Historias de la Historia de España; Capítulo 83. Érase una España caótica y un intento de regicidio.

Atentado Amadeo I
…Queriendo hacerse a su nueva ciudad, María insistió en pasear en calesa descubierta con Amadeo por lo que constituía el eje tradicional, de Recoletos a la Castellana. Enteradas de que los reyes harían el paseíllo de la tarde, las damas alfonsinas se pusieron de acuerdo, según parece a instancias de la rusa Sophie Troubetzkoi, condesa viuda de Morny y a la sazón esposa de Pepe Alcañices, duque de Sesto, para aparecer en sus carruajes tocadas con peinetas que sostendrían hermosas mantillas de blonda blancas. Iba a ser “la manifestación de las mantillas”, un signo de que eran alfonsinas y se mantendrían alfonsinas ante esos “intrusos italianos”. Ni Amadeo ni María estaban al tanto de lo que pretendían decir las mantillas de blondas blancas. A la reina María le parecieron, sencillamente, unos tocados preciosos y, al volver a palacio, comentó a Amadeo que al día siguiente, ella misma cubriría sus espesos caballos con una mantilla de blonda blanca. No se sabe -al menos yo no lo sé- a qué dama de palacio (la Fernán-Núñez, la Tetuán, la Almodóvar del Río, la Almina o la Constantina) le tocó el papelón de explicarle a la reina María que haría un terrible ridículo si se ponía una mantilla de blonda blanca porque era un emblema de la resistencia de los alfonsinos a su presencia en España. Parece ser que María Vittoria se sintió tan humillada al recordar las expresiones de desdeñosa suficiencia que le habían dirigido las damas con mantillas que se echó a llorar….
… En sus frecuentes paseos en carruaje por Madrid, María había contemplado más de una vez las riberas del Manzanares. Le había llamado la atención la cantidad de mujeres que lavaban enormes fardos de ropa mientras, con el rabillo del ojo, vigilaban a sus hijos pequeños, niños pobremente vestidos que permanecían durante horas a la intemperie mientras las madres trabajaban. Alguien le había explicado a la reina que el de lavandera era uno de los pocos oficios que podía desempeñar una mujer decente, que pretendiese seguir siendo decente, para contribuír al sustento familiar. Lo peor, pensó la reina, es que esas lavanderas ni siquiera podían estar tranquilas mientras restregaban con entusiasmo la ropa ajena debido a la presencia de los críos.
El conde de Rius, intendente general de Palacio, se quedó de una pieza cuando María Victoria le informó de su intención de construír un edificio en las orillas del Manzanares. Un edificio sólido y resistente; sobrio, sin pretensiones de belleza arquitectónica algunas, pero con ventanas que permitiesen una adecuada ventilación y luz a raudales. Pagaría el terreno y la construcción con su dinero, se apresuró a indicar María Victoria al constatar la expresión de apuro del conde de Rius. No habría que utilizar ninguna partida pública, ya que ella, privadamente, se haría cargo de ese lugar. Serviría para que los niños de las lavanderas estuviesen a cubierto, atendidos por mujeres que pudiesen enseñarles los rudimentos de la gramática y la aritmética. En conjunto, se trataba de la primera guardería infantil en la historia de España. Y la idea se le había ocurrido a una reina que podía solicitar que le enviasen fondos sus administradores de Turín…
En julio de 1872, María estaba lo bastante contenta con el curso de los acontecimientos para pedirle a Amadeo – que es extranjero, debido a la necesidad de hacerse popular, le gustaba frecuentar salidas a pesar de las continuas amenazas de atentados-, que saliesen al atardecer sin séquito ni fuerte escolta; irían a cenar a algún restaurante y después se acercarían al Buen Retiro, dónde tenía que celebrarse un concierto al aire libre aprovechando la espléndida temperatura estival. Amadeo  quiso complacer a María, que acababa de rebasar el primer trimestre de su tercer embarazo y no ocultaba la hinchazón de su abdomen porque estaba orgullosa de ese hijo que sería español.
La cena discurrió en una atmósfera agradable: las personas que les reconocieron, les saludaron respetuosamente e incluso se percibía una afectuosa admiración hacia la reina. Pero más tarde, en el Retiro, se produjo un episodio que les oscureció el ánimo.
 Se apean los reyes en el paseo de coches y cogidos del brazo, se dirigen hacía la plazoleta en cuyo centro se alza el quiosco de la música.
