Cristóbal de Espinosa de los Monteros-Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús. 3ª Parte

Nota: Para que dar constancia que esta historia no es novelada, al final se detalla la primera revuelta de los Sangleyes en Manila.

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… Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

Aquella noche que había luna, desde las diez dio sobre los enemigos y los indios pelearon con flechas muy bien y en dos horas los desbarató. El cossario había enviado por sus navíos que estaban 4 leguas de allí y se embarcaron muchos dellos y el general suyo. Diole tanto pesar al almirante cuando lo entendió que a las tres de la mañana se embarcó tras dél y a las 6 le había echado a fondo cinco navíos y los otros cuatro se le rindieron. A las diez del día tornó a tomar puerto y se vio en gran peligro porque llegaron catorce navíos de socorro de Mindana[o] y de otras islas de enemigos y se arrojaron a los navíos de Espinosa hasta que hizo colgar en todas las entenas todos los presos, los cuales los atemorizaron diciéndoles que los suyos todos habían perecido y fue tanto el temor que les dio el saberlo que al momento huyeron todos, arrancó en su seguimiento cojíoles tres navichuelos echó cuatro a fondo y los demás se escaparon de allí a tres días volvió al puerto del nombre de Jesús Pintados despachó un aviso al Gobernador enviando el cossario preso, habíendolo enviado primero a que lo viese la Señora Doña Fabiana Pérez. El que llevó al cossario a ambas partes fue Alonso de Quesada a quien había hecho capitán por merecerlo y era natural de Jaén. Hiciéronse fiestas en Manila por tan gran victoria.

A tres días pasados despachó la almiranta y otro navío porque era ya tiempo de volver a México. Habiendo ordenado estas cosas fue a la ciudad donde se desposó aquella noche con Doña Fabiana Señora de Indios en la isla con mucho contento de todos porque estimaron tal amparo y defensor.

El gobernador le premió con una encomienda de tres pueblos del Rey y otro que vacó por muerte de un encomendero se lo dio luego, que todos valdrán cada año mil y quinientos pesos de oro. La mujer tiene otros tres que le rentan dos mil pesos de oro y su mayorazgo de tierras ingenio de azúcar que vale mucho. En diversas ocasiones ha llegado a la isla muchos cossarios con quien ha tenido más de veynte batallas y más de las doce han sido con los mindanaos y todas las ha vencido por su grande ardid y valentía, ha tenido tres desafíos, el uno con un negro moro loloso cossario de cual le contaban cosas notables, y a todos los venció.
Ha tenido otras muchas victorias y de todas sale empeñado, porque junta la gente y gasta a su costa y después reparte el despojo. Con los presos ha sido liberalísimo, de suerte que es proverbio entre los enemigos que no se les da nada de la prisión del almirante, porque tiene cierta la libertad y aun muchas victorias han procedido desto

No ha castigado soldado castilla si no es por traycion o por maltratar los indios y entonces con mucha misericordia.
Ha sido notablemente honesto y no se le ha conocido vicio que le desautorice y desacredite.

Todos los gobernadores que han ido le han confirmado el título de Almirante y le han ido dando más indios y renta o pensiones sobre otras encomiendas porque en tiempo de todos ha vencido enemigos.

A un corsario mindana lo cogió habiéndole vencido dos veces y dándole libertad la tercera lo llevó a Manila y por mandado del Gobernador amaneció colgado, de lo cual recibió grandísima pena, lo cual le reprehendió el gobernador y en satisfación dijo: Señor dicen que decía el Príncipe de Oria que si ahorcan los corsarios se privaba de la gloria que le habían de dar porque no había con quien pelear.

Avia poblado junto a Manila más de doce mil chinos, que allí Íes llaman Changuayes Chriílianos. Estos por algunos achaques le levantaron y cercaron a Manila auxilió el Gouernador al Almirante, y vino en su socorro en tan buen tiempo que los enemigos asaltaban el pueblo .En la qual ocasión sucedió vn milagro que no es justo se pase en silencio. Apareció vn Christo Crucificado entre las almenas del muro y les habló a los Changuayes (sangleyes)* diziéndoles gente maldita por qué afligís mi pueblo.

Viéronle dellos infinitos, y le oyeron, y assi dexaron el asalto, y se dividieron en tres exércitos, y se fueron a destruir los pueblos comarcanos. En esta sazón llegó el Almirante, y fue en seguimiento de uno de los exércitos de suerte que lo venció, y desbarató con notables hazañas de su persona. Después de vencidos se reduxeron todos recabando- les perdón del Gobernador conque se mostraron muy arrepentidos de su novedad, y motín. Recibido. En Manila, el Gobernador con grande honra y le dio nuevas rentas y premios en ciertos indios, pueblos, y minas, y muy favorecido, y honrado le despachó a su isla nombre de I E S V S de Pintados.

A ydo fu fama y honra en grande acrecentamiento con las nuevas hazañas que cada día emprende, Vitorias que consigue, y cosarios que rinde, es común dicho, en las Filipinas, que los cargos, ginetas y Vanderas, citan aguardando a los hombres de Jaén, y no ellos a los cargos, por la buena fama, y nombre que tienen, y han si hay nueva que son al presente algunos Capitanes. Esto es hasta el año de 1608. Que tuvieron cartas sus padres en Jaén en que les informa de una gran batalla que avía tenido con cossarios, de que había salido mal herido, aunque vencedor. Después acá, no se a sabido más del, si es muerto confío en Dios le avrá dado su gloria por lo bien que les sirvió contra sus enemigos. Y fi es vivo, Dios le conserve, y aumente las Vitorias para mayor gloria de su Magestad, y de la del Rey Señor nuestro.

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*La revuelta de los sangleyes se inició durante la noche del 3 de Octubre de 1603. En ese momento se congregaron muchos de los sangleyes que había en Manila y alrededores. Aunque los revoltosos tenían previsto levantarse en armas en noviembre, fueron descubiertos, y por ello avanzaron sus planes. El punto en que empezaron a reunirse fue a media legua de Manila, desde donde pretenderían luego entrar en la ciudad y adueñarse de ella. Un primer intento de derrotar a los sublevados terminó en desastre. Un contingente de 130 españoles fue enviado a reprimir la revuelta pero fueron rodeados y masacrados. Acto seguido, y animados por este éxito, los sangleyes se lanzaron a la toma de Manila. A pesar de esta victoria inicial, los intentos de los sublevados, cuya cifra podía llegar a la de 25.000 hombres (San Agustín, p: 709), de tomar la zona fortificada de la ciudad fueron repelidos, y al ver que a su vez llegaban los refuerzos españoles del Almirante Cristóbal de Espinosa de los Monteros y viendo que su situación empeoraba, se retiraron hacia algunos pueblos cercanos a la ciudad, donde se fortificaron. En este punto se giran las tornas, y son los españoles y sus aliados los que salen al encuentro de uno de estos tres núcleos de sangleyes sublevados. Los combates se alargarán hasta el 14 de noviembre, momento en que la práctica totalidad de los sublevados había sido muerta huida y aprisionada


Ilustración: José Ferre Clauzel

Primer viaje alrededor del globo. Llegada a España y curiosidades.

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…Carecíamos totalmente de víveres, y si el cielo no nos hubiese acordado un tiempo favorable, habríamos todos muerto de hambre. El 9 de julio, día miércoles, descubrimos la isla de Cabo Verde, yendo a fondear a la llamada Santiago.
Sabiendo que nos hallábamos en tierra enemiga y que se abrigarían sospechas de nosotros, tuvimos la precaución de hacer decir a los hombres de la chalupa que enviamos a tierra a hacer provisión de víveres, que pasábamos al puerto porque habiéndose quebrado el palo trinquete al doblar la línea equinoccial, gastamos mucho tiempo en acomodarlo, y que el comandante en jefe, con otras dos naves, había continuado su derrota a España.
Les hablamos de manera de hacerles creer que veníamos de las costas de América y no del Cabo de Buena Esperanza. Prestóse fe a nuestras palabras y por dos veces recibimos la chalupa llena de arroz a cambio de nuestras mercaderías. Para ver si nuestros diarios habían sido llevados con exactitud, hicimos preguntar en tierra que qué día de la semana era. Se nos respondió que era jueves, lo que nos sorprendió, porque según nuestros diarios sólo estábamos a miércoles, y a mí, sobre todo, porque habiendo estado bien de salud para llevar mi diario, marcaba sin interrupción los días de la semana y los del mes. Después supimos que no existía error en nuestro cálculo, porque navegando siempre hacia el oeste, siguiendo el curso del sol y habiendo regresado al mismo punto, debíamos ganar veinticuatro horas sobre los que permanecían en el mismo sitio; y basta reflexionar para convencerse de ello.
Habiendo por tercera vez regresado la chalupa a tierra con trece hombres, notamos que se la retenía, pudiendo además sospechar por el movimiento que se observaba en algunas carabelas, que querían también apoderarse de nuestra nave, lo que nos determinó a partir en el acto. Supimos después que nuestra chalupa había sido detenida porque uno de los marineros reveló nuestro secreto, diciendo que el comandante en jefe era muerto y que nuestra nave era la única de la escuadra de Magallanes que regresaba a Europa.
Gracias a la Providencia, el sábado 6 de septiembre entramos en la bahía de San Lúcar y de los sesenta hombres que formaban la tripulación cuando partimos de las islas Molucas, no éramos más que dieciocho, y éstos en su mayor parte estaban enfermos.
Otros desertaron en la isla de Timor; otros fueron condenados a muerte por delitos, y otros, en fin, perecieron de hambre.
Desde que habíamos partido de la bahía de San Lúcar hasta que regresamos a ella recorrimos, según nuestra cuenta, más de catorce mil cuatrocientas sesenta leguas, y dimos la vuelta al mundo entero, yendo siempre de este a oeste.
El lunes 8 de septiembre largamos el ancla cerca del muelle de Sevilla, y descargamos toda nuestra artillería.
El martes bajamos todos a tierra en camisa y a pie descalzo, con un cirio en la mano, para visitar la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y la de Santa María la Antigua, como lo habíamos prometido hacer en los momentos de angustia.
De Sevilla partí para Valladolid, donde presenté a la Sacra Majestad de don Carlos, no oro ni plata, sino cosas que eran a sus ojos mucho más preciosas. Entre otros objetos, le obsequié un libro escrito de mi mano, en el cual había apuntado día por día todo lo que nos había acontecido durante el viaje.
Abandoné Valladolid lo más pronto que me fue posible y me fui a Portugal para hacer relación al rey don Juan de las cosas que acababa de ver. Pasando en seguida por España fui a Francia, donde regalé algunas cosas del otro hemisferio a Madama la Regente, madre del rey muy católico Francisco I.
Regresé al fin a Italia, donde me consagré para siempre al muy excelente y muy ilustre señor Felipe Villiers de l’Isle-Adam, gran maestre de Rodas, a quien di también la relación de mi viaje.
El caballero
ANTONIO PIGAFETTA

 

Acompañando a Francesco Chiericat pasó a España en 1519 tomando parte en la empírica empresa que culminaría con la circunnavegación del globo, verificada en 1522 a bordo de la nao Victoria, única que regresó de la Expedición de Magallanes. Pigafetta fue uno de los 18 hombres, de los 265 de la tripulación inicial, que sobrevivieron a la expedición. Su relato de los hechos se titula Relazione del primo viaggio intorno al mondo (1524) y también se conoce como Relación de Pigafetta. Este relato es la fuente principal de información sobre el viaje de Magallanes y de la propia vida de Pigafetta.
Por primera vez un europeo relataba el descubrimiento del estrecho de Magallanes, donde se constataba paso navegable al Mar del sur u océano Pacífico, la Patagonia o el primer documento disponible acerca del idioma cebuano, de Filipinas. (La masa de agua ya era conocida desde 1513 por Vasco Núñez de Balboa.)
Tras el viaje, según relata él mismo, rinden culto mariano a la Virgen de la Antigua y a la Virgen de la Victoria en Sevilla y después parte a Valladolid donde se entrevista con Carlos I y le entrega una de las copias de su diario de viaje. Marcha a Portugal para ver al rey Juan I y de ahí pasa nuevamente por España hasta llegar a Francia donde se entrevista con la reina de Francisco I. Finalmente, según la versión del relato, le entrega una última copia al gran maestre Philippe Villiers de l’Isle-Adam y se retira a Italia.
Al regresar a Italia, en 1523 Clemente VII es elegido pontífice, máximo representante del catolicismo, y recibe una de las copias de su diario de viaje, según se refiere en el prólogo:
A mi regreso a Italia, su santidad el Soberano Pontífice Clemente VII, ante quien tuve el honor de presentarme en Monterosi y de referirle las aventuras de mi viaje, me acogió con bondad y díjome que le sería muy agradable poseer una copia del diario de mi viaje; híceme, pues, un deber en deferir lo mejor que pude a los deseos del Santo Padre, a pesar del poco tiempo de que entonces disponía.
Descubre el pingüino de Magallanes, el lobo marino o el guanaco:
Costeando siempre esta tierra hacia el polo Antártico, nos detuvimos en dos islas que sólo encontramos pobladas por pengüines y lobos marinos. Los primeros existen en tal abundancia y son tan mansos que en una hora cogimos provisión abundante para las tripulaciones de las cinco naves. Son negros y parece que tienen todo el cuerpo cubierto de plumas pequeñas, y las alas desprovistas de las necesarias para volar, como en efecto no vuelan: se alimentan de pescados y son tan gordos que para desplumarlos nos vimos obligados a quitarles la piel. Su pico se asemeja a un cuerno.
Los lobos marinos son de diferentes colores y más o menos del tamaño de un becerro, a los que se parecen también en la cabeza. Tienen las orejas cortas y redondas y los dientes muy largos; carecen de piernas, y sus patas, que están pegadas al cuerpo, se asemejan bastante a nuestras manos, con uñas pequeñas, aunque son palmípedos, esto es, que tienen los dedos unidos entre sí por una membrana, como las nadaderas de un pato. Si estos animales pudieran correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces. Nadan rápidamente y sólo viven de pescado.
(..)
Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita.
Honores
En 1929 se empezó a construir un navío, un destructor de la clase Navigatori, de la Regia Marina (o Marina Real Italiana). Se botó con el nombre de Antonio Pigafetta el 1 de mayo de 1931. Durante la Segunda Guerra Mundial fue una de las unidades más exitosas y activa, fue bombardeada en Túnez en 1943. El 10 de septiembre, para prevenir su uso por los alemanes, se saboteó. A pesar de esto los alemanes fueron capaces de capturar el destructor y mejorar el navío al que llamaron T.A. 44. Aún bajo la bandera alemana, sufrió un bombardeo el 17 de febrero de 1945 hundiéndose en el puerto de Trieste, Italia.

PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. Descubrimiento del sándalo.

18787
… Los habitantes de esta isla son salvajes y parecen fieras más que hombres; son antropófagos y andan desnudos, cubriendo sólo sus vergüenzas con un pedazo de corteza. Pero cuando van al combate se resguardan el pecho, la espalda y los costados con trozos de piel de búfalo, adornados de conchas y de dientes de cerdos, y se atan por detrás y por delante colas que hacen de piel de cabra.
Se envuelven los cabellos en la cabeza por medio de una especie de peine de junco, con dientes muy largos que les pasan el peinado de parte a parte. Se envuelven la barba con hojas y la encierran en unos estuches de caña, moda que nos hizo reír mucho. En una palabra, son los hombres más feos que hayamos encontrado durante todo nuestro viaje.
Usan sacos hechos de hojas en los cuales guardan su comida y su bebida. Sus arcos y sus flechas los hacen de cañas. Tan pronto como sus mujeres nos percibieron, se abalanzaron hacia nosotros con el arco en la mano en actitud amenazante; pero apenas les hubimos hecho algunos pequeños presentes, se trocaron en buenas amigas nuestras. Pasamos en esta isla quince días para recorrer los costados de nuestra nave que habían sufrido mucho; y encontramos en ella cabras, gallinas, pescado, cocos, cera y pimienta. Por una libra de hierro viejo nos daban quince de cera. Hay dos especies de pimienta: la larga y la redonda. La fruta de la pimienta larga se asemeja a las flores del nogal, y la planta a la yedra, enlazándose de la misma manera que ésta a los troncos de los árboles, pero sus hojas son parecidas a las del moral. Esta pimienta se llama luli. La redonda crece de la misma manera, pero el fruto se da en espigas como las del maíz y se la desgrana de la misma manera: la nombran lada. Los campos están cubiertos de pimientos y con ellos se hacen emparrados.
En Mallúa tomamos un hombre que se encargó de conducirnos a una isla donde había mayor abundancia de víveres. La isla de Mallúa está hacia los 8° 30′ de latitud meridional, y a 169° 40′ de longitud de la línea de demarcación. De camino, nuestro viejo piloto moluqués nos contó que en estos parajes hay una isla llamada Amcheto, cuyos habitantes, tanto hombres como mujeres, no pasan de un codo de alto y que tienen las orejas tan largas como todo el cuerpo, de manera que cuando se acuestan una les sirve de colchón y la otra de frazada. Andan rapados y desnudos. Su voz es áspera; corren con mucha rapidez, habitan debajo de tierra y se alimentan de pescado y de una especie de fruta que encuentran entre la corteza y la parte leñosa de cierto árbol. Esta fruta, que es blanca y redonda como los confites de cilantro, la llaman ambulón. De buena gana habríamos ido a esta isla, si los bajos y las corrientes no nos lo hubiesen impedido.
El sábado 25 de enero, a horas veintidós (a las dos treinta minutos), partimos de la isla de Mallúa, y habiendo avanzado cinco leguas al sud sudoeste, llegamos a otra bastante grande, llamada Timor, donde fui a tierra enteramente solo para obtener del jefe de la aldea, llamada Amaban, que nos suministrase algunos víveres. Me ofreció búfalos, cerdos y cabras; pero cuando se trató de determinar las mercaderías que quería a cambio, no pudimos entendemos, porque pretendía mucho y nosotros teníamos poco que darle.
Tomamos entonces el partido de retener a bordo al jefe de otra isla, llamado Balibo, que había venido con su hijo a visitarnos. Le dijimos que si quería recobrar su libertad, podía suministramos seis búfalos, diez cerdos y otras tantas cabras. Este hombre, que temía que le matásemos, dio orden para que en el acto nos trajesen todo lo que acabábamos de pedirle, y como no tenía más que cinco cabras y dos cerdos, nos dio siete búfalos en lugar
de seis. Hecho esto, le despachamos a tierra bastante satisfecho de nosotros, porque, junto con volverle la libertad, le hicimos un presente de telas, de un género de la India de seda y de algodón, hachas, cuchillos indianos y europeos y espejos.
El jefe de Amaban, con quien había estado antes, sólo tenía a su servicio mujeres, que andaban desnudas como las de las otras islas. Llevan en las orejas pequeños anillos de oro, a los cuales atan algunos copos de seda, y en los brazos varios brazaletes de oro y de latón, que a menudo les cubren hasta el codo. Los hombres andan también desnudos; pero llevan el cuello adornado con placas redondas de oro, y sujetan sus cabellos por medio de peines de cañas, adornados de anillos de oro. Algunos, en lugar de anillos de oro, llevan en las orejas el gollete de una calabaza seca.
Sólo en esta isla se encuentra el sándalo blanco, y hay también en ella, como decíamos, búfalos, cerdos y cabras, gallinas y loros de diferentes colores. Se dan igualmente el arroz, plátanos, jengibre, la caña de azúcar, naranjas, limones, almendras, frijoles y cera.
Fondeamos cerca de la parte de la isla en que había algunas aldeas habitadas por los jefes, pues las de los cuatro hermanos, que son los reyes, se hallaban en otro sitio. Estas aldeas se llaman Oibich, Lichsana, Suai y Cabanaza. La primera es la más notable. Se nos dijo que en una montaña cerca de Cabanaza se encuentra bastante oro, con cuyas pepitas los indígenas compran todo lo que necesitan. Aquí es donde los de Malaca y Java vienen en busca de sándalo y de la cera, y aun mientras nosotros estábamos ahí, encontramos un junco que había llegado de Luzón con ese objeto.
Estos pueblos son gentiles. Nos dijeron que cuando van a cortar el sándalo, el demonio se les aparece bajo diferentes formas, preguntándoles con mucha política si necesitan alguna cosa; mas, a pesar de tal deferencia, su aparición les produce tanto miedo que quedan enfermos durante algunos días. Cortan el sándalo en ciertas fases de la luna, pues en cualquier otro tiempo no resultaría bueno. Las mercaderías más adecuadas para cambiar por sándalo son el paño rojo, telas, hachas, clavos y hierro.
La isla está totalmente habitada; se extiende bastante de este a oeste, pero es muy estrecha de norte a sur. Su latitud meridional es de 10°, y su longitud de la línea de demarcación de 174° 30′.
En todas las islas del archipiélago que habíamos visitado, reina la enfermedad del santo Job, y aquí mucho más que en ninguna parte, donde la llaman for franchi, esto es, enfermedad portuguesa.
Se nos dijo que a distancia de un día de camino hacia el oeste noroeste de Timor, existe una isla llamada Ende, donde se halla en abundancia la canela. Sus habitantes son gentiles y no tienen rey. Cerca de allí se extiende una cadena de islas hasta Java mayor y el cabo de Malaca. He aquí sus nombres: Ende, Tonabutón, Crenochile, Birmacore, Azanarán, Main, Zuvaba, Lumboch, Chorum y Java mayor, que los habitantes no llaman Java sino Jaoa.
Las aldeas más grandes del país se hallan en las islas de Java, y la principal se llama Magepaher, cuyo rey, cuando vivía, era reputado como el monarca más grande de las islas que se encuentran en estos parajes. Se llama raja Patiunus Sunda. Se cosecha aquí mucha pimienta. Las otras islas son Dahadama, Gaguiamada, Minutarangam,

Ciparafidáin, Zuvancressi y Cirubaia. A media legua de Java mayor están las islas de Bali,
dichas la pequeña Java, y Madura: estas dos últimas son del mismo tamaño.

Se nos dijo que en Java había la costumbre de quemar los cuerpos de las personas notables que fallecen, y que la mujer a quien el difunto ha amado más está destinada a morir quemada en la misma hoguera. Adornada de guirnaldas de flores, se hace conducir por cuatro hombres en una silla por toda la ciudad, consolando a sus parientes que lloran su próxima muerte, y con aire tranquilo y sereno, les dice: «esta tarde voy a comer con mi marido, y en la noche me acostaré con él». Llegada a la pira, los consuela de nuevo con los mismos discursos y se arroja a las llamas, que la devoran. Si se negase a ello, no se la
miraría más como mujer honrada ni como buena esposa.
Nuestro viejo piloto nos refirió una costumbre aún más extraña. Nos dijo que cuando los jóvenes están enamorados de alguna mujer y buscan sus favores, se atan pequeños cascabeles entre el glande y el prepucio, y así van a pasar por las ventanas de su amada, a la cual incitan con el sonido de los cascabeles. Ésta exige que dejen los cascabeles en su sitio.
Nos contaron también que en una isla llamada Ocoloro, más acá de Java, no hay sino mujeres, que son fecundadas por el viento. Si les nace un hijo, le matan en el acto, y si es hija, la crían; y si algún hombre se atreve a visitar la isla, le matan. Nos refirieron todavía otras historietas. Al norte de Java Mayor, en el golfo de la China, que los antiguos llamaban Sinus Magnus, hay, dicen, un árbol muy grande llamado camponganghi, donde se posan ciertas aves llamadas garuda, tan grandes y tan fuertes que levantan a un búfalo y aun un elefante, y le llevan volando al sitio en que está el árbol, que nombran puzathaer. El fruto del árbol, que denominan buapanganghi, es más grande que una sandía. Los moros de Burné nos dijeron haber visto dos de estos pájaros que su soberano había recibido del reino de Siam. No es posible aproximarse a este árbol a causa de los torbellinos que allí forma el mar hasta la distancia de tres a cuatro leguas.
Nos añadieron que todo lo relativo a este árbol se sabía del modo siguiente: que un junco fue transportado por estos torbellinos hasta cerca del árbol y allí naufragó; que todos los hombres perecieron, a excepción de un niño pequeño que se salvó milagrosamente en una tabla; y que hallándose cerca del árbol, subió a él y se ocultó debajo del ala de uno de estos grandes pájaros, sin ser notado. Al día siguiente, el pájaro vino a tierra para coger un búfalo, y entonces el niño salió de debajo del ala y huyó. Por este medio fue cómo se supo la historia de estos pájaros y de dónde provenían los grandes frutos que se encontraban tan frecuentemente en el mar.
El cabo de Malaca está hacia 1° 30′ de latitud sur. Al este de este cabo hay varias aldeas y ciudades, cuyos nombres son: Cingapola, que se halla en el mismo cabo, Pahán, Calantán, Patani, Bradlini, Benán, Lagón, Cheregigharán, Trombón, Jorán, Ciu, Brabri, Banga, Judía (residencia del rey de Siam, llamado Siri Zacabedera,) Jandibuna, Laún y Longanpifa. Todas estas ciudades están edificadas como las nuestras y sujetas al rey de Siam.
Se nos dijo que a las orillas de un río de este reino viven ciertas aves grandes que sólo se alimentan de cadáveres, sin que los coman antes de que algún pájaro les haya primeramente devorado el corazón.
Más allá de Siam se encuentra Camoguía, cuyo rey se llama Saret Zarabedera; en seguida Chiempa, gobernada por el raja Brahami Martu. En este país es donde crece el ruibarbo, que lo hallan de la manera siguiente: veinte a veinticinco hombres se van junto a los bosques, donde pasan la noche sobre los árboles para ponerse a cubierto de los leones y otras bestias feroces y a la vez para sentir mejor el olor del ruibarbo, que les lleva el viento. Por la mañana se van al sitio de donde provenía el olor y buscan ahí el ruibarbo hasta que lo encuentran.

El ruibarbo es la madera podrida de un gran árbol, que adquiere su olor en su misma putrefacción: la parte mejor del árbol es la raíz, pero, sin embargo, el tronco, que llaman cálamo, posee la misma virtud medicinal.
Viene en seguida el reino de Cocchi, cuyo rey se llama Siri Bummipala.

Se encuentra después la Gran China, cuyo monarca es el más poderoso príncipe de la tierra: su nombre es raja Santoa. Setenta reyes coronados se hallan bajo su dependencia, y cada uno de estos reyes, a su vez, tiene diez o quince que le obedecen. El puerto de este reino se llama Guantán (Cantón), y entre sus numerosas ciudades, las dos principales son: Ganquín y Comlaha, esta última residencia del rey. Cerca de su palacio, en las cuatro fachadas, que miran a los cuatro puntos cardinales, viven cuatro ministros, cada uno encargado de dar audiencia a todas las personas que vienen de la dirección en que se hallan.
Todos los reyes y señores de la India mayor y superior, deben tener como señal de dependencia, en medio de las plazas, la estatua en mármol de un animal más fuerte que el león, llamado chinga, que se ve también grabado en el real sello; y todos los que quieren entrar a su puerto están obligados a tener en su navío la misma figura en marfil o en cera. Si alguno entre los señores de su reino rehúsa obedecerle, le hace desollar, y su piel, seca al sol, salada y rellena, se la coloca en un sitio prominente de la plaza, con la cabeza baja y las manos atadas sobre aquélla, en actitud de hacer fongu, esto es, la reverencia al rey.
Este no está visible para nadie, y cuando quiere ver a sus súbditos, se hace conducir sobre un pavo real, hecho con mucho arte y ricamente adornado, y acompañado de seis mujeres, vestidas enteramente como él, de modo que no se le puede distinguir de ellas. Se coloca en seguida dentro de la figura de la serpiente llamada noga, soberbiamente decorada, que tiene un cristal en el pecho, por el cual el rey ve todo, sin ser visto. Se casa con sus hermanas para que la sangre real no se mezcle con la de sus súbditos. Su palacio está rodeado de siete murallas, y en cada recinto hay diez mil hombres de guardia, que se relevan cada doce horas. En la primera, hay un hombre con una gran fusta en la mano; en la segunda, un perro; en la tercera, otro hombre con una porra de hierro; en la cuarta, otro armado con un arco y flechas; en la quinta, otro armado con una lanza; en la sexta, un león; y en la séptima, dos elefantes blancos. El palacio tiene setenta y nueve salas, en las cuales se ven siempre mujeres para el servicio del rey, y antorchas que arden continuamente.
Para circundar el palacio, se necesita, por lo menos, un día. En el extremo del palacio hay cuatro salas donde los ministros van a hablar al rey. Las paredes, la bóveda y aun el pavimento de una de estas salas están adornados con bronce; en la segunda, estos adornos son de plata; en la tercera, de oro; en la cuarta, de perlas y de piedras preciosas. En estas salas se coloca el oro y todas las otras riquezas que se llevan como tributo al rey.
No he presenciado nada de todo lo que acabo de contar y escribo estos detalles simplemente por la relación de un moro que me aseguró haber visto todo eso.
Los chinos son blancos, andan vestidos y tienen como nosotros mesas para comer.
Se ven también en aquel país cruces, pero ignoro el uso que hagan de ellas.
El almizcle viene de la China y el animal que lo produce es una especie de gato, semejante a la algalia, que sólo se alimenta de una madera dulce, del grosor del dedo, llamada chamara. Para extraer de este animal el almizcle, le ponen una sanguijuela, y cuando se ve que está bien llena de sangre, la revientan y recogen aquélla en un plato para hacerla secarse al sol, durante tres o cuatro días, que es el modo como se perfecciona.
Todo el que conserva uno de estos animales debe pagar un tributo. Los granos de almizcle que se llevan a Europa son sólo pequeños pedazos de carne de cabrito, empapados en el verdadero almizcle. La sangre se halla algunas veces en cuajarones, pero se purifica con facilidad. El gato que produce el almizcle se llama castor, y la sanguijuela lleva el nombre de Unta.

