Kassia

Nos Vemos Los Jueves

250px-Santa_KassiaKASSIA (805/10 – 865, Imperio Bizantino). Kassia, en ocasiones “Kassiani” o “Kassiane” al transcribir su nombre del griego Κασσιανή, fue una poeta, abadesa y compositora de la época bizantina. Su nombre ha pasado a la historia gracias a sus himnos y al verse implicada en los conflictos iconoclastas al ayudar a monjes y fieles que adoraban a las imágenes santas, lo que derivó en una condena de exilio durante su adolescencia.
Nacida de familia aristócrata, se dice que el emperador Teófilo se fijó en ella para ser su esposa -también al encontrarse regularmente en la corte y pensar la madre de éste, Eufrosine, que sería una candidata adecuada-, así que tras una suerte de interrogatorio público, en el que la muchacha dio a una pregunta una respuesta que no era del todo esperada, fue rechazada.
Ella lo que quería era ser esposa de Dios, no emperatriz, así que persiguió su…

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José Zorrilla

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El 21 de febrero de 1817 nació en Valladolid José Zorrilla, el más popular poeta romántico español. Hoy se le recuerda, sobre todo, como el autor de «Don Juan Tenorio». Al cumplirse el bicentenario de su nacimiento, el Ayuntamiento de su ciudad natal prepara una exposición sobre él, y el Instituto Cervantes, otra, sobre el mito de don Juan.

El 15 de febrero de 1837, en el entierro de Mariano José de Larra, la gran figura del Romanticismo español, que se había suicidado dos días antes, intervino inesperadamente un joven desconocido, leyendo un poema que causó gran sensación. Así comienza: «Ese vago clamor que rasga el viento/ es la voz funeral de una campana,/ vano remedo del postrer lamento/ de un cadáver sombrío y macilento/ que en sucio polvo dormirá mañana».
Ese joven desconocido se llamaba José Zorrilla, no había cumplido todavía los veinte años y vivía muy pobremente: «Llevaba únicamente propios, conmigo, mis negros pensamientos, mis negras pesadumbres y mi negra y larguísima cabellera». Un año antes, había abandonado los estudios de Leyes, que siguió en Toledo y Valladolid, obligado por su padre, y se escapó a Madrid, para seguir la carrera literaria.

La escena del joven poeta que se adelanta a recitar algunos versos (que algunos llegaron a creer improvisados) es plenamente romántica, parece extraída de una leyenda o un drama.

Si leemos con atención estos versos, comprobaremos que incluyen varias incongruencias: el último suspiro de un moribundo suele ser más débil que una campana; alguien que va a morir no suele estar radiante de alegría ni tener buen color; decir que reposará «en sucio polvo» no parece el mejor homenaje… No importa. Los versos del joven desconocido impresionaron a todos, por su musicalidad y su efectismo: son características que acompañarán siempre a la poesía de Zorrilla, que apela a los sentimientos, no a la lógica. La teatral escena sirvió para consagrar al joven poeta, que volvió a tratar el tema de la muerte –típicamente romántico– muchas veces: en sus poemas líricos y en los narrativos, las leyendas tradicionales, escritas en romance.

Sin ser un donjuán, tuvo una vida sentimental turbulenta. Huyendo de un matrimonio desgraciado, vivió en París, en Londres y, doce años, en México, donde disfrutó de la protección del emperador Maximiliano, que le honró como su poeta oficial y le nombró director del proyectado Teatro Nacional. Todo ello interrumpió su etapa de triunfos, en los teatros madrileños. La necesidad económica le llevó a vender al editor Manuel Delgado «la propiedad absoluta, para siempre, del drama original titulado “Don Juan Tenorio”, por la cantidad de 4.200 reales de vellón, para su impresión y representación…» La cantidad no era pequeña pero está claro que Zorrilla no podía imaginar el tremendo éxito que alcanzaría su drama. Por eso, él mismo señaló, muchas veces, sus defectos…

Al morir su esposa, volvió a España. Tenía ya 49 años y era un poeta envejecido. Las graves dificultades económicas le llevaron a dar lecturas públicas remuneradas de sus versos (como había hecho Dickens, en Inglaterra). A la vez, encarnaba, para muchos, el mito romántico del poeta que es faro y guía de la sociedad (como Víctor Hugo, en Francia). Fue coronado solemnemente como poeta nacional en Granada, en 1889.

Su discurso de ingreso en la RAE está escrito íntegramente en verso, una prueba de su facilidad para versificar: «En mi patria –escribió– sólo llevo mis versos por capital». Murió pobre, como había vivido, en Madrid, en 1893, a los 76 años: su entierro constituyó un acontecimiento nacional.

Poema enlazado → Un Tenorio un Poco Raro

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Artículo extraido de ABC. Andrés Amorós

Krasny Bor y la División 250

El 10 de febrero de 1943 se produce en los arrabales de Leningrado la batalla de Krasny Bor. Fue el más sangriento enfrentamiento en el que intervino la 250ª División de Voluntarios Españoles de la Wehrmacht, más conocida como la División Azul, en la cual 5.900 españoles equipados con armamento manual hicieron frente a 44.000 soldados del Ejército Rojo, repartidos en 4 divisiones, y apoyados por gran cantidad de artillería y tanques. Se produjeron casi 4.000 bajas entre los voluntarios españoles de la División Azul. El Ejército Rojo había tomado Krasny Bor, pero fue una victoria pírrica. Los 11.000 fallecidos en la operación ‘Estrella Polar’ se sumaría al millón de soldados soviéticos muertos en toda la batalla de Leningrado y el frente seguiría estable un año más.

Krasny Bor fue una batalla que tuvo lugar el 10 y 11 de febrero de 1943, cuando en el sector del frente de Leningrado defendido por la División Azul, recibió el ataque de todo un Ejército ruso compuesto de 4 Divisiones. 5.900 soldados españoles neutralizaron completamente la ofensiva rusa, que atacaron con 44.000 soldados, 100 carros y 800 cañones.

Objetivos soviéticos

En el contexto de la Operación Estrella Polar, y para poder dominar tanto la carretera como el ferrocarril que comunican Moscú con Leningrado, pretenden quebrar el frente en el sector de unión entre españoles y alemanes, avanzando la 43ª División sobre la línea férrea, barriendo a la División Azul y abriendo una brecha hasta Krásni Bor. La eliminación del grueso de las fuerzas españolas quedaba a cargo de las divisiones 63ª y la 45ª.

La 72ª División forma el ala más occidental del ataque, con el objetivo de alcanzar las alturas de Putrolovo para desde allí llegar al río Ishora por su ala izquierda, mientras que la derecha, una vez sobrepasada la carretera, giraría hacia Krasny Bor envolviendo la segunda línea española. Una vez eliminada la resistencia, avanzarían hacia el sur evitando las impenetrables masas boscosas y girando luego hacia el este para así romper el cerco de Leningrado en la conocida como Operación Arco Iris. Para ello contaban con más de 33 000 hombres en la madrugada del 10 de febrero.

La División Azul

La misión que les había tocado era la de contribuir al sitio de Leningrado, ciudad a la que Hitler quería matar de hambre. El único corredor para hacer llegar comida y combustible a la ciudad era el congelado lago Ladoga, el ‘camino de la vida’.

La 250. Einheit spanischer Freiwilliger llegaría al sector de Krasny Bor en otoño de 1942. En enero del siguiente año, mientras caía el kessel alemán de Stalingrado, el ejército soviético logró conquistar un pequeño corredor por tierra hasta Leningrado. La operación ‘Estrella Polar’, continuación de la ‘operación Chispa’, debía ampliar este camino y romper rápidamente las líneas de la División Azul para envolver al 18 Ejército alemán. La ‘Blau division’ lo evitó.  La División Azul pronto se ganó cierta fama de invencibilidad por sus excelentes cualidades de combate. El mismo Führer, que no apreciaba especialmente a los españoles, reconoció lo duros y extremadamente valientes que eran sus soldados. Al primero de los generales que comandó la división, Agustín Muñoz Grandes, llegó a concederle la Cruz de Hierro, una distinción que muy pocos extranjeros llegaron a alcanzar.

La División Azul se comportó en el combate igual que las mejores unidades alemanas. No cometieron crímenes ni  matanzas. Aunque los soviéticos acusaron a la división de crímenes de guerra, el trato de los voluntarios a los civiles rusos fue en general correcto, incluso afectuoso y correspondido por los paisanos, que a menudo los protegían frente a los partisanos; tampoco hubo crueldades con los prisioneros, aunque en algunos casos extremos los divisionarios no admitieran la rendición de enemigos.

Con los alemanes no faltaron roces y malentendidos, por la altanería de algunos mandos teutones, o por el abandono de estos en Krasny Bor. Pero prevaleció ampliamente la camaradería y el respeto mutuo.

Los soldados españoles combatieron en Rusia al comunismo con decisión y siempre contra un enemigo muy superior, provocando la admiración de los oficiales alemanes y de Hitler.

Conocido es el desprecio que tenía Hitler hacia los españoles, nos consideraba un pueblo mestizo e inferior pero tuvo que reconocer que los españoles eran excepcionales:

“Los españoles son un puñado de guarros. Contemplan el fusil como un instrumento que no debería ser limpiado bajo ningún pretexto. Sus centinelas sólo existen en teoría. No ocupan sus posiciones, o si lo hacen, se duermen. Cuando llegan los rusos, los nativos tienen que despertarlos. Pero los españoles no han cedido nunca una pulgada de terreno… No puedo imaginar a personas más valientes, apenas se cubren, desafían a la muerte. Sé que, de todas formas, nuestros hombres están siempre encantados de tener a los españoles como vecinos en su sector. Extraordinariamente valientes, duros contra las privaciones pero terriblemente indisciplinados”. Adolf Hitler

Disgregación de unidades soviéticas encuadradas en el 55º Ejército Soviético. 44 000 soldados

Comandante: General V. P. Sviridov

  • 43ª División de infantería .46ª División de infantería .56ª División de infantería .72ª División de infantería .14º Regimiento de infantería .133º Regimiento de infantería .141º Regimiento de infantería .9º Regimiento de artillería .131ª División de infantería .268ª División de infantería .45ª División de Guardias fusileros .63ª División de Guardias fusileros .56ª Brigada de fusiles .250ª Brigada de fusiles .122ª Brigada acorazada .31º Regimiento acorazado .34ª Brigada de esquiadores .35ª Brigada de esquiadores .187 baterías de artillería de todos los calibres en formaciones artilleras independientes .2 Batallones independientes de morteros y lanzacohetes. 2 Batallones independientes contracarro equipados con cañones antitanque de 76,2 mm

Disgregación de unidades españolas con apoyo del XVIII Ejército Alemán 5300 hombres, 4500 soldados y 800 mandos

 Comandante: Emilio Esteban Infantes

250º Batallón de reemplazo 262º Regimiento (3 batallones). Compañía de esquiadores. 250º Batallón de Reconocimiento. 1º Batallón de Artillería (3 baterías) con cañones de 10,5 cm . Una batería del 3º Batallón de Artillería con cañones de 10,5 cm. 250º Batallón antitanque con cañones contracarro de 37 mm Pak36. Grupo de zapadores de asalto. Una compañía independiente de cañones antitanque con cañones contracarro de 75 mm Pak40

Las siguientes unidades no prestaron apoyo a la 250

  • 4° División SS Volkspolizei • 212º Grupo de combate de la división de infantería • 215º Grupo de combate de la división de infantería • Grupos de combate de las 11ª, 21ª, 227ª divisiones de infantería • Legión voluntaria de las SS Flandes (2 compañías) • Legión voluntaria de las SS Lituania (2 compañías)

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 Ante semejante alarde, los españoles apenas podían oponer 5.000 hombres ateridos de frío, malcomidos y con las manos entumecidas.

La Batalla

6:10. La artillería española abre fuego contra las líneas soviéticas pero no responden al fuego.

 Al punto de la mañana del 10 de febrero, en plena noche y a 25 bajo cero, Zukov ordenó abrir fuego de artillería sobre las posiciones españolas. Su idea era no dejar un solo enemigo vivo. Ochocientas bocas se pusieron a escupir fuego de obús durante dos interminables horas. El cañoneo era letal y ensordecedor, entre andanada y andanada pasaban diez segundos, los necesarios para recargar los cañones. Los divisionarios corrieron a los búnkeres en espera de que pasase el fuego artillero, pero éste era de tal intensidad que muchos no resistieron.

6.45. Comenzó la preparación artillera soviética. Unas 800 piezas de artillería abren fuego simultáneamente sobre los 5 km de las primeras línea de las fuerzas españolas. El ataque artillero superó todo lo imaginado. Kolpino fue un volcán en erupción que convirtió a Krasny Bor en el Infierno. La tierra tembló, se hundieron las trincheras y se dejaron de oír los teléfonos.

7:15 la aviación soviética ( la Parrala, como la denominaba los españoles, porque no sabían por dónde aparecería) hizo su aparición: 30 bombarderos y 20 cazas (de los algo más de 100 aviones que el 13º Ejército Aéreo soviético del general Rybalichenko lanzó contra el Lº Cuerpo alemán ese día) atacaron los objetivos que la artillería no había logrado anular en el sector de los españoles.

8:40. Después de dos horas de martilleo, las piezas soviéticas dejaron de machacar la primera línea y alargaron su tiro. Todo el mundo sabía lo que eso significaba: empezaba el asalto. La frecuencia de disparo, un proyectil cada 10 segundos por pieza y durante 2 horas. La preparación no pudo ser más intensa. Fueron decenas de miles de proyectiles.

Acto seguido, cuatro divisiones del Ejército Rojo, acompañadas por carros KV-1 y T-34, se lanzaron sobre las castigadas líneas españolas. El objetivo soviético era romper el frente en poco tiempo y envolver a los alemanes. El invierno en Leningrado es muy frío y anochece prontísimo. Sin embargo, la Stavka fracasó.

8:45. Comienza el asalto de la infantería. Después de la intensa preparación artillera, 4 divisiones soviéticas de infantería la 43ª, 45ª, 63ª y 72ª, con un total de 44 000 hombres, apoyadas por el 31º y 46º Regimientos acorazados que comprendían casi 100 carros de combate KV-1 y T-34, dos batallones de cañones anticarro con piezas ZIS de 76 mm, la 35ª Brigada Motorizada y las 34ª y 250ª Brigadas de Esquiadores se lanzan, escalonadamente, contra las ya débiles líneas españolas.

Al amanecer, la mitad del regimiento español había muerto. Pero quedaba la otra mitad, y no tenía pensado huir. Desde la comandancia la orden era explícita: resistir hasta el último hombre. Una orden así, cualquier otro regimiento la hubiese desobedecido, pero no uno formado por infantes españoles. Los rusos no podían ni imaginar que tenían enfrente a un batallón de irreductibles hispanos dispuestos a cualquier cosa con tal de no rendirse, así que avanzaron confiados con los carros de combate y los regimientos de infantería.

 Y ahí se torció el impecable plan de Zukov. La lluvia de obuses había derretido la nieve, dejando el campo intransitable para los blindados, lo que obligó a los soviéticos a internarse a pie en Krasny Bor. Era todo lo que los divisionarios necesitaban. Reorganizados a toda prisa, metralleta en mano y metidos en los cráteres dejados por las bombas, esperaron a que las unidades rusas se aproximasen a unos 100 metros para disparar a discreción. La diferencia de recursos era enorme, a cada batallón español se las veía con más de una división rusa. La fuerza del combate era terrible, los españoles estaban clavados al terreno y habían decidido luchar hasta el final.

Las ametralladoras de la división Azul, estaban al rojo vivo, eran oleadas y oleadas inmensas, parecían manadas de bisontes, se llegó al cuerpo a cuerpo. Momentos llenos de valor y heroísmo.

Los alemanes, sorprendidos por la acometida soviética, dejaron pasar la mañana sin acudir en auxilio de la División 250. Probablemente pensaron que un contingente tan pequeño habría sucumbido ante la apisonadora de Zukov. Una vez sacrificados los voluntarios españoles, lo mejor era mantener la línea y reorganizar la defensa más atrás con regimientos alemanes. Al norte se encontraba la IV División de la SS Polizei, pero no podía moverse, por si los soviéticos cambiaban el curso de la ofensiva. La Luftwaffe no acudió hasta entrada la tarde, y poco después llegó la 212ª División de Infantería alemana.

12:00, los soviéticos rompen el frente por tres sitios, pero las compañías de la 250 Divª. Siguen resistiendo esperando los refuerzos alemanes que no llegan. La 4ª División SS Volkspolizei está inmovilizada a pocos km, esperando un ataque ruso. Los voluntarios luchan hasta el final.

La situación era terrible, los soldados no podía resistir el empuje de los soviéticos. El general ordenó la vuelta del Batallón de Regreso que estaba a 20 kilómetros, a punto de salir para España. Regresó para ayudar a sus compañeros.

 La compañía del Capitán Oroquieta quedó aniquilada; la del Capitán Palacios, casi; la del Capitán Andújar, diezmada, y la del Capitán Huidobro se defendió numantinamente animada por sus voces de “¡Esto no es nada, chicos. ¡No pasarán! ¡Somos españoles!”. El Capitán Losada llegó a pedir a la artillería propia “Fuego sobre mi posición”. Las posiciones quedaron rodeadas, aisladas y machacadas, pero seguían frenando el avance soviético.

El ataque soviético ya había perdido su ritmo. El asalto a la primera línea defensiva española, había sido mucho más duro y prolongado de lo previsto. Se esperaba romper el frente en “un minuto” , pero los rusos necesitaron horas de duro pelear. El error táctico consistió en intentar acabar definitivamente con la resistencia española. Hubiera sido más eficiente haberlos rebasado y no perder mucho tiempo. En diciembre las horas de luz eran tan escasas, cada minuto de retraso era un grave contratiempo y en realidad se habían perdido horas.

Los mandos soviéticos estaban que echaban chispas. Nada había salido de acuerdo a lo planeado. Cuando Simoniak, hacia las 12’00, comunicó que ya controlaba Krasny Bor, Sviridov creyó que la jornada iba a acabar victoriosamente. Pero desde ese momento todas las noticias empezaron a ser malas. No había forma de desalojar a los españoles del sector meridional de Krasny Bor y el avance era demasiado lento.

Para entonces la batalla ya había terminado: 5.000 españoles con fusiles y metralletas habían cedido sólo tres kilómetros frente a 40.000 rusos armados hasta los dientes; es decir, que, contra todo pronóstico y hasta contra la misma lógica, los españoles habían vencido. Pero la victoria no había salido gratis: 1.125 muertos, 1.036 heridos y 91 desaparecidos fue el precio que hubieron de pagar. Algunos fueron hechos prisioneros y conducidos hasta Leningrado, donde fueron interrogados por otros españoles, que luchaban para los rusos.

Las bajas españolas fueron enormes y se dio orden de recuperar a toda prisa la capacidad de combate de la División. Se pidió el envío urgente de Jefes y Oficiales. En cuanto a la tropa, en aquellos momentos dos Batallones de Marcha estaban en camino desde España hacia Rusia. La División Azul se recuperó perfectamente de aquel duro golpe y se mantuvo en sus posiciones hasta octubre de 1943, en que recibió la orden de repatriación desde Madrid.

Conocidos posteriormente los detalles de las heroicas actuaciones individuales, se concedieron 3 laureadas y 11 Medallas Militares. Resaltar que de las 8 laureadas concedidas a la División Azul, 3 se consiguieron en esta batallas de 24 horas En esta batalla se produjo el 22 % del total de muertos que tuvo la División Azul en Rusia, que fueron un total de 4.954 muertos y 8.700 heridos.

“…Nos retiramos por la trinchera de evacuación y regresé con dos soldados más para recuperar parte de la munición y alimentos del búnker y destruir el resto. Tiramos bombas de mano como locos. Al retirarnos al enclave donde resistía Palacios, éste me dijo: “¡Salamanca, desde este momento eres Medalla Militar!”. Acto seguido acudí al sector del puesto de mando. Sólo quedaba operativo un fusil ametrallador, pero causó estragos.

Llegaban columnas con medio centenar de hombres que eran abatidos sistemáticamente. Disparábamos ferozmente, sin parar, esperando a que el enemigo se encontrase a menos de 100 metros, disparábamos al bulto. Pero hasta un ciego habría hecho blanco.

Toda la potencia de fuego de la máquina, 1.300 disparos por minuto, provocó una carnicería en las filas enemigas y nos mantuvo  con vida. No es que nuestro cañón estuviese caliente, es que estaba al rojo vivo. En la refriega, tres veces cayó el soldado que la servía. Cuando un cuarto soldado me dijo con la mirada: «Sargento, ¿quiere usted que me maten?», decidí empuñar personalmente la ametralladora. Al cabo, los rusos acertaron con una granada de 120 que cayó ante el cañón. Salí despedido cuatro metros, perdiendo el conocimiento momentáneamente, la cara llena de sangre y metralla y una ceguera casi total por el alumbramiento del fogonazo. Fui evacuado al búnker. Luego supe que tenía también una herida de bala en la rodilla.

Sin munición, con la mayoría de los supervivientes heridos y los indemnes, agotados, el final estaba próximo. A las tres de la tarde, un soldado entró al búnker: “De parte del capitán, que salgáis todos; estamos hechos prisioneros”. Los 25 heridos salimos y encontramos a otros 18 hombres con las manos en alto con el capitán Palacios al frente. Nos mandaron formar e hicieron un simulacro de fusilamiento pero sólo se tiraron como fieras sobre nuestros relojes y todo lo que llevábamos.

