2ª Parte, cap. 22 del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

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… Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años en el cual le ocupó dos con tanta animosidad valor y prudencia, que ofreciéndole una salida habiendo de nombrar caudillo, le pidió a voces todo el ejército y se le encargó aquel acometimento del cual dio tan buena cuenta, que acabó lo que no había podido otros caudillos, por lo cual el general le dio título de capitán con mucha gloria y aplauso de todos.

En este cargo aunque lo recibió menos que de veynte y dos años hizo alarde y muestra de sus heroicas virtudes valor invencible asentada nativa, era gran maestre de milicia y con su ejemplo instruía, de suerte que todos los soldados aunque fueran ciervos, imitándole eran leones.

Dél se puede decir que dijo un retórico de Alejandro que ni en sus determinaciones faltó prudencia , ni en los asaltos y batallas osadía, ni en el repartir a sus soldados lo que tenía liberalidad, porque cuando se ofrecía algún consejo de dificultad y duda el suyo eran tan acertado que los muy experimentados lo aprobaban por de muy sabio.

Si peleaba con los enemigos emprendía tales hazañas que descubría suma valentía. Si había ocasiones de saco y riqueza, de tal suerte los sabía repartir no acordándose de sí mismo que todos le quedaban obligados y aficionados, si sabía de la necesidad de algún soldado la remediaba, aunque se lo quitase de la boca y favorecióle el Cielo este ánimo tan hidalgo y liberal que siempre le dio para que tuviese qué dar.

Acabada aquella jornada volvió a México y el virrey le ocupó dándole una conduta de capitán del galeón Almirante que va a las Filipinas donde hizo su viaje muy próspero, habiendo llegado a Manila dentro de tres días se descubrieron el mar doce velas chinas que entendió ser cossarios de los muchos que andaba en aquellos mares revelados de la China, el general y Gobernador le nombraron, salió con el almiranta y cuatro navíos y sin llevar orden acometió al enemigo y le dio batalla y venció , tomóles dos navíos y los demás le huyeron. No perdió en esta refriega más que nueve hombres.

Entrando el puerto repartió toda su hacienda con sus soldados, diciendo que ya sabía su delito, mas aunque el general le prendió fue para más honra suya porque se juntaron mil y trescientos hombres y a voces pidieron su almirante diciendo que por tales hazañas y tan famosa victoria no merecía prisión, antes gran premio.

Porque él solo, visto que el enemigo le entraba a un navío, se arrojó en él sin entrar otra persona de socorro y fue bastante su presencia y sus hechos para arrojar al mar todos los enemigos. Y así le dieron por libre y honraron de suerte que el Gobernador y General de las filipinas que reside en Manila, trató luego de casarlo con la Mayorazgo que reside en la Isla del nombre de Jesús de Pintados que en todas aquellas islas no hay otro mayorazgo que el de la señora doña Fabiana Pérez das Mariñas por los hechos de su padre y respondió ella que [cuando] hubiese visto sus hechos y su persona daría el sí y que pues la isla estaba cercada del cossario chino y de nueve navíos que le había quedado y esperaba muchos navíos de la isla Mindanao y de otras que le enviase al socorro, y con esta ocasión le soltó de la prisión y fue nombrado por almirante de aquellos mares con tal título.

Salió con seis navíos bien armados, llevó todos los soldados que se hallaron en la pasada y más, juntó todos los que pudo hallar de Jaén y su Reyno en aquellas islas porque decía, que los había conocido buenos para mandar y obedecer y que sabían y osaban acometer sin perder la ocasión. Habiendo llegado a la isla de Pintados se fue derecho al puerto con cuatro navíos y envió los otros dos 20 leguas de allí y les mandó que desembarcasen y viniesen con dos mil indios isleños vestidos como españoles, que ellos llamaban Castillas. El general cossario retiró a otro puerto sus navíos y más de ocho mil hombres que traía. Juntóse con los castillas de la tierra del almirante y dio orden de que se vistiesen dos mil isleños, contándoles las coletas porque traían y es deshonra entre ellos traerlo corto, aunque por la necesidad lo consintieron forzados, conjurándose que se habían de vengar en teniendo ocasión. Mas para desenojarlos y asegurarlos, el almirante hablo a un cacique de aquellos, que era señor de unos pueblos del Rey y le regaló mucho diciéndole que todos aquellos cabellos los pagaría el en oro y a peso de honra que pensaba hacer a todos los caciques e indios.
El cacique le descubrió la conjuración y cómo tenían determinado de pasarse al enemigo si viesen que llevaba lo mejor de la batalla.

Sabido por Chalques (que son los correos) la venida de la gente y indios les mandó estuviesen en la montaña y diesen socorro quando él lo mandase.

Otro día les habló a los isleños y les dio los vestidos y a cada uno perdonó un tributo de lo que pagaban y les dio a entender que era honra haberles cortado los cabellos en servicio de Dios y del Rey y de la Patria. Cosa que los dejó contentos y redujo, y envió a decir con este cacique a los otros enviándoles veintidós de los soldados, quedándose él solo con lo que traía encima y aquel día no quedó cosa de paño que no lo hiciesen capotillos y gabardinas para que todos fuesen en hábitos de castillas, aunque son muy pusilánimos y huyen en viendo los arcabuces.
A otro día la batalla con solo mil castillas y dos mil isleños dejando los otros con grande penacho. Peleó desde las siete de la mañana hasta las nueve y aquella hora salió el socorro de trescientos hombres castillas y dos mil isleños con el mismo orden.

Comenzaron a retirarse los chinos y a estar allí sus navíos se entendió que se embarcaran. Duró hasta la noche en que murieron veinte y un castillas y doce no más de los isleños porque no les dejó pelear no más de hacer bulto de castillas: de los cossarios se dijo que murieron dos mil o más, en esta ocasión le vio doña Fabiana Pérez y quedó tan satisfecha y aficionada que le envió a rogar que se entrase en la ciudad a descansar. Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

CONTINUARÁ

 

Batalla de Lepanto; El Ocaso de la Flota Otomana.

lepanto

«Vuestra Majestad debe mandar se den por todas partes infinitas gracias a nuestro Señor por la victoria tan grande y señalada que ha sido servido conceder en su armada, y porque V.M. la entienda toda como ha pasado, demás de la relación que con esta va, embio también a D.Lope de Figueroa para que como persona que sirvió y se halló en esta galera, de manera que es justo V.M. le mande hacer merced, signifique las particularidades que V.M. holgare entender; a él me remito por no cansar con una misma lectura tantas veces a V.M.»

Encabezamiento de la primera carta de D.Juan de Austria
a Felipe II después de la batalla de Lepanto.

El Mediterráneo en el siglo XVI

Desde que los otomanos unificaran el Islam desde la península de Turquía, sus conquistas en Europa se sucedieron una tras otra ocupando Macedonia, Bulgaria, Serbia y Bosnia. En 1453 cayó Constantinopla, el último recuerdo del Imperio Romano de Oriente, seguida de Valaquia, Besarabia, Bosnia y Hungría hasta que en 1529 los jenízaros fueron detenidos ante Viena. En el Mediterráneo la situación era análoga, las galeras turcas imponían su ley y las incursiones berberiscas desde Túnez, Argelia y Marruecos no respetaban ninguna costa.

En los tiempos del Sultán Solimán la política de la Sublime Puerta en el Mediterráneo Occidental tuvo como objetivo Italia, por lo que tarde o temprano habría de chocar con los intereses españoles. En 1565 Solimán atacó Malta, un enclave que aseguraba el paso por los estrechos del Mediterráneo Central y una plataforma excelente para empresas sobre Italia. La expedición organizada por el virrey español de Sicilia consiguió levantar el asedio turco convirtiéndose en la primera victoria de los ejércitos cristianos en muchos años, demostrando que la flota turca no era invencible si se le oponía una fuerza organizada.

En 1566 llegó al trono de la Sublime Puerta el Sultán Selim, quien alentaba la idea de una guerra santa con argumentos religiosos panislamistas muy semejantes a los argumentos contrarreformistas de Felipe II.

Selim ayudó a Dragut, bey de Argel en sus expediciones contra Túnez y La Goleta y al mismo tiempo preparó una ofensiva contra los puntos estratégicos del comercio europeo en Oriente. El principal de estos enclaves era Chipre, clave de los intereses económicos de Venecia.

Durante la Edad Media Venecia se convirtió en una ciudad-estado dirigida por una corporación de comerciantes y banqueros que alcanzaron la prosperidad vendiendo en Europa los productos que traían desde India y China. Los venecianos disponían de una larga cadena de bases comerciales y puertos en Dalmacia, el Mar Egeo y el Mediterráneo Oriental. Para proteger estas posesiones los venecianos más que a la guerra recurrieron a su diplomacia, que no dudaba en repartir regalos y sobornos con generosidad.

alvaro de bazan←Don Álvaro de Bazán y Guzmán (Granada, España; 12 de diciembre de 1526 – Lisboa, Portugal; 9 de febrero de 1588), “I Marqués de Santa Cruz, grande de España, señor de las villas del Viso y Valdepeñas, comendador mayor de León y de Villamayor, Alhambra y La Solana en la Orden de Santiago; miembro del Consejo de su Majestad Felipe II de España, Capitán General del Mar Océano y de la gente de guerra del reino de Portugal” fue un militar y almirante español del siglo XVI célebre por el uso de galeones de guerra y por utilizar por primera vez infantería de marina para realizar operaciones anfibias. Álvaro de Bazán es considerado como uno de los mejores almirantes de toda la historia, a la altura de Yi Sun Sin, Michiel de Ruyter u Horatio Nelson, y falleció sin conocer la derrota

A comienzos del siglo XVI el monopolio de Venecia fue roto por los portugueses con sus rutas circunnavegando África mientras que desde 1522 con la caída de Rodas, los turcos se fueron haciendo con las posesiones venecianas. Los venecianos comprendieron que acabarían por perder todas sus bases, por lo que trataron de encontrar un acuerdo con el Sultán y, cosas de la Diplomacia, buscaron la ayuda de España y el Papa. Treinta años atrás se había formado una alianza entre España, el Papa, Génova y Venecia, que resultó derrotada por los turcos, siguiendo cada nación su propio camino hasta que con la elección como Papa de Pío V, firme partidario de frenar un hipotético imperio religioso musulmán en el Mediterráneo, se convocó una nueva Liga Santa.

Tan pronto como las negociaciones comenzaron, surgieron los intereses particulares. Venecia pretendía formar rápidamente una expedición para recuperar Chipre, mientras que Felipe II deseaba una alianza a largo plazo que dominara el Mediterráneo para realizar expediciones contra los corsarios de Argel, Túnez y Trípoli. Pío V prometió a ambos financiar económicamente la gran flota que se proyectaba y en Febrero de 1571 se firmaron los Pactos entre la República de Venecia, España, la Orden de Malta y el Papa. La alianza tendría validez por un período inicial de tres años, durante el cual se reuniría una gran flota cuyo mando se otorgó a Don Juan de Austria, hermano bastardo del rey Felipe II.

“La vida en la galera, déla Dios a quien la quiera”

Descendiente de las birremes y trirremes griegas y romanas, la galera cayó en el olvido durante la Edad Media, recuperando los venecianos su construcción en el siglo XIII para emplearla en lugar de las pesadas y lentas naves “redondas”. Se construían con uno o dos palos de velas latinas y unos 25 remos por banda, y aunque cuando había ocasión la navegación se hacía a vela, los remos proporcionaban una movilidad esencial en combate y durante encalmadas o entrada a puerto. Se trataba del buque adecuado al Mediterráneo, aunque con mal tiempo un golpe de mar podía anegarla o quebrarla, por lo que las galeras sólo navegaban entre la primavera y el otoño, regresando en invierno a puerto.

