Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado. Fin.

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…El mismo Homero vituperando el rumor con que los Troyanos peleaban, dijo.
Ac veluti innumere domini locupletis in aula
admulctam coguntur oves: balatibus illae
perculsae cara fobolis, roce omnia replent:
Sic Troum audiri per campos undique clamor.
Cuyo sentido se contiene en los seis versos que le siguen.
Cual en cas de un pastor rico de ovejas,
el hato innumerable constreñido
a dejar el sustento de sus hijos,
suele henchir el aire de bólidos
tal por el campo todo el alarido,
se sentía retumbar de los Troyanos.
Con razón comparó los que gritaban a ovejas, por que el gritar las mas veces procede de flaqueza de ánimo, y muchas se ha visto perder la victoria por un sólo grito, el cual puede desanimar los amigos, y animar los enemigos, así que ningún soldado en escaramuza, encuentro, batalla, o alcance, grite, ni hable palabra, especialmente pidiendo como suelen, pólvora, picas, plomo, etc, so pena de la muerte, que por dársela cualquier oficial, o soldado, no sólo no incurra en pena alguna, mas antes merezca ser aventajado y honrado.
Pues como Carlo V Emperador, de feliz memoria señor nuestro, decía, los que tales cosas piden en tales tiempos, muy cerca están de huir, y está claro que oyéndolos amigos y enemigos, creyeron que falta lo que se pide, y los unos perdieran, y los otros cobraran ánimo. Así que a tales lugares ninguno debe ir desprovisto de todo lo necesario, y el que lo fuere calle por no poner en aventura la victoria, que puede consistir en cosas de mucho menos momento, y es menor inconveniente no pelear los desprovistos, que no podrán ser muchos, si los superiores son los que deben, pues a ellos toca la prohibición y la orden, y no se habrán descuidado de dar ante mano, y de llevar lo necesario para tales efectos, así que los soldados callen, y estén atentos a las órdenes de las cabezas, y aparejados para acudir adonde menester fuere, el mismo Homero vituperando en otra parte el rumor, y alabando el silencio, y obediencia dice.
Tu Phriges ingenti strepitur. Es clamore feruntur,
more gruum pasis liquido super aere panis
que postquam gelidas hiemes, imbren que nivalem,
fugere oceani: repetunt clangoribus undas,
astiram tacito spirabant corde pelasgi,
alter in auxilium alterius properare parati.
Cuya sentencia en nuestra lengua es la contenida en los nueve versos que se siguen.
Con gran rumor ,y estrépito los Fnigios,
iban a combatir como las grullas,
cuando seguras del invierno frío
vuelven del Océano a ver las ondas,
con sus alas hendiendo el líquido aire,
hinchiendo cielo y tierra de clamores,
mas los callados Griegos en sus ánimos
concibiendo iras muy apercibidos,
a correr en favor del uno el otro.

Así los que pretende quedar vencedores en cualquier escaramuza, encuentro o batalla, deben concebir iras de sus ánimos, considerando que los enemigos sin causa ni razón hacen guerra a su Rey, destruyen su patria, matan sus deudos y amigos, fuerzan sus mujeres, roban sus haciendas, introducen sectas contra la ley divina, y en suma, que tras hacer cuantas maldades se pueden imaginar, no sólo pretenden con mano armada sustentar que todo es bien hecho, más aún porque quieren defender que no procedan, vienen a matar los que con tanta razón se oponen por su ley, por su Rey, por su patria, por sus deudos, y amigos, haciendo por sus honras, y vidas.

