Batalla de Mendaza

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Era el 12 de diciembre la hermosa tierra de navarra se veía azotada por un fino viento de invierno, un sol sin fuerza el paludo sol de diciembre dejaba ver con claridad la campiña desolada, las turgentes colinas y en violento escorzo las grises tonalidades de las peñas de Mendaza y Nazar. Al fondo como una tierra prometida quedaban las montañas lejanas.
Aquel día ni el labrador salió a trabajar, ni el pastor llevo a su manada al campo, ni el cazador corrió la liebre rodeado del alegre ladrido de sus perros.
Aquel día todo trabajo quedo abandonado, porque el hombre salía a la terrible caza del hombre .
Y amaneció el 12 de diciembre con la rosada luz del alba los carlistas salieron a ocupar sus posiciones.
El campo de batalla escogido por Zumalacárregui era accesible a las tres armas, a cuya extensión de levante y de poniente excederá muy poco de un cuarto de legua y cerrado por dos cordilleras que se elevan sobre cada uno de los flancos.
Éste coloco a cuatro batallones al pie de la Peña de Mendaza dominando el llano y otros cuatro ocultos en la falda de la Peña de Nazar.
Al centro llevo el resto: los otros tres batallones. Y a retaguardia, oculta tras unas lomas, la caballería.
Pensando que el general Córdova atacaría el centro por ser más débil. Este hondón y gran parte de las laderas se componían de pequeñas piezas de tierra cultivadas, todas ellas rodeadas por muros de lajas de piedra apilada. Su cuartel lo montó en el despoblado de Desiñana.
Las tropas cristinas al mando del general Luis Fernández de Córdoba estaban acuarteladas fuera del valle, al sur, en la población de Los Arcos.
Zumalacárregui tenía previsto desarrollar la batalla según el clásico modelo de Aníbal en Cannas: Aceptaría el encuentro en su centro que de forma escalonada comenzaría a retirarse en dirección Norte, haciendo que el enemigo avanzase por el hondón del valle, metiéndose por la boca de una “U”.
Llegada esta situación, los flancos, especialmente reforzado el izquierdo por las fuerzas complementarias que había ocultado durante la noche en el bosque de encinas de la montaña de Dos Hermanas (en el primer plano del dibujo) que se levanta tras Mendaza, se lanzarían desde los flancos y cuesta abajo sobre los cristinos.
Ya era cerca de medio dia cuando Córdova y Oráa comenzaron a invadir Berrueza por el Paso de San Gregorio, sus diecisiete batallones en columna; su dirección, la del centro de la línea carlista.
En vanguardia iba Oráa. A la izquierda la caballería. Todo parecía desarrollarse con respecto a los planes de Zumalacárregui.
En aquel momento Iturralde que podía haber pasado desapercibido adelanto sus batallones y los mostró al enemigo adelantándose a los designios de su general, error capital que les costó la victoria.
Cuando Córdova, el general cristino, muy poco dotado para el mando que ejercía, llegó con sus tropas al valle y al ver la formación del grueso de las tropas carlistas en el hondón de éste, estaba dispuesto a caer en la trampa al ordenar a Marcelino Oráa, jefe de su vanguardia, que marchase sobre el centro. Pero Oráa era un buen militar, con mucha experiencia que se remontaba a los tiempos en los que estuvo a las órdenes de Espoz y Mina durante la Guerra de la Independencia Española. Además era navarro y conocía muy bien el valle así como la astucia de Zumalacárregui.
Por ello desoyó a su jefe y marchó con su tropa hacia Mendaza, atacó el flanco izquierdo carlista. Ante este no previsto movimiento, Zumalacárregui hizo girar su tropa desplegada en el centro en dirección a Mendaza, para apoyar al amenazado flanco izquierdo. La tropa carlista tenía muy poca experiencia en maniobras y se desbarató al realizarla; por otro lado, ahora estaba desplegada de Sur a Norte, fuera de la protección de los muros de piedra y a tiro de la artillería cristina montada al Sur a la entrada del valle.
Los carlistas iniciaron pronto la desbandada, abandonando el campo a los cristinos, refugiándose en las laderas de los montes que encierran el valle, pasando al valle del río Ega, dando por perdida la batalla.
Cinco mortales horas duró el combate y la noche fue la salvación de que Zumalacárregui no sufriese más bajas e incluso su propia captura, ya que su caballo, durante la retirada, cayó en una zanja, aunque su genio militar alumbró un plan que puso en juego la Corona de España. Él planteó la partida y tuvo el temple suficiente para arrojar los dados. Y si perdió, no fue, ciertamente por culpa suya, sino por el mismo azar –en figura de Iturralde que le fue adverso-.
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Historias de la Historia de España. Capítulo 34. Éranse unos moros, un escudo, la única vez en la historia del país en que todos los políticos estuvieron de acuerdo, un fervor patriótico y un barrio de Madrid

