En 1522 los españoles, con esta arma, destrozaron a los famosos cuadros de piqueros suizos en Bicoca. Después le llegó el turno a los caballeros con armadura medievales franceses en Nápoles, durante la Batalla de Pavía.

“Se inventó en España un cañón lo suficientemente reducido como para que lo portase y disparase un solo hombre. Recibió el nombre de arcabuz, de una palabra holandesa que significa cañón de gancho. Tal vez fue llamado así porque se asociaban los primeros arcabuces con las picas, que eran lanzas con gancho”.

Arcabuces

Cuenta Pierre de Brantôme: “…1.500 arcabuceros de los más diestros, prácticos, astutos, dispuestos y que más andaban, que, enseñados por el mismo Pescara á extenderse en escuadras por el campo contra todo orden de guerra y ordenanza de batalla y hacer giros y dar vueltas de uno á otro lado con gran celeridad, fueron desbandados por orden del Marqués entre los escuadrones de caballos, que dieron buena cuenta de los franceses, destruyeron su esfuerzo con gran ventaja, perdiéndoles enteramente, porque reunidos simultáneamente y formando un grueso, eran arrojados á tierra por tan pocos pero excelentes y bravos arcabuceros…”

Estos guerreros estaban armados con una de las primeras armas de fuego portátiles adoptadas por los ejércitos: el arcabuz de mecha. Este se utilizó con sucesivas innovaciones desde el siglo XV al XVIII. El vocablo quizá derive del alemán hakenbüsche (haken: gancho o garfio, büchss: arma de fuego) nombre que recibe una especie de cañón portátil en relación con un “gancho” que tenían provisto para apuntalar mejor el artefacto y amortiguar el retroceso durante el disparo.

Demaría nos brinda las distintas derivaciones que sufre este vocablo, transformándose en archibuso en italiano para ser arquebus en ingles, arquebuse en francés y finalmente arcabuz en español.

Por ahí también hay autores que afirman que el cañón, trueno o bombarda de mano o “hakenbüsche” coexistieron por un tiempo, encontrándose documentos en los cuales dentro de una misma compañía, los arcabuceros se discriminan de los “hackebutiers” (voz francesa que designa a los soldados armados con hakenbüsche). También podría ser una deformación del árabe al káduz (el tubo).

Nombres aparte, el mecanismo de ignición del arcabuz nace hacia 1450 y recibe el nombre de llave de Serpentín o De mecha. Si bien en occidente este sistema de ignición evolucionó rápidamente hacia otras llaves como la de rueda, en oriente se utilizó sin muchos cambios hasta el siglo XIX. En el campo militar, sin embargo, consecuencia de la tecnología costosa de las armas de rueda, la llave de mecha siguió utilizándose hasta la implementación masiva de la llave de sílex o de chispa, a finales de la década de 1690. En algunos ejércitos más humildes la mecha continuó en uso hasta 1710.

Existieron en una gran variedad de modelos, sobre todo en relación con el país o región de procedencia. Diferentes estilos de caja, distintos largos de cañón, diferentes maneras de fijar el cañón a las maderas y múltiples calibres personalizaron a los arcabuces. El de nuestra historia es del tipo militar, de fabricación espartana, tosco, barato de construir, resistente y efectivo. También los había más elaborados, destinados a los oficiales, ni que hablar de aquellos construidos con fines cinegéticos.

La caza, era practicada solo por los nobles señores, en sus cotos particulares. Estas armas poseen tal grado de detalle que alcanzan la calificación de verdadera “galería de arte” ya que poseen cincelados, incrustaciones de marfil, cuerno, piedras preciosas. Grabados a buril. Cañones y llaves dorados por sublimación o a la hoja. Tallas, taraceado, damasquinado y fina ebanistería integrados en un mismo objeto.

Los mecanismos evolucionaron. Desde un serpentín de hierro en forma de “S” adosado al lateral de la caja hasta el nacimiento de la verdadera llave de mecha ya con los distintos componentes fijos en una platina: el serpentín y la excéntrica con su muelle.

Los disparadores en general son de dos tipos. Los primeros modelos toman prestado el de las ballestas, conformado por una leva o palanca que se manipula con los últimos cuatro dedos de la mano que empuña el arma, este tipo de disparador se utilizó hasta el siglo XVII. A finales del siglo XVI el disparador adquiere una morfología mas parecida a los actuales y se rodea de un arco guardamonte.

La evolución provee al serpentín de un muelle que lo impulsa constantemente hacia la cazoleta, bloqueado por un fiador que lo libera al oprimir el disparador y la mecha cae automáticamente hacia el cebo (snapping matchlock), disminuyendo notablemente el lock time. En general la platina se conserva rectangular y alargada. El serpentín o sierpe en la mayoría de los modelos “cae acercándose” hacia el tirador aunque también hay modelos donde “cae alejándose” (tipo japonés).