Como norma se asignaban cinco hombres para bogar en cada remo. La gente de remo o chusma, estaba formada por condenados por sentencia judicial o esclavos turcos y berberiscos, aunque también hubo remeros voluntarios o buenas boyas que solían ser galeotes que una vez cumplida su condena e incapaces de encontrar otro trabajo, volvían a la boga a cambio de una paga. A los galeotes se les afeitaba la cabeza para que fueran identificables en caso de fuga, aunque a los musulmanes se les permitía llevar un mechón de pelo ya que según su creencia, al morir, Dios les asiría del pelo para llevarlos al Paraíso. La ración diaria de alimentos suministrados a los galeotes consistía en dos platos de potaje de habas o garbanzos, medio quintal de bizcocho (pan horneado dos veces) y unos dos litros de agua. A los buenos boyas se les añadía algo de tocino y vino. Cuando se exigía un esfuerzo suplementario en la boga dura por el estado del mar o en vísperas de batalla, se daban raciones extra de legumbres, aceite, vino y agua.

En una galera corriente la chusma estaba formada por unos 250 galeotes, a los que se le sumaba la gente de cabo divida a su vez en gente de mar y gente de guerra. La gente de mar eran marinos encargados de gobernar la nave y artilleros encargados de manejar las piezas de a bordo, incluidos entre la gente de mar y no de guerra. Estos últimos eran soldados y arcabuceros mandados por capitanes y por nobles e hidalgos, cuya misión era el combate. Sumando galeotes, marinos e infantes, una galera alistada podía sobrepasar ampliamente los 500 hombres, “acomodados” en buques de 300 a 500 toneladas.

360px-Luis_de_Requesens_1← Luis de Requesens y Zúñiga (Barcelona, 25 de agosto de 1528 – Bruselas, 5 de marzo de 1576) fue un militar, marino, diplomático y político español, gobernador del Estado de Milán (1572–1573) y de los Países Bajos (1573–1576). Mentor de don Juan de Austria, su labor fue fundamental para la gran victoria de la Liga Santa en la batalla de Lepanto.

Una galera solía tener unos 50 metros de eslora por 6 de manga con una obra muerta era de apenas metro y medio. Disponían de una sola cubierta sobre la que la pasarela de crujía, construida sobre cajones de 1 metro de altura, comunicaba el castillo de proa y el de popa. En el interior de este cajón se estibaban palos, velas y cabulleria. Elcómitre y sus alguaciles recorrían continuamente la crujía, encargados de marcar el ritmo de boga con tambores y trompetas y fustigando con los rebenques a los galeotes.

A ambos lados de la crujía estaban los talares, cubiertas postizas de 3 a 4 metros de ancho que sobresalían dos metros por cada costado y sobre los que iban situados los bancos de los remeros. Los talares tenían una fuerte inclinación hacia fuera para favorecer la salida del agua embarcada por golpes de mar y por la lluvia y también los residuos de los galeotes. Allí se instalaban algunas piezas ligeras de artillería como culebrinas y falconetes para defender la línea de remos. Los extremos de los talares quedaban a un metro de la flotación y sobre ellos se apoyaban los remos, que medían unos 12 metros de largo sobresaliendo unos 8 metros del buque. Los remos se construían con dos o tres piezas de madera de haya y pesaban 130-150 kilos. Con semejante longitud y peso cada remo exigía al menos cinco hombres para ser manejado aunque por falta de gente esto se cumplía en contadas ocasiones.

A proa, sobre el tajamar y a un metro sobre la flotación, se instalaba el arma exclusiva de la galera, el espolón, una robusta pieza de madera y de hierro que sobresalía 3 o 4 metros desde la roda, con la que se embestía al contrario sirviendo además como puente de abordaje. Tras el espolón se encontraba la tamboreta, una pequeña cubierta triangular para maniobra de anclas y de garfios de abordaje y desde donde se cargaban los cañones montados en la corulla, un lugar más elevado que la tamboreta. Sobre los cañones estaba la arrumbada donde se apostaba la infantería que debía saltar al buque enemigo. Estos espacios constituían el castillo de proa, que estaba defendido por una amurada. Los cañones estaban instalados sobre cureñas fijas, alineadas con el eje del buque, por lo que la puntería se hacía maniobrando el buque. Normalmente había cinco o seis cañones a proa, los más gruesos en el centro, disparando proyectiles de 36 libras. A ambos lados de estas piezas se instalaban otros dos pares de cañones de 8 a 16 libras. La artillería se solía cargar con metralla o proyectiles de piedra caliza que, al impactar contra el buque enemigo, se quebraban actuando como metralla, ya que no se buscaba dañar al buque sino provocar el mayor número de bajas para luego pasar al abordaje. Para combatir, la galera ponía proa al enemigo y a unos 20 ó 30 metros se disparaba la artillería. A esa distancia no había tiempo para recargar las piezas y con el máximo de fuerza que daban los remos, se embestía e inmovilizaba al contrario con el espolón y los soldados pasaban al abordaje para entablar la lucha que decidiría el resultado.

A popa se encontraba la carroza, lugar reservado al jefe de a bordo. Entre la carroza y los talares había un espacio abierto que sobresalía por ambas bandas denominadoespalda que constituía el vestíbulo de la carroza y en ella se situaban las escalas de acceso al buque. Detrás de la carroza, situados en una plataforma, los timoneles manejaban la caña del timón. Encima se instalaba la única luz de navegación, que consistía en uno o tres fanales dependiendo de la categoría de la nave. El casco estaba divido en unos quince comportamientos, el de más a popa destinado al capitán y el siguiente, la cámara que compartían los oficiales del buque. Galeotes y tripulación, soldados y artilleros, vivían al raso. Las galeras capitanas, que por razones de prestigio eran armadas personalmente por un comandante de escuadra, tenían algo más de eslora, instalándole unos cinco pares de remos adicionales y en las mayores, un tercer un palo y por supuesto, con una carroza mucho mayor y profusamente adornada.

Para aumentar la capacidad artillera de las galeras, un arquitecto naval veneciano llamado Bresano, ideó las galeazas, grandes galeras de hasta 1500 toneladas cuyo aparejo combinaba velas cuadras y latinas. Sobre la bancada de remeros se dispuso una cubierta donde se instalaban unas quince piezas de artillería por banda. Los costados se cerraban delante de los cañones con una amurada de dos metros mientras que los castillos de proa y popa montaban diez o doce piezas que cubrían todo el horizonte. El total alcanzaba unas cincuenta piezas de artillería con lo que, en teoría, se había creado un buque temible con el que se podía maniobrar con independencia del viento y con una gran potencia de fuego. En la práctica, las galezas resultaban pesadas y poco maniobreras, navegando mal a vela y a remo. De hecho, las galezas que participaron en Lepanto llegaron a la zona remolcadas por galeras.

455px-Basaiti_Portrait_of_Doge_Agostino_Barbarigo<- Agostino Barbarigo (c. 1420 – 20 de septiembre de 1501) fue el dux de Venecia desde 1486 hasta su muerte, en 1501.

La galeaza (del italiano galeazza, aumentativo de galea (galera) es un tipo de galera grande que se construyó durante los siglos XV a XVII. La época de mayor utilización fue la segunda mitad del siglo XVI.

Con ellas se pretendía tener una nave con más artillería que las galeras y que soportase mejor la navegación en mar abierto.

La proporción de eslora a manga era menor que en las galeras, siendo de 6 a 1 e incluso de 5 a 1.

Los venecianos fueron los primeros en construirlas; y usarlas para apoyo de la flota de la Santa Liga en Lepanto, las dimensiones tipo de una galeaza del siglo XVII podían ser 59 m de eslora, 9 m de manga y 3,35 m de calado, con un puntal de 6,5 m. Tenían cubierta corrida, por lo que los remeros iban a cubierto, no como en las galeras, en las que iban a la intemperie. Podían llevar unos 20 cañones y unos 30 pedreros. Llevaban hasta 32 remos por banda, y los remos podían llegar a ser de 15 m de largo, lo que exigía siete u ocho hombres por remo. Eran de proa redonda como las naos.

Eran más lentas que las galeras ordinarias y tenían unas condiciones marineras bastante pobres.

La armada de la Liga

En el puerto de Mesina se fueron concentrando galeras y naves procedentes de Barcelona, Valencia, Cartagena, Mallorca, Sicilia, Nápoles, Malta, Génova, Venecia, Corfú y Creta. España había enviado 90 galeras, 50 fragatas y bergantines y 24 naves de servicio, mientras que 12 galeras y 6 fragatas eran la aportación del Papa. Las naves de Venecia eran 106 galeras y galeotas, 6 galeazas y 20 fragatas.

La armada aliada estuvo al mando de don Juan de Austria, secundado en la armada real por Álvaro de Bazán, Alejandro Farnesio, Luis de Requesens y Juan Andrea Doria, mientras que la veneciana iba capitaneada por Sebastián Veniero y la pontificia por Marco Antonio Colonna.

El 23 de Agosto de 1571 llegó Don Juan de Austria, acompañado por Don Luis de Requesens quien actuaba como consejero en temas navales, para hacerse cargo de la armada y pasó revista a las naves junto con Veniero, el comandante veneciano. Las galeras españolas se encontraban por lo general en buen estado y bien equipadas de artillería. Sin embargo, muchas de las naves venecianas tenían el casco en mal estado por tratarse de buques viejos que habían salido de la reserva, mientras que las de nueva construcción lo habían sido con muchas tolerancias a causa de las prisas, a lo que se añadía que sus dotaciones eran escasas y mal disciplinadas. De los venecianos escribía Requesens: “La chusma es voluntaria y descuidada y a cualquier parte que llega sale a pasear por tierra; y si por mal tiempo es necesario levar anclas, es fuerza esperar a los remeros, estando en peligro de perderse en cualquier borrasca y ha de ser trabajo intolerable navegar en su compañía porque es cosa extraña lo que tardan en hacer cualquier cosa. Todavía si tuvieren gente de pelea, se tomaría lo demás en paciencia; esperan que les llegue de Calabria, pero yo temo que tardará demasiado y que no llegará la décima parte que ha de menester”. Don Juan de Austria dispuso que cada galera llevara ciento cincuenta soldados y cada galeaza quinientos y como las dotaciones venecianas eran escasas se acordó que españoles e italianos pasaran a estas galeras.

Los efectivos embarcados por la Liga se repartían entre 13.000 marineros, 43.000 galeotes y 31.000 soldados. De éstos 6.197 hombres eran españoles, encuadrados en 14 compañías del Tercio de Granada al mando del Maestre de Campo Don Lope de Figueroa, embarcadas en galeras de España y Nápoles; 10 compañías del tercio de Nápoles a cargo del Maestre de Campo Don Pedro de Padilla, a bordo de las galeras de Nápoles y Mesina; del Tercio del caballero valenciano Don Miguel de Moncada cuatro compañías en cinco galeras españolas y dos compañías, mandadas por Don Diego Osorio y el capitán Melgarejo, embarcados con el genovés Gian Andrea Doria al servicio de España; y nueve compañías del Tercio de Sicilia al mando del Maestre de Campo Don Diego Enriquez, en las galeras de Sicilia.

andrea_doria_admiral<- Andrea Doria (más correctamente, en italiano, Andrea d’Oria) (Oneglia, Italia, 30 de noviembre de 1466 – Génova, 25 de noviembre de 1560) fue un almirante y hombre de Estado genovés, que en 1528 pasa del servicio de Francisco I de Francia al de Carlos I de España. 

