Burgos: De potencia económica a Ciudad decadente.

Burgos Grabado Sobre 1850

Burgos en un  Grabado de 1850

El año 1492 fue rico en acontecimientos transcendentales para el inmediato devenir de nuestra historia. Comenzó en la noche del 1 al 2 de enero con la definitiva toma de Granada por las fuerzas coaligadas de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, a los que se les empezaba a conocer como los Reyes Católicos. Era el último reducto de la presencia árabe en España, que se había iniciado unos ocho siglos antes.
Unos meses después, el 31 de marzo, los reyes, instalados en el fastuoso recinto residencial de la Alhambra granadina, firmaban conjuntamente el “Edicto de Granada”, redactado por el Inquisidor General, el dominico fray Tomás de Torquemada, por el que se decretaba la expulsión, sin ninguna excepción, de todos los judíos residentes en los reinos de Castilla y Aragón. Se les daba como fecha límite el 31 de julio, aunque finalmente se tuvo que prolongar hasta el 31 de agosto.
Por último, el viernes 12 de octubre una pequeña flota de tres carabelas, que enarbolaban la bandera de Castilla y que estaba dirigida por un marino italiano llamado Cristóbal Colón, después de una azarosa travesía anclaba sus naves en una pequeña y desconocida isla, que resultó pertenecer a un nuevo continente absolutamente desconocido para todos los integrantes de la expedición, iniciándose así la gran aventura histórica conocida como el Descubrimiento de América (1).
Las consecuencias que semejantes eventos provocaron en el cotidiano quehacer de toda España fueron inmediatas y afectaron trascendentalmente a prácticamente todos los órdenes de la vida de nuestro país. Burgos, naturalmente, no fue una excepción.
Castilla se había convertido en una potencia económica, basada en la industria, la agricultura, la ganadería ovina, dominada por la Mesta (2), y la exportación de materias primas, que luego regresaban convertidas en productos manufacturados.
Burgos era uno de los puntos neurálgicos desde donde se controlaba la exportación de la lana a los países del norte de Europa, por lo que los comerciantes, entre los que abundaban los judíos, representaban uno de los pilares de la economía de la ciudad.
Un ilustre viajero que la visitó a comienzos del siglo XVI nos la describe de la siguiente forma: “Esta ciudad de Burgos, metropolitana del reino de Castilla, es muy mercantil, como Valenciennes en tamaño, rodeada de dobles murallas, bien pavimentada y con hermosas casas. Llegan allí todas las lanas que llamamos nosotros de España, que las llevan a Flandes, y ocupan allí algunas veces dos o tres mil obreros…”
La comunidad judía burgalesa disfrutaba de un gran poder económico, una importante influencia política, especialmente a nivel municipal, ocupando además un alto estatus en el ámbito social, pero también ejercían oficios como los de zapateros, chapineros, juboneros, sastres, coqueros, ceramistas, plateros e incluso agricultores.
Con el decreto de expulsión, alrededor de un tercio de esta comunidad tuvo que salir huyendo, abandonando o malvendiendo todo su patrimonio. El tercio restante pudo quedarse, acreditando primero la autenticidad de su conversión al cristianismo, aunque siempre permanecieron bajo la estrecha vigilancia de la terrible Inquisición. El resultado de esta acción de limpieza religiosa no podía ser otro que el fin de una etapa de relativa prosperidad, en la que el comercio y la industria alcanzaron un importante nivel de crecimiento, que impulsó a su vez el desarrollo de otra muchas actividades, dando paso a otra de crisis económica, con la consecuente decadencia del resto de los valores.
En 1493 los Reyes Católicos convirtieron la Universidad de Mercaderes de Burgos, creada en el año 1443 por Juan II de Castilla, en el Real Consulado del Mar, una casa de contratación mercantil integrada por comerciantes burgaleses, que controlaban el mercado de la lana, tanto en su fase de producción como su posterior exportación a los mercados europeos, donde disponían de sus propios factores o cónsules en las principales ciudades de Flandes y también en Londres, París, La Rochelle, Nantes y Florencia. Esta última fase se hacía principalmente a través de los puertos de Santander, Laredo y Bilbao, hasta que en el año 1511 se estableció en esta última otro Consulado similar al de Burgos, aunque su actividad se centró principalmente en la exportación de minerales y la importación de paños, sedas y otros productos manufacturados. El vacío originado por la expulsión de los judíos provocó la llegada de numerosos banqueros y agentes de comercio extranjeros, principalmente alemanes, franceses y genoveses, que establecieron Bancas y Casas de Comercio cuyos beneficios no generaban ninguna repercusión económica sobre la ciudad. La falta de mano de obra, tanto artesanal como agrícola e industrial, mucho más difícil de sustituir, también tuvo una alta incidencia negativa sobre la economía burgalesa.
Carlos de Habsburgo, el nieto de los Reyes Católicos, había nacido en la ciudad flamenca de Gante el año 1500 y otra serie de acontecimientos imprevistos, pero igualmente transcendentales, le convirtieron en muy pocos años en el personaje más poderoso de su época. Con tan solo 16 años, en 1516 se convierte en rey de Castilla sin conocer nuestra lengua, nuestras costumbres, ni haber pisado siquiera territorio español. El gobierno de su nuevo reino pasó directamente a manos de sus consejeros y colaboradores flamencos, que se colmaron de privilegios y entraron a saco en las arcas del reino. Castilla primero y el resto de España después, incluidas todas sus posesiones, que eran inmensas, se convirtieron en la caja provisora de fondos para las múltiples empresas políticas, religiosas y militares emprendidas por su nuevo y flamante monarca. Primero fue la compra de la corona del Sacro Imperio Romano Germánico, que había ostentado su otro abuelo, Maximiliano I de Austria; después llegaron la guerras contra los turcos de Solimán el Magnífico, la Francia de Francisco I, contra el que se enfrentó en cuatro ocasiones; para acabar enredándose en una interminable y agotadora guerra religiosa, en la que se erigió como el supremo defensor de la Fe Católica, amenazada por el discurso reformista de un sacerdote alemán, el agustino Martín Lutero; conflicto que acabó extendiéndose por toda Europa.
En Castilla, el año 1520 se levantó un movimiento comunero contra el centralismo, la arbitrariedad y los abusos de la Corte flamenca que gobernaba, pero fue sofocado por las armas y duramente reprimido posteriormente. Burgos, tras diferentes alternativas, acabó decantándose por el bando imperial, contribuyendo en la fase final a su victoria con una importante aportación de hombres y efectivos militares, al mando del condestable de Castilla D. Íñigo Fernández de Velasco (3).
Cuando en el mes de octubre de 1555 Carlos I de España y V de Alemania, agotado, viejo y enfermo abdicó de la corona imperial a favor de su hermano Fernando, tres años más joven, que curiosamente era español, pues había nacido y se había educado en Alcalá de Henares, al tiempo que cedía los reinos de España a su hijo Felipe, puede afirmarse también que España se encontraba prácticamente al borde de la ruina, famélica y esquilmada a pesar de los enormes recursos que llegaban periódicamente al puerto de Sevilla, procedentes de la explotación de nuestras colonias americanas. Burgos no era, ni mucho menos, ajena a esta situación de penuria general.
La llegada de Felipe II, también conocido como el Prudente, no contribuyó precisamente a mejorar la situación, pues en las posesiones flamencas de la Monarquía Hispánica empezaron a surgir numerosos focos de descontento, cada vez más violentos, que acabaron convirtiéndose en una auténtica revuelta popular en lucha abierta por su independencia. Flandes se convirtió en otro campo de batalla para España, con la tremenda carga de vidas humanas y económica que suponía mantener los famosos tercios de Flandes, a lo que hay que añadir el consiguiente deterioro de las relaciones comerciales entre ambos países. Este enorme proceso de desgaste para la monarquía española finalizó el año 1581 con la destitución de Felipe II y la creación de la “república” holandesa.
Pero el heterogéneo y delicado edifico imperial español no solo se resquebrajaba en los Países Bajos, los turcos volvían a ser una amenaza, obligando a Felipe II a concentrar grandes recursos militares para proteger el Mediterráneo (4) y como remate, en 1588, Felipe II el Prudente emprende la desdichada aventura de la Grande y Felicísima, en la que se deshizo prácticamente todo nuestro poderío naval y supuso un desmesurado coste económico.
Las arcas del Estado estaban vacías, lo mismo que los bolsillos de los españoles, sumidos en un generalizado estado de penuria. La inflación se disparó, los precios subieron y los alimentos escasearon. Los años 1557 y 1566 fueron de crisis alimenticia por la escasez de las cosechas, en el imperio español no se ponía el sol, pero este no calentaba igual para todos.
En semejantes circunstancias, al igual que ocurriera con otras muchas ciudades españolas, el hundimiento económico de Burgos resultó completamente inevitable, colocando a muchos burgaleses en la triste coyuntura de verse obligados a abandonar su patria chica en busca de nuevos aires que les permitieran sobrevivir. Por si todas estas calamidades fueran insuficientes, en el año 1565 hizo su aparición la peste, que causó una terrible mortandad, pues según escribiera el historiador Hieronimus de Salamanca: “murieron en ella doze mil personas, que de allí començó su declinación”, causando además la huida enloquecida de otro gran número de ciudadanos.
Unos años más tarde, en el 1574, lo que quedaba del floreciente comercio burgalés sufrió un duro revés como consecuencia de la pérdida a manos holandesas del puerto de Middelburgo, en el que estaban ancladas numerosas naves castellanas cargadas de lana procedente principalmente de Burgos y Segovia, consignada por comerciantes burgaleses, cuyo inmenso valor se perdió al negarse los aseguradores a asumir semejante riesgo.
La repetición de las epidemias de peste y la pobreza generalizada se convirtieron en un verdadero azote para Burgos y su provincia, que hizo pensar al licenciado Mesa que se trataba de una maldición que “amenazaba a todas partes con las tres plagas de hambre, guerra y mortandad… de que Dios nos libre…”
En 1599, con el siglo XVI a punto de finalizar, la población de Burgos se había reducido a 2.247 vecinos, más de la mitad de la que existía a mediados de siglo, y un gran número de sus viviendas habían quedado deshabitadas o derruidas. Sin embargo, las alcábalas que la ciudad debía aportar a la hacienda pública no disminuyeron ni un maravedí, por lo que las cargas impositivas que tuvieron que soportar los vecinos se hicieron absolutamente insoportables. Por las calles de Burgos deambulaban numerosos grupos de personas desarrapadas y hambrientas en busca de cualquier sustento que llevarse a la boca.
El declive de la ciudad de Burgos continuó aumentando de forma imparable con los sucesivos Austrias que se sentaron en el trono de España. Hacia 1618, en tiempos de Felipe III, que pasaba largas temporadas de solaz y descanso en el palacio que su valido el duque de Lerma se había construido con dinero del erario público en la villa burgalesa de Lerma, los vecinos de la capital burgalesa se habían reducido a 915, y con su sucesor, Felipe IV el rey Planeta, apenas llegaban a los 800. A este rey, los burgaleses le dirigieron un memorial de agravios, en el que le exponían la triste situación en que se encontraba la ciudad por culpa de los elevados impuestos que tenía que soportar: “…estos la tienen tan despoblada y sin gente, que la que hay se sale a vivir fuera por no se poder sustentar y están las casas y edificios casi todos caídos y arruinados por el suelo…”
La cifra más baja de habitantes se alcanzó durante el reinado de Carlos II, el último de los Austrias, con tan solo 700 vecinos.
Recién estrenado el siglo XVIII, el año 1700 el rey Carlos II muere sin sucesión. Los Austrias son sustituidos por los Borbones y con ellos entra en España la Ilustración…..Pero esa ya es otra historia.
NOTAS
(1) Se da la contradictoria circunstancia de que la mayor parte de la financiación del viaje de Colón corrió a cargo del judío aragonés Luís de Santángelo, secretario y hombre de confianza del rey Fernando.
(2) El Honrado Consejo de la Mesta alcanzó su máximo apogeo en tiempos de los Reyes Católicos y Carlos I, pero empezó a decaer a partir de la segunda mitad del siglo XVI, especialmente durante el reinado de Felipe II, como consecuencia de la progresiva disminución del número de cabezas trashumantes, que afectaba directamente a la producción de lana y su posterior exportación.
(3) Desde el reinado de Enrique IV el cargo de Condestable de Castilla lo ostentaba un miembro de la Casa de Velasco con carácter hereditario.
(4) En 1560 los turcos infligieron a los españoles una dura derrota en Djerba y en 1563 estuvieron a punto de conquistar Orán.

