Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor… De la autoridad, privilegios y castigos

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…En lo sobredicho se limitaba antiguamente el oficio de Metator, o Maestro de Campo General, pero de algunos años acá se les ha dado en partes autoridad de legados, quedando a gobernar en lugar de los Generales, y permitiéndoles en su presencia conocer y juzgar las causas civiles que entre naciones, tercios, o regimentos de a pie, o de a caballo se han ofrecido, tocantes en grado de apelación a los mismos Capitanes Generales cuyos Acesores y Consultores son los Auditores que llaman Generales, como los particulares de los Maestros de Campo, según en su lugar está dicho.
Esta autoridad permitida a los Maestros de Campo Generales, no se debe extender a instancia, pues todos los soldados tienen sus jueces ordinarios, que de oficio, o a petición e instancia de partes ha de conocer siguiendo el orden que en todos los magistrados políticos, pidiendo el agraviado, ante el juez del que le agravió, pero cuando en grado de apelación, se acudiere al Generalísimo, y él por vía de delegación lo remitiere al Maestro de Campo General, debe conocer, y no de oficio, especialmente en casos criminales, que por haberle querido alguna vez adjudicar más jurisdicción, para excusar los inconvenientes fue necesario limitársela: Al Metator General, que también por nombre decían prefecto castrorum, tocará tener cuenta con todos los pertrechos, jarcias e instrumentos de ellos, como ahora al Capitán General de la artillería, de la cual y de su manejo se tratará en otro lugar, porque hay más que decir de lo que la brevedad permite, baste que su General debe ser hombre de grandísima inteligencia, diligencia, experiencia y tolerancia, y lo mismo todos los oficiales necesarios a su provisión, conducción y manejo, pues han de tratar con la cosa más peligrosa, más ligera y más pesada, de cuantas en el ejército y en el mundo hay, ni puede haber, y no solament debe su General entender bien las circunstancias de su ser y manejo, más aún de su operación, cuya parte es conocer las distancias e intervalos, la fortaleza de lo que con ella se ha de batir, que aunque todo pende del Generalísimo, cuanto al determinar, cuanto a la ejecución, toca al Capitán de la artillería todo lo a ella perteneciente.

De los proveedores y comisarios generales basta saber que toca la provisión de las vituallas y mantenimientos, sin los cuales no se puede observar orden ni guerra.

