La humillación de Felipe II a los Franceses

Asedio_de_San_Quintín

10 de Agosto 1557: en la batalla de San Quintín, las tropas de Felipe II, compuestas por contingentes españoles, flamencos, alemanes e ingleses, derrotan a las francesas de Enrique II.

Desde finales del siglo XV: España y Francia competían por la hegemonía de la Europa occidental. Las fronteras pirenaicas, Navarra y sobre todo , Italia, eran fuente de continuas disputas. La llegada al trono de Carlos V agravó el problema El dominio que ejercía sobre Flandes, Luxemburgo, El Franco Condado y, más tarde el Milanesado hacia que el país galo estuviera cercado por un cinturón de territorios pertenecientes a los Habsburgo que no solo le amenazaban sino que impedían su expansión. Todo ello hizo que la guerra entre ambos estados fuese casi permanente, solo salpicada de breves treguas, más destinadas a reponer fuerzas que no a buscar una paz definitiva.
Francia rompió la frágil tregua que oficialmente existía e invadió Italia, atacando el reino de Nápoles por el duque de Guisa reforzando a las fuerzas papales, que ya combatían al Duque de Alba.

El clima en los campos de Flandes impedía, a diferencia de Italia que la guerra se desarrollase en invierno. Ello dio tiempo al nuevo rey de España ,que desde la abdicación de su padre residía en Flandes, a solucionar graves asuntos económicos, entre ellos la deuda de seis millones de ducados que había heredado. Aparte de renegociarla tuvo que buscar urgentemente dinero , tanto para proseguir la guerra en Italia como para prepararla en Flandes. Pidió ayuda a Juana ,su hermana, gobernadora de España en su ausencia, y a su padre el Emperador que estaba retirado en Yuste.

También viajó a Inglaterra para recabar el apoyo de su enamorada esposa, la reina María Tudor. A pesar de las limitaciones que establecía el convenio matrimonial, ella se las ingenió para darle todo el dinero que pudo(9.000 libras y 7.000 hombres al mando de Lord Permbroke) y , aprovechar meses después la rebelión de un noble apoyado por Francia ,declarar la guerra a Enrique II. Esto permitió a Felipe II disponer de más dinero y sobre todo, de tropas y barcos ingleses. La llegada milagrosa de una buena remesa de oro procedente de América permitió a Felipe II acabar de reunir el dinero necesario para afrontar la guerra.

Poco después, a finales de mes, comenzó la invasión de Francia: 42.000 hombres de los que 12.000 eran jinetes, iba bajo las órdenes del joven general, mientras que Felipe II avanzaba varios kilómetros más atrás, con unos 18.000 hombres de reserva, esperando a las tropas que aún habían que unírseles, en total 60.000 hombres, 17.000 jinetes y 80 piezas de artillería. De todo el ejército solo unos 6.000 hombres eran españoles. Los restantes eran flamencos, saboyanos, italianos y sobre todo, mercenarios alemanes. Entre los ayudantes del duque de Saboya destacaba Lamoral, duque de Egmont, que comandaba la caballería. Nunca antes se le había confiado un mando tan destacado y estaba entusiasmado por entrar en acción.

Tras penetrar en la Champaña, el ejército se dirigió a Rocroi con ánimo de sitiarla, pero sus importantes defensas les hicieron desistir de iniciar un asedio, de modo que siguió merodeando dando la impresión de no saber qué plaza atacar. A unos kilómetros, un ejército francés al mando de Anne de Montmorency, condestable de Francia, seguía sus evoluciones dispuesto a intervenir. Parecía que Gisa sería la ciudad elegida, y el general francés logró introducir en ella abundantes refuerzos, sin que ello pareciera molestar el duque de Saboya. Pero una noche, a principios de agosto ordenó al conde de Egmont dirigirse con su caballería a cercar S. Quintín, localidad de la Picardía francesa, ciudad fortificada a unos 15 km de distancia . La sorpresa era crucial para que el enemigo no pudiese introducir auxilios en la ciudad. Al amanecer se descubrió el engaño: se había logrado cercar una plaza con muy pocos defensores.

el condestable de Montmorency envió a su vanguardia a inspeccionar S. Quintín. Unos 6.000 franceses se acercaron a la orilla del río, mientras el duque de Saboya proseguía el sitio sin darles importancia. Viendo que no era atacado ni molestado en sus tareas de observación, el capitán francés dedujo que las fuerzas de Felipe II no eran tan fuertes como se pensaba. Con esta impresión volvió a su campamento y el ejército galo se dispuso a avanzar.

Los 20.000 hombres del condestable de Francia (6.000 de ellos jinetes, mandados por Nervers) llegaron a la orilla del río tras unas agotadoras marchas y avistaron la ciudad, fue el 10 de agosto de 1.557, festividad de S. Lorenzo. Sus cañones empezaron a batir de inmediato el campamento sitiador, mientras llegaban al rió cientos de barcas que habían requisado para que sus soldados pudieran cruzarlo. El plan era atravesar lo más rápidamente posible el Somme, al oeste de S. Quintín y, que miles de hombres pudiesen reforzar la guarnición de la ciudad. Por desgracia para ellos, el cruce del río en las barcas sobrecargadas, que con frecuencia se varaban en los fondos cenagosos se convirtió en una tarea muy lenta, un nuevo grupo mandado por Andelot, que cruzó con éxito el río, se toparon con los arcabuceros del duque de Saboya, apostados en la otra orilla del río, disparando sobre ellos con total impunidad, causando una cuantiosa matanza. De los que alcanzaron la otra orilla, muchos de ellos lo hicieron heridos y con las armas mojadas. Sólo unos 300 pudieron penetrar en la ciudad, aunque sin armas, suministros o munición, y el mismo Andelot, resultó herido.

Mientras la infantería gala se empantanaba en el río, el duque de Saboya ordenó al conde Egmont y sus jinetes cruzarlo más arriba sin que el enemigo se percatase. Ello fue posible por el escaso caudal que llevaba el Somme en el verano. Se pudo levantar un puente sobre barcas que, camuflado, pasó inadvertido a Montmorency. La caballería cruzó el río, se escondió tras unas colinas y esperó. Después comenzó bien a la vista, a cruzar por un puente más cercano toda la infantería del duque de Saboya que no era indispensable para mantener el sitio, con mil jinetes más. El general francés respondió enviando a su caballería. Había caído en la trampa. Cuando los caballos franceses estaban a punto de acometer a la infantería del rey español, Egmont cargó por la espalda y el flanco de los confiados galos, que se vieron copados entre dos fuegos: los caballeros de Egmont y las fuerzas del duque. El condestable comprendió la treta y mandó hacer retroceder a sus caballos. Después ordenó a su infantería que estaba tratando de cruzar el río, que volviese atrás para hacer frente al ejército del duque de Saboya, que se le echaba encima.

La batalla

A Montmorency solo le quedaba la opción de la retirada. Había calculado mal la opción de su enemigo para cruzar el Somme y ahora solo le quedaba salvar el máximo de fuerzas, confiando en que la ciudad pudiese resistir por sí sola. Pero su infantería estaba muy agotada por los combates en el río , lo que hizo que la marcha fuera muy lenta A la cabeza iban los cañones, detrás los infantes, muchos de ellos heridos, los carros, y, en retaguardia la caballería, que trataba de proteger toda la comitiva. El objetivo era alcanzar los montes de Montescourt, en donde el condestable esperaba reorganizar la defensa.

El duque de Saboya, por su parte, advirtiendo el desgaste enemigo y su lenta retirada, decidió buscar la batalla campal para obtener una victoria rotunda. Ordenó a parte de la caballería de Egmont que se adelantase por los flancos al ejército francés en retirada y se situase delante de los bosques a los que pretendían llegar. De ese modo al cortarles el camino les obligaría a presentar batalla. Mientras tanto, con otras unidades montadas no dejaba de hostigar a la retaguardia francesa lo que forzaba a los galos a detenerse una y otra vez para frenar los ataques.

Por fin, tras tres horas de una agotadora marcha, el ejército francés llegó a las inmediaciones del bosque, pero cuando creían que estaban salvados se detuvieron en seco. Allí estaban 2.000 jinetes cortándoles el paso. El condestable de Francia supo que no le quedaba otra opción que combatir. Su situación era desesperada; era imposible transformar en breve tiempo ,una caravana desorganizada, agotada y en retirada en una formación de batalla. Aun así, logro situar lo que quedaba de su caballería en las alas, sus mercenarios alemanes en vanguardia y él, junto con los veteranos gascones, en retaguardia.

Para no dar tiempo a que se organizase la defensa, empezó el ataque de los 8.000 jinetes de Egmont, con él al frente. Detrás venía la infantería del duque de Saboya que mandaba el centro; en el ala derecha se encontraban Mansfeld y Horne, y el ala izquierda iba a cargo de Aremberg y Brunswich. Los jinetes atacantes desbandaron a los defensores de los carromatos y cañones, y comenzaron a desgastar a la infantería sin que la exhausta caballería gala pudiese frenar la acometida. Poco a poco los cuadros empezaron a romperse y por sus grietas, irrumpieron las monturas atacante. Los arcabuceros españoles, con sus contantes descargas, destrozaron sin parar las filas galas. Ante el desastre, los 5.000 mercenarios alemanes se rindieron, hecho que coincidió con la llegada a la batalla del duque de Saboya y sus infantes. A Montmorency solo le quedaban sus gascones, que enseguida se vieron castigados por fuego de arcabuz y metralla.

Todo acabó en cuestión de una hora. La carnicería fue espantosa. Los vencidos contaron más de 6.000 muertos, entre los que había 300 prisioneros de la nobleza y entre los cuales se hallaban los duques de Montpensier y de Longueville, el príncipe de Mantua, el mariscal de Saint André y Rhingrave, con otros grandes señoresy entre los muertos se hallaba el señor de Enghien y capturadas más de 50 banderas y toda la artillería. Los prisioneros fueron 7.000, entre ellos Montmorency, herido, que en vano había buscado el combate personal para morir con honor. Fue capturado por un soldado español de caballería, llamado Sedano, que por este hecho recibió un premio de 10.000 ducados, repartiéndolos luego con su jefe, el capitán Venezuela. Los 5.000 mercenarios alemanes fueron repatriados a cambio del juramento de no servir bajo banderas francesas por un periodo provisional de seis meses. Otros 6.000 lograron escapar aprovechando el fragor de la batalla. Las bajas de las fuerzas de Felipe II apenas fueron de mil hombres, entre muertos y heridos.

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Fuentes: Crónicas de la historia de España II Vol.
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Fernando de Austria y Austria-Estiria. El Cardenal Infante.

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Nació en El Escorial, cerca de Madrid, en 1609. Era hijo del rey Felipe III y de la reina Margarita de Austria. Su padre deseó que el infante Fernando ingresara en el clero de la Iglesia Católica. De esta forma, en 1619, el infante fue nombrado arzobispo de Toledo y poco tiempo después fue designado cardenal. El infante Fernando no fue ordenado sacerdote, algo habitual en aquella época cuando algún miembro de la realeza o de la aristocracia ocupaba algún cargo eclesiástico. A destacar que fue ordenado arzobispo de Toledo, con menos de 10 años, y cardenal poco después.

Acontecimientos destacados

En 1630 la tía del Cardenal-Infante, Isabel Clara Eugenia pensó hacer a Fernando sucesor suyo como gobernador de los Países Bajos Españoles. A causa de la superioridad de la armada holandesa en aquel momento no fue posible realizar el viaje por barco. El Cardenal-Infante se desplazó a Génova en 1633 para reunirse con un ejército. Planeó trasladarse desde Milán a los Países Bajos Españoles atravesando Lombardía, el Tirol, Suabia y siguiendo el Rin. El Cardenal-Infante pensó asegurar la ruta con una serie de guarniciones y, al mismo tiempo, prestar apoyo a las fuerzas de su primo el rey Fernando de Hungría (el futuro emperador Fernando III), que estaba dirigiendo el ejército imperial frente a los suecos durante la Guerra de los Treinta Años. El Cardenal-Infante ordenó que se adelantase la mitad de su ejército bajo el mando de Gómez Suárez de Figueroa, duque de Feria, pero este contingente sufrió numerosas bajas durante su enfrentamiento con las tropas suecas al mando del duque Bernardo de Sajonia-Weimar y Gustaf Horn. Ante esta situación los Habsburgo solicitaron la ayuda de cuatro mil efectivos de la caballería del general Albrecht von Wallenstein, pero éste denegó la petición y los mandos del Cardenal-Infante tuvieron que conseguir nuevas fuerzas por sus propios medios. El Cardenal-Infante fue capaz de continuar su viaje en 1634, reuniéndose en Baviera con los restos del ejército del Duque de Feria, que había muerto en enero de 1634.

La Batalla de Nördlingen

El rey Fernando de Hungría pudo derrotar al ejército sueco en Ratisbona en el mes de julio de 1634. El monarca de Hungría y su primo el Cardenal-Infante Fernando de Austria se apresuraron a unir sus ejércitos. Las fuerzas suecas del duque Bernardo de Sajonia-Weimar y Gustaf Horn intentaron desesperadamente impedir esta fusión, pero fueron incapaces de alcanzar los efectivos de Fernando de Hungría. El Cardenal-Infante cruzó el río Danubio en agosto de 1634 y, en el mes de septiembre de aquel año, ambos ejércitos, ya unidos, acamparon al sur de la población de Nördlingen en Suabia. En aquel momento Nördlingen estaba protegida por una pequeña guarnición sueca. Poco después, las fuerzas de Bernardo de Sajonia-Weimar y Gustaf Horn alcanzaron Nördlingen. Estos hechos condujeron a la decisiva Batalla de Nördlingen. El Rey de Hungría y su primo el Cardenal-Infante se prepararon para la batalla, ignorando advertencias en sentido contrario que les hicieron generales más experimentados, como Matthias Gallas. El duque Bernardo y Horn también hicieron preparativos pero en aquel momento, además de mantener discrepancias personales, subestimaron la superioridad numérica de sus enemigos. Los informes cifraron las fuerzas de la infantería enemiga en 7.000 hombres y no 21.000 frente a los 16.000 que componían la infantería sueca. En el transcurso de la batalla, casi todo lo que pudo ir mal a las fuerzas suecas acabó sucediendo, y los dos primos de la Casa de Austria consiguieron una victoria militar excepcional. Gustaf Horn fue hecho prisionero, el ejército sueco destruido y sus restos huyeron a Heilbronn.