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Fuentes:
Paco Blanco.

El Rey que inventó Madrid.

Felipe
Fue Felipe II el Monarca que decidió traer la capital a Madrid. Lo hizo en 1561, hace ahora 450 años. Y aunque por un breve paréntesis (1601-1606) se trasladó a Valladolid, Madrid fue ya Villa y Corte, y continuó creciendo y expandiéndose hasta convertirse en lo que hoy es. Pero aún es posible echar un vistazo al pasado y contemplar, en un simple paseo, lo que queda de aquel Madrid de Felipe II.
Es lo que hace María Pilar Queralt del Hierro en su libro «Las mujeres de Felipe II. Deber y pasión en la casa del rey», un texto que desvela la faceta más oculta del monarca que la investigadora ha encontrado mucho más humano de lo que hasta ahora se creía. Su libro le ha valido el premio IX Algaba de Biografía —compartido con Carlos Canales y Miguel del Rey—.
El Madrid de Felipe II era una villa de apenas 15.000 habitantes. Una pequeña ciudad que comenzó a crecer de modo exponencial desde el momento en que se convirtió en la sede de la poderosa corte del que posiblemente era entonces el monarca más poderoso del mundo.
Ese Madrid multiplicó la población y creció en extensión y en belleza durante las siguientes décadas. Ahora, 450 años después, todavía quedan en la ciudad algunas huellas de lo que era en aquella época.
Jardines de Sabatini En este lugar había una frondosa vegetación, explica la autora, que «se extendía por las abruptas laderas que caen hasta el río». En el siglo XVI, aún era lugar para la caza, abundante en la Casa de Campo hasta el Prado. Allí tenía Felipe II una finca de recreo para la familia de los Vargas. El Rey era muy aficionado a la jardinería, a la «humanización del paisaje», lo que queda manifiesto en lugares como el Campo del Moro, Aranjuez, Valsaín (Segovia) o El Pardo.
Calle Almudena Al pasear por el actual Palacio Real y la zona de la Catedral, «en los ribazos de la izquierda se levantaban los palacios del príncipe de Éboli, Ruy Gómez, fiel y eficaz secretario de Felipe II».
El príncipe de Éboli estaba casado con doña Ana de Mendoza y de la Cerda, mujer bella intrigante que al enviudar se convirtió en la archifamosa princesa de Éboli.
Algunos autores la ponen en amores con Antonio Pérez, el nuevo secretario real. Muy cerca de la casa de ella vivía el secretario de don Juan de Austria, llamado Juan de Escobedo, asesinado en el callejón de la iglesia de la Almudena el 31 de marzo de 1578, en el lugar donde hoy existe una placa que recuerda los hechos —calle de La Almudena—.
Plaza de la Villa Como recuerda María Pilar Queralt del Hierro, el mismo año en que nació Felipe II (1527), hijo primogénito de Carlos I de España y V de Alemania, éste firmaba un Tratado con el rey Francisco I de Francia, que ponía paz después de la batalla de Pavía. En ésta había sido hecho prisionero el rey francés y encerrado en la Torre de los Lujanes, un edificio civil que aún existe en la Plaza de la Villa y que se tiene como el más antiguo de la ciudad.
En el lado sur de esa misma plaza de la Villa, antigua sede del Ayuntamiento de la capital, se encuentra la Casa de Cisneros, levantada en 1537 por el sobrino del famoso cardenal del mismo apellido. En ella sufrió tortura y prisión el secretario del Rey Antonio Pérez, tras el asesinato de Juan de Escobedo. El 18 de marzo de 1590, ayudado por su esposa, Juana Coello, «consiguió escapar hasta territorios aragoneses», explica la autora.
Iglesia de San Ginés Este templo es otro pedazo de historia viva de Madrid. Se llegaba a ella bajando por la calle de Bordadores, muy cercana al lugar donde nació Lope de Vega en 1562 —su padre era bordador de profesión—. La de San Ginés era una iglesia dedicada a un santo francés, Ginés de Arlés, y ocupaba la primera línea fuera del antiguo recinto medieval.
En el siglo XVI se hizo céntrica, y como prueba el hecho de que muchos personajes de la época tienen alguna referencia en sus muros. Allí se celebraron los funerales por Tomás Luis de Victoria, el gran polifonista español, que fue traído de Roma para ser el capellán y maestro de coro del monasterio de las Descalzas Reales.
Descalzas Reales Enlazando con lo anterior, el último punto de este recorrido que señala lo que queda en el Madrid actual de aquel que Felipe II convirtió en capital del Reino es precisamente el Monasterio de las Descalzas Reales. Se encuentra en el lugar que ocupó el antiguo palacio en que vivieron Carlos I e Isabel de Portugal, padres de Felipe II, y donde nació en 1535 su hija doña Juana. «Ésta, ya viuda del Rey don Juan Manuel de Portugal y después de haber dado a luz al futuro Rey don Sebastián, fundó en 1557 este convento de monjas franciscanas descalzas», explica Queralt.
La princesa comunicó su proyecto de construir este monasterio al duque de Gandía, futuro San Francisco de Borja, y él para ese fin encargó a unas religiosas que vinieran del convento de Santa Clara de Gandía. «El 15 de agosto de 1559, cuando todavía no se había terminado la obra, las monjas tomaron posesión del monasterio, dándole el nombre de Nuestra Señora de la Consolación, aunque de antiguo se le conoce con el de las Descalzas Reales». El encargado de acondicionar el edificio fue el arquitecto Antonio Sillero, sustituido luego por Juan Bautista de Toledo.
Lo que más destaca del conjunto es la iglesia, cuyas obras terminaron en 1564. Fue inaugurado con toda solemnidad por Felipe II. También destaca la autora, en relación con este edificio, la decoración de la escalera principal, realizada por Agostino Miteli y Michaelangelo Colonna.
Una vez terminado, en este monasterio vivieron doña Juana primero y su hermana la emperatriz viuda de Maximiliano II, María, después, esta última hasta su muerte en 1603. Este de las Descalzas Reales era el lugar donde los niños y las mujeres de la casa del rey —sus hermanas, esposas e hijas— rezaban, jugaban y despachaban sus compromisos sociales.
El convento está aún hoy habitado por religiosas, y pertenece a Patrimonio Nacional. Es posible visitar parte de su interior, donde se contempla una magnífica colección de más de diez mil obras de arte de gran calidad, de artistas como Juan de Mena, Gregorio Hernández o Francisco Ricci, entre muchos otros.