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Desde 1840, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla sufrían constantes incursiones por parte de grupos marroquíes. A ello se unía el acoso a las tropas destacadas en distintos puntos, sobre todo en 1844, 1845, 1848 y 1854. Las acciones eran inmediatamente contestadas por el ejército, pero al internarse en territorio marroquí los agresores, la situación volvía a repetirse de forma habitual. Cuando en agosto de 1859 se atacó a un destacamento español que custodiaba reparaciones en diversos fortines, Leopoldo O’Donnell, Presidente del Gobierno en aquel momento, exigió al sultán de Marruecos un castigo ejemplar para los agresores. Sin embargo, esto no sucedió.
 O’Donnell, hombre de gran prestigio militar, y justo en el momento en el que estaba en plena expansión su política de ampliación de las bases de apoyo al gobierno de la Unión Liberal, consciente también que desde la prensa se reclamaba con insistencia una acción decidida del Ejecutivo, propuso al Congreso de los Diputados la declaración de guerra a Marruecos el 22 de octubre, tras recibir el beneplácito de los gobiernos francés e inglés, a pesar de las reticencias de este último por el control de la zona del estrecho de Gibraltar y que al final debilitarían la posición española al terminar el conflicto.
 Desarrollo de las operaciones
 La reacción popular fue unánime. La Cámara aprobó por unanimidad la declaración y todos los grupos políticos, incluso la mayoría de los miembros del Partido Democrático, apoyaron sin fisuras la intervención. En Cataluña y el País Vasco se organizaron centros de reclutamiento de voluntarios para acudir al frente, donde se inscribieron muchos carlistas, sobre todo procedentes de Navarra, en un proceso de efervescencia patriótica como no se había dado desde la Guerra de la Independencia.
 El ejército expedicionario, que partió de Algeciras, estaba compuesto por treinta y seis mil hombres,  sesenta y cinco piezas de artillería y cuarenta y un navíos entre buques de vapor, de vela y lanchas. O’Donnell dividió las fuerzas en tres cuerpos de ejército en los que puso al frente a los generales Juan Zavala de la Puente, Antonio Ros de Olano y Ramón de Echagüe. El grupo de reserva estuvo bajo el mando del general Juan Prim. El almirante Segundo Díaz Herrero fue nombrado jefe de la flota.
 Los objetivos fijados eran la toma de Tetuán y la ocupación del puerto de Tánger. El 17 de diciembre se desataron las hostilidades por la columna mandada por Zabala que ocupó la Sierra de Bullones. Dos días después Echagüe conquistó el Palacio del Serrallo y O’Donnell se puso al frente de la fuerza que desembarcó en Ceuta el 21. El día de Navidad los tres cuerpos de ejército habían consolidado sus posiciones y esperaban la orden de avanzar hacia Tetuán. El 1 de enero de 1860, el general Prim avanzó en tromba hasta la desembocadura de Uad el-Jelú con el apoyo al flanco del general Zabala y el de la flota que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. Las refriegas continuaron hasta el 31 de enero, en que fue contenida una acción ofensiva marroquí, y O’Donnell comenzó la marcha hacia Tetuán, con el apoyo de los voluntarios catalanes. Recibía la cobertura del general Ros de Olano y de Prim en los flancos. La presión de la artillería española desbarató las filas marroquíes hasta el punto de que los restos de éste ejército tomaron refugio en Tetuán, que cayó el día 6 de febrero.
 El siguiente objetivo era Tánger. El ejército se vio reforzado por las unidades voluntarias vascas, con gran número de carlistas, que en unos diez mil desembarcaron durante el mes de febrero hasta completar una fuerza suficiente para la ofensiva del 11 de marzo. El 23 de marzo se produjo la batalla de Wad-Ras en la que venció el ejército español y forzó la petición de paz del comandante marroquí Muley Abbás. Tras un periodo de armisticio de 32 días, se firmó el Tratado de Wad-Ras (en Tetuán) el 26 de abril, por el que España ampliaba el territorio de Ceuta y Melilla, recibía el pequeño territorio de Santa Cruz de Mar Pequeña —lo que más tarde sería Ifni— para establecer una pesquería, Marruecos pagaría una indemnización de guerra y, hasta que se hiciera efectivo, Tetuán era cedida a España.
 Tratado de Wad-Ras
 El tratado de Wad-Ras puso fin a la guerra. Fue firmado el 26 de abril de 1860 por el mismo, se declara a España vencedora de la guerra, y Marruecos es declarado perdedor y único culpable de la misma. El acuerdo estipuló lo siguiente:
 España amplía los territorios de Ceuta y Melilla a perpetuidad.
 El cese de las incursiones a Ceuta y Melilla.
 Marruecos reconocía la soberanía de España sobre las Islas Chafarinas.
 Marruecos indemnizaba a España con 100 millones de pesetas.
 España recibía el territorio de Sidi Ifni para establecer una pesquería.
 Tetuán quedaría bajo administración temporal española hasta que el sultanato pagase las deudas a España.
 Anecdotario
  Tras la Guerra de África, se hace acampar al ejército victorioso en un descampado al norte de Madrid, mientras se hacen los preparativos para una entrada triunfal en la capital, que nunca sucedió. Alrededor del campamento —que de provisional se iba convirtiendo en permanente— se fueron instalando comerciantes y se creó el barrio conocido hasta hoy como «Tetuán de las Victorias».
La guerra de África fue un completo éxito para el gobierno y aumentó su respaldo popular, pues levantó una gran ola de patriotismo por todo el país, a pesar de que “el desenlace de la guerra no colmó, sin embargo, las expectativas creadas en un clima de euforia patriótica que no tenía parangón en la historia reciente”.
La guerra de África produjo una gran cantidad de crónicas periodísticas -varios periódicos enviaron corresponsales a la zona-, relatos, obras literarias, canciones, cuadros, monumentos, etc., muchas de ellas teñidas de un patriotismo grandilocuente y propagandístico. El corresponsal del diario La Iberia, Núñez de Arce, escribió en una de sus crónicas:
El cielo me ha proporcionado la dicha de ser testigo de la empresa más grande, más heroica que ha acometido y llevado a feliz término nuestra querida España desde la gloriosa guerra de la Independencia
Una canción popular decía:
El día 6 de febrero
nos tenemos que acordar
que entramos los españoles
en la plaza de Tetuán.
La plaza de Tánger la van a tomar,
también han ganado la de Tetuán
La Diputación de Barcelona encargó al pintor Mariano Fortuny, nacido en Reus como el general Prim, una serie de cuadros conmemorativos, basados en los bocetos que había hecho Fortuny en su visita a los principales escenarios de la guerra. Una de las obras que más reconocimiento recibió fue una pintura de gran formato y visión panorámica titulada La Batalla de Wad-Ras, que le costó varios años terminar. Por su parte el gobierno llevó a cabo una “política de memoria”, aprovechando la ola de fervor patriótico, que se plasmó en nombres de plazas, calles y barrios -el barrio de Tetuán de las Victorias en Madrid; la plaza de Tetuán y la calle Wad-Ras en Barcelona; o la plaza de Tetuán en Valencia- y en monumentos públicos, como el levantado al general Juan Prim en Reus, su ciudad natal.

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En el mismo centro de Reus está la Plaza Prim, un lugar popular y con frenética actividad, y desde el que podemos recorrer todo lo que es el centro comercial de la ciudad. En el centro de la plaza se alza esta magnífica estatua en honor de uno de los personajes históricos mas importantes de la ciudad, no en vano participó en las guerras carlistas y fue presidente del consejo de ministros, llevando una vida muy activa en lo que a política nacional se refiere.