Siguiendo las costas de la China, se encuentran varios pueblos, a saber: los Chensis, que habitan las islas donde se pescan las perlas y donde hay también canela. Los Lechiis habitan la tierra firme vecina a estas islas. La entrada de su puerto está atravesada por un gran monte, lo que hace necesario desarbolar los juncos y navíos que quieran entrar. El rey de este país se llama Moni, y aunque obedece al de la China, tiene veintitrés reyes bajo su obediencia. Su capital es Baranacé, y aquí es donde se encuentra el Catay Oriental.

Han es una isla alta y fría, donde hay cobre, plata y seda: raja Zotru es el soberano. Mili, Jaula y Gnio son tres países muy fríos situados en el continente. Friangola y Frianga son dos islas de donde se saca cobre, plata, perlas y seda. Bassi es una tierra baja también sobre el continente. Sumbdit-Pradit es una isla muy rica de oro, donde los hombres llevan un anillo grueso de este metal en el tobillo. Las montañas vecinas están habitadas por pueblos que matan a sus padres cuando llegan a cierta edad para evitarles los achaques de la vejez. Todas las naciones de que acabamos de hablar son gentiles.
El martes 11 de febrero, en la noche, abandonamos la isla de Timor y entramos en el gran mar, llamado Laut-Chidot. Caminando hacia el oeste sudoeste, dejamos a la derecha, al norte, por temor a los portugueses, la isla de Sumatra, llamada antiguamente Taprobana; Pegu, Bengala, Urizza, Chelim, donde habitan los malayos, subditos del rey de Narsinga; Calicut, que depende del mismo rey; Cambaya, donde habitan los guzerates; Cananor, Goa, Annus, y toda la costa de la India mayor.
En este reino hay seis clases de personas, o castas, a saber, los nairi, panicali, franai, panguelini, macuai y poleai. Los nairi son los principales o jefes; los panicali son los ciudadanos: estas dos castas conversan entre sí; los franai cosechan el vino de palmera y los plátanos; los macuai son pescadores; los panguelinis son marineros: y los poleai siembran y cosechan el maíz. Estos últimos habitan siempre en los campos y no entran jamás en las ciudades. Cuando quieren darles alguna cosa, se la dejan en el suelo, de donde la recogen, y cuando andan por los caminos gritan constantemente po, po, po, esto es, guardaos de mí. Se nos contó que un nairi, que había sido accidentalmente tocado por un poleai, se hizo matar para no sobrevivir a tamaña infamia.
Para doblar el Cabo de Buena Esperanza, subimos hasta el 42° de latitud sur; y nos fue preciso permanecer nueve semanas frente a este cabo, con las velas plegadas, a causa de los vientos del oeste y del noroeste que experimentamos constantemente y que concluyeron en una tempestad terrible. El Cabo de Buena Esperanza está hacia los 34° 30′ de latitud meridional, a mil seiscientas leguas de distancia del de Malaca.
Es el más grande y más peligroso cabo conocido de la tierra. Algunos de los nuestros, y sobre todo los enfermos, habrían querido desembarcar en Mozambique, donde hay un establecimiento portugués, a causa de las vías de agua que tenía la nave y del frío penetrante que sentíamos; pero, especialmente, porque teníamos por único alimento y bebida arroz y agua, pues toda la carne que, por falta de sal, no pudimos preparar, estaba podrida. Sin embargo, hallándose la mayor parte de la tripulación inclinada más al honor que a la vida misma, determinamos hacer cuantos esfuerzos nos fuera posible para regresar a España, por más que tuviéramos aún que correr algunos peligros. En fin, con ayuda de Dios, el 6 de mayo doblamos este terrible cabo, siendo preciso acercamos a él hasta distancia de cinco leguas, sin lo cual no lo hubiéramos conseguido jamás. Corrimos, en seguida, hacia el noroeste durante dos meses enteros, sin reposamos jamás, perdiendo en este intervalo veintiún hombres, entre cristianos e indios. Al arrojarlos al mar, notamos una cosa curiosa, y fue que los cadáveres de los cristianos quedaban siempre con el rostro vuelto hacia el cielo, y los de los indios con la cara sumergida en el mar.

PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III y IV. Regreso de las Molucas a España.

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… Estas aves son del tamaño de un zorzal, tienen la cabeza pequeña y el pico largo, las patas del grueso de una pluma de escribir y de un palmo de largo; la cola se asemeja a la del zorzal; carecen de alas, pero en su lugar tienen plumas largas de diferentes colores, como un penacho, y todas las demás, con excepción de las que le sirven de alas, son de un color oscuro. Estas aves no vuelan sino cuando hace viento. Se dice que provienen del paraíso terrenal y las llaman volondinatas, es decir, pájaros de Dios.
El rey de Bachián parecía ser un hombre de setenta años. Se nos refirió de él una cosa muy extraña, y fue que cada vez que iba a combatir a sus enemigos o quería emprender alguna cosa muy importante, se sometía por dos o tres veces a los caprichos repugnantes de uno de sus domésticos destinado a este objeto, lo mismo que lo hacía César con Nicomedes, según la relación de Suetonio. Un día el rey de Tadore envió recado a los nuestros que guardaban el almacén de mercaderías que no saliesen durante la noche, porque había, según expresaba, algunos isleños que, por medio de ciertos ungüentos, tomaban la figura de un hombre sin cabeza, en cuyo estado se paseaban durante la noche. Si se encuentran con alguno que no les agrada, le untan la palma de las manos, con lo cual la víctima cae enferma y muere en tres o cuatro días. Cuando divisan tres o cuatro personas juntas no las tocan, pero poseen el rte de aturdirías. El rey añadió que tenía espías para conocer a estos brujos y que había hecho ya colgar a varios.
Antes de habitar una casa recién edificada encienden grandes fogatas a su alrededor, celebran varios festines, y cuelgan en seguida del techo trozos de todo lo mejor que produce la isla, hallándose persuadidos de que por este medio no faltará nada en lo sucesivo a los que la habiten.
El miércoles por la mañana estaba todo listo para nuestra partida. Los reyes de Tadore, de Geailolo y de Bachián, como también el hijo del rey de Tarenate, habían venido para acompañamos hasta la isla de Mare. La Victoria izó velas la primera y se hizo mar afuera para esperar a la Trinidad, pero ésta experimentó dificultad para levar anclas,  durante cuya operación los marineros notaron que tenía una considerable vía de agua en la sentina, regresando entonces la Victoria a tomar su primitivo fondeadero. Para buscar y encontrar la vía de agua, se descargó parte de las mercaderías de la Trinidad, pero aunque se la puso de costado, el agua entraba siempre con gran fuerza, como por un tubo, sin que se pudiese jamás descubrir el mal. Todo ese día y el siguiente, no se cesó de achicar con las bombas, pero sin el menor resultado.
Con esta nueva, el rey de Tadore vino a bordo para ayudarnos a buscar la vía de agua, aunque en vano. Hizo que se sumergieran cinco de los indígenas que estaban acostumbrados a permanecer más tiempo debajo del agua, y por más que lo estuvieron por más de media hora, no pudieron encontrar el sitio por donde aquélla entraba, y como a pesar de las bombas el agua seguía subiendo, envió a buscar al otro extremo de la isla a tres hombres aún más reputados que los primeros como excelentes buzos. Al día siguiente, muy de mañana, regresó con ellos. Se echaron al mar con sus cabellos sueltos, porque se imaginaban que el agua, al entrar por la rotura, atraería sus cabellos y les indicaría por este medio dónde se hallaba; pero después de buscarla durante una hora, subieron a la superficie sin haber encontrado nada. El rey pareció afectarse vivamente con esta desgracia, hasta el punto que ofreció ir en persona a España a
manifestar al rey lo que acababa de acontecemos; a lo que le replicamos que teniendo dos naves podríamos hacer este viaje en la Victoria sola, que no tardaría en partir para aprovecharse de los vientos que comenzaban a soplar de este; que durante este tiempo se repararía la Trinidad, que podría en seguida valerse de los vientos del oeste para llegar hasta el Darién, que está del otro lado del mar en la tierra de Diucatán. El rey dijo entonces que tenía a su servicio doscientos cincuenta carpinteros, los cuales emplearía en el trabajo bajo la dirección de los nuestros, y que los que de nosotros quedasen en la isla, serían tratados como sus propios hijos. Pronunció estas palabras con tanta emoción que nos hizo a todos verter lágrimas.
Los que tripulábamos la Victoria, temiendo que su carga fuese demasiado considerable para que pudiese hacerla abrirse en alta mar, determinamos dejar en tierra sesenta quintales de clavo, haciéndolos conducir a la casa en que estaba alojada la tripulación de la Trinidad. Hubo, sin embargo, algunos de nosotros que prefirieron quedar en las islas Molucas antes que regresar a España, bien fuese por el temor de que la nave no pudiese resistir un viaje tan largo, o ya porque, recordando todo lo que habían sufrido antes de llegar a las Molucas, hubiesen temido perecer de hambre en medio del océano.
El sábado 21, día de Santo Tomás, el rey de Tadore nos trajo dos pilotos, cuyos servicios habíamos pagado de antemano, para que nos condujesen fuera de estas islas, y los cuales nos dijeron que el tiempo era excelente para el viaje y que era necesario partir lo más pronto; pero viéndonos obligados a aguardar las cartas de nuestros camaradas que quedaban en las Molucas y que querían escribir a España, sólo pudimos salir al mediodía. Despidiéronse entonces las naves una de otra por una descarga recíproca de artillería.
Nuestros compañeros nos siguieron en sus chalupas hasta donde les fue posible, y todos nos separamos llorando. Juan Carvallo se quedó en Tadore con cincuenta y tres europeos: nuestra tripulación se componía de cuarenta y siete de éstos y de trece indios.
El gobernador o ministro del rey de Tadore nos acompañó hasta la isla de Mare, donde apenas llegamos, cuando atracaron cuatro canoas cargadas de leña, la cual se subió a bordo en menos de una hora.
Todas las islas Molucas producen clavo, jengibre, sagú (que es el árbol de que hacen el pan), arroz, cocos, higos, plátanos, almendras más grandes que las nuestras, granadas dulces y ácidas, caña de azúcar, melones, pepinos, cidras, una fruta que llaman comilicai, muy refrescante, del tamaño de una sandía; otra fruta que se parece al durazno, llamado guave, y algunos vegetales buenos para comer. Hay también aceite de cocos y jenjelí. Con respecto a los animales útiles, existen cabras, gallinas y una especie de abeja no más grande que una hormiga, que hace sus panales en los troncos de los árboles, de una miel muy buena. Hay también mucha variedad de loros, entre otros algunos blancos que llaman catara, y unos rojos que se conocen con el nombre de nori, que son los más estimados, no sólo por la belleza de su plumaje, sino también porque pronuncian más distintamente que los otros las palabras que se les enseñan. Uno de estos loros se vende por un bahar de clavo. Hace apenas cincuenta años que los moros han conquistado y habitan las islas Molucas, donde han llevado también su religión. Antes de la conquista de los moros, no había en ellas más que gentiles que no se preocupaban en absoluto del clavo.
Se encuentran todavía allí algunas familias de gentiles que se han retirado a las montañas,
lugares donde crece mejor el clavo.
La isla de Tadore se halla hacia los veintisiete minutos de latitud septentrional, y a ciento sesenta y un grados de longitud de la línea de demarcación. Dista nueve grados treinta minutos de la primera isla de este archipiélago, llamada Zamol, al sudeste cuarta del sur.
La isla de Tarenate está hacia los cuarenta minutos de latitud septentrional.
Mutir se halla exactamente bajo la línea equinoccial.
Machián por los quince minutos de latitud sur.
Bachián hacia un grado de la misma latitud.
Tarenate, Tadore, Mutir y Bachián poseen montañas altas y piramidales en que crecen los árboles del clavo. Bachián, aunque es la más grande de las cinco islas, no se divisa desde las otras cuatro. Su montaña de clavo no es tan alta ni tan puntiaguda como las de las otras islas, pero su base es más considerable.

LIBRO IV
REGRESO DE LAS ISLAS MOLUCAS A ESPAÑA

Continuando nuestra derrota, pasamos en medio de varias islas, cuyos nombres son: Caioán, Laigoma, Sico, Giogi, Cafi, Laboán, Tolimán, Titameti y Bachián, de que hemos hablado ya, Latalata, Jacobi, Mata y Batutiga. Se nos dijo que en la isla de Cafi los hombres son tan pequeños como los pigmeos: han sido sometidos por el rey de Tadore.
Pasamos al oeste de Batutiga y tomamos la dirección del oeste-sudoeste. Hacia el sur, divisamos pequeñas islas. Aquí, los pilotos moluqueses nos dijeron que era necesario fondear en algún puerto para no dar durante la noche en medio de islotes y bajos.
Dejamos, pues, el cabo al sudeste y dimos fondo en una isla situada hacia el grado 3 de latitud sur y a cincuenta y tres leguas de distancia de Tadore. Esta isla se llama Suloch. Sus habitantes son gentiles y no tienen rey: son antropófagos y andan desnudos, tanto los hombres como las mujeres, sin más que un pequeño pedazo de corteza, del largo de dos dedos, delante de sus órganos sexuales. Hay cerca de allí otras islas cuyos habitantes comen carne humana. He aquí los nombres de algunas: Silán, Noselao, Biga, Atulabaón, Leitimor, Tenetum, Gonda, Kailruru, Madanán y Benaia.
Costeamos en seguida las islas de Lámatela y Tenetum.
Habiendo andando más de diez leguas en la misma dirección, fuimos a fondear a una isla llamada Buru, donde encontramos víveres en abundancia, esto es, cerdos, cabras, gallinas, cañas de azúcar, cocos, sagú, un guiso compuesto de plátanos que llaman canali y chicares, conocidos también con el nombre de nanga. Los chicores son una fruta que se asemeja a la sandía, pero cuya cáscara es muy nudosa. La parte interior está llena de pequeñas semillas rojas parecidas a las pepitas de melón; carecen de corteza leñosa, pero son de una sustancia medular como nuestros albaricoques blancos, pero más grandes, muy tiernos y de un sabor como el de las castañas. Encontramos allí otra fruta que en su forma exterior se parece a las pinas de los pinos, pero de un color amarillo; la parte interior es blanca, y cuando se la corta tiene alguna semejanza con la pera, pero es mucho más tierna y de un gusto exquisito: la llaman comilicai.
Los habitantes de esta isla carecen de rey, son gentiles y andan desnudos, como los de Sulach. La isla de Buru está hacia los 3° 30′ de latitud meridional y dista setenta y cinco leguas de las Molucas. A diez leguas al este de Buru hay una isla más grande que confina con Geailolo y que se llama Ambón: está habitada por moros y gentiles, residiendo los primeros cerca del mar y los segundos en el interior del país: son antropófagos. Las producciones de esta isla son las mismas que las de Buru.
Entre Buru y Ambón, se encuentran tres islas rodeadas de bajos: Vudía, Kailaruru y Benaia. A cuatro leguas al sur de Buru yace la pequeña isla de Ambalao. A treinta y cinco leguas de Buru, tomando hacia el sudoeste cuarta del sur, se encuentra la isla de Bandán y otras trece islas, en seis de las cuales se produce el macis y la nuez moscada. La más grande se llama Soroboa y las restantes Cleliceí, Saniananpi, Pulai, Puluru y Rasoghin; las otras siete son Univene, Pulan, Baracán, Lailoca, Mamicán, Man y Meut. En estas islas sólo se cultiva el sagú, el arroz, los cocoteros, los plátanos y otros árboles de frutas. Están muy cercanas unas de otras y habitadas todas por moros, que no tienen rey.
Bandán está hacia los 6° de latitud meridional y hacia los 163° 30′ de longitud de la línea de demarcación. Como se hallaba fuera de nuestra ruta, no pasamos por ella. Yendo de Buru al sudoeste cuarta del oeste, después de haber recorrido ocho grados de latitud, llegamos a tres islas muy vecinas una de otras, llamadas Zolor, Nocemamor y Galián. Cuando navegábamos en medio de estas islas, nos asaltó una tempestad que nos hizo temer por nuestra vida, de suerte que hicimos voto de ir en peregrinación a Nuestra Señora de la Guía si teníamos la suerte de salvarnos. Volvimos hacia atrás y nos dirigimos hacia una isla bastante elevada, que se llama Mallúa, donde fondeamos; pero antes de llegar a ella tuvimos que combatir mucho contra las corrientes y las ráfagas que descendían de la montaña.

PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III. Descubrimiento del árbol del clavo.

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… El sábado 16 de noviembre, uno de los reyes moros de Geailolo, que vino con varias embarcaciones, subió a bordo de nuestras naves. Le regalamos una chupa de damasco verde, dos frazadas de paño rojo, algunos espejos, tijeras, cuchillos y peines y dos tazas de vidrio dorado, que le agradaron bastante. Nos dijo con mucha gracia que, puesto que éramos amigos del rey de Tadore, debíamos también serlo suyo, porque amaba a ese rey como a su propio hijo y nos invitó a que fuésemos a su país, asegurándonos que nos haría tributar grandes honores. Este rey es muy poderoso y respetado en todas las islas de los contornos. Es de una edad muy avanzada y se llama raja Jussu.
Al día siguiente por la mañana, domingo, el mismo rey volvió a nuestra nave, queriendo ver cómo combatíamos y descargábamos nuestras bombardas, lo que hicimos con gran contentamiento suyo, porque había sido muy belicoso en su juventud. El mismo día bajé a tierra para examinar el árbol que produce el clavo y ver de la manera como da su fruto. He aquí lo que observé: el árbol alcanza una gran altura y su tronco es del espesor del cuerpo de un hombre, más o menos, según la edad del árbol; sus ramas se extienden mucho hacia el medio del tronco, pero en la cúspide forman una pirámide; sus hojas se asemejan a las del laurel y la corteza es de color oliváceo. El clavo nace en la punta de las ramas pequeñas en ramilletes de diez a veinte. Este árbol carga más de un lado que del otro, según las estaciones. El fruto es al principio de color blanco, pero al madurar se enrojece, y cuando se seca se pone negro. Se cosecha dos veces por año, primeramente hacia Navidad y en seguida por el día de San Juan Bautista, es decir, más o menos en los solsticios estacionales, en que el aire está más templado en estas regiones, aunque es más caliente en la de invierno, a causa de que el sol está entonces en el zenit.
Cuando el año es cálido y ha llovido poco, la cosecha del clavo produce, en cada isla, de trescientos a cuatrocientos bahares. El árbol sólo se da en las montañas, de modo que perece cuando se le trasplanta a los valles. Su hoja, la corteza, y aun su parte leñosa, poseen un olor tan fuerte y tanto sabor como el mismo fruto, el cual, si no se recoge en su precisa madurez, se pone tan grueso y tan duro, que sólo la corteza queda servible.
De estos árboles no hay sino en las montañas de las cinco islas Molucas, y uno que otro en la isla de Geailolo y en el islote de Mare, entre Tadore y Mutir, pero sus frutos no son tan buenos. Preténdese que las nieblas les dan cierto grado de perfección: lo que hay de cierto es que nosotros vimos diariamente una neblina en forma de pequeñas nubes que envolvía ya a una ya a otra de las montañas de estas islas. Cada habitante poseía algunos de estos árboles, que vigila por sí mismo y cuyos frutos coge, sin preocuparse de su cultivo. En cada isla se da nombre diferente al clavo: le llaman en Tadore jhomodes, en Sarangani bongalaban, y chianche en las islas Molucas. Esta isla produce también la nuez moscada, que, tanto por su fruto como por sus hojas, se asemeja a nuestras nueces. La nuez moscada, en la época de la cosecha, se parece al membrillo, así por su forma y color, como por la pelusa que lo cubre; pero es más pequeña. La primera corteza es tan dura como la cáscara de nuestra nuez; debajo hay una especie de tejido delgado o más bien de cartílago, y en seguida la macis, de un rojo muy vivo, que envuelve la corteza leñosa, la cual contiene la nuez moscada propiamente dicha.
Esta isla produce también el jengibre, que comen verde a guisa de pan. El jengibre no se da propiamente en un árbol, sino en una especie de arbusto que desprende del suelo vástagos de un palmo de largo, parecidos a los verduguillos de las cañas, a los cuales recuerda también en sus hojas, aunque las de jengibre son más angostas. Estos brotes no sirven para nada, pero en la raíz produce el jengibre que se usa en el comercio. El jengibre verde no es tan fuerte como cuando está seco, y para secarlo, le echan cal, porque de otro modo no se le podría conservar.
Las casas de estos isleños están construidas como las de las islas vecinas, pero no se levantan tanto de tierra y están rodeadas de cañas en forma de vallado. Las mujeres de este país son feas; andan desnudas como las de las otras islas, cubriendo sólo sus órganos genitales con una tela hecha de corteza de árbol. Los hombres andan también desnudos, y
a pesar de la fealdad de sus mujeres, son muy celosos. Se manifestaban, sobre todo, disgustados de vernos algunas veces bajar a tierra con las braguetas abiertas, porque se
imaginaban que esto podría ofrecer algunas tentaciones a sus esposas. Las mujeres, como
los hombres, andan siempre descalzas.
He aquí cómo hacen sus telas de corteza de árbol. Toman un pedazo de corteza y lo echan en el agua hasta que se reblandezca; lo golpean en seguida con palos gruesos para extenderlo en todo sentido, cuanto estiman conveniente, de suerte que llega a asemejarse a una tela de seda cruda con hilos entrelazados interiormente, como si fuese tejida.
Hacen el pan de la madera de un árbol que se asemeja a la palmera, de la manera siguiente: toman un pedazo de esta madera y le quitan ciertas espinas negras y largas; en seguida lo pelan y hacen el pan que llaman sagou. Acopian este pan para sus viajes marítimos.
Los isleños de Tarenate venían diariamente en sus canoas a ofrecemos clavo, pero como esperábamos recibir, no quisimos comprarlo a los otros isleños, contentándonos con cambiarles víveres, de lo cual los habitantes de Tarenate se quejaban mucho. La noche del domingo 24 de noviembre volvió a venir el rey, al son de timbales, y pasó entre nuestras naves, habiéndole nosotros saludado con varias descargas de bombardas, para manifestarle nuestro respeto. Nos dijo que en virtud de las órdenes que había dado, dentro de cuatro días nos traería una cantidad considerable de clavo; y en efecto, el lunes nos trajeron ciento setenta y un catils, que fueron pesados sin alzar la tara. Alzar la tara quiere decir tomar las especias por un peso menor del que realmente tienen, rebaja que se acuerda porque cuando cogen los frutos estando frescos, disminuyen de peso y de calidad cuando se secan. Siendo el clavo enviado por el rey el primero que embarcábamos y constituyendo éste el objeto de nuestro viaje, en señal de alegría disparamos varios tiros de bombardas.
El martes 26 de noviembre el rey nos vino a visitar, diciéndonos que hacía en obsequio nuestro lo que los reyes sus predecesores no habían jamás ejecutado, esto es, salir de su isla; aunque estaba contento de haberse determinado a darnos esta prueba de amistad hacia el rey de España y hacia nosotros, a fin de que pudiéramos partir a nuestro país lo más pronto y regresar en poco tiempo con más fuerzas para vengar a su padre, que había sido muerto en una isla llamada Buru y su cadáver arrojado al mar. Añadió que era costumbre en Tadore que cuando en un navío o en un junco se cargaba el primer clavo, que el rey diese un festín a los mercaderes o marineros de la embarcación, y que hiciese también plegarias para que llegasen con felicidad a su patria. Pensaba, a la vez, dar otro festín al rey de Bachián, que en compañía de su hermano venía a hacerle una visita, para cuyo efecto había hecho limpiar las calles y caminos.
Esta invitación nos inspiró algunas sospechas, tanto más cuanto que acabamos de saber que en el sitio en que hacíamos aguada, tres portugueses habían sido asesinados, poco tiempo antes, por isleños ocultos en un bosque inmediato. Además, se veía frecuentemente a los de Tadore en conferencia con los indios que habíamos hecho prisioneros; de suerte que, a pesar de la opinión de algunos de los nuestros que habrían aceptado de buena gana la invitación del rey, el recuerdo del funesto festín de Zubu nos la hizo rehusar. Sin embargo, presentamos al rey nuestras excusas y agradecimientos, rogándole que viniese lo más pronto a las naves para que pudiésemos entregarle los cuatro esclavos que le habíamos prometido, por cuanto nuestra intención era partir con el
primer buen tiempo.
El rey vino el mismo día y subió a bordo sin manifestar la menor desconfianza. Expresó que llegaba donde nosotros como si entrase a su propia casa, asegurándonos que sentía mucho una partida tan repentina y tan poco usual, ya que todas las naves empleaban ordinariamente treinta días en completar su cargamento, lo que nosotros habíamos ejecutado en mucho menor tiempo. Añadió que si nos había ayudado, hasta salir de su isla, a cargar con más prontitud el clavo, no había pensado por eso apresurar nuestra partida. Hizo en seguida la reflexión de que la estación no era a propósito para navegar en aquellos mares, a causa de los bajos que se encuentran cerca de Bandán, y que, por lo demás, podríamos en esos días encontrar algunas naves de nuestros enemigos los portugueses.

Cuando vio que todo lo que acababa de decirnos no era bastante para detenemos, «pues bien, replicó, os devolveré entonces todo lo que me habéis dado en nombre del rey de España, porque si partís sin dejarme tiempo para preparar presentes dignos de vuestro rey, todos los soberanos mis vecinos dirán que el de Tadore es un ingrato, que habiendo recibido obsequios de un tan poderoso monarca como el de Castilla, no le enviaba nada en retorno. Dirán también, añadió, que os partís así de prisa, temiendo una traición mía, y toda mi vida quedaré yo con el nombre de traidor». Entonces para tranquilizarnos de cualquier sospecha que hubiéramos podido abrigar de su buena fe, se hizo traer su alcorán, lo besó devotamente y lo colocó cuatro o cinco veces sobre su cabeza, balbuceando entre dientes ciertas palabras que eran una invocación llamada zambehan. Después de esto dijo en alta voz y en presencia de todos nosotros, que juraba por Alá y por el alcorán que tenía en la mano, que sería siempre un fiel amigo del rey de España. Profirió todo esto casi llorando y con tan buen modo que le prometimos pasar aún quince días en Tadore.

Dímosle entonces el sello y pabellón real. Poco después supimos que algunos de los principales de la isla le aconsejaron efectivamente que nos matase, para hacerle merecer el agrado y reconocimiento de los portugueses, que le ayudarían mejor que los españoles a vengarse del rey de Bachián; pero que el rey de Tadore, leal y fiel al de España, con el cual había jurado la paz, había respondido que jamás nada podría obligarle a cometer tal acto de perfidia.
El miércoles 27, el rey hizo publicar un bando, previniendo que todo el mundo podía vendernos clavo libremente, lo que nos permitió comprar una gran cantidad. El viernes, el rey de Machián llegó a Tadore con varias piraguas, pero no quiso desembarcar porque su padre y su hermano, desterrados de Machián, se habían refugiado
en esta isla.
El sábado vino el rey a bordo con el gobernador de Machián, un sobrino suyo, llamado Humay, de edad de veinticinco años; y habiendo sabido que carecíamos ya de paños, envió a buscar a su casa tres varas de rojo y nos lo dio para que, en unión de algunas otras cosas que todavía podíamos tener, hiciésemos al gobernador un presente digno de su rango, lo que ejecutamos, habiendo además disparado varios tiros de bombarda cuando partieron.
El domingo 1° de diciembre se fue el gobernador de Machián, asegurándosenos que el rey le había hecho también regalos para que nos enviase clavo lo más pronto. El lunes el rey hizo otro viaje fuera de su isla con el mismo objeto.
El miércoles, por ser el día de Santa Bárbara y por honrar al rey que se hallaba de regreso, hicimos una descarga general de artillería, y en la noche encendimos fuegos artificiales, que aquél tuvo mucho gusto de ver.
El jueves y viernes compramos gran cantidad de clavo, que obtuvimos a bajo precio a causa de que estábamos a punto de partir. Se nos daba un bahar por dos varas de cinta, y cien libras por dos cadenetas de latón que sólo valían un mareel; y como cada marinero quería llevar a España todo lo que podía, cada uno cambiaba sus vestidos por clavo.
El sábado vinieron a bordo tres hijos del rey de Tarenate, con sus mujeres, que eran hijas del rey de Tadore, acompañados del portugués Pedro Alfonso. Regalamos una taza de vidrio dorado a cada uno de los tres hermanos, y a las tres mujeres tijeras y otras bagatelas. Enviamos también algunas menudencias a otra hija del rey de Tadore, viuda del rey de Tarenate, que no había querido venir a bordo.
El domingo 8, por ser día de la Concepción de Nuestra Señora, en señal de regocijo, disparamos varios tiros de bombardas, bombas de artificio y cohetes.

