Cristóbal de Espinosa de los Monteros-Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús. 3ª Parte

Nota: Para que dar constancia que esta historia no es novelada, al final se detalla la primera revuelta de los Sangleyes en Manila.

14642359_1680501318932413_4387723233518103398_n

… Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

Aquella noche que había luna, desde las diez dio sobre los enemigos y los indios pelearon con flechas muy bien y en dos horas los desbarató. El cossario había enviado por sus navíos que estaban 4 leguas de allí y se embarcaron muchos dellos y el general suyo. Diole tanto pesar al almirante cuando lo entendió que a las tres de la mañana se embarcó tras dél y a las 6 le había echado a fondo cinco navíos y los otros cuatro se le rindieron. A las diez del día tornó a tomar puerto y se vio en gran peligro porque llegaron catorce navíos de socorro de Mindana[o] y de otras islas de enemigos y se arrojaron a los navíos de Espinosa hasta que hizo colgar en todas las entenas todos los presos, los cuales los atemorizaron diciéndoles que los suyos todos habían perecido y fue tanto el temor que les dio el saberlo que al momento huyeron todos, arrancó en su seguimiento cojíoles tres navichuelos echó cuatro a fondo y los demás se escaparon de allí a tres días volvió al puerto del nombre de Jesús Pintados despachó un aviso al Gobernador enviando el cossario preso, habíendolo enviado primero a que lo viese la Señora Doña Fabiana Pérez. El que llevó al cossario a ambas partes fue Alonso de Quesada a quien había hecho capitán por merecerlo y era natural de Jaén. Hiciéronse fiestas en Manila por tan gran victoria.

A tres días pasados despachó la almiranta y otro navío porque era ya tiempo de volver a México. Habiendo ordenado estas cosas fue a la ciudad donde se desposó aquella noche con Doña Fabiana Señora de Indios en la isla con mucho contento de todos porque estimaron tal amparo y defensor.

El gobernador le premió con una encomienda de tres pueblos del Rey y otro que vacó por muerte de un encomendero se lo dio luego, que todos valdrán cada año mil y quinientos pesos de oro. La mujer tiene otros tres que le rentan dos mil pesos de oro y su mayorazgo de tierras ingenio de azúcar que vale mucho. En diversas ocasiones ha llegado a la isla muchos cossarios con quien ha tenido más de veynte batallas y más de las doce han sido con los mindanaos y todas las ha vencido por su grande ardid y valentía, ha tenido tres desafíos, el uno con un negro moro loloso cossario de cual le contaban cosas notables, y a todos los venció.
Ha tenido otras muchas victorias y de todas sale empeñado, porque junta la gente y gasta a su costa y después reparte el despojo. Con los presos ha sido liberalísimo, de suerte que es proverbio entre los enemigos que no se les da nada de la prisión del almirante, porque tiene cierta la libertad y aun muchas victorias han procedido desto

No ha castigado soldado castilla si no es por traycion o por maltratar los indios y entonces con mucha misericordia.
Ha sido notablemente honesto y no se le ha conocido vicio que le desautorice y desacredite.

Todos los gobernadores que han ido le han confirmado el título de Almirante y le han ido dando más indios y renta o pensiones sobre otras encomiendas porque en tiempo de todos ha vencido enemigos.

A un corsario mindana lo cogió habiéndole vencido dos veces y dándole libertad la tercera lo llevó a Manila y por mandado del Gobernador amaneció colgado, de lo cual recibió grandísima pena, lo cual le reprehendió el gobernador y en satisfación dijo: Señor dicen que decía el Príncipe de Oria que si ahorcan los corsarios se privaba de la gloria que le habían de dar porque no había con quien pelear.

Avia poblado junto a Manila más de doce mil chinos, que allí Íes llaman Changuayes Chriílianos. Estos por algunos achaques le levantaron y cercaron a Manila auxilió el Gouernador al Almirante, y vino en su socorro en tan buen tiempo que los enemigos asaltaban el pueblo .En la qual ocasión sucedió vn milagro que no es justo se pase en silencio. Apareció vn Christo Crucificado entre las almenas del muro y les habló a los Changuayes (sangleyes)* diziéndoles gente maldita por qué afligís mi pueblo.

Viéronle dellos infinitos, y le oyeron, y assi dexaron el asalto, y se dividieron en tres exércitos, y se fueron a destruir los pueblos comarcanos. En esta sazón llegó el Almirante, y fue en seguimiento de uno de los exércitos de suerte que lo venció, y desbarató con notables hazañas de su persona. Después de vencidos se reduxeron todos recabando- les perdón del Gobernador conque se mostraron muy arrepentidos de su novedad, y motín. Recibido. En Manila, el Gobernador con grande honra y le dio nuevas rentas y premios en ciertos indios, pueblos, y minas, y muy favorecido, y honrado le despachó a su isla nombre de I E S V S de Pintados.

A ydo fu fama y honra en grande acrecentamiento con las nuevas hazañas que cada día emprende, Vitorias que consigue, y cosarios que rinde, es común dicho, en las Filipinas, que los cargos, ginetas y Vanderas, citan aguardando a los hombres de Jaén, y no ellos a los cargos, por la buena fama, y nombre que tienen, y han si hay nueva que son al presente algunos Capitanes. Esto es hasta el año de 1608. Que tuvieron cartas sus padres en Jaén en que les informa de una gran batalla que avía tenido con cossarios, de que había salido mal herido, aunque vencedor. Después acá, no se a sabido más del, si es muerto confío en Dios le avrá dado su gloria por lo bien que les sirvió contra sus enemigos. Y fi es vivo, Dios le conserve, y aumente las Vitorias para mayor gloria de su Magestad, y de la del Rey Señor nuestro.

————————————
*La revuelta de los sangleyes se inició durante la noche del 3 de Octubre de 1603. En ese momento se congregaron muchos de los sangleyes que había en Manila y alrededores. Aunque los revoltosos tenían previsto levantarse en armas en noviembre, fueron descubiertos, y por ello avanzaron sus planes. El punto en que empezaron a reunirse fue a media legua de Manila, desde donde pretenderían luego entrar en la ciudad y adueñarse de ella. Un primer intento de derrotar a los sublevados terminó en desastre. Un contingente de 130 españoles fue enviado a reprimir la revuelta pero fueron rodeados y masacrados. Acto seguido, y animados por este éxito, los sangleyes se lanzaron a la toma de Manila. A pesar de esta victoria inicial, los intentos de los sublevados, cuya cifra podía llegar a la de 25.000 hombres (San Agustín, p: 709), de tomar la zona fortificada de la ciudad fueron repelidos, y al ver que a su vez llegaban los refuerzos españoles del Almirante Cristóbal de Espinosa de los Monteros y viendo que su situación empeoraba, se retiraron hacia algunos pueblos cercanos a la ciudad, donde se fortificaron. En este punto se giran las tornas, y son los españoles y sus aliados los que salen al encuentro de uno de estos tres núcleos de sangleyes sublevados. Los combates se alargarán hasta el 14 de noviembre, momento en que la práctica totalidad de los sublevados había sido muerta huida y aprisionada


Ilustración: José Ferre Clauzel

Anuncios

Cristóbal de Espinosa de los Monteros-Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús. 2ª Parte

14702310_1679983048984240_1766390134824521899_n

… Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años en el cual le ocupó dos con tanta animosidad valor y prudencia, que ofreciéndole una salida habiendo de nombrar caudillo, le pidió a voces todo el ejército y se le encargó aquel acometimento del cual dio tan buena cuenta, que acabó lo que no había podido otros caudillos, por lo cual el general le dio título de capitán con mucha gloria y aplauso de todos. En este cargo aunque lo recibió menos que de veynte y dos años hizo alarde y muestra de sus heroicas virtudes valor invencible asentada nativa, era gran maestre de milicia y con su ejemplo instruía, de suerte que todos los soldados aunque fueran ciervos, imitándole eran leones.

Dél se puede decir que dijo un retórico de Alejandro que ni en sus determinaciones faltó prudencia , ni en los asaltos y batallas osadía, ni en el repartir a sus soldados lo que tenía liberalidad, porque cuando se ofrecía algún consejo de dificultad y duda el suyo eran tan acertado que los muy experimentados lo aprobaban por de muy sabio.

Si peleaba con los enemigos emprendía tales hazañas que descubría suma valentía. Si había ocasiones de saco y riqueza, de tal suerte los sabía repartir no acordándose de sí mismo que todos le quedaban obligados y aficionados, si sabía de la necesidad de algún soldado la remediaba, aunque se lo quitase de la boca y favorecióle el Cielo este ánimo tan hidalgo y liberal que siempre le dio para que tuviese qué dar.

Acabada aquella jornada volvió a México y el virrey le ocupó dándole una conduta de capitán del galeón Almirante que va a las Filipinas donde hizo su viaje muy próspero, habiendo llegado a Manila dentro de tres días se descubrieron el mar doce velas chinas que entendió ser cossarios de los muchos que andaba en aquellos mares revelados de la China, el general y Gobernador le nombraron, salió con el almiranta y cuatro navíos y sin llevar orden acometió al enemigo y le dio batalla y venció , tomóles dos navíos y los demás le huyeron. No perdió en esta refriega más que nueve hombres.

Entrando el puerto repartió toda su hacienda con sus soldados, diciendo que ya sabía su delito, mas aunque el general le prendió fue para más honra suya porque se juntaron mil y trescientos hombres y a voces pidieron su almirante diciendo que por tales hazañas y tan famosa victoria no merecía prisión, antes gran premio.

Porque él solo, visto que el enemigo le entraba a un navío, se arrojó en él sin entrar otra persona de socorro y fue bastante su presencia y sus hechos para arrojar al mar todos los enemigos. Y así le dieron por libre y honraron de suerte que el Gobernador y General de las filipinas que reside en Manila, trató luego de casarlo con la Mayorazgo que reside en la Isla del nombre de Jesús de Pintados que en todas aquellas islas no hay otro mayorazgo que el de la señora doña Fabiana Pérez das Mariñas por los hechos de su padre y respondió ella que [cuando] hubiese visto sus hechos y su persona daría el sí y que pues la isla estaba cercada del cossario chino y de nueve navíos que le había quedado y esperaba muchos navíos de la isla Mindanao y de otras que le enviase al socorro, y con esta ocasión le soltó de la prisión y fue nombrado por almirante de aquellos mares con tal título.

Salió con seis navíos bien armados, llevó todos los soldados que se hallaron en la pasada y más, juntó todos los que pudo hallar de Jaén y su Reyno en aquellas islas porque decía, que los había conocido buenos para mandar y obedecer y que sabían y osaban acometer sin perder la ocasión. Habiendo llegado a la isla de Pintados se fue derecho al puerto con cuatro navíos y envió los otros dos 20 leguas de allí y les mandó que desembarcasen y viniesen con dos mil indios isleños vestidos como españoles, que ellos llamaban Castillas. El general cossario retiró a otro puerto sus navíos y más de ocho mil hombres que traía. Juntóse con los castillas de la tierra del almirante y dio orden de que se vistiesen dos mil isleños, contándoles las coletas porque traían y es deshonra entre ellos traerlo corto, aunque por la necesidad lo consintieron forzados, conjurándose que se habían de vengar en teniendo ocasión. Mas para desenojarlos y asegurarlos, el almirante hablo a un cacique de aquellos, que era señor de unos pueblos del Rey y le regaló mucho diciéndole que todos aquellos cabellos los pagaría el en oro y a peso de honra que pensaba hacer a todos los caciques e indios.
El cacique le descubrió la conjuración y cómo tenían determinado de pasarse al enemigo si viesen que llevaba lo mejor de la batalla.

Sabido por Chalques (que son los correos) la venida de la gente y indios les mandó estuviesen en la montaña y diesen socorro quando él lo mandase.

Otro día les habló a los isleños y les dio los vestidos y a cada uno perdonó un tributo de lo que pagaban y les dio a entender que era honra haberles cortado los cabellos en servicio de Dios y del Rey y de la Patria. Cosa que los dejó contentos y redujo, y envió a decir con este cacique a los otros enviándoles veintidós de los soldados, quedándose él solo con lo que traía encima y aquel día no quedó cosa de paño que no lo hiciesen capotillos y gabardinas para que todos fuesen en hábitos de castillas, aunque son muy pusilánimos y huyen en viendo los arcabuces.
A otro día la batalla con solo mil castillas y dos mil isleños dejando los otros con grande penacho. Peleó desde las siete de la mañana hasta las nueve y aquella hora salió el socorro de trescientos hombres castillas y dos mil isleños con el mismo orden.

Comenzaron a retirarse los chinos y a estar allí sus navíos se entendió que se embarcaran. Duró hasta la noche en que murieron veinte y un castillas y doce no más de los isleños porque no les dejó pelear no más de hacer bulto de castillas: de los cossarios se dijo que murieron dos mil o más, en esta ocasión le vio doña Fabiana Pérez y quedó tan satisfecha y aficionada que le envió a rogar que se entrase en la ciudad a descansar. Él le respondió que no le podía obedecer por dos cosas, porque no era justo dejar a sus soldados a vista del enemigo, y porque no había vencido del todo al enemigo.

CONTINUARÁ


Ilustración: José Ferre Clauzel

Cristóbal de Espinosa de los Monteros-Utrera y Mírez.

14572259_1679478362368042_5869439311917981642_n

Del famoso Almirante Don Christóbal de Espinosa de los Monteros – Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

No solo por tierra más por la mar ha tenido este Reyno y Ciudad hijos que se han hecho conocer y estimar no solo en este mundo ártico más en el antártico, de quel fin otros muchos dará testimonio aquel valeroso Almirante del mar de las Filipinas Cristóbal de Espinosa de los Monteros hijo de un noble hidalgo llamado Pedro de Espinosa de los Monteros, descendiente de aquel famoso y ennoblecido que en las montañas tienen de donde toman el sobrenombre de fuerte que el blasón heredado de sus ascendientes lo matizó con el fino esmalte de la gloria de sus heroicos hechos.

Sus padres desde niño le enseñaron para lo que Dios ordenase del leer y el escribir y le dieron estudio si diera lugar su bélica y acelerada inclinación, que desde niño la descubrió, pues apenas había cumplido los doce años de su edad cuando un capitán por esta ciudad haciendo gente le fue a hablar y le pidió le recibiese por soldado. Diciéndole. Vaya con Dios mancebo, que es muy pequeño. Él le replicó ansioso de cumplir su deseo: «Yo confío en dios señor capitán que me hará grande y me ayudará para que acierte a servirle a Él y a mi Rey en esta profesión». Al capitán le agradó la réplica de fuerte que luego lo recibió sin reparar en su edad y ello lo estimó.

Cinco años anduvo en las galeras y estuvo en algunas fronteras, más disciplinándose en la milicia que haciendo cosas de soldado y en estos principios, dio tan buenas esperanzas que todos los que le conocían las concibieron de su valor, tenía modestia de mayor edad, palabras de experimentado, osadía de hombre animoso y valiente, guardaba con tal prudencia respeto que obligaba a que le respetaran. Habiendo pasado estos 5 años en estos ejercicios militares, con licencia de sus padres se embarcó para las indias de la nueva España donde en llegando a la Ciudad de México, por nuevas y cartas que llevaba, visitó a un tío suyo, muy rico de moneda y mercader, más hombre conocido por su buen trato y mucha verdad. Este le recibió como a hijo, le regaló, acarició, agasajó y se lo tuvo en su casa muchos días, hasta que considerando que no se inclinaba a la mercancía ni trato, una noche le hablo en puridad acerca de sus designios y determinaron de la vida que pensaba seguir, prometiendo de ayudalle
a lo que se inclinase, o a mercader o a las minas y hízole instancia en que le respondiese. Él le respondió con toda modestia:

«Yo estimo señor tío la merced y regalo que vuesa merced me ha hecho y estimo y agradezco como devo el favor que promete y desea hacerme, mas mi inclinación ni me llama a mercader ni a minas, sino a soldado, esta es mi nerva y mi genio y no otra cosa alguna esto me llama a esto me inclino, esto apetezco, esto deseo».

El tío se levantó de la silla donde estaba sentado y le abrazó muy aficionadamente alabándole los honrados y animosos pensamientos, porque él había seguido esta profesión y le contó todas las ocasiones en que él había hallado, mostrándole papeles de sus honrados servicios y premios en los títulos de capitán, alférez y cargos. Púsole mayor ánimo, aunque lo tenía grande, para que se fuese a una jornada, que le hacía de un descubrimiento de Indias y otro día fueron los dos a hablar con el general el qual se holgó mucho de llevar prendas del mercader capitán, porque tenía muy gran noticia de su valor y confiaba que el sobrino lo habría de heredar Mostró éste contento y agrado dándole su bandera y diciéndole se ocupalle en ella, que la tenía guardada para un soldado tal y estoy muy alegre de ver cumplido también mi deseo

Porque para mí basta ser sobrino de Vuestra merced para tener por cierto el buen empleo. Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años…

CONTINUARÁ


Ilustración: José Ferre Clauzel

Guerra de Sucesión de Mantua

sacco_di_mantova_nel_1630

El 26 de diciembre de 1627 murió el duque de Mantua Vincenzo II, último miembro varón del linaje de los Gonzaga. El territorio mantuano constaba de Mantua propiamente dicha, al este del Milanesado, y el marquesado de Montferrato, al oeste. En Monferrato se encontraba la ciudadela de Casale, que dominaba el valle superior del Po. La heredera más próxima de Vincenzo II era su sobrina, la princesa María, pero existía el inconveniente de que la sucesión por vía femenina no estaba permitida en Mantua, aunque sí en Monferrato. Por vía masculina, el candidato con más derechos era el francés duque de Nevers. El duque de Nevers, anticipándose a los acontecimientos y con un gran sentido del tiempo o una increíble suerte, había enviado a su hijo, el duque de Rethel, a Mantua a finales de 1627 para que se casase con la princesa María.

El duque Vincenzo dio sus bendiciones al matrimonio y tres días después murió. El duque de Rethel tomó posesión de Mantua en nombre de su padre. Aunque había habido alguna irregularidad como la de no haber formulado una petición formal al Emperador en su condición de señor de Mantua, desde las concepciones legales de la época, había poco que se pudiera decir en contra de la sucesión en la persona del duque de Nevers.

España, sin embargo, lo dijo. La idea de que el Milanesado quedase enmarcado entre dos territorios controlados por un duque francés causaba escalofríos en Madrid. Consultada la junta de teólogos, ésta dictaminó que mientras el Emperador no declarara al duque de Nevers sucesor legítimo del duque de Mantua, España debía ocupar el Monferrato en nombre del Emperador para sostener su autoridad, pero sin la idea de hacerse con territorios. Cuando un político recurre a dictámenes sesudos y a fórmulas alambicadas para justificar lo que se propone hacer, eso quiere decir que va a ejecutar algo inmoral o ilegal o ambas cosas a la vez. El dictamen de la junta de teólogos, si se hubiese formulado en el siglo XXI, seguramente habría hablado del derecho de Felipe IV a hacer una guerra preventiva contra el duque de Nevers.

Desde el primer momento la aventura mantuana salió mal. Cuando el gobernador español en Milán, Gonzalo de Córdoba, estaba preparándose para actuar, llegaron noticias de que el Emperador no autorizaría la intervención militar que iba a producirse en su nombre. A la desesperada, Madrid intentó buscar otra hoja de parra que le tapara las vergüenzas y empujó al duque de Saboya a que penetrara en el Monferrato para que la intervención militar española pudiera disfrazarse de protección del territorio en tanto el Emperador tomaba su decisión final.

En mayo de 1628, Gonzalo de Córdoba inició el sitio de Casale. Para entonces el Emperador había decretado el secuestro de los territorios mantuanos, pero seguía sin autorizar la intervención española. El éxito suele hacer que a menudo se perdone la inmoralidad. Lo malo es que los españoles no fueron exitosos. Gonzalo de Córdoba era un general demasiado cauto, al que encima se le habían proporcionado hombres y ducados insuficientes. Casale no cayó.

A finales de 1628 España sufrió un desastre de primera magnitud: la flota de la plata, es decir las naves que cada año proveían desde América la plata con la que el Estado respondería a los adelantos (asientos) realizados por los banqueros genoveses, alemanes y portugueses, cayó en manos de los holandeses. A ese desastre le siguió una sorpresa mayúscula: contra todo pronóstico y desafiando al mal tiempo, a finales de febrero de 1629 el ejército francés cruzó los Alpes y derrotó a los saboyanos en una extraña batalla, cuyo resultado puede que estuviera amañado para dar a Carlos Manuel de Saboya una excusa para marcar distancias con sus hasta entonces aliados españoles. Carlos Manuel de Saboya, hombre tan astuto como carente de principios, se apresuró a firmar un tratado con los franceses, por el cual obtenía parte del Monferrato a cambio de dejar que las tropas francesas pasaran por su territorio y de ayudarlas a levantar el sitio de Casale. Gonzalo de Córdoba levantó el sitio de Casale voluntariamente, antes de que le forzasen a ello. Fue llamado a Madrid y le reemplazó Ambrosio de Spínola.

En junio, finalmente, el Emperador se decidió a enviar a 70.000 hombres al norte de Italia y puso de manifiesto la verdad que hay en el viejo dicho: Dios me guarde de mis amigos, que de mis enemigos ya me guardo yo. El Emperador pretendía que esa ingente armada (a España le hubieran bastado 15.000 hombres para los objetivos que se proponía) fuera mantenida a costa del Milanesado. Al menos la presencia de ese ingente ejército permitía esperar que la situación en el norte de Italia mejoraría y que la campaña de 1630 sería exitosa y tal vez definitiva. Pues bien, no fue ni lo uno ni lo otro.

En marzo de 1630, un ejército francés entró en Saboya, la atravesó y tomó la fortaleza de Pinerolo. El ejército imperial tomó Mantua. Y los españoles… siguieron intentando tomar Casale.

En agosto, la intervención sueca en el norte de Alemania obligó al Emperador a retirar a la mayor parte de sus tropas del norte de Italia y a buscar rápidamente una solución a lo de Mantua. En octubre de 1630 se firmó el Tratado de Ratisbona por el cual los franceses se retiraban de Italia y a cambio el Emperador investía al duque de Nevers como nuevo duque de Mantua. La cuestión de Mantua fue finalmente finiquitada en los dos tratados de Cherasco de abril y junio de 1631, que no vinieron a cambiar lo fundamental del Tratado de Ratisbona.

La ironía final del asunto es que mientras que los españoles no pudieron hacerse con Casale, los franceses no devolvieron Pinerolo, en contra de lo pactado.

Muchos años después, un Felipe IV viejo y amargado consideraría Mantua como el inicio del declive de su reinado, y no le faltaba razón. En Mantua España se había desprestigiado, apareciendo como una potencia matona e irrespetuosa del derecho internacional. Asimismo había derrochado en tres años diez millones de ducados, para no obtener absolutamente nada a cambio. Mantua había desviado los esfuerzos españoles de la guerra contra Holanda que hasta ese momento había ido relativamente bien encaminada y en Francia había dado alas a los sectores más belicistas y partidarios del enfrentamiento con España.

Después de Mantua ya sólo era cuestión de tiempo que Francia y España entraran en guerra y cuando eso ocurriera, lo único que quedaría con los holandeses sería firmar una paz lo menos mala posible.

La Araucana. Canto XXI

articles-70143_thumbnail

Halla Tegualda el cuerpo del marido y haciendo un llanto sobre él, le lleva a su tierra. Llegan a Penco los españoles y caballo que venían de Santiago y de la Imperial por tierra. Hace Caupolicán muestra general de su gente.

¿Quién de amor hizo prueba tan bastante?
¿Quién vio tal muestra y obra tan piadosa
como la que tenemos hoy delante
desta infelice bárbara hermosa ?
La fama, engrandeciéndola, levante
mi baja voz, y en alta y sonorosa
dando noticia della, eternamente
corra de lengua en lengua y gente en gente.

Cese el uso dañoso y ejercicio
de las mordaces lenguas ponzoñosas,
que tienen de costumbre y por oficio
ofender las mujeres virtuosas.
Pues, mirándolo bien, solo este indicio,
sin haber en contrario tantas cosas,
confunde su malicia y las condena
a duro freno y vergonzosa pena.

¡Cuántas y cuántas vemos que han subido
a la difícil cumbre de la fama!
Iudic, Camila, la fenisa Dido
a quien Virgilio injustamente infama;
Penélope, Lucrecia, que al marido
lavó con sangre la violada cama;
Hippo, Tucia, Virginia, Fulnia, Cloelia,
Porcia, Sulpicia, Alcestes y Cornelia.

Bien puede ser entre éstas colocada
la hermosa Tegualda pues parece
en la rara hazaña señalada
cuanto por el piadoso amor merece.
Así, sobre sus obras levantada,
entre las más famosas resplandece
y el nombre será siempre celebrado,
a la inmortalidad ya consagrado.

Quedó pues (como dije) recogida
en parte honesta y compañía segura,
del poco beneficio agradecida,
según lo que esperaba en su ventura;
pero la aurora y nueva luz venida,
aunque el sabroso sueño con dulzura
me había los lasos miembros ya trabado,
me despertó el aquejador cuidado.

Viniendo a toda priesa adonde estaba
firme en el triste llanto y sentimiento,
que sólo un breve punto no aflojaba
la dolorosa pena y el lamento,
yo con gran compasión la consolaba,
haciéndole seguro ofrecimiento
de entregarle el marido y darle gente
con que salir pudiese libremente.

Ella, del bien incrédulo, llorando,
los brazos estendidos, me pedía
firme seguridad; y así llamando
los indios de servicio que tenía,
salí con ella, acá y allá buscando.
Al fin, entre los muertos que allí había,
hallamos el sangriento cuerpo helado,
de una redonda bala atravesado.

La mísera Tegualda que delante
vio la marchita faz desfigurada,
con horrendo furor en un instante
sobre ella se arrojó desatinada;
y junta con la suya, en abundante
flujo de vivas lágrimas bañada,
la boca le besaba y la herida,
por ver si le podía infundir la vida.

“¡Ay cuitada de mí! -decía-, ¿qué hago
entre tanto dolor y desventura?
¿Cómo al injusto amor no satisfago
en esta aparejada coyuntura?
¿Por qué ya, pusilánime, de un trago
no acabo de pasar tanta amargura?
¿Qué es esto? ¿La injusticia a dónde llega,
que aun el morir forzoso se me niega?”

Así, furiosa por morir, echaba
la rigurosa mano al blanco cuello
y no pudiendo más, no perdonaba
al afligido rostro ni al cabello,
y aunque yo de estorbarlo procuraba,
apenas era parte a defendello,
tan grande era la basca y ansia fuerte
de la rabiosa gana de la muerte.

Después que algo las ansias aplacaron
con la gran persuasión y ruego mío
y sus promesas ya me aseguraron
del gentílico intento y desvarío,
los prestos yanaconas levantaron
sobre un tablón el yerto cuerpo frío,
llevándole en los hombros suficientes
adonde le aguardaban sus sirvientes.

Mas porque estando así rota la guerra
no padeciese agravio y demasía,
hasta pasar una vecina sierra
le tuve con mi gente compañía;
pero llegando a la segura tierra,
encaminada en la derecha vía,
se despidió de mí reconocida
del beneficio y obra recebida.

Vuelto al asiento, digo que estuvimos
toda aquella semana trabajando,
en la cual lo deshecho rehicimos
el foso y roto muro reparando;
de industria y fuerza al fin nos prevenimos
con buen ánimo y orden , aguardando
al enemigo campo cada día,
que era pública fama que venía.

También tuvimos nueva que partidos
eran de Mapocho nuestros guerreros,
de armas y municiones bastecidos,
con mil caballos y dos mil flecheros.
Mas del lluvioso invierno los crecidos
raudales y las ciénagas y esteros,
llevándoles ganado, ropa y gente,
los hacían detener forzosamente.

Estando, como digo, una mañana
llegó un indio a gran priesa a nuestro fuerte
diciendo: ” ¡ Oh temeraria gente insana,
huid, huid la ya vecina muerte !
Que la potencia indómita araucana
viene sobre vosotros de tal suerte,
que no bastarán muros ni reparos,
ni sé lugar donde podáis salvaros.”

El mismo aviso trujo a medio día
un amigo cacique de la sierra,
afirmando por cierto que venía
todo el poder y fuerza de la tierra
con soberbio aparato, donde había
instrumentos y máquinas de guerra,
puentes, traviesas, árboles, tablones
y otras artificiosas prevenciones.

No desmayó por esto nuestra gente,
antes venir al punto deseaba,
que el menos animoso osadamente
el lugar de más riesgo procuraba,
y con presteza y orden conveniente
todo lo necesario se aprestaba,
esperando con muestra apercebida
el día amenazador de tanta vida.

Fuimos también por indios avisados
de nuestros espiones, que sin duda
nos darían el asalto por tres lados
al postrer cuarto de la noche muda;
así que, cuando más desconfiados,
no de divina, más de humana ayuda,
por la cumbre de un monte de repente
apareció en buen orden nuestra gente.

¿ Quién pudiera pintar el gran contento,
el alborozo de una y otra parte,
el ordenado alarde, el movimiento,
el ronco estruendo del furioso Marte,
tanta bandera descogida al viento,
tanto pendón, divisa y estandarte,
trompas, clarines, voces, apellidos,
relinchos de caballos y bufidos ?

