, casares y lugares de la comarca se conservasen y guardasen, se debe mandar, que ningún soldado ni otra persona salga a los caminos, ni a parte alguna a tomar las vituallas, ni a impedir los conductores de ellas, ni a romper, o quemar los molinos, villas, granjas, casares, y lugares de la comarca, so pena de la vida.
Que nadie tome ni compre vitualla alguna fuera de las plazas que para venderlas fueren señaladas, y después de apreciadas por los oficiales que tuvieren cargo de las tales plazas, so pena de castigo arbitrario.
Otrosí, por evitar diferencias entre naciones, se debe mandar que ningún soldado juegue con otro de diferente nación, so pena de castigo arbitrario, que si resultase de la diferencia echar mano uno contra otro, la pena se extendiese a la vida.
Que ningún soldado dentro ni fuera del campo, tome ni quite cosa alguna a soldado, o persona alguna, especialmente de otra nación, so pena de castigo arbitrario.
Otrosí, porque serviría poco haber asentado el campo en sitio salubre, con todas las partes que en su lugar está dicho, si después se infectase el aire con las inmundicias y excrementos de muchos días, ningún soldado ni otra persona eche tales cosas dentro de los cuarteles, ni en parte que la putrefacción, y mal olor pueda corromper el aire, o dar fastidio a la gente, so pena de castigo arbitrario, que se extienda a la vida, si el caso lo requiere.
Que las personas diputadas para sacar del campo las bestias muertas, tengan especial cuidado de sacarlas y quemarlas, y de cubrir las demás inmundicias que hubiere dentro del campo, y en los contornos de él, porque la corrupción del aire no dañe más que los enemigos, so pena si fueren remisos, de ser castigados ejemplarmente.
Que ningún soldado ni otra persona ponga tienda ni haga rancho fuera del campo, ni del cuartel que por su Furriel le fuere señalado, so pena de castigo arbitrario.
Otrosí porque de no ponerse término a las enemistades y pendencias viejas que suelen proceder las cuadrillas, las revueltas en las compañías y ejércitos, y las muertes de unos a otros, se debe mandar, que ningún soldado sobre enemistad o pendencia vieja durante la guerra y jornada riña ni trate,, si no fuera por vía de acuerdo, o de justicia, so pena de la vida.
Que ningún soldado por pendencia nueva desafie a otro, so pena de la vida al provocante, y destierro al provocado, si saliere pudiéndolo excusar sin nota de infamia.
Que ningún soldado, junte cuadrilla, ni ande en ella en el ejército o presidio, so pena de la vida.
Que si algún Capitán, u oficial echare mano para castigar algún soldado, dijere muera, o matadle, pierda la compañía, o el oficio, aunque no se siga lo que él dijo, que si siguiere muerte de soldado, muera el oficial por ello, aunque él no le matase ni hiriese.
Que cuando algún Capitán u oficial echare mano para castigar algún soldado, ninguna otra persona eche mano, so pena de castigo arbirario, que se pueda extender a la vida, si el caso lo requiere.
Que si alguna vez por primeros movimientos, que no son en mano de los hombres, echaren dos mano a las espadas, los presentes los separen y metan en paz sin favorecer ni ayudar a ninguno de ellos, so pena de castigo a arbitrario, que pueda extender a la vida, si el caso lo requiere.
Otrosí, que adonde quiera que se hubieren de llevar banderas a las guardias, vayan los Capitanes, oficiales y soldados con todas sus armas en orden, so pena de castigo arbitrario.
Que durante el tiempo de la guardia, y estando en ella la bandera, estén los Capitanes y oficiales, y no permitan que los soldados la dejen sin su licencia, ni por cosa inexcusables, so pena a los oficiales, que lo permitieren de castigo arbitrario, y a los soldados, del que les pueden dar los oficiales infraganti.
Que ningún soldado deje la centinela, so pena de la vida, ni se aparte del lugar donde le hubieren sus oficiales puesto a hacerla, ni se siente, so pena del castigo que le pueden dar los oficiales infraganti, que hallándole durmiendo se puede extender a la vida.
Que todas las veces que se tocare alarma, salgan las bandera, Capitanes, oficiales, y soldados con grandísima diligencia a las plazas para ello señaladas, so pena al que dejare de salir, si fuere oficial, de ser privado del oficio, y al soldado del castigo que los oficiales le pueden dar infraganti.
Que si con grandísima presteza no se pudieren poner las armas defensivas, ni las pudieren llevar a ponérselas en el escuadrón, salgan con las ofensivas, porque podría ser invasión repentina, que requiere presto resistencia, la cual se ha de hacer con las ofensivas, so pena al que llegare (tarde, aunque vaya muy armado, y la alarma sea falsa) del castigo que los oficiales pueden dar in fraganti.
Que ningún soldado ni otra persona dé alarma falsa sin orden del que se la pudiere dar, so pena de la vida.
Que todos los soldados acudan a su banderas con gran diligencia en comenzando a recoger los tambores, so pena a los que dejaran de acudir, o llegaran tarde, de el castigo que pudieren darle los oficiales infraganti.
Otrosí, que ningún soldado caminando, o estando en escuadrón, salga del orden, ni deje la hilera donde los oficiales le hubieren puesto, sin necesidad inexcusable, so pena de ser castigados arbitrariamente: y porque algunos suelen salir para ir a robar, y hacer desórdenes, los tales no sólo merecen castigo por haber salido del orden, y dejado el lugar donde le pusieron, mas por el desorden puédese extender la pena a la vida.
Que ningún soldado sin legítimo impedimento deje de llevar en orden todas las armas con que estuviere obligado a servir, so pena de ser sacado de la hilera vergonzósameflte.
Que ningún soldado vaya con las mujeres, ni con el bagaje sin licencia en escrito, de quien se la pudiere dar, so pena de ser desvalijado por los Baracheles de campaña.
Que todos los soldados caminando, y en los escuadrones obedezcan a cualquier oficial en cuanto a guardar orden y lugar, aunque no sean sus Capitanes, Alféreces, ni Sargentos, so pena del castigo, que sus mismos oficiales pueden darles infraganti, el cual les pueda dar cualquier otro oficial hallándoles fuera del orden, o desobedeciendo en él.
Que cualquier persona que llevare alguna orden, aunque no sea oficial, de los que suelen dar, los dejen pasar libremente, so pena al que hiciere resistencia de castigo arbitrario que se pueda extender a la vida, si el caso lo requiere.
