Historias de la Historia de España. Capítulo 35. Érase un Contador jerezano, la Casa de Medina-Sidonia y una travesía hace más de 500 años.

pedro de estopiñan

Jerezano de nacimiento, el linaje Estopiñán procedía del Alto Aragón, desde donde una rama pasó a establecerse en Andalucía durante la primera mitad del siglo XIV. Es frecuente que varios caballeros con ese apellido aparezcan en las narraciones de la época, sobre todo vinculados a otro linaje autóctono, los Guzmanes, condes de Niebla y posteriores duques de Medina-Sidonia. Uno de estos miembros, Román o Remón de Estopiñán, avecindado en el concejo de Fortún de Torres, se casó en 1470 con doña Mayor de Virués, que pertenecía a uno de los más antiguos linajes jerezanos, y fueron los progenitores de don Pedro.
A pesar de estas noticias de su familia, apenas se conoce nada de la infancia y juventud del conquistador, salvo su entrada al servicio de la casa ducal de Medina-Sidonia. Era esta una de las más importantes de la época puesto que, tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492, la población musulmana que había abandonado la península se concentró en el norte de África, lugar desde donde efectuaban numerosos ataques a las costas peninsulares de Andalucía. Precisamente, en una de estas incursiones piratas, acontecida en junio de 1496, se halla la primera mención de Pedro de Estopiñán. Con ocasión de la pesca de almadrabas, buena parte de la comitiva cortesana de los duques, incluida la propia duquesa, Leonor de Estúñiga, se había desplazado a Conil para asistir al espectáculo; súbitamente, un barco de piratas berberiscos se introdujo entre los buques pesqueros y lograron abordar uno de ellos. Ante el peligro evidente, Pedro de Estopiñán, citado con el cargo de “Contador de la Casa del duque don Juan”, embarcó en una pequeña embarcación para parlamentar con el jefe de los piratas, quien pidió una elevada cantidad de dinero por el rescate de los marinos prisioneros. Con audacia, Pedro de Estopiñán abrazó por sorpresa al musulmán y cayó con él al agua, donde fue recogido por sus hombres, lo que, evidentemente, cambió el curso de las negociaciones: el jefe de los piratas fue canjeado por la tripulación y el buque, poniendo punto final al truculento episodio de las almadrabas. Los ecos de admiración por la valentía de don Pedro no cesaron de proclamarse por todo el territorio; incluso llegaron a los anales históricos de Jerez, por lo que se puede situar esta fecha de 1496 como el primer hito de consideración en la carrera militar de Estopiñán.
Posiblemente gracias a esta demostración, cuando los Reyes Católicos autorizaron a la Santa Hermandad la dotación de un ejército para la conquista de Melilla, bajo la dirección del duque de Medina Sidonia, este eligió al valiente comendador para dirigirlo. Es posible también que facilitase la elección de don Pedro el hecho de que las tropas, suministradas por los concejos de Jerez, Medina, Arcos y Sanlúcar de Barrameda, estuviesen organizadas por tres ilustres jerezanos como él, seguramente al tanto de su brillante actividad militar: el corregidor Juan Sánchez Montiel, Francisco de Vera (Provincial de la Santa Hermandad), y Manuel Riquelme (veinticuatro -regidor- de Jerez y capitán de la Hermandad concejil). Así pues, Pedro de Estopiñán, al frente de 5.000 infantes y 250 jinetes, desembarcó en el norte de África y puso cerco a Melilla, que finalmente fue conquistada el 28 de septiembre de 1497.
Estopiñán regresó a la península, no sin antes dejar una guarnición de 1.500 hombres para la defensa de la plaza, así como un ingente número de canteros, carpinteros y albañiles con el expreso mandato de reparar las fortificaciones de la ciudad y construir nuevas murallas defensivas.
La ausencia norteafricana de Estopiñán fue, empero, breve, puesto que al año siguiente los musulmanes redoblaron sus esfuerzos por recuperar la plaza perdida. Ante los nuevos ataques sufridos por la guarnición de Melilla, el duque don Juan, de acuerdo con los Reyes Católicos, decidió enviar nuevas tropas de refresco, de nuevo encabezadas por Estopiñán, a quien esta vez acompañaba otro destacado caballero de la casa ducal, García León. Al dejar a los sitiadores entre dos fuegos, el triunfo fue total ya que, a instancias del comendador, se persiguió a todos los fugitivos hasta obligarlos a asentarse en la región de Orán, más lejana y con menos medios; igualmente, un número de musulmanes no inferior a 250 fueron apresados, como posible moneda de cambio en el futuro. Aunque en el propio año 1498 aún tuvo Estopiñán que regresar por dos veces a Melilla , se puede dar esta fecha como el inicio de la estabilidad de los cristianos en la plaza norteafricana.
