La Gran Cruz Laureada de Alfonso XII

Nos Vemos Los Jueves

Momento en el que Baldomero Espartero-Álvarez de Toro impone la Gran Cruz Laureada de San Fernando (ganada en 1835) al joven Alfonso XII

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Nos ponemos en situación.

Visto el capítulo de la semana pasada de la serie El Ministerio del Tiempo, y que trata sobre un atentado a S.M. D. Alfonso XII, se ven varias incongruencias en parte del atuendo de dicho Rey para ser  el año de 1881. Y una de esas faltas es bastante importante como para dejarla pasar.

Acontecimientos anteriores

III  Guerra Carlista

Todo el mundo sabe que fue una guerra civil desarrollada en España entre 1872 y 1876, entre los partidarios de Carlos, duque de Madrid, pretendiente carlista con el nombre de Carlos VII, y los gobiernos de Amadeo I, de la I República y de Alfonso XII. Antiguamente fue conocida por la historiografía española como «segunda guerra civil».

Esta guerra civil se desarrolló sobre todo…

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EL COMENTARIO DEL DÍA (7 de junio de 2017) ‹‹IGNACIO ECHEVARRÍA. UN HÉROE ESPAÑOL EN LONDRES›› General de División Rafael Dávila Álvarez (R.)

General Dávila

Ignacio Echevarría. Un héroe español en Londres No lo comprendo muy bien. Han sido demasiados días hasta saber que se encontraba entre las víctimas del atentado yihadista de Londres. Alguien debe asumir tan grave irresponsabilidad.

Ignacio Echevarría, abogado, 38 años, natural de Ferrol y trabajando en Londres desde hace pocos meses. Es el héroe al que no deberíamos olvidar porque su actitud ha sido ejemplar por heroica.

La actitud de las autoridades británicas nada ha tenido de ejemplar y no hay posible excusa a tan bochornosa forma de gestionar las consecuencias de este terrible atentado terrorista yihadista. Ni flema inglesa ni elecciones al canto. La tragedia debe de tener contundente respuesta y con especial sensibilidad, respeto y delicadeza, debe tratarse a los que sufren el atentado y a sus familias. Les guste escucharlo o no, pero las autoridades británicas han mostrado una actitud poco encomiable. Ineficacia e irresponsabilidad…

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Cristóbal de Espinosa de los Monteros-Utrera y Mírez.

España mi natura; Italia mi ventura; Flandes mi sepultura

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Del famoso Almirante Don Christóbal de Espinosa de los Monteros – Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

No solo por tierra más por la mar ha tenido este Reyno y Ciudad hijos que se han hecho conocer y estimar no solo en este mundo ártico más en el antártico, de quel fin otros muchos dará testimonio aquel valeroso Almirante del mar de las Filipinas Cristóbal de Espinosa de los Monteros hijo de un noble hidalgo llamado Pedro de Espinosa de los Monteros, descendiente de aquel famoso y ennoblecido que en las montañas tienen de donde toman el sobrenombre de fuerte que el blasón heredado de sus ascendientes lo matizó con el fino esmalte de la gloria de sus heroicos hechos.

Sus padres desde niño le enseñaron para lo que Dios ordenase del leer y el escribir y le dieron estudio…

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Unamumo, Ortega, España y Europa (I)

Nos Vemos Los Jueves

Actualmente está en boca de todos el tema de Europa: Unión Europea sí, UE no, Brexit… Pero esto no es algo nuevo, y hace 100 años tenían el mismo problema. España había recibido un fuerte golpe con la pérdida de las últimas colonias de ultramar, el Desastre del 98, y la búsqueda de una identidad nacional estaba muy viva. Había reformistas, modernistas, europeistas, y muchos istas más.

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En el mundo intelectual de la época había tresmovimientos con gran importancia: la llamada Generación del 98, el modernismo y el novecentismo. En el primero y en el último cabe destacar dos personajes importantes contrarios en el tema europeo: Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset.

Unamuno era un defensor de España. Pero su España tenía que ser una España tradicional, rural, conservadora. Ortega prefería Europa. Una Europa de grandes ciudades, de nuevas costumbres, de cambio y de progreso.

Unamuno, como hombre…

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Kassia

Nos Vemos Los Jueves

250px-Santa_KassiaKASSIA (805/10 – 865, Imperio Bizantino). Kassia, en ocasiones “Kassiani” o “Kassiane” al transcribir su nombre del griego Κασσιανή, fue una poeta, abadesa y compositora de la época bizantina. Su nombre ha pasado a la historia gracias a sus himnos y al verse implicada en los conflictos iconoclastas al ayudar a monjes y fieles que adoraban a las imágenes santas, lo que derivó en una condena de exilio durante su adolescencia.
Nacida de familia aristócrata, se dice que el emperador Teófilo se fijó en ella para ser su esposa -también al encontrarse regularmente en la corte y pensar la madre de éste, Eufrosine, que sería una candidata adecuada-, así que tras una suerte de interrogatorio público, en el que la muchacha dio a una pregunta una respuesta que no era del todo esperada, fue rechazada.
Ella lo que quería era ser esposa de Dios, no emperatriz, así que persiguió su…

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José Zorrilla

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El 21 de febrero de 1817 nació en Valladolid José Zorrilla, el más popular poeta romántico español. Hoy se le recuerda, sobre todo, como el autor de «Don Juan Tenorio». Al cumplirse el bicentenario de su nacimiento, el Ayuntamiento de su ciudad natal prepara una exposición sobre él, y el Instituto Cervantes, otra, sobre el mito de don Juan.

El 15 de febrero de 1837, en el entierro de Mariano José de Larra, la gran figura del Romanticismo español, que se había suicidado dos días antes, intervino inesperadamente un joven desconocido, leyendo un poema que causó gran sensación. Así comienza: «Ese vago clamor que rasga el viento/ es la voz funeral de una campana,/ vano remedo del postrer lamento/ de un cadáver sombrío y macilento/ que en sucio polvo dormirá mañana».
Ese joven desconocido se llamaba José Zorrilla, no había cumplido todavía los veinte años y vivía muy pobremente: «Llevaba únicamente propios, conmigo, mis negros pensamientos, mis negras pesadumbres y mi negra y larguísima cabellera». Un año antes, había abandonado los estudios de Leyes, que siguió en Toledo y Valladolid, obligado por su padre, y se escapó a Madrid, para seguir la carrera literaria.

La escena del joven poeta que se adelanta a recitar algunos versos (que algunos llegaron a creer improvisados) es plenamente romántica, parece extraída de una leyenda o un drama.

Si leemos con atención estos versos, comprobaremos que incluyen varias incongruencias: el último suspiro de un moribundo suele ser más débil que una campana; alguien que va a morir no suele estar radiante de alegría ni tener buen color; decir que reposará «en sucio polvo» no parece el mejor homenaje… No importa. Los versos del joven desconocido impresionaron a todos, por su musicalidad y su efectismo: son características que acompañarán siempre a la poesía de Zorrilla, que apela a los sentimientos, no a la lógica. La teatral escena sirvió para consagrar al joven poeta, que volvió a tratar el tema de la muerte –típicamente romántico– muchas veces: en sus poemas líricos y en los narrativos, las leyendas tradicionales, escritas en romance.

Sin ser un donjuán, tuvo una vida sentimental turbulenta. Huyendo de un matrimonio desgraciado, vivió en París, en Londres y, doce años, en México, donde disfrutó de la protección del emperador Maximiliano, que le honró como su poeta oficial y le nombró director del proyectado Teatro Nacional. Todo ello interrumpió su etapa de triunfos, en los teatros madrileños. La necesidad económica le llevó a vender al editor Manuel Delgado «la propiedad absoluta, para siempre, del drama original titulado “Don Juan Tenorio”, por la cantidad de 4.200 reales de vellón, para su impresión y representación…» La cantidad no era pequeña pero está claro que Zorrilla no podía imaginar el tremendo éxito que alcanzaría su drama. Por eso, él mismo señaló, muchas veces, sus defectos…

Al morir su esposa, volvió a España. Tenía ya 49 años y era un poeta envejecido. Las graves dificultades económicas le llevaron a dar lecturas públicas remuneradas de sus versos (como había hecho Dickens, en Inglaterra). A la vez, encarnaba, para muchos, el mito romántico del poeta que es faro y guía de la sociedad (como Víctor Hugo, en Francia). Fue coronado solemnemente como poeta nacional en Granada, en 1889.

Su discurso de ingreso en la RAE está escrito íntegramente en verso, una prueba de su facilidad para versificar: «En mi patria –escribió– sólo llevo mis versos por capital». Murió pobre, como había vivido, en Madrid, en 1893, a los 76 años: su entierro constituyó un acontecimiento nacional.

Poema enlazado → Un Tenorio un Poco Raro

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Artículo extraido de ABC. Andrés Amorós

Krasny Bor y la División 250

El 10 de febrero de 1943 se produce en los arrabales de Leningrado la batalla de Krasny Bor. Fue el más sangriento enfrentamiento en el que intervino la 250ª División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht, más conocida como la División Azul, en la cual 5.900 españoles equipados con armamento manual hicieron frente a 44.000 soldados del Ejército Rojo, repartidos en 4 divisiones, y apoyados por gran cantidad de artillería y tanques. Se produjeron casi 4.000 bajas entre los voluntarios españoles de la División Azul. El Ejército Rojo había tomado Krasny Bor, pero fue una victoria pírrica. Los 11.000 fallecidos en la operación ‘Estrella Polar’ se sumaría al millón de soldados soviéticos muertos en toda la batalla de Leningrado y el frente seguiría estable un año más.

Krasny Bor fue una batalla que tuvo lugar el 10 y 11 de febrero de 1943, cuando en el sector del frente de Leningrado defendido por la División Azul, recibió el ataque de todo un Ejército ruso compuesto de 4 Divisiones. 5.900 soldados españoles neutralizaron completamente la ofensiva rusa, que atacaron con 44.000 soldados, 100 carros y 800 cañones.

Objetivos soviéticos

En el contexto de la Operación Estrella Polar, y para poder dominar tanto la carretera como el ferrocarril que comunican Moscú con Leningrado, pretenden quebrar el frente en el sector de unión entre españoles y alemanes, avanzando la 43ª División sobre la línea férrea, barriendo a la División Azul y abriendo una brecha hasta Krásni Bor. La eliminación del grueso de las fuerzas españolas quedaba a cargo de las divisiones 63ª y la 45ª.

La 72ª División forma el ala más occidental del ataque, con el objetivo de alcanzar las alturas de Putrolovo para desde allí llegar al río Ishora por su ala izquierda, mientras que la derecha, una vez sobrepasada la carretera, giraría hacia Krasny Bor envolviendo la segunda línea española. Una vez eliminada la resistencia, avanzarían hacia el sur evitando las impenetrables masas boscosas y girando luego hacia el este para así romper el cerco de Leningrado en la conocida como Operación Arco Iris. Para ello contaban con más de 33 000 hombres en la madrugada del 10 de febrero.

La División Azul

La misión que les había tocado era la de contribuir al sitio de Leningrado, ciudad a la que Hitler quería matar de hambre. El único corredor para hacer llegar comida y combustible a la ciudad era el congelado lago Ladoga, el ‘camino de la vida’.

La 250. Einheit spanischer Freiwilliger llegaría al sector de Krasny Bor en otoño de 1942. En enero del siguiente año, mientras caía el kessel alemán de Stalingrado, el ejército soviético logró conquistar un pequeño corredor por tierra hasta Leningrado. La operación ‘Estrella Polar’, continuación de la ‘operación Chispa’, debía ampliar este camino y romper rápidamente las líneas de la División Azul para envolver al 18 Ejército alemán. La ‘Blau division’ lo evitó.  La División Azul pronto se ganó cierta fama de invencibilidad por sus excelentes cualidades de combate. El mismo Führer, que no apreciaba especialmente a los españoles, reconoció lo duros y extremadamente valientes que eran sus soldados. Al primero de los generales que comandó la división, Agustín Muñoz Grandes, llegó a concederle la Cruz de Hierro, una distinción que muy pocos extranjeros llegaron a alcanzar.