Que ningún soldado vaya a reconocer campo, o fortaleza ni otra cosa sin orden del que se la pudiere dar, so pena de la vida.
Que ningún soldado provoque a enemigo, ni provocado salga a singular combate, sin licencia de quien se la pudiere dar, so pena de la vida.
Que ningún oficial ni soldado trate escaramuza, sin orden del que se la pudiera dar, so pena de la vida.
Otrosí, porque en rindiéndose a pacto, o concierto cualquier plaza, ciudad, villa, castillo, o fuerte, está sola protección de la Majestad Real, y de su Capitán General, ningún soldado entre a saquear, ni a tomar cosa alguna sin orden, so pena de la vida, ni se llegue a sus fosos, o muros, porque no es causa de desorden, so pena de castigo arbitrario, que si el caso lo requiere, se extienda a la vida.
Que ningún soldado ni otra persona vaya a correr sin orden y licencia de quien se la puede dar, so pena de perder todo lo que ganare, y de otro castigo arbitrario, que se extienda a la vida, si la calidad del caso lo requiere.
Que todo lo que por orden se trajere de correrías, se presente a los superiores, que hubieren dado la licencia para las tales correrías, so pena a los que lo encubrieren o defraudaren de perder la parte que de ello les había de caber, y de otro castigo arbitrario.
Que ninguna persona vaya a saco mano sin orden, so pena de castigo arbitrario.
Otrosí, que ningún soldado grite ni hable en el orden y escuadrón más de lo inexcusable, y que en tales lugares es lícito, so pena de ser sacado de la hilera vergonzosamente, y si fuere incorregible, privado del sueldo, y desterrado como infame, por violador de la modestia, respeto que como en conventos donde se profesa honra, y virtud se debe tener, y or turbador de las órdenes, que muchas veces es necesario dar a boca de mano en mano, que dándolas de otra manera, o no entendiéndose, ni obedeciéndose, correría riesgo la victoria. Homero alabando el silencio con que iban a pelear los escuadrones Griegos contra los Troyanos, dijo.
Sic Agriva Phalanx in prelia densa moreri
asidue, pariter que suos Dux quisque regebar,
imperitans: aly mox festinare silentes
dixeris haud tantas gentes subpectore vocem
condere, conspecti metuentes principios ora.
En estos cinco versos puso la manera de mandar, y obedecer con el respeto a los superiores, y la de combatir con orden y silencio, principalísimas partes de la buena disciplina militar, y necesarísimas a la victoria. Es en nuestra lengua lo contenido en los diez versos que se siguen, y aunque no esté la sentencia por peso, ni las palabras por medida, se entenderá lo que Homero quiso decir.
Y así el Griego escuadrón a la batalla
continuamente, en orden se movía,
y cada Capitán regía los suyos
en un igual conformidad mandando
a los que con presteza obedecían,
y con tan gran silencio, que dijeras,
es posible que tanto pecho pueda
tener en si la voz, por el respeto
del Príncipe, temiendo su presencia.

Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor… De la autoridad, privilegios y castigos

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…En lo sobredicho se limitaba antiguamente el oficio de Metator, o Maestro de Campo General, pero de algunos años acá se les ha dado en partes autoridad de legados, quedando a gobernar en lugar de los Generales, y permitiéndoles en su presencia conocer y juzgar las causas civiles que entre naciones, tercios, o regimentos de a pie, o de a caballo se han ofrecido, tocantes en grado de apelación a los mismos Capitanes Generales cuyos Acesores y Consultores son los Auditores que llaman Generales, como los particulares de los Maestros de Campo, según en su lugar está dicho.
Esta autoridad permitida a los Maestros de Campo Generales, no se debe extender a instancia, pues todos los soldados tienen sus jueces ordinarios, que de oficio, o a petición e instancia de partes ha de conocer siguiendo el orden que en todos los magistrados políticos, pidiendo el agraviado, ante el juez del que le agravió, pero cuando en grado de apelación, se acudiere al Generalísimo, y él por vía de delegación lo remitiere al Maestro de Campo General, debe conocer, y no de oficio, especialmente en casos criminales, que por haberle querido alguna vez adjudicar más jurisdicción, para excusar los inconvenientes fue necesario limitársela: Al Metator General, que también por nombre decían prefecto castrorum, tocará tener cuenta con todos los pertrechos, jarcias e instrumentos de ellos, como ahora al Capitán General de la artillería, de la cual y de su manejo se tratará en otro lugar, porque hay más que decir de lo que la brevedad permite, baste que su General debe ser hombre de grandísima inteligencia, diligencia, experiencia y tolerancia, y lo mismo todos los oficiales necesarios a su provisión, conducción y manejo, pues han de tratar con la cosa más peligrosa, más ligera y más pesada, de cuantas en el ejército y en el mundo hay, ni puede haber, y no solament debe su General entender bien las circunstancias de su ser y manejo, más aún de su operación, cuya parte es conocer las distancias e intervalos, la fortaleza de lo que con ella se ha de batir, que aunque todo pende del Generalísimo, cuanto al determinar, cuanto a la ejecución, toca al Capitán de la artillería todo lo a ella perteneciente.

De los proveedores y comisarios generales basta saber que toca la provisión de las vituallas y mantenimientos, sin los cuales no se puede observar orden ni guerra.

Los oficiales del sueldo, de más de sus personas en quienes concurrían, fidelidad, inteligencia, y diligencia, para que la hacienda Real sea bien distribuida, han de tener práctica y conocimiento de la cualidad de la gente que tirare sueldo, así entrentenida como auxiliar, y de las armas con que cada soldado por disposición de su Capitan está obligado a servir, porque, como dicho es, los Capitanes han de recibir sus soldados, y señalarles las armas, y los oficiales princlpales del sueldo, los ha de admitir y asentar, si les parecieren suficientes, pero no se debe permitir que ellos los reciban, pues es ordenanza en las guardas de España, que ningún soldado hombre de armas, o caballo ligero que ellos recibieren pueda tirar sueldo, ni tampoco los deban despedir de su propio modo, ni tratar mal de palabra al tomar de las muestras, mas solamente amonestarles enmienden las faltas, y si fueren tales que merezcan ser despedidos, apuntarlos, y dar de ellos noticia a sus jueces, o al Capitán General si necesario fuere. Y no solamente deben los Vendedores Generales dar noticia de las tales faltas, para que los que las hicieren, sean castigados, y también de los servicios particulares y señalados, para que sean gratificados haciendo asentar en los libros del sueldo, las gracias y mercedes que se hicieren, y las causas por que se hacen, /// dejando los privilegios o mandatos en poder de los gratificados, para que cuando necesario fuere los puedan mostrar.
