PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III

75065_starinnaya_karta
DESDE LA PARTIDA DE ZUBU HASTA LA SALIDA DE LAS ISLAS
MOLUCAS
Abandonamos la isla de Zubu y fuimos a fondear hacia la punta de una isla llamada Bohol, que dista de aquella dieciocho leguas; y viendo que nuestras tripulaciones, disminuidas por tantas pérdidas, no eran suficientes para las tres naves, determinamos quemar la Concepción, después de haber trasladado a las otras todo lo que podía sernos útil. Dejamos entonces el cabo al sud sudoeste y costeamos una isla llamada Panilongon, donde los hombres son negros como los etíopes.
Siguiendo nuestra derrota, arribamos a una isla que se llama Butuán, donde fondeamos. El rey de la isla vino a nuestra nave, y para darnos una prueba de amistad y de alianza, se sacó sangre de la mano izquierda y se tiñó con ella el pecho y la punta de la lengua, en cuya ceremonia le imitamos. Cuando abandonó el buque, me fui solo con él a visitar la isla. Entramos en un río donde encontramos varios pescadores, que ofrecieron pescado al rey, quien, como todos los habitantes de esta isla y de las vecinas, andaba desnudo, cubriendo sólo sus órganos genitales con un pedazo de tela, que después también se quitó. Los notables de la isla que le acompañaban hicieron otro tanto, tomando en seguida los remos y bogando a la vez que cantaban. Pasamos a lo largo de varias habitaciones construidas a orilla del río, y como a las dos de la mañana llegamos a la casa del rey, situada a dos leguas de distancia del desembarcadero.
Al entrar en la casa se nos salió a recibir con antorchas hechas de juncos y hojas de palmera enrolladas y llenas de la goma llamada anime. En tanto que se preparaba nuestra cena, el rey, en unión de dos de sus jefes y de otras tantas de sus mujeres, bastante bonitas, sin haber probado nada, se bebieron un gran vaso lleno de vino de palmera. Se me invitó a beber como ellos, pero me excusé diciendo que había cenado ya, y así no bebí más que una vez. Cuando bebían ejecutaban la misma ceremonia que el rey de Massana. Se sirvió la cena, compuesta sólo de arroz y pescado muy salado, en tazones de porcelana. Comían el arroz a guisa de pan, el cual cuecen poniendo en una olla de greda, parecida a nuestras marmitas, una gran hoja que cubre enteramente el interior del vaso, en el cual echan el agua y el arroz, tapándolo en seguida. Se deja hervir el todo hasta que el arroz haya adquirido la consistencia de nuestro pan y lo sacan después por trozos. Así es como cuecen el arroz en estos parajes.
Concluida la cena, el rey hizo traer una estera de cañas, una de palmera y una almohada de hojas, lecho en que me acosté con uno de los jefes. El rey fue a dormir a otra parte con sus dos mujeres. Al día siguiente, mientras se preparaba la comida, fui a dar un paseo por la isla, entrando en varias casas, edificadas como las de las otras islas que habíamos visitado, donde vi cierto número de utensilios de oro, pero muy pocos víveres. Regresé a casa del rey, donde comimos arroz y pescado.
Por medio de señales conseguí expresar al rey el deseo que tenía de ver a la reina, significándome de la misma manera que consentía en ello encaminándonos entonces hacia la cima de una montaña, donde reside aquélla. Al entrar le hice mi reverencia, que ella me devolvió, sentándome a su lado, mientras se ocupaba en fabricar esteras de palmera para una cama. Toda su casa estaba provista de vasos de porcelana, colgados de las paredes. Se veían también cuatro timbales, uno muy grande, otro mediano y dos pequeños, con los cuales la reina se entretenía tocando. Tenía para su servicio una cantidad de esclavos de ambos sexos. Después de despedirnos, regresamos a la habitación del rey, quien nos ofreció un almuerzo de cañas de azúcar. esta isla cerdos, cabras, arroz, jengibre y todo lo que habíamos visto en las otras. Lo que en ella abunda más, sin embargo, es el oro. Me señalaron varios valles, dándome a entender por gestos que había en ellos más oro que cabellos teníamos en la cabeza, pero que no conociendo el uso del hierro, era muy dificultoso explotarlo, como en efecto no lo explotaban.
Después de mediodía, habiendo indicado que quería regresar a bordo, el rey quiso acompañarme en el mismo balangay con algunos de los principales de la isla. Mientras descendíamos por el río, divisé en un montículo, hacia la mano derecha, tres hombres colgados de un árbol, y habiendo preguntado lo que eso significaba, se me contestó que eran malhechores.
Esta parte de la isla, que se llama Chipit, es una continuación de la misma tierra de Butuán y Calagán; está más acá de Bohol y confina con Masan. El puerto es bastante bueno y se halla situado hacia el grado 8 de latitud norte, a 167 de longitud de la línea de demarcación y a cincuenta leguas de Zubu. Al noroeste queda la isla de Lozón, de la cual dista dos jornadas. Esta es grande y a ella llegan para comerciar todos los años de seis a ocho juncos de los pueblos llamados Lequíes. En otro lugar hablaré de Chipit. Saliendo de esta isla y corriendo al oeste sudoeste, fuimos a fondear a una isla casi desierta. Sus escasos habitantes son moros desterrados de una isla que se llama Burné.
Andan desnudos como los de las otras islas y están armados de cerbatanas y de carcajes llenos de flechas y de una hierba que sirve para envenenarlas. Usan también puñales con mangos guarnecidos de oro y de piedras preciosas, lanzas, mazas y pequeñas corazas hechas de piel de búfalo. Nos tomaron por dioses o santos. Hay en esta isla grandes árboles, pero pocos víveres. Está situada hacia 7° 30′ de latitud septentrional, a cuarenta y tres leguas de Chipit: se llama Cagayán.
Desde esta isla, siguiendo la misma dirección hacia el oeste sudoeste, llegamos a una grande, que encontramos bien abastecida de toda clase de víveres, lo que fue gran fortuna para nosotros, porque nos hallábamos tan hambrientos y tan escasos de provisiones que estuvimos varias veces a punto de abandonar nuestras naves y establecernos en alguna tierra para terminar allí nuestros días.
Esta isla, que se llama Palaoán, nos proveyó de cerdos, cabras y gallinas, bananas de varias especies, algunas de un codo de largo y tan gruesas como el brazo, aunque otras no tenían más que un palmo de largo, y otras, que eran las mejores, eran aún más pequeñas. Tienen también cocos, cañas de azúcar y raíces semejantes a nabos. Cuecen el arroz en el fuego, dentro de cañas o en vasos de palo, por cuyo sistema se conserva más largo tiempo que el que se cuece en marmitas. Del mismo arroz se saca, por medio de una especie de alambique, un vino más fuerte y mejor que el de la palmera. En una palabra, esta isla fue para nosotros la tierra de promisión. Está hacia los 9° 20′ de latitud septentrional y a 171° 20′ de longitud de la línea de demarcación. Después de presentados al rey, contrajo éste con nosotros alianza y amistad, en cuyo testimonio, habiéndonos pedido un cuchillo, se sacó con él sangre del pecho, con la cual se tocó la frente y la lengua. Nosotros hicimos otro tanto.
Los habitantes de Palaoán andan desnudos, como todos los de estos pueblos; pero les gusta adornarse con anillos, cadenetas de latón y cascabeles. Sin embargo, lo que más les agrada es el alambre, que les sirve para sus anzuelos. Casi todos cultivan sus propios campos. Usan cerbatanas y grandes flechas de palo, de más de un palmo de largo, algunas guarnecidas en la punta de una espina de pescado, y otras de una caña envenenada con cierta hierba: estas flechas no están provistas de plumas en su extremo posterior, sino de una madera muy suave y muy liviana. En la punta de la cerbatana atan un hierro, y cuando se les han agotado las flechas, se sirven de ellas a manera de lanzas. Poseen también, domesticados, gallos muy grandes, que no los comen por una especie de superstición, pero que cuidan para hacerlos combatir entre sí, con cuyo motivo se hacen apuestas y se adjudican premios a los dueños de los gallos vencedores. Desde Palaoán, dirigiéndonos al sudoeste, después de haber recorrido diez leguas, reconocimos otra isla, que, costeándola, nos pareció que subía24, habiendo debido andar cincuenta leguas, a lo menos, antes de encontrar un fondeadero, y apenas hubimos arrojado el ancla, cuando se levantó una tempestad, se oscureció el cielo y vimos sobre nuestros mástiles el fuego de San Telmo.
Al día siguiente envió el rey a las naves una piragua bastante hermosa, que tenía la popa y la proa adornadas con oro, y en ésta un pabellón blanco y azul con un copo de plumas de pavo en el asta. Se veían en esta piragua, entre varias otras personas, músicos que tocaban zamponas y tambores. La piragua, que es una especie de fusta o galera, venía seguida de dos almadies, que son embarcaciones de pescadores. Ocho de los principales ancianos de la isla venían en la piragua: subieron a bordo y se sentaron sobre un tapiz que se les tenía preparado sobre el castillo de popa, donde nos ofrecieron un vaso de madera lleno de betel y de arec, raíces que mascan continuamente, con flores de naranjo y de jazmines, y el todo cubierto con una tela de seda amarilla. Nos regalaron también dos jaulas llenas de gallinas, dos cabras, tres vasos de vino de arroz destilado y cañas de azúcar. Un presente semejante hicieron a los de la otra nave, y después de habernos abrazado, se despidieron de nosotros. El vino de arroz es tan claro como el agua, pero tan fuerte que muchos de nuestra tripulación se embriagaron. Lo llaman arach.
Seis días después, el rey nos envió otras tres piraguas muy bien adornadas, que dieron la vuelta a nuestras naves al son de zamponas, timbales y tambores. Los hombres nos saludaban sacándose sus bonetes de tela, que son tan pequeños que apenas les cubren la corona. Les devolvimos el saludo con nuestras bombardas sin cargar. Nos traían varios guisados, hechos todos con arroz, ya en pedazos oblongos, envueltos en hojas, ya en la forma cónica de un pan de azúcar, ya en la de torta con huevos y miel.
Después de habernos hecho estos regalos a nombre del rey, nos dijeron que le placía que hiciésemos en la isla nuestra provisión de agua y leña y que podíamos comerciar con los isleños tanto como quisiésemos. Con esta respuesta, determinamos ir en número de siete a llevar al rey, a la reina y a ciertos ministros algunos presentes. El destinado al rey consistía en un vestido a la turquesa, de terciopelo verde, una silla de la misma tela, de color violeta, cinco brazas de paño rojo, un bonete, una taza de vidrio dorado, otra con su tapa, un tintero dorado y tres cuadernos de papel; a la reina le llevamos tres brazadas de paño amarillo, un par de zapatos plateados y un estuche de plata lleno de alfileres; para el gobernador o ministro del rey, tres brazadas de paño rojo, un bonete y una taza de vidrio dorado; para el rey de armas o heraldo, que había venido con la piragua, un vestido a la turquesa de paño rojo y verde, un bonete y un cuaderno de papel; y a los otros siete personajes de cuenta, que le habían acompañado, les preparamos también regalos, como algunas varas de tela, un bonete o un cuaderno de papel. Cuando todos los regalos estuvieron listos, entramos a una de las tres piraguas.
Habiendo llegado a la ciudad, nos fue preciso permanecer dos horas en embarcación, esperando la llegada de dos elefantes, cubiertos de seda, y de doce hombres, cada uno de los cuales cargaba un vaso de porcelana adornado con seda para colocar en ellos los presentes que llevábamos. Subimos sobre los elefantes, precedidos por los doce hombres que llevaban nuestros regalos en sus vasos, yendo así hasta la casa del gobernador, quien nos festejó con una cena de varios guisos. Pasamos la noche en colchones de algodón forrados en seda, y en sábanas de tela de Cambaya. Al día siguiente gastamos la mañana en casa del gobernador sin hacer nada.
 mediodía fuimos al palacio real, íbamos montados en los mismos elefantes y precedidos por los hombres que llevaban los presentes. Desde la casa del gobernador hasta el palacio del rey, todas las calles estaban guardadas por hombres con lanzas, espadas y mazas, según orden expresa del soberano.
Siempre sobre nuestros elefantes entramos al patio del palacio, donde habiendo descendido, subimos por una escalera, acompañados del gobernador y de algunos oficiales; entrando en seguida a un salón lleno de cortesanos, que podríamos llamar los pares del reino. Ahí nos sentamos sobre un tapiz, habiéndose colocado los presentes cerca de nosotros.
Hacia el extremo de este salón había otra sala poco menor, tapizada de paños de seda, donde, corridas dos cortinas de brocado, pudimos ver dos ventanas que daban luz a la habitación, en la cual se hallaban trescientos hombres de la guardia del rey, armados de puñales, cuyas puntas apoyaban sobre sus muslos.
Al final de esta sala había una gran puerta cerrada también por una cortina de brocado, que al alzarse, nos permitió divisar al rey sentado delante de una mesa, mascando betel, acompañado de un niño pequeño. Tras de él no había más que mujeres. Entonces uno de los cortesanos nos previno que no nos era lícito hablar al rey, pero que si queríamos decirle algo, podíamos dirigirnos a él, quien lo transmitiría a un cortesano de un rango más elevado, éste al hermano del gobernador que se hallaba en la sala pequeña, quien, a su turno, por medio de una cerbatana colocada en un agujero de la pared expondría nuestra embajada a uno de los principales oficiales que se hallaban cerca del rey para decírsela. Nos advirtió que era necesario le hiciésemos al rey tres reverencias levantando nuestras manos juntas en alto sobre la cabeza y alternativamente uno y otro pie. Habiendo hecho las tres reverencias de la manera como nos lo habían indicado, hicimos decir al rey que éramos vasallos del soberano de España, que si quería vivir en paz con él, y que no deseábamos otra cosa que poder comerciar en su isla.
El rey nos hizo responder que le placía en extremo que el de España fuese su amigo, y que nosotros podíamos, dentro de sus estados, proveernos de agua y de leña y comerciar a nuestro agrado.
Le ofrecimos entonces los presentes que habíamos llevado para él, haciendo un pequeño movimiento de cabeza a cada cosa que recibía. A cada uno de nosotros se nos regaló brocatel y paños de oro y de seda, que se nos colocaban sobre el hombro izquierdo y nos los quitaban en seguida para guardárnoslos. Se nos sirvió un almuerzo de clavo de olor y de canela, después de lo cual se corrieron todas las cortinas y se cerraron las ventanas.
Todos los que estaban en el palacio real llevaban alrededor de la cintura paños de oro para cubrir sus vergüenzas, puñales con mangos de oro guarnecidos de perlas y de pedrería, y varios anillos en los dedos.
Volvimos a subir sobre los elefantes para regresar a casa del gobernador. Siete hombres, llevando los presentes que el rey acababa de hacernos, marchaban delante de nosotros. Cuando hubimos llegado a ella, se nos entregó a cada uno el regalo del rey, colocándolo sobre nuestro hombro izquierdo, como se había hecho antes. Como propina obsequiamos dos cuchillos a cada uno de los siete hombres que nos habían acompañado. En seguida vimos llegar a casa del gobernador nueve hombres trayendo cada uno un plato de madera, sobre cada uno de los cuales había de diez a once tazones de porcelana conteniendo carnes de diferentes animales, es decir, de ternera, de capón, gallina, pavo y otros, con varias especies de pescado: sólo de carne había más de treinta manjares diferentes.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Muerte de Magallanes.

mundo1
… Habiendo notado los indígenas que sus tiros no nos hacían daño alguno cuando los dirigían a nuestras cabezas o cuerpos, a causa de nuestra armadura, pero que teníamos sin defensa las piernas, en adelante sólo dirigieron a éstas sus flechas, sus lanzas y sus piedras, en tal cantidad que no nos fue posible resistir. Las bombardas que teníamos en las chalupas no nos servían de nada a causa de que los bajíos no permitían a los artilleros aproximarse a nosotros.
Siempre combatiendo nos retiramos poco a poco, y estábamos ya a la distancia de un tiro de ballesta, teniendo el agua hasta las rodillas, cuando los isleños, que nos seguían siempre de cerca, empezaron de nuevo el combate, arrojándonos hasta cinco o seis veces la misma lanza.
Como conocían a nuestro comandante, dirigían principalmente los tiros hacia él, de suerte que por dos veces le hicieron saltar el casco de la cabeza; sin embargo, no cedió, combatiendo nosotros a su lado en reducido número. Esta lucha tan desigual duró cerca de una hora. Un isleño logró al fin dar con el extremo de su lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela en el cuerpo. Quiso entonces sacar su espada, pero le fue imposible a causa de que tenía el brazo derecho gravemente herido.
Los indígenas, que lo notaron, se dirigieron todos hacia él, habiéndole uno de ellos acertado un tan gran sablazo en la pierna izquierda que cayó de bruces; en el mismo instante los isleños se abalanzaron sobre él. Así fue cómo pereció nuestro guía, nuestra lumbrera y nuestro sostén. Cuando cayó y se vio rendido por los enemigos, se volvió varias veces hacia nosotros para ver si habíamos podido salvamos. Como no había ninguno de nosotros que no estuviese herido, y como nos hallábamos todos en la imposibilidad de socorrerle o de vengarle, nos dirigimos en el acto a las chalupas que estaban a punto de partir. Fue así cómo debimos la salvación a nuestro comandante, porque en el instante en que pereció, todos los isleños se dirigieron al sitio en que había caído.

articles-70480_thumbnailEl rey cristiano habría podido socorremos y sin duda lo habría hecho, mas el comandante, lejos de prever lo que acababa de suceder, tan luego como puso pie en tierra con los suyos, le ordenó que no se moviese de su balangay y que permaneciese como mero espectador del combate. Cuando le vio sucumbir lloró amargamente.

Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Estaba adornado de todas las virtudes, mostrando siempre una constancia inquebrantable en medio de las más terribles adversidades. A bordo se condenaba a privaciones más grandes que cualquiera de los de la tripulación.
Versado como ninguno en el conocimiento de las cartas náuticas, poseía a la perfección el arte de la navegación, como lo probó dando la vuelta al mundo, que nadie antes que él había osado tentar.
Esta desgraciada batalla se libró el 27 de abril de 1521, en un sábado, día que el comandante había elegido porque lo tenía en particular devoción. Perecieron con él ocho de los nuestros y cuatro indios bautizados, y pocos de nosotros regresamos a las naves sin estar heridos. Los que habían quedado en las chalupas pensaron hacia el fin protegernos con las bombardas, pero a causa de la distancia en que se hallaban, nos hicieron más daño que a los enemigos, quienes, sin embargo, perdieron quince hombres.
En la tarde, el rey cristiano, con consentimiento nuestro, envió a decir a los habitantes de Matan que si querían devolvernos los cuerpos de nuestros soldados muertos, y en especial el del comandante, les daríamos las mercaderías que nos pidiesen: a lo que respondieron que nada podría obligarlos a deshacerse de un hombre tal como nuestro jefe, que querían conservar como un monumento de la victoria alcanzada sobre nosotros.
Al saber la pérdida de nuestro capitán, los que en la ciudad se hallaban comerciando hicieron en el acto transportar las mercaderías a bordo. Elegimos entonces, en su reemplazo, dos comandantes, que fueron Odoardo Barbosa, portugués, y Juan Serrano, español.
Nuestro intérprete, llamado Enrique, que era esclavo de Magallanes, habiendo sido ligeramente herido en el combate, se valió de este pretexto para no bajar más a tierra, donde era necesario para nuestro servicio, pasándose todo el día ocioso, tendido sobre una estera. Odoardo Barbosa, comandante de la nave que montaba antes Magallanes, le dijo que, a pesar de la muerte de su señor, no por eso dejaba de ser esclavo, y que a nuestro regreso a España le entregaría a doña Beatriz, mujer de Magallanes; amenazándole en seguida con hacerle azotar si no se iba inmediatamente a tierra para el servicio de la escuadra.
Levantóse el esclavo aparentando no haber prestado atención a las injurias y amenazas del comandante, y habiendo bajado a tierra, se dirigió a casa del rey cristiano, a quien expresó que pensábamos partir pronto y que si quería seguir el consejo que tenía que darle, podría apoderarse de nuestras naves y mercaderías. El rey le escuchó favorablemente y entre ambos tramaron una traición. El esclavo volvió en seguida a bordo, mostrando más actividad e inteligencia de la que hasta entonces había desplegado.
En la mañana del miércoles 1° de mayo, el rey envió a decir a los comandantes que tenía preparado un presente de pedrerías para el rey de España, y que para entregárselo les rogaba que ese día fuesen a comer con él con algunos de los de su séquito.
Fueron, en efecto, en número de veinticuatro, entre quienes estaba nuestro astrólogo, llamado San-Martino de Sevilla, no habiendo ido yo por tener la cara hinchada a causa de una herida en la frente, producida por una flecha envenenada. Juan Carvallo y el preboste regresaron inmediatamente a las naves, suponiendo a los indígenas de mala fe, porque habían visto, según decían, que el personaje que había sanado milagrosamente se había llevado al capellán a su casa. Apenas acababan de decimos esto, cuando oímos gritos y clamores, y habiendo inmediatamente levado anclas, nos aproximamos con las naves a tierra, disparando sobre las casas varios tiros de bombarda. Vimos entonces que Juan Serrano, herido y atado, era conducido hacia la playa, desde donde nos suplicaba que no disparásemos más, porque sin eso, según decía, lo matarían. Preguntárnosle qué había sido de sus compañeros y del intérprete, contestándonos que habían sido todos degollados, con excepción de este último, que se había unido a los isleños. Conjurónos que le rescatásemos por mercaderías; pero Juan Carvallo, aunque era su compadre, en unión de algunos otros, rehusaron tratar de su rescate, prohibiendo a las chalupas que se aproximaran a la isla; porque el mando de la escuadra le pertenecía por la muerte de los dos comandantes. Juan Serrano continuaba implorando la piedad de su compadre, asegurando que sería muerto en el momento en que nos hiciésemos a la vela; y viendo al fin que sus lamentos eran inútiles, se puso a imprecar y rogó a Dios que a la hora del juicio final pidiese cuenta de su alma a Juan Carvallo, su compadre. Pero no fue escuchado, y partimos sin que después hayamos tenido noticia alguna acerca de su vida o de su muerte.

La isla de Zubu es grande, y tiene un buen puerto con dos entradas, una al oeste y la otra al este nordeste. Está situada a 10° de latitud norte y a 154 de longitud de la línea de demarcación. En esta isla fue donde antes de la muerte de Magallanes tuvimos noticias de las islas Molucas.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 4ª parte

7204_69237_5_BigVignemale_MapamundiAntiguo1500Schmidt
El rey, levantando las manos al cielo, le dio las gracias, rogándole con instancias que le dejase alguno de los nuestros para que le instruyese en los misterios y deberes de la religión cristiana: lo que el comandante prometió ejecutar, pero a condición de que se le confiase dos de los hijos de los principales de la isla para conducirlos con él a España, donde aprenderían la lengua castellana para que a su regreso pudiesen dar una idea de lo que allí hubiesen visto.
Después de haber plantado una gran cruz en medio de la plaza, se publicó un bando para que quienquiera que desease abrazar el cristianismo, debía destruir todos sus ídolos y en su lugar poner la cruz, en lo que todos consintieron. El comandante, tomando entonces al rey de la mano, le condujo al cadalso, donde le vistieron completamente de blanco, bautizándole junto con el príncipe su sobrino, el rey de Massana, el mercader moro y otros hasta el número de quinientos.
El rey, que se llamaba raja Humabon, fue llamado Carlos, por el nombre del Emperador. Los otros recibieron distintos nombres. En seguida díjose misa, después de la cual el comandante invitó a comer al rey, quien se excusó, acompañándonos hasta las chalupas, que nos condujeron a la escuadra, la cual hizo una descarga de toda su artillería.
Después de comer desembarcamos en gran número, acompañados del capellán, para bautizar a la reina y a otras mujeres. Subimos con ellas al mismo cadalso. Mostréles una estatuita que representaba a la Virgen con el Niño Jesús, que les agradó mucho y las enterneció, y habiéndomela pedido para colocarla en lugar de sus ídolos, se las di con todo gusto. Se bautizó a la reina con el nombre de Juana, por el de la madre del Emperador; con el de Catalina a la mujer del príncipe, y con el de Isabel a la reina de Massana. Ese día bautizamos cerca de ochocientas personas, entre hombres, mujeres y niños.
La reina, que era joven y bella, se hallaba vestida totalmente de una tela blanca y negra y tenía la cabeza adornada con un gran sombrero hecho de hojas de palmera, en forma de quitasol, encima del cual llevaba una triple corona formada de las mismas hojas, semejante a la tiara papal, y sin la cual no sale jamás. La boca y las uñas las tenía pintadas de un rojo muy vivo.
Hacia la noche, el rey y la reina vinieron a la playa en que estábamos, complaciéndose en oír el estrépito inocente de las bombardas, que antes tanto les había atemorizado. Durante este tiempo se bautizó a todos los habitantes de Zubu y de las islas vecinas. Hubo, sin embargo, una aldea en una de las islas, cuyos habitantes rehusaron obedecer al rey y a nosotros: después de haberla quemado, se plantó en ella una cruz, porque era una población de idólatras, y si hubiera sido de moros, es decir, mahometanos, se habría levantado una columna de piedra para manifestar el endurecimiento de sus corazones.
El comandante bajaba a tierra todos los días para oír misa, a la cual concurrían también muchos de los nuevos cristianos, a quienes se hacía una especie de catecismo y se les explicaban algunas de las verdades de nuestra religión.
Un día vino también a misa la reina, rodeada de toda su pompa, precedida por tres jóvenes que llevaban en las manos tres de sus sombreros: vestía un traje blanco y negro y un gran velo de seda con listas de oro que le cubría la cabeza y los hombros; la acompañaban varias mujeres, cuyas cabezas se veían adornadas con un pequeño velo debajo del sombrero: todo el resto de sus cuerpos y aun sus pies estaban desnudos, usando sólo un pequeño taparrabo de tela de palmera para cubrir sus partes naturales. Los cabellos los llevaban esparcidos. La reina, después de haber hecho la reverencia al altar, se sentó sobre un cojín de seda bordado, habiéndola el comandante rociado, tanto a ella como a las mujeres de su séquito, con agua de rosas almizclada, olor que agrada
muchísimo a las mujeres de este país.
A fin de que el rey fuese más respetado y mejor obedecido de lo que era, el comandante hizo que un día viniese a misa vestido con su traje de seda, disponiendo que fuesen también sus dos hermanos, llamado el uno Bondora, que era el padre del príncipe, y el otro Cadaro, con otros varios jefes, llamados Simiut, Sibuaya, Sisacay, etc., a quienes exigió juramento de obedecer al rey, después de lo cual todos le besaron la mano.
A continuación el comandante hizo jurar al rey de Zubu que estaría sometido y sería fiel al rey de España, después de lo cual, poniendo su espada delante de la imagen de Nuestra Señora, declaró al rey que habiendo hecho semejante juramento, debía morir antes de faltar a él, y que él mismo estaba presto a perecer mil veces antes que faltar al juramento que había hecho por la imagen de Nuestra Señora, por la vida del Emperador, su señor, y por su propio hábito.23 Le obsequió en seguida una silla de terciopelo, diciéndole que dondequiera que fuese, la hiciese llevar delante de sí, por uno de sus jefes, indicándole la manera cómo debía conducirse para esto.
Prometióle el rey cumplir exactamente todo lo que acababa de encargarle, y para darle un testimonio de afecto a su persona, le obsequió algunas alhajas, consistentes en dos pendientes de oro bastante grandes, dos brazaletes del mismo metal para los brazos, y otros dos para los pies, todos adornados de pedrerías. Estos anillos constituyen el más hermoso adorno de los reyes de estos países, que andan siempre desnudos y sin calzado, sin llevar, como lo he dicho ya, más vestido que un pedazo de género que les desciende desde la cintura hasta las rodillas.
El comandante, que había ordenado al rey y a todos los nuevos cristianos que quemasen sus ídolos, lo que todos habían prometido ejecutar, viendo que no solamente los conservaban todavía, sino que aún les ofrecían sacrificios de cosas de comer, según su uso antiguo, se quejó por ello altamente y los reprendió. No trataron de negar el hecho, pero creyeron excusarse diciendo que no hacían esos sacrificios por ellos mismos, sino por un enfermo a quien esperaban que los ídolos devolviesen la salud. El enfermo era el hermano del príncipe, considerado como el hombre de más juicio y más valiente de la isla; hallándose tan enfermo que hacía cuatro días que había perdido ya el uso de la palabra.
Habiendo oído esto el comandante y animado de santo celo, dijo que si tenían verdadera fe en Jesucristo, quemasen todos sus ídolos e hiciesen bautizar al enfermo; añadiendo que estaba tan convencido de lo que decía, que consentía en perder su cabeza si lo que prometía no se verificaba en el acto. Habiendo asegurado el rey que asentía a todo, hicimos entonces, con la mayor pompa que nos fue posible, una procesión desde el sitio en que nos hallábamos hasta la casa del enfermo, a quien encontramos efectivamente en un estado tan lastimoso que ni siquiera podía hablar ni moverse. Bautizámosle junto con dos de sus mujeres y diez hijos, y preguntándole en seguida el comandante cómo se hallaba, respondió repentinamente que, gracias a Nuestro Señor, se sentía bien. Fuimos todos testigos presenciales de este milagro. El capitán especialmente tributó gracias a Dios. Propinó al príncipe una bebida refrescante y continuó enviándosela todos los días hasta que quedó completamente restablecido, remitiéndole al mismo tiempo un colchón, sábanas, una frazada amarilla de lana y una almohada.

Al quinto día, el enfermo, perfectamente sano, se levantó. Su primer cuidado fue hacer quemar delante del rey y a presencia de todo el pueblo, un ídolo que estaba en gran veneración y que guardaban cuidadosamente en su casa algunas viejas. Quiso también derribar varios templos situados a la orilla del mar, donde el pueblo se reunía para comer la carne consagrada a los ídolos. Todos los habitantes aplaudieron estos hechos, proponiéndose ir a destruir todos los ídolos, aun los que estaban en la casa del rey, gritando al mismo tiempo: « ¡Viva Castilla! » en honor del rey de España. Los ídolos de esta nación son de palo, cóncavos o huecos por detrás; tienen abiertos los brazos y las piernas y los pies vueltos hacia arriba, y un rostro grande, con cuatro dientes muy gruesos, parecidos a los de jabalí. Generalmente son todos pintados.