El lunes por la tarde vino el rey a bordo de nuestra nave acompañado de tres mujeres que le llevaban su betel. Conviene notar que los reyes y los miembros de la real familia son los únicos que tienen derecho de hacerse acompañar por mujeres. El mismo día el rey de Geailolo nos visitó por segunda vez para presenciar el ejercicio de fuego.
Como se aproximaba el tiempo fijado para nuestra partida, venía el rey frecuentemente a visitamos, dejándose notar fácilmente cuánto lo sentía. Entre otras cosas lisonjeras, nos decía que se hallaba como un niño a quien su madre va a quitar el pecho. Nos rogó que para su defensa le dejásemos algunas piezas de artillería.

Nos previno que no navegásemos durante la noche, a causa de los bajos y escollos que se encuentran en este mar; y cuando le dijimos que nuestra intención era navegar día y noche para llegar lo más pronto a España, nos respondió que en tal caso no podía hacer nada mejor que rogar y hacer que rogasen a Dios por la prosperidad de nuestra navegación.
Durante este tiempo, Pedro Alfonso de Lorosa se trasladó a bordo con su mujer y todos sus enseres para regresar a Europa con nosotros. Dos días más tarde, Chechilideroix, hijo del rey de Tarenate, llegó con una canoa bien tripulada para invitarle a que se fuese con él; pero Pedro Alfonso se guardó bien de aceptar el ofrecimiento, sospechando que encerraba alguna mala intención, previniéndonos aun que no permitiésemos que aquél
subiese a bordo, consejo que adoptamos.
En seguida se supo que Chechili, muy amigo del comandante portugués de Malaca, había formado el proyecto de apoderarse de Pedro Alfonso y de entregárselo.
Cuando se vio burlado en sus expectativas gruñó y amenazó a los que habían dado acogida a Pedro Alfonso porque le dejaban partir sin su permiso. El rey nos había prevenido que su colega de Bachián iba a venir con su hermano, quien debía casarse con una de sus hijas, habiéndonos rogado que hiciésemos en su honor una descarga general de artillería. Llegó, efectivamente, el 15 de diciembre en la tarde, ejecutando nosotros lo que el rey había solicitado, sin disparar, sin embargo, la artillería más gruesa, porque nuestras
naves tenían una carga demasiado grande.
El rey de Bachián y su hermano, destinado a casarse con la hija del rey de Tadore, se presentaron en una embarcación grande con tres órdenes de remeros por cada lado, en número de ciento veinte, y adornada de varios pabellones formados de plumas de loro blancas, amarillas y rojas, y en tanto que bogaban, marcaban el movimiento de los remos los timbales y la música. En otras dos canoas se hallaban los jóvenes que habían de ser presentados a la desposada. Nos devolvieron el saludo dando la vuelta de nuestras naves y
del puerto.
Como la etiqueta no permite que un rey ponga el pie en tierras de otro, el de Tadore vino a visitar al de Bachián en su propia canoa, y éste, al verle llegar, se levantó del tapiz en que estaba sentado y se colocó a un lado para ceder su lugar al rey de Tadore, el cual, por política, rehusó igualmente sentarse en el tapiz y fue a colocarse del otro lado, poniendo aquél de por medio. Entonces el rey de Bachián ofreció al de Tadore quinientas patollas como una especie de compensación por la esposa que daba a su hermano. Las patollas son paños de oro y de seda fabricados en la China y muy estimados en estas islas. Cada uno de estos paños se paga más o menos por tres bahares de clavo, según que tiene más o menos oro y trabajo. Cuando muere alguno de los notables, los
parientes, para honrarle, se visten con estos paños.
El lunes, el rey de Tadore envió al de Bachián una comida, llevada por cincuenta mujeres vestidas con paños de seda desde la cintura hasta las rodillas: marchaban de a dos en dos, llevando un hombre al medio. Cada una sostenía una bandeja que contenía pequeños platos llenos de diferentes guisados. Los hombres llevaban vino en grandes vasos. Diez mujeres de las de más edad hacían el oficio de maestros de ceremonia.
Llegaron en este orden hasta la embarcación, y presentaron todo al rey, que estaba sentado en un tapiz listado de rojo y amarillo. A su regreso, las mujeres se juntaron a algunos de los nuestros que la curiosidad había llevado a ver este convoy y no pudieron librarse de ellas sino haciéndoles algunos pequeños regalos. El rey de Tadore nos envió en seguida víveres, tales como cabras, cocos, vino y otros comestibles.
Este mismo día pusimos velas nuevas a las naves, pintando en ellas la cruz de Santiago de Galicia, con esta inscripción: ÉSTA ES LA ENSEÑA DE NUESTRA BUENA VENTURA. El martes dimos al rey unos cuantos de los fusiles que habíamos tomado a los indígenas cuando nos apoderamos de sus juncos, algunos versos y cuatro barriles de pólvora.
Embarcamos en cada una de las naves ochenta toneles de agua, reservándonos para tomar leña en la isla de Mare, cerca de la cual debíamos pasar y donde el rey había enviado cien hombres para tenerla lista.
Ese mismo día el rey de Bachián obtuvo permiso del de Tadore para bajar a tierra a fin de hacer alianza con nosotros. Iba precedido de cuatro hombres que llevaban en las manos puñales desenvainados. En presencia del rey de Tadore y de todo su séquito, expresó que se hallaría siempre dispuesto a consagrarse al rey de España; que conservaría para éste solo todo el clavo que los portugueses habían dejado en su isla, hasta la llegada de otra escuadra española, y que no lo cedería a nadie sin su consentimiento; que por nuestro conducto iba a enviarle un enclavo y dos bahares de clavo, y habría con todo gusto dado diez, pero nuestras naves estaban tan cargadas que no podían recibir más.
Nos dio también para el rey de España dos aves muertas muy hermosas.

PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III. Llegada a Tadore

… Los portugueses han dicho que las Molucas se hallan situadas en medio de un mar impracticable a causa de los bajos de que se encuentra sembrado y de la atmósfera cubierta de nieblas; sin embargo nosotros comprobamos lo contrario, y jamás encontramos menos de cien brazas de agua, aun en las mismas Molucas.
El viernes 8 de noviembre, tres horas antes de la puesta del sol, entramos en el puerto de una isla llamada Tadore, yendo a fondear cerca de tierra, en veinte brazas de agua, haciendo una descarga de toda nuestra artillería. Al día siguiente el rey se presentó en una piragua y dio la vuelta a nuestras naves, y habiendo salido a su encuentro con nuestras chalupas para manifestarle nuestro reconocimiento, nos hizo entrar en su piragua, en la cual nos colocamos a su lado. Estaba sentado bajo un quitasol de seda que lo cubría enteramente; delante de él se hallaba uno de sus hijos que tenía el real cetro; dos hombres, cada uno con un vaso lleno de agua para que se lavase las manos, y otros dos con dos pequeños cofres dorados llenos de betel.
Nos felicitó por nuestra llegada diciéndonos que desde hacía largo tiempo había soñado que algunas naves debían llegar al Maluco desde países lejanos, y que para asegurarse si este sueño era verdadero, había observado la luna, donde había notado que estas naves venían efectivamente en camino, y que así nos aguardaba. En seguida subió a nuestras naves, habiéndole todos nosotros besado la mano; se le condujo hacia el castillo de popa, donde para no verse obligado a agacharse no quiso entrar sino por la abertura superior. Ahí le hicimos sentar en una silla de terciopelo rojo, le vestimos un traje a la turquesa de terciopelo amarillo, y para manifestarle mejor nuestro respeto, nos sentamos todos en el suelo a su frente.
Cuando supo quiénes éramos y cuál era el objeto de nuestro viaje, nos expresó que tanto él como sus súbditos tendrían gusto en ser los amigos y vasallos del rey de España; que nos recibiría en su isla como a sus propios hijos; que podíamos bajar a tierra y permanecer en ella como en nuestra propia casa; y que, por amor al rey nuestro soberano, quería que en adelante su isla no se llamase más Tadore sino Castilla.
Le obsequiamos entonces la silla en que estaba sentado y el vestido que le habíamos puesto. Le dimos también una pieza de paño fino, cuatro frazadas de escarlata, un vestido de brocado, un paño de damasco amarillo, otros de la India, tejidos en seda y oro, una pieza de tela de Cambaya muy blanca, dos bonetes, seis sartas de cuentas, doce cuchillos, tres espejos grandes, seis tijeras, seis peines, algunas tazas de vidrio dorado y otras cosas. Regalamos a su hijo un paño de la India, de oro y seda, un espejo grande, un bonete y dos cuchillos, y a cada uno de los nueve principales personajes que le acompañaban, un paño de seda, un bonete y dos cuchillos. Hicimos también algunos presentes a todos los demás de su séquito, como un bonete, un cuchillo, etcétera, hasta que el rey nos previno que no diésemos más. Nos dijo que sentía no tener nada que presentar al rey de España, que fuese digno de él, pues no podía ofrecer más que su persona. Nos aconsejó que aproximásemos nuestras naves hacia las habitaciones, y que si alguno de los suyos osaba, durante la noche, venir a robamos, que le matásemos a tiros de fusil. En seguida se retiró muy satisfecho de nosotros, pero sin querer jamás inclinar la cabeza, a pesar de todas las reverencias que le prodigamos. A su partida hicimos una descarga general de artillería.
Este rey es moro, es decir, árabe, de edad de cerca de cuarenta y cinco años, bien conformado y de hermoso rostro. Su traje consistía en una camisa muy fina, con mangas bordadas en oro; un ropaje le descendía desde la cintura hasta los pies, y un velo de seda le cubría la cabeza con una guirnalda de flores sobrepuestas. Llámase rajá sultán Manzor. Es grande astrólogo.
El 10 de noviembre, día domingo, tuvimos una nueva entrevista con el rey, en la cual nos preguntó cuáles eran nuestros sueldos y cuál la ración que el rey de España nos tenía señalados. Habiendo satisfecho su curiosidad, nos rogó también que le diésemos un sello y un pabellón real, queriendo, según decía, que tanto su isla como la de Tarenate, en la cual se proponía colocar como rey a su sobrino Calanogapi, estuviesen en adelante sometidas al rey de España, en cuyo honor combatirían en lo porvenir, y que, si por desgracia se viera obligado a sucumbir ante sus enemigos, pasaría a España en una de sus propias naves y llevaría consigo el sello y el pabellón. Nos suplicó, en seguida, que le dejásemos con él a algunos de los nuestros, que le serían mucho más caros que todas nuestras mercaderías, las cuales, añadió, no le traerían a la memoria durante tan largo tiempo como nuestras personas el recuerdo del rey de España y el nuestro.
Viendo el interés que manifestábamos en cargar nuestras naves de clavo, nos dijo que no teniendo en su isla bastante seco para llenar nuestros pedidos, iría a buscar a la isla de Bachián, donde esperaba encontrar la cantidad que necesitábamos. Por ser domingo ese día no hicimos ninguna compra. El día de fiesta para estos isleños es el viernes.
Os será agradable, sin duda, monseñor, tener algunos detalles acerca de las islas en que crecen las especias. Son cinco: Tarenate, Tadore, Mutir, Machián y Bachián, de las cuales la principal es Tarenate. El último soberano dominaba casi enteramente sobre las cuatro restantes. Tadore, donde entonces nos hallábamos, tiene su rey particular. Mutir y Machián no tienen rey: su gobierno es popular; y cuando los reyes de Tanerate y de Tadore se hallan en guerra entre sí, estas dos repúblicas democráticas suministran combatientes a los dos partidos. La última es Bachián, la cual tiene también su rey. Toda esta provincia en que crece el clavo se llama Maluco.
Cuando llegamos a Tadore, nos dijeron que ocho meses antes había muerto ahí un tal Francisco Serrano, portugués, que era capitán general del rey de Tarenate, entonces en guerra con el de Tadore, a quien obligó a dar a su hija en matrimonio a su soberano, y además en rehenes, todos los hijos varones de los señores de Tadore, con cuyo arreglo se
llegó a establecer la paz.
De este matrimonio nació el nieto del rey de Tadore, llamado Calanopagui, de que he hablado. Sin embargo, el rey de Tadore no perdonó jamás sinceramente a Francisco Serrano, jurando que se había de vengar de él, y en efecto, algunos años después, habiendo Serrano ido a Tadore para comprar clavo, el rey le hizo dar un veneno en hojas de betel, de suerte que murió cuatro días después. El rey quiso hacerle enterrar según los usos del país, a lo cual se opusieron tres domésticos cristianos que Serrano había traído consigo. Serrano dejó, al morir, un hijo y una hija todavía niños, que había tenido con una mujer con quien se había casado en Java, consistiendo toda su fortuna en doscientos buhares de clavo.
Serrano había sido grande amigo y aun pariente de nuestro infortunado comandante, habiendo sido él quien le determinó a que emprendiese este viaje, porque, desde la época en que Magallanes se encontraba en Malaca, había sabido por cartas de Serrano, establecido en Tadore, que existía allí un comercio ventajoso que hacer. Magallanes no había olvidado lo que Serrano le escribiera, cuando el difunto rey de Portugal, don Manuel, rehusó aumentar su sueldo en medio ducado por mes, recompensa que creía haber merecido bien por los servicios que había prestado a la corona. En venganza se vino a España y propuso a Su Majestad el Emperador ir a Maluco por el oeste,
lo que consiguió.
Diez días después de la muerte de Serrano, el rey de Tarenate, llamado raja Abuleis, que estaba casado con una hija del rey de Bachián, declaró la guerra a su yerno y le expulsó de su isla. Su hija se fue entonces donde él para ser mediadora entre su padre y su marido, envenenando a aquél, que sólo sobrevivió dos días al tósigo. Murió dejando nueve hijos, cuyos nombres son: Chechili-Momuli, Jadore-Vunghi, Chechilideroix, Cilimanzur, Celipagi, Chialichechilin, Cataravajecu, Serch y Calanogapi.
Lunes 11 de noviembre, Chechilideroix, uno de los hijos del rey de Tarenate a quien acabamos de nombrar, se acercó a nuestras naves en dos piraguas en que había tocadores de timbales. Estaba vestido con un traje de terciopelo rojo, y según supimos en seguida, andaba con la viuda e hijos de Serrano. Sin embargo no se atrevió a subir a bordo y nosotros no quisimos invitarle sin consentimiento del rey de Tadore, su enemigo, en cuyo puerto estábamos, y a quien habiéndole preguntado si podíamos recibirle, nos hizo responder que éramos dueños de hacer lo que gustásemos. Durante este intervalo, Chechilideroix, viendo nuestras vacilaciones y concibiendo algunas sospechas, se alejó de nosotros, en vista de lo cual nos resolvimos a alcanzarle en la chalupa, regalándole una pieza de paño de la India, de seda y de oro, y algunos espejos, cuchillos y tijeras, que aceptó de mala gana, partiendo en seguida.
Tenía consigo un indio que se había hecho cristiano, llamado Manuel, doméstico de Pedro Alfonso de Lorosa, quien, después de la muerte de Serrano, había venido de Bandán a Tarenate. Este Manuel, que hablaba el portugués, vino a nuestro buque y nos dijo que los hijos del rey de Tarenate, aunque enemigos del rey de Tadore, se hallaban muy dispuestos a abandonar a Portugal para unirse a España. Por su conducto escribimos una carta a Lorosa, invitándole a venir a bordo, sin abrigar el menor temor por lo que a nosotros tocaba. Veremos en seguida que aceptó nuestra invitación. Informándome de las costumbres del país, supe que el rey puede tener cuantas jeres le agraden, pero que una sola se reputa como su esposa y todas las otras son sus esclavas. Fuera de la ciudad había una gran casa en que se albergaban doscientas de sus mujeres más hermosas, con otras tantas destinadas a su servicio.
El rey come siempre solo o con su esposa, sobre una especie de estrado alto, desde donde ve sentadas a su alrededor a todas las demás mujeres, eligiendo después de comer la que ha de dormir con él la noche siguiente. Cuando el rey ha concluido de comer, sus mujeres lo hacen todas en común, si él quiere, y si no, cada una va a comer por separado en su habitación. Nadie puede ver a las mujeres del rey sin un permiso expreso de su parte, y si algún imprudente osase acercarse a su residencia de día o de noche, le matarían en el acto. Para proveer de mujeres el serrallo del rey, cada familia está obligada a suministrarle una o dos jóvenes. El raja sultán Manzor tenía veintiséis hijos, ocho hombres y dieciocho mujeres. En la isla de Tadore había una especie de obispo que tenía cuarenta mujeres y gran número de hijos.
El martes 12 de noviembre el rey hizo construir en un día un galpón para nuestras mercaderías, al cual llevamos todas las que habíamos destinado a hacer cambios, despachando a tres de los nuestros para que las cuidasen. He aquí cómo se fijó el valor de las mercaderías que contábamos dar a cambio de clavo. Por diez brazadas de paño rojo de buena calidad, se nos debía dar un bahar de clavo. El bahar tiene cuatro quintales y seis libras y cada quintal pesa cien libras. Por quince brazadas de paño de mediana calidad, un bahar, y otro tanto por quince hachas o por treinta y cinco tazas de vidrio.
Trocamos luego de esta manera todas nuestras mercaderías con el rey.
Por diecisiete cathils de cinabrio o de mercurio, o por veintiséis brazadas de tela, un bahar, y si la tela era más fina, sólo dábamos veinticinco brazadas. Por ciento cincuenta cuchillos o cincuenta pares de tijeras, o cuarenta bonetes, o por diez brazadas de paño de buzerate, o por tres de sus timbales, o por un quintal de cobre, un bahar. Habríamos sacado un buen partido de los espejos, pero la mayor parte se quebró en el camino y el rey se apropió de casi todos los que habían llegado sanos. Una parte de nuestras mercaderías provenía de los juncos de que he hablado ya. Por este medio hemos hecho, sin duda, un negocio bien ventajoso, a pesar de que no hemos sacado toda la utilidad que hubiéramos podido esperar, a causa de que deseábamos apresurar a toda costa nuestro regreso a España. Además del clavo, hacíamos todos los días una buena provisión de víveres, pues los indígenas llegaban a cada momento con sus barcas trayéndonos cabras, gallinas, cocos, plátanos y otros comestibles que nos daban por cosas de poco valor. Hicimos también una considerable provisión de cierta agua excesivamente caliente, pero que, puesta al aire, se ponía fría en el espacio de una hora. Preténdese que esto viene de que el agua nace de la montaña en que se crían las especias27. En esto reconocimos la impostura de los portugueses que pretenden hacer creer que se carece enteramente de agua dulce en las islas Molucas, y que es necesario irla a buscar a países lejanos. Al día siguiente, el rey envió a su hijo Mossahap a la isla de Mutir para buscar el clavo que nos faltaba para completar nuestro cargamento.
Los indios que habíamos tomado en el camino encontraron ocasión de hablar al rey, quien, interesándose por ellos, nos pidió que se los entregásemos para remitirlos a su país acompañados de cinco isleños de Tadore, que tendrían así ocasión de elogiar al rey de España y hacer el nombre español caro y respetado a todos estos pueblos.
Le entregamos, pues, las tres mujeres que esperábamos presentar a la reina de España y todos los hombres, con excepción de los de Burné. El rey nos pidió otro favor: que matásemos todos los cerdos que teníamos a bordo, por los cuales nos ofreció una amplia compensación en cabras y gallinas. Hubimos aun de acceder a ello y para que los moros no lo notasen, los matamos en el entrepuente, porque tenían tal repugnancia por estos animales que cuando por un acaso se encontraban con alguno cerraban los ojos y se tapaban la nariz para no verlos ni sentirles el olor. La misma noche, el portugués Pedro Alfonso de Lorosa, habiendo sabido que el rey le había enviado a buscar para advertirle que, aunque fuese de Tarenate, debía guardarse bien de engañarnos en las respuestas que diese a nuestras preguntas, subió efectivamente a nuestra nave y nos suministró todos los datos que podían interesamos.
Nos contó que hacía diez años que estaba en las Indias, de los cuales había pasado diez en las islas Molucas, a donde había llegado con los primeros portugueses, que ahí estaban de hecho establecidos desde ese tiempo, pero que guardaban el más profundo silencio acerca del descubrimiento de estas islas. Añadió que hacía once meses y medio que un gran barco había venido de Malaca a las islas Molucas para cargar clavo, como lo hizo, pero que el mal tiempo lo había retenido durante algunos meses en Bandán. Este navio venía de Europa, y su capitán, un portugués que se llamaba Tristán de Meneses, refirió a Lorosa que la noticia más importante que por entonces había era que una escuadra de cinco naves había partido de Sevilla al mando de Fernando de Magallanes para ir a descubrir el Maluco en nombre del rey de España; y que el de Portugal, que estaba doblemente irritado por esta expedición, por cuanto uno de sus súbditos trataba de perjudicarle, había despachado buques al cabo de Buena Esperanza y al de Santa María en el país de los caníbales, para interceptarle el paso en el mar de las Indias; pero que no lo habían encontrado.
Habiendo sabido en seguida que había pasado por otro mar y que iba a las Molucas por el oeste, dispuso que don Diego López de Sichera, su comandante en jefe en las Indias, enviase seis naves de guerra contra Magallanes; pero Sichera, teniendo noticia en estas circunstancias que los turcos preparaban una flota contra Malaca, se había visto obligado a despachar contra ellos sesenta embarcaciones al estrecho de la Meca, en la tierra de Judá, las cuales, habiendo encontrado las galeras turcas encalladas a la orilla del mar, cerca de la bella y fuerte ciudad de Aden, las quemaron todas. Esta expedición había impedido al comandante portugués llevar a cabo la que tenía dispuesta contra nosotros; pero poco tiempo después despachó a nuestro encuentro un galeón con dos baterías de bombardas, mandado por el capitán Francisco Faría, portugués: galeón que tampoco vino a atacamos a las Molucas, porque, ya fuese por los bajos que se encuentran cerca de Malaca, ya por las corrientes y vientos contrarios que tuvo, se vio obligado a regresarse al puerto de donde había salido. Lorosa añadió que pocos días antes, una carabela con dos juncos habían venido a las islas Molucas a saber noticias nuestras, despachando, mientras tanto, los juncos a Bachián para cargar clavo, llevando a bordo siete portugueses, quienes, a pesar de las recomendaciones del rey, por no querer respetar ni las mujeres de los indígenas ni las del mismo rey, fueron todos ultimados. Con esta nueva, el capitán de la carabela juzgó oportuno irse lo más pronto y regresarse a Malaca, después de abandonar en Bachián los dos juncos con cuatrocientos bahares de clavo y una cantidad de mercaderías bastante considerable para obtener otros cien.
Nos añadió que todos los años muchos juncos van de Malaca a Bandán a comprar macis y nuez moscada, de donde pasan a las Molucas a cargar clavo. El viaje de Bandán a las islas Molucas se hace en tres días, y en quince se va de Bandán a Malaca. Este comercio, nos dijo, es el que produce mayores entradas al rey de Portugal, por lo cual lo oculta con empeño a los españoles.
Lo que Lorosa acababa de expresamos era en extremo interesante para nosotros, por lo cual procuramos persuadirle de que se embarcase en nuestra compañía para Europa, haciéndole esperar que el rey de España le recompensaría muy bien.
El viernes 15 de noviembre, nos dijo el rey que quería ir a Bachián a recoger el clavo que los portugueses habían dejado, pidiéndonos presentes para los gobernadores de Mutir para entregárselos a nombre del rey de España; y habiendo subido a bordo se entretuvo en ver cómo manejábamos nuestras armas, esto es, las ballestas, los fusiles y los versos, que es un arma más grande que un fusil. Disparó aun, en persona, tres tiros de ballesta, pero no quiso por nada tocar los fusiles.
Frente de Tadore hay una isla muy grande, llamada Geailolo, habitada por moros y gentiles. Los moros tienen ahí dos reyes, uno de los cuales, según lo que nos dijo el rey de Tadore, ha tenido seiscientos hijos, y el otro quinientos veinticinco. Los gentiles no tienen tantas mujeres como los moros y son también menos supersticiosos. El primer objeto que encuentran por la mañana es el de su adoración durante todo el día. El rey de estos gentiles se llama raja Papua, que habita el interior de la isla y es muy rico en oro. En medio de las peñas se ven aquí crecer cañas tan gruesas como la pierna de un hombre, llenas de cierta agua excelente para beber: nosotros compramos varias. La isla de Geailolo es tan grande que una canoa la rodea con trabajo en cuatro meses.

PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III. 2ª Parte.