Y porque es cierto que la ira crece el ánimo, y que el corazón errado se defiende gritando, han los soldados de callar, y apercibirse a ejecutar sus justas iras con obras, donde, y como los superiores les ordenaren, acudiendo los unos con gran presteza, y diligencia en favor de los otros.
Otrosí, porque parándose los soldados a despojar los caídos, suelen dejar de seguir la victoria, y revolviendo los enemigos a verla, se debe mandar, que ningún soldado ni otra persona pare a despojar los caídos, ni desvalijar el bagaje, mas siga hasta el fin la victoria, so pena de la vida.
Que todo lo que se ganare de los enemigos se reduzca a un montón, para que sea repartido por los fieles entre todos, según el cargo, y sueldo de cada uno, so pena de la vida, al que alguna cosa &fraudare. Promulgando tales estatutos, y observándolos inviolablemente en todos los ejércitos, provincias, reinos, donde se entretuviese gente de guerra, cierto se frenarían a aquellos soldados, que por virtud no estuviesen en oficio, pero la observancia de la buena disciplina militar, no se debe fundar en sólo temor, aunque diga Salustio, que el Imperio fácilmente se retiene y sustenta con aquellas artes que se ganó. Pues de muchos se sabe haber adquirido Reinos e Imperios por tiranía, cuya principal parte es temor, y por quererlos sustentar con ellos perdieron, y juntamente las vidas, que los hombres aborrecen al que temen, y el que de todos es temido en ninguna parte puede estar seguro, especialmente si siempre le es forzado ponerse al terreno de los que no lo aman, y tienen toda la oportunidad que pueden desear, para librarse de su temor. En suma ninguna fuerza de imperio es tanta, que por vía, de miedo pueda durar, pues que será temiendo de la misma fuerza, que consiste en la gente de guerra, con la cual convendría proceder diferentemente, que con todas las demás gentes, lo saben, no dejando mal sin castigo, ni bien sin galardón, por castigar justamente no viene el superior a ser aborrecido, y por premiar con razón venía a ser amado, la liberalidad es gran parte para serlo, pero el dar a quien quiera, y como quiera, antes pierde que gana benevolencia, porque se ofende la justicia y la razón, y viene el servicio a ser duro, cuando no por él, sino por otros respetos y contemplaciones, se da la honra y el provecho.
Si el Capitán particular quiere ser amado de sus soldados, haga el más benemérito de ellos Alférez, y así Sargento, y Cabos de escuadra, cuando faltare el Alférez de la bandera, al Sargento, y la gineta al más benemérito Cabo de escuadra, y la escuadra a tal soldado, que de mano en mano merezca la gineta, la bandera, y la compañía, de las ventajas de arcabuceros a los mas hábiles, diestros, y experimentados: y cuando por bajar el número se hubiere de quitar alguna, sea al que postrero la dio, si no fuere tan conocida la mejoría dé él a otro, que con ella se excuse el agravio de quitarla al más antiguo.
Para las ventajas particulares nombre los más dignos de ellas, a ninguno quite sueldo ni emolumentos, sea afable con la autoridad necesaria, a que no se le pierda respeto.
Sea verdadero, y procure entender el arte, y observar la buena disciplina militar, mejor que ninguno de sus inferiores. Con ésto aunque los castigue las faltas y errores, será muy amado de ellos, y merecerá que el General le mejore de cargo, y que el Rey le haga merced.
Todo lo dicho del Capitán particular, y mucho más se ha de entender del General, a quien importa más que todos, amen y sigan con voluntad, sin la cual se aciertan a hacer pocas cosas (para entender voluntad de trabajar derramar sangre, y morir, grandísima esperanza de honra y provecho se requiere) y no hay cosa que más la quite que es dar a la negociación, lo que se debe al servicio, acaece esto muchas veces, porque los que sirven no negocian, o no tienen medios para negociar, o no saben usar de ellos, o no los quieren, confiando que los servicios hablarán por ellos, engañándose mucho.
Porque los Reyes, y grandes señores, no pueden ver como sirve cada uno, y lo que llega a su noticia suena, como place a los que se lo refieren, de aquí nace que unos cogen el fruto, de lo que otros trabajaron, y que algunos por ser muy virtuosos dejan de ser conocidos. Nan semper est formidolosa virtus.

Y al envidia procede así, que deshace lo bueno, y hace mejor lo no tal como loores, que no se eche de ver su engaño. Por lo cual vienen las pérdidas de unos a otros a ser más estimadas, que las ganancias de otros, y así poco a poco se ha ido perdiendo la esperanza, y no sólo no acuden a la profesión militar, nuevos soldados, mas aún desean dejarla, cuantos en su buen tiempo vinieron a ella: Entonces faltando el Maestro de Campo, era subrogado en su lugar el Capitán del tercio más benemérito. Y faltando el Capitán no se quitaba al Alférez la compañía: Especialmente si el Capitán muere peleando, que en tal caso gratitud y razón, quieren que se dé al Alférez la compañía, más aún de cualquier manera que faltase, no habiendo deméritos en el Alférez se le daba, y todas las demás cosas se proveían en los que las merecían sirviendo.