Aunque fuese un espectáculo al aire libre, lo cierto es que a esa clase de conciertos, de música clásica, concurría sobre todo la buena sociedad; el pueblo llano ni siquiera se planteaba irse por la noche a escuchar una pequeña orquesta. Cuando llegaron Amadeo y María, no había sitios libres; cada silla dispuesta en semicírculo, formando varias hileras, estaba ocupada. Amadeo confiaba en que alguien, espontáneamente, les ofreciese asiento. Por lo menos, confiaba en que se lo ofrecerían a la embarazada soberana. Sin embargo, todos eligieron desairarles; nadie tuvo ni la menor cortesía hacia él ni hacia ella. Fue un nuevo golpe, particularmente doloroso para María debido a que su estado la hacía sentirse más vulnerable de lo normal.
Los soberanos intercambian una mirada con infinita tristeza. No se quedaron al concierto. Subieron a su carruaje y emprendieron la vuelta a Palacio.
En la confluencia de dos calles céntricas, a un lado del carruaje se plantó un reducido grupo de personas envueltas en capas que abrieron fuego sobre aquel vehículo que llevaba en su interior al rey y a la reina. La pequeña escolta reaccionó magníficamente, salvando la situación a pesar de que un caballo estaba herido -el cual murió antes de llegar a Palacio y hubo que desengancharlo del tiro- y las muescas de balas adornaban un costado del coche. María se había desmayado, por la impresión recibida, el Rey se abalanzo sobre Maria Vittoria cubriendo su cuerpo: al llegar a Palacio, Amadeo tuvo que bajarla en volandas y en volandas la llevó a sus aposentos. En ese momento, estaba absolutamente decidido a abdicar e irse lejos de ese maldito país.
Pero Madrid era un sitio curioso. Los rumores se propalaban con rapidez, así que, en un abrir y cerrar de ojos, se divulgó por cada barrio que los reyes habían salido milagrosamente indemnes de un atentado, aunque la soberana había sufrido -¡en su estado, la pobrecilla…!- un desvanecimiento. Fue la gente de a pié la que, conmovida por la situación de María, acudió de forma espontánea a la amplia explanada situada ante Palacio. Por una vez, el pueblo acudía para mostrar afecto a la reina. María se deshizo en llanto al escuchar los vítores y Amadeo se quedó tan sorprendido que decidió que valía la pena aplazar la decisión tomada pocas horas atrás de dejarlo todo para volver a Turín con su familia.

Historias de la Historia de España; Capítulo 49. Érase un país en turbulencias, una Casa de Saboya y una Reina Virtuosa.

maria vittoria
Hubo una reina en España cuyo nombre de pila completo era Maria Vittoria Carlotta Enrichetta dal Pozzo della Cisterna. Había nacido en París, el nueve de agosto de 1847, como única hija de un príncipe piamontés (Carlo Emanuele dal Pozzo della Cisterna) y de una princesa belga (Louise Caroline Ghislaine de Merode). Sus orígenes hacían presagiar un buen matrimonio para ella, lo cual se cumplió a raíz de su boda con el joven Amadeo de Saboya, segundo hijo varón del rey de Italia Vittorio Emanuele II. Lo que no se hubiera podido adivinar era que los curiosos giros de la historia española del siglo XIX la harían reina consorte en nuestro país…durante tres años.
Hoy, casi nadie en España se acuerda de María Vittoria, o María Victoria. Si los libros de historia que nos hacen estudiar en nuestros colegios e institutos pasan casi de refilón por la figura de su esposo, Amadeo, a ella ni siquiera se la menciona. Y, sin embargo, hay un detalle emotivo y conmovedor que atrae la atención hacia María Vittoria…
Tras la muerte de su padre, senador del Reino de Cerdeña desde 1848, su madre perdió el juicio y se negó a enterrar el cadáver de su esposo, pasando las noches velando el cuerpo acompañada de sus dos hijas (la diferencia de edad de los cónyuges era de 32 años). Como consecuencia, su hija pequeña, Beatrice Giuseppa Antonia Luisa, moriría un mes después, el 27 de abril, de tifus, agravado por consumición emocional. La muerte de Beatrice no hizo más que incrementar el desequilibrio de la condesa de Mérode-Westerloo, que ordenó cerrar a cal y canto el Palacio della Cisterna de Turín, su residencia familiar, y rodeó a su hija de riguroso luto y silencio.