Ya que los unos y otros con razones
de amor y cumplimiento nos hablamos,
y para los caballos y peones
lugar cómodo y sitio señalamos,
tiendas labradas, toldos, pabellones
en la estrecha campaña levantamos
en tanta multitud, que parecía
que una ciudad allí nacido había.

Fue causa la venida desta gente
que el ejército bárbaro vecino,
con nuevo acuerdo y parecer prudente,
mudase de propósito y camino;
que Colocolo, astuta y sabiamente,
al consejo de muchos contravino,
discurriendo por términos y modos
que redujo a su voto los de todos.

Aunque, como ya digo, antes tuvieron
gran contienda sobre ello y diferencia
pero al fin por entonces difirieron
la ejecución de la áspera sentencia,
y el poderoso campo retrujeron
hasta tener más cierta inteligencia
del español ejército arribado,
que ya le había la fama acrecentado.

Pero los nuestros de mostrar ganosos
aquel valor que en la nación se encierra,
enemigos del ocio, y deseosos
de entrar talando la enemiga tierra,
procuran con afectos hervorosos
apresurar la deseada guerra,
haciendo diligencia y gran instancia
en prevenir las cosas de importancia.

Reformado el bagaje brevemente
de la jornada larga y desabrida,
y bulliciosa y esforzada gente,
ganosa de honra y de valor movida,
murmurando el reposo impertinente
pide que se acelere la partida
y el día tanto de todos deseado,
que fue de aquel en cinco señalado.

Venido el aplazado, alegre día,
al comenzar de la primer jornada,
llegó de la Imperial gran compañía
de caballeros y de gente armada,
que en aquella ocasión partido había
por tierra, aunque rebelde y alterada,
con gran chusma y bagaje, bastecida
de municiones, armas y comida.

Ya, pues, en aquel sitio recogidos
tantos soldados, armas, municiones,
todos los instrumentos prevenidos,
hechas las necesarias provisiones,
fueron por igual orden repartidos
los lugares, cuarteles y escuadrones,
para que en el rebato y voz primera
cada cual acudiese a su bandera.

Caupolicán también por otra parte
con no menor cuidado y providencia
la gente de su ejército reparte
por los hombres de suerte y suficiencia,
que en el duro ejercicio y bélica arte
era de mayor prueba y esperiencia;
y todo puesto a punto, quiso un día
ver la gente y las armas que tenía.

Era el primero que empezó la muestra
el cacique Pillilco, el cual armado
iba de fuertes armas, en la diestra
un gran bastón de acero barreado;
delante de su escuadra, gran maestra
de arrojar el certero dardo usado,
procediendo en buen orden y manera
de trece en trece iguales por hilera.

Luego pasó detrás de los postreros
el fuerte Leucotón, a quien siguiendo
iba una espesa banda de flecheros,
gran número de tiros esparciendo.
Venía Rengo tras él con sus maceros
en paso igual y grave procediendo,
arrogante, fantástico, lozano,
con un entero líbano en la mano.

Tras él con fiero término seguía
el áspero y robusto Tulcomara,
que vestido en lugar de arnés, traía
la piel de un fiero tigre que matara,
cuya espantosa boca le ceñía
por la frente y quijadas la ancha cara,
con dos espesas órdenes de dientes
blancos, agudos, lisos y lucientes;

al cual en gran tropel acompañaban
su gente agreste y ásperos soldados,
que en apiñada muela le cercaban
de pieles de animales rodeados.
Luego los talcamávidas pasaban,
que son más aparentes que esforzados,
debajo del gobierno y del amparo
del jactancioso mozo Caniotaro.

Iba siguiendo la postrer hilera
Millalermo, mancebo floreciente,
con sus pintadas armas, el cual era
del famoso Picoldo decendiente,
rigiendo los que habitan la ribera
del gran Nibequetén, que su corriente
no deja a la pasada fuente y río,
que todos no lo traiga al Biobío.

Pasó luego la muestra Mareande
con una cimitarra y ancho escudo,
mozo de presunción y orgullo grande,
alto de cuerpo, en proporción membrudo;
iba con él su primo Lepomande,
desnudo, al hombro un gran cuchillo agudo,
ambos de una devisa, rodeados
de gente armada y pláticos soldados.

Seguía el orden tras éstos Lemolemo
arrastrando una pica poderosa
delante de su escuadra, por estremo
lucida entre las otras y vistosa;
un poco atrás del cual iba Gualemo,
cubierto de una piel dura y pelosa
de un caballo marino que su padre
había muerto en defensa de la madre.

Cuenta, no sé si es fábula, que estando
bañándose en la mar, algo apartada,
un caballo marino allí arribando,
fue dél súbitamente arrebatada
y el marido a las voces aguijando
de la cara mujer, del pez robada,
con el dolor y pena de perdella,
al agua se arrojó luego tras ella.

Pudo tanto el amor, que el mozo osado
al pescado alcanzó, que se alargaba
y abrazado con él, por maña, a nado
a la vecina orilla le acercaba,
donde el marino monstruo sobreaguado
( que también el amor ya le cegaba )
dio recio en seco, al tiempo que el reflujo
de las huidoras olas se retrujo.

Soltó la presa libre y sacudiendo
la dura cola, el suelo deshacía,
y aquí y allí el gran cuerpo retorciendo
contra el mozo animoso se volvía,
el cual, sazón y punto no perdiendo,
a las cercanas armas acudía,
comenzando los dos una batalla,
que el mar calmó y el sol paró a miralla.

Mas con destreza el bárbaro valiente
de fuerza y ligereza acompañada
al monstruo devoraz hería en la frente
con una porra de metal herrada.
Al cabo el indio valerosamente
dio felice remate a la jornada,
dejando al gran pescado allí tendido
que más de treinta pies tenía medido.

Y en memoria del hecho hazañoso
digno de le poner en escritura,
del pellejo del pez duro y peloso
hizo una fuerte y fácil armadura.
Muerto Guacol, Gualemo valeroso
las armas heredó y a Quilacura,
ques un valle estendido y muy poblado
de gente rica de oro y de ganado.

Pasó tras éste luego Talcaguano,
que ciñe el mar su tierra y la rodea,
un mástil grueso en la derecha mano
que como un tierno junco le blandea,
cubierto de altas plumas, muy lozano,
siguiéndole su gente de pelea,
por los pechos al sesgo atravesadas
bandas azules, blancas y encarnadas.

Venía tras él Tomé, que sus pisadas
seguían los puelches, gentes banderizas,
cuyas armas son puntas enastadas
de una gran braza, largas y rollizas;
y los trulos también, que usan espadas,
de fe mudable y casas movedizas,
hombres de poco efeto, alharaquientos,
de fuerza grande y chicos pensamientos.

No faltó Andalicán con su lucida
y ejercitada gente en ordenanza,
una cota finísima vestida,
vibrando la fornida y gruesa lanza;
y Orompello, de edad aun no cumplida
pero de grande muestra y esperanza,
otra escuadra de pláticos regía,
llevando al diestro Ongolmo en compañía.

Elicura pasó luego tras éstos
armado ricamente, el cual traía
una banda de jóvenes dispuestos,
de grande presunción y gallardía.
Seguían los llaucos, de almagrados gestos,
robusta y esforzada compañía,
llevando en medio dellos por caudillo
al sucesor del ínclito Ainavillo.

Seguía después Cayocupil, mostrando
la dispuesta persona y buen deseo,
su veterana gente gobernando
con paso grave y con vistoso arreo.
Tras él venía Purén, también guiando,
con no menor donaire y contoneo
una bizarra escuadra de soldados
en la dura milicia ejercitados.

Lincoya iba tras él, casi gigante,
la cresta sobre todos levantada,
armado un fuerte peto rutilante,
de penachos cubierta la celada.
Con desdeñoso término, delante
de su lustrosa escuadra bien cerrada,
el mozo Peycaví luego guiaba
otro espeso escuadrón de gente brava.

Venía en esta reseña en buen concierto
el grave Caniomangue, entristecido
por el insigne viejo padre muerto
a quien había en el cargo sucedido:
todo de negro el blanco arnés cubierto,
y su escuadrón de aquel color vestido,
al tardo són y paso los soldados,
de roncos atambores destemplados.

Fue allí el postrero que pasó en la lista
– primero en todo – Tucapel gallardo,
cubierta una lucida sobrevista
de unos anchos escaques de oro y pardo;
grande en el cuerpo y áspero en la vista,
con un huello lozano y paso tardo,
detrás del cual iba un tropel de gente
arrogante, fantástica y valiente.

El gran Caupolicán, con la otra parte
y resto del ejército araucano,
más encendido que el airado Marte
iba con un bastón corto en la mano
bajo de cuya sombra y estandarte
venía el valiente Curgo y Mareguano,
y el grave y elocuente Colocolo,
Millo, Teguán, Lambecho y Guampicolo.

Seguían luego detrás sus plimayquenes,
tuncos, renoguelones y pencones,
los itatas, mauleses y cauquenes
de pintadas devisas y pendones;
nibequetenes, puelches y cautenes
con una espesa escuadra de peones
y multitud confusa de guerreros
amigos, comarcanos y estranjeros.

Según el mar las olas tiende y crece
así crece la fiera gente armada;
tiembla en torno la tierra y se estremece,
de tantos pies batida y golpeada.
Lleno el aire de estruendo se escurece
con la gran polvoreda levantada,
que en ancho remolino al cielo sube,
cual ciega niebla espesa o parda nube.

Pues nuestro campo en orden semejante
según que dije arriba, don García
al tiempo de partir puesto delante
de aquella valerosa compañía,
con un alegre término y semblante
que dichoso suceso prometía,
moviendo los dispuestos corazones
comenzó de decir estas razones:

“Valientes caballeros, a quien sólo
el valor natural de la persona
os trujo a descubrir el austral polo,
pasando la solar tórrida zona
y los distantes trópicos, que Apolo
( por más que cerca el cielo y le corona )
jamás en ningún tiempo pasar puede
ni el Soberano Autor se le concede:

” ya que con tanto afán habéis seguido
hasta aquí las católicas banderas
y al español dominio sometido
innumerables gentes estranjeras,
el fuerte pecho y ánimo sufrido
poned contra esos bárbaros de veras,
que, vencido esto poco, tenéis llano
todo el mundo debajo de la mano.

” Y en cuanto dilatamos este hecho
y de llegar al fin lo comenzado,
poco o ninguna cosa habemos hecho
ni aun es vuestro el honor que habéis ganado,
que, la causa indecisa, igual derecho
tiene el fiero enemigo en campo armado
a todas vuestras glorias y fortuna
pues las puede ganar con sola una.

” Lo que yo os pido de mi parte y digo
es que en estas batallas y revueltas,
aunque os haya ofendido el enemigo,
jamás vos le ofendáis a espaldas vueltas;
antes le defended como al amigo
si, volviéndose a vos las armas sueltas,
rehuyere el morir en la batalla,
pues es más dar la vida que quitalla.

“Poned a todo en la razón la mira,
por quien las armas siempre habéis tomado,
que pasando los términos la ira
pierde fuerza el derecho ya violado.
Pues cuando la razón no frena y tira
el ímpetu y furor demasiado,
el rigor excesivo en el castigo
justifica la causa al enemigo.

” No sé ni tengo más acerca desto
que decir ni advertiros con razones,
que en detener ya tanto soy molesto
la furia desos vuestros corazones.
¡ Sús, sús, pues, derribad y allanad presto
las palizadas, tiendas, pabellones
y movamos de aquí todos a una
adonde ya nos llama la fortuna !”

Súbito las escuadras presurosas
con grande alarde y con gallardo brío
marchan a las riberas arenosas
del ancho y caudaloso Biobío;
y en equifadas barcas espaciosas
atravesaron luego el ancho río,
entrando con ejército formado
por el distrito y término vedado.

Mas según el trabajo se me ofrece
que tengo de pasar forzosamente,
reposar algún tanto me parece
para cobrar aliento suficiente,
que la cansada voz me desfallece
y siento ya acabárseme el torrente;
mas yo me esforzaré si puedo, tanto
que os venga a contentar el otro canto.

La humillación de Felipe II a los Franceses

Asedio_de_San_Quintín

10 de Agosto 1557: en la batalla de San Quintín, las tropas de Felipe II, compuestas por contingentes españoles, flamencos, alemanes e ingleses, derrotan a las francesas de Enrique II.

Desde finales del siglo XV: España y Francia competían por la hegemonía de la Europa occidental. Las fronteras pirenaicas, Navarra y sobre todo , Italia, eran fuente de continuas disputas. La llegada al trono de Carlos V agravó el problema El dominio que ejercía sobre Flandes, Luxemburgo, El Franco Condado y, más tarde el Milanesado hacia que el país galo estuviera cercado por un cinturón de territorios pertenecientes a los Habsburgo que no solo le amenazaban sino que impedían su expansión. Todo ello hizo que la guerra entre ambos estados fuese casi permanente, solo salpicada de breves treguas, más destinadas a reponer fuerzas que no a buscar una paz definitiva.
Francia rompió la frágil tregua que oficialmente existía e invadió Italia, atacando el reino de Nápoles por el duque de Guisa reforzando a las fuerzas papales, que ya combatían al Duque de Alba.

El clima en los campos de Flandes impedía, a diferencia de Italia que la guerra se desarrollase en invierno. Ello dio tiempo al nuevo rey de España ,que desde la abdicación de su padre residía en Flandes, a solucionar graves asuntos económicos, entre ellos la deuda de seis millones de ducados que había heredado. Aparte de renegociarla tuvo que buscar urgentemente dinero , tanto para proseguir la guerra en Italia como para prepararla en Flandes. Pidió ayuda a Juana ,su hermana, gobernadora de España en su ausencia, y a su padre el Emperador que estaba retirado en Yuste.

También viajó a Inglaterra para recabar el apoyo de su enamorada esposa, la reina María Tudor. A pesar de las limitaciones que establecía el convenio matrimonial, ella se las ingenió para darle todo el dinero que pudo(9.000 libras y 7.000 hombres al mando de Lord Permbroke) y , aprovechar meses después la rebelión de un noble apoyado por Francia ,declarar la guerra a Enrique II. Esto permitió a Felipe II disponer de más dinero y sobre todo, de tropas y barcos ingleses. La llegada milagrosa de una buena remesa de oro procedente de América permitió a Felipe II acabar de reunir el dinero necesario para afrontar la guerra.

Poco después, a finales de mes, comenzó la invasión de Francia: 42.000 hombres de los que 12.000 eran jinetes, iba bajo las órdenes del joven general, mientras que Felipe II avanzaba varios kilómetros más atrás, con unos 18.000 hombres de reserva, esperando a las tropas que aún habían que unírseles, en total 60.000 hombres, 17.000 jinetes y 80 piezas de artillería. De todo el ejército solo unos 6.000 hombres eran españoles. Los restantes eran flamencos, saboyanos, italianos y sobre todo, mercenarios alemanes. Entre los ayudantes del duque de Saboya destacaba Lamoral, duque de Egmont, que comandaba la caballería. Nunca antes se le había confiado un mando tan destacado y estaba entusiasmado por entrar en acción.

Tras penetrar en la Champaña, el ejército se dirigió a Rocroi con ánimo de sitiarla, pero sus importantes defensas les hicieron desistir de iniciar un asedio, de modo que siguió merodeando dando la impresión de no saber qué plaza atacar. A unos kilómetros, un ejército francés al mando de Anne de Montmorency, condestable de Francia, seguía sus evoluciones dispuesto a intervenir. Parecía que Gisa sería la ciudad elegida, y el general francés logró introducir en ella abundantes refuerzos, sin que ello pareciera molestar el duque de Saboya. Pero una noche, a principios de agosto ordenó al conde de Egmont dirigirse con su caballería a cercar S. Quintín, localidad de la Picardía francesa, ciudad fortificada a unos 15 km de distancia . La sorpresa era crucial para que el enemigo no pudiese introducir auxilios en la ciudad. Al amanecer se descubrió el engaño: se había logrado cercar una plaza con muy pocos defensores.

el condestable de Montmorency envió a su vanguardia a inspeccionar S. Quintín. Unos 6.000 franceses se acercaron a la orilla del río, mientras el duque de Saboya proseguía el sitio sin darles importancia. Viendo que no era atacado ni molestado en sus tareas de observación, el capitán francés dedujo que las fuerzas de Felipe II no eran tan fuertes como se pensaba. Con esta impresión volvió a su campamento y el ejército galo se dispuso a avanzar.

Los 20.000 hombres del condestable de Francia (6.000 de ellos jinetes, mandados por Nervers) llegaron a la orilla del río tras unas agotadoras marchas y avistaron la ciudad, fue el 10 de agosto de 1.557, festividad de S. Lorenzo. Sus cañones empezaron a batir de inmediato el campamento sitiador, mientras llegaban al rió cientos de barcas que habían requisado para que sus soldados pudieran cruzarlo. El plan era atravesar lo más rápidamente posible el Somme, al oeste de S. Quintín y, que miles de hombres pudiesen reforzar la guarnición de la ciudad. Por desgracia para ellos, el cruce del río en las barcas sobrecargadas, que con frecuencia se varaban en los fondos cenagosos se convirtió en una tarea muy lenta, un nuevo grupo mandado por Andelot, que cruzó con éxito el río, se toparon con los arcabuceros del duque de Saboya, apostados en la otra orilla del río, disparando sobre ellos con total impunidad, causando una cuantiosa matanza. De los que alcanzaron la otra orilla, muchos de ellos lo hicieron heridos y con las armas mojadas. Sólo unos 300 pudieron penetrar en la ciudad, aunque sin armas, suministros o munición, y el mismo Andelot, resultó herido.

Mientras la infantería gala se empantanaba en el río, el duque de Saboya ordenó al conde Egmont y sus jinetes cruzarlo más arriba sin que el enemigo se percatase. Ello fue posible por el escaso caudal que llevaba el Somme en el verano. Se pudo levantar un puente sobre barcas que, camuflado, pasó inadvertido a Montmorency. La caballería cruzó el río, se escondió tras unas colinas y esperó. Después comenzó bien a la vista, a cruzar por un puente más cercano toda la infantería del duque de Saboya que no era indispensable para mantener el sitio, con mil jinetes más. El general francés respondió enviando a su caballería. Había caído en la trampa. Cuando los caballos franceses estaban a punto de acometer a la infantería del rey español, Egmont cargó por la espalda y el flanco de los confiados galos, que se vieron copados entre dos fuegos: los caballeros de Egmont y las fuerzas del duque. El condestable comprendió la treta y mandó hacer retroceder a sus caballos. Después ordenó a su infantería que estaba tratando de cruzar el río, que volviese atrás para hacer frente al ejército del duque de Saboya, que se le echaba encima.

La batalla

A Montmorency solo le quedaba la opción de la retirada. Había calculado mal la opción de su enemigo para cruzar el Somme y ahora solo le quedaba salvar el máximo de fuerzas, confiando en que la ciudad pudiese resistir por sí sola. Pero su infantería estaba muy agotada por los combates en el río , lo que hizo que la marcha fuera muy lenta A la cabeza iban los cañones, detrás los infantes, muchos de ellos heridos, los carros, y, en retaguardia la caballería, que trataba de proteger toda la comitiva. El objetivo era alcanzar los montes de Montescourt, en donde el condestable esperaba reorganizar la defensa.

El duque de Saboya, por su parte, advirtiendo el desgaste enemigo y su lenta retirada, decidió buscar la batalla campal para obtener una victoria rotunda. Ordenó a parte de la caballería de Egmont que se adelantase por los flancos al ejército francés en retirada y se situase delante de los bosques a los que pretendían llegar. De ese modo al cortarles el camino les obligaría a presentar batalla. Mientras tanto, con otras unidades montadas no dejaba de hostigar a la retaguardia francesa lo que forzaba a los galos a detenerse una y otra vez para frenar los ataques.

Por fin, tras tres horas de una agotadora marcha, el ejército francés llegó a las inmediaciones del bosque, pero cuando creían que estaban salvados se detuvieron en seco. Allí estaban 2.000 jinetes cortándoles el paso. El condestable de Francia supo que no le quedaba otra opción que combatir. Su situación era desesperada; era imposible transformar en breve tiempo ,una caravana desorganizada, agotada y en retirada en una formación de batalla. Aun así, logro situar lo que quedaba de su caballería en las alas, sus mercenarios alemanes en vanguardia y él, junto con los veteranos gascones, en retaguardia.

Para no dar tiempo a que se organizase la defensa, empezó el ataque de los 8.000 jinetes de Egmont, con él al frente. Detrás venía la infantería del duque de Saboya que mandaba el centro; en el ala derecha se encontraban Mansfeld y Horne, y el ala izquierda iba a cargo de Aremberg y Brunswich. Los jinetes atacantes desbandaron a los defensores de los carromatos y cañones, y comenzaron a desgastar a la infantería sin que la exhausta caballería gala pudiese frenar la acometida. Poco a poco los cuadros empezaron a romperse y por sus grietas, irrumpieron las monturas atacante. Los arcabuceros españoles, con sus contantes descargas, destrozaron sin parar las filas galas. Ante el desastre, los 5.000 mercenarios alemanes se rindieron, hecho que coincidió con la llegada a la batalla del duque de Saboya y sus infantes. A Montmorency solo le quedaban sus gascones, que enseguida se vieron castigados por fuego de arcabuz y metralla.

Todo acabó en cuestión de una hora. La carnicería fue espantosa. Los vencidos contaron más de 6.000 muertos, entre los que había 300 prisioneros de la nobleza y entre los cuales se hallaban los duques de Montpensier y de Longueville, el príncipe de Mantua, el mariscal de Saint André y Rhingrave, con otros grandes señoresy entre los muertos se hallaba el señor de Enghien y capturadas más de 50 banderas y toda la artillería. Los prisioneros fueron 7.000, entre ellos Montmorency, herido, que en vano había buscado el combate personal para morir con honor. Fue capturado por un soldado español de caballería, llamado Sedano, que por este hecho recibió un premio de 10.000 ducados, repartiéndolos luego con su jefe, el capitán Venezuela. Los 5.000 mercenarios alemanes fueron repatriados a cambio del juramento de no servir bajo banderas francesas por un periodo provisional de seis meses. Otros 6.000 lograron escapar aprovechando el fragor de la batalla. Las bajas de las fuerzas de Felipe II apenas fueron de mil hombres, entre muertos y heridos.

————–

Fuentes: Crónicas de la historia de España II Vol.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XX

articles-70143_thumbnail

Retíranse los araucanos con pérdida de mucha gente; escápase Tucapel muy herido rompiendo por los enemigos; cuenta Tegualda a don Alonso de Ercilla el estraño y lastimoso proceso de su historia.

Nadie prometa sin mirar primero
lo que de su caudal y fuerza siente,
que quien en prometer es muy ligero
proverbio es que de espacio se arrepiente.
La palabra es empeño verdadero
que habemos de quitar forzosamente
y es derecho común y ley espresa
guardar al enemigo la promesa.

Bien fuera destas leyes va la usanza
que en este tiempo mísero se tiene.
Promesas que os ensanchan la esperanza
y ninguna se cumple ni mantiene;
así la vana y necia confianza
que estribando en el aire nos sostiene,
se viene al suelo y llega el desengaño
cuando es mayor que la esperanza el daño.

De mí sabré decir cuan trabajada
me tiene la memoria, y con cuidado
la palabra que di, bien escusada,
de acabar este libro comenzado;
que la seca materia desgustada
tan desierta y estéril que he tomado
me promete hasta el fin trabajo sumo
y es malo de sacar de un terrón zumo.

¿Quién me metió entre abrojos y por cuestas
tras las roncas trompetas y atambores,
pudiendo ir por jardines y florestas
cogiendo varias y olorosas flores,
mezclando en las empresas y requestas
cuentos, ficciones, fábulas y amores,
donde correr sin límite pudiera
y dando gusto, yo lo recibiera?

¿Todo ha de ser batallas y asperezas,
discordia, fuego, sangre, enemistades,
odios, rencores, sañas y bravezas,
desatino, furor, temeridades,
rabias, iras, venganzas y fierezas,
muertes, destrozos, rizas, crueldades
que al mismo Marte ya pondrán hastío,
agotando un caudal mayor que el mío?

Mas a mí me es forzoso ser paciente,
pues de mi voluntad quise obligarme;
y así os pido, Señor, humildemente
que no os dé pesadumbre el escucharme.
Quel atrevido bárbaro valiente
aun no me da lugar de disculparme:
tal es la furia y priesa con que viene,
que apresurar la mano me conviene.

El cual, como encerrada bestia fiera,
ora de aquella y ora desta parte
abre sangrienta y áspera carrera,
y por todas el daño igual reparte
con un orgullo tal, que acometiera
allá en su quinto trono al fiero Marte,
si viera modo de subir al cielo,
según era gallardo de cerbelo.

Pero viéndose solo y mal herido
y el ejército bárbaro deshecho,
y todo el fiero hierro convertido
contra su fuerte y animoso pecho,
se retrujo a una parte, en la cual vido
quel cerro era peinado y muy derecho,
sin muro de aquel lado, donde un salto
había de más de veinte brazas de alto.

Como si en tal razón alas tuviera,
más seguras que Dédalo las tuvo,
se arroja desde arriba de manera
que parece que en ellas se sostuvo;
hizo prueba de sí fuerte y ligera,
que el salto, aunque mortal, en poco tuvo,
cayendo abajo el bárbaro gallardo
como una onza ligera o suelto pardo.

Mas, bien no se lanzó, que en seguimiento
infinidad de tiros le arrojaron,
que, aunque no le alcanzara el pensamiento,
antes que fuese abajo le alcanzaron.
Fue tanto el descargar, que en un momento
en más de diez lugares le llagaron,
pero no de manera que cayese
ni solo un paso y pie descompusiese.

Viéndose abajo y tan herido, luego
del propósito y salto arrepentido,
abrasado en rabioso y vivo fuego,
terrible y más que nunca embravecido,
quisiera revolver de nuevo al juego
y vengarse del daño recebido;
mas era imaginarlo desatino,
que el cerro era tajado y sin camino.

Cinco o seis veces la difícil vía
y de fortuna el crédito tentaba,
que fácil lo imposible le hacía
el coraje y furor que le incitaba:
por un lado y por otro discurría,
todo de acá y de allá lo rodeaba,
como el hambriento lobo encarnizado
rodea de los corderos el cercado.

Mas viendo al fin que era designio vano
y de tiros sobre él la lluvia espesa,
retirándose a un lado, vio en el llano
la trabada batalla y fiera priesa;
y como el levantado halcón lozano
que yendo alta la garza, se atraviesa
el cobarde milano, y desde el cielo
cala a la presa con furioso vuelo,

así el gallardo Tucapel, dejado
el temerario intento infrutuoso,
revuelve a la otra banda, encaminado
al reñido combate sanguinoso.
En esto el bando infiel desconfiado,
de mucha gente y sangre perdidoso,
se retiró siguiendo las banderas
que iban marchando ya por las laderas.

No por eso torció de su demanda
un solo paso el bárbaro valiente,
antes recio embistió por una banda,
tropellando de golpe mucha gente,
y dándoles terrible escurribanda,
pasó de un cabo a otro francamente,
hiriendo y derribando de manera
que dejó bien abierta la carrera.

Quién queda allí estropiado, quién tullido,
quién se duele, quién gime, quién se queja,
quién cae acá, quién cae allá aturdido,
quién haciéndole plaza, dél se aleja;
y en el largo escuadrón de armas tejido
un gran portillo y ancha calle deja,
con el furor que el fiero rayo apriesa
rompe el aire apretado y nube espesa.

De tal manera Tucapel, abriendo
de parte a parte el escuadrón cristiano,
arriba a los amigos, que siguiendo
iban la retirada a paso llano,
con el concierto y orden procediendo,
que vemos ir las grullas el verano,
cuando de su tendida y negra banda
ninguna se adelanta ni desmanda.

Nosotros, aunque pocos, cuando vimos
que a espaldas vueltas iban ya marchando,
de nuestro fuerte en gran tropel salimos
en la campaña un escuadrón formando,
y a paso moderado los seguimos,
de la vitoria enteramente usando;
pero dimos la vuelta apresurada
temiendo alguna bárbara emboscada.

Duró, pues, el reñido asalto tanto
que el sol en lo más alto levantado
distaba del poniente un punto cuanto
estaba del oriente desviado.
Nosotros, ya seguros, entretanto
que remataba el curso acostumbrado,
dando lugar a las noturnas horas
del personal trabajo aliviadoras,

el ciego foso alrededor limpiamos,
sin descansar un punto diligentes,
y en muchas partes dél desbaratamos
anchas, traviesas y formadas puentes;
los lugares más flacos reparamos,
con industria y defensas suficientes,
fortificando el sitio de manera
que resistir un gran furor pudiera.

La negra noche a más andar cubriendo
la tierra, que la luz desamparaba,
se fue toda la gente recogiendo
según y en el lugar que le tocaba;
la guardia y centinelas repartiendo,
que el tiempo estrecho a nadie reservaba,
me cupo el cuarto de la prima en suerte
en un bajo recuesto junto al fuerte;

donde con el trabajo de aquel día
y no me haber en quince desarmado,
el importuno sueño me afligía,
hallándome molido y quebrantado;
mas con el nuevo ejercicio resistía,
paseándome deste y de aquel lado
sin parar un momento; tal estaba
que de mis propios pies no me fiaba.