El rey Fernando de Hungría trató de convencer a su primo de que permaneciese en Alemania pero, poco después de la batalla, el Cardenal-Infante se trasladó con sus efectivos a Bruselas, ciudad a la que llegó a finales de 1634. Debido a la impopularidad del clero en aquel momento en Bruselas, como Gobernador General minimizó su estatus eclesiástico haciendo hincapié en su autoridad secular. Fernando, hábil como político y diplomático, reformó con rapidez el gobierno y la organización militar en los Países Bajos Españoles, y logró contar con el apoyo de los flamencos contra Francia.

Los poderes del Cardenal-Infante estuvieron limitados en secreto porque los mandos del ejército estaban obligados a seguir las instrucciones que llegasen de España, incluso si éstas eran contrarias a las órdenes de Fernando. En 1635 los franceses decidieron atacar, junto a los holandeses, la ciudad de Namur, desde Maastricht. Sin embargo, los holandeses vacilaron y finalmente los franceses se retiraron, facilitando a Fernando de Austria la conquista de Diest, Goch, Gennep, Limburgo y Schenk.

En 1636 el Cardenal-Infante retiró los poderes a los últimos sacerdotes protestantes de los Países Bajos Españoles y continuó la expansión militar de los Austrias españoles con la captura de Hirson, Le Catelet y La Capelle, asegurando Luxemburgo mediante contingentes croatas.

Final

El 10 de octubre de 1637 la ciudad de Breda, tras diez meses de asedio, fue tomada de nuevo por el príncipe de Orange, Federico Enrique de Nassau, tras permanecer bajo control español durante doce años. Pese a los numerosos intentos del Cardenal-Infante fue imposible volver a adueñarse de esta fortificación estratégica. Fernando de Austria también perdió, frente a los franceses, Chapelles, Landrey y Damvilliers. No pudo conquistar Maubeuge, y este proceso supuso pérdidas territoriales frente a Francia. Fernando sí fue capaz de tomar Amberes, Chastillon y Geldern, pero en cambio perdió Arras en 1640.

Más peligrosos que los adversarios en el campo de batalla fueron los enemigos que tuvo Fernando de Austria en la Corte Española. Éstos hicieron circular numerosos rumores infundados con los que se trataba de socavar la reputación del Cardenal-Infante. En uno de ellos se le acusaba de querer convertirse en un gobernante independiente de los Países Bajos Españoles con ayuda del Rey de Francia. En otro, se afirmaba que en la Corte de Francia se pensaba en un matrimonio entre el Cardenal-Infante y la hija del Duque de Orleans.

En aquel momento, el Imperio Español se encontraba inmerso en una mala situación financiera y militar. En Portugal se inició un levantamiento para separarse de la Corona Española. El Cardenal-Infante llegó a emitir órdenes contradictorias para enviar tropas que ayudasen a sofocar la revuelta portuguesa.

Fernando de Austria cayó enfermo durante una batalla y falleció en Bruselas el 9 de noviembre de 1641. Se cree que su muerte fue provocada por el agotamiento unido a su enfermedad. Los informes hablan de una úlcera de estómago, pero hubo rumores que apuntaban a un posible envenenamiento como causa de su muerte.

Tuvo una hija ilegítima, Ana de la Croix (Bruselas, 1641 – Madrid, 1715), que se hizo monja.

Su cuerpo fue enviado a España en 1643.

Las disputas generadas por su sucesión como Gobernador General de los Países Bajos provocaron el fin de la alianza entre el Emperador y la Corte de sus parientes españoles. El emperador Fernando III (viejo compañero de armas del Cardenal-Infante) apoyaba a su hermano el archiduque Leopoldo Guillermo de Austria, un militar desafortunado pero hábil gobernante, y en Madrid se pensaba en Juan José de Austria, el hijo natural que tuvo el rey Felipe IV con la actriz María Calderón. La investidura como gobernador de Juan José de Austria se retrasó, y la Corona Española perdió el dominio sobre gran parte de los Países Bajos Españoles bajo el mandato del débil gobernador interino Francisco de Melo, marqués de Terceira.

Batalla de San Quintín (IIª Parte).

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Enrique II no estaba dispuesto a aceptar la derrota, y organizó otro ejército al mando del duque de Guisa. En diciembre, éste se lanzó a una gran contraofensiva que cosechó su primer éxito : sus 36.000 hombres lograron tomar la plaza, hasta ahora en manos inglesas, de Calais. Durante los primeros meses de 1.558, las armas francesas logaron algunos éxitos en el sur de Flandes, pero los apuros financieros del Rey francés pronto paralizaron las operaciones.
A finales de la primavera se reanudo la ofensiva por varios puntos. Un ejército atacó por sorpresa por la costa, bajo el mando del mariscal señor de Termes, con 16.000 hombres, tomando Dunkerque y avanzando hacia Nieuport. Felipe II recibió en Bruselas la preocupante noticia y decidió que fuese el Conde de Egmont , gobernador en el sur,, el que les saliese al encuentro. Su misión era detener con su caballería el ataque, hasta que llegase un poderoso ejército que pudiese enfrentarse a Termes. Rápidamente reunío 5.000 jinetes y 9.000 infantes y fue al encuentro de los franceses. El 11 de julio los avistó y el general galo decidió retroceder hacia Francia, por temor de ver cortada la retirada, Las ordenes de Egmont eran solamente de contener al enemigo, pero éste viendo que su ejército, aunque inferior en número, era más rápido que los franceses, estaba en condiciones de derrotarlos. Para ello , se les adelantó y le cortó la retirada poco después que Termes cruzara el río Aa. Para impedir que volviera a retroceder, situó fuerzas a su espalda , controlando los pasos del río, lo que obligaba a los franceses a presentar batalla, al verse copados por delante y por detrás. Era el día 13, y se iba a dar la batalla de Gravelinas, nombre de la población más cercana a aquella playa.
Los galos tenia a su derecha el mar, a su espalda el río y la izquierda los carros a modo de parapeto. No era una mala posición defensiva, Egmont solo les podía atacar de frente, en el que los franceses dispusieron su artillería y sus mejores hombres. Esto no le amedrentó, Egmont cargó con su caballería, creyendo que esto seria tan fácil como San Quintín. La cerrada descarga de los galos acabó con la vida de numerosos jinetes y monturas de la primera línea, entre ellos el caballo de Egmont. Imperturbable este cambio de montura, reagrupo a sus fuerzas y se preparó de nuevo para cargar. Los galos, viendo que habían detenido la primera embestida,
rompieron la formación y se lanzaron al ataque, lo que supuso un grave error. Ahora los arcabuceros y los jinetes hispano-flamencos encontraron brechas por donde penetrar y combatir cuerpo a cuerpo. La suerte de la batalla estaba en el aire, cuando una docena de barcos ingleses y vizcaínos que patrullaban la costa, advirtiendo la batalla que estaba teniendo lugar, remontaron el río aprovechando la pleamar y comenzaron a bombardear la retaguardia francesa. Esta nueva ofensiva acabó de romper la formación gala. Sus hombres comenzaron a dispersarse , lo que aprovechó Egmont para aniquilarles. Solo unos 3.000 lograron huir, los demás fueron muertos o hechos prisioneros, entre ellos el propio Termes. Se dio el caso curioso que en esta batalla el “cristianísimo” rey Enrique II pactó en 1.558 ,con el turcos, igual que hizo Carlos IX en 1.571 en la batalla de Lepanto.

Este nuevo desastre francés desbarataba los planes de Enrique II de resarcirse de S. Quintín y también los apuros económicos de éste y también de Felipe II, además una cosa era vencer a Francia en las zonas fronterizas y otra muy diferente invadirla. Los comisionados de Felipe II : El duque de Alba, El príncipe de Orange, Antonio Perrenot de Granville, obispo ya de Arras y el Presidente del Consejo de Estado de Bruselas se reunieron en la Abadía de Encamp con el Condestable de Montmorency, el más entusiasta partidario de la paz, asistido por el Cardenal de Lorena, el Mariscal de Saint André y otros personajes. Las conferencias se trasladaron a Cateau-Cambresis y las deliberaciones fueron rápidas, pues habían por ambas partes verdaderos deseos de conseguir la paz. El principal obstáculo era la devolución de Calais, que Enrique II , naturalmente deseaba retener y que Felipe II, por caballerosa correspondencia con Inglaterra , a la cual había comprometido con la causa española, a defender a toda costa.

El 2 de abril de 1559 se llegó a un acuerdo que dejaba a salvo el honor del monarca español; Calais, Guines y Ham quedarían en poder del rey de Francia por ocho años y al cabo de los cuales le serian devueltos a la reina de Inglaterra o se le entregaría una compensación de 500.000 escudos . Desde entonces las negociaciones corrieron sin demora y fueron un ejemplo, por ambas partes, de justicia y buena voluntad. El rey de España devolvería las plazas de S. Quintín, Ham y de Châtelet y , en cambio Enrique II devolvería a los españoles las plazas que había ocupado en la frontera de los Países Bajos,

Thionville, en Luxemburgo y Marienburg, entre otras, el condado de Charolais y la comarca de Hesdin. Felipe II además obtenía un extraordinario triunfo moral al conseguir la devolución del ducado de Saboya a Manuel Filiberto, el vencedor de S. Quintín.. Las plazas que ambos reyes habían ocupado en el Monferrato se pondrían en posesión del duque de Mantua,, Córcega se entregaría a la República de Génova y la plaza de Valenza, en la Lombardía , se reintegraría al ducado de Milán.
El tratado se consolidaría con dobles bodas: la de Felipe II ( que había enviudado recientemente de María Tudor) con Isabel de Valois, hija de Enrique y la del duque de Saboya con Margarita, hermana del rey de Francia. La paz de Cateau-Cambresis que se firmó el 3 de abril de 1559, señala el triunfo de la política de Felipe II y el apogeo del poderío español. La guerra entre los dos países, por el momento, había acabado.

Lamoral, conde de Egmont y príncipe de Grave, al morir su padre, él y su hermano fueron confiados a Carlos V, de quien eran parientes. Con 16 años, Lamoral y su hermano viajaron a España para ponerse al servicio del Emperador. Poco después tuvo sus bautismo de fuego en los campos de batalla, donde trabó amistad con el duque de Alba, que acabaría siendo su verdugo. A los 26 años , Carlos V le hizo general de caballería.

Al dejar Felipe II Flandes en 1.558, se convirtió en uno de los hombres fuertes de la región. La extensión del protestantismo y la intransigencia del rey sobre este aspecto, comenzaron a envenenar sus relaciones. Se dejó arrastrar en las criticas al monarca por el astuto Guillermo de Orange. Aunque nunca cayó en la rebeldía ,ni en la herejía, el duque de Alba que fue enviado a sofocar la rebelión que ya había estallado, le ejecutó en Bruselas, acusado de rebelión por el Tribunal de los Tumultos, le consideró un traidor y lo ejecutó al año siguiente.

Dada su popularidad, su muerte fue un grave desliz político, Egmont fue considerado uno de los héroes nacionales de las libertades de Bélgica y Holanda.
Cateu-Cámbresis, lugar donde se firmó la paz entre España y Francia.

Curiosidades
FELIPE II REY DE ESPAÑA.- Se dice que el monarca español,  durante esta contienda,  estuvo
presente en el frente de batalla, (cosa que no es cierta) aunque no llegó a tomar parte de forma directa en los
combates. Si bien sus consejeros tuvieron que reprimir sus deseos de entrar en lid, como
lo había hecho su padre, ya que la juventud del rey le inclinaba a mostrar sus cualidades
guerreras.
LA TOMA DEL ARRABAL.- Las fuerzas bajo el mando de Julian Romero
tomaron la barriada exterior de San Quintín en los primeros instantes del sitio
que se puso a dicha ciudad.
LOS HERRERUELOS DURANTE LA BATALLA.- La caballería ligera española
tuvo una notable actuación en el combate; primero hostigando las posiciones de los
franceses e impidiendo que la retirada fuese ordenada y posteriormente aniquilando
los cuadros en los que la infantería gala intentó defenderse en los ultimos momentos.
EL ENFRENTAMIENTO ENTRE LOS JINETES.- El grueso de la caballería española
destrozó a la francesa  comandada por Condé y Nevers, tras cruzar el puente y avanzar
contra las tropas de Montmorency. En el combate tuvieron un excelente papel las fuerzas
de la caballería pesada mandadas por el propio duque de Saboya.
EL ASALTO DE SAN QUINTÍN.- El Tercio de Navarra asaltó uno de los sectores
de las defensas de la ciudad francesa tras el fracaso de los alemanes del regimiento de
Swendi, que llevarón a cabo el primer intento de entrada y que luego se unieron a los
hispanos. La decisión y arrojo de los soldados españoles era más que reconocido
siendo el nervio de los ejercitos de los Austrias españoles, por lo que actuaban cuando
otros contingentes podian fracasar o ya lo habian hecho.

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Felipe II ante la sucesión del Emperador, Historia de España por el Marqués de Lozoya.
La batalla de S. Quintín, por Juan Carlos Losada, doctor en Historia.
S. Quintín(1557) Blog sobre la historia española, publicado por Spaniard,26/09/07

1535; 21 de Julio: …De como nuestro emperador Carlos conquista Túnez.