La División Azul se comportó en el combate igual que las mejores unidades alemanas. No cometieron crímenes ni  matanzas. Aunque los soviéticos acusaron a la división de crímenes de guerra, el trato de los voluntarios a los civiles rusos fue en general correcto, incluso afectuoso y correspondido por los paisanos, que a menudo los protegían frente a los partisanos; tampoco hubo crueldades con los prisioneros, aunque en algunos casos extremos los divisionarios no admitieran la rendición de enemigos.

Con los alemanes no faltaron roces y malentendidos, por la altanería de algunos mandos teutones, o por el abandono de estos en Krasny Bor. Pero prevaleció ampliamente la camaradería y el respeto mutuo.

Los soldados españoles combatieron en Rusia al comunismo con decisión y siempre contra un enemigo muy superior, provocando la admiración de los oficiales alemanes y de Hitler.

Conocido es el desprecio que tenía Hitler hacia los españoles, nos consideraba un pueblo mestizo e inferior pero tuvo que reconocer que los españoles eran excepcionales:

“Los españoles son un puñado de guarros. Contemplan el fusil como un instrumento que no debería ser limpiado bajo ningún pretexto. Sus centinelas sólo existen en teoría. No ocupan sus posiciones, o si lo hacen, se duermen. Cuando llegan los rusos, los nativos tienen que despertarlos. Pero los españoles no han cedido nunca una pulgada de terreno… No puedo imaginar a personas más valientes, apenas se cubren, desafían a la muerte. Sé que, de todas formas, nuestros hombres están siempre encantados de tener a los españoles como vecinos en su sector. Extraordinariamente valientes, duros contra las privaciones pero terriblemente indisciplinados”. Adolf Hitler

Disgregación de unidades soviéticas encuadradas en el 55º Ejército Soviético. 44 000 soldados

Comandante: General V. P. Sviridov

  • 43ª División de infantería .46ª División de infantería .56ª División de infantería .72ª División de infantería .14º Regimiento de infantería .133º Regimiento de infantería .141º Regimiento de infantería .9º Regimiento de artillería .131ª División de infantería .268ª División de infantería .45ª División de Guardias fusileros .63ª División de Guardias fusileros .56ª Brigada de fusiles .250ª Brigada de fusiles .122ª Brigada acorazada .31º Regimiento acorazado .34ª Brigada de esquiadores .35ª Brigada de esquiadores .187 baterías de artillería de todos los calibres en formaciones artilleras independientes .2 Batallones independientes de morteros y lanzacohetes. 2 Batallones independientes contracarro equipados con cañones antitanque de 76,2 mm

Disgregación de unidades españolas con apoyo del XVIII Ejército Alemán 5300 hombres, 4500 soldados y 800 mandos

 Comandante: Emilio Esteban Infantes

250º Batallón de reemplazo 262º Regimiento (3 batallones). Compañía de esquiadores. 250º Batallón de Reconocimiento. 1º Batallón de Artillería (3 baterías) con cañones de 10,5 cm . Una batería del 3º Batallón de Artillería con cañones de 10,5 cm. 250º Batallón antitanque con cañones contracarro de 37 mm Pak36. Grupo de zapadores de asalto. Una compañía independiente de cañones antitanque con cañones contracarro de 75 mm Pak40

Las siguientes unidades no prestaron apoyo a la 250

  • 4° División SS Volkspolizei • 212º Grupo de combate de la división de infantería • 215º Grupo de combate de la división de infantería • Grupos de combate de las 11ª, 21ª, 227ª divisiones de infantería • Legión voluntaria de las SS Flandes (2 compañías) • Legión voluntaria de las SS Lituania (2 compañías)

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 Ante semejante alarde, los españoles apenas podían oponer 5.000 hombres ateridos de frío, malcomidos y con las manos entumecidas.

La Batalla

6:10. La artillería española abre fuego contra las líneas soviéticas pero no responden al fuego.

 Al punto de la mañana del 10 de febrero, en plena noche y a 25 bajo cero, Zukov ordenó abrir fuego de artillería sobre las posiciones españolas. Su idea era no dejar un solo enemigo vivo. Ochocientas bocas se pusieron a escupir fuego de obús durante dos interminables horas. El cañoneo era letal y ensordecedor, entre andanada y andanada pasaban diez segundos, los necesarios para recargar los cañones. Los divisionarios corrieron a los búnkeres en espera de que pasase el fuego artillero, pero éste era de tal intensidad que muchos no resistieron.

6.45. Comenzó la preparación artillera soviética. Unas 800 piezas de artillería abren fuego simultáneamente sobre los 5 km de las primeras línea de las fuerzas españolas. El ataque artillero superó todo lo imaginado. Kolpino fue un volcán en erupción que convirtió a Krasny Bor en el Infierno. La tierra tembló, se hundieron las trincheras y se dejaron de oír los teléfonos.

7:15 la aviación soviética ( la Parrala, como la denominaba los españoles, porque no sabían por dónde aparecería) hizo su aparición: 30 bombarderos y 20 cazas (de los algo más de 100 aviones que el 13º Ejército Aéreo soviético del general Rybalichenko lanzó contra el Lº Cuerpo alemán ese día) atacaron los objetivos que la artillería no había logrado anular en el sector de los españoles.

8:40. Después de dos horas de martilleo, las piezas soviéticas dejaron de machacar la primera línea y alargaron su tiro. Todo el mundo sabía lo que eso significaba: empezaba el asalto. La frecuencia de disparo, un proyectil cada 10 segundos por pieza y durante 2 horas. La preparación no pudo ser más intensa. Fueron decenas de miles de proyectiles.

Acto seguido, cuatro divisiones del Ejército Rojo, acompañadas por carros KV-1 y T-34, se lanzaron sobre las castigadas líneas españolas. El objetivo soviético era romper el frente en poco tiempo y envolver a los alemanes. El invierno en Leningrado es muy frío y anochece prontísimo. Sin embargo, la Stavka fracasó.

8:45. Comienza el asalto de la infantería. Después de la intensa preparación artillera, 4 divisiones soviéticas de infantería la 43ª, 45ª, 63ª y 72ª, con un total de 44 000 hombres, apoyadas por el 31º y 46º Regimientos acorazados que comprendían casi 100 carros de combate KV-1 y T-34, dos batallones de cañones anticarro con piezas ZIS de 76 mm, la 35ª Brigada Motorizada y las 34ª y 250ª Brigadas de Esquiadores se lanzan, escalonadamente, contra las ya débiles líneas españolas.

Al amanecer, la mitad del regimiento español había muerto. Pero quedaba la otra mitad, y no tenía pensado huir. Desde la comandancia la orden era explícita: resistir hasta el último hombre. Una orden así, cualquier otro regimiento la hubiese desobedecido, pero no uno formado por infantes españoles. Los rusos no podían ni imaginar que tenían enfrente a un batallón de irreductibles hispanos dispuestos a cualquier cosa con tal de no rendirse, así que avanzaron confiados con los carros de combate y los regimientos de infantería.

 Y ahí se torció el impecable plan de Zukov. La lluvia de obuses había derretido la nieve, dejando el campo intransitable para los blindados, lo que obligó a los soviéticos a internarse a pie en Krasny Bor. Era todo lo que los divisionarios necesitaban. Reorganizados a toda prisa, metralleta en mano y metidos en los cráteres dejados por las bombas, esperaron a que las unidades rusas se aproximasen a unos 100 metros para disparar a discreción. La diferencia de recursos era enorme, a cada batallón español se las veía con más de una división rusa. La fuerza del combate era terrible, los españoles estaban clavados al terreno y habían decidido luchar hasta el final.

Las ametralladoras de la división Azul, estaban al rojo vivo, eran oleadas y oleadas inmensas, parecían manadas de bisontes, se llegó al cuerpo a cuerpo. Momentos llenos de valor y heroísmo.

Los alemanes, sorprendidos por la acometida soviética, dejaron pasar la mañana sin acudir en auxilio de la División 250. Probablemente pensaron que un contingente tan pequeño habría sucumbido ante la apisonadora de Zukov. Una vez sacrificados los voluntarios españoles, lo mejor era mantener la línea y reorganizar la defensa más atrás con regimientos alemanes. Al norte se encontraba la IV División de la SS Polizei, pero no podía moverse, por si los soviéticos cambiaban el curso de la ofensiva. La Luftwaffe no acudió hasta entrada la tarde, y poco después llegó la 212ª División de Infantería alemana.

12:00, los soviéticos rompen el frente por tres sitios, pero las compañías de la 250 Divª. Siguen resistiendo esperando los refuerzos alemanes que no llegan. La 4ª División SS Volkspolizei está inmovilizada a pocos km, esperando un ataque ruso. Los voluntarios luchan hasta el final.

La situación era terrible, los soldados no podía resistir el empuje de los soviéticos. El general ordenó la vuelta del Batallón de Regreso que estaba a 20 kilómetros, a punto de salir para España. Regresó para ayudar a sus compañeros.

 La compañía del Capitán Oroquieta quedó aniquilada; la del Capitán Palacios, casi; la del Capitán Andújar, diezmada, y la del Capitán Huidobro se defendió numantinamente animada por sus voces de “¡Esto no es nada, chicos. ¡No pasarán! ¡Somos españoles!”. El Capitán Losada llegó a pedir a la artillería propia “Fuego sobre mi posición”. Las posiciones quedaron rodeadas, aisladas y machacadas, pero seguían frenando el avance soviético.

El ataque soviético ya había perdido su ritmo. El asalto a la primera línea defensiva española, había sido mucho más duro y prolongado de lo previsto. Se esperaba romper el frente en “un minuto” , pero los rusos necesitaron horas de duro pelear. El error táctico consistió en intentar acabar definitivamente con la resistencia española. Hubiera sido más eficiente haberlos rebasado y no perder mucho tiempo. En diciembre las horas de luz eran tan escasas, cada minuto de retraso era un grave contratiempo y en realidad se habían perdido horas.

Los mandos soviéticos estaban que echaban chispas. Nada había salido de acuerdo a lo planeado. Cuando Simoniak, hacia las 12’00, comunicó que ya controlaba Krasny Bor, Sviridov creyó que la jornada iba a acabar victoriosamente. Pero desde ese momento todas las noticias empezaron a ser malas. No había forma de desalojar a los españoles del sector meridional de Krasny Bor y el avance era demasiado lento.

Para entonces la batalla ya había terminado: 5.000 españoles con fusiles y metralletas habían cedido sólo tres kilómetros frente a 40.000 rusos armados hasta los dientes; es decir, que, contra todo pronóstico y hasta contra la misma lógica, los españoles habían vencido. Pero la victoria no había salido gratis: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos fue el precio que hubieron de pagar. Algunos fueron hechos prisioneros y conducidos hasta Leningrado, donde fueron interrogados por otros españoles, que luchaban para los rusos.

Las bajas españolas fueron enormes y se dio orden de recuperar a toda prisa la capacidad de combate de la División. Se pidió el envío urgente de Jefes y Oficiales. En cuanto a la tropa, en aquellos momentos dos Batallones de Marcha estaban en camino desde España hacia Rusia. La División Azul se recuperó perfectamente de aquel duro golpe y se mantuvo en sus posiciones hasta octubre de 1943, en que recibió la orden de repatriación desde Madrid.