El trayecto hasta Kolpino, en fila de a tres, fue entre una alfombra de cadáveres. No nos trataron mal gracias a un jefe de escolta mongol que no debió de haber otro mejor en toda la Unión Soviética. Los 30 detenidos de Oroquieta, con los que enlazamos, recibieron toda suerte de golpes. Al llegar a Kolpino, un enloquecido grupo de mujeres rusas trató de atacarnos, pero el mongol las rechazó a culatazos.

Enseguida empezaron los interrogatorios, con las traducciones de un español enrolado en el Ejército soviético. Todo el afán del coronel ruso era saber qué armamento usábamos, hablándonos incluso de un arma secreta de Hitler. «Dice el coronel que habéis causado más de 14.000 bajas, y eso es imposible con ametralladoras y fusiles maúser corrientes», nos informó el republicano español…

Teniente Ángel Salamanca.

El arma secreta y, más que milagrosa, correosa eran los divisionarios, hijos de la lejana España, herederos de una tradición milenaria que se cifra en resistir lo que haga falta a cualquier precio, con razón o sin ella, en Rusia o en Sierra Morena.

 Meses después, cuando se había extendido por la Wehrmacht la leyenda de los bravos españoles que, a decir de Hitler, “apenas se protegen y desafían a la muerte”, un oficial alemán confesó a un corresponsal en Berlín: “Los españoles, más que soldados, son guerreros”. Los de Krasny Bor lo fueron, y de los buenos.

Curiosidades

-Durante el invierno de 1941-42 no había comida, agua corriente, electricidad y el transporte público estaba cortado.

 -Durante el bloqueo, el único camino que comunicaba a la ciudad con el resto del país era una vía férrea, tendida a través del hielo que cubría el lago Ladoga, adyacente a la ciudad, denominado por los leningradenses “Carretera de la Vida”.

 -A pesar del peligro de las bombas, por esa vía fueron evacuados 1.376.000 habitantes, en su mayoría niños.

 -Entre 800.000 y un millón de civiles se calculan los muertos durante el asedio a la ciudad.

 -El día 10 de febrero de 1943 el Ejército Rojo arrasó al enemigo en la batalla de Krasny Bor, en la que murieron, en una única jornada, 2.500 españoles.

 -La Cuarta Compañía, republicanos que lucharon junto al Ejército Rojo, tenía 835 soldados, de los cuales 215 cayeron en combate.

 -600 españoles prisioneros de guerra quedaron retenidos en la URSS hasta 1955, cuando fueron repatriados.

 – El Sargento Salamanca al Capitan Palacios: Mi capitan se nos han acabado las municiones, ya no nos queda nada con que disparar.

Nieve, tirarles bolas de nieve ¡Por Dios!, tirales con algo.

← Capitan Palacios a Sargento momentos antes de ser hechos prisioneros.

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Lidia Osipova, trató a los españoles (agosto 1942-abril 1943) al ser la encargada de la lavandería española en Pavlovsk, cerca de Leningrado. En su diario hizo anotaciones sobre lo ocurrido durante la batalla y el comportamiento de la División Azul.

8 de enero de 1943.

“Algaradas entre los españoles y los alemanes. Estos habían golpeado a unas mujeres; los españoles salieron a la calle y comenzaron a agredir a todo alemán que encontraban en el camino; las peleas fueron auténticas. Como siempre en nuestro mundo loco, las acciones caballerescas no procedían del mando, sino de los simples soldados”.

Diego Mexía de Guzmán y Dávila: 1er marqués de Leganés

Obtuvo numerosos títulos y dirimió algunos de los más delicados asuntos de Estado en la corte del cuarto Felipe. Diego Mexía Felípez de Guzmán, el Marqués de Leganés, injustamente olvidado por la historiografía hispana, contribuyó a impulsar el repoblamiento de la villa que lleva su nombre, actualmente una de las localidades de mayor relevancia y densidad de población de la capital española.

Educado como era menester para alguien de su posición, pronto comenzaría a rodearse de personas influyentes, además de su primo, y a frecuentar los ambientes cortesanos. En 1614 ingresó en la Orden de Santiago, donde acabaría siendo caballero de hábito Trece y Comendador Mayor de la Orden militar por excelencia en aquella España tan devota. Gracias a sus vínculos familiares su ascenso sería bastante rápido, lo que desataría las críticas contra su persona durante toda su vida. Según sus contemporáneos era una persona afable, de notable inteligencia y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos.

Diego era el hijo menor de Diego Velázquez Dávila y Bracamonte, marqués de Loriana, y de Leonor de Guzmán, tía del conde-duque de Olivares y desde 1600 luchó en los Países Bajos donde sirvió durante más de veinte años como oficial y gentilhombre de cámara del archiduque Alberto de Austria. Después de fallecer éste (1621), volvió a Madrid y gracias al apoyo de su primo y patrono Olivares, valido del rey Felipe IV, se convirtió en un hombre influyente y acaudalado. Olivares debió decidir bastante pronto promocionar la carrera de su pariente, en quien se conjugaba un carácter afable y no pocas cualidades administrativas y militares con un buen ojo para las artes; efectivamente, con el paso de los años, acabaría convirtiéndose en uno de los grandes coleccionistas de pintura de su tiempo.

Diego se vio recompensado en 1627 con el título de vizconde de Butarque, nombre del arroyo en cuya vega se sitúa la localidad de Leganés, cuyo marquesado le fue otorgado el 15 de marzo de ese mismo año, aunque ya era dueño de la jurisdicción y derechos reales sobre la villa desde 1626. Siguiendo el ejemplo de su primo, valido del rey, añadió el apellido Felípez (Phelípez) en honor al monarca Felipe IV, pues ganarse el favor del soberano era el principal anhelo de la nobleza, y la mejor manera, claro está, de alzarse con títulos y rentas.

En junio de ese mismo año se casó con una dama de honor de la reina Isabel de Borbón, Polixena Spinola, hija de Ambrosio Spinola, cuya dote ascendió a la fabulosa suma de 200.000 ducados.

Gracias a su conocimiento sobre el terreno, en los círculos de la corte se le consideraba un especialista en lo referido a los Países Bajos. Por ello, el conde-duque recurrió a él en 1627 para que hiciera aceptar allí su proyecto de la Unión de Armas. Leganés llegó a Bruselas el 19 de septiembre y pasó las semanas siguientes negociando con los estados de las diversas provincias de los Países Bajos españoles. A finales de año, las provincias acordaron participar en la Unión, ofreciendo una contribución de 12.000 soldados de infantería pagados.

En su viaje de Bruselas a Madrid en enero de 1628 acompañado de su suegro, el general Ambrosio Spinola, ambos fueron recibidos en el campamento del rey Luis XIII de Francia situado ante La Rochelle teniendo la oportunidad de inspeccionar de cerca las operaciones de asedio contra los hugonotes acuartelados en la ciudad (véase Asedio de La Rochelle). En este encuentro ambos mantuvieron grandes discusiones secretas con Luis XIII y Richelieu, en el transcurso de las cuales tuvieron ocasión de confirmar sus temores de que Francia, a pesar de los problemas que tenía con los hugonotes y los ingleses, no tenía la menor intención de abandonar al duque de Nevers en sus pretensiones sobre Mantua

Felipe IV le concedió la Grandeza de España en 1634, declarada perpetua en 1640.

El 24 de septiembre de 1635 se le nombró gobernador y capitán general del Estado de Milán. En este puesto tuvo que hacer frente a la alianza de los duques de Parma, Mantua y Saboya que, apoyados por la Francia de Richelieu, pretendían mermar la supremacía española en Italia. Las tropas de Odoardo I Farnesio fueron derrotadas con facilidad, aviniéndose el duque a firmar la paz en 1637. En ese mismo año desalojó a los franceses comandados por Rohan del paso de la Valtellina y obtuvo algunas victorias gracias a la guerra civil desatada en Saboya a la muerte del duque Víctor Amadeo I.

En 1638 Leganés conquistó las fortalezas de Breme y Vercelli. En 1639 lanzó una gran ofensiva en el Piamonte conquistando gran número de fortalezas llegando a la ciudadela de Turín donde no pudo doblegar la resistencia de la regente Cristina de Borbón apoyada por los franceses.

En la primavera de 1640 trató de tomar la fortaleza de Casale pero la intentona fue impedida por las tropas francesas del conde d’Harcourt que hizo que la empresa de Leganés acabara en una trágica retirada: miles de hombres quedaron en el campo de batalla y un gran botín en manos francesas.

En noviembre de 1641 le fue otorgado el mando del ejército de Cataluña para luchar contra los insurrectos catalanes apoyados por Francia. A pesar de algunos éxitos iniciales en Tarragona, su estrepitosa derrota en la Batalla de Lérida (1642) le hicieron caer en un cierto grado de desgracia hasta que a la caída en 1643 de su protector, el conde-duque de Olivares, fue relevado del cargo.

A pesar de todo esto, en 1645 fue nombrado virrey nominal de Cataluña y en 1646 defendió con éxito Lérida, que había sido conquistada en 1644 por el anterior virrey, Felipe de Silva, del ataque francés. Esta derrota supuso la destitución inmediata de d’Harcourt. Leganés permaneció en el puesto hasta 1648.

Fue nombrado presidente del Consejo de Italia tras el fallecimiento del conde Monterrey, (junio de 1653), anterior titular, ocupando el puesto hasta su muerte (febrero de 1655).

Curiosidades

Diego Mexía, amante del arte y mecenas –ver recuadro-, aunque en Juliers no ocupó puestos de gran relevancia, apareció en primer plano, a caballo, junto a Spínola en uno de los cuadros que decorarían más tarde el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, concretamente en la obra titulada La Rendición de Jüliers, pintada por Jusepe Leonardo de Chavacier. La razón de que ocupara aquel puesto de preeminencia en el cuadro se hallaba en que el conde de Bergh, quien sí participó activamente en la lucha y contribuyó notablemente a la victoria hispana, se convirtió en traidor a la Corona en 1632, antes de que se realizase el cuadro, y por tanto no podía formar parte de la flor y nata de la nobleza militar.

El Sitio de Gibraltar. 1705

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El Último de Gibraltar. Augusto Ferrer-Dalmau

Fíjense vuesas mercedes que en aquesta guerra, llámanse a los piratas ingleses y holandeses, aliados. Mas todavía hay gentes que prefieren a los Habsburgo, aquésos que no fueron capaces de respetar el testamento de Carlos II y que aprovecharon esta Guerra “Mundial” para rapiñarnos media España. Sobre todo los de Saboya y los Habsburgo de Centroeuropa, los verdaderos dueños del Imperio, para ellos los réditos y para nos, las ratas.

… Una de las principales preocupaciones de los aliados era conseguir una base naval en el Mediterráneo para las flotas inglesa y holandesa. Su primera tentativa fue tomar Cádiz en agosto de 1702, pero fracasó. En la batalla de Cádiz un ejército aliado de 14 000 hombres desembarcó cerca de esa ciudad en un momento en que no había casi tropas en España. Se reunieron a toda prisa, recurriéndose incluso a fondos privados de la esposa de Felipe V, la reina María Luisa Gabriela de Saboya (que en el futuro sería conocida afectuosamente por los castellanos como «la Saboyana»), y del cardenal Luis Fernández Portocarrero. Sorprendentemente este ejército aliado fue rechazado, triunfando la defensa española.

Antes de reembarcar el 19 de septiembre, las tropas aliadas se dedicaron al pillaje y al saqueo del Puerto de Santa María y de Rota, lo que sería utilizado por la propaganda borbónica –según el felipista Marqués de San Felipe los soldados «cometieron los más enormes sacrilegios, juntando la rabia de enemigos a la de herejes, porque no se libraron de su furor los templos y las sagradas imágenes»– e hizo imposible que Andalucía se sublevara contra Felipe V tal como tenían planeado los austracistas castellanos encabezados por el almirante de Castilla.

Otra de las preocupaciones de los aliados era interferir las rutas transatlánticas que comunicaban España con su Imperio en América, especialmente atacando la flota de Indias que transportaba metales preciosos que constituían la fuente fundamental de ingresos de la Hacienda de la Monarquía española. Así en octubre de 1702 las flotas inglesa y holandesa avistaron frente a las costas de Galicia a la flota de Indias que procedía de La Habana, escoltada por veintitrés navíos franceses, que se vio obligada a refugiarse en la ría de Vigo. Allí fue atacada el 23 de octubre por los barcos aliados durante la batalla de Rande infligiéndole importantes pérdidas, aunque la práctica totalidad de la plata fue desembarcada a tiempo. Fue conducida primero a Lugo y más tarde al alcázar de Segovia.

Uno de los principales giros de la guerra tuvo lugar en el verano de 1703, cuando el reino de Portugal y el ducado de Saboya se sumaron a los restantes estados que componían el Tratado de La Haya, hasta entonces formada únicamente por Inglaterra, Austria y los Países Bajos. El duque de Saboya, a pesar de ser el padre de la esposa de Felipe V, firmó el Tratado de Turín y Pedro II de Portugal, que en 1701 había firmado un tratado de alianza con los borbones, negoció con los aliados el cambio de bando a cambio de concesiones a costa del Imperio español en América, como la Colonia de Sacramento, y de obtener ciertas plazas en Extremadura –entre ellas Badajoz– y en Galicia –que incluía Vigo–.

Una flota francesa, al mando del conde de Toulouse intentó recuperar Gibraltar pocas semanas después, enfrentándose a la flota angloholandesa al mando de Rooke el 24 de agosto a la altura de Málaga. La batalla naval de Málaga fue una de las mayores de la guerra. Duró trece horas pero al amanecer del día siguiente la flota francesa se retiró, con lo que Gibraltar continuó en manos de los aliados. Así que finalmente consiguieron lo que habían venido intentando desde el fracaso de la toma de Cádiz en agosto de 1702: una base naval para las operaciones en el Mediterráneo de las flotas inglesa y holandesa.

Isabel de Saavedra

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De Miguel de Cervantes, fue su única descendiente, a excepción de su enigmático hijo napolitano, Promontorio.

Fue hija de Miguel de Cervantes y de Ana de Villafranca (1563-1598), una mujer casada con el tabernero Alonso Rodríguez a quien el escritor conoció poco después de haber retornado de su largo cautiverio en Argel en 1580.

Al nacer en 1584, el escritor se desentendió de ella y de su madre al coincidir el evento con el éxito de su primera novela, La Galatea y su compromiso matrimonial con Catalina de Salazar. En 1598 murió Ana de Villafranca y al año siguiente Cervantes asumió su responsabilidad como padre, reconociendo a la niña cuando ya tenía catorce años y reclamándola a través de su hermana Magdalena, que la puso a su servicio y le dio su segundo apellido, Saavedra, razones que pueden explicar en parte el tenso vínculo que hubo entre los dos; según Maganto:

Lo que parece evidente es que Cervantes no la reclamó cuando murió el padre putativo de Isabel, Alonso Rodríguez, en 1590. Después, esperó más de un año para reclamarla y no quiso estar presente en tan honroso acontecimiento. Por otra parte, la reconoció de forma implícita, es decir no dándole su primer apellido, sino el de Saavedra, y siempre por intermedio de su hermana Magdalena. Todo esto lo sabía su hija y nunca se lo perdonó. Para mí, son demasiadas contradicciones que no pueden explicarse solo por miedo a que su esposa Catalina se enterase.

Isabel fue bautizada, según la partida que descubrió Emilio Maganto Pavón, el 9 de abril de 1584 en la iglesia de los Santos Justo y Pastor, lo que permite desechar la especulación anterior de que fuera acaso hija de Magdalena de Cervantes y de Juan de Urbina.

Maganto Pavón aporta 31 documentos nuevos e inéditos sobre la hija de Cervantes que lo desmienten. Era de carácter fuerte y, aparte de una desafortunada infancia, tuvo una vida difícil hasta cierto punto por el desabrido comportamiento de su padre hacia ella. Su primer esposo, Diego Sanz del Águila, falleció inesperadamente; el segundo, Luis de Molina, fue un arreglo mal deseado. Y sostuvo una relación adúltera con Juan de Urbina, con quien tuvo una hija, Isabel Sanz de Saavedra, fallecida a los dos años. En opinión de Maganto, Isabel fue, con Catalina de Salazar, la esposa de Cervantes, la mujer que más influyó en la vida del autor. En cuanto a otro supuesto hijo de Cervantes, de existencia muy incierta, habría nacido en Nápoles en 1575 y muy poco se sabe de él, salvo que se llamaba Promontorio y se menciona en el capítulo VIII de su Viaje del Parnaso junto con su madre, a la que Cervantes llamaba Silena. De este niño por datos sueltos de diferentes documentos parece ser que alcanzó la edad adulta y fue hombre de armas.

Guerra de Sucesión de Mantua

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El 26 de diciembre de 1627 murió el duque de Mantua Vincenzo II, último miembro varón del linaje de los Gonzaga. El territorio mantuano constaba de Mantua propiamente dicha, al este del Milanesado, y el marquesado de Montferrato, al oeste. En Monferrato se encontraba la ciudadela de Casale, que dominaba el valle superior del Po. La heredera más próxima de Vincenzo II era su sobrina, la princesa María, pero existía el inconveniente de que la sucesión por vía femenina no estaba permitida en Mantua, aunque sí en Monferrato. Por vía masculina, el candidato con más derechos era el francés duque de Nevers. El duque de Nevers, anticipándose a los acontecimientos y con un gran sentido del tiempo o una increíble suerte, había enviado a su hijo, el duque de Rethel, a Mantua a finales de 1627 para que se casase con la princesa María.

El duque Vincenzo dio sus bendiciones al matrimonio y tres días después murió. El duque de Rethel tomó posesión de Mantua en nombre de su padre. Aunque había habido alguna irregularidad como la de no haber formulado una petición formal al Emperador en su condición de señor de Mantua, desde las concepciones legales de la época, había poco que se pudiera decir en contra de la sucesión en la persona del duque de Nevers.

España, sin embargo, lo dijo. La idea de que el Milanesado quedase enmarcado entre dos territorios controlados por un duque francés causaba escalofríos en Madrid. Consultada la junta de teólogos, ésta dictaminó que mientras el Emperador no declarara al duque de Nevers sucesor legítimo del duque de Mantua, España debía ocupar el Monferrato en nombre del Emperador para sostener su autoridad, pero sin la idea de hacerse con territorios. Cuando un político recurre a dictámenes sesudos y a fórmulas alambicadas para justificar lo que se propone hacer, eso quiere decir que va a ejecutar algo inmoral o ilegal o ambas cosas a la vez. El dictamen de la junta de teólogos, si se hubiese formulado en el siglo XXI, seguramente habría hablado del derecho de Felipe IV a hacer una guerra preventiva contra el duque de Nevers.

Desde el primer momento la aventura mantuana salió mal. Cuando el gobernador español en Milán, Gonzalo de Córdoba, estaba preparándose para actuar, llegaron noticias de que el Emperador no autorizaría la intervención militar que iba a producirse en su nombre. A la desesperada, Madrid intentó buscar otra hoja de parra que le tapara las vergüenzas y empujó al duque de Saboya a que penetrara en el Monferrato para que la intervención militar española pudiera disfrazarse de protección del territorio en tanto el Emperador tomaba su decisión final.

En mayo de 1628, Gonzalo de Córdoba inició el sitio de Casale. Para entonces el Emperador había decretado el secuestro de los territorios mantuanos, pero seguía sin autorizar la intervención española. El éxito suele hacer que a menudo se perdone la inmoralidad. Lo malo es que los españoles no fueron exitosos. Gonzalo de Córdoba era un general demasiado cauto, al que encima se le habían proporcionado hombres y ducados insuficientes. Casale no cayó.

A finales de 1628 España sufrió un desastre de primera magnitud: la flota de la plata, es decir las naves que cada año proveían desde América la plata con la que el Estado respondería a los adelantos (asientos) realizados por los banqueros genoveses, alemanes y portugueses, cayó en manos de los holandeses. A ese desastre le siguió una sorpresa mayúscula: contra todo pronóstico y desafiando al mal tiempo, a finales de febrero de 1629 el ejército francés cruzó los Alpes y derrotó a los saboyanos en una extraña batalla, cuyo resultado puede que estuviera amañado para dar a Carlos Manuel de Saboya una excusa para marcar distancias con sus hasta entonces aliados españoles. Carlos Manuel de Saboya, hombre tan astuto como carente de principios, se apresuró a firmar un tratado con los franceses, por el cual obtenía parte del Monferrato a cambio de dejar que las tropas francesas pasaran por su territorio y de ayudarlas a levantar el sitio de Casale. Gonzalo de Córdoba levantó el sitio de Casale voluntariamente, antes de que le forzasen a ello. Fue llamado a Madrid y le reemplazó Ambrosio de Spínola.

En junio, finalmente, el Emperador se decidió a enviar a 70.000 hombres al norte de Italia y puso de manifiesto la verdad que hay en el viejo dicho: Dios me guarde de mis amigos, que de mis enemigos ya me guardo yo. El Emperador pretendía que esa ingente armada (a España le hubieran bastado 15.000 hombres para los objetivos que se proponía) fuera mantenida a costa del Milanesado. Al menos la presencia de ese ingente ejército permitía esperar que la situación en el norte de Italia mejoraría y que la campaña de 1630 sería exitosa y tal vez definitiva. Pues bien, no fue ni lo uno ni lo otro.

En marzo de 1630, un ejército francés entró en Saboya, la atravesó y tomó la fortaleza de Pinerolo. El ejército imperial tomó Mantua. Y los españoles… siguieron intentando tomar Casale.