Hay que sumar 1.514 españoles que fueron a reforzar las galeras venecianas y 4.987 alemanes de las Coronelías del Conde Alberico de Lodrón y del Conde Vinciquerra de Arcos embarcados en galeras de Don César de Avalos, Andrea Doria, Juan Ambrosio Negrón y en las naos de servicio. Los italianos al servicio de España se encontraban en tres coronelías. De la mandada por Paulo Sforza, embarcaron 2.719 hombres de cinco compañías en las galeras de Andrea Doria, Génova y Saboya y 2.512 soldados de otras cinco compañías pasaron a las galeras de Venecia. De la coronelía de Vicencio Tutavila, seis compañías fueron a las galeras de Venecia y cuatro a las de Nápoles, mientras que las compañías de la coronelía de Segismundo Gonzaga fueron a las galeras venecianas y a las de Jorge Grimaldi. En total iban al servicio de España unos 20.000 hombres, 8.000 al servicio de la República de Venecia y 2.000 reclutados por el Papa mandados por Honorato Gaetano y unos mil capitanes y caballeros que llegaron de toda Europa.

A Mesina llegó Monseñor Odescalco obispo de Pena, portador de las indulgencias que el Papa concedía a todos los embarcados junto con un relicario que contenía astillas de la Vera Cruz a distribuir entre las capitanas de la armada. Se prohibió embarcar mujeres y se publicó un jubileo para el cual se ayunó durante tres días, haciendo confesión general y recibiendo la Eucaristía. La armada de la Liga recibió como insignia un estandarte azul decorado con Cristo crucificado y la Virgen de Guadalupe y los escudos de España, el Papa y Venecia.

El día 15 de Septiembre, Don César Dávalos fue destacado hasta la isla de Corfú como vanguardia con un cuerpo de galeras marinadas por Gutiérrez de Argüello. La salida definitiva se realizó al día siguiente y la armada fue despedida con el repique de las campanas de Mesina y salvas de los castillos. Las naves alcanzaron mar abierto para extenderse por diez millas y allí la marcha se coordinó con la de las lentas naos de servicio y la de las grandes galeazas que no podían usar sus remos, pues para mover tales moles la chusma se agotaba con rapidez, por lo que cuando no disponían de viento favorable fueron remolcadas por otras galeras.

Para la navegación se dispuso que la armada se organizara en un grupo de exploración y cuatro escuadras. La escuadra de descubierta formada por tres galeras españolas y cuatro venecianas al mando del catalán Don Juan de Cardona, navegaría ocho millas por delante de la flota para reconocer cualquier nave que se sospechara enemiga. La primera escuadra o cuerno derecho mandada por Gian Andrea Doria, formada por 25 galeras de Venecia, 26 españolas y dos del Papa, izando una insignia verde en la capitana y banderas triangulares del mismo color en las demás galeras. La segunda escuadra o cuerpo de batalla formaría con 64 galeras al mando de Don Juan de Austria, quien izaría una insignia azul en La Real siendo ese color el distintivo de las otras naves. La tercera escuadra o cuerno izquierdo quedaría al mando de Agostino Barbarigo con 53 galeras con distintivos amarillos. La escuadra de retaguardia, con 30 galeras al mando de Don Álvaro de Bazán, navegaría con distintivos blancos una milla detrás de la flota para recoger las naves retrasadas. Las seis galeazas venecianas al mando de Francesco Duodo, irían por parejas entre las escuadras, repartiéndose las galeras el trabajo de remolcarlas.

El 27 de septiembre la armada llegó a Corfú, donde los venecianos esperaban recoger 6.000 mil hombres, pero en vano, ya que había sido atacada por los turcos doce días antes. La escala siguiente fue Gomeniza en Albania, para hacer aguada y para que galeazas y naos retrasadas se reagruparan. Allí, Don Juan envió a Andrea Doria a pasar revista a la flota y cuando le llegó el turno a la capitana de Venecia, Veniero, enemistado con él, se lo prohibió advirtiéndole que de pisar la nave, mandaría ahorcarlo. Don Juan, al ponerse en duda su autoridad estuvo a punto de mandar ejecutar a Veniero, lo que sin duda hubiera roto la alianza, por lo que finalmente envió a Marco Antonio Colonna, el comandante pontificio.

220px-Vaenius_-_Alexander_Farnese<- Alejandro Farnesio, del italiano Alessandro Farnese, o Alejandro Farnesio y Habsburgo (Roma, 27 de agosto de 1545 – Arrás, 3 de diciembre de 1592), tercer duque de Parma y Piacenza, hijo de Octavio Farnesio y Margarita de Parma, la hija ilegítima de Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico , sobrino de Felipe II y de Don Juan de Austria. Desarrolló una importante labor militar y diplomática al servicio de la corona española. Luchó en la batalla de Lepanto contra los turcos y en los Países Bajos contra los rebeldes holandeses, así como en Francia en las guerras de religión del lado católico contra el protestante.

La flota hizo otra escala en la isla de Cefalonia donde encontraron un bergantín veneciano por el que se supo que Famagusta, en Chipre, se había rendido dos meses atrás. Los turcos habían hecho esclavos a los soldados, ejecutando a los oficiales, mientras que a Marco Antonio Bragadino, comandante de la plaza, le cortaron la nariz y las orejas para luego ser desollado vivo y su piel rellena de paja, colgada en la nave insignia turca. Cuando la flota cristiana se encontraba en esta isla, el corsario Karah Kodja se adentró una noche con una fusta pintada de negro para contar el número de naves enemigas, pero a Alí Pachá le dijo que sólo había 150 galeras, seguramente para no alarmar a los suyos.

Llegaron noticias de Gil de Andrada, quien había sido enviado con cuatro galeras para localizar al enemigo, de que la flota turca estaba concentrada en los golfos de Corinto y Patrás, que los italianos conocían conjuntamente con el nombre de Lepanto. En la galera de Barcelona La Real se celebró consejo de guerra en el que Andrea Doria y Requesens fueron partidarios de no presentar batalla. Don Juan de Austria los desoyó diciendo: “Señores, ya no es hora de debates sino de combates”.

Para la batalla se dispuso que cuando La Real hiciese señal, las galeras de vanguardia debían retroceder para incorporarse a las escuadras, que a su vez habrían de adoptar el orden convenido, enviándose fragatas para comprobar que cada cual ocupaba su posición. La formación elegida para el combate sería la misma que para la navegación. En el ala derecha, Gian Andrea Doria; en el ala izquierda, Agostino Barbarigo y en el centro, Don Juan de Austria a bordo de La Real y flanqueado por las capitanas de Venecia y del Papa, y las galeras de los príncipes de Parma y de Urbino. Las galeazas debían pasar adelante para formar la línea de vanguardia mientras que Don Álvaro de Bazán debía maniobrar con su escuadra hacia el sitio en que la armada fuera más débil, confiando a su experiencia el modo de mejor hacerlo. Los galeotes cristianos fueron liberados para que se hicieran dignos de su libertad empuñando las armas. La artillería se dispararía para causar el mayor daño, pero reservando dos piezas para el momento en que las armadas se embistieran. Se acordó desplegar la escuadra a la entrada del golfo de Patrás e izando banderas de combate, esperar durante dos horas para retar al enemigo. Si no aparecía, se haría como desafío una descarga de artillería.

La armada reunida por los turcos para la conquista de Chipre estaba formada por cien galeras al mando de Alí Pachá aconsejado por el marino Mohamed Bey y el corsario Uluch Alí, antiguo fraile italiano. Una vez que supo de la concentración de naves cristianas en Mesina el sultán Selim ordenó enfrentarse al enemigo y para ello, Alí Pachá llevó su flota al golfo de Lepanto, lugar elegido para que se concentraran todas las naves disponibles. Se confiscaron provisiones y leña y se decretaron levas para reforzar a los remeros. Llegaron jenízaros de las guarniciones de Grecia y la flota turca recibió como insignia un estandarte de seda verde elaborado en La Meca, adornado con la Media Luna y versículos del Corán.

Las naves reunidas por los turcos sumaron 245 galeras, muchas de ellas de 28 y 30 bancos, y 70 galeotas y un gran número de fustas y otras pequeñas naves. En ellas habían embarcado 13.000 marineros, 45.000 galeotes y 34.000 soldados, aunque de éstos, menos de 3.000 eran jenízaros armados con arcabuces. Hay que tener en cuenta que éstas eran las únicas armas de fuego disponibles en la armada turca, estando el resto de combatientes armados con arcos y flechas envenenadas, efectivas sólo a corta distancia. Además, en las galeras cristianas se levantaron unas defensas hechas con redes y lienzos para servir de parapetos, que no tenían equivalente en las naves turcas. También los turcos disponían de menos artillería, 750 cañones frente a 1.215 en las naves de La Liga que con frecuencia eran de calibre superior.

La flotilla de exploración de Karah Kodja anunció que la armada cristiana se encontraba a la entrada del golfo de Patrás impidiendo a la armada turca el acceso a mar abierto. Pertev Pachá y Uluch Alí recomendaron evitar el combate quedando al abrigo de los castillos de Lepanto. Alí Pachá se negó ya que el Sultán en persona había rechazado esa posibilidad ordenando entrar en combate a toda costa.

El despliegue de la armada turca era similar al de la Liga con tres escuadras y una reserva. Del mando se encargaron Chuluk Bey, virrey de Alejandría y conocido por los cristianos como Mehemet Sirocco, con 55 galeras y una galeota en el ala derecha, lo que haría que se enfrentara a Barbarigo. El mismo Alí Pachá a bordo de La Sultanaejercería el mando del centro con 96 galeras y galeotas. El ala izquierda, que se enfrentaría a Andrea Doria, estaría al mando de Uluch Alí donde formarían 61 galeras y 32 galeotas en su mayor parte de corsarios berberiscos. Si bien la flota de combate turca era superior a la cristiana, la escuadra de reserva de Murat Dragut formada por 31 unidades, sólo contaba con 8 galeras.

Al amanecer del 7 de octubre Alí Pachá dio orden de levar anclas para combatir y se dirigió a los cautivos cristianos: “Si hoy es vuestro día, Dios os lo dé, pero estad ciertos que si gano la jornada, os daré libertad. Por lo tanto, haced lo que debéis a las obras que de mí habéis recibido”. La flota turca salía al encuentro de los cristianos con el viento a favor, lo que permitía dar descanso a sus remeros. Cuando la flota cristiana cruzaba el cabo Scropha los serviolas divisaron al enemigo a quince millas de distancia.

La flota cristiana

don_juan_de_austria<- Don Juan de Austria (Ratisbona, 24 de febrero de 1545 ó 1547 – Bouge, 1 de octubre de 1578), hijo ilegítimo del rey Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, y de Bárbara Blomberg; fue miembro de la Familia Real Española, militar y diplomático durante el reinado de su hermano por vía paterna, Felipe II de España.

En vanguardia van 8 galeras exploradoras, al mando de Juan de Cardona, general de la escuadra de Sicilia. Sus órdenes son ir 8 millas por delante del grueso de la fuerza. El resto de la fuerza va dividida en cuatro cuerpos. Su formación era la del águila, pero sin pico:

El primero, que será el cuerpo derecho en combate, lo manda Juan Andrea Doria, con 54 galeras. Llevan grímpolas verdes.

El segundo, que será el centro en combate, lo manda Juan de Austria, y lleva 64 galeras con grímpolas azules.

El tercero, cuerpo izquierdo en combate, lo manda Agustino Barbarigo y son 53 galeras con grímpolas amarillas.

Y el cuarto, que es la escuadra de socorro o de reserva en combate, lo manda Álvaro de Bazán. Está formado por 30 galeras con grímpolas blancas.

Cada uno de estos cuerpos lleva dos galeazas, que en caso de combate se pondrán por delante de la formación principal. Los cuerpos están formados sin tener en cuenta la procedencia de los buques, intercalando buques venecianos, reales y pontificios.

La flota turca

Alí había llamado a todos sus almirantes para concentrar sus fuerzas en Lepanto. El último en llegar fue Mahomet, rey de Negroponte, con 60 galeras y 3.000 soldados.

En total reunieron 210 galeras, 87 galeotas y 120.000 combatientes, de los cuales 50.000 eran soldados, 15.000 tripulaciones y 55.000 galeotes. La «chusma» estaba compuesta de prisioneros cristianos capturados en distintas batallas o asedios. Además, las piezas artilleras ascendían a 750, menos que las cristianas, aunque los arqueros llevaban flechas envenenadas y fueron muy útiles en los abordajes. Al igual que la flota cristiana, están divididos en cuatro cuerpos. Su formación era de media luna.

El primero, cuerpo derecho, al mando de Mahomet Siroco, gobernador de Alejandría, formado por 54 galeras y 2 galeotas.

El segundo, centro, mandado por Alí Bajá, general en jefe, con 87 galeras y 32 galeotas.

El tercero, cuerpo izquierdo, lo manda el corsario Cara Hodja (Kodja) con 61 galeras y 32 galeotas.

El cuarto, o escuadra de reserva o socorro, lo manda Murat Dragut, y tiene 8 galeras y 21 galeotas y fustas.

Las órdenes eran terminantes. El gran señor Selim II ordenó a Alí salir a la mar en busca de los cristianos y combatirlos donde los encontrara. Cuando avistan a la flota cristiana, Pentev y Uluch Alí recomiendan retroceder y ponerse bajo la protección de los castillos, pero Alí, cumpliendo órdenes, manda atacar.

«Por último, el español Álvaro de Bazán tenía bajo su responsabilidad las galeras de la reserva, que debían socorrer un frente u otro en función de cómo se fuera desarrollando el combate», finaliza Renuncio. Sin embargo, lo que ninguno de los líderes sabía era que, en una de las galeras cristianas se hallaba, espada en mano, un joven literato que no superaba los 24 años: Miguel de Cervantes.

cervantes

“Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella.”

                                                                                                            (Cervantes)

La Batalla

A las 7 de la mañana las dos escuadras se divisan. En el lado cristiano, Barbarigo, al mando del cuerpo izquierdo, recibe órdenes de pegarse a la costa todo lo que le sea posible, para evitar que las galeras turcas lo sobrepasen y hagan una maniobra envolvente. El centro se coloca a su lado, pero el cuerpo derecho, al mando de Juan Andrea Doria, tarda en incorporarse a la formación, dejando un espacio libre entre el centro y el ala derecha. Las galeazas, fuertemente armadas y artilladas, están situadas una milla por delante de la formación cristiana. Los turcos tienen el viento en popa, pero, cuando están aproximándose, cambia el viento, lo que les obliga a emplear los remos. Al llegar las primeras galeras turcas a la altura de las galeazas, éstas abrieron un nutrido fuego de artillería y arcabucería, lo que hizo que algunas naves turcas empezasen a hacer ciaboga. Alí aceleró su ritmo de boga, para así estar menos tiempo sometido al castigo, y los demás le imitaron. Pero al acelerar la boga, el cuerno derecho turco se adelantó sobre el resto de la formación, por lo que entabla el combate contra el cuerpo izquierdo cristiano. Algunas galeras turcas consiguen pasar entre las fuerzas de Barbarigo y la costa, y la galera de Barbarigo, la capitana del cuerpo izquierdo cristiano, es atacada por varias galeras turcas. Barbarigo muere en el combate de un flechazo en un ojo, y, cuando su nave está a punto de ser apresada, todas las demás galeras de su grupo acuden en su auxilio, dando la vuelta a la situación y haciendo que los turcos se retiren. Varias galeras turcas varan en la costa, y sus tripulaciones huyen por tierra.

Durante la mañana las escuadras completaron su despliegue y hacia las once el mar quedó en completa calma y el viento pasó a soplar de poniente, proa a los turcos, quienes tuvieron que arriar velas e impulsar sus naves a remo, operación en la que se desordenaron y consumieron tiempo. El número de naves y de combatientes, la determinación de capitanes y soldados indicaban que el combate sería tremendo, pero nadie se paró a meditar su suerte, ocupado cada uno en fijar sus ojos y sus cañones en el enemigo. Don Juan dio orden para que las galeazas pasaran una milla por delante de la armada y esperaran allí la llegada de los turcos. Recibieron éstos tal descarga que ciaron todos al mismo tiempo. Los remeros cristianos describieron a Alí Pachá a qué especie pertenecían tales naves y cuando éste comprendió que cada una equivalía a una fortaleza mandó aumentar la boga para pasar de largo cuanto antes, pero no lo hicieron sin que las galeazas hundieran dos galeras, dañando otras y desbaratando la formación turca sin que ésta pudiera volver a recomponerse.

En este tiempo Uluch Alí adelantó su escuadra tratando de envolver al enemigo por un flanco para luego atacar por retaguardia. Andrea Doria adivinó sus intenciones y separó su escuadra para cortarle el paso pero lo hizo tanto que los turcos pensaron que huía y Don Juan le envió un mensaje advirtiéndole que dejaba el cuerpo principal sin cobertura. Mohamed Siroco con su escuadra trataba de hacer otro tanto, pues vio que entre el flanco contrario y la costa quedaba espacio suficiente para pasar con su escuadra a la espalda de Barbarigo. Éste, sin conocimiento del fondo y temiendo encallar en algún bajío, no cerró el hueco y Sirocco pudo introducirse por él.

Problemas iniciales

Mientras, en el flanco izquierdo cristiano, Barbarigo vivió momento de tensión cuando las tropas de Sirocco se introdujeron en un hueco dejado por las tropas del veneciano. Este, vio en unos instantes como su nave era asediada por media docena de buques enemigos. La lucha fue tan cruenta que, finalmente, el cristiano murió cuando el disparo de un arquero turco le acertó en un ojo. A pesar de todo, y con la ayuda de varias galeras que fueron a socorrer a su líder fallecido, se logró resistir la embestida turca.

La situación no era mejor en el flanco contrario, donde Uluch Alí había conseguido atravesar la línea cristiana haciendo uso de una estratagema que alejó el ala derecha cristiana de la batalla. Por suerte, la escuadra de reserva acudió a socorrer el centro de «La Santa Liga». No obstante, no llegó lo suficientemente rápido como para salvar a varias galeras cristianas cuyos ocupantes fueron pasados a cuchillo sin piedad.

armeriarealm19seacexese<- Casco-celada del Almirante Turco en la Batalla de Lepanto, Müezzinzade Ali Paşa o Alí Bajá para entendernos. Recibió un disparo en el casco justo por encima de la visera y fue derribado lo que aprovechó un soldado Español para separarle la cabeza del tronco y clavarla en una pica. Cosas que se hacian por aquellos años, la costumbre.

Cuestiones de honor exigían que los almirantes se enfrentaran directamente nave contra nave y en muchas ocasiones el resultado de este combate dictó la suerte de toda la batalla. Don Juan se adelantó con La Real y reconociendo la capitana de Alí por sus tres fanales y su estandarte, mandó bogar con más fuerza. El choque fue terrible y La Sultana llegó con su espolón hasta el cuarto banco de la cristiana, pero aún más terrible fue la matanza que hizo la artillería de La Real pues a la segunda descarga no quedaba nadie sobre la crujía de La Sultana. En La Real se embarcaron trescientos veteranos a los que se hizo sitio desmontando los bancos de los remeros y tras descargar sus arcabuces sobre los turcos se lanzaron al asalto de La Sultana. En dos ocasiones consiguieron pasar del palo mayor de la galera turca y en ambas hubieron de retroceder ante los contraataques de las tropas que recibían por la popa. La galera de Alí Pachá estaba apoyada las de Karah Kodja y Mohamed Saiderbey y otras siete galeras y dos galeotas. La Real por su parte debía haber sido apoyada por las capitanas de Venecia, del Papa, la del Príncipe de Parma y la del Príncipe de Urbino, pero éstas dos quedaron trabadas con galeras turcas, por lo que Don Juan solo contaba con las tropas de refresco de dos galeras.

Las bajas turcas eran repuestas inmediatamente desde otras galeras. Las galeras de Colonna, Veniero, el Duque de Parma y Urbino se ponen al costado de la de don Juan, con lo que se forma una piña de galeras cristianas y turcas en las que se lucha cuerpo a cuerpo. Álvaro de Bazán, con sus naves de socorro, interviene impidiendo que otras galeras turcas puedan unirse a esa piña, y envía 200 hombres de apoyo a la galera de don Juan. «En esta situación, cuando la batalla se encontraba en el momento más decisivo, un disparo de arcabuz mató a Alí Pachá, lo que provocó el desmoronamiento de la resistencia a bordo de la Sultana. El estandarte musulmán fue arriado, al tiempo que los gritos de victoria en las filas cristianas iban pasando de una galera a otra», Cae rendida la galera capitana turca y los cristianos se apoderan de su estandarte. La lucha duró una hora y media. Con esto, el centro de la flota turca queda deshecho, al igual que antes su flanco derecho. Alí Baja fue abatido por siete disparos de arcabuz y un soldado de los Tercios, Andrés Becerra, descolgó el estandarte otomano y un galeote cortó la cabeza de Alí ofreciéndosela a Juan de Austria. Éste la despreció con gesto de asco y ordenó que la arrojase al mar.

En el ala izquierda turca, Uluch Alí ve que hay un hueco entre el centro y el ala izquierda cristianos, por lo que hace ademán de apartarse del centro turco, para que Juan Andrea Doria le siga y así aumentar la brecha. Cuando ve que ésta es suficiente, se lanza contra el costado derecho del centro cristiano, con sus 93 buques y la gente fresca, produciendo grandes daños a la capitana de Malta, a 10 galeras venecianas, a dos del Papa y a otra de Saboya. Juan de Cardona acude con 8 galeras y el de Bazán con la escuadra de reserva, consiguiendo detener el ímpetu del ataque turco, que estuvo a punto de cambiar la suerte del combate.

Uluch Alí, viendo que todo el centro cristiano se dirige a atacarle y que las galeras de Doria están a punto de llegar, corta los remolques de las galeras que había apresado y consigue huir con 16 galeras. Juan de Austria sufrió una herida en un pie. Hasta la puesta del sol continúa el combate a base de escaramuzas entre galeras aisladas, y, al anunciarse mal tiempo, ordena don Juan reunirse y marchar con las presas al puerto de Petala. Al día siguiente volvieron los cristianos al campo de batalla para recoger y auxiliar a los buques desmantelados y a los náufragos.

Resultados de la batalla

En Petala los cristianos efectúan el recuento de bajas. Se contabiliza la pérdida de 12 galeras cristianas (aunque luego ascendieron a 40 por los graves daños sufridos) y de 7.600 hombres, de los que 2.000 eran españoles, 880 de la escuadra del Papa y 4700 venecianos. Hubo 14.000 heridos. Se cuentan «170 galeras y 20 galeotas de 12 bancos arriba» apresadas a los turcos, de las que sólo 130 estaban útiles, quemándose las otras 60. Se hicieron 5.000 prisioneros y se liberaron 12.000 cautivos cristianos. Se estimaron entre 25.000 y 30.000 los muertos del bando turco. Cabe hacer algunas observaciones:

Aunque los turcos tenían más hombres y más naves que los cristianos, las galeotas no podían oponerse a las galeras.

En las galeras turcas, salvo en las 40 ó 50 galeras reales, había menos hombres de guerra que en las cristianas, gracias a la previsión de don Juan de embarcar tropas españolas en las galeras venecianas.

Los cristianos usaban arcabuces, mientras que los turcos preferían las flechas. Consideraban que en el tiempo de cargar un arcabuz un arquero podía disparar seis flechas. Pero ni los daños, ni el alcance, ni la puntería eran comparables.

En Mesina, don Juan había ordenado rebajar los espolones de las galeras y cerrar las esculturas de adorno de proa, con lo que los cañones tenían más campo de tiro.

Pese a la esperanza puesta en ellas, la potencia artillera de la galeazas no tuvo casi influencia en el combate, pero sirvieron para desbaratar la formación de combate turca, al adelantarse su cuerno derecho.