1535_tunez
…Viendo lo bien que les iban las escaramuzas a los sitiados, Jafer y sus jenízaros también quisieron probar su valor, ya que eran la guardia de la Sublime Puerta, atacando a los españoles y lanzándoles piedras, flechas y pelotas, a lo que respondieron los nuestros con sus arcabuces y el marqués del Vasto con sus italianos y sus alabardas y los turcos no le hacían ascos a la lucha, pero hubieron de volver la espalda gracias a nuestros arcabuceros. Cayendo Jafar de dos pelotazos y partiendo raudos los turcos hacía la Goleta con los nuestros pisándoles los talones, en dirección a la muralla de el Estaño, donde Sinán el Judío y los suyos, les lanzaron toda suerte de proyectiles, piedras, pelotas y flechas, matando a Diego de Ávila e hiriendo a Rodrigo de Ripalda entre otros.
La toma de Túnez
Mientras el Emperador, restauraba la fortaleza abatida y dejaba unos 600 españoles a cargo de la Goleta, habían algunos que decían que garantizada la seguridad del mar con la presa de la flota de la Goleta no había necesidad de ir más allá. Otros decían que ni la infantería bastara contra tantos moriscos, ya que les faltaban muchas ballestas, ni la caballería contra los 15.000/20.000 alabares montados, a parte de que el calor y la sed, teniendo en cuenta que Barbarroja emponzoñaría los pozos de agua, serían un obstáculo difícil de superar.
No por ello hicieron desistir al Emperador de sus planes, los cuales eran además de lo logrado, echar a Barbarroja de Túnez y que antes de salir de España se habían tenido en cuenta estos males y otros peores, pero la seguridad de sus vasallos y de Italia, privaba sobre el resto. Informado por Muley Azán de la fortaleza de su alcazaba, que caminos habían de seguir y que pozos y cisternas se hallaban antes de la ciudad. Mandó a Andrea Doria que proveyese al ejército por el Estaño, con barcas, de agua, pan y otras provisiones y que hiciera llegar al marqués del Vasto, botas, calabazas con agua y provisiones para tres o cuatro días y 12 tiros sin bestias, los 6 más grandes con pelotas y pólvora.
El se puso de punto en blanco y a caballo recorría los escuadrones para animarlos en su empresa, estos le correspondían a voces, que tomarían Túnez, Berbería y hasta la ciudad santa de Jerusalén. El en medio del ejército y delante del crucifijo, acompañado del infante, con los italianos a su izquierda, debajo del príncipe de Salerno, los españoles a la derecha, bajo Alarcón. Delante el marqués del Vasto los alemanes de Eberstein y detrás el Duque de Alba.
Marcharon hasta una legua de Túnez, donde Barbarroja les estaba esperando con 9 o 10 tiros gruesos, y con 15.000 hombres a caballo y otros 1.000 de a pie. Sonaron las trompetas en orden de batalla, el marqués del Vasto le dijo a Carlos, que se recogiera hasta el cuerpo de banderas, ya que les estaban llegando unas pelotas que les lanzaban los turcos y le comentó el Emperador que nunca murió un emperador por la artillería, pero le hizo caso y se refugió. Descargaron tal cantidad de pelotas, los imperiales que derribaron cerca de 400 berberiscos antes de juntarse con los demás. Los turcos y los jenízaros huyeron a Túnez, también los moros y alázares a Rebat, otros a Babazuech, a Reztabi y a Bardi, arrabales de la ciudad. Barbarroja, ciego de ira, quiso quemar a 3.000 cristianos cautivos, sino hubiera sido por Sinán, el cual le afeo su conducta. Salió a la mezquita mayor para decir a sus principales que habían de resistir, ya que los cristianos por poca resistencia que hubiera, perecerían de sed.
Mientras tanto, varios renegados abrieron las puertas de los cautivos, y les ayudaron a quitarse los grilletes, esposas y cadenas. Aprendieron a los guardianes turcos y tomaron la puerta.
Barbarroa, el cual, renegando de Mahoma y del Judío, que le impidió quemarlos y queriendo evitar su captura por el Emperador, marchó de Túnez, junto a Baeza, Cachadiablo, Sinán y otros muchos renegados y corsarios, en total unos 7.000 hombres. A todo esto el Emperador, que temía alguna emboscada, se apercibió por unos cristianos huidos que Barbarroja había huido de Túnez y los cautivos se habían apoderado de la alcazaba, no por ello, dejó de cerciorarse enviando a sus capitanes Jaén y Bocanegra con sus compañías, los cuales le confirmaron que Barbarroja había cruzado el río Guadilbarbar, en su huida y Carlos V llegó a las puertas de Túnez el 21 de Julio.
Ya los notables salieron a recibir al Emperador y a Muley Azan, para darles las llaves de la ciudad, ofreciéndoles para que no les saquearan ofreciendo dineros, ropa y comida, ya que Dios le daba la victoria sobre sus enemigos, les libraba del tirano corsario y le restituía su antiguo rey y señor. Los soldados clamaban por el saco, y los tunecinos lo merecían al haber apoyado tanto a Barbarroja. Entró el marqués del Vasto en la alcazaba y por un informe de un genovés, encontró en una cisterna, 30.000 ducados que habían echado en zurrones, entrando a manadas los soldados al saqueo de la ciudad, matando a los que se oponían y seduciendo a niños, doncellas y bellas mujeres.
Mientras el Emperador se fue a la alcazaba para felicitar a los cristianos sublevados, liberándolos a todos, junto con los de la ciudad, en total unos 10.000, entregando 81 franceses al embajador de Francia. Hizo la merced al marqués del Vasto de los 30.000 ducados recuperados y a los cautivos lo que tomaran. Mandó un pregón, so pena de muerte, que no matasen ni prendiesen a nadie de Túnez, dejando al rey Azan que tomase lo que quisiera.
Publicado 21st July 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros

Batalla de las Gravelinas 1558, Calais.

Gravelines

Nos ponemos en situación.
La Batalla de Gravelinas tuvo lugar el 13 de julio de 1558, en el pueblo de Gravelinas, cerca de Calais marcando el final de la guerra entre Francia y el Imperio español que se prolongó desde el año 1547 al 1559.
Tras la brillante actuación de Manuel Filiberto de Saboya en la batalla de San Quintín, Enrique II de Francia preparó su desquite. Reclutó un nuevo ejército en la Picardía, que puso en manos de Louis Gonzaga, duque de Nevers; pidió ayuda naval al sultán otomano y alentó a los escoceses a invadir Inglaterra por el norte. El duque de Guisa arrebató el puerto de Calais a los ingleses y avanzó hacia la ciudad de Thionville (frontera de Flandes y Francia), ciudad que tomó el 22 de junio de 1558. El señor de Termes invadió con otro ejército, formado por 12000 infantes, 2000 jinetes y mucha artillería, Flandes; tras pasar el río Aa por su desembocadura, conquistó Dunkerque y Nieuwpoort, amenazando Bruselas. De regreso a Calais por su gran ofensiva, es informado de que un ejército español le iba a interceptar en el río Aa.
el duque de Saboya y Felipe II reunieron un ejército de 15000 infantes y 3000 jinetes, dando el mando al conde de Egmont. Éste se presentó en Gravelinas el 13 de julio de 1558. Sorprendido por la rapidez de la maniobra española, Termes tuvo que presentar batalla (porque tenía el río a su espalda, el mar a su izquierda y su derecha totalmente embarullada por la columna de bagajes de su propio ejército, se ve que esto acaba en desastre).
El conde de Egmont, mientras tanto, había dejado a la artillería detrás ya que le estorbaban pues debían interceptar a los franceses antes de que cruzasen el río Aa. Avistada las posiciones francesas, Egmont sitúa a sus tropas en una media luna, dejando a la caballería ligera en los flancos y en el centro a los tercios españoles, junto a unidades de alemanes y flamencos.
Los franceses cañonearon y se establece un combate desordenado entre ambas caballerías de resultado dudoso. Una vez más se reveló la capacidad de los arcabuceros españoles, por aquel entonces los mejor armados y entrenados del continente. Los arcabuces acribillaron a la caballería francesa, luego, los españoles toman la doble hilera del bagaje y disparan sobre la infantería resguardada detrás de los carros, creando un gran desorden entre las filas francesas. Egmont, decide atacar con su caballería sobre el centro francés, el propio conde de Egmont estaba en la cabeza de sus jinetes. A su vez, barcos vizcaínos e ingleses bombardeaban la retaguardia francesa, causándole numerosas bajas. El resultado de la batalla no podía haber sido peor para los franceses: tan solo 1500 hombres habían conseguido huir, el resto yacía muerto o prisionero en el campo de batalla, el señor de Thermes, fue hecho prisionero. Los franceses se vieron obligados a replegarse a sus fronteras.
Tras esta nueva derrota, que se sumaba a la de San Quintín, Enrique II de Francia se vio obligado a firmar la paz con Felipe II en la llamada Paz de Cateau-Cambrésis en 1559. Fue precisamente a raíz de ese tratado que Felipe II contrajo matrimonio con Isabel de Valois —hija de Enrique—, mientras que Manuel Filiberto hizo lo propio con Margarita de Valois —hermana del rey e hija de Francisco I de Francia—.
P.D. Y no aprenden oye, hoy su comandante en jefe es Platiní y no hace nada más que darnos honores a los españoles, que tenemos agujetas de levantar copas.
Publicado 12th July 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros

Francisco de Aldana

Nápoles, 1537 ó 1540 – Alcazarquivir, Marruecos, 4 de agosto de 1577

aldana

La historia de hoy va sobre uno de los poetas renacentistas más importantes de nuestro país, aunque su nombre no sea tan conocido como otros coetáneos como Garcilaso de la Vega o Miguel de Cervantes.
Un español de aquellos del siglo XVI, valientes, titánicos y hercúleos, que derrochando su sangre, su sudor y sus lágrimas levantaron en nombre de Dios y de España aquel Imperio en el que no se ponía el sol.
Francisco de Aldana se ganó la vida repartiendo estopa a manos llenas, espadazo va espadazo viene, jugándose una y otra vez el pellejo ante los herejes, primero, más tarde ante la morisma, que sería la encargada de finiquitarle en Marruecos, en la trágica derrota de los portugueses en Alcazarquivir.
Aunque viniera de gente de moderada alcurnia, el capitán era querido por la tropa, el mayor halago para un militar, probablemente más allá del valor y la fiereza en el combate. El coraje le venía de antiguo. Uno de sus tíos, Juan de Dios de Aldana, a la sazón alférez del rey Alfonso V de Portugal, fue espanzurrado y pasó a mejor vida en la batalla de Toro, sosteniendo la bandera de su señor con los dientes, pues ya le habían desmembrado los brazos. Y su padre, fue oficial de altísimo rango de la tropa española en la Florencia de Cosme I de Médicis.
Su juventud la pasó en Florencia, entregado al estudio de las lenguas clásicas y de los autores de la antigüedad, de los que llegó a ser un buen conocedor; además llegó a dominar incluso una docena de lenguas. Como poeta, es uno de los representantes del neoplatonismo en la poesía española.
Quevedo (más bien espía que militar), Cervantes, Lope de Vega y Calderón. Tipos que empuñaban con el mismo ánimo y envite el arcabuz y la pluma, la daga y el tintero. Cervantes tenía a Aldana por «El Divino», Quevedo lo llamó «doctísimo español, elegantísimo soldado, valiente y famoso soldado en muerte y en vida» y Lope de Vega le dedicó encendidos versos: «Tenga lugar el Capitán Aldana / entre tantos científicos señores, / que bien merece aquí tales loores / tal pluma y tal espada castellana».
Como su padre y su hermano se consagró a la carrera militar, que no tardó pronto en detestar ansiando la vida contemplativa, y combatió como capitán en San Quintín, donde tuvo una actuación destacada, tanto que el rey Carlos I de España lo mencionaría por su valor; y, ya general de Artillería, fue enviado a Flandes en 1572 bajo el mando de don Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez
Mientras se curaba en el hospital, calló el soldado y habló el genial poeta: «¡Oh galanamente y bien / está mi mal remediado. / Herido y despedazado / y habrá de quedar también / tras cornudo, apaleado». Se refería con cruel ironía a las críticas recibidas por su gestión artillera en aquella industria de Haarlem.
El de Alba fue sustituido por Luis de Requesens, y el bravo oficial recibió un encargo lejos de sus dotes guerreras, aunque no humanas: intermediar con la soldadesca que andaba rebelada por no cobrar durante meses y meses su soldada. Los amotinados acabaron organizando una gresca formidable conocida como el Saco de Amberes, donde se dieron a descoyuntar holandeses de lo lindo, con aquella terrorífica frase que pasó a la Historia para mostrar su ira: «Cenaremos en Amberes o desayunaremos en el infierno».
A la postre, Francisco de Aldana consiguió mediar ante la tropa, pero la desilusión entre lo que veía en la guerra y lo que se imaginaba que vivían otros en la corte afiló su lengua y su pluma: «Mientras, cual nuevo sol, por la mañana / todo compuesto andáis ventaneando / en jaca sin parar, lucia y galana, / yo voy sobre un jinete acá saltando / el andén, el barranco, el foso, el lodo, / al cercano enemigo amenazando».
De vuelta en España, en 1571 fue alcalde del castillo de San Sebastián y un gran consejero y amigo del rey, Felipe II de España.
Su Majestad Católica le tiene por uno de sus más bravos capitanes, le tiene en alta estima, y también sus versos comienzan a ser conocidos más que bien reconocidos. Escribe entonces Gil de Polo, otro escritor de la época: «Este es Aldana, el único monarca que junto ordena versos y soldados». Pero aquel soldado ha perdido media vida en sus esfuerzos. Y quiere soledad, quiere sosiego, quiere la paz que no ha tenido, sentirse a gusto en contacto con la Madre Natura, acercarse por fin a Dios. Y así escribe su Epístola a Arias Montano, el sabio secretario de Felipe II: «Y porque vano error más no me asombre,/ en algún alto y solitario nido / pienso enterrar mi ser, mi vida y nombre…».
Felipe II enterado de los acontecimientos surgidos en la mauritania decide enviar a don Francisco para que eche un buen vistazo. Nuestro querido caballero no dice que no, y disfrazado de comerciante judío y aprovechando su don de lenguas (y unas cuantas triquiñuelas que le enseñara su nodriza, una negra africana) inicia las pesquisas deuna misión secreta consistente en recorrer el Norte de África para conocer las auténticas fuerzas del sultán de Marruecos. Su misión es un éxito, regresando con valiosa información que desaconseja el ataque.
Sin embargo, por aquellos años, en Portugal, el soberano Don Sebastián soñaba con iniciar una cruzada contra tierras marroquíes, y aunque todo apuntaba a que era una locura, nadie podía hacerle desistir de su proyecto, ya que se consideraba “el capitán de Dios”. Felipe II, tío de Don Sebastián decidió enviar a Aldana a Portugal con el fin de convencer a su sobrino de lo temerario de su plan. Contra todo pronóstico, y gracias al enorme poder de convicción del rey Portugués, el mismo Aldana fue convencido de lo heroico de dicho plan, pasando a apoyar la invasión.
Batalla de Alcázarquivir
Después de muchos contratiempos, la expedición partió de Lisboa, rumbo a Ceuta, por aquel entonces bajo dominio Portugués.
El grueso de la tropa desembarcó en Arcila, donde descansó unos días, ordenó sus diecisiete mil soldados y se dirigió hacia Alcazarquivir, plaza en el camino de Fez.
A pesar de la presencia de buenos militares, se intuía una tragedia, ni la preparación, si el número de tropas, ni el avituallamiento hacía presagiar nada bueno. En más de una ocasión Aldana estuvo a punto de abandonar, si no lo hizo fue por su amistad personal hacia el Rey. El desastre ocurrió el 4 de agosto de 1578
Los infantes más que lusos son ilusos, gente novata, apenas preparada, que no ha visto un moro en su vida. Aldana se lamenta: «Los portugueses no tenían la rigurosa obediencia que profesa la nación española en la guerra».
cuando los ejércitos se enfrentaron en la llanura de Alcazarquivir, con la derrota aplastante del ejercito Portugués. El desastre fue completo debido a la desaparición del rey Don Sebastián, cuyo cuerpo jamás fue encontrado, dando lugar a la leyenda de su posible regreso. Sobre Aldana, sabemos por testigo que se batió junto al rey, luchando con valor, sin embargo, una vez muerto su caballo, el rey le preguntó porqué no tomaba uno, respondiendo Aldana:
– ¡Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie!.
Lanzándose a continuación contra los enemigos que les rodeaban, muriendo allí mismo. A Don Sebastián le sobrevivió su leyenda, al capitán Aldana le sobrevivieron sus versos, llenos de pasión, de amargura y contradicción, los sentimientos de un soldado que se permitió soñar.
Epílogo
 Los portugueses estaban exhaustos tras una larga marcha en plena canícula; los moros dotados de una excelente caballería y expertos arcabuceros andaluces, arremetieron por todas partes. El rey Sebastián desapareció en medio de la matanza y 20 000 cristianos cayeron prisioneros de los infieles.