En agosto, la intervención sueca en el norte de Alemania obligó al Emperador a retirar a la mayor parte de sus tropas del norte de Italia y a buscar rápidamente una solución a lo de Mantua. En octubre de 1630 se firmó el Tratado de Ratisbona por el cual los franceses se retiraban de Italia y a cambio el Emperador investía al duque de Nevers como nuevo duque de Mantua. La cuestión de Mantua fue finalmente finiquitada en los dos tratados de Cherasco de abril y junio de 1631, que no vinieron a cambiar lo fundamental del Tratado de Ratisbona.

La ironía final del asunto es que mientras que los españoles no pudieron hacerse con Casale, los franceses no devolvieron Pinerolo, en contra de lo pactado.

Muchos años después, un Felipe IV viejo y amargado consideraría Mantua como el inicio del declive de su reinado, y no le faltaba razón. En Mantua España se había desprestigiado, apareciendo como una potencia matona e irrespetuosa del derecho internacional. Asimismo había derrochado en tres años diez millones de ducados, para no obtener absolutamente nada a cambio. Mantua había desviado los esfuerzos españoles de la guerra contra Holanda que hasta ese momento había ido relativamente bien encaminada y en Francia había dado alas a los sectores más belicistas y partidarios del enfrentamiento con España.

Después de Mantua ya sólo era cuestión de tiempo que Francia y España entraran en guerra y cuando eso ocurriera, lo único que quedaría con los holandeses sería firmar una paz lo menos mala posible.

La humillación de Felipe II a los Franceses

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10 de Agosto 1557: en la batalla de San Quintín, las tropas de Felipe II, compuestas por contingentes españoles, flamencos, alemanes e ingleses, derrotan a las francesas de Enrique II.

Desde finales del siglo XV: España y Francia competían por la hegemonía de la Europa occidental. Las fronteras pirenaicas, Navarra y sobre todo , Italia, eran fuente de continuas disputas. La llegada al trono de Carlos V agravó el problema El dominio que ejercía sobre Flandes, Luxemburgo, El Franco Condado y, más tarde el Milanesado hacia que el país galo estuviera cercado por un cinturón de territorios pertenecientes a los Habsburgo que no solo le amenazaban sino que impedían su expansión. Todo ello hizo que la guerra entre ambos estados fuese casi permanente, solo salpicada de breves treguas, más destinadas a reponer fuerzas que no a buscar una paz definitiva.
Francia rompió la frágil tregua que oficialmente existía e invadió Italia, atacando el reino de Nápoles por el duque de Guisa reforzando a las fuerzas papales, que ya combatían al Duque de Alba.

El clima en los campos de Flandes impedía, a diferencia de Italia que la guerra se desarrollase en invierno. Ello dio tiempo al nuevo rey de España ,que desde la abdicación de su padre residía en Flandes, a solucionar graves asuntos económicos, entre ellos la deuda de seis millones de ducados que había heredado. Aparte de renegociarla tuvo que buscar urgentemente dinero , tanto para proseguir la guerra en Italia como para prepararla en Flandes. Pidió ayuda a Juana ,su hermana, gobernadora de España en su ausencia, y a su padre el Emperador que estaba retirado en Yuste.

También viajó a Inglaterra para recabar el apoyo de su enamorada esposa, la reina María Tudor. A pesar de las limitaciones que establecía el convenio matrimonial, ella se las ingenió para darle todo el dinero que pudo(9.000 libras y 7.000 hombres al mando de Lord Permbroke) y , aprovechar meses después la rebelión de un noble apoyado por Francia ,declarar la guerra a Enrique II. Esto permitió a Felipe II disponer de más dinero y sobre todo, de tropas y barcos ingleses. La llegada milagrosa de una buena remesa de oro procedente de América permitió a Felipe II acabar de reunir el dinero necesario para afrontar la guerra.

Poco después, a finales de mes, comenzó la invasión de Francia: 42.000 hombres de los que 12.000 eran jinetes, iba bajo las órdenes del joven general, mientras que Felipe II avanzaba varios kilómetros más atrás, con unos 18.000 hombres de reserva, esperando a las tropas que aún habían que unírseles, en total 60.000 hombres, 17.000 jinetes y 80 piezas de artillería. De todo el ejército solo unos 6.000 hombres eran españoles. Los restantes eran flamencos, saboyanos, italianos y sobre todo, mercenarios alemanes. Entre los ayudantes del duque de Saboya destacaba Lamoral, duque de Egmont, que comandaba la caballería. Nunca antes se le había confiado un mando tan destacado y estaba entusiasmado por entrar en acción.

Tras penetrar en la Champaña, el ejército se dirigió a Rocroi con ánimo de sitiarla, pero sus importantes defensas les hicieron desistir de iniciar un asedio, de modo que siguió merodeando dando la impresión de no saber qué plaza atacar. A unos kilómetros, un ejército francés al mando de Anne de Montmorency, condestable de Francia, seguía sus evoluciones dispuesto a intervenir. Parecía que Gisa sería la ciudad elegida, y el general francés logró introducir en ella abundantes refuerzos, sin que ello pareciera molestar el duque de Saboya. Pero una noche, a principios de agosto ordenó al conde de Egmont dirigirse con su caballería a cercar S. Quintín, localidad de la Picardía francesa, ciudad fortificada a unos 15 km de distancia . La sorpresa era crucial para que el enemigo no pudiese introducir auxilios en la ciudad. Al amanecer se descubrió el engaño: se había logrado cercar una plaza con muy pocos defensores.

el condestable de Montmorency envió a su vanguardia a inspeccionar S. Quintín. Unos 6.000 franceses se acercaron a la orilla del río, mientras el duque de Saboya proseguía el sitio sin darles importancia. Viendo que no era atacado ni molestado en sus tareas de observación, el capitán francés dedujo que las fuerzas de Felipe II no eran tan fuertes como se pensaba. Con esta impresión volvió a su campamento y el ejército galo se dispuso a avanzar.

Los 20.000 hombres del condestable de Francia (6.000 de ellos jinetes, mandados por Nervers) llegaron a la orilla del río tras unas agotadoras marchas y avistaron la ciudad, fue el 10 de agosto de 1.557, festividad de S. Lorenzo. Sus cañones empezaron a batir de inmediato el campamento sitiador, mientras llegaban al rió cientos de barcas que habían requisado para que sus soldados pudieran cruzarlo. El plan era atravesar lo más rápidamente posible el Somme, al oeste de S. Quintín y, que miles de hombres pudiesen reforzar la guarnición de la ciudad. Por desgracia para ellos, el cruce del río en las barcas sobrecargadas, que con frecuencia se varaban en los fondos cenagosos se convirtió en una tarea muy lenta, un nuevo grupo mandado por Andelot, que cruzó con éxito el río, se toparon con los arcabuceros del duque de Saboya, apostados en la otra orilla del río, disparando sobre ellos con total impunidad, causando una cuantiosa matanza. De los que alcanzaron la otra orilla, muchos de ellos lo hicieron heridos y con las armas mojadas. Sólo unos 300 pudieron penetrar en la ciudad, aunque sin armas, suministros o munición, y el mismo Andelot, resultó herido.

Mientras la infantería gala se empantanaba en el río, el duque de Saboya ordenó al conde Egmont y sus jinetes cruzarlo más arriba sin que el enemigo se percatase. Ello fue posible por el escaso caudal que llevaba el Somme en el verano. Se pudo levantar un puente sobre barcas que, camuflado, pasó inadvertido a Montmorency. La caballería cruzó el río, se escondió tras unas colinas y esperó. Después comenzó bien a la vista, a cruzar por un puente más cercano toda la infantería del duque de Saboya que no era indispensable para mantener el sitio, con mil jinetes más. El general francés respondió enviando a su caballería. Había caído en la trampa. Cuando los caballos franceses estaban a punto de acometer a la infantería del rey español, Egmont cargó por la espalda y el flanco de los confiados galos, que se vieron copados entre dos fuegos: los caballeros de Egmont y las fuerzas del duque. El condestable comprendió la treta y mandó hacer retroceder a sus caballos. Después ordenó a su infantería que estaba tratando de cruzar el río, que volviese atrás para hacer frente al ejército del duque de Saboya, que se le echaba encima.

La batalla

A Montmorency solo le quedaba la opción de la retirada. Había calculado mal la opción de su enemigo para cruzar el Somme y ahora solo le quedaba salvar el máximo de fuerzas, confiando en que la ciudad pudiese resistir por sí sola. Pero su infantería estaba muy agotada por los combates en el río , lo que hizo que la marcha fuera muy lenta A la cabeza iban los cañones, detrás los infantes, muchos de ellos heridos, los carros, y, en retaguardia la caballería, que trataba de proteger toda la comitiva. El objetivo era alcanzar los montes de Montescourt, en donde el condestable esperaba reorganizar la defensa.

El duque de Saboya, por su parte, advirtiendo el desgaste enemigo y su lenta retirada, decidió buscar la batalla campal para obtener una victoria rotunda. Ordenó a parte de la caballería de Egmont que se adelantase por los flancos al ejército francés en retirada y se situase delante de los bosques a los que pretendían llegar. De ese modo al cortarles el camino les obligaría a presentar batalla. Mientras tanto, con otras unidades montadas no dejaba de hostigar a la retaguardia francesa lo que forzaba a los galos a detenerse una y otra vez para frenar los ataques.

Por fin, tras tres horas de una agotadora marcha, el ejército francés llegó a las inmediaciones del bosque, pero cuando creían que estaban salvados se detuvieron en seco. Allí estaban 2.000 jinetes cortándoles el paso. El condestable de Francia supo que no le quedaba otra opción que combatir. Su situación era desesperada; era imposible transformar en breve tiempo ,una caravana desorganizada, agotada y en retirada en una formación de batalla. Aun así, logro situar lo que quedaba de su caballería en las alas, sus mercenarios alemanes en vanguardia y él, junto con los veteranos gascones, en retaguardia.

Para no dar tiempo a que se organizase la defensa, empezó el ataque de los 8.000 jinetes de Egmont, con él al frente. Detrás venía la infantería del duque de Saboya que mandaba el centro; en el ala derecha se encontraban Mansfeld y Horne, y el ala izquierda iba a cargo de Aremberg y Brunswich. Los jinetes atacantes desbandaron a los defensores de los carromatos y cañones, y comenzaron a desgastar a la infantería sin que la exhausta caballería gala pudiese frenar la acometida. Poco a poco los cuadros empezaron a romperse y por sus grietas, irrumpieron las monturas atacante. Los arcabuceros españoles, con sus contantes descargas, destrozaron sin parar las filas galas. Ante el desastre, los 5.000 mercenarios alemanes se rindieron, hecho que coincidió con la llegada a la batalla del duque de Saboya y sus infantes. A Montmorency solo le quedaban sus gascones, que enseguida se vieron castigados por fuego de arcabuz y metralla.

Todo acabó en cuestión de una hora. La carnicería fue espantosa. Los vencidos contaron más de 6.000 muertos, entre los que había 300 prisioneros de la nobleza y entre los cuales se hallaban los duques de Montpensier y de Longueville, el príncipe de Mantua, el mariscal de Saint André y Rhingrave, con otros grandes señoresy entre los muertos se hallaba el señor de Enghien y capturadas más de 50 banderas y toda la artillería. Los prisioneros fueron 7.000, entre ellos Montmorency, herido, que en vano había buscado el combate personal para morir con honor. Fue capturado por un soldado español de caballería, llamado Sedano, que por este hecho recibió un premio de 10.000 ducados, repartiéndolos luego con su jefe, el capitán Venezuela. Los 5.000 mercenarios alemanes fueron repatriados a cambio del juramento de no servir bajo banderas francesas por un periodo provisional de seis meses. Otros 6.000 lograron escapar aprovechando el fragor de la batalla. Las bajas de las fuerzas de Felipe II apenas fueron de mil hombres, entre muertos y heridos.

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Fuentes: Crónicas de la historia de España II Vol.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XX

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Retíranse los araucanos con pérdida de mucha gente; escápase Tucapel muy herido rompiendo por los enemigos; cuenta Tegualda a don Alonso de Ercilla el estraño y lastimoso proceso de su historia.

Nadie prometa sin mirar primero
lo que de su caudal y fuerza siente,
que quien en prometer es muy ligero
proverbio es que de espacio se arrepiente.
La palabra es empeño verdadero
que habemos de quitar forzosamente
y es derecho común y ley espresa
guardar al enemigo la promesa.

Bien fuera destas leyes va la usanza
que en este tiempo mísero se tiene.
Promesas que os ensanchan la esperanza
y ninguna se cumple ni mantiene;
así la vana y necia confianza
que estribando en el aire nos sostiene,
se viene al suelo y llega el desengaño
cuando es mayor que la esperanza el daño.

De mí sabré decir cuan trabajada
me tiene la memoria, y con cuidado
la palabra que di, bien escusada,
de acabar este libro comenzado;
que la seca materia desgustada
tan desierta y estéril que he tomado
me promete hasta el fin trabajo sumo
y es malo de sacar de un terrón zumo.

¿Quién me metió entre abrojos y por cuestas
tras las roncas trompetas y atambores,
pudiendo ir por jardines y florestas
cogiendo varias y olorosas flores,
mezclando en las empresas y requestas
cuentos, ficciones, fábulas y amores,
donde correr sin límite pudiera
y dando gusto, yo lo recibiera?

¿Todo ha de ser batallas y asperezas,
discordia, fuego, sangre, enemistades,
odios, rencores, sañas y bravezas,
desatino, furor, temeridades,
rabias, iras, venganzas y fierezas,
muertes, destrozos, rizas, crueldades
que al mismo Marte ya pondrán hastío,
agotando un caudal mayor que el mío?

Mas a mí me es forzoso ser paciente,
pues de mi voluntad quise obligarme;
y así os pido, Señor, humildemente
que no os dé pesadumbre el escucharme.
Quel atrevido bárbaro valiente
aun no me da lugar de disculparme:
tal es la furia y priesa con que viene,
que apresurar la mano me conviene.

El cual, como encerrada bestia fiera,
ora de aquella y ora desta parte
abre sangrienta y áspera carrera,
y por todas el daño igual reparte
con un orgullo tal, que acometiera
allá en su quinto trono al fiero Marte,
si viera modo de subir al cielo,
según era gallardo de cerbelo.

Pero viéndose solo y mal herido
y el ejército bárbaro deshecho,
y todo el fiero hierro convertido
contra su fuerte y animoso pecho,
se retrujo a una parte, en la cual vido
quel cerro era peinado y muy derecho,
sin muro de aquel lado, donde un salto
había de más de veinte brazas de alto.

Como si en tal razón alas tuviera,
más seguras que Dédalo las tuvo,
se arroja desde arriba de manera
que parece que en ellas se sostuvo;
hizo prueba de sí fuerte y ligera,
que el salto, aunque mortal, en poco tuvo,
cayendo abajo el bárbaro gallardo
como una onza ligera o suelto pardo.

Mas, bien no se lanzó, que en seguimiento
infinidad de tiros le arrojaron,
que, aunque no le alcanzara el pensamiento,
antes que fuese abajo le alcanzaron.
Fue tanto el descargar, que en un momento
en más de diez lugares le llagaron,
pero no de manera que cayese
ni solo un paso y pie descompusiese.

Viéndose abajo y tan herido, luego
del propósito y salto arrepentido,
abrasado en rabioso y vivo fuego,
terrible y más que nunca embravecido,
quisiera revolver de nuevo al juego
y vengarse del daño recebido;
mas era imaginarlo desatino,
que el cerro era tajado y sin camino.

Cinco o seis veces la difícil vía
y de fortuna el crédito tentaba,
que fácil lo imposible le hacía
el coraje y furor que le incitaba:
por un lado y por otro discurría,
todo de acá y de allá lo rodeaba,
como el hambriento lobo encarnizado
rodea de los corderos el cercado.

Mas viendo al fin que era designio vano
y de tiros sobre él la lluvia espesa,
retirándose a un lado, vio en el llano
la trabada batalla y fiera priesa;
y como el levantado halcón lozano
que yendo alta la garza, se atraviesa
el cobarde milano, y desde el cielo
cala a la presa con furioso vuelo,

así el gallardo Tucapel, dejado
el temerario intento infrutuoso,
revuelve a la otra banda, encaminado
al reñido combate sanguinoso.
En esto el bando infiel desconfiado,
de mucha gente y sangre perdidoso,
se retiró siguiendo las banderas
que iban marchando ya por las laderas.

No por eso torció de su demanda
un solo paso el bárbaro valiente,
antes recio embistió por una banda,
tropellando de golpe mucha gente,
y dándoles terrible escurribanda,
pasó de un cabo a otro francamente,
hiriendo y derribando de manera
que dejó bien abierta la carrera.

Quién queda allí estropiado, quién tullido,
quién se duele, quién gime, quién se queja,
quién cae acá, quién cae allá aturdido,
quién haciéndole plaza, dél se aleja;
y en el largo escuadrón de armas tejido
un gran portillo y ancha calle deja,
con el furor que el fiero rayo apriesa
rompe el aire apretado y nube espesa.

De tal manera Tucapel, abriendo
de parte a parte el escuadrón cristiano,
arriba a los amigos, que siguiendo
iban la retirada a paso llano,
con el concierto y orden procediendo,
que vemos ir las grullas el verano,
cuando de su tendida y negra banda
ninguna se adelanta ni desmanda.

Nosotros, aunque pocos, cuando vimos
que a espaldas vueltas iban ya marchando,
de nuestro fuerte en gran tropel salimos
en la campaña un escuadrón formando,
y a paso moderado los seguimos,
de la vitoria enteramente usando;
pero dimos la vuelta apresurada
temiendo alguna bárbara emboscada.

Duró, pues, el reñido asalto tanto
que el sol en lo más alto levantado
distaba del poniente un punto cuanto
estaba del oriente desviado.
Nosotros, ya seguros, entretanto
que remataba el curso acostumbrado,
dando lugar a las noturnas horas
del personal trabajo aliviadoras,

el ciego foso alrededor limpiamos,
sin descansar un punto diligentes,
y en muchas partes dél desbaratamos
anchas, traviesas y formadas puentes;
los lugares más flacos reparamos,
con industria y defensas suficientes,
fortificando el sitio de manera
que resistir un gran furor pudiera.

La negra noche a más andar cubriendo
la tierra, que la luz desamparaba,
se fue toda la gente recogiendo
según y en el lugar que le tocaba;
la guardia y centinelas repartiendo,
que el tiempo estrecho a nadie reservaba,
me cupo el cuarto de la prima en suerte
en un bajo recuesto junto al fuerte;

donde con el trabajo de aquel día
y no me haber en quince desarmado,
el importuno sueño me afligía,
hallándome molido y quebrantado;
mas con el nuevo ejercicio resistía,
paseándome deste y de aquel lado
sin parar un momento; tal estaba
que de mis propios pies no me fiaba.

No el manjar de sustancia vaporoso,
ni vino muchas veces trasegado,
ni el hábito y costumbre de reposo
me habían el grave sueño acarreado.
Que bizcocho negrísimo y mohoso
por medida de escasa mano dado
y la agua llovediza desabrida
era el mantenimiento de mi vida.

Y a veces la ración se convertía
en dos tasados puños de cebada,
que cocida con yerbas nos servia
por la falta de sal, la agua salada;
la regalada cama en que dormía
era la húmida tierra empantanada,
armado siempre y siempre en ordenanza,
la pluma ora en la mano, ora la lanza.

Andando, pues, así con el molesto
sueño que me aquejaba porfiando,
y en gran silencio el encargado puesto
de un canto al otro canto paseando,
vi que estaba el un lado del recuesto
lleno de cuerpos muertos blanqueando,
que nuestros arcabuces aquel día
habían hecho gran riza y batería.

No mucho después desto, yo que estaba
con ojo alerto y con atento oído,
sentí de rato en rato que sonaba
hacia los cuerpos muertos un ruido,
que siempre al acabar se remataba
con un triste sospiro sostenido,
y tornaba a sentirse, pareciendo
que iba de cuerpo en cuerpo discurriendo.

La noche era tan lóbrega y escura
que divisar lo cierto no podía,
y así por ver el fin desta aventura
( aunque más por cumplir lo que debía )
me vine, agazapado en la verdura,
hacia la parte que el rumor se oía,
donde vi entre los muertos ir oculto
andando a cuatro pies un negro bulto.

Yo de aquella visión mal satisfecho,
con un temor, que agora aun no lo niego,
la espada en mano y la rodela al pecho,
llamando a Dios, sobre él aguijé luego.
Mas el bulto se puso en pie derecho,
y con medrosa voz y humilde ruego
dijo: ” Señor, señor, merced te pido,
que soy mujer y nunca te he ofendido.

“Si mi dolor y desventura estraña
a lástima y piedad no te inclinaren
y tu sangrienta espada y fiera saña
de los términos lícitos pasaren,
¿ qué gloria adquirirás de tal hazaña,
cuando los justos cielos publicaren
que se empleó en una mujer tu espada,
viuda, mísera, triste y desdichada ?

” Ruégote pues, señor, si por ventura
desventura, como fue la mía,
con amor verdadero y con fe pura
amaste tiernamente en algún día,
me dejes dar a un cuerpo sepultura,
que yace entre esta muerta compañía.
Mira que aquel que niega lo que es justo
lo malo aprueba ya y se hace injusto.

