Historias de la historia de España; Capítulo 18. Érase una Banda de asesinos, un almirante, un túnel, la CIA y una «Operación Ogro».

carrero blanco
Luis Carrero Blanco (Santoña, Cantabria, 4 de marzo de 1904 – Madrid, 20 de diciembre de 1973) fue un militar y político español, que ocupó diversos cargos en el gobierno de Franco. Fue asesinado por ETA cuando era Presidente del Consejo de Ministros de España durante la etapa final de esta dictadura. El régimen franquista le otorgó, póstumamente, el título de duque de Carrero Blanco.
El almirante Luis Carrero Blanco tenía 60 años. Era un hombre severo, con un aspecto imponente. Nacido en Santoña (Santander) el 4 de marzo de 1903, en el seno de una familia de militares, ingresó en la Escuela Naval Militar. En 1923, ya oficial, fue destinado al acorazado Alfonso XIII, con el que intervino en la guerra de Marruecos. Como segundo comandante del guardacostas Arcila participó en el desembarco de Alhucemas; después pasó a comandar el remolcador Ferrolano. Tras cursar estudios preceptivos en la Escuela de Submarinos se embarcó como segundo comandante, y posteriormente recibió el mando del sumergible B-52.
España ha sido el país de Europa donde más influencia ha tenido el terrorismo: entre 1870 y 1973 fueron asesinados cinco presidentes del Gobierno: el general Juan Prim (1870), Antonio Cánovas del Castillo (1897), José Canalejas (1912), Eduardo Dato (1921) y el almirante Luis Carrero (1973). Aunque hubo magnicidios en Rusia, Italia, Austria y Francia, sólo en España el terrorismo fue una lacra de décadas, con la que los distintos regímenes se acostumbraron a convivir.
De los tres asesinos anarquistas del conservador Dato, que sentó las bases del sistema de protección social para los obreros, uno huyó a la Unión Soviética, de donde regresó en 1931; los otros dos fueron condenados a muerte. Sin embargo, Alfonso XIII, por miedo o por compasión, les indultó en 1924 la pena por treinta años de cárcel. Los dos fueron amnistiados al llegar la II República. Es decir, el asesinato de un presidente del Gobierno les costó menos de diez años de prisión.
El 20 de diciembre de 1973, la banda terrorista ETA asesinó en Madrid mediante una bomba a Luis Carrero Blanco, hombre de confianza del general Franco al que éste había nombrado presidente de Gobierno en junio. Este magnicidio ha sido aprobado por muchos historiadores, políticos y periodistas del nuevo régimen. Era creencia general que Carrero sería el albacea de Franco y condicionaría el reinado del sucesor de Franco. Juan Carlos estaría atado por su juramento de las Leyes Fundamentales y por un presidente autoritario. Cosa que es uno de los mitos de la transición dice que el asesinato del presidente del Gobierno Luis Carrero Blanco (y de dos policías) hizo saltar el candado que ataba las cadenas del régimen franquista. Sin embargo, el magnicidio resultó inútil: Carrero se había comprometido con el príncipe Juan Carlos a dimitir cuando éste se lo pidiese.
Los efectos del atentado se extendieron más allá de Europa. Como subraya el periodista Florencio Domínguez, uno de los mayores expertos en ETA, los jefes de los grupos guerrilleros de Iberoamérica, como las FARC, y los cárteles de la droga contrataron varias veces a etarras para que instruyeran a sus sicarios en la técnica del coche-bomba.
José Miguel Ortí Bordás, que fue jefe nacional del SEU y subsecretario de Gobernación (1976-1977), da la siguiente opinión en sus memorias, La Transición desde dentro:
Carrero era un político inmovilista, que no estaba hecho para volar solo ni para adoptar decisiones trascendentales y que carecía de visión de futuro, pero Carrero era, ante todo y sobre todo, un militar, incapaz de oponerse a la orden de un superior. Jamás Carrero se hubiese permitido a sí mismo desatender no ya una orden, sino una mera indicación o sugerencia del jefe de las Fuerzas Armadas. De manera que soy de la opinión de que Carrero hubiese dimitido como presidente del Gobierno tan pronto el Rey se lo hubiese solicitado, sin oponer la menor resistencia y sin protesta alguna, con lo que hubiera quedado expedito y completamente libre para el Rey el camino de la reforma y de la democracia.
En sus Apuntes de un condenado por el 23-F, el coronel José Ignacio San Martín, jefe del Seced (Servicio Central de Documentación), aporta un punto de vista militar sobre el estatus de Carrero en las Fuerzas Armadas:
Además, no era un militar en activo. (…) En mi opinión, el Rey no hubiera mantenido a Carrero al frente del Gobierno, y aunque el almirante, en uso legítimo de sus derechos, hubiera querido agotar sus cinco años de mandato, se habría visto obligado a dimitir, porque le habrían faltado apoyos, incluso de las Fuerzas Armadas, cuyos mandos se habían identificado con el Soberano. En resumen, ni siquiera habría presidido el primer Gobierno de la Monarquía.
En la biografía que le escribió José Luis de Vilallonga, el rey Juan Carlos se confesó de la siguiente manera:
Pienso que Carrero no hubiese estado en absoluto de acuerdo con lo que yo me proponía hacer. Pero no creo que se hubiese opuesto abiertamente a la voluntad del Rey. Simplemente, hubiese dimitido.
Cuanto más nos acercamos a la intimidad de Carrero, más claro parece su compromiso de presentar la dimisión a Juan Carlos una vez éste hubiese sido proclamado rey.
Y Carmen Franco, la hija del Generalísimo, reveló lo siguiente en Franco, mi padre:
Carrero era una persona que además no habría continuado después de la muerte de mi padre. (…) Yo con Carrero sí hablé alguna vez y él decía que [habría dimitido] inmediatamente, que él había servido a mi padre, pero que el príncipe de España, como le llamaban, el príncipe Juan Carlos necesitaba otra gente totalmente diferente a él. (…) Que no era la persona adecuada. Que el príncipe necesitaba una persona totalmente suya, no anterior.
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La mañana del 20 de diciembre de 1973, un día lluvioso y frío, el almirante Carrero – como hacía todos los días, siempre por el mismo camino– había acudido a la iglesia de los jesuitas próxima a su domicilio, en el madrileño barrio de Salamanca, para escuchar misa y comulgar. A la salida le esperaba un coche, un Dodge Dart 3700 GT de color oscuro y sin ninguna clase de blindaje.
Casi eran las nueve y media cuando el automóvil, con el chófer, Carrero Blanco y el inspectos José Antonio Bueno a bordo, pasaba ante el número 104 de la calle Claudio Coello, semiesquina a Maldonado. Un vehículo Morris 1300, aparcado en doble fila, le obligaba a reducir la marcha y pegarse lo más posible a la derecha, junto al portal. En ese preciso instante resonó un horroroso estampido, y la tierra pareció abrirse como un volcán. La tremenda explosión rompió cristales y dejó cascotes por doquier. Donde estaba el vehículo del presidente ahora sólo quedaba un enorme socavón que se llenaba de agua; socavón que acabó por engullir un Seat 850 que estaba aparcado.
Una treintena de vehículos resultan afectados por la onda expansiva; entre ellos, el coche de escolta que seguía al del presidente. Los edificios vecinos también quedaron gravemente dañados. La portera del número 104 y su hija, de corta edad, resultan gravemente heridas. También recibe heridas de consideración un taxista.
El personal de escolta busca, sin encontrarlo, el coche de Carrero, que ha desaparecido de la escena. Saben que el presidente se dirigía a desayunar a su casa, en la cercana calle de Hermanos Bécquer, dando el pequeño rodeo al que obligan las direcciones prohibidas. Pero comprueban que no ha llegado. Todavía tardarán un rato en saber que, a consecuencia de la brutal explosión, el pesado Dodge Dart había saltado por los aires; que se había elevado más de 30 metros y había acabado cayendo en un pasillo-cornisa interior de la casa de los jesuitas.
La sorpresa y el aturdimiento impiden en los primeros momentos saber lo que ha pasado. Pero en seguida circula el rumor de que Carrero Blanco ha sufrido un atentado, aunque la prudencia hace que los medios de difusión informen tan sólo de que ha sido víctima de un accidente, del que se culpa al gas.
El presidente del Gobierno ingresa sin vida en el Hospital Francisco Franco. Su cuerpo presenta, entre otras lesiones, una fractura en el maxilar y aplastamiento torácico. También ingresa cadáver el inspector Bueno (aplastamiento craneal), y el chófer moría al poco: sufría rotura cardiaca y hepática, y tenía las dos piernas fracturadas.
Las investigaciones policiales permitieron descubrir que el explosivo que había terminado con la vida del presidente estaba enterrado en el subsuelo, casi en medio de la calle. Para ello había sido preciso realizar una excavación desde la finca 104 de Claudio Coello. Allí había comprado un local, dos meses antes, un individuo que se identificó como escultor. Desde entonces se escuchaban ruidos constantes, que los vecinos atribuían a la actividad artística del nuevo dueño.
El domingo anterior se escucharon golpes muy seguidos e intensos, que afectaban a las paredes de la finca. Posteriormente, el mismo jueves, se habían presentado dos individuos que portaban una escalera y vestidos con mono azul. Habían extendido un cable desde el interior del semisótano hasta la esquina de Diego de León. Seguramente uno de ellos fue el encargado de provocar la detonación.
El crimen se había ejecutado con una rara perfección. Por aquellos días en los cines madrileños se estaba pasando la película Chacal, inspirada en un atentado frustrado contra el general De Gaulle. Eso inspiró a algunos a decir que la muerte de Carrero había sido encargada a un mercenario, a un verdadero “chacal”. Y lo cierto es que fue un atentado muy cinematográfico. Al menos cuatro individuos habían trabajado sin descanso en el angosto túnel, por el que apenas entraba el cuerpo de una persona. Abrieron el agujero con medios absolutamente artesanales, a mazo y cincel. Como colofón, situaron el Morris en doble fila y lo cargaron con una enorme cantidad de explosivos, que no llegaron a explotar.