La estatua ecuestre es magnífica,  con el general alzando una espada, nada que ver con esas insulsas piezas de arte abstracto que pueblan muchas de nuestras plazas.

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  • Fontana, Josep (2007). La época del liberalismo. Vol. 6 de la Historia de España, dirigida por Josep Fontana y Ramón Villares. Barcelona: Crítica/Marcial Pons. ISBN 978-84-8432-876-6.
  • Fuentes, Juan Francisco (2007). El fin del Antiguo Régimen (1808-1868). Política y sociedad. Madrid: Síntesis. ISBN 978-84-975651-5-8.

Historias de la Historia de España. Capítulo 13. Érase un aspirante al Trono y una Guerra Civil.

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Segundo hijo de Carlos IV, y de María Luisa de Borbón-Parma; n. en Madrid el 28 mar. 1788. Personalidad y carácter. Hermano de Fernando VII y un año menor que él, su educación estuvo confiada a maestros y consejeros insignes que lograron darle una esmerada formación política, religiosa y humana. Los más destacados fueron D. José Bazán de Silva, marqués de Santa Cruz, y D. Vicente de la Vera y Ladrón de Guevara, duque de Roca y marqués de Sofraga. Su formación religiosa y moral corrió a cargo del sacerdote escolapio D. Felipe Scio; la científica estuvo en manos de D. Fernando, hermano del anterior, mientras que su instrucción militar fue dirigida por el coronel de Artillería D. Vicente María de Maturana. El logro de tan concienzuda labor ha sido muy discutido por la posterior historiografía. Para los escritores liberales (Lafuente, Pírala, Galdós), C. se convirtió en un ambicioso, fanático, absolutista, intransigente, amparador de intrigas, con exagerado fanatismo religioso, etc. Para los defensores del tradicionalismo español (Galindo Herrero, Ferrer, Tejera, Acedo) fue infante modelo, «piadoso, formado con espíritu de religiosidad rayana en la pureza más extremada de costumbres, y severo en sus devociones… conocedor de la vida y de los deberes militares… Aficionado a las letras y a las Ciencias… aficionado a la Historia, y su cultura se refleja en la palabra fácil y en la dicción correcta. Amaba a España, pero era, sobre todo, fervoroso católico…».
Hoy sabemos que era amante del saber y de las letras, aunque está claro que no poseía una preclara inteligencia; de carácter noble y bondadoso, de vida intachable, impregnado de un misticismo y religiosidad fervientes, pero de una ingenuidad innegable; austero, de fidelidad probada, pero amigo también de dejarse llevar por consejeros y colaboradores que tal vez arrastraron su causa al desprestigio. Su físico, también discutido, presenta en cambio una mayor unanimidad: «El físico de D. Carlos era agradable… estatura gallarda y severo continente… gravedad constante y un andar majestuoso y digno. Sus cabellos, casi castaños, su frente ancha y despejada, su mirada tranquila, sus ojos hundidos, su nariz y barba borbónica, su largo bigote rubio y su sonrosada tez hacían de su rostro una fisonomía simpática»
Tenía 20 años cuando la invasión de las tropas francesas y la traición de Napoleón, que obligó a la familia real a cruzar la frontera camino del destierro. Su inquebrantable negativa a firmar la renuncia de sus derechos sobre la Corona de España, tras la forzada abdicación de su padre y de su hermano, le valió la prisión en el castillo de Marrac y, posteriormente en el de Valengay, donde pasó junto con Fernando VII todo el periodo de la guerra de la Independencia. Terminada ésta y puesto en libertad (1814), regresó a España junto a su hermano Fernando, con el que recorrió Cataluña, Aragón y Valencia antes de llegar a Madrid. Poco después, ya con 26 años, ocupaba sus primeros cargos, puesto que el 14 de junio de 1814 era nombrado general de los Carabineros Reales y dos meses después capitán general y generalísimo de los Reales Ejércitos. A partir de este momento pudo asistir a las reuniones de los Consejos y, en ausencia de Fernando, presidía normalmente los de Guerra y Estado. Desde estos puestos de responsabilidad no abandonó su inclinación a las Ciencias y a las Artes, dando buena prueba de ello con sus frecuentes visitas y donaciones a las Univ. de Valencia, Sevilla y Alcalá de Henares, de las que se declaró protector.
En 1816, viéndose la conveniencia del matrimonio de Fernando se eligieron a las infantas portuguesas Dª María Isabel y Dª María Francisca de Asís, hijas de la Infanta de España, Dª Joaquina Carlota, y del príncipe del Brasil D. Juan, más tarde Juan VI de Portugal. La boda, que se celebró el 23 sept. 1816, fue el comienzo de una nueva etapa para el infante, puesto que desde entonces la influencia de la austera y enérgica María Francisca se dejó sentir claramente en su vida. La revolución liberal iniciada en Cabezas de San Juan (1820), que implantó en España la Constitución de 1812, puso a prueba la obediencia a su rey, a la que tanto se ha aludido posteriormente, ya que una vez jurada la Constitución por Fernando VII, Carlos. prometió «guardarla, ser fiel al rey y desempeñar debidamente sus cargos».
 Los orígenes del carlismo
 Tras los años de intranquilidad política y después de las penalidades de aquella peregrinación por tierras – andaluzas (Sevilla, Cádiz), cortada por la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823, el panorama de la vida de don Carlos. cambia completamente. España ha regresado, con este golpe, al régimen de plena soberanía real, o absolutista. Sin embargo, prosigue el descontento, manifestado, muchas veces, por los propios elementos realistas o tradicionales. Todo se debe a que algunos de los realistas que antes se han opuesto con las armas al gobierno liberal y que ahora comienzan a mostrar su disconformidad con la vacía política de Fernando VII, empiezan a ver en el infante (heredero oficial de la Corona, por carecer de hijos el rey) la esperanza del realismo español y la principal defensa contra las ideas liberales. De ello dan muestra muy pronto varias conspiraciones y alzamientos (Adamé, Bessiéres, los Agraviados), que intentan proclamarle rey, sin que el infante autorizase semejantes movimientos. Ya hacia 1824 aparece el germen de un partido, mal dibujado todavía, cuyos miembros reciben el nombre de carolinos o carlinos. A partir de 1827 comienza a generalizarse la denominación carlista.