” No quieras impedir obra tan pía,
que aun en bárbara guerra se concede,
que es especie y señal de tiranía
usar de todo aquello que se puede.
Deja buscar su cuerpo a esta alma mía,
después furioso con rigor procede,
que ya el dolor me ha puesto en tal estremo
que más la vida que la muerte temo;

“que no sé mal que ya dañarme pueda:
no hay bien mayor que no le haber tenido;
acábese y fenezca lo que queda
pues que mi dulce amigo ha fenecido.
Que aunque el cielo cruel no me conceda
morir mi cuerpo con el suyo unido,
no estorbará, por más que me persiga,
que mi afligido espíritu le siga.”

En esto con instancia me rogaba
que su dolor de un golpe rematase;
mas yo, que en duda y confusión estaba
aún, teniendo temor que me engañase,
del verdadero indicio no fiaba
hasta que un poco más me asegurase,
sospechando que fuese alguna espía
que a saber cómo estábamos venía.

Bien que estuve dudoso, pero luego
( aunque la noche el rostro le encubría ),
en su poco temor y gran sosiego
vi que verdad en todo me decía;
y que el pérfido amor, ingrato y ciego,
en busca del marido la traía,
el cual en la primera arremetida,
queriendo señalarse, dio la vida.

Movido, pues, a compasión de vella
firme en su casto y amoroso intento,
de allí salido, me volví con ella
a mi lugar y señalado asiento,
donde yo le rogué que su querella
con ánimo seguro y sufrimiento
desde el principio al cabo me contase
y desfogando la ansia descansase.

Ella dijo: ” ¡Ay de mí!, que es imposible
tener jamás descanso hasta la muerte,
que es sin remedio mi pasión terrible
y más que todo sufrimiento fuerte;
mas, aunque me será cosa insufrible,
diré el discurso de mi amarga suerte;
quizá que mi dolor, según es grave,
podrá ser que esforzándole me acabe.

” Yo soy Tegualda, hija desdichada
del cacique Brancol desventurado,
de muchos por hermosa en vano amada,
libre un tiempo de amor y de cuidado;
pero muy presto la fortuna, airada
de ver mi libertad y alegre estado,
turbó de tal manera mi alegría
que al fin muero del mal que no temía.

” De muchos fui pedida en casamiento,
y a todos igualmente despreciaba,
de lo cual mi buen padre descontento,
que yo acetase alguno me rogaba;
pero con franco y libre pensamiento
de su importuno ruego me escusaba,
que era pensar mudarme desvarío
y martillar sin fruto en hierro frío.

” No por mis libres y ásperas respuestas
los firmes pretensores aflojaron,
antes con nuevas pruebas y requestas
en su vana demanda más instaron,
y con danzas, con juegos y otras fiestas
mudar mi firme intento procuraron,
no les bastando maña ni artificio
a sacar mi propósito de quicio.

” Muy presto, pues, llegó el postrero día
desta mi libertad y señorío:
¡ oh si lo fuera de la vida mía !
Pero no pudo ser, que era bien mío.
En un lugar que junto al pueblo había
donde el claro Gualebo, manso río,
después que sus viciosos campos riega,
el nombre y agua al ancho Itata entrega,

allí, para castigo de mi engaño,
que fuese a ver sus fiestas me rogaron,
y como había de ser para mi daño,
fácilmente conmigo lo acabaron.
Luego, por orden y artificio estraño,
la larga senda y pasos enramaron,
pareciéndoles malo el buen camino
y que el sol de tocarme no era dino.

” Llegué por varios arcos donde estaba
un bien compuesto y levantado asiento,
hecho por tal manera que ayudaba
la maestra natura al ornamento.
El agua clara en torno murmuraba,
los árboles movidos por el viento
hacían un movimiento y un ruido
que alegraban la vista y el oído.

” Apenas, pues, en él me había asentado,
cuando un alto y solene bando echaron,
y del ancho palenque y estacado
la embarazosa gente despejaron.
Cada cual a su puesto retirado,
la acostumbrada lucha comenzaron,
con un silencio tal que los presentes
juzgaran ser pinturas más que gentes.

” Aunque había muchos jóvenes lucidos
todos al parecer competidores,
de diferentes suertes y vestidos,
y de un fin engañoso pretensores;
no estaba en cuáles eran los vencidos,
ni cuáles habían sido vencedores,
buscando acá y allá entretenimiento,
con un ocioso y libre pensamiento,

” Yo, que en cosa de aquellas no paraba
el fin de sus contiendas deseando,
ora los altos árboles miraba,
de natura las obras contemplando;
ora la agua que el prado atravesaba,
las varias pedrezuelas numerando,
libre a mi parecer y muy segura
de cuidado, de amor y desventura,

” cuando un gran alboroto y vocería
(cosa muy cierta en semejante juego )
se levanto entre aquella compañía,
que me sacó de seso y mi sosiego.
Yo, queriendo entender lo que sería,
al más cerca de mí pregunté luego
la causa de la grita ocasionada,
que me fuera mejor no saber nada.

” El cual dijo: – Señora, ¿ no has mirado
cómo el robusto joven Mareguano
con todos cuantos mozos ha luchado,
los ha puesto de espaldas en el llano ?
Y cuando ya esperaba confiado
que la bella guirnalda de tu mano
la ciñera la ufana y leda frente
en premio y por señal más valiente,

” aquel gallardo mozo bien dispuesto
del vestido de verde y encarnado,
con gran facilidad le ha en tierra puesto,
llevándole el honor que había ganado;
y el fácil y liviano pueblo desto
como de novedad maravillado,
ha levantado aquel confuso estruendo,
la fuerza del mancebo encareciendo.

” Y también Mareguano que procura
de volver a luchar, el cual alega
que fue siniestro caso y desventura,
que en fuerza y maña el otro no le llega;
pero la condición y la postura
del espreso cartel se lo deniega,
aunque el joven con ánimo valiente
da voces que es contento y lo consiente;

” Pero los jueces, por razón, no admiten
del uno ni de otro el pedimento,
ni en modo alguno quieren ni permiten
inovación en esto y movimiento,
mas que de su propósito se quiten
si entrambos de común consentimiento,
pareciendo primero en tu presencia
no alcanzaren de ti franca licencia.

” En esto a mi lugar enderezando
de aquella gente un gran tropel venía,
que como junto a mí llegó, cesando
el discorde alboroto y vocería,
el mozo vencedor la voz alzando,
con una humilde y baja cortesía
dijo: – Señora, una merced te pido,
sin haberla mis obras merecido:

” que si soy estranjero y no merezco
hagas por mí lo que es tan de tu oficio,
como tu siervo natural me ofrezco
de vivir y morir en tu servicio;
que aunque el agravio aquí yo le padezco,
por dar desta mi oferta algún indicio
quiero, si dello fueres tú servida,
luchar con Mareguano otra caída,

” y otra y otra y aun más, si él quiere, quiero,
hasta dejarle en todo satisfecho;
y consiento que al punto y ser primero
de reduza la prueba y el derecho,
que siendo en tu presencia cierta espero
salir con mayor gloria deste hecho.
Danos licencia, rompe el estatuto
con tu poder sin límite absoluto.

” Esto dicho, con baja reverencia
la respuesta, mirándome, esperaba;
mas yo, que sin recato y advertencia,
escuchándole atenta le miraba,
no sólo concederle la licencia
pero ya que venciese deseaba,
y así le respondí: – Si yo algo puedo,
libre y graciosamente lo concedo.

” Luego con un gallardo continente
ambos juntos de mí se despidieron,
y con grande alborozo de la gente
en la cerrada plaza los metieron,
adonde los padrinos igualmente
y sol ya bajo y campo les partieron,
y dejándolos solos en el puesto
el uno para el otro movió presto.

” Juntáronse en un punto y porfiando
por el campo anduvieron un gran trecho,
ora volviendo en torno y volteando,
ora yendo al través, ora al derecho,
ora alzándose en alto, ora bajando,
ora en sí recogidos pecho a pecho,
tan estrechos, gimiendo, se tenían,
que recebir aliento aun no podían.

” Volvían a forcejar con un ruido,
que era de ver y oírlos cosa estraña,
pero el mozo estranjero, ya corrido
de su poca pujanza y mala maña,
alzó de tierra al otro y de un gemido
de espaldas le trabuca en la campaña
con tal golpe, que al triste Mareguano
no le quedó sentido y hueso sano.

” Luego de mucha gente acompañado
a mi asiento los jueces le trujeron,
el cual ante mis pies arrodillado,
que yo le diese el precio me dijeron.
No sé si fue su estrella o fue mi hado
ni las causas que en esto concurrieron,
que comencé a temblar y un fuego ardiendo
fue por todos mis huesos discurriendo.

” Halléme tan confusa y alterada
de aquella nueva causa y acidente,
que estuve un rato atónita y turbada
en medio del peligro y tanta gente;
pero volviendo en mí más reportada,
al vencedor en todo dignamente,
que estaba allí inclinado ya en mi falda,
le puse en la cabeza la guirnalda.

” Pero bajé los ojos al momento
de la honesta vergüenza reprimidos,
y el mozo con un largo ofrecimiento
inclinó a sus razones mis oídos.
Al fin se fue, llevándome el contento
y dejando turbados mis sentidos;
pues que llegué de amor y pena junto
de solo el primer paso al postrer punto.

” Sentí una novedad que me apremiaba
la libre fuerza y el rebelde brío,
a la cual sometida se entregaba
la razón, libertad y el albedrío.
Yo, que cuando acordé, ya me hallaba
ardiendo en vivo fuego el pecho frío,
alcé los ojos tímidos cebados,
que la vergüenza allí tenía abajados.

” Roto con fuerza súbita y furiosa
de la vergüenza y continencia el freno,
le seguí con la vista deseosa,
cebando más la llaga y el veneno.

Los Monteros de Espinosa.

Museo de los Monteros 15-1-09 084

En el año 1006 cuando el conde Sancho García heredó el gobierno de Castilla a la muerte de su padre. La esposa de éste y madre de aquel, Doña Aba, se confabuló con un caudillo musulmán para acabar con su hijo. Una de las damas que acompañaban a la condesa se enteró de los aviesos planes y se los contó a su marido, escudero y mayordomo real del conde Sancho García.
Este escudero, Sancho Peláez de nombre, con la lealtad hacia su señor que le faltaba a la madre, le avisó del peligro que corría y de los planes que se habían trazado contra su persona. El conde tomó medidas y evitó su asesinato, acabando además con sus enemigos. El escudero era oriundo de Espinosa y por esto estableció el conde que: “Leal me fuiste, Sancho Peláez. Desde ahora guardarás mi sueño. Y que guarden también los hijos de Espinosa en los siglos venideros el sueño de todos los monarcas que Castilla tenga”.
Aquel hecho fue la creación de los Monteros de Espinosa, una unidad destinada a proteger al rey mientras dormía. El montero, también conocido como montero de cámara, debía ser hidalgo y natural de la villa de Espinosa, tal y como había determinado aquel conde a comienzos del siglo XI.
Desde Felipe I se hizo su servicio únicamente de noche, aunque durante las largas enfermedades que hicieron mantener al rey Felipe II postrado, su turno se hizo por largo tiempo extensivo de nuevo al diurno. Al comienzo de su historia, al igual que los somatophylakes de Alejandro Magno, o los huscarles de los reinos nórdicos, eran un reducido número de escolta personal condal, pero a lo largo de los siglos serían aumentados por sucesivos monarcas castellanos hasta alcanzar su máximo de 48 bajo el reinado de Isabel la Católica, y su nieto Carlos I que, por breve tiempo tras llegar de Flandes, sustituyó su servicio por el de los Archeros de Borgoña que traía bajo el mando del capitán Martín Preboste, de Malinas.
Las Cortes de Castilla exigieron que los usos y costumbres del Reino prevalecieran ante la nueva dinastía, y entre ellos su custodia personal por los monteros, que no usaban capitán otro que el mismo rey, mientras en tierras castellanas residiese, compartiéndose desde entonces su custodia con la guardia de flamencos que mantuvo, y siendo su teniente el Mayordomo Mayor del reino y durante su ausencia, su regente. El rey Fernando el Católico durante su impuesta regencia, la aumentó a 12 más aún para la guardia diurna y nocturna de su reina hija, Juana I
El uniforme de la Guardia de Monteros de Espinosa cambió y se adaptó a los tiempos y usos a lo largo de las diferentes épocas. Originariamente fue distintivo el que no usaban de armadura o armas pesadas, siendo principalmente unidad de escolta personal en actos oficiales y domésticos, fuera de campaña. Sus armas estaban orientadas al cuerpo a cuerpo directo y en espacios limitados fuera de la primera línea de defensa de otros cuerpos, maceros, alabarderos y caballería. Hacían la guardia armados de espada corta, bracamante o estoque medieval y escudo ligero, que se superaría después con la rodela o broquel, de más fácil porte. Además estaban a cargo de llevar las linternas de turno nocturno o mortuorio, y en ocasiones venablos de la Montaña o Vizcaínos y farol de mano.
En las estipulaciones que para el Cuerpo dejó en Carta el rey Enrique I de Castilla con fecha en 1206, aparte de otras concesiones, estaba el que les sería entregado paño colorado real, para la librea de su vestimenta. Color con el que serían vestidos todos aquellos pertenecientes al servicio de la casa Real de Castilla, hasta su unificación a la Corona de Aragón, en que el gualdo sería también añadido y pasaría a mayor representación durante el Imperio. Siendo solo a la llegada de la dinastía de Borbón en que las tropas de los reinos unificados en la península recibirían su mayor reorganización contemporánea y que cambiarían al azur de la librea francesa, más económico de mantener también.
Tras el exilio del rey Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República Española en 1931, quedaría disuelto este cuerpo de guardia y no volvería a ser restablecido salvo en nombre a título póstumo tras la instauración borbónica en 1975 con el rey Juan Carlos I.
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Hoy en día la Compañía Monteros de Espinosa es la Unidad de Infantería Ligera de la Guardia Real. Encuadrada en el Grupo de Honores es depositaria de una antigua tradición, al salvaguardar al Conde Don Sancho habitantes de Espinosa de los Monteros:
La Guardia Real anualmente despliega sus efectivos en esta localidad burgalesa para festejar aquellos hechos. Y es justo reseñar el buen trato de sus gentes y cariño con que reciben a los Monteros y a todos los Guardias Reales.

Expedición Española Contra China y el Imperio Khmer

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Por D. Gome Pérez das Mariñas y Ribadeneira
Gobernador y Capitan General de las Islas Filipinas,
con anterioridad Corregidor de León y de Cartagena
como también Capitan General, Justicia Mayor y Adelantado de Murcia 1595
Hacia finales del siglo XVI , el antiguo Imperio Khmer se encuentra en un periodo convulso y de franca decadencia.
Ya pasado su periodo de máximo esplendor, siglos IX al XII, sus gobernantes dominaban Vietnam, Birmania y la península de Malaca, el Imperio Khmer entra en franco declive. Una grave crisis económica y la pujanza del Budismo le dieron el toque de gracia. Los Emperadores dejaron de ser divinidades y su poder se resintió. Angkor Vat, la capital del Imperio fue abandonada en el siglo XV.
Hacia finales del XVI, el Estado Khmer había perdido gran parte de sus características nacionales y todo su vigor, estando muy influenciado por su vecino, el Reino de Siam.
En 1595, la Corte de Camboya anda revuelta y con problemas. Siam había atacado, ocupado el reino de los Khmer y derrotado a su rey Apram, el cual huyó al vecino Laos con toda su familia. Mientras, un familiar del rey Prabantul, se rebeló contra los Siameses, derrotándolos y ocupando Prabantul el trono de su primo.
Ante esto, el legítimo rey Apram, pidió ayuda a los españoles que residían en Camboya con unos cuantos comerciantes portugueses, entre los españoles se encontraba un tal Blas Ruiz de Ciudad Real, al que Apram nombró su embajador y lo mandó a Manila para solicitar ayuda.
Al mismo tiempo que llegaba Ruiz a Manila lo hacía una embajada enviada por el rey de Siam. La encabezaba un portugués, Diego Belloso, hasta ese momento prisionero en la Corte de Siam. El objetivo de esta Embajada era lograr que los españoles de Filipinas no entraran en el conflicto entre Siam y Camboya.
El Gobernador de Manila, Pérez Dasmariñas, decidió apoyar al destronado monarca Camboyano, para ello se enviaría una expedición con 120 españoles al mando de un Capitán Canario, Suárez Gallinato, junto con algunos mercenarios japoneses, en un Galeón y dos juncos.
Los otros mandos eran el propio Diego Belloso y Blas Ruiz, los dos embajadores forzados, se vieron trocados en capitanes de Junco y de tropas. Con ellos viajaba un dominico, Fray Gabriel de San Antonio, que es por él por quien se tienen noticias de estos sucesos.
El 19 de Enero de 1596 partía la pequeña expedición del Puerto de Manila, dividiendo una tempestad a la pequeña escuadra, los juncos llegaron a la desembocadura del Mekong en Camboya sin demasiados problemas, lo contrario que el Galeón de Gallinato que acabo en Singapur, con el aparejo y las cuadernas muy maltrechos. Gallinato se quedo a reparar los desperfectos perdiendo el contacto con Belloso y Ruiz. Entre los dos Juncos sumaban sesenta españoles y veinte Japoneses, una fuerza irrisoria para una intervención.
Al llegar estos a Camboya fueron recibidos por el rey usurpador Prabantul, quedando Ruiz como Jefe de la expedición por su condición de español y Belloso, portugués, como su segundo. Las órdenes que traían era tratar de resolver el problema dinástico entre familiares de modo pacifico, actuando como árbitros en el asunto y sacando ventajas comerciales o algún tipo de beneficio para los intereses de la Corona, como muestra de buena voluntad, entre otros muchos regalos, el Gobernador de Filipinas enviaba a Camboya un animal rarísimo y exótico para el país, un burro.
El burro salio rana, ya que con sus rebuznos espantaba a los elefantes del rey, al final no terminó de agradar a la Corte el regalito y el rey devolvió el presente.
Nada mas llegar, los españoles entraron en conflicto con los chinos, una colonia de mas de 3.000 personas que vivía en la capital, en su mayoría dedicados al comercio y que de inmediato vieron a los españoles como rivales y empezaron a hostigarlos, planteando Blas Ruiz el problema al rey para evitar un enfrentamiento directo.
Prabatul se quito de en medio, «Que arreglen los extranjeros sus diferencias entre ellos», pero el ataque a 3 españoles por parte de los chinos colmó la paciencia de Blas Ruiz, el resultado fue una escaramuza en plena capital con mas de 300 chinos muertos y sus juncos en poder de los castellanos.
Cuando el rey se enteró de esta noticia, exigió la devolución de los barcos y la presencia en su palacio de los capitanes españoles, acto seguido Blas Ruiz se encaminó hacia palacio con 40 de sus hombres. No se sabe como, se enteraron que se les preparaba una encerrona, y su reacción fue asaltar el palacio real durante la noche y provocar un incendio. Durante los incidentes el rey fue alcanzado por un disparo de arcabuz, muriendo allí mismo. Una multitud se lanzó en persecución de los españoles, que batiéndose en retirada y dando el frente a los perseguidores consiguieron llegar hasta los barcos a orillas del río.
Entre tanto, había llegado Suárez Gallinato con el resto de la expedición, el cual en lugar de aliarse con los partidarios del rey legitimo Apram, y aprovecharse de la situación, consideró mas prudente marcharse de Camboya para evitar nuevos combates, ya que estaban prácticamente sin víveres.
En su viaje de vuelta no les quedó mas remedio que bajar por el Mekong, bordear la costa, y llegar a los alrededores de la actual Saigón. al llegar a dicha ciudad los mercaderes no les querían vender provisiones y los españoles las acabaron tomando por la fuerza de las armas. Estaban pues en la Cochinchina, concretamente en el puerto de Chua Chang.
En este puerto encontraron semidestruida la nave en que había encontrado la muerte el gobernador Gómez Pérez, padre del Gobernador de Filipinas, Gómez Pérez se había puesto al frente de una expedición en socorro de las Molucas, que se habían rebelado.
Los marineros chinos de la nave se sublevaron a su vez y mataron a todos los castellanos, huyendo luego hacia Cochinchina.
Gallinato se enteró que el estandarte real de la nave y su cargamento estaba en manos del Rey de Tonkin y ni corto ni perezoso envió a uno de sus hombres (Gregorio de Vargas), con la misión de recuperar bandera y cargamento. No solo no lo consiguió sino que el soberano de Tonkin no murió de milagro.
En el puerto de Chua Chang donde recalaron unos buques japoneses, seguían las andanzas y pendencias. Un tripulante (un samurai), recibió un bofetón por parte de un español, queriendo el primero resolver el asunto, a golpes de Katana y que gracias a la intervención de un capitán español y otro japonés, el incidente quedó olvidado.
Otro conflicto fue cuando una pequeña escuadra japonesa atacó a los españoles con buques provistos de artillería, que aun así los derrotaron y pusieron en fuga.
Gallinato no queriendo mas enfrentamientos, el 4 de septiembre partió hacia a Manila, donde casó con una rica viuda, no sin antes ser atacado su barco por siete juncos piratas, muriendo tres soldados castellanos, pero a su vez, acabando con los atacantes.
Continuando el viaje, el rey de Sumatra los quiso contratar como mercenarios para una guerra contra el rey de Malaca pero andaban tan cansados y maltrechos tras tanto combate, que solo querían volver a Filipinas, a donde llegaron en Mayo de 1597. Entre tanto, Blas Ruiz había partido hacia Laos en busca del rey legitimo Ampram.
Cuando Blas Ruiz y Diego Belloso llegaron a Laos se encontraron que el rey Apram y su heredero habían muerto, solo quedaba un hijo menor, Prauncar, casi un niño.
El problema era que en Camboya se había proclamado rey el hijo del usurpador Prabantul, de nombre Chupinamu. Era pues preciso destronarlo.
Belloso y Ruiz hicieron circular la falsa noticia de que se esperaba la llegada de una flota desde Filipinas y otra desde Malaca con mercenarios. Tampoco descuidaron otras tácticas y compraron a dos Generales camboyanos para que cambiaran de bando.
Con estas malas artes y mucha suerte, recuperaron el trono de Camboya, Chupinamu el hijo del usurpador huyó al verse traicionado por sus Generales.
El nuevo rey, nombró a Belloso y a Blas Ruiz gobernadores de dos provincias y autorizó la presencia de misioneros católicos, llegando una embajada a Manila en agosto de 1598, Pérez Dasmariñas decide mandar dos religiosos junto con 200 soldados españoles a Camboya.
La expedición, en tres buques fue un desastre, uno de los navíos se hundió, salvándose solo el piloto. Otro pierde parte de la tripulación, pero logra llegar a Tagayan, en las propias Filipinas. El Tercero acaba en la costa de Kwantung, en China, sus tripulantes consiguen salvarse pero se pierde el barco. Tras pasar incontables calamidades son rescatados por un junco que parte de Macao.
El Gobernador de Filipinas organiza otra expedición, esta de dos buques, al mando de los Capitanes Luis Ortiz del Castillo y Luis de Villafane.
LLegados sanos y salvos a Camboya, son muy bien recibidos por Ruiz ,Belloso y el puñado de españoles que quedan. No así por la Corte Khemer.
El Rey Prauncar, aunque muy joven, tenia una afición a la bebida mas propia de un adulto, pasándose el día prácticamente ebrio. Gobernando el reino su madrastra, la viuda del difunto rey Apram y amante de uno de los generales que se habían dejado corromper por los españoles.
Este General, Ocuña, vio con muy malos ojos la llegada de refuerzos desde Filipinas y temió por su posición de favorito. Pretextando razones vanales obligo a los dos buques españoles a remontar el Mekong y volver a la costa, Ruiz intercedió ante el joven rey que estaba de resaca y nada hizo. Volvieron a la costa los buques, al poco tiempo fueron atacados por las tropas de Ocuña, mercenarios malayos mahometanos, fuerzas bien entrenadas y dotadas de artillería.
Los dos frailes dominicos y todos los soldados sucumbieron, la derrota fue total y completa. En la capital, Ruiz y Belloso, con los soldados que quedaban se hicieron fuertes en sus casas fortificándolas, pero el ataque de los Malayos de Ocuña no se hizo esperar, resultando muertos todos los españoles.
Tras estos acontecimientos, Ocuña mando asesinar al joven rey y ocupo su lugar, para verse derrocado al poco tiempo por un tío del monarca asesinado.
Sin haber obtenido al final ninguna ventaja política o comercial acabaron las expediciones españolas al reino de Camboya. En Filipinas se perdió el interés por este reino visto los embrollos y problemas que había traído consigo, no sin antes proponer, Álvaro de Sande a Felipe II la movilización de 1000 voluntarios de los Tercios Viejos como fuerza de avanzada, para intentar una invasión a China.
Una historia interesante y en algunos pasajes, inverosímil, la de estos españoles en Asia, que buscaban la fortuna y que encontraron toda clase de infortunios.
Publicado 22nd March 2012 por Juan José Godoy Espinosa de los Monteros

