Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar…De las igualdades entre pretoriales y consulares.

 cannavalfinalessxvi
… En todo lo sobredicho convendría imitar a los Romanos según las armas que en nuestro tiempo se usan, pero el principal y más necesario ejercicio es usarse a sufrir incomodidades, para no sentir el mudar cada día alojamiento, como siendo posible se debe hacer, porque no acaezca a nuestros soldados lo que a los de Alejandro Magno, que tras tantas victorias por reposar solo cincuenta días en Babilonia, fueron vencidos de los vicios de ella, y lo que a los de Anibal, que habiendo ido de las columnas de Hércules del mar Oceano, hasta el fin de Italia, y venciendo siempre naciones ferocísimas, y ejércitos de Romanos, por reposar sólo un invierno en Capua, fueron vencidos de los deleites de ella. Y lo que acaeció a los Romanos, que tras haberse por su buena disciplina militar hecho señores de todo lo que entonces del mundo se sabía, habiendo con la larga paz, y mucho descuido dejado perder la tal disciplina, a la segunda guerra Púnica fueron tantas veces y vencidos por Anibal, hasta que después de haber perdido tantos Cónsules, tantos Capitanes, y tantos ejércitos reducida la antigua disciplina, comenzaron a haber victorias.
La caza es un ejercicio muy provechoso, y conforme a la cosa militar, por eso los antiguos no sólo no la vedaron a la gente de guerra, mas tuvieron y honraron por más que hombres a los que se dieron a ella, como Jenofonte Filosofo y Capitán singular dice en un tratado que hizo de venacione. Y Filón Judio, excelente Filósofo escribiendo la vida de Moisés, dice ser la caza preludio, o ensayo para hacerse diestros hombres de guerra y Capitanes, como el ser pastor de ovejas lo es para ser buenos Reyes. Así que no se debe vedar a los soldados el cazar fuera de parques cerrados, o cotos particulares, reservados para el pasatiempo de Reyes y Príncipes.
A los hombres que salen de sus tierras y casas, a trabajar, y derramar sangre, y morir por su patria, por su ley, y por su Rey, no solamente se debe guardar los privilegios, y exenciones, que los antiguos les concedieron y guardaron.
Pero aún darles más por animarlos a entrar en tantos peligros y trabajosa profesión, a la cual si no tirase la esperanza de honra y provecho, sólo acudirían los que no pudiesen hacer otra cosa, en quienes se debe hacer poco fundamento.
Deben ser los soldados exentos de pechos, derechos, imposiciones, gabelas, dacios, etc. Porque del sueldo que se les da para sustentar sus personas, caballos y armas, no deben pagar semejantes cosas en profesión donde se ganó, y deben ganar libertad y nobleza, sería cosa muy agraviada no guardársela, especialmente a los que nacieron hidalgos y nobles.
Ningún género de armas de las que se usan, y son necesarias en la guerra se ha de prohibir a los soldados de asiento ni de tránsito en cualquier estado que sea sujeto a su Rey y señor.
Ningún vestido que de su sueldo hizieren se les debe prohibir ni quitar, aunque haya premáticas que todas las otras gentes lo venden, pues son bienes castrenses, de los cuales pueden disponer a su beneplácito, aunque tengan hijos y otros herederos forzosos de cualesquiera otros bienes patrimoniales, o adquiridos fuera de la guerra.
No los deben prender ni castigar por justicia, sino sus propios jueces, los Capitanes, Alfereces, Sargentos, y Cabos de esquadra, pueden y deben prender los soldados de cualesquiera compañías, cuando en su presencia delinquiesen, y vieren que en la mora habría peligro de escaparse el delincuente, pero no deben soltar, absolver, ni condenar sino los jueces ordinarios, que son Maestros de Campo, a quienes sus ministros han de entregar los delicuentes.
La jurisdición de los Maestros de Campo no se termina con territorio, porque es sobre las personas, y se extiende a donde quiera que los soldados de sus tercios se hallaren. Así que cualquier otros jueces de todos los Reinos y provincias de su Rey y señor se los deben entregar, si los Maestros de Campo lo requieren con testimonio de delitos que hubieren cometido, como en tiempo de nuestros pasados se les entregaban, de que se podrían aducir hartos ejemplos, bastara haber muerto un soldado a un Cabo de escuadra en cambio y con requerimiento de Luis Pérez de Vargas entregarse los Alcaldes de corte en Espira, donde el Emperador Carlos Quinto de feliz memoria, a la sazón citaba, y haber muerto otro soldado, otro Cabo de esquadra, en Valencia del Po, y a requisición de Sancho de Mardones, entregarselo el Virrey de Sicilia, debese hacer siempre así, porque entendiendo que en ninguna parte han de estar seguros los delincuentes, se excusaran muchos delitos.