Y ya que acabo de hablar de ídolos, contaré a V. S. algunas de sus ceremonias supersticiosas, una de las cuales es la bendición del cerdo. Comienzan estas ceremonias por hacer sonar enormes timbales; traen en seguida tres grandes platos, dos de los cuales llenan con pescado asado y con dulces de arroz y mijo cocido, envuelto en hojas, y en el otro se ven géneros de tela de Cambaya y dos bandas de tela de palmera. Extienden en el suelo una de estas sábanas de tela y entonces se acercan dos viejas que traen en la mano, cada una, una gran trompeta de caña. Colocándose sobre la sábana, hacen una salutación al sol, y se envuelven con los otros géneros que están en el plato. Una de las dos viejas se cubre la cabeza con un pañuelo que ata sobre su frente, de manera que forma dos cuernos, y cogiendo en las manos otro pañuelo, baila y toca al mismo tiempo la trompeta, invocando de cuando en cuando al sol. La otra vieja toma una de las bandas de tela de palmera, baila y toca igualmente su trompeta, y volviéndose hacia el sol, le dirige algunas palabras. La otra coge entonces la otra banda de tela de palmera, arroja el pañuelo que tenía en la mano, y ambas tocan juntas sus trompetas, bailando durante largo espacio alrededor del cerdo, que permanece atado y tendido en tierra. Durante este tiempo, la primera habla al sol con una voz ronca, en tanto que la otra le responde. Después de esto se ofrece un vaso de vino a la primera, que lo toma, sin cesar de bailar y de dirigirse al sol.
Se lo acerca cuatro o cinco veces a la boca, fingiendo que quiere beber, pero el líquido lo desparrama sobre el corazón del cerdo. Devuelve en seguida la taza y entonces le pasan una lanza, que agita, siempre bailando y hablando, y la endereza varias veces contra el corazón del cerdo, al que al fin atraviesa de parte a parte, con un golpe rápido y bien dirigido. Tan luego como retira la lanza de la herida, cierran ésta y la curan con hierbas medicinales. Durante todas estas ceremonias permanece alumbrada una antorcha, que la vieja que ha herido al cerdo coge y mete en su propia boca para apagarla. La otra vieja humedece el extremo de su trompeta en la sangre del cerdo, con la cual va tocando y ensangrentando la frente de los asistentes, comenzando por su marido; pero no se dirigió a nosotros. Concluido esto, las dos viejas se desvisten, comen de lo que se había traído en los dos platos primeros, invitando a que coman con ellas a las mujeres y no a los hombres. Se depila en seguida al cerdo al fuego, sin que jamás coman de este animal antes de que haya sido purificado de esta manera. Sólo las viejas pueden practicar dicha ceremonia.
A la muerte de uno de sus jefes, se verifican también ceremonias extrañas, según yo mismo he podido ver. Las mujeres más respetadas del lugar se dirigen a la casa del muerto, en medio de la cual está colocado el cadáver, dentro de una caja, alrededor de la cual tienden cuerdas para formar una especie de recinto. Y atan a estas cuerdas ramas de árboles, y en medio de estas ramas, se cuelgan telas de algodón, en forma de pabellón, bajo las cuales toman asiento las mujeres de que acabo de hablar, cubiertas con un trapo blanco, y teniendo cada una una sirvienta a su lado que las refresque con un abanico de palmera. Las demás mujeres están sentadas alrededor de la pieza con un aire triste, y una de ellas con un cuchillo corta poco a poco los cabellos del muerto. Otra que ha sido la esposa principal (porque aunque un hombre pueda tener tantas mujeres como le plazca, una sola es la principal) se tiende sobre él de tal manera que tiene su boca, sus manos y sus pies, sobre la boca, las manos y los pies del muerto. En tanto que la primera corta los cabellos, ésta llora, cantando cuando se detiene la primera. Por todo el ámbito de la pieza se ven vasos de porcelana con fuego, en los cuales, de tiempo en tiempo, echan mirra, estoraque y benjuí, que esparcen una fragancia muy agradable. Esta ceremonia se continúa durante cinco o seis días, en los cuales no se saca el cadáver de la casa, por lo cual creo que tienen cuidado de embalsamarlo para que no se corrompa. Al fin se le entierra en el mismo cajón, que cierran con clavijas de madera, colocándolo en el cementerio, que es un local cerrado con tablas.
Se nos aseguró que diariamente un pájaro negro, del tamaño de un cuervo, venía durante la noche a posarse sobre las casas, infundiendo con sus gritos miedo a los perros, que se ponían a aullar todos mientras no venía el alba. No se nos quiso jamás decir la causa de este fenómeno de que todos fuimos testigos. Consignaré otra observación acerca de sus extrañas costumbres. He dicho ya que estos indígenas andan completamente desnudos, sin más que una tira de palmera que les cubre sus órganos genitales. Todos los hombres, tanto jóvenes como viejos, llevan el prepucio cerrado con un pequeño cilindro de oro o de estaño, del grueso de una pluma de ganso, que lo atraviesa de alto abajo, dejando al medio una abertura para el paso de la orina, y guarnecido en los dos extremos de cabezas parecidas a las de nuestros clavos grandes, los cuales también, a veces, se ven erizados con puntas en forma de estrellas. Me aseguraron que no se quitaban jamás esta especie de adorno, aun durante el coito; que eran sus mujeres las que querían eso, siendo ellas las que preparaban de este modo desde la infancia a sus hijos: pero lo que hay de cierto es que, a pesar de tan extraño aparato, todas las mujeres nos preferían a sus maridos… No faltan víveres en esta isla: además de los animales que he nombrado ya, existen perros y gatos que se comen. Crece también arroz, mijo, panizo y maíz, naranjas, limones, caña de azúcar, cocos, cidras, ajos, jengibre, miel y otros productos. Hacen vino de palma y hay también oro en abundancia.
Cuando alguno de nosotros bajaba a tierra, ya fuese de día o de noche, encontraba siempre indígenas que lo invitaban a comer y a beber. Comen sus guisados a medio cocer, en extremo salados, lo que les incita a beber mucho, y en efecto beben muy a menudo, sorbiendo por medio de tubos de caña el vino contenido en los vasos. Gastan ordinariamente en comer cinco o seis horas.
En esta isla hay varias aldeas, cada una de las cuales tiene algunos personajes respetables que hacen de jefes. He aquí los nombres de las aldeas y de sus respectivos jefes: Cingapola; sus jefes son Cilaton, Ciguibucan, Cimaninga, Cimaticat, Cicanbul; Mandani, que tiene por jefe a Ponvaan; Lalan, cuyo jefe es Seten; Lalutan, que tiene por jefe a Japau; Lubucin, cuyo jefe es Cilumai. Todas estas aldeas estaban bajo nuestra obediencia y nos pagaban una especie de tributo. Cerca de la isla de Zubu hay otra llamada Matan, que posee un puerto del mismo nombre, donde anclaban nuestras naves. La principal aldea de esta isla se llama también Matan, cuyos jefes eran Zula y Cilapulapu. En esta isla era donde estaba situada la aldea de Bulaya, que quemamos.
Viernes 26 de abril, Zula, uno de los jefes de la isla de Matan, remitió al comandante, con uno de sus hijos, dos cabras, con encargo de decirle que si no le enviaba todo lo que le había prometido, no era culpa suya sino del otro jefe llamado Cilapulapu, que no quería reconocer la autoridad del rey de España; pero que si a la noche siguiente quería despachar en su auxilio una chalupa con hombres armados, se comprometía a batir y subyugar enteramente a su rival. Con este mensaje, el comandante se resolvió a ir allí en persona con tres chalupas, y aunque le rogamos que no fuese, nos respondió que, como buen pastor, no debía abandonar su rebaño.
Partimos a media noche, provistos de coraza y de casco, en número de sesenta, el rey cristiano, el príncipe su yerno y varios jefes de Zubu, con cierto número de hombres armados que nos siguieron en veinte o treinta balangayes: y habiendo llegado a Matan tres horas antes de que aclarase, el comandante resolvió no atacar, sino que envió a tierra al moro para que dijese a Cilapulapu y a los suyos que si querían reconocer la soberanía del rey de España, obedecer al rey cristiano de Zubu, y pagar el tributo que acababa de pedírseles, serían considerados como amigos, y que en caso contrario, conocerían la fuerza de nuestras lanzas. Los isleños no se amedrentaron con nuestras amenazas, respondiendo que tenían también lanzas, aunque sólo de cañas puntiagudas y estacas endurecidas al fuego.
Pidieron sólo que no se les atacase durante la noche porque con los refuerzos que esperaban se habían de hallar en mayor número: lo que decían maliciosamente para animarnos a que los atacásemos inmediatamente, con la esperanza de que caeríamos en los fosos que habían excavado entre la orilla del mar y sus casas.
Esperamos efectivamente el día y saltamos entonces en tierra con el agua hasta los muslos, no habiendo podido aproximarse las chalupas a la costa a causa de las rocas y de los bajíos. Éramos en todo cuarenta y nueve hombres, habiendo dejado once a cargo de las chalupas, y siéndonos preciso marchar algún tiempo en el agua antes de poder ganar tierra.
Encontramos a los isleños en número de mil quinientos, formados en tres batallones, que en el acto se lanzaron sobre nosotros con un ruido horrible, atacándonos dos por el flanco y uno por el frente. Nuestro comandante dividió entonces su tropa en dos pelotones: los mosqueteros y los ballesteros tiraron desde lejos durante media hora sin causar el menor daño a los enemigos, o al menos muy poco, porque aunque las balas y las flechas penetrasen en sus escudos, formados de tablas bastante delgadas, y aun algunas veces los herían en los brazos, eso no les detenía, porque tales heridas no les producían una muerte instantánea, según se lo tenían imaginado, y aun con eso se ponían más atrevidos y furiosos.
Por lo demás, fiándose en la superioridad del número, nos arrojaban nubes de lanzas de cañas, de estacas endurecidas al fuego, piedras y hasta tierra, de manera que nos era muy difícil defendernos. Hubo aun algunos que lanzaron estacas enastadas contra nuestro comandante, quien para alejarlos e intimidarlos, dispuso que algunos de los nuestros fuesen a incendiar sus cabañas, lo que ejecutaron en el acto. La vista de las llamas los puso más feroces y encarnizados: algunos aun acudieron al lugar del incendio, que devoró veinte o treinta casas, y mataron en el sitio a dos de los nuestros. Su número parecía aumentar tanto como la impetuosidad con que se arrojaban contra nosotros.
Una flecha envenenada vino a atravesar una pierna al comandante, quien inmediatamente ordenó que nos retirásemos lentamente y en buen orden; pero la mayor parte de los nuestros tomó precipitadamente la fuga, de modo que quedamos apenas siete u ocho con nuestro jefe.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 3ª parte