Alonso de Ercilla. LA Araucana Canto XIX

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En este canto se contiene el asalto que los araucanos dieron a los españoles en el fuerte de Penco; la arremetida de Gracolano a la muralla; la batalla de los marineros y soldados que habían quedado en guardia de los navíos, tuvieron en la marina con los enemigos.

Hermosas damas, si mi débil canto
no comienza a esparcir vuestros loores
y si mis bajos versos no levanto
a concetos de amor y obras de amores,
mi priesa es grande, y que decir hay tanto
que a mil desocupados escritores
que en ello trabajasen noche y día,
para todos materia y campo habría.

Y aunque apartado a mi pesar me veo
desta materia y presupuesto nuevo,
me sacará al camino el gran deseo
que tengo de cumplir con lo que os debo.
Y si el adorno y conveniente arreo
me faltan, baste la intención que llevo,
que es hacer lo que puedo de mi parte,
supliendo vos lo que faltare en la arte.

Mas la española gente, que se queja
con causa justa y con razón bastante,
dándome mucha priesa, no me deja
lugar para que de otras cosas cante,
que el ejército bárbaro la aqueja,
cercando en torno el fuerte en un instante
con terrible amenaza y alarido,
como en el canto atrás lo habéis oído.

Luego que en la montaña en lo más alto
tres gruesos escuadrones parecieron,
juntos a un mismo tiempo hicieron alto
y el sitio desde allí reconocieron;
visto el foso y el muro, el fiero asalto,
dada la seña, todos tres movieron
esgrimiendo las armas de tal suerte
que a nadie reservaban de la muerte.

El mozo Gracolano, no olvidado
de la arrogante oferta y gran promesa,
de varias y altas plumas rodeado,
blandiendo una tosca pica gruesa
venía dellos gran trecho adelantado,
rompiendo por el humo y lluvia espesa
de la balas y tiros arrojados
por brazos y cañones reforzados.

Llegado al justo término, terciando
la larga pica, arremetió furioso,
y en tierra el firme regatón fijando,
atravesó de un salto el ancho foso;
y por la misma pica gateando,
arriba sobre el muro vitorioso,
a pesar de las armas contrapuestas:
lanzas, picas, espadas y ballestas.

No agarrochado toro embravecido
la barrera embistió tan impaciente
ni fue con tanta fuerza resistido
de espesas armas y apiñada gente,
como el gallardo bárbaro atrevido,
que temeraria y venturosamente
rompiendo al parecer lo más seguro,
sube por fuerza al defendido muro,

donde sueltas las armas empachadas
(que aprovecharse dellas no podía),
a bocados, a coces y a puñadas
ganar la plaza él solo pretendía.
Los tiros, golpes, botes y estocadas
con gran destreza y maña rebatía,
poniendo pecho y hombro suficiente
al ímpetu y furor de tanta gente.

En medio de las armas, a pie quedo
sin ellas su promesa sustentaba,
y con gran pertinacia y poco miedo
de morir más adentro procuraba;
y en el vano propósito y denuedo,
herido ya en mil partes, porfiaba,
que su loca fortuna y diestra suerte
tenían suspenso el golpe de la muerte.

Así que en la demanda necia instando
se arroja entre los hierros, y se mete
cual perro espumajoso, que rabiando,
adonde más le hieren, arremete;
y el peligro y la vida despreciando,
lo más dudoso y áspero acomete,
desbaratando en torno mil espadas
al obstinado pecho encaminadas.

Viéndose en tal lugar solo y tratado
según la temeraria confianza,
no de su pretensión desconfiado
mas con alguna menos esperanza,
a los brazos cerró con un soldado
y de las manos le sacó la lanza,
sobre la cual echándose, en un punto
pensó salvar el foso y vida junto.

Mas la instable Fortuna, ya cansada
de serle curadora de la vida,
dio paso en aquel tiempo a una pedrada
de algún gallardo brazo despedida,
que en la cóncava sien la arrebatada
piedra gran parte le quedó sumida,
trabucándole luego de lo alto,
yendo en el aire en la mitad del salto.

Como el troyano Euricio que, volando
la tímida paloma por el cielo,
con gran presteza el corvo arco flechado
la atravesó en la furia de su vuelo,
que retorciendo el cuerpo y revolando,
como redondo ovillo vino al suelo,
así el herido mozo en descubierto
dentro del hondo foso cayó muerto.

De treinta y seis heridas justamente,
cayó el mísero cuerpo atravesado,
sin el último golpe de la frente,
que el número cerró ya rematado;
y la pica que el bárbaro valiente
de franca y buena guerra había ganado
quedó arrimada al foso de manera
que un trozo descubierto estaba fuera.

Pero el joven Pinol, que prometido
había de acompañarle en el asalto
y con él hasta el foso arremetido
aunque no se atrevió a tan grande salto,
como al valiente amigo vio tendido
y descubrir la pica por lo alto,
la arrebató, tomando por remedio
poner con pies ligeros tierra en medio.

Mas como no haya maña ni destreza
contra el hado preciso y dura suerte,
ni bastan prestos pies ni ligereza
a escapar de las manos de la muerte,
que al que piensa huir, con más presteza
le alcanza de su brazo el golpe fuerte,
como al ligero bárbaro le avino
en mudando propósito y camino,

que apenas cuatro pasos había dado
cuando dos gruesas balas le cogieron,
y de la espalda al pecho atravesado
a un tiempo por dos partes le tendieron.
No dio la alma tan presto que un soldado
de dos que a socorrerle arremetieron
de la costosa lanza no trabase
y con peligro suyo la salvase.

Luego de trompas gran rumor sonando,
la gruesa pica en alto levantaron,
y a toda furia en hila igual cerrando
al foso con gran ímpetu llegaron,
donde forzosamente reparando,
la munición y flechas descargaron
en tanta multitud, que parecían
que la espaciosa tierra y sol cubrían.

Pues en esta sazón Martín de Elvira,
que así nuestro español era llamado,
de lejos la perdida lanza mira
que el muerto Gracolán le había ganado.
Con loable vergüenza, ardiendo en ira,
de recobrar su honor deliberado,
por una angosta puerta que allí había
solo y sin lanza a combatir salía

con un osado joven, que delante
venía la tierra y cielo despreciado,
de proporción y miembros de gigante,
una asta de dos costas blandeando,
que acá y allá con término galante
la gruesa y larga pica floreando
ora de un lado y de otro, ora derecho,
quiso tentar del enemigo el pecho,

tirando un recio bote, que cebado
le retrujo seis pasos, de tal suerte
que el gallardo español desatinado
se vio casi en las manos de la muerte;
pero como animoso y reportado
haciendo recio pie, se tuvo fuerte,
pensando asir la pica con la mano,
mas este pensamiento salió vano:

que el indio con destreza y gran soltura
saltó ligero atrás, cobrando tierra,
y blandiendo la gruesa pica dura
quiso con otro rematar la guerra;
mas el prompto español, que entrar procura,
dándole lado, de la pica afierra
y aguijando por ella, a su despecho
cerró presto con él, pecho con pecho;

y habiendo con presteza arrebatado
una secreta daga que traía,
cinco veces o seis por el costado
del bravo corazón tentó la vía.
El bárbaro mortal, ya desangrado,
por todas la furiosa alma rendía,
cayendo el cuerpo inmenso en tierra frío,
ya de sangre y espíritu vacío.

El valiente español, que vio tendido
a su enemigo y la vitoria cierta,
cobró la pica y crédito perdido
retrayéndose ufano hacia la puerta
donde, por los amigos conocido,
fue sin contraste en un momento abierta,
y dentro recebido alegremente
con grande aplauso y grita de la gente.

En este tiempo ya por todos lados
la plaza los contrarios expugnaban,
que a vencer o morir determinados
por los fuegos y tiros se lanzaban;
y encima de los muertos hacinados,
los vivos a tirar se levantaban,
de donde más la cierta puntería
el encubierto blanco descubría.

Unos con ramas, tierra y con maderos
ciegan el hondo foso presurosos;
otros, que más presumen de ligeros,
hacen pruebas y saltos peligrosos;
y los que les tocaban ser postreros,
de llegar a las manos, deseosos,
tanto el ir adelante procuraban,
que dentro a los primeros arrojaban.

Mas de los muchos muertos y heridos
de nuestros arcabuces, de mampuesto
y de otros arrojados y caídos,
el foso se cegó y allanó presto;
por do los enemigos atrevidos
arremetieron, el temor propuesto,
llegando por las partes más guardadas
a medir con nosotros las espadas;

y prosiguiendo en el osado intento
de nuevo empiezan un combate duro,
mas otros con mayor atrevimiento
trepaban por las picas sobre el muro,
que al bárbaro furor y movimiento
ningún alto lugar había seguro,
ni parte, por más áspera que fuese,
donde no se escalase y combatiese.

Los nuestros sobre el muro amontonados
los rebaten, impelen y maltratan,
y con lanzas y tiros arrojados
los derriban abajo y desbaratan.
Mas poco los demás escarmentados,
la difícil subida no dilatan,
antes procuran luego embravecidos
ocupar el lugar de los caídos.

Unos así tras otros procediendo,
ganosos de honra y de temor desnudos,
siempre la priesa y multitud creciendo,
crece la furia de los golpes crudos;
los defendidos términos rompiendo,
cubiertos de sus cóncavos escudos,
nos pusieron en punto y apretura
que estuvo lo imposible en aventura.

En este tiempo Tucapel furioso
apareció gallardo en la muralla
esgrimiendo un bastón fuerte y ñudoso
todo cubierto de luciente malla.
Como el león de Libia vedijoso,
que abriendo de la tímida canalla
el tejido escuadrón, con furia horrenda
desembaraza la impedida senda,

así el furioso bárbaro arrogante
discurre por el muro, derribando
cuanto allí se le opone y vee delante,
su misma gente y armas tropellando.
Quisiera tener lengua y voz bastante
para poder en suma ir relatando
el singular esfuerzo y valentía
que el bravo Tucapel mostró aquel día.

No las espesas picas ni pertrechos
bastan puestas en contra a resistirle,
ni fuertes brazos ni robustos pechos
pueden, acometiéndole, impedirle;
que montones de gente y armas hechos
rompe y derriba sin poder sufrirle,
y aún, no contento desto, osadamente
se arroja dentro en medio de la gente.

Y al peligro las fuerzas añadiendo,
la poderosa maza rodeaba,
unos desbaratando, otros rompiendo,
siempre más tierra y opinión ganaba.
Al fin, los duros golpes resistiendo,
por las armas y gente atravesaba,
hiriendo siempre a diestro y siniestro,
con grande riesgo suyo y daño nuestro.

También hacia la banda del poniente
había Peteguelén arremetido,
y a despecho y pesar de nuestra gente
en lo más alto del bastión subido.
Que el valeroso corazón ardiente
le había por las entrañas esparcido
un belicoso ardor, como si fuera
en la verde y robusta edad primera.

Mucho no le duró, que a poca pieza
le arrebató una bala desmandada
de los dispuestos hombros la cabeza,
rematando su próspera jornada.
Tras ésta disparó luego otra pieza
hacia la misma parte encaminada,
llevando a Guampicol que le seguía,
y a Surco, Longomilla y Lebopía.

La gente que en la naos había quedado,
viendo el rumor y priesa repentina,
cuál salta luego arriba desarmado,
cuán con rodela; cuál con coracina;
quién se arroja al batel, y quién a nado
piensa arribar más presto a la marina,
llamando cada cual a quien debía
y ninguno aguardaba compañía.

Así a nado y a remo, con gran pena
el molesto y prolijo mar cortaron,
y en la ribera y deseada arena
casi todos a un tiempo pie tomaron,
donde con diciplina y orden buena
un cerrado escuadrón luego formaron,
marchando a socorrer a los amigos
por medio de las armas y enemigos.

Del mar no habían sacado los pies, cuando
por la parte de abajo con ruido
les sale un escuadrón en contra, dando
una furiosa carga y alarido.
Venía el primero el paso apresurando
el suelto Fenistón, mozo atrevido,
que de los otros quiso adelantarse,
con gana y presunción de señalarse.

Nuestra gente con orden y osadía
siguiendo su derrota y firme intento,
a la enemiga opuesta arremetía,
que aun de esperar no tuvo sufrimiento;
y a recebir a Fenistón salía
con paso no menor y atrevimiento
y el diestro Julián de Valenzuela,
la espada en mano, al pecho la rodela.

Fue allí el primero que empezó el asalto
el presto Fenistón anticipado,
dando un ligero y no pensado salto
con el cual descargó un bastón pesado;
mas Valenzuela, la rodela en alto,
a dos manos el golpe ha reparado,
dejándole atronado de manera
como si encima un monte le cayera.

Bajó la ancha rodela a la cabeza
( tanto fue el golpe recio y desmedido),
y el trasportado joven una pieza
fue rodando de manos, aturdido;
mas luego, aunque atronado, se endereza,
y volviendo del todo en su sentido,
pudo al través hurtándose de un salto,
huir la maza que calaba de alto.

Entró el leño por tierra un gran pedazo
con el gran peso y fuerza que traía,
que visto Valenzuela el embarazo
del bárbaro, y el tiempo que él tenía,
metiendo con presteza el pie y el brazo
el pecho con la espalda le cosía,
y al sacar la caliente y roja espada
le llevó de revés media quijada.

El araucano ya con desatino
le echó los brazos sin saber por donde,
mas el joven, tentando otro camino,
arrancada la daga, le responde ;
que con la priesa y fuerza que convino
tres veces en el cuerpo se la esconde,
haciéndole estender, ya casi helados,
los pies y fuertes brazos añudados.

Ya en aquella sazón ninguno había
que sólo un punto allí estuviese ocioso,
mas cada cual solícito corría
a lo más necesario y peligroso;
era el estruendo tal, que parecía
el batir de las armas presuroso,
que de sus fijos quicios todo el cielo
desencasado, se viniese al suelo.

Por otra parte, arriba en la muralla,
siempre con rabia y priesa hervorosa,
andaba muy reñida la batalla
y la vitoria en confusión dudosa.
Vuelta en el aire la cortada malla,
y de sangre caliente y espumosa
tantos arroyos en el foso entraban
que los cuerpos en ella ya nadaban.

Así de acá y de allá gallardamente
por la plaza y honor se contendía:
quién sobre el muerto sube diligente,
quién muerto sobre el vivo allí caía.
Don García de Mendoza entre su gente
su cuartel con esfuerzo defendía,
el gran furor y bárbara violencia
haciendo suficiente resistencia.

Don Felipe Hurtado a la otra mano,
don Francisco de Andía y Espinosa,
y don Simón Pereyra, lusitano,
don Alonso Pacheco y Ortigosa,
contrapuestos al ímpetu araucano,
hacían prueba de esfuerzo milagrosa
resistiendo a gran número la entrada
a pura fuerza y valerosa espada.

Basco Xuárez también por otra parte,
Carrillo y don Antonio de Cabrera,
Arias Pardo, Riberos y Lasarte,
Córdoba y Pedro de Olmos de Aguilera,
subidos sobre el alto baluarte
herían en los contrarios de manera
que, aunque eran infinitos, bien seguro
por toda aquella banda estaba el muro.

No menos se mostraba peleando
Juan de Torres, Garnica y Campofrío,
don Martín de Guzmán y don Hernando
Pacho, Gutiérrez, Zúñiga, y Verrío,
Ronquillo, Lira, Osorio, Vaca, Ovando,
haciendo cosas que el ingenio mío,
aunque libre de estorbos estuviera,
contarlas por estenso no pudiera.

Tanto el daño creció, que de aquel lado
los fieros araucanos aflojaron,
y rostro a rostro, en paso concertado,
quebrantado el furor se retiraron;
los otros, visto el daño no pensado,
también del loco intento se apartaron,
quedando Tucapel dentro del fuerte,
hiriendo, derribando y dando muerte.

No desmayó por esto, antes ardía
en cólera rabiosa y viva saña,
y aquí y allí furioso discurría
haciendo en todas partes riza estraña;
tropella a Bustamante y a Mexía,
derriba a Diego Pérez y a Saldaña.
Mas ya es razón, pues he cantado tanto,
dar fin al gran destrozo y largo canto.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XVIII

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Da el rey don Felipe el asalto a Sanquintín: entra en ella victorioso. Vienen los araucanos sobre el fuerte de los españoles.

¿Cuál será el atrevido que presuma
reducir el valor nuestro y grandeza
a término pequeño y breve suma,
y a tan humilde estilo tanta alteza ?
Que aunque por campo próspero la pluma
corra con fértil vena y ligereza,
tanto el sujeto y la materia arguye
que todo lo deshace y disminuye.

Y el querer atreverme a tanto creo
que me será juzgado a desatino
pues llegado a razón, yo mismo veo
que salgo de los términos a tino;
mas de serviros siempre el gran deseo
que siempre me ha tirado a este camino,
quizá adelgazará mi pluma ruda
y la torpeza de la lengua muda.

Y así vuestro favor (del cual procede
esta mi presunción y atrevimiento)
es el que agora pido y el que puede
enriquecer mi pobre entendimiento;
que si por vos, Señor, se me concede
lo que a nadie negáis, soltaré al viento
con ánimo la ronca voz medrosa,
indigna de contar tan grande cosa.

Y de vuestra largueza confiado
por la justa razón con que lo pido,
espero que, Señor, seré escuchado,
que basta para ser favorecido.
Volviendo a proseguir lo comenzado,
dije en el canto atrás que arremetido
había el furioso campo por tres vías
a las aportilladas baterías.

Y en la veloz corrida, contrastando
los tiros y defensas contrapuestas,
lo va todo rompiendo y tropellando
con animoso pecho y manos prestas;
y a los batidos muros arribando
por los lados y partes más dispuestas,
los unos y los otros se afrentaron
y los ánimos y armas se tentaron.

Los franceses con muestra valerosa,
armas y defensivos instrumentos,
resisten la llegada impetuosa
y los contrarios ánimos sangrientos;
mas la gente española, más furiosa
cuanto topaba más impedimentos,
con temoso coraje y porfiado
rompe lo más difícil y cerrado.

Vieran en las entradas defendidas
gran contienda, revuelta y embarazos,
muertes estrañas, golpes y heridas
de poderosos y gallardos brazos;
cabezas hasta el cuello y más hendidas,
y cuerpos divididos en pedazos:
que no bastan petos ni celadas
contra el crudo rigor de las espadas.