Con tornarse a hacer así tornaría la esperanza, y tras ella la buena disciplina ilitar, que no está tan lejos, ni tan olvidada, como otras veces ha estado, al menos entre los que han de ser mandados, pues tienen lo principal que es Cristiandad, de manera, que ninguno o pocos dejan de confesarse, cuando la Iglesia les ordena, oyen muchos la palabra de Dios, cuando se les predica, no hay cuadrillas, hay pocos amancebados, tiene cofradías del Nombre de Dios, con las cuales en gran parte se ha desterrado el jurar su santo nombre en vano, cuanto más los reniegos y blasfemias, que tanto se solían usar, no són muchos los inobedientes, tienen los más camaradas. En suma, aún son sujetos, y dipuestos a recibir la forma que se les quisiere dar sin tanto trabajo, como tuvo Escipión Africano en reducir el arte y disciplina militar, a los ejércitos que halló haber sido debajo de otros Capitanes, muchas veces vencido en España, con los cuales después arraso la famosa Numancia, y hubo siempre victoria, y Metello en Africa al ejército, que gobernando Alvino había sido vencido, de tal manera le redujo a la disciplina que con él sojuzgó, a los que antes lo habían sojuzgado. Y Cayo Mario a las legiones Silanas, que los Cimbros habían desbaratado en Galia disciplinó, así que con ellas mismas venció, no solamente los Cimbros, pero a una grandísima
multitud de Teutones.
Y porqué más fácil es instituir y adoctrinar nuevos soldados, que reducirlos una vez rebotados. La mayor parte de los que hoy se entretienen son nuevos y no saben que cosa es ser vencidos, ni pasar bajo el yugo, como aquellos Romanos.
Son Españoles que aman más la honra que la vida, y temen menos la muerte que la infamia. Tienen de suyo voluntad a las armas, destreza y habilidad en ellas. Están en los peligros tan en sí, como fuera de ellos, de manera, que en sabiendo obedecer, guardar orden y lugar, sabrá cuanto es necesario para ser invencibles en tierra y mar.
 Estas tres cosas ningún hombre del mundo las haría mejor, quitada de por medio la codicia que los desordena, con quitarles las acogetas, y repartirles fielmente todo lo que se ganare en las guerras, no habría de tener codicia, pues haciendo cada uno su deber en el lugar que le fuese señalado, habría más de lo que fuera de él podría ganar, con menos trabajo y más gloria. Donde pues tantas cosa naturales concurren, fácilmente se añadirían las artificiales, que para la perfección de la cosa militar pueden faltar. La principal es saber mandar, para ello se requiere bastante autoridad, las generales aumentan la suya, con darla a sus inferiores, de manera, que en todo se ofrece gran facilidad, mas aunque en todo se ofrecerán grandísimas dificultades, dignándose V. Excelencia de meter su mano en ello, sin alzar la de la infinitud y grandeza de los demás negocios se allanarían, pues que reducir la cosa militar a buena disciplina, sea el mayor negocio del mundo, y en que más gloria puede un Capitán General ganar en ésta, y en la otra vida, ninguna duda se debe tener, siendo como es claro, que por ella se conserva la libertad, y se amplía la dignidad de la patria, la templanza, la justicia, y todas las otras virtudes se conservan, auméntanse los Reinos, los Reyes se aseguran, y los vasallos bien en quietud, gozando cada uno lo suyo.
Considerando todo ésto, y que cualquier arte por fácil que sea, si se deja de ejercitar se olvida, los Lacedemonios primero, y después los Romanos, sobre todas las otras artes ejercitaron la militar, dificilísima de aprender, y facilísima de olvidar. Antes pues que del todo se olvidase convendría poner el remedio necesario, tocaría a V. Excelencia, a quien Dios hizo para ser padre de la patria, y habiéndolo siempre sido, de los defensores de ella, habría conseguido totalmente el fin para que fue criado. Catón mayor aunque siendo Cónsul, fue singular Capitán de ejércitos Romanos, más creyó que aprovecharía en su república, introduciendo la buena disciplina militar, y dejándola escrita, porque las cosas que gobernando, y combatiendo fuertemente en la guerra, se hacen, no duran más de una edad. Pero las que por utilidad de la cosa pública se escriben, son más durables, no sólo pues se debería reducir la buena disciplina militar, mas ponerla en escrito. Porque si por largos intervalos de paz, o descuido de sus profesores, algún día se olvidase toda, o parte de ella, con recorrer a los libros se pudiese restituir, muchos Emperadores escribieron, o hicieron escribir preceptos de la cosa militar. Escribió el mismo Catón, y escribieron Frontinio, Vegecio, Eliano, Valturio, y después otros infinitos, pero los más tan confusamente, y tan fuera de lo que hoy es necesario, que de sus recuerdos, y de la experiencia y uso, convendría se hiciese un inquiridión, o breve compendio, en que todos los soldados que supiesen leer viesen, y los demás oyesen leer la buena disciplina militar, y muchas partes de ella yo he dejado de tocar, y algunas he tocado sucintamente.
Porque desde el once de Enero pasado, que el mandato de V. Excelencia, me obligó a escribir ésto, no siempre he tenido salud, y la memoria forzada, pocas veces administra lo que hombre desea, especialmente tan flaca como la mía. Y porque lo que he dejado, no me ha parecido importar tanto por ahora, que con más oportunidad no se pueda escribir, si V. Excelencia fuere servido de ello. Y porque si lo dicho se introdujere, podríamos todos contentarnos con nuestros estipendios, no maltratar ni hacer injuria a nadie: Servir también a la Majestad Divina y humana, que de entrambas hubiésemos galardón, conforme a nuestros servicios, encamínelo Dios, y guarde a V. Excelencia, por infinitos años.
En Liera a ocho de Abril, de M. D. LXVIII. años.
Don Sancho de Londoño

 

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