Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar… . De los caminos, asentamientos y fortificaciones

cuadro
… Grandísimo cuidado se debe tener, en que caminando el ejército, especialmente habiendo enemigos cerca, que más veces se ofrece ocasión de romperle en el camino, que en escuadrones formados, en los cuales los soldados están en orden armados y determinados de combatir, pero caminando sin gran orden, muchos no llevan las armas cumplidas, porque no creen ser necesarias, y yendo sin pensamiento de pelear, fácilmente se turban a cualquier incurso de enemigos, y turbados una vez dificilmente se ponen en orden.
Débese antes de partir de un lugar, considerar muy bien, y reconocer el camino, que se ha de hacer, si es llano y expédito, o montuoso, y embarazado de todo, y conforme a como fuere, debe ir la gente ordenada.
Para considerar ésto, puede servir mucho tener pintada difusa y distintamente la provincia donde la guerra se hiciere, que no solamente se ha de considerar el propio camino, por donde la gente e impedimentos ha de ir, más aún todas las circunstancias que por el frente, o costado pueden causar algún detrimento al ejército, y no se debe fiar de espías, o exploradores paisanos: porque muchas veces la rusticidad ignorante hace prometer cosas imposibles, y muy dificiles, como sería conducir un ejército formado con todos sus impedimentos, por donde a los tales exploradores o espías les pareciese que puede fácilmente ir, porque ellos han ido para allanar tal dificultad, conviene enviar .personas a pie o a caballo, que tengan gran experiencia, y con diligencia vean y noten todo lo que conviniere, advirtiendo mucho en el trecho, que la disposición del camino permitirá caminar, porque no se llegue a acampar tarde, y especialmente de noche, que la confusión propia podría causar algún gran inconveniente, mayormente si la gente se pudiese persuadir, que el enemigo pudiese haber llegado a aquella sazón, además que llegando tarde se aloja mal, y se provee peor de lo necesario a la gente y bagajes.
En cuanto al acampar, son infinitas las cosas que se podiían decir, porque es un arte que no se puede reducir a reglas precisas, todavía hay algunas que padecen pocas excepciones, como es considerar la propincuidad, cantidad y calidad de los enemigos, no contentarse con elegir buen lugar para asentar el Campo, si se puede hallar otro mejor, que ocupándole los enemigos pudiesen incomodar al ejército ofendiéndole con su artilleria, o impidiéndole las vituallas y pastos: considerar la templanza y sanidad del aire, que puede conocerse, en si la tierra es seca y paludosa, rasa o cubierta de árboles, llana o montañosa, sombría, o demasiado ofendida del sol, si las aguas que en tal sitio se hallan son corrientes claras, y de buen sabor, o al contrario.
No siempre el ocupar los lugares altos, aunque parezcan más salubres, es más provechoso y seguro, porque si la altura es demasiada, con mayor facilidad se impide el pasto y el agua, y se constriñe a combatir un ejército, que alojándole en lugares más bajos, no sujetos a eminencia alguna, ni las otras dificultades sobredichas, las causas pueden ser muchas, y cada una de ellas puede incomodar tanto a un ército acampado en altura que le constriña a levantarse a tiempo que no pueda mejor de asiento sin combatir. Porque de ordinario en las alturas hay poca agua, y poco pasto, y condúcese con mayor dificultad, o culpa, o impídelo el enemigo más fácilmente, cuando la altura es demasiada, porque sometiéndose a ella tanto, que la artillería no pueda ofender, pocos arcabuceros bastan a impedir a muchos la bajada, porque es claro que el que abajo espera, puede estar cubierto, y tirar de mampuesto, y el que desciende va descubierto de los pies a la cabeza.
Puédense los lugares altos así mismo cerca de fosos, y vallados, más fácilmente que los llanos, o menos altos. Hay de ésto muchos ejemplos, como el de Petreyo y Afranio, Cabelerida, el de Pompeyo en Durazo.
El acampar en las laderas tampoco es todas veces muy seguro ni aprobable, especialmente si se deja gran trecho hasta la cumbre donde de ordinario suelen ser las plazas de armas a las cuales llega la gente (si le dan prisa) cansada, y sin aliento, de manera, que si la guardia ordinaria no es tanta que sola baste a resistir el ímpetu repentino de los enemigos, podrán los desalentados hacer poca defensa hasta haber descansado, y tomado aliento, además que los tales alojamientos en la deja, si no llegan a ocupar el principio del llano, pueden padecer las mismas dificultades que los de las cumbres y alturas, allende de la que ahora se ha dicho.
El asiento en llanura debe ser tal, que no tenga cerca alguna eminencia de la cual pueda ser ofendido con la artillería contraria ni esté sujeto en alguna inundación de agua, que pueda venir por repentina lluvia, o por deshacerse nieves, ni sea el terreno paludoso o arcilloso, que con poca lluvia venga a ser intratable.