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En esta situación, Fernando VII, que había perdido a la reina Da Amalia el 18 mayo 1829, decidió contraer nuevo matrimonio con su sobrina María Cristina, enlace que, celebrado el 9 de diciembre del mismo año, vino a alterar por completo el panorama. Naturalmente este suceso levantó el recelo y la oposición de los carlistas puesto que a partir de este momento existía la posibilidad de que el monarca tuviera aún descendencia masculina y de que, por ello, Carlos quedase desheredado. Más por si esto fuera poco y en prevención de que fuera hembra, lo cual presentaría un grave litigio, Fernando VII promulgó el 29 mar. 1830 la Pragmática Sanción, que derogaba el Auto acordado de 1713, a semejanza de la ley que las Cortes habían establecido ya en 1789, aunque en aquella ocasión no fuera sancionada y promulgada por el entonces rey, Carlos IV. En vista de tal determinación, los carlistas, con el infante a la cabeza, protestaron de la ilegalidad que representaba una reforma no refrendada por las Cortes. Más cuando meses después, el 10 oct. 1830, la reina María Cristina dio a luz a la princesa Isabel (Isabel II), el problema dinástico quedó definitivamente planteado y con él el conflicto ideológico que impulsará a carlistas e isabelinos en su enfrentamiento durante la guerra civil.
La guerra la planteó Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, por la cuestión sucesoria, ya que había sido el heredero al trono durante el reinado de su hermano Fernando VII, Se restablecía así el derecho sucesorio tradicional castellano, recogido en Las Partidas, según el cual podían acceder al trono las hijas del rey difunto en caso de morir el monarca sin hijos varones.
No obstante, Carlos María Isidro, no reconoció a Isabel como princesa de Asturias y cuando Fernando murió el 29 de septiembre de 1833, Isabel fue proclamada reina bajo la regencia de su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, y Carlos en el Manifiesto de Abrantes mantuvo sus derechos dinásticos, llevando al país a la Primera Guerra Carlista.
La cuestión dinástica no fue la única razón de la guerra. Tras la Guerra de la Independencia, Fernando abolió la Constitución de 1812, pero tras el Trienio Liberal (1820-1823), Fernando VII no volvió a restaurar la Inquisición, y en los últimos años de su reinado permitió ciertas reformas para atraer a los sectores liberales, que además pretendían igualar las leyes y costumbres en todo el territorio del reino eliminando los fueros y las leyes particulares, al tiempo los sectores más conservadores se agrupaban en torno a su hermano Carlos.
El campo y las pequeñas ciudades del País Vasco y Navarra apoyaron mayoritariamente al pretendiente Carlos debido a su tradicionalismo foral, gracias al apoyo que le dio el bajo clero local. Muchos autores han especulado con la posibilidad de que la causa carlista en el País Vasco y Navarra fuese fundamentalmente foralista. No existe consenso en este análisis, puesto que otros autores rebaten esta interpretación, haciendo la principal razón del apoyo vasconavarro al influjo del clero en la sociedad.
En Aragón y Cataluña se vio como una oportunidad de recuperar sus derechos forales, perdidos tras la Guerra de Sucesión Española, mediante los Decretos de Nueva Planta. La jerarquía eclesiástica se mantuvo ambigua, aunque una parte importante del clero (como por ejemplo, el famoso Cura Merino) se unió a los carlistas.
En el otro bando, los liberales y moderados se unieron para apoyar a María Cristina y a su hija Isabel. Controlaban las principales instituciones del Estado, la mayoría del ejército y todas las ciudades importantes. Los liberales recibieron apoyo del Reino Unido, Portugal y Francia en forma de créditos para el tesoro y de fuerzas militares. Los británicos enviaron la Legión Auxiliar Británica, cuerpo de voluntarios al mando del general George Lacy Evans, en tanto que la Royal Navy realizaba funciones de bloqueo. Los portugueses enviaron una división auxiliar bajo el mando del Barón das Antas y los franceses la Legión extranjera francesa además de colaborar en el control de la frontera y de las costas españolas.
Las fuerzas carlistas del norte quedaron centradas en la figura de Tomás de Zumalacárregui, que organizó en poco tiempo un ejército carlista en Navarra, al que también se unieron los carlistas vascos debilitados tras la expedición de Pedro Sarsfield.
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Zumalacárregui equipó a sus hombres con armas tomadas a los ejércitos cristinos en el campo de batalla o en ataques contra fábricas o convoyes, y consciente de su inferioridad numérica y armamentística reprodujo la táctica guerrillera que conocía desde la Guerra de Independencia, amparándose en lo accidentado del relieve y en el apoyo de gran parte de la población civil. El 7 de diciembre de 1833, las diputaciones de Vizcaya y de Álava le nombraron jefe de las tropas de estas provincias. Muy popular entre sus soldados (le llamaban “Tío Tomás”), no dudó en mostrarse cruel en la represión de los liberales ni en emplear el terror para mantener controlado el territorio.
Batallas y acciones
Acción de las Peñas de San Fausto. 19 de agosto de 1834. Vencen los carlistas de Zumalacárregui a Carandolet.
Acción de Alegría de Álava. 27 de octubre de 1834. Vencen los carlistas de Zumalacárregui sobre O´Doyle.
Acción de la Venta de Echavarri. 28 de octubre de 1834. Vencen los carlistas de Zumalacárregui sobre Osma.
Mendaza. 12 de diciembre de 1834. Vencen liberales de Córdova sobre Zumalacárregui.
Primera Batalla de Arquijas. 15 de diciembre de 1834. Indecisa.
Acción de Artaza. 20 al 22 de abril de 1835. Vencen los carlistas de Zumalacárregui sobre Jerónimo Valdés
Mendigorría. 16 de julio de 1835. Vencen liberales de Córdova sobre Gómez Moreno.
Arlabán. 16 a 17 de enero 1836. Indecisa.
Villarrobledo. 20 de septiembre de 1836. Vencen los liberales.
Luchana. 24 de diciembre de 1836. Vencen liberales de Espartero.
Acción de Las Cabrillas. 18 de febrero de 1837. Campos de Buñol. Crehuet-Cabrera.
Oriamendi. 10 al 16 de marzo de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Lacy Evans.
Huesca. 24 de mayo de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Iribarren.
Barbastro. 2 de junio de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Oráa.
Chiva. 15 de julio de 1837. Vencen liberales de Oráa sobre el infante Sebastián.
Villar de los Navarros. 24 de agosto de 1837. Vencen carlistas del infante Sebastián sobre Buerens.
Peñacerrada. 20 a 22 de junio de 1838. Vencen liberales de Espartero sobre Guergué.
Conquista de Morella. 26 de enero de 1838. Vencen carlistas de Cabrera sobre el gobernador Bruno Portillo.
Morella. 24 julio a 24 agosto de 1838. Vencen carlistas de Cabrera sobre Oraa.
Maella. 1 octubre de 1838. Vencen carlistas de Cabrera sobre Pardiñas.
Ramales y Guardamino. 27 de abril al 13 de mayo de 1839. Vencen liberales de Espartero sobre Maroto.