La plaza se expugnaba y defendía
con esfuerzo y valor por todos lados:
era cosa de ver la herrería
de las armas y arneses golpeados;
la espantosa y horrenda artillería,
las bombas y artificios arrojados
de pólvora, alquitrán, pez y resina,
aceite, plomo, azufre y trementina.

Y a vueltas, un granizo y lluvia espesa
de lanzas y saetas arrojaban,
peñas, tablas, maderos que a gran priesa
de los muros y techos arrancaban;
la fiera rabia y gran tesón no cesa,
hieren, matan, derriban; y así andaban
los unos y los otros muy revueltos
en fuego, sangre y en furor envueltos.

Unos la entrada sin temor defienden
con libre y animosa confianza,
otros de miedo por vivir ofenden,
poniéndoles esfuerzo la esperanza;
otros, que ya la vida no pretenden,
procuran de su muerte la venganza,
y que cayan sus cuerpos de manera
que al enemigo cierren la carrera.

Como el furor indómito y violencia
de una corriente y súbita avenida,
que, si halla reparo y resistencia,
hierve y crece allí la agua detenida,
al fin, con mayor ímpetu y potencia,
bramando abre el camino y la salida,
que las defensas rompe y desbarata
y en violento furor las arrebata,

de tal manera la francesa gente,
sin bastar resistencia y fuerza alguna,
la arrebató la próspera corriente
del hado de Felipe y su fortuna;
que, ya sin poder más, forzadamente
a su furia rendida, por la una
parte que estaba Cáceres, dio entrada
a la enemiga gente encarnizada.

Y aunque por esta parte el Almirante
el golpe de la gente resistía,
no fue ni pudo al cabo ser bastante
a la pujanza y furia que venía;
quedó prisión con otros, y adelante
la vitoriosa y fiera compañía,
dejando eterna lástima y memoria,
iba siguiendo el hado y la vitoria.

Pues en esta sazón, por la otra parte
que el diestro Navarrete peleaba,
sin ser ya la francesa gente parte,
a puro hierro la española entraba;
y a despecho y pesar del fiero Marte
que los franceses brazos esforzaba,
haciendo gran destrozo y cruda guerra,
de rota a más andar ganaban tierra.

Fue preso allí Andalot, que encomendada
le estaba la defensa de aquel lado;
he aquí también por la tercera entrada
que Julián Romero había asaltado.
La suspensa fortuna declarada,
abriendo paso al detenido hado,
la mano a don Felipe dio de modo,
que vencedor en Francia entró del todo.

Cortó luego un temor y frío yelo
los ánimos del pueblo enflaquecido,
rompiendo el aire espeso y alto cielo
un general lamento y alarido;
las armas arrojadas por el suelo,
escogiendo el vivir ya por partido,
acordaron con mísera huida
perder la plaza y guarecer la vida.

Pero los vencedores, cuando vieron
su gran temor y poco impedimento,
los brazos altos y armas suspendieron
por no manchar con sangre el vencimiento;
y sin hacer más golpe, arremetieron,
vuelto en codicia aquel furor sangriento,
al esperado saco de la tierra,
premio de la común gente de guerra.

Quién las herradas puertas golpeando
quebranta los cerrojos reforzados;
quién por picas y gúmenas trepando
entra por las ventanas y tejados;
acá y allá rompiendo y desquiciando,
sin reservar lugares reservados,
las casas de alto a bajo escudriñaban
y a tiento, sin parar, corriendo andaban.

Como el furioso fuego de repente
cuando en un barrio o vecindad se enciende,
que con rebato súbito la gente
corre con priesa y al remedio atiende,
y por todas las partes francamente
quien entra, sale, sube, quien deciende,
sacando uno arrastrando, otro cargado
el mueble de las llamas escapado,

así la fiera gente vitoriosa,
con prestas manos y con pies ligeros,
de la golosa presa codiciosa,
abre puertas, ventanas y agujeros,
sacando diligente y presurosa
cofres, tapices, camas y rimeros
y lo de más y menos importancia,
sin dejar una mínima ganancia.

No los ruegos, clamores y querellas,
que los distantes cielos penetraban,
de viudas y huérfanas doncellas
la insaciable codicia moderaban;
antes, rompiendo sin piedad por ellas,
a lo más defendido se arrojaban,
creyendo que mayor ganancia había
donde más resistencia se hacía.

Viéranse ya las vírgines corriendo
por las calles, sin guardia, a la ventura
los bellos rostros con rigor batiendo,
lamentando su hado y suerte dura;
y las míseras monjas, que rompiendo
sus estatutos, límite y clausura,
de aquel temor atónito llevadas,
iban acá y allá descarriadas.

Mas el pío Felipe, antes que entrasen
había mandado a todas las naciones
que con grande cuidado reservasen
las mujeres y casas de oraciones,
y amigos y conformes evitasen
pendencias peligrosas y quistiones:
que del saco y la presa a cada una
diese su parte franca la fortuna.

Las mujeres, que acá y allá perdidas,
llevadas del temor, sin tiento andaban,
por orden de Felipe recogidas
en seguro lugar las retiraban,
donde de fieles guardas defendidas
del bélico furor las amparaban;
que aunque fueron sus casas saqueadas,
las honras les quedaron reservadas.

Que los fieros soldados, obedientes
al cristiano y espreso mandamiento,
se mostraban en esto continente,
frenando aun el primero movimiento;
la revuelta y la mezcla de las gentes,
la mucha confusión y poco tiento
hizo que el daño en la ciudad creciese
y un repentino fuego se encendiese.

Súbito allí la llama alimentada,
arrojando espesísimas centellas,
del fresco viento céfiro ayudada
procuraba subir a las estrellas;
la miserable gente afortunada,
con dolorosas voces y querellas,
fijos los tiernos ojos en el cielo,
desmayando, esforzaban más el duelo.

A todas partes gritos lastimosos
en vano por el aire resonaban
y los tristes franceses temerosos
en las contrarias armas se arrojaban,
eligiendo por fuerza vergonzosos
el modo de morir que rehusaban,
antes que, como flacos, encerrados,
ser en llamas ardientes abrasados.

Mas del piadoso Rey la gran clemencia
había las fieras armas embotado,
que con remedio presto y diligencia
todo el furor y fuego fue apagado;
al fin, sin más defensa y resistencia,
dentro de Sanquintín quedó alojado,
con la llave de Francia ya en la mano,
hasta París abierto el paso llano.

El sol ya poco a poco declinaba
al hemisferio antártico encendido,
cuando yo, que alegrísimo miraba
todo lo que en mi canto habéis oído,
vi cerca una mujer que me hablaba,
más blanco que la nieve su vestido,
grave, muy venerable en el aspecto,
persona al parecer de gran respecto,

diciendo: ” Si las cosas que dijere
por cierta y verdadera profecía
dificultosa alguna pareciere,
créeme que no es ficción ni fantasía;
mas lo que el Padre Eterno ordena y quiere
allá en su excelso trono y hierarquía,
al cual está sujeto lo más fuerte,
el hado, la fortuna, el tiempo y muerte.

” Desta guerra y rencores encendidos
entre la España y Francia así arraigados,
resultarán conciertos y partidos,
por una parte y otra procurados,
en los cuales serán restituidos
al duque de Saboya sus estados,
con otros muchos medios provechosos,
en bien de Francia y a la España honrosos.

” Y para que más quede asegurada
la paz, con hermandad y firme asiento,
con la prenda de Enrico más amada
contraerá don Felipe casamiento.
Pero la cruda muerte acelerada
temprano deshará este ayuntamiento,
que el alto cielo así lo determina
y el decreto fatal y orden divina.

” En este tiempo Francia corrompida,
la católica ley adulterando,
negará la obediencia al Rey debida,
las sacrílegas armas levantando;
y con el cebo de la suelta vida
cobrará la maldad fuerza juntando
de gente infiel ejército formado
contra la Iglesia y propio Rey jurado.

“Por insolencias viejas y pecados
vendrá el reino a ser casi destruido,
y Carlos de sus pérfidos soldados
a término dudoso reducido;
serán con desacato derribados
los sumptuosos templos y ofendido
el mismo Sumo Dios y Sacramento,
sobrando a la maldad su sufrimiento;

“mas vuestro rey, con presta providencia,
previniendo al futuro daño luego,
atajará en España esta dolencia
con rigor necesario, a puro fuego.
Curada la perversa pestilencia,
las armas enemigas del sosiego
con furia moverá contra el Oriente,
enviando al Peñón su armada y gente.

“Aunque no pueda de la vez primera
conseguir el efeto deseado
volverá la segunda, de manera
que el áspero Peñón será expugnado;
y dejando segura la carrera
y el morisco contorno amedrentado,
por causa de los puertos e invernada
retirará la vitoriosa armada.

“Vendrán a España a la sazón de Hungría
dos príncipes de alteza soberana,
hijos de César Máximo y María,
de Carlos hija y de Felipe hermana,
que acrecentando el gozo y alegría
harán aquella corte y era ufana:
el mayor es Rodolfo, el otro Ernesto,
que a la fama darán materia presto.

” Y de sus altas obras prometiendo
en su pequeña edad grande esperanza,
en años y virtud irán creciendo,
virtud y años muy dignos de alabanza,
en quienes se verá resplandeciendo
un excelso valor y la crianza
del barón Dietristán, person dina
de dar a tales príncipes dotrina.

“Luego en el año próximo siguiente,
toda la cristiandad amenazando
la gruesa armada del infiel potente,
irá contra el Poniente navegando,
con tan gran aparato y tanta gente
que temblarán las costas y arribando
a la isla de Malta dará fondo,
que boja veinte leguas en redondo.

“Donde el grande Maestre y caballeros
que dentro asistirán en este medio,
con otros capitanes forasteros
ofrecerán las vidas al remedio,
y siempre constantísimos y enteros,
resistirán gran tiempo el fuerte asedio,
haciendo en la defensa tales cosas,
que se podrán tener por milagrosas.

“Serán batidos de uno y otro lado
por la tierra, por mar, por bajo y alto,
y el fuerte de San Telmo aportillado,
entrado a hierro en el noveno asalto;
el cual suceso al pueblo bautizado
pondrá en grande peligro y sobresalto,
porque en el puerto la turquesca armada
tendrá por las dos bocas franca entrada.

“Allí se verán hechos señalados,
difíciles empresas peligrosas,
ánimos temerarios arrojados,
cuando las esperanzas más dudosas;
postas, muros y fosos arrasados,
crudas heridas, muertes lastimosas,
casos grandes, sucesos infinitos
dignos de ser para en eterno escritos.

“Mas cuando ya no baste esfuerzo humano
y la fuerza al trabajo se rindiere,
el muro esté ya raso, el foso llano,
y la esperanza al suelo se viniere;
cuando el sangriento bárbaro inhumano
el cuchillo sobre ellos esgrimiere,
será entonces de todos conocido
lo que puede Felipe y es temido;

“pues con sola una parte de su armada
y número pequeño de soldados,
de su fortuna y crédito guiada,
rebatirá los otomanos hados,
y la afligida Malta restaurada,
serán los enemigos retirados,
las fatigadas velas dando al viento
con pérdida increíble y escarmiento.

“Luego el año después, con poderoso
ejército, en persona Solimano
por tierra moverá contra el famoso
César Augusto, Emperador romano,
y por la gran Panonia presuroso,
dejando a la derecha al Trasilvano
y atrás la ancha provincia de Dalmacia,
bajará a los confines de Corvacia.

“A Siguet, plaza fuerte y recogida
cuatro semanas la tendrá asediada
y al cabo, sin poder ser socorrida,
del fiero Solimán será ocupada;
mas la empresa difícil y la vida
acabará en un tiempo, que la airada
muerte, arribando el limitado curso,
pondrá término y punto a su discurso.

“Por otra parte, en Flandes los estados
desasidos de Dios en estos días,
turbarán el sosiego, inficionados
de perversos errores y herejías,
y contra el rey Felipe conspirados
tentarán de maldad diversas vías,
trayendo a estado y condición las cosas
que durarán gran término dudosas.

“También con pretensión de libertarse,
en el próspero reino de Granada
los moriscos vendrán a levantarse
y a negar la obediencia al Rey jurada;
la cual alteración, por no estimarse,
ni ser a los principios remediada,
será de grandes daños y costosa
de sangre ilustre y gente valerosa.

“Irá a esta guerra un mozo, que escondido
anda en humildes paños y figura,
que su imperial linaje esclarecido
difíciles empresas le asegura,
a quien tienen lo hados prometido
una famosa y súbita ventura:
éste es hijo de Carlos, que aún se cría,
y encubierto estará por algún día.

“Andará, como digo, disfrazado,
hasta que el padre al tiempo de la muerte
lo dejará por hijo declarado,
subiéndole en un punto a tanta suerte;
será de todos con razón amado,
franco, esforzado, valeroso y fuerte.
Es su nombre don Juan, y en esta parte
no puedo más decir ni revelarte.

“Baste que a los moriscos alterados
en su primera edad hará la guerra,
y los presidios rotos y ocupados
los vendrá a retirar dentro en la sierra,
adonde los tendrá tan apretados
que al fin reducirá la alzada tierra,
trasplantando en provincias diferentes
las raíces malvadas y simientes.

“Esta guerra acabada, de Alemaña,
de damas y gran gente acompañada
la infante Ana vendrá, Reina de España,
con el Rey don Felipe desposada;
donde con pompa y majestad estraña
será la insigne boda celebrada
en la antigua Segovia, un tiempo silla
de los famosos reyes de Castilla.

“Serán, pues, los dos príncipes llamados
del padre Emperador, que ya aquel día
querrá dar nuevo asiento en sus estados
y hacer rey a Rodolfo de la Hungría;
así que, para Génova embarcados,
arribarán, pasando a Lombardía,
por la ribera del Danubio amena,
a su ciudad famosa de Viena.

“Cuando ya la vuelta y turbaciones
de los tiempos den muestra de acabarse,
y el bélico furor y alteraciones
parezcan declinar y sosegarse,
entonces en las bárbaras regiones
comenzarán de nuevo a levantarse
las armas de los turcos inhumanos
contra los poderosos venecianos,

“y sacando una armada poderosa,
de todas sus provincias allegada,
en la vecina Cipro, isla famosa,
descargará la furia represada
y con espada cruda y rigurosa
será la tierra dellos ocupada,
entrando a Famagusta, ya batida,
sobre palabra falsa y fementida.

“Quedarán, pues, tan arrogantes desto
que, la armada de gente reforzando,
con soberbio designio y presupuesto
irán la vía de Italia navegando;
despreciando del mundo todo el resto,
y aun el poder del cielo despreciando:
tanto será su orgullo y fiera muestra,
nacido del pecado y culpa vuestra.

“Mas el alto Señor, que otro dispone,
y en vuestro bien por su piedad la ordena,
que, cuando faltan méritos, compone
con su sangre y pasión la deuda ajena,
y por solo un gemir luego repone
la punición y merecida pena,
quebrantará con golpe riguroso
la soberbia del bárbaro ambicioso:

“que doliéndose ya de la fatiga
del pueblo pecador, pero cristiano,
contra la gente pérfida enemiga
esgrimirá la poderosa mano;
así de inspiración habrá una Liga,
donde el Papa y el Senado veneciano
juntarán su poder, su fuerza y gente
con la del Rey Católico potente.

“Será en gracia de todos elegido
general de la Liga el floreciente
mozo que en su niñez – desconocido –
anda en hábito humilde entre la gente,
pero no me es a mí ya concedido
revelar lo futuro abiertamente:
basta que lo verás, pues te asegura
más larga vida el hado que ventura.

“Mas si quieres saber desta jornada
el futuro suceso nunca oído,
y la cosa más grande señalada
que jamás en historia se ha leído,
cuando acaso pasares la cañada
por donde corre Rauco más ceñido,
verás al pie de un líbano a la orilla
una mansa y doméstica corcilla.

“Conviénete seguirla con cuidado,
hasta salir en una gran llanura,
al cabo de la cual verás a un lado
una fragosa entrada y selva escura
y tras la corza tímida emboscado
hallarás en mitad de la espesura
debajo de una tosca y hueca peña
una oculta morada muy pequeña.

“Allí, por ser lugar inhabitable,
sin rastro de persona ni sendero,
vive un anciano, viejo venerable,
que famoso soldado fue primero,
de quien sabrás do habita el intratable
Fitón, mágico grande y hechicero,
el cual te informará de muchas cosas
que están aún por venir, maravillosas.

“No quiero decir más en lo tocante
a las cosas futuras, pues parece
que habrá materia y campo asaz bastante
en lo que de presente se te ofrece
para llevar tus obras adelante
pues la grande ocasión te favorece;
que a mí sólo hasta aquí me es concedido
el poderte decir lo que has oído.

“Mas si el furor de Marte y la braveza
te tuvieren la pluma destemplada
y quisieres mezclar con su aspereza
otra materia blanda y regalada,
vuelve los ojos, mira la belleza
de las damas de España, que admirada
estoy, según el bien que allí se encierra,
cómo no abrasa Amor toda la tierra.

“Mas tente, que me importa a mí, primero
que de los ojos fáciles te fíes,
prevenir el peligro venidero,
para que dél con tiempo te desvíes;
y no aguardes al término postrero
ni en tu fuerza y mi ayuda te confíes,
que aunque quiera después contraponerme,
tu cerrarás los ojos por no verme.”

¡ Oh condición humana !, que al instante
que me privó que el rostro no volviese,
sólo aquel impedirme fue bastante
a que el prompto apetito se encendiese
y así, sin esperar más que adelante
en el sano consejo procediese,
volví los ojos luego, y de improviso
vi, si decirse puede, un paraíso.

En un asiento fértil y sabroso,
de alegres plantas y árboles cercado,
do el cielo se mostraba más hermoso
y el suelo de mil flores variado,
cerca de un claro arroyo sonoroso
que atravesaba el fresco y verde prado,
vi junta toda cuanta hermosura
supo y pudo formar acá natura.

Eran las damas del cercado aquellas
que en la dichosa España florecían:
el claro sol, la luna y las estrellas
en su respeto escuras parecían,
y sobre sus cabezas todas ellas
olorosas guirnaldas sostenían
de mil varias maneras rodeadas
de rubias trenzas, ñudos y lazadas.

Andaban por acá y allá esparcidos
gran copia de galanes estimados,
al regalado y blando amor rendidos,
corriendo tras sus fines y cuidados;
unos en esperanzas sostenidos,
otros en sus riquezas confiados,
todos gozando alegres y contentos
de sus lozanos y altos pensamientos.

En esto, con presteza y furia estraña
arrebatado por el aire vano,
la alta cumbre dejé de la montaña,
bajando al deleitoso y fértil llano
donde, si la memoria no me engaña,
vi la mi guía a la derecha mano,
algo medrosa y con turbado gesto
de haberme en tanto riesgo y trance puesto.

Que luego que los pies puse en el suelo,
los codiciosos ojos ya cebando,
libres del torpe y del grosero velo
que la vista hasta allí me iba ocupando,
un amoroso fuego y blando hielo
se me fue por las venas regalando,
y el brío rebelde y pecho endurecido
quedó al amor sujeto y sometido.

Y deseoso luego de ocuparme
en obras y canciones amorosas
y mudar el estilo, y no curarme
de las ásperas guerras sanguinosas,
con gran gana y codicia de informarme
de aquel asiento y damas tan hermosas,
en especial y sobre todo de una,
que vi a sus pies rendida mi fortuna.

Era de tierna edad, pero mostraba
en su sosiego discreción madura,
y a mirarme parece la inclinaba
su estrella, su destino y mi ventura.
Yo, que saber su nombre deseaba,
rendido y entregado a su hermosura,
vi a sus pies una letra que decía:
DEL TRONCO DE BAZÁN DOÑA MARÍA.

Y por saber más della, revolviendo
el rostro y voz a la prudente guía,
súbito el alboroto y fiero estruendo
de las bárbaras armas y armonía
me despertó del dulce sueño, oyendo:
” ¡ Arma, arma !; ¡ presto, presto !”, y parecía
romper el alto cielo los acentos
de las diversas voces e instrumentos.

En esta confusión, medio dormido,
a las vecinas armas corrí presto,
poniéndome en un punto apercebido
en mi lugar y señalado puesto,
cuando con ferocísimo alarido
por la áspera ladera del recuesto
apareció gran número de gente
y la rosada Aurora en el oriente.

Luego también por una y otra parte,
con no menores voces y denuedo,
tanta gente asomó que al fiero Marte
con su temeridad pusiera miedo.
Mas, para proceder parte por parte,
según estoy cansado, ya no puedo:
en el siguiente y nuevo canto pienso
de declararlo todo por estenso.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XVII

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Hace Millalauco su embajada. Salen los españoles de la isla, levantando un fuerte en el cerro de Penco. Vienen los araucanos a darles el asalto, cuéntase lo que en aquel mismo tiempo pasaba sobre la plaza fuerte de Sanquintín.

Nunca negarse deben los oídos
a enemigos ni amigos sospechosos,
que tanto os dejan más apercebidos
cuanto vos los tenéis por cautelosos.
Escuchados, serán más entendidos,
ora sean verdaderos o engañosos;
que siempre por señales y razones
se suelen descubrir las intenciones.

Cuando piensan que más os desatinan
con su máscara falsa y trato estraño,
os despiertan, avisan, encaminan
y encubriendo, descubren el engaño;
veis el blanco y el fin a donde atinan,
el pro y el contra, el interés y el daño;
no hay plática tan doble y cautelosa
que della no se infiera alguna cosa.