Conocidos posteriormente los detalles de las heroicas actuaciones individuales, se concedieron 3 laureadas y 11 Medallas Militares. Resaltar que de las 8 laureadas concedidas a la División Azul, 3 se consiguieron en esta batallas de 24 horas En esta batalla se produjo el 22 % del total de muertos que tuvo la División Azul en Rusia, que fueron un total de 4.954 muertos y 8.700 heridos.

“…Nos retiramos por la trinchera de evacuación y regresé con dos soldados más para recuperar parte de la munición y alimentos del búnker y destruir el resto. Tiramos bombas de mano como locos. Al retirarnos al enclave donde resistía Palacios, éste me dijo: “¡Salamanca, desde este momento eres Medalla Militar!”. Acto seguido acudí al sector del puesto de mando. Sólo quedaba operativo un fusil ametrallador, pero causó estragos.

Llegaban columnas con medio centenar de hombres que eran abatidos sistemáticamente. Disparábamos ferozmente, sin parar, esperando a que el enemigo se encontrase a menos de 100 metros, disparábamos al bulto. Pero hasta un ciego habría hecho blanco.

Toda la potencia de fuego de la máquina, 1.300 disparos por minuto, provocó una carnicería en las filas enemigas y nos mantuvo  con vida. No es que nuestro cañón estuviese caliente, es que estaba al rojo vivo. En la refriega, tres veces cayó el soldado que la servía. Cuando un cuarto soldado me dijo con la mirada: «Sargento, ¿quiere usted que me maten?», decidí empuñar personalmente la ametralladora. Al cabo, los rusos acertaron con una granada de 120 que cayó ante el cañón. Salí despedido cuatro metros, perdiendo el conocimiento momentáneamente, la cara llena de sangre y metralla y una ceguera casi total por el alumbramiento del fogonazo. Fui evacuado al búnker. Luego supe que tenía también una herida de bala en la rodilla.

Sin munición, con la mayoría de los supervivientes heridos y los indemnes, agotados, el final estaba próximo. A las tres de la tarde, un soldado entró al búnker: “De parte del capitán, que salgáis todos; estamos hechos prisioneros”. Los 25 heridos salimos y encontramos a otros 18 hombres con las manos en alto con el capitán Palacios al frente. Nos mandaron formar e hicieron un simulacro de fusilamiento pero sólo se tiraron como fieras sobre nuestros relojes y todo lo que llevábamos.

El trayecto hasta Kolpino, en fila de a tres, fue entre una alfombra de cadáveres. No nos trataron mal gracias a un jefe de escolta mongol que no debió de haber otro mejor en toda la Unión Soviética. Los 30 detenidos de Oroquieta, con los que enlazamos, recibieron toda suerte de golpes. Al llegar a Kolpino, un enloquecido grupo de mujeres rusas trató de atacarnos, pero el mongol las rechazó a culatazos.

Enseguida empezaron los interrogatorios, con las traducciones de un español enrolado en el Ejército soviético. Todo el afán del coronel ruso era saber qué armamento usábamos, hablándonos incluso de un arma secreta de Hitler. «Dice el coronel que habéis causado más de 14.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y fusiles maúser corrientes», nos informó el republicano español…

Teniente Ángel Salamanca.

El arma secreta y, más que milagrosa, correosa eran los divisionarios, hijos de la lejana España, herederos de una tradición milenaria que se cifra en resistir lo que haga falta a cualquier precio, con razón o sin ella, en Rusia o en Sierra Morena.

 Meses después, cuando se había extendido por la Wehrmacht la leyenda de los bravos españoles que, a decir de Hitler, “apenas se protegen y desafían a la muerte”, un oficial alemán confesó a un corresponsal en Berlín: “Los españoles, más que soldados, son guerreros”. Los de Krasny Bor lo fueron, y de los buenos.

Curiosidades

-Durante el invierno de 1941-42 no había comida, agua corriente, electricidad y el transporte público estaba cortado.

 -Durante el bloqueo, el único camino que comunicaba a la ciudad con el resto del país era una vía férrea, tendida a través del hielo que cubría el lago Ladoga, adyacente a la ciudad, denominado por los leningradenses “Carretera de la Vida”.

 -A pesar del peligro de las bombas, por esa vía fueron evacuados 1.376.000 habitantes, en su mayoría niños.

 -Entre 800.000 y un millón de civiles se calculan los muertos durante el asedio a la ciudad.

 -El día 10 de febrero de 1943 el Ejército Rojo arrasó al enemigo en la batalla de Krasny Bor, en la que murieron, en una única jornada, 2.500 españoles.

 -La Cuarta Compañía, republicanos que lucharon junto al Ejército Rojo, tenía 835 soldados, de los cuales 215 cayeron en combate.

 -600 españoles prisioneros de guerra quedaron retenidos en la URSS hasta 1955, cuando fueron repatriados.

 – El Sargento Salamanca al Capitan Palacios: Mi capitan se nos han acabado las municiones, ya no nos queda nada con que disparar.

Nieve, tirarles bolas de nieve ¡Por Dios!, tirales con algo.

← Capitan Palacios a Sargento momentos antes de ser hechos prisioneros.

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Lidia Osipova, trató a los españoles (agosto 1942-abril 1943) al ser la encargada de la lavandería española en Pavlovsk, cerca de Leningrado. En su diario hizo anotaciones sobre lo ocurrido durante la batalla y el comportamiento de la División Azul.

8 de enero de 1943.

“Algaradas entre los españoles y los alemanes. Estos habían golpeado a unas mujeres; los españoles salieron a la calle y comenzaron a agredir a todo alemán que encontraban en el camino; las peleas fueron auténticas. Como siempre en nuestro mundo loco, las acciones caballerescas no procedían del mando, sino de los simples soldados”.

Diego Mexía de Guzmán y Dávila: 1er marqués de Leganés

Obtuvo numerosos títulos y dirimió algunos de los más delicados asuntos de Estado en la corte del cuarto Felipe. Diego Mexía Felípez de Guzmán, el Marqués de Leganés, injustamente olvidado por la historiografía hispana, contribuyó a impulsar el repoblamiento de la villa que lleva su nombre, actualmente una de las localidades de mayor relevancia y densidad de población de la capital española.

Educado como era menester para alguien de su posición, pronto comenzaría a rodearse de personas influyentes, además de su primo, y a frecuentar los ambientes cortesanos. En 1614 ingresó en la Orden de Santiago, donde acabaría siendo caballero de hábito Trece y Comendador Mayor de la Orden militar por excelencia en aquella España tan devota. Gracias a sus vínculos familiares su ascenso sería bastante rápido, lo que desataría las críticas contra su persona durante toda su vida. Según sus contemporáneos era una persona afable, de notable inteligencia y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos.

Diego era el hijo menor de Diego Velázquez Dávila y Bracamonte, marqués de Loriana, y de Leonor de Guzmán, tía del conde-duque de Olivares y desde 1600 luchó en los Países Bajos donde sirvió durante más de veinte años como oficial y gentilhombre de cámara del archiduque Alberto de Austria. Después de fallecer éste (1621), volvió a Madrid y gracias al apoyo de su primo y patrono Olivares, valido del rey Felipe IV, se convirtió en un hombre influyente y acaudalado. Olivares debió decidir bastante pronto promocionar la carrera de su pariente, en quien se conjugaba un carácter afable y no pocas cualidades administrativas y militares con un buen ojo para las artes; efectivamente, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en uno de los grandes coleccionistas de pintura de su tiempo.

Diego se vio recompensado en 1627 con el título de vizconde de Butarque, nombre del arroyo en cuya vega se sitúa la localidad de Leganés, cuyo marquesado le fue otorgado el 15 de marzo de ese mismo año, aunque ya era dueño de la jurisdicción y derechos reales sobre la villa desde 1626. Siguiendo el ejemplo de su primo, valido del rey, añadió el apellido Felípez (Phelípez) en honor al monarca Felipe IV, pues ganarse el favor del soberano era el principal anhelo de la nobleza, y la mejor manera, claro está, de alzarse con títulos y rentas.

En junio de ese mismo año se casó con una dama de honor de la reina Isabel de Borbón, Polixena Spinola, hija de Ambrosio Spinola, cuya dote ascendió a la fabulosa suma de 200.000 ducados.

Gracias a su conocimiento sobre el terreno, en los círculos de la corte se le consideraba un especialista en lo referido a los Países Bajos. Por ello, el conde-duque recurrió a él en 1627 para que hiciera aceptar allí su proyecto de la Unión de Armas. Leganés llegó a Bruselas el 19 de septiembre y pasó las semanas siguientes negociando con los estados de las diversas provincias de los Países Bajos españoles. A finales de año, las provincias acordaron participar en la Unión, ofreciendo una contribución de 12.000 soldados de infantería pagados.

En su viaje de Bruselas a Madrid en enero de 1628 acompañado de su suegro, el general Ambrosio Spinola, ambos fueron recibidos en el campamento del rey Luis XIII de Francia situado ante La Rochelle teniendo la oportunidad de inspeccionar de cerca las operaciones de asedio contra los hugonotes acuartelados en la ciudad (véase Asedio de La Rochelle). En este encuentro ambos mantuvieron grandes discusiones secretas con Luis XIII y Richelieu, en el transcurso de las cuales tuvieron ocasión de confirmar sus temores de que Francia, a pesar de los problemas que tenía con los hugonotes y los ingleses, no tenía la menor intención de abandonar al duque de Nevers en sus pretensiones sobre Mantua

Felipe IV le concedió la Grandeza de España en 1634, declarada perpetua en 1640.

El 24 de septiembre de 1635 se le nombró gobernador y capitán general del Estado de Milán. En este puesto tuvo que hacer frente a la alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya que, apoyados por la Francia de Richelieu, pretendían mermar la supremacía española en Italia. Las tropas de Odoardo I Farnesio fueron derrotadas con facilidad, aviniéndose el duque a firmar la paz en 1637. En ese mismo año desalojó a los franceses comandados por Rohan del paso de la Valtellina y obtuvo algunas victorias gracias a la guerra civil desatada en Saboya a la muerte del duque Víctor Amadeo I.

En 1638 Leganés conquistó las fortalezas de Breme y Vercelli. En 1639 lanzó una gran ofensiva en el Piamonte conquistando gran número de fortalezas llegando a la ciudadela de Turín donde no pudo doblegar la resistencia de la regente Cristina de Borbón apoyada por los franceses.

En la primavera de 1640 trató de tomar la fortaleza de Casale pero la intentona fue impedida por las tropas francesas del conde d’Harcourt que hizo que la empresa de Leganés acabara en una trágica retirada: miles de hombres quedaron en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas.

En noviembre de 1641 le fue otorgado el mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes apoyados por Francia. A pesar de algunos éxitos iniciales en Tarragona, su estrepitosa derrota en la Batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en un cierto grado de desgracia hasta que a la caída en 1643 de su protector, el conde-duque de Olivares, fue relevado del cargo.

A pesar de todo esto, en 1645 fue nombrado virrey nominal de Cataluña y en 1646 defendió con éxito Lérida, que había sido conquistada en 1644 por el anterior virrey, Felipe de Silva, del ataque francés. Esta derrota supuso la destitución inmediata de d’Harcourt. Leganés permaneció en el puesto hasta 1648.

Fue nombrado presidente del Consejo de Italia tras el fallecimiento del conde Monterrey, (junio de 1653), anterior titular, ocupando el puesto hasta su muerte (febrero de 1655).

Curiosidades

Diego Mexía, amante del arte y mecenas –ver recuadro-, aunque en Juliers no ocupó puestos de gran relevancia, apareció en primer plano, a caballo, junto a Spínola en uno de los cuadros que decorarían más tarde el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, concretamente en la obra titulada La Rendición de Jüliers, pintada por Jusepe Leonardo de Chavacier. La razón de que ocupara aquel puesto de preeminencia en el cuadro se hallaba en que el conde de Bergh, quien sí participó activamente en la lucha y contribuyó notablemente a la victoria hispana, se convirtió en traidor a la Corona en 1632, antes de que se realizase el cuadro, y por tanto no podía formar parte de la flor y nata de la nobleza militar.