 

La falta de cabezas directoras en el bando carlista, la misma torpeza e ingenuidad de su jefe y la actuación de la camarilla que le rodeó, falta de capacidad y dinamismo, contribuyeron a restarle popularidad, a la escisión interna y al total hundimiento de su causa. Al fin, el principal general carlista, Maroto, cansado de la situación interna del partido y de la oposición de ciertos elementos (Guergué, Carmona, etc.) que había tenido que ahogar en sangre, se aviene a la negociación de un convenio firmado en Oñate (29 ag. 1839), y confirmado en Vergara el 31 del mismo mes.
El destierro. Mientras, Carlos se veía precisado a cruzar la frontera por Dancharinea, camino del exilio. Aún desde Bourges, donde fue internado por el gobierno francés, dirigió varios manifiestos a sus leales defensores. Años después, 18 mayo 1845, obedeciendo a una nueva opinión que trataba de conciliar a los dos partidos enemigos, el pretendiente abdicó en su hijo primogénito, el infante Carlos Luis, conde de Montemolín, a quien se intentaba casar con Isabel II.
Sin embargo, las diferencias nacidas dentro de esta nueva tendencia impidieron toda reconciliación; una corriente, aceptada por el príncipe y presentada por el diario La Esperanza, trataba de unir a ambos en igualdad de derechos, figurando los dos como reyes a semejanza de los Reyes Católicos; otra, la tesis de El Pensamiento de la Nación, defendida principalmente por Balmes, pretendía la unión bajo la base de que D. Carlos pasaría a ser rey desde el momento de su matrimonio con Isabel II, reina de España. Poco después de su abdicación, Carlos. se retiró a Italia en compañía de su segunda mujer, María Teresa de Braganza y Borbón, princesa de Beira, con la que había contraído matrimonio en octubre de 1838. Aunque de ésta no tuviera descendencia, de su anterior esposa María Francisca había tenido a los infantes D. Carlos Luis, conde de Montemolín, D. Juan Carlos y D. Fernando María. En Italia vivió hasta su muerte acaecida el 10 mar. 1855 en Trieste, en cuya catedral fue enterrado.
 Semblanza final
No cabe duda de que Carlos, a quien tanto las fuentes realistas como las liberales reconocen indudable valor y pericia militar, más buena intención que voluntad y un comportamiento noble y caballeresco, no supo aprovechar la oportunidad que se le presentó de dar su definitivo sentido al partido renovador y tradicionalista que lo apoyaba. Su falta de visión y de capacidad que le impidieron aprovechar en muchas ocasiones las circunstancias,- la misma indecisión que le caracterizó, permitieron que muchos de los colaboradores que le rodearan pudiesen adoptar unas medidas que no contribuyeron a definir su política ni a fortalecer su prestigio. La escisión que tales debilidades produjeron en el partido carlista ocasionó su falta de popularidad en España y, en consecuencia, su ulterior derrota.

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Fuentes
Pintura ecuestre-militar August ferrer Dalnau
BIBL.: M. FERRER, D. TEJERA Y 1. ACEDO, Historia del Tradicionalismo español, III-XIV, Sevilla 1942; A. PIRALA, Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, I,, Madrid 1853; OVILO y OTERO, D. Carlos María Isidro de Borbón. Historia de su vida militar y política, Madrid 1844-45; R. SÁNCHEZ, Historia de D. Carlos y de la guerra civil de España, Madrid 1844; 1. CASARIEGO, Carlos V, o el príncipe insobornable, Sevilla 1940; CONDE DE RODEZNO, La princesa de Beira y los hijos de D. Carlos, Madrid 1928; S. GALINDo HERRERO, Breve Historia del Tradicionalismo Español, Madrid 1956.
  • Alfonso Bullón de Mendoza: Auge y ocaso de Don Carlos. La Expedición Real, Madrid 1986
  • Jordi Canal: El Carlismo, Madrid 2000
  • Carlos Canales: La Primera Guerra Carlista (1833-1840), uniformes, armas y banderas. Ristre, Madrid 2006

LA PRIMERA GUERRA DE ÁFRICA (1859 – 1860)

Alarde militar español ante Marruecos y la opinión pública mundial, que acabó con “una paz chica para una guerra grande”.

La guerra de África de 1.859-1.860, fue un acontecimiento importantísimo durante el siglo XIX.
Fue una de las escasas guerras del siglo , en las que los españoles no se enfrentaron entre si.
El fervor popular que produjo este conflicto, es algo inimaginable hoy en día.