La victoria de la batalla fue atribuida a la Virgen del Rosario, por haberse celebrado el primer domingo de octubre, fecha en la que las cofradías del Rosario, fundadas por la Orden de Predicadores a la que pertenecía el Papa San Pío V. Dicho papa, que organizó un rosario público el día de la batalla naval en la Basílica de Santa María la Mayor, estableció la fiesta de la Virgen de las Victorias el primer domingo de octubre, que poco después, en 1573, Gregorio XIII la denominó fiesta de la Virgen del Rosario, trasladándose al 7 de octubre.

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 Fuentes:
  • Fernández Duro, CesáreoArmada española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid: Museo Naval, 1972.
  • Cebrián, Juan AntonioPasajes de la historia II. Tiempo de héroes. Corona Borealis, 2003, ISBN 84-95645-17-3.
  • Eslava Galán, JuanGrandes batallas de la historia de España. Madrid: Planeta, 1994. ISBN 84-08-01173-1.
  • APARICI, José Batalla de Lepanto (Colección de documentos relativos a la célebre Batalla de Lepanto sacados del Archivo de Simancas), Imprenta Nacional, 1847.
    • Enciclopedia General del Mar. Ediciones Garriga Barcelona (1957)
    • El historiador M. Fernández Álvarez considera que la figura de don Juan de Austria aún está esperando un estudio profundo. Siguiendo a este historiador y a Peter O’M. Pierson, estudioso de su figura, se pueden señalar algunas de las obras más destacadas en relación con don Juan de Austria:
      • Bennassar, B., Don Juan de Austria. Un héroe para un Imperio, Ed. Temas de Hoy, 2004.
      • CODOIN (Colección de documentos inéditos para la historia de España), tomo 27, cartas de don Juan de Austria, de los años de la Liga contra el Turco y de su gobierno de los Países Bajos. Entre 1570 y 1576.
      • Dennis, Amarie, Don Juan of Austria, ed. Rivadeneyra, Madrid 1966.
      • Gachard, P., Don Carlos y Felipe II, Ed. Swan, 1984. ISBN 84-85595-22-X.
      • Ibáñez de Ibero, C., Don Juan de Austria, político e innovador, Madrid, 1944.
      • Montero Hernado, M., Juan de Austria, un héroe al servicio de Felipe II, Sílex, 1985. ISBN 84-85041-94-1 en su reed. de 1993.
      • Petrie, C., Don John of Austria, Londres, 1967. Se tradujo como Don Juan de Austria, Editora Nacional, 1968. ISBN 84-276-0015-1
      • Porreño, B., Historia del Serenísimo Señor don Juan de Austria, 1899.
      • Stirling-Maxwell, sir W., Don John of Austria, Londres 1883.
      • Bestiario de Don Juan de Austria, el único bestiario escrito en castellano del mundo.

Historias de allende los mares. Éranse unas batallas, unos fieros marineros y un monton de barcos al mando de un tal Vernon.

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La de isla Flores no fue ni mucho menos una lucha épica a sangre y fuego, pero, por el contrario, si fue una batalla difícil de olvidar para la pérfida Albión. Y es que, las Azores vieron aquel día de 1.591 como una flota española ponía en fuga a los infames corsarios de su Graciosísima Majestad que, en este caso, fallaron estrepitosamente en su habitual intento de saquear hasta la última moneda de oro que los navíos hispanos traían de América en sus bodegas.

No corrían buenos tiempos para la corona hispánica –encabezada porFelipe II- en el ocaso del SXVI. De hecho, nuestro país hacía frente aquellas jornadas a una creciente deuda nacional que, a falta de liquidez, era sufragada con las insuficientes monedas traídas desde América. A su vez, España combatía por entonces contra su Majestad inglesa, la reina Isabel I, quien no dudaba en pagar a piratas – ocorsarios, como eran conocidos estos sanguinarios mercenarios- para que saquearan y enviaran al fondo del mar a los navíos peninsulares que atravesaban el Atlántico cargados de joyas.

Los preparativos

Así, entre sable y mosquete, fueron pasando los años hasta que, en 1.591, los ingleses se enteraron de una célebre noticia: los españoles pensaban echar sus buques a la mar desde América con una gran partida de oro y joyas en dirección a España. Sin tiempo que derrochar los oficiales se pusieron manos a la obra para, en nombre de la Reina, armar una flota con la que interceptar el preciado cargamento.

Para ello, dispusieron una veintena de navíos –varios de ellos piratas-, cuyo mando fue otorgado al afamado oficial Thomas Howard, un viejo conocido por su participación en varios asaltos y batallas contra los españoles. Además, entre las filas se destacaba nada menos que el bucanero Richard Grenville, capitán del galeón inglés «Revenge» (el buque que, durante años, había navegado a las órdenes del cruel pirataFrancis Drake).

Hechos los preparativos, la Royal Navy se dispuso a viajar a las Azores, donde darían una sorpresa a los súbditos de Felipe II. Sin embargo, lo que no sabía la cruel Inglaterra era que España, harta como estaba de la piratería, había dispuesto una flota de 55 barcos al mando de Alonso de Bazán para, de una vez por todas, escarmentar a los saqueadores.

Comienza la batalla

El 9 de septiembre, las dos flotas se divisaron en la lejanía para incredulidad de los ingleses. Preparado para derramar la sangre de Albión, Bazán ordenó en un principio que los españoles se dividieran en dos columnas que asaltaran al enemigo desde todos los frentes.

Sin embargo, este plan pronto zozobró debido al mal estado de uno de los buques. «Aviéndose navegado algunas leguas en esta conformidad, el general Sancho Pardo envío a dezir a don Alonso que llevaba rendido el bauprés de su galeón, que es uno de los de Santander, y no podía hazer fuerza de vela; y así conbino templar todas las de la armada, por hazerle buena compañía y no dexarle solo donde andavan cruzando de una parte y otra navíos de enemigos, que fue causa de no poder amanecer sobre las Islas», señala un documento de la época de la colección «González-Aller» ubicado en el archivo del Museo Naval y recogido por la «Revista de Historia Naval».

A pesar de que el asalto no se produjo con toda la celeridad que Bazán pretendía, los ingleses no tuvieron los arrestos de plantar combate en mar abierto y, para asombro de los españoles, la mayoría de la flota de la Royal Navy inició la huída a toda vela.

El «Revenge» mantiene la posición

Pero la retirada fue demasiado deshonrosa para Grenville quien, desoyendo las órdenes, decidió mantener la posición y, junto a otros dos navíos ingleses más, plantar batalla a los españoles. Por su parte, y mientras se sucedía un inmenso fuego de mosquetería y cañón, Bazán ordenó a parte de sus fuerzas acabar con el «Revenge» mientras varios buques seguían en su huída a los ingleses.

La contienda no fue muy extensa. A las pocas horas, los buques que escoltaban a Grenville habían abandonado sus posiciones y sólo el «Revenge» se enfrentaba valientemente a los navíos españoles, ahora al completo tras haber vuelto de la fallida persecución. No hubo victoria para los ingleses que, asediados como estaban por todos los flancos, cayeron bajo las tropas españolas.

Acaba el combate

Al anochecer, el «Revenge», buque insignia de Francis Drake, había caído en manos españolas. «El almirante, de los mayores marineros y corsario de Inglaterra, gran hereje y perseguidor de católicos, hízole traer don Alonso de Bazán a su capitana, donde por venir herido de un arcabuzazo en la cabeza le hizo curar y regalar, haciéndose buen tratamyento y consolándose de su pérdida; mas la herida eran tan peligrosa que murió a otro día. De 250 hombres que traía el navío quedaron 100, los más de ellos heridos», se añade en el antiguo escrito.

Por parte española fallecieron aproximadamente 100 soldados y marineros debido al hundimiento de varios buques durante la contienda. No obstante, aquel día España demostró a su Majestad Isabel I que no estaba dispuesta a sufrir más el pillaje de sus infames corsarios.

 

Blas de Lezo, el almirante que defendió Cartagena de Indias

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Era cojo, manco y tuerto, pero a pesar de ello logró humillar a los ingleses en una de las batallas navales más importantes del SXVIII. Este marino no era otro que Blas de Lezo, un almirante guipuzcoano que, contra todo pronóstico, consiguió rechazar a la segunda flota más grande de la historia con apenas seis buques y poco más de 3.000 hombres en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.

Esta dura batalla se fraguó aproximadamente en 1.738, año en que los ingleses declararon la guerra a España después de que nuestros navíos apresaran el buque de un contrabandista británico. Al parecer, esta excusa fue muy útil para la pérfida Albión que, como deseaba desde hacía tiempo, comenzó a planear un asalto sobre Cartagena de Indias (el centro del comercio americano y donde confluían las riquezas de las colonias españolas). Sin embargo, lo que no sabían es que allí les esperaba Blas de Lezo, un condecorado y experimentado almirante guipuzcoano conocido también como «Mediohombre» o «Almirante Patapalo» por ser cojo, manco y tuerto.

El número contra el ingenio

Para asaltar Cartagena de Indias, los ingleses armaron la segunda mayor flota de la historia (después de la que fue utilizada en el desembarco de Normandía). Concretamente, disponían de 195 navíos, 3.000 cañones y 29.000 soldados (4.000 de ellos milicianos estadounidenses), todos al mando del almirante Edward Vernon.

Por su parte, los españoles disponían de una paupérrima defensa en esta ciudad, pues a las órdenes de Blas de Lezo había únicamente 3.000 hombres, 600 indios flecheros, y 6 navíos de guerra (el Galicia, el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador).

No obstante, Lezo no dudó en aprovechar las ventajas estratégicas que le ofrecía el terreno. Y es que la entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos conocidos como «bocachica» (defendido por dos fuertes) y «bocagrande»(asegurado por cuatro). En un intento de resistir al invasor, el «Mediohombre» dividió sus buques en dos compañías y situó una en cada entrada. A su vez, dio órdenes de que, en caso de que fueran superados, se barrenaran los navíos españoles para que sus restos impidieran la entrada a la bahía.

Comienza la batalla

La armada inglesa se dejó ver por la ciudad colombiana el 13 de marzo de 1.741, y en solo dos jornadas se adueñaron de sus alrededores. A continuación, Vernon inició un bombardeo constante sobre los fuertes y los buques que defendían la plaza durante 16 días.

La frecuencia y la potencia de los disparos fue tal que, a pesar de que el español usó una decena de artimañas como lanzar bolas encadenadas para destrozar los palos de los navíos enemigos, no quedó más remedio que abandonar dos de los fuertes. Además, y ante la cantidad de fuego que caía sobre ellos, Lezo ordenó, como estaba previsto, incendiar sus buques para evitar el paso hasta la ciudad.

Sin embargo, esto no sirvió de mucho, pues el almirante inglés remolcó uno de los buques que aún no se había ido al fondo del mar y consiguió apartarlo de la entrada de Cartagena de Indias. Así, con los barcos españoles hundidos y varias fortalezas tomadas, Vernon cometió el mayor error de su vida: enviar emisarios a Inglaterra anunciando su victoria. Algo que, a la postre, le saldría muy caro.

El asalto final

Con sus buques en la bahía y bombardeando hasta la saciedad las posiciones enemigas, Vernon se hinchó de orgullo y decidió asaltar el símbolo de la resistencia española: el castillo de San Felipe (una de las fortificaciones donde quedaban poco más que 600 defensores). No obstante, y como asaltar frontalmente la fortaleza era una locura, el almirante prefirió rodear la posición y atacar por retaguardia. En este caso, el inglés cometió otro gran error, pues, para llegar hasta la parte trasera de la fortaleza era necesario atravesar la selva, algo que provocó la muerte de cientos de sus soldados.

Una vez en la posición deseada, y a pesar de las penurias, Vernon ordenó un primer ataque contra los muros españoles en los días sucesivos, asalto que los defensores resistieron heroicamente acabando con nada menos que 1.500 enemigos. Tras este primer combate, el almirante inglés se desesperó ante la idea de perder una batalla que hasta hace pocos días parecía ganada y ordenó a sus hombres llevar a cabo una última arremetida masiva usando escalas.