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… Cenamos sentados en el suelo sobre una estera de palmera. A cada pedazo que se comía era necesario beber, en una taza de porcelana del tamaño de un huevo, del licor fabricado del arroz destilado. Comimos también arroz y otras viandas hechas con azúcar, con cucharas de oro semejantes a las nuestras. Nos acostamos en el mismo lugar en que habíamos pasado la noche precedente, donde ardían siempre dos luces de cera blanca puestas sobre candeleras de plata, dos grandes lámparas de aceite, de cuatro mechas cada una, para cuyo cuidado velaron continuamente dos hombres. Al día siguiente nos trasladamos a la playa, donde nos esperaban dos piraguas que debían conducirnos a bordo. La ciudad está edificada a la orilla misma del mar, con excepción de la casa del rey y las de algunos de los principales jefes.
Contiene veinticinco mil fuegos o familias. Las casas son construidas de madera, sostenidas por gruesos postes que las preservan del agua. Cuando sube la marea, las mujeres que venden las cosas necesarias a la vida, atraviesan la ciudad en barcas. Delante de la casa del rey existe una gran muralla edificada con ladrillos gruesos, con barbacanas a manera de fortaleza, sobre la cual se ven cincuenta y seis bombardas de bronce y seis de hierro, con las que dispararon varios tiros mientras permanecimos en la ciudad.
El rey, que es moro, se llama raja Siripada; es bastante obeso y puede tener cerca de cuarenta años. Está servido sólo por mujeres, hijas de los principales habitantes de la isla. Nadie puede hablarle sino por medio de una cerbatana, según nos vimos obligados a hacerlo nosotros mismos. Tiene diez cronistas ocupados únicamente en escribir lo que le concierne, sobre cortezas de árbol muy delgadas que llaman chirítoles. No sale jamás del palacio sino para ir de caza.
En la mañana del 29 de julio, que era lunes, vimos venir hacia nuestras naves más de cien piraguas, divididas en tres escuadras, con otros tantos tungulis, o sea sus pequeñas barcas. Como temíamos ser atacados a traición, nos hicimos inmediatamente a la vela, y eso con tanta precipitación que nos vimos obligados a abandonar un ancla. Nuestras sospechas aumentaron cuando nos fijamos en varias embarcaciones grandes llamadas juncos, que el día precedente habían venido a fondear por la popa de nuestras naves, lo que nos hizo temer ser asaltados por todos lados. Nuestro primer cuidado fue librarnos de los juncos, contra los cuales hicimos fuego, de suerte que en ellos matamos mucha gente.
Cuatro de ellos quedaron en nuestro poder y los otros cuatro restantes se salvaron yendo a dar en tierra. En uno de los juncos que tomamos se hallaba el hijo del rey de la isla de Lozón, que era el capitán general del rey de Burné, y que acababa de conquistar con sus juncos una gran ciudad llamada Laoé25, edificada sobre una punta de la isla, hacia la gran Java. En esta expedición había saqueado esa ciudad porque sus habitantes preferían obedecer al rey gentil de Java antes que al rey moro de Burné.
Juan Carvallo, nuestro piloto, sin decimos una palabra, puso en libertad a este capitán, movido, según lo supimos después, por una fuerte suma de oro que le había ofrecido. Si le hubiésemos conservado, el rey Siripada nos habría dado, sin duda alguna, por su rescate todo lo que hubiéramos querido, porque se había hecho formidable a los gentiles, que son enemigos del rey moro.
En el puerto en que nos hallábamos no existe sólo la ciudad de que Siripada es señor, sino también otra habitada por gentiles, edificada igualmente a orillas del mar, y aun más grande que la de los moros. La enemistad entre ambos pueblos es tan grande que casi no se pasa día sin que ocurran querellas y combates. El rey de los gentiles es tan poderoso como el de los moros, aunque no tan vano, y aun parece que sería fácil introducir el cristianismo en sus dominios.
El rey moro, habiendo sido informado del daño que acabábamos de hacer a sus juncos, se apresuró a manifestarnos, por medio de uno de los nuestros de los que se habían establecido en tierra para comerciar, que dichas embarcaciones no venían contra nosotros, pues no hacían sino pasar para llevar la guerra a los gentiles; y para probárnoslo nos mostraron algunas cabezas de estos últimos muertos en la batalla. Con esto hicimos decir al rey que si lo que nos manifestaba era verdadero, no tenía más que enviamos a los dos hombres que permanecían en tierra con las mercancías y al hijo de Juan Carvallo, en lo que no quiso consentir. Así fue castigado Carvallo con la pérdida de su hijo (que había nacido cuando estuvo en el Brasil), que habría sin duda recobrado en cambio del capitán general que puso en libertad por oro. Retuvimos a bordo a dieciséis de los principales de la isla y a tres mujeres que pensábamos conducir a España para presentarlas a la reina, pero que Carvallo se guardó para sí.
Los moros andan desnudos, como todos los habitantes de estas regiones. Estiman sobre todo el azogue, que beben pretendiendo que conserva la salud y cura las enfermedades. Adoran a Mahoma y siguen su ley, por cuya razón no comen jamás carne de puerco. Se lavan el trasero con la mano izquierda, de la cual no se sirven jamás para comer, y no orinan de pie sino al uso de las mujeres. Se lavan la cara con la mano derecha, pero no se frotan jamás los dientes con los dedos.
Son circuncidados como los judíos. No matan cabras ni gallinas sin dirigirse de antemano al sol. Cortan a las gallinas las extremidades de las alas y la piel que tienen debajo de las patas, y en seguida las parten en dos. No comen de animal alguno que no haya sido muerto por ellos mismos.
Esta isla produce alcanfor, especie de bálsamo que exuda gota a gota de entre la corteza y el tronco del árbol: estas gotas son tan pequeñas como los granos del salvado. Si se deja el alcanfor expuesto al aire, se evapora insensiblemente. El árbol que lo produce se llama capor. Se encuentran también canela, jengibre, mirabolanos, naranjos, limones, caña de azúcar, melones, cidrascayotas, rábanos, cebollas, etcétera. Entre los animales hay elefantes, caballos, búfalos, cerdos, cabras, gallinas, gansos, cuervos y varias otras especies de aves.
Se dice que el rey de Burné posee dos perlas tan grandes como huevos de gallina y tan perfectamente redondas, que, colocándolas sobre una mesa bien lisa, no se están jamás quietas. Cuando le llevamos nuestros presentes, le manifesté por señas que deseaba mucho verlas, y aunque prometió mostrárnoslas, no lo merecimos, pero algunos de los jefes me dijeron que el hecho era exacto.
Los moros de este país usan una moneda de bronce con un agujero para ensartarla: de un lado tiene cuatro letras, que son los cuatro caracteres del gran rey de la China. La llaman pici. En nuestros tratos, nos daban por un cathil de mercurio, o sea por un peso de dos libras, seis tazones de porcelana, y por un cuaderno de papel nos daban aún más. El cathil de bronce nos valía un pequeño vaso de porcelana; tres cuchillos, uno más grande, y ciento sesenta cathiles de bronce un bahar de cera. El bahar tiene un peso de doscientos tres cathiles. Por ochenta cathiles un bahar de sal, y por cuarenta un bahar de anime, especie de goma, de que se sirven para calafatear las embarcaciones, porque en este país no hay alquitrán. Veinte tabils hacen un cathil. Las mercaderías que aquí se prefieren son cobre, mercurio, cinabrio, vidrio, géneros de lana y las telas; pero sobre todo el hierro y los anteojos.
Los juncos de que hemos hablado son sus embarcaciones más grandes. He aquí cómo están hechas: la obra viva, hasta dos palmos de la obra muerta, con tablones unidos por amarras de madera; su construcción es bastante buena. En la parte superior llevan cañas muy gruesas que sobresalen de los bordes del junco para formar contrapeso. Estos
juncos cargan tanto como nuestros buques. Los mástiles son hechos de las mismas cañas,
y las velas, de corteza de árbol.
Habiendo visto en Burné mucha porcelana, quise tomar mis informaciones a este respecto, y se me dijo que la hacían de una especie de tierra muy blanca, que dejan enterrada durante medio siglo para retinarla, de suerte que usan el proverbio de que el padre se entierra para el hijo. Pretenden que si se echa veneno en uno de estos vasos, se triza inmediatamente.
La isla de Burné es tan grande que para bojearla se necesitarían tres meses. Está situada hacia los 5° 15′ de latitud septentrional y a 176° 40′ de longitud de la línea de demarcación.
Al partir de esta isla volvimos hacia atrás en busca de un sitio a propósito y adecuado para recorrer nuestras naves, una de las cuales tenía una considerable vía de agua, y la otra, falta de piloto, había dado contra un bajo cerca de una isla llamada Bibalón; pero, a Dios gracias, la pusimos de nuevo a flote. Corrimos también otro gran peligro: un marinero, al despabilar una vela, por inadvertencia, arrojó una mecha encendida en una caja de pólvora de cañón, pero anduvo tan presto en retirarla que la pólvora no alcanzó a encenderse.
De camino vimos cuatro piraguas, de las cuales tomamos una cargada con cocos, destinada a Burné, cuya tripulación se salvó en una isla pequeña. Las otras tres escaparon, retirándose detrás de unos islotes.
Entre la punta norte de Burné y la isla de Cimbonbón, hacia los 8° 7′ de latitud septentrional, encontramos un puerto muy adecuado para recorrer nuestras naves, pero como carecíamos de muchas cosas necesarias a este fin, nos vimos obligados a emplear en esta operación cuarenta y dos días, trabajando todos lo mejor que podíamos, de una manera o de otra. Lo que más nos costaba era ir a buscar la madera en los bosques, porque todo el terreno estaba cubierto de zarzas y arbustos espinosos y nos hallábamos todos descalzos.
Hay en esta isla jabalíes muy grandes, habiendo nosotros muerto uno que pasaba a nado de una isla a otra; su cabeza, armada de colmillos muy gruesos, tenía dos palmos y medio de largo. Se encuentran también en ella cocodrilos, que habitan indistintamente en la tierra y en el mar; ostras, mariscos de toda especie y tortugas muy grandes. Nosotros cogimos dos, la carne sola de una de las cuales pesaba veintiséis libras y la de la otra cuarenta y cuatro. Pescamos también un pez, cuya cabeza, parecida a la del cerdo, tenía dos cuernos, el cuerpo revestido de una sustancia ósea, y en el espinazo una especie de silla; pero no era muy grande.
Lo que he encontrado de más extraordinario son árboles cuyas hojas caídas tienen cierta vida. Estas hojas se parecen a las del moral, salvo que son menos largas; su pecíolo s corto y puntiagudo, y cerca de él, de uno y otro lado, dos pies: si se les toca se escapan, pero no echan sangre cuando se las revienta. Metí una de ellas en una caja y cuando abrí ésta después de nueve días, la hoja se paseaba por todo el interior: pienso que se mantienen del aire.
Al salir de esta isla, es decir, del puerto, encontramos un junco que venía de Burné, y como, habiéndole hecho señal de que se detuviese, no hubiese querido obedecer, lo perseguimos, lo tomamos y lo saqueamos. Conducía al gobernador de Palaoán con uno de sus hijos y a su hermano, condenando a aquél a pagar como rescate, en el espacio de siete días, cuatrocientas medidas de arroz, veinte cerdos, otras tantas cabras y ciento cincuenta gallinas. No solamente nos dio todo lo que le pedimos, sino que voluntariamente añadió cocos, plátanos, cañas de azúcar y vasos llenos de vino de palmera. Para corresponder a su generosidad le devolvimos una parte de sus puñales y fusiles, dándole además un estandarte, un traje de damasco amarillo y quince brazas de tela. A su hijo le obsequiamos una capa de paño azul, etc., y su hermano recibió un traje de paño verde. Hicimos también regalos a las personas que iban con ellos, de suerte que nos separamos en buena armonía. Tornamos hacia atrás para volver a pasar entre la isla de Cagayán y el puerto de Chipit, corriendo al este cuarta al sudeste, siguiendo en busca de las islas Molucas. Pasamos cerca de ciertos islotes, donde vimos el mar cubierto de hierbas, a pesar de su gran profundidad, por lo cual nos parecía hallarnos en otros parajes.
Dejando Chipit al este, reconocimos al oeste las dos islas de Zolo y Taghima, donde, según se nos dijo, se pescan las perlas más hermosas y donde se encontraron las del rey de Burné de que he hablado. He aquí cómo se hizo dueño de ellas. Este rey estaba casado con una hija del de Zolo, la cual le dijo un día que su padre poseía estas dos grandes perlas, y habiendo asaltado al rey de Burné el deseo de poseerlas, una noche partió con quinientas embarcaciones llenas de hombres armados, se apoderó del rey de Zolo, su suegro, y de dos de sus hijos, y sólo les devolvió la libertad cuando le hubieron entregado las dos perlas dichas.
Siguiendo singlando al este cuarta del noroeste, pasamos a lo largo de dos rancherías llamadas Cavit y Subanín, y cerca de una isla igualmente habitada, llamada Monoripa, a diez leguas de los islotes de que acabo de hablar. Los habitantes de esta isla no tienen casas, viviendo siempre en sus embarcaciones.
Las aldeas de Cavit y Subanín están situadas en las islas de Butuán y Calagán, donde crece la mejor canela. Si hubiéramos podido detenernos allí algún tiempo, habríamos cargado la nave, pero no pudimos hacerlo por aprovechar del viento, porque debíamos doblar una punta y pasar algunas islas que la rodean. De camino, algunos isleños se aproximaron a nosotros y nos dieron diecisiete libras de canela a cambio de dos grandes cuchillos que habíamos tomado al gobernador de Palaoán.
Habiendo visto el canelo, puedo dar su descripción. Tiene de cinco a seis pies de alto y no es más grueso que el dedo. Sus ramas no pasan jamás de tres o cuatro y sus hojas se asemejan a las del laurel: la canela de que hacemos uso es su corteza, la cual se cosecha dos veces por año. La madera misma y las hojas poseen idéntico sabor de la corteza. Se la llama cainmaná (de donde ha venido el nombre de cinnamomum) porque cain significa
madera, y maná, dulce.
Habiendo dejado el cabo al nordeste, nos dirigimos a una ciudad llamada Mindanao, situada en la misma isla en que están Butuán y Calagán, para tomar un conocimiento exacto de la posición de las islas Molucas. Habiendo encontrado en nuestro camino un bignaday, embarcación que se asemeja a una piragua, determinamos tomarla: pero como esto no se hizo sin hallar alguna resistencia, matamos a siete de los dieciocho hombres que formaban la tripulación del bignaday, que eran mejor conformados y más robustos que todos los que habíamos visto hasta entonces. Eran jefes de Mindanao, entre los cuales estaba el hermano del rey, quien nos aseguró que conocía perfectamente la situación de las islas Molucas.
En vista de sus datos, cambiamos de dirección, dejando el cabo al sudeste. Nos hallábamos entonces hacia el 6° 7′ de latitud norte y a distancia de treinta leguas de Cavit. Se nos dijo que en un cabo de esta isla, cerca de un río, hay hombres velludos, grandes guerreros y sobre todo famosos arqueros. Usan dagas de un palmo de largo, y cuando cogen algún enemigo le comen el corazón crudo, sazonándolo con ácido de naranja o de limón. Se les llama benayanos.
En nuestra ruta hacia el sudeste, encontramos cuatro islas nombradas Ciboco, Biraham-Batolach, Sarangani y Candigar. El sábado 26 de octubre, a la entrada de la noche, costeando la isla de Biraham-Batolach, nos asaltó una borrasca, durante la cual amainamos las velas y pedimos a Dios que nos salvase, viendo entonces en la punta de los mástiles a nuestros tres santos que disiparon la oscuridad, conservándose allí por más de dos horas, San Telmo en el palo mayor, San Nicolás en el de mesana y Santa Clara en el trinquete. En reconocimiento de la gracia que nos habían acordado, prometimos a cada uno de ellos un esclavo, y les hicimos también una ofrenda.
Siguiendo nuestra derrota, entramos en un puerto situado en la mitad de la isla de Sarangani, hacia Candigar, y fondeamos en él cerca de una ranchería de los indígenas, donde hay bastantes perlas y oro. Este puerto está situado hacia los 5° 9′, a cincuenta leguas de Cavit, y sus habitantes son gentiles y andan desnudos como los de todos los demás pueblos de estos parajes.
Nos detuvimos allí un día, tomando por fuerza dos pilotos que nos condujeran a las islas Molucas. Según su parecer, corrimos al sud sudoeste, pasando por medio de ochoislas, en parte habitadas y en parte desiertas, que forman una especie de calle. He aquí sus nombres: Cheava, Caviao, Cabiao, Camanuca, Cabaluzao, Cheai, Lipán y Nuza, al fin de las cuales nos encontramos frente a una isla bastante hermosa; pero teniendo el viento contrario, no pudimos jamás doblar la punta, de manera que durante toda la noche nos vimos obligados a dar bordos. En esta ocasión fue cuando los prisioneros que habíamos hecho en Sarangani saltaron del buque y se escaparon a nado con el hermano del rey de Mindanao, aunque después supimos que su hijo, no habiendo podido sostenerse en la espalda de su padre, se había ahogado.
Viendo la imposibilidad de doblar la punta de la isla grande, la pasamos al fin, merced al viento, cerca de varias pequeñas islas. La grande, que se llama Sanghir, está gobernada por cuatro reyes cuyos nombres son: raja Matandatu, raja Laga, raja Bapti y raja Parabu. Se halla situada hacia los 3° 30′ de latitud septentrional, y a veintisiete leguas
de Sarangani.
Continuando nuestro curso siempre en la misma dirección, pasamos cerca de nco islas llamadas Cheoma, Carachita, Para, Sangalura, Ciau, la última de las cuales dista diez leguas de Sanghir. Se ve en ella una montaña bastante extensa pero de poca elevación, y su rey se llama raja Ponto. Llegamos a la isla de Paghinzara, donde se ven tres altos montes y cuyo rey se llama raja Babintán. A doce leguas hacia el este de Paghinzara, encontramos, además de Talaut, dos islas pequeñas, habitadas: Zoar y Mean.
El miércoles 6 de noviembre, habiendo pasado estas islas, reconocimos otras cuatro bastante altas, a catorce leguas hacia el este. El piloto que habíamos tomado en Saranghani nos dijo que ésas eran las islas Molucas. Dimos entonces gracias a Dios y en señal de regocijo hicimos una descarga general de artillería; no debiendo extrañarse la alegría que experimentamos a la vista de estas islas, si se considera que hacía veintisiete meses menos dos días que corríamos los mares y que habíamos visitado una multitud de islas buscando siempre las Molucas.

PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III

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DESDE LA PARTIDA DE ZUBU HASTA LA SALIDA DE LAS ISLAS
MOLUCAS
Abandonamos la isla de Zubu y fuimos a fondear hacia la punta de una isla llamada Bohol, que dista de aquella dieciocho leguas; y viendo que nuestras tripulaciones, disminuidas por tantas pérdidas, no eran suficientes para las tres naves, determinamos quemar la Concepción, después de haber trasladado a las otras todo lo que podía sernos útil. Dejamos entonces el cabo al sud sudoeste y costeamos una isla llamada Panilongon, donde los hombres son negros como los etíopes.
Siguiendo nuestra derrota, arribamos a una isla que se llama Butuán, donde fondeamos. El rey de la isla vino a nuestra nave, y para darnos una prueba de amistad y de alianza, se sacó sangre de la mano izquierda y se tiñó con ella el pecho y la punta de la lengua, en cuya ceremonia le imitamos. Cuando abandonó el buque, me fui solo con él a visitar la isla. Entramos en un río donde encontramos varios pescadores, que ofrecieron pescado al rey, quien, como todos los habitantes de esta isla y de las vecinas, andaba desnudo, cubriendo sólo sus órganos genitales con un pedazo de tela, que después también se quitó. Los notables de la isla que le acompañaban hicieron otro tanto, tomando en seguida los remos y bogando a la vez que cantaban. Pasamos a lo largo de varias habitaciones construidas a orilla del río, y como a las dos de la mañana llegamos a la casa del rey, situada a dos leguas de distancia del desembarcadero.
Al entrar en la casa se nos salió a recibir con antorchas hechas de juncos y hojas de palmera enrolladas y llenas de la goma llamada anime. En tanto que se preparaba nuestra cena, el rey, en unión de dos de sus jefes y de otras tantas de sus mujeres, bastante bonitas, sin haber probado nada, se bebieron un gran vaso lleno de vino de palmera. Se me invitó a beber como ellos, pero me excusé diciendo que había cenado ya, y así no bebí más que una vez. Cuando bebían ejecutaban la misma ceremonia que el rey de Massana. Se sirvió la cena, compuesta sólo de arroz y pescado muy salado, en tazones de porcelana. Comían el arroz a guisa de pan, el cual cuecen poniendo en una olla de greda, parecida a nuestras marmitas, una gran hoja que cubre enteramente el interior del vaso, en el cual echan el agua y el arroz, tapándolo en seguida. Se deja hervir el todo hasta que el arroz haya adquirido la consistencia de nuestro pan y lo sacan después por trozos. Así es como cuecen el arroz en estos parajes.
Concluida la cena, el rey hizo traer una estera de cañas, una de palmera y una almohada de hojas, lecho en que me acosté con uno de los jefes. El rey fue a dormir a otra parte con sus dos mujeres. Al día siguiente, mientras se preparaba la comida, fui a dar un paseo por la isla, entrando en varias casas, edificadas como las de las otras islas que habíamos visitado, donde vi cierto número de utensilios de oro, pero muy pocos víveres. Regresé a casa del rey, donde comimos arroz y pescado.
Por medio de señales conseguí expresar al rey el deseo que tenía de ver a la reina, significándome de la misma manera que consentía en ello encaminándonos entonces hacia la cima de una montaña, donde reside aquélla. Al entrar le hice mi reverencia, que ella me devolvió, sentándome a su lado, mientras se ocupaba en fabricar esteras de palmera para una cama. Toda su casa estaba provista de vasos de porcelana, colgados de las paredes. Se veían también cuatro timbales, uno muy grande, otro mediano y dos pequeños, con los cuales la reina se entretenía tocando. Tenía para su servicio una cantidad de esclavos de ambos sexos. Después de despedirnos, regresamos a la habitación del rey, quien nos ofreció un almuerzo de cañas de azúcar. esta isla cerdos, cabras, arroz, jengibre y todo lo que habíamos visto en las otras. Lo que en ella abunda más, sin embargo, es el oro. Me señalaron varios valles, dándome a entender por gestos que había en ellos más oro que cabellos teníamos en la cabeza, pero que no conociendo el uso del hierro, era muy dificultoso explotarlo, como en efecto no lo explotaban.
Después de mediodía, habiendo indicado que quería regresar a bordo, el rey quiso acompañarme en el mismo balangay con algunos de los principales de la isla. Mientras descendíamos por el río, divisé en un montículo, hacia la mano derecha, tres hombres colgados de un árbol, y habiendo preguntado lo que eso significaba, se me contestó que eran malhechores.
Esta parte de la isla, que se llama Chipit, es una continuación de la misma tierra de Butuán y Calagán; está más acá de Bohol y confina con Masan. El puerto es bastante bueno y se halla situado hacia el grado 8 de latitud norte, a 167 de longitud de la línea de demarcación y a cincuenta leguas de Zubu. Al noroeste queda la isla de Lozón, de la cual dista dos jornadas. Esta es grande y a ella llegan para comerciar todos los años de seis a ocho juncos de los pueblos llamados Lequíes. En otro lugar hablaré de Chipit. Saliendo de esta isla y corriendo al oeste sudoeste, fuimos a fondear a una isla casi desierta. Sus escasos habitantes son moros desterrados de una isla que se llama Burné.
Andan desnudos como los de las otras islas y están armados de cerbatanas y de carcajes llenos de flechas y de una hierba que sirve para envenenarlas. Usan también puñales con mangos guarnecidos de oro y de piedras preciosas, lanzas, mazas y pequeñas corazas hechas de piel de búfalo. Nos tomaron por dioses o santos. Hay en esta isla grandes árboles, pero pocos víveres. Está situada hacia 7° 30′ de latitud septentrional, a cuarenta y tres leguas de Chipit: se llama Cagayán.
Desde esta isla, siguiendo la misma dirección hacia el oeste sudoeste, llegamos a una grande, que encontramos bien abastecida de toda clase de víveres, lo que fue gran fortuna para nosotros, porque nos hallábamos tan hambrientos y tan escasos de provisiones que estuvimos varias veces a punto de abandonar nuestras naves y establecernos en alguna tierra para terminar allí nuestros días.
Esta isla, que se llama Palaoán, nos proveyó de cerdos, cabras y gallinas, bananas de varias especies, algunas de un codo de largo y tan gruesas como el brazo, aunque otras no tenían más que un palmo de largo, y otras, que eran las mejores, eran aún más pequeñas. Tienen también cocos, cañas de azúcar y raíces semejantes a nabos. Cuecen el arroz en el fuego, dentro de cañas o en vasos de palo, por cuyo sistema se conserva más largo tiempo que el que se cuece en marmitas. Del mismo arroz se saca, por medio de una especie de alambique, un vino más fuerte y mejor que el de la palmera. En una palabra, esta isla fue para nosotros la tierra de promisión. Está hacia los 9° 20′ de latitud septentrional y a 171° 20′ de longitud de la línea de demarcación. Después de presentados al rey, contrajo éste con nosotros alianza y amistad, en cuyo testimonio, habiéndonos pedido un cuchillo, se sacó con él sangre del pecho, con la cual se tocó la frente y la lengua. Nosotros hicimos otro tanto.
Los habitantes de Palaoán andan desnudos, como todos los de estos pueblos; pero les gusta adornarse con anillos, cadenetas de latón y cascabeles. Sin embargo, lo que más les agrada es el alambre, que les sirve para sus anzuelos. Casi todos cultivan sus propios campos. Usan cerbatanas y grandes flechas de palo, de más de un palmo de largo, algunas guarnecidas en la punta de una espina de pescado, y otras de una caña envenenada con cierta hierba: estas flechas no están provistas de plumas en su extremo posterior, sino de una madera muy suave y muy liviana. En la punta de la cerbatana atan un hierro, y cuando se les han agotado las flechas, se sirven de ellas a manera de lanzas. Poseen también, domesticados, gallos muy grandes, que no los comen por una especie de superstición, pero que cuidan para hacerlos combatir entre sí, con cuyo motivo se hacen apuestas y se adjudican premios a los dueños de los gallos vencedores. Desde Palaoán, dirigiéndonos al sudoeste, después de haber recorrido diez leguas, reconocimos otra isla, que, costeándola, nos pareció que subía24, habiendo debido andar cincuenta leguas, a lo menos, antes de encontrar un fondeadero, y apenas hubimos arrojado el ancla, cuando se levantó una tempestad, se oscureció el cielo y vimos sobre nuestros mástiles el fuego de San Telmo.
Al día siguiente envió el rey a las naves una piragua bastante hermosa, que tenía la popa y la proa adornadas con oro, y en ésta un pabellón blanco y azul con un copo de plumas de pavo en el asta. Se veían en esta piragua, entre varias otras personas, músicos que tocaban zamponas y tambores. La piragua, que es una especie de fusta o galera, venía seguida de dos almadies, que son embarcaciones de pescadores. Ocho de los principales ancianos de la isla venían en la piragua: subieron a bordo y se sentaron sobre un tapiz que se les tenía preparado sobre el castillo de popa, donde nos ofrecieron un vaso de madera lleno de betel y de arec, raíces que mascan continuamente, con flores de naranjo y de jazmines, y el todo cubierto con una tela de seda amarilla. Nos regalaron también dos jaulas llenas de gallinas, dos cabras, tres vasos de vino de arroz destilado y cañas de azúcar. Un presente semejante hicieron a los de la otra nave, y después de habernos abrazado, se despidieron de nosotros. El vino de arroz es tan claro como el agua, pero tan fuerte que muchos de nuestra tripulación se embriagaron. Lo llaman arach.
Seis días después, el rey nos envió otras tres piraguas muy bien adornadas, que dieron la vuelta a nuestras naves al son de zamponas, timbales y tambores. Los hombres nos saludaban sacándose sus bonetes de tela, que son tan pequeños que apenas les cubren la corona. Les devolvimos el saludo con nuestras bombardas sin cargar. Nos traían varios guisados, hechos todos con arroz, ya en pedazos oblongos, envueltos en hojas, ya en la forma cónica de un pan de azúcar, ya en la de torta con huevos y miel.
Después de habernos hecho estos regalos a nombre del rey, nos dijeron que le placía que hiciésemos en la isla nuestra provisión de agua y leña y que podíamos comerciar con los isleños tanto como quisiésemos. Con esta respuesta, determinamos ir en número de siete a llevar al rey, a la reina y a ciertos ministros algunos presentes. El destinado al rey consistía en un vestido a la turquesa, de terciopelo verde, una silla de la misma tela, de color violeta, cinco brazas de paño rojo, un bonete, una taza de vidrio dorado, otra con su tapa, un tintero dorado y tres cuadernos de papel; a la reina le llevamos tres brazadas de paño amarillo, un par de zapatos plateados y un estuche de plata lleno de alfileres; para el gobernador o ministro del rey, tres brazadas de paño rojo, un bonete y una taza de vidrio dorado; para el rey de armas o heraldo, que había venido con la piragua, un vestido a la turquesa de paño rojo y verde, un bonete y un cuaderno de papel; y a los otros siete personajes de cuenta, que le habían acompañado, les preparamos también regalos, como algunas varas de tela, un bonete o un cuaderno de papel. Cuando todos los regalos estuvieron listos, entramos a una de las tres piraguas.
Habiendo llegado a la ciudad, nos fue preciso permanecer dos horas en embarcación, esperando la llegada de dos elefantes, cubiertos de seda, y de doce hombres, cada uno de los cuales cargaba un vaso de porcelana adornado con seda para colocar en ellos los presentes que llevábamos. Subimos sobre los elefantes, precedidos por los doce hombres que llevaban nuestros regalos en sus vasos, yendo así hasta la casa del gobernador, quien nos festejó con una cena de varios guisos. Pasamos la noche en colchones de algodón forrados en seda, y en sábanas de tela de Cambaya. Al día siguiente gastamos la mañana en casa del gobernador sin hacer nada.
 mediodía fuimos al palacio real, íbamos montados en los mismos elefantes y precedidos por los hombres que llevaban los presentes. Desde la casa del gobernador hasta el palacio del rey, todas las calles estaban guardadas por hombres con lanzas, espadas y mazas, según orden expresa del soberano.
Siempre sobre nuestros elefantes entramos al patio del palacio, donde habiendo descendido, subimos por una escalera, acompañados del gobernador y de algunos oficiales; entrando en seguida a un salón lleno de cortesanos, que podríamos llamar los pares del reino. Ahí nos sentamos sobre un tapiz, habiéndose colocado los presentes cerca de nosotros.
Hacia el extremo de este salón había otra sala poco menor, tapizada de paños de seda, donde, corridas dos cortinas de brocado, pudimos ver dos ventanas que daban luz a la habitación, en la cual se hallaban trescientos hombres de la guardia del rey, armados de puñales, cuyas puntas apoyaban sobre sus muslos.
Al final de esta sala había una gran puerta cerrada también por una cortina de brocado, que al alzarse, nos permitió divisar al rey sentado delante de una mesa, mascando betel, acompañado de un niño pequeño. Tras de él no había más que mujeres. Entonces uno de los cortesanos nos previno que no nos era lícito hablar al rey, pero que si queríamos decirle algo, podíamos dirigirnos a él, quien lo transmitiría a un cortesano de un rango más elevado, éste al hermano del gobernador que se hallaba en la sala pequeña, quien, a su turno, por medio de una cerbatana colocada en un agujero de la pared expondría nuestra embajada a uno de los principales oficiales que se hallaban cerca del rey para decírsela. Nos advirtió que era necesario le hiciésemos al rey tres reverencias levantando nuestras manos juntas en alto sobre la cabeza y alternativamente uno y otro pie. Habiendo hecho las tres reverencias de la manera como nos lo habían indicado, hicimos decir al rey que éramos vasallos del soberano de España, que si quería vivir en paz con él, y que no deseábamos otra cosa que poder comerciar en su isla.
El rey nos hizo responder que le placía en extremo que el de España fuese su amigo, y que nosotros podíamos, dentro de sus estados, proveernos de agua y de leña y comerciar a nuestro agrado.
Le ofrecimos entonces los presentes que habíamos llevado para él, haciendo un pequeño movimiento de cabeza a cada cosa que recibía. A cada uno de nosotros se nos regaló brocatel y paños de oro y de seda, que se nos colocaban sobre el hombro izquierdo y nos los quitaban en seguida para guardárnoslos. Se nos sirvió un almuerzo de clavo de olor y de canela, después de lo cual se corrieron todas las cortinas y se cerraron las ventanas.
Todos los que estaban en el palacio real llevaban alrededor de la cintura paños de oro para cubrir sus vergüenzas, puñales con mangos de oro guarnecidos de perlas y de pedrería, y varios anillos en los dedos.
Volvimos a subir sobre los elefantes para regresar a casa del gobernador. Siete hombres, llevando los presentes que el rey acababa de hacernos, marchaban delante de nosotros. Cuando hubimos llegado a ella, se nos entregó a cada uno el regalo del rey, colocándolo sobre nuestro hombro izquierdo, como se había hecho antes. Como propina obsequiamos dos cuchillos a cada uno de los siete hombres que nos habían acompañado. En seguida vimos llegar a casa del gobernador nueve hombres trayendo cada uno un plato de madera, sobre cada uno de los cuales había de diez a once tazones de porcelana conteniendo carnes de diferentes animales, es decir, de ternera, de capón, gallina, pavo y otros, con varias especies de pescado: sólo de carne había más de treinta manjares diferentes.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Muerte de Magallanes.