El Sitio de Gibraltar. 1705

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El Último de Gibraltar. Augusto Ferrer-Dalmau

Fíjense vuesas mercedes que en aquesta guerra, llámanse a los piratas ingleses y holandeses, aliados. Mas todavía hay gentes que prefieren a los Habsburgo, aquésos que no fueron capaces de respetar el testamento de Carlos II y que aprovecharon esta Guerra “Mundial” para rapiñarnos media España. Sobre todo los de Saboya y los Habsburgo de Centroeuropa, los verdaderos dueños del Imperio, para ellos los réditos y para nos, las ratas.

… Una de las principales preocupaciones de los aliados era conseguir una base naval en el Mediterráneo para las flotas inglesa y holandesa. Su primera tentativa fue tomar Cádiz en agosto de 1702, pero fracasó. En la batalla de Cádiz un ejército aliado de 14 000 hombres desembarcó cerca de esa ciudad en un momento en que no había casi tropas en España. Se reunieron a toda prisa, recurriéndose incluso a fondos privados de la esposa de Felipe V, la reina María Luisa Gabriela de Saboya (que en el futuro sería conocida afectuosamente por los castellanos como «la Saboyana»), y del cardenal Luis Fernández Portocarrero. Sorprendentemente este ejército aliado fue rechazado, triunfando la defensa española.

Antes de reembarcar el 19 de septiembre, las tropas aliadas se dedicaron al pillaje y al saqueo del Puerto de Santa María y de Rota, lo que sería utilizado por la propaganda borbónica –según el felipista Marqués de San Felipe los soldados «cometieron los más enormes sacrilegios, juntando la rabia de enemigos a la de herejes, porque no se libraron de su furor los templos y las sagradas imágenes»– e hizo imposible que Andalucía se sublevara contra Felipe V tal como tenían planeado los austracistas castellanos encabezados por el almirante de Castilla.

Otra de las preocupaciones de los aliados era interferir las rutas transatlánticas que comunicaban España con su Imperio en América, especialmente atacando la flota de Indias que transportaba metales preciosos que constituían la fuente fundamental de ingresos de la Hacienda de la Monarquía española. Así en octubre de 1702 las flotas inglesa y holandesa avistaron frente a las costas de Galicia a la flota de Indias que procedía de La Habana, escoltada por veintitrés navíos franceses, que se vio obligada a refugiarse en la ría de Vigo. Allí fue atacada el 23 de octubre por los barcos aliados durante la batalla de Rande infligiéndole importantes pérdidas, aunque la práctica totalidad de la plata fue desembarcada a tiempo. Fue conducida primero a Lugo y más tarde al alcázar de Segovia.

Uno de los principales giros de la guerra tuvo lugar en el verano de 1703, cuando el reino de Portugal y el ducado de Saboya se sumaron a los restantes estados que componían el Tratado de La Haya, hasta entonces formada únicamente por Inglaterra, Austria y los Países Bajos. El duque de Saboya, a pesar de ser el padre de la esposa de Felipe V, firmó el Tratado de Turín y Pedro II de Portugal, que en 1701 había firmado un tratado de alianza con los borbones, negoció con los aliados el cambio de bando a cambio de concesiones a costa del Imperio español en América, como la Colonia de Sacramento, y de obtener ciertas plazas en Extremadura –entre ellas Badajoz– y en Galicia –que incluía Vigo–.

Una flota francesa, al mando del conde de Toulouse intentó recuperar Gibraltar pocas semanas después, enfrentándose a la flota angloholandesa al mando de Rooke el 24 de agosto a la altura de Málaga. La batalla naval de Málaga fue una de las mayores de la guerra. Duró trece horas pero al amanecer del día siguiente la flota francesa se retiró, con lo que Gibraltar continuó en manos de los aliados. Así que finalmente consiguieron lo que habían venido intentando desde el fracaso de la toma de Cádiz en agosto de 1702: una base naval para las operaciones en el Mediterráneo de las flotas inglesa y holandesa.

Isabel de Saavedra

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De Miguel de Cervantes, fue su única descendiente, a excepción de su enigmático hijo napolitano, Promontorio.

Fue hija de Miguel de Cervantes y de Ana de Villafranca (1563-1598), una mujer casada con el tabernero Alonso Rodríguez a quien el escritor conoció poco después de haber retornado de su largo cautiverio en Argel en 1580.

Al nacer en 1584, el escritor se desentendió de ella y de su madre al coincidir el evento con el éxito de su primera novela, La Galatea y su compromiso matrimonial con Catalina de Salazar. En 1598 murió Ana de Villafranca y al año siguiente Cervantes asumió su responsabilidad como padre, reconociendo a la niña cuando ya tenía catorce años y reclamándola a través de su hermana Magdalena, que la puso a su servicio y le dio su segundo apellido, Saavedra, razones que pueden explicar en parte el tenso vínculo que hubo entre los dos; según Maganto:

Lo que parece evidente es que Cervantes no la reclamó cuando murió el padre putativo de Isabel, Alonso Rodríguez, en 1590. Después, esperó más de un año para reclamarla y no quiso estar presente en tan honroso acontecimiento. Por otra parte, la reconoció de forma implícita, es decir no dándole su primer apellido, sino el de Saavedra, y siempre por intermedio de su hermana Magdalena. Todo esto lo sabía su hija y nunca se lo perdonó. Para mí, son demasiadas contradicciones que no pueden explicarse solo por miedo a que su esposa Catalina se enterase.

Isabel fue bautizada, según la partida que descubrió Emilio Maganto Pavón, el 9 de abril de 1584 en la iglesia de los Santos Justo y Pastor, lo que permite desechar la especulación anterior de que fuera acaso hija de Magdalena de Cervantes y de Juan de Urbina.

Maganto Pavón aporta 31 documentos nuevos e inéditos sobre la hija de Cervantes que lo desmienten. Era de carácter fuerte y, aparte de una desafortunada infancia, tuvo una vida difícil hasta cierto punto por el desabrido comportamiento de su padre hacia ella. Su primer esposo, Diego Sanz del Águila, falleció inesperadamente; el segundo, Luis de Molina, fue un arreglo mal deseado. Y sostuvo una relación adúltera con Juan de Urbina, con quien tuvo una hija, Isabel Sanz de Saavedra, fallecida a los dos años. En opinión de Maganto, Isabel fue, con Catalina de Salazar, la esposa de Cervantes, la mujer que más influyó en la vida del autor. En cuanto a otro supuesto hijo de Cervantes, de existencia muy incierta, habría nacido en Nápoles en 1575 y muy poco se sabe de él, salvo que se llamaba Promontorio y se menciona en el capítulo VIII de su Viaje del Parnaso junto con su madre, a la que Cervantes llamaba Silena. De este niño por datos sueltos de diferentes documentos parece ser que alcanzó la edad adulta y fue hombre de armas.

Guerra de Sucesión de Mantua

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El 26 de diciembre de 1627 murió el duque de Mantua Vincenzo II, último miembro varón del linaje de los Gonzaga. El territorio mantuano constaba de Mantua propiamente dicha, al este del Milanesado, y el marquesado de Montferrato, al oeste. En Monferrato se encontraba la ciudadela de Casale, que dominaba el valle superior del Po. La heredera más próxima de Vincenzo II era su sobrina, la princesa María, pero existía el inconveniente de que la sucesión por vía femenina no estaba permitida en Mantua, aunque sí en Monferrato. Por vía masculina, el candidato con más derechos era el francés duque de Nevers. El duque de Nevers, anticipándose a los acontecimientos y con un gran sentido del tiempo o una increíble suerte, había enviado a su hijo, el duque de Rethel, a Mantua a finales de 1627 para que se casase con la princesa María.

El duque Vincenzo dio sus bendiciones al matrimonio y tres días después murió. El duque de Rethel tomó posesión de Mantua en nombre de su padre. Aunque había habido alguna irregularidad como la de no haber formulado una petición formal al Emperador en su condición de señor de Mantua, desde las concepciones legales de la época, había poco que se pudiera decir en contra de la sucesión en la persona del duque de Nevers.

España, sin embargo, lo dijo. La idea de que el Milanesado quedase enmarcado entre dos territorios controlados por un duque francés causaba escalofríos en Madrid. Consultada la junta de teólogos, ésta dictaminó que mientras el Emperador no declarara al duque de Nevers sucesor legítimo del duque de Mantua, España debía ocupar el Monferrato en nombre del Emperador para sostener su autoridad, pero sin la idea de hacerse con territorios. Cuando un político recurre a dictámenes sesudos y a fórmulas alambicadas para justificar lo que se propone hacer, eso quiere decir que va a ejecutar algo inmoral o ilegal o ambas cosas a la vez. El dictamen de la junta de teólogos, si se hubiese formulado en el siglo XXI, seguramente habría hablado del derecho de Felipe IV a hacer una guerra preventiva contra el duque de Nevers.

Desde el primer momento la aventura mantuana salió mal. Cuando el gobernador español en Milán, Gonzalo de Córdoba, estaba preparándose para actuar, llegaron noticias de que el Emperador no autorizaría la intervención militar que iba a producirse en su nombre. A la desesperada, Madrid intentó buscar otra hoja de parra que le tapara las vergüenzas y empujó al duque de Saboya a que penetrara en el Monferrato para que la intervención militar española pudiera disfrazarse de protección del territorio en tanto el Emperador tomaba su decisión final.

En mayo de 1628, Gonzalo de Córdoba inició el sitio de Casale. Para entonces el Emperador había decretado el secuestro de los territorios mantuanos, pero seguía sin autorizar la intervención española. El éxito suele hacer que a menudo se perdone la inmoralidad. Lo malo es que los españoles no fueron exitosos. Gonzalo de Córdoba era un general demasiado cauto, al que encima se le habían proporcionado hombres y ducados insuficientes. Casale no cayó.

A finales de 1628 España sufrió un desastre de primera magnitud: la flota de la plata, es decir las naves que cada año proveían desde América la plata con la que el Estado respondería a los adelantos (asientos) realizados por los banqueros genoveses, alemanes y portugueses, cayó en manos de los holandeses. A ese desastre le siguió una sorpresa mayúscula: contra todo pronóstico y desafiando al mal tiempo, a finales de febrero de 1629 el ejército francés cruzó los Alpes y derrotó a los saboyanos en una extraña batalla, cuyo resultado puede que estuviera amañado para dar a Carlos Manuel de Saboya una excusa para marcar distancias con sus hasta entonces aliados españoles. Carlos Manuel de Saboya, hombre tan astuto como carente de principios, se apresuró a firmar un tratado con los franceses, por el cual obtenía parte del Monferrato a cambio de dejar que las tropas francesas pasaran por su territorio y de ayudarlas a levantar el sitio de Casale. Gonzalo de Córdoba levantó el sitio de Casale voluntariamente, antes de que le forzasen a ello. Fue llamado a Madrid y le reemplazó Ambrosio de Spínola.

En junio, finalmente, el Emperador se decidió a enviar a 70.000 hombres al norte de Italia y puso de manifiesto la verdad que hay en el viejo dicho: Dios me guarde de mis amigos, que de mis enemigos ya me guardo yo. El Emperador pretendía que esa ingente armada (a España le hubieran bastado 15.000 hombres para los objetivos que se proponía) fuera mantenida a costa del Milanesado. Al menos la presencia de ese ingente ejército permitía esperar que la situación en el norte de Italia mejoraría y que la campaña de 1630 sería exitosa y tal vez definitiva. Pues bien, no fue ni lo uno ni lo otro.