No el manjar de sustancia vaporoso,
ni vino muchas veces trasegado,
ni el hábito y costumbre de reposo
me habían el grave sueño acarreado.
Que bizcocho negrísimo y mohoso
por medida de escasa mano dado
y la agua llovediza desabrida
era el mantenimiento de mi vida.

Y a veces la ración se convertía
en dos tasados puños de cebada,
que cocida con yerbas nos servia
por la falta de sal, la agua salada;
la regalada cama en que dormía
era la húmida tierra empantanada,
armado siempre y siempre en ordenanza,
la pluma ora en la mano, ora la lanza.

Andando, pues, así con el molesto
sueño que me aquejaba porfiando,
y en gran silencio el encargado puesto
de un canto al otro canto paseando,
vi que estaba el un lado del recuesto
lleno de cuerpos muertos blanqueando,
que nuestros arcabuces aquel día
habían hecho gran riza y batería.

No mucho después desto, yo que estaba
con ojo alerto y con atento oído,
sentí de rato en rato que sonaba
hacia los cuerpos muertos un ruido,
que siempre al acabar se remataba
con un triste sospiro sostenido,
y tornaba a sentirse, pareciendo
que iba de cuerpo en cuerpo discurriendo.

La noche era tan lóbrega y escura
que divisar lo cierto no podía,
y así por ver el fin desta aventura
( aunque más por cumplir lo que debía )
me vine, agazapado en la verdura,
hacia la parte que el rumor se oía,
donde vi entre los muertos ir oculto
andando a cuatro pies un negro bulto.

Yo de aquella visión mal satisfecho,
con un temor, que agora aun no lo niego,
la espada en mano y la rodela al pecho,
llamando a Dios, sobre él aguijé luego.
Mas el bulto se puso en pie derecho,
y con medrosa voz y humilde ruego
dijo: ” Señor, señor, merced te pido,
que soy mujer y nunca te he ofendido.

“Si mi dolor y desventura estraña
a lástima y piedad no te inclinaren
y tu sangrienta espada y fiera saña
de los términos lícitos pasaren,
¿ qué gloria adquirirás de tal hazaña,
cuando los justos cielos publicaren
que se empleó en una mujer tu espada,
viuda, mísera, triste y desdichada ?

” Ruégote pues, señor, si por ventura
desventura, como fue la mía,
con amor verdadero y con fe pura
amaste tiernamente en algún día,
me dejes dar a un cuerpo sepultura,
que yace entre esta muerta compañía.
Mira que aquel que niega lo que es justo
lo malo aprueba ya y se hace injusto.

” No quieras impedir obra tan pía,
que aun en bárbara guerra se concede,
que es especie y señal de tiranía
usar de todo aquello que se puede.
Deja buscar su cuerpo a esta alma mía,
después furioso con rigor procede,
que ya el dolor me ha puesto en tal estremo
que más la vida que la muerte temo;

“que no sé mal que ya dañarme pueda:
no hay bien mayor que no le haber tenido;
acábese y fenezca lo que queda
pues que mi dulce amigo ha fenecido.
Que aunque el cielo cruel no me conceda
morir mi cuerpo con el suyo unido,
no estorbará, por más que me persiga,
que mi afligido espíritu le siga.”

En esto con instancia me rogaba
que su dolor de un golpe rematase;
mas yo, que en duda y confusión estaba
aún, teniendo temor que me engañase,
del verdadero indicio no fiaba
hasta que un poco más me asegurase,
sospechando que fuese alguna espía
que a saber cómo estábamos venía.

Bien que estuve dudoso, pero luego
( aunque la noche el rostro le encubría ),
en su poco temor y gran sosiego
vi que verdad en todo me decía;
y que el pérfido amor, ingrato y ciego,
en busca del marido la traía,
el cual en la primera arremetida,
queriendo señalarse, dio la vida.

Movido, pues, a compasión de vella
firme en su casto y amoroso intento,
de allí salido, me volví con ella
a mi lugar y señalado asiento,
donde yo le rogué que su querella
con ánimo seguro y sufrimiento
desde el principio al cabo me contase
y desfogando la ansia descansase.

Ella dijo: ” ¡Ay de mí!, que es imposible
tener jamás descanso hasta la muerte,
que es sin remedio mi pasión terrible
y más que todo sufrimiento fuerte;
mas, aunque me será cosa insufrible,
diré el discurso de mi amarga suerte;
quizá que mi dolor, según es grave,
podrá ser que esforzándole me acabe.

” Yo soy Tegualda, hija desdichada
del cacique Brancol desventurado,
de muchos por hermosa en vano amada,
libre un tiempo de amor y de cuidado;
pero muy presto la fortuna, airada
de ver mi libertad y alegre estado,
turbó de tal manera mi alegría
que al fin muero del mal que no temía.

” De muchos fui pedida en casamiento,
y a todos igualmente despreciaba,
de lo cual mi buen padre descontento,
que yo acetase alguno me rogaba;
pero con franco y libre pensamiento
de su importuno ruego me escusaba,
que era pensar mudarme desvarío
y martillar sin fruto en hierro frío.

” No por mis libres y ásperas respuestas
los firmes pretensores aflojaron,
antes con nuevas pruebas y requestas
en su vana demanda más instaron,
y con danzas, con juegos y otras fiestas
mudar mi firme intento procuraron,
no les bastando maña ni artificio
a sacar mi propósito de quicio.

” Muy presto, pues, llegó el postrero día
desta mi libertad y señorío:
¡ oh si lo fuera de la vida mía !
Pero no pudo ser, que era bien mío.
En un lugar que junto al pueblo había
donde el claro Gualebo, manso río,
después que sus viciosos campos riega,
el nombre y agua al ancho Itata entrega,

allí, para castigo de mi engaño,
que fuese a ver sus fiestas me rogaron,
y como había de ser para mi daño,
fácilmente conmigo lo acabaron.
Luego, por orden y artificio estraño,
la larga senda y pasos enramaron,
pareciéndoles malo el buen camino
y que el sol de tocarme no era dino.

” Llegué por varios arcos donde estaba
un bien compuesto y levantado asiento,
hecho por tal manera que ayudaba
la maestra natura al ornamento.
El agua clara en torno murmuraba,
los árboles movidos por el viento
hacían un movimiento y un ruido
que alegraban la vista y el oído.

” Apenas, pues, en él me había asentado,
cuando un alto y solene bando echaron,
y del ancho palenque y estacado
la embarazosa gente despejaron.
Cada cual a su puesto retirado,
la acostumbrada lucha comenzaron,
con un silencio tal que los presentes
juzgaran ser pinturas más que gentes.

” Aunque había muchos jóvenes lucidos
todos al parecer competidores,
de diferentes suertes y vestidos,
y de un fin engañoso pretensores;
no estaba en cuáles eran los vencidos,
ni cuáles habían sido vencedores,
buscando acá y allá entretenimiento,
con un ocioso y libre pensamiento,

” Yo, que en cosa de aquellas no paraba
el fin de sus contiendas deseando,
ora los altos árboles miraba,
de natura las obras contemplando;
ora la agua que el prado atravesaba,
las varias pedrezuelas numerando,
libre a mi parecer y muy segura
de cuidado, de amor y desventura,

” cuando un gran alboroto y vocería
(cosa muy cierta en semejante juego )
se levanto entre aquella compañía,
que me sacó de seso y mi sosiego.
Yo, queriendo entender lo que sería,
al más cerca de mí pregunté luego
la causa de la grita ocasionada,
que me fuera mejor no saber nada.

” El cual dijo: – Señora, ¿ no has mirado
cómo el robusto joven Mareguano
con todos cuantos mozos ha luchado,
los ha puesto de espaldas en el llano ?
Y cuando ya esperaba confiado
que la bella guirnalda de tu mano
la ciñera la ufana y leda frente
en premio y por señal más valiente,

” aquel gallardo mozo bien dispuesto
del vestido de verde y encarnado,
con gran facilidad le ha en tierra puesto,
llevándole el honor que había ganado;
y el fácil y liviano pueblo desto
como de novedad maravillado,
ha levantado aquel confuso estruendo,
la fuerza del mancebo encareciendo.

” Y también Mareguano que procura
de volver a luchar, el cual alega
que fue siniestro caso y desventura,
que en fuerza y maña el otro no le llega;
pero la condición y la postura
del espreso cartel se lo deniega,
aunque el joven con ánimo valiente
da voces que es contento y lo consiente;

” Pero los jueces, por razón, no admiten
del uno ni de otro el pedimento,
ni en modo alguno quieren ni permiten
inovación en esto y movimiento,
mas que de su propósito se quiten
si entrambos de común consentimiento,
pareciendo primero en tu presencia
no alcanzaren de ti franca licencia.

” En esto a mi lugar enderezando
de aquella gente un gran tropel venía,
que como junto a mí llegó, cesando
el discorde alboroto y vocería,
el mozo vencedor la voz alzando,
con una humilde y baja cortesía
dijo: – Señora, una merced te pido,
sin haberla mis obras merecido:

” que si soy estranjero y no merezco
hagas por mí lo que es tan de tu oficio,
como tu siervo natural me ofrezco
de vivir y morir en tu servicio;
que aunque el agravio aquí yo le padezco,
por dar desta mi oferta algún indicio
quiero, si dello fueres tú servida,
luchar con Mareguano otra caída,

” y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero,
hasta dejarle en todo satisfecho;
y consiento que al punto y ser primero
de reduza la prueba y el derecho,
que siendo en tu presencia cierta espero
salir con mayor gloria deste hecho.
Danos licencia, rompe el estatuto
con tu poder sin límite absoluto.

” Esto dicho, con baja reverencia
la respuesta, mirándome, esperaba;
mas yo, que sin recato y advertencia,
escuchándole atenta le miraba,
no sólo concederle la licencia
pero ya que venciese deseaba,
y así le respondí: – Si yo algo puedo,
libre y graciosamente lo concedo.

” Luego con un gallardo continente
ambos juntos de mí se despidieron,
y con grande alborozo de la gente
en la cerrada plaza los metieron,
adonde los padrinos igualmente
y sol ya bajo y campo les partieron,
y dejándolos solos en el puesto
el uno para el otro movió presto.

” Juntáronse en un punto y porfiando
por el campo anduvieron un gran trecho,
ora volviendo en torno y volteando,
ora yendo al través, ora al derecho,
ora alzándose en alto, ora bajando,
ora en sí recogidos pecho a pecho,
tan estrechos, gimiendo, se tenían,
que recebir aliento aun no podían.

” Volvían a forcejar con un ruido,
que era de ver y oírlos cosa estraña,
pero el mozo estranjero, ya corrido
de su poca pujanza y mala maña,
alzó de tierra al otro y de un gemido
de espaldas le trabuca en la campaña
con tal golpe, que al triste Mareguano
no le quedó sentido y hueso sano.

” Luego de mucha gente acompañado
a mi asiento los jueces le trujeron,
el cual ante mis pies arrodillado,
que yo le diese el precio me dijeron.
No sé si fue su estrella o fue mi hado
ni las causas que en esto concurrieron,
que comencé a temblar y un fuego ardiendo
fue por todos mis huesos discurriendo.

” Halléme tan confusa y alterada
de aquella nueva causa y acidente,
que estuve un rato atónita y turbada
en medio del peligro y tanta gente;
pero volviendo en mí más reportada,
al vencedor en todo dignamente,
que estaba allí inclinado ya en mi falda,
le puse en la cabeza la guirnalda.

” Pero bajé los ojos al momento
de la honesta vergüenza reprimidos,
y el mozo con un largo ofrecimiento
inclinó a sus razones mis oídos.
Al fin se fue, llevándome el contento
y dejando turbados mis sentidos;
pues que llegué de amor y pena junto
de solo el primer paso al postrer punto.

” Sentí una novedad que me apremiaba
la libre fuerza y el rebelde brío,
a la cual sometida se entregaba
la razón, libertad y el albedrío.
Yo, que cuando acordé, ya me hallaba
ardiendo en vivo fuego el pecho frío,
alcé los ojos tímidos cebados,
que la vergüenza allí tenía abajados.

” Roto con fuerza súbita y furiosa
de la vergüenza y continencia el freno,
le seguí con la vista deseosa,
cebando más la llaga y el veneno.

Los Monteros de Espinosa.

Museo de los Monteros 15-1-09 084

En el año 1006 cuando el conde Sancho García heredó el gobierno de Castilla a la muerte de su padre. La esposa de éste y madre de aquel, Doña Aba, se confabuló con un caudillo musulmán para acabar con su hijo. Una de las damas que acompañaban a la condesa se enteró de los aviesos planes y se los contó a su marido, escudero y mayordomo real del conde Sancho García.
Este escudero, Sancho Peláez de nombre, con la lealtad hacia su señor que le faltaba a la madre, le avisó del peligro que corría y de los planes que se habían trazado contra su persona. El conde tomó medidas y evitó su asesinato, acabando además con sus enemigos. El escudero era oriundo de Espinosa y por esto estableció el conde que: “Leal me fuiste, Sancho Peláez. Desde ahora guardarás mi sueño. Y que guarden también los hijos de Espinosa en los siglos venideros el sueño de todos los monarcas que Castilla tenga”.
Aquel hecho fue la creación de los Monteros de Espinosa, una unidad destinada a proteger al rey mientras dormía. El montero, también conocido como montero de cámara, debía ser hidalgo y natural de la villa de Espinosa, tal y como había determinado aquel conde a comienzos del siglo XI.
Desde Felipe I se hizo su servicio únicamente de noche, aunque durante las largas enfermedades que hicieron mantener al rey Felipe II postrado, su turno se hizo por largo tiempo extensivo de nuevo al diurno. Al comienzo de su historia, al igual que los somatophylakes de Alejandro Magno, o los huscarles de los reinos nórdicos, eran un reducido número de escolta personal condal, pero a lo largo de los siglos serían aumentados por sucesivos monarcas castellanos hasta alcanzar su máximo de 48 bajo el reinado de Isabel la Católica, y su nieto Carlos I que, por breve tiempo tras llegar de Flandes, sustituyó su servicio por el de los Archeros de Borgoña que traía bajo el mando del capitán Martín Preboste, de Malinas.
Las Cortes de Castilla exigieron que los usos y costumbres del Reino prevalecieran ante la nueva dinastía, y entre ellos su custodia personal por los monteros, que no usaban capitán otro que el mismo rey, mientras en tierras castellanas residiese, compartiéndose desde entonces su custodia con la guardia de flamencos que mantuvo, y siendo su teniente el Mayordomo Mayor del reino y durante su ausencia, su regente. El rey Fernando el Católico durante su impuesta regencia, la aumentó a 12 más aún para la guardia diurna y nocturna de su reina hija, Juana I
El uniforme de la Guardia de Monteros de Espinosa cambió y se adaptó a los tiempos y usos a lo largo de las diferentes épocas. Originariamente fue distintivo el que no usaban de armadura o armas pesadas, siendo principalmente unidad de escolta personal en actos oficiales y domésticos, fuera de campaña. Sus armas estaban orientadas al cuerpo a cuerpo directo y en espacios limitados fuera de la primera línea de defensa de otros cuerpos, maceros, alabarderos y caballería. Hacían la guardia armados de espada corta, bracamante o estoque medieval y escudo ligero, que se superaría después con la rodela o broquel, de más fácil porte. Además estaban a cargo de llevar las linternas de turno nocturno o mortuorio, y en ocasiones venablos de la Montaña o Vizcaínos y farol de mano.
En las estipulaciones que para el Cuerpo dejó en Carta el rey Enrique I de Castilla con fecha en 1206, aparte de otras concesiones, estaba el que les sería entregado paño colorado real, para la librea de su vestimenta. Color con el que serían vestidos todos aquellos pertenecientes al servicio de la casa Real de Castilla, hasta su unificación a la Corona de Aragón, en que el gualdo sería también añadido y pasaría a mayor representación durante el Imperio. Siendo solo a la llegada de la dinastía de Borbón en que las tropas de los reinos unificados en la península recibirían su mayor reorganización contemporánea y que cambiarían al azur de la librea francesa, más económico de mantener también.
Tras el exilio del rey Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República Española en 1931, quedaría disuelto este cuerpo de guardia y no volvería a ser restablecido salvo en nombre a título póstumo tras la instauración borbónica en 1975 con el rey Juan Carlos I.
———-
———-
Hoy en día la Compañía Monteros de Espinosa es la Unidad de Infantería Ligera de la Guardia Real. Encuadrada en el Grupo de Honores es depositaria de una antigua tradición, al salvaguardar al Conde Don Sancho habitantes de Espinosa de los Monteros:
La Guardia Real anualmente despliega sus efectivos en esta localidad burgalesa para festejar aquellos hechos. Y es justo reseñar el buen trato de sus gentes y cariño con que reciben a los Monteros y a todos los Guardias Reales.

Historias de la Historia de España Cap. 94. Un general, un desastre y unos asesinos republicanos.

El 29 de julio la columna del general Navarro se retiró hasta Monte Arruit. Allí organizó la defensa de la misma con una fuerza de 3.017 soldados. Sin víveres, agua y municiones suficientes, sin que las tropas españolas que estaban llegando a Melilla fueran capaces de salir a combatir y rescatar a las tropas asediadas del general Navarro, éste se vió obligado a capitular tras 14 días de asedio. Cuando el 11 de agosto los soldados comenzaron a salir de Monte Arruit, los moros se echaron sobre ellos masacrándoles a todos.

Navarro

Felipe Navarro y Ceballos-Escalera, Barón de Casa Davalillo,  nació en Madrid, 21 de julio de 1862. Su padre fue Carlos Navarro y Padilla y su madre Francisca Ceballos-Escalera y de la Pezuela, hermana de Joaquín Ceballos-Escalera y de la Pezuela, Marqués de Miranda de Ebro y General de Artillería.

Ingresó como alumno en la Academia de Caballería el 1 de septiembre de 1877, siendo promovido al empleo de alférez en julio de 1880. Fue destinado al Regimiento de Pavía hasta agosto de 1882, en que fue nombrado ayudante de campo del Ministro de la Guerra con 20 años y dos años de servicio en filas.

Cuando en octubre de 1883 Martínez-Campos dejó el Ministerio de la Guerra y pasó a ser Capitán General de Ejército, se llevó consigo a Navarro, primero destinado a sus órdenes directas y luego nombrándole su Ayudante de Campo en febrero de 1885.

En septiembre de 1888 se le destinó al Regimiento de la Reina, y en noviembre ascendió al empleo de Teniente con 26 años. Continuó en el regimiento hasta diciembre de 1890, en que pasa de nuevo al Regimiento de Pavía. Posteriormente ejerció el cargo de ayudante de campo de los Generales de División D. Federico Ochando y D. Bernardo Echaluce.

En diciembre de 1892 volvió a destinársele al Regimiento de la Reina. En septiembre de 1893 fue nombrado alumno de la Escuela Superior de Guerra, pero en el mes de noviembre fue destinado al Ejército de Operaciones de Africa, que mandaba el Capitán General D. Arsenio Martínez Campos, de nuevo como ayudante de campo suyo. Participó en las operaciones de Melilla hasta marzo de 1894, y recibió una Cruz Blanca al Mérito Militar de Primera Clase. A finales de ese mes se incorporó a la Escuela Superior de Guerra.

El 26 de junio de 1886 se casó con María Cristina Morenés y García Alessón, Baronesa de Casa Davalillo, nacida en Madrid el 20 de octubre de 1862. Era hija de Carlos Morenés y Tord, Barón de Cuatro Torres y Gentilhombre de Cámara, y de María Fernanda García Alessón y Pardo, Condesa del Asalto y Baronesa de Casa Davalillo.

En septiembre de 1888 se le destinó al Regimiento de la Reina, y en noviembre ascendió al empleo de Teniente con 26 años. Continuó en el regimiento hasta diciembre de 1890, en que pasa de nuevo al Regimiento de Pavía. Posteriormente ejerció el cargo de ayudante de campo de los Generales de División D. Federico Ochando y D. Bernardo Echaluce.

En diciembre de 1892 volvió a destinársele al Regimiento de la Reina. En septiembre de 1893 fue nombrado alumno de la Escuela Superior de Guerra, pero en el mes de noviembre fue destinado al Ejército de Operaciones de Africa, que mandaba el Capitán General D. Arsenio Martínez Campos, de nuevo como ayudante de campo suyo. Pero dos meses después de iniciar sus estudios los interrumpió, al producirse en Melilla las derrotas españolas con las que comenzó la que se conocería como Guerra de Margallo o Primera Guerra del Rif, presentándose voluntario al Ejército de Operaciones de África cuyo mando se entregó a Martínez-Campos, de quien de nuevo fue nombrado Ayudante de Campo en noviembre de 1893.

Participó en las operaciones hasta la finalización de la campaña en marzo de 1894, por las que fue recompensado con una Cruz del Mérito Militar con distintivo Blanco de 1.ª Clase. A finales de ese mes se reincorporó a la Escuela Superior de Guerra, pasando poco después a pertenecer al Regimiento de Caballería de Santiago.

En abril de 1895, al iniciarse la guerra de independencia cubana o Guerra del 95, interrumpió de nuevo sus estudios para incorporarse voluntariamente al Ejército de la Isla de Cuba como Ayudante de Campo de su General en Jefe, de nuevo Martínez-Campos. Emprendió a su llegada operaciones de campaña contra los insurrectos separatistas, condecorándosele con la Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 1.ª Clase por su actuación en las operaciones sobre Mayari Arriba y por su comportamiento en el combate del 3 de junio librado en Seboruco. El 7 de enero de 1896 participó en el combate sostenido en el ingenio de San Dimas, concediéndosele por el mérito que entonces contrajo la Cruz de María Cristina (tercera recompensa al valor, antecesora de la Medalla Militar) de 1.ª Clase.(RED.] (RED.] Alojamiento de tropas en Melilla

Ese mismo mes Martínez-Campos fue relevado por el General Valeriano Weyler y Nicolau como Gobernador de Cuba, así que Navarro también regresó a la península a finales del mismo. Fue nombrado Ayudante de Campo de su tío, el General de División D. Joaquín Ceballos-Escalera y de la Pezuela, prosiguiendo sus estudios en la Escuela Superior de Guerra. En marzo de 1896 ascendió a Capitán (con 33 años) y en septiembre concluyó por fin su accidentado curso de Estado Mayor. Al mes siguiente, y con el fin de realizar las prácticas reglamentarias del Cuerpo de Estado Mayor, se le destinó al IV Cuerpo de Ejército a la vez que se le nombraba, por quinta y última vez, Ayudante de Campo de Martínez-Campos, que moriría en 1900.

Guerra en Filipinas.

En enero de 1897 embarcó voluntario para Filipinas, donde la sublevación había estallado unos meses antes, para continuar allí las expresadas prácticas. Durante su estancia en las islas se distinguió en diversos hechos de armas y fue condecorado por ello: Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 1.ª Clase pensionada por los combates del 3 y 4 de mayo en el barranco Limbong y en el pueblo de Indang; ascenso a Comandante por méritos de guerra (segunda recompensa al valor después de la Cruz Laureada de San Fernando) por la toma de Maragondón el 11 de mayo (con 34 años, habiendo estado pues de Capitán apenas un año); Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 2.ª Clase pensionada por la acción sostenida el 30 de mayo en Talisay, en la que resultó herido; y Cruz de María Cristina de 2.ª Clase por el combate reñido en Minuján el 9 de diciembre.

Aunque el 23 de diciembre el General Fernando Primo de Rivera y Sobremonte y los rebeldes firmaron el Pacto de Biak-na-Bato que puso fin a las hostilidades, Navarro permaneció aún hasta marzo de 1898, en comisiones de servicio, cooperando en la sumisión y entrega de armas de diversas partidas rebeldes. Por ello fue recompensado con una Mención Honorífica.

A su regreso a la metrópoli recibió por fin el Diploma de Estado Mayor, quedando de reemplazo hasta que en mayo fue destinado al Regimiento de Caballería de Reserva de Madrid nº 39 y en septiembre al Regimiento de Cazadores de Lusitania. Allí permaneció hasta diciembre de 1902, en que pasó a la Escuela Militar de Equitación como Profesor y Jefe del Detall (Departamento Estadístico de Trámite Administrativo de Libros y Listados, lo que viene a ser nuestra actual Sección de Personal o S-1). El 4 de octubre de 1905 fue nombrado por el Rey Alfonso XIII Gentilhombre de Cámara con ejercicio. En enero de 1906 volvió al que fue su primer destino, el Regimiento de Pavía, y ese mismo año, durante las fiestas organizadas en la Corte con ocasión de la boda de Alfonso XIII, se le comisionó a las inmediatas órdenes de los Príncipes Genaro, Raniero y Felipe de Borbón-Dos Sicilias (hijos de Alfonso de Borbón-Dos Sicilias y Austria, pretendiente al trono del Reino de las Dos Sicilias y cabeza de su Casa Real). En 1909 ante S.A.R. el Prínncipe Rupprecht de Baviera; y acompañó a la Familia Real en sus viajes por España y Francia.

Consumado jinete, formó parte del jurado de los Concursos Hípicos Internacionales celebrados en Bruselas en 1905 y en Lisboa en 1909.

En mayo de 1914 fué destinado como Jefe de Caballería de la Comandancia Militar de Larache. Obtuvo una Cruz Roja al Mérito Militar de Tercera Clase por los combates del 2 de agosto que se libraron en Sidi-bu-Haya y hayera Tuila; y una Cruz de María Cristina de Segunda Clase por el combate de R´gaia del 18 de noviembre.

manuel-fernandez-silvestre

Guerra de Melilla
El 21 de noviembre de 1909, tras los graves sucesos que dieron lugar a la Guerra de Melilla, se le agregó al Cuartel General del Comandante en Jefe de las Fuerzas del Ejército de Operaciones en Melilla, prestando servicios de campaña y asistiendo el día 26 a la toma de Sebt, Eulad-Daud y Atlaten. El 30 de diciembre, terminadas las hostilidades, regresó a la península. En agosto de 1913 ascendió a Coronel (con 51 años), siguiendo en el cargo de Ayudante de Órdenes del Rey.

Asistió en 1914 a varias operaciones en el territorio de Larache, contrayendo méritos por los cuales fue recompensado con la Cruz del Mérito Militar con distintivo Rojo de 3.ª Clase. En mayo de 1914 fue nombrado Jefe de las Fuerzas de Caballería de la Comandancia General de Larache, constituidas en una Agrupación para los efectos del mando y servicio, saliendo de nuevo a campaña. Por su notable participación en diversos combates recibió varias recompensas: Cruz al Mérito Militar con distintivo Rojo de 3.ª Clase por los combates del 2 de agosto que se libraron en Sidi-bu-Haya y Hayera Tuila; y Cruz de María Cristina de 2.ª Clase por el combate de R´gaia del 18 de noviembre. Al cargo que venía desempeñando de Jefe de las Fuerzas de Caballería de la Comandancia General de Larache, en mayo de 1915 se le sumó el de Subinspector de las Tropas de la citada Comandancia, prestando meritorios y distinguidos servicios en ambos cometidos.

Promovido a General de Brigada en octubre de 1916 (con 54 años), permaneció en situación de cuartel hasta que un año después, el 17 de octubre de 1917, se le confió la 3.ª Brigada de Caballería, la cual mandó hasta el 31 de agosto de 1918 en que, designado Jefe de Sección del Ministerio de la Guerra, se hizo cargo de la Cría Caballar y Remonta. En dicho cometido y en comisión de servicio, revistó en septiembre el 3.er Establecimiento de Remonta en Écija, Sevilla; en diciembre el 5º Depósito de Caballos Sementales de Zaragoza y en mayo de 1919 los Depósitos de Caballos Sementales y Establecimientos de Remonta de Jaén, Córdoba, Sevilla y Cádiz, presenciando a la vez la entrega de los potros a los Cuerpos de Caballería. Mientras tanto, ese mismo año fue nombrado caballero gran cruz de la Orden de San Hermenegildo con antigüedad del año anterior.

Comandancia General de Ceuta
En julio de 1919 su viejo conocido de las campañas de Cuba y Larache, el General de División de Caballería Manuel Fernández Silvestre, fue nombrado Comandante General de Ceuta. Estando vacante el puesto de Segundo Jefe, Navarro lo reclamó y al mes siguiente, el 25 de agosto, se le concedió. Como Segundo Jefe de la Comandancia General de Ceuta, inspeccionó las posiciones del territorio y asistió a las operaciones de campaña desarrolladas en el mismo, dirigiendo varias de ellas. Del 11 al 23 de febrero de 1920 asumió el mando accidental de dicha Comandancia.