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… Habiendo notado los indígenas que sus tiros no nos hacían daño alguno cuando los dirigían a nuestras cabezas o cuerpos, a causa de nuestra armadura, pero que teníamos sin defensa las piernas, en adelante sólo dirigieron a éstas sus flechas, sus lanzas y sus piedras, en tal cantidad que no nos fue posible resistir. Las bombardas que teníamos en las chalupas no nos servían de nada a causa de que los bajíos no permitían a los artilleros aproximarse a nosotros.
Siempre combatiendo nos retiramos poco a poco, y estábamos ya a la distancia de un tiro de ballesta, teniendo el agua hasta las rodillas, cuando los isleños, que nos seguían siempre de cerca, empezaron de nuevo el combate, arrojándonos hasta cinco o seis veces la misma lanza.
Como conocían a nuestro comandante, dirigían principalmente los tiros hacia él, de suerte que por dos veces le hicieron saltar el casco de la cabeza; sin embargo, no cedió, combatiendo nosotros a su lado en reducido número. Esta lucha tan desigual duró cerca de una hora. Un isleño logró al fin dar con el extremo de su lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela en el cuerpo. Quiso entonces sacar su espada, pero le fue imposible a causa de que tenía el brazo derecho gravemente herido.
Los indígenas, que lo notaron, se dirigieron todos hacia él, habiéndole uno de ellos acertado un tan gran sablazo en la pierna izquierda que cayó de bruces; en el mismo instante los isleños se abalanzaron sobre él. Así fue cómo pereció nuestro guía, nuestra lumbrera y nuestro sostén. Cuando cayó y se vio rendido por los enemigos, se volvió varias veces hacia nosotros para ver si habíamos podido salvamos. Como no había ninguno de nosotros que no estuviese herido, y como nos hallábamos todos en la imposibilidad de socorrerle o de vengarle, nos dirigimos en el acto a las chalupas que estaban a punto de partir. Fue así cómo debimos la salvación a nuestro comandante, porque en el instante en que pereció, todos los isleños se dirigieron al sitio en que había caído.

articles-70480_thumbnailEl rey cristiano habría podido socorremos y sin duda lo habría hecho, mas el comandante, lejos de prever lo que acababa de suceder, tan luego como puso pie en tierra con los suyos, le ordenó que no se moviese de su balangay y que permaneciese como mero espectador del combate. Cuando le vio sucumbir lloró amargamente.

Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Estaba adornado de todas las virtudes, mostrando siempre una constancia inquebrantable en medio de las más terribles adversidades. A bordo se condenaba a privaciones más grandes que cualquiera de los de la tripulación.
Versado como ninguno en el conocimiento de las cartas náuticas, poseía a la perfección el arte de la navegación, como lo probó dando la vuelta al mundo, que nadie antes que él había osado tentar.
Esta desgraciada batalla se libró el 27 de abril de 1521, en un sábado, día que el comandante había elegido porque lo tenía en particular devoción. Perecieron con él ocho de los nuestros y cuatro indios bautizados, y pocos de nosotros regresamos a las naves sin estar heridos. Los que habían quedado en las chalupas pensaron hacia el fin protegernos con las bombardas, pero a causa de la distancia en que se hallaban, nos hicieron más daño que a los enemigos, quienes, sin embargo, perdieron quince hombres.
En la tarde, el rey cristiano, con consentimiento nuestro, envió a decir a los habitantes de Matan que si querían devolvernos los cuerpos de nuestros soldados muertos, y en especial el del comandante, les daríamos las mercaderías que nos pidiesen: a lo que respondieron que nada podría obligarlos a deshacerse de un hombre tal como nuestro jefe, que querían conservar como un monumento de la victoria alcanzada sobre nosotros.
Al saber la pérdida de nuestro capitán, los que en la ciudad se hallaban comerciando hicieron en el acto transportar las mercaderías a bordo. Elegimos entonces, en su reemplazo, dos comandantes, que fueron Odoardo Barbosa, portugués, y Juan Serrano, español.
Nuestro intérprete, llamado Enrique, que era esclavo de Magallanes, habiendo sido ligeramente herido en el combate, se valió de este pretexto para no bajar más a tierra, donde era necesario para nuestro servicio, pasándose todo el día ocioso, tendido sobre una estera. Odoardo Barbosa, comandante de la nave que montaba antes Magallanes, le dijo que, a pesar de la muerte de su señor, no por eso dejaba de ser esclavo, y que a nuestro regreso a España le entregaría a doña Beatriz, mujer de Magallanes; amenazándole en seguida con hacerle azotar si no se iba inmediatamente a tierra para el servicio de la escuadra.
Levantóse el esclavo aparentando no haber prestado atención a las injurias y amenazas del comandante, y habiendo bajado a tierra, se dirigió a casa del rey cristiano, a quien expresó que pensábamos partir pronto y que si quería seguir el consejo que tenía que darle, podría apoderarse de nuestras naves y mercaderías. El rey le escuchó favorablemente y entre ambos tramaron una traición. El esclavo volvió en seguida a bordo, mostrando más actividad e inteligencia de la que hasta entonces había desplegado.
En la mañana del miércoles 1° de mayo, el rey envió a decir a los comandantes que tenía preparado un presente de pedrerías para el rey de España, y que para entregárselo les rogaba que ese día fuesen a comer con él con algunos de los de su séquito.
Fueron, en efecto, en número de veinticuatro, entre quienes estaba nuestro astrólogo, llamado San-Martino de Sevilla, no habiendo ido yo por tener la cara hinchada a causa de una herida en la frente, producida por una flecha envenenada. Juan Carvallo y el preboste regresaron inmediatamente a las naves, suponiendo a los indígenas de mala fe, porque habían visto, según decían, que el personaje que había sanado milagrosamente se había llevado al capellán a su casa. Apenas acababan de decimos esto, cuando oímos gritos y clamores, y habiendo inmediatamente levado anclas, nos aproximamos con las naves a tierra, disparando sobre las casas varios tiros de bombarda. Vimos entonces que Juan Serrano, herido y atado, era conducido hacia la playa, desde donde nos suplicaba que no disparásemos más, porque sin eso, según decía, lo matarían. Preguntárnosle qué había sido de sus compañeros y del intérprete, contestándonos que habían sido todos degollados, con excepción de este último, que se había unido a los isleños. Conjurónos que le rescatásemos por mercaderías; pero Juan Carvallo, aunque era su compadre, en unión de algunos otros, rehusaron tratar de su rescate, prohibiendo a las chalupas que se aproximaran a la isla; porque el mando de la escuadra le pertenecía por la muerte de los dos comandantes. Juan Serrano continuaba implorando la piedad de su compadre, asegurando que sería muerto en el momento en que nos hiciésemos a la vela; y viendo al fin que sus lamentos eran inútiles, se puso a imprecar y rogó a Dios que a la hora del juicio final pidiese cuenta de su alma a Juan Carvallo, su compadre. Pero no fue escuchado, y partimos sin que después hayamos tenido noticia alguna acerca de su vida o de su muerte.

La isla de Zubu es grande, y tiene un buen puerto con dos entradas, una al oeste y la otra al este nordeste. Está situada a 10° de latitud norte y a 154 de longitud de la línea de demarcación. En esta isla fue donde antes de la muerte de Magallanes tuvimos noticias de las islas Molucas.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 4ª parte

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El rey, levantando las manos al cielo, le dio las gracias, rogándole con instancias que le dejase alguno de los nuestros para que le instruyese en los misterios y deberes de la religión cristiana: lo que el comandante prometió ejecutar, pero a condición de que se le confiase dos de los hijos de los principales de la isla para conducirlos con él a España, donde aprenderían la lengua castellana para que a su regreso pudiesen dar una idea de lo que allí hubiesen visto.
Después de haber plantado una gran cruz en medio de la plaza, se publicó un bando para que quienquiera que desease abrazar el cristianismo, debía destruir todos sus ídolos y en su lugar poner la cruz, en lo que todos consintieron. El comandante, tomando entonces al rey de la mano, le condujo al cadalso, donde le vistieron completamente de blanco, bautizándole junto con el príncipe su sobrino, el rey de Massana, el mercader moro y otros hasta el número de quinientos.
El rey, que se llamaba raja Humabon, fue llamado Carlos, por el nombre del Emperador. Los otros recibieron distintos nombres. En seguida díjose misa, después de la cual el comandante invitó a comer al rey, quien se excusó, acompañándonos hasta las chalupas, que nos condujeron a la escuadra, la cual hizo una descarga de toda su artillería.
Después de comer desembarcamos en gran número, acompañados del capellán, para bautizar a la reina y a otras mujeres. Subimos con ellas al mismo cadalso. Mostréles una estatuita que representaba a la Virgen con el Niño Jesús, que les agradó mucho y las enterneció, y habiéndomela pedido para colocarla en lugar de sus ídolos, se las di con todo gusto. Se bautizó a la reina con el nombre de Juana, por el de la madre del Emperador; con el de Catalina a la mujer del príncipe, y con el de Isabel a la reina de Massana. Ese día bautizamos cerca de ochocientas personas, entre hombres, mujeres y niños.
La reina, que era joven y bella, se hallaba vestida totalmente de una tela blanca y negra y tenía la cabeza adornada con un gran sombrero hecho de hojas de palmera, en forma de quitasol, encima del cual llevaba una triple corona formada de las mismas hojas, semejante a la tiara papal, y sin la cual no sale jamás. La boca y las uñas las tenía pintadas de un rojo muy vivo.
Hacia la noche, el rey y la reina vinieron a la playa en que estábamos, complaciéndose en oír el estrépito inocente de las bombardas, que antes tanto les había atemorizado. Durante este tiempo se bautizó a todos los habitantes de Zubu y de las islas vecinas. Hubo, sin embargo, una aldea en una de las islas, cuyos habitantes rehusaron obedecer al rey y a nosotros: después de haberla quemado, se plantó en ella una cruz, porque era una población de idólatras, y si hubiera sido de moros, es decir, mahometanos, se habría levantado una columna de piedra para manifestar el endurecimiento de sus corazones.
El comandante bajaba a tierra todos los días para oír misa, a la cual concurrían también muchos de los nuevos cristianos, a quienes se hacía una especie de catecismo y se les explicaban algunas de las verdades de nuestra religión.
Un día vino también a misa la reina, rodeada de toda su pompa, precedida por tres jóvenes que llevaban en las manos tres de sus sombreros: vestía un traje blanco y negro y un gran velo de seda con listas de oro que le cubría la cabeza y los hombros; la acompañaban varias mujeres, cuyas cabezas se veían adornadas con un pequeño velo debajo del sombrero: todo el resto de sus cuerpos y aun sus pies estaban desnudos, usando sólo un pequeño taparrabo de tela de palmera para cubrir sus partes naturales. Los cabellos los llevaban esparcidos. La reina, después de haber hecho la reverencia al altar, se sentó sobre un cojín de seda bordado, habiéndola el comandante rociado, tanto a ella como a las mujeres de su séquito, con agua de rosas almizclada, olor que agrada
muchísimo a las mujeres de este país.
A fin de que el rey fuese más respetado y mejor obedecido de lo que era, el comandante hizo que un día viniese a misa vestido con su traje de seda, disponiendo que fuesen también sus dos hermanos, llamado el uno Bondora, que era el padre del príncipe, y el otro Cadaro, con otros varios jefes, llamados Simiut, Sibuaya, Sisacay, etc., a quienes exigió juramento de obedecer al rey, después de lo cual todos le besaron la mano.
A continuación el comandante hizo jurar al rey de Zubu que estaría sometido y sería fiel al rey de España, después de lo cual, poniendo su espada delante de la imagen de Nuestra Señora, declaró al rey que habiendo hecho semejante juramento, debía morir antes de faltar a él, y que él mismo estaba presto a perecer mil veces antes que faltar al juramento que había hecho por la imagen de Nuestra Señora, por la vida del Emperador, su señor, y por su propio hábito.23 Le obsequió en seguida una silla de terciopelo, diciéndole que dondequiera que fuese, la hiciese llevar delante de sí, por uno de sus jefes, indicándole la manera cómo debía conducirse para esto.
Prometióle el rey cumplir exactamente todo lo que acababa de encargarle, y para darle un testimonio de afecto a su persona, le obsequió algunas alhajas, consistentes en dos pendientes de oro bastante grandes, dos brazaletes del mismo metal para los brazos, y otros dos para los pies, todos adornados de pedrerías. Estos anillos constituyen el más hermoso adorno de los reyes de estos países, que andan siempre desnudos y sin calzado, sin llevar, como lo he dicho ya, más vestido que un pedazo de género que les desciende desde la cintura hasta las rodillas.
El comandante, que había ordenado al rey y a todos los nuevos cristianos que quemasen sus ídolos, lo que todos habían prometido ejecutar, viendo que no solamente los conservaban todavía, sino que aún les ofrecían sacrificios de cosas de comer, según su uso antiguo, se quejó por ello altamente y los reprendió. No trataron de negar el hecho, pero creyeron excusarse diciendo que no hacían esos sacrificios por ellos mismos, sino por un enfermo a quien esperaban que los ídolos devolviesen la salud. El enfermo era el hermano del príncipe, considerado como el hombre de más juicio y más valiente de la isla; hallándose tan enfermo que hacía cuatro días que había perdido ya el uso de la palabra.
Habiendo oído esto el comandante y animado de santo celo, dijo que si tenían verdadera fe en Jesucristo, quemasen todos sus ídolos e hiciesen bautizar al enfermo; añadiendo que estaba tan convencido de lo que decía, que consentía en perder su cabeza si lo que prometía no se verificaba en el acto. Habiendo asegurado el rey que asentía a todo, hicimos entonces, con la mayor pompa que nos fue posible, una procesión desde el sitio en que nos hallábamos hasta la casa del enfermo, a quien encontramos efectivamente en un estado tan lastimoso que ni siquiera podía hablar ni moverse. Bautizámosle junto con dos de sus mujeres y diez hijos, y preguntándole en seguida el comandante cómo se hallaba, respondió repentinamente que, gracias a Nuestro Señor, se sentía bien. Fuimos todos testigos presenciales de este milagro. El capitán especialmente tributó gracias a Dios. Propinó al príncipe una bebida refrescante y continuó enviándosela todos los días hasta que quedó completamente restablecido, remitiéndole al mismo tiempo un colchón, sábanas, una frazada amarilla de lana y una almohada.

Al quinto día, el enfermo, perfectamente sano, se levantó. Su primer cuidado fue hacer quemar delante del rey y a presencia de todo el pueblo, un ídolo que estaba en gran veneración y que guardaban cuidadosamente en su casa algunas viejas. Quiso también derribar varios templos situados a la orilla del mar, donde el pueblo se reunía para comer la carne consagrada a los ídolos. Todos los habitantes aplaudieron estos hechos, proponiéndose ir a destruir todos los ídolos, aun los que estaban en la casa del rey, gritando al mismo tiempo: « ¡Viva Castilla! » en honor del rey de España. Los ídolos de esta nación son de palo, cóncavos o huecos por detrás; tienen abiertos los brazos y las piernas y los pies vueltos hacia arriba, y un rostro grande, con cuatro dientes muy gruesos, parecidos a los de jabalí. Generalmente son todos pintados.

Y ya que acabo de hablar de ídolos, contaré a V. S. algunas de sus ceremonias supersticiosas, una de las cuales es la bendición del cerdo. Comienzan estas ceremonias por hacer sonar enormes timbales; traen en seguida tres grandes platos, dos de los cuales llenan con pescado asado y con dulces de arroz y mijo cocido, envuelto en hojas, y en el otro se ven géneros de tela de Cambaya y dos bandas de tela de palmera. Extienden en el suelo una de estas sábanas de tela y entonces se acercan dos viejas que traen en la mano, cada una, una gran trompeta de caña. Colocándose sobre la sábana, hacen una salutación al sol, y se envuelven con los otros géneros que están en el plato. Una de las dos viejas se cubre la cabeza con un pañuelo que ata sobre su frente, de manera que forma dos cuernos, y cogiendo en las manos otro pañuelo, baila y toca al mismo tiempo la trompeta, invocando de cuando en cuando al sol. La otra vieja toma una de las bandas de tela de palmera, baila y toca igualmente su trompeta, y volviéndose hacia el sol, le dirige algunas palabras. La otra coge entonces la otra banda de tela de palmera, arroja el pañuelo que tenía en la mano, y ambas tocan juntas sus trompetas, bailando durante largo espacio alrededor del cerdo, que permanece atado y tendido en tierra. Durante este tiempo, la primera habla al sol con una voz ronca, en tanto que la otra le responde. Después de esto se ofrece un vaso de vino a la primera, que lo toma, sin cesar de bailar y de dirigirse al sol.
Se lo acerca cuatro o cinco veces a la boca, fingiendo que quiere beber, pero el líquido lo desparrama sobre el corazón del cerdo. Devuelve en seguida la taza y entonces le pasan una lanza, que agita, siempre bailando y hablando, y la endereza varias veces contra el corazón del cerdo, al que al fin atraviesa de parte a parte, con un golpe rápido y bien dirigido. Tan luego como retira la lanza de la herida, cierran ésta y la curan con hierbas medicinales. Durante todas estas ceremonias permanece alumbrada una antorcha, que la vieja que ha herido al cerdo coge y mete en su propia boca para apagarla. La otra vieja humedece el extremo de su trompeta en la sangre del cerdo, con la cual va tocando y ensangrentando la frente de los asistentes, comenzando por su marido; pero no se dirigió a nosotros. Concluido esto, las dos viejas se desvisten, comen de lo que se había traído en los dos platos primeros, invitando a que coman con ellas a las mujeres y no a los hombres. Se depila en seguida al cerdo al fuego, sin que jamás coman de este animal antes de que haya sido purificado de esta manera. Sólo las viejas pueden practicar dicha ceremonia.
A la muerte de uno de sus jefes, se verifican también ceremonias extrañas, según yo mismo he podido ver. Las mujeres más respetadas del lugar se dirigen a la casa del muerto, en medio de la cual está colocado el cadáver, dentro de una caja, alrededor de la cual tienden cuerdas para formar una especie de recinto. Y atan a estas cuerdas ramas de árboles, y en medio de estas ramas, se cuelgan telas de algodón, en forma de pabellón, bajo las cuales toman asiento las mujeres de que acabo de hablar, cubiertas con un trapo blanco, y teniendo cada una una sirvienta a su lado que las refresque con un abanico de palmera. Las demás mujeres están sentadas alrededor de la pieza con un aire triste, y una de ellas con un cuchillo corta poco a poco los cabellos del muerto. Otra que ha sido la esposa principal (porque aunque un hombre pueda tener tantas mujeres como le plazca, una sola es la principal) se tiende sobre él de tal manera que tiene su boca, sus manos y sus pies, sobre la boca, las manos y los pies del muerto. En tanto que la primera corta los cabellos, ésta llora, cantando cuando se detiene la primera. Por todo el ámbito de la pieza se ven vasos de porcelana con fuego, en los cuales, de tiempo en tiempo, echan mirra, estoraque y benjuí, que esparcen una fragancia muy agradable. Esta ceremonia se continúa durante cinco o seis días, en los cuales no se saca el cadáver de la casa, por lo cual creo que tienen cuidado de embalsamarlo para que no se corrompa. Al fin se le entierra en el mismo cajón, que cierran con clavijas de madera, colocándolo en el cementerio, que es un local cerrado con tablas.
Se nos aseguró que diariamente un pájaro negro, del tamaño de un cuervo, venía durante la noche a posarse sobre las casas, infundiendo con sus gritos miedo a los perros, que se ponían a aullar todos mientras no venía el alba. No se nos quiso jamás decir la causa de este fenómeno de que todos fuimos testigos. Consignaré otra observación acerca de sus extrañas costumbres. He dicho ya que estos indígenas andan completamente desnudos, sin más que una tira de palmera que les cubre sus órganos genitales. Todos los hombres, tanto jóvenes como viejos, llevan el prepucio cerrado con un pequeño cilindro de oro o de estaño, del grueso de una pluma de ganso, que lo atraviesa de alto abajo, dejando al medio una abertura para el paso de la orina, y guarnecido en los dos extremos de cabezas parecidas a las de nuestros clavos grandes, los cuales también, a veces, se ven erizados con puntas en forma de estrellas. Me aseguraron que no se quitaban jamás esta especie de adorno, aun durante el coito; que eran sus mujeres las que querían eso, siendo ellas las que preparaban de este modo desde la infancia a sus hijos: pero lo que hay de cierto es que, a pesar de tan extraño aparato, todas las mujeres nos preferían a sus maridos… No faltan víveres en esta isla: además de los animales que he nombrado ya, existen perros y gatos que se comen. Crece también arroz, mijo, panizo y maíz, naranjas, limones, caña de azúcar, cocos, cidras, ajos, jengibre, miel y otros productos. Hacen vino de palma y hay también oro en abundancia.
Cuando alguno de nosotros bajaba a tierra, ya fuese de día o de noche, encontraba siempre indígenas que lo invitaban a comer y a beber. Comen sus guisados a medio cocer, en extremo salados, lo que les incita a beber mucho, y en efecto beben muy a menudo, sorbiendo por medio de tubos de caña el vino contenido en los vasos. Gastan ordinariamente en comer cinco o seis horas.
En esta isla hay varias aldeas, cada una de las cuales tiene algunos personajes respetables que hacen de jefes. He aquí los nombres de las aldeas y de sus respectivos jefes: Cingapola; sus jefes son Cilaton, Ciguibucan, Cimaninga, Cimaticat, Cicanbul; Mandani, que tiene por jefe a Ponvaan; Lalan, cuyo jefe es Seten; Lalutan, que tiene por jefe a Japau; Lubucin, cuyo jefe es Cilumai. Todas estas aldeas estaban bajo nuestra obediencia y nos pagaban una especie de tributo. Cerca de la isla de Zubu hay otra llamada Matan, que posee un puerto del mismo nombre, donde anclaban nuestras naves. La principal aldea de esta isla se llama también Matan, cuyos jefes eran Zula y Cilapulapu. En esta isla era donde estaba situada la aldea de Bulaya, que quemamos.
Viernes 26 de abril, Zula, uno de los jefes de la isla de Matan, remitió al comandante, con uno de sus hijos, dos cabras, con encargo de decirle que si no le enviaba todo lo que le había prometido, no era culpa suya sino del otro jefe llamado Cilapulapu, que no quería reconocer la autoridad del rey de España; pero que si a la noche siguiente quería despachar en su auxilio una chalupa con hombres armados, se comprometía a batir y subyugar enteramente a su rival. Con este mensaje, el comandante se resolvió a ir allí en persona con tres chalupas, y aunque le rogamos que no fuese, nos respondió que, como buen pastor, no debía abandonar su rebaño.
Partimos a media noche, provistos de coraza y de casco, en número de sesenta, el rey cristiano, el príncipe su yerno y varios jefes de Zubu, con cierto número de hombres armados que nos siguieron en veinte o treinta balangayes: y habiendo llegado a Matan tres horas antes de que aclarase, el comandante resolvió no atacar, sino que envió a tierra al moro para que dijese a Cilapulapu y a los suyos que si querían reconocer la soberanía del rey de España, obedecer al rey cristiano de Zubu, y pagar el tributo que acababa de pedírseles, serían considerados como amigos, y que en caso contrario, conocerían la fuerza de nuestras lanzas. Los isleños no se amedrentaron con nuestras amenazas, respondiendo que tenían también lanzas, aunque sólo de cañas puntiagudas y estacas endurecidas al fuego.
Pidieron sólo que no se les atacase durante la noche porque con los refuerzos que esperaban se habían de hallar en mayor número: lo que decían maliciosamente para animarnos a que los atacásemos inmediatamente, con la esperanza de que caeríamos en los fosos que habían excavado entre la orilla del mar y sus casas.
Esperamos efectivamente el día y saltamos entonces en tierra con el agua hasta los muslos, no habiendo podido aproximarse las chalupas a la costa a causa de las rocas y de los bajíos. Éramos en todo cuarenta y nueve hombres, habiendo dejado once a cargo de las chalupas, y siéndonos preciso marchar algún tiempo en el agua antes de poder ganar tierra.
Encontramos a los isleños en número de mil quinientos, formados en tres batallones, que en el acto se lanzaron sobre nosotros con un ruido horrible, atacándonos dos por el flanco y uno por el frente. Nuestro comandante dividió entonces su tropa en dos pelotones: los mosqueteros y los ballesteros tiraron desde lejos durante media hora sin causar el menor daño a los enemigos, o al menos muy poco, porque aunque las balas y las flechas penetrasen en sus escudos, formados de tablas bastante delgadas, y aun algunas veces los herían en los brazos, eso no les detenía, porque tales heridas no les producían una muerte instantánea, según se lo tenían imaginado, y aun con eso se ponían más atrevidos y furiosos.
Por lo demás, fiándose en la superioridad del número, nos arrojaban nubes de lanzas de cañas, de estacas endurecidas al fuego, piedras y hasta tierra, de manera que nos era muy difícil defendernos. Hubo aun algunos que lanzaron estacas enastadas contra nuestro comandante, quien para alejarlos e intimidarlos, dispuso que algunos de los nuestros fuesen a incendiar sus cabañas, lo que ejecutaron en el acto. La vista de las llamas los puso más feroces y encarnizados: algunos aun acudieron al lugar del incendio, que devoró veinte o treinta casas, y mataron en el sitio a dos de los nuestros. Su número parecía aumentar tanto como la impetuosidad con que se arrojaban contra nosotros.
Una flecha envenenada vino a atravesar una pierna al comandante, quien inmediatamente ordenó que nos retirásemos lentamente y en buen orden; pero la mayor parte de los nuestros tomó precipitadamente la fuga, de modo que quedamos apenas siete u ocho con nuestro jefe.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 3ª parte