El desastre de Alcazarquivir le costó muy caro a Portugal: se tuvo que pagar una fortuna para rescatar a los prisioneros. La ruta del comercio perdió algunas de sus etapas africanas importantes. El país perdió a sus élites sociales o políticas y la muerte del rey abrió una crisis sucesoria. Sebastián había muerto sin hijos y el trono recayó en su tío el cardenal Enrique que tenía 65 años. Aparecieron varios pretendientes a la corona. La duquesa de Braganza, bisnieta de Manuel I. Antonio, prior de Crato e hijo natural del hermano de Juan III. Y por último Felipe II de España, tío de Sebastián, quién alegaba que era tan arriesgado poner el país en manos de una mujer como impío ofrecérselo a un bastardo. Finalmente será Felipe II el que se lleve el gato al agua integrando a Portugal en la monarquía hispánica en 1580. Y no será hasta 1640 cuando los portugueses se independicen.

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  • Fernando Martínez Laínez; José María Sánchez de Toca (2006). «Soldados y maestres». Tercios de España. La infantería legendaria. EDAF. pp. 202-204. ISBN 84-414-1847-0.
  • Poesías castellanas completas. Edic. de José Lara Garrido, Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid, 1985.

Rendición absoluta de la ciudad belga de Mons ante las fuerzas del militar español Fernando Álvarez de Toledo.

mons
Toma de Mons
El 23 de mayo de 1572 Luis de Nassau llegó a Mons junto con Mos de Genlis y con 1.000 soldados de infantería y 500 de caballería, que acamparon en las inmediaciones de la ciudad. Tras averiguar los horarios de apertura de las puertas de Mons, al día siguiente 50 dragones con Luis de Nassau al frente penetraron en la ciudad; tras ellos entró el grueso del ejército, que venciendo a la guarnición española defensora tomó el control de la ciudad. Tres días después llegarían 2.000 soldados franceses más y pocos días más tarde el conde Montgomery con otros 1.300 de infantería y 1.200 de caballería.
Fernando Álvarez de Toledo, gobernador de los Países Bajos en nombre de Felipe II de España, envió a su hijo Don Fadrique con 4.000 soldados de los tercios españoles, a sitiar Mons.
Mientras tanto, Guillermo de Orange había reclutado en Alemania un ejército con 14.000 soldados de infantería y 3.000 de caballería. El 7 de julio cruzó el Rin, entrando en los Países Bajos.
Adrien de Hangest, señor de Genlis, enviado a Francia por Luis de Nassau, volvió hacia Mons con un ejército de 10.000 hugonotes franceses. Las órdenes de Luis de Nassau eran que Genlis debía unir sus fuerzas a las de Guillermo de Orange. A mediados de julio Genlis cruzó la frontera de Francia y llegó a 10 km de Mons. Don Fadrique, enterado de su llegada, avanzó hacia él con 4.000 soldados de infantería, 1.500 jinetes y 3.000 lugareños levados para la ocasión. Noircames, al mando de la caballería española, cargó contra el ejército francés, seguido por la infantería; los hugonotes fueron contundentemente derrotados: Genlis fue hecho prisionero, 1.200 franceses resultaron muertos en el enfrentamiento y los demás dispersados; en los días siguientes muchos de éstos serían asesinados por los lugareños. En torno a 100 conseguirían entrar en Mons.
Guillermo de Orange avanzó por el interior del país. El 23 de julio, tras tomar Roermond, sus tropas se amotinaron, negándose a seguir avanzando hasta que se les hubieran satisfecho las pagas atrasadas. El 27 de agosto, con las garantías de pago de algunas ciudades de Holanda, cruzaron el Mosa, avanzando por Diest, Termonde, Oudenaarde y Nivelles.
Encamisada
En la noche del 11 al 12 de septiembre Julián Romero, militar español, penetró en el campamento de Guillermo de Orange en Hermigny al mando de 600 arcabuceros, quedando como reserva, en retaguardia, otro número igual, donde también figuraban alabarderos, así como unidades de caballería ligera, cuyo fin era proteger la retirada de las fuerzas que realizaban la incursión. En este ataque murieron 600 rebeldes por sólo 60 españoles, fueron desbarrigados cientos de caballos e incendiada y destruida gran cantidad de la impedimenta enemiga. Allí estuvo a punto de morir Guillermo de Orange, el jefe de los rebeldes flamencos, al que salvaron los ladridos de su perra spaniel que dormía a su lado. Se dijo, que a partir de entonces, durmió siempre con un animal de esta raza junto a él.
Guillermo de Orange se retiró con su ejército hacia Wronne, Nivelles, Malinas y Orsoy; cruzando el Mosa. Sus tropas, amotinadas por la falta de paga, se dispersaron en dirección a Alemania. Guillermo salió, casi solo, hacia Holanda.
Rendición de Mons
Tras la derrota de los hugonotes franceses de Mos de Genlis y la retirada del ejército de Guillermo de Orange, Luis de Nassau se encontró aislado en Mons; sus tropas, formadas por hugonotes franceses, se amotinaron al sentirse traicionadas por el apoyo del rey de Francia a la matanza de San Bartolomé.
El 19 de septiembre se acordaron los términos de la capitulación entre De la None por la parte holandesa y Noircames en representación de los españoles:
La ciudad sería entregada al duque de Alba;
Los soldados franceses en Mons saldrían con sus armas; deberían dar su palabra de no enfrentarse a los reyes de Francia o España (este punto no se aplicaría a Luis de Nassau ni a los soldados ingleses o alemanes);
Los protestantes y los alzados contra España deberían abandonar la ciudad, permitiéndoseles llevar sus propiedades;
Se intercambiarían los prisioneros hechos durante el asedio;
Se habilitarían transportes y provisiones para la salida de los vencidos.
Luis de Nassau sería recibido por el duque de Alba, el duque de Medinaceli y Don Fadrique. La ciudad sería evacuada el día 21; el 24 el duque de Alba entraba en Mons y Noircames, por su cargo como gobernador de Henao, asumió el mando de la ciudad.

Una batalla, Pavía; Un marqués; El de Pescara; Y unos cuantos arcabuces, 3.000 para ser exactos.

Batalla de Pavía
Con el arcabuz en ristre, decenas de balas en el zurrón y la sangre del enemigo sobre sus camisas. Así combatieron los soldados españoles que, en 1.525 y en las afueras de la ciudad de Pavía, se enfrentaron a la que, por entonces, era la mejor caballería de Europa: la francesa. Aquella jornada, los territorios italianos fueron testigos no sólo de una victoria aplastante del ejército imperial de Carlos I, sino de un cambio de mentalidad, pues se constituyeron las bases de los que, en un futuro, serían los temibles tercios españoles.
El cetro hispano era sujetado entonces por las reales manos de Su Majestad Imperial Carlos I, quien, desde 1519, ostentaba el título de emperador del Sacro Imperio Romano Germánico como Carlos V. Los territorios del soberano se extendían además por media Europa, pues, testamento por aquí, herencia por allá, el rey había logrado aunar bajo su corona a España, parte de Italia, Austria, Alemania y Flandes. Sin duda, un imponente legado para un joven de tan sólo 19 años.
«Leyva resistió en Pavía contra un ejército cuatro veces superior»
Sin embargo, no todo era jolgorio en el territorio europeo pues, desde tierras galas, se abalanzaban vientos de guerra guiados por el monarca francés Francisco I. Y es que, el coronamiento de Carlos no fue precisamente una alegre noticia para el gabacho, quien, desde hacía años, buscaba para sí el título de emperador. A su vez, tampoco ayudó a mantener la paz entre ambos reinos el que «la France» se viera rodeada casi en su totalidad por los territorios del Sacro Imperio. No había más que hablar. Transpirando envidia, el franco decidió meter su gran nariz en los asuntos militares del país y lanzó a su ejército contra las huestes imperiales.
Huir o morir
Así pues, el calendario marcaba el año 1524 cuando el galo cruzó los Alpes en busca de venganza. Su objetivo: la conquista de Milán y sus territorios limítrofes (una zona conocida también como Milanesado y que, en aquel tiempo, estaba controlada por las tropas de Carlos I). El derramamiento de sangre era seguro entre ambos contingentes. No obstante, y ante tal número de enemigos, las huestes imperiales prefirieron poner pies en polvorosa (una retirada táctica que se dice, o más bien huida) y refugiarse en las fortalezas y ciudades cercanas.
«Carlos I envió a 25.000 hombres para romper el sitio»
«Las fuerzas imperiales, en inferioridad de condiciones, se replegaron a Lodi, dejando enla ciudad fortificada de Pavía una guarnición de dos mil españoles (la mayoría arcabuceros) y cinco mil alemanes al mando del navarro Antonio de Leyva, un veterano de las campañas del Gran Capitán, que se aprestó para resistir en esa plaza el asalto de los (…) hombres del ejército francés», determinan el periodista Fernando Martínez Laínez y el experto en historia militar José María Sánchez de Toca en su obra «Tercios de España. La infantería legendaria».
A pesar de estar atrincherado en una ciudad fortificada, la situación distaba mucho de ser idónea para Leyva. Y es que, no sólo disponía de un escaso contingente con el que resistir hasta la llegada de refuerzos, sino que la mayoría de sus hombres eran lansquenetes alemanes –mercenarios que no tendrían reparos en abandonar la defensa de Pavía en el caso de no recibir su sueldo periódicamente-.
La bolsa o la vida
Los defensores no tuvieron que esperar mucho para observar los pendones decorados con la flor de lis cortando el horizonte. Concretamente, fue en noviembre cuando Francisco I hizo su aparición frente a la pequeña Pavía con más de 17.000 infantes, una cincuentena de cañones y 6.500 de sus más temibles caballeros acorazados. Pocos días después pusieron sitio a la ciudad y, pólvora en mano, iniciaron un bombardeo constante contra los hombres de Leyva.
Con todo, parece que en aquellas jornadas la suerte estaba del lado de Carlos I, pues ni los soldados ni los proyectiles galos lograron atravesar las murallas hispanas. «Los repetidos ataques a Pavía de las tropas francesas no consiguieron nada salvo acabar con un creciente número de bajas. Además, el mal tiempo y las pésimas condiciones del terreno, cada vez más embarrado, comenzaron a pasar factura entre los sitiadores. Para empeorar las cosas, la artillería comenzó a perder efectividad a causa de la escasez de pólvora, por las dificultades logísticas y la humedad reinante».
Aquel fue un asedio sangriento en el que los soldados no pidieron cuartel ni clemencia, pues sabían que lo único que obtendrían como respuesta sería una cuchillada. Sin embargo, la valentía y el arrojo de los defensores tenía un límite: el dinero. Y es que, conforme pasaban los días, se acrecentaban las posibilidades de que los lansquenetes, al no recibir sus pagas, se rebelaran contra los mandos españoles.
Ante esta difícil situación, los oficiales no tuvieron más remedio que recurrir a medidas desesperadas. «En Pavía, los mercenarios (…) comenzaban a sentirse molestos porque no recibían sus pagas. Tras repartir la plata obtenida en las iglesias locales, los comandantes españoles empeñaron sus fortunas personales para pagar a los mercenarios. Viendo la situación, los dos mil arcabuceros españoles decidieron que seguirían defendiendo Pavía aún sin cobrar».
¿Una ayuda suficiente?
Por otro lado, y mientras Leyva hacía frente a base de arcabuz y pica a un contingente casi cuatro veces superior al suyo, Carlos I organizó a marchas forzadas los refuerzos que acudirían en socorro de Pavía y en escarmiento del francés. Su Majestad Imperial constituyó un ejército de refuerzo bajo el mando del marqués de Pescara, Fernando de Ávalos, el virrey de Nápoles, Carlos de Lannoy y el condestable de Borbón, Carlos III. Avalos consiguió capturar el puesto avanzado francés de San Angelo, cortando las líneas de comunicación entre Pavía y Milán. Posteriormente conquistaría a los franceses el castillo de Mirabello. Finalmente llegaron los refuerzos imperiales a Pavía bajo el pendón de la Cruz de Borgoña y el águila bicéfala de Carlos I, compuestos por 13.000 infantes alemanes, 6.000 españoles y 3.000 italianos con 2.300 jinetes y 17 cañones, los cuales abrieron fuego el 24 de febrero de 1525.
 «Francisco I se lanzó a la carga dirigiendo a la caballería francesa»
Francisco I, por su parte, también reforzó su ejército con 5.000 mercenarios y 4.500 arqueros franceses al recibir las noticias de la llegada del ejército imperial. No obstante, «sa majesté» gala cometió un error que, a la postre, pagaría a precio de oro. «Francisco I decidió dividir sus tropas (…) en contra de la opinión de sus mandos. Parte de ellas se dirigieron a Nápoles para tomar la ciudad ante la escasa resistencia española», destacan los autores de «Grandes Batallas de España».
Al parecer, el galo no valoró en ningún momento que Leyva o el ejército que venía en su ayuda pudieran hacer frente a su «armée». De hecho, tal era el grado de confianza que tenía en sus soldados, que no abandonó sus posiciones cuando, a principios de febrero, llegó el contingente imperial al mando del marqués de Pescara, Carlos de Lannoy y George von Frundsberg. Fuera por su voluntad inquebrantable, fuera por su orgullo, lo único cierto es que Francisco I se encontró repentinamente entre dos ejércitos: el de la ciudad de Pavía y el enviado por Carlos I –este último en su retaguardia-.
Con todo, la victoria tampoco se planteaba fácil para los imperiales, pues Francisco tenía a sus órdenes un gran número de soldados (aproximadamente 25.000), unos buenos pertrechos y, sobre todo, a miles de los mejores caballeros acorazados de Europa. Unos temibles jinetes que, con la lanza en ristre y con Francia en el corazón, dejaban tras su paso un reguero de muerte y destrucción allí por donde pisaban sus monturas.
Por ello, el galo no lo dudó: se aprestaría a la defensa hasta que el enemigo decidiera atacar. «El monarca francés tenía a su ejército protegido por una doble línea de fortificaciones (una rodeando la ciudad y otra haciendo frente a los imperiales) y decidió esperar el ataque. Sabía que los imperiales andaban escasos de dinero y víveres, y daba por hecho que los sitiados, hambrientos, se rendirían pronto», destacan Laínez y Sánchez de Toca en su obra.
El plan de acción
Así pues, las jornadas fueron pasando entre constantes duelos de artillería hasta el 21 de febrero, día en que los oficiales del ejército de refuerzo decidieron lanzar un ataque contra las líneas francesas. No había otro remedio, pues sabían que, si se limitaban a esperar, sus compañeros en Pavía podían flaquear y rendirse. Únicamente quedaba matar o morir.
«Los arcabuceros españoles decantaron la batalla del lado imperial»
Tras profundas deliberaciones, los asaltantes establecieron un curioso plan de ataque. Durante la noche, un contingente imperial abriría una brecha en las defensas francesas con el mayor sigilo posible. A continuación, el grueso del ejército de Pescara pasaría a través de ese hueco y asaltaría la sección norte del campamento galo.
A su vez, se darían órdenes a Leyva para que, desde Pavía, hiciese una salida con sus hombres y se encontrara cerca del campamento francés con las tropas de Pescara para que, de esta forma, los sitiados pudieran recibir munición y alimentos. Finalmente, y como método de distracción, se estableció que varias unidades de arcabuceros iniciarían un intercambio de disparos con tropas galas en otro punto del campo de batalla.
Comienza la batalla