Y no hay pecho tan lleno de artificio
que no se le penetre algún conceto,
que las lenguas al fin hacen su oficio
y más si el que oye sabe ser discreto.
Nunca el hablar dejó de dar indicio
ni el callar descubrió jamás secreto:
no hay cosa más difícil, bien mirado,
que conocer un necio si es callado.

Y es importante punto y necesario
tener el capitán conocimiento
del arte y condición del adversario,
de la intención, disignio y fundamento:
si es cuerdo y reportado o temerario,
de pesado o ligero movimiento,
remiso, o diligente, incauto o astuto,
vario, indeterminable o resoluto.

Así vemos que el bárbaro Senado
por saber la intención del enemigo
al cauto Millalauco había enviado
debajo de figura y voz de amigo,
que con semblante y ánimo doblado,
mostrándose cortés, como atrás digo,
el rostro a todas partes revolviendo,
alzó recio la voz, así diciendo:

” Dichoso capitán y compañía,
a quien por bien de paz soy enviado
del araucano Estado y señoría,
con voz y autoridad del gran Senado.
No penséis que el temor y cobardía
jamás nos haya a término llegado
de usar, necesitados de remedio,
de algún partido infame y torpe medio;

” pues notorio os será lo que se estiende
el nombre grande y crédito araucano,
que los estraños términos defiende
y asegura debajo de su mano,
y también de vosotros ya se entiende
que, movidos de celo y fin cristiano,
con gran moderación y diciplina
venís a derramar vuestra dotrina.

” Siendo, pues, esto así, como la muestra
que habéis dado hasta aquí lo verifica,
y la buena opinión y fama vuestra
con claras y altas voces lo publica,
yo os vengo a segurar de parte nuestra,
y así a todos por mí se os certifica
que la ofrecida paz tan deseada
será por los caciques acetada.

” Que el ínclito Senado, habiendo oído
de vuestra parte algunas relaciones
con sabio acuerdo y parecer, movido
por legítimas causas y razones,
quiere acetar la paz, quiere partido
de lícitas y honestas condiciones,
para que no padezca tanta gente
del pueblo simple y género inocente.

” Que si la fe inviolable y juramento
de vuestra parte con amor pedido
y el gracioso y seguro acogimiento
de nuestra voluntad libre ofrecido
pueden dar en las cosas libre asiento
con honra igual y lícito partido
sin que los nuestros súbditos y estados
vengan por tiempo a ser menoscabados,

” a Carlos sin defensa y resistencia
por amigo y señor le admitiremos,
y el servicio indebido y obediencia
de nuestra voluntad le ofreceremos;
mas si queréis llevarlo por violencia,
antes los propios hijos comeremos
y veréis con valor nuestras espadas
por nuestro mismo pecho atravesadas.

” Pero por trato llano, sin recelo
podréis por vuestro Rey alzar bandera,
que el estado, las armas por el suelo,
con los brazos abiertos os espera,
reconociendo que el benigno cielo
le llama a paz segura y duradera,
quedando para siempre lo pasado
en perpetuo silencio sepultado.”

Aquí dio fin al razonar, haciendo
a su modo y usanza una caricia,
siempre en su proceder satisfaciendo
a nuestra voluntad y a su malicia;
y el bárbaro poder disminuyendo
nos aumentaba el ánimo y codicia,
dándonos a entender que había flaqueza,
y abundancia de bienes y riqueza.

Oída la embajada, don García,
haciéndole gracioso acogimiento,
en suma respondió que agradecía
la propuesta amistad y ofrecimiento,
y que en nombre del Rey satisfaría
su buena voluntad con tratamiento
que no sólo no fuesen agraviados,
mas de muchos trabajos relevados.

Hizo luego sacar a dos sirvientes,
por más confirmación, algunos dones,
ropas de mil colores diferentes,
jotas, llautos, chaquiras y listones,
insignias y vestidos competentes
a nobles capitanes y varones,
siendo de Millalauco recebido
con palabras y término cumplido.

Así que, con semblante y aparencia
de amigo agradecido y obligado,
pidiendo al despedir grata licencia,
a la barca volvió que había dejado,
y con la acostumbrada diligencia
al tramontar del sol llegó al Estado,
do recebido fue con alegría
de toda aquella noble compañía.

Visto el despacho y la ocasión presente,
los caciques la junta dividieron,
y dando muestra de esparcir la gente
a sus casas de paz se retrujeron,
adonde sin rumor, secretamente,
las engañosas armas previnieron,
moviendo del común las voluntades,
aparejadas siempre a novedades.

Nosotros, no sin causa sospechosos,
allí más de dos meses estuvimos,
y a las lluvias y vientos rigurosos
del implacable invierno resistimos;
mas pasado este tiempo, deseosos
de saber su intención, nos resolvimos
en dejar el isleño alojamiento,
haciendo en tierra firme nuestro asiento.

Ciento y treinta mancebos florecientes
fueron en nuestro campo apercebidos:
hombres trabajadores y valientes
entre los más robustos escogidos,
de armas y de instrumentos convenientes
secreta y sordamente prevenidos;
yo con ellos también, que vez ninguna
dejé de dar un tiento a la fortuna,

para que en un pequeño cerro esento
sobre la mar vecina relevado,
levantasen un muro de cimiento
de fondo y ancho foso rodeado,
donde pudiese estar sin detrimento
nuestro pequeño ejército alojado,
en cuanto los caballos arribaban,
que ya teníamos nueva que marchaban.

Pues salidos a tierra, entenderían
la intención de los bárbaros dañada,
que en secreto las armas prevenían
con falso rostro y amistad doblada;
de do, si se moviesen, les darían
algún asalto y súbita ruciada
que, quebrantado el ánimo y denuedo,
viniesen a la paz de puro miedo.

Era imaginación fuera de tino
pensar que los soberbios araucanos
quisiesen de concordia algún camino
viéndose con las armas en las manos;
pero con la presteza que convino
los ciento y treinta jóvenes lozanos
pasaron a la tierra sin ayuda
más que el amparo de la noche muda.

Y aunque era en esta tierra cuando
Virgo alargaba a priesa el corto día
las variables horas restaurando
que usurpadas la noche le tenía,
antes que la alba fuese desterrando
la noturnas estrellas, parecía
la cumbre del collado levantada
de gente y materiales ocupada.

Cuáles con barras, picos y azadones
abren los hondos fosos y señales,
cuáles con corvos y anchos cuchillones,
hachas, sierras, segures y destrales
cortan maderos gruesos y troncones,
y fijados en tierra, con tapiales
y trabazón de leños y fajinas
levantan los traveses y cortinas.

No con tanto hervor la tiria gente
en la labor de la ciudad famosa,
solícita, oficiosa y diligente
andaba en todas partes presurosa;
ni César levantó tan de repente
en Dirrachio la cerca milagrosa
con que cercó el ejército esparcido
del enemigo yerno inadvertido,

cuanto fue de nosotros coronada
de una gruesa muralla la montaña,
de fondo y ancho foso rodeada,
con ocho gruesas piezas de campaña,
siento a vista de Arauco levantada
bandera por Felipe, Rey de España,
tomando posesión de aquel Estado
con los demás del padre renunciado.

Túvose por un caso nunca oído
de tanto atrevimiento y osadía,
entre la gente plática tenido
más por temeridad que por valentía,
que en el soberbio Estado así temido
los ciento y treinta en poco más de un día
pudiésemos salir con una cosa
tanto cuanto difícil peligrosa.

Nuestra gente del todo recogida,
la cual luego segura al fuerte vino,
que el alto sitio y pólvora temida
hizo fácil y llano aquel camino,
por las anchas cortinas repartida
según y por el orden que convino;
nos pusimos allí todos a una
debajo del amparo de fortuna.

La pregonera Fama, ya volando
por el distrito y término araucano,
iba de lengua en lengua acrecentando
el abreviado ejército cristiano,
la gente popular amedrentando
con un hueco rumor y estruendo vano,
que lo incierto a las veces certifica,
y lo cierto, si es mal, lo multiplica.

Llegada, pues, la voz a los oídos
de nuestros enemigos conjurados,
no mirando a los tratos y partidos
por una parte y otra asegurados,
con súbita presteza apercebidos
de municiones , armas y soldados,
sin aguardar a más, trataron luego
de darnos el asalto a sangre y fuego.

Juntos para el efeto en Talcaguano,
dos millas poco más de nuestro asiento,
el esforzado mozo Gracolano,
de gran disposición y atrevimiento,
dijo en voz alta: “¡ Oh gran Caupolicano!,
si en algo es de estimar mi ofrecimiento,
prometo que mañana en el asalto,
arbolaré mi enseña en lo más alto.

” Y porque a ti, señor, y a todos quiero
haceros de mis obras satisfechos,
con esta usada lanza me profiero
de abrir lugar por los contrarios pechos,
y que será mi brazo el que primero
barahuste las armas y pertrechos,
aunque más dificulten la subida
y todo el universo me lo impida.”

Así dijo; y los bárbaros en esto,
porque ya las estrellas se mostraban,
al fuerte, en escuadrón, con paso presto
cubiertos de la noche se acercaban,
y en una gran barranca, oculto puesto,
al pie de la montaña reparaban,
aguardando en silencio aquella hora
que suele aparecer la clara aurora.

Aquella noche, yo mal sosegado,
reposar un momento no podía,
ya fuese el peligro o ya el cuidado
que de escribir entonces yo tenía
Así imaginativo y desvelado,
revolviendo la inquieta fantasía,
quise de algunas cosas desta historia
descargar con la pluma la memoria.

En el silencio de la noche escura,
en medio del reposo de la gente,
queriendo proseguir en mi escritura
me sobrevino un súbito acidente,
cortóme un hielo cada coyuntura,
turbóseme la vista de repente,
y procurando de esforzarme en vano,
se me cayó la pluma de la mano.

Quisiérame quejar, mas fue imposible,
del acidente súbito impedido,
que el agudo dolor y mal sensible
me privó del esfuerzo y del sentido.
Pero pasado el término terrible,
y en mi primero ser restituido,
del tormento quedé de tal manera
cual si de larga enfermedad saliera.

Luego que con sospiros trabajados
desfogando las ansias aflojaron,
mis descaídos ojos agravados
del gran quebrantamiento se cerraron;
así los lasos miembros relajados
al agradable sueño se entregaron,
quedando por entonces el sentido
en la más noble parte recogido.

No bien al dulce sueño y al reposo
dejado el quebrantado cuerpo había,
cuando oyendo un estruendo sonoroso
que estremecer la tierra parecía,
con gesto altivo y término furioso
delante una mujer se me ponía,
que luego vi en su talle y gran persona
ser la robusta y áspera Belona.

Vestida de los pies a la cintura,
de la cintura a la cabeza armada
de una escamosa y lúcida armadura,
su escudo al brazo, al lado la ancha espada,
blandiendo en la derecha la asta dura,
de las horribles Furias rodeada,
el rostro airado, la color teñida,
toda de fuego bélico encendida,

la cual me dijo: “¡Oh mozo temeroso!,
el ánimo levanta y confianza,
reconociendo el tiempo y venturoso
que te ofrece tu dicha y buena andanza;
huye del ocio torpe perezoso,
ensancha el corazón y la esperanza;
y aspira a más de aquello que pretendes,
que el cielo te es propicio, si lo entiendes.

” Que viéndote a escrebir aficionado
como se muestra bien por el indicio,
pues nunca te han la pluma destemplado
las fieras armas y áspero ejercicio;
tu trabajo tan fiel considerado,
sólo movida de mi mismo oficio,
te quiero yo llevar en una parte
donde podrás sin límite ensancharte.

” Es campo fértil, lleno de mil flores,
en el cual hallarás materia llena
de guerras más famosas y mayores,
donde podrá alimentar la vena.
Y si quieres de damas y de amores
en verso celebrar la dulce pena,
tendrás mayor sujeto y hermosura
que en la pasada edad y en la futura.

“Sígueme”, dijo al fin; y yo admirado
viéndola revolver por donde vino,
con paso largo y corazón osado
comencé de seguir aquel camino,
dejando del siniestro y diestro lado
dos montes, que el Atlante y Apenino
con gran parte no son de tal grandeza
ni de tanta espesura y aspereza.

Salimos a un gran campo, a do natura
con mano liberal y artificiosa
mostraba su caudal y hermosura
en la varia labor maravillosa,
mezclando entre las hojas y verdura
el blanco lirio y encarnada rosa,
junquillos, azahares y mosquetas,
azucenas, jazmines y violetas.

Allí las claras fuentes murmurando
el deleitoso asiento atravesaban,
y los templados vientos respirando
la verde yerba y flores alegraban;
pues los pintados pájaros volando
por los copados árboles cruzaban,
formando con su canto y melodía
una acorde y dulcísima armonía.

Por mil partes en corros derramadas
vi gran copia de ninfas muy hermosas,
unas en varios juegos ocupadas,
otras cogiendo flores olorosas;
otras suavemente y acordadas,
cantaban dulces letras amorosas,
con cítaras y liras en las manos
diestros sátiros, faunos y silvanos.

Era el fresco lugar aparejado
a todo pasatiempo y ejercicio.
Quién sigue ya de aquél, ya deste lado
de la casta Diana el duro oficio:
ora atraviesa el puerco, ora el venado,
ora la liebre, y con el vicio,
gamuzas, capriolas y corcillas
retozan por la yerba y florecillas.

Quién el ciervo herido rastreando
de la llanura al monte atravesaba;
quién el cerdoso puerco fatigando
los osados lebreles ayudaba;
quién con templados pájaros volando
las altaneras aves remontaba:
acá matan la garza allá la cuerva,
aquí el celoso gamo, allí la cierva,

Estaba medio a medio deste asiento,
en forma de pirámide un collado,
redondo en igual círculo y esento,
sobre todas las tierras empinado.
Y sin saber yo cómo, en un momento,
de la fiera Belona arrebatado,
en la más alta cumbre dél me puso,
quedando dello atónito y confuso.

Estuve tal un rato, de repente
viéndome arriba, que mirar no osaba,
tanto que acá y allá medrosamente
los temerosos ojos rodeaba;
allí el templado céfiro clemente
lleno de olores varios respiraba,
hasta la cumbre altísima el collado
de verde yerba y flores coronado.

Era de altura tal que no podría
un liviano neblí subir a vuelo,
y así, no sin temor, me parecía
mirando abajo estar cerca del cielo;
de donde con la vista descubría
la grande redondez del ancho suelo,
con los términos bárbaros ignotos
hasta los más ocultos y remotos.

Viéndome, pues, Belona allí subido
me dijo: ” El poco tiempo que te queda
para que puedas ver lo prometido
hace que detenerme más no pueda:
mira aquel grueso ejército movido,
el negro humo espeso y polvoreda
en el confín de Flandes y de Francia
sobre una plaza fuerte de importancia.

” Después que Carlos Quinto hubo triunfado
de tantos enemigos y naciones,
y como invicto príncipe hollado
las árticas y antárticas regiones,
triunfó de la fortuna y vano estado
y aseguró su fin y pretensiones
dejando la imperial investidura
en dichosa sazón y coyuntura;

” y movido del pío y santo celo
que del gobierno público tenía,
pareciéndole poco lo del suelo,
según lo que en el pecho concebía,
vuelta la mira y pretensión al cielo,
el peso que en los hombros sostenía
le puso en los del hijo, renunciados
todos sus reinos, títulos y estados.

” Viendo el hijo la próspera carrera
del vitorioso padre retirado,
por hacer la esperanza verdadera
que siempre de sus obras había dado,
en el principio y ocasión primera
aquel copioso ejército ha juntado,
para bajar de la enemiga Francia
la presunción, orgullo y arrogancia.

” Aquella es Sanquintín que vees delante
que en vano contraviene a su ruina,
presidio principal, plaza importante,
y del furor del gran Felipe dina
Hállase dentro della el Almirante,
debajo cuyo mando y diciplina
está gran gente plática de guerra
a la defensa y guarda de la tierra.

” En tres partes allí, como se muestra,
el enemigo campo se reparte:
Cáceres con su tercio a mano diestra,
donde está de Felipe el estandarte;
el prompto Navarrete a la siniestra
con el conde de Mega, y de la parte
del burgo, Julián con tres naciones:
españoles, tudescos y valones.

” Llegamos, pues, a tiempo que seguro
podrás ver la contienda porfiada,
y sin escalas, por el roto muro
entrar los de Felipe a pura espada;
verás el fiero asalto y trance duro,
y al fin la fuerte Francia aportillada,
que al riguroso hado incontrastable
no hay defensa ni plaza inexpugnable.

” Conviéneme partir de aquí al momento
a meterme entre aquellos escuadrones,
y remover con nuevo encendimiento
los unos y los otros corazones;
tú desde aquí podrás mirar atento
las diferentes armas y naciones
y escribir de una y otra la fortuna,
dando su justa parte a cada una.”

Luego la diosa airada y compañía
por el aire en tropel se deslizaron
y en un instante, sin torcer la vía,
cual presto rayo a Sanquintín bajaron,
donde atizando el fuego que ya ardía,
con la amiga Discordia se juntaron,
que andaba entre las huestes y compañas
infundiéndoles ira en las entrañas.

En esto el fiero ejército furioso,
por la señal postrera ya movido,
en un turbión espeso y polvoroso
corre al batido muro defendido.
¡ Quién fuera de lenguaje tan copioso,
que pudiera esplicar lo que allí vido !.
Más, aunque mi caudal no llegue a tanto,
haré lo que pudiere en otro canto.

Alonso de Ercilla. La Araucana Canto XVI

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SEGUNDA PARTE
En este canto se acaba la tormenta. Contiénese la entrada de los españoles en el puerto de la Concepción e isla de Talcaguano; el consejo general que los indios en el valle de Ongolmo tuvieron; la diferencia que entre Peteguelén y Tucapel hubo. Asimismo, el acuerdo que sobre ella se tonó.

Salga mi trabajada voz y rompa
el són confuso y mísero lamento
con eficacia y fuerza que interrompa
el celeste y terrestre movimiento.
La fama con sonora y clara trompa,
dando más furia a mi cansado aliento
derrame en todo el orbe de la tierra
las armas, el furor y nueva guerra.

Dadme, ¡oh sacro Señor!, favor, que creo
que es lo que más aquí puede ayudarme,
pues en tan grande peligro ya no veo
sino vuestra fortuna en que salvarme.
Mirad dónde me ha puesto el buen deseo,
favoreced mi voz con escucharme,
que luego el bravo mar, viéndoos atento,
aplacará su furia y movimiento.

Y a vuestra nave el rostro revolviendo,
la socorred en este grande aprieto,
que, sin decirse es lícito, yo entiendo
que a vuestra voluntad todo es sujeto;
aunque el soberbio mar, contraveniendo
de los hados el áspero decreto,
arrancando las peñas de su suelo
mezcle sus altas olas con el cielo.

Espero que la rota nave mía
ha de arribar al puerto deseado,
a pesar de los hados y porfía
del contrapuesto mar y viento airado
que procuran así impedir la vía,
y diferir el término llegado
en que la antigua causa tan reñida
por vuestra parte había de ser vencida.

Los cuatro poderosos elementos
contra la flaca nave conjurados,
traspasando sus términos y asientos,
iban del todo ya desordenados:
indómitos, airados y violentos,
removidos, revueltos y mezclados
en su antigua discordia y fuerza entera,
como en el caos y confusión primera.

Pues de tantos contrarios combatida,
la quebrantada nave forcejando,
iba casi de un lado sumergida,
las poderosas olas contrastando;
mas ya el furioso viento y mar rendida,
sin poder resistir, se va acercando
a los yertos peñascos levantados
de las violentas olas azotados.

Con la congoja del morir presente,
las voces y las lástimas crecían,
que llevadas del céfiro inclemente
lejos las rocas cóncavas herían:
pilotos, marineros y la gente,
como locos, sin orden discurrían.
Unos dicen: “¡alarga!” y otros “¡iza!”,
quién por ir a la escota va a la triza.

El uno con el otro se atraviesa
y así turbado del temor se impide;
quién a públicas voces se confiesa
y a Dios perdón de sus errores pide;
quién hace voto espreso, quién promesa;
quién de la ausente madre se despide,
haciendo el gran temor siempre mayores
los lamentos, plegarias y clamores.

Por otra parte el cielo riguroso
del todo parecía venir al suelo,
y el levantado mar tempestuoso
con soberbia hinchazón subir al cielo.
¿Qué es esto, Eterno Padre Poderoso?
¿Tanto importa anegar un navichuelo
quel mar, el viento y cielo de tal modo
pongan su fuerza estrema y poder todo?

No la barca de Amiclas asaltada
fue del viento y del mar con tal porfía,
que aunque de leños frágiles armada
el peso y ser del mundo sostenía.
Ni la nave de Ulises, ni la armada
que de Troya escapó el último día
vieron con tal furor el viento airado,
ni el removido mar tan levantado.

La confianza y ánimo más fuerte
al temor se entregaban importuno,
que la espantosa imagen de la muerte
se le imprimió en el rostro a cada uno;
del todo ya rendidos a su suerte,
sin esperanza de remedio alguno,
el gobierno dejaban a los hados
corriendo acá y allá desatinados,

cuando un golpe de mar incontrastable,
bramando, en un turbión de viento envuelto,
rompió de la gran mura un grueso cable,
cubriendo el galeón ya todo vuelto.
Pero aquí sucedió un caso notable
y fue que el puño del trinquete suelto
trabó del gran vaivén a la pasada
el un diente de la áncora amarrada,

y cual si fuera estaca mal asida,
la arranca de su asiento y la arrebata
y acá y allá del viento sacudida
todo lo abate, rompe y desbarata.
Mas Dios, que de los suyos no se olvida,
( aunque a las veces su favor dilata )
hizo que el bauprés dichosamente
el áncora aferrase el corvo diente.