Todo Turín se hacía lenguas acerca de ella. La tragedia familiar hacía que madre e hija se mantuviesen retiradas de la “vida social”. Fuera de un círculo de allegados, apenas recibían en el palacio Cisterna y sus salidas se reducían prácticamente a las que efectuaban para asistir, juntas, a los oficios religiosos. Pero la gente las veía y centraba automáticamente su atención en la muchacha. Poseía un atrayente aspecto físico, se sabía que había recibido una magnífica formación y, por añadidura, heredaría una inmensa fortuna en solitario. Así que resultaba lógico y natural que se especulase acerca de pretendientes a su mano. Claro que también se decía que la viuda Louise Caroline Ghislaine había declarado que sólo un auténtico príncipe le parecería un partido “convenable” para aquella joya de hija.
Y el príncipe acabó llegando en la persona de Amadeo, segundo hijo varón del mismísimo rey Vittorio Emanuele II y de la difunta esposa de éste, Marie Adelaide archiduquesa de Austria.
Corría el año 1866, de modo que Amadeo era un mozo de veintiún años bien plantados. Formaba parte del ejército piamontés desde seis años antes, pues se había incorporado al mismo, con rango de capitán, al poco de haber cumplido los quince. Pero en su carrera de armas, ya ascendido a mayor general, había dirigido una brigada desplegada en el monte Torre en el curso de la batalla de Custozza frente a los austríacos. Amadeo había cumplido en Custozza, demostrando templanza y también arrojo. En la pelea, no se había mantenido a resguardo, sino que había hecho gala de bravura…y había recibido heridas de cierta consideración.
Esas heridas determinaron que se le ordenase establecerse tranquilamente en Turín por un tiempo. La necesaria convalecencia no le hizo demasiada gracia, porque se sentía limitado en sus movimientos y en sus actividades; trataba de llevarlo con cierta filosofía, pero se notaba nervioso e irritable. Hasta que, un buen día, mientras observaba el constante trasiego en una de las principales vías de la ciudad, sus ojos se detuvieron en un carruaje que trasladaba a la princesa viuda de la Cisterna con su única hija. A la agraciada María Vittoria el luto le confería un aire entre melancólico y misterioso que atrajo a Amadeo con la fuerza con la que atrae un imán a un pedacito de hierro. Y, puesto que lo que le sobraba a los días de Amadeo en esa etapa concreta eran horas, las dedicó casi por entero a cortejar a María Vittoria…
La noticia del “profundo interés” de Amadeo por María Vittoria provocó cierto revuelo en la corte de los Saboya. El rey Vittorio Emanuele quería que sus hijos e hijas contrajesen nupcias con un valor dinástico: a su hija Clotilde la había unido en 1859 al príncipe Napoleón, lo que le permitía reforzar vínculos con el primo de éste, el emperador Napoleón III de Francia; a su hija Pía la había entregado en 1862 al rey Luiz I de Portugal. Desde ese punto de vista, María Vittoria no daba la talla, pues no pertenecía a la realeza por mucho que una tía materna suya fuese princesa de Mónaco.
En España se acercaban “turbulencias”. En 1868, el gran acontecimiento de los Saboya, del que por supuesto participaron nuestros protagonistas, fue el matrimonio del heredero Umberto, hermano mayor de Amadeo, con su bella prima Margherita. La atención estaba puesta en los planes que conducían a la hegemonía de la dinastía piamontesa en una península italiana unificada cuando llegaron las noticias de que en otra península, la ibérica, se había echado del trono, mediante una sonada revuelta, a la reina Isabel II.
Previsiblemente, ni Amadeo ni María Vittoria pensaron que ese hecho fuese a afectar a sus vidas.
“Se Colocan Reyes”
Los mismos españoles que habían largado del país con cajas destempladas a los Borbones pronto tomaron en consideración que una nueva monarquía les vendría mejor que una república. La cuestión estribaba en encontrar una dinastía que inaugurase una etapa sustancialmente distinta. El asunto íba a convertirse, desde luego, en un serio desafío para el general Prim, jefe de gobierno, y para las cortes.