PAVIA DESPLIEGUE

Establecido el plan de acción, ya sólo quedaba llevarlo a la práctica. «La noche del 23 al 24 de febrero, Pescara envió varias compañías de soldados “encamisados” (así llamados por llevar camisas blancas sobre las armaduras que les permitieran reconocerse en los combates nocturnos) para abrir brecha en los muros de las defensas francesas. Por ahí se lanzó el ejército de Pescara», señalan los autores españoles en su obra «Tercios de España. La infantería legendaria».
Una vez tomada la posición y rotas las defensas, una buena parte del ejército imperial se adentró en territorio francés. «Entraron primero 1.400 caballos ligeros y el Marqués del Vasto con 3.000 arcabuceros (2.000 españoles y 1.000 italianos); tras ellos, lo hicieron la caballería imperial apoyada por el resto de los españoles de Pescara y los alemanes que constituían el grueso, finalmente, los italianos con 16 piezas de artillería ligera», destaca Andrés Más Chao en el volumen titulado «La infantería en torno al Siglo de Oro» de la obra conjunta «Historia de la infantería española».
Sin más visión que la oscuridad de la noche, el contingente imperial avanzó a través del terreno francés con el firme objetivo de repartir todas las cuchilladas posibles a los franceses. Sin embargo, y como era de esperar, el plan tuvo un repentino fallo: los galos advirtieron al poco la presencia del ejército de Pescara.
Corrían las 6 de la mañana cuando, alertados por el ruido, los galos tomaron posiciones alrededor de la parte norte de su campamento. De hecho, las sospechas ante un posible ataque imperial inquietaron tanto a los centinelas que enviaron a una unidad de caballería ligera y a un contingente de infantería suiza para reconocer el terreno.
No habían pasado ni unos minutos cuando esta fuerza se encontró con la vanguardia del ejército de Pescara. «Pronto entraron en contacto la caballería ligera francesa con la española, y los piqueros suizos con los (…) alemanes, que les superaban en número. Los suizos consiguieron apoderarse de varios cañones imperiales antes de entrar en contacto con (…) los alemanes, pero pronto comenzaron a ceder terreno. La lucha fue a muerte», añaden Vázquez y Molina.
De esta forma, en plena noche y con una visibilidad nula debido al precario tiempo que castigaba las tierras italianas, se inició la contienda. Espada contra escudo y pica contra armadura, los franceses lograron en un principio acabar con muchos hombres de Pescara pero, finalmente, la tenacidad imperial se terminó imponiendo y, tajo aquí, sablazo allá, los galos acabaron perdiendo ímpetu y cedieron terreno.
La victoria del arcabuz
Mientras la vanguardia sostenía su propio combate, el grueso de la infantería española -seguida además por una unidad de caballería- recibió órdenes de girar y continuar la marcha hacia el campamento francés, pues era de vital importancia tomar esa posición. Sin atisbo de duda, los soldados iniciaron el camino sin saber que, a unos pocos kilómetros, se ubicaba la principal batería de artillería francesa.
No obstante, no tardaron mucho en descubrirlo pues, en cuanto vieron la primera pica, los galos iluminaron el cielo con los fogonazos de sus cañones, cuyas balas cayeron de forma implacable sobre los españoles. «Las mayores bajas imperiales se sucedieron en esta fase, tal vez unas 500, antes de que los veteranos infantes pudiesen ponerse a cubierto entre las desigualdades del terreno», completan los autores de «Grandes batallas de España».
Tal fue el zarpazo de la artillería francesa que Francisco I se decidió a dar el golpe de gracia a los españoles y, tras embutirse en su armadura, dirigió una devastadora carga sobre estos desafortunados enemigos. El ataque fue de tal virulencia que desbarató totalmente a los jinetes pesados de Pescara y desconcertó a la infantería aliada.
La contienda parecía perdida para el bando imperial. Desorganizados y en inferioridad numérica, poco podían hacer los españoles ante aquellos feroces caballeros de armadura completa. Sin embargo, en ese delicado momento una idea cruzó la cabeza de Pescara. A voz en grito, el oficial ordenó a 1.500 de sus arcabuceros retirarse hasta un bosque cercano a toda prisa y, desde allí, descargar todo el plomo y la pólvora posible contra los jinetes. Para sorpresa de los presentes, los disparos no sólo detuvieron la carga enemiga, sino que acabaron con muchos de los jinetes y desmontaron a tantos otros.
El asalto final
A su vez, y durante este momento de incertidumbre, Leyva sorprendió a Francisco I saliendo de Pavía con todos sus hombres y atacando el flanco francés, lo que permitió a los jinetes españoles reagruparse y lanzarse contra los enemigos con una fuerza renovada. En tan solo unos minutos, la batalla había dado un vuelco del lado imperial y, para desgracia de «sa majesté» gabacha, poco podían hacer ya sus tropas por remediar la situación.
Finalmente las tropas imperiales, apoyadas además por los disparos de los arcabuceros, obligaron a los franceses a poner pies en polvorosa. Con los galos huyendo y la línea de batalla enemiga rota, los soldados del bando imperial no tuvieron más que levantar sus brazos en señal de victoria.
«La derrota francesa fue aplastante. Más de 10.000 muertos y 3.000 suizos prisioneros, que fueron puestos en libertad a condición de no volver a combatir contra Carlos V. El rey Francisco I fue capturado después de que un arcabucero le matara el caballo, y sería trasladado cautivo a Madrid. Las pérdidas imperiales no superaron los 500 hombres contando muertos y heridos, entre éstos últimos el propio marqués de Pescara», finalizan Laínez y Sánchez de Toca.
Curiosidades
…La baja más importante fue la del mismo Rey de Francia. Su caballo, en plena carga, resultó derribado atrapando a su jinete. Se le acercó un infante español, guipuzcoano, Juan Villarta (otros lo nombran como Juan de Urbieta, de Hernani, y añaden a Alonso Pita, gallego, y Diego Dávila, caballero granadino), intuyendo que por el lujo de su armadura, armas y equipos, sería un caballero importante -y que podría obtener un buen rescate por él, práctica habitual en aquellas batallas-, metiéndole la punta de la espada por un intersticio de la armadura le conminó a rendírsele. El rey le contestó orgulloso que era el Rey de Francia y sólo se rendiría al Emperador. Esta situación la salvó un Rey de Armas que reconoció al rey francés y éste aceptó darle su espada y su guantelete en señal de rendición.
Tras el fin de la batalla, y una vez conocida la insólita noticia de tener prisionero al mismísimo Rey de Francia, las tropas, eufóricas por la gran victoria, se agolpaban para contemplarlo y los más osados le arrancaban partes del penacho y las vestiduras para llevarse un recuerdo.
Uno de los relatos, sin duda embellecido a lo largo del tiempo, nos cuenta que se le acercó un soldado español y le dijo, más o menos: “Señor, anoche, preparando la batalla, fundí para mi arcabuz diez balas de plata y una de oro. Las primeras las empleé bien contra caballeros de VM. que no volverán a levantarse. Tenía reservada la de oro para Vos y, de haberos visto en la batalla, os habría acertado. Aquí os la obsequio ahora; os servirá para pagar vuestro rescate, pues pesa una onza y vale ocho ducados”.
La espada robada
La espada que Francisco I entregó en señal de rendición pasó a la Armería Real del Emperador Carlos, junto con la borgoñota, la manopla, la tarja (especie de escudo adosado a la armadura), la testera de su caballo, una daga y la tienda real.
Pero siglos adelante, en plena rendición a la voluntad napoleónica, Murat ordenó que se le diera la espada del rey de Francia y así se hizo sin oposición. Ahora sólo nos queda de ella un dibujo bellamente realizado que nos da perfecta idea de cómo era tan importante como legítimo trofeo de guerra.

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Atenea Digital Batalla de Pavía
Grandes Batallas
ABC Historia militar de España

Batalla de Lepanto

Parte de las Guerras habsburgo-otomanas y la Cuarta Guerra venecia-otomana
Fecha: 7 de octubre de 1571
Lugar: Golfo de Corinto, Mar Jónico
Coordenadas: 38°12′N 21°18′E
Victoria decisiva de la Liga Santa
Consecuencias: 
El Imperio Otomano no volvera a amenazar las posesiones europeas del Mediterráneo
Comienza el declive del Imperio Otomano
Liga Santa

Imperio Español- República VenecianaEstados PontificiosRep. de Génova

Orden de Malta – Gr. Duc. de Toscana

Ducado de Saboya

(Arriba) La Real, Galera capitana, insignia de Don Juan de Austria.
(La Real y la galera turca Sultana, insignia de Alí Pachá, se enfrentaron en un combate directo. La Sultana fue abordada y tras una hora y media de sangriento combate, con refuerzos a los dos buques de sus respectivas flotas, fue capturada. Ali Pacha fue gravemente herido por un mosquete, y tras caer sobre cubierta, fue decapitado por un soldado español, lo que afectó gravemente a la moral de sus tropas. La Real capturó la “Gran bandera del califa” y se convirtió en el símbolo de la victoria en Lepanto.Durante la batalla de Lepanto, para ayudar a maniobrar el gran barco, era empujada por popa durante la batalla por otras dos galeras.

Como buque insignia, estaba lujosamente ornamentada y pintada en rojo y oro. Su popa estaba dotada de numerosas esculturas, bajorrelieves y otros ornamentos, muchos de los cuales estaban inspirados en temas religiosos, cuyo diseño fue encargado a Juan de Mal Lara, comisión que cumplió además escribiendo una Descripción de la popa de la galera real del serenísimo señor don Juan de Austria, capitán general del mar).