La vela se fijó y en el momento
gobernó el galeón rumbo derecho,
y a despecho del mar y recio viento,
botando a orza el timón, salió al levecho.
Fue tanto nuestro súbito contento,
que el temeroso inadvertido pecho
pudo sufrir difícilmente a un punto
el estremo de pena y gozo junto.

Luego, pues, que la súbita alegría
lanzó fuera al temor desconfiado,
y a su lugar volvió la sangre fría
que había los miembros ya desamparado,
la esforzada y contrita compañía,
el rostro al cielo en lágrimas bañado,
con oración devota y sacrificio
dio las gracias a Dios del beneficio.

Mas el hinchado mar embravecido
y el indómito viento rebramando,
al bajel acometen con ruido,
en vano, aunque se esfuerzan, porfiando
que, la fortuna de Felipe, asido
a jorro, ya le lleva remolcando
sobre las altas olas espumosas,
aun de anegar los cielos deseosas.

En esto, la cerrada niebla escura
por el furioso viento derramada,
descubrimos al este la Herradura,
y al sur la isla de Talca levantada.
Reconocida ya nuestra ventura
y la araucana tierra deseada,
viendo el morro de Penco descubierto,
arribamos a popa sobre el puerto;

el cual está amparado de una isleta
que resiste al furor del norte airado,
y los continuos golpes de mareta
que le baten furiosas de aquel lado.
La corva y larga punta una caleta
hace y seno tranquilo y sosegado,
do las cansadas naves, como digo,
hallan seguro albergue y dulce abrigo.

La nave sin gobierno destrozada,
surgió al alto reparo de una sierra
en gruesa amarra y áncora afirmada
que con tenace diente aferró tierra.
Apenas la alta vela fue amainada
cuando el alegre estruendo de la guerra
nos estendió, tocando en los oídos,
los ánimos y niervos encogidos.

La isleta es habitada de una gente
esforzada, robusta y belicosa,
la cual, viendo una nave solamente
venida allí por suerte venturosa,
gritando ” ¡ guerra !, ¡ guerra !”, alegremente
toma las fieras armas y furiosa,
con gran rebato y priesa repentina
corre en tropel confuso a la marina.

En la falda de un áspero recuesto
en formado escuadrón se representa,
y nosotros, con ánimo dispuesto
a cualquiera peligro y grande afrenta,
arremetimos a las armas presto,
que el trabajo pasado y la tormenta
nos hizo a todos estimar en nada
cualquier otro peligro y gran jornada.

Con recobrado aliento y nuevo brío
corrimos al batel, de la manera
que si lejos de tierra en un bajío
encallada la nave ya estuviera;
y por los anchos lados el navío
sus dos grandes bateles echó fuera,
en los cuales saltamos tanta gente
cuanta pudo caber estrechamente.

No es poético adorno fabuloso
mas cierta historia y verdadero cuento,
ora fuese algún caso prodigioso
o estraño agüero y triste anunciamiento,
ora violencia de astro riguroso,
ora inusado y rapto movimiento,
ora el andar el mundo, y es más cierto,
fuera de todo término y concierto;

que el viento ya calmaba, y en poniendo
el pie los españoles en el suelo,
cayó un rayo de súbito, volviendo
en viva llama aquel ñubloso velo;
y en forma de lagarto discurriendo,
se vio hender una cometa el cielo;
el mar bramó, y la tierra resentida
del gran peso gimió como oprimida.

Cortó súbito allí un temor helado
la fuerza a los turbados naturales,
por siniestro pronóstico tomado
de su ruina y venideros males,
viendo aquel movimiento desusado
y los prodigios tristes y señales
que su destrozo y pérdida anunciaban
y a perpetua opresión amenazaban.

Desto medrosos, aguardar no osaron,
que, soltando las armas ya rendidas,
del cerrado escuadrón se derramaron,
procurando salvar las tristes vidas;
el patrio nido al fin desampararon
y con mujeres, hijos y comidas,
por secretos caminos y senderos
se escaparon en balsas y maderos.

Luego los nuestros, sin parar corriendo,
las casas yermas, chozas y moradas
iban en todas partes descubriendo,
las rústicas viandas levantadas,
y con gran diligencia preveniendo
los caminos, las sendas y paradas,
por cavernas y espesos matorrales
buscaban los ausentes naturales,

donde en breve sazón fueron hallados
algunos pobres indios escondidos,
otros en pueblezuelos salteados,
que aun no estaban del miedo apercebidos.
Mas con buen tratamiento asegurados,
dándoles jotas, llautos y vestidos
y palabras de amor, los aquietaban
y a sus casas de paz los enviaban:

dándoles a entender que a nuestro intento
y causa principal de la jornada
era la religión y salvamento
de la rebelde gente bautizada
que en desprecio del Santo Sacramento,
la recebida ley y fe jurada
habían pérfidamente quebrantado
y las armas ilícitas tomado;

pero que si quisiesen convertirse
a la cristiana ley que antes tenían,
y a la fe quebrantada reducirse
que al grande Carlos Quinto dado habían,
en todas las más cosas convertirse
a su provecho y cómodo podrían,
haciéndoles con prendas firme y cierto
cualquier partido lícito y concierto.

Luego los instrumentos convenientes
al uso militar y a la vivienda
sacamos en las partes competentes,
que no hay quien nos lo impida ni defienda;
donde todos a un tiempo diligentes,
cuál arma, pabellón, cuál toldo o tienda,
quién fuego enciende, y en el casco usado
tuesta el húmido trigo mareado.

La negra noche horrenda y espantosa,
cubriendo tierra y mar, cayó del cielo,
dejando antes de tiempo presurosa
envuelto el mundo en tenebroso velo;
no quedó pabellón, tienda ni cosa
que el viento allí no la abatiese al suelo,
pareciendo con nuevo movimiento
desencasar la isleta de su asiento,

hasta que el tardo y deseado día
las nubes desterró y dejó sereno
el cielo, revistiendo de alegría
el aire escuro y húmido terreno;
luego la trabajada compañía,
conociendo el instable tiempo bueno,
procura reparar con diligencia
del riguroso invierno la violencia.

Unos presto destechan los pajizos
albergues de los indios ausentados;
otros con tablas, ramas y carrizos
al nuevo alojamiento van cargados,
y sobre troncos de árboles rollizos
en las hondas arenas afirmados,
gran número de ranchos levantamos
y en breve espacio un pueblo fabricamos.

Del modo que se veen los pajarillos
de la necesidad misma instruidos,
por trechos y apartados rinconcillos
tejer y fabricar los pobre nidos,
que de pajas, de plumas y ramillos
van y vienen, los picos impedidos,
así en el yermo y descubierto asiento
fabrica cada cual su alojamiento.

Ya que todos, Señor, nos alojamos
en el húmido sitio pantanoso
y con industria y arte reparamos
la furia del invierno riguroso,
las necesarias armas aprestamos,
soltando con estrépito espantoso
la gruesa y reforzada artillería
que en torno tierra y mar temblar hacía.

En las remotas bárbaras naciones
el grande estruendo y novedad sintieron:
pacos, vicuñas, tigres y leones
acá y allá medrosos dircurrieron;
los delfines, nereidas y tritones
en sus hondas cavernas se escondieron,
deteniendo confusos sus corrientes
los presurosos ríos y las fuentes.

Sintióse en el Estado la estampida
y algunos tan atónitos quedaron,
que la dura cerviz ,nunca oprimida,
sobre los yertos pechos inclinaron.
Así avisados ya de la venida
los instrumentos bélicos tocaron,
descogiendo por todas las riberas
sus lucidos pendones y banderas.

En el valle de Ongolmo congregados
los dieciséis caciques araucanos
y algunos capitanes señalados
de los interesados comarcanos,
todos en general deliberados
de venir con nosotros a las manos;
sobre el lugar, el tiempo y aparejo
entraron los caciques en consejo.

Rengo también con ellos, que admitido
fue al consejo de guerra por valiente,
que, si ya os acordáis, quedó aturdido
en Mataquito entre la muerta gente;
pero volvió después en su sentido,
y al cabo se escapó dichosamente
que, aunque falto de sangre, tuvo fuerte
contra la furia de la airada muerte.

Caupolicán, en medio dellos puesto,
a todos con los ojos rodeando
que con silencio y ánimo dispuesto
estaban sus razones aguardando,
con sesgo pecho y con sereno gesto,
la voz en tono grave levantando,,
rompió el mudo silencio y echó fuera
el intento y furor desta manera:

“Esforzados varones, ya es venido
( según vemos las muestras y señales ),
aquel felice tiempo prometido
en que habemos de hacernos inmortales;
que la fortuna próspera ha traído
de la últimas partes orientales
tantas gentes en una compañía
para que las venzáis en sólo un día;

” y a costa y precio de su sangre y vidas
del todo eternicéis vuestras espadas,
y nuestras viejas leyes oprimidas
sean en su libre fuerza restauradas;
que por remotos reinos estendidas
han de ser inviolables y sagradas,
viviendo en igualdad debajo dellas
cuantos viven debajo las estrellas.

” Y pues que con tan loco pensamiento
estas gentes se os han desvergonzado
y en vuestra tierra y defendido asiento
las banderas tendidas han entrado,
es bien que el insolente atrevimiento
quede con nuevo ejemplo castigado
antes que, dando cuerda a su esperanza,
les dé fuerza y consejo la tardanza.

” Así, en resolución me determino
( si, señores, también os pareciere )
que demos con asalto repentino
sobre ellos lo mejor que ser pudiere.
Y nadie piense que hay otro camino
sino el que con su fuerza y brazo abriere,
que las rabiosas armas en las manos
los han de dar por justos o tiranos.”

A la plática fin con esto puso
y el buen Peteguelén, viejo severo,
por más antiguo su razón propuso
como soldado y sabio consejero,
diciendo: ” ¡ Oh capitanes !, no rehuso
de derramar mi sangre yo el primero,
que aunque por mi vejez parezca helada,
en el pecho me hierve alborotada;

” pero sola una cosa me detiene
haciéndome dudar el rompimiento,
y es la cierta noticia que se tiene
que es mucha gente y mucho el regimiento;
así que claro vemos que conviene
gran resistencia a grande movimiento;
que siempre de estimar poco las cosas
suceden las dolencias peligrosas.

” Que pues el sitio y puesto que han tomado
es por natura fuerte y recogido
del mar y altos peñascos rodeado,
por todas partes libre y defendido,
será de más provecho y acertado
que a su plática y trato deis oído,
y que no se les niegue y contradiga
pues solo el oír a nadie obliga.

” Que no podrá dañar y en el comedio
podréis apercebir y juntar gente,
y en secreto aprestar para el remedio
todo lo necesario y conveniente;
en las cosas difíciles dar medio,
proveer a cualquiera inconveniente,
atajar y romper los pasos llanos
y al cabo remitirnos a las manos…”

No pudo decir más; que ardiendo en ira
el bravo Tucapel con voz furiosa
diciendo le atajó : ” Quien tanto mira
jamás emprenderá jornada honrosa
y si todo el estado se retira
por parecerle que ésta es peligrosa,
yo solo tomaré sin compañía
las armas, causa y cargo a cuenta mía.

” ¿ Por ventura tenéis desconfianza
de vuestras propias fuerzas tan probadas,
pues en cuanto arrojar pueden la lanza
y rodear los brazos las espadas,
dais causa que se note en vos mudanza
y que nuestras vitorias mancilladas
queden con bajo y mísero partido
y nuestro honor y crédito ofendido ?

“Pues entended que mientras yo tuviere
fuerza en el brazo y voz en el senado,
diga Peteguelén lo que quisiere,
que esto ha de ser por armas sentenciado.
Y quien otro camino pretendiere
primero le abrirá por mi costado,
que esta ferrada maza y no oraciones
les ha de dar las causas y razones.

” Si los que así os preciáis de bien hablados
el ánimo os bastare y el denuedo
de combatir sobre esto en campo armados,
os probaré más claro lo que puedo;
mas queréis os mostrar tan concertados
que llamando prudencia a lo que es miedo,
por no poner en riesgo vuestra vida
a todo con parlar daréis salida.”

Peteguelén responde : ” Pues no halla
nunca en ti la razón acogimiento,
yo solo, viejo, quiero la batalla
y castigar tu loco atrevimiento:
de piel curtida armados o de malla,
con lanza, espada o maza a tu contento,
para mostrar que en justas ocasiones
tengo más largas manos que razones.”

¡ Quién pudiera pintar el rostro esquivo
que Tucapel mostraba contra el cielo !
Lanzando por los ojos fuego vivo,
no se dignando de mirar al suelo
dijo: ” Al fin pensamiento tan altivo
ya es digno del furor de Tucapelo;
mas por mi honor y por tu edad querría
que metieses contigo compañía.”

El viejo respondió: ” Jamás de ajenas
fuerzas en ningún tiempo me he ayudado,
ni de sangre aún están vacías mis venas,
ni siento el brazo así debilitado
que no te piense dar las manos llenas”.
Mas Rengo su sobrino, levantado,
se atravesó diciendo: ” El desafío
aceto yo, si quieres, por mi tío.”

” Quiérolo, pido y soy dello contento
– gritaba Tucapel -, y a diez contigo.”
Mas saltando Orompello de su asiento,
dijo: ” Tú lo has de haber, Rengo, conmigo “.
– “También emendaré tu atrevimiento,”
responde el fiero Rengo, ” Y más te digo,
que en poco tu amenaza y campo estimo
después que haya acabado el de tu primo”.

Tucapelo le dijo: “Castigarte
pienso de tal manera yo primero,
que le cabrá a Orompello poca parte,
que, a bien librar, serás mi prisionero.
¡ Afuera!, ¡afuera!, ¡sus!, haceos aparte,
que dilatar el término no quiero
pues armas, tiempo y voluntad tenemos,
sino que luego aquí lo averigüemos”.

Rengo y Peteguelén le respondieran
a un tiempo con las armas y razones,
si en medio a la sazón no se pusieran
muchos caciques nobles y varones,
pidiendo que suspendan y difieran
aquellas amenazas y quistiones
hasta que la fortuna declarada
diese próspero fin a la jornada.

Caupolicán estaba ya impaciente
de ver que Tucapelo cada día,
en guerra, en paz, con término insolente,
sin causa ni atención los revolvía;
mas hubo de llevarlo blandamente,
que el tiempo y la sazón lo requería,
y así con gravedad y manso ruego
la furia mitigó y apagó el fuego,

quedando entre ellos puesto y acetado
que luego que la guerra concluyesen,
el viejo y Tucapel en estacado
francos de solo a solo combatieses.
Después, que Tucapel y Rengo armado
asimismo su causa difiniesen.
El rumor aplacado, Colocolo
les comenzó a decir, hablando solo:
” Generosos caciques, si licencia
tenemos de decir lo que alcanzamos
los que por largos años y esperiencia
los futuros sucesos rastreamos,
vemos que nuestras fuerzas y potencia
en sólo destruirnos las gastamos
y el tirano cuchillo apoderado
sobre nuestras gargantas levantado.

” Y lo que da señal clara que sea
cierta vuestra caída y mi recelo,
es que ya la fortuna titubea
y comienza a turbarse nuestro cielo.
Cuando un gran edificio se ladea
no está muy lejos de venir al suelo;
la máquina que en falso asiento estriba
se misma pesadumbre la derriba.

” Así que ya , si mi opinión no yerra,
según el proceder y los indicios,
temo, y con gran razón, de ver por tierra
nuestros mal cimentados edificios
y convertido el uso de la guerra
en serviles y bajos ejercicios,
quebrantándose , al fin, vuestra protervia
fundada en una vana y gran soberbia.

” Muerto a Lautaro vemos, y perdidas
con gran deshonra nuestras tres banderas,
rotas nuestras escuadras y tendidas
al viento y sol por pasto de las fieras;
las fuerzas y opiniones divididas,
lleno el campo de gentes estranjeras,
y las furiosas armas alteradas
contra sus mismos pechos declaradas.

” Mirad que así, por ciega inadvertencia
la patria muere y libertad perece,
pues con sus mismas armas y potencia
al derecho enemigo favorece;
incurable y mortal es la dolencia
cuando a la medicina no obedece,
y bestial la pasión y detestable
que no sufre el consejo saludable.

” ¿ Por qué con tanta saña procuramos
ir nuestra sangre y fuerzas apocando,
y, envueltos en civiles armas, damos
fuerza y derecho al enemigo bando ?
¿ Por qué con tal furor despedazamos
esta unión invencible, condenando
nuestra causa aprobada y armas justas,
justificando en todo las injustas ?.

” ¿ Qué rabia o qué rencor desatinado
habéis contra vosotros concebido,
que así queréis que el araucano Estado
venga a ser por sus manos destruido,
y en su virtud y fuerzas ahogado,
quede con nombre infame sometido
a las estrañas leyes y gobierno,
y en dura servidumbre y yugo eterno ?

” Volved sobre vosotros, que sin tiento
corréis a toda priesa a despeñaros;
refrenad esa furia y movimiento,
que es la que puede en esto más dañaros.
¿ Sufrís al enemigo en vuestro asiento,
que quiere como a brutos conquistaros,
y no podéis sufrir aquí impacientes
los consejos y avisos convenientes ?

Que es, cierto, falta de ánimo, y bastante
indicio de flaqueza disfrazada,
teniendo al enemigo tan delante
revolver contra sí la propia espada,
por no esperar con ánimo constante
los duros golpes de fortuna airada,
a los cuales resiste el pecho fuerte
que no quiere acabarlo con la muerte.

” Pero pues tanto esfuerzo en vos se encierra
que a veces, por ser tanto, lo condeno,
y de vuestras hazañas, no esta tierra
mas todo el universo anda ya lleno,
cese, cese el furor y civil guerra
y por el bien común tened por bueno
no romper la hermandad con torpes modos
pues que miembros de un cuerpo somos todos.

” Si a la cansada edad y largos días
algún respeto y crédito se debe,
mirad a estas antiguas canas mías
y al bien público y celo que me mueve,
para que difiráis vuestras porfías
por alguna sazón y tiempo breve,
hasta que el español furor decline,
y la causa común se determine.

” Y, pues, de vuestra discreción espero
que os pondrá en el camino que conviene,
traer otras razones más no quiero
pues con vos la razón tal fuerza tiene.
Dejadas pues aparte, lo primero
que venir a las manos nos detiene
y pone freno y límite al deseo
es el poco aparejo que aquí veo.

” Que por todas las partes nos divide
este brazo de mar que veis en medio
y nuestra pretensión y paso impide,
sin tener de pasaje algún remedio;
y pues el enemigo se comide
a tratar de concierto y nuevo medio,
aunque nunca pensemos acetarlos,
no nos podrá dañar el escucharlos.

” Pues por este camino tomaremos
lengua de su intención y fundamento
que, cuando no sea lícita, podremos
venir de todo en todo a rompimiento;
también en este término haremos
de armas y munición preparamento,
que éstas serán al fin las que de hecho
habrán de declarar este derecho.

” Mas conviene advertir, claros varones,
para llevar las cosas bien guiadas,
que nuestras exteriores intenciones
vayan siempre a la paz enderezadas;
mostrándonos de flacos corazones,
las fuerzas y esperanzas quebrantadas,
y la tierra de minas de oro rica,
cebo goloso en que esta gente pica.

” Quizá por este término sacalla
podremos del isleño sitio fuerte,
y con fingida paz aseguralla
trayéndola por mañas a la muerte;
y sin rumor ni muestra de batalla
abramos la carrera de tal suerte
que venga a tierra firme, confiada
en el seguro paso y franca entrada.”

A su habla dio fin el sabio anciano
y hubo allí pareceres diferentes,
diciendo que el peligro era liviano
para tanto temor e inconvenientes;
pero Purén, Lincoya y Talcaguano,
Lemoleno, Elicura, más prudentes,
al parecer del viejo se arrimaron
y así a los más los menos se allanaron,

despachando de allí con diligencia
al joven Millalauco generoso,
hombre de gran lenguaje y esperiencia
cauto, sagaz, solícito y mañoso,
que con fingida muestra y apariencia
de algún partido honesto y medio honroso
nuestro intento y designios penetrase
y el sitio, gente y número notase.

El cual, por los caciques instruido
( según el tiempo ) en lo que más convino,
en una larga góndola metido,
sin más se detener tomó el camino;
y de los prestos remos impelido,
en breve a nuestro alojamiento vino,
adonde sin estorbo, libremente,
saltó luego seguro con su gente.

Al puerto habían también con fresco viento
tres naves de las nuestras arribado
llenas de armas, de gente y bastimento,
con que fue nuestro campo reforzado.
Era tanto el rumor y movimiento
del bélico aparato, que admirado
el cauteloso Millalauco estuvo
y así confuso un rato se detuvo.

Mas sin darlo a entender, disimulando,
por medio del bullicio atravesaba;
los judiciosos ojos rodeando,
las armas, gente ánimos notaba
y el negocio entre sí considerando,
el deseado fin dificultaba,
viendo cubierto el mar, llena la tierra
de gente armada y máquinas de guerra.

Llegado al pabellón de don García,
hallándome con otros yo presente,
con una moderada cortesía
nos saludó a su modo, alegremente
levantando la voz… Pero la mía,
que fatigada de cantar se siente,
no puede ya llevar un tono tanto
y así es fuerza dar fin en este canto.