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El domingo 7 de abril entramos en el puerto de Zubu. Pasamos cerca de varias aldeas, en que vimos casas construidas sobre los árboles, y cuando estuvimos cerca de la ciudad, el comandante hizo enarbolar todos los pabellones y arriar todas las velas, haciendo una descarga general de artillería que produjo gran alarma entre los isleños. El comandante despachó entonces a uno de sus allegados, acompañado del intérprete, como embajador cerca del rey de Zubu. Al llegar a la ciudad encontraron al rey rodeado de una multitud inmensa, alarmada por el ruido de las bombardas. Comenzó el intérprete por tranquilizar al rey diciéndole que tal era nuestro uso y que este ruido no era sino un saludo en señal de paz y amistad, para honrar a la vez al rey y a la isla.
Estas palabras tranquilizaron a todos. Preguntó el rey, por medio de su ministro, al intérprete, qué era lo que nos llevaba a su isla y qué queríamos: a lo cual contestó aquél que su señor, que mandaba la escuadra, era un capitán que estaba al servicio del rey más grande de la tierra, y que el objeto de nuestro viaje era llegar a Maluco, pero que el rey de Massana, donde había tocado, habiéndole hecho grande elogio de su persona, había venido para darse el gusto de visitarle, y al mismo tiempo para tomar refrescos en cambio de mercaderías de las nuestras.
Replicó el rey que fuese bien venido, pero que le advertía que todas las naves que entraban a su puerto para comerciar, debían comenzar por pagarle cierto derecho: en prueba de lo cual, añadió, no hacía aún cuatro días que este derecho había sido cubierto por un junco de Siam, que había llegado a tomar esclavos y oro; llamando en seguida a un mercader moro, llegado también de Siam con el mismo objeto, a fin de que testificase la verdad de lo qué acababa de expresar.
Respondió el intérprete que su señor, siendo capitán de un tan poderoso rey, no había de pagar derecho a ningún otro de la tierra; que si el de Zubu quería la paz, le traía la paz, pero que si quería guerra, se la haría.
El mercader de Siam, aproximándose entonces al rey, le dijo en su idioma: cata raja chita, esto es, señor, tened mucho cuidado con esto; esta gente (nos creía portugueses) son los que han conquistado a Calicut, Malaca y todas las grandes Indias. El intérprete, que había entendido lo que el mercader acababa de decir, añadió que su rey era aún mucho más poderoso, tanto por sus ejércitos como por sus escuadras, que el de Portugal, a quien el siamés se refería; que era el rey de España y Emperador de todo el mundo cristiano, y que si hubiese preferido tenerle por enemigo más bien que por amigo, habría enviado un número bastante considerable de hombres y de naves para destruir su isla entera. El moro confirmó al rey lo que el intérprete acababa de expresar. El rey, sintiéndose entonces embarazado, contestó que se pondría de acuerdo con nto, al enviado del comandante y al intérprete un almuerzo de varios guisados, compuestos todos de carnes, en platos de porcelana.
Después del almuerzo, nuestros enviados regresaron a bordo y nos hicieron relación de todo lo que les había acontecido. El rey de Massana, que, después del de Zubu, era el más poderoso soberano de estas islas, desembarcó para prevenirle al rey de las buenas disposiciones de que nuestro jefe venía animado a su respecto.
Al siguiente día, el escribano de nuestra nave y el intérprete fueron a Zubu, saliéndoles a su encuentro el rey, acompañado de sus jefes, y después de haber hecho sentar delante de sí a nuestros dos enviados, les dijo que, convencido de lo que acababa de oír, no sólo no exigía derecho alguno, sino que, si lo pedían, estaba presto a hacerse tributario del Emperador. Se le replicó entonces que sólo se le exigía el privilegio de tener el comercio exclusivo de su isla, en lo cual consintió el rey, encargándoles manifestar a nuestro jefe que si quería ser verdaderamente su amigo, no tenía más que sacarse un poco de sangre del brazo derecho y enviársela, que él por su parte haría otro tanto: lo que sería testimonio de que ambos se habían de guardar una amistad sólida y leal: asegurándole el intérprete que todo se haría como él lo deseaba. El rey añadió entonces que todos los capitanes amigos que llegaban a su puerto le hacían algún presente, recibiendo de él otros a cambio, dejando al comandante la elección de dar primero estos presentes o de recibirlos. Repuso el intérprete que, puesto que parecía atribuir tanta importancia a este uso, no tenía más que comenzar: en lo que el rey consintió.
El martes por la mañana, el rey de Massana, acompañado del mercader moro, vino a bordo de nuestra nave, y después de haber saludado al comandante de parte del rey de Zubu, le dijo que estaba encargado de avisarle que aquél se hallaba ocupado en reunir todos los víveres que pudiera encontrar para obsequiárselos, y que después de mediodía le enviaría a su sobrino con alguno de sus ministros para establecer la paz. Dioles el comandante las gracias, haciéndoles ver al mismo tiempo un hombre armado de punta en blanco, diciéndoles que en caso que hubiera de combatir, nos armaríamos todos de la misma manera. El moro se sobrecogió de miedo al ver un hombre armado de ese modo; pero el comandante le tranquilizó, asegurándole que nuestras armas eran tan ventajosas a nuestros amigos como fatales a nuestros adversarios; que nos hallábamos en estado de ahuyentar a todos los enemigos de nuestro rey y de nuestra fe con la misma facilidad con que nos limpiábamos con el pañuelo el sudor de la frente. El comandante asumió este tono orgulloso y amenazante para que el moro hiciese de ello relación al rey.
Efectivamente, después de comer, llegaron a bordo el sobrino del rey, que era el heredero presunto de su reino, con el rey de Massana, el moro, el gobernador o ministro y el preboste mayor, con ocho jefes de la isla, para contratar con nosotros una alianza de paz. El comandante les recibió con bastante dignidad: se sentó en un sillón de terciopelo rojo, ofreciendo sillas de la misma tela al rey de Massana y al príncipe, los jefes fueron a sentarse en sillas de cuero y los otros en esteras.
El comandante hizo preguntar por medio del intérprete si era costumbre hacer los tratados en público, y si el príncipe y el rey de Massana tenían los poderes necesarios para concluir un tratado de alianza con él. Se le contestó que estaban autorizados para ello y que se podía hablar en público. El comandante les manifestó entonces todas las ventajas de esta alianza, pidió a Dios que la confirmase en el cielo, añadiendo varias otras cosas que le inspiraron el cariño y el respeto por nuestra religión.
Preguntó si el rey tenía hijos hombres, a lo que le contestaron que sólo tenía mujeres, la mayor de las cuales era la esposa de su sobrino, que era en ese momento su embajador, y que a causa de este matrimonio, era considerado como príncipe heredero. Hablando de la sucesión entre ellos, se nos dijo que cuando los padres alcanzan cierta edad no se les guardaban ya consideraciones, y que el mando pasaba entonces a los hijos.
Este discurso escandalizó al comandante, quien condenó esta costumbre, atendiendo a que Dios, que ha creado el cielo y la tierra, decía, ha ordenado expresamente a los hijos de honrar padre y madre, amenazando castigar con el fuego eterno a los que transgrediesen este mandamiento; y para hacerles sentir mejor la fuerza de este precepto divino, les dijo: «Que estábamos todos igualmente sujetos a las leyes divinas, porque somos todos descendientes de Adán y Eva»; añadiendo otros pasajes de la historia sagrada que causaron gran placer a estos isleños y excitaron en ellos el deseo de ser instruidos en los principios de nuestra religión, de manera que rogaron al comandante que les dejara, a su partida, uno o dos hombres capaces de enseñárselos, y a quienes no se dejaría de honrar mucho entre ellos. Pero el comandante les dio a entender que la cosa más esencial para ellos era hacerse bautizar, lo que podía ejecutarse antes de su partida; que él no podía por el momento dejar entre ellos a ninguno de la tripulación, pero que regresaría un día trayéndoles sacerdotes para que les instruyesen en todo lo relativo a nuestra religión.
Manifestaron lo agradable que les era este discurso y que recibirían gustosos el bautismo, pero que antes querían consultar a su rey sobre este punto. El comandante les dijo entonces que tuviesen cuidado de no hacerse bautizar por el solo temor que pudiésemos inspirarles, o por la esperanza de obtener ventajas temporales, porque su intención no era molestar a ninguno de ellos porque conservase la fe de sus padres, sin disimular, sin embargo, que los que se hiciesen cristianos serían los más amados y mejor tratados. Todos exclamaron entonces que no era por temor ni complacencia hacia nosotros que querían abrazar nuestra religión, sino por un movimiento de su propia voluntad.
El comandante les prometió en seguida dejarles armas y una armadura completa, según la orden que había recibido de su soberano; advirtiéndoles, a la vez, que era necesario que bautizasen también a sus mujeres, sin lo cual debían separarse de ellas y no conocerlas carnalmente, si no querían caer en pecado. Habiendo sabido que pretendían tener frecuentes apariciones del diablo, que les infundían gran temor, les aseguró que si se hacían cristianos, el diablo no se atrevería a mostrárseles más, a no ser en la hora de la muerte. Estos isleños, conmovidos y persuadidos de todo lo que acababan de oír, respondieron que tenían plena confianza en él, oyendo lo cual el comandante, llorando de puro conmovido, los abrazó a todos. Tomó entonces entre las suyas la mano del príncipe y del rey de Massana y dijo que por la fe que tenía en Dios, por la fidelidad que debía al Emperador su señor, y por el traje mismo que vestía, establecía y prometía una paz perpetua entre el rey de España y el rey de Zubu. Los dos embajadores hicieron igual promesa.
Después de esta ceremonia se sirvió el almuerzo y en seguida los indianos presentaron al comandante, de parte del rey de Zubu, grandes cestas llenas de arroz, puercos, cabras y gallinas, excusándose de que el regalo que ofrecían no era más digno de tan gran personaje.
Por su parte, el comandante dio al príncipe un paño blanco de tela muy fina, un bonete rojo, algunos hilos de cuentas de vidrio y una taza de vidrio dorado, por ser el vidrio muy estimado entre estos pueblos.
No hizo ningún regalo al rey de Massana porque acababa de darle una chupa de Cambaya y algunas otras cosas. Hizo también presentes a todas las demás personas que acompañaban a los embajadores.
Después que hubieron partidos los isleños, el comandante me envió a tierra, acompañado de otro, para llevar los presentes destinados al rey, los cuales consistían en una chupa de seda amarilla y violeta, hecha a la turquesa, un bonete rojo y algunos hilos de cuentas de cristal, puesto todo en un plato de plata, con dos tazas de vidrio dorado que llevábamos en la mano.
Al llegar a la ciudad, encontramos al rey en su palacio, acompañado de un gran cortejo. Estaba sentado en el suelo sobre un tapete de palmera: desnudo, sin más que un pedazo de tela de algodón que le cubría sus partes naturales, un velo bordado con aguja alrededor de la cabeza, un collar de gran precio al cuello, y en las orejas dos grandes anillos de oro circundados de piedras preciosas. Era pequeño, obeso, y estaba pintado de diferentes maneras, por medio del fuego. Comía en el suelo, sobre otra estera, huevos de tortuga puestos en dos platos de porcelana, teniendo delante de sí cuatro cántaros llenos de vino de palmera, cubiertos con hierbas odoríferas. En cada uno de los cántaros había un tubo de caña, por medio del cual bebía.
Después que hubimos saludado al rey, el intérprete le expresó que el comandante, su amo, la agradecía el regalo que acababa de hacerle, enviándole en retomo algunos objetos, no como recompensa, sino como testimonio sincero de la amistad que con él acababa de contraer. Después de este preámbulo, le vestimos la chupa, le colocamos en la cabeza el bonete y le presentamos los demás regalos que llevábamos para él.
Antes de ofrecerle las tazas de vidrio, yo las bajaba y las levantaba delante de mí, movimientos que el rey imitó al recibirlas. En seguida nos hizo probar los huevos y beber de su vino por medio de los tubos de que se servía. Mientras comíamos, los que habían estado a bordo le refirieron todo lo que él comandante les había dicho tocante a la paz y la manera como los había exhortado a que abrazasen el cristianismo. El rey quiso también darnos de cenar, pero nos excusamos y nos despedimos de él.
El príncipe, su yerno, nos condujo a su propia morada, donde encontramos a cuatro jóvenes que se ejercitaban en la música: una tocaba un tambor parecido a los nuestros, pero colocado en tierra: otra tenía a su lado dos timbales y en cada mano una especie de clavija o pequeño martillo, cuya extremidad estaba guarnecida de tela de palmera, con el cual golpeaba ya sobre el uno ya sobre el otro; la tercera tocaba de la misma manera sobre un gran timbal; y la cuarta tenía en la mano dos pequeños címbalos, que, golpeándolos alternativamente uno sobre el otro, producían un sonido muy suave. Guardaban todas tan bien el compás, que era necesario concederles un gran conocimiento de la música. Estos timbales, que son de metal o de bronce, se fabrican en el país del Signo Magno, y le sirven de campana; se les llama agon. Estos isleños tocan también una especie de violín, cuyas cuerdas son de cobre.
Estas jóvenes eran muy bonitas y casi tan blancas como nuestras europeas, y aunque eran ya adultas, no por eso estaban menos desnudas; algunas tenían, sin embargo, un pedazo de tela de corteza de árbol, que les descendía desde la cintura hasta las rodillas; pero las otras estaban completamente desnudas. El agujero de las orejas era muy grande, hallándose guarnecido de un círculo de madera para ensancharlo más y darle redondez. Tenían los cabellos negros y largos, y se ceñían la cabeza con un pequeño velo. No usan jamás zapatos ni otro calzado. Merendamos en casa del príncipe y regresamos en seguida.
Habiendo muerto uno de los nuestros durante la noche, el miércoles por la mañana, acompañado del intérprete, regresé donde el rey para pedirle permiso para el entierro, y que con este objeto nos indicase un sitio. Le encontramos rodeado de un numeroso cortejo, y nos respondió que, puesto que el comandante podía disponer de él y de todos sus súbditos, con mayor razón podía disponer de sus tierras. Añadí que para enterrar al muerto debíamos consagrar el lugar de la sepultura y plantar en él una cruz, y el rey no sólo dio su consentimiento, sino que añadió que adoraría, como nosotros, la cruz.
Se consagró lo mejor que fue posible la plaza misma de la ciudad, destinada a servir de cementerio a los cristianos, según los ritos de la Iglesia, a fin de inspirar a los indianos una buena opinión de nosotros, y ahí enterramos en seguida el muerto. La misma tarde enterramos otro.
Habiendo desembarcado ese día muchas de nuestras mercaderías, las depositamos en una casa que el rey tomó bajo su protección, lo mismo que a cuatro nombres que el comandante dejó ahí para comerciar por mayor. Este pueblo, que es amigo de la justicia, usa pesos y medidas. Hacen las balanzas de un pedazo de palo, sostenido hacia el medio por una cuerda, y de un lado está el platillo de la balanza atado a un extremo del fiel por tres pequeñas cuerdas, y en el otro hay una pesa de plomo que equivale al peso del platillo. Del mismo lado se añaden las pesas, que representan libras, medias libras, tercios, etc., colocando sobre el platillo las especies que se quiere pesar. Poseen también medidas de longitud y de capacidad. Estos isleños son dados al placer y a la ociosidad. Hemos ya contado la manera como las jóvenes tocan los timbales; usan también una especia de gaita, que se asemeja mucho a la nuestra y que llaman subin.
Hacen sus casas de postes, tablas y cañas, y tienen cuartos como los nuestros; y hallándose en alto, queda debajo un vacío que sirve de gallinero y de establo para los puercos, cabras y gallinas.
Se nos refirió que había en estos mares pájaros negros, parecidos a cuervos, que cuando las ballenas aparecen en la superficie del agua, esperan que abran la boca para lanzarse dentro, yendo directamente a arrancarles el corazón, que se van a comer lejos. La sola prueba que nos dieron de este hecho fue que suele verse al pájaro negro comiendo el corazón de la ballena, y que a ésta se la encuentra muerta sin el corazón. Añadían que este pájaro se llama lagan, que tiene el pico dentado y la epidermis negra, pero que su carne es blanca y buena para comer.
El día viernes abrimos nuestro almacén y expusimos todas nuestras mercaderías, que los isleños miraban con admiración. Por el bronce, el hierro y demás mercaderías pesadas, nos daban oro; nuestras bujerías y otras menudencias se cambiaban por arroz, puercos, cabras y algunos comestibles. Nos daban diez piezas de oro, cada una del valor de ducado y medio, por catorce libras de hierro. El comandante prohibió que se mostrase demasiada estimación por el oro, sin cuya orden cada marinero habría vendido todo lo que poseía para procurarse este metal, lo que habría arruinado para siempre nuestro comercio.
Habiendo prometido el rey a nuestro comandante abrazar la religión cristiana, se había fijado para que tuviese lugar esta ceremonia el día domingo 14 de abril. Con este objeto, en la plaza que ya habíamos consagrado, se levantó un cadalso, adornado con tapices y hojas de palma. Bajamos a tierra en número de cuarenta, fuera de dos hombres armados de punta en blanco que precedían la real bandera. En el momento en que pusimos pie en tierra, las naves hicieron una descarga general de artillería, lo que no dejó de atemorizar a los isleños. Abrazáronse el rey y el comandante. Subimos al cadalso, donde se habían colocado para ellos dos sillas de terciopelo negro y azul. Los jefes de los isleños se sentaron en cojines y los restantes en esteras.
Entonces el comandante hizo decir al rey que, entre las otras ventajas de que iba a gozar haciéndose cristiano, tendría la de vencer más fácilmente a sus enemigos: a lo cual respondió el rey que gustaba de hacerse cristiano aun sin este motivo, pero que habría tenido grandísimo placer en poder hacerse respetar de ciertos jefes de la isla que rehusaban sometérsele alegando que eran hombres como él, y que así no querían obedecerle. Habiéndolos hecho llamar, el comandante les significó por medio del  intérprete que si no obedecían al rey como a su soberano, los haría matar a todos y daría sus bienes al rey: por lo cual todos los jefes prometieron reconocer su autoridad.
El comandante, por su parte, aseguró al rey que, a su regreso de España, vendría con fuerzas mucho más considerables y que le haría el monarca más poderoso de estas islas: recompensa quque creía que era debida por ser el primero que abrazaba la religión cristiana.

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 2ª parte.

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… Tienen los cabellos negros y los llevan tan largos que les caen sobre la cintura. Sus armas son cuchillos, escudos, mazas y lanzas guarnecidas de oro. Como instrumentos de pesca usan dardos, arpones y redes hechas más o menos como las nuestras. Sus embarcaciones se asemejan también a aquellas de que nos servimos.
El lunes santo, 25 de marzo, me encontré en el mayor peligro. Nos hallábamos a punto de partir y yo quería pescar, para lo cual, para colocarme cómodamente, puse el pie sobre una verga humedecida por la lluvia, hube de resbalarme y caí al mar sin que nadie lo notase. Afortunadamente, la cuerda de una vela que pendía sobre el agua estaba cerca, me sujeté a ella y me puse a gritar con tanta fuerza que me oyeron, viniendo con el esquife en mi auxilio: lo que sin duda no debe atribuirse a mi propio mérito, sino a la misericordiosa protección de la muy Santa Virgen. En el mismo día partimos, y gobernando entre el oeste y el sudoeste, pasamos en medio de cuatro islas llamadas Cerralo, Huinangan, Ibusson y Abarien.
Jueves 28 de marzo, habiendo divisado durante la noche luz en una isla, en la mañana pusimos la proa a ella, y cuando estuvimos a poca distancia, vimos que se aproximaba a nuestra nave una pequeña embarcación, que llaman bototo, tripulaba por ocho hombres. El capitán tenía un esclavo natural de Sumatra, llamada antiguamente Taprobana, quien salió a hablarles en la lengua de su país, y a pesar de que le comprendieron y vinieron a situarse a cierta distancia de nuestra nave, no quisieron subir a bordo, y aun parecían estar temerosos de acercársenos mucho. El comandante, viendo su desconfianza, arrojó al mar un bonete rojo y algunas otras bagatelas, atadas a una tabla, las cuales cogieron dando señales de mucha alegría; pero incontinenti partieron, habiendo sabido después que se habían apresurado a ir a advertir a su rey de nuestra llegada.
Dos horas más tarde, vimos que venían hacia nosotros dos balangayes (nombre que dan a sus grandes embarcaciones) llenos de hombres, hallándose el rey en el más grande, bajo una especie de dosel formado de esteras. Cuando el rey estuvo cerca de nuestra nave, le dirigió la palabra el esclavo del capitán, habiéndole comprendido perfectamente, porque los reyes de estas islas hablan varios idiomas. Dispuso que algunos de los que le acompañaban subiesen a bordo, habiéndose él mismo quedado en su balangay, y partido tan pronto como los suyos estuvieron de regreso. El comandante hizo una acogida muy afable a los que habían subido a bordo, regalándoles también algunos presentes, sabido lo cual por el rey, quiso antes de alejarse obsequiar al comandante un lingote de oro y una cesta llena de jengibre, presente que el comandante agradeció, pero que no quiso aceptar. Hacia la noche fuimos con la escuadra a fondear cerca de la casa del rey.
Al día siguiente el comandante despachó a tierra el esclavo que le servía de intérprete, para decir al rey que si tenía algunos víveres que enviarnos se los pagaríamos bien; asegurándole, a la vez, que no habíamos venido hasta él para cometer hostilidades sino para ser sus amigos. Con esto el rey en persona vino en nuestra chalupa a bordo, con seis u ocho de sus principales súbditos, y después de subir, abrazó al comandante, presentándole tres vasos de porcelana llenos de arroz crudo y cubiertos de hojas; dos doradas muy grandes y algunos otros objetos. El comandante le ofreció por su parte una chupa de paño rojo y amarillo, hecha a la turquesa, y un bonete rojo fino. Obsequió también a los de su séquito, dando, a unos, espejos y, a otros, cuchillos. En seguida hizo servir el almuerzo, ordenando al esclavo intérprete que dijese al rey que quería vivir con él como hermano, lo que pareció darle grandísimo gusto.
Extendió en seguida delante del rey paños de diversos colores, telas, cuchillos y otras mercaderías; hízole también ver todas las armas de fuego, hasta la artillería gruesa, ordenando aun disparar algunos tiros, de que los isleños se manifestaron muy atemorizados. Hizo armar de punta en blanco a uno de nosotros, encargando a tres hombres que le diesen sablazos y puñaladas para manifestar al rey que nada podría herir a una persona armada de esta manera, y después de sorprenderse mucho, por medio del intérprete, hizo decir al capitán que un hombre tal podía combatir contra ciento. Es verdad, replicó el intérprete en nombre del comandante, y cada una de las tres naves tiene doscientos hombres armados de esta manera. Se le hizo examinar en seguida despacio cada pieza de la armadura y todas nuestras armas, indicándole la manera de servirse de ellas.
Después de esto le condujo al castillo de popa, y habiéndose hecho traer el mapa y la brújula, le explicó por medio del intérprete, cómo había encontrado el Estrecho para llegar al mar en que nos hallábamos, y cuántas lunas había pasado en el mar sin divisar tierra.
El rey, admirado de todo lo que acababa de oír y de ver, se despidió del comandante, rogándole que despachase con él a dos de los suyos, para hacerle ver, a su vez, algunas particularidades de su país. El comandante me envió con otro para que acompañase al rey.

Cuando pusimos pie en tierra, el rey levantó las manos al cielo y se volvió en seguida hacia nosotros, como también todos los que nos seguían: nosotros hicimos otro tanto. El rey me cogió entonces de la mano, y uno de los principales hizo igual cosa con mi camarada, en cuya forma seguimos hasta un tinglado hecho de cañas en que estaba un balangay que tenía cerca de cincuenta pies de largo y que se asemejaba a una galera.

Después de sentarnos en la popa, procuramos darnos a entender por señas, porque no disponíamos de intérprete. Los del séquito del rey, de pie, le rodeaban, armados de lanzas y de escudos. Se nos sirvió entonces un plato de carne de puerco con un gran cántaro lleno de vino. Después de cada bocado de carne, nos bebíamos una escudilla de vino, la cual, cuando no se vaciaba enteramente (lo que no era frecuente), se echaba el resto en otro cántaro. La escudilla estaba siempre lista sin que nadie osase tocarla, a no ser él y yo.
Todas las veces que el rey quería beber, antes de tomar la escudilla, levantaba las manos al cielo, las volvían en seguida hacia nosotros, y en el momento en que la cogía con la mano derecha, extendía hacia mí la izquierda, con el puño cerrado, de tal modo que la primera vez que ejecutó esta ceremonia, creí que me iba a dar una bofetada; y en esta actitud permanecía durante todo el tiempo que bebía, y habiendo notado que todos los demás le imitaban en esto, ejecuté con él otro tanto. De esta manara comimos sin que pudiese excusarme de probar la carne, a pesar de que era viernes santo. Antes de que llegase la hora de la cena, obsequió al rey varias cosas que para este efecto había llevado conmigo; preguntándole al mismo tiempo los nombres que algunos objetos tenían en su idioma, habiéndose sorprendido todos al vérmelos escribir. Llegada la cena, se trajeron dos grandes platos de porcelana, uno con arroz y otro con cocido de puerco, observándose durante la cena las mismas ceremonias que antes he descrito. De allí pasamos al palacio del rey, que tenía la forma de un montón de heno, sostenido por cuatro gruesos postes, cubierto con hojas de plátano, y tan en alto, que para
subir a él hubimos de necesitar escalera.
Cuando entramos, el rey nos hizo sentar sobre esteras de cañas, con las piernas cruzadas, como los sastres sobre su mesa. Media hora más tarde trajeron un plato de pescado asado, cortado en pedazos, jengibre acabado de coger, y vino. Habiéndose presentado el hijo mayor del rey, le hizo sentar a nuestro lado. Sirviéronse entonces otros dos platos: uno de pescado cocido y otro de arroz para comer con el príncipe heredero. Mi compañero de viaje bebió sin tasa y se embriagó. Las velas para alumbrarse las hacen de una especie de goma de árbol, que llaman anime, que se envuelve en hojas de palmera o de plátano.
El rey, después de habernos significado que quería acostarse, se fue, dejándonos con su hijo, con quien dormimos sobre una estera de cañas y apoyando la cabeza sobre almohadas hechas de hojas de árboles.
Al día siguiente, el rey me vino a ver por la mañana, y habiéndome tomado de la mano, me condujo al lugar en que habíamos cenado la víspera, para que almorzásemos juntos; pero como nuestra chalupa había venido a buscarnos, presenté mis excusas al rey y partí con mi compañero. El rey parecía de muy buen humor: nos besó las manos y nosotros le besamos las suyas. Su hermano, que era rey de otra isla, nos acompañó a bordo con otros tres hombres, habiéndole el comandante dejado a comer y obsequiándole varias bagatelas.
El rey que nos había acompañado nos dijo que en su isla se encontraban pedazos de oro tan grandes como nueces, y aun como huevos, mezclados con la tierra, la cual se cernía para encontrarlos, y que todos sus vasos y aun algunos adornos de su casa eran de este metal. Se hallaba vestido muy aseadamente, según la usanza de su país, y era el hombre más bello que he visto en estos pueblos. Sus cabellos negros le caían sobre la espalda, un velo de seda le cubría la cabeza y dos anillos de oro le pendían de las orejas.
Desde la cintura hasta la rodilla le colgaba un paño de algodón bordado con seda; llevaba al costado una especie de daga o espada, que tenía un largo mango de oro y cuya vaina era de madera muy bien trabajada. Sobre cada uno de sus dientes se veían tres pintas de oro, de manera que se hubiera dicho que tenía todos sus dientes ligados con este metal. Estaba perfumado con estoraque y benjuí, y su piel, aunque estaba pintada, se veía que era de color oliváceo.
Tenía de ordinario su morada en una isla en que se hallan los países de Butuán y Calagán; pero cuando los dos reyes quieren conferenciar, se citan en la isla de Massana, donde actualmente nos hallábamos. El primero se llama raja (rey) Colambu, y el otro raja Siagu.
El día de Pascua, que era el último del mes de marzo, el comandante envió temprano a tierra al capellán con algunos marineros para hacer los preparativos necesarios para decir misa; despachando al mismo tiempo al intérprete para que dijese al rey que desembarcaríamos en la isla, pero no para comer con él sino para cumplir con una ceremonia de nuestro culto: el rey aprobó todo y nos envió dos puercos muertos. Bajamos a tierra en número de cincuenta, sin llevar nuestra armadura completa, pero sin embargo armados y vestidos lo mejor que pudimos; en el momento en que nuestras chalupas tocaron la playa, se dispararon seis tiros de bombarda en señal de paz. Saltamos a tierra, donde los dos reyes, que habían salido a nuestro encuentro, abrazaron al comandante colocándole entre ellos dos. De esta manera fuimos marchando en orden, hasta el sitio en que debía decirse la misa, que no estaba muy distante de la playa.
Antes que comenzase la misa, el comandante aspergió a los dos reyes con agua almizclada. En el momento de la oblación, fueron, como nosotros, a besar la cruz, pero no hicieron el ofrecimiento, y en el momento de alzar, adoraron la eucaristía con las manos juntas, imitando siempre lo que hacíamos. En este instante, las naves, habiendo visto la señal, hicieron una descarga general de artillería. Después de la misa, algunos de nosotros comulgaron, y en seguida el comandante hizo ejecutar una danza con espadas, lo que produjo mucho placer a los soberanos.
Después de esto, mandó traer una gran cruz adornada de clavos y de la corona de espinas, delante de la cual nos prosternamos, cosa en que también nos imitaron los isleños.
Entonces el comandante, por medio del intérprete, dijo a los reyes que esta cruz era el estandarte que le había sido confiado por el emperador para plantarla adonde quiera que abordase, y que, por lo tanto, quería levantarla en esta isla, a la cual este signo sería, por lo demás, favorable, porque todas las naves europeas que en adelante viniesen a visitarla, conocerían, al verla, que allí habíamos sido recibidos como amigos y no harían ninguna violencia ni a sus personas ni a sus propiedades; y que, aun en el caso que alguno de ellos fuese apresado, no tenía más que mostrar la cruz para que se le devolviese en el acto su libertad. Agregó que era conveniente colocar esta cruz en la cumbre más elevada de los alrededores, a fin de que todos pudieran verla, y que todas las mañanas era necesario adorarla; añadiendo que si seguían este consejo, ni el rayo ni la tempestad les causarían en adelante daño alguno. Los reyes, que no dudaban en manera alguna de todo lo que el comandante acababa de decirles, le dieron las gracias, asegurándole, por medio del intérprete, que se hallaban perfectamente satisfechos y que ejecutarían de buen grado todo lo que acababa de encargarles.
Les hizo preguntar cuál era su religión, si eran moros o gentiles: a lo que contestaron que no adoraban ningún objeto terrestre; pero levantando las manos juntas y los ojos al cielo, dieron a entender que adoraban a un Ser Supremo, que llamaban Abba, lo que causó gran contento en nuestro comandante. Entonces el raja Colambu, levantando las manos al cielo, le significó que había deseado mucho darle algunas pruebas de su amistad; y habiéndole preguntado el intérprete por qué tenía tan pocos víveres, le respondió que a causa de que no residía en esta isla, donde sólo venía a cazar o a celebrar entrevistas con su hermano, y que su residencia ordinaria era en otra isla, donde vivía también su familia. El comandante expresó al rey que, si tenía enemigos, se uniría gustoso a él con sus naves y sus guerreros para combatirlos: a lo que contestó dándole las gracias y diciendo que se hallaba en realidad en guerra con los habitantes de dos islas, pero que no era entonces la ocasión oportuna para atacarlos. Se acordó ir después de mediodía a plantar la cruz a la cumbre de una montaña, concluyendo la fiesta con las descargas de nuestros mosqueteros que se habían formado en batallón: después de lo cual el rey y el comandante se abrazaron, regresando nosotros a bordo.
Después de comer, bajamos todos a tierra, sin armas, y acompañados de los dos reyes, subimos a la cumbre de la montaña más elevada de los alrededores y en ella plantamos la cruz, expresando el comandante durante el trayecto las ventajas que de este acto debían resultar a los isleños. Adoramos todos a la cruz y los reyes hicieron otro tanto. Al descender, atravesamos por campos cultivados, dirigiéndonos al sitio en que estaba el balangay, y donde los reyes hicieron llevar refrescos.
El comandante había ya preguntado cuál era el puerto más a propósito que había en los alrededores para abastecer las naves y expender las mercaderías: a lo que se le contestó que había tres, Ceilán, Zubu y Calagán: pero que el de Zubu era el mejor, y como estaba decidido a llegar a él, le ofrecieron pilotos que le condujesen. Habiendo terminado la ceremonia de la adoración de la cruz, el comandante fijó el día siguiente para nuestra partida, ofreciendo a los reyes dejarles un rehén que respondiese por los pilotos hasta que los hubiese despachado, lo cual aprobaron.
Por la mañana, cuando estábamos a punto de levantar el ancla, el rey Colambu nos hizo decir que vendría gustoso a servimos de piloto, pero que se veía obligado a demorarse todavía por algunos días para hacer la cosecha del arroz y de otros productos de la tierra, rogando, a la vez, al comandante que se sirviese enviarle algunos hombres de la tripulación a fin de ayudarle para concluir más pronto el trabajo. El comandante le envió, efectivamente, algunos, pero los reyes habían comido y bebido tanto el día anterior, que, ya sea porque su salud se hubiese alterado, ya sea por causa de embriaguez, no pudieron dar orden alguna, encontrándose, en consecuencia, los nuestros sin tener nada que hacer. Durante los dos días siguientes se trabajó mucho y la tarea se acabó.
Pasamos en esta isla siete días, durante los cuales tuvimos ocasión de estudiar sus usos y costumbres. Sus habitantes se pintan el cuerpo y andan desnudos, cubriendo solamente sus órganos genitales con un pedazo de género. Las mujeres usan un jubón de corteza dé árbol, que les desciende de la cintura para abajo. Sus cabellos son negros y les llegan a veces hasta los pies; las orejas las tienen agujereadas y adornadas con anillos y pendientes de oro.
Son grandes bebedores, y pasan mascando una fruta llamada areca (Areca cathecu, Linneo) que se asemeja a una pera, y que cortan en trozos, que envuelven, mezclados con un poco de cal, en hojas que se parecen a las del moral, del mismo árbol, llamado betel. Después de bien mascadas, las escupen, quedándoles la boca teñida de rojo. No hay ninguno de estos isleños que no masque el fruto del betel, el cual, según se pretende, les refresca el corazón, y aun se asegura que morirían si se privasen de él. Los animales que hay en esta isla son perros, gatos, cochinos, cabras y gallinas, y como vegetales comestibles el arroz, el mijo, panizo, maíz, cocos, naranjas, limones, plátanos y jengibre. Hay también cera.
El oro existe en abundancia, según se verá por dos hechos de que he sido testigo. Un hombre nos trajo una espuerta con arroz e higos, solicitando en cambio un cuchillo, y cuando el comandante, en lugar de éste, le ofreció algunas monedas, y entre otras una doble pistola de oro, la rehusó prefiriendo el cuchillo. Otro quiso cambiar un grueso lingote de oro macizo por seis hilos con cuentas de vidrio, cambio que el comandante prohibió expresamente aceptar, temiendo que esto no diera a entender a los isleños que apreciábamos más el oro que el vidrio y nuestras demás mercaderías.
La isla de Massana se halla hacia el 9° 40′ de latitud norte y a 162° de longitud occidental de la línea de demarcación: dista veinticinco leguas de la isla de Humunu. De ahí partimos dirigiéndonos al sudeste, pasando en medio de cinco islas llamadas Ceilán, Bohol, Canigán, Baybay y Gatigán, en la última de las cuales vimos murciélagos tan grandes como águilas: uno que matamos lo comimos, habiéndole encontrado sabor de gallina. Existen también palomas, tórtolas, loros y otros pájaros negros, tan grandes como una gallina, que ponen huevos del tamaño de los de patos y que son excelentes para comer. Se nos aseguró que la hembra pone sus huevos en la arena y que el calor del sol bastaba para incubarlos. De Massana a Gatigán hay veinte leguas.
Partimos de Gatigán dejando el cabo al oeste, y como el rey de Massana, que deseaba ser nuestro piloto, no podía seguimos con su piragua, le esperamos cerca de tres islas llamadas Polo, Ticobón y Pozón. Cuando nos hubo alcanzado, lo hicimos pasar a bordo de nuestra nave con algunos de su séquito, lo que le agradó mucho, dirigiéndonos a la isla de Zubu. De Gatigán a Zubu hay quince leguas…
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La Taprobana de los antiguos no es Sumatra, como dice Pigafetta, sino la isla de Ceilán.
Calagán se refiere a Mindanao