«Vuestra Majestad debe mandar se den por todas partes infinitas gracias a nuestro Señor por la victoria tan grande y señalada que ha sido servido conceder en su armada, y porque V.M. la entienda toda como ha pasado, demás de la relación que con esta va, embio también a D.Lope de Figueroa para que como persona que sirvió y se halló en esta galera, de manera que es justo V.M. le mande hacer merced, signifique las particularidades que V.M. holgare entender; a él me remito por no cansar con una misma lectura tantas veces a V.M.» 
Encabezamiento de la primera carta de D.Juan de Austria
a Felipe II después de la batalla de Lepanto.
El Mediterráneo en el siglo XVI
Desde que los otomanos unificaran el Islam desde la península de Turquía, sus conquistas en Europa se sucedieron una tras otra ocupando Macedonia, Bulgaria, Serbia y Bosnia. En 1453 cayó Constantinopla, el último recuerdo del Imperio Romano de Oriente, seguida de Valaquia, Besarabia, Bosnia y Hungría hasta que en 1529 los jenízaros fueron detenidos ante Viena. En el Mediterráneo la situación era análoga, las galeras turcas imponían su ley y las incursiones berberiscas desde Túnez, Argelia y Marruecos no respetaban ninguna costa.
En los tiempos del Sultán Solimán la política de la Sublime Puerta en el Mediterráneo Occidental tuvo como objetivo Italia, por lo que tarde o temprano habría de chocar con los intereses españoles. En 1565 Solimán atacó Malta, un enclave que aseguraba el paso por los estrechos del Mediterráneo Central y una plataforma excelente para empresas sobre Italia. La expedición organizada por el virrey español de Sicilia consiguió levantar el asedio turco convirtiéndose en la primera victoria de los ejércitos cristianos en muchos años, demostrando que la flota turca no era invencible si se le oponía una fuerza organizada.
En 1566 llegó al trono de la Sublime Puerta el Sultán Selim, quien alentaba la idea de una guerra santa con argumentos religiosos panislamistas muy semejantes a los argumentos contrarreformistas de Felipe II.
<- Marco Antonio Colonna (Civita Lavinia, 1535 – Medinaceli, 1 de agosto de 1584); almirante, general y virrey italiano de Sicilia. Como consecuencia de la guerra de Siena fue nombrado comandante de la caballería española y capitán general del ejército. En 1570 es nombrado capitán general de flota pontificia del Papa Pío V y pocos meses después es elegido por la Liga Santa como capitán general de la flota dirigida por Don Juan de Austria para enfrentarse contra los turcos otomanos.
Selim ayudó a Dragut, bey de Argel en sus expediciones contra Túnez y La Goleta y al mismo tiempo preparó una ofensiva contra los puntos estratégicos del comercio europeo en Oriente. El principal de estos enclaves era Chipre, clave de los intereses económicos de Venecia.
Durante la Edad Media Venecia se convirtió en una ciudad-estado dirigida por una corporación de comerciantes y banqueros que alcanzaron la prosperidad vendiendo en Europa los productos que traían desde India y China. Los venecianos disponían de una larga cadena de bases comerciales y puertos en Dalmacia, el Mar Egeo y el Mediterráneo Oriental. Para proteger estas posesiones los venecianos más que a la guerra recurrieron a su diplomacia, que no dudaba en repartir regalos y sobornos con generosidad.
A comienzos del siglo XVI el monopolio de Venecia fue roto por los portugueses con sus rutas circunnavegando África mientras que desde 1522 con la caída de Rodas, los turcos se fueron haciendo con las posesiones venecianas. Los venecianos comprendieron que acabarían por perder todas sus bases, por lo que trataron de encontrar un acuerdo con el Sultán y, cosas de la Diplomacia, buscaron la ayuda de España y el Papa. Treinta años atrás se había formado una alianza entre España, el Papa, Génova y Venecia, que resultó derrotada por los turcos, siguiendo cada nación su propio camino hasta que con la elección como Papa de Pío V, firme partidario de frenar un hipotético imperio religioso musulmán en el Mediterráneo, se convocó una nueva Liga Santa.
Tan pronto como las negociaciones comenzaron, surgieron los intereses particulares. Venecia pretendía formar rápidamente una expedición para recuperar Chipre, mientras que Felipe II deseaba una alianza a largo plazo que dominara el Mediterráneo para realizar expediciones contra los corsarios de Argel, Túnez y Trípoli. Pío V prometió a ambos financiar económicamente la gran flota que se proyectaba y en Febrero de 1571 se firmaron los Pactos entre la República de Venecia, España, la Orden de Malta y el Papa. La alianza tendría validez por un período inicial de tres años, durante el cual se reuniría una gran flota cuyo mando se otorgó a Don Juan de Austria, hermano bastardo del rey Felipe II.
“La vida en la galera, déla Dios a quien la quiera”
<-Detalle del mascarón de proa de La Real.
Descendiente de las birremes y trirremes griegas y romanas, la galera cayó en el olvido durante la Edad Media, recuperando los venecianos su construcción en el siglo XIII para emplearla en lugar de las pesadas y lentas naves “redondas”. Se construían con uno o dos palos de velas latinas y unos 25 remos por banda, y aunque cuando había ocasión la navegación se hacía a vela, los remos proporcionaban una movilidad esencial en combate y durante encalmadas o entrada a puerto. Se trataba del buque adecuado al Mediterráneo, aunque con mal tiempo un golpe de mar podía anegarla o quebrarla, por lo que las galeras sólo navegaban entre la primavera y el otoño, regresando en invierno a puerto.
Como norma se asignaban cinco hombres para bogar en cada remo. La gente de remo o chusma, estaba formada por condenados por sentencia judicial o esclavos turcos y berberiscos, aunque también hubo remeros voluntarios o buenas boyas que solían ser galeotes que una vez cumplida su condena e incapaces de encontrar otro trabajo, volvían a la boga a cambio de una paga. A los galeotes se les afeitaba la cabeza para que fueran identificables en caso de fuga, aunque a los musulmanes se les permitía llevar un mechón de pelo ya que según su creencia, al morir, Dios les asiría del pelo para llevarlos al Paraíso. La ración diaria de alimentos suministrados a los galeotes consistía en dos platos de potaje de habas o garbanzos, medio quintal de bizcocho (pan horneado dos veces) y unos dos litros de agua. A los buenos boyas se les añadía algo de tocino y vino. Cuando se exigía un esfuerzo suplementario en la boga dura por el estado del mar o en vísperas de batalla, se daban raciones extra de legumbres, aceite, vino y agua.
En una galera corriente la chusma estaba formada por unos 250 galeotes, a los que se le sumaba la gente de cabo divida a su vez en gente de mar y gente de guerra. La gente de mar eran marinos encargados de gobernar la nave y artilleros encargados de manejar las piezas de a bordo, incluidos entre la gente de mar y no de guerra. Estos últimos eran soldados y arcabuceros mandados por capitanes y por nobles e hidalgos, cuya misión era el combate. Sumando galeotes, marinos e infantes, una galera alistada podía sobrepasar ampliamente los 500 hombres, “acomodados” en buques de 300 a 500 toneladas.
Una galera solía tener unos 50 metros de eslora por 6 de manga con una obra muerta era de apenas metro y medio. Disponían de una sola cubierta sobre la que la pasarela de crujía, construida sobre cajones de 1 metro de altura, comunicaba el castillo de proa y el de popa. En el interior de este cajón se estibaban palos, velas y cabulleria. El cómitre y sus alguaciles recorrían continuamente la crujía, encargados de marcar el ritmo de boga con tambores y trompetas y fustigando con los rebenques a los galeotes.
A ambos lados de la crujía estaban los talares, cubiertas postizas de 3 a 4 metros de ancho que sobresalían dos metros por cada costado y sobre los que iban situados los bancos de los remeros. Los talares tenían una fuerte inclinación hacia fuera para favorecer la salida del agua embarcada por golpes de mar y por la lluvia y también los residuos de los galeotes. Allí se instalaban algunas piezas ligeras de artillería como culebrinas y falconetes para defender la línea de remos. Los extremos de los talares quedaban a un metro de la flotación y sobre ellos se apoyaban los remos, que medían unos 12 metros de largo sobresaliendo unos 8 metros del buque. Los remos se construían con dos o tres piezas de madera de haya y pesaban 130-150 kilos. Con semejante longitud y peso cada remo exigía al menos cinco hombres para ser manejado aunque por falta de gente esto se cumplía en contadas ocasiones.
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“Don Juan de Austria convocó consejo de guerra en su nave capitana para decidir el curso de la acción. Nicosia había caído a principios de mes. Una derrota de la Liga significaría dejar absolutamente desprotegidas las costas mediterráneas de España e Italia frente a los turcos. Don Juan defendió la idea de una guerra agresiva: buscar a la flota turca allá donde estuviera y destruirla; este era el plan apoyado por marinos expertos, como Álvaro de Bazán. Don Juan consiguió imponerse frente a las posturas más moderadas, y el 15 de septiembre la flota salió de Mesina en dirección al Mediterráneo oriental”.
A proa, sobre el tajamar y a un metro sobre la flotación, se instalaba el arma exclusiva de la galera, el espolón, una robusta pieza de madera y de hierro que sobresalía 3 o 4 metros desde la roda, con la que se embestía al contrario sirviendo además como puente de abordaje. Tras el espolón se encontraba la tamboreta, una pequeña cubierta triangular para maniobra de anclas y de garfios de abordaje y desde donde se cargaban los cañones montados en la corulla, un lugar más elevado que la tamboreta. Sobre los cañones estaba la arrumbada donde se apostaba la infantería que debía saltar al buque enemigo. Estos espacios constituían el castillo de proa, que estaba defendido por una amurada. Los cañones estaban instalados sobre cureñas fijas, alineadas con el eje del buque, por lo que la puntería se hacía maniobrando el buque. Normalmente había cinco o seis cañones a proa, los más gruesos en el centro, disparando proyectiles de 36 libras. A ambos lados de estas piezas se instalaban otros dos pares de cañones de 8 a 16 libras. La artillería se solía cargar con metralla o proyectiles de piedra caliza que, al impactar contra el buque enemigo, se quebraban actuando como metralla, ya que no se buscaba dañar al buque sino provocar el mayor número de bajas para luego pasar al abordaje. Para combatir, la galera ponía proa al enemigo y a unos 20 ó 30 metros se disparaba la artillería. A esa distancia no había tiempo para recargar las piezas y con el máximo de fuerza que daban los remos, se embestía e inmovilizaba al contrario con el espolón y los soldados pasaban al abordaje para entablar la lucha que decidiría el resultado.
A popa se encontraba la carroza, lugar reservado al jefe de a bordo. Entre la carroza y los talares había un espacio abierto que sobresalía por ambas bandas denominado espalda que constituía el vestíbulo de la carroza y en ella se situaban las escalas de acceso al buque. Detrás de la carroza, situados en una plataforma, los timoneles manejaban la caña del timón. Encima se instalaba la única luz de navegación, que consistía en uno o tres fanales dependiendo de la categoría de la nave. El casco estaba divido en unos quince comportamientos, el de más a popa destinado al capitán y el siguiente, la cámara que compartían los oficiales del buque. Galeotes y tripulación, soldados y artilleros, vivían al raso. Las galeras capitanas, que por razones de prestigio eran armadas personalmente por un comandante de escuadra, tenían algo más de eslora, instalándole unos cinco pares de remos adicionales y en las mayores, un tercer un palo y por supuesto, con una carroza mucho mayor y profusamente adornada.
Para aumentar la capacidad artillera de las galeras, un arquitecto naval veneciano llamado Bresano, ideó las galeazas, grandes galeras de hasta 1500 toneladas cuyo aparejo combinaba velas cuadras y latinas. Sobre la bancada de remeros se dispuso una cubierta donde se instalaban unas quince piezas de artillería por banda. Los costados se cerraban delante de los cañones con una amurada de dos metros mientras que los castillos de proa y popa montaban diez o doce piezas que cubrían todo el horizonte. El total alcanzaba unas cincuenta piezas de artillería con lo que, en teoría, se había creado un buque temible con el que se podía maniobrar con independencia del viento y con una gran potencia de fuego. En la práctica, las galezas resultaban pesadas y poco maniobreras, navegando mal a vela y a remo. De hecho, las galezas que participaron en Lepanto llegaron a la zona remolcadas por galeras.
La armada de la Liga 
En el puerto de Mesina se fueron concentrando galeras y naves procedentes de Barcelona, Valencia, Cartagena, Mallorca, Sicilia, Nápoles, Malta, Génova, Venecia, Corfú y Creta. España había enviado 90 galeras, 50 fragatas y bergantines y 24 naves de servicio, mientras que 12 galeras y 6 fragatas eran la aportación del Papa. Las naves de Venecia eran 106 galeras y galeotas, 6 galeazas y 20 fragatas.
El 23 de Agosto de 1571 llegó Don Juan de Austria, acompañado por Don Luis de Requesens quien actuaba como consejero en temas navales, para hacerse cargo de la armada y pasó revista a las naves junto con Veniero, el comandante veneciano. Las galeras españolas se encontraban por lo general en buen estado y bien equipadas de artillería. Sin embargo, muchas de las naves venecianas tenían el casco en mal estado por tratarse de buques viejos que habían salido de la reserva, mientras que las de nueva construcción lo habían sido con muchas tolerancias a causa de las prisas, a lo que se añadía que sus dotaciones eran escasas y mal disciplinadas. De los venecianos escribía Requesens: “La chusma es voluntaria y descuidada y a cualquier parte que llega sale a pasear por tierra; y si por mal tiempo es necesario levar anclas, es fuerza esperar a los remeros, estando en peligro de perderse en cualquier borrasca y ha de ser trabajo intolerable navegar en su compañía porque es cosa extraña lo que tardan en hacer cualquier cosa. Todavía si tuvieren gente de pelea, se tomaría lo demás en paciencia; esperan que les llegue de Calabria, pero yo temo que tardará demasiado y que no llegará la décima parte que ha de menester”. Don Juan de Austria dispuso que cada galera llevara ciento cincuenta soldados y cada galeaza quinientos y como las dotaciones venecianas eran escasas se acordó que españoles e italianos pasaran a estas galeras.
Los efectivos embarcados por la Liga se repartían entre 13.000 marineros, 43.000 galeotes y 31.000 soldados. De éstos 6.197 hombres eran españoles, encuadrados en 14 compañías del Tercio de Granada al mando del Maestre de Campo Don Lope de Figueroa, embarcadas en galeras de España y Nápoles; 10 compañías del tercio de Nápoles a cargo del Maestre de Campo Don Pedro de Padilla, a bordo de las galeras de Nápoles y Mesina; del Tercio del caballero valenciano Don Miguel de Moncada cuatro compañías en cinco galeras españolas y dos compañías, mandadas por Don Diego Osorio y el capitán Melgarejo, embarcados con el genovés Gian Andrea Doria al servicio de España; y nueve compañías del Tercio de Sicilia al mando del Maestre de Campo Don Diego Enriquez, en las galeras de Sicilia.