De los Auditores y Barracheles Generales, con lo dicho de los particulares se puede entender a que extienden, y como deben ejercitar sus oficios. Por supuesto pues que en todo lo arriba discurrido, no haya que reducir a mejor estado, y que lo dicho de la gente de a pie, mutatis mutandis, se entienda de la de a caballo, y que la auxiliar y conducida haya de vivir en los- ejércitos por las leyes y ordenanzas de la legionaria y entretenida se deberían promulgar algunos estatutos con cuya observancia los soldados particulares y privados no hiciesen desorden, alguno.
Gran contienda hubo entre los antiguos sobre si la cosa militar, procedía más de las fuerzas del cuerpo, o de la virtud del ánimo siendo claro que antes de comenzar es necesario consultar, y después de consultado ejecutar con presteza, así que más se usa en la guerra de la virtud del ánimo, que del servicio del cuerpo, pero entrambas cosas son menester y justamente el favor divino, los Romanos al principio de sus guerras ofensivas y defensivas ¿no hacían espiar y purgar todos los ejércitos de las culpas y pecados, que contra sus vanos y falsos dioses hubiesen cometido, pareciéndoles imposible vencer, si primero no se ponían en su gracia? ¿qué deben hacer pues los Cristianos por estarlo en la de Dios verdadero, sin cuyo favor ningún buen suceso puede haber, ni fuerzas, o saber humano que resistan ni ofendan a los que El quisiere ayudar? Los que profesan la cosa militar tienen grandísima necesidad de su ayuda, y siendo como son los Capitanes Generales, almas de los ejércitos, como los particulares de las compañías, ellos. Y en suma todos los ministros mayores y menores deben amar mucho, y temer a Dios, que a su ejemplo harán lo mismo todos los soldados. Dijo Gómez Manrique a la Reina doña Isabel de clarísima memoria.
Por tanto debeis honrar
Los sacerdotes y templos,
Y darnos buenos ejemplos,
Y los malos evitar.
Que los Reyes son patrones
De los cuales trasladamos,
Los trajes, las condiciones,
Las virtudes, las pasiones.
Si son errados erramos.
Y bien como los dechados
Errados en las labores
Son sin duda causadores
De los corruptos traslados.
Así bien seréis señora
Siguiendo vicios sencillos
De doblados causadora,
Que en casa de la pastora
Todos tocan caramillos.
Quiso decir, que todos hacen lo que ven hacer a sus mayores, mucho pueden los ejemplos visibles, y por ello Anibal Cartaginense en bajando de los Alpes al llano del Piamonte hizo combatir los Monañeses que traía presos en presencia de todos sus soldados.
Si el superior es renegador, blasfemo, y por cada cosita jura cien veces el nombre de Dios en vano, el inferior lo hará así, y no podrá reprenderle ni decirle, que es la cosa de que más Dios se ofende. Si está días y noches en los juegos públicos con los dados en la mano, no podrá decir a sus soldados que de tales juegos nacen los reniegos y blasfemias, los juramentos falsos y vanos, los odios, las riñas, las cuestiones, las cuadrillas y sediciones, las calumnias, las injurias, las muertes, las rapiñas, y todos cuantos vicios y maldades se pueda imaginar, ni podrá decirlos que el juego engendra vileza en el ánimo, haciéndole codicioso y ávaro con el deseo de ganar la hacienda de su compañero y amigo, como lo han de ser todos los de una compañía y de un ejército, ni podrá alegar aquella ley hecha en Roma en tiempo de Cicerón, contra los que jugasen a juegos ociosos, en los cuales no juega la virtud y fortaleza del ánimo, ni la fuerza y destreza del cuerpo, sino la fortuna y el engafo: ni otra ley de los Egipcios, por la cual ninguno de los tales jugadores podía acusar a otro ni atestiguar contra el por manifiesto que fuese el pecado, y con justa razón, porque es de creer, que el jugador acostumbrado a blasfemias y perjurios, y a menospreciar a Dios, y a los santos, y a engañar a otros, no dejará por conciencia de hacer cuaquier cosa ilícita y fea.
Si el superior tuviere en casa la amiga mal podrá amonestar que el inferior la deje de tener públicamente, porque además de la ofensa y menosprecio de Dios, ellas son causa de mil revueltas, y traen a los que las tienen distraídos del servicio de su Rey, que los paga, ocupados en el de las que consumen las pagas, y lo que pueden ganar de los enemigos, y robar de los amigos.
Si el superior no contentándose con su sueldo y emolumentos, viviere en discrección, o por mejor decir sin ella, con manifiesto agravio de los Provinciales y paisanos, lo mismo hará el inferior.
En suma si el superior no hiciere obras de Cristiano, que ama y teme a Dios, y no difama al prójimo, no es de maravillar que los inferiores le permiten, y sería andar por las ramas hacer ordenanzas estatutos para entrenar y tener a raya los que han de obedecer, si no troducen primero todo lo necesario en los que han de mandar. Pero por supuesto que ya esté introducido, promulgando y observando los estatutos siguientes se reduciría la disciplina militar a buen estado.
Cuantos estatutos y ordenanzas se pueden hacer para haber siempre victoria, vengan a parar en que ni Dios se ofenda, ni -el prójimo se agravie, para estas dos cosas se requieren otras tres, es a saber, obedecer, no turbar orden, ni desamparar lugar, a estas tres son anejas tantas que difícilmente se pueden reducir a número preciso, ni clara brevedad. Por las principales, y que más aseguran la victoria se comprenderán en pocos capítulos, de los cuales pues que a «Jove principium mutae» el primero sea.
Que todos los soldados después de ser elegidos por sus Capitanes con las circunstancias que en tal elección se requiere, al tiempo de ser admitidos por los oficiales del sueldo, con juramento solemne se obliguen a servir bien y fielmente a su Majestad y a sus Capitanes Generales, a obeceder a todos sus superiores, a no partirse del ejército ni de sus compañías sin licencia, en escrito de quien se la pudiere dar.
Otro sí, porque el blasfemar de Dios, y jurar su santo nombre en vano es grandísimo pecado, ningún soldado reniegue ni blasfeme, so pena por la primera vez de treinta días de prisión, por la segunda vez sesenta, además de ser traido a la verguenza con una mordaza a la lengua, y por la tercera puesto en galera perpetua, o a voluntad.
Que ningún soldado juege a juegos ilícitos, que provocan a reniegos, blasfemias, y juramentos, so las penas en el precedente capítulo contenidas.
Otrosí, que ningún soldado tenga en casa mujer sospechosa so pena al que fuere oficial de perder el oficio, y al que aventajado la ventaja, y al de sueldo sencillo, de ser privado de él por tiempo preciso, o a voluntad.
Otrosí, porque de usar intemperadamente el vino, vienen los hombres a convertirse en fieras, y con el calor osan decir palabras bastantes a motines, y a nuevas sectas y opiniones, ningún soldado beba, de manera, que se emborrache, so pena de ser castigado por infame, con bando que publique su falta.
Que ningún soldado entre en taberna, o bodegón público a comer, ni a beber, sino fuere de camino, so pena por la primera vez de privación del sueldo de un mes, por la segunda de dos, y por la tercera de ser desterrado como infame.
Otrosí, porque gran parte, de la soldadesca buena consiste en que los soldados tengan camaradas, de las cuales procede poderse sustentar con el sueldo mejor que estando cada uno de por sí, y así mismo grande amistad, con otras muchas utilidades, todos los soldados las tengan, y ucho cuidado, que en ellas no entre hombre vicioso, porque los que con él alojaren no vengan a serlo: y si alguno de ellos jugare, o defraudare la despensa que para el sustento y comida de todos, por todos se hubiere depositado en él, además de pagar cuatro doblado, sea puesto en la cárcel por tiempo limitado, o a voluntad por la primera vez, y por la segunda en galera.
Otro sí, porque Dios manda no tocar a sus ungidos, que ningún soldado ponga las manos en ningún sacerdote o religioso, ni le trate mal de palabra, so pena de ser castigado conforme a la calidad del delito.

Que ningún oficial aloje persona alguna en Iglesia, monasterio, ni hospital, ni en casa, o granjas a ellos pertenecientes, so pena de ser privado del oficio.

Francisco Sarmiento de Mendoza (IIIª Parte).

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CAPITÁN DEL TERCIO DE SICILIA (1534-36)
A causa de vientos contrarios, la flotilla española no alcanzó Messina, tras haberse detenido unos dias en Malta, hasta el 25 de abril. Las 9 compañías recién llegadas fueron separadas y sometidas a una rigurosa cuarentena, quedando confinadas en lugares apartados de las poblaciones siguientes:
CAPITANES                                                                      ALFÉRECES                                                                DESTINOS
GREGORIO DE LEZCANO                                                                                                                                         TAORMINA
FRANCISCO SARMIENTO DE MENDOZA         FRANCISCO DE MENDOZA                                                    AUGUSTA
LUIS PIZAÑO (PIÇAÑO)                                                                                                                                            SIRACUSA
ALONSO CARRILLO DE PERALTA                        ALONSO JIMÉNEZ                                                               SIRACUSA
ALONSO DE HERMOSILLA MARMOLEJO                                                                                                             CATANIA
FRANÇOIS DE LA PELLUCE                              JUAN PEREZ DE MARQUINA                                                   CEFALU
LUIS MENDEZ DE SOTOMAYOR                                                                                                                               CEFALU
EX DIEGO DE TOVAR MILAZZO
EX RODRIGO MACHICAO                                          LUIS QUIJADA                                                                   PALERMO
Un lustro de la vida militar de Sarmiento discurrió en el primer tercio de infantería española que recibió tal denominación, formado por la tercera parte de los efectivos españoles intervinientes en la reducción de Florencia —”el tercio vivo”—, que el Emperador optó por no licenciar para disponer así de una fuerza capacitada y lista para intervenir donde las circunstancias lo precisaran. El empleo de maestre de campo, existente en la organización militar hispana desde la segunda década del siglo XVI, fue revestido de poderes más amplios de los que poseía, sobre todo en el ámbito jurisdiccional, en algunos aspectos equiparable al de los capitanes generales. La primera plana incorporaba un sargento mayor, que no gozaba de compañía, empleo igualmente preexistente aunque hasta entonces limitado sólamente a uno por cada repartimiento militar o ejército de campaña. El ordenamiento normativo relativo a la nueva Unidad militar estaba ya completado en 1533, como apreciamos en la instrucción al corregidor de Cuenca, investido de la autoridad de un maestre de campo durante la conducción, para su embarque en Málaga, de 10 compañías levadas en Castilla. El tercio en que sirvió Sarmiento, al que nuestro protagonista llegaría a sobrevivir, tuvo una vida orgánica compleja, comenzando por la evolución de sus compañías, que fueron sucesivamente: 10, 24, 14,9, 8 y 9 (entre 1531-34), para estabilizarse en 12 desde 1534 hasta su disolución disciplinaria el año 1538. En sus 7 años de vida conoció 4 jefes: Pedro Vélez de Guevara (1.V-13.VI.1531), Rodrigo Machicao) 13.VI.1531 – 2.II.1534), Gregorio de Lezcano, capitán al cargo (2.II-4.VII.1534) y Alvaro de Grado (4.VII.1534-15.VIII.1538),siendo conocido como Tercio de Sicilia desde 1534, nombre con el cual es citado en la llamada « Ordenanza de Génova» (1536), ampliamente considerada como acta fundacional de los tercios cuando los 4 que dicho texto cita —Sicilia, Nápoles, Lombardía y Niza— fueron organizados separadamente entre 1531 y 1536; además, los 3 primeros fueron disueltos disciplinariamente el 15 de agosto de 1538 (fecha efectiva), aunque el decreto no se publicara hasta el dia 28. Por supuesto, hubo después otros tercios que llevaron esos mismos nombres pero distintos a los iniciales, como diferentes fueron también su creación, composición y capitanes. Por último, el cuarto de los citados (Niza o Málaga), fue reformado en Castilnovo de Esclavonia, tras su conquista, el 28 de octubre de dicho año, para dar lugar al Tercio de Sarmiento o de Castilnovo, que resultaría deshecho en la defensa de la plaza. Aunque abordaré ampliamente la breve y desconocida historia de aquellos 4 primeros tercios, no sobra haber traído aquí la del primero que llevó el nombre de Sicilia, tan estrechamente ligado a la biografía de nuestro personaje.