Si están presentes, los aparatos de puntería de los arcabuces comprenden una pequeña variedad que abarca desde el simple visor de tubo colocado sobre la recámara (en modelos más antiguos) hasta alzas y guiones fijos no muy distintos de los contemporáneos. Los cañones son reforzados en recámara y aligerados hacia la boca.

Tienen un promedio de 1000 mm de ánima y están montados en un fuste de madera de un metro aproximadamente. La cazoleta estaba provista de tapa, que se manipulaba de forma manual. Los cañones de una rama de los arcabuces va a aumentar en peso y longitud lo que va a requerir de un apoyo o soporte para disparar el arma. Nace así el mosquete.

Las mechas podían convertirse en una verdadera pesadilla logística, ya que abastecer de cuerdas a los arcabuceros durante el combate no era una tarea fácil. Generalmente un oficial circulaba cargando con cincuenta madres de cuerdas encendidas para abastecer a los hombres de su cuadro no solo de mechas sino que le “daba fuego” a aquellos cuya mecha se había apagado. El cálculo era que para 1.500 arcabuceros en servicio durante un día y una noche eran necesarios aproximadamente 250 kilos de mecha.

La madre de cuerda era la mecha que el arcabucero enrollaba en su mano y antebrazo colocando un extremo en el serpentín, por el cual la hacia correr para que el extremo encendido sobresaliese adecuadamente para encender el polvorín de la cazoleta, el otro extremo también estaba encendido por si se apagaba el que estaba en el serpentín. La madre de mecha medía aproximadamente dos metros.

Teniendo en cuenta que el arcabucero estaba rodeado de frascos con pólvora, la maniobra del arma exigía un elevado cuidado. La mecha encendida en ambos extremos se transformaba en un importante factor de riesgo cuando se realizaban las operaciones destinadas a cargar el arma.

La condición obligada de mantener las mechas encendidas y colocadas en el serpentín limitaba las aplicaciones tácticas del arcabuz. La brasa o el humo de las mechas encendidas delataban la presencia o las intenciones del arcabucero. Además, la lluvia por ejemplo, lo transformaba en poco mas que un palo.


El equipo adicional de los arcabuceros consistía en una bandolera de la que pendían las cargas de pólvora preparadas en doce estuches de cobre o de madera, de la misma colgaban también un frasco extra con el polvorín para cebar la cazoleta, una polvorera de reserva y una bolsa en la que se guardaban las balas, la mecha y el mechero para prenderla. Además iban armados con una espada semejante a la que solían usar los piqueros. Cada arcabucero recibía una cierta cantidad de plomo para fundir sus propias balas en un molde que se les entregaba junto con su arma.

PÓLVORA, FRASCOS Y FRASQUILLOS Y LOS DOCE APÓSTOLES.

Se llevan generalmente dos tipos de pólvora alojada en otros tantos recipientes mayores [frasco y frasquillos]: pólvora para rellenar la cazoleta en el frasquillo, y pólvora no tan refinada para la carga principal en el frasco.
No obstante esta distinción, ambas pólvoras eran “finas”, en contraposición a la pólvora empleada en artillería, que no solía estar tan refinada [molida] y era de grano más grueso.
Cuanto más fina fuera la pólvora, mejor prendía y hacía su función: con pólvora fina, bastaba una carga de la mitad del peso de la bala, mientras con pólvora gruesa, eran necesarias las dos terceras partes de peso de la bala [como refiere explícitamente Lechuga o recoge Eguiluz en su tratado]

Amén de este frasco de pólvora, se solían llevar unos frasquillos [“cargas”] con la carga exacta de pólvora que debía usarse [proporcionada a un medio del peso de la bala como hemos dicho] colgados de unas cuerdas en una bandolera cruzada sobre el pecho. Su número solía ser de doce cargas, y se les solía conocer como los doce apóstoles.

La pólvora negra, compuesta de salitre, azufre y carbón [vegetal, preferentemente de sauce] producía una gran cantidad de humo, que acababa convirtiendo las zonas del campo de batalla donde había más acción en una zona cubierta por una niebla ácida, que irritaba gargantas y ojos, y limitaba la visión.

Para cien libras de pólvora recogemos una fórmula adoptada el 9 de mayo de 1568 por la Artillería del Ejército de Flandes [recogida por el “Tratado de la Artillería y la Fortificación”, Cristóbal Lechuga]:
75 libras de salitre [nitrato potásico]
15 libras y 10 onzas de carbón
9 libras y 6 onzas de azufre

Vauban, en una fórmula 150 años posterior, da esta proporción
75 salpetre
12 ½ soufre
12 ½ charbon

Como cada pedido de armas incluía los moldes para fabricar la munición, el calibre de las balas fundidas tendría que coincidir con el del cañón. Sin embargo, esto no siempre ocurría en la práctica debido a imprecisiones en la manipulación de los moldes. La dosificación de la pólvora se realizaba de forma subjetiva y más bien exagerada una vez que se habían utilizado los estuches predosificados de la bandolera.