Visto y considerado muy bien todo lo sobredicho, según el sitio y lugar conforme a la necesidad, se debe asentar el campo cuadrado, redondo, triángular, o prolongado, y en suma, de manera, que la forma no perjudique a la utilidad, no haciéndole muy estrecho, porque la estrechura puede constipar demasiado los soldados, ni muy espacioso, porque no se extiendan más de lo que conviniere señalando a cada nación. Y si se pudiere a cada tercio o regimiento de a pie o de a caballo, cuartel distinto y separado con su plaza de armas, en la parte más necesaria, de manera, que sin impedimento se pueda salir a ella, y plaza particular donde estén sus mercaderes, y oficiales de más de la plaza principal y universal, que debe ser en la mitad de todo el sitio, capaz de las municiones, y bastimentos, y de las mercaderías, que para el servicio de la gente se conducen, y son necesarias, repartida en calles, de manera, que sin algún impedimento ni confusión puedan tratar en ella todas las naciones. Las entradas, y salidas del campo deben ser por las partes más oportunas, para conducir vituallas, y todo lo necesario a los hombres y animales, y para salir por agua, si dentro en el mismo campo no la hubiere, advirtiendo que los caballos y bestias beban en parte que no gaste ni enturbien el agua para los hombres. Conviene así mismo que las tales entradas y salidas sean espaciosas y a propósito, si necesario fuere salir con presteza a combatir en escuadrones formados fuera del campo. El cual siempre que posible fuere se debe fortificar, especialmente habiendo de ser por algunos días, y teniendo enemigos cerca, que menós trabajoso y más seguro es hacer un valladar, o trinchera al derredor de todo el campo el primer día que se asienta, que estar siempre con mucha guardia de gente.
Los antiguos, y especialmente los Romanos, aunque no fuese por  de una noche cuando había cerco de enemigos fortificaban sus ejércitos con una trinchera, cuyo foso por de fuera tenía cinco pies de ancho, y tres de hondo, echando la tierra a la parte de dentro sobre  césped y fajinas que ponían, de manera, que tras ellos estuviesen los soldados cubiertos.
Pero si era para más tiempo hacían la trinchera, cuando menos pies de hondo, y hasta diez y siete en ancho, echando la tierra, como dicho es tras césped y fajinas, de manera, que no se pudiese caer, mas hecha a manera de muro, pudiesen poner sobre ella los instrumentos, que usaban en lugar de artillería. Para hacer tales fortificaciones se señalaba a cada compañía, o centuria un trecho del cual a cada soldado cabía hacer diez pies de trinchera, y puestas las armas en orden en torno de su propia bandera, con las espadas ceñidas trabajaban hasta haber acabado cada uno su tanda. Y porque mientras duraba la obra no fuesen invadidos repentinamente de los enemigos, toda la caballería, y aquella parte de Infantería que por privilegio y dignidad era exenta de aquel trabajo, estaba armada en escuadrones delante de los que trabajaban.
Los Persas a imitación de los Romanos fortificaban sus Reales, y porque aquellas partes son muy arenosas, traían infinidad de sacos, los cuales llenos de arena ponían en lugar de cesped y fajinas. Otras naciones usaban carros, porque tras de ellos la gente estuviese segura de las invasiones repentinas, todo esto fuera de uso por los largos intervalos que de paz ha habido de aquellos tiempos a éstos, pero no sería poco provechoso usarlo, pues como arriba se dijo, se asegura más el campo con menos trabajo de la gente.
Las guardias de a pie se deben poner dentro de las trincheras, o fuerte, sobre el cual estén las centinelas, de manera, que la una pueda ver y entender lo que la otra hiciere, mudándolas cuan a menudo fuere posible, o cuando menos de tres en tres horas, porque no se siga alguno de los inconvenientes que pueden seguirse, como sería dormirse, o sentarse de cansancio, o dar entrada al enemigo, porque no todos los soldados que se ponen por centinelas, pueden ser conocidos, y a veces el de quien más confianza se hace, es menos fiel.
Deben por tanto los Sargentos Mayores y menores rondar, y er siempre todas las centinelas, porque el descuido no cause tan grandes inconvenientes.
Las guardias y centinelas a caballo se deben poner fuera del fuerte o trincheras a trechos, y de manera, que los enemigos no puedan pasar de ellos al campo sin ser vistos.
Para conducir el ejécito las vituallas seguras, y con menos trabajo, se deben guarnecer de gente los castillos, o lugares que más a propósito fuere, y salir del campo las escoltas necesarias, a impedir que el enemigo no llegue a tomarlas, o a matar la gente, o bagajes en que se conduce.