Tras finalizar la cuarentena, que se declaró purgada el 24 de junio, se procedió a pagar a la gente, que hasta entonces solo habian recibido dos pagas (agosto de 1533 y febrero de 1534). La falta de dinero y la codicia de algunos capitanes desataron motines en las compañías de Lezcano y de Hermosilla, no resueltos pese a que el octogenario virrey Héctor Pignatelli, I duque de Monteleone, llegó a desembolsar 3 pagas completas, descontados los costes de manutención. El 4 de julio, por nombramiento del virrey —suponemos que inspirado por el propio César— el capitán Alvaro de Grado, que se hallaba con su compañía de guarnición en Milazzo, fue promovido al empleo de MdC del tercio, vacante desde la muerte de Machicao, siendo llamado a Palermo, capital de la isla. La compañía de Sarmiento, que se hallaba en Augusta, fue designada para sustituir a la del nuevo MdC en Milazzo, a donde llegó el 13 de julio, tras una accidentada travesía por mar en la que estuvieron a punto de naufragar, debiendo resguardarse en Taormina. Estos traslados dieron lugar a otros, en el transcurso de los cuales las compañías de Machicao, Tovar —mandadas todavía por sus alféreces— y Mendez de Sotomayor, dirigiéndose a Messina, estuvieron a punto de caer en poder de la armada de Barbarroja, que el 2 de agosto quemó las naves que les transportaban ante el fuerte del Faro (que todavía existe), cerca del cabo Peloro, en la embocadura del estrecho de Messina. El corsario venía de destrruir Santo Nocito (cerca de Motta San Giovanni, en Calabria), lugar de “700 fuegos”, tocado de muerte desde entonces, que sería abandonado a principios del siglo XVII.
Tras pasar el estrecho, asoló a San Lucido y Cetraro, donde quemó 6 galeras en fase de construcción, saqueó la isla de Procida, cuya fortaleza se le rindó, y cerca de Gaeta, tomó tambien Sperlonga (8.VIII), Terracina y Fondi (9.VIII), la más interior de todas sus presas. Luego puso proa a Túnez, de la que se apoderó mediante una es-trategema, obligando al rey hafsí Muley-Hasan a refugiarse en Constantina.
La incursión de Barbarroja y su conquista tunecina tendrían una pronta respuesta, pero la consecuencia más inmediata en Sicilia fue una nueva reorganización del tercio de su nombre—que no formaba parte del contingente defensivo de la isla, aunque coadyuvara cuando se alojaba en ella— sino, como se ha dicho, era una fuerza de intervención rápida donde la necesidad lo requiriera.Las compañías vacantes fueron cubiertas por Luis Quijada, el futuro ayo de Jeromín, alférez que fue de Machicao y en cuya compañía sucedió; para mandar la de Tovar fue designado el capitán Melchor de Saavedra, hijo del I conde de Castelar. Además se le incorporaron 3 nuevas compañías, todas sacadas de las tropas de la isla: las Hernando de Vargas, destinada en Siracusa y Charles de Esparza, en Augusta, que sumadas a la precedente de Alvaro de Grado, nuevo maestre de campo y uno de los soldados más reputados de entonces, llevaron a la unidad a perfeccionar la orgánica que conservaría hasta su disolución.
ÚLTIMO ENCUENTRO FAMILIAR (MARZO DE 1535).
A mediados de diciembre de 1534, Carlos V despachó a Constantina a un emisario genovés, Luigi Prevensa, práctico en la lengua, para anunciar a Muley-Hasan su intención de expulsar a Barbarroja de Túnez y recabar su colaboración.Desembarcó el 1 de enero en Marsala (O. de Sicilia), donde a la sazón se hallaba la compañía de Sarmiento, pero hubo de aguardar allí un mes a que mejorase el tiempo para proseguir su viaje. Nada más desembarcar cerca de Bizerta, fue denunciado por el guía que había tomado en Trapani y, capturado por Barbarroja, obligado a confesar su misión.
Este accidente retrasó los preparativos de la expedición y permitió a Sarmiento disfrutar de un inesperado permiso en Burgos aunque, para ello, tuvo que darse otra circunstancia: la enfermedad del virrey Héctor Pignatelli, que ablandado al entrever próxima su muerte —ocurrida el 7 de marzo—, le firmó la oportuna licencia por un mes de duración. Cereceda no habla de ella, pero si López Mata (pg. 41), que alude a «una rápida visita a Burgos,donde notamos su presencia en marzo de 1535, registrada en el libro de Actas Municiaples». Era la primera vez que veía a su familia en 6 años y también sería la última.El hijo mayor, Garci, tenía casi 1o años. Con 14 cumplidos, muerto el padre y por orden del Emperador, le sucedería en alcaidía del Santa María y a los 22 moriría en combate, a la misma edad que su tio homónimo —el hermano mayor de su padre— cuando los turcos le mataron en Djerba. El benjamín, Antonio, que tendría 7 años, tambien seguiría los pasos de su tio, padre y hermano:
como ellos, murió jóven,con las armas en la mano y peleando contra turcos. Cuando cumplió los 18 de edad (1546), ingresó en la Orden de San Juan (AHN, exp. 23.183) y partió a Malta para servir el trienio obligatorio de servicios en las caravanas (galeras) de la Orden, tras profesar y cruzarse en ella el 23 de mayo del año siguiente. No volvería a España, pues murió en 1551, apurando el pesar de su madre doña María de Cottanes, que expiraría transida por el dolor en 1554, sin llegar a cumplir los 52 de vida.Sobre Francisca,la única hija,«monja profesa en el monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, orden de San Bernardo, de Burgos», enseguida recayeron como única heredera de su padre y hermanos, las reclamaciones de las deudas contraídas por éstos en sus breves años de servicio, que también habían abrumado a sumadre. La tesorería imperial pagó aun peor que la filipina, que logró erradicar algunas de sus corruptelas, obligando a los capitanes a entramparse, o a recurrir a prácilícitas para socorrer a sus menesterosos soldados; máxime su padre, general de una nutrida guarnición, prácticamente abandonada a su suerte durante los 9 meses del calvario que fue Castilnovo antes de su postrer agonía. Casi 5 siglos después, todavía no acierta uno de explicarse cómo en aquella sociedad, que se pregonaba tan piadosa y caritativa, pudiera atribularse a una jóven que, sin cumplir la treintena, había perdido a todos los suyos al servicio de su rey, causante de unas reclamaciones económicas nacidas de la propia incapacidad real de subvenir los costes de sus campañas militares. No serán todos, pero los pleitos que conserva el Archivo de la Chancillería de Valladolid, son suficientemente elocuentes: Diego Florez, de Madrigal, actuaba en 1556 contra las Huelgas en «reclamación de una deuda a Francisca Sarmiento de Mendoza,monja en el dicho monasterio, por cierta cantidad de dinero que prestó a su padre, Francisco Sarmiento, muerto en Turquía» (Ejecutorias, caja 873 n.22). Hasta un tal Garcia de Portillo, titulándose pagador del ejército de S.M., le reclamó 192 escudos que había prestado a su hermano García. Esta es particumente infame porque nos alerta sobre una práctica repugnante: el retraso deliberado en el abono de las pagas,por parte de algunos pagadores reales,que ejercían de prestamistas con el dinero del rey, difícilmente rastreable dado que los giros debían liquidarse sobre banqueros o agentes de muy diversos lugares y amplio rango de tasas de intermediación. Era relativamente sencillo atrasar contablemente la conversión de tales giros, a veces justificada por los altos costes de mercadeo, cuando por su blanqueo posterior se pagaba un precio ridículo en comparación con las jugosas tajadas que seobtenían a costa de las las privaciones de los soldados. En fin, Francisca, para satisfacer las deudas de sus finados y su costoso retiro conventual, hubo de vender la casa familiar, no la solariega de los Sarmiento en la colación de San Esteban, ampliada por su abuelo en 1516 y después heredada por su tío Luis, el mayorazgo, sino la que su padre había levantado en su etapa de regidor y cuya portada, curiosamente, se exhibe en el claustro del convento de San Juan, en Burgos.