En marzo de 1630, un ejército francés entró en Saboya, la atravesó y tomó la fortaleza de Pinerolo. El ejército imperial tomó Mantua. Y los españoles… siguieron intentando tomar Casale.

En agosto, la intervención sueca en el norte de Alemania obligó al Emperador a retirar a la mayor parte de sus tropas del norte de Italia y a buscar rápidamente una solución a lo de Mantua. En octubre de 1630 se firmó el Tratado de Ratisbona por el cual los franceses se retiraban de Italia y a cambio el Emperador investía al duque de Nevers como nuevo duque de Mantua. La cuestión de Mantua fue finalmente finiquitada en los dos tratados de Cherasco de abril y junio de 1631, que no vinieron a cambiar lo fundamental del Tratado de Ratisbona.

La ironía final del asunto es que mientras que los españoles no pudieron hacerse con Casale, los franceses no devolvieron Pinerolo, en contra de lo pactado.

Muchos años después, un Felipe IV viejo y amargado consideraría Mantua como el inicio del declive de su reinado, y no le faltaba razón. En Mantua España se había desprestigiado, apareciendo como una potencia matona e irrespetuosa del derecho internacional. Asimismo había derrochado en tres años diez millones de ducados, para no obtener absolutamente nada a cambio. Mantua había desviado los esfuerzos españoles de la guerra contra Holanda que hasta ese momento había ido relativamente bien encaminada y en Francia había dado alas a los sectores más belicistas y partidarios del enfrentamiento con España.

Después de Mantua ya sólo era cuestión de tiempo que Francia y España entraran en guerra y cuando eso ocurriera, lo único que quedaría con los holandeses sería firmar una paz lo menos mala posible.

La humillación de Felipe II a los Franceses

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10 de Agosto 1557: en la batalla de San Quintín, las tropas de Felipe II, compuestas por contingentes españoles, flamencos, alemanes e ingleses, derrotan a las francesas de Enrique II.

Desde finales del siglo XV: España y Francia competían por la hegemonía de la Europa occidental. Las fronteras pirenaicas, Navarra y sobre todo , Italia, eran fuente de continuas disputas. La llegada al trono de Carlos V agravó el problema El dominio que ejercía sobre Flandes, Luxemburgo, El Franco Condado y, más tarde el Milanesado hacia que el país galo estuviera cercado por un cinturón de territorios pertenecientes a los Habsburgo que no solo le amenazaban sino que impedían su expansión. Todo ello hizo que la guerra entre ambos estados fuese casi permanente, solo salpicada de breves treguas, más destinadas a reponer fuerzas que no a buscar una paz definitiva.
Francia rompió la frágil tregua que oficialmente existía e invadió Italia, atacando el reino de Nápoles por el duque de Guisa reforzando a las fuerzas papales, que ya combatían al Duque de Alba.

El clima en los campos de Flandes impedía, a diferencia de Italia que la guerra se desarrollase en invierno. Ello dio tiempo al nuevo rey de España ,que desde la abdicación de su padre residía en Flandes, a solucionar graves asuntos económicos, entre ellos la deuda de seis millones de ducados que había heredado. Aparte de renegociarla tuvo que buscar urgentemente dinero , tanto para proseguir la guerra en Italia como para prepararla en Flandes. Pidió ayuda a Juana ,su hermana, gobernadora de España en su ausencia, y a su padre el Emperador que estaba retirado en Yuste.

También viajó a Inglaterra para recabar el apoyo de su enamorada esposa, la reina María Tudor. A pesar de las limitaciones que establecía el convenio matrimonial, ella se las ingenió para darle todo el dinero que pudo(9.000 libras y 7.000 hombres al mando de Lord Permbroke) y , aprovechar meses después la rebelión de un noble apoyado por Francia ,declarar la guerra a Enrique II. Esto permitió a Felipe II disponer de más dinero y sobre todo, de tropas y barcos ingleses. La llegada milagrosa de una buena remesa de oro procedente de América permitió a Felipe II acabar de reunir el dinero necesario para afrontar la guerra.

Poco después, a finales de mes, comenzó la invasión de Francia: 42.000 hombres de los que 12.000 eran jinetes, iba bajo las órdenes del joven general, mientras que Felipe II avanzaba varios kilómetros más atrás, con unos 18.000 hombres de reserva, esperando a las tropas que aún habían que unírseles, en total 60.000 hombres, 17.000 jinetes y 80 piezas de artillería. De todo el ejército solo unos 6.000 hombres eran españoles. Los restantes eran flamencos, saboyanos, italianos y sobre todo, mercenarios alemanes. Entre los ayudantes del duque de Saboya destacaba Lamoral, duque de Egmont, que comandaba la caballería. Nunca antes se le había confiado un mando tan destacado y estaba entusiasmado por entrar en acción.

Tras penetrar en la Champaña, el ejército se dirigió a Rocroi con ánimo de sitiarla, pero sus importantes defensas les hicieron desistir de iniciar un asedio, de modo que siguió merodeando dando la impresión de no saber qué plaza atacar. A unos kilómetros, un ejército francés al mando de Anne de Montmorency, condestable de Francia, seguía sus evoluciones dispuesto a intervenir. Parecía que Gisa sería la ciudad elegida, y el general francés logró introducir en ella abundantes refuerzos, sin que ello pareciera molestar el duque de Saboya. Pero una noche, a principios de agosto ordenó al conde de Egmont dirigirse con su caballería a cercar S. Quintín, localidad de la Picardía francesa, ciudad fortificada a unos 15 km de distancia . La sorpresa era crucial para que el enemigo no pudiese introducir auxilios en la ciudad. Al amanecer se descubrió el engaño: se había logrado cercar una plaza con muy pocos defensores.

el condestable de Montmorency envió a su vanguardia a inspeccionar S. Quintín. Unos 6.000 franceses se acercaron a la orilla del río, mientras el duque de Saboya proseguía el sitio sin darles importancia. Viendo que no era atacado ni molestado en sus tareas de observación, el capitán francés dedujo que las fuerzas de Felipe II no eran tan fuertes como se pensaba. Con esta impresión volvió a su campamento y el ejército galo se dispuso a avanzar.

Los 20.000 hombres del condestable de Francia (6.000 de ellos jinetes, mandados por Nervers) llegaron a la orilla del río tras unas agotadoras marchas y avistaron la ciudad, fue el 10 de agosto de 1.557, festividad de S. Lorenzo. Sus cañones empezaron a batir de inmediato el campamento sitiador, mientras llegaban al rió cientos de barcas que habían requisado para que sus soldados pudieran cruzarlo. El plan era atravesar lo más rápidamente posible el Somme, al oeste de S. Quintín y, que miles de hombres pudiesen reforzar la guarnición de la ciudad. Por desgracia para ellos, el cruce del río en las barcas sobrecargadas, que con frecuencia se varaban en los fondos cenagosos se convirtió en una tarea muy lenta, un nuevo grupo mandado por Andelot, que cruzó con éxito el río, se toparon con los arcabuceros del duque de Saboya, apostados en la otra orilla del río, disparando sobre ellos con total impunidad, causando una cuantiosa matanza. De los que alcanzaron la otra orilla, muchos de ellos lo hicieron heridos y con las armas mojadas. Sólo unos 300 pudieron penetrar en la ciudad, aunque sin armas, suministros o munición, y el mismo Andelot, resultó herido.

Mientras la infantería gala se empantanaba en el río, el duque de Saboya ordenó al conde Egmont y sus jinetes cruzarlo más arriba sin que el enemigo se percatase. Ello fue posible por el escaso caudal que llevaba el Somme en el verano. Se pudo levantar un puente sobre barcas que, camuflado, pasó inadvertido a Montmorency. La caballería cruzó el río, se escondió tras unas colinas y esperó. Después comenzó bien a la vista, a cruzar por un puente más cercano toda la infantería del duque de Saboya que no era indispensable para mantener el sitio, con mil jinetes más. El general francés respondió enviando a su caballería. Había caído en la trampa. Cuando los caballos franceses estaban a punto de acometer a la infantería del rey español, Egmont cargó por la espalda y el flanco de los confiados galos, que se vieron copados entre dos fuegos: los caballeros de Egmont y las fuerzas del duque. El condestable comprendió la treta y mandó hacer retroceder a sus caballos. Después ordenó a su infantería que estaba tratando de cruzar el río, que volviese atrás para hacer frente al ejército del duque de Saboya, que se le echaba encima.

La batalla

A Montmorency solo le quedaba la opción de la retirada. Había calculado mal la opción de su enemigo para cruzar el Somme y ahora solo le quedaba salvar el máximo de fuerzas, confiando en que la ciudad pudiese resistir por sí sola. Pero su infantería estaba muy agotada por los combates en el río , lo que hizo que la marcha fuera muy lenta A la cabeza iban los cañones, detrás los infantes, muchos de ellos heridos, los carros, y, en retaguardia la caballería, que trataba de proteger toda la comitiva. El objetivo era alcanzar los montes de Montescourt, en donde el condestable esperaba reorganizar la defensa.

El duque de Saboya, por su parte, advirtiendo el desgaste enemigo y su lenta retirada, decidió buscar la batalla campal para obtener una victoria rotunda. Ordenó a parte de la caballería de Egmont que se adelantase por los flancos al ejército francés en retirada y se situase delante de los bosques a los que pretendían llegar. De ese modo al cortarles el camino les obligaría a presentar batalla. Mientras tanto, con otras unidades montadas no dejaba de hostigar a la retaguardia francesa lo que forzaba a los galos a detenerse una y otra vez para frenar los ataques.

Por fin, tras tres horas de una agotadora marcha, el ejército francés llegó a las inmediaciones del bosque, pero cuando creían que estaban salvados se detuvieron en seco. Allí estaban 2.000 jinetes cortándoles el paso. El condestable de Francia supo que no le quedaba otra opción que combatir. Su situación era desesperada; era imposible transformar en breve tiempo ,una caravana desorganizada, agotada y en retirada en una formación de batalla. Aun así, logro situar lo que quedaba de su caballería en las alas, sus mercenarios alemanes en vanguardia y él, junto con los veteranos gascones, en retaguardia.

Para no dar tiempo a que se organizase la defensa, empezó el ataque de los 8.000 jinetes de Egmont, con él al frente. Detrás venía la infantería del duque de Saboya que mandaba el centro; en el ala derecha se encontraban Mansfeld y Horne, y el ala izquierda iba a cargo de Aremberg y Brunswich. Los jinetes atacantes desbandaron a los defensores de los carromatos y cañones, y comenzaron a desgastar a la infantería sin que la exhausta caballería gala pudiese frenar la acometida. Poco a poco los cuadros empezaron a romperse y por sus grietas, irrumpieron las monturas atacante. Los arcabuceros españoles, con sus contantes descargas, destrozaron sin parar las filas galas. Ante el desastre, los 5.000 mercenarios alemanes se rindieron, hecho que coincidió con la llegada a la batalla del duque de Saboya y sus infantes. A Montmorency solo le quedaban sus gascones, que enseguida se vieron castigados por fuego de arcabuz y metralla.

Todo acabó en cuestión de una hora. La carnicería fue espantosa. Los vencidos contaron más de 6.000 muertos, entre los que había 300 prisioneros de la nobleza y entre los cuales se hallaban los duques de Montpensier y de Longueville, el príncipe de Mantua, el mariscal de Saint André y Rhingrave, con otros grandes señoresy entre los muertos se hallaba el señor de Enghien y capturadas más de 50 banderas y toda la artillería. Los prisioneros fueron 7.000, entre ellos Montmorency, herido, que en vano había buscado el combate personal para morir con honor. Fue capturado por un soldado español de caballería, llamado Sedano, que por este hecho recibió un premio de 10.000 ducados, repartiéndolos luego con su jefe, el capitán Venezuela. Los 5.000 mercenarios alemanes fueron repatriados a cambio del juramento de no servir bajo banderas francesas por un periodo provisional de seis meses. Otros 6.000 lograron escapar aprovechando el fragor de la batalla. Las bajas de las fuerzas de Felipe II apenas fueron de mil hombres, entre muertos y heridos.