En la noche del 19 de abril, los ingleses se agruparon en tres columnas para tomar las murallas. Sin embargo, los asaltantes se llevaron una gran sorpresa cuando se dieron cuenta de que las escalas no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de los muros. Y es que Lezo, haciendo uso de su ingenio, había ordenado cavar un foso para impedir el asedio. Con los enemigos a su merced, los españoles acabaron aquel día con centenares de casacas rojas.

Al día siguiente, y aprovechando el golpe psicológico que habían dado a los ingleses, el «Almirante Patapalo» salió de la fortaleza y, junto a sus hombres, inició una última carga que, sorprendentemente, acabó obligando a los ingleses a volver a sus buques. La victoria, milagrosamente, pertenecía a los españoles.

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Historias de allende los mares. Éranse unas batallas, unos fieros marineros y un montón de barcos “Felices y Contentos”

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La Rochelle no es más que una pequeña ciudad portuaria en la costa oeste de Francia. Sin embargo, sus aguas se estremecieron en 1.372cuando las armadas española e inglesa combatieron hasta la muerte en una contienda en la que la estrategia y la picaresca superaron al cañón y el sable. Esa cálida mañana de junio, los castellanos decidieron retirarse del combate hasta que el nivel del mar bajó y las naves británicas, de mayor calado, quedaron atrapadas e inmóviles ante su fuego.

Concretamente, esta batalla naval se sucedió en plena trifulca territorial entre franceses e ingleses quienes, aunque tenían intención de acabar su enfrentamiento en un par de meses, acabaron combatiendo durante más un siglo en la conocida como «Guerra de los Cien Años».

En esas estaba el mundo cuando los galos, faltos como estaban de navíos, decidieron cobrarse un antiguo favor realizado al rey de CastillaEnrique II, a quien habían ayudado a sentar sus reales posaderas en el trono en una de las múltiples guerras civiles de su tierra. Así, haciendo válido como nunca el lema de «hoy por ti y mañana por mí» Francia ordenó al monarca atacar con su armada la Rochelle, en ese momento en manos inglesas a pesar de estar en pleno territorio franco.

Los preparativos

En virtud de su deuda, Enrique decidió enviar una flota formada casi exclusivamente por galeras: buques a remo de poco calado consistentes en una plataforma sobre la que se ubicaban cientos de soldados. El mando de la misma fue entregado a Ambrosio Bocanegra, un experimentado marino que se había convertido en soldado a base de espada y sangre luchando contra los moros.

Por su parte, y cuando recibieron las noticias del asalto, los ingleses armaron una flota para interceptar a los castellanos: «A Eduardo de Inglaterra le importaba la conservación de aquella buena fortaleza por mucho que le costara, y así (…) reunió naos, soldados, provisiones y dinero, confiando la expedición a su yerno Juan de Hastings, conde de Pembroke», explica el ya fallecido historiador y militar Cesáreo Fernández Duro en su obra «La marina de Castilla».

Con todo, y como bien señala el experto en sus escritos, no existe cohesión entre los historiadores a la hora de determinar el número de buques que batallaron aquel día: «Algunos escritores de la época componen a la armada de Castilla de cuarenta naos gruesas y de trece barcos (…) mientras que la Historia belga habla de veintidós navíos españoles». A pesar de ello, la versión más extendida es que la flota Castellana estaba formada por una veintena de galeras mientras que, por parte inglesa, se desconoce la cantidad total de navíos.

Una idea que valió una batalla

Según la mayoría de las crónicas, los ingleses fueron los primeros en arribar a la Rochelle, lugar en el que se prepararon para no dar cuartel a la armada castellana. Ambas fuerzas se avistaron por primera vez el 22 de junio. En cambio, y aunque los marinos y oficiales británicos ansiaban cruzar sables y derramar sangre española aquel mismo día, Bocanegra decidió, para burla de sus enemigos y de sus propios soldados, llevar a cabo una curiosa táctica: izar velas y retirarse de la contienda.

«Siendo en aquel lugar de gran intensidad las mareas vivas, las naos inglesas quedaron varadas en la bajamar, y antes de que flotaran por completo las atacó Bocanegra el día siguiente, utilizando la mayor ligereza y poco calado de las galeras, después de lanzar sobre ellas artificios de fuego que, inmóviles como estaban, no pudieron evitar. La mortandad fue muy grande, por la gente armada que se arrojaba al agua huyendo de las llamas», completa el autor español en su obra.

Después de que se disipara el humo los castellanos observaron como, sin lugar a dudas, la victoria les pertenecía, pues todos los buques ingleses habían sido quemados o habían sido capturados. A su vez, Bocanegra rompió la tradición de asesinar a los prisioneros o arrojarles vivos al agua tras el combate y perdonó la vida a varios caballeros y al conde de Pembroke.

 

La catástrofe de la Armada Invencible, una flota que no hizo honor a su nombre

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Catástrofe. Esta palabra es la que mejor define lo que, en 1.588, aconteció a la Armada Invencible, la mayor flota que los ojos de la Historia habían visto hasta ese momento. Formada por la corona española para invadir Inglaterra, esta ingente cantidad de barcos quedó finalmente hecha astillas por las inclemencias del tiempo y los cañones de la Royal Navy.

Rondaba Felipe II la corona española durante el SXVI con una gran cantidad de territorios bajo su cetro. Y es que, además de las ya consabidas colonias americanas, el imperio de Su Majestad se extendía también por Italia, Flandes y Portugal. No obstante, sus problemas eran tan grandes como la extensión de sus dominios pues, además de los enfrentamientos en los Países Bajos (los cuales tuvo que apaciguar haciendo uso de los temibles Tercios), la pérfida Albión también rondaba las costas hispanas.

Sin duda, estas islas provocaron más de un dolor de cabeza al monarca, que tuvo que ver como las flotas españolas que cruzaban las aguas cargadas con riquezas de las Américas eran atacadas por piratas (corsarios, que decían finamente los británicos) patrocinados por Isabel I, reina de Inglaterra. Tampoco agradaba demasiado a Felipe, católico hasta la médula, que Su Graciosa Majestad profesara y extendiera el protestantismo entre sus súbditos.

La Invencible contaba 130 navíos, 8.000 marineros y 20.000 hombres

 

En estas correrías andaban ambos monarcas cuando Isabel decidió ayudar a los territorios que combatían contra España en los Países Bajos. Esta fue la gota que colmó la paciencia de Felipe A su vez, tampoco ayudó a calmar la situación que Francis Drake, un conocido pirata al servicio de Inglaterra, se hiciera a la mar para repartir cañonazos entre los españoles.

«Las autoridades inglesas lanzaron al Atlántico una flota de 25 navíos, al mando de Francis Drake, con el propósito de hostigar a los barcos españoles y asaltar sus colonias en las Indias occidentales. Antes de cruzar el océano, la flota saqueó Vigo, continuando viaje hacia el Caribe para capturar Santo Domingo (…) Aquello era más de lo que Felipe II podía tolerar sin emprender represalias. A finales de de 1.585 y por primera vez desde el siglo XIV, Inglaterra y España estaban en guerra abierta», destaca el historiador español Carlos Gómez-Centurión en su libro «La Armada Invencible».

Un plan para dominar Inglaterra

Finalmente, parece que el monarca español se cansó de tanta afrenta contra su persona, pues, en 1.586, decidió llevar a cabo una empresa impensable para la época: tomar Inglaterra por la fuerza. Concretamente, inició los preparativos para que una armada partiera de Portugal y viajara hasta Dunquerque (al norte de Flandes) atravesando el Canal de la Mancha. Una vez allí, la flota se reuniría con varios Tercios españoles al mando del Duque de Parma, a los que ofrecería escolta hasta Inglaterra. Ya en tierras británicas, los soldados tenían órdenes de asediar Londres y capturar a tantos miembros de la familia real como pudieran.

Con el plan de ataque trazado, Felipe quiso asegurarse la victoria y ordenó construir una gigantesca flota que, solo con su presencia, helara los corazones de sus enemigos. Esta, sería la conocida como Armada Invencible.

La Invencible sale de puerto

Tres años fueron necesarios para que los astilleros construyeran una flota tan grande como la que había imaginado el insigne Felipe. Tal era su magnitud que fue necesario reacondicionar buques mercantes para el combate. Con todo, el 28 de mayo todo parecía estar listo para que aquella ingente maraña de buques abandonara las costas de Lisboa en pos del inglés.

«A bordo de 130 navíos –que sumaban casi 60.000 toneladas- viajaban unos 8.000 marineros y 20.000 hombres entre oficiales y soldados de diferentes nacionalidades. Se habían embarcado además 180 sacerdotes y religiosos, 74 médicos, cirujanos y enfermeros y más de medio centenar de funcionarios y escribanos que debían de dirigir y hacerse cargo de las tareas administrativas y de gobierno durante la ocupación de Inglaterra», completa en su obra el experto español. Así, enarbolando la bandera católica, la flota comenzó a formar para iniciar su viaje bajo las órdenes de Alonso Pérez de Guzmán, Duque de Medina Sidonia.

Comienzan las desgracias de la Invencible

Una vez fuera de puerto, la primera parada de la también conocida como «Felicísima Armada» fue La Coruña, lugar en el que los españoles esperaban recibir víveres y munición antes de continuar su travesía. Sin embargo, y a pesar de que la flota se había consagrado al Señor antes de partir, pronto quedó claro que Dios no estaba de parte de Felipe II.

La Felicísima tenía órdenes de no combatir a menos que fuera estrictamente necesario

 

«El día 19 de junio (…) anclaron en la Coruña, pero antes de que la Armada hubiese terminado de entrar en el puerto, se declaró una violenta tormenta que dispersó casi la mitad de la flota. (…) Varios días después seguían sin tener noticias de numerosos navíos, otros estaban averiados y cada día caían más hombres enfermos», determina Gómez-Centurión.

Aunque tras algunas semanas la flota volvió a estar casi intacta, este contratiempo marcó el inicio de los ataques que la meteorología tenía preparados contra la Invencible. De hecho, el 26 de julio otra terrible tormenta acosó de nuevo a la armada provocando que casi medio centenar de buques perdieran su rumbo y se alejaran del resto del convoy. Con todo, a base de trabajo duro se consiguió reunir de nuevo a los buques y reanudar la marcha hacia Inglaterra tres días después.

Primer contacto con los ingleses

Por su parte, los ingleses no tardaron en avistar a la Invencible desde sus posiciones en la isla. No obstante, y según cuenta la tradición, el corsario Francis Drake (también vicealmirante de la Royal Navy) no se alarmó demasiado ante la llegada española. «Según la leyenda, Drake, que estaba jugando a los bolos cuando (se presentaron) con la nueva, exclamó: “Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles”», señala el autor de «La Armada Invencible».

Esa misma noche, los británicos armaron 54 buques y dirigieron sus velas hacia la Invencible pensando que los españoles tenían intención de desembarcar en sus costas. No suponían, en cambio, que la escuadra de Felipe II no tenía órdenes de combatir, sino que pretendía atravesar el Canal de la Mancha y llegar hasta Flandes para recoger a la infantería que invadiría Inglaterra.

Ambas escuadras se divisaron cerca del extremo suroeste de las costas inglesas. Aquel fue el primer momento en que los soldados de la pérfida Albión observaron a la Invencible, seguramente la mayor concentración de buques que habían visto a lo largo de toda su existencia.

Una curiosa batalla

Una vez frente a frente, los ingleses comprendieron que no podían enfrentarse a aquella mole de navíos sin salir mal parados, por lo que decidieron aprovechar su poderosa artillería –la cual disponía de un gran rango de acción- y, andanada tras andanada, bombardear a la Invencible desde la lejanía sin recibir ningún daño a cambio.