Hay que sumar 1.514 españoles que fueron a reforzar las galeras venecianas y 4.987 alemanes de las Coronelías del Conde Alberico de Lodrón y del Conde Vinciquerra de Arcos embarcados en galeras de Don César de Avalos, Andrea Doria, Juan Ambrosio Negrón y en las naos de servicio. Los italianos al servicio de España se encontraban en tres coronelías. De la mandada por Paulo Sforza, embarcaron 2.719 hombres de cinco compañías en las galeras de Andrea Doria, Génova y Saboya y 2.512 soldados de otras cinco compañías pasaron a las galeras de Venecia. De la coronelía de Vicencio Tutavila, seis compañías fueron a las galeras de Venecia y cuatro a las de Nápoles, mientras que las compañías de la coronelía de Segismundo Gonzaga fueron a las galeras venecianas y a las de Jorge Grimaldi. En total iban al servicio de España unos 20.000 hombres, 8.000 al servicio de la República de Venecia y 2.000 reclutados por el Papa mandados por Honorato Gaetano y unos mil capitanes y caballeros que llegaron de toda Europa.
A Mesina llegó Monseñor Odescalco obispo de Pena, portador de las indulgencias que el Papa concedía a todos los embarcados junto con un relicario que contenía astillas de la Vera Cruz a distribuir entre las capitanas de la armada. Se prohibió embarcar mujeres y se publicó un jubileo para el cual se ayunó durante tres días, haciendo confesión general y recibiendo la Eucaristía. La armada de la Liga recibió como insignia un estandarte azul decorado con Cristo crucificado y la Virgen de Guadalupe y los escudos de España, el Papa y Venecia.
<- Sebastiano Verner.
El día 15 de Septiembre, Don César Dávalos fue destacado hasta la isla de Corfú como vanguardia con un cuerpo de galeras marinadas por Gutiérrez de Argüello. La salida definitiva se realizó al día siguiente y la armada fue despedida con el repique de las campanas de Mesina y salvas de los castillos. Las naves alcanzaron mar abierto para extenderse por diez millas y allí la marcha se coordinó con la de las lentas naos de servicio y la de las grandes galeazas que no podían usar sus remos, pues para mover tales moles la chusma se agotaba con rapidez, por lo que cuando no disponían de viento favorable fueron remolcadas por otras galeras.
Para la navegación se dispuso que la armada se organizara en un grupo de exploración y cuatro escuadras. La escuadra de descubierta formada por tres galeras españolas y cuatro venecianas al mando del catalán Don Juan de Cardona, navegaría ocho millas por delante de la flota para reconocer cualquier nave que se sospechara enemiga. La primera escuadra o cuerno derecho mandada por Gian Andrea Doria, formada por 25 galeras de Venecia, 26 españolas y dos del Papa, izando una insignia verde en la capitana y banderas triangulares del mismo color en las demás galeras. La segunda escuadra o cuerpo de batalla formaría con 64 galeras al mando de Don Juan de Austria, quien izaría una insignia azul en La Real siendo ese color el distintivo de las otras naves. La tercera escuadra o cuerno izquierdo quedaría al mando de Agostino Barbarigo con 53 galeras con distintivos amarillos. La escuadra de retaguardia, con 30 galeras al mando de Don Álvaro de Bazán, navegaría con distintivos blancos una milla detrás de la flota para recoger las naves retrasadas. Las seis galeazas venecianas al mando de Francesco Duodo, irían por parejas entre las escuadras, repartiéndose las galeras el trabajo de remolcarlas.
El 27 de septiembre la armada llegó a Corfú, donde los venecianos esperaban recoger 6.000 mil hombres, pero en vano, ya que había sido atacada por los turcos doce días antes. La escala siguiente fue Gomeniza en Albania, para hacer aguada y para que galeazas y naos retrasadas se reagruparan. Allí, Don Juan envió a Andrea Doria a pasar revista a la flota y cuando le llegó el turno a la capitana de Venecia, Veniero, enemistado con él, se lo prohibió advirtiéndole que de pisar la nave, mandaría ahorcarlo. Don Juan, al ponerse en duda su autoridad estuvo a punto de mandar ejecutar a Veniero, lo que sin duda hubiera roto la alianza, por lo que finalmente envió a Marco Antonio Colonna, el comandante pontificio.
La flota hizo otra escala en la isla de Cefalonia donde encontraron un bergantín veneciano por el que se supo que Famagusta, en Chipre, se había rendido dos meses atrás. Los turcos habían hecho esclavos a los soldados, ejecutando a los oficiales, mientras que a Marco Antonio Bragadino, comandante de la plaza, le cortaron la nariz y las orejas para luego ser desollado vivo y su piel rellena de paja, colgada en la nave insignia turca. Cuando la flota cristiana se encontraba en esta isla, el corsario Karah Kodja se adentró una noche con una fusta pintada de negro para contar el número de naves enemigas, pero a Alí Pachá le dijo que sólo había 150 galeras, seguramente para no alarmar a los suyos.
Llegaron noticias de Gil de Andrada, quien había sido enviado con cuatro galeras para localizar al enemigo, de que la flota turca estaba concentrada en los golfos de Corinto y Patrás, que los italianos conocían conjuntamente con el nombre de Lepanto. En la galera de Barcelona La Real se celebró consejo de guerra en el que Andrea Doria y Requesens fueron partidarios de no presentar batalla. Don Juan de Austria los desoyó diciendo: “Señores, ya no es hora de debates sino de combates”.
Captura farnesio
<- Alejandro Farnesio. (1545–1592) fue el tercer Duque de Parma y Piacenza y sobrino del rey Felipe II. Desarrolló una importante labor militar y diplomática al servicio de España. Luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos y en los Países Bajos contra los rebeldes holandeses.
Para la batalla se dispuso que cuando La Real hiciese señal, las galeras de vanguardia debían retroceder para incorporarse a las escuadras, que a su vez habrían de adoptar el orden convenido, enviándose fragatas para comprobar que cada cual ocupaba su posición. La formación elegida para el combate sería la misma que para la navegación. En el ala derecha, Gian Andrea Doria; en el ala izquierda, Agostino Barbarigo y en el centro, Don Juan de Austria a bordo de La Real y flanqueado por las capitanas de Venecia y del Papa, y las galeras de los príncipes de Parma y de Urbino. Las galeazas debían pasar adelante para formar la línea de vanguardia mientras que Don Álvaro de Bazán debía maniobrar con su escuadra hacia el sitio en que la armada fuera más débil, confiando a su experiencia el modo de mejor hacerlo. Los galeotes cristianos fueron liberados para que se hicieran dignos de su libertad empuñando las armas. La artillería se dispararía para causar el mayor daño, pero reservando dos piezas para el momento en que las armadas se embistieran. Se acordó desplegar la escuadra a la entrada del golfo de Patrás e izando banderas de combate, esperar durante dos horas para retar al enemigo. Si no aparecía, se haría como desafío una descarga de artillería.
La armada reunida por los turcos para la conquista de Chipre estaba formada por cien galeras al mando de Alí Pachá aconsejado por el marino Mohamed Bey y el corsario Uluch Alí, antiguo fraile italiano. Una vez que supo de la concentración de naves cristianas en Mesina el sultán Selim ordenó enfrentarse al enemigo y para ello, Alí Pachá llevó su flota al golfo de Lepanto, lugar elegido para que se concentraran todas las naves disponibles. Se confiscaron provisiones y leña y se decretaron levas para reforzar a los remeros. Llegaron jenízaros de las guarniciones de Grecia y la flota turca recibió como insignia un estandarte de seda verde elaborado en La Meca, adornado con la Media Luna y versículos del Corán.
Las naves reunidas por los turcos sumaron 245 galeras, muchas de ellas de 28 y 30 bancos, y 70 galeotas y un gran número de fustas y otras pequeñas naves. En ellas habían embarcado 13.000 marineros, 45.000 galeotes y 34.000 soldados, aunque de éstos, menos de 3.000 eran jenízaros armados con arcabuces. Hay que tener en cuenta que éstas eran las únicas armas de fuego disponibles en la armada turca, estando el resto de combatientes armados con arcos y flechas envenenadas, efectivas sólo a corta distancia. Además, en las galeras cristianas se levantaron unas defensas hechas con redes y lienzos para servir de parapetos, que no tenían equivalente en las naves turcas. También los turcos disponían de menos artillería, 750 cañones frente a 1.215 en las naves de La Liga que con frecuencia eran de calibre superior.
La flotilla de exploración de Karah Kodja anunció que la armada cristiana se encontraba a la entrada del golfo de Patrás impidiendo a la armada turca el acceso a mar abierto. Pertev Pachá y Uluch Alí recomendaron evitar el combate quedando al abrigo de los castillos de Lepanto. Alí Pachá se negó ya que el Sultán en persona había rechazado esa posibilidad ordenando entrar en combate a toda costa.
El despliegue de la armada turca era similar al de la Liga con tres escuadras y una reserva. Del mando se encargaron Chuluk Bey, virrey de Alejandría y conocido por los cristianos como Mehemet Sirocco, con 55 galeras y una galeota en el ala derecha, lo que haría que se enfrentara a Barbarigo. El mismo Alí Pachá a bordo de La Sultana ejercería el mando del centro con 96 galeras y galeotas. El ala izquierda, que se enfrentaría a Andrea Doria, estaría al mando de Uluch Alí donde formarían 61 galeras y 32 galeotas en su mayor parte de corsarios berberiscos. Si bien la flota de combate turca era superior a la cristiana, la escuadra de reserva de Murat Dragut formada por 31 unidades, sólo contaba con 8 galeras.
Al amanecer del 7 de octubre Alí Pachá dio orden de levar anclas para combatir y se dirigió a los cautivos cristianos: “Si hoy es vuestro día, Dios os lo dé, pero estad ciertos que si gano la jornada, os daré libertad. Por lo tanto, haced lo que debéis a las obras que de mí habéis recibido”. La flota turca salía al encuentro de los cristianos con el viento a favor, lo que permitía dar descanso a sus remeros. Cuando la flota cristiana cruzaba el cabo Scropha los serviolas divisaron al enemigo a quince millas de distancia.
<- Miguel de Cervantes y Saavedra. Embarcó en la galera Marquesa. El 7 de octubre de 1571 participó en la batalla de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, formando parte de la armada cristiana, dirigida por don Juan de Austria, «hijo del rayo de la guerra Carlos V, de felice memoria», y hermanastro del rey, y donde participaba uno de los más famosos marinos de la época, el marqués de Santa Cruz, que residía en La Mancha, en Viso del Marqués.
Se oyó un cañonazo en el lado turco entendido por Don Juan de Austria como el desafío de La Sultana y ordenó contestar con otro desde La Real como señal que aceptaba el reto. Don Juan pasó a una fragata para comprobar el orden del ala derecha mientras Requesens hacía lo mismo en el lado opuesto. Don Juan se dirigió a los venecianos diciendo: “Hoy es día de vengar afrentas; en las manos tenéis el remedio a vuestros males. Por lo tanto, menead con brío y cólera las espadas”. Dirigió a Veniero palabras afectuosas y éste le prometió esforzarse más que nadie en los sucesos que se avecinaban. A los españoles Don Juan les dijo: “Hijos, a morir hemos venido, o a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión para que el enemigo os pregunte con arrogancia impía ¿Dónde está vuestro Dios? Pelead en su santo nombre, porque muertos o victoriosos, habréis de alcanzar la inmortalidad”.
Durante la mañana las escuadras completaron su despliegue y hacia las once el mar quedó en completa calma y el viento pasó a soplar de poniente, proa a los turcos, quienes tuvieron que arriar velas e impulsar sus naves a remo, operación en la que se desordenaron y consumieron tiempo. El número de naves y de combatientes, la determinación de capitanes y soldados indicaban que el combate sería tremendo, pero nadie se paró a meditar su suerte, ocupado cada uno en fijar sus ojos y sus cañones en el enemigo. Don Juan dio orden para que las galeazas pasaran una milla por delante de la armada y esperaran allí la llegada de los turcos. Recibieron éstos tal descarga que ciaron todos al mismo tiempo. Los remeros cristianos describieron a Alí Pachá a qué especie pertenecían tales naves y cuando éste comprendió que cada una equivalía a una fortaleza mandó aumentar la boga para pasar de largo cuanto antes, pero no lo hicieron sin que las galeazas hundieran dos galeras, dañando otras y desbaratando la formación turca sin que ésta pudiera volver a recomponerse.
En este tiempo Uluch Alí adelantó su escuadra tratando de envolver al enemigo por un flanco para luego atacar por retaguardia. Andrea Doria adivinó sus intenciones y separó su escuadra para cortarle el paso pero lo hizo tanto que los turcos pensaron que huía y Don Juan le envió un mensaje advirtiéndole que dejaba el cuerpo principal sin cobertura. Mohamed Siroco con su escuadra trataba de hacer otro tanto, pues vio que entre el flanco contrario y la costa quedaba espacio suficiente para pasar con su escuadra a la espalda de Barbarigo. Éste, sin conocimiento del fondo y temiendo encallar en algún bajío, no cerró el hueco y Sirocco pudo introducirse por él.
Cuestiones de honor exigían que los almirantes se enfrentaran directamente nave contra nave y en muchas ocasiones el resultado de este combate dictó la suerte de toda la batalla. Don Juan se adelantó con La Real y reconociendo la capitana de Alí por sus tres fanales y su estandarte, mandó bogar con más fuerza. El choque fue terrible y La Sultana llegó con su espolón hasta el cuarto banco de la cristiana, pero aún más terrible fue la matanza que hizo la artillería de La Real pues a la segunda descarga no quedaba nadie sobre la crujía de La Sultana. En La Real se embarcaron trescientos veteranos a los que se hizo sitio desmontando los bancos de los remeros y tras descargar sus arcabuces sobre los turcos se lanzaron al asalto de La Sultana. En dos ocasiones consiguieron pasar del palo mayor de la galera turca y en ambas hubieron de retroceder ante los contraataques de las tropas que recibían por la popa. La galera de Alí Pachá estaba apoyada las de Karah Kodja y Mohamed Saiderbey y otras siete galeras y dos galeotas. La Real por su parte debía haber sido apoyada por las capitanas de Venecia, del Papa, la del Príncipe de Parma y la del Príncipe de Urbino, pero éstas dos quedaron trabadas con galeras turcas, por lo que Don Juan solo contaba con las tropas de refresco de dos galeras.
Las galeras de Sirocco tripuladas por pilotos conocedores de aquellas aguas alcanzaron la posición que habían buscado aún rozando sus quillas por la costa y consiguieron envolver a Barbarigo, quien vio su capitana atacada por seis galeras. El mismo Barbarigo recibió una flecha que le atravesó el ojo izquierdo y trasladado a su cámara habría de morir allí a los tres días. Acudió en su ayuda su sobrino Marino Contarini quién también moriría en el combate, estando su nave a punto de rendirse con casi todos sus ocupantes muertos o heridos. Mientras, Uluch Alí había conseguido alejar tanto la escuadra de Andrea Doria que las naves de Alí atravesaron la línea cristiana entre aquella escuadra y la de Don Juan. Siete galeras cayeron sobre la capitana de Malta, en la que sólo hubo tres supervivientes y otras diez galeras venecianas, dos del Papa y una de Saboya fueron capturadas por los turcos.
El combate se había generalizado sin ningún orden, lanzándose unas galeras en persecución de otras; hubo naves turcas defendidas por españoles y corsarios berberiscos navegando con pabellón maltés y donde se veía una nave, al poco sólo quedaba un remolino que la tragaba. Hubo en el mar tantos muertos y despojos que las naves parecían haber encallado entre cadáveres. Las naves se quebraban con tanta facilidad como los cuerpos de los hombres, de los que sólo quedaba intacta su ira. Parecía como si se quisiera superar en destrucción a los elementos de la Naturaleza.
Luis de Requesens y Zúñiga (Barcelona, 25 de agosto de 1528 – Bruselas, 5 de marzo de 1576) fue un militar, marino, diplomático y político español, gobernador del Estado de Milán (1572–1573) y de los Países Bajos (1573–1576).Mentor de don Juan de Austria, su labor fue fundamental para la gran victoria de la Liga Santa en la batalla de Lepanto.