En 1503, empero, sus servicios militares fueron de nuevo requeridos por el propio Rey Católico, Fernando de Aragón, con objeto de que acudiese a Salces (Rosellón), puesto que las tropas del monarca francés Luis XII sometían a un severo cerco esta ciudad. De nuevo demostró su valía militar, puesto que dividió a sus tropas en dos grupos: el primero hostigaba la retaguardia de los sitiadores sin cesar, mientras que el segundo fue enviado al puerto para evitar que los refuerzos franceses, que habían embarcado en Colliure con destino al Rosellón catalán, pudiesen desembarcar y sumarse al resto. La maniobra fue efectiva, ya que la retirada de los invasores se produjo a finales del citado año. El rey Fernando, en recompensa a la efectiva labor de Pedro de Estopiñán, le nombró a primeros de 1504 Adelantado de Indias y Capitán General de la Isla de Santo Domingo, con lo que parecía ponerse el colofón a su carrera militar si se tiene en cuenta al prestigio y valía de los citados puestos en el organigrama político-militar de la dominación española de América.
Durante ese mismo año, Estopiñán comenzó los preparativos del viaje al Nuevo Continente, adonde se iba a establecer con toda su progenie y familia, aunque también participó activamente en la preparación de una expedición a Mazalquivir en 1505, en la que, sin embargo, declinó participar por los citados preparativos. Pocos días más tarde, en el transcurso de una visita al monasterio de Guadalupe, el comendador Estopiñán falleció súbitamente el día 3 de septiembre de 1505, y fue enterrado dos días más tarde en el propio monasterio, en la capilla de Santiago en el segundo arco inmediato a la de Santa Ana donde una lápida de azulejos de Talavera recuerda al conquistador de Melilla. “Hic iacet Don Pedro de Estopiñán. Caballero y Contador del duque de Medina-Sidonia.”. Ante este acontecimiento, los investigadores que han desgranado su biografía, especialmente H. Sancho y A. Rodríguez, han manejado la hipótesis de un envenenamiento por parte de algún enemigo suyo que se viera ofendido por las jugosas prebendas americanas dadas en su favor. La imposibilidad de demostrar tal cuestión no resta brillantez a la carrera militar del comendador jerezano, uno de los personajes más destacados de la bisagra entre los siglos XV y XVI y que, al igual que la propia época, no es una figura demasiado conocida a pesar de sus haberes.
La ciudad de Melilla, la cual sin su contribución hubiese sido imposible de conquistar, ha dedicado el nombre de una de sus plazas, la de la ciudad vieja, a la memoria de su conquistador. A pesar de su muerte, la presencia de miembros del linaje Estopiñán en América no se frustró: dos de los hijos varones del matrimonio, Pedro de Estopiñán Cabeza de Vaca y Lorenzo Estopiñán de Figueroa, acompañaron a su primo Alvar Núñez Cabeza de Vaca en la conquista del Perú, en un intento de resarcir la memoria de su padre de la afrenta por la que no pudo disfrutar de nuevas andanzas en América.
 Relato
 Entrevista -imaginada- con don Pedro de Estopiñán y Virués en Guadalupe: “yo no he violado nada ni a nadie en mi vida”
“Recuerdo que tras dos días y pico de navegación, desde Sanlúcar de Barrameda, con viento cruzado, vimos, al fin, el promontorio y pudimos acercarnos para desembarcar”.
Guadalupe, Campos de Extremadura, 16 de septiembre de 2007. Hemos querido conversar con el fundador de la Melilla española, don Pedro de Estopiñán y Virués. Le encontramos sentado plácidamente repasando unos escritos de la Casa Ducal de Medina Sidonia y atiende con amabilidad la visita de Infomelilla. Son las siete y media de la tarde.
 -Hace 516 años que a estas horas, más o menos, desembarcaba usted en Melilla. Ha pasado tiempo.
-Ha pasado mucho tiempo pero parece que fue ayer. Recuerdo que tras dos días y pico de navegación, desde Sanlúcar de Barrameda, con viento cruzado, vimos, al fin, el promontorio y pudimos acercarnos para desembarcar. Fue duro, no lo niego.
 -No le pillaba de sorpresa la travesía.
-No; es verdad. Tres meses antes estuvimos dos capitanes del Ducado y un contador para ver de qué manera podíamos zarpar y desembarcar. Me llamó la atención lo majestuoso de la roca y sus facilidades para echar pie a tierra y aconsejé a mi Señor de emprender aventura para combatir piratas, que era lo propio de la época.
 -Se dice, don Pedro, que llegó usted a Melilla con 5.000 hombres a sus órdenes y una gran flota de naves.
-Pues se dice mal. A Melilla no llegamos ni un millar. Es cierto que vino mucho barco pero nada de fragatas o goletas. Veníamos a bordo de faluchas, laúdes, lanchones y la capitana que no pasaba de corbetín. Ya sabe usted que las historias, si no son épicas, no son historias.
 -Llega usted a Melilla. ¿Por dónde desembarca y qué se encuentra?
-Llegamos a esta hora más o menos, hace 510 años. Soplaba en ese momento un fuerte viento del Este -ustedes le dicen ahora Levante, pero es Este- y teníamos complicado echar hombres y material por la playa (ahora es la Dársena de Pescadores) así que apovechamos una perfecta y encalmada entrada de la mar -Galápagos- que atenuaba las embestidas del temporal. Esa noche echamos a tierra mucha madera y todos los hombres, varamos la flotilla y al día siguiente acabamos la faena por la playa. No había ni nada ni nadie en Melilla.