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Fuentes: Crónicas de la historia de España II Vol.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XX

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Retíranse los araucanos con pérdida de mucha gente; escápase Tucapel muy herido rompiendo por los enemigos; cuenta Tegualda a don Alonso de Ercilla el estraño y lastimoso proceso de su historia.

Nadie prometa sin mirar primero
lo que de su caudal y fuerza siente,
que quien en prometer es muy ligero
proverbio es que de espacio se arrepiente.
La palabra es empeño verdadero
que habemos de quitar forzosamente
y es derecho común y ley espresa
guardar al enemigo la promesa.

Bien fuera destas leyes va la usanza
que en este tiempo mísero se tiene.
Promesas que os ensanchan la esperanza
y ninguna se cumple ni mantiene;
así la vana y necia confianza
que estribando en el aire nos sostiene,
se viene al suelo y llega el desengaño
cuando es mayor que la esperanza el daño.

De mí sabré decir cuan trabajada
me tiene la memoria, y con cuidado
la palabra que di, bien escusada,
de acabar este libro comenzado;
que la seca materia desgustada
tan desierta y estéril que he tomado
me promete hasta el fin trabajo sumo
y es malo de sacar de un terrón zumo.

¿Quién me metió entre abrojos y por cuestas
tras las roncas trompetas y atambores,
pudiendo ir por jardines y florestas
cogiendo varias y olorosas flores,
mezclando en las empresas y requestas
cuentos, ficciones, fábulas y amores,
donde correr sin límite pudiera
y dando gusto, yo lo recibiera?

¿Todo ha de ser batallas y asperezas,
discordia, fuego, sangre, enemistades,
odios, rencores, sañas y bravezas,
desatino, furor, temeridades,
rabias, iras, venganzas y fierezas,
muertes, destrozos, rizas, crueldades
que al mismo Marte ya pondrán hastío,
agotando un caudal mayor que el mío?

Mas a mí me es forzoso ser paciente,
pues de mi voluntad quise obligarme;
y así os pido, Señor, humildemente
que no os dé pesadumbre el escucharme.
Quel atrevido bárbaro valiente
aun no me da lugar de disculparme:
tal es la furia y priesa con que viene,
que apresurar la mano me conviene.

El cual, como encerrada bestia fiera,
ora de aquella y ora desta parte
abre sangrienta y áspera carrera,
y por todas el daño igual reparte
con un orgullo tal, que acometiera
allá en su quinto trono al fiero Marte,
si viera modo de subir al cielo,
según era gallardo de cerbelo.

Pero viéndose solo y mal herido
y el ejército bárbaro deshecho,
y todo el fiero hierro convertido
contra su fuerte y animoso pecho,
se retrujo a una parte, en la cual vido
quel cerro era peinado y muy derecho,
sin muro de aquel lado, donde un salto
había de más de veinte brazas de alto.

Como si en tal razón alas tuviera,
más seguras que Dédalo las tuvo,
se arroja desde arriba de manera
que parece que en ellas se sostuvo;
hizo prueba de sí fuerte y ligera,
que el salto, aunque mortal, en poco tuvo,
cayendo abajo el bárbaro gallardo
como una onza ligera o suelto pardo.

Mas, bien no se lanzó, que en seguimiento
infinidad de tiros le arrojaron,
que, aunque no le alcanzara el pensamiento,
antes que fuese abajo le alcanzaron.
Fue tanto el descargar, que en un momento
en más de diez lugares le llagaron,
pero no de manera que cayese
ni solo un paso y pie descompusiese.

Viéndose abajo y tan herido, luego
del propósito y salto arrepentido,
abrasado en rabioso y vivo fuego,
terrible y más que nunca embravecido,
quisiera revolver de nuevo al juego
y vengarse del daño recebido;
mas era imaginarlo desatino,
que el cerro era tajado y sin camino.

Cinco o seis veces la difícil vía
y de fortuna el crédito tentaba,
que fácil lo imposible le hacía
el coraje y furor que le incitaba:
por un lado y por otro discurría,
todo de acá y de allá lo rodeaba,
como el hambriento lobo encarnizado
rodea de los corderos el cercado.

Mas viendo al fin que era designio vano
y de tiros sobre él la lluvia espesa,
retirándose a un lado, vio en el llano
la trabada batalla y fiera priesa;
y como el levantado halcón lozano
que yendo alta la garza, se atraviesa
el cobarde milano, y desde el cielo
cala a la presa con furioso vuelo,

así el gallardo Tucapel, dejado
el temerario intento infrutuoso,
revuelve a la otra banda, encaminado
al reñido combate sanguinoso.
En esto el bando infiel desconfiado,
de mucha gente y sangre perdidoso,
se retiró siguiendo las banderas
que iban marchando ya por las laderas.

No por eso torció de su demanda
un solo paso el bárbaro valiente,
antes recio embistió por una banda,
tropellando de golpe mucha gente,
y dándoles terrible escurribanda,
pasó de un cabo a otro francamente,
hiriendo y derribando de manera
que dejó bien abierta la carrera.

Quién queda allí estropiado, quién tullido,
quién se duele, quién gime, quién se queja,
quién cae acá, quién cae allá aturdido,
quién haciéndole plaza, dél se aleja;
y en el largo escuadrón de armas tejido
un gran portillo y ancha calle deja,
con el furor que el fiero rayo apriesa
rompe el aire apretado y nube espesa.

De tal manera Tucapel, abriendo
de parte a parte el escuadrón cristiano,
arriba a los amigos, que siguiendo
iban la retirada a paso llano,
con el concierto y orden procediendo,
que vemos ir las grullas el verano,
cuando de su tendida y negra banda
ninguna se adelanta ni desmanda.

Nosotros, aunque pocos, cuando vimos
que a espaldas vueltas iban ya marchando,
de nuestro fuerte en gran tropel salimos
en la campaña un escuadrón formando,
y a paso moderado los seguimos,
de la vitoria enteramente usando;
pero dimos la vuelta apresurada
temiendo alguna bárbara emboscada.

Duró, pues, el reñido asalto tanto
que el sol en lo más alto levantado
distaba del poniente un punto cuanto
estaba del oriente desviado.
Nosotros, ya seguros, entretanto
que remataba el curso acostumbrado,
dando lugar a las noturnas horas
del personal trabajo aliviadoras,

el ciego foso alrededor limpiamos,
sin descansar un punto diligentes,
y en muchas partes dél desbaratamos
anchas, traviesas y formadas puentes;
los lugares más flacos reparamos,
con industria y defensas suficientes,
fortificando el sitio de manera
que resistir un gran furor pudiera.

La negra noche a más andar cubriendo
la tierra, que la luz desamparaba,
se fue toda la gente recogiendo
según y en el lugar que le tocaba;
la guardia y centinelas repartiendo,
que el tiempo estrecho a nadie reservaba,
me cupo el cuarto de la prima en suerte
en un bajo recuesto junto al fuerte;

donde con el trabajo de aquel día
y no me haber en quince desarmado,
el importuno sueño me afligía,
hallándome molido y quebrantado;
mas con el nuevo ejercicio resistía,
paseándome deste y de aquel lado
sin parar un momento; tal estaba
que de mis propios pies no me fiaba.

No el manjar de sustancia vaporoso,
ni vino muchas veces trasegado,
ni el hábito y costumbre de reposo
me habían el grave sueño acarreado.
Que bizcocho negrísimo y mohoso
por medida de escasa mano dado
y la agua llovediza desabrida
era el mantenimiento de mi vida.

Y a veces la ración se convertía
en dos tasados puños de cebada,
que cocida con yerbas nos servia
por la falta de sal, la agua salada;
la regalada cama en que dormía
era la húmida tierra empantanada,
armado siempre y siempre en ordenanza,
la pluma ora en la mano, ora la lanza.

Andando, pues, así con el molesto
sueño que me aquejaba porfiando,
y en gran silencio el encargado puesto
de un canto al otro canto paseando,
vi que estaba el un lado del recuesto
lleno de cuerpos muertos blanqueando,
que nuestros arcabuces aquel día
habían hecho gran riza y batería.

No mucho después desto, yo que estaba
con ojo alerto y con atento oído,
sentí de rato en rato que sonaba
hacia los cuerpos muertos un ruido,
que siempre al acabar se remataba
con un triste sospiro sostenido,
y tornaba a sentirse, pareciendo
que iba de cuerpo en cuerpo discurriendo.

La noche era tan lóbrega y escura
que divisar lo cierto no podía,
y así por ver el fin desta aventura
( aunque más por cumplir lo que debía )
me vine, agazapado en la verdura,
hacia la parte que el rumor se oía,
donde vi entre los muertos ir oculto
andando a cuatro pies un negro bulto.

Yo de aquella visión mal satisfecho,
con un temor, que agora aun no lo niego,
la espada en mano y la rodela al pecho,
llamando a Dios, sobre él aguijé luego.
Mas el bulto se puso en pie derecho,
y con medrosa voz y humilde ruego
dijo: ” Señor, señor, merced te pido,
que soy mujer y nunca te he ofendido.

“Si mi dolor y desventura estraña
a lástima y piedad no te inclinaren
y tu sangrienta espada y fiera saña
de los términos lícitos pasaren,
¿ qué gloria adquirirás de tal hazaña,
cuando los justos cielos publicaren
que se empleó en una mujer tu espada,
viuda, mísera, triste y desdichada ?

” Ruégote pues, señor, si por ventura
desventura, como fue la mía,
con amor verdadero y con fe pura
amaste tiernamente en algún día,
me dejes dar a un cuerpo sepultura,
que yace entre esta muerta compañía.
Mira que aquel que niega lo que es justo
lo malo aprueba ya y se hace injusto.

” No quieras impedir obra tan pía,
que aun en bárbara guerra se concede,
que es especie y señal de tiranía
usar de todo aquello que se puede.
Deja buscar su cuerpo a esta alma mía,
después furioso con rigor procede,
que ya el dolor me ha puesto en tal estremo
que más la vida que la muerte temo;

“que no sé mal que ya dañarme pueda:
no hay bien mayor que no le haber tenido;
acábese y fenezca lo que queda
pues que mi dulce amigo ha fenecido.
Que aunque el cielo cruel no me conceda
morir mi cuerpo con el suyo unido,
no estorbará, por más que me persiga,
que mi afligido espíritu le siga.”

En esto con instancia me rogaba
que su dolor de un golpe rematase;
mas yo, que en duda y confusión estaba
aún, teniendo temor que me engañase,
del verdadero indicio no fiaba
hasta que un poco más me asegurase,
sospechando que fuese alguna espía
que a saber cómo estábamos venía.

Bien que estuve dudoso, pero luego
( aunque la noche el rostro le encubría ),
en su poco temor y gran sosiego
vi que verdad en todo me decía;
y que el pérfido amor, ingrato y ciego,
en busca del marido la traía,
el cual en la primera arremetida,
queriendo señalarse, dio la vida.

Movido, pues, a compasión de vella
firme en su casto y amoroso intento,
de allí salido, me volví con ella
a mi lugar y señalado asiento,
donde yo le rogué que su querella
con ánimo seguro y sufrimiento
desde el principio al cabo me contase
y desfogando la ansia descansase.

Ella dijo: ” ¡Ay de mí!, que es imposible
tener jamás descanso hasta la muerte,
que es sin remedio mi pasión terrible
y más que todo sufrimiento fuerte;
mas, aunque me será cosa insufrible,
diré el discurso de mi amarga suerte;
quizá que mi dolor, según es grave,
podrá ser que esforzándole me acabe.