Gabriel de Espinosa, “el pastelero que suplantó a un rey”.

pastelero de madrigal

Existen infinidad de historias que parecen absolutamente novelescas y que incluso nos parecerían exageradas si no fueran ciertas. Una de mis preferidas es la del pastelero de Madrigal, el pastelero que quiso ser rey.
Era por entonces Portugal una gran potencia mundial. Barcos lusos señoreaban las costas africanas en ambos océanos, pero donde no llegaban los barcos, no tenían influencia. Los portugueses no habían sido capaz de cumplir su vieja añoranza de poder avanzar hacia el interior.
Fue entonces cuando llegó un nuevo rey de Portugal, Don Sebastián. Era un buen mozo: joven, atractivo, rubio, de ojos azules, muy carismático… consiguió infundir en su país un espíritu de cruzada que apuntaba a garantizarse el control del oro africano al igual que España había hecho con el oro americano. El idilio entre rey y reino estaba garantizado.
Nada más alcanzar el trono, Don Sebastián organizó una gran operación contra Marruecos. Pero el resultado fue catastrófico y marcó el cénit del imperio portugués y el inicio de su decadencia. La derrota final llegó en Alcazarquivir, cuando el ejército invasor fue rodeado y los generales rogaron al joven Rey que huyera. En vez de hacerlo, convencido de que Dios luchaba junto a él, Don Sebastián cargó contra las nutridas filas enemigas y… no se supo nada más de él. Sospecho que tanta devoción por Dios hizo que este se encariñara con él y lo llevara ante su presencia.
Tras su desaparición, el trono de Portugal quedaba sin herederos, y sólo era cuestión de tiempo que el poderoso Felipe II de España se hiciera con su jugoso reino vecino. Al no encontrarse jamás el cadáver, sin embargo, surgió el llamado sebastianismo, la leyenda de que llegaría un buen rey para ayudar a la nación portuguesa en cuando esta lo necesitara.
Siendo un rey tan querido y estando el reino en manos extranjeras, era de esperar que la esperanza de su regreso creciera entre los portugueses. Además, infinidad de sucesos ayudaron a apuntalar teorías que hoy llamaríamos “conspiranoicas”. Por ejemplo, un grupo de caballeros huidos de Alcazarquivir intentaron llegar a Ceuta, pero los ceutíes, temerosos de una trampa, se negaban a abrir la puerta… Hasta que los caballeros empezaron a decir que el rey iba con ellos. Efectivamente entraron con un hombre embozado que embarcó al día siguiente rumbo a Lisboa… y ahí se perdió la pista. Hay quien sospecha que, quizás, los caballeros mintieran.
Entre las ganas de muchos de ver el regreso de Don Sebastián, y el innegable atractivo que tenía eso de convertirse en rey, no tardaron en aparecer farsantes que intentaron hacerse con el trono. Nuestra historia es la de uno de ellos, Gabriel de Espinosa.
Era Gabriel un huérfano natural de Toledo, residente en Madrigal de las Altas Torres (Ávila), de oficio pastelero. Diose la casualidad de que en esta población se encontraba un convento de monjas agustinas que tenía como más importante inquilina a doña Ana de Austria, hija bastarda del también bastardo Juan de Austria y, por lo tanto, sobrina de Felipe II. En la misma villa, se encontraba el intrigante fray Miguel dos Santos, dominico portugués que había sido desterrado a Castilla por sus conspiraciones contra el dominio de Felipe II sobre Portugal.
El taimado fraile quedó estupefacto al conocer a Gabriel de Espinosa y encontrarle un increible parecido físico con el añorado rey. No le fue difícil convencerle de que la vida de rey era preferible a la de pastelero y comenzó una complicada conspiración destinada a restituirle en el trono.
Pero un rey necesitaba una reina, y aquí entraba Ana de Austria que, la verdad, no estaba muy contenta con seguir recluida en un monasterio (había sido forzada a ello, salía más barato que casarla). No sabemos hasta qué punto doña Ana se creyó que aquel pastelero era el desaparecido Don Sebastián o hasta qué punto quiso creerlo, pero en cualquier caso, se prometieron casarse tan pronto como se hubiera producido la coronación.
Con prometida de sangre real y todo, le sería más fácil al fraile conseguir el apoyo de la nobleza. Y una serie de caballeros descontentos con la dominación española viajaron en secreto hasta Madrigal donde “reconocieron” al pastelero como el mismo rey Don Sebastián revivido. La operación iba tomando cuerpo.
Ahora lo que necesitaban era dinero, y Gabriel de Espinosa fue enviado a Valladolid con unas joyas de doña Ana en la intención de convertirlas en dinero. Grave error. El pastelero, una vez se vio ante el Pisuerga cargado de oro, trabó “amistad” con una buena moza que quedó tan impresionada ante tanta riqueza junta que no dudó en correr a avisarlo a las autoridades. Por si acaso. Ni que decir que Gabriel de Espinosa fue detenido. Que eso de que un tipo con pinta plebeya cargue con tanto oro no deja de ser extraño.
Una vez preso, Gabriel confesó que las joyas se las había dado la misma doña Ana de Austria. Los perplejos alguaciles estaban desconcertados, pero como esas joyas debían proceder de algún sitio decidieron escribir al respecto, y de forma muy respetuosa, a la interesada.
Entonces fray Miguel cometió un error que hasta produce sonrojo por su inocencia. Envió una carta al pastelero en la cual le daba trato de “Majestad”, ni que decir que la carta fue interceptada. Poco después llegó la respuesta de la monja que soñaba con ser reina: “Estimado Señor: Me he enterado habéis preso por sospecha de hurto a Gabriel de Espinosa, pastelero de esta villa, a quien aprecio, y siendo mío lo que lleva encima, sírvale esta de descargo y no habiendo ya motivos, dejadle en libertad. Con ella me haréis merced y no se hable más, no se levanten ruidos injustos y maliciosos.”
Todo era demasiado raro para aquellos alguaciles, que dieron parte a sus superiores. No era malo el servicio de inteligencia español, por aquel entonces, y tanto viaje de nobles portugueses a una pequeña villa castellana era algo digno de ser examinado con prudencia. Sabiendo que fray Miguel era un antiguo conspirador, y viendo la carta llamándole “Majestad”, sumaron dos y dos. El asunto fue llevado ante el mismísimo rey prudente.
Doña Ana de Austria, que ingenuamente seguía creyendo que efectivamente se trataba de Don Sebastián, se alegró de la noticia al suponer que cuando el Católico Rey de las Españas supiera “la verdad” le daría libertad y corona a su prometido. No pensaban lo mismo ni el fraile ni el pastelero, cuando entraron en la sala de torturas.
Muchos interrogatorios se sucedieron, en general superficiales, reiterativos y plagados de contradicciones, sobre todo los que se hicieron bajo tormento. Innumerables cartas se cruzaron entre los comisionados y el Rey, quien fue el verdadero juez de aquel caso.
Acusado de crimen de lesa majestad, Espinosa fue condenado a la horca, cumpliéndose la sentencia en la tarde del 1 de agosto de 1595, en la plaza pública de Madrigal, donde todos quedaron sorprendidos del orgullo de su mirada, la cólera con que citó a don Rodrigo ante el Tribunal de Dios y la tranquilidad que tuvo ajustándose la soga al cuello. Luego, su cuerpo fue decapitado y hecho cuartos, siendo los despojos expuestos al pueblo.
Trasladado a Madrid fray Miguel de los Santos, y acusado del mismo crimen que Espinosa, fue primero degradado al estado laico, y después, a mediodía del jueves 19 de octubre, ahorcado en la plaza pública. Al pie del cadalso insistió en su inocencia diciendo haber creído que Espinosa era don Sebastián. También decapitado, su cabeza fue transportada hasta Madrigal para acompañar por unas horas a la del Pastelero.
La culpa de doña Ana de Austria se saldó con un encierro en el convento agustino de Ávila. Allí, desprovista de privilegios, pasó poco más de 3 años, hasta que su primo Felipe III, a poco de suceder a su padre, la hizo devolver al de Madrigal, donde, restituida su influencia y recobrada la tranquilidad de espíritu, fue elegida priora. Ocupó aquel cargo hasta que en 1611, dejando la orden de San Agustín, pasó a ser abadesa del cisterciense monasterio de las Huelgas de Burgos, la mayor dignidad eclesiástica a que una mujer podía aspirar. Y por cierto que actuó como una magnífica prelada, quizás la mejor que tuvo nunca aquel real sitio.
Publicado 1st August 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros

Juana de Austria, Regente de España y Miembro de la Compañía de Jesús

juana de austria

La importancia de Juana de Austria estriba en sus relaciones familiares, ya que fue nieta, hija, madre y hermana de reyes. Juana de Austria, nacida en la corte real de Madrid, era hija de Carlos I y de Isabel de Portugal y Aragón. Por tanto, sus abuelos por línea paterna fueron Felipe I y Juana I y por línea materna el rey Manuel I de Portugal y María de Aragón y Castilla.

Además fue hermana del rey español Felipe II de España, sirviéndole de regente durante su viaje a Inglaterra a casarse con María I de 1554 a 1556 y de 1556 a 1559.

Tercera hija del emperador Carlos V y de Isabel de Portugal, nacida en Madrid en el año 1535 y muerta en el Escorial en 1573.

En 1552 contrajo matrimonio con el heredero al trono de Portugal, el infante Juan Manuel, con el que tuvo un hijo, el futuro rey portugués Sebastián I. Tras la muerte de su esposo, en 1554, regresó a España para ocupar el cargo de gobernadora de los reinos, mientras durase la ausencia de su hermano Felipe II, el cual marchó a Inglaterra para casarse con María Tudor. En 1560 fundó en Madrid el convento de las Descalzas Reales, lugar al cual se retiró para apartarse de la vida de la corte.

Los primeros años de Juana de Austria

El 24 de junio de 1535 nació la tercera y última hija de Carlos V e Isabel de Portugal. En estas fechas la emperatriz se encontraba en una propiedad real en las afueras de Madrid, antiguo palacio del contador del rey Alonso Gutiérrez. Una vez más, Isabel tuvo un parto difícil, quedando su frágil salud muy mermada por el esfuerzo. El emperador, por su parte, había partido el 29 de mayo de ese mismo año hacia el norte de África con el propósito de conquistar la Goleta y Túnez para frenar, de ese modo, el avance de los piratas turcos de Barbarroja. El 14 de julio la Goleta fue tomada al asalto y el día 21 de ese mismo mes fue conquistada Túnez, donde tras una batalla sangrienta, murieron treinta mil personas y más de dieciséis mil fueron hechas prisioneras, Carlos V restableció a Muley Hasan en el gobierno de Túnez y dejó a Bernardino de Mendoza a cargo de la Goleta. Barbarroja, ya sin apoyos, no tuvo más remedio que huir precipitadamente hacia la ciudad de Bona.

La infanta Juana fue bautizada algunos días después de su nacimiento, el 30 de junio, por el entonces arzobispo de Toledo, Juan Tavera, el cual había sido investido por el emperador el año anterior (1534). Los padrinos de la princesa fueron su hermano y heredero al trono, el futuro Felipe II; el príncipe del Piamonte y el Condestable de Castilla.

Siguiendo su costumbre la emperatriz Isabel intentó ocuparse personalmente del cuidado de la recién nacida y procuró que junto a sus dos hermanos, Felipe y María, recibiera una educación acorde con su posición en la corte. En este sentido fue fundamental el apoyo de una de sus damas honor, Leonor Mascareñas, la cual había llegado a España de la mano de Isabel tras su matrimonio con el emperador. A pesar de todo, apenas conoció Juana a su madre, puesto que ésta falleció cuando la infanta contaba cuatro años de edad, en 1539. La prematura muerte de la emperatriz supuso un duro golpe para Carlos V y para sus hijos, sobre todo para Felipe, que durante toda su vida permaneció muy unido a sus hermanas. A pesar de que el príncipe de Asturias tenía casa propia desde los seis años, por decisión de su padre que no quería que se educara rodeado de mujeres, fue frecuente que éste y las infantas pasaran juntos largas temporadas, así, encontramos a los príncipes en Ocaña celebrando la Navidad en 1540 o pasando unos días en Aranjuez en 1541.