Los Gobernadores de Presidios que tienen autoridad de Capitanes de guerra, deben prender los soldados delincuentes de las compañías, que en los tales presidios residieren, y si los delitos fueren meramente contra el presidio, como sería tratar de entregarle a los enemigos, avisarles de lo que dentro pasa, dejar la centinela, pueden proceder contra ellos, y castigarlos según la calidad del delito. Pero si estuviesen presos por haber herido, maltratado, o muerto algún vecino, u otra persona que no fuese de las compañías, no debe proceder ni castigar sino el juez ordinario de los tales delicuentes acumulativo con el juez de los ofendidos, mas si estuvieren presos por haber herido, o maltratado o muerto, algún soldado, u otra persona de las compañías, sólo su juez ordinario debe castigarlos. Pues como está dicho, jurisdicción no se termina con término, y la del Gobernador o Capitán de guerra sí, y no sería comparable que el tal Gobernador condenase, al soldado de a pie, o de a caballo, perturbando la jurisdicción de su juez ordinario, dando al que condenase en destierro por virtud de la tal condenación, seguridad para poderse ir a otra compañía de las sujetas al juez ordinario, o volverse a la misma cuando saliese del presidio donde fuese desterrado, como podría si la tal condenación fuese legítima, mas no solamente se perturbaría la jurisdicción de los jueces ordinarios, que tanto importa no terminase con territorio para la buena disciplina y conservación de la milicia pero aún totalmente se le quitaría por darla a quien no la tiene necesidad para la conservación del presidio, o sería agravio manifiesto a los soldados que en un mismo delito conociesen dos jueces en diferentes tribunales. Y pues ésto no se permite entre los vecinos y moradores de los presidios, antes tienen sus jueces ordinarios para las causa, que meramente civiles y criminales no conciernen a la conservación del presidio, menos se debe permitir entre soldados, que por las causas arriba dichas deben ser más privilegiados.
Más ocasiones de delinquir tienen los hombres de guerra, que ningun otro género de gente, y por eso conviene que los delitos que por si mismo no son capitales, no vengan a serlo por no advertir en qué penas se ponen al echar de los bandos. Pues como Escipión Africano decía, más importa conservar la villa de un amigo, que quitarla a cien enemigos.
Todas las cosas que pueden impedir la victoria en una jornada de guerra, y las que importaren más que la vida de un hombre de los que pueden delinquir en ellas, deben prohibirse con bandos que contengan penas capitales y con ejecutarlas irremisiblemente. Porque como dicen por un clavo un caballo, se puede perder un ejército, y el Rey y el Reino así de no ejecutar con rigor las penas de los bandos, crece la inobediencia, y del desorden de sólo un soldado se puede seguir todo lo dicho.
Los bandos que a todos han de comprender, por el cabeza de todos se han de echar, los otros particulares por los que fueren cabezas de aquellos a quienes han de comprender, y especialmente en ausencia del supremísimo, porque si un tercio caminase, o estuviese reparado del ejército, y por alguna causa incidente, fuese necesario echar un bando prohibiendo algo, o dando orden, y de tal incidente no pudiese tener noticia el General, para haber mandado echar el tal bando, en lugar de dar autoridad al mandato se la quita.
Más amplia y específicamente se pudiera tratar lo hasta aquí tratado, pero habiendo de ser breve parece que no por ahora basta haber dicho, que en que la gente legionaria o entretenida sea bien gobernada, ejercitada y obediente, consiste gran parte de la buena disciplina militar, y pues se ha formado un tercio con todo lo a él necesario, presupuesto que así hayan de ser todos, y que lo dicho de la gente de a pie se entienda de la de a caballo entretenida, no será fuera de propósito decir algo ingénere, sobre el formar de un ejército conducirle, alojarle y avituallarle.