 

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II

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SALIDA DEL ESTRECHO HASTA LA MUERTE DEL CAPITÁN
MAGALLANES Y NUESTRA PARTIDA DE ZUBU
Miércoles 28 de noviembre, desembocamos por el Estrecho para entrar en el gran mar, al que dimos en seguida el nombre de Pacífico, y en el cual navegamos durante el espacio de tres meses y veinte días, sin probar ni un alimento fresco. El bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda. Para no morirnos de hambre, nos vimos aun obligados a comer pedazos de cuero de vaca con que se había forrado la gran verga para evitar que la madera destruyera las cuerdas.
Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que era necesario sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos en seguida sobre las brasas. A menudo aun estábamos reducidos a alimentarnos de serrín, y hasta las ratas, tan repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado por cada una.
Sin embargo, esto no era todo. Nuestra mayor desgracia era vernos atacados de una especie de enfermedad que hacía hincharse las encías hasta el extremo de sobrepasar los dientes en ambas mandíbulas, haciendo que los enfermos no pudiesen tomar ningún alimento. De éstos murieron diecinueve y entre ellos el gigante patagón y un brasilero que conducíamos con nosotros. Además de los muertos, teníamos veinticinco marineros enfermos que sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo, pero que al fin sanaron. Por lo que toca a mí, no puedo agradecer bastante a Dios que durante este tiempo y en medio de tantos enfermos no haya experimentado la menor dolencia.
Durante este lapso de tres meses y veinte días, recorrimos más o menos cuatro mil leguas en este mar, que llamamos Pacífico porque durante todo el curso de nuestra travesía no experimentamos tormenta alguna. Tampoco descubrimos durante este tiempo ninguna tierra, a excepción de dos islas desiertas, en las cuales no hallamos más que pájaros y árboles, y por esta razón las designamos con el nombre de islas Infortunadas. No encontramos fondo a lo largo de sus costas y sólo vimos algunos tiburones. Están a doscientas leguas la una de la otra, la primera por el grado quince de latitud meridional, y la segunda por el 9°. Según la estela de nuestra nave, que medíamos por medio de la cadena de popa, recomamos cada día de sesenta a setenta leguas; y si Dios y su Santa Madre no nos hubiesen favorecido con una navegación feliz, habríamos todos perecido de hambre en un mar tan dilatado. No pienso que nadie en el porvenir ha de querer emprender semejante viaje.
Si al salir del Estrecho hubiésemos querido seguir hacia el oeste, sobre el mismo paralelo, habríamos dado la vuelta al mundo, y, sin encontrar tierra alguna, habríamos regresado por el Cabo Deseado al de las Once Mil Vírgenes, estando los dos situados hacia el grado 52 de latitud meridional.
El polo Antártico no goza de las mismas constelaciones que el Ártico, viéndose en él dos grupos de pequeñas estrellas nebulosas que parecen nubecillas, a poca distancia uno de otro. En medio de estos grupos de pequeñas estrellas se descubren dos muy grandes y brillantes, cuyo movimiento es poco aparente; indican el polo Antártico.
Aunque la aguja imantada declinaba un poco del norte verdadero, sin embargo se volvía siempre al polo Ártico, pero sin obrar con tanta fuerza como cuando se dirige a su propio polo. Cuando estuvimos en alta mar, el comandante en jefe indicó a todos los pilotos el punto a que debían ir, preguntándoles qué camino marcaban sobre sus cartas, y contestándole todos que seguían el que les tenía ordenado, les replicó que iban errados y que era preciso corregir la aguja, porque hallándose en el sur, no tenía tanta fuerza para buscar el verdadero norte como cuando estaba del lado del norte mismo. Hallándonos en el medio del mar, descubrimos hacia el oeste cinco estrellas muy brillantes colocadas exactamente en forma de cruz.
Navegamos entre el oeste y el noroeste cuarta de noroeste, hasta que llegamos bajo la línea equinoccial, a ciento veintidós grados de longitud de la línea de demarcación, que está a treinta grados al oeste del primer meridiano, y éste a tres grados al oeste de Cabo Verde.
En el curso de nuestra ruta costeamos dos islas muy elevadas, situada la una hacia el grado 20° de latitud meridional y la otra hacia el 15°: la primera se llama Cipango, y la segunda Sumbdit-Pradit. Después que hubimos pasado la línea, navegamos entre el oeste y el noroeste cuarta oeste. En seguida corrimos doscientas leguas al oeste; después de lo cual cambiamos de nuevo de dirección, corriendo a cuarta de sudoeste, hasta que nos hallamos por el grado 13° de latitud septentrional. Esperábamos llegar por esta ruta al cabo de Gaticara, que los cosmógrafos han colocado en esta latitud; pero se han equivocado, porque este cabo se halla 12° más al norte. Sin embargo, es preciso disculparles este error, ya que no han visitado, como nosotros, estos parajes.
Cuando hubimos corrido setenta leguas en esta dirección, hallándonos por el grado doce de latitud septentrional y por el ciento cuarenta y seis de longitud, el 6 de marzo, que era miércoles, descubrimos hacia el noroeste una pequeña isla, y en seguida dos más al sudoeste. La primera era más elevada y más grande que las dos últimas. Quiso el comandante en jefe detenerse en la más grande para tomar refrescos y provisiones; pero esto no nos fue posible porque los isleños venían a bordo y se robaban ya una cosa ya otra, sin que nos fuese posible evitarlo. Pretendían obligarnos a bajar las velas y a que nos fuésemos a tierra, habiendo tenido aun la habilidad de llevarse el esquife que estaba amarrado a popa, por lo cual el capitán, irritado, bajó a tierra con cuarenta hombres armados, quemó cuarenta o cincuenta casas y muchas de sus embarcaciones y les mató siete hombres. De esta manera recobró el esquife, pero no juzgó oportuno detenerse en esta isla después de todos estos actos de hostilidad. Continuamos, pues, nuestra ruta en la misma dirección.
Al tiempo de bajar a tierra para castigar a los isleños, nuestros enfermos nos pidieron que si alguno de los habitantes era muerto, les llevásemos los intestinos, porque estaban persuadidos que comiéndoselos habían de sanar en poco tiempo. Cuando los nuestros herían a los isleños con flechas (que no conocían) de modo que los pasaban de parte a parte, estos desgraciados trataban de sacárselas del cuerpo, ya por un extremo ya por el otro; las miraban en seguida con sorpresa, muriendo a menudo de la herida: lo que no dejaba de darnos lástima. Sin embargo, cuando nos vieron partir, nos siguieron con más de cien canoas, y nos mostraban pescado, como si quisieran vendérnoslo; mas, cuando se hallaban cerca de nosotros, nos lanzaban piedras y en seguida huían. Pasamos por medio de ellos a velas desplegadas, aunque supieron evitar con habilidad el choque de las naves.
Vimos también en sus canoas mujeres que lloraban y se arrancaban los cabellos, probablemente porque habíamos muerto a sus maridos. Estos pueblos no conocían ley alguna, siguiendo sólo su propia voluntad; no hay entre ellos ni rey ni jefe; no adoran nada; andan desnudos; algunos llevan una barba larga y cabellos negros atados sobre la frente y que les descienden hasta la cintura. Usan también pequeños sombreros de palma. Son grandes y bien hechos; su tez es de un color oliváceo, habiéndosenos dicho que nacían blancos, pero que con la edad cambiaban de color. Poseen el arte de pintarse los dientes de rojo y negro, lo que pasa entre ellos por una belleza. Las mujeres son hermosas, de buen talle y más blancas que los hombres; tienen los cabellos muy negros, lisos, que les llegan hasta el suelo; andan desnudas como los hombres, salvo que se cubren sus partes genitales con un angosto pedazo de género, o más bien de una corteza, delgada como papel, que fabrican de las fibras de la palma. Sólo trabajan en sus casas en la confección de esteras y cestas de hojas de palma y de otras labores semejantes del uso doméstico. Hombres y mujeres se untan los cabellos y todo el cuerpo con aceite de cocos y de seselí.
Aliméntase este pueblo de aves, peces voladores, patatas, de una especie de higos de un medio pie de largo (plátano), de la caña de azúcar y de otras frutas semejantes. Sus casas son de madera, techadas con hojas de plátanos, y con departamentos bastante aseados, provistos de ventanas, y de lechos muy blandos que hacen de esteras de palma muy finas y extienden sobre la paja amontonada. No tienen más armas que lanzas cuya punta está provista de un aguzado hueso de pescado. Los habitantes de estas islas son pobres, pero muy diestros y sobre todo hábiles ladrones, con cuyo nombre los designamos.
Sus diversiones consisten en pasearse con sus mujeres en canoas semejantes a las góndolas de Fusino, cerca de Venecia, pero son más angostas y pintadas de negro, blanco o rojo. La vela la forman hojas de palma cosidas entre sí en forma de latina; está siempre colocada de un lado, y en el opuesto, para dar equilibrio a la vela y al mismo tiempo para contrapesar la canoa, atan un grueso poste puntiagudo con palos atravesados de cuya manera navegan sin peligro. El timón se asemeja a una pala de panadero, esto es, a una vara a cuyo extremo está atada una tabla. No hacen diferencia entre la proa y la popa, por cuya razón tienen un timón a cada extremo. Son buenos nadadores y no temen aventurarse en alta mar, como delfines.
Manifestáronse tan sorprendidos y admirados de vernos, que llegamos a creer que no habían conocido hasta entonces más hombres que los habitantes de sus islas.
El día 16 de marzo, al levantarse el sol, nos hallamos cerca de una tierra alta, a trescientas leguas de las islas de los Ladrones. Pronto notamos que era una isla, que se llama Zamal, detrás de la cual existe otra que no está habitada y que después supimos que se decía Humunu. Aquí fue donde el comandante en jefe quiso al día siguiente desembarcar para hacer aguada con más seguridad y gozar de algún reposo después de un tan largo y penoso viaje, para lo cual hizo inmediatamente armar dos tiendas para los enfermos y matar una puerca.
El lunes, dieciocho del mes, después de la comida, vimos venir hacia nosotros una embarcación con nueve hombres, con cuyo motivo el comandante ordenó que ninguno hiciese el menor movimiento o dijese la menor palabra sin su permiso. Cuando llegaron a tierra, el jefe de ellos se dirigió al comandante, manifestándole por ademanes el placer que experimentaba en vermos. Cuatro de los más adornados se quedaron con nosotros, habiendo ido los restantes a llamar a sus compañeros que estaban ocupados de la pesca y con los cuales regresaron.
El comandante, viéndolos tan tranquilos, les hizo dar de comer, ofreciéndoles al mismo tiempo algunos bonetes rojos, pequeños espejos, peines, cascabeles, algunas telas, objetos de marfil y otras bagatelas semejantes. Los isleños, encantados de la acogida del capitán, le regalaron pescado, un vaso lleno de vino de palma, que llaman uroca, plátanos de más de un palmo de largo y otros más pequeños, aunque de mejor gusto, y dos frutos del cocotero, indicándonos a la vez por señales que por el momento no tenían más que ofrecernos, pero que en cuatro días más regresarían trayéndonos arroz, que llaman umay, cocos y otros víveres.
Los cocos son el fruto de una especie de palma, de que sacan su pan, su vino, su aceite y su vinagre. Para procurarse el vino, hacen en la cúspide de la palma una incisión que penetra hasta la médula, por donde sale gota a gota un licor que se asemeja al mosto blanco, pero que es un tanto agrio. Recogen este licor en los tubos de una caña del grueso de una pierna, que se ata en el árbol y que se tiene cuidado de vaciar dos veces al día, mañana y tarde.
El fruto de esta palmera es del tamaño de la cabeza de un hombre y aun algunas veces más grande; su corteza primera, que es verde, tiene dos dedos de espesor y está compuesta de filamentos de que se sirven para hacer las cuerdas que usan para sus embarcaciones. Encuéntrase, en seguida, una segunda corteza más dura y más consistente que la de la nuez, de la cual, quemándola, sacan un cierto polvo que utilizan.
Hay en el interior una médula blanca, del espesor de un dedo, que se come a guisa de pan, con la carne y el pescado. En el centro de la nuez y en medio de esta médula existe un licor transparente, dulce y fortificante, y si después de haber vaciado este licor en un vaso, se le deja reposar, toma la consistencia de una manzana. Para procurarse el aceite se toma la nuez, dejando fermentar la médula con el licor, y haciéndolo hervir en seguida resulta un aceite espeso como mantequilla.
Para obtener el vinagre, se deja en reposo el líquido solo, el cual, estando expuesto al sol, se pone ácido y parecido al vinagre que se hace del vino blanco. Nosotros fabricábamos también un licor que se asemejaba a la leche de cabra, raspando la médula, remojándola en el mismo líquido y colándola en seguida. Los cocoteros se parecen a las palmeras que dan los dátiles, aunque sus troncos, sin poseer tan gran número de nudos, no son tampoco bien lisos.
Una familia de diez personas puede mantenerse de dos cocoteros, practicando alternativamente cada semana las incisiones en el uno y dejando reposar al otro, a fin de que una sangría permanente del líquido no les haga perecer. Se nos ha dicho que un cocotero vive un siglo entero.
Los isleños se familiarizaron bastante con nosotros, por cuyo medio pudimos saber de ellos los nombres de muchas cosas, especialmente de los objetos que nos rodeaban; así fue como supimos que su isla se llamaba Zuloan.
No es muy grande. Sus habitantes eran afables y honrados. Por deferencia a nuestro jefe, le condujeron en sus canoas a los depósitos en que tenían sus mercaderías, como clavo de olor, pimienta, nuez moscada, oro, etc., dándonos a entender por señas que las regiones hacia donde nos dirigíamos producían en abundancia todas estas especias. El comandante les invitó, a su vez, a que pasasen a bordo de su nave, donde les hizo ver todo lo que podía sorprenderles por la novedad.
En el momento en que iban a partir hizo disparar una bombarda, de la que se espantaron tanto que muchos se preparaban a tirarse al mar para huir, aunque no costó mucho persuadirles de que no tenían nada que temer, de suerte que se despidieron tranquilamente, asegurándonos que regresarían muy pronto, según nos lo habían prometido antes. La isla desierta en la cual estábamos instalados la nombran los insulares Humunu, pero nosotros la designamos con el nombre de Aguada de los Buenos Indicios, porque habíamos encontrado ahí dos vertientes de un agua exquisita, y porque observamos las primeras señales de que había oro en el país.
Se encuentra también en ella el coral blanco, árboles cuyos frutos, más pequeños que los de nuestros almendros, se asemejan mucho a los piñones del pino, varias especies de palmeras, de las cuales algunas producen fruto comestible, y otras no.
Habiendo percibido a nuestro derredor cierto número de islas, el quinto domingo de cuaresma, que se llama de Lázaro, les dimos el nombre de archipiélago de San Lázaro18. Se halla situado hacia el grado diez de latitud septentrional y a ciento sesenta y uno de longitud de la línea de demarcación.
El viernes, día veintidós del mes, cumplieron los isleños su palabra, llegando con dos canoas llenas de cocos, naranjas y un cántaro repleto de vino de palma y un gallo para manifestarnos que tenían gallinas. Compramos todo lo que trajeron. Su jefe era un anciano, con el rostro pintado y pendientes de oro en las orejas; y los de su séquito traían en los brazos brazaletes de oro y pañuelos que les rodeaban la cabeza.
Pasamos ocho días en esta isla, yendo el comandante diariamente a tierra a visitar a los enfermos, llevándoles vino de cocotero, que les probaba muy bien. Los habitantes de las islas inmediatas a aquella en que estábamos, usaban en las orejas unos agujeros tan grandes y las tenían tan prolongadas, que por él se podía pasar el brazo. Estos pueblos son cafres, esto es, gentiles. Andan desnudos, cubriendo sólo sus órganos sexuales con un trozo de corteza de árbol, y algunos jefes con un pedazo de tela de algodón, bordada con seda en sus dos extremos. Son de color oliváceo y generalmente bastante obesos. Se pintan y se engrasan todo el cuerpo con aceite de cocotero y de jenjelí, para preservarse, según dicen, del sol y del viento….

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Islas de San Lázaro,  las que en seguida se llamaron Filipinas.
Estas islas no están situadas, como dice Pigafetta, en el grado ciento sesenta y uno, y aunque es
verdad que hasta el tiempo de Dampierre se erraba su longitud en veinticinco grados, es dudoso que
Magallanes hubiese caído en este error, estando interesado en hacer creer que las Molucas se hallaban antes
del grado ciento ochenta.
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Fernando de Magallanes y sus compañeros de viaje se dieron cuenta en 1520, durante su travesía por los Mares del Sur, de que algunas estrellas conocidas desaparecían del cielo tras ellos bajo el horizonte norte y otras nuevas surgían ante sus ojos a medida que se desplazaban hacia latitudes meridionales. Para su sorpresa, el firmamento austral no sólo albergaba constelaciones desconocidas hasta entonces en Europa, sino que, además, poseía una mayor riqueza estelar que el cielo que habitualmente se observaba desde España y Portugal. Constataron que la redondez de la Tierra no sólo determinaba los cambios de posición del Sol en el cielo, sino que, además, al sur del ecuador terrestre se ven estrellas y objetos celestes invisibles desde las latitudes europeas. Por eso, como ya sabemos actualmente, desde los países boreales no es posible contemplar constelaciones como la Cruz del Sur y desde el sur de América el horizonte impide ver la Osa Mayor.

Sin duda, lo que más llamó la atención en el cielo a la expedición de Magallanes fueron dos extrañas nubes que destacaban poderosamente en el cielo sur junto al trazo blanquecino de la Vía Láctea. Esos dos cuerpos celestes se conocen universalmente en la actualidad como las Nubes de Magallanes, en honor del marinero portugués que logró pasar, por primera vez, desde el océano Atlántico al Pacífico bordeando por el sur el continente americano.
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PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. Antonio de Pigafetta.

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… Pasamos en este puerto trece días, continuando en seguida nuestra derrota pegados a la costa hasta los 34° 40′ de latitud meridional, donde encontramos un gran río de agua dulce. Aquí es donde habitan los caníbales, es decir, los que comen carne humana.
Uno de ellos de estatura gigantesca y cuya voz se asemejaba a la del toro, se aproximó a nuestra nave para tranquilizar a sus compañeros, que, temiendo que les quisiésemos hacer daño, se alejaban de la costa para retirarse con sus efectos hacia el interior del país. Para no dejar escapar la ocasión de verles de cerca y de hablarles, saltamos a tierra en número de cien hombres, persiguiéndolos a fin de poder atrapar algunos, mas daban unos pasos tan desmesurados, que, aun corriendo y saltando, no pudimos nunca alcanzarlos.
Este río forma siete islas pequeñas, en la mayor de las cuales, llamada cabo de Santa María, se encuentran piedras preciosas. Anteriormente se había creído que esa agua no era la de un río sino un canal por el cual se pasaba al Mar del Sur; pero se vio bien pronto que no era sino un río que tiene diecisiete leguas de ancho en su desembocadura. Aquí fue donde Juan de Solís, que andaba como nosotros descubriendo nuevas tierras, fue comido con sesenta hombres de su tripulación por los caníbales, en quienes se había confiado demasiado.
Costeando siempre esta tierra hacia el polo Antártico, nos detuvimos en dos islas que sólo encontramos pobladas por pengüines y lobos marinos. Los primeros existen en tal abundancia y son tan mansos que en una hora cogimos provisión abundante para las tripulaciones de las cinco naves. Son negros y parece que tienen todo el cuerpo cubierto de plumas pequeñas, y las alas desprovistas de las necesarias para volar, como en efecto no vuelan: se alimentan de pescados y son tan gordos que para desplumarlos nos vimos obligados a quitarles la piel. Su pico se asemeja a un cuerno.
Los lobos marinos son de diferentes colores y más o menos del tamaño de un becerro, a los que se parecen también en la cabeza. Tienen las orejas cortas y redondas y los dientes muy largos; carecen de piernas, y sus patas, que están pegadas al cuerpo, se asemejan bastante a nuestras manos, con uñas pequeñas, aunque son palmípedos, esto es, que tienen los dedos unidos entre sí por una membrana, como las nadaderas de un pato. Si estos animales pudieran correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces. Nadan rápidamente y sólo viven de pescado.
En medio de estas islas experimentamos una tormenta terrible, durante la cual los fuegos de San Telmo, de San Nicolás y de Santa Clara se vieron varias veces en la punta de los mástiles; notándose cómo, cuando desaparecían, disminuía al instante el furor de la tempestad.
Alejándonos de estas islas para continuar nuestra ruta, alcanzamos a los 49° 30′ de latitud sur, donde encontramos un buen puerto; y como ya se nos aproximaba el invierno, juzgamos conveniente pasar ahí el mal tiempo.
Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las mismas demostraciones en señal de amistad y de paz: lo que fue tan bien comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla a que había abordado el comandante. Yo también con varios otros me hallaba allí. Al vernos, manifestó mucha admiración, y levantando un dedo hacia lo alto, quería sin duda significarnos que pensaba que habíamos descendido del cielo.
Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. Era bien formado, con el rostro ancho y teñido de rojo, con los ojos circulados de amarillo, y con dos manchas en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, que eran escasos,parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor, su capa, era de pieles cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de verlo después. Este animal tiene la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita. Este hombre tenía también una especie de calzado hecho de la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, un poco más gruesa que la de un laúd, había sido fabricada de una tripa del mismo animal; y en la otra mano, flechas de caña, cortas, en uno de cuyos extremos tenían plumas, como las que nosotros usamos, y en el otro, en lugar de hierro, la punta de una piedra de chispa, matizada de blanco y negro. De la misma especie de pedernal fabrican utensilios cortantes para trabajar la madera.
El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas; en seguida se le condujo a tierra, haciéndole acompañar de cuatro hombres bien armados.
Su compañero, que no había querido subir a bordo, viéndolo de regreso en tierra, corrió a advertir y llamar a los otros, que, notando que nuestra gente armada se acercaba hacia ellos, se ordenaron en fila, estando sin armas y casi desnudos, dando principio inmediatamente a su baile y canto, durante el cual levantaban al cielo el dedo índice, para damos a entender que nos consideraban como seres descendidos de lo alto, señalándonos al mismo tiempo un polvo blanco que tenían en marmitas de greda, que nos lo ofrecieron, pues no tenían otra cosa que damos de comer. Los nuestros les invitaron por señales a que viniesen a las naves, indicándoles que les ayudarían a llevar lo que quisiesen tomar consigo. Y en efecto vinieron; pero los hombres, que sólo conservaban el arco y las flechas, hacían llevar todo por sus mujeres, como si hubieran sido bestias de carga. Las mujeres no son tan grandes como los hombres, pero en cambio son más gruesas. Sus pechos colgantes tienen más de un pie de largo. Se pintan y visten de la misma manera que sus maridos, pero usan una piel delgada que les cubre sus partes naturales. Y aunque a nuestros ojos distaban enormemente de ser bellas, sin embargo sus maridos parecían muy celosos.
Conducían cuatro de los animales de que he hablado, pero eran nuevos, y los tiraban de una especie de cabestro. Se sirven de estos nuevos para atrapar los adultos: los atan a un arbusto; los adultos vienen a juntarse con ellos y los cazadores, ocultos en las malezas, los matan a flechazos. Los habitantes del país, hombres y mujeres, en número de dieciocho, habiendo sido invitados por nuestra gente para acercarse a las naves, se dividieron en dos grupos de los dos lados del puerto, entreteniéndonos con la caza de que he hablado.
Seis días después, algunos de nuestros marineros ocupados en recoger leña para el consumo de la escuadra, vieron otro gigante vestido como los de que nos acabábamos de separar, armado igualmente de arco y flechas. Al aproximarse a ellos, se tocaba la cabeza y el cuerpo y en seguida levantaba las manos al cielo, gestos que los nuestros imitaron; y habiendo sido advertido de ello el comandante en jefe, despachó el esquife a tierra para conducirle al islote que existía en el puerto, donde se había hecho una casa para establecer una fragua y un depósito de mercaderías.
Este hombre era más grande y mejor conformado que los otros, poseía maneras más suaves y danzaba y saltaba tan alto y con tanta fuerza que sus pies se enterraban varias pulgadas en la arena. Pasó algunos días en nuestra compañía, habiéndole enseñado a pronunciar el nombre de Jesús, la oración dominical, etc., lo que logró ejecutar tan bien como nosotros, aunque con voz muy recia. Al fin le bautizamos dándole el nombre de Juan. El comandante le regaló una camisa, una chupa, pantalones de paño, un gorro, un espejo, un peine, cascabeles y otras bagatelas, regresando entre los suyos al parecer muy contento de nosotros.
Al día siguiente obsequió al capitán uno de esos grandes animales de que hemos hablado, recibiendo en cambio otros presentes a fin de que nos trajese aún algunos más; pero desde ese día no le volvimos a ver y aun sospechamos que le hubiesen muerto sus camaradas por lo que se había ligado a los nuestros. Al cabo de quince días vimos venir hacia nosotros cuatro de estos hombres, y aunque se presentaron sin armas, supimos en seguida por dos de ellos que apresamos que las habían ocultado entre los arbustos: todos estaban pintados, pero de maneras diversas.
Quiso el capitán retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante el viaje y aun a España; pero viendo que era difícil apresarlos por la fuerza, usó del artificio siguiente: dioles gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de tal manera que tenían las dos manos llenas; en seguida les ofreció dos de esos anillos de hierro que sirven de prisiones, y cuando vio que deseaban mucho poseerlos (porque les gusta muchísimo el hierro) y que por lo demás no podían tomarlos con las manos, les propuso ponérselos en las piernas a fin de que les fuera más fácil llevárselos: consintieron en ello y entonces nuestros hombres les aplicaron las argollas de hierro, cerrando los anillos de manera que se encontraron encadenados. Tan pronto como notaron la superchería, se pusieron furiosos, soplando, aullando e invocando a Setebos, que es su demonio principal, para que viniese a socorrerles.
No contento con tener a estos hombres, el capitán deseaba también llevar a Europa las mujeres de esta raza de gigantes: a este efecto ordenó apresar a los dos restantes para obligarles a que condujesen a los nuestros al sitio en que se hallaban aquéllas; habiendo nueve de nuestros hombres más fuertes bastado apenas para arrojarlos al suelo y atarlos, y aun el uno de ellos lograba desatarse, en tanto que el otro hacía tan violentos esfuerzos que nuestros hombres le hirieron ligeramente en la cabeza, obligándole al fin a conducirles donde se hallaban las mujeres de nuestros dos prisioneros, las cuales, habiendo sabido lo que había acontecido a sus maridos, lanzaron tan fuertes gritos que las oíamos desde muy lejos. Juan Carvallo, piloto, que mandaba los nuestros, viendo que era tarde, no se cuidó de echar mano a la mujer cerca de la cual había sido conducido, sino que se quedó allí de guardia toda la noche. Durante esto, llegaron dos hombres más, que, sin manifestar descontento ni sorpresa, pasaron el resto de la noche con ellos; pero al aclarar el día, habiendo dicho algunas palabras a las mujeres, en un instante, emprendieron todos la fuga, hombres, mujeres y niños que corrían aún más ligero que los otros, abandonándonos su cabaña y todo lo que contenía. Sin embargo, uno de los hombres logró soltar los animalillos que les servían para cazar, y otro, oculto en un matorral, hirió en un muslo con una flecha envenenada a uno de los nuestros, que murió poco después. Aunque los nuestros hicieron fuego sobre los fugitivos, no lograron atraparlos, porque no corrían jamás en línea recta sino que saltaban de un lado y de otro y marchaban tan ligeros como un caballo a escape. Los nuestros quemaron la choza de estos salvajes y enterraron al muerto.
Por muy salvajes que sean, no dejan estos indios de poseer cierta especie de ciencia médica: por ejemplo, cuando se sienten mal del estómago, en lugar de purgarse, como lo haríamos nosotros, se introducen bastante adentro en la boca una flecha para provocar los vómitos, lanzando una materia verde, mezclada con sangre. Lo verde proviene de una especie de cardo de que se alimentan. Si tienen dolor de cabeza, se hacen una incisión en la frente, efectuando la misma operación en todas las partes del cuerpo donde sienten dolor, a fin de dejar salir una gran cantidad de sangre de la región dolorida. Su teoría, que nos fue explicada por uno de los que habíamos cogido, está en relación con su práctica: el dolor, dicen, es causado por la sangre que no quiere sujetarse en tal o tal parte del cuerpo; por consiguiente, haciéndola salir debe cesar el dolor.