PELOTAS

Las balas eran de plomo y eféricas. Generalmente, como los calibres no solían ser uniformes ni mucho menos, junto con el arcabuz se entregaba una turquesa, molde a modo de tenaza para conformar las balas. A los soldados se les entregaba – salvo en expediciones de calado importante, donde se les podían entregar balas ya fundidas – plomo en pasta [o lingotes] que ellos mismos debían fundir en un recipiente, cogiendo con estas turquesas la cantidad justa, enfriándolas rápidamente la bala en agua para abrir la tenaza, dejarla caer y coger otra cantidad de plomo para continuar fabricando balas.
Se recomendaba que se portasen 50 balas ya hechas, y por tanto, la cantidad equivalente de pólvora necesaria [la mitad en peso]. En ningún caso debía reclamarse a viva voz pólvora o balas durante la batalla en caso de quedarse sin, puesto alertaría al enemigo.
En una bolsa de cuero se llevarían estas balas, junto con cuerda, pedernal y eslabón, para prender la dicha cuerda o mecha.


<- Pelotas de Arcabuz. 1 onza = 1/16 libra castellana = 28.75 gramos.
1 bala de plomo de 1 y ½ onza de peso tendría 19.4 mm de diámetro.
1 bala de plomo de 1 onza de peso tendría 17 mm de diámetro.
1 bala de plomo de ¾ de onza de peso tendría 15.4 mm de diámetro.

Esto ocurría con frecuencia cuando las circunstancias obligaban a mantener una cadencia de fuego rápida y el tirador no tenía tiempo de volver a llenar los estuches para dosificar sus cargas y vertía la pólvora en el bacinete directamente con el polvorín de reserva. De todo ello resultaba una considerable desigualdad de tiro.

CUERDA

La mecha o cuerda se hacía de lino o cáñamo, y se bañaba la totalidad en una solución de agua y salitre, dejándose secar. También se podía bañar el cabo [extremo] con pólvora disuelta en agua o aguardiente, dejándose secar y quedando las fibras impregnadas de pólvora, que había de ser muy fina para este propósito [polvorín] de manera que fácilmente prendiera a la chispa dada.
Se consumía mucha cuerda [dependiendo del prensado de las fibras y de lo impregnadas que se encontrasen quemaba con mayor o menor rápidez]: las centinelas debían tener siempre su cuerda encendida, y cuando se caminaba por tierra que se sabía hostil, al menos uno de los arcabuceros de la fila debía llevar su cuerda encendida para pasar la mecha al resto de compañeros de la hilera.
Cuando el enemigo estaba próximo, todos debían llevar sus cuerdas encendidas, y caminar así, con los arcabuces con las cuerdas encendidas era símbolo de combate inminente.
La cuerda – como la pólvora y el plomo – aparece en los inventarios recogida en quintales [100 libras] aunque asumiendo que su peso sería poco, sería mucha longitud la que se consumiera.

La indumentaria de los arcabuceros era mucho más liviana que la de los piqueros. Consistía habitualmente en un morrión, una gola de malla de acero y un coleto o chaleco de cuero.

Durante los combates solían llevar una camisa liviana sobre toda esa indumentaria de un color determinado a manera de uniforme para ayudar a identificar sus compañeros de tercio.

El tercio era el núcleo de combate más o menos autónomo, de características apropiadas para satisfacer las necesidades de las campañas en las que se hallaban comprometidas las tropas imperiales. Cada Tercio se dividía en compañías que a su vez estaban formadas por cuadros, constituidos inicialmente por proporciones de un arcabucero cada cinco piqueros.

A los arcabuceros se les consideraba, en efecto, soldados ligeros respecto de los piqueros, cuyas compañías antes de la implementación masiva del arcabuz constituían el núcleo básico del tercio. Durante el combate los cuadros de arcabuceros se caracterizaban por su gran movilidad, desplegándose rápidamente para situarse en las alas de los cuadros formados por los piqueros y tratar de envolver al enemigo hostigando sus flancos.

Los piqueros habían sido un recurso exitoso contra la caballería, prácticamente una barrera infranqueable. Hasta que la artillería los barrió en Marignano (septiembre de 1515). Los arcabuceros fueron aumentando paulatinamente su número en las formaciones del tercio sustituyendo poco a poco a los piqueros (mosquetes con balloneta en el s. XVIII).

Publicado 23rd March 2012 por 
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