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  • Aguirre, Julen (Eva Forest) (1974). Operación ogro: cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco (1ª edición). Hendaye [etc.]: Mugalde / Ruedo Ibérico. pp. 191 págs.
  • Fernández Santander, Carlos (1985). El almirante Carrero (1ª edición). Esplugas de Llobregat: Plaza & Janés. pp. 284 págs.
  • Tusell, Javier (1993). Carrero, eminencia gris del régimen de Franco, Temas de Hoy. pp. 478 págs.
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Historias de la historia de España; Capítulo 17. Érase un Presidente, unos asesinos catalanes y una República que los indultó.

Eduardo dato

Eduardo Dato Iradier nació en La Coruña en 1856 y muere en Madrid, el 8 de marzo 1921, cuando tenía sesenta y cuatro años, dejando mujer y dos hijas.
Nacido en La Coruña como único hijo de Carlos Dato y Granados con la alavesa Rosa Lorenza Iradier y Arce y nieto paterno de Carlos Dato Camacho y Marín y de Cayetana Ruperta Granados y García, se trasladó a Madrid muy joven junto con su familia.
 Estudió en la Universidad de Madrid y en 1875, con 19 años, se licenció en Derecho Civil y Canónico.
Viajó por el extranjero, lo que le proporcionó una amplia cultura y el conocimiento de otras lenguas. Pronto adquirió prestigio como abogado, por sus dotes oratorias. La reputación profesional de su bufete madrileño le abrió las puertas a la alta política, adscrito desde muy joven al Partido Conservador de Cánovas del Castillo. Fue elegido diputado a Cortes en la última legislatura del reinado Alfonso XII. A la muerte de éste, se unió a las posiciones de Romero Robledo, que estaba en desacuerdo con la cesión de poder que Cánovas, el jefe del partido, hacía a los líderes mediante el sistema de turnos. La discusión de este asunto en las Cortes ocasionó la ruptura entre Cánovas y Francisco Silvela y la disidencia de Dato y de un importante sector del partido.
Elaboró la primera legislación laboral y creo el ministerio de Trabajo y el Instituto Nacional de Previsión. Con Antonio Maura como líder del partido, Dato no ocupó carteras ministeriales durante el gobierno de aquel, 1907-1909 pero llegó a ser alcalde de Madrid y obtuvo la presidencia de las Cortes.
Tras el asesinato de José Canalejas y agotado el mandato liberal del Conde de Romanones (1912), Dato aceptó el encargo del Rey de formar gobierno en lugar de Antonio Maura, que había puesto condiciones inaceptables para el monarca. Desde entonces el partido se escindirá entre los “idóneos” (el grupo mayoritario) y los “mauristas”, más radicales en sus planteamientos.
Tras el bienio liberal, 1915-1917, vuelve por segunda vez, el 11 de junio para enfrentarse a la crisis de 1917 de la Huelga Revolucionaria del PSOE. El coste fue alto y tuvo que ceder el gobierno a García Prieto y La Cierva. El 5 de mayo de 1920 subió por tercera y última vez a la Presidencia del Gobierno. Sus tres presidencias de gobierno estuvieron marcadas por: la I Guerra Mundial, la crisis de 1917 y el pistolerismo catalán.