UniversalisCosmographia
El domingo 7 de abril entramos en el puerto de Zubu. Pasamos cerca de varias aldeas, en que vimos casas construidas sobre los árboles, y cuando estuvimos cerca de la ciudad, el comandante hizo enarbolar todos los pabellones y arriar todas las velas, haciendo una descarga general de artillería que produjo gran alarma entre los isleños. El comandante despachó entonces a uno de sus allegados, acompañado del intérprete, como embajador cerca del rey de Zubu. Al llegar a la ciudad encontraron al rey rodeado de una multitud inmensa, alarmada por el ruido de las bombardas. Comenzó el intérprete por tranquilizar al rey diciéndole que tal era nuestro uso y que este ruido no era sino un saludo en señal de paz y amistad, para honrar a la vez al rey y a la isla.
Estas palabras tranquilizaron a todos. Preguntó el rey, por medio de su ministro, al intérprete, qué era lo que nos llevaba a su isla y qué queríamos: a lo cual contestó aquél que su señor, que mandaba la escuadra, era un capitán que estaba al servicio del rey más grande de la tierra, y que el objeto de nuestro viaje era llegar a Maluco, pero que el rey de Massana, donde había tocado, habiéndole hecho grande elogio de su persona, había venido para darse el gusto de visitarle, y al mismo tiempo para tomar refrescos en cambio de mercaderías de las nuestras.
Replicó el rey que fuese bien venido, pero que le advertía que todas las naves que entraban a su puerto para comerciar, debían comenzar por pagarle cierto derecho: en prueba de lo cual, añadió, no hacía aún cuatro días que este derecho había sido cubierto por un junco de Siam, que había llegado a tomar esclavos y oro; llamando en seguida a un mercader moro, llegado también de Siam con el mismo objeto, a fin de que testificase la verdad de lo qué acababa de expresar.
Respondió el intérprete que su señor, siendo capitán de un tan poderoso rey, no había de pagar derecho a ningún otro de la tierra; que si el de Zubu quería la paz, le traía la paz, pero que si quería guerra, se la haría.
El mercader de Siam, aproximándose entonces al rey, le dijo en su idioma: cata raja chita, esto es, señor, tened mucho cuidado con esto; esta gente (nos creía portugueses) son los que han conquistado a Calicut, Malaca y todas las grandes Indias. El intérprete, que había entendido lo que el mercader acababa de decir, añadió que su rey era aún mucho más poderoso, tanto por sus ejércitos como por sus escuadras, que el de Portugal, a quien el siamés se refería; que era el rey de España y Emperador de todo el mundo cristiano, y que si hubiese preferido tenerle por enemigo más bien que por amigo, habría enviado un número bastante considerable de hombres y de naves para destruir su isla entera. El moro confirmó al rey lo que el intérprete acababa de expresar. El rey, sintiéndose entonces embarazado, contestó que se pondría de acuerdo con nto, al enviado del comandante y al intérprete un almuerzo de varios guisados, compuestos todos de carnes, en platos de porcelana.
Después del almuerzo, nuestros enviados regresaron a bordo y nos hicieron relación de todo lo que les había acontecido. El rey de Massana, que, después del de Zubu, era el más poderoso soberano de estas islas, desembarcó para prevenirle al rey de las buenas disposiciones de que nuestro jefe venía animado a su respecto.
Al siguiente día, el escribano de nuestra nave y el intérprete fueron a Zubu, saliéndoles a su encuentro el rey, acompañado de sus jefes, y después de haber hecho sentar delante de sí a nuestros dos enviados, les dijo que, convencido de lo que acababa de oír, no sólo no exigía derecho alguno, sino que, si lo pedían, estaba presto a hacerse tributario del Emperador. Se le replicó entonces que sólo se le exigía el privilegio de tener el comercio exclusivo de su isla, en lo cual consintió el rey, encargándoles manifestar a nuestro jefe que si quería ser verdaderamente su amigo, no tenía más que sacarse un poco de sangre del brazo derecho y enviársela, que él por su parte haría otro tanto: lo que sería testimonio de que ambos se habían de guardar una amistad sólida y leal: asegurándole el intérprete que todo se haría como él lo deseaba. El rey añadió entonces que todos los capitanes amigos que llegaban a su puerto le hacían algún presente, recibiendo de él otros a cambio, dejando al comandante la elección de dar primero estos presentes o de recibirlos. Repuso el intérprete que, puesto que parecía atribuir tanta importancia a este uso, no tenía más que comenzar: en lo que el rey consintió.
El martes por la mañana, el rey de Massana, acompañado del mercader moro, vino a bordo de nuestra nave, y después de haber saludado al comandante de parte del rey de Zubu, le dijo que estaba encargado de avisarle que aquél se hallaba ocupado en reunir todos los víveres que pudiera encontrar para obsequiárselos, y que después de mediodía le enviaría a su sobrino con alguno de sus ministros para establecer la paz. Dioles el comandante las gracias, haciéndoles ver al mismo tiempo un hombre armado de punta en blanco, diciéndoles que en caso que hubiera de combatir, nos armaríamos todos de la misma manera. El moro se sobrecogió de miedo al ver un hombre armado de ese modo; pero el comandante le tranquilizó, asegurándole que nuestras armas eran tan ventajosas a nuestros amigos como fatales a nuestros adversarios; que nos hallábamos en estado de ahuyentar a todos los enemigos de nuestro rey y de nuestra fe con la misma facilidad con que nos limpiábamos con el pañuelo el sudor de la frente. El comandante asumió este tono orgulloso y amenazante para que el moro hiciese de ello relación al rey.
Efectivamente, después de comer, llegaron a bordo el sobrino del rey, que era el heredero presunto de su reino, con el rey de Massana, el moro, el gobernador o ministro y el preboste mayor, con ocho jefes de la isla, para contratar con nosotros una alianza de paz. El comandante les recibió con bastante dignidad: se sentó en un sillón de terciopelo rojo, ofreciendo sillas de la misma tela al rey de Massana y al príncipe, los jefes fueron a sentarse en sillas de cuero y los otros en esteras.
El comandante hizo preguntar por medio del intérprete si era costumbre hacer los tratados en público, y si el príncipe y el rey de Massana tenían los poderes necesarios para concluir un tratado de alianza con él. Se le contestó que estaban autorizados para ello y que se podía hablar en público. El comandante les manifestó entonces todas las ventajas de esta alianza, pidió a Dios que la confirmase en el cielo, añadiendo varias otras cosas que le inspiraron el cariño y el respeto por nuestra religión.
Preguntó si el rey tenía hijos hombres, a lo que le contestaron que sólo tenía mujeres, la mayor de las cuales era la esposa de su sobrino, que era en ese momento su embajador, y que a causa de este matrimonio, era considerado como príncipe heredero. Hablando de la sucesión entre ellos, se nos dijo que cuando los padres alcanzan cierta edad no se les guardaban ya consideraciones, y que el mando pasaba entonces a los hijos.
Este discurso escandalizó al comandante, quien condenó esta costumbre, atendiendo a que Dios, que ha creado el cielo y la tierra, decía, ha ordenado expresamente a los hijos de honrar padre y madre, amenazando castigar con el fuego eterno a los que transgrediesen este mandamiento; y para hacerles sentir mejor la fuerza de este precepto divino, les dijo: «Que estábamos todos igualmente sujetos a las leyes divinas, porque somos todos descendientes de Adán y Eva»; añadiendo otros pasajes de la historia sagrada que causaron gran placer a estos isleños y excitaron en ellos el deseo de ser instruidos en los principios de nuestra religión, de manera que rogaron al comandante que les dejara, a su partida, uno o dos hombres capaces de enseñárselos, y a quienes no se dejaría de honrar mucho entre ellos. Pero el comandante les dio a entender que la cosa más esencial para ellos era hacerse bautizar, lo que podía ejecutarse antes de su partida; que él no podía por el momento dejar entre ellos a ninguno de la tripulación, pero que regresaría un día trayéndoles sacerdotes para que les instruyesen en todo lo relativo a nuestra religión.
Manifestaron lo agradable que les era este discurso y que recibirían gustosos el bautismo, pero que antes querían consultar a su rey sobre este punto. El comandante les dijo entonces que tuviesen cuidado de no hacerse bautizar por el solo temor que pudiésemos inspirarles, o por la esperanza de obtener ventajas temporales, porque su intención no era molestar a ninguno de ellos porque conservase la fe de sus padres, sin disimular, sin embargo, que los que se hiciesen cristianos serían los más amados y mejor tratados. Todos exclamaron entonces que no era por temor ni complacencia hacia nosotros que querían abrazar nuestra religión, sino por un movimiento de su propia voluntad.
El comandante les prometió en seguida dejarles armas y una armadura completa, según la orden que había recibido de su soberano; advirtiéndoles, a la vez, que era necesario que bautizasen también a sus mujeres, sin lo cual debían separarse de ellas y no conocerlas carnalmente, si no querían caer en pecado. Habiendo sabido que pretendían tener frecuentes apariciones del diablo, que les infundían gran temor, les aseguró que si se hacían cristianos, el diablo no se atrevería a mostrárseles más, a no ser en la hora de la muerte. Estos isleños, conmovidos y persuadidos de todo lo que acababan de oír, respondieron que tenían plena confianza en él, oyendo lo cual el comandante, llorando de puro conmovido, los abrazó a todos. Tomó entonces entre las suyas la mano del príncipe y del rey de Massana y dijo que por la fe que tenía en Dios, por la fidelidad que debía al Emperador su señor, y por el traje mismo que vestía, establecía y prometía una paz perpetua entre el rey de España y el rey de Zubu. Los dos embajadores hicieron igual promesa.
Después de esta ceremonia se sirvió el almuerzo y en seguida los indianos presentaron al comandante, de parte del rey de Zubu, grandes cestas llenas de arroz, puercos, cabras y gallinas, excusándose de que el regalo que ofrecían no era más digno de tan gran personaje.
Por su parte, el comandante dio al príncipe un paño blanco de tela muy fina, un bonete rojo, algunos hilos de cuentas de vidrio y una taza de vidrio dorado, por ser el vidrio muy estimado entre estos pueblos.
No hizo ningún regalo al rey de Massana porque acababa de darle una chupa de Cambaya y algunas otras cosas. Hizo también presentes a todas las demás personas que acompañaban a los embajadores.
Después que hubieron partidos los isleños, el comandante me envió a tierra, acompañado de otro, para llevar los presentes destinados al rey, los cuales consistían en una chupa de seda amarilla y violeta, hecha a la turquesa, un bonete rojo y algunos hilos de cuentas de cristal, puesto todo en un plato de plata, con dos tazas de vidrio dorado que llevábamos en la mano.
Al llegar a la ciudad, encontramos al rey en su palacio, acompañado de un gran cortejo. Estaba sentado en el suelo sobre un tapete de palmera: desnudo, sin más que un pedazo de tela de algodón que le cubría sus partes naturales, un velo bordado con aguja alrededor de la cabeza, un collar de gran precio al cuello, y en las orejas dos grandes anillos de oro circundados de piedras preciosas. Era pequeño, obeso, y estaba pintado de diferentes maneras, por medio del fuego. Comía en el suelo, sobre otra estera, huevos de tortuga puestos en dos platos de porcelana, teniendo delante de sí cuatro cántaros llenos de vino de palmera, cubiertos con hierbas odoríferas. En cada uno de los cántaros había un tubo de caña, por medio del cual bebía.
Después que hubimos saludado al rey, el intérprete le expresó que el comandante, su amo, la agradecía el regalo que acababa de hacerle, enviándole en retomo algunos objetos, no como recompensa, sino como testimonio sincero de la amistad que con él acababa de contraer. Después de este preámbulo, le vestimos la chupa, le colocamos en la cabeza el bonete y le presentamos los demás regalos que llevábamos para él.
Antes de ofrecerle las tazas de vidrio, yo las bajaba y las levantaba delante de mí, movimientos que el rey imitó al recibirlas. En seguida nos hizo probar los huevos y beber de su vino por medio de los tubos de que se servía. Mientras comíamos, los que habían estado a bordo le refirieron todo lo que él comandante les había dicho tocante a la paz y la manera como los había exhortado a que abrazasen el cristianismo. El rey quiso también darnos de cenar, pero nos excusamos y nos despedimos de él.
El príncipe, su yerno, nos condujo a su propia morada, donde encontramos a cuatro jóvenes que se ejercitaban en la música: una tocaba un tambor parecido a los nuestros, pero colocado en tierra: otra tenía a su lado dos timbales y en cada mano una especie de clavija o pequeño martillo, cuya extremidad estaba guarnecida de tela de palmera, con el cual golpeaba ya sobre el uno ya sobre el otro; la tercera tocaba de la misma manera sobre un gran timbal; y la cuarta tenía en la mano dos pequeños címbalos, que, golpeándolos alternativamente uno sobre el otro, producían un sonido muy suave. Guardaban todas tan bien el compás, que era necesario concederles un gran conocimiento de la música. Estos timbales, que son de metal o de bronce, se fabrican en el país del Signo Magno, y le sirven de campana; se les llama agon. Estos isleños tocan también una especie de violín, cuyas cuerdas son de cobre.
Estas jóvenes eran muy bonitas y casi tan blancas como nuestras europeas, y aunque eran ya adultas, no por eso estaban menos desnudas; algunas tenían, sin embargo, un pedazo de tela de corteza de árbol, que les descendía desde la cintura hasta las rodillas; pero las otras estaban completamente desnudas. El agujero de las orejas era muy grande, hallándose guarnecido de un círculo de madera para ensancharlo más y darle redondez. Tenían los cabellos negros y largos, y se ceñían la cabeza con un pequeño velo. No usan jamás zapatos ni otro calzado. Merendamos en casa del príncipe y regresamos en seguida.
Habiendo muerto uno de los nuestros durante la noche, el miércoles por la mañana, acompañado del intérprete, regresé donde el rey para pedirle permiso para el entierro, y que con este objeto nos indicase un sitio. Le encontramos rodeado de un numeroso cortejo, y nos respondió que, puesto que el comandante podía disponer de él y de todos sus súbditos, con mayor razón podía disponer de sus tierras. Añadí que para enterrar al muerto debíamos consagrar el lugar de la sepultura y plantar en él una cruz, y el rey no sólo dio su consentimiento, sino que añadió que adoraría, como nosotros, la cruz.
Se consagró lo mejor que fue posible la plaza misma de la ciudad, destinada a servir de cementerio a los cristianos, según los ritos de la Iglesia, a fin de inspirar a los indianos una buena opinión de nosotros, y ahí enterramos en seguida el muerto. La misma tarde enterramos otro.
Habiendo desembarcado ese día muchas de nuestras mercaderías, las depositamos en una casa que el rey tomó bajo su protección, lo mismo que a cuatro nombres que el comandante dejó ahí para comerciar por mayor. Este pueblo, que es amigo de la justicia, usa pesos y medidas. Hacen las balanzas de un pedazo de palo, sostenido hacia el medio por una cuerda, y de un lado está el platillo de la balanza atado a un extremo del fiel por tres pequeñas cuerdas, y en el otro hay una pesa de plomo que equivale al peso del platillo. Del mismo lado se añaden las pesas, que representan libras, medias libras, tercios, etc., colocando sobre el platillo las especies que se quiere pesar. Poseen también medidas de longitud y de capacidad. Estos isleños son dados al placer y a la ociosidad. Hemos ya contado la manera como las jóvenes tocan los timbales; usan también una especia de gaita, que se asemeja mucho a la nuestra y que llaman subin.
Hacen sus casas de postes, tablas y cañas, y tienen cuartos como los nuestros; y hallándose en alto, queda debajo un vacío que sirve de gallinero y de establo para los puercos, cabras y gallinas.
Se nos refirió que había en estos mares pájaros negros, parecidos a cuervos, que cuando las ballenas aparecen en la superficie del agua, esperan que abran la boca para lanzarse dentro, yendo directamente a arrancarles el corazón, que se van a comer lejos. La sola prueba que nos dieron de este hecho fue que suele verse al pájaro negro comiendo el corazón de la ballena, y que a ésta se la encuentra muerta sin el corazón. Añadían que este pájaro se llama lagan, que tiene el pico dentado y la epidermis negra, pero que su carne es blanca y buena para comer.
El día viernes abrimos nuestro almacén y expusimos todas nuestras mercaderías, que los isleños miraban con admiración. Por el bronce, el hierro y demás mercaderías pesadas, nos daban oro; nuestras bujerías y otras menudencias se cambiaban por arroz, puercos, cabras y algunos comestibles. Nos daban diez piezas de oro, cada una del valor de ducado y medio, por catorce libras de hierro. El comandante prohibió que se mostrase demasiada estimación por el oro, sin cuya orden cada marinero habría vendido todo lo que poseía para procurarse este metal, lo que habría arruinado para siempre nuestro comercio.
Habiendo prometido el rey a nuestro comandante abrazar la religión cristiana, se había fijado para que tuviese lugar esta ceremonia el día domingo 14 de abril. Con este objeto, en la plaza que ya habíamos consagrado, se levantó un cadalso, adornado con tapices y hojas de palma. Bajamos a tierra en número de cuarenta, fuera de dos hombres armados de punta en blanco que precedían la real bandera. En el momento en que pusimos pie en tierra, las naves hicieron una descarga general de artillería, lo que no dejó de atemorizar a los isleños. Abrazáronse el rey y el comandante. Subimos al cadalso, donde se habían colocado para ellos dos sillas de terciopelo negro y azul. Los jefes de los isleños se sentaron en cojines y los restantes en esteras.
Entonces el comandante hizo decir al rey que, entre las otras ventajas de que iba a gozar haciéndose cristiano, tendría la de vencer más fácilmente a sus enemigos: a lo cual respondió el rey que gustaba de hacerse cristiano aun sin este motivo, pero que habría tenido grandísimo placer en poder hacerse respetar de ciertos jefes de la isla que rehusaban sometérsele alegando que eran hombres como él, y que así no querían obedecerle. Habiéndolos hecho llamar, el comandante les significó por medio del  intérprete que si no obedecían al rey como a su soberano, los haría matar a todos y daría sus bienes al rey: por lo cual todos los jefes prometieron reconocer su autoridad.
El comandante, por su parte, aseguró al rey que, a su regreso de España, vendría con fuerzas mucho más considerables y que le haría el monarca más poderoso de estas islas: recompensa quque creía que era debida por ser el primero que abrazaba la religión cristiana.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 2ª parte.

15159_a1
… Tienen los cabellos negros y los llevan tan largos que les caen sobre la cintura. Sus armas son cuchillos, escudos, mazas y lanzas guarnecidas de oro. Como instrumentos de pesca usan dardos, arpones y redes hechas más o menos como las nuestras. Sus embarcaciones se asemejan también a aquellas de que nos servimos.
El lunes santo, 25 de marzo, me encontré en el mayor peligro. Nos hallábamos a punto de partir y yo quería pescar, para lo cual, para colocarme cómodamente, puse el pie sobre una verga humedecida por la lluvia, hube de resbalarme y caí al mar sin que nadie lo notase. Afortunadamente, la cuerda de una vela que pendía sobre el agua estaba cerca, me sujeté a ella y me puse a gritar con tanta fuerza que me oyeron, viniendo con el esquife en mi auxilio: lo que sin duda no debe atribuirse a mi propio mérito, sino a la misericordiosa protección de la muy Santa Virgen. En el mismo día partimos, y gobernando entre el oeste y el sudoeste, pasamos en medio de cuatro islas llamadas Cerralo, Huinangan, Ibusson y Abarien.
Jueves 28 de marzo, habiendo divisado durante la noche luz en una isla, en la mañana pusimos la proa a ella, y cuando estuvimos a poca distancia, vimos que se aproximaba a nuestra nave una pequeña embarcación, que llaman bototo, tripulaba por ocho hombres. El capitán tenía un esclavo natural de Sumatra, llamada antiguamente Taprobana, quien salió a hablarles en la lengua de su país, y a pesar de que le comprendieron y vinieron a situarse a cierta distancia de nuestra nave, no quisieron subir a bordo, y aun parecían estar temerosos de acercársenos mucho. El comandante, viendo su desconfianza, arrojó al mar un bonete rojo y algunas otras bagatelas, atadas a una tabla, las cuales cogieron dando señales de mucha alegría; pero incontinenti partieron, habiendo sabido después que se habían apresurado a ir a advertir a su rey de nuestra llegada.
Dos horas más tarde, vimos que venían hacia nosotros dos balangayes (nombre que dan a sus grandes embarcaciones) llenos de hombres, hallándose el rey en el más grande, bajo una especie de dosel formado de esteras. Cuando el rey estuvo cerca de nuestra nave, le dirigió la palabra el esclavo del capitán, habiéndole comprendido perfectamente, porque los reyes de estas islas hablan varios idiomas. Dispuso que algunos de los que le acompañaban subiesen a bordo, habiéndose él mismo quedado en su balangay, y partido tan pronto como los suyos estuvieron de regreso. El comandante hizo una acogida muy afable a los que habían subido a bordo, regalándoles también algunos presentes, sabido lo cual por el rey, quiso antes de alejarse obsequiar al comandante un lingote de oro y una cesta llena de jengibre, presente que el comandante agradeció, pero que no quiso aceptar. Hacia la noche fuimos con la escuadra a fondear cerca de la casa del rey.
Al día siguiente el comandante despachó a tierra el esclavo que le servía de intérprete, para decir al rey que si tenía algunos víveres que enviarnos se los pagaríamos bien; asegurándole, a la vez, que no habíamos venido hasta él para cometer hostilidades sino para ser sus amigos. Con esto el rey en persona vino en nuestra chalupa a bordo, con seis u ocho de sus principales súbditos, y después de subir, abrazó al comandante, presentándole tres vasos de porcelana llenos de arroz crudo y cubiertos de hojas; dos doradas muy grandes y algunos otros objetos. El comandante le ofreció por su parte una chupa de paño rojo y amarillo, hecha a la turquesa, y un bonete rojo fino. Obsequió también a los de su séquito, dando, a unos, espejos y, a otros, cuchillos. En seguida hizo servir el almuerzo, ordenando al esclavo intérprete que dijese al rey que quería vivir con él como hermano, lo que pareció darle grandísimo gusto.
Extendió en seguida delante del rey paños de diversos colores, telas, cuchillos y otras mercaderías; hízole también ver todas las armas de fuego, hasta la artillería gruesa, ordenando aun disparar algunos tiros, de que los isleños se manifestaron muy atemorizados. Hizo armar de punta en blanco a uno de nosotros, encargando a tres hombres que le diesen sablazos y puñaladas para manifestar al rey que nada podría herir a una persona armada de esta manera, y después de sorprenderse mucho, por medio del intérprete, hizo decir al capitán que un hombre tal podía combatir contra ciento. Es verdad, replicó el intérprete en nombre del comandante, y cada una de las tres naves tiene doscientos hombres armados de esta manera. Se le hizo examinar en seguida despacio cada pieza de la armadura y todas nuestras armas, indicándole la manera de servirse de ellas.
Después de esto le condujo al castillo de popa, y habiéndose hecho traer el mapa y la brújula, le explicó por medio del intérprete, cómo había encontrado el Estrecho para llegar al mar en que nos hallábamos, y cuántas lunas había pasado en el mar sin divisar tierra.
El rey, admirado de todo lo que acababa de oír y de ver, se despidió del comandante, rogándole que despachase con él a dos de los suyos, para hacerle ver, a su vez, algunas particularidades de su país. El comandante me envió con otro para que acompañase al rey.

Cuando pusimos pie en tierra, el rey levantó las manos al cielo y se volvió en seguida hacia nosotros, como también todos los que nos seguían: nosotros hicimos otro tanto. El rey me cogió entonces de la mano, y uno de los principales hizo igual cosa con mi camarada, en cuya forma seguimos hasta un tinglado hecho de cañas en que estaba un balangay que tenía cerca de cincuenta pies de largo y que se asemejaba a una galera.