El 1 de diciembre de 1542 los reyes de Portugal, Juan III y Catalina de Austria, establecieron definitivamente las condiciones para aceptar a Felipe II como marido de su hija María Manuela, como parte del acuerdo se concertó también el matrimonio de Juana con el heredero de Portugal, Juan Manuel. De este modo la infanta fue utilizada por su padre para asegurar la alianza con el país vecino y así, poder llevar a cabo uno de los sueños de los Reyes Católicos, unir bajo una misma corona todos los reinos de la Península Ibérica. La infanta Juana en ese momento tenía siete años y dada su extrema juventud se decidió posponer el enlace hasta que ésta llegara a la edad fértil.

A pesar de las buenas relaciones familiares y la aparente felicidad, fueron muy frecuentes los problemas económicos de las infantas, producidos por los excesivos gastos militares y el gran endeudamiento acumulado durante el reinado de Carlos V. El conde de Cifuentes, mayordomo mayor de Juana y María, manifestó en varias ocasiones su preocupación, ya que el presupuesto asignado para la casa de estas, no cubría todas sus necesidades. En 1544, el conde de Cifuentes, escribió una carta al príncipe Felipe informándole que sus hermanas no podían salir de Madrid puesto que sus deudas no les permitían financiar un nuevo traslado, además no encontraban a nadie que les adelantara más dinero ni tenían nada más que vender. Situaciones tan desesperadas pudieron solventarse gracias a la ayuda de algunos nobles y altos cargos de la iglesia, como el obispo de Osuna Pedro Alvarez Acosta, que financiaron los viajes de las princesas o saldaron sus cuentas pendientes.

Fue el mismo Conde de Cifuentes el que años después, en 1547, escribió otra carta, esta vez dirigida al emperador, informándole de los progresos de su hija pequeña. Juana que contaba con doce años, estaba llegando a la edad casadera por lo que era necesario proteger su virtud, puesto que se acercaban sus esponsales con Juan Manuel y cualquier indiscreción de la princesa podía suponer la ruptura del compromiso, si esto se producía crearía un grave problema diplomático con Portugal. De este modo se tomaron medidas para limitar las apariciones en público de ésta, así como su contacto con los jóvenes de la corte.

Ese mismo año el futuro Felipe II partió desde las Cortes de Monzón hacía Alcalá de Henares para informar a su hermana María que se había concertado su matrimonio con su primo y futuro emperador, el archiduque de Austria Maximiliano, la noticia fue acogida con gran alegría por parte de ambas infantas, que comenzaron a realizar los preparativos de la boda. Tras los esponsales de María, ambas hermanas apenas se vieron en los años posteriores, aunque siguieron manteniendo su relación a través de una nutrida correspondencia. El emperador opinaba que el ambiente cortesano en el que vivía su hija mayor, ya casada con Maximiliano, podía perjudicar a la infanta Juana, por lo que intentó que ambas no coincidieran en la misma ciudad mientras María de Austria permaneció en España.

Muy importante para la infanta Juana durante los años anteriores a su matrimonio fue su relación con su sobrino Carlos, ya que tras los esponsales de su hermana María con el archiduque Maximiliano, fueron contadas las ocasiones en las que se vieron, a pesar de que antes de abandonar definitivamente España en 1551, María permaneció algunos años en la península junto a su esposo, pero parece que el emperador dio instrucciones precisas para que las visitas de la futura emperatriz a la infanta fueran controladas. Desde la muerte de María Manuela de Portugal en 1545, su hijo había permanecido junto a sus tías ya que el futuro Felipe II opinaba que estas podían hacerse cargo del infante; de este modo se decidió que algunas de las damas de la difunta princesa pasaran a formar parte del servicio de la casa de las infantas, puesto que era necesario mantener buenas relaciones con Portugal ya que estaba pendiente el matrimonio de Juana con el heredero Juan Manuel y en caso de que este muriera sin descendencia era muy posible que los derechos al trono pasaran al hijo del príncipe Felipe. Algunos historiadores opinan que Juana, en cierta manera, asumió el papel de madre de su sobrino, el cual apenas veía a su padre, ocupado en ejercer el poder en los reinos peninsulares mientras el emperador permanecía en Europa. Juana y su sobrino residieron por orden de Carlos V durante un tiempo en Aranda de Duero para trasladarse posteriormente a Toro. Un año después de la marcha de María de Austria, en 1552, Juana partió hacia Portugal para contraer matrimonio, tenía dieciséis años en ese momento y casi obligada tuvo que separarse de su sobrino, el cual quedó desconsolado ante la partida de la infanta.


Juan Manuel de Portugal, heredero del trono y padre de Sebastián I. <-

El matrimonio de Juana de Austria y Juan Manuel de Portugal

Las negociaciones con los reyes de Portugal se iniciaron de forma oficial en 1542. En representación del emperador acudió al país vecino Juan de Idiáquez, secretario de Estado, para iniciar las conversaciones, aunque fue el embajador español destacado en Lisboa, Luis Sarmiento de Mendoza, quien se encargó de ultimar todos los detalles. Las capitulaciones fueron en principio muy lentas puesto que Juan III de Portugal era reacio a que su hija María Manuela se casara con el heredero Español; ya que tenía previsto casar a esta con su hermano el infante Luis y de este modo ahorrarse su dote. Tras la intervención de Catalina de Austria a favor de su sobrino, don Juan cambió de opinión y aceptó, por el bien de su hija, y por los beneficios que el enlace podía reportar a su reino. Pero a pesar de todo el matrimonio tuvo que hacer frente a la oposición de un nutrido grupo de nobles que veían cercana la posibilidad de que ambas coronas se uniera, puesto que la salud del infante Juan Manuel era muy frágil y la muerte de este podría suponer la llegada al trono de un rey español. Como cláusula del acuerdo matrimonial firmado por los reyes de Portugal y el emperador, se acordó que la infanta Juana se casara con el heredero al trono portugués, de este modo se mantenía una tradición muy arraigada desde la época de los Reyes Católicos, encaminada a la unión de las dos coronas; por tanto fueron frecuentes en esta época los dobles matrimonios entre miembros de las familias reales de la Península Ibérica, así, tras el matrimonio de Carlos V con Isabel de Portugal se casaron también la hermana de éste, Catalina de Austria, con el hermano de la emperatriz Juan III.

Juana en el momento en que su compromiso se hizo oficial, 1 de diciembre de 1542, contaba con siete años de edad. El prometido de la infanta, Juan Manuel, por su parte era también muy joven en estas fechas, ya que apenas había cumplido cinco años. Nacido en Évora el 3 de junio de 1537, fue jurado heredero del trono portugués en 1544 en la ciudad de Almeirim. Dada la juventud de los príncipes los reyes de Portugal y el emperador acordaron posponer el enlace entre Juana y el infante Juan Manuel hasta que alcanzaran la edad casadera, según el derecho español de la época una mujer se encontraba en edad casadera a los doce años o cuando llegara a la edad fértil. Por su parte, María Manuela y Felipe se casaron en 1543, como fruto de su matrimonio nació el infante Carlos al que tan unido estuvo Juana desde su infancia puesto que cuando este nació tenía 9 años.

En el año 1551 se iniciaron los preparativos de la boda de la infanta, el primer paso fue formar el cortejo nupcial que debía acompañarla hasta la frontera con Portugal, para ello el futuro Felipe II no escatimó en gastos, a pesar de las dificultades económicas por las que atravesaba el reino. Antes de abandonar España la infanta Juana debía casarse por poderes con Juan Manuel, puesto que antes de dejar la casa de su padre su esposo debía convertirse en su tutor legal y por tanto en responsable de sus actos. En Portugal también comenzaron los preparativos para el recibimiento de la esposa del heredero, el 21 de diciembre de ese mismo año se otorgaron las acreditaciones necesarias a Lorenzo de Pires de Tabora para representar a Juan Manuel en el citado matrimonio por poderes celebrado el 11 de enero de 1552 en la ciudad castellana de Toro. El príncipe de Asturias asistió al acontecimiento, visiblemente emocionado, como testigo. Juana tras la ceremonia, intentó por todos los medios retrasar su salida de España, ya que no quería abandonar a su sobrino Carlos, al que había cuidado casi desde su nacimiento, tras la muerte de su madre María Manuela.

La infanta llegó a Badajoz el 13 de noviembre de 1552 tras un largo viaje, acompañada del duque de Escalona y el obispo de Osma. Tras cruzar la frontera de ambos reinos y levantarse el acta de entrega, la infanta pasó a la custodia del duque de Aveiro y del obispo de Coimbra. El 5 de diciembre el rey de Portugal, Juan III, se unió a la comitiva que acompañaba a Juana a Lisboa. La boda oficiada por el cardenal-infante Enrique, que años más tarde ocuparía el trono portugués tras la muerte de su sobrino Sebastián I, se celebró en Pazos da Ribeira, pero la infanta no recibió una cálida acogida, ya que existían numerosas dudas en el pueblo y en algunos nobles sobre la conveniencia de este matrimonio para los interese de Portugal, puesto que la intervención castellana podía ser enorme dada la frágil salud del heredero, de este modo si la pareja tenía descendencia y Juan Manuel moría prematuramente, el cargo de regente por ley correspondería a la hija del emperador. Por otro lado si Juan Manuel moría sin descendencia el trono de la casa de Avis pasaría por derecho al infante Carlos, hijo de Felipe II y de la hija mayor de los reyes de Portugal María Manuela.

Parece que el príncipe Juan Manuel que contaba con catorce años en el momento del matrimonio, se quedó prendado de la belleza de su prima, que por entonces había cumplido dieciséis años. El infante en contra de los consejos de sus médicos, acudía frecuentemente a los aposentos de la princesa ya que no soportaba estar lejos de ella por mucho tiempo. Juana quedó embarazada rápidamente y en agosto de 1553 anunció de forma oficial que esperaba un hijo, no por ello Juan Manuel dejó de visitar a su esposa por el contrario acudía a sus aposentos tres veces al día. La salud del heredero se fue deteriorando cada vez más y en el mes de octubre de ese mismo año quedó postrado en la cama debido a que sufría de fuertes fiebres.