Mientras, a los españoles no les quedó más remedio que intentar, mediante todo tipo de tretas, que los ingleses se acercaran lo suficiente para bombardearles hasta la muerte. Fue imposible, los enemigos, más livianos y veloces, atacaban y se retiraban a placer para desesperación hispana.

Finalmente, una flota inglesa inferior en número logró hacer huir a la Aramada Invencible

 

Alrededor del mediodía los soldados de Isabel I abandonaron la contienda sin hacer excesivos daños a la Felicísima Armada. De hecho, la Invencible recibió las primeras bajas serias mientras continuaba su viaje, lento pero imparable, hacia Dunkerque. Y es que, Medina Sidonia tenía órdenes de no detener su camino y no combatir contra el inglés a menos que fuera estrictamente necesario.

«Las primeras pérdidas españolas de importancia se produjeron después de la batalla: fueron dos accidentes al margen del ataque enemigo pero que costaron a la Armada la pérdida de dos naves importantes. Primero, la “San Salvador” (…) fue pasto de las llamas debido al estallido de unos barriles de pólvora. Depués, la “Nuestra Señora del Rosario” (…) chocó al maniobrar con otra embarcación andaluza resultando gravemente dañada. Ambas caerían en pocas horas en manos de los ingleses», determina el experto.

La ofensiva final de Isabel I

Finalmente, y ante el continuo acoso al que los ingleses les sometieron en los siguientes días con su constante cañoneo, el 6 de agosto los españoles no tuvieron más remedio que arribar en el puerto francés de Calais, ubicado a unos 46 kilómetros de Dunkerque. Escasos de munición y con unos buques dañados después de varios combates, Medina Sidonia envió una misiva desesperada al Duque de Parma: debía trasladarse lo más rápidamente posible hasta esa posición con sus hombres para poder cumplir la misión.

Pero el de Parma no se encontraba preparado debido a la falta de materiales y munición. La tarea cada vez se complicaba más. Para más desgracia, en la mañana siguiente los ingleses atacaron lanzando sobre la Invencible, ahora amarrada, varios brulotes. Estas curiosas armas consistían en barcos que, una vez desalojados, eran cargados con munición y pólvora. A continuación, se les prendía fuego y se les lanzaba contra el enemigo.

«Cuando los brulotes acortaron distancias y se dispararon sus cañones a causa del calor, el pánico desquició una situación ya deteriorada. Cada barco de la flota tenía echadas dos o incluso tres anclas y casi todas se perdieron. La mayoría de los capitanes se limitaron a cortar sus amarras y huyeron. (…) De un solo golpe la Armada se había transformado de una fuerza de combate cohesionada y formidable en un conjunto de barcos dominados por el pánico», determinan, en este caso, el historiador Geoffrey Parker y el profesor emérito de arqueología submarina Colin Martin en su popular obra conjunta «La Gran Armada: La mayor flota jamás vista desde la creación del mundo».

La meteorología, en contra

A la mañana siguiente todo era caos. Desde su navío, Medina Sidonia no pudo más que desesperarse y maldecir mientras la Invencible, arrastrada por las corrientes hacia el este de Inglaterra, trataba desesperadamente de reagruparse bajo un constante cañoneo enemigo.

Pero lo peor estaba todavía por llegar. «A media tarde se desencadenó un violento temporal mientras los españoles estaban cada vez más indefensos, contra los ingleses y contra el viento que les arrastraba», señala por su parte Gómez Centurión en su popular libro.

Todo parecía haberse puesto en contra de la Felicísima Armada. Finalmente, y después de tratar sin éxito de asaltar a la flota inglesa en un acto desesperado, Medina Sidonia aceptó su derrota y se dispuso a volver a aguas españolas. Este sencillo plan se planteaba difícil, pues sus navíos no podían volver a atravesar el Canal de la Mancha, ahora dominado por los británicos.

Un duro regreso

Para regresar, Medina Sidonia ordenó bordear por el norte Inglaterra, una dura travesía que acabó con los restos de la Armada Invencible. «Se inició así un largo y penoso viaje de retorno, a veces convertido en una auténtica pesadilla, durante el cual miles de hombres perdieron la vida y varias decenas de barcos se fueron a pique», explica el experto español. Finalmente, en septiembre de 1.588, menos de una decena de barcos llegaron a las costas españolas. Acabó así el viaje de la Armada Invencible, la cual, en su primer viaje, no pudo hacer honor a su nombre.

 

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Historias de allende los mares. Éranse unas batallas, unos fieros infantes de marina y una esquirla que casi nos ahorra la de Trafalgar.

Puede que las aguas europeas se hayan teñido multitud de veces con la sangre de los marineros españoles e ingleses. No obstante, la armada ibérica y la Royal Navy pueden presumir de haberse plantado cara a lo largo y ancho del mundo entero. Precisamente, uno de los lugares más recónditos en los que se encontraron fue en la bahía de Pensacola, cerca de la Florida. Allí, en un día de 1.781, la Infantería de Marina hispana desembarcó y expulsó del terreno a los defensores de la Pérfida Albión.

Para saber por qué la armada de nuestro país viajó miles de kilómetros para derramar sangre inglesa hay que remontarse hasta finales del SXVIII, concretamente a 1.763, año en que Inglaterra hizo doblar la rodilla a una coalición de países entre los que se encontraban Francia y España.

Tras esta dolorosa derrota, Carlos III estaba deseoso de que el tiempo le diera una excusa para devolver tal afrenta al inglés, y esto sucedió cuando llegaron las primeras noticias de que las Trece Colonias americanas habían iniciado un levantamiento contra los británicos. En ese momento, España dio comienzo a una abismal campaña de apoyo a los rebeldes, a los que equipó con armas, munición y uniformes. A su vez, la situación se recrudeció cuando la corona declaró la guerra a las islas en 1.779.

Hacia Pensacola

Con el inicio de la lid España dio también el arcabuzazo de salida para molestar en todo lo posible a la Royal Navy, la cual debía ahora dividir sus buques para hacer frente a franceses, americanos e hispanos. En este contexto, el entonces gobernador de Luisiana, el malagueño Bernardo de Gálvez, recibió órdenes de arrebatar Pensacola –una ciudad ubicada en la Florida occidental- a los británicos. Esta empresa, no obstante, era tan arriesga como dificultosa, pues, para entrar en su bahía, era necesario pasar un estrecho de poco calado cubierto por dos baterías enemigas.

Pero el miedo no era una opción para Gálvez, que el 28 de febrero de 1.781 armó una flota de 36 buques y cientos de Infantes de Marina. A su vez, estableció que tropas españolas y francesas tomarían los alrededores de Pensacola desde tierra y ayudarían a asediar la propia ciudad. Con todo preparado, gran valentía, y los cañones armados, se inició el viaje hacia la bahía enemiga.

«Yo solo»

Una vez frente a Pensacola, Gálvez observó que la empresa auguraba un fuerte derramamiento de sangre. Con todo, el malagueño no retrocedió y tomó a bayoneta calada con sus hombres una de las dos baterías que cubrían el estrecho y la entrada a la ciudad.

Sin embargo, y a pesar de que de esta forma redujeron las defensas del enemigo, los ingleses todavía tenían los cañones de la posición conocida como «Barrancas coloradas», una fortificación imposible de tomar sin entrar en la bahía y exponerse a su fuego.

En ese momento se iniciaron las discrepancias entre los oficiales españoles ya que, mientras que Gálvez pretendía entrar con la flota y hacer frente a las «Barrancas coloradas» lanzando sobre ellos andanadas y andanadas de artillería, había muchos que temían que sus buques pudieran ser destruidos.

Ante la disyuntiva, el malagueño no dudó y, después de subirse a un bergantín (un barco de menor calado) se dispuso a llevar a cabo un acto de valentía digno de figurar en los libros de Historia: entrar solo en la bahía a través del fuego enemigo. Decidido, las últimas palabras que dirigió a sus hombres fueron: «Una bala de a treinta y dos recogida en el campamento, que conduzco y presento, es de las que reparte el Fuerte de la entrada. El que tenga honor y valor que me siga. Yo voy por delante con el Galvez-town para quitarle el miedo».

Sin dudarlo, y mientras enarbolaba la bandera de Comandante, Gálvez pasó el estrecho junto a otros tres navíos y atrajo todo el fuego sobre sí, lo que dio tiempo al resto de la flota a posicionarse y arremeter contra las «Barrancas coloradas». Curiosamente, y como si hubieran sido bendecidos, estos primeros valientes no sufrieron daños severos.

La toma de Pensacola

Con el fuego inglés controlado, ya sólo quedaba conquistar la ciudad, empresa que se hizo más sencilla gracias a la llegada de refuerzos españoles y franceses. Finalmente, y ante la ingente cantidad de tropas que se habían reunido junto a Gálvez (unos 8.000 soldados frente a los 3.000 defensores) únicamente hizo falta tiempo para que Pensacola cayera de forma definitiva en manos de Gálvez.

Un brazo y un cañón, de nombre «Tigre»

Otra de las grandes gestas españolas tuvo lugar durante los últimos días de un caluroso mes de julio de 1797. Ese año, Inglaterra se propuso invadir la isla de Santa Cruz de Tenerife con la inestimable ayuda del por aquél entonces contralmirante Horatio Nelson; una de las empresas que a la postre le iba a producir una gran derrota.

El objetivo de los ingleses era claro. Las islas Canarias eran un enclave único y estratégico; un lugar bañado por el océano Atlántico que podría haber servido para el refugio y avituallamiento de la Royal Navy, que en aquellos años tenía intereses en el continente americano. Conquistar Santa Cruz de Tenerife y el resto de las islas significaba, por tanto, la creación de una poderosa base estratégica que contribuiría en definitiva al engrandecimiento del Imperio británico. Sin embargo, Inglaterra no solo se iba a encontrar con la resistencia heroica del ejército español, sino que además se iba a enfrentar con un factor determinante: el Pueblo.

Fuerzas en combate

Así las cosas, durante la oscura madrugada del 22 de julio de 1797 ocho buques ingleses se situaron sigilosos frente a las costas de Tenerife dispuestos a iniciar el desembarco. En total, el ejército del contralmirante Nelson estaba formado por 393 bocas de fuego y nada menos que 2.000 hombres instruidos y experimentados en otros enfrentamientos.

Además, se daba la circunstancia de que el orgullo británico estaba intacto tras haber vencido a los españoles cinco meses atrás en la batalla del Cabo de San Vicente. Por su parte, la defensa de Santa Cruz de Tenerife estaba compuesta tan solo por unos 60 artilleros veteranos y 320 de milicias, varios cientos de soldados y alrededor de 900 campesinos. Todos ellos estaban dirigidos por el teniente general Antonio Gutiérrez de Otero, un soldado veterano que en aquél estío rondaba los 68 años. No obstante, a pesar del número claramente inferior de los españoles, la historia iba a ser muy distinta respecto a los sucesos que habían acaecido en el Cabo de San Vicente.

Un plan casi perfecto

El plan principal de los ingleses, que tenía su origen en una misiva que Nelson le escribió a John Jervis, jefe de la flota del Mediterráneo, el 12 de abril de 1797, era más o menos sencillo. El ejército inglés debía botar 30 lanchas de 900 hombres con el objetivo de asaltar el castillo de Paso Alto, cercano a la playa, y desde allí efectuar fuego de artillería contra la fortaleza de San Cristóbal, el lugar donde se encontraba el general Antonio Gutiérrez de Otero y su plana mayor.

Mientras tanto, la infantería haría lo propio desde tierra. Sin embargo, a pesar de que el plan empezó a ejecutarse según lo previsto, la marea contraria retrasó el avance de las tropas inglesas, que no lograron llegar a la playa hasta el amanecer, justo en el momento en que la defensa española, prevenida, comenzó a utilizar los cañones desde el castillo de Paso Alto para hacer retroceder al invasor.