Pigafetta

Llevan los cabellos cortados en forma de cerquillo, como los frailes, pero más largos, y sostenidos alrededor de la cabeza por un cordón de lana, en el cual colocan sus flechas cuando van de caza. Cuando el frío es muy intenso, se atan estrechamente sus partes naturales contra el cuerpo. Parece que su religión se limita a adorar al diablo. Pretenden que cuando uno de ellos está para expirar, se aparecen de diez a doce demonios que bailan y cantan a su derredor. Uno de ellos, que hace más ruido que los demás, es el jefe o gran diablo, que llaman Setebos; los inferiores se llaman cheléale. Están pintados como los habitantes del país. Nuestro gigante pretendía haber visto una vez un demonio con cuernos y pelos tan largos que le cubrían los pies, y arrojaba, según añadió, llamas por delante y por detrás.
Estos pueblos se visten, como lo he indicado ya, de la piel de un animal, y con la misma cubren sus cabañas, que transportan donde más les conviene, careciendo de morada fija, pero yendo, como los bohemios, a establecerse ya en un sitio ya en otro. Se alimentan de ordinario de carne cruda y de una raíz dulce que llaman capac. Son grandes comedores: los dos que habíamos cogido se comían cada uno en el día una cesta llena de bizcochos y se bebían de un resuello un medio cubo de agua. Devoraban los ratones crudos y aun con piel. Nuestro capitán dio a este pueblo el nombre de patagones. En este puerto, el cual pusimos el nombre de San Julián, gastamos cinco meses, durante los cuales no nos acontecieron más accidentes que aquellos de que vengo de hablar.
Habíamos apenas fondeado en este puerto cuando los capitanes de las otras cuatro naves formaron un complot para matar al comandante en jefe. Estos traidores eran Juan de Cartagena, veedor de la escuadra; Luis de Mendoza, tesorero; Antonio Coca, contador, y Gaspar de Quesada. El complot fue descubierto: se descuartizó al primero y el segundo fue apuñalado. Se perdonó a Gaspar de Quesada, quien algunos días después meditó una nueva traición. Entonces el comandante, que no osaba quitarle la vida porque había sido creado capitán por el Emperador en persona, lo arrojó de la escuadra y lo abandonó en la tierra de los patagones con cierto sacerdote su cómplice.
En este lugar nos aconteció otra desgracia. La nave Santiago, que se había enviado a reconocer la costa, naufragó entre las rocas, aunque la tripulación se salvó por milagro. Dos marineros vinieron por tierra hasta el puerto en que nos hallábamos a darnos noticia del desastre, habiendo el comandante en jefe enviado en el acto algunos hombres con sacos de bizcocho. La tripulación se quedó durante dos meses en el sitio del naufragio para recoger los restos de la embarcación y las mercaderías que el mar arrojaba sucesivamente a la playa; y durante este tiempo se les llevaban víveres, aunque la distancia era de cien millas y el camino muy incómodo y fatigoso a causa de las espinas y malezas, en medio de las cuales se pasaba la noche, sin poseer otra bebida que el hielo, que había que romper, y esto mismo no se hacía sin trabajo.
En cuanto a nosotros, no nos hallábamos tan mal en este puerto, aunque ciertas conchas muy largas que en él se encontraban en gran abundancia no eran todas comestibles, si bien contenían perlas, aunque muy pequeñas. Encontramos también en los alrededores avestruces, zorros, conejos mucho más diminutos que los nuestros, y gorriones. Los árboles producen incienso.
Plantamos una cruz en la cumbre de una montaña vecina, que llamamos Montecristo, y tomamos posesión de esta tierra en nombre del rey de España. Partimos al fin de este puerto, y costeando, hacia los 50° 40′ de latitud sur, vimos un río de agua dulce en el cual entramos. Toda la escuadra estuvo ahí a punto de naufragar, a causa de los vientos deshechos que soplaban y embravecían el mar; mas Dios y los cuerpos santos (es decir, los fuegos que resplandecían en las puntas de los mástiles) nos socorrieron y nos salvaron. Pasamos ahí dos meses para abastecer las naves de agua y de leña. Nos proveímos también ahí de una especie de pescado, como de dos pies de largo y muy cubierto de escamas, bastante bueno para comer, aunque no cogimos la cantidad que nos hubiera sido necesaria. Antes de abandonar este sitio, dispuso el comandante que todos se confesasen y comulgasen como buenos cristianos.
Continuando nuestra derrota hacia el sur, el 21 del mes de octubre, hallándonos hacia los 52° de latitud meridional, encontramos un estrecho que llamamos de las Once Mil Vírgenes, porque ese día les estaba consagrado. Este estrecho, como pudimos verlo en seguida, tiene de largo 440 millas o 110 leguas marítimas de cuatro millas cada una; tiene media legua de ancho, a veces más y a veces menos, y va a desembocar a otro mar que llamamos Mar Pacífico. Este estrecho está limitado por montañas muy elevadas y cubiertas de nieve, y es también muy profundo, de suerte que no pudimos echar en él el ancla sino muy cerca de tierra y en veinticinco a treinta brazas de agua. Toda la tripulación estaba tan persuadida que este estrecho no tenía salida al oeste, que no se habría aun pensado en buscarla sin los grandes conocimientos del comandante en jefe. Este hombre, tan hábil como valeroso, sabía que era necesario pasar por un estrecho muy oculto, pero que él había visto figurado en un mapa que el rey de Portugal conservaba en su tesorería, construido por Martín de Bohemia, muy excelente cosmógrafo.
Tan pronto como entramos en estas aguas, que sólo se creían ser una bahía, el capitán envió dos naves, la San Antonio y la Concepción, para examinar dónde desembocaban o terminaban; en tanto que nosotros, con la Trinidad y la Victoria, los aguardábamos a la entrada.
En la noche sobrevino una borrasca terrible que duró treinta y seis horas, que nos obligó a abandonar las anclas y a dejarnos arrastrar dentro de la bahía, a merced de las olas y del viento. Las dos naves restantes, que fueron tan combatidas como las nuestras, no lograron doblar un cabo para reunírsenos; de suerte que, abandonándose a los vientos que las empujaban siempre hacia el fondo de lo que suponían ser una bahía, esperaban naufragar ahí de un instante a otro. Pero en el momento en que se creían perdidos, divisaron una pequeña abertura que tomaron por una ensenada de la bahía, en que se internaron; y viendo que este canal no estaba cerrado, comenzaron a recorrerlo y se encontraron en otra bahía al través de la cual continuaron su derrota hasta hallarse en otra angostura, de donde pasaron a una nueva bahía todavía mayor que las precedentes. Entonces, en vez de ir hasta el fin, juzgaron oportuno regresar a dar cuenta al capitán general de lo que habían visto.
Habíanse pasado dos días sin que hubiésemos visto reaparecer las dos naves enviadas a averiguar el término de la bahía, de modo que las creíamos perdidas por la tempestad que acabábamos de experimentar; y al divisar humo en tierra, conjeturamos que los que habían tenido la fortuna de salvarse habían encendido fuegos para anunciarnos que aún vivían después del naufragio. Mas, mientras nos hallábamos en esta incertidumbre acerca de su suerte, les vimos regresar hacia nosotros, singlando a velas desplegadas, los pabellones al viento: y cuando estuvieron más cerca, dispararon varios tiros de bombardas, lanzando gritos de alegría. Nosotros hicimos otro tanto, y cuando nos refirieron que habían visto la continuación de la bahía, o mejor dicho, del Estrecho, unímonos a ellos para proseguir nuestra derrota si fuera posible. Cuando hubimos entrado en la tercera bahía de que acabo de hablar, vimos dos desembocaduras o canales, uno al sudeste y el otro al sudoeste. El capitán general envió las dos naves, la San Antonio y la Concepción, al sudeste, para reconocer si este canal desembocaba en un mar abierto. La primera partió inmediatamente e hizo fuerza de velas, sin querer aguardar a la segunda, que quería dejar atrás, porque el piloto pensaba aprovecharse de la oscuridad de la noche para desandar el camino y regresarse a España por la misma derrota que acabábamos de hacer.
Ese piloto era Esteban Gómez, que odiaba a Magallanes por la sola razón de que cuando vino a España a hacer al Emperador la propuesta de ir a las Molucas por el oeste, Gómez había demandado y estaba a punto de obtener algunas carabelas para una expedición cuyo mando se le había de confiar. Tenía por propósito esta expedición realizar nuevos descubrimientos; pero la llegada de Magallanes fue causa de que se le negase su petición y de que no hubiese podido obtener más que una plaza subalterna de piloto; siendo, sin embargo, lo que más le irritaba encontrarse bajo las órdenes de un portugués. Durante la noche se concertó con los otros españoles de la tripulación y aprisionaron y aun hirieron al capitán de la nave, Álvaro de Mezquita, primo del capitán general, y le condujeron así a España. Esperaban haber llevado también a uno de los dos gigantes que habíamos cogido y que se encontraba a bordo de su nave, habiendo sabido a nuestro regreso que había muerto al aproximarse a la línea equinoccial, cuyo gran calor no había podido soportar.
La nave la Concepción, que no podía seguir de cerca a la San Antonio, no hizo más que cruzar en el canal esperando su regreso, aunque en vano. Habíamos entrado con las dos naves restantes en el otro canal que quedaba hacia el sudoeste; y continuando nuestra navegación, llegamos a un río que llamamos de las Sardinas, a causa de la inmensa cantidad de este pescado que allí vimos. En ese lugar fondeamos para esperar a las otras dos naves, y estuvimos cuatro días; aunque durante este tiempo se despachó una chalupa bien equipada para ir a reconocer el término de este canal, que debía desembocar en otro mar. Los tripulantes de esta embarcación regresaron al tercer día, anunciándonos que habían visto el cabo en que concluía el Estrecho, y un gran mar, esto es, el Océano. Todos lloramos de alegría. Este cabo se llamó el Deseado, porque, en efecto, desde largo tiempo ansiábamos por verlo.
Volvimos hacia atrás para reunimos a las otras dos naves de la escuadra, pero sólo encontramos a la Concepción, y habiendo preguntado al piloto Juan Serrano qué había sido del otro buque, nos respondió que lo creía perdido porque no le había vuelto a ver desde el punto en que había embocado al canal. El comandante en jefe dio entonces orden de que se le buscase por todas partes, especialmente en el canal en que había penetrado; despachó a la Victoria hasta la desembocadura del Estrecho, disponiendo que si no lo encontraba, en un lugar bien alto y bien prominente plantasen una bandera, a cuyo pie debía dejar en una olla una carta que indicase la ruta que se iba a seguir, a fin de que se pudiese unir a la escuadra. Esta manera de avisarse en caso de separación había sido acordada en el momento de nuestra partida. De la misma manera se pusieron dos señales más en lugares culminantes de la primera bahía y en una pequeña isla de la tercera, en que habíamos visto una cantidad de lobos marinos y pájaros. El comandante en jefe que con la Concepción aguardaba el regreso de la Victoria cerca del río de las Sardinas, hizo plantar una cruz en una pequeña isla al pie de dos montañas cubiertas de nieve de donde el río deriva su origen.
En caso que no hubiésemos descubierto este estrecho para pasar de un mar a otro, el comandante en jefe tenía determinado continuar su derrota al sur hasta el grado 75 de latitud meridional, donde durante el verano no hay noche, o, al menos, muy poca; así como no hay día en invierno. Mientras nos hallábamos en el Estrecho no teníamos sino tres horas de noche, y estábamos en el mes de octubre. La costa de este Estrecho, que del lado izquierdo se dirige al sudeste, es baja: dímosle el nombre de Estrecho de los Patagones. A cada media legua se encuentra en él un puerto seguro, agua excelente, madera de cedro, sardinas y marisco en gran abundancia. Había también hierbas, y aunque algunas eran amargas, otras eran buenas para comer, sobre todo una especie de apio dulce que crece en la vecindad de las fuentes y del cual nos alimentamos a falta de otra cosa mejor: en fin, creo que no hay en el mundo un estrecho mejor que éste. En el momento en que desembocábamos en el océano, presenciamos una caza curiosa que algunos pescados hacían a otros. Los hay de tres especies, esto es, dorados, albacoras y bonitos, que persiguen a los llamados peces voladores. Estos, cuando son perseguidos, salen del agua, despliegan sus nadaderas, que son bastante largas para servirles de alas, volando hasta la distancia de un tiro de ballesta: en seguida vuelven a caer al agua. Durante este tiempo, sus enemigos, guiados por su sombra, les siguen y en el momento en que vuelven a entrar en el agua, los cogen y se los comen.
Estos peces voladores tienen más de un pie de largo y son un excelente alimento. Durante el viaje cuidaba lo mejor que podía al gigante patagón que estaba a bordo, preguntándole por medio de una especie de pantomima el nombre de varios objetos en su idioma, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario: a lo que estaba tan acostumbrado que apenas me veía tomar el papel y la pluma, cuando venía a decirme el  Como se sabe, es el que se llama hoy de Magallanes, del nombre de su descubridor.
LIBRO II
SALIDA DEL ESTRECHO HASTA LA MUERTE DEL CAPITÁN
MAGALLANES Y NUESTRA PARTIDA DE ZUBU

VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA

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LIBRO PRIMERO
PARTIDA DE SEVILLA HASTA LA DESEMBOCADURA DEL
ESTRECHO DE MAGALLANES
El capitán general Fenando de Magallanes había resuelto emprender un largo viaje por el Océano, donde los vientos soplan con furor y donde las tempestades son muy frecuentes. Había resuelto también abrirse un camino que ningún navegante había conocido hasta entonces; pero se guardó bien de dar a conocer este atrevido proyecto temiendo que se procurase disuadirle en vista de los peligros que había de correr, y que le desanimasen las tripulaciones. A los peligros naturalmente inherentes a esta empresa, se unía aún una desventaja para él, y era que los comandantes de las otras cuatro naves, que debían hallarse bajo su mando, eran sus enemigos, por la sencilla razón de que eran españoles y Magallanes portugués.
Antes de partir dictó algunos reglamentos, tanto para las señales como para la disciplina. Para que la escuadra marchase siempre en conserva, fijó para los pilotos y los maestres las reglas siguientes. Su nave debía siempre preceder a las demás, y para que de noche no se la perdiese de vista, llevaba en la popa un farol; si además de éste encendía una linterna o un estrenge, las demás naves debían hacer otro tanto, a fin de asegurarse de este modo que le seguían. Cuando encendía otras dos luces, sin el farol, las naves debían cambiar de dirección, ya para disminuir su andar, ya a causa de vientos contrarios.
Cuando encendía tres, significaba que debían quitarse las velas de ala, que son unas velas pequeñas que se colocan sobre la mayor cuando hace buen tiempo, para encapillar mejor el viento y acelerar la marcha. Se quitan las velas de ala cuando se prevé la tormenta, lo que se hace en ese caso necesario a fin de que no embaracen a los que deben cargar la vela.
Si encendía cuatro luces, era señal de que debían recogerse todas las velas; pero cuando estaban apagadas, estas cuatro luces significaban que debían extenderse. Varias luces y algunos tiros de bombarda servían para advertir que nos hallábamos cerca de tierra o de algún bajo, y en consecuencia, que era necesario navegar con mucho cuidado. Había otra señal para indicar cuándo debía fondearse.
Todas las noches se hacían tres guardias: la primera al caer la tarde, la segunda a las doce y la tercera hacia el fin de la noche. En consecuencia, toda la tripulación se hallaba dividida en tres guardias: el primer cuarto se hallaba a las órdenes del capitán; el piloto presidía el segundo, y el tercero pertenecía al maestre. El comandante general exigía la más severa disciplina de la tripulación, a fin de asegurar de ese modo el feliz éxito del viaje.
Lunes por la mañana, 10 de agosto del año 1519, una vez que la escuadra tuvo a bordo todo lo que era necesario, como igualmente su tripulación, compuesta de 237 hombres, se anunció la partida con una descarga de artillería, y se desplegaron las velas de trinquete.
Descendimos el río Betis hasta el puente del Guadalquivir, pasando cerca de Juan de Alfarache, en otro tiempo ciudad de los moros, muy poblada, donde había un puente del que no quedan más vestigios que dos pilares debajo del agua, de los cuales es preciso precaverse, y para no correr riesgo alguno, debe navegarse en este paraje con la alta marea y ayuda de pilotos.
Continuando el descenso del Betis, se pasa cerca de Coria y algunas otras aldeas hasta San Lúcar, castillo de propiedad del duque de Medina Sidonia. Ahí es donde está el puerto que da al océano, a diez leguas del cabo de San Vicente, en el grado 37 de latitud norte. De Sevilla a este puerto hay de diecisiete a veinte leguas.
Algunos días después, el comandante en jefe y los capitanes de las otras naves se vinieron en las chalupas desde Sevilla hasta San Lúcar, y se acabó de vituallar la escuadra. Todas las mañanas se bajaba a tierra para oír la misa en la iglesia de N. S. de Barrameda; y antes de partir, el jefe determinó que toda la tripulación se confesase, prohibiendo en absoluto que se embarcase mujer alguna en la escuadra. Partimos de San Lúcar el 20 de septiembre, dirigiéndonos hacia el sudoeste, y el 26 llegamos a una de las islas Canarias, llamada Tenerife, situada en 28 grados de latitud septentrional. Detuvímonos ahí tres días en un sitio adecuado para procurarnos agua y leña: en seguida entramos en un puerto de la misma isla, llamado Monte-Rosso, donde pasamos dos días.
Nos contaron de esta isla un fenómeno singular, que en ella jamás llueve, y que no hay ni fuente ni río, pero que crece un árbol grande cuyas hojas destilan continuamente gotas de un agua excelente, que se recoge en una cavidad al pie del árbol, donde los isleños van a coger el agua, y los animales, tanto domésticos como salvajes, a abrevarse. Una neblina espesa, que sin duda suministra el agua a las hojas, envuelve constantemente a este árbol
El lunes 3 de octubre hicimos rumbo directamente hacia el sur, pasando entre el Cabo verde y sus islas, situadas por los 30° 30′ de latitud septentrional, y después de haber corrido durante varios días a lo largo de la costa de Guinea, arribamos hacia el 8° grado de latitud septentrional, donde existe una montaña que se llama Sierra Leona. Aquí experimentamos vientos contrarios o calmas chichas acompañadas de lluvias, hasta la línea equinoccial, habiendo durado este tiempo lluvioso sesenta días, a pesar de la opinión de los antiguos.
 Hacia los 14° de latitud septentrional, experimentamos varias rachas violentas, que, unidas a las corrientes, no nos permitieron avanzar. Cuando venía alguna de estas rachas, tomábamos la precaución de amainar todas las velas, poniendo la nave de costado hasta que cesaba el viento. Durante los días serenos y de calma, nadaban cerca de nuestra nave grandes peces llamados tiburones. Estos peces poseen varias hiladas de dientes formidables, y si desgraciadamente cae un hombre al mar, lo devoran en el acto. Nosotros cogimos algunos con anzuelos de hierro; pero los más grandes no sirven para comer y los pequeños no valen gran cosa.
Durante las horas de borrasca, vimos a menudo el Cuerpo-Santo, es decir, San Telmo. En una noche muy oscura, se nos apareció como una bella antorcha en la punta del palo mayor, donde se detuvo durante dos horas, lo que nos servía de gran consuelo en medio de la tempestad. En el momento en que desapareció, despidió una tan grande claridad que quedamos deslumbrados, por decirlo así. Nos creíamos perdidos, pero el viento cesó en ese mismo momento.
Hemos visto aves de diferentes especies: algunas parecía que no tenían cola; otras no hacen nidos, porque carecen de patas; pero la hembra pone e incuba sus huevos sobre el lomo del macho en medio del mar. Hay otras que llaman cágasela, o caca-ucello (estercolero), que viven de los excrementos de las otras aves y yo mismo vi a menudo a una de ellas perseguir a otra sin abandonarla jamás hasta que lanzase su estiércol, del que se apoderaba ávidamente. He visto también pescados que vuelan y otros reunidos en tan gran número que parecían formar un banco en el mar.
Cuando hubimos pasado la línea equinoccial, acercándonos al polo antártico, perdimos de vista la estrella polar. Dejamos el cabo entre el sur y el sudoeste, e hicimos rumbo a la tierra que se llama de Verzino (el Brasil) por los 23° 30′ de latitud meridional. Esta tierra es una continuación de la en que se encuentra el cabo de San Agustín, por los 8° 30′ de la misma latitud. Aquí hicimos una abundante provisión de aves, de patatas, de una especie de fruta que se asemeja al piñón del pino, pero que es extremadamente dulce y de un sabor
exquisito (piña), de cañas muy dulces, de carne de anta, la cual se parece a la de vaca, etc.
Realizamos aquí excelentes negociaciones: por un anzuelo o por un cuchillo, nos daban cinco o seis gallinas; dos gansos por un peine; por un espejo pequeño o por un par de tijeras, obteníamos pescado suficiente para alimentar diez personas; por un cascabel o una cinta, los indígenas nos traían una cesta de patatas, nombre que se da a ciertas raíces que tienen más o menos la forma de nuestros nabos y cuyo gusto se aproxima al de las castañas. De una manera igualmente ventajosa, cambiábamos las cartas de los naipes: por un rey me dieron seis gallinas, creyendo que con ello habían hecho un magnífico negocio.
Entramos a este puerto (Río de Janeiro) el día de Santa Lucía, a 13 días del mes de diciembre. Teníamos entonces, a mediodía, el sol en el zenit, y experimentábamos mucho más calor que cuando pasamos la línea. La tierra del Brasil, que abunda de toda clase de provisiones, es tan extensa como la Francia, la España y la Italia juntas: pertenece al rey de Portugal. Los brasileros no son cristianos, pero tampoco son idólatras, porque no adoran nada: el instinto natural es su única ley.
Viven tan largo tiempo, que es frecuente encontrar individuos que alcanzan hasta los ciento veinticinco y aun algunas veces hasta los ciento cuarenta años. Tanto las mujeres como los hombres andan desnudos. Sus habitaciones, que llaman boy, son cabañas alargadas, y duermen sobre redes de algodón, llamadas hamaks, sujetas por los dos extremos a postes gruesos. Encienden fuego a flor de tierra. Uno de estos boys encierra algunas veces hasta cien hombres, con sus mujeres e hijos: se siente por lo tanto siempre mucho ruido. Sus embarcaciones, que llaman canoas, las fabrican de un tronco de árbol ahuecado por medio de una piedra cortante, porque las piedras reemplazan al hierro, de que carecen. Estos árboles son tan grandes que una sola canoa puede contener hasta treinta y aun cuarenta hombres, que bogan con remos semejantes a las palas de nuestros panaderos. Al verlos tan negros, completamente desnudos, sucios y calvos, se les podría confundir con los marineros de la laguna Estigia.
Los hombres y las mujeres son bien constituidos, y conformados como nosotros. Algunas veces comen carne humana, pero solamente la de sus enemigos, lo que no ejecutan por deseo ni por gusto, sino por una costumbre que, según lo que nos dijeron, se ha introducido entre ellos de la manera siguiente: Una vieja no tenía sino un hijo que fue muerto por los enemigos. Algún tiempo después, el matador del joven fue hecho prisionero y conducido delante de ella; para vengarse, esta madre se lanzó como un animal feroz sobre él y le desgarró una espalda con los dientes. El hombre tuvo la suerte no sólo de escaparse de las manos de la vieja y de evadirse, sino también de regresar a los suyos, a quienes mostró la huella de los dientes que llevaba en la espalda, y les hizo creer (quizás lo creía también él) que los enemigos habían tratado de devorarle vivo. Para que los otros no les aventajasen en ferocidad, se determinaron a comerse realmente a los enemigos que se tomasen en los combates, y éstos hicieron otro tanto. Sin embargo, no se los comen inmediatamente, ni tampoco vivos, sino que los despedazan y los reparten entre los vencedores. Cada uno se lleva a su casa la porción que le ha cabido, la hace secar al humo y cada ocho días asa un pequeño pedazo para comérselo. He tenido noticia de este hecho de Juan Carvalho, nuestro piloto, que había pasado cuatro años en el Brasil.
Los brasileros, tanto las mujeres como los hombres, se pintan el cuerpo, especialmente el rostro, de una manera extraña y en diferentes estilos. Tienen los cabellos cortos y lanudos, y carecen de pelos en todo el cuerpo, porque se los arrancan. Usan una especie de chupa hecha de plumas de loro, dispuestas de manera que las mayores de las alas y de la cola les formen un círculo en la cintura, lo que les da una figura extraña y ridícula. Casi todos los hombres llevan el labio inferior taladrado con tres agujeros por los cuales pasan pequeños cilindros de piedra del largo de dos pulgadas. Las mujeres y los niños no poseen este incómodo adorno. Añadid a esto que andan enteramente desnudos por delante. Su color es más bien oliváceo que negro. Su rey lleva el nombre de cacique.
Pueblan este país un número infinito de loros, de tal manera que nos daban ocho o diez por un pequeño espejo. Poseen también una especie de gatos amarillos muy hermosos, que semejan leones pequeños. Comen una especie de pan redondo y blanco, que no nos agradó, hecho con la médula, o, mejor dicho, con la albura que se encuentra entre la corteza y el palo de cierto árbol, que tiene alguna semejanza con la leche cuajada. Poseen también cerdos que nos parecieron que tenían el ombligo en el lomo, y unas aves grandes cuyo pico semeja una espátula, pero que no tienen lengua.
Algunas veces para procurarse un hacha o un cuchillo, nos prometían por esclavos una y hasta dos de sus hijas, pero no nos ofrecieron jamás sus mujeres, quienes, por lo demás, no habrían consentido en entregarse a otros que a sus maridos, porque, a pesar del libertinaje de las solteras, su pudor es tal cuando se casan que no soportan que sus maridos las abracen durante el día. Están sujetas a los trabajos más duros, viéndoseles a menudo descender de los cerros con cestas muy pesadas sobre la cabeza, aunque no andan jamás solas, porque sus maridos, que son muy celosos, las acompañan siempre, llevando en una mano las flechas y el arco en la otra. Este arco es de palo de Brasil o de palma negra. Si las mujeres tienen hijos los llevan suspendidos del cuello por medio de una red de algodón. Muchas otras cosas podría decir de sus costumbres, que omito por no hacerme demasiado prolijo.
Estos pueblos son en extremo crédulos y bondadosos, y sería fácil hacerles abrazar el cristianismo. La casualidad quiso que concibiesen por nosotros veneración y respeto. Desde hacía dos meses reinaba en el país una gran sequedad, y como sucedió que en el momento de nuestra llegada envióles lluvias el cielo, no dejaron de atribuirlas a nuestra presencia. Cuando desembarcamos a oír misa en tierra, asistieron a ella en silencio, con aire de recogimiento, y viendo que echábamos al mar nuestras chalupas, que dejábamos amarradas a los costados de la nave o que la seguían, se imaginaron que eran hijos de la nave y que ésta los alimentaba.
El comandante en jefe y yo fuimos un día testigos de una aventura singular. Las jóvenes venían con frecuencia a bordo a ofrecerse a los marineros a fin de obtener algún presente: un día una de las más bonitas subió también, sin duda con el mismo objeto, pero habiendo visto un clavo de tamaño de un dedo y creyendo que no la observaban, lo cogió y con gran rapidez se lo colocó entre los dos labios de sus órganos sensuales. ¿Creía ocultarlo? ¿Creía así adornarse? Tal fue lo que no pudimos adivinar.
Pasamos en este puerto trece días…