Después de sentarnos en la popa, procuramos darnos a entender por señas, porque no disponíamos de intérprete. Los del séquito del rey, de pie, le rodeaban, armados de lanzas y de escudos. Se nos sirvió entonces un plato de carne de puerco con un gran cántaro lleno de vino. Después de cada bocado de carne, nos bebíamos una escudilla de vino, la cual, cuando no se vaciaba enteramente (lo que no era frecuente), se echaba el resto en otro cántaro. La escudilla estaba siempre lista sin que nadie osase tocarla, a no ser él y yo.
Todas las veces que el rey quería beber, antes de tomar la escudilla, levantaba las manos al cielo, las volvían en seguida hacia nosotros, y en el momento en que la cogía con la mano derecha, extendía hacia mí la izquierda, con el puño cerrado, de tal modo que la primera vez que ejecutó esta ceremonia, creí que me iba a dar una bofetada; y en esta actitud permanecía durante todo el tiempo que bebía, y habiendo notado que todos los demás le imitaban en esto, ejecuté con él otro tanto. De esta manara comimos sin que pudiese excusarme de probar la carne, a pesar de que era viernes santo. Antes de que llegase la hora de la cena, obsequió al rey varias cosas que para este efecto había llevado conmigo; preguntándole al mismo tiempo los nombres que algunos objetos tenían en su idioma, habiéndose sorprendido todos al vérmelos escribir. Llegada la cena, se trajeron dos grandes platos de porcelana, uno con arroz y otro con cocido de puerco, observándose durante la cena las mismas ceremonias que antes he descrito. De allí pasamos al palacio del rey, que tenía la forma de un montón de heno, sostenido por cuatro gruesos postes, cubierto con hojas de plátano, y tan en alto, que para
subir a él hubimos de necesitar escalera.
Cuando entramos, el rey nos hizo sentar sobre esteras de cañas, con las piernas cruzadas, como los sastres sobre su mesa. Media hora más tarde trajeron un plato de pescado asado, cortado en pedazos, jengibre acabado de coger, y vino. Habiéndose presentado el hijo mayor del rey, le hizo sentar a nuestro lado. Sirviéronse entonces otros dos platos: uno de pescado cocido y otro de arroz para comer con el príncipe heredero. Mi compañero de viaje bebió sin tasa y se embriagó. Las velas para alumbrarse las hacen de una especie de goma de árbol, que llaman anime, que se envuelve en hojas de palmera o de plátano.
El rey, después de habernos significado que quería acostarse, se fue, dejándonos con su hijo, con quien dormimos sobre una estera de cañas y apoyando la cabeza sobre almohadas hechas de hojas de árboles.
Al día siguiente, el rey me vino a ver por la mañana, y habiéndome tomado de la mano, me condujo al lugar en que habíamos cenado la víspera, para que almorzásemos juntos; pero como nuestra chalupa había venido a buscarnos, presenté mis excusas al rey y partí con mi compañero. El rey parecía de muy buen humor: nos besó las manos y nosotros le besamos las suyas. Su hermano, que era rey de otra isla, nos acompañó a bordo con otros tres hombres, habiéndole el comandante dejado a comer y obsequiándole varias bagatelas.
El rey que nos había acompañado nos dijo que en su isla se encontraban pedazos de oro tan grandes como nueces, y aun como huevos, mezclados con la tierra, la cual se cernía para encontrarlos, y que todos sus vasos y aun algunos adornos de su casa eran de este metal. Se hallaba vestido muy aseadamente, según la usanza de su país, y era el hombre más bello que he visto en estos pueblos. Sus cabellos negros le caían sobre la espalda, un velo de seda le cubría la cabeza y dos anillos de oro le pendían de las orejas.
Desde la cintura hasta la rodilla le colgaba un paño de algodón bordado con seda; llevaba al costado una especie de daga o espada, que tenía un largo mango de oro y cuya vaina era de madera muy bien trabajada. Sobre cada uno de sus dientes se veían tres pintas de oro, de manera que se hubiera dicho que tenía todos sus dientes ligados con este metal. Estaba perfumado con estoraque y benjuí, y su piel, aunque estaba pintada, se veía que era de color oliváceo.
Tenía de ordinario su morada en una isla en que se hallan los países de Butuán y Calagán; pero cuando los dos reyes quieren conferenciar, se citan en la isla de Massana, donde actualmente nos hallábamos. El primero se llama raja (rey) Colambu, y el otro raja Siagu.
El día de Pascua, que era el último del mes de marzo, el comandante envió temprano a tierra al capellán con algunos marineros para hacer los preparativos necesarios para decir misa; despachando al mismo tiempo al intérprete para que dijese al rey que desembarcaríamos en la isla, pero no para comer con él sino para cumplir con una ceremonia de nuestro culto: el rey aprobó todo y nos envió dos puercos muertos. Bajamos a tierra en número de cincuenta, sin llevar nuestra armadura completa, pero sin embargo armados y vestidos lo mejor que pudimos; en el momento en que nuestras chalupas tocaron la playa, se dispararon seis tiros de bombarda en señal de paz. Saltamos a tierra, donde los dos reyes, que habían salido a nuestro encuentro, abrazaron al comandante colocándole entre ellos dos. De esta manera fuimos marchando en orden, hasta el sitio en que debía decirse la misa, que no estaba muy distante de la playa.
Antes que comenzase la misa, el comandante aspergió a los dos reyes con agua almizclada. En el momento de la oblación, fueron, como nosotros, a besar la cruz, pero no hicieron el ofrecimiento, y en el momento de alzar, adoraron la eucaristía con las manos juntas, imitando siempre lo que hacíamos. En este instante, las naves, habiendo visto la señal, hicieron una descarga general de artillería. Después de la misa, algunos de nosotros comulgaron, y en seguida el comandante hizo ejecutar una danza con espadas, lo que produjo mucho placer a los soberanos.
Después de esto, mandó traer una gran cruz adornada de clavos y de la corona de espinas, delante de la cual nos prosternamos, cosa en que también nos imitaron los isleños.
Entonces el comandante, por medio del intérprete, dijo a los reyes que esta cruz era el estandarte que le había sido confiado por el emperador para plantarla adonde quiera que abordase, y que, por lo tanto, quería levantarla en esta isla, a la cual este signo sería, por lo demás, favorable, porque todas las naves europeas que en adelante viniesen a visitarla, conocerían, al verla, que allí habíamos sido recibidos como amigos y no harían ninguna violencia ni a sus personas ni a sus propiedades; y que, aun en el caso que alguno de ellos fuese apresado, no tenía más que mostrar la cruz para que se le devolviese en el acto su libertad. Agregó que era conveniente colocar esta cruz en la cumbre más elevada de los alrededores, a fin de que todos pudieran verla, y que todas las mañanas era necesario adorarla; añadiendo que si seguían este consejo, ni el rayo ni la tempestad les causarían en adelante daño alguno. Los reyes, que no dudaban en manera alguna de todo lo que el comandante acababa de decirles, le dieron las gracias, asegurándole, por medio del intérprete, que se hallaban perfectamente satisfechos y que ejecutarían de buen grado todo lo que acababa de encargarles.
Les hizo preguntar cuál era su religión, si eran moros o gentiles: a lo que contestaron que no adoraban ningún objeto terrestre; pero levantando las manos juntas y los ojos al cielo, dieron a entender que adoraban a un Ser Supremo, que llamaban Abba, lo que causó gran contento en nuestro comandante. Entonces el raja Colambu, levantando las manos al cielo, le significó que había deseado mucho darle algunas pruebas de su amistad; y habiéndole preguntado el intérprete por qué tenía tan pocos víveres, le respondió que a causa de que no residía en esta isla, donde sólo venía a cazar o a celebrar entrevistas con su hermano, y que su residencia ordinaria era en otra isla, donde vivía también su familia. El comandante expresó al rey que, si tenía enemigos, se uniría gustoso a él con sus naves y sus guerreros para combatirlos: a lo que contestó dándole las gracias y diciendo que se hallaba en realidad en guerra con los habitantes de dos islas, pero que no era entonces la ocasión oportuna para atacarlos. Se acordó ir después de mediodía a plantar la cruz a la cumbre de una montaña, concluyendo la fiesta con las descargas de nuestros mosqueteros que se habían formado en batallón: después de lo cual el rey y el comandante se abrazaron, regresando nosotros a bordo.
Después de comer, bajamos todos a tierra, sin armas, y acompañados de los dos reyes, subimos a la cumbre de la montaña más elevada de los alrededores y en ella plantamos la cruz, expresando el comandante durante el trayecto las ventajas que de este acto debían resultar a los isleños. Adoramos todos a la cruz y los reyes hicieron otro tanto. Al descender, atravesamos por campos cultivados, dirigiéndonos al sitio en que estaba el balangay, y donde los reyes hicieron llevar refrescos.
El comandante había ya preguntado cuál era el puerto más a propósito que había en los alrededores para abastecer las naves y expender las mercaderías: a lo que se le contestó que había tres, Ceilán, Zubu y Calagán: pero que el de Zubu era el mejor, y como estaba decidido a llegar a él, le ofrecieron pilotos que le condujesen. Habiendo terminado la ceremonia de la adoración de la cruz, el comandante fijó el día siguiente para nuestra partida, ofreciendo a los reyes dejarles un rehén que respondiese por los pilotos hasta que los hubiese despachado, lo cual aprobaron.
Por la mañana, cuando estábamos a punto de levantar el ancla, el rey Colambu nos hizo decir que vendría gustoso a servimos de piloto, pero que se veía obligado a demorarse todavía por algunos días para hacer la cosecha del arroz y de otros productos de la tierra, rogando, a la vez, al comandante que se sirviese enviarle algunos hombres de la tripulación a fin de ayudarle para concluir más pronto el trabajo. El comandante le envió, efectivamente, algunos, pero los reyes habían comido y bebido tanto el día anterior, que, ya sea porque su salud se hubiese alterado, ya sea por causa de embriaguez, no pudieron dar orden alguna, encontrándose, en consecuencia, los nuestros sin tener nada que hacer. Durante los dos días siguientes se trabajó mucho y la tarea se acabó.
Pasamos en esta isla siete días, durante los cuales tuvimos ocasión de estudiar sus usos y costumbres. Sus habitantes se pintan el cuerpo y andan desnudos, cubriendo solamente sus órganos genitales con un pedazo de género. Las mujeres usan un jubón de corteza dé árbol, que les desciende de la cintura para abajo. Sus cabellos son negros y les llegan a veces hasta los pies; las orejas las tienen agujereadas y adornadas con anillos y pendientes de oro.
Son grandes bebedores, y pasan mascando una fruta llamada areca (Areca cathecu, Linneo) que se asemeja a una pera, y que cortan en trozos, que envuelven, mezclados con un poco de cal, en hojas que se parecen a las del moral, del mismo árbol, llamado betel. Después de bien mascadas, las escupen, quedándoles la boca teñida de rojo. No hay ninguno de estos isleños que no masque el fruto del betel, el cual, según se pretende, les refresca el corazón, y aun se asegura que morirían si se privasen de él. Los animales que hay en esta isla son perros, gatos, cochinos, cabras y gallinas, y como vegetales comestibles el arroz, el mijo, panizo, maíz, cocos, naranjas, limones, plátanos y jengibre. Hay también cera.
El oro existe en abundancia, según se verá por dos hechos de que he sido testigo. Un hombre nos trajo una espuerta con arroz e higos, solicitando en cambio un cuchillo, y cuando el comandante, en lugar de éste, le ofreció algunas monedas, y entre otras una doble pistola de oro, la rehusó prefiriendo el cuchillo. Otro quiso cambiar un grueso lingote de oro macizo por seis hilos con cuentas de vidrio, cambio que el comandante prohibió expresamente aceptar, temiendo que esto no diera a entender a los isleños que apreciábamos más el oro que el vidrio y nuestras demás mercaderías.
La isla de Massana se halla hacia el 9° 40′ de latitud norte y a 162° de longitud occidental de la línea de demarcación: dista veinticinco leguas de la isla de Humunu. De ahí partimos dirigiéndonos al sudeste, pasando en medio de cinco islas llamadas Ceilán, Bohol, Canigán, Baybay y Gatigán, en la última de las cuales vimos murciélagos tan grandes como águilas: uno que matamos lo comimos, habiéndole encontrado sabor de gallina. Existen también palomas, tórtolas, loros y otros pájaros negros, tan grandes como una gallina, que ponen huevos del tamaño de los de patos y que son excelentes para comer. Se nos aseguró que la hembra pone sus huevos en la arena y que el calor del sol bastaba para incubarlos. De Massana a Gatigán hay veinte leguas.
Partimos de Gatigán dejando el cabo al oeste, y como el rey de Massana, que deseaba ser nuestro piloto, no podía seguimos con su piragua, le esperamos cerca de tres islas llamadas Polo, Ticobón y Pozón. Cuando nos hubo alcanzado, lo hicimos pasar a bordo de nuestra nave con algunos de su séquito, lo que le agradó mucho, dirigiéndonos a la isla de Zubu. De Gatigán a Zubu hay quince leguas…
___________________
La Taprobana de los antiguos no es Sumatra, como dice Pigafetta, sino la isla de Ceilán.
Calagán se refiere a Mindanao

 