Los oficiales del sueldo, de más de sus personas en quienes concurrían, fidelidad, inteligencia, y diligencia, para que la hacienda Real sea bien distribuida, han de tener práctica y conocimiento de la cualidad de la gente que tirare sueldo, así entrentenida como auxiliar, y de las armas con que cada soldado por disposición de su Capitan está obligado a servir, porque, como dicho es, los Capitanes han de recibir sus soldados, y señalarles las armas, y los oficiales princlpales del sueldo, los ha de admitir y asentar, si les parecieren suficientes, pero no se debe permitir que ellos los reciban, pues es ordenanza en las guardas de España, que ningún soldado hombre de armas, o caballo ligero que ellos recibieren pueda tirar sueldo, ni tampoco los deban despedir de su propio modo, ni tratar mal de palabra al tomar de las muestras, mas solamente amonestarles enmienden las faltas, y si fueren tales que merezcan ser despedidos, apuntarlos, y dar de ellos noticia a sus jueces, o al Capitán General si necesario fuere. Y no solamente deben los Vendedores Generales dar noticia de las tales faltas, para que los que las hicieren, sean castigados, y también de los servicios particulares y señalados, para que sean gratificados haciendo asentar en los libros del sueldo, las gracias y mercedes que se hicieren, y las causas por que se hacen, /// dejando los privilegios o mandatos en poder de los gratificados, para que cuando necesario fuere los puedan mostrar.
De los Auditores y Barracheles Generales, con lo dicho de los particulares se puede entender a que extienden, y como deben ejercitar sus oficios. Por supuesto pues que en todo lo arriba discurrido, no haya que reducir a mejor estado, y que lo dicho de la gente de a pie, mutatis mutandis, se entienda de la de a caballo, y que la auxiliar y conducida haya de vivir en los- ejércitos por las leyes y ordenanzas de la legionaria y entretenida se deberían promulgar algunos estatutos con cuya observancia los soldados particulares y privados no hiciesen desorden, alguno.
Gran contienda hubo entre los antiguos sobre si la cosa militar, procedía más de las fuerzas del cuerpo, o de la virtud del ánimo siendo claro que antes de comenzar es necesario consultar, y después de consultado ejecutar con presteza, así que más se usa en la guerra de la virtud del ánimo, que del servicio del cuerpo, pero entrambas cosas son menester y justamente el favor divino, los Romanos al principio de sus guerras ofensivas y defensivas ¿no hacían espiar y purgar todos los ejércitos de las culpas y pecados, que contra sus vanos y falsos dioses hubiesen cometido, pareciéndoles imposible vencer, si primero no se ponían en su gracia? ¿qué deben hacer pues los Cristianos por estarlo en la de Dios verdadero, sin cuyo favor ningún buen suceso puede haber, ni fuerzas, o saber humano que resistan ni ofendan a los que El quisiere ayudar? Los que profesan la cosa militar tienen grandísima necesidad de su ayuda, y siendo como son los Capitanes Generales, almas de los ejércitos, como los particulares de las compañías, ellos. Y en suma todos los ministros mayores y menores deben amar mucho, y temer a Dios, que a su ejemplo harán lo mismo todos los soldados. Dijo Gómez Manrique a la Reina doña Isabel de clarísima memoria.
Por tanto debeis honrar
Los sacerdotes y templos,
Y darnos buenos ejemplos,
Y los malos evitar.
Que los Reyes son patrones
De los cuales trasladamos,
Los trajes, las condiciones,
Las virtudes, las pasiones.
Si son errados erramos.
Y bien como los dechados
Errados en las labores
Son sin duda causadores
De los corruptos traslados.
Así bien seréis señora
Siguiendo vicios sencillos
De doblados causadora,
Que en casa de la pastora
Todos tocan caramillos.
Quiso decir, que todos hacen lo que ven hacer a sus mayores, mucho pueden los ejemplos visibles, y por ello Anibal Cartaginense en bajando de los Alpes al llano del Piamonte hizo combatir los Monañeses que traía presos en presencia de todos sus soldados.
Si el superior es renegador, blasfemo, y por cada cosita jura cien veces el nombre de Dios en vano, el inferior lo hará así, y no podrá reprenderle ni decirle, que es la cosa de que más Dios se ofende. Si está días y noches en los juegos públicos con los dados en la mano, no podrá decir a sus soldados que de tales juegos nacen los reniegos y blasfemias, los juramentos falsos y vanos, los odios, las riñas, las cuestiones, las cuadrillas y sediciones, las calumnias, las injurias, las muertes, las rapiñas, y todos cuantos vicios y maldades se pueda imaginar, ni podrá decirlos que el juego engendra vileza en el ánimo, haciéndole codicioso y ávaro con el deseo de ganar la hacienda de su compañero y amigo, como lo han de ser todos los de una compañía y de un ejército, ni podrá alegar aquella ley hecha en Roma en tiempo de Cicerón, contra los que jugasen a juegos ociosos, en los cuales no juega la virtud y fortaleza del ánimo, ni la fuerza y destreza del cuerpo, sino la fortuna y el engafo: ni otra ley de los Egipcios, por la cual ninguno de los tales jugadores podía acusar a otro ni atestiguar contra el por manifiesto que fuese el pecado, y con justa razón, porque es de creer, que el jugador acostumbrado a blasfemias y perjurios, y a menospreciar a Dios, y a los santos, y a engañar a otros, no dejará por conciencia de hacer cuaquier cosa ilícita y fea.