Valga la prolija indagación sobre la suerte y vicisitudes de la familia de Francisco de Sarmiento para acotar las desafortunadas elucubraciones del citado Budor, recogidas en el siguiente párrafo: «Con el maestre Sarmiento en Castilnovo estuvierontambién dos hijos suyos, ambos militares: Pedro, teniente, y Santiago, capitán. Supuestamente, también tuvo una hija, María o Margarita Ana Veneranda, que en Castilnovo casaría con el capitán Mendoza, muerta ella el 11 de diciembre de 1546».
CONQUISTA DE TUNEZ, BONA Y BIZERTA (1535).
Dispuesto a aniquilar el poderío naval de Barbarroja, e impedir que hiciese de la costa tunecina, tan próxima a Sicilia, otro nido pirático como el de Argel, el Emperador zarpó de Barcelona el 30 de mayo de 1535, con una poderosa armada entre la que se contaban un grueso galeón, 24 carabelas y dos naos portuguesas, con mucha nobleza y voluntarios de aquel reino,al mando del infante D. Luis, cuñado de Carlos y hermano de la emperatriz Isabel. Iban embarcadas 27 compañías de bisoños (8500 h.) más 4.500 “aventureros, caballeros y gente de bien”, sin paga, 700 jinetes andaluces, sin contar las guardias viejas y lanzas levantadas por los nobles y señores. Tras tocar en Mallorca y en Caller, donde se embarcaron los Tercios de Nápoles (6 cias) y de Sicilia (12), junto a las coronelías de alemanes e italianos levadas para la ocasión, embarcadas en las armadas de Nápoles y Sicilia, asi como en galeras aportadas por Genóva, el Papa, la Orden de Malta, el príncipe de Mónaco y algunos particulares.
Tras agruparse en Porto Farina (Ghar El Mel), ya en el golfo de Túnez (15 de junio) el mismo dia se surgió ante Cartago, aunque algunas galeras fueron a reconocer las defensas de la Goleta. El dia siguiente desembarcó la infantería veterana, formando rápidamente un escuadrón a cuya cabeza se puso el Emperador en persona, aunque no se le opuso resistencia porque Barbarroja se esforzaba en aprestar las defensas tunecinas y el fuerte que habia levantado en la Goleta, prevenido de la invasión por enviados del rey de Francia. El 17, jueves, se completó el desembarque de la infantería bisoña, la caballería, artillería y suminstros. El primer ataque turco no se dio hasta el 18, afirmado ya el campo, siendo rechazado brevemente. Sin embargo, en dias sucesivos, estos menudearon, sobre todo a partir del viernes 19, tratando de dificultar el asentamiento ante la Goleta, cuyo asedio comenzó dicho dia, prolongándose hasta el 14 de julio, cuando se dió el asalto final.Sin embargo,la artillería no pudo jugar hasta el 24 de junio, en que se concluyeron las trincheras, reparos y barbetas; momento en que arreciaron las salidas de la guarnición, que mandaban los corsarios esmirneses Sinan Reis Al-yahudi —llamado el judío— y Aydin «Cachadiablo». En la primera de ellas, al alba de dicho dia, fue sorprendido el cuartel del tercio de Sicilia, vencido por la fatiga del trabajo intenso hasta poco antes, resultando muerto el capitán Luis Mendez de Sotomayor, que afrontó la acometida turca metiéndose entre los atacantes armado sólamente de espada y rodela.También murieron Sebastián de Lara, alférez del MdC Alvaro de Grado,y varios soldados, resultando heridos el MdC y el capitán Pizaño. Sarmiento perdió su bandera, pero los turcos fueron rechazados y perseguidos hasta la fortaleza, donde entraron algunos en su seguimiento que que daron allí atrapados. En sucesivas salidas, que causaron numerosas bajas a los sitiadores, murieron también el marqués de Finale y el conde de Sangro, dos de los coroneles italianos, así como levemente heridos la práctica totalidad de los capitanes del Tercio, lo cual no les impidió hallarse en el asalto definitivo, incluyemdo a Cristóbal de Morales, que recibió la compañía de Sotomayor. Toda la flota de Barbarroja, surta en el estaño, cayó en poder de los españoles, salvo 14 galeras que antes del cerco había despachado a Bona cargadas de ropas, efectos y joyas.