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II

Clementoni150084x69C-31616OK
SALIDA DEL ESTRECHO HASTA LA MUERTE DEL CAPITÁN
MAGALLANES Y NUESTRA PARTIDA DE ZUBU
Miércoles 28 de noviembre, desembocamos por el Estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos en seguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos durante el espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco. El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda. Para no morirnos de hambre, nos vimos aun obligados a comer pedazos de cuero de vaca con que se había forrado la gran verga para evitar que la madera destruyera las cuerdas.
Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que era necesario sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos en seguida sobre las brasas. A menudo aun estábamos reducidos a alimentarnos de serrín, y hasta las ratas, tan repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado por cada una.
Sin embargo, esto no era todo. Nuestra mayor desgracia era vernos atacados de una especie de enfermedad que hacía hincharse las encías hasta el extremo de sobrepasar los dientes en ambas mandíbulas, haciendo que los enfermos no pudiesen tomar ningún alimento. De éstos murieron diecinueve y entre ellos el gigante patagón y un brasilero que conducíamos con nosotros. Además de los muertos, teníamos veinticinco marineros enfermos que sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo, pero que al fin sanaron. Por lo que toca a mí, no puedo agradecer bastante a Dios que durante este tiempo y en medio de tantos enfermos no haya experimentado la menor dolencia.
Durante este lapso de tres meses y veinte días, recorrimos más o menos cuatro mil leguas en este mar, que llamamos Pacífico porque durante todo el curso de nuestra travesía no experimentamos tormenta alguna. Tampoco descubrimos durante este tiempo ninguna tierra, a excepción de dos islas desiertas, en las cuales no hallamos más que pájaros y árboles, y por esta razón las designamos con el nombre de islas Infortunadas. No encontramos fondo a lo largo de sus costas y sólo vimos algunos tiburones. Están a doscientas leguas la una de la otra, la primera por el grado quince de latitud meridional, y la segunda por el 9°. Según la estela de nuestra nave, que medíamos por medio de la cadena de popa, recomamos cada día de sesenta a setenta leguas; y si Dios y su Santa Madre no nos hubiesen favorecido con una navegación feliz, habríamos todos perecido de hambre en un mar tan dilatado. No pienso que nadie en el porvenir ha de querer emprender semejante viaje.
Si al salir del Estrecho hubiésemos querido seguir hacia el oeste, sobre el mismo paralelo, habríamos dado la vuelta al mundo, y, sin encontrar tierra alguna, habríamos regresado por el Cabo Deseado al de las Once Mil Vírgenes, estando los dos situados hacia el grado 52 de latitud meridional.
El polo Antártico no goza de las mismas constelaciones que el Ártico, viéndose en él dos grupos de pequeñas estrellas nebulosas que parecen nubecillas, a poca distancia uno de otro. En medio de estos grupos de pequeñas estrellas se descubren dos muy grandes y brillantes, cuyo movimiento es poco aparente; indican el polo Antártico.
Aunque la aguja imantada declinaba un poco del norte verdadero, sin embargo se volvía siempre al polo Ártico, pero sin obrar con tanta fuerza como cuando se dirige a su propio polo. Cuando estuvimos en alta mar, el comandante en jefe indicó a todos los pilotos el punto a que debían ir, preguntándoles qué camino marcaban sobre sus cartas, y contestándole todos que seguían el que les tenía ordenado, les replicó que iban errados y que era preciso corregir la aguja, porque hallándose en el sur, no tenía tanta fuerza para buscar el verdadero norte como cuando estaba del lado del norte mismo. Hallándonos en el medio del mar, descubrimos hacia el oeste cinco estrellas muy brillantes colocadas exactamente en forma de cruz.
Navegamos entre el oeste y el noroeste cuarta de noroeste, hasta que llegamos bajo la línea equinoccial, a ciento veintidós grados de longitud de la línea de demarcación, que está a treinta grados al oeste del primer meridiano, y éste a tres grados al oeste de Cabo Verde.
En el curso de nuestra ruta costeamos dos islas muy elevadas, situada la una hacia el grado 20° de latitud meridional y la otra hacia el 15°: la primera se llama Cipango, y la segunda Sumbdit-Pradit. Después que hubimos pasado la línea, navegamos entre el oeste y el noroeste cuarta oeste. En seguida corrimos doscientas leguas al oeste; después de lo cual cambiamos de nuevo de dirección, corriendo a cuarta de sudoeste, hasta que nos hallamos por el grado 13° de latitud septentrional. Esperábamos llegar por esta ruta al cabo de Gaticara, que los cosmógrafos han colocado en esta latitud; pero se han equivocado, porque este cabo se halla 12° más al norte. Sin embargo, es preciso disculparles este error, ya que no han visitado, como nosotros, estos parajes.
Cuando hubimos corrido setenta leguas en esta dirección, hallándonos por el grado doce de latitud septentrional y por el ciento cuarenta y seis de longitud, el 6 de marzo, que era miércoles, descubrimos hacia el noroeste una pequeña isla, y en seguida dos más al sudoeste. La primera era más elevada y más grande que las dos últimas. Quiso el comandante en jefe detenerse en la más grande para tomar refrescos y provisiones; pero esto no nos fue posible porque los isleños venían a bordo y se robaban ya una cosa ya otra, sin que nos fuese posible evitarlo. Pretendían obligarnos a bajar las velas y a que nos fuésemos a tierra, habiendo tenido aun la habilidad de llevarse el esquife que estaba amarrado a popa, por lo cual el capitán, irritado, bajó a tierra con cuarenta hombres armados, quemó cuarenta o cincuenta casas y muchas de sus embarcaciones y les mató siete hombres. De esta manera recobró el esquife, pero no juzgó oportuno detenerse en esta isla después de todos estos actos de hostilidad. Continuamos, pues, nuestra ruta en la misma dirección.
Al tiempo de bajar a tierra para castigar a los isleños, nuestros enfermos nos pidieron que si alguno de los habitantes era muerto, les llevásemos los intestinos, porque estaban persuadidos que comiéndoselos habían de sanar en poco tiempo. Cuando los nuestros herían a los isleños con flechas (que no conocían) de modo que los pasaban de parte a parte, estos desgraciados trataban de sacárselas del cuerpo, ya por un extremo ya por el otro; las miraban en seguida con sorpresa, muriendo a menudo de la herida: lo que no dejaba de darnos lástima. Sin embargo, cuando nos vieron partir, nos siguieron con más de cien canoas, y nos mostraban pescado, como si quisieran vendérnoslo; mas, cuando se hallaban cerca de nosotros, nos lanzaban piedras y en seguida huían. Pasamos por medio de ellos a velas desplegadas, aunque supieron evitar con habilidad el choque de las naves.
Vimos también en sus canoas mujeres que lloraban y se arrancaban los cabellos, probablemente porque habíamos muerto a sus maridos. Estos pueblos no conocían ley alguna, siguiendo sólo su propia voluntad; no hay entre ellos ni rey ni jefe; no adoran nada; andan desnudos; algunos llevan una barba larga y cabellos negros atados sobre la frente y que les descienden hasta la cintura. Usan también pequeños sombreros de palma. Son grandes y bien hechos; su tez es de un color oliváceo, habiéndosenos dicho que nacían blancos, pero que con la edad cambiaban de color. Poseen el arte de pintarse los dientes de rojo y negro, lo que pasa entre ellos por una belleza. Las mujeres son hermosas, de buen talle y más blancas que los hombres; tienen los cabellos muy negros, lisos, que les llegan hasta el suelo; andan desnudas como los hombres, salvo que se cubren sus partes genitales con un angosto pedazo de género, o más bien de una corteza, delgada como papel, que fabrican de las fibras de la palma. Sólo trabajan en sus casas en la confección de esteras y cestas de hojas de palma y de otras labores semejantes del uso doméstico. Hombres y mujeres se untan los cabellos y todo el cuerpo con aceite de cocos y de seselí.
Aliméntase este pueblo de aves, peces voladores, patatas, de una especie de higos de un medio pie de largo (plátano), de la caña de azúcar y de otras frutas semejantes. Sus casas son de madera, techadas con hojas de plátanos, y con departamentos bastante aseados, provistos de ventanas, y de lechos muy blandos que hacen de esteras de palma muy finas y extienden sobre la paja amontonada. No tienen más armas que lanzas cuya punta está provista de un aguzado hueso de pescado. Los habitantes de estas islas son pobres, pero muy diestros y sobre todo hábiles ladrones, con cuyo nombre los designamos.
Sus diversiones consisten en pasearse con sus mujeres en canoas semejantes a las góndolas de Fusino, cerca de Venecia, pero son más angostas y pintadas de negro, blanco o rojo. La vela la forman hojas de palma cosidas entre sí en forma de latina; está siempre colocada de un lado, y en el opuesto, para dar equilibrio a la vela y al mismo tiempo para contrapesar la canoa, atan un grueso poste puntiagudo con palos atravesados de cuya manera navegan sin peligro. El timón se asemeja a una pala de panadero, esto es, a una vara a cuyo extremo está atada una tabla. No hacen diferencia entre la proa y la popa, por cuya razón tienen un timón a cada extremo. Son buenos nadadores y no temen aventurarse en alta mar, como delfines.
Manifestáronse tan sorprendidos y admirados de vernos, que llegamos a creer que no habían conocido hasta entonces más hombres que los habitantes de sus islas.
El día 16 de marzo, al levantarse el sol, nos hallamos cerca de una tierra alta, a trescientas leguas de las islas de los Ladrones. Pronto notamos que era una isla, que se llama Zamal, detrás de la cual existe otra que no está habitada y que después supimos que se decía Humunu. Aquí fue donde el comandante en jefe quiso al día siguiente desembarcar para hacer aguada con más seguridad y gozar de algún reposo después de un tan largo y penoso viaje, para lo cual hizo inmediatamente armar dos tiendas para los enfermos y matar una puerca.
El lunes, dieciocho del mes, después de la comida, vimos venir hacia nosotros una embarcación con nueve hombres, con cuyo motivo el comandante ordenó que ninguno hiciese el menor movimiento o dijese la menor palabra sin su permiso. Cuando llegaron a tierra, el jefe de ellos se dirigió al comandante, manifestándole por ademanes el placer que experimentaba en vermos. Cuatro de los más adornados se quedaron con nosotros, habiendo ido los restantes a llamar a sus compañeros que estaban ocupados de la pesca y con los cuales regresaron.
El comandante, viéndolos tan tranquilos, les hizo dar de comer, ofreciéndoles al mismo tiempo algunos bonetes rojos, pequeños espejos, peines, cascabeles, algunas telas, objetos de marfil y otras bagatelas semejantes. Los isleños, encantados de la acogida del capitán, le regalaron pescado, un vaso lleno de vino de palma, que llaman uroca, plátanos de más de un palmo de largo y otros más pequeños, aunque de mejor gusto, y dos frutos del cocotero, indicándonos a la vez por señales que por el momento no tenían más que ofrecernos, pero que en cuatro días más regresarían trayéndonos arroz, que llaman umay, cocos y otros víveres.
Los cocos son el fruto de una especie de palma, de que sacan su pan, su vino, su aceite y su vinagre. Para procurarse el vino, hacen en la cúspide de la palma una incisión que penetra hasta la médula, por donde sale gota a gota un licor que se asemeja al mosto blanco, pero que es un tanto agrio. Recogen este licor en los tubos de una caña del grueso de una pierna, que se ata en el árbol y que se tiene cuidado de vaciar dos veces al día, mañana y tarde.
El fruto de esta palmera es del tamaño de la cabeza de un hombre y aun algunas veces más grande; su corteza primera, que es verde, tiene dos dedos de espesor y está compuesta de filamentos de que se sirven para hacer las cuerdas que usan para sus embarcaciones. Encuéntrase, en seguida, una segunda corteza más dura y más consistente que la de la nuez, de la cual, quemándola, sacan un cierto polvo que utilizan.
Hay en el interior una médula blanca, del espesor de un dedo, que se come a guisa de pan, con la carne y el pescado. En el centro de la nuez y en medio de esta médula existe un licor transparente, dulce y fortificante, y si después de haber vaciado este licor en un vaso, se le deja reposar, toma la consistencia de una manzana. Para procurarse el aceite se toma la nuez, dejando fermentar la médula con el licor, y haciéndolo hervir en seguida resulta un aceite espeso como mantequilla.
Para obtener el vinagre, se deja en reposo el líquido solo, el cual, estando expuesto al sol, se pone ácido y parecido al vinagre que se hace del vino blanco. Nosotros fabricábamos también un licor que se asemejaba a la leche de cabra, raspando la médula, remojándola en el mismo líquido y colándola en seguida. Los cocoteros se parecen a las palmeras que dan los dátiles, aunque sus troncos, sin poseer tan gran número de nudos, no son tampoco bien lisos.
Una familia de diez personas puede mantenerse de dos cocoteros, practicando alternativamente cada semana las incisiones en el uno y dejando reposar al otro, a fin de que una sangría permanente del líquido no les haga perecer. Se nos ha dicho que un cocotero vive un siglo entero.
Los isleños se familiarizaron bastante con nosotros, por cuyo medio pudimos saber de ellos los nombres de muchas cosas, especialmente de los objetos que nos rodeaban; así fue como supimos que su isla se llamaba Zuloan.
No es muy grande. Sus habitantes eran afables y honrados. Por deferencia a nuestro jefe, le condujeron en sus canoas a los depósitos en que tenían sus mercaderías, como clavo de olor, pimienta, nuez moscada, oro, etc., dándonos a entender por señas que las regiones hacia donde nos dirigíamos producían en abundancia todas estas especias. El comandante les invitó, a su vez, a que pasasen a bordo de su nave, donde les hizo ver todo lo que podía sorprenderles por la novedad.
En el momento en que iban a partir hizo disparar una bombarda, de la que se espantaron tanto que muchos se preparaban a tirarse al mar para huir, aunque no costó mucho persuadirles de que no tenían nada que temer, de suerte que se despidieron tranquilamente, asegurándonos que regresarían muy pronto, según nos lo habían prometido antes. La isla desierta en la cual estábamos instalados la nombran los insulares Humunu, pero nosotros la designamos con el nombre de Aguada de los Buenos Indicios, porque habíamos encontrado ahí dos vertientes de un agua exquisita, y porque observamos las primeras señales de que había oro en el país.
Se encuentra también en ella el coral blanco, árboles cuyos frutos, más pequeños que los de nuestros almendros, se asemejan mucho a los piñones del pino, varias especies de palmeras, de las cuales algunas producen fruto comestible, y otras no.
Habiendo percibido a nuestro derredor cierto número de islas, el quinto domingo de cuaresma, que se llama de Lázaro, les dimos el nombre de archipiélago de San Lázaro18. Se halla situado hacia el grado diez de latitud septentrional y a ciento sesenta y uno de longitud de la línea de demarcación.
El viernes, día veintidós del mes, cumplieron los isleños su palabra, llegando con dos canoas llenas de cocos, naranjas y un cántaro repleto de vino de palma y un gallo para manifestarnos que tenían gallinas. Compramos todo lo que trajeron. Su jefe era un anciano, con el rostro pintado y pendientes de oro en las orejas; y los de su séquito traían en los brazos brazaletes de oro y pañuelos que les rodeaban la cabeza.
Pasamos ocho días en esta isla, yendo el comandante diariamente a tierra a visitar a los enfermos, llevándoles vino de cocotero, que les probaba muy bien. Los habitantes de las islas inmediatas a aquella en que estábamos, usaban en las orejas unos agujeros tan grandes y las tenían tan prolongadas, que por él se podía pasar el brazo. Estos pueblos son cafres, esto es, gentiles. Andan desnudos, cubriendo sólo sus órganos sexuales con un trozo de corteza de árbol, y algunos jefes con un pedazo de tela de algodón, bordada con seda en sus dos extremos. Son de color oliváceo y generalmente bastante obesos. Se pintan y se engrasan todo el cuerpo con aceite de cocotero y de jenjelí, para preservarse, según dicen, del sol y del viento….

________________________________

Islas de San Lázaro,  las que en seguida se llamaron Filipinas.
Estas islas no están situadas, como dice Pigafetta, en el grado ciento sesenta y uno, y aunque es
verdad que hasta el tiempo de Dampierre se erraba su longitud en veinticinco grados, es dudoso que
Magallanes hubiese caído en este error, estando interesado en hacer creer que las Molucas se hallaban antes
del grado ciento ochenta.
9819277
Fernando de Magallanes y sus compañeros de viaje se dieron cuenta en 1520, durante su travesía por los Mares del Sur, de que algunas estrellas conocidas desaparecían del cielo tras ellos bajo el horizonte norte y otras nuevas surgían ante sus ojos a medida que se desplazaban hacia latitudes meridionales. Para su sorpresa, el firmamento austral no sólo albergaba constelaciones desconocidas hasta entonces en Europa, sino que, además, poseía una mayor riqueza estelar que el cielo que habitualmente se observaba desde España y Portugal. Constataron que la redondez de la Tierra no sólo determinaba los cambios de posición del Sol en el cielo, sino que, además, al sur del ecuador terrestre se ven estrellas y objetos celestes invisibles desde las latitudes europeas. Por eso, como ya sabemos actualmente, desde los países boreales no es posible contemplar constelaciones como la Cruz del Sur y desde el sur de América el horizonte impide ver la Osa Mayor.

Sin duda, lo que más llamó la atención en el cielo a la expedición de Magallanes fueron dos extrañas nubes que destacaban poderosamente en el cielo sur junto al trazo blanquecino de la Vía Láctea. Esos dos cuerpos celestes se conocen universalmente en la actualidad como las Nubes de Magallanes, en honor del marinero portugués que logró pasar, por primera vez, desde el océano Atlántico al Pacífico bordeando por el sur el continente americano.
foto2

 

PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. Antonio de Pigafetta.