DATO 8

Durante su mandato como presidente del gobierno, Dato decretó, tras el estallido de la Primera guerra mundial, la neutralidad de España. Historiadores y economistas valoran hoy en día positivamente este hecho. Supo mantener a España en esa posición de neutralidad durante los años que duró la I Guerra Mundial, a pesar de la división que se formó en el país entre los denominados «germanófilos» y los partidarios de los aliados.
En 1918 Dato volvió a desempeñar la cartera de Estado en un nuevo gabinete de concentración nacional formado por Antonio Maura. En los años aún críticos de la posguerra, presidió el gobierno de 1921 cuando el ambiente en Barcelona entre patronal y centrales sindicales se hacía más insoportable. Su apoyo a la represión de la subversión social y a la llamada Ley de fugas, lo convirtieron en blanco de los anarquistas.
 Fue asesinado por más de 20 disparos el 8 de marzo de 1921 en un atentado llevado a cabo por los militantes anarquistas Pedro Mateu Cusidó, Luis Nicolau Fort y Ramón Casanellas Lluch desde un sidecar en marcha en la Puerta de Alcalá de Madrid. No era el primer magnicidio de un presidente de gobierno español. En 1912 había sido asesinado José Canalejas, en 1897 Antonio Cánovas del Castillo y en 1870 Juan Prim y Prats.
 
Biografía de un magnicidio (por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros)
 
8 de marzo de 1921, Madrid, 8 de la tarde. El presidente del Consejo de Ministros, D. Eduardo Dato Iradier, me ha hecho saber por medio de los ayudantes del Congreso se encuentra reunido, con el marqués de Santa Cruz, está en el despacho de ministros con algunos consejeros (Guerra, Gracia y Justicia, etc.) por espacio de diez minutos. A la salida, el Sr. Dato, también jefe del partido conservador, es preguntado por dos periodistas, con los que mantiene una breve charla mientras se dirige hacia el automóvil.

El Presidente se está despidiendo de sus acompañantes, y me ha pedido, como siempre, que le lleve a casa. Adentrándose el vehículo por la calle Encarnación hacia Arenal enderezando camino hacia su domicilio, situado en Lagasca, 4. Llegando a la plaza de la Independencia, entre Olózaga y Alcalá y junto a la Puerta de Alcalá, una motocicleta –según veo desde mi ventanilla-, con sidecar en el lado derecho y ocupada por tres individuos, se aproxima a toda velocidad hacia el coche, donde el Sr. Presidente va recostado en la parte de atrás. Estoy empezando a perder la calma y a ponerme nervioso ya que con nosotros hoy, maldita sea, no viaja ningún escolta. 

 
Don Eduardo, creo que nos vienen siguiendo desde Puerta de Alcalá, voy a acelerar.
–       Cómo  hijo, quién nos sigue.
No lo sé don Eduardo, pero son tres y esto me da mala espina, estemos atentos. Están cerca, cada vez más cerca, están intentando adelantarnos y no les voy a dejar que lo hagan. Pero… ¿Qué es eso? Señor Presidente por favor échese al suelo del vehículo que van armados y nosotros vamos sin escolta.
 Están disparando señor Presidente, ¡Presidente, señor Presidente, señor Presidente! ¡Conteste! ¡Conteste! Por favor responda. ¡Malditos canallas, asesinos!
  He podido ver por los espejos como dos de ellos disparaban con una pistola en cada mano; el otro guiaba la moto. Una auténtica lluvia de balas ha barrido el asiento de atrás. Según oigo decir a la gente, han contado más de cuarenta disparos.
El presidente no responde está malherido y ésos asesinos se escapan, malditos sean, aunque estamos de suerte aquí cerca hay una Casa de Socorro, la del distrito de Buenavista en la calle Olózaga.
 Ya hemos llegado, no se preocupe que lo atenderán y saldrá de ésta, sería mala suerte que le pasase como a Prim.
¡Un médico, un médico! Se trata del Presidente del Gobierno, está mal herido.
-Dónde.
En el coche, ahí afuera, rápido por favor.
El médico está examinando el cuerpo de don Eduardo y su cara no es muy esperanzadora.
 -Joven, Tres balas han herido de muerte al Presidente. Uno de los proyectiles le ha penetrado por la región parietal izquierda, con salida por la región occipital; otro, con orificio de entrada por la región mastoidea, ha salido por la región malar. El tercer proyectil, con orificio de entrada por la región frontal izquierda, no presenta orificio de salida.  No se puede hacer nada por él, el Presidente está muerto, lo siento. Descanse en paz. Un sentimiento de impotencia y confusión se apoderó de todos los presentes
 En la parte de atrás del coche presidencial he podido contar catorce disparos, agrupados en las proximidades de la ventana. La cartera que don Eduardo llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta quedó atravesada por un disparo. Por qué no se agachó cuando se lo dije.
Y lo peor de todo es que los tres asesinos campan a sus anchas por cualquier parte de Madrid.
 Domingo 13 de marzo
DATO 5Los inspectores encargados del caso ya saben que los criminales tenían alquilado un cuarto en el número 164 de la calle Alcalá. Siete policías se encargan de la tensa espera.

A las cuatro de la tarde se presentó un individuo de complexión robusta, de unos 27 años, bajo de estatura, ojos vivos, mirada enérgica: era el anarquista Pedro Matehu. Aunque iba armado con una pistola, no ofreció resistencia en el momento de la detención.

Las investigaciones han establecido que la muerte de don Eduardo Dato se debió a un atentado anarquista, que la organización dice que justifica como una venganza por la represión del anarcosindicalismo en Barcelona. Averiguando que los autores materiales del asesinato han sido Pedro Matehu, Juan Casanellas y Luis Nicolau.

Se sabe que éste último ha escapado a Alemania, siendo detenido. Más tarde el Gobierno ha conseguido su extradición. Por el contrario, Casanellas huyó a la URSS, escapando así al castigo.

Matehu y Nicolau han sido juzgados y condenados a muerte, pero S.M. don Alfonso XIII les ha salvado del patíbulo, -quizá para que los anarquistas no vuelvan a intentar nada igual-. Y les ha conmutado la pena por 30 años de prisión.

1931
Pero aún me quedó por ver como ésta España sinvergüenza y desmemoriada da alas a tan grandes asesinos, cuando  al proclamarse la República fueron favorecidos por un indulto, la Ley de Amnistía. Qué fue del  general Severiano Martínez Anido y su “ley de fugas”.
 Los asesinos en la calle y yo me quedé sin Presidente, sin un “padre”.
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DATO 6

El jefe médico telefoneó a la Dirección de Seguridad. Quince minutos más tarde la noticia de que el presidente del Consejo de Ministros había sido asesinado circulaba por todo Madrid. Algunos cines la anunciaron a su público. En la sala Royalty, por ejemplo, se supo antes de que terminara el espectáculo.

Entre tanto, curiosos y personalidades comenzaron a arremolinarse en la Casa de Socorro de Olózaga, donde permanecía el cadáver. Antonio Maura fue de los primeros en llegar, y al comprobar que era cierto lo que le habían dicho quedó tan profundamente afectado que sufrió un desvanecimiento. Inmediatamente llegaron allí otros personajes políticos de gran relieve: Bergamín, Sánchez Guerra, García Prieto, el conde de Romanones, el conde de Plasencia…

También se presentó el yerno de Dato, Eugenio Espinosa de los Monteros, quien al comprobar que su padre político había sido asesinado sufrió un síncope con pérdida del conocimiento, del que se recuperó para entrar en una profunda crisis nerviosa, de la que tuvo que ser atendido por los médicos.

Minutos después, Sánchez Guerra y el propio Espinosa de los Monteros decidieron comunicar a la esposa de Dato lo ocurrido, aunque atenuando la gravedad. La primera en acudir fue una de las hijas mayores, precisamente la esposa de Espinosa de los Monteros, que se abrazó a su marido y le preguntó si su padre aún vivía. Acto seguido penetró, transida de dolor en la sala de operaciones, arrojándose con gritos desgarradores sobre el cadáver, cubierto por una sábana. Todos los presentes se dejaron llevar por la emoción.

Aún no estaban repuestos cuando llegó la esposa de Dato, acompañada por sus otras dos hijas. Antonio Maura se dirigió a ellas tratando de llevarles consuelo y resaltando que el presidente había muerto por la patria. La ilustre viuda iba vestida con traje de casa, tal como la sorprendió la noticia. No podía evitar que le desbordara el dolor. Entre sollozos, le dijo a Maura: “Ya se lo tenía yo pronosticado a Eduardo. Se empeñaba en ir siempre solo. Esto le ha costado la vida”.
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Poco antes, Dato había tenido graves presentimientos de que su fin estaba próximo. El último domingo de febrero lo había pasado con su entrañable amigo el conde Bugallal, ministro de la Gobernación, quien habría de encargarse interinamente de la Presidencia del Consejo de Ministros. Sostuvo con él una conversación confidencial en la que le hizo partícipe de sus temores. Tan preocupado llegó a estar que redactó una cuartilla con las disposiciones para su entierro. Aunque con posterioridad esta cuartilla fue rota, mostrándose Dato tan sereno como siempre, no dejó por ello de insistir en la transmisión de sus previsiones en caso de muerte en conversaciones con sus familiares.

El Rey se enteró del fallecimiento de Dato cuando se encontraba en el Teatro Real. La noticia le produjo una honda impresión. Inmediatamente se dirigió a palacio, desde donde mandó a sus ayudantes para recabar todo tipo de información sobre el suceso.

 Como jurisconsulto fue director de la Revista General de Legislación y Jurisprudencia.
La nota fundamental de su carrera política fue la firmeza de sus convicciones (pero flexible y correcto), su lealtad a la dinastía Borbónica y su defensa de la ley.
Iniciador de reformas sociales, se preocupó por el trabajo femenino e infantil. Fue el creador del Ministerio de Trabajo, legislando sobre los accidentes laborales y sobre el ascenso en la magistratura por antigüedad.
Dato fue miembro de la Academia de las Ciencias Morales y Políticas a partir de 1910 y miembro permanente del Tribunal Internacional de La Haya, del que fue elegido Vicepresidente en 1913.
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 Recibió las siguientes condecoraciones: el collar de la Real Orden de Carlos III, de manos del rey de España, y la Cruz de San Gregorio Magno y Casto de Portugal. Como homenaje póstumo, el Rey Don Alfonso XIII confirió el Ducado de Dato a su hija y heredera.
 Eduardo Dato tiene dedicado el nombre de la calle principal de Vitoria. También tienen rotuladas calles en su honor Zaragoza, Córdoba, Madrid, Palencia, Palma de Mallorca y Sevilla.

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Dato Iradier, Eduardo (1915)El gobierno y la cuestión económica. Discursos pronunciados por… en el Senado. Madrid: (S.i.). 41 pp. (Senado, Sig. F.A. Caja 243-22).
Dato Iradier, Eduardo (1915) Las Reformas Militares en el Congreso. Discurso pronunciado por el Excmo. Sr. D.
Torres, Alfonso (1921) A la memoria del Excmo. Sr. D. Eduardo Dato e Iradier, Presidente del Consejo de Ministros. Oración fúnebre pronunciada por… En la Iglesia de San Francisco el Grande, de esta Corte. Madrid: Instituto Geográfico y Estadístico

Fotografías históricas por cortesía de D. Eduardo Valero

Historias de la historia de España; Capítulo 16. Érase un magnicidio hace 100 años frente a un escaparate.

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José Canalejas Méndez nació en El Ferrol a las 3 de la mañana del 31 de julio de 1854 y murió a los 58 años en Madrid el 12 de noviembre de 1912 en la Puerta del Sol. Abogado y político regeneracionista español, fue ministro de Fomento, de Gracia y Justicia, de Hacienda y ministro de Agricultura, Industria, Comercio y Obras Públicas durante la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena y Presidente del Consejo de Ministros y nuevamente ministro de Fomento y ministro de Gracia y Justicia durante el reinado de Alfonso XIII.
Gran orador, llegó a discutir con Cristino Martos en los pasillos del congreso , fue tal la violencia del altercado, que derivó en un duelo a sable, el 4 de enero de 1890, en la calle de Alcalá, cerca de Ventas, Canalejas calló herido con un corte en la frente.
Su paso por la política vino acompañado también por una dilatada vida intelectual. Ya con diez años tradujo del francés la novela Luis, el joven emigrado trabajando también como profesor de Literatura. En 1875 publicó en dos tomos Apuntes para un curso de literatura latina. Tres años más tarde publicó el libro Derecho parlamentario comparado. En 1910 publicó el libro Estudios sobre las Regalías de la Corona de España. Además colaboró en prensa y dio muchas conferencias.Gran orador, presidió también la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y la Asociación de Escritores y Artistas Españoles durante el periodo de 1909 a 1912.
José Canalejas recibió numerosas condecoraciones como las grandes cruces al Mérito Naval, Mérito Militar, Beneficencia y Carlos III; las medallas de la coronación del Rey, de Cuba, de Alburquerque y Villaviciosa; el Collar de la Torre y la Espada de Portugal; la Cruz de San Mauricio de Italia, la del León de Bélgica, la de San Carlos de Mónaco y la Nacional de Bolivia.
Biografía de un asesinato
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El 12 de octubre de 1912, a las 11:25 de la mañana, pasaba D. José Canalejas por la Puerta del Sol, sólo y a pie después de haber despachado con S.M. el Rey. Regresaba de su domicilio de la calle de las Huertas y como tenía convocado Consejo de Ministros en el Ministerio de Gobernación en plena Puerta del Sol, decidió dar un paseo, dirigiéndose desde su casa por la Plaza del Ángel, y calle de Espoz y Mina para llegar al Ministerio. Antes de cruzar la calle de Carretas, se detuvo ante el escaparate de la Librería San Martín para ver algunos libros que allí había expuestos. A una distancia prudencial, seguía al señor Canalejas el policía de Presidencia, el sr. Borrego. El asesino que seguramente espiaba la ocasión de asesinar al Presidente.
En aquel momento, un hombre joven, de mediana estatura, bien vestido, con un gabán gris claro, pantalón azul marino, sombrero flexible, se acercó al Presidente por la espalda y sin que éste se hubiera apercibido, sacó una pistola Browning de gran calibre, y apoyándose en su hombro hizo sobre su víctima tres disparos consecutivos ocasionándole la muerte casi instantáneamente.
La confusión que se produjo fue enorme. El número de personas que a las 11.25 pasaba por aquella acera era considerable y los disparos causaron el pánico consiguiente.
El sr. Canalejas, herido de muerte, por el proyectil, no hizo más que dar unos pasos vacilantes, desplomándose al suelo. Cayó al suelo el Presidente frente a la Librería. El criminal, al ver que Canalejas caía y la gente se arremolinaba a su alrededor, trató de huir entre unos coches que allí había estacionados.
Uno de los agentes de Policía que seguía a cierta distancia al Presidente, al presenciar el crimen, se lanzó sobre el asesino consiguiendo darle un golpe con el bastón que llevaba. Simultáneamente, uno de los que por allí pasaban, de nombre Víctor Galán, ordenanza de “”La Filarmónica””, y al presenciar el atentado, se lanzó
también sobre el asesino. Este, acorralado, vio que no podría librarse de un linchamiento y entonces dirigió el arma contra sí mismo haciendo dos nuevos disparos, uno contra el policía, que por suerte no le alcanzó, y con la bala que quedaba en el tambor, se disparó en la cabeza.
El Presidente permaneció unos momentos caído en el suelo ante el estupor de los que se habían arremolinado a su alrededor. Pero al poco tiempo era trasladado al Ministerio de la Gobernación por cuatro agentes de Orden Público. Allí, los médicos que de inmediato acudieron, no pudieron hacer más que certificar su defunción.
El asesino, aún vivo, fue llevado a la Casa de Socorro del Distrito de Centro en la cercana Plaza Mayor.

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Heridas mortales
El Sr. Canalejas había recibido una herida en la región occipital con orificio de entrada detrás de la oreja izquierda y de salida por el oído derecho. La muerte había sido instantánea. La herida era mortal de necesidad.
En cuanto al asesino-suicida, en estado agónico, fue trasladado a la Casa de Socorro del Distrito de Centro situada en la vecina Plaza Mayor, donde fué recibido por el Médico de Guardia quien le practicó un rápido reconocimiento, apreciando una herida de bala con orificio de entrada en la región temporal derecha y otro desalida en la región parietal izquierda. A las 2:23 fallecía sin haber recobrado el conocimiento siendo trasladado seguidamente al Depósito Judicial donde se le practicaría la autopsia.
Sobre el cadáver fueron hallados una partida de nacimiento, un retrato de mujer con la dedicatoria “”A mi inolvidable Manuel””, un documento con el rótulo “Conflagración mundial: París” redactado en clave, un folleto de propaganda anarquista, un fragmento de la “Astronomía Popular” de Flammarion, un número del periódico ABC del día del crimen, una pluma estilográfica de oro, una cédula personal y una carta del Comité Internacional de Ginebra en la que se le preguntaba si seguía trabajando en la obras del Palace Hotel y por último, un billete de 25 pesetas, 16 en plata y 1.55 en calderilla.
Los documentos demostraban que el asesino era Manuel Pardinas Serrano, nacido en El Grado (Huesca) el 1º de enero de 1886. Era hijo de Agustín Pardinas Ferriz, carabinero licenciado y de María Serrano. Era un conocido y peligroso anarquistaEl cuerpo del Presidente Canalejas fue expuesto en el Salón principal del Ministerio de la Gobernación que desde entonces se conoce como “Salón Canalejas”. El Rey D. Alfonso XIII, visiblemente emocionado, se presentó de inmediato en el Ministerio acompañado del Marqués de la Torrecilla y del General Aranda que era el Ayudante de Guardia. Ante el cadáver del Presidente fue informado por el Jefe Superior de Policía que le dijo: “El criminal está fichado en la Jefatura” a lo que el Rey le contestó secamente: “¡Pues sí que han vigilado ustedes bien!”.

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Epílogo
Canalejas sabía que le acechaba la muerte. Conocía la existencia del anarquista Pardinas y sabía que era un hombre muy peligroso. Pocos días antes había confesado a su esposa () que “estaba de mal humor porque se había perdido la pista de un hombre peligroso”. Doña María le había preguntado:
“¿Un anarquista?”
“Sí”, le había contestado Canalejas, ” y de acción. Estaba en Francia y allí le seguía la pista un policía español para conocer sus pasos, pero al parecer, le perdió la pista y sólo supo que se había internado en España y tengo el convencimiento de que nos dará algún disgusto serio. Se llama Pardinas”.
La Prensa y cuantos conocían a Canalejas manifestaron que “aquel crimen se podía haber evitado”.
Como decimos, el Regeneracinismo acabó realmente con Canalejas -al menos el político y el económico, quien junto a los suyos deseaba la creación de una verdadera “clase media” (cuarto estamento), e imponer en España un sistema basado en el bipartidismo -muy cercano al americano o al inglés-. Los apoyos para lograrlo vinieron desde el Mundo Anglosajón y no tanto de Francia (como se piensa). Debido en mi opinión, a que la reinaMaria Victoria Eugenia era inglesa, tanto como al hecho de que aEstados Unidos y al Reino Unido les interesaba estabilizar nuestro país en una forma muy similar a la suya, para poder influir sobre él (“colonizarlo” en cierto modo, civicamente). Pese a todo, mayores intereses parece que había en el interior hispano para que “la cosa” no cambiara y que los caciques continuaran ejerciendo su poder; de igual forma a como lo llevaban haciendo durante todo el siglo XIX. Algo que finalmente convertiría a España en un polvorín, que saltó con un Golpe de Estado dado pocos años después de la muerte de Canalejas. Lo que definitivamente llevó al descrédito de la monarquía y desembocó en la Segunda República (sistema que tampoco pudo estabilizarse por iguales motivos a los siempre referidos).
Escritor y periodista, Canalejas fundó en 1890 el Heraldo de Madrid.

CANALEJAS 2

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Fotografías históricas por cortesía de D.