La batalla entorno a La Real y La Sultana continuaba. Los refuerzos que recibía La Sultana habían conseguido rechazar hasta entonces a los asaltantes, quedando las cosas en un precario equilibrio. Gian Contarini embistió y hundió una galera turca que se dirigía contra Colonna mientras que las galeras de Juan Loredano y Catarino Malpieri fueron destruidas cuando se dirigían en ayuda de La Real. Llegó por fin Don Álvaro de Bazán y su capitana La Loba destruyó a cañonazos una galera turca y embistió a otra en la que él mismo dirigió el abordaje recibiendo dos balazos que no traspasaron su armadura. Venía también Don Juan de Cardona, quién se lanzó contra la galera de Pertev Pachá cuando éste estaba enzarzado con la de Paolo Ursino. La galera turca fue hundida y Pertev se dio por muerto, aunque lo más probable es que se escabullera de la acción. De la capitana de Génova solo pudo saltar un soldado español, Alonso Dávalos, al abordaje de una galera turca ganándola él sólo antes de recibir ayuda. En la enfermería de la San Juan de Sicilia se hallaba el sargento Martín Muñoz y saltando de la cama dijo que no quería morir de calentura, subió al abordaje de una galera donde mató a cuatro turcos. Pasado el palo mayor y herido de nueve flechas, una bala le arrancó una pierna y sentándose a morir dijo: “Señores, que cada uno haga otro tanto”.
Con los soldados que traía Don Álvaro los españoles por fin consiguieron pasar del palo mayor de La Sultana y conquistando el castillo de popa, el capitán Andrés Becerra se hizo con el estandarte turco. Alí Pachá recibió un disparo en la frente y un galeote de los liberados para combatir le cortó la cabeza y se la presentó a Don Juan ensartada en una pica. La noticia de la conquista de La Sultana y la muerte de Alí Pachá pasó de una nave a otra y los turcos comenzaron a dar por perdida la batalla. Karah Kodja se rindió a Juan Bautista Cortés y Mustafá Esdrí se rindió a la Toscana del Papa. La galera de aquél era la capitana pontificia capturada diez años atrás y como pagador que era Esdrí, a bordo llevaba los cofres de la tesorería de la flota turca. Otra galera turca la asaltaron Don Alejandro Torrella y Don Fernando de Sayavedra guiando a caballeros valencianos del Tercio de Moncada y en ella encontraron a los hijos de Alí Pachá, Mohamed Bey de diecisiete años y Sain Bey de trece. Llevados ante Don Juan, se echaron llorando a sus pies y aquél les consoló por la muerte de su padre, mandó que fueran alojados y que les llevaran ropa y comida preparada según sus creencias.
Después de la muerte de Barbarigo y de su sobrino Contarini pareció que los venecianos iban a rendirse, pero tomando el mando Federico Nani consiguió capturar la galera del corsario Caurali y reanimar a los suyos. Se le unieron el conde de Porcia y el proveedor Canale y entre todos consiguieron hundir la nave de Mohamed Sirocco quien cayó al agua. Le recogió Gian Contarini, pero malherido y sin posibilidad de salvación, le cortaron la cabeza para abreviar su muerte. Llegaron las naves del proveedor Quirini y la escuadra de Sirocco acabó por desbandarse, embarrancando sus naves para huir por la costa.
Aunque los turcos habían sido vencidos en el centro y en la izquierda, en la derecha Uluch Alí había logrado cercar la escuadra de Andrea Doria y allí los cristianos comenzaban a perder terreno en toda la línea. En la Piamontesa de Saboya en la que iba Don Francisco de Saboya todos su ocupantes fueron degollados. En la Florencia del Papa sólo hubo 16 supervivientes, todos ellos heridos. En la San Juan, también del Papa, murieron todos los soldados y los galeotes. En la Marquesa se hallaba enfermo un soldado de veinticuatro años que cuando supo que se iba a entrar en combate pidió a su capitán Francisco San Pedro que le colocara en el lugar más peligroso, pero éste le aconsejó que permaneciera en la enfermería. “Señores –contestó él- ¿qué se diría de Miguel de Cervantes cuando hasta hoy he servido a Su Majestad en todas las ocasiones de guerra que se han ofrecido? Y así no haré menos en esta jornada, enfermo y con calentura”. Se le puso al mando de doce soldados en el esquife y combatiendo recibió dos heridas en el pecho y otra en la mano izquierda “que perdió su movimiento para gloria de la diestra”.
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Grandísimo trofeo es el casco-celada del Almirante Turco en la Batalla de Lepanto, Müezzinzade Ali Paşa o Alí Bajá para entendernos. El figura recibió un disparo en el casco justo por encima de la visera y fue derribado lo que aprovechó un soldado Español para separarle la cabeza del tronco y clavarla en una pica. Cosas que se hacian por aquellos años, la costumbre.
Así, el combate no se desarrollaba muy bien para Doria hasta que por fin apareció Don Alvaro de Bazán con la escuadra de socorro. Uluch Alí llevaba a remolque la capitana de Malta y viendo la llegada de las nuevas galeras, cortó los cabos con que sujetaba a su presa y comenzó la huida. Don Juan también dirigía sus naves en ayuda del ala derecha, cuando un grupo de 16 galeras turcas que no aceptaron ni la rendición ni la fuga, pusieron proa hacia las galeras que llegaban, pero Don Juan de Cardona les cortó el paso con tan sólo ocho galeras y acabó por desordenar el grupo atacante.
Uluch Alí se dirigió hasta Lepanto reuniendo todas las naves que pudo. Las naves cristianas trataron de darles caza, pero a estas alturas de la batalla la gente de remo estaba tan agotada que se renunció a la persecución. Una vez en Lepanto, Uluch Alí incendió las naves supervivientes para evitar que fueran capturadas, aunque pudo conservar como trofeo el estandarte de la capitana de Malta. Eran las cuatro de la tarde y viendo que se estaba formando una tormenta Don Juan ordenó refugiarse en el puerto de Petala.
A la mañana siguiente se hizo recuento. De la armada cristiana faltaban quince galeras, aunque hubo que desguazar otras treinta, entre ellas La Real, de tan grandes destrozos que habían soportado. Se apresaron 170 naves al enemigo, aunque días más tarde solo quedaban a flote 130. Se calculó que se hundieron 80 galeras y habían escapado hacia Lepanto 40 galeras y galeotas. Los venecianos habían tenido 5.000 muertos, los españoles 2.000 y 800 los del Papa, mientras que se hicieron 5.000 prisioneros entre los turcos y se calculó que habían tenido unos 25.000 muertos. También se rescataron unos 12.000 cautivos que llevaban en sus naves. Durante cuatro días se hicieron las reparaciones más urgentes y Don Juan aprovechó para redactar una relación de la batalla para el Rey Felipe que llevó Don Lope de Figueroa junto con el estandarte ganado a los turcos. También envió cartas al Papa y al Senado de Venecia, y Colonna y Veniero hicieron otro tanto.
Don Juan quiso aprovechar la victoria para acometer alguna empresa mientras conservara la ventaja adquirida. Se celebró un consejo de guerra en el que hubo quien quiso suspender toda operación porque faltaba gente de guerra y de remo y el invierno estaba ya cercano; otros querían forzar el canal de Constantinopla y atacar la ciudad misma. Los venecianos pretendían actuar en Morea y promover sublevaciones en Albania, mientras que Don Juan prefería conquistar los castillos del golfo de Lepanto.
Se acordó hacer esto último y el día 11 de octubre salieron Andrea Doria y Ascanio de la Corna para conquistar Santa Maura, pero al llegar allí consideraron que la toma del castillo obligaría a un esfuerzo que superaría el beneficio de conservarlo. Finalmente se decidió que cada cual volviera a sus puertos para pasar el invierno. El día 22 llegó la armada a Corfú donde se repartieron las presas y el 28 se dividieron las escuadras. Don Juan llegó el 31 a Mesina para invernar en Sicilia y Don Álvaro de Bazán fue a Nápoles. Colonna se dirigió a Roma y Veniero aún permaneció en Corfú antes de volver a Venecia.
<- Álvaro de Bazán y Guzmán (Granada, España; 12 de diciembre de 1526 – Lisboa, Portugal; 9 de febrero de 1588), primer marqués de Santa Cruz,1 en referencia a la localidad manchega de Santa Cruz de Mudela, militar y almirante español, caballero de la Orden de Santiago.
Ni conclusiones ni enseñanzas
El Sultán Selim al conocer la derrota se limitó a decir: “Me han rapado las barbas, ya crecerán con más fuerza” y durante el invierno se reunieron más de doscientas galeras que se pusieron al mando de Uluch Alí quien durante la batalla había conseguido el único trofeo para el Sultán.
El día 1 de Mayo de 1572 murió Pío V y aunque se temió que su sucesor Gregorio XIII no continuara con los pactos, se volvió a alistar una gran armada, pero pronto reaparecieron las disensiones. Venecia pretendía una nueva expedición que asegurara sus posesiones y recuperara las perdidas. España pretendía que se realizara contra África, por lo que Felipe II reservó a Don Juan para esta expedición hasta el último momento. Mientras, la armada de La Liga con 126 galeras y 6 galeazas al mando de Colonna y Juan de Cardona trataba de combatir con Uluch Alí. El 7 de Agosto lo encontraron ante el cabo de Malio donde sólo hubo escaramuzas y el día 10 ocurrió lo mismo ante el cabo Matapán. Finalmente llegó Don Juan con 55 galeras y dos galeazas y el 8 de Septiembre consiguió bloquear a la armada turca dividida entre el puerto de Modon y el de Navarino. Uluch Alí permaneció al abrigo de los castillos y no se llegó a combatir. Cercano ya el invierno, Don Juan dio la orden de regresar a las bases.
Los venecianos sabiendo que al año siguiente la armada que se reuniera ya se dirigiría contra África tal y como deseaba Felipe II, llegaron a un acuerdo con el Sultán por el que éste conservaría todas las conquistas realizadas y Venecia pagaría 300.000 ducados durante tres años. La Liga quedaba de hecho disuelta y Don Juan de Austria mandó sustituir en su galera el estandarte que la representaba por el español. Don Juan conquistó Túnez en 1573, pero un año más tarde la plaza cayó ante una escuadra turca mayor que la reunida en Lepanto. El Sultán ensalzó aquella victoria por todo el Islam como su triunfo definitivo y a partir de aquel momento los luteranos recabaron más atención por parte de Felipe II, por lo que el norte de África fue olvidado definitivamente.
La batalla de Lepanto cerró el capítulo del Mediterráneo en la Historia Universal ya que a partir de entonces los asuntos del mundo se resolverían en el Atlántico. Cuando esto se produjo, España se encontraba en ambos mares a la vez. Semejante victoria pesó demasiado en la tradición naval de España pues las galeras alcanzaron una celebridad que no habría de servir en las batallas que se avecinaban contra ingleses y holandeses.
Más que a una acertada disposición táctica o una inteligente maniobra, las naves de La Liga vencieron gracias al poder de fuego, primero de la artillería embarcada y después de las armas individuales de la infantería. De hecho, durante la batalla los turcos hicieron un pobre empleo de sus cañones embarcados en menor cantidad que en las naves de La Liga a pesar de ser éstas inferiores en número. Por otra parte, la superioridad numérica de los turcos produjo un hacinamiento tal en sus naves que cualquier disparo, fuera de cañón o de arcabuz producía varias bajas simultáneas. A partir de entonces todas las naves españolas fueron concebidas como castillos flotantes en los que la infantería había de cumplir el papel principal. Los Tercios de Nápoles y Sicilia, conocidos como los Tercios Viejos, embarcados para esta ocasión pasaron a serlo de forma habitual, dando origen a lo que con el tiempo se convertiría en la Infantería de Marina de la Armada española.
El abordaje de la nave enemiga pasó a ser la táctica favorita de los capitanes españoles en detrimento del combate de artillería. Holandeses e ingleses, sabedores de su inferioridad en el combate cuerpo a cuerpo contra los españoles, prefirieron disparar contra el casco y las baterías de los buques evitando el abordaje y para ello diseñaron buques maniobreros con arboladura y velamen que les permitieran alcanzar la posición óptima para abrir fuego. Por el contrario, los grandes navíos españoles disparaban contra la arboladura con el fin de inmovilizar al enemigo y pasar luego a su abordaje que era donde la gente de guerra podía alcanzar mayor gloria y honor, defendiendo un prestigio que podían arrebatarle los artilleros con su capacidad de infligir daño a gran distancia.
Aún después del fracaso de La Empresa de Inglaterra en la que quedaron de manifiesto las anteriores observaciones, incluso los capitanes españoles de buques de alto bordo siguieron maniobrando en combate con el fin de lograr el abordaje, añadiendo a esto que el prestigio de las galeras parecía no romperse nunca entre los españoles. El 10 de Julio de 1684 el navío francés Le Bon fue sorprendido por 35 galeras españolas e italianas. Después de cinco horas de combate, las galeras tuvieron que retirarse con graves pérdidas. En 1748 Fernando VI tuvo que ordenar por decreto la supresión del cuerpo de galeras pero aún así, en 1787 comenzaron a construirse en Mahón tres galeras para luchar contra la piratería africana. Como se ve, las galeras parecían gozar de eterna presencia en la Armada española, hasta que por último, en 1803, dos años antes de Trafalgar, la batalla en la que el navío de vela alcanzaba su cima de prestigio, se dispuso que los jueces suprimieran la condena a galeras, lo que equivalía a la desaparición efectiva de la galera.