Tras la caída del fuerte, se descansó 3 dias antes de partir sobre Túnez, emprendiendo la marcha el 18. El dia 20, al atardecer, hallaron al ejército de Barbarroja formado en un puesto llano, fortificado, «donde había unos jardines llenos de pozos de buen agua, 3 millas de Túnez, entre ciertas antiguallas, que son unos arcos por donde los antiquísimos cartagineses llevaban agua a la gran Cartago».(Sandoval, 1618, II, 274). Tras breve combate el enemigo fue desalojado de sus posiciones, retirándose a la ciudad, donde Barbarroja proyectaba resistir; pero sabiendo que los 15.000 cristianos cautivos, encerrados en la alcazaba, habían logrado apoderarse de ella con la complicidad algunos guardianes, abandonó Tunez el mismo dia, seguido de sus capitanes y escoltado por 5.000 jenízaros. En Beja murió Cachidiablo, camino de Bona. Aquí se embarcó en las galeras que había dispuesto para su eventual retirada hacia Argel, no sin antes dejar secretamente a un emisario de confianza para que tanteara los términos de una posible aproximación con el Emperador. El vencido bajá, sabiendo las prácticas imperantes en los dominios de Solimán, quiso sin duda guardarse las espaldas aunque él tampoco mostrara la menor piedad con su fiel Rabadán de Baeza, renegado español y alcaide de la alcazaba de Túnez, a quien ordenó decapitar imputándole la pérdida del reino «porque tuvo mala guarda de los cautivos», aun sabiendo que no había tenido ninguna parte en su liberación.
El Emperador entró en Túnez el 31 de julio,concediendo 3 dias de saco a sus soldados. Recibió de los cautivos sublevados las llaves de la alcazaba, premiando a los audaces y a los guardianes que posibilitaron su liberación.El 27 de julio salió el campo de Túnez, y el 6 de agosto se concluyó el tratado con Muley Hasan, al que devolvió su reino —excepción hecha de la Goleta, Bona (Annaba), Bizerta (Benzert) y Africa (Mahdia)—, obligándose el rey a satisfacer 12.000 ducados al año para sufragar sus guarniciones. La primera se sometió el 10 de agosto, ante las galeras de Doria, quedando por alcaide Alvar Gómez Zagal al mando de 600 infantes bisoños.No pudo el César tomar Africa, como era su deseo al zarpar del golfo de Túnez (17.VIII),pero ordenó hacerlo a Andrea Doria,que embarcó en Marsala, sobre 35 galeras, a los tercios de Nápoles y Sicilia,con 5 compañías del regimiento de Herberstein, cuyo coronel y el grueso de su gente habían partido ya hacia Lombardía con el marqués del Vasto; por ello, asumió Hernando de Gonzaga el mando de la infantería embarcada. La expedición, que zarpó el lunes 13 de septiembre no llegó ni a alcanzar su objetivo, contrariamente a lo que afirma Sandoval, ya que desde la noche del mismo dia, en que hubieron de desembarcar en la isla Favignana, una de las Égadas, hasta el 10 de octubre siguiente, en que agotaron sus provisiones, estuvieron aguardando vientos favorables para alcanzar las costas de Mahdia, debiendo regresar a Palermo.
En cuanto a Bizerta, rehusó entregarse a Muley Hacen, cuyo hijo Muley Hamed le puso cerco ante la resistencia de unos turcos fieles a Barbarroja, que se apoderaron del fuerte que dominaba la ciudad,tomando el control de ésta. Sandoval narró el episodio a partir de la Crónica de Carlos V, de Alonso de Santa Cruz ( III, 301-5), pero ninguno de ambos nos brinda tan ricos detalles como Cereceda, testigo de la jornada (II, 72-78). Andrea Doria recibió la órden de apoyar a los hafsíes directamente del Emperador, el 13 de octubre, en Palermo. El día siguiente partió hacia Trapani, embarcando en sus galeras a la compañía del MdC Alvaro de Grado. Desde allí envió 8 galeras a Marsala para recoger vituallas y a la compañía de Francisco Sarmiento. El domingo 17, tras aportar en Trapani otras 4 galeras que aguardaba, embarcaron las compañías de Luis Quijada y de François de la Pelluce (Francés Pélus en nuestros textos), zarpando aquel mismo dia la expedición con 35 galeras y dos bergantines, al mando único de Doria, ya que Gonzaga había sido nombrado virrey de Sicilia por el Emperador el mismo dia que aportó en Palermo (12.X). En sus naves, aparte de la marinería, servía también una coronelía de 5 compañías de infantería al mando de Agostino Spinola.Antes de alcanzar su objetivo, debía proveer de agua y leña a la Goleta, de la cual debía proveerse en las costas africanas; por ello, hasta el 25 de octubre, no abandonó aquel puerto. El 29, hubo de refugiarse en Porto Farina para eludir una furiosa tempestad que se prolongó cuatro dias, saliendo el 2 de noviembre.
El mismo dia, por la tarde, llegó ante Bizerta, sobre la que halló a las tropas del príncipe hafsí, por lo que, la mañana siguiente, comezó a bombardear el lugar. Sin embargo, un emisario de Hamed le rogó que lo cesara y que desembarcase una fuerza capaz de tomar uno de los dos burgos del llano. Conforme a ello, 6 galeras desembarcaron al alba del 4 de noviembre 6 compañías de infantes —las 4 del tercio de Sicilia y 2 de Spinola— junto a la torre de Chavalaviat, a 8 millas de la plaza. Desde allí marcharon sobre el burgo oriental, sobre el istmo, que forzaron pasado el mediodía, tras una hora de resistencia. Para favorecer la concordia entre el príncipe y sus súbditos los españoles formaron de nuevo el escuadrón y se replegaron sobre el mismo punto del que habian partido, reembarcando en la armada de Doria, esta vez al completo, que zarpó el mismo dia, aportando en Puerto Farina a medodía del viernes 5 de noviembre. Allí recibió Doria noticia de la restauración de la soberanía hafsí sobre el lugar y los castigos impuestos a los turcos y a las autoridades que no evitaron sus maniobras. Doria partió de regreso a Sicilia el mismo día y Carlos V, persuadido de las dificultades de aprovisionamiento, rehusó guarnecerla con tropas propias, asegurado de que la dinastía satélite impediría el corso desde sus costas.
GUERRA CONTRA FRANCIA E INVASIÓN DE PROVENZA (1536).