Ravensburger100070x50R-19004OK
… Pasamos en este puerto trece días, continuando en seguida nuestra derrota pegados a la costa hasta los 34° 40′ de latitud meridional, donde encontramos un gran río de agua dulce. Aquí es donde habitan los caníbales, es decir, los que comen carne humana.
Uno de ellos de estatura gigantesca y cuya voz se asemejaba a la del toro, se aproximó a nuestra nave para tranquilizar a sus compañeros, que, temiendo que les quisiésemos hacer daño, se alejaban de la costa para retirarse con sus efectos hacia el interior del país. Para no dejar escapar la ocasión de verles de cerca y de hablarles, saltamos a tierra en número de cien hombres, persiguiéndolos a fin de poder atrapar algunos, mas daban unos pasos tan desmesurados, que, aun corriendo y saltando, no pudimos nunca alcanzarlos.
Este río forma siete islas pequeñas, en la mayor de las cuales, llamada cabo de Santa María, se encuentran piedras preciosas. Anteriormente se había creído que esa agua no era la de un río sino un canal por el cual se pasaba al Mar del Sur; pero se vio bien pronto que no era sino un río que tiene diecisiete leguas de ancho en su desembocadura. Aquí fue donde Juan de Solís, que andaba como nosotros descubriendo nuevas tierras, fue comido con sesenta hombres de su tripulación por los caníbales, en quienes se había confiado demasiado.
Costeando siempre esta tierra hacia el polo Antártico, nos detuvimos en dos islas que sólo encontramos pobladas por pengüines y lobos marinos. Los primeros existen en tal abundancia y son tan mansos que en una hora cogimos provisión abundante para las tripulaciones de las cinco naves. Son negros y parece que tienen todo el cuerpo cubierto de plumas pequeñas, y las alas desprovistas de las necesarias para volar, como en efecto no vuelan: se alimentan de pescados y son tan gordos que para desplumarlos nos vimos obligados a quitarles la piel. Su pico se asemeja a un cuerno.
Los lobos marinos son de diferentes colores y más o menos del tamaño de un becerro, a los que se parecen también en la cabeza. Tienen las orejas cortas y redondas y los dientes muy largos; carecen de piernas, y sus patas, que están pegadas al cuerpo, se asemejan bastante a nuestras manos, con uñas pequeñas, aunque son palmípedos, esto es, que tienen los dedos unidos entre sí por una membrana, como las nadaderas de un pato. Si estos animales pudieran correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces. Nadan rápidamente y sólo viven de pescado.
En medio de estas islas experimentamos una tormenta terrible, durante la cual los fuegos de San Telmo, de San Nicolás y de Santa Clara se vieron varias veces en la punta de los mástiles; notándose cómo, cuando desaparecían, disminuía al instante el furor de la tempestad.
Alejándonos de estas islas para continuar nuestra ruta, alcanzamos a los 49° 30′ de latitud sur, donde encontramos un buen puerto; y como ya se nos aproximaba el invierno, juzgamos conveniente pasar ahí el mal tiempo.
Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Yo también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que pensaba que habíamos descendido del cielo.
Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos,parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita. Este hombre tenía también una especie de calzado hecho de la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera.
El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas; en seguida se le condujo a tierra, haciéndole acompañar de cuatro hombres bien armados.
Su compañero, que no había querido subir a bordo, viéndolo de regreso en tierra, corrió a advertir y llamar a los otros, que, notando que nuestra gente armada se acercaba hacia ellos, se ordenaron en fila, estando sin armas y casi desnudos, dando principio inmediatamente a su baile y canto, durante el cual levantaban al cielo el dedo índice, para damos a entender que nos consideraban como seres descendidos de lo alto, señalándonos al mismo tiempo un polvo blanco que tenían en marmitas de greda, que nos lo ofrecieron, pues no tenían otra cosa que damos de comer. Los nuestros les invitaron por señales a que viniesen a las naves, indicándoles que les ayudarían a llevar lo que quisiesen tomar consigo. Y en efecto vinieron; pero los hombres, que sólo conservaban el arco y las flechas, hacían llevar todo por sus mujeres, como si hubieran sido bestias de carga. Las mujeres no son tan grandes como los hombres, pero en cambio son más gruesas. Sus pechos colgantes tienen más de un pie de largo. Se pintan y visten de la misma manera que sus maridos, pero usan una piel delgada que les cubre sus partes naturales. Y aunque a nuestros ojos distaban enormemente de ser bellas, sin embargo sus maridos parecían muy celosos.
Conducían cuatro de los animales de que he hablado, pero eran nuevos, y los tiraban de una especie de cabestro. Se sirven de estos nuevos para atrapar los adultos: los atan a un arbusto; los adultos vienen a juntarse con ellos y los cazadores, ocultos en las malezas, los matan a flechazos. Los habitantes del país, hombres y mujeres, en número de dieciocho, habiendo sido invitados por nuestra gente para acercarse a las naves, se dividieron en dos grupos de los dos lados del puerto, entreteniéndonos con la caza de que he hablado.
Seis días después, algunos de nuestros marineros ocupados en recoger leña para el consumo de la escuadra, vieron otro gigante vestido como los de que nos acabábamos de separar, armado igualmente de arco y flechas. Al aproximarse a ellos, se tocaba la cabeza y el cuerpo y en seguida levantaba las manos al cielo, gestos que los nuestros imitaron; y habiendo sido advertido de ello el comandante en jefe, despachó el esquife a tierra para conducirle al islote que existía en el puerto, donde se había hecho una casa para establecer una fragua y un depósito de mercaderías.
Este hombre era más grande y mejor conformado que los otros, poseía maneras más suaves y danzaba y saltaba tan alto y con tanta fuerza que sus pies se enterraban varias pulgadas en la arena. Pasó algunos días en nuestra compañía, habiéndole enseñado a pronunciar el nombre de Jesús, la oración dominical, etc., lo que logró ejecutar tan bien como nosotros, aunque con voz muy recia. Al fin le bautizamos dándole el nombre de Juan. El comandante le regaló una camisa, una chupa, pantalones de paño, un gorro, un espejo, un peine, cascabeles y otras bagatelas, regresando entre los suyos al parecer muy contento de nosotros.
Al día siguiente obsequió al capitán uno de esos grandes animales de que hemos hablado, recibiendo en cambio otros presentes a fin de que nos trajese aún algunos más; pero desde ese día no le volvimos a ver y aun sospechamos que le hubiesen muerto sus camaradas por lo que se había ligado a los nuestros. Al cabo de quince días vimos venir hacia nosotros cuatro de estos hombres, y aunque se presentaron sin armas, supimos en seguida por dos de ellos que apresamos que las habían ocultado entre los arbustos: todos estaban pintados, pero de maneras diversas.
Quiso el capitán retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante el viaje y aun a España; pero viendo que era difícil apresarlos por la fuerza, usó del artificio siguiente: dioles gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de tal manera que tenían las dos manos llenas; en seguida les ofreció dos de esos anillos de hierro que sirven de prisiones, y cuando vio que deseaban mucho poseerlos (porque les gusta muchísimo el hierro) y que por lo demás no podían tomarlos con las manos, les propuso ponérselos en las piernas a fin de que les fuera más fácil llevárselos: consintieron en ello y entonces nuestros hombres les aplicaron las argollas de hierro, cerrando los anillos de manera que se encontraron encadenados. Tan pronto como notaron la superchería, se pusieron furiosos, soplando, aullando e invocando a Setebos, que es su demonio principal, para que viniese a socorrerles.
No contento con tener a estos hombres, el capitán deseaba también llevar a Europa las mujeres de esta raza de gigantes: a este efecto ordenó apresar a los dos restantes para obligarles a que condujesen a los nuestros al sitio en que se hallaban aquéllas; habiendo nueve de nuestros hombres más fuertes bastado apenas para arrojarlos al suelo y atarlos, y aun el uno de ellos lograba desatarse, en tanto que el otro hacía tan violentos esfuerzos que nuestros hombres le hirieron ligeramente en la cabeza, obligándole al fin a conducirles donde se hallaban las mujeres de nuestros dos prisioneros, las cuales, habiendo sabido lo que había acontecido a sus maridos, lanzaron tan fuertes gritos que las oíamos desde muy lejos. Juan Carvallo, piloto, que mandaba los nuestros, viendo que era tarde, no se cuidó de echar mano a la mujer cerca de la cual había sido conducido, sino que se quedó allí de guardia toda la noche. Durante esto, llegaron dos hombres más, que, sin manifestar descontento ni sorpresa, pasaron el resto de la noche con ellos; pero al aclarar el día, habiendo dicho algunas palabras a las mujeres, en un instante, emprendieron todos la fuga, hombres, mujeres y niños que corrían aún más ligero que los otros, abandonándonos su cabaña y todo lo que contenía. Sin embargo, uno de los hombres logró soltar los animalillos que les servían para cazar, y otro, oculto en un matorral, hirió en un muslo con una flecha envenenada a uno de los nuestros, que murió poco después. Aunque los nuestros hicieron fuego sobre los fugitivos, no lograron atraparlos, porque no corrían jamás en línea recta sino que saltaban de un lado y de otro y marchaban tan ligeros como un caballo a escape. Los nuestros quemaron la choza de estos salvajes y enterraron al muerto.
Por muy salvajes que sean, no dejan estos indios de poseer cierta especie de ciencia médica: por ejemplo, cuando se sienten mal del estómago, en lugar de purgarse, como lo haríamos nosotros, se introducen bastante adentro en la boca una flecha para provocar los vómitos, lanzando una materia verde, mezclada con sangre. Lo verde proviene de una especie de cardo de que se alimentan. Si tienen dolor de cabeza, se hacen una incisión en la frente, efectuando la misma operación en todas las partes del cuerpo donde sienten dolor, a fin de dejar salir una gran cantidad de sangre de la región dolorida. Su teoría, que nos fue explicada por uno de los que habíamos cogido, está en relación con su práctica: el dolor, dicen, es causado por la sangre que no quiere sujetarse en tal o tal parte del cuerpo; por consiguiente, haciéndola salir debe cesar el dolor.

Pigafetta

Llevan los cabellos cortados en forma de cerquillo, como los frailes, pero más largos, y sostenidos alrededor de la cabeza por un cordón de lana, en el cual colocan sus flechas cuando van de caza. Cuando el frío es muy intenso, se atan estrechamente sus partes naturales contra el cuerpo. Parece que su religión se limita a adorar al diablo. Pretenden que cuando uno de ellos está para expirar, se aparecen de diez a doce demonios que bailan y cantan a su derredor. Uno de ellos, que hace más ruido que los demás, es el jefe o gran diablo, que llaman Setebos; los inferiores se llaman cheléale. Están pintados como los habitantes del país. Nuestro gigante pretendía haber visto una vez un demonio con cuernos y pelos tan largos que le cubrían los pies, y arrojaba, según añadió, llamas por delante y por detrás.
Estos pueblos se visten, como lo he indicado ya, de la piel de un animal, y con la misma cubren sus cabañas, que transportan donde más les conviene, careciendo de morada fija, pero yendo, como los bohemios, a establecerse ya en un sitio ya en otro. Se alimentan de ordinario de carne cruda y de una raíz dulce que llaman capac. Son grandes comedores: los dos que habíamos cogido se comían cada uno en el día una cesta llena de bizcochos y se bebían de un resuello un medio cubo de agua. Devoraban los ratones crudos y aun con piel. Nuestro capitán dio a este pueblo el nombre de patagones. En este puerto, el cual pusimos el nombre de San Julián, gastamos cinco meses, durante los cuales no nos acontecieron más accidentes que aquellos de que vengo de hablar.
Habíamos apenas fondeado en este puerto cuando los capitanes de las otras cuatro naves formaron un complot para matar al comandante en jefe. Estos traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio Coca, contador, y Gaspar de Quesada. El complot fue descubierto: se descuartizó al primero y el segundo fue apuñalado. Se perdonó a Gaspar de Quesada, quien algunos días después meditó una nueva traición. Entonces el comandante, que no osaba quitarle la vida porque había sido creado capitán por el Emperador en persona, lo arrojó de la escuadra y lo abandonó en la tierra de los patagones con cierto sacerdote su cómplice.
En este lugar nos aconteció otra desgracia. La nave Santiago, que se había enviado a reconocer la costa, naufragó entre las rocas, aunque la tripulación se salvó por milagro. Dos marineros vinieron por tierra hasta el puerto en que nos hallábamos a darnos noticia del desastre, habiendo el comandante en jefe enviado en el acto algunos hombres con sacos de bizcocho. La tripulación se quedó durante dos meses en el sitio del naufragio para recoger los restos de la embarcación y las mercaderías que el mar arrojaba sucesivamente a la playa; y durante este tiempo se les llevaban víveres, aunque la distancia era de cien millas y el camino muy incómodo y fatigoso a causa de las espinas y malezas, en medio de las cuales se pasaba la noche, sin poseer otra bebida que el hielo, que había que romper, y esto mismo no se hacía sin trabajo.
En cuanto a nosotros, no nos hallábamos tan mal en este puerto, aunque ciertas conchas muy largas que en él se encontraban en gran abundancia no eran todas comestibles, si bien contenían perlas, aunque muy pequeñas. Encontramos también en los alrededores avestruces, zorros, conejos mucho más diminutos que los nuestros, y gorriones. Los árboles producen incienso.
Plantamos una cruz en la cumbre de una montaña vecina, que llamamos Montecristo, y tomamos posesión de esta tierra en nombre del rey de España. Partimos al fin de este puerto, y costeando, hacia los 50° 40′ de latitud sur, vimos un río de agua dulce en el cual entramos. Toda la escuadra estuvo ahí a punto de naufragar, a causa de los vientos deshechos que soplaban y embravecían el mar; mas Dios y los cuerpos santos (es decir, los fuegos que resplandecían en las puntas de los mástiles) nos socorrieron y nos salvaron. Pasamos ahí dos meses para abastecer las naves de agua y de leña. Nos proveímos también ahí de una especie de pescado, como de dos pies de largo y muy cubierto de escamas, bastante bueno para comer, aunque no cogimos la cantidad que nos hubiera sido necesaria. Antes de abandonar este sitio, dispuso el comandante que todos se confesasen y comulgasen como buenos cristianos.
Continuando nuestra derrota hacia el sur, el 21 del mes de octubre, hallándonos hacia los 52° de latitud meridional, encontramos un estrecho que llamamos de las Once Mil Vírgenes, porque ese día les estaba consagrado. Este estrecho, como pudimos verlo en seguida, tiene de largo 440 millas o 110 leguas marítimas de cuatro millas cada una; tiene media legua de ancho, a veces más y a veces menos, y va a desembocar a otro mar que llamamos Mar Pacífico. Este estrecho está limitado por montañas muy elevadas y cubiertas de nieve, y es también muy profundo, de suerte que no pudimos echar en él el ancla sino muy cerca de tierra y en veinticinco a treinta brazas de agua. Toda la tripulación estaba tan persuadida que este estrecho no tenía salida al oeste, que no se habría aun pensado en buscarla sin los grandes conocimientos del comandante en jefe. Este hombre, tan hábil como valeroso, sabía que era necesario pasar por un estrecho muy oculto, pero que él había visto figurado en un mapa que el rey de Portugal conservaba en su tesorería, construido por Martín de Bohemia, muy excelente cosmógrafo.
Tan pronto como entramos en estas aguas, que sólo se creían ser una bahía, el capitán envió dos naves, la San Antonio y la Concepción, para examinar dónde desembocaban o terminaban; en tanto que nosotros, con la Trinidad y la Victoria, los aguardábamos a la entrada.
En la noche sobrevino una borrasca terrible que duró treinta y seis horas, que nos obligó a abandonar las anclas y a dejarnos arrastrar dentro de la bahía, a merced de las olas y del viento. Las dos naves restantes, que fueron tan combatidas como las nuestras, no lograron doblar un cabo para reunírsenos; de suerte que, abandonándose a los vientos que las empujaban siempre hacia el fondo de lo que suponían ser una bahía, esperaban naufragar ahí de un instante a otro. Pero en el momento en que se creían perdidos, divisaron una pequeña abertura que tomaron por una ensenada de la bahía, en que se internaron; y viendo que este canal no estaba cerrado, comenzaron a recorrerlo y se encontraron en otra bahía al través de la cual continuaron su derrota hasta hallarse en otra angostura, de donde pasaron a una nueva bahía todavía mayor que las precedentes. Entonces, en vez de ir hasta el fin, juzgaron oportuno regresar a dar cuenta al capitán general de lo que habían visto.
Habíanse pasado dos días sin que hubiésemos visto reaparecer las dos naves enviadas a averiguar el término de la bahía, de modo que las creíamos perdidas por la tempestad que acabábamos de experimentar; y al divisar humo en tierra, conjeturamos que los que habían tenido la fortuna de salvarse habían encendido fuegos para anunciarnos que aún vivían después del naufragio. Mas, mientras nos hallábamos en esta incertidumbre acerca de su suerte, les vimos regresar hacia nosotros, singlando a velas desplegadas, los pabellones al viento: y cuando estuvieron más cerca, dispararon varios tiros de bombardas, lanzando gritos de alegría. Nosotros hicimos otro tanto, y cuando nos refirieron que habían visto la continuación de la bahía, o mejor dicho, del Estrecho, unímonos a ellos para proseguir nuestra derrota si fuera posible. Cuando hubimos entrado en la tercera bahía de que acabo de hablar, vimos dos desembocaduras o canales, uno al sudeste y el otro al sudoeste. El capitán general envió las dos naves, la San Antonio y la Concepción, al sudeste, para reconocer si este canal desembocaba en un mar abierto. La primera partió inmediatamente e hizo fuerza de velas, sin querer aguardar a la segunda, que quería dejar atrás, porque el piloto pensaba aprovecharse de la oscuridad de la noche para desandar el camino y regresarse a España por la misma derrota que acabábamos de hacer.
Ese piloto era Esteban Gómez, que odiaba a Magallanes por la sola razón de que cuando vino a España a hacer al Emperador la propuesta de ir a las Molucas por el oeste, Gómez había demandado y estaba a punto de obtener algunas carabelas para una expedición cuyo mando se le había de confiar. Tenía por propósito esta expedición realizar nuevos descubrimientos; pero la llegada de Magallanes fue causa de que se le negase su petición y de que no hubiese podido obtener más que una plaza subalterna de piloto; siendo, sin embargo, lo que más le irritaba encontrarse bajo las órdenes de un portugués. Durante la noche se concertó con los otros españoles de la tripulación y aprisionaron y aun hirieron al capitán de la nave, Álvaro de Mezquita, primo del capitán general, y le condujeron así a España. Esperaban haber llevado también a uno de los dos gigantes que habíamos cogido y que se encontraba a bordo de su nave, habiendo sabido a nuestro regreso que había muerto al aproximarse a la línea equinoccial, cuyo gran calor no había podido soportar.
La nave la Concepción, que no podía seguir de cerca a la San Antonio, no hizo más que cruzar en el canal esperando su regreso, aunque en vano. Habíamos entrado con las dos naves restantes en el otro canal que quedaba hacia el sudoeste; y continuando nuestra navegación, llegamos a un río que llamamos de las Sardinas, a causa de la inmensa cantidad de este pescado que allí vimos. En ese lugar fondeamos para esperar a las otras dos naves, y estuvimos cuatro días; aunque durante este tiempo se despachó una chalupa bien equipada para ir a reconocer el término de este canal, que debía desembocar en otro mar. Los tripulantes de esta embarcación regresaron al tercer día, anunciándonos que habían visto el cabo en que concluía el Estrecho, y un gran mar, esto es, el Océano. Todos lloramos de alegría. Este cabo se llamó el Deseado, porque, en efecto, desde largo tiempo ansiábamos por verlo.
Volvimos hacia atrás para reunimos a las otras dos naves de la escuadra, pero sólo encontramos a la Concepción, y habiendo preguntado al piloto Juan Serrano qué había sido del otro buque, nos respondió que lo creía perdido porque no le había vuelto a ver desde el punto en que había embocado al canal. El comandante en jefe dio entonces orden de que se le buscase por todas partes, especialmente en el canal en que había penetrado; despachó a la Victoria hasta la desembocadura del Estrecho, disponiendo que si no lo encontraba, en un lugar bien alto y bien prominente plantasen una bandera, a cuyo pie debía dejar en una olla una carta que indicase la ruta que se iba a seguir, a fin de que se pudiese unir a la escuadra. Esta manera de avisarse en caso de separación había sido acordada en el momento de nuestra partida. De la misma manera se pusieron dos señales más en lugares culminantes de la primera bahía y en una pequeña isla de la tercera, en que habíamos visto una cantidad de lobos marinos y pájaros. El comandante en jefe que con la Concepción aguardaba el regreso de la Victoria cerca del río de las Sardinas, hizo plantar una cruz en una pequeña isla al pie de dos montañas cubiertas de nieve de donde el río deriva su origen.
En caso que no hubiésemos descubierto este estrecho para pasar de un mar a otro, el comandante en jefe tenía determinado continuar su derrota al sur hasta el grado 75 de latitud meridional, donde durante el verano no hay noche, o, al menos, muy poca; así como no hay día en invierno. Mientras nos hallábamos en el Estrecho no teníamos sino tres horas de noche, y estábamos en el mes de octubre. La costa de este Estrecho, que del lado izquierdo se dirige al sudeste, es baja: dímosle el nombre de Estrecho de los Patagones. A cada media legua se encuentra en él un puerto seguro, agua excelente, madera de cedro, sardinas y marisco en gran abundancia. Había también hierbas, y aunque algunas eran amargas, otras eran buenas para comer, sobre todo una especie de apio dulce que crece en la vecindad de las fuentes y del cual nos alimentamos a falta de otra cosa mejor: en fin, creo que no hay en el mundo un estrecho mejor que éste. En el momento en que desembocábamos en el océano, presenciamos una caza curiosa que algunos pescados hacían a otros. Los hay de tres especies, esto es, dorados, albacoras y bonitos, que persiguen a los llamados peces voladores. Estos, cuando son perseguidos, salen del agua, despliegan sus nadaderas, que son bastante largas para servirles de alas, volando hasta la distancia de un tiro de ballesta: en seguida vuelven a caer al agua. Durante este tiempo, sus enemigos, guiados por su sombra, les siguen y en el momento en que vuelven a entrar en el agua, los cogen y se los comen.
Estos peces voladores tienen más de un pie de largo y son un excelente alimento. Durante el viaje cuidaba lo mejor que podía al gigante patagón que estaba a bordo, preguntándole por medio de una especie de pantomima el nombre de varios objetos en su idioma, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario: a lo que estaba tan acostumbrado que apenas me veía tomar el papel y la pluma, cuando venía a decirme el  Como se sabe, es el que se llama hoy de Magallanes, del nombre de su descubridor.
LIBRO II
SALIDA DEL ESTRECHO HASTA LA MUERTE DEL CAPITÁN
MAGALLANES Y NUESTRA PARTIDA DE ZUBU