El dar batalla campal en escuadrones formados, cuanto fuere posible se debe excusar, especialmente defendiendo y estando el poder del que defiende junto, porque si el enemigo vence, gana más de lo que pretende, y el vencido con dificultad puede rehacerse, por ésto se deben tentar todos los medios que puede haber antes de poner en discrimen de batalla la victoria, pero cuando ya fuere por forzoso o necesario, será grandísima parte para vencer tener muy bien consideradas las cosas que se siguen.
El número y la calidad de los enemigos, los géneros de las armas, las destreza de los unos y de los otros en ellas, la experiencia de haber combatido muchas o pocas veces, la confianza con que están los amigos, y vienen los enemigos, las fuerzas, aliento y tolerancia de todos, el tiempo, el día, la hora que es, el sitio y lugar, la forma de los escuadrones, el número de ellos, cuales naciones, u ordenanzas de gente a pie, o a caballo son más feroces y robustas, para oponerlas a las que lo fueren de los enemigos. Cómo irán mejor los pertrechos y artillería para der, la manera de comenzar y proceder en la batalla, de recoger los suyos, si fueren rotos, y de ejecutar los enemigos rotos, sin peligro que se rehagan y revuelvan.
Son infinitas las cosas y circunstancias que en especie se podrían decir sobre las dichas, que por la brevedad quedan para mejor oportunidad. Pero de todas debe el Generalísimo tener noticia, y mayor experiencia que otro alguno, de los que le han de obedecer. Pues es claro que si no se acierta a mandar, no es en mano de el que obedece enmendar los yerros que se pueden seguir, que en la guerra inmediata se sigue el castigo, y nunca es menos que de la vida y la honra, y muchas veces de entrambas, y de la perdición de los ejércitos de los Reyes, y de los reinos.
Pueden ser los Generalísimos muy ayudados de los ministros inferiores, y personajes que a sus consejos se admiten, si concurren en ellos las partes necesarias, y nunca les podrá dañar, entender privadamente lo que sienten otros particulares capitanes y soldados prácticos, que muchas veces pueden advertir de cosas en que consista la victoria. Y como se dice, más ven dos ojos que no uno, la memoria humana es frágil, y fácilmente deja el hombre de acordarse de cosas que tiene muy sabidas. Si un ejército de infinito número, cansado de caminar con gran calor, y de no dormir, se echase a reposar y dormir en alguna sombra, y un hombre curioso quisiese ver las maneras de echar y posturar de todos, aunque todas fuesen diferentes, cada cual podría imitar mientras la contemplase, mas después de levantados, de muy pocas posturas le quedaría memoria, así es de creer, que sería en las multitud de cosas diferentes, que en la guerra se pueden ofrecer tenerlas el General muy sabidas, y habrá menester que se las recuerden. Allende de las cabezas de legiones y ordenanzas a pie, o a caballo, había en los ejércitos de los Romanos otros prefectos y cabezas de lo demás oficios, especialmente cabe la persona de cada Cónsul andaba un legado, que en ausencia del Cónsul gobernaba todo el ejército, y por todos era obedecido como el mismo Cónsul, en cuya presencia no mandaba ni ordenaba el legado, mas era el principal consejero del Cónsul.
Había un prefecto o cabeza de los Metatores, o Asentadores del ejército, en cuyo lugar ahora son los Maestros de Campo, que se dicen generales, a quienes toca el asentar, y fortalecer los campos, señalando los límites de ellos, por donde se hubieren de hacer las trincheras con todo lo demás que sobre este caso arriba se ha dicho, es oficio para el cual se requiere grandísima diligencia, inteligencia y experiencia, porque poca, o ninguna cosa hay en el arte y disciplina militar de tanta dificultad como asentar un campo con todas las circunstancias que se requieren. Y porque las más veces se da poco tiempo para considerar los sitios, conviene que todos los otros Metatores, Furrieles, o Aposentadores particulares sean diligentes, inteligentes experimentados, para ayudar al Maestro de Campo General, hallándose con él, donde quiera que se hubiere de asentar el Campo, que habiendo de ser por algunos días, y siendo de tanta importancia lo que toca la sanidad de la gente. Debería también hallarse con el protofísico del ejército, pues, de buena razón, mejor que otro debe conocer la salubridad del aire, y de las aguas, en que principalmente consiste la salud.
Después de asentado el campo con sus entradas y salidas, plazas de armas, de bastimentos y mercadería, señalados los lugares dónde se hubieren de poner las guardias y centinelas a pie y a caballo, debe el Maestro de Campo General diputar el número de gente que fuere necesario, para conducir segura la vitualla de la gente y pasto de los  animales, repartiendo el trabajo igualmente por los tercios, y regimientos de apie y de a caballo.
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