El mismo dia de la toma de Bizerta, jueves 4 de noviembre de 1535, hallándose el Emperador en Nápoles, Giovambattista Castaldo, le llevó la noticia de la muerte, en su villa de la Sforcesca, cerca de Vigevano, del último duque de Milán, segundo de los hijos de Ludovico el Moro, a quien el Emperador había repuesto en sus estados paternos en 1522, tras la usurpación de Francisco I (1515-22). Todavía se discute la fecha de su muerte, que algunos retrasan al 1 de noviembre de dicho año, pero no así sus consecuencias. En efecto, como escribió Sandoval:
«Con la muerte del duque, revivieron las pasiones entre el Emperador y el rey Francisco, y nacieron otras ocasiones de nuevas guerras; porque la codicia grandísima que el rey tenía por este estado no le dejaba vivir con quietud,pidiéndolo y procuránrándolo con las armas, habiendo renunciado 8 años antes el derecho todo que a él y al reino de Nápoles pudiese tener, como yo lo he visto en largas pieles de pergamino y letra francesa en el archivo de Simancas, con las mayores fuerzas y juramentos que en derecho se pueden hallar, y junto con esto entregó cuatro escrituras tocantes a Nápoles y Milán, que hacían en favor del derecho que la casa real de Francia pretendía tener a estos Estados, como quien de todo punto se apartaba de ellos y de su pretensión, y juró que si en otro algún tiempo hallase otros papeles, los daría al Emperador, como consta por la concordia hecha en Madrid; y con todo esto, porfiaba el rey, y porfió hasta que acabó la vida».

Martín Ruiz de Gamboa.

Gamboa
Martín Ruiz de Gamboa nació en Durango, Viscaya, en 1531 o 1533. Hijo de Andrés de Gamboa y de Nafarra de Berriz. A los 16 años ingresó a servir en las galeras de Bernardino de Mendoza Oriente.
En 1550, llegó al Perú y dos años más tarde a Chile. Se casó con doña Isabel de Quiroga, hija natural del conquistador Rodrigo de Quiroga, y fue un activo protagonista en los sucesos de la Guerra de Arauco.
Rodrigo de Quiroga lo nombró teniente de Gobernador y más tarde se desempeñó como justicia mayor de las provincias de Arauco y Tucapel. La derrota sufrida en la Batalla de Mareguano en 7 de enero de 1569, cuando murieron 45 españoles, le significó la pérdida de las encomiendas que se le habían concedido anteriormente.
Martín Ruiz de Gamboa era el hombre de confianza del Gobernador Rodrigo de Quiroga y la razón de esto estaba, en parte, en los lazos personales que los unían. En su calidad de teniente de Gobernador lo acompañó en su primera expedición a las tierras de Arauco y estuvo presente en la repoblación de de Cañete y Arauco. Tranquilizada la región por los éxitos españoles, llevó a cabo el proyecto de Quiroga de conquistar la región de Chiloé.
En 1580 sucedió que Quiroga en el cargo de Gobernador de Chile y tras desempeñarse como tal dejó los negocios públicos. Hacia 1593 aparece como vecino de la ciudad de Santiago, expresando su opinión sobre la guerra que debía organizar el entonces Gobernador Oñez de Loyola. Se desconoce la fecha de su muerte.
La conquista de Chiloé
El afán del gobernador Rodrigo de Quiroga por conquistar Chiloé contradecía las disposiciones reales de 1563, que establecían que solamente con una expresa autorización del soberano se podría emprender tal empresa. El cabildo de Santiago se opuso a tal idea, puesto que significaría más gastos y llevaría nuevamente el desorden a la zona ya pacificada. Sin embargo, Quiroga no cedió y en diciembre de 1566 Ruiz de Gamboa partió hacia Valdivia.
Allí lo esperaba una fragata que había mandado construir el Gobernador, en la cual se embarcarían los víveres necesarios. En esa misma plaza y en Osorno reunió 110 hombres y emprendió la marcha hacia el Sur.
Cuando llegaron a Chacao tuvieron que recurrir a las embarcaciones indígenas – las dalcas – para cruzar el canal. La Isla grande de Chiloé, abundante en bosques, los obligó a seguir camino por la costa durante ocho días, al cabo de los cuales llegó con 30 hombres a un golfo donde se detuvo, y en febrero de 1567 fundó la ciudad de Castro, en honor al Virrey del Perú.
La provincia fue bautizada con el nombre de Nueva Galicia, en recuerdo a su patria natal. El fundador, sin sufrir el ataque de los naturales, repartió tierras e indígenas entre los españoles que quisieron seguir como colonos.
Gobernador de Chile
En octubre de 1573, el Rey Felipe II autorizó a Rodrigo de Quiroga para designar a través de su testamento a quien lo reemplazaría en su cargo. Esta elección obviamente recayó en su hombre de confianza: Martín Ruiz de Gamboa, quien asumió tras la muerte de Quiroga (marzo de 1580).
Una de las primeras medidas del nuevo Gobernador Gamboa fue poner en vigencia una ordenanza que ponía fin al servicio personal de los indígenas. La llamada Tasa de Gamboa, que abolía la presedente de Santillán, fue promulgada en mayo de 1580. Según sus disposiciones los indígenas quedaban obligados a pagar un tributo de nueve pesos anuales en el obispado de Santiago y siete en el de La Imperial. Se creaban los cargos de corregidores de indios, quienes se encargarían de controlar que no se obligara a trabajar a los naturales a su cargo. La ordenanza despertó gran rechazo entre los encomenderos y pronto cayó en desuso.
Como Gobernador, Ruiz de Gamboa fundó el 25 de junio de 1580 la ciudad de San Bartolomé de Gamboa, conocida con el vocablo indígena de Chillán. El objetivo de tal establecimiento era mantener en paz la región del río Itata.
La insurrección del licenciado Azócar
La gestión gubernativa de Ruiz de Gamboa no fue fácil, pues debió enfrentar varias dificultades, entre ellas el intento del licenciado Lope de Azócar por reemplazarlo en el cargo.
El descontento de los encomenderos por la promulgación de la Tasa, la imposición de tributos para solventar la guerra y la crisis económica debida a la paralización de la mano de obra indígena, lo pusieron en una posición muy desfavorable.
Azócar quiso aprovechar la situación en su veneficio e impidió que un enviado de Gamboa a Santiago obtuviera los refuerzos que pedía la población, y se creyó con derecho de asumir la gobernación en ausencia de Gamboa. La acción del Gobernador fue firme: regresó desde Valdivia donde se encontraba con sus hombres y acampó a pocos pasos de Santiago (junio de 1581). Cuando el Cabildo salió a recibirlo junto al licenciado Lope de Azócar, apresó a este último y lo envió al Perú, donde se le siguió juicio.
La insurrección había terminado y Ruiz de Gamboa se hizo reconocer como Gobernador interino. Sin embargo, sus esfuerzos por mantener el orden no le fueron recompensados: en la primavera volvió al Sur, ya que la situación de la guerra era difícil y por fin el Virrey mandó refuerzos, pero al mando de un nuevo Gobernador, Alonso de Sotomayor.