Historias de la Historia de España. Capítulo 25. Érase un escultor

mena

Pedro de Mena se dedicó principalmente a la realización de imaginería religiosa, oficio al que también se había dedicado su padre, Alonso de Mena, y de quien heredó un taller en Granada. Además, tuvo otro taller instalado durante treinta años en Málaga, a donde se había dirigido para participar en una de sus obras más reconocidas, la sillería del coro de la Catedral de Málaga. En esta ciudad ejecutó gran cantidad de encargos, especialmente para órdenes religiosas.
Pedro de Mena (1628-1688) aporta a la escuela granadina unas cualidades distintas a las de Cano, con quien colaboró tras su llegada a la ciudad en 1652. En ese momento Mena ya estaba formado como escultor. Había aprendido con su padre, en la influencia del lenguaje realista y expresivo de la escuela sevillana. No obstante, el conocimiento del arte de Cano se reflejó en algunos de sus modelos o trabajos puntuales, pero no se interesó por la elegante serenidad de este maestro, sino que por el contrario, concibió sus figuras con un penetrante ascetismo, de gran intensidad realista y apasionadas expresiones de concentración interior.Su producción está integrada casi en su totalidad por imágenes aisladas, con las que definió una iconografía devocional de gran éxito, lo que motivó la frecuente repetición de muchos de sus tipos, creando así auténticas series.
En este capítulo destacan los San Antonio y el Niño, San Diego de Alcalá, San Pedro de Alcántara, San Francisco de Asís, San José y el Niño, Inmaculadas, santos jesuitas, etc.
Eran obras destinadas a cumplir la función esencial de la imaginería barroca, la comunicación con el fiel, para lo que Mena utilizó los recursos del efectismo naturalista propios de la época. No obstante, consigue transformar lo concreto en sobrenatural, merced a la emoción espiritual que plasma en los rostros.
Estas cualidades de su estilo aparecen magníficamente expresadas en la pequeña imagen de San Francisco (h. 1663), que le valió el título de escultor de la catedral toledana, donde hoy se conserva, durante su corta estancia en la corte (1662-1663). Representado de pie, rígido y con semblante ascético, basa su iconografía en el hallazgo de la momia del santo en Asís durante el papado de Nicolás V, inspiración ya utilizada anteriormente por Gregorio Fernández. Sin embargo, fue Mena quien popularizó este tema, con el que obtuvo gran éxito y uno de los ejemplos cumbres de la plástica española.
Dentro de su producción destaca por su carácter extraordinario, tanto en la calidad como en la habitual dedicación de este artista, la sillería de la catedral de Málaga. A esta ciudad se trasladó en 1658 para realizar cuarenta tableros para este conjunto, que estaba ya iniciado. La variedad de tipos y composiciones, con imágenes casi de bulto redondo en muchos casos, confiere una riqueza plástica excepcional a esta obra, en la que se advierte la influencia de Cano, pero también su personal hacer realista y emotivo.
La ejecución de la sillería le proporcionó la fama que le llevó a la corte. En ella permaneció poco tiempo, visitando también Toledo. En Madrid los jesuitas le encargaron una María Magdalena para su Casa Profesa (Museo Nacional de Escultura, Valladolid), que terminó en 1664 después de retornar a Málaga. Esta imagen, al parecer con antecedentes castellanos, está representada de pie como es habitual en él, y contemplando con arrobo místico la cruz que sostiene con una de sus manos. Destaca el virtuosismo de la talla, con el que consigue magníficos efectos realistas en el tratamiento de las calidades.
En Málaga permaneció hasta el final de su vida, incorporando a sus últimos trabajos el interés por el movimiento propio de la época. A estos años pertenece una de sus tipologías más logradas, los bustos cortados del Ecce Homo y la Dolorosa, con manos o sin manos, concebidos para ser contemplados de cerca, intensificando así su carácter devocional
Esculturas de los Reyes Católicos
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De toda la obra de Mena, las esculturas de los Reyes Católicos para las catedrales de Granada y Málaga son las únicas que no son de tema religioso.
El contrato para las efigies orantes de los reyes, que debían colocarse en la capilla mayor de la catedral de Granada, se firmó el 26 de agosto de 1675 entre los cabildos catedralicios, el municipal de la ciudad y por Pedro de Urrea en representación de Pedro de Mena:
… en atención y consideración a los muy esclarecidos e invencibles Señores Reyes Católicos de Castilla, Don Fernando y Doña Isabel, de feliz Memoria, con su poder y cristiano celo, ganaron y conquistaron esta ciudad y su reino, fabricando y edificando en ella muchos templos, a honra y gloria de Dios, Nuestro Señor, y su Bendita Madre, en especial mandaron edificar esta dicha Santa Iglesia Metropolitana, […] que de presente se esta acabando con tanta grandeza que será uno de los mayores templos de España y para ilustrarlo, con mayor perfección, han determinado que […]se coloquen las efigies de los Sres. Reyes Católicos[…] con la decencia y majestad que se debe.
El escultor fijó la cantidad de 3.000 ducados por la realización de la obra incluida la policromía, habiendo mandado para su aceptación las condiciones junto con dibujos preparatorios a pluma y tinta con aguadas. El dibujo de Isabel se encuentra en el The Getty Center de Los Ángeles y el de Fernando en la Universidad de Leiden. El trabajo se concluyó con la colocación de las esculturas el 29 de diciembre de 1676, Mena cobró el último pago de 1.000 ducados el 11 de enero de 1677. Las imágenes realizadas en madera de cedro tienen unas medidas de 146x126x157 cm y están colocadas a unos ocho metros del suelo, en actitud orante ante el tabernáculo central de la capilla, arrodillados ambos sobre un cojín y con las manos unidas por las yemas de los dedos. Para el rostro de Isabel parece que tomó como modelo el de la Virgen de Belén realizada por él mismo, mientras que el de Fernando parece remitir al del cenotafio real de Domenico Fancelli. La calidad de las vestiduras talladas con los más mínimos detalles queda resaltada por la magnífica policromía. La reina luce el brial y el manto con un rico estofado con adornos de tipo vegetal, predominando los colores rojos y dorados; el rey se encuentra vestido con un manto rojo forrado de armiño y adornado con símbolos y emblemas de los monarcas. La pintura la llevó a cabo el pintor Luis de Zayas como aparece en las condiciones que remitió Mena al cabildo, previas al contrato.