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA

pz-1226172bo
LIBRO PRIMERO
PARTIDA DE SEVILLA HASTA LA DESEMBOCADURA DEL
ESTRECHO DE MAGALLANES
El capitán general Fenando de Magallanes había resuelto emprender un largo viaje por el Océano, donde los vientos soplan con furor y donde las tempestades son muy frecuentes. Había resuelto también abrirse un camino que ningún navegante había conocido hasta entonces; pero se guardó bien de dar a conocer este atrevido proyecto temiendo que se procurase disuadirle en vista de los peligros que había de correr, y que le desanimasen las tripulaciones. A los peligros naturalmente inherentes a esta empresa, se unía aún una desventaja para él, y era que los comandantes de las otras cuatro naves, que debían hallarse bajo su mando, eran sus enemigos, por la sencilla razón de que eran españoles y Magallanes portugués.
Antes de partir dictó algunos reglamentos, tanto para las señales como para la disciplina. Para que la escuadra marchase siempre en conserva, fijó para los pilotos y los maestres las reglas siguientes. Su nave debía siempre preceder a las demás, y para que de noche no se la perdiese de vista, llevaba en la popa un farol; si además de éste encendía una linterna o un estrenge, las demás naves debían hacer otro tanto, a fin de asegurarse de este modo que le seguían. Cuando encendía otras dos luces, sin el farol, las naves debían cambiar de dirección, ya para disminuir su andar, ya a causa de vientos contrarios.
Cuando encendía tres, significaba que debían quitarse las velas de ala, que son unas velas pequeñas que se colocan sobre la mayor cuando hace buen tiempo, para encapillar mejor el viento y acelerar la marcha. Se quitan las velas de ala cuando se prevé la tormenta, lo que se hace en ese caso necesario a fin de que no embaracen a los que deben cargar la vela.
Si encendía cuatro luces, era señal de que debían recogerse todas las velas; pero cuando estaban apagadas, estas cuatro luces significaban que debían extenderse. Varias luces y algunos tiros de bombarda servían para advertir que nos hallábamos cerca de tierra o de algún bajo, y en consecuencia, que era necesario navegar con mucho cuidado. Había otra señal para indicar cuándo debía fondearse.
Todas las noches se hacían tres guardias: la primera al caer la tarde, la segunda a las doce y la tercera hacia el fin de la noche. En consecuencia, toda la tripulación se hallaba dividida en tres guardias: el primer cuarto se hallaba a las órdenes del capitán; el piloto presidía el segundo, y el tercero pertenecía al maestre. El comandante general exigía la más severa disciplina de la tripulación, a fin de asegurar de ese modo el feliz éxito del viaje.
Lunes por la mañana, 10 de agosto del año 1519, una vez que la escuadra tuvo a bordo todo lo que era necesario, como igualmente su tripulación, compuesta de 237 hombres, se anunció la partida con una descarga de artillería, y se desplegaron las velas de trinquete.
Descendimos el río Betis hasta el puente del Guadalquivir, pasando cerca de Juan de Alfarache, en otro tiempo ciudad de los moros, muy poblada, donde había un puente del que no quedan más vestigios que dos pilares debajo del agua, de los cuales es preciso precaverse, y para no correr riesgo alguno, debe navegarse en este paraje con la alta marea y ayuda de pilotos.
Continuando el descenso del Betis, se pasa cerca de Coria y algunas otras aldeas hasta San Lúcar, castillo de propiedad del duque de Medina Sidonia. Ahí es donde está el puerto que da al océano, a diez leguas del cabo de San Vicente, en el grado 37 de latitud norte. De Sevilla a este puerto hay de diecisiete a veinte leguas.
Algunos días después, el comandante en jefe y los capitanes de las otras naves se vinieron en las chalupas desde Sevilla hasta San Lúcar, y se acabó de vituallar la escuadra. Todas las mañanas se bajaba a tierra para oír la misa en la iglesia de N. S. de Barrameda; y antes de partir, el jefe determinó que toda la tripulación se confesase, prohibiendo en absoluto que se embarcase mujer alguna en la escuadra. Partimos de San Lúcar el 20 de septiembre, dirigiéndonos hacia el sudoeste, y el 26 llegamos a una de las islas Canarias, llamada Tenerife, situada en 28 grados de latitud septentrional. Detuvímonos ahí tres días en un sitio adecuado para procurarnos agua y leña: en seguida entramos en un puerto de la misma isla, llamado Monte-Rosso, donde pasamos dos días.
Nos contaron de esta isla un fenómeno singular, que en ella jamás llueve, y que no hay ni fuente ni río, pero que crece un árbol grande cuyas hojas destilan continuamente gotas de un agua excelente, que se recoge en una cavidad al pie del árbol, donde los isleños van a coger el agua, y los animales, tanto domésticos como salvajes, a abrevarse. Una neblina espesa, que sin duda suministra el agua a las hojas, envuelve constantemente a este árbol
El lunes 3 de octubre hicimos rumbo directamente hacia el sur, pasando entre el Cabo verde y sus islas, situadas por los 30° 30′ de latitud septentrional, y después de haber corrido durante varios días a lo largo de la costa de Guinea, arribamos hacia el 8° grado de latitud septentrional, donde existe una montaña que se llama Sierra Leona. Aquí experimentamos vientos contrarios o calmas chichas acompañadas de lluvias, hasta la línea equinoccial, habiendo durado este tiempo lluvioso sesenta días, a pesar de la opinión de los antiguos.
 Hacia los 14° de latitud septentrional, experimentamos varias rachas violentas, que, unidas a las corrientes, no nos permitieron avanzar. Cuando venía alguna de estas rachas, tomábamos la precaución de amainar todas las velas, poniendo la nave de costado hasta que cesaba el viento. Durante los días serenos y de calma, nadaban cerca de nuestra nave grandes peces llamados tiburones. Estos peces poseen varias hiladas de dientes formidables, y si desgraciadamente cae un hombre al mar, lo devoran en el acto. Nosotros cogimos algunos con anzuelos de hierro; pero los más grandes no sirven para comer y los pequeños no valen gran cosa.
Durante las horas de borrasca, vimos a menudo el Cuerpo-Santo, es decir, San Telmo. En una noche muy oscura, se nos apareció como una bella antorcha en la punta del palo mayor, donde se detuvo durante dos horas, lo que nos servía de gran consuelo en medio de la tempestad. En el momento en que desapareció, despidió una tan grande claridad que quedamos deslumbrados, por decirlo así. Nos creíamos perdidos, pero el viento cesó en ese mismo momento.
Hemos visto aves de diferentes especies: algunas parecía que no tenían cola; otras no hacen nidos, porque carecen de patas; pero la hembra pone e incuba sus huevos sobre el lomo del macho en medio del mar. Hay otras que llaman cágasela, o caca-ucello (estercolero), que viven de los excrementos de las otras aves y yo mismo vi a menudo a una de ellas perseguir a otra sin abandonarla jamás hasta que lanzase su estiércol, del que se apoderaba ávidamente. He visto también pescados que vuelan y otros reunidos en tan gran número que parecían formar un banco en el mar.
Cuando hubimos pasado la línea equinoccial, acercándonos al polo antártico, perdimos de vista la estrella polar. Dejamos el cabo entre el sur y el sudoeste, e hicimos rumbo a la tierra que se llama de Verzino (el Brasil) por los 23° 30′ de latitud meridional. Esta tierra es una continuación de la en que se encuentra el cabo de San Agustín, por los 8° 30′ de la misma latitud. Aquí hicimos una abundante provisión de aves, de patatas, de una especie de fruta que se asemeja al piñón del pino, pero que es extremadamente dulce y de un sabor
exquisito (piña), de cañas muy dulces, de carne de anta, la cual se parece a la de vaca, etc.
Realizamos aquí excelentes negociaciones: por un anzuelo o por un cuchillo, nos daban cinco o seis gallinas; dos gansos por un peine; por un espejo pequeño o por un par de tijeras, obteníamos pescado suficiente para alimentar diez personas; por un cascabel o una cinta, los indígenas nos traían una cesta de patatas, nombre que se da a ciertas raíces que tienen más o menos la forma de nuestros nabos y cuyo gusto se aproxima al de las castañas. De una manera igualmente ventajosa, cambiábamos las cartas de los naipes: por un rey me dieron seis gallinas, creyendo que con ello habían hecho un magnífico negocio.
Entramos a este puerto (Río de Janeiro) el día de Santa Lucía, a 13 días del mes de diciembre. Teníamos entonces, a mediodía, el sol en el zenit, y experimentábamos mucho más calor que cuando pasamos la línea. La tierra del Brasil, que abunda de toda clase de provisiones, es tan extensa como la Francia, la España y la Italia juntas: pertenece al rey de Portugal. Los brasileros no son cristianos, pero tampoco son idólatras, porque no adoran nada: el instinto natural es su única ley.
Viven tan largo tiempo, que es frecuente encontrar individuos que alcanzan hasta los ciento veinticinco y aun algunas veces hasta los ciento cuarenta años. Tanto las mujeres como los hombres andan desnudos. Sus habitaciones, que llaman boy, son cabañas alargadas, y duermen sobre redes de algodón, llamadas hamaks, sujetas por los dos extremos a postes gruesos. Encienden fuego a flor de tierra. Uno de estos boys encierra algunas veces hasta cien hombres, con sus mujeres e hijos: se siente por lo tanto siempre mucho ruido. Sus embarcaciones, que llaman canoas, las fabrican de un tronco de árbol ahuecado por medio de una piedra cortante, porque las piedras reemplazan al hierro, de que carecen. Estos árboles son tan grandes que una sola canoa puede contener hasta treinta y aun cuarenta hombres, que bogan con remos semejantes a las palas de nuestros panaderos. Al verlos tan negros, completamente desnudos, sucios y calvos, se les podría confundir con los marineros de la laguna Estigia.
Los hombres y las mujeres son bien constituidos, y conformados como nosotros. Algunas veces comen carne humana, pero solamente la de sus enemigos, lo que no ejecutan por deseo ni por gusto, sino por una costumbre que, según lo que nos dijeron, se ha introducido entre ellos de la manera siguiente: Una vieja no tenía sino un hijo que fue muerto por los enemigos. Algún tiempo después, el matador del joven fue hecho prisionero y conducido delante de ella; para vengarse, esta madre se lanzó como un animal feroz sobre él y le desgarró una espalda con los dientes. El hombre tuvo la suerte no sólo de escaparse de las manos de la vieja y de evadirse, sino también de regresar a los suyos, a quienes mostró la huella de los dientes que llevaba en la espalda, y les hizo creer (quizás lo creía también él) que los enemigos habían tratado de devorarle vivo. Para que los otros no les aventajasen en ferocidad, se determinaron a comerse realmente a los enemigos que se tomasen en los combates, y éstos hicieron otro tanto. Sin embargo, no se los comen inmediatamente, ni tampoco vivos, sino que los despedazan y los reparten entre los vencedores. Cada uno se lleva a su casa la porción que le ha cabido, la hace secar al humo y cada ocho días asa un pequeño pedazo para comérselo. He tenido noticia de este hecho de Juan Carvalho, nuestro piloto, que había pasado cuatro años en el Brasil.
Los brasileros, tanto las mujeres como los hombres, se pintan el cuerpo, especialmente el rostro, de una manera extraña y en diferentes estilos. Tienen los cabellos cortos y lanudos, y carecen de pelos en todo el cuerpo, porque se los arrancan. Usan una especie de chupa hecha de plumas de loro, dispuestas de manera que las mayores de las alas y de la cola les formen un círculo en la cintura, lo que les da una figura extraña y ridícula. Casi todos los hombres llevan el labio inferior taladrado con tres agujeros por los cuales pasan pequeños cilindros de piedra del largo de dos pulgadas. Las mujeres y los niños no poseen este incómodo adorno. Añadid a esto que andan enteramente desnudos por delante. Su color es más bien oliváceo que negro. Su rey lleva el nombre de cacique.
Pueblan este país un número infinito de loros, de tal manera que nos daban ocho o diez por un pequeño espejo. Poseen también una especie de gatos amarillos muy hermosos, que semejan leones pequeños. Comen una especie de pan redondo y blanco, que no nos agradó, hecho con la médula, o, mejor dicho, con la albura que se encuentra entre la corteza y el palo de cierto árbol, que tiene alguna semejanza con la leche cuajada. Poseen también cerdos que nos parecieron que tenían el ombligo en el lomo, y unas aves grandes cuyo pico semeja una espátula, pero que no tienen lengua.
Algunas veces para procurarse un hacha o un cuchillo, nos prometían por esclavos una y hasta dos de sus hijas, pero no nos ofrecieron jamás sus mujeres, quienes, por lo demás, no habrían consentido en entregarse a otros que a sus maridos, porque, a pesar del libertinaje de las solteras, su pudor es tal cuando se casan que no soportan que sus maridos las abracen durante el día. Están sujetas a los trabajos más duros, viéndoseles a menudo descender de los cerros con cestas muy pesadas sobre la cabeza, aunque no andan jamás solas, porque sus maridos, que son muy celosos, las acompañan siempre, llevando en una mano las flechas y el arco en la otra. Este arco es de palo de Brasil o de palma negra. Si las mujeres tienen hijos los llevan suspendidos del cuello por medio de una red de algodón. Muchas otras cosas podría decir de sus costumbres, que omito por no hacerme demasiado prolijo.
Estos pueblos son en extremo crédulos y bondadosos, y sería fácil hacerles abrazar el cristianismo. La casualidad quiso que concibiesen por nosotros veneración y respeto. Desde hacía dos meses reinaba en el país una gran sequedad, y como sucedió que en el momento de nuestra llegada envióles lluvias el cielo, no dejaron de atribuirlas a nuestra presencia. Cuando desembarcamos a oír misa en tierra, asistieron a ella en silencio, con aire de recogimiento, y viendo que echábamos al mar nuestras chalupas, que dejábamos amarradas a los costados de la nave o que la seguían, se imaginaron que eran hijos de la nave y que ésta los alimentaba.
El comandante en jefe y yo fuimos un día testigos de una aventura singular. Las jóvenes venían con frecuencia a bordo a ofrecerse a los marineros a fin de obtener algún presente: un día una de las más bonitas subió también, sin duda con el mismo objeto, pero habiendo visto un clavo de tamaño de un dedo y creyendo que no la observaban, lo cogió y con gran rapidez se lo colocó entre los dos labios de sus órganos sensuales. ¿Creía ocultarlo? ¿Creía así adornarse? Tal fue lo que no pudimos adivinar.
Pasamos en este puerto trece días…