Guerra de África
22 de octubre de 1859 – 26 de abril de 1860
Lugar: Norte de Marruecos
Resultado: Victoria española
Beligerantes
Reino de España-Sultanato de Marruecos
Generales Españoles
Leopoldo O’Donnell, Segundo Díaz Herrero, Juan Prim y Prats
Juan Zavala, Antonio Ros de Olano
Contra 
Muley el-Abbás
Fuerzas en combate
Ejército expedicionario Español
40.000 soldados, 65 piezas de artillería, 41 navios
Ejército Real Marroquí
• 140.000 efectivos
Bajas
4.000 Españoles – 6.000 Marroquíes


Entre los años 1843 y 1844 las ciudades de Ceuta y Melilla sufrieron una serie de ataques por parte de fuerzas marroquíes. En 1844 un agente consular español fue asesinado en Marruecos. El general Narvaez, presidente del gobierno español, protestó ante el sultán Muley Soleiman de forma tan enérgica que casi se llegó al borde de la guerra. Inglaterra medió en la disputa y logró que el sultán firmara en Tanger un acuerdo con España el 25 de agosto de 1844, que fue posteriormente ratificado por el Convenio de Larache el 6 de mayo de 1845, en el que, entre otros acuerdos, se fijaron los límites de la ciudad de Ceuta.

A pesar de la firma del convenio, las ciudades de Ceuta y Melilla continuaron sufriendo constantes incursiones por parte de grupos marroquíes. A ello se unía el acoso a las tropas destacadas en distintos puntos, sobre todo en 1845, 1848 y 1854. Las acciones eran inmediatamente repelidas por el ejército, sin que éste pudiera internarse en territorio marroquí en persecución de los agresores, por lo que la situación se repetía de forma habitual. De esta forma, el gobierno español decidió dar un golpe de efecto para frenar los ataques marroquíes e invadió sin previo aviso las islas Chafarinas en 1848.

Las islas Chafarinas se encuentran a 27 millas al este de Melilla. Habían estado desabitadas desde siempre, siendo consideradas como “res nulius” o tierra de nadie. El general Narvaez ordenó su ocupación, por lo que el 6 de enero de 1848 tropas españolas procedentes de Melilla y Málaga desembarcaron en el archipiélago, adelantándose con ello en seis horas a los planes de ocupación que los franceses iban a poner en ejecución. A partir de entonces se iniciaron una serie de encuentros entre ESpaña y Marruecos que culminaron en 1859 con la firma del Convenio de Tetuán, donde se pretendía poner fin a los problemas fronterizos entre ambos países.

Simultáneamente, España decidió materializar la defensa de los límites de Ceuta pactados en el Convenio de Larache mediante la construcción de una serie de fuertes. El 11 de agosto de 1859, el destacamento español que custodiaba la construcción del cuerpo de guardia de Santa Clara en el campo exterior fue objeto de agresiones por parte de los rifeños de Anyera, que destruyeron parte de las fortificaciones y arrancaron y ultrajaron el escudo de España. El 24 de agosto los marroquíes repitieron la misma acción hostil. Cuando la noticia llegó a la Península, una ola de indignación recorrió el país.[01].

<- El general don Leopoldo O’Donnell, presidente del Gobierno español en aquel momento, pensó llegado el momento de colocar a España de nuevo entre las potencias de primer orden, por lo que no quiso perder la oportunidad de obtener una victoria militar fulminante [02]. Para ello, exigió al sultán de Marruecos, Muley Mohamed, un castigo ejemplar para los agresores. El 5 de septiembre el cónsul español de Tánger presentó un ultimatun a Marruecos: exigió la reposición de los destruidos escudos fronterizos de España, que fueran saludados por las tropas del sultán, y que los autores del hecho fueran castigados en Ceuta ante la guarnición española. El documento finalizaba con estas palabras:

“Si S.M. el Sultán se considera empotente para ello decidlo prontamente y los ejércitos españoles, penetrando en vuestras tierras, harán sentir a esas tribus bárbaras, oprobio de los tiempos que alcanzamos, todo el peso de su indignación y arrojo.”

Poco después el sultán falleció, y su hijo Mohamed Abdalrahman nunca cumplió el requerimiento del presidente del gobierno español. La respuesta dada por Marruecos fue difusa y ambigua. El general O’Donnell era un hombre de gran prestigio militar. La agresión marroquí sobrevino justo en el momento en el que estaba en plena expansión su política de ampliación de las bases de apoyo al gobierno de la Unión Liberal, consciente también que desde la prensa se reclamaba con insistencia una acción decidida del Ejecutivo, O’Donell propuso al Congreso de los Diputados la declaración de guerra a Marruecos el 22 de octubre. Por ello su gobierno se movió con rapidez y consiguió apoyos diplomáticos en el resto de países europeos, utilizando argumentos de honor mancillado y falta de seguridad en sus fronteras.tras recibir el beneplácito de los gobiernos francés e inglés, a pesar de las reticencias de este último por el control de la zona del estrecho de Gibraltar y que al final debilitarían la posición española al terminar el conflicto.

El desarrollo de la guerra

La reacción popular fue unánime. Toda la sociedad española acogió la guerra con entusiasmo. La Cámara aprobó por unanimidad la declaración y todos los grupos políticos, incluso la mayoría de los miembros del Partido Democrático, apoyaron la intervención.

En Cataluña y el País Vasco se organizaron centros de reclutamiento de voluntarios para acudir al frente, donde se inscribieron muchos carlistas, la mayoría procedía de Navarra. En un proceso de efervescencia patriótica como no se había dado desde la Guerra de la Independencia. El presidente de la Diputación de Barcelona, Victor Balaguer, organizó un Tercio de Voluntarios que se pondría directamente al mando del general Prim

El ejército expedicionario, que partió de Algeciras, estaba compuesto por treinta y seis mil hombres, sesenta y cinco piezas de artillería y cuarenta y un navíos entre buques de vapor, de vela y lanchas. O’Donnell dividió las fuerzas en tres cuerpos de ejército en los que puso al frente a los generales Juan Zavala de la Puente, Antonio Ros de Olano y Ramón de Echagüe. El grupo de reserva estuvo bajo el mando del general Juan Prim. El almirante Segundo Díaz Herrero fue nombrado jefe de la flota.