 -¿Ni siquiera casas, algún poblador?
-No, nada. Había ruinas -acaso antes alguna gente antigua pobló el promontorio- pero debió hacer tiempo bastante porque sólo encontramos, eso, soledad y, pese al estío menguante, frío, mucho frío.
  -Y se preparan ustedes para dar la sorpresa edificando una fortaleza urgente.
-Es una técnica que teníamos asumida desde la toma de Tarifa, donde Guzmán el Bueno -que, por cierto, lo tienen ustedes en el escudo de la ciudad-perdió a su hijo. Se trata de crear una estructura insólita que metiere miedo al posible enemigo y que sirviera de defensa bastante. Eso hicimos pero enemigos había pocos.
 -¿Cómo son esos primeros días de la Melilla española?.
-Malos, hasta que nos pudimos comunicar con nuestros vecinos. Sepa que veníamos con lo puesto. Mucha madera, mucho arcabuz y más espadas pero poca comida. La primera noche fue eterna por aquello de los trabajos de fortificación pero los días que la siguieron no fueron mejores. Al cabo de dos semanas, exhaustos, conocimos a nuestros vecinos, nos entendimos y en muy pocas ocasiones faltó legumbre o vianda en la guarnición. Gente muy buena.
 -¿Tiempos de guerra?
-No. Sé por ustedes, los periodistas, que luego, al paso de los años, hubo guerras, mucha sangre y mucho muerto. Hasta que yo abandoné Melilla no hubo refriega alguna, salvo los casos que pudieran darse hoy. Malos entendidos, envidias, algún cuerno inesperado pero jamás guerra de frente a frente. Las gentes de los alrededores comenzaron a vivir con cierta dignidad. De la pobreza más descarnada, algunos pasaron a ser comerciantes, abastecían a la España amurallada y no había motivo alguno para cruzar aceros.
 -Nos vamos a reunir en la Plaza que lleva su nombre el lunes para celebrar el aniversario de su llegada a Melilla. ¿Llegada o conquista?
-Les agradezco mucho que lo celebren, es un honor. Y sólo fui un capitán contador -ni siquiera soldado ejemplar- y no podía esperar que cada año se acordasen de mi persona. Plantea usted que si llegada o conquista. Yo no he conquistado nada, me he limitado a clavar el pendón de Castilla en tierra despoblada y estéril. No hubo sangre aquel 17 de septiembre de 1497. Bueno, sí que la hubo. La hubo en las caras de dos gañanes embarcados en un falucho que se midieron a puños por un puñado de higos pero eso fue toda la guerra que ocurió.
 -Fíjese, estos días algunos hablan de ‘violación’ para referirse a su llegada a Melilla…
-Yo no he violado nada ni a nadie en mi vida. He sido oficial del Duque de Medina Sidonia y servidor de Su Majestad El Rey y, entre mis obligaciones, no estaba ni mucho menos violar nada, mucho menos entre mis devociones. Comprendo que lo que ustedes llaman política abra campo grande a la fabulación cuando no al exabrupto pero, no, aquel millar de hombres a quienes conduje para hacer Patria de España no se caracterizó, precisamente, por vulnerar moral alguna. Lo único que he incumplido de mala forma es mi deber de padre de ocuparme de mis hijos y de mi dueña, a los que siempre he querido, pero Isabel, Fernando y mi señor Duque tenían otros planes para Pedro de Estopiñán.
 -¿Cómo ve a Melilla, al paso de más de medio milenio, don Pedro?
-Me encanta. Bueno, esa ciudad no tiene nada que ver con lo que nosotros hicimos en la roca. Tengo que agradecerles que conserven las viejas murallas, pero da gusto ver cómo se ha extendido. Le decía antes que nuestros vecinos y nosotros aprendimos a convivir, aunque fuera por el comercio y el mutuo interés. Fíjese, medio milenio después compruebo que esa semilla ha germinado, que la ciudad que yo fundé como española es una preciosa mezcla de aromas y costumbres, que todos los ciudadanos tienen atendidas servidumbres que los estipendios no están mal. Vaya, que me siento muy satisfecho de aquel desembarco en la Ensenada de los Galápagos.
 -¿Quiere usted, don Pedro, añadir algo más?
-Sí. Melilla ha pasado por muy malos tránsitos. Lo del infeliz sultán que colocó a 30.000 almas frente a la muralla de la Marina para darse de bruces contra el valor de los españoles melillenses; lo del traidor Abdelkrim que esquilmó a 12.000 almas a principios del pasado siglo; pero mi ciudad ha sabido superar todos sus peores avatares a base de patriotismo, abnegación, trabajo y unión. Sigan ustedes así, que no hay peligro que les pueda. ¡Ah! y vengan a visitarme, de vez en cuando, a Guadalupe.
 -Gracias, don Pedro.