Si el superior tuviere en casa la amiga mal podrá amonestar que el inferior la deje de tener públicamente, porque además de la ofensa y menosprecio de Dios, ellas son causa de mil revueltas, y traen a los que las tienen distraídos del servicio de su Rey, que los paga, ocupados en el de las que consumen las pagas, y lo que pueden ganar de los enemigos, y robar de los amigos.
Si el superior no contentándose con su sueldo y emolumentos, viviere en discrección, o por mejor decir sin ella, con manifiesto agravio de los Provinciales y paisanos, lo mismo hará el inferior.
En suma si el superior no hiciere obras de Cristiano, que ama y teme a Dios, y no difama al prójimo, no es de maravillar que los inferiores le permiten, y sería andar por las ramas hacer ordenanzas estatutos para entrenar y tener a raya los que han de obedecer, si no troducen primero todo lo necesario en los que han de mandar. Pero por supuesto que ya esté introducido, promulgando y observando los estatutos siguientes se reduciría la disciplina militar a buen estado.
Cuantos estatutos y ordenanzas se pueden hacer para haber siempre victoria, vengan a parar en que ni Dios se ofenda, ni -el prójimo se agravie, para estas dos cosas se requieren otras tres, es a saber, obedecer, no turbar orden, ni desamparar lugar, a estas tres son anejas tantas que difícilmente se pueden reducir a número preciso, ni clara brevedad. Por las principales, y que más aseguran la victoria se comprenderán en pocos capítulos, de los cuales pues que a «Jove principium mutae» el primero sea.
Que todos los soldados después de ser elegidos por sus Capitanes con las circunstancias que en tal elección se requiere, al tiempo de ser admitidos por los oficiales del sueldo, con juramento solemne se obliguen a servir bien y fielmente a su Majestad y a sus Capitanes Generales, a obeceder a todos sus superiores, a no partirse del ejército ni de sus compañías sin licencia, en escrito de quien se la pudiere dar.
Otro sí, porque el blasfemar de Dios, y jurar su santo nombre en vano es grandísimo pecado, ningún soldado reniegue ni blasfeme, so pena por la primera vez de treinta días de prisión, por la segunda vez sesenta, además de ser traido a la verguenza con una mordaza a la lengua, y por la tercera puesto en galera perpetua, o a voluntad.
Que ningún soldado juege a juegos ilícitos, que provocan a reniegos, blasfemias, y juramentos, so las penas en el precedente capítulo contenidas.
Otrosí, que ningún soldado tenga en casa mujer sospechosa so pena al que fuere oficial de perder el oficio, y al que aventajado la ventaja, y al de sueldo sencillo, de ser privado de él por tiempo preciso, o a voluntad.
Otrosí, porque de usar intemperadamente el vino, vienen los hombres a convertirse en fieras, y con el calor osan decir palabras bastantes a motines, y a nuevas sectas y opiniones, ningún soldado beba, de manera, que se emborrache, so pena de ser castigado por infame, con bando que publique su falta.
Que ningún soldado entre en taberna, o bodegón público a comer, ni a beber, sino fuere de camino, so pena por la primera vez de privación del sueldo de un mes, por la segunda de dos, y por la tercera de ser desterrado como infame.
Otrosí, porque gran parte, de la soldadesca buena consiste en que los soldados tengan camaradas, de las cuales procede poderse sustentar con el sueldo mejor que estando cada uno de por sí, y así mismo grande amistad, con otras muchas utilidades, todos los soldados las tengan, y ucho cuidado, que en ellas no entre hombre vicioso, porque los que con él alojaren no vengan a serlo: y si alguno de ellos jugare, o defraudare la despensa que para el sustento y comida de todos, por todos se hubiere depositado en él, además de pagar cuatro doblado, sea puesto en la cárcel por tiempo limitado, o a voluntad por la primera vez, y por la segunda en galera.
Otro sí, porque Dios manda no tocar a sus ungidos, que ningún soldado ponga las manos en ningún sacerdote o religioso, ni le trate mal de palabra, so pena de ser castigado conforme a la calidad del delito.

Que ningún oficial aloje persona alguna en Iglesia, monasterio, ni hospital, ni en casa, o granjas a ellos pertenecientes, so pena de ser privado del oficio.

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