El 2 de enero de 1554 murió don Juan Manuel tras una larga agonía; de este modo la sucesión de Portugal quedaba en el aire. Juana por su parte se encontraba en un avanzado estado de gestación y desconocía el destino de su esposo, ya que por el bien de la futura madre se decidió ocultarle la noticia, de este modo las damas de la corte debían cambiar sus vestimentas de luto si visitaban a la princesa y se sucedieron las manifestaciones religiosas implorando que el parto de Juana fuese propicio y que diera a la corona un heredero varón. El día 20 de enero Juana dio a luz a su primer y último hijo, el futuro rey Sebastián I. El bautizo del nuevo heredero al trono de Portugal se celebró el día 28 de enero en la capilla do Paço.

Juana estuvo apenas cuatro meses junto a su hijo, ya que tras la muerte de su esposo, su hermano Felipe solicitó que volviera a España para ser nombrada gobernadora. El heredero español debía marchar a Inglaterra a contraer matrimonio con María Tudor, el emperador en principio se mostró contrario a que su hija pequeña ocupara un cargo de tan elevada responsabilidad y abandonara Portugal, pero no le quedó más remedio que aceptar la decisión de su heredero. Juana estaba decidida a acatar la petición de su hermano, pero se negó a abandonar a su hijo y decidió que lo llevaría junto a ella a Valladolid. La reina Catalina convenció a Juana para que partiera sola, no sólo por los inconvenientes y peligros que suponía para un niño tan pequeño realizar un viaje tan largo, sino también porque el futuro heredero a la corona de Portugal no podía abandonar su reino. De este modo Juana marchó de regreso a España dejando a cargo de su tía y suegra a su hijo Sebastián, al cual no volvería a ver más, a pesar de sus intentos posteriores de regresar a Portugal y convertirse en la regente del reino. Sebastián llegaría al trono a la edad de tres años, tras la muerte de Juan III en 1557, siendo regente del reino Catalina de Austria, su abuela, hasta que fue declaro mayor de edad en 1568. En el año 1578 partió, con un ejército de diecisiete mil hombres, hacía Arcila, donde encontró la muerte en la batalla de Alcazarquivir.


Estandarte de Felipe II. ->

La regencia de Juana de Austria en España

Tras conocerse la muerte de Juan Manuel a principios de 1554 en España, el heredero al trono mandó a la corte portuguesa a Luis Venegas de Figueroa con una carta suya para la princesa viuda Juana. En dicha carta Felipe solicitaba a su hermana que volviera a Castilla puesto que él se veía obligado a partir hacia Inglaterra para casarse con María Tudor. Juana aceptó el encargo y tras intentar sin éxito, que su hijo recién nacido partiera junto a ella, inició su viaje el 16 de abril.

Parece que el emperador no consideró la decisión de su hijo muy acertada, pero se vio obligado a acatarla dado que el viaje a Inglaterra no podía posponerse por mucho tiempo y era necesario que alguien ocupara el poder en ausencia del heredero y de él mismo. Carlos V consideraba que su hija no debía abandonar Portugal de forma tan precipitada puesto que en caso de muerte de Juan III, antes que el infante Sebastián llegara a la mayoría de edad ella sería la regente y ocuparía el poder en nombre de su hijo; por otro lado si el mencionado infante fallecía era necesario defender los derechos del príncipe Carlos en la corte portuguesa. Hay que señalar además que el emperador no tenía un buen concepto de su hija pequeña, ya que ésta durante el tiempo que pasó en Portugal había gastado gran cantidad dinero para el mantenimiento de su casa, por tanto aconsejó a Felipe que vigilara atentamente los movimientos de su hermana en el gobierno. El heredero por su parte tenía mejor opinión de su hermana aunque dejó establecido un consejo de regencia, siendo destacable la figura de Juan Vázquez de Molina, para que controlara sus acciones y para que la ayudara en el ejercicio del poder.

Juana partió de la corte portuguesas y tras cruzar la frontera de ambos reinos se encontró con su hermano Felipe en Alcántara, el cual la esperaba para poder aconsejarla sobre sus nuevas responsabilidades. El príncipe Felipe, había mandado a su séquito a La Coruña para que fueran preparando el viaje hacia Inglaterra, así junto a un grupo de nobles de confianza y en contra de los deseos del emperador, acudió en busca de su hermana para escoltarla durante algunos días. Juntos se dirigieron a Tordesillas, donde Juana I se encontraba muy enferma, es posible que Felipe quisiera saber el verdadero estado de su abuela, ya que parecía que el emperador quería retirarse y su ansiado relevo en la cumbre debía esperar a la muerte de su madre, la cual aunque legalmente declarada loca era la reina legitima de Castilla. Tras pasar unos días juntos, Juana se dirigió a Valladolid acompañada por García de Toledo, el obispo de Osma y el de Badajoz; por su parte Felipe emprendió a caballo su camino hacia La Coruña.

Felipe durante los días que pasó junto a Juana le indicó que debía mantener todos los viernes una reunión con las juntas del Consejo, para conocer los asuntos más urgentes, además la emplazaba para que solicitara la opinión del secretario Juan Vázquez de Molina, hombre de su total confianza. Le pidió que vigilase las fronteras y que tuviera preparadas las galeras por si surgía algún problema en este sentido. Debía cuidar mucho las formas en la corte, llevando una vida ordenada y escuchar misa en público todos los días, además tenía que conceder audiencia a todos los que así lo solicitasen, no precipitándose en sus resoluciones y acudiendo a sus consejeros en caso de tener alguna duda. Era necesario por otro lado mantener el orden en el clero de todos los reinos peninsulares, vigilando que los obispos ocuparan sus sedes y que no se aprovecharan su ausencia para que legitimar, si los tuviesen, a sus hijos naturales.

Juana ocupó su puesto de gobernadora sin ninguna dificultad y algún tiempo después recibió la noticia de que el matrimonio de su hermano con María Tudor se había celebrado con éxito y que Inglaterra había retornado al seno de la Iglesia Católica. Para ella fue motivo de gran alegría y comentó a Felipe por carta sus deseos de que en Alemania se consiguieran los mismos resultados, aunque sus esperanzas fueron vanas puesto que el emperador no consiguió que los protestantes retornaran a la obediencia a Roma y en la Paz de Augsburgo (1555) se vio obligado a reconocer la libertad religiosa.

En 1555 la situación económica del reino preocupaba a Juana, puesto que el apoyo prestado a los católicos ingleses y la guerra abierta por el emperador en Francia (1552-1556), para ocupar Mertz, Toul y Verdum, consumían todos los ingresos que recibía la corona. La gobernadora se veía incapaz de conseguir seiscientos mil ducados que su hermano le solicitaba desde Inglaterra y expresaba la necesidad de firmar la paz en todos los frentes, ya que sin ella la hacienda se encaminaba hacia la bancarrota. La llegada de una importante remesa de plata a Sevilla en 1556, procedente de unas nuevas minas descubiertas en Guadalcanar, proporcionó un respiro a los problemas económicos de Carlos V, el cual en 1551 debía a sus banqueros, los Fugger, los Welser y los Spínola, la elevada cifra de siete millones de ducados, y las deudas seguían aumentando. En 1558 la situación económica era tan mala que los banqueros de Amberes se negaron a prestar más dinero a Felipe II, por su parte los comerciantes sevillanos no querían entregar a Juana parte de los lingotes de oro y plata que recibían de América y ésta, siguiendo las indicaciones de su padre, los encerró en Simancas como escarmiento.

En 1556 tras firmar la paz con los protestantes alemanes y en Francia, el emperador abdicó, cediendo el gobierno de Alemania a su hermano Fernando y a su hijo Felipe sus territorios en la Península Ibérica, Italia, Borgoña y América. Carlos V agotado por los años de gobierno se dirigió al monasterio de Yuste, donde permanecería hasta su muerte. En un principio se pensó en que éste sustituyera a Juana como regente, pero esta situación hubiese sido un tanto irregular y se descartó rápidamente. A pesar de todo el emperador lejos de retirase del mundo estuvo permanentemente informado de los asuntos importantes y sus hijos recibieron sus indicaciones hasta el final de sus días.

Un problema importante al que debió enfrentarse la princesa como gobernadora fue la aparición de un foco luterano en Castilla, en concreto en Valladolid y Sevilla. Carlos, preocupado, le dirigió una carta a su hija para que intentara cortar de raíz la llegada del protestantismo a España. Juana por su parte informó a su hermano y a su padre sobre las sospechas que albergaba hacia el círculo del obispo Carranza, ya que según le había informado el inquisidor Fernando de Valdés, era frecuente que muchos inculpados le mencionaran en sus confesiones. Personajes importantes fueron acusados de herejía, tras ser juzgados por un tribunal del Santo Oficio y confesar, fueron declarados culpables y entregados a la justicia seglar. El 21 de mayo de 1559 se celebró en la plaza mayor de Valladolid un auto de Fe, presidido por la gobernadora Juana y por su sobrino Carlos, quince personas fueron quemadas aunque sólo una de ellas fue conducida a la hoguera viva, ya que todos los demás se arrepintieron durante el juicio. En 1558 Juana escribió una carta al rector de la Universidad de Salamanca para que revisara los libros de la biblioteca y evitara el contacto de los estudiantes con libros que atacaran los principios del catolicismo.


<- San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, amigo de Juana de Austria.

Juana, la mujer jesuita

San Francisco de Borja por Alonso Cano, confesor y valedor de Juana de Austria.

San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, amigo de Juana de Austria.

La importancia de Juana en la Historia, además de como Regente de España en un momento en que la política le estaba vetada a las mujeres, tiene que ver con su papel dentro de la Compañía de Jesús, siendo la única mujer que ingresara en dicha orden religiosa masculina. Juana de Austria estaba muy vinculada con dicha orden a través de su confesor San Francisco de Borja y de San Ignacio de Loyola, del que era amiga personal.