” Yo soy Tegualda, hija desdichada
del cacique Brancol desventurado,
de muchos por hermosa en vano amada,
libre un tiempo de amor y de cuidado;
pero muy presto la fortuna, airada
de ver mi libertad y alegre estado,
turbó de tal manera mi alegría
que al fin muero del mal que no temía.

” De muchos fui pedida en casamiento,
y a todos igualmente despreciaba,
de lo cual mi buen padre descontento,
que yo acetase alguno me rogaba;
pero con franco y libre pensamiento
de su importuno ruego me escusaba,
que era pensar mudarme desvarío
y martillar sin fruto en hierro frío.

” No por mis libres y ásperas respuestas
los firmes pretensores aflojaron,
antes con nuevas pruebas y requestas
en su vana demanda más instaron,
y con danzas, con juegos y otras fiestas
mudar mi firme intento procuraron,
no les bastando maña ni artificio
a sacar mi propósito de quicio.

” Muy presto, pues, llegó el postrero día
desta mi libertad y señorío:
¡ oh si lo fuera de la vida mía !
Pero no pudo ser, que era bien mío.
En un lugar que junto al pueblo había
donde el claro Gualebo, manso río,
después que sus viciosos campos riega,
el nombre y agua al ancho Itata entrega,

allí, para castigo de mi engaño,
que fuese a ver sus fiestas me rogaron,
y como había de ser para mi daño,
fácilmente conmigo lo acabaron.
Luego, por orden y artificio estraño,
la larga senda y pasos enramaron,
pareciéndoles malo el buen camino
y que el sol de tocarme no era dino.

” Llegué por varios arcos donde estaba
un bien compuesto y levantado asiento,
hecho por tal manera que ayudaba
la maestra natura al ornamento.
El agua clara en torno murmuraba,
los árboles movidos por el viento
hacían un movimiento y un ruido
que alegraban la vista y el oído.

” Apenas, pues, en él me había asentado,
cuando un alto y solene bando echaron,
y del ancho palenque y estacado
la embarazosa gente despejaron.
Cada cual a su puesto retirado,
la acostumbrada lucha comenzaron,
con un silencio tal que los presentes
juzgaran ser pinturas más que gentes.

” Aunque había muchos jóvenes lucidos
todos al parecer competidores,
de diferentes suertes y vestidos,
y de un fin engañoso pretensores;
no estaba en cuáles eran los vencidos,
ni cuáles habían sido vencedores,
buscando acá y allá entretenimiento,
con un ocioso y libre pensamiento,

” Yo, que en cosa de aquellas no paraba
el fin de sus contiendas deseando,
ora los altos árboles miraba,
de natura las obras contemplando;
ora la agua que el prado atravesaba,
las varias pedrezuelas numerando,
libre a mi parecer y muy segura
de cuidado, de amor y desventura,

” cuando un gran alboroto y vocería
(cosa muy cierta en semejante juego )
se levanto entre aquella compañía,
que me sacó de seso y mi sosiego.
Yo, queriendo entender lo que sería,
al más cerca de mí pregunté luego
la causa de la grita ocasionada,
que me fuera mejor no saber nada.

” El cual dijo: – Señora, ¿ no has mirado
cómo el robusto joven Mareguano
con todos cuantos mozos ha luchado,
los ha puesto de espaldas en el llano ?
Y cuando ya esperaba confiado
que la bella guirnalda de tu mano
la ciñera la ufana y leda frente
en premio y por señal más valiente,

” aquel gallardo mozo bien dispuesto
del vestido de verde y encarnado,
con gran facilidad le ha en tierra puesto,
llevándole el honor que había ganado;
y el fácil y liviano pueblo desto
como de novedad maravillado,
ha levantado aquel confuso estruendo,
la fuerza del mancebo encareciendo.

” Y también Mareguano que procura
de volver a luchar, el cual alega
que fue siniestro caso y desventura,
que en fuerza y maña el otro no le llega;
pero la condición y la postura
del espreso cartel se lo deniega,
aunque el joven con ánimo valiente
da voces que es contento y lo consiente;

” Pero los jueces, por razón, no admiten
del uno ni de otro el pedimento,
ni en modo alguno quieren ni permiten
inovación en esto y movimiento,
mas que de su propósito se quiten
si entrambos de común consentimiento,
pareciendo primero en tu presencia
no alcanzaren de ti franca licencia.

” En esto a mi lugar enderezando
de aquella gente un gran tropel venía,
que como junto a mí llegó, cesando
el discorde alboroto y vocería,
el mozo vencedor la voz alzando,
con una humilde y baja cortesía
dijo: – Señora, una merced te pido,
sin haberla mis obras merecido:

” que si soy estranjero y no merezco
hagas por mí lo que es tan de tu oficio,
como tu siervo natural me ofrezco
de vivir y morir en tu servicio;
que aunque el agravio aquí yo le padezco,
por dar desta mi oferta algún indicio
quiero, si dello fueres tú servida,
luchar con Mareguano otra caída,

” y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero,
hasta dejarle en todo satisfecho;
y consiento que al punto y ser primero
de reduza la prueba y el derecho,
que siendo en tu presencia cierta espero
salir con mayor gloria deste hecho.
Danos licencia, rompe el estatuto
con tu poder sin límite absoluto.

” Esto dicho, con baja reverencia
la respuesta, mirándome, esperaba;
mas yo, que sin recato y advertencia,
escuchándole atenta le miraba,
no sólo concederle la licencia
pero ya que venciese deseaba,
y así le respondí: – Si yo algo puedo,
libre y graciosamente lo concedo.

” Luego con un gallardo continente
ambos juntos de mí se despidieron,
y con grande alborozo de la gente
en la cerrada plaza los metieron,
adonde los padrinos igualmente
y sol ya bajo y campo les partieron,
y dejándolos solos en el puesto
el uno para el otro movió presto.

” Juntáronse en un punto y porfiando
por el campo anduvieron un gran trecho,
ora volviendo en torno y volteando,
ora yendo al través, ora al derecho,
ora alzándose en alto, ora bajando,
ora en sí recogidos pecho a pecho,
tan estrechos, gimiendo, se tenían,
que recebir aliento aun no podían.

” Volvían a forcejar con un ruido,
que era de ver y oírlos cosa estraña,
pero el mozo estranjero, ya corrido
de su poca pujanza y mala maña,
alzó de tierra al otro y de un gemido
de espaldas le trabuca en la campaña
con tal golpe, que al triste Mareguano
no le quedó sentido y hueso sano.

” Luego de mucha gente acompañado
a mi asiento los jueces le trujeron,
el cual ante mis pies arrodillado,
que yo le diese el precio me dijeron.
No sé si fue su estrella o fue mi hado
ni las causas que en esto concurrieron,
que comencé a temblar y un fuego ardiendo
fue por todos mis huesos discurriendo.

” Halléme tan confusa y alterada
de aquella nueva causa y acidente,
que estuve un rato atónita y turbada
en medio del peligro y tanta gente;
pero volviendo en mí más reportada,
al vencedor en todo dignamente,
que estaba allí inclinado ya en mi falda,
le puse en la cabeza la guirnalda.

” Pero bajé los ojos al momento
de la honesta vergüenza reprimidos,
y el mozo con un largo ofrecimiento
inclinó a sus razones mis oídos.
Al fin se fue, llevándome el contento
y dejando turbados mis sentidos;
pues que llegué de amor y pena junto
de solo el primer paso al postrer punto.

” Sentí una novedad que me apremiaba
la libre fuerza y el rebelde brío,
a la cual sometida se entregaba
la razón, libertad y el albedrío.
Yo, que cuando acordé, ya me hallaba
ardiendo en vivo fuego el pecho frío,
alcé los ojos tímidos cebados,
que la vergüenza allí tenía abajados.

” Roto con fuerza súbita y furiosa
de la vergüenza y continencia el freno,
le seguí con la vista deseosa,
cebando más la llaga y el veneno.

Los Monteros de Espinosa.

Museo de los Monteros 15-1-09 084

En el año 1006 cuando el conde Sancho García heredó el gobierno de Castilla a la muerte de su padre. La esposa de éste y madre de aquel, Doña Aba, se confabuló con un caudillo musulmán para acabar con su hijo. Una de las damas que acompañaban a la condesa se enteró de los aviesos planes y se los contó a su marido, escudero y mayordomo real del conde Sancho García.
Este escudero, Sancho Peláez de nombre, con la lealtad hacia su señor que le faltaba a la madre, le avisó del peligro que corría y de los planes que se habían trazado contra su persona. El conde tomó medidas y evitó su asesinato, acabando además con sus enemigos. El escudero era oriundo de Espinosa y por esto estableció el conde que: “Leal me fuiste, Sancho Peláez. Desde ahora guardarás mi sueño. Y que guarden también los hijos de Espinosa en los siglos venideros el sueño de todos los monarcas que Castilla tenga”.
Aquel hecho fue la creación de los Monteros de Espinosa, una unidad destinada a proteger al rey mientras dormía. El montero, también conocido como montero de cámara, debía ser hidalgo y natural de la villa de Espinosa, tal y como había determinado aquel conde a comienzos del siglo XI.
Desde Felipe I se hizo su servicio únicamente de noche, aunque durante las largas enfermedades que hicieron mantener al rey Felipe II postrado, su turno se hizo por largo tiempo extensivo de nuevo al diurno. Al comienzo de su historia, al igual que los somatophylakes de Alejandro Magno, o los huscarles de los reinos nórdicos, eran un reducido número de escolta personal condal, pero a lo largo de los siglos serían aumentados por sucesivos monarcas castellanos hasta alcanzar su máximo de 48 bajo el reinado de Isabel la Católica, y su nieto Carlos I que, por breve tiempo tras llegar de Flandes, sustituyó su servicio por el de los Archeros de Borgoña que traía bajo el mando del capitán Martín Preboste, de Malinas.
Las Cortes de Castilla exigieron que los usos y costumbres del Reino prevalecieran ante la nueva dinastía, y entre ellos su custodia personal por los monteros, que no usaban capitán otro que el mismo rey, mientras en tierras castellanas residiese, compartiéndose desde entonces su custodia con la guardia de flamencos que mantuvo, y siendo su teniente el Mayordomo Mayor del reino y durante su ausencia, su regente. El rey Fernando el Católico durante su impuesta regencia, la aumentó a 12 más aún para la guardia diurna y nocturna de su reina hija, Juana I
El uniforme de la Guardia de Monteros de Espinosa cambió y se adaptó a los tiempos y usos a lo largo de las diferentes épocas. Originariamente fue distintivo el que no usaban de armadura o armas pesadas, siendo principalmente unidad de escolta personal en actos oficiales y domésticos, fuera de campaña. Sus armas estaban orientadas al cuerpo a cuerpo directo y en espacios limitados fuera de la primera línea de defensa de otros cuerpos, maceros, alabarderos y caballería. Hacían la guardia armados de espada corta, bracamante o estoque medieval y escudo ligero, que se superaría después con la rodela o broquel, de más fácil porte. Además estaban a cargo de llevar las linternas de turno nocturno o mortuorio, y en ocasiones venablos de la Montaña o Vizcaínos y farol de mano.
En las estipulaciones que para el Cuerpo dejó en Carta el rey Enrique I de Castilla con fecha en 1206, aparte de otras concesiones, estaba el que les sería entregado paño colorado real, para la librea de su vestimenta. Color con el que serían vestidos todos aquellos pertenecientes al servicio de la casa Real de Castilla, hasta su unificación a la Corona de Aragón, en que el gualdo sería también añadido y pasaría a mayor representación durante el Imperio. Siendo solo a la llegada de la dinastía de Borbón en que las tropas de los reinos unificados en la península recibirían su mayor reorganización contemporánea y que cambiarían al azur de la librea francesa, más económico de mantener también.
Tras el exilio del rey Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República Española en 1931, quedaría disuelto este cuerpo de guardia y no volvería a ser restablecido salvo en nombre a título póstumo tras la instauración borbónica en 1975 con el rey Juan Carlos I.
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Hoy en día la Compañía Monteros de Espinosa es la Unidad de Infantería Ligera de la Guardia Real. Encuadrada en el Grupo de Honores es depositaria de una antigua tradición, al salvaguardar al Conde Don Sancho habitantes de Espinosa de los Monteros:
La Guardia Real anualmente despliega sus efectivos en esta localidad burgalesa para festejar aquellos hechos. Y es justo reseñar el buen trato de sus gentes y cariño con que reciben a los Monteros y a todos los Guardias Reales.