Mientras alborotaban los partidarios de los Borbones, escindidos entre alfonsinos y carlistas principalmente, aunque también había algunos fans del duque de Montpensier metiendo bulla, el resto se consagró a repasar candidaturas europeas de mayor o menor enjundia. Un príncipe alemán, Leopold von Hohenzollern-Sigmarigen, a quien el pueblo madrileño, tan chusco, denominaba “príncipe Ole-Ole-Si-Me-Eligen”, contó con bastantes bazas. Entre los príncipes italianos, enseguida descolló la posibilidad de escoger al segundo hijo de Vittorio Emanuele, nuestro Amadeo. Prim, que le había conocido en persona un tiempo atrás, tenía una excelente opinión personal de ese príncipe saboyano que, de paso, agradaría a los vecinos portugueses por ser un hermano de su reina consorte. La inmensa mayoría de los progresistas se mostró de acuerdo con esa opción. En cuanto a Amadeo mismo, se había manifestado en disposición de aceptar…con dos condiciones: que le votasen los diputados en cortes y que le reconociesen los diferentes Estados del viejo continente.
En tanto que igual que abejorros zumbaban despachos diplomáticos plagados de noticias e incluso de rumores por los palacios europeos, las cortes se dispusieron para asistir a una votación trascendental el 16 de noviembre de 1870. 191 votos fueron para Amadeo, en tanto que los 116 restantes se dividían entre otras posibilidades: 60 querían una República General; 27 querían por rey al duque de Montpensier; 8 querían por rey al general Baldomero Espartero; Alfonso, hijo de la ex reina Isabel II, recibió 2 votos; la infanta Luísa Fernanda, hermana de Isabel II y esposa de Montpensier, recibió 1 voto…
Al concluír esa entretenida sesión de las cortes, Amadeo tenía garantizado el ofrecimiento oficial y formal de la corona de España.
El presidente de la Cámara, Manuel Ruiz Zorrilla, había declarado en tono solemne: “Queda elegido Rey de los españoles el señor duque de Aosta”. Y se designó, rápidamente, una comisión parlamentaria para que viajase hasta Florencia, para comunicar la nueva a Amadeo y recibir su respuesta afirmativa a ese “llamamiento de la nación a un soberano”.
María Vittoria había alumbrado a su primer retoño, un varoncito que recibió los nombres de Emanuele Filiberto, en enero de 1869. Hacia febrero de 1870, cuando acababa de celebrar el aniversario de ese hijo tan querido, se encontró de nuevo encinta. Su segunda gestación parece haber coincidido con un momento particularmente doloroso para ella: en esos meses, se enteró de que su marido mantenía una aventura con otra mujer. La infidelidad de Amadeo parece haberle causado una profunda herida en el corazón y en el orgullo femenino, tanto como para presentarse ante su suegro Vittorio Emanuele a solicitar su ayuda.
El 4 de diciembre, Amadeo declaraba a la comisión parlamentaria española que había acudido a transmitirle “el llamamiento” que se embarcaría de inmediato rumbo a Cartagena.
La pura verdad es que María Vittoria, flamante reina de España, encajó la concatenación de hechos con una suave resignación. Mientras Amadeo y el leal aide-de-camp de éste, Dragonetti, se preparaban para emprender el viaje por mar, ella se hacía a la idea de quedarse en Turín con sus dos retoños hasta que, ya completamente reestablecida del parto, pudiese acudir al encuentro de su esposo en la lejana y desconocida Madrid.
Amadeo no sabe lo que le espera cuando se despide de su familia para tomar el barco. Atracará en el puerto de Cartagena el 30 de diciembre de 1870…y nada más poner pie en suelo español, le informarán de una terrible noticia: el general Juan Prim y Prats, marqués de los Castillejos y conde de Reus, presidente del Consejo de Ministros, Ministro de la Guerra, principal valedor del saboyano, ha muerto asesinado.
Eran las peores noticias que podía haber recibido Amadeo. Su entrada en un Madrid absolutamente nevado resultó lúgubre, muy lúgubre. Nada más llegar a la capital, se dirigió a la Basílica de Atocha a rezar ante el catafalco de Prim. Después, angustiado, tomó camino hasta la residencia del difunto para tratar de confortar a la viuda y a los huérfanos. Amadeo no hablaba español, pero intentó transmitir a la desolada mujer su intención firme de descubrir quién estaba detrás de aquel atentado. Madrid entero apuntaba a tres personas: el líder republicano Paul y Angulo, el general Serrano, el duque de Montpensier. Demasiada gente no quería a Prim porque Prim había “traído a España” a Amadeo.
La penosa realidad era que, sin Prim, Amadeo estaba solo. El mismo Prim lo había definido antes de expirar en una frase que manifestaba su miedo hacia lo que llegaría a ocurrir: “El rey viene…y yo me muero…”.
