Historia de la antigua y continuada nobleza de la ciudad de Jaén. Y de algunos varones famosos, hijos de ella (1628)

Cap 22 del famoso Almirante Don Christobal de Espinosa de los Monteros Utrera y Mírez. Señor de pueblos de indios en la isla de Los Pintados de Jesús

No solo por tierra más por la mar ha tenido este Reyno y Ciudad hijos que se han hecho conocer y estimar no solo en este mundo ártico más en el antártico, de quel fin otros muchos dará testimonio aquel valeroso Almirante del mar de las Filipinas Cristóbal de Espinosa de los Monteros hijo de un noble hidalgo llamado Pedro de Espinosa de los Monteros, descendiente de aquel famoso y ennoblecido que en las montañas tienen de donde toman el sobrenombre de fuerte que el blasón heredado de sus ascendientes lo matizó con el fino esmalte de la gloria de sus heroicos hechos.

Sus padres desde niño le enseñaron para lo que Dios ordenase del leer y el escribir y le dieron estudio si diera lugar su bélica y acelerada inclinación, que desde niño la descubrió, pues apenas había cumplido los doce años de su edad cuando un capitán por esta ciudad haciendo gente le fue a hablar y le pidió le recibiese por soldado. Diciéndole. Vaya con Dios.

Mancebo, que es muy pequeño. Él le replicó ansioso de cumplir su deseo: Yo confío en dios señor capitán que me hará grande y me ayudará para que acierte a servirle a Él y a mi Rey en esta profesión. Al capitán le agradó la réplica de fuerte que luego lo recibió sin reparar en su edad y ello lo estimó.

Cinco años anduvo en las galeras y estuvo en algunas fronteras, más disciplinándose en la milicia que haciendo cosas de soldado y en estos principios, dio tan buenas esperanzas que todos los que le conocían las concibieron de su valor, tenía modestia de mayor edad, palabras de experimentado, osadía de hombre animoso y valiente, guardaba con tal prudencia respeto que obligaba a que le respetaran. Habiendo pasado estos 5 años en estos ejercicios militares, con licencia de sus padres se embarcó para las indias de la nueva España donde en llegando a la Ciudad de México, por nuevas y cartas que llevaba, visitó a un tío suyo, muy rico de moneda y mercader, más hombre conocido por su buen trato y mucha verdad. Este le recibió como a hijo, le regaló, acarició, agasajó y se lo tuvo en su casa muchos días, hasta que considerando que no se inclinaba a la mercancía ni trato, una noche le hablo en puridad acerca de sus designios y determinaron de la vida que pensaba seguir, prometiendo de ayudalle
a lo que se inclinase, o a mercader o a las minas y hízole instancia en que le respondiese. Él le respondió con toda modestia.

Yo estimo señor tío la merced y regalo que vuesa merced me ha hecho y estimo y agradezco como devo el favor que promete y desea hacerme, mas mi inclinación ni me llama a mercader ni a minas, sino a soldado, esta es mi nerva y mi genio y no otra cosa alguna esto me llama a esto me inclino, esto apetezco, esto deseo. El tío se levantó de la silla donde estaba sentado y le abrazó muy aficionadamente alabándole los honrados y animosos pensamientos, porque él había seguido esta profesión y le contó todas las ocasiones en que él había hallado, mostrándole papeles de sus honrados servicios y premios en los títulos de capitán, alférez y cargos. Púsole mayor ánimo, aunque lo tenía grande, para que se fuese a una jornada, que le hacía de un descubrimiento de Indias y otro día fueron los dos a hablar con el general el qual se holgó mucho de llevar prendas del mercader capitán, porque tenía muy gran noticia de su valor y confiaba que el sobrino lo habría de heredar Mostró éste contento y agrado dándole su bandera y diciéndole se ocupalle en ella, que la tenía guardada para un soldado tal y estoy muy alegre de ver cumplido también mi deseo

Porque para mí basta ser sobrino de Vuestra merced para tener por cierto el buen empleo. Este fue el primer cargo de guerra que tuvo nuestro Cristóbal antes de entrar en los veynte años…

CONTINUARÁ


Ilustración: José Ferre Clauzel

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