Expedición Española Contra China y el Imperio Khmer

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Por D. Gome Pérez das Mariñas y Ribadeneira
Gobernador y Capitan General de las Islas Filipinas,
con anterioridad Corregidor de León y de Cartagena
como también Capitan General, Justicia Mayor y Adelantado de Murcia 1595
Hacia finales del siglo XVI , el antiguo Imperio Khmer se encuentra en un periodo convulso y de franca decadencia.
Ya pasado su periodo de máximo esplendor, siglos IX al XII, sus gobernantes dominaban Vietnam, Birmania y la península de Malaca, el Imperio Khmer entra en franco declive. Una grave crisis económica y la pujanza del Budismo le dieron el toque de gracia. Los Emperadores dejaron de ser divinidades y su poder se resintió. Angkor Vat, la capital del Imperio fue abandonada en el siglo XV.
Hacia finales del XVI, el Estado Khmer había perdido gran parte de sus características nacionales y todo su vigor, estando muy influenciado por su vecino, el Reino de Siam.
En 1595, la Corte de Camboya anda revuelta y con problemas. Siam había atacado, ocupado el reino de los Khmer y derrotado a su rey Apram, el cual huyó al vecino Laos con toda su familia. Mientras, un familiar del rey Prabantul, se rebeló contra los Siameses, derrotándolos y ocupando Prabantul el trono de su primo.
Ante esto, el legítimo rey Apram, pidió ayuda a los españoles que residían en Camboya con unos cuantos comerciantes portugueses, entre los españoles se encontraba un tal Blas Ruiz de Ciudad Real, al que Apram nombró su embajador y lo mandó a Manila para solicitar ayuda.
Al mismo tiempo que llegaba Ruiz a Manila lo hacía una embajada enviada por el rey de Siam. La encabezaba un portugués, Diego Belloso, hasta ese momento prisionero en la Corte de Siam. El objetivo de esta Embajada era lograr que los españoles de Filipinas no entraran en el conflicto entre Siam y Camboya.
El Gobernador de Manila, Pérez Dasmariñas, decidió apoyar al destronado monarca Camboyano, para ello se enviaría una expedición con 120 españoles al mando de un Capitán Canario, Suárez Gallinato, junto con algunos mercenarios japoneses, en un Galeón y dos juncos.
Los otros mandos eran el propio Diego Belloso y Blas Ruiz, los dos embajadores forzados, se vieron trocados en capitanes de Junco y de tropas. Con ellos viajaba un dominico, Fray Gabriel de San Antonio, que es por él por quien se tienen noticias de estos sucesos.
El 19 de Enero de 1596 partía la pequeña expedición del Puerto de Manila, dividiendo una tempestad a la pequeña escuadra, los juncos llegaron a la desembocadura del Mekong en Camboya sin demasiados problemas, lo contrario que el Galeón de Gallinato que acabo en Singapur, con el aparejo y las cuadernas muy maltrechos. Gallinato se quedo a reparar los desperfectos perdiendo el contacto con Belloso y Ruiz. Entre los dos Juncos sumaban sesenta españoles y veinte Japoneses, una fuerza irrisoria para una intervención.
Al llegar estos a Camboya fueron recibidos por el rey usurpador Prabantul, quedando Ruiz como Jefe de la expedición por su condición de español y Belloso, portugués, como su segundo. Las órdenes que traían era tratar de resolver el problema dinástico entre familiares de modo pacifico, actuando como árbitros en el asunto y sacando ventajas comerciales o algún tipo de beneficio para los intereses de la Corona, como muestra de buena voluntad, entre otros muchos regalos, el Gobernador de Filipinas enviaba a Camboya un animal rarísimo y exótico para el país, un burro.
El burro salio rana, ya que con sus rebuznos espantaba a los elefantes del rey, al final no terminó de agradar a la Corte el regalito y el rey devolvió el presente.
Nada mas llegar, los españoles entraron en conflicto con los chinos, una colonia de mas de 3.000 personas que vivía en la capital, en su mayoría dedicados al comercio y que de inmediato vieron a los españoles como rivales y empezaron a hostigarlos, planteando Blas Ruiz el problema al rey para evitar un enfrentamiento directo.
Prabatul se quito de en medio, «Que arreglen los extranjeros sus diferencias entre ellos», pero el ataque a 3 españoles por parte de los chinos colmó la paciencia de Blas Ruiz, el resultado fue una escaramuza en plena capital con mas de 300 chinos muertos y sus juncos en poder de los castellanos.
Cuando el rey se enteró de esta noticia, exigió la devolución de los barcos y la presencia en su palacio de los capitanes españoles, acto seguido Blas Ruiz se encaminó hacia palacio con 40 de sus hombres. No se sabe como, se enteraron que se les preparaba una encerrona, y su reacción fue asaltar el palacio real durante la noche y provocar un incendio. Durante los incidentes el rey fue alcanzado por un disparo de arcabuz, muriendo allí mismo. Una multitud se lanzó en persecución de los españoles, que batiéndose en retirada y dando el frente a los perseguidores consiguieron llegar hasta los barcos a orillas del río.
Entre tanto, había llegado Suárez Gallinato con el resto de la expedición, el cual en lugar de aliarse con los partidarios del rey legitimo Apram, y aprovecharse de la situación, consideró mas prudente marcharse de Camboya para evitar nuevos combates, ya que estaban prácticamente sin víveres.
En su viaje de vuelta no les quedó mas remedio que bajar por el Mekong, bordear la costa, y llegar a los alrededores de la actual Saigón. al llegar a dicha ciudad los mercaderes no les querían vender provisiones y los españoles las acabaron tomando por la fuerza de las armas. Estaban pues en la Cochinchina, concretamente en el puerto de Chua Chang.
En este puerto encontraron semidestruida la nave en que había encontrado la muerte el gobernador Gómez Pérez, padre del Gobernador de Filipinas, Gómez Pérez se había puesto al frente de una expedición en socorro de las Molucas, que se habían rebelado.
Los marineros chinos de la nave se sublevaron a su vez y mataron a todos los castellanos, huyendo luego hacia Cochinchina.
Gallinato se enteró que el estandarte real de la nave y su cargamento estaba en manos del Rey de Tonkin y ni corto ni perezoso envió a uno de sus hombres (Gregorio de Vargas), con la misión de recuperar bandera y cargamento. No solo no lo consiguió sino que el soberano de Tonkin no murió de milagro.
En el puerto de Chua Chang donde recalaron unos buques japoneses, seguían las andanzas y pendencias. Un tripulante (un samurai), recibió un bofetón por parte de un español, queriendo el primero resolver el asunto, a golpes de Katana y que gracias a la intervención de un capitán español y otro japonés, el incidente quedó olvidado.
Otro conflicto fue cuando una pequeña escuadra japonesa atacó a los españoles con buques provistos de artillería, que aun así los derrotaron y pusieron en fuga.
Gallinato no queriendo mas enfrentamientos, el 4 de septiembre partió hacia a Manila, donde casó con una rica viuda, no sin antes ser atacado su barco por siete juncos piratas, muriendo tres soldados castellanos, pero a su vez, acabando con los atacantes.
Continuando el viaje, el rey de Sumatra los quiso contratar como mercenarios para una guerra contra el rey de Malaca pero andaban tan cansados y maltrechos tras tanto combate, que solo querían volver a Filipinas, a donde llegaron en Mayo de 1597. Entre tanto, Blas Ruiz había partido hacia Laos en busca del rey legitimo Ampram.
Cuando Blas Ruiz y Diego Belloso llegaron a Laos se encontraron que el rey Apram y su heredero habían muerto, solo quedaba un hijo menor, Prauncar, casi un niño.
El problema era que en Camboya se había proclamado rey el hijo del usurpador Prabantul, de nombre Chupinamu. Era pues preciso destronarlo.
Belloso y Ruiz hicieron circular la falsa noticia de que se esperaba la llegada de una flota desde Filipinas y otra desde Malaca con mercenarios. Tampoco descuidaron otras tácticas y compraron a dos Generales camboyanos para que cambiaran de bando.
Con estas malas artes y mucha suerte, recuperaron el trono de Camboya, Chupinamu el hijo del usurpador huyó al verse traicionado por sus Generales.
El nuevo rey, nombró a Belloso y a Blas Ruiz gobernadores de dos provincias y autorizó la presencia de misioneros católicos, llegando una embajada a Manila en agosto de 1598, Pérez Dasmariñas decide mandar dos religiosos junto con 200 soldados españoles a Camboya.
La expedición, en tres buques fue un desastre, uno de los navíos se hundió, salvándose solo el piloto. Otro pierde parte de la tripulación, pero logra llegar a Tagayan, en las propias Filipinas. El Tercero acaba en la costa de Kwantung, en China, sus tripulantes consiguen salvarse pero se pierde el barco. Tras pasar incontables calamidades son rescatados por un junco que parte de Macao.
El Gobernador de Filipinas organiza otra expedición, esta de dos buques, al mando de los Capitanes Luis Ortiz del Castillo y Luis de Villafane.
LLegados sanos y salvos a Camboya, son muy bien recibidos por Ruiz ,Belloso y el puñado de españoles que quedan. No así por la Corte Khemer.
El Rey Prauncar, aunque muy joven, tenia una afición a la bebida mas propia de un adulto, pasándose el día prácticamente ebrio. Gobernando el reino su madrastra, la viuda del difunto rey Apram y amante de uno de los generales que se habían dejado corromper por los españoles.
Este General, Ocuña, vio con muy malos ojos la llegada de refuerzos desde Filipinas y temió por su posición de favorito. Pretextando razones vanales obligo a los dos buques españoles a remontar el Mekong y volver a la costa, Ruiz intercedió ante el joven rey que estaba de resaca y nada hizo. Volvieron a la costa los buques, al poco tiempo fueron atacados por las tropas de Ocuña, mercenarios malayos mahometanos, fuerzas bien entrenadas y dotadas de artillería.
Los dos frailes dominicos y todos los soldados sucumbieron, la derrota fue total y completa. En la capital, Ruiz y Belloso, con los soldados que quedaban se hicieron fuertes en sus casas fortificándolas, pero el ataque de los Malayos de Ocuña no se hizo esperar, resultando muertos todos los españoles.
Tras estos acontecimientos, Ocuña mando asesinar al joven rey y ocupo su lugar, para verse derrocado al poco tiempo por un tío del monarca asesinado.
Sin haber obtenido al final ninguna ventaja política o comercial acabaron las expediciones españolas al reino de Camboya. En Filipinas se perdió el interés por este reino visto los embrollos y problemas que había traído consigo, no sin antes proponer, Álvaro de Sande a Felipe II la movilización de 1000 voluntarios de los Tercios Viejos como fuerza de avanzada, para intentar una invasión a China.
Una historia interesante y en algunos pasajes, inverosímil, la de estos españoles en Asia, que buscaban la fortuna y que encontraron toda clase de infortunios.
Publicado 22nd March 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros