Don Manuel Gutiérrez de la Concha: un general liberal en la España de Isabel II (2ª parte).

Marques del duero

Este comportamiento hizo que muchos de sus antiguos partidarios, colaboradores suyos en el pronunciamiento de 1843, fueran distanciándose, especialmente O’Donnell, que buscaba una alternativa política capaz de convertirle en líder de una formación política capaz de convertirse en alternativa a la moderada. Y junto a él, políticos y generales entre los que se contaban los dos hermanos Concha, Manuel y José. No tendrá nada de particular, por lo tanto, que cuando O’Donnell se lance a la aventura de organizar su propio partido, buscando un hueco entre las dos grandes figuras que lideran a moderados y progresistas, Manuel Gutiérrez de la Concha se sume al proyecto, e incluso se beneficie de él. A ello contribuye el alejamiento temporal de Narváez, que abre el proceso de crisis que pondrá fin a la década moderada. La especulación en torno a las concesiones ferroviarias se convirtió en el caballo de batalla utilizado para derribar a Sartorius. El camino hacia la crisis quedó abierto en la sesión del Senado del nueve de diciembre. Manuel Gutiérrez de la Concha, con su discurso en la Cámara Alta, fue  una de las voces que denunciaron las irregularidades cometidas, la sombra de cuya corrupción llegaba hasta la familia real. Sometida a votación la política de estas concesiones, el Gobierno fue derrotado por 105 votos contra 69. Al día siguiente Sartorius optó por clausurar las Cortes. Esta medida, más las represalias adoptadas durante el mes de enero del nuevo año hacia los senadores opuestos a su gestión, entre ellos varios generales, precipitará su caída. Al producirse el pronunciamiento que encabezará O’Donnell, Concha –confinado en Tenerife– regresará a la península para unirse al golpe que derribaría al Gobierno.

De esta forma, cuando la Unión Liberal entre en liza, en sus filas veremos políticos tan significados como Cortina, Ríos Rosas, Cánovas del Castillo o Alonso Martínez, y generales como Serrano o el mayor de los Concha, quien por estos años se beneficiará del proceso desamortizador desarrollado en 1855, incrementando de esa manera su influencia política. El marqués del Duero se contará entre los que ayuden a subir al poder a O’Donnell tras la renuncia de Espartero en pleno Bienio Progresista, en el momento en que el líder progresista decide retirarse de la política activa a la plácida vida de sus tierras riojanas. Esto ocurre en un momento delicado, porque muy posiblemente los militares fieles a Espartero estarían dispuestos a levantarse en armas contra esta maniobra política, que significaba entregar la revolución a sectores ajenos al progresismo. Pero Espartero no quiso encabezar la revuelta. Y ante su postura, la única salida era sumarse a O’Donnell antes que permitir que las  fuerzas radicales capitalizaran la revolución y la condujeran a unos extremos que el Ejército no estaba dispuesto a asumir. La resistencia se manifestó en las calles a través de la Milicia Nacional, y en el Congreso, donde un elevado número de diputados se constituyeron en sesión permanente. Los milicianos se apostaron en las proximidades del Congreso dispuestos a defenderlo mientras esperaban en vano que Espartero llegara para capitanear la resistencia.

Las fuerzas gubernamentales dirigidas por O’Donnell, Concha y Serrano –entonces Capitán General de Madrid–, despejaron calles y plazas a cañonazos. La misma suerte corrió el Congreso, donde los diputados fueron desalojados por la artillería a las órdenes de Serrano que con esta acción se hizo merecedor del ascenso a capitán general, al tiempo que dejaba patente su militancia unionista y el abandono del progresismo que con anterioridad había profesado. En Barcelona, como en las demás capitales en las que la resistencia se había alzado, se impusieron igualmente las armas del Gobierno. No deja de ser curioso, sin embargo, el hecho de que la presencia del mayor de los Concha en los años de gobierno de O’Donnell, nunca llegue a adquirir la importancia política que le hubiera podido hacer merecedor de la consideración de “espadón”. Incluso su hermano José sería Ministro años más tarde, concretamente de la cartera de Ultramar, y cuando llegue la revolución que en 1868 ponga fin al reinado de Isabel II, será el último Presidente del Consejo de Ministros y el hombre que, tras la batalla de Alcolea, pacte el traspaso de poderes a un general tan versátil como Serrano, salido de las filas de la Unión Liberal de O’Donnell y, tras la muerte de éste, líder de los unionistas. Otra cosa es que, dentro de lo que era la línea de funcionamiento político marcada por la Constitución de 1845, y en virtud de su afinidad con O’Donnell, Concha presidiera por seis veces, y en legislaturas consecutivas –desde la decimotercera a la decimoctava– la Cámara Alta. Pero no hay más. Hasta donde sabemos, no tenemos constancia de que pretendiera hacer valer su autoridad o su prestigio para satisfacer mayores ambiciones políticas.

5. ¿Moderantismo o fidelidad a la Reina?

Incluso, en los años finales del reinado de Isabel II, cuando podríamos considerarle más volcado hacia el moderantismo, su conducta puede ser interpretada desde una perspectiva bien diferente. Porque a Concha lo vemos reprimiendo el levantamiento de los sargentos del cuartel de San Gil, que tan duramente castigaría posteriormente O’Donnell, junto a Serrano o al propio Narváez. Pero también nos lo encontramos al lado de la Reina cuando, tras el exilio y la muerte de O’Donnell, y el fallecimiento de Narváez en abril de 1868, decida permanecer fiel al trono, ya inevitablemente entregado en brazos de la reacción más conservadora, y defender hasta dónde fue posible, junto y bajo las órdenes de su hermano José –accidental Presidente del Gobierno– a una Isabel II que posiblemente no mereciera esa entrega. Delegados los poderes en Manuel, capitán general de Castilla la Nueva, será el marqués del Duero quien negocie y ceda el poder a los revolucionarios el 29 de septiembre.

Esta fidelidad hacia la Reina es común a espadones como Narváez o el propio O’Donnell que, incluso cuando ya estaba plenamente convencido de la inutilidad de sus esfuerzos por rescatar al trono de las fuerzas de la reacción, prefiere marchar al exilio antes que pronunciarse contra su reina, como harían Serrano y Prim. Esto no es óbice para que, instaurada la frágil normalidad revolucionaria, Manuel Gutiérrez de la Concha se mantenga próximo a los espadones triunfantes, aunque no participe del poder de forma directa, aunque sí lo veremos presentándose a las elecciones al Senado, y resultando elegido por la provincia de Málaga, durante el reinado de Amadeo de Saboya. Precisamente será, como representante del Gobierno, el comisionado que se desplace al puerto de Cartagena para recibir oficialmente al nuevo monarca, lo que significaba la aceptación evidente de la nueva normalidad que pretendía instaurarse mediante el cambio de dinastía. No fue una tarea agradable, ya que las circunstancias resultaron totalmente adversas. Concha acude a Cartagena porque Prim ha sido herido en el atentado de la calle del Turco. Y es quien, tras los saludos de rigor, debe comunicar al joven príncipe que acaba de recibir un telegrama en el que se daba cuenta de la muerte del hombre fuerte de la revolución que, de esta manera, quedaba huérfana y condenada al fracaso. Será Manuel Gutiérrez de la Concha quien  tras el fracaso de la república federal, marche al Norte, a luchar nuevamente contra los carlistas, convirtiéndose en la esperanza de victoria frente a ellos. Entra con Serrano en Bilbao, liberado del cerco carlista y, nombrado General en jefe del Ejército del Norte, continúa la campaña mientras el duque de la Torre vuelve a Madrid. Todo parece indicar que en estos momentos, el marqués del Duero tuviera ya tomada su decisión y, quizá por primera vez en su carrera militar, estuviera dispuesto a utilizar su prestigio –notablemente fortalecido por la campaña del Norte–, para poner fin a un período de despropósitos, buscando la ansiada “vuelta a la normalidad”, a través de la restauración de los Borbones en la figura de Alfonso XII, en connivencia con Cánovas del Castillo. No es probable, sin embargo, que estuviera pensando en un pronunciamiento, fórmula que muchos generales consideraban que debía ser evitada si se quería encontrar una alternativa política estable, rompiendo con la tradición anterior.

De cualquier forma, nos inclinamos a pensar que el marqués del Duero habría optado por una nueva línea de intervención. La protagonizada por los generales de la generación siguiente –Pavía y Martínez Campos–, evitando convertirse en líderes de los partidos políticos y buscando, a un nivel mucho más institucional y general que el de los anteriores pronunciamientos, una solución para las desgracias de la Patria. No pudo ser. Galdós nos lo cuenta: “Llegó el General donde estábamos Tordesillas y yo, ocultos a la vista de los demás asistentes por un matorral espeso. Con voz displicente dijo a su ordenanza: -Ricardo, el caballo. Éstas fueron las últimas palabras que pronunció en el mundo de los vivos… En el momento de cruzar la pierna derecha por la grupa del caballo, una bala, que lo mismo pudo venir del cielo que del mismo infierno, le atravesó el corazón. Con débil gemido expiró el primer soldado español de aquellos maldecidos tiempos”.

Sus restos descansan en el Panteón de Hombres Ilustres de la Basílica de Atocha.

6. Una reflexión final a modo de epílogo

Manuel_de_la_Concha

En las líneas anteriores he obviado aspectos importantes de la personalidad de Manuel Gutiérrez de la Concha intencionadamente. En parte, lo digo al principio, porque hay quien puede hacerlo con más conocimiento. Pero también porque, como reza el título, se trataba de hablar del marqués del Duero desde la perspectiva del general liberal, centrándome en su figura militar. Durante muchos años, y quizá aún nos quede un resabio de ello, al hablar de la España de los generales la referencia a los “espadones” implicaba  en cierto matiz despectivo. Como si habláramos de militares que gobernaban España a golpe de sable, sin más recurso que la autoridad cuartelera. Posiblemente ello se deba en parte a la imagen que la literatura nos ha legado.

Los Galdós, Baroja o Valle Inclán, cada cual en su estilo y con sus antipatías personales, han contribuido a ello en buena medida. Pero también, en buena medida, hayamos hecho extensivas a esta época, que se cierra con la restauración de los Borbones en 1874, las características que han presidido el intervencionismo militar en la España del siglo XX.

Y este es un grandísimo error. Entre otras cosas porque, con sus virtudes y sus defectos, los espadones del periodo central del siglo XIX, eran también políticos. Y algunos de ellos con una talla que nada tenían que envidiar a la de muchos líderes del ámbito civil. Pertenecían a un  partido y utilizaban su prestigio personal para llevarlo al poder, aplicando una fórmula que nos puede parecer desafortunada desde nuestra perspectiva actual, pero que –y esto no podemos dejar de tenerlo en cuenta– formaba parte de un sistema político en proceso de maduración, deudor de las carencias propias de un país en guerra permanente durante los cuarentas  primeros años del siglo, y con un escaso desarrollo social y económico. Ha sido fácil denostar a estos personajes. Espartero nos ha sido presentado como un hombre ignorante, pero lo que hoy sabemos de su vida doméstica y de los fondos de su biblioteca personal, desdice esta imagen. Y Narváez, aún por rescatar del desconocimiento, tiene en su haber como, demostró Pabón y nos recordó Seco Serrano, un bagaje de realizaciones que por sí solo debería bastar para poner en duda la imagen con la que ha pasado a la posteridad. En términos generales, algo así ocurre con todos ellos. Los conocemos por sus hechos militares, pero los condenamos por su actividad política. Y obviamos algo que, conforme nos vamos aproximando a sus figuras, va siendo cada vez más evidente.

Es el caso de Manuel Gutiérrez de la Concha. En estas líneas hemos hablado algo acerca de su figura como militar; podríamos hablar mucho más sin duda. Pero no podemos olvidar que, aunque no fuera una figura de primera fila en la política, tiene una trayectoria que nos lo presenta como un hombre con conocimientos que excedían con mucho a lo puramente militar. Que era de los pocos hombres públicos que se tomaban la molestia de estudiar los asuntos que habían de debatirse en las Cortes, y que sus intervenciones ponían de manifiesto que sabía de qué hablaba. Y que, junto a todo ello, y como quienes se han aproximado con cariño a su figura ya han puesto de manifiesto, fue un hombre de empresa en muchos aspectos  adelantado a su tiempo, demostrando poseer unas dotes que por sí solas le hubieran hecho destacar al margen de su trayectoria militar. En el caso del marqués del Duero, como ocurrió con Espartero y quizá algún día ocurra con Narváez o con O’Donnell, el estudio biográfico es un requisito indispensable para comprender, no ya al personaje, que ya de por sí resulta apasionante, sino un periodo especial de nuestra historia reciente sobre el que se han escrito muchos lugares comunes, pero que está necesitado de mucha investigación todavía.

El mejor epílogo a la figura de Manuel Gutiérrez de la Concha, uno de los generales que colaboró a que España tuviera un sistema político constitucional, sería un estudio biográfico que abordara su personalidad desde todos los puntos de vista, y lo rescatara –a él y a su época– de un olvido o, lo que es peor, de un conocimiento deficiente.

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