Los objetivos fijados eran la toma de Tetuán y la ocupación del puerto de Tánger. El 11 de diciembre de 1859, tras 40 días del comienzo de las hostilidades, el Tercer Cuerpo de Ejército, al mando del Teniente General Ros de Olano, embarcó en el puerto de Málaga en 19 naves que le condujeron a Ceuta [03]. El 17 de diciembre se desataron las hostilidades por la columna mandada por Zabala que ocupó la Sierra de Bullones. Dos días después Echagüe conquistó el Palacio del Serrallo y O’Donnell se puso al frente de la fuerza que desembarcó en Ceuta el 21. El 25 de diciembre de aquel año, los tres cuerpos de ejército habían consolidado sus posiciones y esperaban la orden de avanzar hacia Tetuán.


Avance del ejército español en Marruecos desde Ceuta (1859-60) Click en la imagen para ampliar). 

El 1 de enero de 1860, el general Prim avanzó en tromba hasta la desembocadura de Uad el Jelú con el apoyo del general Zabala y el de la flota que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. Los ataques continuaron hasta el 31 de enero, en que fue contenida una acción ofensiva marroquí, y O’Donnell comenzó la marcha hacia Tetuán, con el apoyo de los voluntarios catalanes.

Recibía la cobertura del general Ros de Olano y de Prim en los flancos. La presión de la artillería española venció a las filas marroquíes hasta el punto de que los restos de éste ejército tomaron refugio en Tetuán, que cayó el día 6 de febrero.

El 1 de enero de 1860 se libró la batalla de Castillejos, que resultó la primera victoria española el campo abierto. El general Prim avanzó en tromba hasta la desembocadura de Uad el Jelú con el apoyo al flanco del general Zabala y el de la flota, que mantenía a las fuerzas enemigas alejadas de la costa. En el momento más crítico de la batalla el general Prim se lanzó hacia las filas enemigas enarbolando la bandera de España, arrastrando con su acción a los soldados del Regimiento de Córdoba.

Las refriegas continuaron hasta el 31 de enero, dia en que fue contenida una acción ofensiva marroquí y se logró una nueva victoria en el Monte Negrón, abriéndose con ello el camino del Ejército Expedicionario hacia Tetuán. El avance español fue detenido por las tropas marroquíes el 4 de febrero, dando lugar con ello a la batalla de Tetuán. Los combates tuvieron lugar los días 4 y 5 de febrero. Los españoles recibían la cobertura de los generales Ros de Olano y Prim en los flancos. La presión de la artillería española desbarató las filas marroquíes hasta el punto de que los restos de éste ejército tomaron refugio en Tetuán, que cayó en manos españolas el día 6 de febrero. Ese días los voluntarios catalanes izaron la bandera de España en la alcazaba de la ciudad.

Alcanzado el primer objetivo, comenzaron los preparativos para la consecución del segundo: la ciudad de Tánger. El ejército se vio reforzado por las unidades voluntarias vascas, con gran número de carlistas, que en un número aproximado de unos 10.000 hombres más, desembarcaron durante el mes de febrero hasta completar una fuerza suficiente para la ofensiva del 11 de marzo.

El 11 de marzo se libró el duro combate de Samsa. Los españoles se enfrentaron esta vez a muchedumbres de cabileños del Rif, llegados expresamente de sus montañas para demostrar a los flojos tetuaníes y a los miedosos “moros del Rey” cómo se combatía para echar a los cristianos al mar. Sin embargo, tampoco ellos lograr frenar el avance español.

Los españoles prosiguieron su marcha hacia Tánger, donde se encontraba el sultán en esos momentos. El día 23 de marzo las tropas españolas, dirigidas por los generales Rafael Echagüe, Antonio Ros de Olano y Joan Prim, vencieron contundentemente a las fuerzas marroquíes en la batalla de Wad-Ras. La victoria militar española aplastó a las tropas del Sultán. El generalísimo marroquí Muley el Abbas, hermano del Sultán, prefirió capitular ante los españoles antes que correr el riesgo de cerrarles el paso del Fondak de Ain Yedida y, con él, el paso hasta Tánger.

Tras un periodo de armisticio de 32 días, el 26 de abril se firmó en Tetuán el Tratado de Wad-Ras.

TRATADO DE WAD-RAS (26 de abril de 1860) 

El tratado de Wad-Ras puso fin a la guerra. Fue firmado en Tetuán el 26 de Abril de 1860. Por el tratado, se declara a España vencedora de la guerra, y Marruecos es declarado perdedor y único culpable de la misma. A pesar de la victoria lograda, España no logró ninguna expansión territorial ni ventaja importante, pues ni Francia ni Inglaterra lo consintieron. El acuerdo, calificado popularmente como una “paz chica para una guerra grande”, estipuló lo siguiente:

·Se ratificó el convenio firmado el 24 de agosto de 1850 sobre el dominio de la plaza de Melilla a perpetuidad, que vió aumentado su perímetro fuera del área fortificada mediante el establecimiento de una zona de seguridad alrededor de la ciudad y de una zona neutral, y de los peñones de Vélez de la Gomera y Alhucemas.

·Se aumentó el área de dominio de Ceuta y sus alrededores a perpetuidad, incluyendo todo el territorio que iba desde el mar, pasando por los altos de la Sierra de Bullones, hasta el barranco de Anghera.

·El cese de las incursiones a Ceuta y Melilla. Para ello España consiguió que se instalase un caid del Sultán al mando de una mehal-la armada frente a las ciudades de Ceuta y Melilla con misiones de policía.

·Marruecos reconocía la soberanía de España sobre las Islas Chafarinas.

·Marruecos aceptó el pago a España de 400 millones de reales (100 millones de pesetas), en concepto de indemnización de guerra. Era evidente que esta suma no se llegaría a cobrar nunca en su totalidad; y cuando se pactó el 20 de noviembre de 1861 un tratado de comercio que declaraba a España como “nación más favorecida”, el mismo fue aprovechado por otros países mejor preparados para beneficiarse de sus cláusulas.

·España recibía a perpetuidad el territorio alrededor del fortín de Santa Cruz de la Mar Pequeña (posteriormente denominado Sidi Ifni), frente a las islas Canarias, para establecer una pesquería en el asentamiento de una antigua factoría española creada en la zona en época de Isabel la Católica.