Tuvo que jurar su cargo en las Cortes, prometiendo observar y hacer observar la Constitución de sesgo progresista, en un triste y apagado 2 de enero de 1871, para, a continuación, empezar a gobernar un país todavía conmocionado por la repentina pérdida de Prim.
María Vittoria no ignoraba que su marido había partido hacia España imbuído de las mejores intenciones. Estaba dispuesto a quemarse las cejas para introducir a España en el recto sendero del progresismo político y social, dentro del marco de una constitución cuyos preceptos seguiría escrupulosamente. Pero Amadeo no conocía a España ni a los españoles.
Cuando Maria Vittoria llega a España la reina causa en los diputados españoles mejor impresión que su esposo. Recibieron la agradable sorpresa de comprobar que la joven soberana les saludó y conversó con ellos en correcto castellano, sin apenas acento. Víctor Balaguer escribe sobre ella: «Tiene un rostro de rasgos pronunciados y bellamente correctos, el brillo de sus ojos es especial y su mirada penetrante, su voz es dulce y cariñosa, y la conversación instructiva y amena, e inspira su presencia, al par que el más profundo respeto, la más afectuosa simpatía. Aunque todos hemos oído hablar las grandes cualidades que la adornan, la realidad supera nuestras esperanzas y todos salimos prendados de la que había de ser la Reina de España».
Poco conocida en España por la falta de consolidación política y por la brevedad del reinado de don Amadeo, la reina María Victoria fue, en su tiempo, objeto de respeto por su comportamiento ejemplar y discreción. Sus dos hijos mayores nacieron en Italia, mientras que el menor nació en Madrid. En la capital española centró todos sus esfuerzos en las diversas obras de caridad típicas de las consortes de la época, y jamás se interesó en política. Llegó a inaugurar, gracias a su aportación económica, la primera guardería infantil que se abrió en España, dedicada a los hijos de las lavanderas que trabajaban en las riberas del río Manzanares. Se inauguró con el nombre de «Casa del Príncipe», bajo el patronazgo del príncipe de Asturias, quien dedicó su asignación como heredero a dicha obra. Era apodada «la Virtuosa».
“…Lucía un sol brillante sobre Madrid, iluminando un cielo de azul profundo salpicado por grupos de nubes cual bolas de algodón, rotundas, bien dibujadas, voluptuosas casi; el carruaje de capota con las dos mujeres (la reina y la Condesa de Alomina) abandonó el palacio por la puerta Incógnita, sorteando los jardines del campo del Moro y la fuente de los Tritones, hasta salir a la ribera del Manzanares…”.
 “Iban ensimismadas en su charla mientras dejaban atrás el recinto palaciego…  cuando el ruido de un carruaje las hizo volver la cabeza. Vieron un mar de ropas tendidas moviéndose al ritmo del suave viento… repentinamente surgieron tres críos que venían exaustos. No tendrían más de seis o siete años y tras ellos renqueaba uno aún más pequeño, todos parecían cubiertos de aguas negras y de barro…”. “¿Cómo ser reina de un pueblo que pasa tanta miseria? ¿Cómo no solventar la penuria de quienes parecen olvidados de la mano divina?… Esas criaturas necesitan cuidados y protección mientras sus madres buscan el sustento”.
María Victoria nunca olvidó hacer numerosos legados para obras benéficas, y a través de la escritora española Concepción Arenal, que actuó como intermediaria, siguió hasta el último instante de su vida mandando muchas ayudas para españoles necesitados, con la exigencia de que los donativos se hicieran anónimamente. Durante largos meses, Concepción Arenal recibió frecuentes giros de dinero con notas firmadas por V.P.M., iniciales de Victoria dal Pozzo Mérode.
Los duques de Aosta, contentos de regresar a Italia, quedarán sin embargo marcados para toda su vida por los dos años de su reinado español. La sensación de fracaso, el cargo de conciencia de haber decepcionado a mucha gente y las humillaciones recibidas, serán una losa demasiado pesada que tendrán que soportar durante el resto de sus días. María Victoria decide permanecer en el más completo aislamiento, dedicada a la educación de sus tres hijos y la recomposición de la felicidad familiar, manteniéndose alejada de toda ceremonia de la corte de Italia. No se la volverá a ver en teatros ni fiestas.
La duquesa recibe con interés las noticias que le llegan de España. Incluso se complace en contestar las cartas que le envían las escasas personas que se acuerdan de ella.