En los meses del verano de 1554, una vez nombrada Regente y bajo el influjo de Francisco de Borja, creció en ella la idea de entrar en la nueva orden de la Compañía de Jesús. Borja le comunicó a Ignacio de Loyola la resolución de la Regente. Esto les causó un enorme problema debido a la imposibilidad de las mujeres de ingresar en la orden recién fundada. En la frecuente correspondencia respecto a este asunto, la regente figuró bajo el seudónimo de Mateo Sánchez (aunque en cartas muy posteriores usara el seudónimo de Montoya) para que no se conocieran públicamente sus propósitos.

El 26 de octubre de 1554, por órdenes de Ignacio, se reunió una consulta para deliberar sobre la posibilidad de admitir a Mateo Sánchez. La petición de la Regente era altamente irregular, pero no se podía desatender por su importancia dentro del Estado y ante la posibilidad de que esta viuda llegara a ser un instrumento de la política matrimonial de los Austria -para lo que sería un obstáculo definitivo la emisión de votos religiosos, debido a que la competencia sobre los votos religiosos estaban en poder de los reyes de España- los padres jesuitas decidieron autorizar a Mateo Sánchez a pronunciar los votos de escolar de la Compañía de Jesús, en el sentido indicado en la Parte V de las Constituciones.

A la regente, todavía de 19 años, le dirigió Ignacio la autorización oficial el 3 de enero de 1555. Juana puso mucho empeño en ayudar constantemente a la Compañía desde su elevada posición:

·Intervino con autoridad soberana y real en la persecución contra los jesuitas de Zaragoza;
·Los defendió contra los ataques del dominico Melchor Cano;
·Influyó al emperador y a su hermano Felipe para que pudieran establecerse en Flandes;
·Atendió las necesidades del Colegio Romano de la orden;
·Ayudó a la fundación de un colegio en Valladolid;
·Apoyó el establecimiento jesuita en la ciudad belga de Lovaina;
·Ayudó a la reforma de los monasterios femeninos de España, por indicaciones de Ignacio
·Recomendó la Compañía a Pablo IV,
·Intervino para impedir que Francisco de Borja fuera nombrado cardenal, ante la prohibición de los jesuitas a aceptar dignidades eclesiásticas.

Por las repetidas relaciones enviadas a Roma sobre sus progresos, se ve que los jesuitas tomaron en serio la pertenencia de la princesa a su Orden, aun siendo única en su género y mantenida en secreto.


San Francisco de Borja por Alonso Cano, confesor y valedor de Juana de Austria. ->

Vida cortesana y retiro a las Descalzas Reales

Juana abandonó el cargo de gobernadora tras la llegada del rey Felipe II a España en 1559. No volvió durante su vida a ocupar otro cargo de responsabilidad aunque residió junto a su hermano y sobrino en la corte de Madrid, de este modo disponía en el Alcázar, residencia oficial del rey, de sus propias habitaciones, las cuales se encontraban próximas a las del infante Carlos.

Ese en ese mismo año (1559) se produjo el enlace matrimonial de Felipe II con Isabel de Valois una de las hijas de Enrique IIde Francia y Catalina de Médicis. Juana gozó de la máxima consideración y fue la madrina de la tercera boda de su hermano, además fue elegida para que ocupara el puesto de dama de honor de la nueva reina, junto con la esposa del duque de Alba y la princesa de Éboli, Ana de Mendoza.

Juana e Isabel mantuvieron una gran amistad durante los años que duró el matrimonio de ésta, gracias a su gran vitalidad y a pesar de la diferencia de edad entre ambas, compartieron juegos y aficiones en la corte. Era por tanto frecuente encontrar a la reina y a su dama cantando en los jardines del palacio, representando farsas para el rey o bailando en los aposentos privados de Isabel. Ambas iban a la misa diaria juntas, acudían a visitar los conventos de la localidad donde se encontraban y a contribuyeron generosamente en obras de caridad, fueron estos años sin duda los más felices del monarca.

En 1560 Felipe II comenzó a estudiar la posibilidad de que su hijo Carlos contrajera matrimonio. La primera candidata fue la hermana de la reina, Margarita de Valois. Catalina de Medicis, regente de Francia, aprovechando la posición de su hija Isabel pidió a ésta que intercediera por su hermana y que concertara también el matrimonio del duque de Orleans, futuro Enrique III, con la princesa viuda Juana. Otra de las posibles candidatas para casar a don Carlos fue su prima Ana de Austria, hija de la emperatriz María de Austria, que años después contraería matrimonio con Felipe II y sería madre del futuro Felipe III. Por último Felipe pensó en casar a su hijo con Juana, a pesar de la diferencia de edad, era nueve años mayor que su sobrino, mantenía excelentes relaciones con Carlos desde su infancia en Toro y le había cuidado desde la muerte de su madre María Manuela. Carlos en todo momento se negó a contraer matrimonio con su tía, no por su parentesco sino porque a pesar de su belleza, Juana fue considerada como una de las mujeres más bellas de la corte, ésta no era virgen y el infante no quería casarse con una mujer probada.

Juana en multitud de ocasiones demostró el gran cariño que sentía por su sobrino Carlos, incluso algunos embajadores extranjeros con residencia en la corte en esta época sostenían que esta mantenía un romance con él y que la negativa por parte de este a contraer matrimonio con ella le causó una gran pena. Algunos historiadores mantienen que Juana aceptó este matrimonio por la posibilidad de ser nombrada reina en el futuro y no porque estuviese enamorada de su sobrino. En 1568 Carlos sufrió un grave accidente en Alcalá de Henares, tras caer por unas escaleras cuando iba persiguiendo a la hija de un sirviente con la que parece que tenía relaciones; Juana rezó constantemente por la salvación de su sobrino e incluso acudió descalza como penitente al monasterio de la Consolación.

Felipe II, mandó arrestar a su propio hijo, nacido de su primer matrimonio con María de Portugal, Carlos de Austria, príncipe de Asturias, el cual moría seis meses después encerrado y solo, por inanición. Este hecho nunca se lo perdonaría Juana. Durante los meses que Carlos permaneció encerrado fueron constantes los intentos de Juana por ir a visitarle a pesar de la prohibición del rey.

Tras la muerte del infante Carlos e Isabel de Valois en 1568, la princesa Juana comenzó a mostrarse cada vez menos en la corte, a pesar de que tras el matrimonio de Felipe II con Ana de Austria, ejerció nuevamente como madrina de boda y fue nombrada dama de honor de la reina.

Fue una mujer muy piadosa durante toda su vida, gracias a la educación recibida, había financiado la fundación de conventos y dio grandes donativos para el socorro de los pobres, en este sentido destaca la fundación del colegio de san Agustín en Alcalá de Henares y del convento de las Descalzas Reales en Madrid. Las obras en el convento de las Descalzas Reales fueron iniciadas en 1560 y se concluyó su construcción cuatro años después. Diseñado por el arquitecto real Juan Bautista de Toledo, iniciador de las obras del Escorial, se trata de un convento de clausura, construido en ladrillo y mampostería. La infanta Juana decidió ceder para la construcción de dicho convento los terrenos donde se encontraba la casa donde nació en 1535 y se cree que en el altar mayor se encontraba la pila donde fue bautizada. Tras la muerte de su cuñada, Isabel de Valois, Juana pasó largas temporadas meditando y rezando en estas instalaciones, además autorizó a su hermano para que depositara en ellas los restos mortales de Isabel, hasta que se concluyeran las obras en el panteón del Escorial. Hay que destacar que su hermana, la emperatriz de Austria María, a su regreso a España quiso permanecer los últimos años de su vida recluida en el mencionado convento, y decidió ser enterrada en ese mismo lugar, quizá para demostrar el enorme cariño que sentía por su difunta hermana pequeña.

La infanta Juana murió el 8 de septiembre de 1573 en San Lorenzo del Escorial, tras acompañar durante casi toda su vida al rey Felipe II y haberle prestado importantes servicios. El dolor del Felipe fue inmenso ya que no sólo perdió el cariño de su hermana, sino también el apoyo de una gran amiga en los últimos y difíciles años de su reinado.

Publicado 16th April 2012 por 

El rey reina y gobierna.