·Tetuán quedaría bajo administración temporal española hasta que el sultanato pagase las deudas a España. A pesar de ello, las tropas españolas evacuaron Tetuán dos años y tres meses después de la firma del tratado, en julio de 1862.

·España recibió autorización para que sus misioneros pudieran instalarse en Fez y para construir una iglesia frente al Consulado de España en Tetuán.


Carga de la Batalla de Castillejos, por Ferrer-Dalmau.

La situación de España a mediados del siglo XIX no era nada halagüeña. Desde el año 1833, fecha de la muerte de Fernando VII, el país había vivido en un constante estado de tensión; su empobrecimiento era evidente y su perdida de importancia entre las potencias europeas muy significativa. A esto había que ir añadiendo una serie de hechos que que dejaron al país convulso e inmerso en una desatada crisis interior.:

·La Guerra Carlista de 1833, conflicto interno que duraría hasta 1839 -y en Cataluña hasta 1840-.
·La revolución de 1840, que propiciaría la caída de la regente María Cristina.
·El pronunciamiento contra Espartero de 1841 por parte de O`Donnell y el levantamiento posterior contra el mismo que hubo en Barcelona un año después.
·Los brotes republicanos de la Ciudad Condal de 1843.
·La llamada “rebelión de los esclavos” de 1844 en la isla de Cuba.
·El comienzo en 1846 de la guerra de los “matiners” en Cataluña (segunda Guerra Carlista), -conflicto que duró tres años-.
·Los pronunciamientos esparteristas 1844-46.
·El atentado contra Isabel II de 1852.
·El pronunciamiento militar de 1854 de Vicálvaro.

Así, en esta situación, la perspectiva de buscar un enemigo exterior, un enemigo que pudiera compilar todos los sentimientos dispares del país centrándolos únicamente en su amenaza, podía ser la solución idónea para mitigar y envolver la oscura situación de España en ese preciso momento.

El fervor que despertó la guerra de Marruecos reportó escasos beneficios territoriales y económicos, y costó muchas vidas. Aunque O`Donnell dijo de la guerra, una vez concluida, que “consiguió levantar a España de su postración”, tuvo un costo demasiado elevado; más de 7.000 muertos por el bando español (2/3 partes de los mismos a consecuencias de una epidemia de cólera y la temible disentería). Aunque se trata de un ejemplo clásico de “guerra de honor”, palabras que definían en la época un conflicto sin demasiado interés económico, hay que apuntar que, desde la perspectiva histórica del siglo XXI, no sirvió para gran cosa, pues ni se resolvieron los problemas internos del país ni España aumentó su prestigio internacional.
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Notas

[01] La Gazeta Militar: “¡Al África debe dirigirse la voz de la civilización! ¡Al África el ruido de las armas y las batallas!”. La España (periódico liberal): “La providencia parece no solo llamarnos, sino empujarnos a cumplir nuestro destino”. Emilio Castelar: “Nuestra espada debe abrir el camino de la civilización en África”. 

[02] General O´Donnell: “Si hemos de ir al África, si la guerra se hace indispensable, es necesario llevar todos los medios de triunfar, es necesario llevar aprestos, es necesario llevar hospitales, es necesario llevar los recursos indispensables para asegurar la victoria”.

[03] El cronista y dibujante Charles Yriarte describió así el momento de la partida de las tropas: “La muchedumbre llenaba los muelles; volteaban las campanas, una banda militar tocaba la “Marcha Real”, los vítores de la multitud se mezclaban con el silbido de las locomotoras. Desde lo alto del muelle el obispo de Málaga bendecía las naves y las tropas; a su alrededor, la multitud devota se arrodillaba rogando por los que partían y que quizá nunca más volverían a ver tierra española.” 

[04] Un cronista español de la época veía así al ejercito marroquí: “El ejército se compone en su mayor parte de negros, en número de cinco o seis mil, y los judíos tienen prohibida su entrada en el mismo. También se compone de negros la guardia del sultán, sea porque tenga en ellos más confianza, o por la reputación de que gozan de valientes. Además, cada “cabila” o partido suministra sus compañías y llevan su pendón de distinto color, colgado de un astil, que determina por una esfera dorada o plateada de 3 ó 4 pulgadas de diámetro. No se obliga a nadie a entrar en la milicia, ni a ir a la guerra … pero por su carácter naturalmente belicoso, a la primera orden del Monarca pueden en poco tiempo reunirse 100.000 hombres armados, porque todos los moros tienen armas, no habiendo leyes prohibitivas sobre el particular … Cinco mil infantes, cuarenta mil caballos, seis u ocho piezas de artillería, he aquí la proporción que en sus ejércitos guardan las diferentes armas … La infantería, base y nervios de nuestros ejércitos (los españoles), desempeña entre los moros un papel casi insignificante. La artillería, reputada por el arma decisiva de los combates, es casi desconocida entre los marroquíes, y el poco unos que hacen de ella lo deben a los renegados… En cuanto el sistema administrativos, hay poco que decir. Son muy pocos los soldados que tienen señalada una paga mensual, corriendo en tal caso con su manutención. En su defecto, el Sultán, de tiempo en tiempo y sin regla alguna, acostumbra a distribuir gruesas sumas de dinero entre los diferentes cuerpos, que sentados en el suelo se las reparten por igual, sin más fuerza ni razón. El mismo método se sigue en cuanto a los caballos, vestuarios y babuchas, que da Su Majestad cuando le place. Sin embargo, casi todos los meses hay lo que se llama “almona”, y consiste en el reparto de trigo, cebada, aceite y demás que los pueblos en contribución; la cual, como en toda el África, consiste en el diezmo de los frutos. Con esto se mantienen las tropas, menos cuando están en campaña, porque entonces todos los “aduares” y hasta el más retirado campesino, acuden a la primera orden del Bajá, con su porción de cebada, pan, gallinas, carneros, lecha y manteca de vaca; de modo que las tropas no sólo viven en la abundancia, sino que derrochan, habiendo más o menos orden en el reparto y consumo, según el buen sentido, o el arbitrario manejo de los Bajás…”

Fuentes

Diario de un testigo de la Guerra de África (Pedro Antonio de Alarcón, 1880)
Crónica de la Guerra de África (Emilio Castelar y otros, 1859)