En una ocasión, María Victoria escribió a una amiga española: «En España no deseé más que una cosa: cumplir con mi deber, y de ella conservaré siempre un bueno y un triste recuerdo. Bueno, porque hay allí personas muy estimables a las que nunca olvidaré, y triste, porque España no encontró con nosotros la tranquilidad y la prosperidad que deseábamos darle».
Epílogo
Durante su reinado como consorte se creó la Orden Civil de María Victoria, instituida por Real Decreto de 7 de julio de 1871, que premiaba los eminentes servicios prestados a la instrucción pública, bien creando, dotando o mejorando establecimientos de enseñanza, publicando obras científicas, literarias o artísticas de reconocido mérito, o fomentando de cualquier otro modo las ciencias, las artes, la literatura o la industria. En estas fechas, el ministro de Fomento era Manuel Ruiz Zorrilla, que fue gran impulsor de la creación de esta orden.
La Orden Civil de María Victoria tuvo una vida muy corta siendo disuelta tras la proclamación de la Primera República por Decreto de 7 de mayo de 1873, que lleva la firma del entonces ministro de Fomento Eduardo Chao Fernández.
Entre otros prohombres de la época a los que se le otorgaron esta condecoración destacan en su clase de Gran Cruz: Juan Manuel de Manzanedo, Hilarión Eslava, Cesáreo Fernández, Juan Eugenio Hartzenbusch, Juan Valera, Ángel Fernández de los Ríos, José Zorrilla, Emilio Arrieta, Francisco Asenjo Barbieri, Segismundo Moret, Antonio Romero, Ramón de Campoamor, Adelardo López de Ayala, Federico de Madrazo, Santiago Diego de Madrazo, Patricio de la Escosura, Nicolás María Rivero, Miguel Colmeiro, Eulogio Florentino Sanz, Juan de Ariza o Francisco Jareño.
Tras la caída de la monarquía saboyana en España, la reina partió al exilio por Portugal, pocos días después de dar a luz a su último vástago. Falleció en Villa Dufour, San Remo, a los veintinueve años, consumida por la tuberculosis. Fue enterrada en la Basílica de Superga de Turín, con motivo de la muerte de María Victoria, el pueblo español demuestra que su paso por el reino no fue del todo en balde. A sus funerales en Madrid, celebrados en la iglesia de San José, asistieron más de cuatro mil personas, en representación de todas las clases sociales. Sobre su tumba, apareció de inmediato una corona de flores que llamaba la atención por la tablilla grabada que la acompañaba. En la tablilla podía leerse la siguiente leyenda: «En prueba de respetuoso cariño a la memoria de doña María Victoria, las lavanderas de Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante, Tarragona, a tan virtuosa señora».
El periódico La Ilustración Española y Americana le dedicó palabras de elogio, tales como «Madrid no puede olvidarse de aquel ángel de virtud y de caridad», a quien el pueblo concedió el sencillo título de «madre de los pobres».
Curiosidades
A raíz de la muerte de María Victoria, sus propios títulos revirtieron a la Corona de Italia, por su pertenencia a la Casa de Saboya, y se han ido heredando junto al Ducado de Aosta. A día de hoy, Amadeo III de Saboya-Aosta, V duque de Aosta y Jefe de la Casa de Saboya-Aosta, utiliza los títulos más característicos transmitidos por María Victoria: el principado de La Cisterna y de Belriguardo, el marquesado de Voghera y condado de Ponderano.
María Victoria fue descendiente por línea paterna de un Grande de España, Carmine Nicola Caracciolo, el cual recibió dicha dignidad por su defensa de la Casa de Borbón.
Al no tener María Victoria hijas con Amadeo, ni sobrinas carnales pues su hermana había muerto, y sus hijos no se habían casado aún, ella había dispuesto que, en caso de morir, buena parte de sus joyas pasasen a propiedad de su sobrina política María Leticia Bonaparte, hija de su cuñada María Clotilde. María Victoria nunca supo que dicha sobrina acabaría convirtiéndose en la segunda esposa de su marido, aunque lo fue por breve espacio de tiempo.

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Fuentes:
María José Rubio, Reinas de España, Siglos XVIII-XXI de María Luisa Gabriela de Saboya a Letizia Ortiz. La Esfera de los Libros S.L. 2009
Fernando Gonzalez-Doria, Las Reinas de España. Editorial Bitacora, S.A. 1989
José Antonio Vidal Sales, Crónica íntima de las Reinas de España. Editorial Planeta S.A. 1993
http://dinastias.forogeneral.es/maria-vittoria-la-olvidada-t526.html