La batalla del pueblo

Aún así, los 900 hombres armados y con sed de conquista lograron desembarcar en una playa situada al noreste de Santa Cruz, donde fueron sorprendidos por un grupo de 200 españoles que les cortaron el paso. Tras largas horas de batalla, y custodiados en todo momento por un sol de justicia, el capitán Trowbridge ordenó la retirada de los ingleses al atardecer. A pesar de todo, el ejército invasor iba a intentar conquistar la isla unos días más tarde.

De esta manera, en la madrugada del 25 de julio, alrededor de 700 ingleses lograron desembarcar en una playa próxima al castillo Principal con el objetivo de asaltar el fuerte de San Cristóbal. Sin embargo, el fuego de los cañones del muelle y de algunas fortalezas cercanas como La Concepción, Paso Alto, San Telmo o Santo Domingo fueron determinantes para evitar el avance de las tropas.

Además, en el transcurso de la batalla se produjeron algunos acontecimientos inesperados que pusieron en jaque a los ingleses, como la retirada del contralmirante Nelson, que fue herido de gravedad en el brazo derecho por una esquirla de cañón (el cual tuvo que ser amputado por el cirujano unos minutos más tarde), o el hundimiento de la embarcación «Fox». Finalmente, tras una dura y sangrienta batalla por las playas, calles y plazas de Santa Cruz, en la que también participaron labriegos, pescadores y artesanos tinerfeños, las tropas inglesas fueron obligadas a firmar la rendición.

Así, durante la mañana del 25 de julio de 1797, el ejército de Inglaterra sufrió en sus lívidas carnes el poder y la fuerza de un pueblo unido, y Horatio Nelson, el héroe de Trafalgar Square, se llevó uno de los peores recuerdos de su vida.

Continuará…

Historias de allende los mares. Éranse unas batallas, unos fieros marineros y un montón de “Barquitos”, al mando de Vernon.

La de isla Flores no fue ni mucho menos una lucha épica a sangre y fuego, pero, por el contrario, si fue una batalla difícil de olvidar para la pérfida Albión. Y es que, las Azores vieron aquel día de 1.591 como una flota española ponía en fuga a los infames corsarios de su Graciosísima Majestad que, en este caso, fallaron estrepitosamente en su habitual intento de saquear hasta la última moneda de oro que los navíos hispanos traían de América en sus bodegas.

No corrían buenos tiempos para la corona hispánica –encabezada por Felipe II- en el ocaso del SXVI. De hecho, nuestro país hacía frente aquellas jornadas a una creciente deuda nacional que, a falta de liquidez, era sufragada con las insuficientes monedas traídas desde América. A su vez, España combatía por entonces contra su Majestad inglesa, la reina Isabel I, quien no dudaba en pagar a piratas – o corsarios, como eran conocidos estos sanguinarios mercenarios- para que saquearan y enviaran al fondo del mar a los navíos peninsulares que atravesaban el Atlántico cargados de joyas.

Los preparativos

Así, entre sable y mosquete, fueron pasando los años hasta que, en 1.591, los ingleses se enteraron de una célebre noticia: los españoles pensaban echar sus buques a la mar desde América con una gran partida de oro y joyas en dirección a España. Sin tiempo que derrochar los oficiales se pusieron manos a la obra para, en nombre de la Reina, armar una flota con la que interceptar el preciado cargamento.

Para ello, dispusieron una veintena de navíos –varios de ellos piratas-, cuyo mando fue otorgado al afamado oficial Thomas Howard, un viejo conocido por su participación en varios asaltos y batallas contra los españoles. Además, entre las filas se destacaba nada menos que el bucanero Richard Grenville, capitán del galeón inglés «Revenge» (el buque que, durante años, había navegado a las órdenes del cruel pirata Francis Drake).

Hechos los preparativos, la Royal Navy se dispuso a viajar a las Azores, donde darían una sorpresa a los súbditos de Felipe II. Sin embargo, lo que no sabía la cruel Inglaterra era que España, harta como estaba de la piratería, había dispuesto una flota de 55 barcos al mando de Alonso de Bazán para, de una vez por todas, escarmentar a los saqueadores.

Comienza la batalla

El 9 de septiembre, las dos flotas se divisaron en la lejanía para incredulidad de los ingleses. Preparado para derramar la sangre de Albión, Bazán ordenó en un principio que los españoles se dividieran en dos columnas que asaltaran al enemigo desde todos los frentes.

Sin embargo, este plan pronto zozobró debido al mal estado de uno de los buques. «Aviéndose navegado algunas leguas en esta conformidad, el general Sancho Pardo envío a dezir a don Alonso que llevaba rendido el bauprés de su galeón, que es uno de los de Santander, y no podía hazer fuerza de vela; y así conbino templar todas las de la armada, por hazerle buena compañía y no dexarle solo donde andavan cruzando de una parte y otra navíos de enemigos, que fue causa de no poder amanecer sobre las Islas», señala un documento de la época de la colección «González-Aller» ubicado en el archivo del Museo Naval y recogido por la «Revista de Historia Naval».

A pesar de que el asalto no se produjo con toda la celeridad que Bazán pretendía, los ingleses no tuvieron los arrestos de plantar combate en mar abierto y, para asombro de los españoles, la mayoría de la flota de la Royal Navy inició la huída a toda vela.

El «Revenge» mantiene la posición

Pero la retirada fue demasiado deshonrosa para Grenville quien, desoyendo las órdenes, decidió mantener la posición y, junto a otros dos navíos ingleses más, plantar batalla a los españoles. Por su parte, y mientras se sucedía un inmenso fuego de mosquetería y cañón, Bazán ordenó a parte de sus fuerzas acabar con el «Revenge» mientras varios buques seguían en su huída a los ingleses.

La contienda no fue muy extensa. A las pocas horas, los buques que escoltaban a Grenville habían abandonado sus posiciones y sólo el «Revenge» se enfrentaba valientemente a los navíos españoles, ahora al completo tras haber vuelto de la fallida persecución. No hubo victoria para los ingleses que, asediados como estaban por todos los flancos, cayeron bajo las tropas españolas.

Acaba el combate

Al anochecer, el «Revenge», buque insignia de Francis Drake, había caído en manos españolas. «El almirante, de los mayores marineros y corsario de Inglaterra, gran hereje y perseguidor de católicos, hízole traer don Alonso de Bazán a su capitana, donde por venir herido de un arcabuzazo en la cabeza le hizo curar y regalar, haciéndose buen tratamyento y consolándose de su pérdida; mas la herida eran tan peligrosa que murió a otro día. De 250 hombres que traía el navío quedaron 100, los más de ellos heridos», se añade en el antiguo escrito.

Por parte española fallecieron aproximadamente 100 soldados y marineros debido al hundimiento de varios buques durante la contienda. No obstante, aquel día España demostró a su Majestad Isabel I que no estaba dispuesta a sufrir más el pillaje de sus infames corsarios.

Blas de Lezo, el almirante que defendió Cartagena de Indias

Era cojo, manco y tuerto, pero a pesar de ello logró humillar a los ingleses en una de las batallas navales más importantes del SXVIII. Este marino no era otro que Blas de Lezo, un almirante guipuzcoano que, contra todo pronóstico, consiguió rechazar a la segunda flota más grande de la historia con apenas seis buques y poco más de 3.000 hombres en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias.

Esta dura batalla se fraguó aproximadamente en 1.738, año en que los ingleses declararon la guerra a España después de que nuestros navíos apresaran el buque de un contrabandista británico. Al parecer, esta excusa fue muy útil para la pérfida Albión que, como deseaba desde hacía tiempo, comenzó a planear un asalto sobre Cartagena de Indias (el centro del comercio americano y donde confluían las riquezas de las colonias españolas). Sin embargo, lo que no sabían es que allí les esperaba Blas de Lezo, un condecorado y experimentado almirante guipuzcoano conocido también como «Mediohombre» o «Almirante Patapalo» por ser cojo, manco y tuerto.

El número contra el ingenio

Para asaltar Cartagena de Indias, los ingleses armaron la segunda mayor flota de la historia (después de la que fue utilizada en el desembarco de Normandía). Concretamente, disponían de 195 navíos, 3.000 cañones y 29.000 soldados (4.000 de ellos milicianos estadounidenses), todos al mando del almirante Edward Vernon.

Por su parte, los españoles disponían de una paupérrima defensa en esta ciudad, pues a las órdenes de Blas de Lezo había únicamente 3.000 hombres, 600 indios flecheros, y 6 navíos de guerra (el Galicia, el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador).

No obstante, Lezo no dudó en aprovechar las ventajas estratégicas que le ofrecía el terreno. Y es que la entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos conocidos como «bocachica» (defendido por dos fuertes) y «bocagrande» (asegurado por cuatro). En un intento de resistir al invasor, el «Mediohombre» dividió sus buques en dos compañías y situó una en cada entrada. A su vez, dio órdenes de que, en caso de que fueran superados, se barrenaran los navíos españoles para que sus restos impidieran la entrada a la bahía.

Comienza la batalla

La armada inglesa se dejó ver por la ciudad colombiana el 13 de marzo de 1.741, y en solo dos jornadas se adueñaron de sus alrededores. A continuación, Vernon inició un bombardeo constante sobre los fuertes y los buques que defendían la plaza durante 16 días.

La frecuencia y la potencia de los disparos fue tal que, a pesar de que el español usó una decena de artimañas como lanzar bolas encadenadas para destrozar los palos de los navíos enemigos, no quedó más remedio que abandonar dos de los fuertes. Además, y ante la cantidad de fuego que caía sobre ellos, Lezo ordenó, como estaba previsto, incendiar sus buques para evitar el paso hasta la ciudad.

Sin embargo, esto no sirvió de mucho, pues el almirante inglés remolcó uno de los buques que aún no se había ido al fondo del mar y consiguió apartarlo de la entrada de Cartagena de Indias. Así, con los barcos españoles hundidos y varias fortalezas tomadas, Vernon cometió el mayor error de su vida: enviar emisarios a Inglaterra anunciando su victoria. Algo que, a la postre, le saldría muy caro.

El asalto final

Con sus buques en la bahía y bombardeando hasta la saciedad las posiciones enemigas, Vernon se hinchó de orgullo y decidió asaltar el símbolo de la resistencia española: el castillo de San Felipe (una de las fortificaciones donde quedaban poco más que 600 defensores). No obstante, y como asaltar frontalmente la fortaleza era una locura, el almirante prefirió rodear la posición y atacar por retaguardia. En este caso, el inglés cometió otro gran error, pues, para llegar hasta la parte trasera de la fortaleza era necesario atravesar la selva, algo que provocó la muerte de cientos de sus soldados.

Una vez en la posición deseada, y a pesar de las penurias, Vernon ordenó un primer ataque contra los muros españoles en los días sucesivos, asalto que los defensores resistieron heroicamente acabando con nada menos que 1.500 enemigos. Tras este primer combate, el almirante inglés se desesperó ante la idea de perder una batalla que hasta hace pocos días parecía ganada y ordenó a sus hombres llevar a cabo una última arremetida masiva usando escalas.

En la noche del 19 de abril, los ingleses se agruparon en tres columnas para tomar las murallas. Sin embargo, los asaltantes se llevaron una gran sorpresa cuando se dieron cuenta de que las escalas no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de los muros. Y es que Lezo, haciendo uso de su ingenio, había ordenado cavar un foso para impedir el asedio. Con los enemigos a su merced, los españoles acabaron aquel día con centenares de casacas rojas.

Al día siguiente, y aprovechando el golpe psicológico que habían dado a los ingleses, el «Almirante Patapalo» salió de la fortaleza y, junto a sus hombres, inició una última carga que, sorprendentemente, acabó obligando a los ingleses a volver a sus buques. La victoria, milagrosamente, pertenecía a los españoles.