En febrero de 1920 Silvestre pasó a ser Comandante General de Melilla. Cuando quedó vacante el puesto de Segundo Jefe, Navarro lo solicitó y se le concedió el 5 de noviembre. Este cargo de Segundo Jefe de la Comandancia General de Melilla llevaba consigo el de Presidente de la Junta de Arbitrios de la ciudad, lo que significaba a efectos prácticos que era el Alcalde de Melilla. Esta función le consumía gran parte de su tiempo, en una época en la que la ciudad iba creciendo a ritmo acelerado. Aunque Navarro participó en todas las acciones militares de importancia, el general Silvestre no le hacía partícipe de la información ni del curso de los acontecimientos político-militares.

abdelkrim

Desde el primer día se dedicó a recorrer el territorio y visitar las posiciones ocupadas, asistiendo a cuantas operaciones se desarrollaron, algunas de las cuales dirigió personalmente. El 6 de abril de 1921 se le concedió la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo Rojo “en atención a las circunstancias que concurren en [él], y muy especialmente a los servicios de campaña prestados y méritos contraídos en nuestra Zona de Protectorado en África durante un período de operaciones mayor de seis meses, en virtud de propuesta del Alto Comisario de España en Marruecos y de acuerdo con el Consejo de Ministros”.

Desde el 21 de abril al 4 de mayo estuvo encargado interinamente del mando de la Comandancia.

Navarro ha pasado a la posteridad por su actuación en el llamado Desastre de Annual, en julio y agosto de 1921, frente a la fuerzas de Abd el-Krim. El mismo día en que se iniciaba este desastre, el 22 de julio, Silvestre moría tras ordenar la evacuación de la base avanzada de Annual. Navarro asumió entonces el mando y dirigió la retirada de las desmoralizadas fuerzas españolas, intentando organizarlas y recuperar por el camino a las máximas guarniciones posibles. Retrocedió combatiendo durante seis agotadores días, deteniéndose en Ben Tieb, Dar-Drius, El Batel y Tistutin hasta llegar el día 29 a Monte Arruit. Al estar ocupado por el enemigo todo el terreno entre esta posición y Melilla, la única forma de continuar la retirada era abandonando a los heridos. Navarro se negó a ello y decidió aguantar la posición hasta la llegada de refuerzos, lo que supuso la salvación de Melilla pues las cabilas rebeldes se centraron en acabar con este foco de resistencia en vez de proceder contra la indefensa ciudad. Monte Arruit fue muchas cosas extremas. Fue una posición que lo resumió todo, en definitiva un defensa a ultranza…

Llegada de la columna de Navarro a Monte Arruit
“Mientras parte de la columna penetra en Monte Arruit desordenadamente, el general Navarro se ha quedado solo. «¡Españoles, que os habéis dejado atrás a vuestro general!»,* les gritarán. Y pronto varios oficiales se organizan para defenderle. Ahí están el capitán Sánchez-Monge, Gilabert y el jefe de los restos del Alcántara, Primo de Rivera. La situación es angustiosa y cargada de incertidumbre. La harka está muy encima y empieza a mezclarse con soldados y oficiales en un combate casi cuerpo a cuerpo. Uno de los rifeños apunta al general español, prácticamente a bocajarro. Pero «Primo de Rivera detuvo un caballo abandonado y en él montó al general, en el preciso momento»* en que suena un disparo que «destrozó el cráneo del moro, cuya masa encefálica salpicó la barba y la gorra del general»*,…”.
(Morir en África, la epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual, pág. 399).

La posición estaba guarnecida por una sección de la 1ª Compañía Provisional del Rgto. “Ceriñola” núm 42, al mando del teniente Antonio García Fernandez, con unos 48 hombres de tropa.

Tenía unos 500 metros de perímetro y 10.000 metros cuadrados en su interior, correspondiente aproximadamente a una tercera parte del espacio de la Puerta del Sol. En su interior se hallaban tres barracones y casas dedicadas a depósito de Intendencia, casa de Policía, horno y residencia del jefe de la posición.

Ya hemos comentado en su momento cómo efectuó su retirada y en qué condiciones llegaron los restos de la columna Navarro a Monte Arruit la mañana del 29 de julio, trayendo unos 900 hombres, muchos heridos, enfermos e inútiles.

Una vez reunidas las fuerzas, se cifraron en un número aproximado de unos 3.017 los hombres presentes en la posición, procedentes de la columna Navarro y de las posiciones en retirada que pudieron retenerse en Monte Arruit. Para ellos se disponía de 23 sacos de arroz, 16 sacos de judías y 10 sacos de garbanzos, algo de café, azúcar y 109 litros de aceite. Respecto a municiones, las tropas de “San Fernando” tenían 11 cargadores, es decir, 55 cartuchos por soldado; el “Ceriñola” tenía tan solo 200 fusiles para 280 hombres, con 30 cartuchos por arma y una caja de reserva que no llegaba a 200 cargadores.

Quebrantada la moral de los combatientes, el general Navarro organizó la defensa de los 500 metros de perímetro de la posición, asignando las unidades en sectores de defensa, comenzando por la derecha de la puerta de entrada hasta cerrar el perímetro por la izquierda: “Melilla”, “África”, Ingenieros, “Ceriñola”, “San Fernando”, Caballería y Artillería.

El frente ocupado por Caballería, Artillería y la sección del Ceriñola de guarnición en la posición era el favorito de los ataques de los rifeños, pues estaba a unos 20 metros de los edificios de unas cantinas abandonadas que ocupaba el enemigo y desde los que arrojaba granadas de mano, dinamita y piedras continuamente, obligando con ello a la tropa estar permanentemente presente en el parapeto y causarles numerosas bajas. En una ocasión los disparos de cañón abrieron una brecha en el muro y los moros lo eligieron como objeto de sus ataques, que debían rechazarse en reñidos combates cuerpo a cuerpo con arma blanca.

1479457_509921952454229_273682840_nLas comunicaciones con Melilla se hacían con heliógrafo con grandes dificultades debido a las frecuentes nieblas; no se hacían directamente sino a través de las posiciones de Zeluán primero, y la Restinga y el Atalayón más tarde.

El enemigo no dejó de disparar con fuego de cañón ninguno de los días del asedio, excepto uno.

La tarde de ese mismo día se ocupó un pozo cercano a la puerta de la posición, con tan mala suerte que al pocos instantes un soldado desesperado de sed se acercó al mismo y cayó en él, inutilizando el pozo con su muerte.

El en telegrama que el general Navarro envía al general Berenguer le dice que está “convencido de la imposibilidad de replegarse más, si no recibe refuerzos”. Y en la conferencia que celebra el general Berenguer con el ministro de la Guerra a las 12:30 horas, manifiesta al gobierno que tiene intención de autorizar al general Navarro dar por terminada su heroica resistencia, una vez que reconocía que había quedado a salvo el honor militar.

30 de julio, sábado

Al día siguiente de la llegada de la columna Navarro, los rifeños comenzaron los disparos de los cañones. El teniente coronel Primo de Rivera se encontraba en la zona destinada al Cuartel General. Al oír la señal, el teniente coronel procedió a tumbarse en el suelo, y ya su mano tocaba la tierra cuando un proyectil le seccionó un brazo; el proyectil fue a estallar más allá, en un grupo de caballos matando a ocho de ellos. El teniente coronel fue conducido al cuarto destinado al depósito de víveres, donde existía la única cama que había en la posición, propiedad del Auxiliar de Intendencia.

Era una mísera estancia, completamente desmantelada, en que la única luz de exterior penetraba por una estrecha ventana abierta a gran altura en el muro, y en la que, para impedir la entrada del calor, se colocó una manta de soldado.

Al teniente coronel se le amputó el brazo sin anestesia, con una navaja barbera, mordiendo un pañuelo y rogando al médico que acabase cuanto antes.

31 de julio, domingo

1463573_509836272462797_1838369913_nEse día el general Navarro telegrafió a Melilla que el “enemigo hizo 48 disparos de cañón a 2000 metros de distancia con gran eficacia, causando numerosas bajas y grandes destrozos en posición y ganado”. El general Berenguer contestó autorizando al general Navarro a adoptar las medidas que creyera más convenientes, una vez que la defensa había llegado al límite del heroísmo; en caso de cesar la defensa, le recomendaba tratar con el caid Ben Chelal “que, aunque rebelde, podrían obtenerse más ventajosas condiciones”.

La falta de agua era el enemigo más cruel. A cargo de su reparto estaba el teniente Manuel Sánchez Ocaña, ayudante del 1º Batallón del Rgto. “San Fernando”. Las tropas de Infantería e Ingenieros estaban encargadas de hacer las aguadas, y sufrían en ellas muchas bajas. En los combates que se libraron para conseguirla se distinguieron los soldados de “San Fernando”. Tanto mejoró su espíritu combativo que lograron apoderarse de una casa vecina a la aguada, donde una compañía destacada protegía el servicio de ésta.

Para batir la aguada los moros habían construido una trinchera en la que, parapetados, disparaban contra los soldados españoles que iban por el agua, llevándose a los que caían heridos. En la mañana del día 31 de julio la aguada se cobró las bajas de un jefe, tres oficiales y 86 de tropa. Otro día tan solo regresaron entre 20 ó 30 soldados de los 180 hombres de “África” y “San Fernando” que salieron a buscar el agua.

Se intentó de nuevo por la tarde. Esta vez el general Navarro ordenó que saliesen una compañía de “Ceriñola” y otra de “San Fernando” a proteger la aguada; los españoles tomaron la trinchera y las casas inmediatas, con lo que se pudo hacer la aguda varios días seguidos. Pero los moros construyeron una segunda trinchera y volvieron a impedir de nuevo la aguada los tres últimos días del asedio.

Mientras tanto, en Melilla seguían llegando tropas peninsulares de refuerzo. Ese día se pasó revista a los quince batallones expedicionarios ya llegados y se constató su mal estado, por lo que el general Berenguer decidió no acudir en socorro de Monte Arruit. Los informes que el Estado Mayor de la Comandancia y uno de los generales llegados a Melilla dirigieron al general Berenguer son demoledores: la fuerza expedicionaria llegada era un amasijo de hombres mal pertrechados y sin instrucción alguna. Dieciocho días después de su llegada a Melilla aún no estaban preparados para salir al campo. Como previendo lo que dirían los informes, esto es lo que le dijo el 29 de julio el general Berenguer al ministro de la Guerra:

“Marchar con estas fuerzas a auxiliar a Zeluán y Montearrui sería exponerlas a un fracaso y dejar descubierta la plaza, que hoy está amenazada por todo su frente; no dispongo de efectivos, porque los batallones recibidos son muy pequeños y la gente no está instruida para poder batirse … no tenemos garantía alguna de que las tropas puedan combatir con eficacia. Es un caso extraordinario, pues no se trata de reforzar un ejército con elementos nuevos, sino de crear un ejército para combatir al día siguiente.”

annual 11

3 de agosto, miércoles

El general Berenguer afirmó haber enviado un telegrama al general Navarro en el que le autorizaba “adoptar resoluciones que propone u otras que de momento estime oportunas, recomendándole trate de retener rehenes u otras garantías análogas que alejen toda posibilidad de traición”.

Según los supervivientes de Monte Arruit, este mensaje nunca llegó a su destino. Sin embargo, tiene su importancia a la hora de enjuiciar la estimación que se hacía del enemigo, pues en el archivo de mensajes de la Comandancia aparece sin firma y con la expresión original “una traición muy probable” tachada y sustituida por la de “toda posibilidad de traición”.

Ese día salieron de servicio de agua unos 200 hombres desarmados, que fueron acometidos por un numeroso grupo de moros, resultado muertos la mayor parte de ellos.

Por la noche se envió un telegrama desde Alhucemas al general Berenguer avisando de la salida de varios emisarios hacia Monte Arruit con la intención de suspender el fuego contra ella.

7 de agosto, domingo

Otro disparo de Artillería cayó en la “Plazoleta de la Muerte”; mató al cornetín del Cuartel General, hirió al general Navarro en la pierna, a los capitanes de Estado Mayor Sánchez Monge y Sáinz Gutierrez, al intérprete Alcaide y al asistente del general; y causó además 29 bajas entre un grupo de soldados del regimiento “Melilla”, matando a la mayor parte de ellos, entre ellos un suboficial.

Al capitán Sánchez Monge hubo que seccionarle una pierna.

cap mongeRespecto a las posibles negociaciones de rendición, el general Navarro sabía que el general Berenguer había enviado emisarios a Abd el-Krim y que el jefe Ben Chel-lal y Si Dris Ben Said se habían ofrecido a mediar a fin de alcanzar las condiciones más aceptables de capitulación; por ello, a mediodía el general Navarro envió un telegrama al general Berenguer diciéndole “ruego a V.E. haga saber emisarios que deben empezar por venir ellos a hablar”, pues la “Policía y chusma que le rodea ha querido varias veces negociar entrega campamento, y como carecen garantías, me he negado y ha vuelto cañoneo.”

8 de agosto, lunes

Los moros que iban a negociar la rendición de las tropas españolas llegaron a Monte Arruit la noche anterior. De ese modo, a las 08:00 horas del 8 de agosto el general Navarro envió un telegrama al general Berenguer diciendo que “estoy esperando la llegada de los Jefes que me comunicaron anoche desde fuera.”

En el mensaje del general Berenguer a la misma hora le dice que “si no han llegado emisarios, le autorizo para tratar con enemigo que le rodea, aun a base de entregar las armas, pues mi principal deseo, una vez extremada la defensa al punto que lo han hecho, es salvar vidas esos héroes, en los que tiene puesta la vista España entera, que los admira”.

Un sargento de Intendencia salió con 16 hombres, sin armamento, para intentar la aguada con un carro-cuba; los moros les hicieron prisioneros, pero mataron a un cabo por estar enfermo.

La falta de medios terapéuticos para luchar contra las heridas y las enfermedades amenazan con gangrenar cualquier herida por leve que sea, llegando a producirse 167 muertos por infección durante todo el asedio.

El único médico superviviente declaró que más de medio millar de hombres descansaban en la enfermería sin posibilidad de asistencia alguna. Sus sufrimientos eran oídos por todos los defensores, quienes abrían constantemente sepulturas para enterrar a los muertos. Los gritos eran a veces tan insufribles que los colocaban junto a los parapetos. Allí encontró la muerte el capitán Maroto, que yacía gravemente herido y que encontró la muerte por la explosión de una granada que cayó junto a él.

El comandante Villar, de la Policía Indígena, es enviado fuera de la posición a parlamentar con los moros. El comandante no regresó, siendo hecho prisionero y llevado a Axdir.

9 de agosto, martes

annual 22Se recibe en la posición una carta del comandante Villar en la que daba seguridades de la formalidad de los jefes que habían de pactar y comunicaba que en Nador se había pregonado en el zoco el respeto a los cristianos.

Antes de que los jefes moros llegasen a la posición, el general Navarro envió al general Berenguer el siguiente telegrama: “Ruego a V.E. haga llegar la profunda gratitud de soldados esta columna a S.M. el Rey, por el alentador saludo que nos dirigió en momentos angustiosos de peligro y tribulación”.

Los jefes moros llegaron a la posición. Entre ellos se encontrada el ya citado Ben Chelal, con quien el general Berenguer ya había entablado negociaciones (incluso con el propio Abd el-Krim) a través de un intermediario llamado Idris Ben Said. Los moros son recibidos en la puerta por el capitán Sáinz, pero se niegan entrar en la posición con los ojos vendados, lo que obliga al general Navarro a personarse en la puerta de la posición arrastrando su pierna herida, apoyado en un bastón y del brazo de un oficial. Apoyado en el pilar derecho de la puerta, comienzan las negociaciones y se pacta la siguiente capitulación:

Retirada de la compañía destacada en la casa que protegía la aguada a la posición principal.

Organización de un convoy con los heridos, que viajarían con la columna, proporcionando los moros medios de transporte para los mismos.

El resto de la columna, con los heridos como ya queda dicho, sería escoltada por los jefes moros hasta el Atalayón.

Los heridos más graves quedarían en la posición con los médicos y una guardia de 50 hombres.

Los soldados entregarían todo el armamento (solo les quedaban a los españoles unos cinco cartuchos por fusil); los oficiales podrían conservar sus pistolas.

Ante la imposibilidad de convocar un consejo de oficiales que los alejarían peligrosamente de sus hombres, el capitán Sainz recabó las opiniones de jefes y oficiales; los supervivientes declararon posteriormente que fueron de la opinión de que no había ninguna posibilidad de prolongar la resistencia.

10 de agosto, miércoles

La falta de agua obligaba a beber los líquidos más repugnantes. Mientras se estaba en negociaciones con los moros no se pudo hacer tampoco la aguada; algunos de ellos se acercaban a la posición a vender agua y tabaco a los españoles.

11 de agosto, jueves

Hecho el pacto y extendida un acta en árabe por los secretarios de los jefes moros, el capitán Aguirre transmitió lo acordado en un telegrama al general Berenguer. Acto seguido se comenzó a dar cumplimiento a lo pactado.

Un jefe moro fue con el teniente Gilaberte a la aguada para incorporar a la posición a la compañía allí destacada.

A las 13:00 horas el convoy de los heridos comenzó a salir de la posición, llegando su cabeza hasta la estatua del león que se levantaba en mitad de la cuesta que separaba la posición de la carretera y que fue levantado en honor del general Jordana.

Los soldados del regimiento “San Fernando”, tras entregar el armamento a los notarios moros, llegaron a la puerta principal de la posición; allí hicieron un alto para impedir la salida de posibles fugitivos.

Detrás comenzaron a concentrarse el resto de las unidades, una vez entrado el armamento.

El general Navarro, dando visibles muestras de cansancio y acompañado de los miembros de su Cuartel General, camina hacia la entrada, bien para presenciar el desfile de los soldados según unos, bien para firmar el acta de capitulación que ya debería estar redactado según otros; se sentó a la sombra de uno de los muros arruinados colindante con la posición.

annual 1

En un momento dado el general y sus acompañantes son rodeados por un grupo de indígenas y empujados y violentamente conducidos hacia las casas del poblado. Mientras tanto, a sus espaldas se consuma la traición: los moros entran en la posición matando soldados españoles desarmados a diestro y siniestro. Algunos oficiales y soldados lograron salvarse al refugiarse en los escasos accidentes del terreno. Los soldados del regimiento “Africa”, que aún no habían entregado el armamento, se enfrentan a sus agresores al mando del capitán Marciano González Valles (Compañía de Ametralladoras, 1º Batallón); agotaron sus municiones en lucha desigual hasta caer todos ellos muertos. Fueron los últimos combatientes de la Comandancia General de Melilla, completamente derrumbada.

Sus cuerpos quedaron mutilados, desnudos, insepultos, durante un mes y medio, hasta que los españoles llegaron el 24 de octubre durante la campaña de la reconquista del territorio. En la columna española iba encuadrado el comandante Franco, de la 1ª Bandera de La Legión, quien, en su libro “Diario de una Bandera” dice lo siguiente:

“Renuncio a describir el horrendo cuadro que se presenta a nuestra vista. La mayoría de los cadáveres han sido profanados o bárbaramente mutilados. Los hermanos de la Doctrina Cristiana recogen en parihuelas los momificados y esqueléticos cuerpos, y en camiones son trasladados a la enorme fosa.

“Algunos cadáveres parecer ser identificados, pero sólo el deseo de los deudos acepta muchas veces el piadoso engaño, ¡es tan difícil identificar estos cuerpos desnudos, con las cabezas machacadas!

El 8 de agosto de 1921 el gobierno aprobó un plan para reforzar las tropas españolas destinadas en el Protectorado español de Marruecos con unidades expedicionarias procedentes de unidades con guarnición en la Península. De esta forma, solo del arma de Infantería, fueron desembarcados en Melilla 40 batallones expedicionarios entre los meses de julio y octubre; 12 batallones expedicionarios en Ceuta entre el mismo periodo; y otros 9 batallones expedicionarios en Larache en el mes de agosto. También fueron desembarcadas otras unidades expedicionarias de Caballería, Artillería e Ingenieros.

annual 21

Número de bajas

Si de los 3.017 hombres se deducen los que abandonaron la posición el 2 de agosto saltando el parapeto y los aproximadamente 300 ingresados en la enfermería, quedarían unos 2.500 combatientes. El número de muertos durante el asedio ascendió a 419 individuos; unos 433 fueron heridos durante el mismo. Se estima que murieron asesinados por los moros unos 2000 soldados el día de la salida de la capitulación.

Sobrevivieron 61 hombres de los 3.000 sitiados. Se respetó la vida de algunos oficiales (entre ellos Navarro) con el fin de presionar a España y canjearlos por dinero, algunos artilleros o sanitarios de los que precisaban colaboración y, en fin, algunos soldados afortunados. Los cadáveres quedaron insepultos hasta la reconquista de la posición varios meses después.

Navarro permaneció año y medio prisionero de los rifeños en Axdir, capital de la cabila de Abd el-Krim (la Beni Urriaguel) y por tanto capital también de la República del Rif. Durante su cautiverio sufrió numerosas vejaciones por parte de sus captores, llegando a pasar encadenado largos períodos de tiempo, con una argolla de 50 kilos al cuello, pero se portó muy dignamente en todo momento, exponiendo su vida muchas veces con reclamaciones en defensa de sus hombres.

Navarro y los demás cautivos fueron liberados finalmente el 27 de enero de 1923, tras las negociaciones llevadas a cabo con Abd el-Krim por parte de Horacio Echevarrieta, a cambio de 80 000 duros de plata, fue trasladado a Melilla, de donde pasó a Madrid. La grave crisis política creada tras el desastre llevó, en septiembre de ese año, a la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera.

DSCN5186

Tras su liberación fue sometido a un Consejo de Guerra a raíz del Expediente Picasso de depuración de responsabilidades, enfrentándose a graves acusaciones por parte del fiscal. No obstante, la defensa que hizo el Auditor del Cuerpo Jurídico Militar Luis Rodríguez de Viguri fue tan aplastante que el fiscal retiró los cargos al día siguiente de la vista, que se celebró el 23 de junio de 1924.

Rehabilitado por completo, al mes siguiente (4 de julio) fue ascendido a General de División (con 61 años) sin ocasión de vacante, es decir, produciendo un exceso de plantilla que se consideró justo desagravio, y ese mismo día se le encomendó el mando de la 9.ª División. Un mes después, el 9 de agosto, fue nombrado General Inspector de las Fuerzas de Caballería de la Península, trasladándose a Extremadura durante el mes de septiembre para reconocer la zona en que debían desarrollarse las maniobras de las fuerzas de Caballería y Artillería de la I Región.

Comandante General de Ceuta
Días después (el 27 de septiembre) fue nombrado Comandante General de Ceuta, en cuyo cometido recorrió e inspeccionó el territorio, tomó parte activa en las operaciones de campaña realizadas en el de Ceuta-Tetuán, dirigió varios combates y en diciembre dirigió el repliegue de las tropas españolas desde el Zoco de Arbaá a Ben-Karrik, pasando por Tarranes y Karikera. El 2 de noviembre de 1925 fue nombrado Ayudante de Campo del Rey, pero quedó en comisión a las órdenes del Alto Comisario del Protectorado de España en Marruecos y General en Jefe del Ejército de Operaciones en África.

Menos de un mes después, el 26 de noviembre de 1925, cesó en su comisión y se incorporó a su destino como Ayudante de Campo del Rey. El 3 de febrero de 1926 se le concedió la Gran Cruz de María Cristina “en atención a los señalados servicios prestados y méritos contraídos en operaciones activas de campaña en nuestra Zona de Protectorado en Marruecos, en el lapso de tiempo comprendido entre 1 de agosto de 1924 y 1 de octubre de 1925, a propuesta del Ministerio de la Guerra, de acuerdo con el Consejo de Ministros y en vista del favorable informe emitido por el Consejo Supremo de Guerra y Marina”.

El 31 de agosto de 1926 y tras sólo 2 años como General de División, ascendió a Teniente General (con 63 años), asumiendo el 8 de septiembre el cargo de Capitán General de la VI Región (Burgos). El 29 de abril de 1927 fue nombrado Capitán General de la I Región (Madrid), puesto que ocupó durante tres años hasta que el 27 de marzo de 1930, dos meses después de la dimisión de Primo de Rivera y gobernando el Almirante Aznar, fue nombrado Jefe de la Casa Militar del Rey y Comandante General del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos.

Cuatro meses más tarde, el 24 de julio, pasó a situación de primera reserva por haber cumplido la edad reglamentaria, lo que ponía punto final a su carrera. Tenía 68 años de edad y nada menos que 53 de servicio activo. Pero su carrera no llegó a su fin técnicamente hasta que cuatro años después, el 26 de julio de 1934, pasó a situación de segunda reserva por haber cumplido la edad reglamentaria. Acababa de cumplir 72 años, hacía tres que se había instaurado la Segunda República y gobernaba entonces el bienio radical-cedista o de derechas.

Epílogo

coloreado navarroEl General Navarro, quien toda su vida la dedicó a la milicia, 53 años de servicio, sobrevivió a cinco guerras, la de Margallo, la Guerra de Cuba, la de Filipinas, la de Melilla y la Guerra de Marruecos. Quedó herido en la pierna por una granada en la defensa de Monte Arruit, donde fue hecho prisionero junto a 60 hombres tras rendir la posición. Se le trasladó a Axtdir donde pasó un año y medio de cautiverio. Y fue a morir asesinado junto a su hijo en Paracuellos por las milicias republicanas en Noviembre de 1936. ¿Razón? no se sabe, quizá por haber sido general africanista, por haber evitado que los moros tomasen Melilla, por haber sido Ayudante de Campo del Rey, Jefe de la Casa Militar del Rey y Comandante General del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos.

O simplemente, porque a los comunistas, todo lo que vaya vestido de verde o de caqui, les produce repulsión.

Navarro nunca tuvo la “carne de gallina”, quizá más bien le sobrasen atributos como al caballo de Espartero. La falta de ellos, está hartamente demostrada por los descendientes de aquellos asesinos afines a las hoces, martillos y estrellas rojas de cinco puntas.

 FUENTES:
  • Gaceta de Madrid. Número 245 de 2 de septiembre de 1926. Páginas 1325 y 1326.
  • Pando Despierto, Juan. Historia secreta de Annual. Ediciones Temas de Hoy. Colección: Historia. Madrid, 1999. Página 321.
  • Palma Moreno, Juan Tomás. Annual 1921. 80 años del Desastre. Almena ediciones. Madrid, 2001. Página 26.
  • Leguineche Bollar, Manuel (1996), Annual 1921: el desastre de España en el Rif Madrid: Ed. Alfaguara. ISBN 84-204-8235-8.
  • Morir en África, la epopeya de los soldados españoles en el Desastre de Annual
  • Fotografías: ABC,
  • Heliógrafo y telégrafo: JJ Godoy Espinosa de los Monteros.
  • Fotografía coloreada de Navarro: Manuel Valladolid

Expedición Española Contra China y el Imperio Khmer

funny.pho.to_old_photo
Por D. Gome Pérez das Mariñas y Ribadeneira
Gobernador y Capitan General de las Islas Filipinas,
con anterioridad Corregidor de León y de Cartagena
como también Capitan General, Justicia Mayor y Adelantado de Murcia 1595
Hacia finales del siglo XVI , el antiguo Imperio Khmer se encuentra en un periodo convulso y de franca decadencia.
Ya pasado su periodo de máximo esplendor, siglos IX al XII, sus gobernantes dominaban Vietnam, Birmania y la península de Malaca, el Imperio Khmer entra en franco declive. Una grave crisis económica y la pujanza del Budismo le dieron el toque de gracia. Los Emperadores dejaron de ser divinidades y su poder se resintió. Angkor Vat, la capital del Imperio fue abandonada en el siglo XV.
Hacia finales del XVI, el Estado Khmer había perdido gran parte de sus características nacionales y todo su vigor, estando muy influenciado por su vecino, el Reino de Siam.
En 1595, la Corte de Camboya anda revuelta y con problemas. Siam había atacado, ocupado el reino de los Khmer y derrotado a su rey Apram, el cual huyó al vecino Laos con toda su familia. Mientras, un familiar del rey Prabantul, se rebeló contra los Siameses, derrotándolos y ocupando Prabantul el trono de su primo.
Ante esto, el legítimo rey Apram, pidió ayuda a los españoles que residían en Camboya con unos cuantos comerciantes portugueses, entre los españoles se encontraba un tal Blas Ruiz de Ciudad Real, al que Apram nombró su embajador y lo mandó a Manila para solicitar ayuda.
Al mismo tiempo que llegaba Ruiz a Manila lo hacía una embajada enviada por el rey de Siam. La encabezaba un portugués, Diego Belloso, hasta ese momento prisionero en la Corte de Siam. El objetivo de esta Embajada era lograr que los españoles de Filipinas no entraran en el conflicto entre Siam y Camboya.
El Gobernador de Manila, Pérez Dasmariñas, decidió apoyar al destronado monarca Camboyano, para ello se enviaría una expedición con 120 españoles al mando de un Capitán Canario, Suárez Gallinato, junto con algunos mercenarios japoneses, en un Galeón y dos juncos.
Los otros mandos eran el propio Diego Belloso y Blas Ruiz, los dos embajadores forzados, se vieron trocados en capitanes de Junco y de tropas. Con ellos viajaba un dominico, Fray Gabriel de San Antonio, que es por él por quien se tienen noticias de estos sucesos.
El 19 de Enero de 1596 partía la pequeña expedición del Puerto de Manila, dividiendo una tempestad a la pequeña escuadra, los juncos llegaron a la desembocadura del Mekong en Camboya sin demasiados problemas, lo contrario que el Galeón de Gallinato que acabo en Singapur, con el aparejo y las cuadernas muy maltrechos. Gallinato se quedo a reparar los desperfectos perdiendo el contacto con Belloso y Ruiz. Entre los dos Juncos sumaban sesenta españoles y veinte Japoneses, una fuerza irrisoria para una intervención.
Al llegar estos a Camboya fueron recibidos por el rey usurpador Prabantul, quedando Ruiz como Jefe de la expedición por su condición de español y Belloso, portugués, como su segundo. Las órdenes que traían era tratar de resolver el problema dinástico entre familiares de modo pacifico, actuando como árbitros en el asunto y sacando ventajas comerciales o algún tipo de beneficio para los intereses de la Corona, como muestra de buena voluntad, entre otros muchos regalos, el Gobernador de Filipinas enviaba a Camboya un animal rarísimo y exótico para el país, un burro.
El burro salio rana, ya que con sus rebuznos espantaba a los elefantes del rey, al final no terminó de agradar a la Corte el regalito y el rey devolvió el presente.
Nada mas llegar, los españoles entraron en conflicto con los chinos, una colonia de mas de 3.000 personas que vivía en la capital, en su mayoría dedicados al comercio y que de inmediato vieron a los españoles como rivales y empezaron a hostigarlos, planteando Blas Ruiz el problema al rey para evitar un enfrentamiento directo.
Prabatul se quito de en medio, «Que arreglen los extranjeros sus diferencias entre ellos», pero el ataque a 3 españoles por parte de los chinos colmó la paciencia de Blas Ruiz, el resultado fue una escaramuza en plena capital con mas de 300 chinos muertos y sus juncos en poder de los castellanos.
Cuando el rey se enteró de esta noticia, exigió la devolución de los barcos y la presencia en su palacio de los capitanes españoles, acto seguido Blas Ruiz se encaminó hacia palacio con 40 de sus hombres. No se sabe como, se enteraron que se les preparaba una encerrona, y su reacción fue asaltar el palacio real durante la noche y provocar un incendio. Durante los incidentes el rey fue alcanzado por un disparo de arcabuz, muriendo allí mismo. Una multitud se lanzó en persecución de los españoles, que batiéndose en retirada y dando el frente a los perseguidores consiguieron llegar hasta los barcos a orillas del río.
Entre tanto, había llegado Suárez Gallinato con el resto de la expedición, el cual en lugar de aliarse con los partidarios del rey legitimo Apram, y aprovecharse de la situación, consideró mas prudente marcharse de Camboya para evitar nuevos combates, ya que estaban prácticamente sin víveres.
En su viaje de vuelta no les quedó mas remedio que bajar por el Mekong, bordear la costa, y llegar a los alrededores de la actual Saigón. al llegar a dicha ciudad los mercaderes no les querían vender provisiones y los españoles las acabaron tomando por la fuerza de las armas. Estaban pues en la Cochinchina, concretamente en el puerto de Chua Chang.
En este puerto encontraron semidestruida la nave en que había encontrado la muerte el gobernador Gómez Pérez, padre del Gobernador de Filipinas, Gómez Pérez se había puesto al frente de una expedición en socorro de las Molucas, que se habían rebelado.
Los marineros chinos de la nave se sublevaron a su vez y mataron a todos los castellanos, huyendo luego hacia Cochinchina.
Gallinato se enteró que el estandarte real de la nave y su cargamento estaba en manos del Rey de Tonkin y ni corto ni perezoso envió a uno de sus hombres (Gregorio de Vargas), con la misión de recuperar bandera y cargamento. No solo no lo consiguió sino que el soberano de Tonkin no murió de milagro.
En el puerto de Chua Chang donde recalaron unos buques japoneses, seguían las andanzas y pendencias. Un tripulante (un samurai), recibió un bofetón por parte de un español, queriendo el primero resolver el asunto, a golpes de Katana y que gracias a la intervención de un capitán español y otro japonés, el incidente quedó olvidado.
Otro conflicto fue cuando una pequeña escuadra japonesa atacó a los españoles con buques provistos de artillería, que aun así los derrotaron y pusieron en fuga.
Gallinato no queriendo mas enfrentamientos, el 4 de septiembre partió hacia a Manila, donde casó con una rica viuda, no sin antes ser atacado su barco por siete juncos piratas, muriendo tres soldados castellanos, pero a su vez, acabando con los atacantes.
Continuando el viaje, el rey de Sumatra los quiso contratar como mercenarios para una guerra contra el rey de Malaca pero andaban tan cansados y maltrechos tras tanto combate, que solo querían volver a Filipinas, a donde llegaron en Mayo de 1597. Entre tanto, Blas Ruiz había partido hacia Laos en busca del rey legitimo Ampram.
Cuando Blas Ruiz y Diego Belloso llegaron a Laos se encontraron que el rey Apram y su heredero habían muerto, solo quedaba un hijo menor, Prauncar, casi un niño.
El problema era que en Camboya se había proclamado rey el hijo del usurpador Prabantul, de nombre Chupinamu. Era pues preciso destronarlo.
Belloso y Ruiz hicieron circular la falsa noticia de que se esperaba la llegada de una flota desde Filipinas y otra desde Malaca con mercenarios. Tampoco descuidaron otras tácticas y compraron a dos Generales camboyanos para que cambiaran de bando.
Con estas malas artes y mucha suerte, recuperaron el trono de Camboya, Chupinamu el hijo del usurpador huyó al verse traicionado por sus Generales.
El nuevo rey, nombró a Belloso y a Blas Ruiz gobernadores de dos provincias y autorizó la presencia de misioneros católicos, llegando una embajada a Manila en agosto de 1598, Pérez Dasmariñas decide mandar dos religiosos junto con 200 soldados españoles a Camboya.
La expedición, en tres buques fue un desastre, uno de los navíos se hundió, salvándose solo el piloto. Otro pierde parte de la tripulación, pero logra llegar a Tagayan, en las propias Filipinas. El Tercero acaba en la costa de Kwantung, en China, sus tripulantes consiguen salvarse pero se pierde el barco. Tras pasar incontables calamidades son rescatados por un junco que parte de Macao.
El Gobernador de Filipinas organiza otra expedición, esta de dos buques, al mando de los Capitanes Luis Ortiz del Castillo y Luis de Villafane.
LLegados sanos y salvos a Camboya, son muy bien recibidos por Ruiz ,Belloso y el puñado de españoles que quedan. No así por la Corte Khemer.
El Rey Prauncar, aunque muy joven, tenia una afición a la bebida mas propia de un adulto, pasándose el día prácticamente ebrio. Gobernando el reino su madrastra, la viuda del difunto rey Apram y amante de uno de los generales que se habían dejado corromper por los españoles.
Este General, Ocuña, vio con muy malos ojos la llegada de refuerzos desde Filipinas y temió por su posición de favorito. Pretextando razones vanales obligo a los dos buques españoles a remontar el Mekong y volver a la costa, Ruiz intercedió ante el joven rey que estaba de resaca y nada hizo. Volvieron a la costa los buques, al poco tiempo fueron atacados por las tropas de Ocuña, mercenarios malayos mahometanos, fuerzas bien entrenadas y dotadas de artillería.
Los dos frailes dominicos y todos los soldados sucumbieron, la derrota fue total y completa. En la capital, Ruiz y Belloso, con los soldados que quedaban se hicieron fuertes en sus casas fortificándolas, pero el ataque de los Malayos de Ocuña no se hizo esperar, resultando muertos todos los españoles.
Tras estos acontecimientos, Ocuña mando asesinar al joven rey y ocupo su lugar, para verse derrocado al poco tiempo por un tío del monarca asesinado.
Sin haber obtenido al final ninguna ventaja política o comercial acabaron las expediciones españolas al reino de Camboya. En Filipinas se perdió el interés por este reino visto los embrollos y problemas que había traído consigo, no sin antes proponer, Álvaro de Sande a Felipe II la movilización de 1000 voluntarios de los Tercios Viejos como fuerza de avanzada, para intentar una invasión a China.
Una historia interesante y en algunos pasajes, inverosímil, la de estos españoles en Asia, que buscaban la fortuna y que encontraron toda clase de infortunios.
Publicado 22nd March 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros

Alonso de Ercilla. LA Araucana Canto XIX

articles-70143_thumbnail
En este canto se contiene el asalto que los araucanos dieron a los españoles en el fuerte de Penco; la arremetida de Gracolano a la muralla; la batalla de los marineros y soldados que habían quedado en guardia de los navíos, tuvieron en la marina con los enemigos.

Hermosas damas, si mi débil canto
no comienza a esparcir vuestros loores
y si mis bajos versos no levanto
a concetos de amor y obras de amores,
mi priesa es grande, y que decir hay tanto
que a mil desocupados escritores
que en ello trabajasen noche y día,
para todos materia y campo habría.

Y aunque apartado a mi pesar me veo
desta materia y presupuesto nuevo,
me sacará al camino el gran deseo
que tengo de cumplir con lo que os debo.
Y si el adorno y conveniente arreo
me faltan, baste la intención que llevo,
que es hacer lo que puedo de mi parte,
supliendo vos lo que faltare en la arte.

Mas la española gente, que se queja
con causa justa y con razón bastante,
dándome mucha priesa, no me deja
lugar para que de otras cosas cante,
que el ejército bárbaro la aqueja,
cercando en torno el fuerte en un instante
con terrible amenaza y alarido,
como en el canto atrás lo habéis oído.

Luego que en la montaña en lo más alto
tres gruesos escuadrones parecieron,
juntos a un mismo tiempo hicieron alto
y el sitio desde allí reconocieron;
visto el foso y el muro, el fiero asalto,
dada la seña, todos tres movieron
esgrimiendo las armas de tal suerte
que a nadie reservaban de la muerte.

El mozo Gracolano, no olvidado
de la arrogante oferta y gran promesa,
de varias y altas plumas rodeado,
blandiendo una tosca pica gruesa
venía dellos gran trecho adelantado,
rompiendo por el humo y lluvia espesa
de la balas y tiros arrojados
por brazos y cañones reforzados.

Llegado al justo término, terciando
la larga pica, arremetió furioso,
y en tierra el firme regatón fijando,
atravesó de un salto el ancho foso;
y por la misma pica gateando,
arriba sobre el muro vitorioso,
a pesar de las armas contrapuestas:
lanzas, picas, espadas y ballestas.

No agarrochado toro embravecido
la barrera embistió tan impaciente
ni fue con tanta fuerza resistido
de espesas armas y apiñada gente,
como el gallardo bárbaro atrevido,
que temeraria y venturosamente
rompiendo al parecer lo más seguro,
sube por fuerza al defendido muro,

donde sueltas las armas empachadas
(que aprovecharse dellas no podía),
a bocados, a coces y a puñadas
ganar la plaza él solo pretendía.
Los tiros, golpes, botes y estocadas
con gran destreza y maña rebatía,
poniendo pecho y hombro suficiente
al ímpetu y furor de tanta gente.

En medio de las armas, a pie quedo
sin ellas su promesa sustentaba,
y con gran pertinacia y poco miedo
de morir más adentro procuraba;
y en el vano propósito y denuedo,
herido ya en mil partes, porfiaba,
que su loca fortuna y diestra suerte
tenían suspenso el golpe de la muerte.

Así que en la demanda necia instando
se arroja entre los hierros, y se mete
cual perro espumajoso, que rabiando,
adonde más le hieren, arremete;
y el peligro y la vida despreciando,
lo más dudoso y áspero acomete,
desbaratando en torno mil espadas
al obstinado pecho encaminadas.

Viéndose en tal lugar solo y tratado
según la temeraria confianza,
no de su pretensión desconfiado
mas con alguna menos esperanza,
a los brazos cerró con un soldado
y de las manos le sacó la lanza,
sobre la cual echándose, en un punto
pensó salvar el foso y vida junto.

Mas la instable Fortuna, ya cansada
de serle curadora de la vida,
dio paso en aquel tiempo a una pedrada
de algún gallardo brazo despedida,
que en la cóncava sien la arrebatada
piedra gran parte le quedó sumida,
trabucándole luego de lo alto,
yendo en el aire en la mitad del salto.

Como el troyano Euricio que, volando
la tímida paloma por el cielo,
con gran presteza el corvo arco flechado
la atravesó en la furia de su vuelo,
que retorciendo el cuerpo y revolando,
como redondo ovillo vino al suelo,
así el herido mozo en descubierto
dentro del hondo foso cayó muerto.

De treinta y seis heridas justamente,
cayó el mísero cuerpo atravesado,
sin el último golpe de la frente,
que el número cerró ya rematado;
y la pica que el bárbaro valiente
de franca y buena guerra había ganado
quedó arrimada al foso de manera
que un trozo descubierto estaba fuera.

Pero el joven Pinol, que prometido
había de acompañarle en el asalto
y con él hasta el foso arremetido
aunque no se atrevió a tan grande salto,
como al valiente amigo vio tendido
y descubrir la pica por lo alto,
la arrebató, tomando por remedio
poner con pies ligeros tierra en medio.

Mas como no haya maña ni destreza
contra el hado preciso y dura suerte,
ni bastan prestos pies ni ligereza
a escapar de las manos de la muerte,
que al que piensa huir, con más presteza
le alcanza de su brazo el golpe fuerte,
como al ligero bárbaro le avino
en mudando propósito y camino,

que apenas cuatro pasos había dado
cuando dos gruesas balas le cogieron,
y de la espalda al pecho atravesado
a un tiempo por dos partes le tendieron.
No dio la alma tan presto que un soldado
de dos que a socorrerle arremetieron
de la costosa lanza no trabase
y con peligro suyo la salvase.

Luego de trompas gran rumor sonando,
la gruesa pica en alto levantaron,
y a toda furia en hila igual cerrando
al foso con gran ímpetu llegaron,
donde forzosamente reparando,
la munición y flechas descargaron
en tanta multitud, que parecían
que la espaciosa tierra y sol cubrían.

Pues en esta sazón Martín de Elvira,
que así nuestro español era llamado,
de lejos la perdida lanza mira
que el muerto Gracolán le había ganado.
Con loable vergüenza, ardiendo en ira,
de recobrar su honor deliberado,
por una angosta puerta que allí había
solo y sin lanza a combatir salía

con un osado joven, que delante
venía la tierra y cielo despreciado,
de proporción y miembros de gigante,
una asta de dos costas blandeando,
que acá y allá con término galante
la gruesa y larga pica floreando
ora de un lado y de otro, ora derecho,
quiso tentar del enemigo el pecho,

tirando un recio bote, que cebado
le retrujo seis pasos, de tal suerte
que el gallardo español desatinado
se vio casi en las manos de la muerte;
pero como animoso y reportado
haciendo recio pie, se tuvo fuerte,
pensando asir la pica con la mano,
mas este pensamiento salió vano:

que el indio con destreza y gran soltura
saltó ligero atrás, cobrando tierra,
y blandiendo la gruesa pica dura
quiso con otro rematar la guerra;
mas el prompto español, que entrar procura,
dándole lado, de la pica afierra
y aguijando por ella, a su despecho
cerró presto con él, pecho con pecho;

y habiendo con presteza arrebatado
una secreta daga que traía,
cinco veces o seis por el costado
del bravo corazón tentó la vía.
El bárbaro mortal, ya desangrado,
por todas la furiosa alma rendía,
cayendo el cuerpo inmenso en tierra frío,
ya de sangre y espíritu vacío.

El valiente español, que vio tendido
a su enemigo y la vitoria cierta,
cobró la pica y crédito perdido
retrayéndose ufano hacia la puerta
donde, por los amigos conocido,
fue sin contraste en un momento abierta,
y dentro recebido alegremente
con grande aplauso y grita de la gente.

En este tiempo ya por todos lados
la plaza los contrarios expugnaban,
que a vencer o morir determinados
por los fuegos y tiros se lanzaban;
y encima de los muertos hacinados,
los vivos a tirar se levantaban,
de donde más la cierta puntería
el encubierto blanco descubría.

Unos con ramas, tierra y con maderos
ciegan el hondo foso presurosos;
otros, que más presumen de ligeros,
hacen pruebas y saltos peligrosos;
y los que les tocaban ser postreros,
de llegar a las manos, deseosos,
tanto el ir adelante procuraban,
que dentro a los primeros arrojaban.

Mas de los muchos muertos y heridos
de nuestros arcabuces, de mampuesto
y de otros arrojados y caídos,
el foso se cegó y allanó presto;
por do los enemigos atrevidos
arremetieron, el temor propuesto,
llegando por las partes más guardadas
a medir con nosotros las espadas;

y prosiguiendo en el osado intento
de nuevo empiezan un combate duro,
mas otros con mayor atrevimiento
trepaban por las picas sobre el muro,
que al bárbaro furor y movimiento
ningún alto lugar había seguro,
ni parte, por más áspera que fuese,
donde no se escalase y combatiese.

Los nuestros sobre el muro amontonados
los rebaten, impelen y maltratan,
y con lanzas y tiros arrojados
los derriban abajo y desbaratan.
Mas poco los demás escarmentados,
la difícil subida no dilatan,
antes procuran luego embravecidos
ocupar el lugar de los caídos.

Unos así tras otros procediendo,
ganosos de honra y de temor desnudos,
siempre la priesa y multitud creciendo,
crece la furia de los golpes crudos;
los defendidos términos rompiendo,
cubiertos de sus cóncavos escudos,
nos pusieron en punto y apretura
que estuvo lo imposible en aventura.

En este tiempo Tucapel furioso
apareció gallardo en la muralla
esgrimiendo un bastón fuerte y ñudoso
todo cubierto de luciente malla.
Como el león de Libia vedijoso,
que abriendo de la tímida canalla
el tejido escuadrón, con furia horrenda
desembaraza la impedida senda,

así el furioso bárbaro arrogante
discurre por el muro, derribando
cuanto allí se le opone y vee delante,
su misma gente y armas tropellando.
Quisiera tener lengua y voz bastante
para poder en suma ir relatando
el singular esfuerzo y valentía
que el bravo Tucapel mostró aquel día.

No las espesas picas ni pertrechos
bastan puestas en contra a resistirle,
ni fuertes brazos ni robustos pechos
pueden, acometiéndole, impedirle;
que montones de gente y armas hechos
rompe y derriba sin poder sufrirle,
y aún, no contento desto, osadamente
se arroja dentro en medio de la gente.

Y al peligro las fuerzas añadiendo,
la poderosa maza rodeaba,
unos desbaratando, otros rompiendo,
siempre más tierra y opinión ganaba.
Al fin, los duros golpes resistiendo,
por las armas y gente atravesaba,
hiriendo siempre a diestro y siniestro,
con grande riesgo suyo y daño nuestro.

También hacia la banda del poniente
había Peteguelén arremetido,
y a despecho y pesar de nuestra gente
en lo más alto del bastión subido.
Que el valeroso corazón ardiente
le había por las entrañas esparcido
un belicoso ardor, como si fuera
en la verde y robusta edad primera.

Mucho no le duró, que a poca pieza
le arrebató una bala desmandada
de los dispuestos hombros la cabeza,
rematando su próspera jornada.
Tras ésta disparó luego otra pieza
hacia la misma parte encaminada,
llevando a Guampicol que le seguía,
y a Surco, Longomilla y Lebopía.

La gente que en la naos había quedado,
viendo el rumor y priesa repentina,
cuál salta luego arriba desarmado,
cuán con rodela; cuál con coracina;
quién se arroja al batel, y quién a nado
piensa arribar más presto a la marina,
llamando cada cual a quien debía
y ninguno aguardaba compañía.

Así a nado y a remo, con gran pena
el molesto y prolijo mar cortaron,
y en la ribera y deseada arena
casi todos a un tiempo pie tomaron,
donde con diciplina y orden buena
un cerrado escuadrón luego formaron,
marchando a socorrer a los amigos
por medio de las armas y enemigos.

Del mar no habían sacado los pies, cuando
por la parte de abajo con ruido
les sale un escuadrón en contra, dando
una furiosa carga y alarido.
Venía el primero el paso apresurando
el suelto Fenistón, mozo atrevido,
que de los otros quiso adelantarse,
con gana y presunción de señalarse.

Nuestra gente con orden y osadía
siguiendo su derrota y firme intento,
a la enemiga opuesta arremetía,
que aun de esperar no tuvo sufrimiento;
y a recebir a Fenistón salía
con paso no menor y atrevimiento
y el diestro Julián de Valenzuela,
la espada en mano, al pecho la rodela.

Fue allí el primero que empezó el asalto
el presto Fenistón anticipado,
dando un ligero y no pensado salto
con el cual descargó un bastón pesado;
mas Valenzuela, la rodela en alto,
a dos manos el golpe ha reparado,
dejándole atronado de manera
como si encima un monte le cayera.

Bajó la ancha rodela a la cabeza
( tanto fue el golpe recio y desmedido),
y el trasportado joven una pieza
fue rodando de manos, aturdido;
mas luego, aunque atronado, se endereza,
y volviendo del todo en su sentido,
pudo al través hurtándose de un salto,
huir la maza que calaba de alto.

Entró el leño por tierra un gran pedazo
con el gran peso y fuerza que traía,
que visto Valenzuela el embarazo
del bárbaro, y el tiempo que él tenía,
metiendo con presteza el pie y el brazo
el pecho con la espalda le cosía,
y al sacar la caliente y roja espada
le llevó de revés media quijada.

El araucano ya con desatino
le echó los brazos sin saber por donde,
mas el joven, tentando otro camino,
arrancada la daga, le responde ;
que con la priesa y fuerza que convino
tres veces en el cuerpo se la esconde,
haciéndole estender, ya casi helados,
los pies y fuertes brazos añudados.

Ya en aquella sazón ninguno había
que sólo un punto allí estuviese ocioso,
mas cada cual solícito corría
a lo más necesario y peligroso;
era el estruendo tal, que parecía
el batir de las armas presuroso,
que de sus fijos quicios todo el cielo
desencasado, se viniese al suelo.

Por otra parte, arriba en la muralla,
siempre con rabia y priesa hervorosa,
andaba muy reñida la batalla
y la vitoria en confusión dudosa.
Vuelta en el aire la cortada malla,
y de sangre caliente y espumosa
tantos arroyos en el foso entraban
que los cuerpos en ella ya nadaban.

Así de acá y de allá gallardamente
por la plaza y honor se contendía:
quién sobre el muerto sube diligente,
quién muerto sobre el vivo allí caía.
Don García de Mendoza entre su gente
su cuartel con esfuerzo defendía,
el gran furor y bárbara violencia
haciendo suficiente resistencia.

Don Felipe Hurtado a la otra mano,
don Francisco de Andía y Espinosa,
y don Simón Pereyra, lusitano,
don Alonso Pacheco y Ortigosa,
contrapuestos al ímpetu araucano,
hacían prueba de esfuerzo milagrosa
resistiendo a gran número la entrada
a pura fuerza y valerosa espada.

Basco Xuárez también por otra parte,
Carrillo y don Antonio de Cabrera,
Arias Pardo, Riberos y Lasarte,
Córdoba y Pedro de Olmos de Aguilera,
subidos sobre el alto baluarte
herían en los contrarios de manera
que, aunque eran infinitos, bien seguro
por toda aquella banda estaba el muro.

No menos se mostraba peleando
Juan de Torres, Garnica y Campofrío,
don Martín de Guzmán y don Hernando
Pacho, Gutiérrez, Zúñiga, y Verrío,
Ronquillo, Lira, Osorio, Vaca, Ovando,
haciendo cosas que el ingenio mío,
aunque libre de estorbos estuviera,
contarlas por estenso no pudiera.

Tanto el daño creció, que de aquel lado
los fieros araucanos aflojaron,
y rostro a rostro, en paso concertado,
quebrantado el furor se retiraron;
los otros, visto el daño no pensado,
también del loco intento se apartaron,
quedando Tucapel dentro del fuerte,
hiriendo, derribando y dando muerte.

No desmayó por esto, antes ardía
en cólera rabiosa y viva saña,
y aquí y allí furioso discurría
haciendo en todas partes riza estraña;
tropella a Bustamante y a Mexía,
derriba a Diego Pérez y a Saldaña.
Mas ya es razón, pues he cantado tanto,
dar fin al gran destrozo y largo canto.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XVIII

articles-70143_thumbnail

Da el rey don Felipe el asalto a Sanquintín: entra en ella victorioso. Vienen los araucanos sobre el fuerte de los españoles.

¿Cuál será el atrevido que presuma
reducir el valor nuestro y grandeza
a término pequeño y breve suma,
y a tan humilde estilo tanta alteza ?
Que aunque por campo próspero la pluma
corra con fértil vena y ligereza,
tanto el sujeto y la materia arguye
que todo lo deshace y disminuye.

Y el querer atreverme a tanto creo
que me será juzgado a desatino
pues llegado a razón, yo mismo veo
que salgo de los términos a tino;
mas de serviros siempre el gran deseo
que siempre me ha tirado a este camino,
quizá adelgazará mi pluma ruda
y la torpeza de la lengua muda.

Y así vuestro favor (del cual procede
esta mi presunción y atrevimiento)
es el que agora pido y el que puede
enriquecer mi pobre entendimiento;
que si por vos, Señor, se me concede
lo que a nadie negáis, soltaré al viento
con ánimo la ronca voz medrosa,
indigna de contar tan grande cosa.

Y de vuestra largueza confiado
por la justa razón con que lo pido,
espero que, Señor, seré escuchado,
que basta para ser favorecido.
Volviendo a proseguir lo comenzado,
dije en el canto atrás que arremetido
había el furioso campo por tres vías
a las aportilladas baterías.

Y en la veloz corrida, contrastando
los tiros y defensas contrapuestas,
lo va todo rompiendo y tropellando
con animoso pecho y manos prestas;
y a los batidos muros arribando
por los lados y partes más dispuestas,
los unos y los otros se afrentaron
y los ánimos y armas se tentaron.

Los franceses con muestra valerosa,
armas y defensivos instrumentos,
resisten la llegada impetuosa
y los contrarios ánimos sangrientos;
mas la gente española, más furiosa
cuanto topaba más impedimentos,
con temoso coraje y porfiado
rompe lo más difícil y cerrado.

Vieran en las entradas defendidas
gran contienda, revuelta y embarazos,
muertes estrañas, golpes y heridas
de poderosos y gallardos brazos;
cabezas hasta el cuello y más hendidas,
y cuerpos divididos en pedazos:
que no bastan petos ni celadas
contra el crudo rigor de las espadas.

La plaza se expugnaba y defendía
con esfuerzo y valor por todos lados:
era cosa de ver la herrería
de las armas y arneses golpeados;
la espantosa y horrenda artillería,
las bombas y artificios arrojados
de pólvora, alquitrán, pez y resina,
aceite, plomo, azufre y trementina.

Y a vueltas, un granizo y lluvia espesa
de lanzas y saetas arrojaban,
peñas, tablas, maderos que a gran priesa
de los muros y techos arrancaban;
la fiera rabia y gran tesón no cesa,
hieren, matan, derriban; y así andaban
los unos y los otros muy revueltos
en fuego, sangre y en furor envueltos.

Unos la entrada sin temor defienden
con libre y animosa confianza,
otros de miedo por vivir ofenden,
poniéndoles esfuerzo la esperanza;
otros, que ya la vida no pretenden,
procuran de su muerte la venganza,
y que cayan sus cuerpos de manera
que al enemigo cierren la carrera.

Como el furor indómito y violencia
de una corriente y súbita avenida,
que, si halla reparo y resistencia,
hierve y crece allí la agua detenida,
al fin, con mayor ímpetu y potencia,
bramando abre el camino y la salida,
que las defensas rompe y desbarata
y en violento furor las arrebata,

de tal manera la francesa gente,
sin bastar resistencia y fuerza alguna,
la arrebató la próspera corriente
del hado de Felipe y su fortuna;
que, ya sin poder más, forzadamente
a su furia rendida, por la una
parte que estaba Cáceres, dio entrada
a la enemiga gente encarnizada.

Y aunque por esta parte el Almirante
el golpe de la gente resistía,
no fue ni pudo al cabo ser bastante
a la pujanza y furia que venía;
quedó prisión con otros, y adelante
la vitoriosa y fiera compañía,
dejando eterna lástima y memoria,
iba siguiendo el hado y la vitoria.

Pues en esta sazón, por la otra parte
que el diestro Navarrete peleaba,
sin ser ya la francesa gente parte,
a puro hierro la española entraba;
y a despecho y pesar del fiero Marte
que los franceses brazos esforzaba,
haciendo gran destrozo y cruda guerra,
de rota a más andar ganaban tierra.

Fue preso allí Andalot, que encomendada
le estaba la defensa de aquel lado;
he aquí también por la tercera entrada
que Julián Romero había asaltado.
La suspensa fortuna declarada,
abriendo paso al detenido hado,
la mano a don Felipe dio de modo,
que vencedor en Francia entró del todo.

Cortó luego un temor y frío yelo
los ánimos del pueblo enflaquecido,
rompiendo el aire espeso y alto cielo
un general lamento y alarido;
las armas arrojadas por el suelo,
escogiendo el vivir ya por partido,
acordaron con mísera huida
perder la plaza y guarecer la vida.

Pero los vencedores, cuando vieron
su gran temor y poco impedimento,
los brazos altos y armas suspendieron
por no manchar con sangre el vencimiento;
y sin hacer más golpe, arremetieron,
vuelto en codicia aquel furor sangriento,
al esperado saco de la tierra,
premio de la común gente de guerra.

Quién las herradas puertas golpeando
quebranta los cerrojos reforzados;
quién por picas y gúmenas trepando
entra por las ventanas y tejados;
acá y allá rompiendo y desquiciando,
sin reservar lugares reservados,
las casas de alto a bajo escudriñaban
y a tiento, sin parar, corriendo andaban.

Como el furioso fuego de repente
cuando en un barrio o vecindad se enciende,
que con rebato súbito la gente
corre con priesa y al remedio atiende,
y por todas las partes francamente
quien entra, sale, sube, quien deciende,
sacando uno arrastrando, otro cargado
el mueble de las llamas escapado,

así la fiera gente vitoriosa,
con prestas manos y con pies ligeros,
de la golosa presa codiciosa,
abre puertas, ventanas y agujeros,
sacando diligente y presurosa
cofres, tapices, camas y rimeros
y lo de más y menos importancia,
sin dejar una mínima ganancia.

No los ruegos, clamores y querellas,
que los distantes cielos penetraban,
de viudas y huérfanas doncellas
la insaciable codicia moderaban;
antes, rompiendo sin piedad por ellas,
a lo más defendido se arrojaban,
creyendo que mayor ganancia había
donde más resistencia se hacía.

Viéranse ya las vírgines corriendo
por las calles, sin guardia, a la ventura
los bellos rostros con rigor batiendo,
lamentando su hado y suerte dura;
y las míseras monjas, que rompiendo
sus estatutos, límite y clausura,
de aquel temor atónito llevadas,
iban acá y allá descarriadas.

Mas el pío Felipe, antes que entrasen
había mandado a todas las naciones
que con grande cuidado reservasen
las mujeres y casas de oraciones,
y amigos y conformes evitasen
pendencias peligrosas y quistiones:
que del saco y la presa a cada una
diese su parte franca la fortuna.

Las mujeres, que acá y allá perdidas,
llevadas del temor, sin tiento andaban,
por orden de Felipe recogidas
en seguro lugar las retiraban,
donde de fieles guardas defendidas
del bélico furor las amparaban;
que aunque fueron sus casas saqueadas,
las honras les quedaron reservadas.

Que los fieros soldados, obedientes
al cristiano y espreso mandamiento,
se mostraban en esto continente,
frenando aun el primero movimiento;
la revuelta y la mezcla de las gentes,
la mucha confusión y poco tiento
hizo que el daño en la ciudad creciese
y un repentino fuego se encendiese.

Súbito allí la llama alimentada,
arrojando espesísimas centellas,
del fresco viento céfiro ayudada
procuraba subir a las estrellas;
la miserable gente afortunada,
con dolorosas voces y querellas,
fijos los tiernos ojos en el cielo,
desmayando, esforzaban más el duelo.

A todas partes gritos lastimosos
en vano por el aire resonaban
y los tristes franceses temerosos
en las contrarias armas se arrojaban,
eligiendo por fuerza vergonzosos
el modo de morir que rehusaban,
antes que, como flacos, encerrados,
ser en llamas ardientes abrasados.

Mas del piadoso Rey la gran clemencia
había las fieras armas embotado,
que con remedio presto y diligencia
todo el furor y fuego fue apagado;
al fin, sin más defensa y resistencia,
dentro de Sanquintín quedó alojado,
con la llave de Francia ya en la mano,
hasta París abierto el paso llano.

El sol ya poco a poco declinaba
al hemisferio antártico encendido,
cuando yo, que alegrísimo miraba
todo lo que en mi canto habéis oído,
vi cerca una mujer que me hablaba,
más blanco que la nieve su vestido,
grave, muy venerable en el aspecto,
persona al parecer de gran respecto,

diciendo: ” Si las cosas que dijere
por cierta y verdadera profecía
dificultosa alguna pareciere,
créeme que no es ficción ni fantasía;
mas lo que el Padre Eterno ordena y quiere
allá en su excelso trono y hierarquía,
al cual está sujeto lo más fuerte,
el hado, la fortuna, el tiempo y muerte.

” Desta guerra y rencores encendidos
entre la España y Francia así arraigados,
resultarán conciertos y partidos,
por una parte y otra procurados,
en los cuales serán restituidos
al duque de Saboya sus estados,
con otros muchos medios provechosos,
en bien de Francia y a la España honrosos.

” Y para que más quede asegurada
la paz, con hermandad y firme asiento,
con la prenda de Enrico más amada
contraerá don Felipe casamiento.
Pero la cruda muerte acelerada
temprano deshará este ayuntamiento,
que el alto cielo así lo determina
y el decreto fatal y orden divina.

” En este tiempo Francia corrompida,
la católica ley adulterando,
negará la obediencia al Rey debida,
las sacrílegas armas levantando;
y con el cebo de la suelta vida
cobrará la maldad fuerza juntando
de gente infiel ejército formado
contra la Iglesia y propio Rey jurado.

“Por insolencias viejas y pecados
vendrá el reino a ser casi destruido,
y Carlos de sus pérfidos soldados
a término dudoso reducido;
serán con desacato derribados
los sumptuosos templos y ofendido
el mismo Sumo Dios y Sacramento,
sobrando a la maldad su sufrimiento;

“mas vuestro rey, con presta providencia,
previniendo al futuro daño luego,
atajará en España esta dolencia
con rigor necesario, a puro fuego.
Curada la perversa pestilencia,
las armas enemigas del sosiego
con furia moverá contra el Oriente,
enviando al Peñón su armada y gente.

“Aunque no pueda de la vez primera
conseguir el efeto deseado
volverá la segunda, de manera
que el áspero Peñón será expugnado;
y dejando segura la carrera
y el morisco contorno amedrentado,
por causa de los puertos e invernada
retirará la vitoriosa armada.

“Vendrán a España a la sazón de Hungría
dos príncipes de alteza soberana,
hijos de César Máximo y María,
de Carlos hija y de Felipe hermana,
que acrecentando el gozo y alegría
harán aquella corte y era ufana:
el mayor es Rodolfo, el otro Ernesto,
que a la fama darán materia presto.

” Y de sus altas obras prometiendo
en su pequeña edad grande esperanza,
en años y virtud irán creciendo,
virtud y años muy dignos de alabanza,
en quienes se verá resplandeciendo
un excelso valor y la crianza
del barón Dietristán, person dina
de dar a tales príncipes dotrina.

“Luego en el año próximo siguiente,
toda la cristiandad amenazando
la gruesa armada del infiel potente,
irá contra el Poniente navegando,
con tan gran aparato y tanta gente
que temblarán las costas y arribando
a la isla de Malta dará fondo,
que boja veinte leguas en redondo.

“Donde el grande Maestre y caballeros
que dentro asistirán en este medio,
con otros capitanes forasteros
ofrecerán las vidas al remedio,
y siempre constantísimos y enteros,
resistirán gran tiempo el fuerte asedio,
haciendo en la defensa tales cosas,
que se podrán tener por milagrosas.

“Serán batidos de uno y otro lado
por la tierra, por mar, por bajo y alto,
y el fuerte de San Telmo aportillado,
entrado a hierro en el noveno asalto;
el cual suceso al pueblo bautizado
pondrá en grande peligro y sobresalto,
porque en el puerto la turquesca armada
tendrá por las dos bocas franca entrada.

“Allí se verán hechos señalados,
difíciles empresas peligrosas,
ánimos temerarios arrojados,
cuando las esperanzas más dudosas;
postas, muros y fosos arrasados,
crudas heridas, muertes lastimosas,
casos grandes, sucesos infinitos
dignos de ser para en eterno escritos.

“Mas cuando ya no baste esfuerzo humano
y la fuerza al trabajo se rindiere,
el muro esté ya raso, el foso llano,
y la esperanza al suelo se viniere;
cuando el sangriento bárbaro inhumano
el cuchillo sobre ellos esgrimiere,
será entonces de todos conocido
lo que puede Felipe y es temido;

“pues con sola una parte de su armada
y número pequeño de soldados,
de su fortuna y crédito guiada,
rebatirá los otomanos hados,
y la afligida Malta restaurada,
serán los enemigos retirados,
las fatigadas velas dando al viento
con pérdida increíble y escarmiento.

“Luego el año después, con poderoso
ejército, en persona Solimano
por tierra moverá contra el famoso
César Augusto, Emperador romano,
y por la gran Panonia presuroso,
dejando a la derecha al Trasilvano
y atrás la ancha provincia de Dalmacia,
bajará a los confines de Corvacia.

“A Siguet, plaza fuerte y recogida
cuatro semanas la tendrá asediada
y al cabo, sin poder ser socorrida,
del fiero Solimán será ocupada;
mas la empresa difícil y la vida
acabará en un tiempo, que la airada
muerte, arribando el limitado curso,
pondrá término y punto a su discurso.

“Por otra parte, en Flandes los estados
desasidos de Dios en estos días,
turbarán el sosiego, inficionados
de perversos errores y herejías,
y contra el rey Felipe conspirados
tentarán de maldad diversas vías,
trayendo a estado y condición las cosas
que durarán gran término dudosas.

“También con pretensión de libertarse,
en el próspero reino de Granada
los moriscos vendrán a levantarse
y a negar la obediencia al Rey jurada;
la cual alteración, por no estimarse,
ni ser a los principios remediada,
será de grandes daños y costosa
de sangre ilustre y gente valerosa.

“Irá a esta guerra un mozo, que escondido
anda en humildes paños y figura,
que su imperial linaje esclarecido
difíciles empresas le asegura,
a quien tienen lo hados prometido
una famosa y súbita ventura:
éste es hijo de Carlos, que aún se cría,
y encubierto estará por algún día.

“Andará, como digo, disfrazado,
hasta que el padre al tiempo de la muerte
lo dejará por hijo declarado,
subiéndole en un punto a tanta suerte;
será de todos con razón amado,
franco, esforzado, valeroso y fuerte.
Es su nombre don Juan, y en esta parte
no puedo más decir ni revelarte.

“Baste que a los moriscos alterados
en su primera edad hará la guerra,
y los presidios rotos y ocupados
los vendrá a retirar dentro en la sierra,
adonde los tendrá tan apretados
que al fin reducirá la alzada tierra,
trasplantando en provincias diferentes
las raíces malvadas y simientes.

“Esta guerra acabada, de Alemaña,
de damas y gran gente acompañada
la infante Ana vendrá, Reina de España,
con el Rey don Felipe desposada;
donde con pompa y majestad estraña
será la insigne boda celebrada
en la antigua Segovia, un tiempo silla
de los famosos reyes de Castilla.

“Serán, pues, los dos príncipes llamados
del padre Emperador, que ya aquel día
querrá dar nuevo asiento en sus estados
y hacer rey a Rodolfo de la Hungría;
así que, para Génova embarcados,
arribarán, pasando a Lombardía,
por la ribera del Danubio amena,
a su ciudad famosa de Viena.

“Cuando ya la vuelta y turbaciones
de los tiempos den muestra de acabarse,
y el bélico furor y alteraciones
parezcan declinar y sosegarse,
entonces en las bárbaras regiones
comenzarán de nuevo a levantarse
las armas de los turcos inhumanos
contra los poderosos venecianos,

“y sacando una armada poderosa,
de todas sus provincias allegada,
en la vecina Cipro, isla famosa,
descargará la furia represada
y con espada cruda y rigurosa
será la tierra dellos ocupada,
entrando a Famagusta, ya batida,
sobre palabra falsa y fementida.

“Quedarán, pues, tan arrogantes desto
que, la armada de gente reforzando,
con soberbio designio y presupuesto
irán la vía de Italia navegando;
despreciando del mundo todo el resto,
y aun el poder del cielo despreciando:
tanto será su orgullo y fiera muestra,
nacido del pecado y culpa vuestra.

“Mas el alto Señor, que otro dispone,
y en vuestro bien por su piedad la ordena,
que, cuando faltan méritos, compone
con su sangre y pasión la deuda ajena,
y por solo un gemir luego repone
la punición y merecida pena,
quebrantará con golpe riguroso
la soberbia del bárbaro ambicioso:

“que doliéndose ya de la fatiga
del pueblo pecador, pero cristiano,
contra la gente pérfida enemiga
esgrimirá la poderosa mano;
así de inspiración habrá una Liga,
donde el Papa y el Senado veneciano
juntarán su poder, su fuerza y gente
con la del Rey Católico potente.

“Será en gracia de todos elegido
general de la Liga el floreciente
mozo que en su niñez – desconocido –
anda en hábito humilde entre la gente,
pero no me es a mí ya concedido
revelar lo futuro abiertamente:
basta que lo verás, pues te asegura
más larga vida el hado que ventura.

“Mas si quieres saber desta jornada
el futuro suceso nunca oído,
y la cosa más grande señalada
que jamás en historia se ha leído,
cuando acaso pasares la cañada
por donde corre Rauco más ceñido,
verás al pie de un líbano a la orilla
una mansa y doméstica corcilla.

“Conviénete seguirla con cuidado,
hasta salir en una gran llanura,
al cabo de la cual verás a un lado
una fragosa entrada y selva escura
y tras la corza tímida emboscado
hallarás en mitad de la espesura
debajo de una tosca y hueca peña
una oculta morada muy pequeña.

“Allí, por ser lugar inhabitable,
sin rastro de persona ni sendero,
vive un anciano, viejo venerable,
que famoso soldado fue primero,
de quien sabrás do habita el intratable
Fitón, mágico grande y hechicero,
el cual te informará de muchas cosas
que están aún por venir, maravillosas.

“No quiero decir más en lo tocante
a las cosas futuras, pues parece
que habrá materia y campo asaz bastante
en lo que de presente se te ofrece
para llevar tus obras adelante
pues la grande ocasión te favorece;
que a mí sólo hasta aquí me es concedido
el poderte decir lo que has oído.

“Mas si el furor de Marte y la braveza
te tuvieren la pluma destemplada
y quisieres mezclar con su aspereza
otra materia blanda y regalada,
vuelve los ojos, mira la belleza
de las damas de España, que admirada
estoy, según el bien que allí se encierra,
cómo no abrasa Amor toda la tierra.

“Mas tente, que me importa a mí, primero
que de los ojos fáciles te fíes,
prevenir el peligro venidero,
para que dél con tiempo te desvíes;
y no aguardes al término postrero
ni en tu fuerza y mi ayuda te confíes,
que aunque quiera después contraponerme,
tu cerrarás los ojos por no verme.”

¡ Oh condición humana !, que al instante
que me privó que el rostro no volviese,
sólo aquel impedirme fue bastante
a que el prompto apetito se encendiese
y así, sin esperar más que adelante
en el sano consejo procediese,
volví los ojos luego, y de improviso
vi, si decirse puede, un paraíso.

En un asiento fértil y sabroso,
de alegres plantas y árboles cercado,
do el cielo se mostraba más hermoso
y el suelo de mil flores variado,
cerca de un claro arroyo sonoroso
que atravesaba el fresco y verde prado,
vi junta toda cuanta hermosura
supo y pudo formar acá natura.

Eran las damas del cercado aquellas
que en la dichosa España florecían:
el claro sol, la luna y las estrellas
en su respeto escuras parecían,
y sobre sus cabezas todas ellas
olorosas guirnaldas sostenían
de mil varias maneras rodeadas
de rubias trenzas, ñudos y lazadas.

Andaban por acá y allá esparcidos
gran copia de galanes estimados,
al regalado y blando amor rendidos,
corriendo tras sus fines y cuidados;
unos en esperanzas sostenidos,
otros en sus riquezas confiados,
todos gozando alegres y contentos
de sus lozanos y altos pensamientos.

En esto, con presteza y furia estraña
arrebatado por el aire vano,
la alta cumbre dejé de la montaña,
bajando al deleitoso y fértil llano
donde, si la memoria no me engaña,
vi la mi guía a la derecha mano,
algo medrosa y con turbado gesto
de haberme en tanto riesgo y trance puesto.

Que luego que los pies puse en el suelo,
los codiciosos ojos ya cebando,
libres del torpe y del grosero velo
que la vista hasta allí me iba ocupando,
un amoroso fuego y blando hielo
se me fue por las venas regalando,
y el brío rebelde y pecho endurecido
quedó al amor sujeto y sometido.

Y deseoso luego de ocuparme
en obras y canciones amorosas
y mudar el estilo, y no curarme
de las ásperas guerras sanguinosas,
con gran gana y codicia de informarme
de aquel asiento y damas tan hermosas,
en especial y sobre todo de una,
que vi a sus pies rendida mi fortuna.

Era de tierna edad, pero mostraba
en su sosiego discreción madura,
y a mirarme parece la inclinaba
su estrella, su destino y mi ventura.
Yo, que saber su nombre deseaba,
rendido y entregado a su hermosura,
vi a sus pies una letra que decía:
DEL TRONCO DE BAZÁN DOÑA MARÍA.

Y por saber más della, revolviendo
el rostro y voz a la prudente guía,
súbito el alboroto y fiero estruendo
de las bárbaras armas y armonía
me despertó del dulce sueño, oyendo:
” ¡ Arma, arma !; ¡ presto, presto !”, y parecía
romper el alto cielo los acentos
de las diversas voces e instrumentos.

En esta confusión, medio dormido,
a las vecinas armas corrí presto,
poniéndome en un punto apercebido
en mi lugar y señalado puesto,
cuando con ferocísimo alarido
por la áspera ladera del recuesto
apareció gran número de gente
y la rosada Aurora en el oriente.

Luego también por una y otra parte,
con no menores voces y denuedo,
tanta gente asomó que al fiero Marte
con su temeridad pusiera miedo.
Mas, para proceder parte por parte,
según estoy cansado, ya no puedo:
en el siguiente y nuevo canto pienso
de declararlo todo por estenso.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XVII

articles-70143_thumbnail
Hace Millalauco su embajada. Salen los españoles de la isla, levantando un fuerte en el cerro de Penco. Vienen los araucanos a darles el asalto, cuéntase lo que en aquel mismo tiempo pasaba sobre la plaza fuerte de Sanquintín.

Nunca negarse deben los oídos
a enemigos ni amigos sospechosos,
que tanto os dejan más apercebidos
cuanto vos los tenéis por cautelosos.
Escuchados, serán más entendidos,
ora sean verdaderos o engañosos;
que siempre por señales y razones
se suelen descubrir las intenciones.

Cuando piensan que más os desatinan
con su máscara falsa y trato estraño,
os despiertan, avisan, encaminan
y encubriendo, descubren el engaño;
veis el blanco y el fin a donde atinan,
el pro y el contra, el interés y el daño;
no hay plática tan doble y cautelosa
que della no se infiera alguna cosa.

Y no hay pecho tan lleno de artificio
que no se le penetre algún conceto,
que las lenguas al fin hacen su oficio
y más si el que oye sabe ser discreto.
Nunca el hablar dejó de dar indicio
ni el callar descubrió jamás secreto:
no hay cosa más difícil, bien mirado,
que conocer un necio si es callado.

Y es importante punto y necesario
tener el capitán conocimiento
del arte y condición del adversario,
de la intención, disignio y fundamento:
si es cuerdo y reportado o temerario,
de pesado o ligero movimiento,
remiso, o diligente, incauto o astuto,
vario, indeterminable o resoluto.

Así vemos que el bárbaro Senado
por saber la intención del enemigo
al cauto Millalauco había enviado
debajo de figura y voz de amigo,
que con semblante y ánimo doblado,
mostrándose cortés, como atrás digo,
el rostro a todas partes revolviendo,
alzó recio la voz, así diciendo:

” Dichoso capitán y compañía,
a quien por bien de paz soy enviado
del araucano Estado y señoría,
con voz y autoridad del gran Senado.
No penséis que el temor y cobardía
jamás nos haya a término llegado
de usar, necesitados de remedio,
de algún partido infame y torpe medio;

” pues notorio os será lo que se estiende
el nombre grande y crédito araucano,
que los estraños términos defiende
y asegura debajo de su mano,
y también de vosotros ya se entiende
que, movidos de celo y fin cristiano,
con gran moderación y diciplina
venís a derramar vuestra dotrina.

” Siendo, pues, esto así, como la muestra
que habéis dado hasta aquí lo verifica,
y la buena opinión y fama vuestra
con claras y altas voces lo publica,
yo os vengo a segurar de parte nuestra,
y así a todos por mí se os certifica
que la ofrecida paz tan deseada
será por los caciques acetada.

” Que el ínclito Senado, habiendo oído
de vuestra parte algunas relaciones
con sabio acuerdo y parecer, movido
por legítimas causas y razones,
quiere acetar la paz, quiere partido
de lícitas y honestas condiciones,
para que no padezca tanta gente
del pueblo simple y género inocente.

” Que si la fe inviolable y juramento
de vuestra parte con amor pedido
y el gracioso y seguro acogimiento
de nuestra voluntad libre ofrecido
pueden dar en las cosas libre asiento
con honra igual y lícito partido
sin que los nuestros súbditos y estados
vengan por tiempo a ser menoscabados,

” a Carlos sin defensa y resistencia
por amigo y señor le admitiremos,
y el servicio indebido y obediencia
de nuestra voluntad le ofreceremos;
mas si queréis llevarlo por violencia,
antes los propios hijos comeremos
y veréis con valor nuestras espadas
por nuestro mismo pecho atravesadas.

” Pero por trato llano, sin recelo
podréis por vuestro Rey alzar bandera,
que el estado, las armas por el suelo,
con los brazos abiertos os espera,
reconociendo que el benigno cielo
le llama a paz segura y duradera,
quedando para siempre lo pasado
en perpetuo silencio sepultado.”

Aquí dio fin al razonar, haciendo
a su modo y usanza una caricia,
siempre en su proceder satisfaciendo
a nuestra voluntad y a su malicia;
y el bárbaro poder disminuyendo
nos aumentaba el ánimo y codicia,
dándonos a entender que había flaqueza,
y abundancia de bienes y riqueza.

Oída la embajada, don García,
haciéndole gracioso acogimiento,
en suma respondió que agradecía
la propuesta amistad y ofrecimiento,
y que en nombre del Rey satisfaría
su buena voluntad con tratamiento
que no sólo no fuesen agraviados,
mas de muchos trabajos relevados.

Hizo luego sacar a dos sirvientes,
por más confirmación, algunos dones,
ropas de mil colores diferentes,
jotas, llautos, chaquiras y listones,
insignias y vestidos competentes
a nobles capitanes y varones,
siendo de Millalauco recebido
con palabras y término cumplido.

Así que, con semblante y aparencia
de amigo agradecido y obligado,
pidiendo al despedir grata licencia,
a la barca volvió que había dejado,
y con la acostumbrada diligencia
al tramontar del sol llegó al Estado,
do recebido fue con alegría
de toda aquella noble compañía.

Visto el despacho y la ocasión presente,
los caciques la junta dividieron,
y dando muestra de esparcir la gente
a sus casas de paz se retrujeron,
adonde sin rumor, secretamente,
las engañosas armas previnieron,
moviendo del común las voluntades,
aparejadas siempre a novedades.

Nosotros, no sin causa sospechosos,
allí más de dos meses estuvimos,
y a las lluvias y vientos rigurosos
del implacable invierno resistimos;
mas pasado este tiempo, deseosos
de saber su intención, nos resolvimos
en dejar el isleño alojamiento,
haciendo en tierra firme nuestro asiento.

Ciento y treinta mancebos florecientes
fueron en nuestro campo apercebidos:
hombres trabajadores y valientes
entre los más robustos escogidos,
de armas y de instrumentos convenientes
secreta y sordamente prevenidos;
yo con ellos también, que vez ninguna
dejé de dar un tiento a la fortuna,

para que en un pequeño cerro esento
sobre la mar vecina relevado,
levantasen un muro de cimiento
de fondo y ancho foso rodeado,
donde pudiese estar sin detrimento
nuestro pequeño ejército alojado,
en cuanto los caballos arribaban,
que ya teníamos nueva que marchaban.

Pues salidos a tierra, entenderían
la intención de los bárbaros dañada,
que en secreto las armas prevenían
con falso rostro y amistad doblada;
de do, si se moviesen, les darían
algún asalto y súbita ruciada
que, quebrantado el ánimo y denuedo,
viniesen a la paz de puro miedo.

Era imaginación fuera de tino
pensar que los soberbios araucanos
quisiesen de concordia algún camino
viéndose con las armas en las manos;
pero con la presteza que convino
los ciento y treinta jóvenes lozanos
pasaron a la tierra sin ayuda
más que el amparo de la noche muda.

Y aunque era en esta tierra cuando
Virgo alargaba a priesa el corto día
las variables horas restaurando
que usurpadas la noche le tenía,
antes que la alba fuese desterrando
la noturnas estrellas, parecía
la cumbre del collado levantada
de gente y materiales ocupada.

Cuáles con barras, picos y azadones
abren los hondos fosos y señales,
cuáles con corvos y anchos cuchillones,
hachas, sierras, segures y destrales
cortan maderos gruesos y troncones,
y fijados en tierra, con tapiales
y trabazón de leños y fajinas
levantan los traveses y cortinas.

No con tanto hervor la tiria gente
en la labor de la ciudad famosa,
solícita, oficiosa y diligente
andaba en todas partes presurosa;
ni César levantó tan de repente
en Dirrachio la cerca milagrosa
con que cercó el ejército esparcido
del enemigo yerno inadvertido,

cuanto fue de nosotros coronada
de una gruesa muralla la montaña,
de fondo y ancho foso rodeada,
con ocho gruesas piezas de campaña,
siento a vista de Arauco levantada
bandera por Felipe, Rey de España,
tomando posesión de aquel Estado
con los demás del padre renunciado.

Túvose por un caso nunca oído
de tanto atrevimiento y osadía,
entre la gente plática tenido
más por temeridad que por valentía,
que en el soberbio Estado así temido
los ciento y treinta en poco más de un día
pudiésemos salir con una cosa
tanto cuanto difícil peligrosa.

Nuestra gente del todo recogida,
la cual luego segura al fuerte vino,
que el alto sitio y pólvora temida
hizo fácil y llano aquel camino,
por las anchas cortinas repartida
según y por el orden que convino;
nos pusimos allí todos a una
debajo del amparo de fortuna.

La pregonera Fama, ya volando
por el distrito y término araucano,
iba de lengua en lengua acrecentando
el abreviado ejército cristiano,
la gente popular amedrentando
con un hueco rumor y estruendo vano,
que lo incierto a las veces certifica,
y lo cierto, si es mal, lo multiplica.

Llegada, pues, la voz a los oídos
de nuestros enemigos conjurados,
no mirando a los tratos y partidos
por una parte y otra asegurados,
con súbita presteza apercebidos
de municiones , armas y soldados,
sin aguardar a más, trataron luego
de darnos el asalto a sangre y fuego.

Juntos para el efeto en Talcaguano,
dos millas poco más de nuestro asiento,
el esforzado mozo Gracolano,
de gran disposición y atrevimiento,
dijo en voz alta: “¡ Oh gran Caupolicano!,
si en algo es de estimar mi ofrecimiento,
prometo que mañana en el asalto,
arbolaré mi enseña en lo más alto.

” Y porque a ti, señor, y a todos quiero
haceros de mis obras satisfechos,
con esta usada lanza me profiero
de abrir lugar por los contrarios pechos,
y que será mi brazo el que primero
barahuste las armas y pertrechos,
aunque más dificulten la subida
y todo el universo me lo impida.”

Así dijo; y los bárbaros en esto,
porque ya las estrellas se mostraban,
al fuerte, en escuadrón, con paso presto
cubiertos de la noche se acercaban,
y en una gran barranca, oculto puesto,
al pie de la montaña reparaban,
aguardando en silencio aquella hora
que suele aparecer la clara aurora.

Aquella noche, yo mal sosegado,
reposar un momento no podía,
ya fuese el peligro o ya el cuidado
que de escribir entonces yo tenía
Así imaginativo y desvelado,
revolviendo la inquieta fantasía,
quise de algunas cosas desta historia
descargar con la pluma la memoria.

En el silencio de la noche escura,
en medio del reposo de la gente,
queriendo proseguir en mi escritura
me sobrevino un súbito acidente,
cortóme un hielo cada coyuntura,
turbóseme la vista de repente,
y procurando de esforzarme en vano,
se me cayó la pluma de la mano.

Quisiérame quejar, mas fue imposible,
del acidente súbito impedido,
que el agudo dolor y mal sensible
me privó del esfuerzo y del sentido.
Pero pasado el término terrible,
y en mi primero ser restituido,
del tormento quedé de tal manera
cual si de larga enfermedad saliera.

Luego que con sospiros trabajados
desfogando las ansias aflojaron,
mis descaídos ojos agravados
del gran quebrantamiento se cerraron;
así los lasos miembros relajados
al agradable sueño se entregaron,
quedando por entonces el sentido
en la más noble parte recogido.

No bien al dulce sueño y al reposo
dejado el quebrantado cuerpo había,
cuando oyendo un estruendo sonoroso
que estremecer la tierra parecía,
con gesto altivo y término furioso
delante una mujer se me ponía,
que luego vi en su talle y gran persona
ser la robusta y áspera Belona.

Vestida de los pies a la cintura,
de la cintura a la cabeza armada
de una escamosa y lúcida armadura,
su escudo al brazo, al lado la ancha espada,
blandiendo en la derecha la asta dura,
de las horribles Furias rodeada,
el rostro airado, la color teñida,
toda de fuego bélico encendida,

la cual me dijo: “¡Oh mozo temeroso!,
el ánimo levanta y confianza,
reconociendo el tiempo y venturoso
que te ofrece tu dicha y buena andanza;
huye del ocio torpe perezoso,
ensancha el corazón y la esperanza;
y aspira a más de aquello que pretendes,
que el cielo te es propicio, si lo entiendes.

” Que viéndote a escrebir aficionado
como se muestra bien por el indicio,
pues nunca te han la pluma destemplado
las fieras armas y áspero ejercicio;
tu trabajo tan fiel considerado,
sólo movida de mi mismo oficio,
te quiero yo llevar en una parte
donde podrás sin límite ensancharte.

” Es campo fértil, lleno de mil flores,
en el cual hallarás materia llena
de guerras más famosas y mayores,
donde podrá alimentar la vena.
Y si quieres de damas y de amores
en verso celebrar la dulce pena,
tendrás mayor sujeto y hermosura
que en la pasada edad y en la futura.

“Sígueme”, dijo al fin; y yo admirado
viéndola revolver por donde vino,
con paso largo y corazón osado
comencé de seguir aquel camino,
dejando del siniestro y diestro lado
dos montes, que el Atlante y Apenino
con gran parte no son de tal grandeza
ni de tanta espesura y aspereza.

Salimos a un gran campo, a do natura
con mano liberal y artificiosa
mostraba su caudal y hermosura
en la varia labor maravillosa,
mezclando entre las hojas y verdura
el blanco lirio y encarnada rosa,
junquillos, azahares y mosquetas,
azucenas, jazmines y violetas.

Allí las claras fuentes murmurando
el deleitoso asiento atravesaban,
y los templados vientos respirando
la verde yerba y flores alegraban;
pues los pintados pájaros volando
por los copados árboles cruzaban,
formando con su canto y melodía
una acorde y dulcísima armonía.

Por mil partes en corros derramadas
vi gran copia de ninfas muy hermosas,
unas en varios juegos ocupadas,
otras cogiendo flores olorosas;
otras suavemente y acordadas,
cantaban dulces letras amorosas,
con cítaras y liras en las manos
diestros sátiros, faunos y silvanos.

Era el fresco lugar aparejado
a todo pasatiempo y ejercicio.
Quién sigue ya de aquél, ya deste lado
de la casta Diana el duro oficio:
ora atraviesa el puerco, ora el venado,
ora la liebre, y con el vicio,
gamuzas, capriolas y corcillas
retozan por la yerba y florecillas.

Quién el ciervo herido rastreando
de la llanura al monte atravesaba;
quién el cerdoso puerco fatigando
los osados lebreles ayudaba;
quién con templados pájaros volando
las altaneras aves remontaba:
acá matan la garza allá la cuerva,
aquí el celoso gamo, allí la cierva,

Estaba medio a medio deste asiento,
en forma de pirámide un collado,
redondo en igual círculo y esento,
sobre todas las tierras empinado.
Y sin saber yo cómo, en un momento,
de la fiera Belona arrebatado,
en la más alta cumbre dél me puso,
quedando dello atónito y confuso.

Estuve tal un rato, de repente
viéndome arriba, que mirar no osaba,
tanto que acá y allá medrosamente
los temerosos ojos rodeaba;
allí el templado céfiro clemente
lleno de olores varios respiraba,
hasta la cumbre altísima el collado
de verde yerba y flores coronado.

Era de altura tal que no podría
un liviano neblí subir a vuelo,
y así, no sin temor, me parecía
mirando abajo estar cerca del cielo;
de donde con la vista descubría
la grande redondez del ancho suelo,
con los términos bárbaros ignotos
hasta los más ocultos y remotos.

Viéndome, pues, Belona allí subido
me dijo: ” El poco tiempo que te queda
para que puedas ver lo prometido
hace que detenerme más no pueda:
mira aquel grueso ejército movido,
el negro humo espeso y polvoreda
en el confín de Flandes y de Francia
sobre una plaza fuerte de importancia.

” Después que Carlos Quinto hubo triunfado
de tantos enemigos y naciones,
y como invicto príncipe hollado
las árticas y antárticas regiones,
triunfó de la fortuna y vano estado
y aseguró su fin y pretensiones
dejando la imperial investidura
en dichosa sazón y coyuntura;

” y movido del pío y santo celo
que del gobierno público tenía,
pareciéndole poco lo del suelo,
según lo que en el pecho concebía,
vuelta la mira y pretensión al cielo,
el peso que en los hombros sostenía
le puso en los del hijo, renunciados
todos sus reinos, títulos y estados.

” Viendo el hijo la próspera carrera
del vitorioso padre retirado,
por hacer la esperanza verdadera
que siempre de sus obras había dado,
en el principio y ocasión primera
aquel copioso ejército ha juntado,
para bajar de la enemiga Francia
la presunción, orgullo y arrogancia.

” Aquella es Sanquintín que vees delante
que en vano contraviene a su ruina,
presidio principal, plaza importante,
y del furor del gran Felipe dina
Hállase dentro della el Almirante,
debajo cuyo mando y diciplina
está gran gente plática de guerra
a la defensa y guarda de la tierra.

” En tres partes allí, como se muestra,
el enemigo campo se reparte:
Cáceres con su tercio a mano diestra,
donde está de Felipe el estandarte;
el prompto Navarrete a la siniestra
con el conde de Mega, y de la parte
del burgo, Julián con tres naciones:
españoles, tudescos y valones.

” Llegamos, pues, a tiempo que seguro
podrás ver la contienda porfiada,
y sin escalas, por el roto muro
entrar los de Felipe a pura espada;
verás el fiero asalto y trance duro,
y al fin la fuerte Francia aportillada,
que al riguroso hado incontrastable
no hay defensa ni plaza inexpugnable.

” Conviéneme partir de aquí al momento
a meterme entre aquellos escuadrones,
y remover con nuevo encendimiento
los unos y los otros corazones;
tú desde aquí podrás mirar atento
las diferentes armas y naciones
y escribir de una y otra la fortuna,
dando su justa parte a cada una.”

Luego la diosa airada y compañía
por el aire en tropel se deslizaron
y en un instante, sin torcer la vía,
cual presto rayo a Sanquintín bajaron,
donde atizando el fuego que ya ardía,
con la amiga Discordia se juntaron,
que andaba entre las huestes y compañas
infundiéndoles ira en las entrañas.

En esto el fiero ejército furioso,
por la señal postrera ya movido,
en un turbión espeso y polvoroso
corre al batido muro defendido.
¡ Quién fuera de lenguaje tan copioso,
que pudiera esplicar lo que allí vido !.
Más, aunque mi caudal no llegue a tanto,
haré lo que pudiere en otro canto.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XVI

articles-70143_thumbnail
SEGUNDA PARTE
En este canto se acaba la tormenta. Contiénese la entrada de los españoles en el puerto de la Concepción e isla de Talcaguano; el consejo general que los indios en el valle de Ongolmo tuvieron; la diferencia que entre Peteguelén y Tucapel hubo. Asimismo, el acuerdo que sobre ella se tonó.

Salga mi trabajada voz y rompa
el són confuso y mísero lamento
con eficacia y fuerza que interrompa
el celeste y terrestre movimiento.
La fama con sonora y clara trompa,
dando más furia a mi cansado aliento
derrame en todo el orbe de la tierra
las armas, el furor y nueva guerra.

Dadme, ¡oh sacro Señor!, favor, que creo
que es lo que más aquí puede ayudarme,
pues en tan grande peligro ya no veo
sino vuestra fortuna en que salvarme.
Mirad dónde me ha puesto el buen deseo,
favoreced mi voz con escucharme,
que luego el bravo mar, viéndoos atento,
aplacará su furia y movimiento.

Y a vuestra nave el rostro revolviendo,
la socorred en este grande aprieto,
que, sin decirse es lícito, yo entiendo
que a vuestra voluntad todo es sujeto;
aunque el soberbio mar, contraveniendo
de los hados el áspero decreto,
arrancando las peñas de su suelo
mezcle sus altas olas con el cielo.

Espero que la rota nave mía
ha de arribar al puerto deseado,
a pesar de los hados y porfía
del contrapuesto mar y viento airado
que procuran así impedir la vía,
y diferir el término llegado
en que la antigua causa tan reñida
por vuestra parte había de ser vencida.

Los cuatro poderosos elementos
contra la flaca nave conjurados,
traspasando sus términos y asientos,
iban del todo ya desordenados:
indómitos, airados y violentos,
removidos, revueltos y mezclados
en su antigua discordia y fuerza entera,
como en el caos y confusión primera.

Pues de tantos contrarios combatida,
la quebrantada nave forcejando,
iba casi de un lado sumergida,
las poderosas olas contrastando;
mas ya el furioso viento y mar rendida,
sin poder resistir, se va acercando
a los yertos peñascos levantados
de las violentas olas azotados.

Con la congoja del morir presente,
las voces y las lástimas crecían,
que llevadas del céfiro inclemente
lejos las rocas cóncavas herían:
pilotos, marineros y la gente,
como locos, sin orden discurrían.
Unos dicen: “¡alarga!” y otros “¡iza!”,
quién por ir a la escota va a la triza.

El uno con el otro se atraviesa
y así turbado del temor se impide;
quién a públicas voces se confiesa
y a Dios perdón de sus errores pide;
quién hace voto espreso, quién promesa;
quién de la ausente madre se despide,
haciendo el gran temor siempre mayores
los lamentos, plegarias y clamores.

Por otra parte el cielo riguroso
del todo parecía venir al suelo,
y el levantado mar tempestuoso
con soberbia hinchazón subir al cielo.
¿Qué es esto, Eterno Padre Poderoso?
¿Tanto importa anegar un navichuelo
quel mar, el viento y cielo de tal modo
pongan su fuerza estrema y poder todo?

No la barca de Amiclas asaltada
fue del viento y del mar con tal porfía,
que aunque de leños frágiles armada
el peso y ser del mundo sostenía.
Ni la nave de Ulises, ni la armada
que de Troya escapó el último día
vieron con tal furor el viento airado,
ni el removido mar tan levantado.

La confianza y ánimo más fuerte
al temor se entregaban importuno,
que la espantosa imagen de la muerte
se le imprimió en el rostro a cada uno;
del todo ya rendidos a su suerte,
sin esperanza de remedio alguno,
el gobierno dejaban a los hados
corriendo acá y allá desatinados,

cuando un golpe de mar incontrastable,
bramando, en un turbión de viento envuelto,
rompió de la gran mura un grueso cable,
cubriendo el galeón ya todo vuelto.
Pero aquí sucedió un caso notable
y fue que el puño del trinquete suelto
trabó del gran vaivén a la pasada
el un diente de la áncora amarrada,

y cual si fuera estaca mal asida,
la arranca de su asiento y la arrebata
y acá y allá del viento sacudida
todo lo abate, rompe y desbarata.
Mas Dios, que de los suyos no se olvida,
( aunque a las veces su favor dilata )
hizo que el bauprés dichosamente
el áncora aferrase el corvo diente.

La vela se fijó y en el momento
gobernó el galeón rumbo derecho,
y a despecho del mar y recio viento,
botando a orza el timón, salió al levecho.
Fue tanto nuestro súbito contento,
que el temeroso inadvertido pecho
pudo sufrir difícilmente a un punto
el estremo de pena y gozo junto.

Luego, pues, que la súbita alegría
lanzó fuera al temor desconfiado,
y a su lugar volvió la sangre fría
que había los miembros ya desamparado,
la esforzada y contrita compañía,
el rostro al cielo en lágrimas bañado,
con oración devota y sacrificio
dio las gracias a Dios del beneficio.

Mas el hinchado mar embravecido
y el indómito viento rebramando,
al bajel acometen con ruido,
en vano, aunque se esfuerzan, porfiando
que, la fortuna de Felipe, asido
a jorro, ya le lleva remolcando
sobre las altas olas espumosas,
aun de anegar los cielos deseosas.

En esto, la cerrada niebla escura
por el furioso viento derramada,
descubrimos al este la Herradura,
y al sur la isla de Talca levantada.
Reconocida ya nuestra ventura
y la araucana tierra deseada,
viendo el morro de Penco descubierto,
arribamos a popa sobre el puerto;

el cual está amparado de una isleta
que resiste al furor del norte airado,
y los continuos golpes de mareta
que le baten furiosas de aquel lado.
La corva y larga punta una caleta
hace y seno tranquilo y sosegado,
do las cansadas naves, como digo,
hallan seguro albergue y dulce abrigo.

La nave sin gobierno destrozada,
surgió al alto reparo de una sierra
en gruesa amarra y áncora afirmada
que con tenace diente aferró tierra.
Apenas la alta vela fue amainada
cuando el alegre estruendo de la guerra
nos estendió, tocando en los oídos,
los ánimos y niervos encogidos.

La isleta es habitada de una gente
esforzada, robusta y belicosa,
la cual, viendo una nave solamente
venida allí por suerte venturosa,
gritando ” ¡ guerra !, ¡ guerra !”, alegremente
toma las fieras armas y furiosa,
con gran rebato y priesa repentina
corre en tropel confuso a la marina.

En la falda de un áspero recuesto
en formado escuadrón se representa,
y nosotros, con ánimo dispuesto
a cualquiera peligro y grande afrenta,
arremetimos a las armas presto,
que el trabajo pasado y la tormenta
nos hizo a todos estimar en nada
cualquier otro peligro y gran jornada.

Con recobrado aliento y nuevo brío
corrimos al batel, de la manera
que si lejos de tierra en un bajío
encallada la nave ya estuviera;
y por los anchos lados el navío
sus dos grandes bateles echó fuera,
en los cuales saltamos tanta gente
cuanta pudo caber estrechamente.

No es poético adorno fabuloso
mas cierta historia y verdadero cuento,
ora fuese algún caso prodigioso
o estraño agüero y triste anunciamiento,
ora violencia de astro riguroso,
ora inusado y rapto movimiento,
ora el andar el mundo, y es más cierto,
fuera de todo término y concierto;

que el viento ya calmaba, y en poniendo
el pie los españoles en el suelo,
cayó un rayo de súbito, volviendo
en viva llama aquel ñubloso velo;
y en forma de lagarto discurriendo,
se vio hender una cometa el cielo;
el mar bramó, y la tierra resentida
del gran peso gimió como oprimida.

Cortó súbito allí un temor helado
la fuerza a los turbados naturales,
por siniestro pronóstico tomado
de su ruina y venideros males,
viendo aquel movimiento desusado
y los prodigios tristes y señales
que su destrozo y pérdida anunciaban
y a perpetua opresión amenazaban.

Desto medrosos, aguardar no osaron,
que, soltando las armas ya rendidas,
del cerrado escuadrón se derramaron,
procurando salvar las tristes vidas;
el patrio nido al fin desampararon
y con mujeres, hijos y comidas,
por secretos caminos y senderos
se escaparon en balsas y maderos.

Luego los nuestros, sin parar corriendo,
las casas yermas, chozas y moradas
iban en todas partes descubriendo,
las rústicas viandas levantadas,
y con gran diligencia preveniendo
los caminos, las sendas y paradas,
por cavernas y espesos matorrales
buscaban los ausentes naturales,

donde en breve sazón fueron hallados
algunos pobres indios escondidos,
otros en pueblezuelos salteados,
que aun no estaban del miedo apercebidos.
Mas con buen tratamiento asegurados,
dándoles jotas, llautos y vestidos
y palabras de amor, los aquietaban
y a sus casas de paz los enviaban:

dándoles a entender que a nuestro intento
y causa principal de la jornada
era la religión y salvamento
de la rebelde gente bautizada
que en desprecio del Santo Sacramento,
la recebida ley y fe jurada
habían pérfidamente quebrantado
y las armas ilícitas tomado;

pero que si quisiesen convertirse
a la cristiana ley que antes tenían,
y a la fe quebrantada reducirse
que al grande Carlos Quinto dado habían,
en todas las más cosas convertirse
a su provecho y cómodo podrían,
haciéndoles con prendas firme y cierto
cualquier partido lícito y concierto.

Luego los instrumentos convenientes
al uso militar y a la vivienda
sacamos en las partes competentes,
que no hay quien nos lo impida ni defienda;
donde todos a un tiempo diligentes,
cuál arma, pabellón, cuál toldo o tienda,
quién fuego enciende, y en el casco usado
tuesta el húmido trigo mareado.

La negra noche horrenda y espantosa,
cubriendo tierra y mar, cayó del cielo,
dejando antes de tiempo presurosa
envuelto el mundo en tenebroso velo;
no quedó pabellón, tienda ni cosa
que el viento allí no la abatiese al suelo,
pareciendo con nuevo movimiento
desencasar la isleta de su asiento,

hasta que el tardo y deseado día
las nubes desterró y dejó sereno
el cielo, revistiendo de alegría
el aire escuro y húmido terreno;
luego la trabajada compañía,
conociendo el instable tiempo bueno,
procura reparar con diligencia
del riguroso invierno la violencia.

Unos presto destechan los pajizos
albergues de los indios ausentados;
otros con tablas, ramas y carrizos
al nuevo alojamiento van cargados,
y sobre troncos de árboles rollizos
en las hondas arenas afirmados,
gran número de ranchos levantamos
y en breve espacio un pueblo fabricamos.

Del modo que se veen los pajarillos
de la necesidad misma instruidos,
por trechos y apartados rinconcillos
tejer y fabricar los pobre nidos,
que de pajas, de plumas y ramillos
van y vienen, los picos impedidos,
así en el yermo y descubierto asiento
fabrica cada cual su alojamiento.

Ya que todos, Señor, nos alojamos
en el húmido sitio pantanoso
y con industria y arte reparamos
la furia del invierno riguroso,
las necesarias armas aprestamos,
soltando con estrépito espantoso
la gruesa y reforzada artillería
que en torno tierra y mar temblar hacía.

En las remotas bárbaras naciones
el grande estruendo y novedad sintieron:
pacos, vicuñas, tigres y leones
acá y allá medrosos dircurrieron;
los delfines, nereidas y tritones
en sus hondas cavernas se escondieron,
deteniendo confusos sus corrientes
los presurosos ríos y las fuentes.

Sintióse en el Estado la estampida
y algunos tan atónitos quedaron,
que la dura cerviz ,nunca oprimida,
sobre los yertos pechos inclinaron.
Así avisados ya de la venida
los instrumentos bélicos tocaron,
descogiendo por todas las riberas
sus lucidos pendones y banderas.

En el valle de Ongolmo congregados
los dieciséis caciques araucanos
y algunos capitanes señalados
de los interesados comarcanos,
todos en general deliberados
de venir con nosotros a las manos;
sobre el lugar, el tiempo y aparejo
entraron los caciques en consejo.

Rengo también con ellos, que admitido
fue al consejo de guerra por valiente,
que, si ya os acordáis, quedó aturdido
en Mataquito entre la muerta gente;
pero volvió después en su sentido,
y al cabo se escapó dichosamente
que, aunque falto de sangre, tuvo fuerte
contra la furia de la airada muerte.

Caupolicán, en medio dellos puesto,
a todos con los ojos rodeando
que con silencio y ánimo dispuesto
estaban sus razones aguardando,
con sesgo pecho y con sereno gesto,
la voz en tono grave levantando,,
rompió el mudo silencio y echó fuera
el intento y furor desta manera:

“Esforzados varones, ya es venido
( según vemos las muestras y señales ),
aquel felice tiempo prometido
en que habemos de hacernos inmortales;
que la fortuna próspera ha traído
de la últimas partes orientales
tantas gentes en una compañía
para que las venzáis en sólo un día;

” y a costa y precio de su sangre y vidas
del todo eternicéis vuestras espadas,
y nuestras viejas leyes oprimidas
sean en su libre fuerza restauradas;
que por remotos reinos estendidas
han de ser inviolables y sagradas,
viviendo en igualdad debajo dellas
cuantos viven debajo las estrellas.

” Y pues que con tan loco pensamiento
estas gentes se os han desvergonzado
y en vuestra tierra y defendido asiento
las banderas tendidas han entrado,
es bien que el insolente atrevimiento
quede con nuevo ejemplo castigado
antes que, dando cuerda a su esperanza,
les dé fuerza y consejo la tardanza.

” Así, en resolución me determino
( si, señores, también os pareciere )
que demos con asalto repentino
sobre ellos lo mejor que ser pudiere.
Y nadie piense que hay otro camino
sino el que con su fuerza y brazo abriere,
que las rabiosas armas en las manos
los han de dar por justos o tiranos.”

A la plática fin con esto puso
y el buen Peteguelén, viejo severo,
por más antiguo su razón propuso
como soldado y sabio consejero,
diciendo: ” ¡ Oh capitanes !, no rehuso
de derramar mi sangre yo el primero,
que aunque por mi vejez parezca helada,
en el pecho me hierve alborotada;

” pero sola una cosa me detiene
haciéndome dudar el rompimiento,
y es la cierta noticia que se tiene
que es mucha gente y mucho el regimiento;
así que claro vemos que conviene
gran resistencia a grande movimiento;
que siempre de estimar poco las cosas
suceden las dolencias peligrosas.

” Que pues el sitio y puesto que han tomado
es por natura fuerte y recogido
del mar y altos peñascos rodeado,
por todas partes libre y defendido,
será de más provecho y acertado
que a su plática y trato deis oído,
y que no se les niegue y contradiga
pues solo el oír a nadie obliga.

” Que no podrá dañar y en el comedio
podréis apercebir y juntar gente,
y en secreto aprestar para el remedio
todo lo necesario y conveniente;
en las cosas difíciles dar medio,
proveer a cualquiera inconveniente,
atajar y romper los pasos llanos
y al cabo remitirnos a las manos…”

No pudo decir más; que ardiendo en ira
el bravo Tucapel con voz furiosa
diciendo le atajó : ” Quien tanto mira
jamás emprenderá jornada honrosa
y si todo el estado se retira
por parecerle que ésta es peligrosa,
yo solo tomaré sin compañía
las armas, causa y cargo a cuenta mía.

” ¿ Por ventura tenéis desconfianza
de vuestras propias fuerzas tan probadas,
pues en cuanto arrojar pueden la lanza
y rodear los brazos las espadas,
dais causa que se note en vos mudanza
y que nuestras vitorias mancilladas
queden con bajo y mísero partido
y nuestro honor y crédito ofendido ?

“Pues entended que mientras yo tuviere
fuerza en el brazo y voz en el senado,
diga Peteguelén lo que quisiere,
que esto ha de ser por armas sentenciado.
Y quien otro camino pretendiere
primero le abrirá por mi costado,
que esta ferrada maza y no oraciones
les ha de dar las causas y razones.

” Si los que así os preciáis de bien hablados
el ánimo os bastare y el denuedo
de combatir sobre esto en campo armados,
os probaré más claro lo que puedo;
mas queréis os mostrar tan concertados
que llamando prudencia a lo que es miedo,
por no poner en riesgo vuestra vida
a todo con parlar daréis salida.”

Peteguelén responde : ” Pues no halla
nunca en ti la razón acogimiento,
yo solo, viejo, quiero la batalla
y castigar tu loco atrevimiento:
de piel curtida armados o de malla,
con lanza, espada o maza a tu contento,
para mostrar que en justas ocasiones
tengo más largas manos que razones.”

¡ Quién pudiera pintar el rostro esquivo
que Tucapel mostraba contra el cielo !
Lanzando por los ojos fuego vivo,
no se dignando de mirar al suelo
dijo: ” Al fin pensamiento tan altivo
ya es digno del furor de Tucapelo;
mas por mi honor y por tu edad querría
que metieses contigo compañía.”

El viejo respondió: ” Jamás de ajenas
fuerzas en ningún tiempo me he ayudado,
ni de sangre aún están vacías mis venas,
ni siento el brazo así debilitado
que no te piense dar las manos llenas”.
Mas Rengo su sobrino, levantado,
se atravesó diciendo: ” El desafío
aceto yo, si quieres, por mi tío.”

” Quiérolo, pido y soy dello contento
– gritaba Tucapel -, y a diez contigo.”
Mas saltando Orompello de su asiento,
dijo: ” Tú lo has de haber, Rengo, conmigo “.
– “También emendaré tu atrevimiento,”
responde el fiero Rengo, ” Y más te digo,
que en poco tu amenaza y campo estimo
después que haya acabado el de tu primo”.

Tucapelo le dijo: “Castigarte
pienso de tal manera yo primero,
que le cabrá a Orompello poca parte,
que, a bien librar, serás mi prisionero.
¡ Afuera!, ¡afuera!, ¡sus!, haceos aparte,
que dilatar el término no quiero
pues armas, tiempo y voluntad tenemos,
sino que luego aquí lo averigüemos”.

Rengo y Peteguelén le respondieran
a un tiempo con las armas y razones,
si en medio a la sazón no se pusieran
muchos caciques nobles y varones,
pidiendo que suspendan y difieran
aquellas amenazas y quistiones
hasta que la fortuna declarada
diese próspero fin a la jornada.

Caupolicán estaba ya impaciente
de ver que Tucapelo cada día,
en guerra, en paz, con término insolente,
sin causa ni atención los revolvía;
mas hubo de llevarlo blandamente,
que el tiempo y la sazón lo requería,
y así con gravedad y manso ruego
la furia mitigó y apagó el fuego,

quedando entre ellos puesto y acetado
que luego que la guerra concluyesen,
el viejo y Tucapel en estacado
francos de solo a solo combatieses.
Después, que Tucapel y Rengo armado
asimismo su causa difiniesen.
El rumor aplacado, Colocolo
les comenzó a decir, hablando solo:
” Generosos caciques, si licencia
tenemos de decir lo que alcanzamos
los que por largos años y esperiencia
los futuros sucesos rastreamos,
vemos que nuestras fuerzas y potencia
en sólo destruirnos las gastamos
y el tirano cuchillo apoderado
sobre nuestras gargantas levantado.

” Y lo que da señal clara que sea
cierta vuestra caída y mi recelo,
es que ya la fortuna titubea
y comienza a turbarse nuestro cielo.
Cuando un gran edificio se ladea
no está muy lejos de venir al suelo;
la máquina que en falso asiento estriba
se misma pesadumbre la derriba.

” Así que ya , si mi opinión no yerra,
según el proceder y los indicios,
temo, y con gran razón, de ver por tierra
nuestros mal cimentados edificios
y convertido el uso de la guerra
en serviles y bajos ejercicios,
quebrantándose , al fin, vuestra protervia
fundada en una vana y gran soberbia.

” Muerto a Lautaro vemos, y perdidas
con gran deshonra nuestras tres banderas,
rotas nuestras escuadras y tendidas
al viento y sol por pasto de las fieras;
las fuerzas y opiniones divididas,
lleno el campo de gentes estranjeras,
y las furiosas armas alteradas
contra sus mismos pechos declaradas.

” Mirad que así, por ciega inadvertencia
la patria muere y libertad perece,
pues con sus mismas armas y potencia
al derecho enemigo favorece;
incurable y mortal es la dolencia
cuando a la medicina no obedece,
y bestial la pasión y detestable
que no sufre el consejo saludable.

” ¿ Por qué con tanta saña procuramos
ir nuestra sangre y fuerzas apocando,
y, envueltos en civiles armas, damos
fuerza y derecho al enemigo bando ?
¿ Por qué con tal furor despedazamos
esta unión invencible, condenando
nuestra causa aprobada y armas justas,
justificando en todo las injustas ?.

” ¿ Qué rabia o qué rencor desatinado
habéis contra vosotros concebido,
que así queréis que el araucano Estado
venga a ser por sus manos destruido,
y en su virtud y fuerzas ahogado,
quede con nombre infame sometido
a las estrañas leyes y gobierno,
y en dura servidumbre y yugo eterno ?

” Volved sobre vosotros, que sin tiento
corréis a toda priesa a despeñaros;
refrenad esa furia y movimiento,
que es la que puede en esto más dañaros.
¿ Sufrís al enemigo en vuestro asiento,
que quiere como a brutos conquistaros,
y no podéis sufrir aquí impacientes
los consejos y avisos convenientes ?

Que es, cierto, falta de ánimo, y bastante
indicio de flaqueza disfrazada,
teniendo al enemigo tan delante
revolver contra sí la propia espada,
por no esperar con ánimo constante
los duros golpes de fortuna airada,
a los cuales resiste el pecho fuerte
que no quiere acabarlo con la muerte.

” Pero pues tanto esfuerzo en vos se encierra
que a veces, por ser tanto, lo condeno,
y de vuestras hazañas, no esta tierra
mas todo el universo anda ya lleno,
cese, cese el furor y civil guerra
y por el bien común tened por bueno
no romper la hermandad con torpes modos
pues que miembros de un cuerpo somos todos.

” Si a la cansada edad y largos días
algún respeto y crédito se debe,
mirad a estas antiguas canas mías
y al bien público y celo que me mueve,
para que difiráis vuestras porfías
por alguna sazón y tiempo breve,
hasta que el español furor decline,
y la causa común se determine.

” Y, pues, de vuestra discreción espero
que os pondrá en el camino que conviene,
traer otras razones más no quiero
pues con vos la razón tal fuerza tiene.
Dejadas pues aparte, lo primero
que venir a las manos nos detiene
y pone freno y límite al deseo
es el poco aparejo que aquí veo.

” Que por todas las partes nos divide
este brazo de mar que veis en medio
y nuestra pretensión y paso impide,
sin tener de pasaje algún remedio;
y pues el enemigo se comide
a tratar de concierto y nuevo medio,
aunque nunca pensemos acetarlos,
no nos podrá dañar el escucharlos.

” Pues por este camino tomaremos
lengua de su intención y fundamento
que, cuando no sea lícita, podremos
venir de todo en todo a rompimiento;
también en este término haremos
de armas y munición preparamento,
que éstas serán al fin las que de hecho
habrán de declarar este derecho.

” Mas conviene advertir, claros varones,
para llevar las cosas bien guiadas,
que nuestras exteriores intenciones
vayan siempre a la paz enderezadas;
mostrándonos de flacos corazones,
las fuerzas y esperanzas quebrantadas,
y la tierra de minas de oro rica,
cebo goloso en que esta gente pica.

” Quizá por este término sacalla
podremos del isleño sitio fuerte,
y con fingida paz aseguralla
trayéndola por mañas a la muerte;
y sin rumor ni muestra de batalla
abramos la carrera de tal suerte
que venga a tierra firme, confiada
en el seguro paso y franca entrada.”

A su habla dio fin el sabio anciano
y hubo allí pareceres diferentes,
diciendo que el peligro era liviano
para tanto temor e inconvenientes;
pero Purén, Lincoya y Talcaguano,
Lemoleno, Elicura, más prudentes,
al parecer del viejo se arrimaron
y así a los más los menos se allanaron,

despachando de allí con diligencia
al joven Millalauco generoso,
hombre de gran lenguaje y esperiencia
cauto, sagaz, solícito y mañoso,
que con fingida muestra y apariencia
de algún partido honesto y medio honroso
nuestro intento y designios penetrase
y el sitio, gente y número notase.

El cual, por los caciques instruido
( según el tiempo ) en lo que más convino,
en una larga góndola metido,
sin más se detener tomó el camino;
y de los prestos remos impelido,
en breve a nuestro alojamiento vino,
adonde sin estorbo, libremente,
saltó luego seguro con su gente.

Al puerto habían también con fresco viento
tres naves de las nuestras arribado
llenas de armas, de gente y bastimento,
con que fue nuestro campo reforzado.
Era tanto el rumor y movimiento
del bélico aparato, que admirado
el cauteloso Millalauco estuvo
y así confuso un rato se detuvo.

Mas sin darlo a entender, disimulando,
por medio del bullicio atravesaba;
los judiciosos ojos rodeando,
las armas, gente ánimos notaba
y el negocio entre sí considerando,
el deseado fin dificultaba,
viendo cubierto el mar, llena la tierra
de gente armada y máquinas de guerra.

Llegado al pabellón de don García,
hallándome con otros yo presente,
con una moderada cortesía
nos saludó a su modo, alegremente
levantando la voz… Pero la mía,
que fatigada de cantar se siente,
no puede ya llevar un tono tanto
y así es fuerza dar fin en este canto.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XV

articles-70143_thumbnail
En este quinceno y último canto se acaba la batalla en la cual fueron muertos todos los araucanos sin querer algunos dellos rendirse, y se cuenta la navegación que las naos del Pirú hicieron hasta llegar a Chile y la grande tormenta que entre río Maule y el puerto de la Concepción pasaron.
¿Qué cosa puede haber sin amor buena?
¿Qué verso sin amor dará contento?
¿Dónde jamás se ha visto rica vena
que no tenga de amor el nacimiento?
No se puede llamar materia llena
la que de amor no tiene el fundamento;
los contentos, los gustos, los cuidados,
son, si no son de amor, como pintados.
Amor de un juicio rústico y grosero
rompe la dura y áspera corteza,
produce ingenio y gusto verdadero
y pone cualquier cosa en más fineza.
Dante, Ariosto, Petrarca y el Ibero,
amor los trujo a tanta delgadeza
que la lengua más rica y más copiosa,
si no trata de amor, es desgustosa.
Pues yo, de amor desnudo y ornamento,
con un inculto ingenio y rudo estilo,
¿ cómo he tenido tanto atrevimiento,
que me ponga al rigor del crudo filo ?
Pero mi celo bueno y sano intento,
esto me hace a mí añudar el hilo,
que ya con el temor cortado había,
pensando remediar esta osadía.
Quíselo aquí dejar, considerado
ser escritura larga y trabajosa,
por ir a la verdad tan arrimado
y haber de tratar siempre de una cosa;
que no hay tan dulce estilo y delicado
ni pluma tan cortada y sonorosa
que en un largo discurso no se estrague
ni gusto que un manjar no le empalague.
Que si a mi discreción dado me fuera
salir al campo y escoger las flores,
quizá el cansado gusto removiera
la usada variedad de los sabores,
pues como otros han hecho, yo pudiera
entretejer mil fábulas y amores;
mas ya que tan adentro estoy metido,
habré de proseguir lo prometido.
Al lombardo dejé y al araucano
donde la guerra andaba más trabada,
que vienen a juntarse mano a mano,
la espada alta y la maza levantada.
De malla está cubierto el italiano,
el indio la persona desarmada
y así como más suelto y más ligero,
en descargar el golpe fue el primero.
El membrudo italiano, como vido
la maza y el rigor con que bajaba,
alzó el escudo en alto y recogido
debajo dél, el golpe reparaba;
por medio el fuerte escudo fue rompido
y en modo la cabeza le cargaba,
que, batiendo los dientes, vio en el suelo
las estrellas más mínimas del cielo.
El brazo descargó, que alto tenía,
sobre el valiente bárbaro el lombardo,
pensando que dos piezas le haría
según era del ánimo gallardo,
pero Rengo, que punto no perdía,
como una onza ligera y suelto pardo,
un presto salto dio a la diestra mano,
de suerte que el cuchillo bajó en vano.
Tras esto el diestro bárbaro rodea
la poderosa maza, de manera
que acertarle de lleno, no al Andrea
pero un duro peñasco deshiciera.
Igual andaba entre ellos la pelea,
aunque temo yo a Rengo a la primera
vez que el cuchillo baje, si le halla,
que habrá fin con su muerte la batalla.
Mas con destreza y gran reportamiento,
desnudo de armas y de esfuerzo armado,
entra, sale y revuelve como el viento,
que en maña y ligereza era estremado;
hace siempre su golpe, y al momento
le halla el enemigo así apartado,
que aunque el cuchillo de dos brazos fuera,
alcanzar a herirle no pudiera.
Mil golpes por el aire arroja en vano
el furioso italiano embravecido,
viendo cómo desnudo un araucano
y él armado, le tiene en tal partido;
la izquierda junta a la derecha mano
y apretando la espada, de corrido
al bárbaro arremete, altos los brazos,
pensando dividirle en dos pedazos.
El araucano con mañoso brío,
baja la maza, firme lo esperaba
mas el cuerpo hurtó con un desvío
al tiempo que el cuchillo derribaba,
así que el brazo y golpe dio en vacío,
y de la fuerza inmensa que llevaba
el gran cuchillo sustentar no pudo,
quedando allí con sólo medio escudo.
Pues como tal lo vio, suelta la maza,
cerrando el presto bárbaro de hecho
y cuerpo a cuerpo así con él se abraza,
que le imprime las mallas en el pecho;
no por esto el lombardo se embaraza
mas piensa dél así haber más derecho,
y con brazos durísimos lo afierra
creyendo levantarlo de la tierra.
Lo que el valiente Alcides hizo a Anteo,
quiso el nuestro hacer del araucano;
mas no salió fortuna a su deseo
y así el deseado efeto salió en vano,
que el esforzado Rengo de un rodeo
lo lleva largo trecho por el llano,
sobre los cuerpos muertos tropezando,
siempre con más furor sobre él cargando.
Andrea, de empacho ardiendo en rabia viva,
sintiéndose de un hombre así apurado,
firme en el suelo con los pies estriba,
cobrando esfuerzo del honor sacado,
y de manera sobre Rengo arriba
que de tierra lo lleva levantado,
que era de fuerza grande y de gran prueba,
bastante a comportar la carga nueva.
Yo vi, entre muchos jóvenes valientes
sobre pruebas de fuerza porfiando,
trabar él una cuerda con los dientes,
asiendo cuatro della; y estribando
todos a un tiempo a parte diferentes,
a su pesar llevarlos arrastrando,
y de solos los dientes se valía,
que las manos atrás presas tenía.
Y con facilidad y poca pena
la mayor bota o pipa que hallaba,
capaz de veinte arrobas, de agua llena,
de tierra un codo y más la levantaba;
y suspendida sin verter, serena,
la sed por largo espacio mitigaba,
bajándola después al suelo llano
como si fuera un cántaro liviano.
Aconteció otras veces, barqueando
ríos en esta tierra caudalosos,
ir la corriente el ímpetu esforzando
a desbravar en riscos peñascosos,
arrebatando el barco, no bastando
la fuerza de los remos presurosos
y él, cubierto de malla como estaba,
luego animoso al agua se arrojaba;
y una cuerda en la boca, revolviendo
al furioso raudal el duro pecho,
los pies y fuertes brazos sacudiendo,
rompía por la canal casi derecho
remolcando la barca y resistiendo
el ímpetu del agua, del estrecho
la sacaba a la orilla en salvamento,
haciendo otras mil cosas que no cuento.
A Rengo aquí también sobrepujaba
que no fue de su fuerza menor prueba;
pero Rengo, que en ira se abrasaba,
viendo que sin firmarse alto lo lleva,
hizo por fuerza pie y sobre él tornaba,
sacando la vergüenza fuerza nueva;
pero al cabo los dos se desasieron
y otra vez a las armas acudieron.
Y comienzan de nuevo el fiero asalto
como si descansaran todo el día:
ora presto por bajo, ora por alto,
sin miedo el uno al otro acometía.
Rengo, que de armadura estaba falto
con tal destreza y maña se regía
que sostiene en un peso aquella guerra,
no perdiendo una mínima de tierra.
Con presteza una vez tal golpe asienta
al valiente cristiano por un lado
que toda la persona le atormenta
según que fue de fuerza muy cargado;
otro redobla, y otro y a mi cuenta
al cuarto, que bajaba más pesado,
el astuto italiano se desvía
y de una punta al bárbaro hería.
La espada le atraviesa el brazo fuerte
abriéndole en el lado una herida;
mas fue tal su ventura y diestra suerte
que no le privó el golpe de la vida;
el bárbaro en ponzoña se convierte
y con braveza fuera de medida
con el fiero enemigo fue en un punto,
descargando la maza todo junto.
El italiano en alto el medio escudo
alzó, por recoger el golpe estraño
pero del todo resistir no pudo,
aunque se reparó parte del daño.
Batióle la cabeza el golpe crudo,
y cual si el morrión fuera de estaño
y no de fuerte pasta bien templado,
así de aquella vez quedó abollado.
Dos o tres pasos dio desvanecido
del golpe el italiano, vacilando,
perdida la memoria y el sentido
y anduvo por caer titubeando;
la sangre por el uno y otro oído
le reventó en gran flujo, como cuando
revienta de abundancia alguna fuente,
y en pie se tuvo bien difícilmente.
Pero vuelto en su acuerdo, que se mira
lleno de sangre y puesto en tal estado,
más furioso que nunca, ardiendo en ira
de verse así de un bárbaro tratado,
el brazo con el pie diestro retira
para tomar más fuerza y el pesado
cuchillo derribó con tal ruido
que revocó en los montes del sonido.
Rengo, que el gran cuchillo bajar siente
y el ímpetu y furor con que venía,
cruzando la alta maza osadamente,
al reparo debajo se metía,
no fue la asta defensa suficiente
por más barras de acero que tenía,
que a tierra vino della una gran pieza
y el furioso cuchillo a la cabeza.
Fue este golpe terrible y peligroso
por do una roja fuente manó luego,
y anduvo por caer Rengo dudoso,
atónito y de sangre casi ciego.
El italiano allí no perezoso,
viendo que no era tiempo de sosiego,
baja otra vez el gran cuchillo agudo
con todo aquel vigor que dalle pudo.
En medio de la frente en descubierto
hiere al turbado Rengo el italiano,
y hubiérale de arriba abajo abierto
si no torciera al descargar la mano;
el golpe fue de llano y como muerto
vino al suelo tendido el araucano
y el cuchillo, del golpe atormentado
por tres o cuatro partes fue quebrado.
Crino, que volvió el rostro al gran ruido
del poderoso golpe y la caída,
viendo al valiente Rengo así tendido
pensó que era pasado desta vida
y de amistad y deudo conmovido,
la espada de su propio amo homicida,
que en Penco Tucapel ganado había,
en venganza del bárbaro esgrimía.
Pasa al Andrea de un golpe el estofado
no reparando en él la cruda espada,
que, rompiendo la malla por el lado,
le penetró hasta el hueso la estocada;
vuelve con un mandoble, y recatado
Andrea, viendo venir la cuchillada,
fue tan presto con él por resistirle
que no le dejó tiempo de herirle.
Sin darle más lugar, con él se afierra,
donde en satisfacción de la herida,
alzándole cien alto de la tierra
de espaldas le tendió con gran caída;
y por dar presto fin a aquella guerra,
la espada le quitó y luego la vida,
metiéndose tras esto por la parte
que andaba más sangriento el fiero Marte.
Hiende por do el montón vee más estrecho:
¡ triste de aquel que allí con él se junta !
Uno parte al través, otro al derecho,
otro al sesgo, otro ensarta de una punta;
otros que tiende, aún no bien satisfecho,
a coces los quebranta y descoyunta:
brazos, cabezas por el aire avienta
sin término, sin número, ni cuenta.
El buen Lasarte con la diestra airada
en medio del furor se desenvuelve;
pasa el pecho a Talcuén de una estocada,
y sobre Titaguán furioso vuelve;
abrióle la cabeza desarmada
mas el rabioso bárbaro revuelve,
y antes que la alma diese, le da un tajo
que se tuvo al arzón con gran trabajo.
Pacheco a Norpa abrió por el costado
y a Longoval derriba tras él, muerto;
pues Juan Gómez también por aquel lado,
de fresca sangre bárbara cubierto,
había de un golpe a Colca derribado
y a Galvo el desarmado vientre abierto;
el bárbaro mortal, la color vuelta,
dio en el postrer sospiro la alma envuelta.
Gabriel de Villagrán no estaba ocioso,
que a Zinga y a Pillolco había tendido,
y andaba revolviéndose animoso
entre los hierros bárbaros metido.
El rumor de las armas sonoro,
los varios apellidos y el ruido,
a las aves confusas y turbadas
hacen estar mirándolas paradas.
Crece la rabia y el furor se enciende,
la gente por juntarse se apiñaba,
que ya ninguno más lugar pretende
del que para morir en pie bastaba.
Quién corta, quién barrena, rompe, hiende,
y era el estrecho tal y priesa brava
que, sin caer los muertos, de apretados
quedaban a los vivos arrimados.
La soberbia, furor, desdén, denuedo,
la priesa de los golpes y dureza
figurarla del todo aquí no puedo
ni la pluma llevar con tal presteza.
De la muerte ninguno tiene miedo,
antes, si vuelve el rostro, más tristeza
mostraban, porque claro conocían
que vencidos quedaban si vivían.
Mas aunque de vivir desconfiaban,
perdida de vencer ya la esperanza,
el punto de la muerte dilataban
por morir con alguna más venganza,
y no por esto el paso retiraban
ni el pecho rehusaban de la lanza,
si por mover un paso, como digo,
dejasen de ofender al enemigo.
Cuatro aquí, seis allí, por todos lados
vienen sin detenerse a tierra muertos,
unos de mil heridas desangrados,
de la cabeza al pecho otros abiertos;
otros por la espadas y costados
los bravos corazones descubiertos,
así dentro de los pechos palpitaban
que bien el gran coraje declaraban.
Quién en sus mismas tripas tropezando
al odioso enemigo arremetía;
quién por veinte heridas resollando
las cubiertas entrañas descubría;
allí se vio la vida estar dudando
por qué puerta de súbito saldría;
al fin salía por todas y a un momento
faltaba fuerza, vida, sangre, aliento.
Ya pues, no estaba en pie la octava parte
de los bárbaros: muertos, no rendidos;
Villagrán, que miraba esto de aparte,
viendo los que quedaban tan heridos,
les envió dos indios de su parte
a decir que se entreguen por vencidos
sometiéndose al yugo y obediencia
y que usará con ellos de clemencia.
Todos los españoles retrujeron
las espadas y el paso en el momento,
y los dos mensajeros propusieron
el pacto, condición y ofrecimiento;
pero los araucanos, cuando oyeron
aquel partido infame, el corrimiento
fue tanto y su coraje, que respuesta
no dieron a la plática propuesta.
Los ojos contra el cielo vueltos, braman.
” ¡ Morir!, ¡ morir !” no dicen otra cosa.
Morir quieren, y así la muerte llaman
gritando : ” ¡ Afuera vida vergonzosa ! ”
Esta fue su respuesta y esto claman,
y a dar fin a la guerra sanguinosa
se disponen con ánimo y braveza,
sacando nuevas fuerzas de flaqueza.
Espaldas con espaldas se juntaban
algunos de rodillas combatiendo,
que las tullidas piernas les faltaban,
sostenerse sobre ellas no pudiendo
y aún así las espadas rodeaban;
otros, que ya en el suelo retorciendo
se andaban, por dañar lo que podían,
a los contrarios pies se revolvían.
Viéranse cuerpos vivos desmembrados
con la furiosa muerte porfiando,
en el lodo y sangraza derribados,
que rabiosos se andaban revolcando
de la suerte que vemos los pescados
cuando se va algún lago desaguando,
que entre dos elementos se estremecen,
y en ellos revolcándose perecen.
Si el crudo Sylla, si Nerón sangriento
( por más sed que de sangre ellos mostraran )
della vieran aquí el derramamiento,
yo tengo para mí que se hartaran,
pues con mayor rigor, a su contento,
en viva sangre humana se bañaran,
que en Campo Marcio Sylla carnicero,
y en el Foro de Roma el bestial Nero.
Quedaron por igual todos tendidos
aquellos que rendir no se quisieron,
que ya al fin de la vida conducidos
a la forzosa muerte se rindieron;
los lasos españoles mal heridos
de la cercada plaza se salieron,
de armas y cuerpos bárbaros tan llena
que sobre ellos andaban a gran pena.
Ningún bárbaro en pie quedó en el fuerte
ni brazo que mover pudiese espada.
Sólo Mallén, que al punto de la muerte
le dio de vivir gana acelerada,
y rendido al temor y baja suerte,
viéndose de una fiera cuchillada
en el siniestro brazo mal herido,
detrás de un paredón se había escondido.
No sintiendo el rumor que antes se oía,
que en torno retumbaba todo el llano
( que , como dije, ya la muerte había
puesto silencio con airada mano ),
dejó aquel paredón, y a ver salía
si hallaba por allí algún araucano
a quien se encomendar que le salvase
y la sensible llaga le apretase.
Mas cuando vio la plaza cuál estaba
y en sus amigos tal carnicería
que aunque la muerte los desfiguraba,
la envidia conocidos los hacía,
con ira vergonzosa, presentaba
la espalda al corazón, y así decía:
” ¡ Cómo ! ¿ yo solo quedo por testigo
de la muerte y valor de tanto amigo ?
” Cobarde corazón, por cierto indigno
de algún golpe de espada valerosa,
pues fue por elección y no destino
perder una sazón tan venturosa;
tú me apartaste, ¡ oh flaco ! , del camino
de un eterno vivir y a vergonzosa
muerte he venido ya con mengua tuya,
por más que la mi diestra lo rehuya.
“Si a mi sangre con esta del Estado
mezclarse aquí le fuere concebido,
viendo mi cuerpo entre éstos arrojado,
aunque de brazo débil ofendido,
quizá seré en el número contado
de los que así su patria han defendido;
mas, ¡ ay triste de mí !, que en la herida
será mi flaca mano conocida.
” ¿ Qué indicios bastarán, qué recompensa,
qué emienda puedo dar de parte mía,
que yo satisfacer pueda a la ofensa
hecha a mi honor y patria y compañía ?
Yo turbo el claro honor y fama inmensa
de tantos, pues podrán decir que había
entre ellos quien de miedo, bajamente,
del enemigo apenas vio la frente.
” ¿ Por qué al temor doy fuerzas dilatando
con prolijas razones mi jornada ?
¿ Arrepentirme qué aprovecha cuando
ya el arrepentimiento vale nada ?”
Aquí cerró la voz y no dudando,
entrega el cuello a la homicida espada:
corriendo con presteza el crudo filo,
sin sazón de la vida cortó el hilo.
Cese el furor del fiero Marte airado
y descansen un poco las espadas,
entretanto que vuelvo al comenzado
camino de las naves derramadas,
que contra el recio Noto porfiado,
de Neptuno las olas levantadas
proejando por fuerza iban rompiendo,
del viento y agua el ímpetu venciendo.
Por entre aquellas islas navegaron
de Sangallá , do nunca habita gente,
y las otras ignotas se dejaron
a la diestra de parte del poniente;
a Chaule a la siniestra, y arribaron
en Arica, y después difícilmente
vimos a Copiapó, valle primero
del distrito de Chile verdadero.
Allí con libertad soplan los vientos
de sus cavernas cóncavas saliendo,
y furiosos, indómitos, violentos,
todo aquel ancho mar van discurriendo,
rompiendo la prisión y mandamientos
de Eolo, su rey, el cual temiendo
que el mundo no arruinen, los encierra
echándoles encima una gran sierra.
No con esto su furia corregida,
viéndose en sus cavernas apremiados,
buscan con gran estruendo la salida
por los huecos y cóncavos cerrados;
y así la firme tierra removida
tiembla, y hay terremotos tan usados,
derribando en los pueblos y montañas
hombres, ganados, casas y cabañas.
Menguan allí las aguas, crece el día
al revés de la Europa, porque es cuando
el sol del equinocio se desvía
y al Capricornio más se va acercando.
Pues desde allí las naves que a porfía
corren, al mar y al Austro contrastando,
de Bóreas ayudadas luego fueron
y en el puerto coquímbico surgieron.
Apenas en la deseada arena,
salidos de las naos el pie firmamos,
cuando el prolijo mar, peligro y pena
de tan largos caminos olvidamos,
y a la nueva ciudad de La Serena,
que dos leguas del puerto, caminamos
en lozanos caballos guarnecidos,
al esperado tiempo prevenidos.
Donde un caricioso acogimiento
a todos nos hicieron y hospedaje,
estimando con grato cumplimiento
el socorro y larguísimo viaje,
y de dulce refresco y bastimento
al punto se aprestó el matalotaje,
con que se reparó la hambrienta armada,
del largo navegar necesitada.
A la gente y caballos aguardaban
que , por áspera tierra y despoblados
rompiendo, con esfuerzo caminaban,
de hambres y trabajos fatigados;
pero a cualquier fortuna contrastaban,
y desde poco a la ciudad llegados,
un mes en mucho vicio reposaron,
hasta que los caballos reformaron.
Al fin del cual, sin esperar la flota,
reparados del áspero camino,
toman de su demanda la derrota,
llevando a la derecha el mar vecino;
pasan la fértil Ligua y a Quillota
la dejaron a un lado, que convino
entrar en Mapocho, que es do pararon
las reliquias de Penco que escaparon.
El sol del común Géminis salía
trayendo nuevo tiempo a los mortales,
y del solsticio por zenit hería
las partes y región setentrionales.
Cuando es mayor la sombra al mediodía
por este apartamiento en las australes
y los vientos en más libre ejercicio
soplan con gran rigor del austral quicio,
nosotros, sin temor de los airados
vientos, que entonces con mayor licencia
andan en esta parte derramados
mostrando más entera su violencia,
a las usadas naves retirados,
con un alegre alarde y apariencia
las aferradas áncoras alzamos,
y al norueste las velas entregamos.
La mar era bonanza, el tiempo bueno,
el viento largo, fresco y favorable,
desocupado el cielo y muy sereno,
con muestra y parecer de ser durable.
Seis días fuimos así; pero al seteno,
Fortuna, que en bien jamás fue estable,
turbó el cielo de nubes, mudó el viento,
revolviendo la mar desde el asiento.
Bóreas furioso aquí tomó la mano
con presurosos soplos esforzados,
y súbito en el mar tranquilo y llano
se alzaron grandes montes y collados.
Los españoles, que el furor insano
vieron del agua y viento atribulados,
tomaron por partido estar en tierra
aunque del todo hubiera fin la guerra.
De mi nave podré sólo dar cuenta,
que era la capitana de la armada,
que arrojada de la áspera tormenta
andaba sin gobierno derramada;
pero ¿ quién será aquel que en tal afrenta
estará tan en sí, que falte en nada ?
Que el general temor apoderado
no me dejó aun para esto reservado.
Con tal furia a la nave el viento asalta
y fue tan recio y presto el terremoto,
que la cogió la vela mayor alta,
y estaba en punto el mástil de ser roto;
mas viendo el tiempo así turbado, salta
diciendo a grandes voces el piloto:
” ¡Larga la triza en banda!, ¡larga, larga!,
¡larga presto, ¡ay de mí!, !que el viento carga! “.
La braveza del mar, el recio viento,
el clamor, alboroto, las promesas
el cerrarse la noche en un momento
de negras nubes, lóbregas y espesas;
los truenos, los relámpagos sin cuento,
las voces de pilotos y las priesas
hacen un són tan triste y armonía,
que parece que el mundo perecía.
“¡Amaina!, ¡amaina! “, gritan marineros:
“¡amaina la mayor! ¡iza trinquete!”
Esfuerzan esta voz los pasajeros,
y a la triza un gran número arremete;
los otros de tropel corren ligeros
a la escota, a la braza, al chafaldete,
mas del viento la fuerza era tan brava
que ningún aparejo gobernaba.
Àbrese el cielo, el mar brama alterado,
gime el soberbio viento embravecido;
en esto un monte de agua levantado
sobre las nubes con un gran ruido
embistió el galeón por un costado
llevándolo un gran rato sumergido,
y la gente tragó del temor fuerte
a vueltas de agua, la esperada muerte.
Mas quiso Dios que de la suerte como
la gran ballena, el cuerpo sacudiendo,
rompe con el furioso hocico romo,
de las olas el ímpeto venciendo,
descubre y saca el espacioso lomo
en anchos cercos la agua revolviendo,
así debajo el mar salió el navío
vertiendo a cada banda un grueso río.
El proceloso Bóreas más crecido
la mar hasta los cielos levantaba,
y aunque era un mangle el mástil muy fornido
sobre la proa la alta gavia estaba;
la gente con gran fuerza y alarido
en amainar la vela porfiaba,
que en forma de arco el mástil oprimía
y así la racamenta no corría.
Eolo, o ya fue acaso, o se doliendo
del afligido pueblo castellano,
iba al valiente Bóreas recogiendo,
queriendo él encerrarle por su mano;
y abriendo la caverna, no advirtiendo
al Céfiro que estaba más cercano,
rotas ya las cadenas a la puerta,
salió bramando al mar, viéndola abierta.
Y con violento soplo, arrebatando
cuantas nubes halló por el camino,
se arroja al levantado mar, cerrando
más la noche con negro torbellino,
y las valientes olas reparando,
que del furioso cierzo repentino
iban la vía siguiendo, las airaba,
y el removido mar más alteraba.
Súbito la borrasca y travesía
y un turbión de granizo sacudieron
por un lado a la nao, y así pendía
que al mar las altas gavias decendieron.
Fue la furia tan presta, que aún no había
amainado la gente; y cuando vieron
los pilotos la costa y viento airado,
rindieron la esperanza al duro hado.
La nao, del mar y viento contrastada
andaba con la quilla descubierta,
ya sobre sierras de agua levantada,
ya debajo del mar toda cubierta.
Vino en esto de viento una grupada
que abrió a la agua furiosa una ancha puerta,
rompiendo del trinquete la una escota
y la mura mayor fue casi rota.
Alzóse un alarido entre la gente
pensando haber del todo zozobrado,
miran al gran piloto atentamente
que no sabe mandar de atribulado.
Unos dicen: “¡zaborda!”; otros; “¡detente!”,
“¡cierra el timón en banda!”, y cuál turbado
buscaba escotillón, tabla o madero
para tentar el remedio postrimero.
Crece el miedo, el clamor se multiplica,
uno dice: “¡a la mar!”; otro: “¡arribemos!”;
otro da grita: “¡amaina! “; otro replica :
“¡A orza!, no amainar, que nos perdemos!”;
otro dice: “¡herramientas, pica, pica!;
¡mástiles y obras muertas derribemos!”
Atónita de acá y de allá la gente
corre en montón confuso diligente.
Las gúmenas y jarcias rechinaban
del turbulento Céfiro estiradas;
y las hinchadas olas rebramaban
en las vecinas rocas quebrantadas,
que la escura tiniebla penetraban
y cerrazón de nubes intricadas;
y así en las peñas ásperas batían,
que blancas hasta el cielo resurtían.
Travesía era el viento y por vecina
la brava costa de arrecifes llena,
que del grande reflujo en la marina
hervía el agua mezclada con la arena;
rota la scota, larga la bolina,
suelto el trinquete, sin calar la entena
y la poca esperanza quebrantada
por el furioso viento arrebatada.
LAUS DEO
Fin de la Primera Parte