Austrias Mayores

LOS AUSTRIAS MAYORES GOBERNARON MANTENIENDO UNA ESTRUCTURA POLÍTICA HEREDADA DE LOS REYES CATÓLICOS, EN LA QUE EL REY, ADEMÁS DE REINAR, GOBIERNA.
Ya en el siglo IV a.C, Aristóteles, en su Ética para Nicómaco, consideraba la magnificencia como una virtud. Presten atención porque ahí están las coronaciones de Aquisgrán y Bolonia, las conquistas de México y Perú, la batalla de Pavía, la toma de Túnez y Orán, la victoria de Mühlberg. Y también Lepanto. Vestidos con relucientes armaduras y cubiertos por suntuosos mantos carmesíes, ambos trasmiten una imagen de regia majestad. Uno y otro exhiben los atributos identificativos del poder. Carlos, la espada, el cetro imperial y el Toisón de Oro. Felipe, el Orbe, símbolo de la extensión universal de los dominios terrenales transferidos, sobre el que descansa su mano. ¿Es la espada desnuda y levantada de Carlos la realidad, y la que descansa envainada de Felipe, el deseo?.
Este cuadro de insólita iconografía fue pintado por Antonio Arias en 1639 para el Salón Dorado del desaparecido Alcázar de Madrid, sede de un gobierno universal durante más de siglo y medio, y residencia de la Monarquía Hispánica de los Austrias. Se trataba de una gran sala para las ceremonias laicas del Rey, que, además, servía de antesala a la Pieza de las Furias, apossento en que su Magestad duerme de ordinario. Ambas estancias estuvieron decoradas por una serie de lienzos de los reyes de Asturias, León y Castilla dispuestos por parejas, que llegaba hasta el monarca reinante en aquellos momentos, Felipe IV. Entre éstos destacaban el del señor Rey Don Fernando el Católico, y su dignísima consorte la Reina Doña Isabel y este al que no quitan ojo, en el que aparecen, sedentes, severos y entronizados, el emperador Carlos V y su hijo Felipe II. Veintiocho parejas regias que escenifican la legítima sucesión dinástica y la impronta castellana del poder de los Habsburgo.
Los llamados Austrias Mayores -Carlos V y Felipe II-, gobernaron gran parte de Europa y América durante todo el siglo XVI, manteniendo una estructura política heredada de los Reyes Católicos y definida, en líneas generales, por ser una monarquía supranacional, confesional y autoritaria, en la que el Rey, además de reinar, gobierna.
En efecto, heredan y mantienen, una estructura política supranacional, que, si bien gira alrededor de un núcleo principal, Castilla, posee unos territorios periféricos integrados por pueblos con un ordenamiento jurídico, un sistema económico y una lengua distintos. Esta diversidad es admitida e incluso, a lo largo del tiempo, potenciada por la monarquía. Primero, por los Reyes Católicos, -desposados como Rey de Sicilia e Infanta de Castilla-, que gobiernan en los reinos de Castilla, Aragón, Navarra, Sicilia, Nápoles y Cerdeña; después por Carlos V en el Ducado de Borgoña, el Milanesado, Flandes y los dominios americanos. Finalmente por Felipe II que a partir de 1581 agrega Portugal. Sin embargo, jamás planearon unificar sus títulos peninsulares bajo la denominación de Reyes de España y, a excepción de la Corona y el Consejo de Estado –órgano consultivo para la política exterior-, estos dominios no tenían ninguna institución común.
Es de sobras conocido que en 1492, se producen la conquista del reino nazarí de Granada -último reducto musulmán en Europa- y el descubrimiento de América –fuente de abundante riqueza-, territorios que, conviene recordar, se incorporaron exclusivamente a la Corona de Castilla. Es razonable pensar que ambos hechos concurrentes, pudieron ser aceptados por Isabel y Fernando como una gracia divina, que se sumaba a sus astutas políticas y evidentes intereses económicos, para fomentar en la teoría y fortalecer en la práctica, la confesionalidad de la Corona. Desde entonces, la Monarquía Católica vinculó ineludiblemente el oro de Ultramar con las guerras de religión contra turcos y protestantes.
La sacralización de las funciones del monarca, como Miles Christi y Defensor Fidei, le permitía reinar y gobernar inspirado por la ciencia cierta para ejerceren excepcionales ocasionesla potestas absoluta sobre un sistema supranacional no uniformeLos órganos de gobierno eran consultivos –aunque con frecuencia valoraban positivamente sus dictámenes-  y los monarcas, si bien habían jurado respetar –y respetaron- el ordenamiento jurídico y los privilegios de los distintos pueblos que componían la Monarquía, se reservaban la facultad, otorgada por Dios, de actuar con su cierta sciencia y proprio motu…como reyes y señores naturales, no reconocientes superior en lo temporal… Este ejercicio que no era algo desvinculado del Derecho, sino un poder privilegiado por razón del bien público, y como tal debía ser practicado por el monarca. Aún no había llegado la época de los validos – más os ha hecho Dios para gobernar que no para holgaradvertiría Carlos V a su hijo en sus famosas Instrucciones Reservadas de 1543, para que le sirvieran de pauta en su futuro gobierno.
Durante la Edad Media, el fundamento y fin de la Corona había sido la administración de justicia, como un sistema heredado de los Reyes Católicos por los Austrias Mayores. Y aunque a partir del siglo XVI la Monarquía comenzó a desempeñar funciones más complejas, posiblemente no se plantearon cambio alguno porque estaba en el fundamento de lo que consideraban sus obligaciones como monarcas: administrar justicia respetando, ante todo, el ordenamiento jurídico de sus pueblos y luchando contra los enemigos de la Fe VerdaderaEsta virtud de justicia es la que nos sostiene a todos, le advirtió el padre al hijo.

Historias de la Historia de España. Capítulo 22. Érase una Reina, la de los Tres Mosqueteros y una frase muy española.

Ana de austria
Casada niña y por poderes con Luis XIII de Francia, tuvo como enemigo acérrimo al cardenal Richelieu en un París cuajado de intrigas. Pero con su carisma también supo ganarse el cariño de sus súbditos e imponer el chocolate bebido en las cortes europeas del siglo XVII.
Hija del rey español Felipe III, su matrimonio con el monarca francés Luis XIII le ocasionó múltiples enemigos, entre los que se encontraba el famoso cardenal Richelieu. Considerada por todos como reina ejemplar de Francia, su figura histórica inspiró al escritor Alejandro Dumas, quien la convirtió en el personaje central de su inmortal obra Los tres mosqueteros.
 La infanta Ana Mauricia nació el 22 de septiembre de 1601 en Valladolid, flamante capital del reino español a instancias del influyente duque de Lerma, valido de Felipe III y versado en las lides diplomáticas. La primogénita real fue educada como cualquier joven de su rango. Sin embargo, poco pudo disfrutar de su infancia, pues, en 1612, el duque de Mayenne solicitó su mano en representación del poderoso monarca francés Luis XIII, recién llegado al trono galo y de idéntica edad que la princesa.
Todos bendijeron esta unión, incluido el Papa Pablo V, quien vio en el enlace matrimonial una posibilidad tangible de alcanzar la paz entre las dos potencias católicas. La boda se celebró el 18 de octubre de 1615 en la catedral de Burgos, siendo por poderes y con el duque de Lerma como representante del rey. No obstante, la vida de doña Ana en la corte francesa no sería todo lo feliz que ella pretendía; poco importó la magnífica dote de 500.000 ducados de oro que su padre entregó, o las abundantes joyas que rodearon su existencia.
 Lo cierto es que su marido apenas le hizo caso en los 28 años que duró el matrimonio, a lo que se sumó la inquina que el cardenal Richelieu —auténtico gobernante de Francia— desarrolló hacia ella por considerarla una potencial enemiga de los intereses franceses.
A pesar de esto, la española mantuvo una intensa actividad social, llegando, dado su carisma, a imponer ciertas modas como beber el exquisito chocolate que llegaba de las posesiones americanas. Este alimento, hasta entonces desconocido, causó furor no sólo en Francia, sino en el resto de las cortes europeas que tomaban la bebida como signo de distinción. Aunque en París, a diferencia de Madrid, el chocolate se aclaraba con leche. De ahí surgió la famosa frase española: “Las cosas claras y el chocolate espeso”.
 Empero, su brillo social quedaba atenuado por los constantes rechazos amatorios de su esposo, el cual, a pesar de una incipiente fama de homosexual, se rodeó de varias amantes femeninas, las cuales le distraían del deber esencial de aportar un heredero a la corona. Y, en ese sentido, nada menos que 22 años tuvo que esperar la pareja para poder concebir su primer vástago. Dicen que ocurrió en una noche de truenos y rayos sobre París. Claro que, según la mayoría, el artífice de la noble concepción no fue otro sino el italiano cardenal Mazarino, sustituto de Richelieu y más afín a la personalidad de la reina, de la que se llegó a decir en determinados círculos que se había casado en secreto con el religioso.
 Pero también se le atribuyeron otros amantes, como el duque de Buckingham, un apuesto noble embajador del rey británico Carlos I quien, al parecer, quedó prendado por las excelencias de la soberana prometiéndoselas muy felices dada la desidia mostrada hacia su esposa por Luis XIII. Este asunto sentimental surtió de comentarios los mentideros parisinos y, con el tiempo, se convirtió en el argumento principal que Dumas esgrimió en su obra más famosa, Los tres mosqueteros.
 Con todo, la reina Ana supo sortear con abnegación e inteligencia las diferentes trabas que jalonaron su vida en aquella corte cuajada de intrigas, granjeándose el respeto y cariño de sus súbditos hasta tal punto que pasó a la Historia como modelo de reina francesa. Su hijo, el futuro Luis XIV, fue tutelado personalmente por ella, en especial tras el fallecimiento de su esposo, en 1643.
Desde ese momento y, gracias al asesoramiento de Mazarino, se pudo plantear una digna regencia que llegó, no sin problemas y revueltas como las de la Fronda, hasta la mayoría de edad del que sería denominado el rey Sol, episodio acontecido en 1661, año en el que la reina inició un retiro voluntario de toda actividad política en el convento de Val-de-Grace, lugar desde el que soportó el avance imparable y doloroso de un cáncer de pecho, enfermedad que acabó con su vida el ?0 de enero de 1666.
 Sus restos mortales recibieron sepultura en la cripta de la catedral de Saint Denis de París, siendo expoliados años más tarde por los revolucionarios franceses que, sin ningún miramiento ni respeto, los esparcieron en un vertedero público. A pesar de ello, su recuerdo permaneció imborrable en el sentir popular de Francia, aquel país al que tanto amó.

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Impresionante relato de JUAN ANTONIO CEBRIÁN

Historias de la Historia de España. Capítulo 15. Érase un matrimonio desigual y una reina desdichada.

mariana de austriaTras la muerte de Isabel de Borbón el 6 de octubre de 1644, Felipe IV tomó la decisión de no volver a casarse, ya que existía un heredero, el príncipe Baltasar Carlos, que pronto cumpliría los quince años y que ya estaba prometido en matrimonio con la archiduquesa Mariana, hija del emperador Fernando III y de María de Austria, hermana de Felipe IV y, por tanto, su prima. Desde hacía tiempo se venía practicando en Las cortes de Madrid y Viena, una reiterada política de enlaces matrimoniales consanguíneos. el rey amaba a Isabel de corazón. El dolor de la viudedad se acentúa dos años después cuando pierde a su heredero, el príncipe Baltasar Carlos. El “intercambio de las princesas” había pretendido que Felipe IV se casara con una Borbón, para no caer en uniones consanguíneas con princesas Habsburgo como su padre y su abuelo. El resultado de la entrada de sangre nueva en la dinastía española es Baltasar Carlos, un varón fuerte y hermoso que supera la peligrosa infancia, cuando los niños morían como moscas. Sin embargo fallece a los 17 años, seguramente por una infección venérea producida por su iniciación al sexo en un burdel de Zaragoza. Este fallecimiento planteaba un problema a la corona española que debía resolverse cuanto antes. Teniendo en cuenta la situación del país, la mejor opción era que el rey contrajese un nuevo matrimonio y que la nueva reina le proporcionase el necesario heredero.
Las candidatas para este nuevo matrimonio eran escasas. En Madrid se tenía un alto concepto de la monarquía, por lo que quedaban excluidas todas las jóvenes de pequeñas casas reinantes o principescas; por otra parte, el hecho de que la monarquía española profesaba la religión católica, excluía a todas las princesas de religión protestante, con lo que la elección quedaba reducida a princesas francesas o de la otra rama de la casa de Austria. Por su enemistad con Francia, se acordó la celebración del matrimonio del monarca español con la novia de su difunto hijo, su sobrina.
Y no hay princesas más prolíficas que las de la Casa de Habsburgo, de modo que prevalece el afán de lograr una prole numerosa sobre el miedo a la consanguinidad, se prefiere la cantidad a la calidad de los vástagos… Las consecuencias serán dramáticas para la historia de España…
Las gestiones matrimoniales corrieron a cargo de Diego de Aragón, embajador de España en Viena, y las capitulaciones se firmaron el 2 de abril de 1647.
Curiosamente, se repite la situación del siglo anterior, cuando Felipe II decidiera casarse con Isabel de Valois, la prometida de su hijo el príncipe Carlos. Al menos ahora, el primer novio está muerto y no vagará por palacio atormentado por la pérdida de tan atractiva mujer. Mariana no tiene la belleza de Isabel de Valois, aunque sí es igualmente joven. Escandalosamente joven para un hombre de 42 años, pues tiene 14 cuando se establece el compromiso matrimonial. Prudentemente, la boda se aplaza un par de años, hasta 1649, para evitar que ella muera en el primer parto por demasiado niña. Desde el punto de vista de la eugenesia, sin embargo, la unión conyugal es un disparate. La endogamia de los Austria ha comenzado tres generaciones antes, esta consaguineidad con la que la Iglesia hizo la vista gorda durante generaciones para no desairar a los Austrias, con Felipe II, que se casa por cuarta vez con Ana de Austria, doble sobrina suya, pues es hija de su hermana y de su primo hermano.
De esa unión salen unos niños debiluchos que mueren de pequeños; sólo sobrevive Felipe III, que se casa con su prima Margarita de Austria. Ahora Felipe IV reincide, casándose con una doble sobrina, pues es hija de su hermana María y de su primo el emperador Fernando III. La boda se celebra en Navalcarnero el 7 de octubre de 1649, aunque la nueva reina no entra en Madrid hasta noviembre, siendo recibida con tales fiestas que Felipe IV le escribe a su confidente, la monja de Malagón (en el mundo condesa de Paredes de Nava): “No se ha visto igual día en Madrid ni aun fuera de él”.
Pese a su tristeza, la reina cumplió con su deber y el 12 de junio de 1651 dio a luz por primera vez a una niña que fue llamada Margarita María. Esta infanta quedaría inmortalizada por Velázquez en Las Meninas.
Tres años después se produjo el segundo embarazo, y el 7 de diciembre de 1655 llegó al mundo otra niña que recibió el nombre de María Concepción Ambrosia y que tan sólo vivió 13 días. La reina no tardó en quedar de nuevo embarazada y, por tercera vez, dio a luz a otra niña que murió a las pocas horas. La desolación más absoluta reinaba en la corte porque era necesario un heredero varón que llegó, por fin, el 28 de noviembre de 1657. Al recién nacido le pusieron el nombre de Felipe Próspero, y desde el primer momento cargaron sus vestidos con reliquias y objetos religiosos que garantizaran su futuro. El 1 de noviembre de 1661 moría el niño antes de cumplir los 4 años. El 21 de diciembre de 1658 llegó un nuevo varón al que se le puso el nombre de Fernando Tomás, pero falleció a los 10 meses. El fantasma de la falta de sucesión masculina volvía a planear sobre el trono español. Finalmente, Felipe IV comienza a achacar su desgracia familiar al castigo de Dios por sus propios pecados. A los cinco días del fallecimiento de su hermano, nace el infante Carlos en una cámara real en la que infinidad de reliquias se esparcían en torno al lecho. El propio rey confesó a uno de sus cortesanos que este niño era el resultado de la última cópula conyugal que había logrado tener con su mujer, no sin grandes esfuerzos. La Gaceta de Madrid publicó la descripción del principito diciendo que era un niño de facciones hermosísimas, cabeza proporcionada, grandes ojos, un aspecto saludable y muy gordito. Descripción ésta que no concuerda con el informe enviado por el embajador francés a su soberano y para quien el príncipe parecía bastante débil, mostraba signos visibles de degeneración, tenía flemones en las mejillas, la cabeza llena de costras y el cuello le supuraba, (todo un engendro de la naturaleza).
Su solemne bautizo, que se celebró quince días después en la Capilla Real del Alcázar, pretendió mostrar a los embajadores de otros reinos que la corona española tenía asegurada su sucesión. La madrina de bautismo fue su hermana la infanta Margarita. Esta ceremonia fue la última gran fiesta del reinado de Felipe IV. La salud del heredero de la corona será la mayor preocupación de sus padres. El rey da la orden de no mostrar al pequeño príncipe a nadie. Y en las escasas ocasiones en las que por razones de protocolo no había más remedio que ir con el principito a algún sitio, está tan cubierto de sedas y encajes que apenas se le distingue. Según el embajador inglés “solamente se le ve un ojo y parte de la ceja ”.
El emperador Leopoldo I de Alemania, aún soltero a sus veintidós años tras el desplante de la infanta María Teresa, pide a Felipe IV la mano de su otra hija menor. Aunque el matrimonio religioso no pueda celebrarse hasta que la novia cumpla los catorce años, el Consejo de Estado presiona al rey para que acuerde y anuncie públicamente cuanto antes el compromiso. A medida que disminuye la energía de su esposo en sus últimos años de vida, la reina crece en ambición y presencia política en la corte. Mariana se convierte en figura principal de la facción pro austríaca de la corona española, que agrupa en su entorno a embajadores y nobles que creen en la unión de la casa de Austria frente a las recientes alianzas hispano-francesas.
La influencia de la reina Mariana es decisiva para que la infanta Margarita no sea obligada a renunciar a sus derechos a la corona española, como hizo su hermana mayor. Esta circunstancia tendrá como consecuencia futura las reclamaciones de la casa de Austria al trono español en la Guerra de Sucesión.
El alba del 17 de septiembre de 1665, sintiendo próximo su final, Felipe IV pidió que se le suministrasen los sacramentos y ver a su heredero, al cual transmitió su deseo de que obedeciera siempre a su madre y de que Dios le hiciese más feliz en la tarea de gobernar de lo que él había sido.
Felipe IV muere cuando este único hijo tan problemático tiene tres años, y Mariana se convierte en viuda y regente de España con poco más de 20 años. Según la costumbre de las damas de la Casa de Austria, viste para el resto de sus días las tocas de viudedad, que hoy confundimos con el hábito de monja. Pero no se retira a un convento, sino que se dedica a reinar. Desgraciadamente no tiene dotes ni carácter para ello, y se deja dominar primero por su confesor, el padre Nithard, al que hace valido. Este jesuita austriaco, que había sido su preceptor desde niña, es hombre virtuoso, pero resulta totalmente incapaz para gobernar la inmensa monarquía hispánica. Peor aún es su siguiente favorito, Fernando Valenzuela, “el duende de palacio”, un oportunista sin escrúpulos, que de chismoso de la reina llega a gobernante, gran corrupto y, según el rumor popular, amante de Mariana. En las calles de Madrid aparecen pasquines en los que Valenzuela señala los emblemas de los cargos públicos, honores y dignidades, y dice: “Esto se vende”. La reina señala su propio corazón y dice: “Esto se da”.
Don Juan José de Austria, el bastardo favorito de Felipe IV, con grandes dotes políticas, mandará a Nithard al destierro, a Valenzuela a prisión, y a la reina a reclusión en Toledo. La temprana muerte de don Juan José en 1679 permite la vuelta de Mariana a la Corte, pero ya no tiene poder. Vive casi 20 años más, y como es muy devota y piadosa, la gente va olvidando su escándalo con Valenzuela y, caprichos del vulgo, dándole fama de santa.
Sus últimos años fueron especialmente difíciles debido, entre otras cosas, a sus frecuentes peleas con su segunda nuera, Mariana de Neoburgo. Asimismo, la muerte de su nieta María Antonia de Austria, esposa del elector Maximiliano II Manuel de Baviera, en 1692 fue un terrible golpe para ella; sin embargo, el único hijo sobreviviente de la pareja, el príncipe José Fernando de Baviera, se convirtió en uno de los pocos consuelos que Mariana tuvo durante sus últimos años de vida. A principios de 1693 escribía desde el Palacio del Buen Retiro las siguientes palabras al elector Maximiliano Manuel acerca del pequeño José Fernando: «Quiera Dios conservarlo para consuelo de Vuestra Alteza y mío, porque llevo a ese niño dentro del corazón, por ser lo único que me ha quedado de mi hija». No mucho tiempo después, a Mariana se le diagnosticó cáncer de pecho. Ésta fue la causa de su muerte, ocurrida el 16 de mayo de 1696 en Madrid, «cuando las tinieblas cubrían por completo la luz de la luna». Un testigo, el Barón de Baumgarten, describió los sucesos en los siguientes términos:
Miércoles 16, a las doce menos cuarto de la noche, en el instante mismo en que se hacía más visible el eclipse de luna, falleció la Reina, en las casas de Uceda, donde vivía. A las cuatro de la mañana se abrió el testamento, y después se expuso el cadáver en el estrado. Al domingo siguiente lo trasladaron a El Escorial con la pompa de costumbre. Según pudo ver mucha gente, al sacar el cadáver de la caja mortuoria una paloma estuvo revoloteando buen rato. Una monja que ha servido en el cuarto de la Reina difunta, al tener noticia de su muerte, pidió un recuerdo de ella, y le dieron una de las camisas de noche de Su Majestad. Esta monja, paralítica desde que entró en el convento, metió la camisa en su cama, y a la mañana siguiente amaneció completamente curada.

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Fuentes:
María José Rubio, reinas de España, las Austrias. La Esfera de los Libros, S.L. 2010
http://es.wikipedia.org/wiki/Mariana_de_Austria
Historia de España: Del reinado de Felipe III a la monarquía hispánica de los Austrias. Salvat Editores, S.A.
Reinado de Carlos II.
De Isabel a Sofía, medio milenio de reinas de España – César Vidal
http://www.tiempodehoy.com/cultura/historia/mariana-de-austria-sobrina-nuera-esposa