Ejército pues se llama una multitud, congregada así de gente de a pie y a caballo, así entretenida, como auxiliar, y conducida, débese pero con gran consideración advertir al formar de tal ejército, que no sea mayor de cuanto a la perfección de la guerra, que se hubiere de hacer bastare, porque en Jerjes, Darío, Mitrjdates, y otros Reyes que armaron innumerables pueblos, se tiene ejemplo de que un ejército muy copioso se deprime, y padece más por su propia multitud, que por la virtud y fuerza de los enemigos, la gran multitud a muchos casos es sujeta en el caminar por su pesadumbre, es muy tardía en los escuadrones, muchas veces se desbarata fácilmente, aún acometida de pocos, y en pasos de ríos, por la tardanza de los impedimentos se suele perder, con gran dificultad se halla y conduce vituallas para infinitos hombres, ni pasto para muchos animales, en hartos lugares no basta el agua que se halla para sustentarlos, inféctase presto el aire, donde el tal ejército está algún día de asiento, muévese y obedece mal, si acaece romperse dificilmente después que se pone en huida, torna a rehacerse, y es forzado, que de muchos mueran, y se pierdan muchos. Por eso los antiguos que por la larga experiencia habían aprendido remedios a las dificultades no querían tanto ejércitos muy copiosos, como diestros y bien disciplinados.
A los Romanos parecía que para una guerra ligera bastaba una. legión con algunos auxiliares, de manera que por todos fuesen diez mil hombres a pie, y dos mil a caballo, al tal ejército llamaban Pretorial, porque el supremo era un Pretor, pero si entendían que el número de los enemigos era grande aíiadíase otra legión y tantos auxiliares que por todos fuesen veinte mil a pie, y cuatro mil a caballo, iba a ser supremo de tal ejército uno de los Cónsules que se criaba en Roma, llamábanle ejército consular, mas cuando los enemigos eran infinitos y muy feroces juntaban dos ejércitos consulares, y gobernaban ambos los cónsules, de manera, que no padeciese la república. Finalmente aunque el pueblo Romano casi siempre tenía guerra, y combatía en diversas regiones, con diversas gentes, le bastaba la suya.
Porque juzgaban ser más útil no tener grandes ejércitos sino buenos, bien ejercitados y disciplinados, teniendo gran cuidado que nunca fuese el número de los auxiliares mayor que el de los legionarios en los ejércitos, que muchas veces por faltarle la paga, o vitualla, o por excusar trabajo y peligro, especialmente si antes han estado en ociosidad y regalo, tumultuan los soldados auxiliares y conducidos, y convienen que siempre los legionarios y entretenidos sean superiores, porque éstos pues en tiempo de paz se entretienen, en el de guerra deben dar ejemplo a aquellos con sufrir todas las necesidades y trabajos que se pueden ofrecer, sin jamás tumultuar, siendo como es cierto que quien les dio en paz lo necesario, se lo daría en guerra, si los grandes gastos que en ella se ofrecen lo permitiesen, y que no se les quita aunque se debiera, y que todos, o los más pretenden merced especial en oficios, o beneficios de la Majestad real, la cual deben siempre servir, y nunca ofender, haciéndolo así, y siendo siempre superiores, no osarán los auxiliares tumultuar como suelen en tiempo que ponen en aventura de perderse los ejércitos, los Reyes y los Reinos.
Por tanto antes que el ejército se junte conviene proveer las cosas necesarias, especialmente vituallas, porque más veces consume un ejército la penuria que el combate, y más cruel es el hambre que el hierro, a todos los otros casos se puede ayudar en la necesidad, pero no a la falta de vitualla para los hombres, y pasto para los animales. Así que el principal consejo en todas las expediciones debe ser, que a los amigos sobre comida, y a los enemigos falte, acaecerá así recogiendo con tiempo a lugares fuertes y seguros de la provincia donde hubiere de ser la guerra, todo lo que aquella provincia, y las circunvecinas produjeren guardándolo y distribuyéndolo, con gran cuenta y razón. Porque si dejasen en la campaña, allende de que los enemigos podrían servirse de ello, o destruirlo, los amigos consumirían en un día, lo que dado por orden bastaría, para un mes, con tenerlo para poderlo repartir, ordenadamente se puede suplir a la falta del dinero, y no teniéndolo, no basta todo el oro del mundo a comprarlo. Pues qué será si falta lo uno y lo otro, que la guerra ofensiva, aunque está en manos del que la quiere hacer comenzar, no suele estar en su mano el acabarla, que hará la defensiva, así que siempre se debe proveer de comida para más tiempo del que se piensa que la guerra podrá durar poniéndola con gran guardia, en los lugares más a propósito para conducirla con poco trabajo al campo, y dándola desde el principio con orden, sin esperar a distribuirla, así cuando comience a faltar, que ya sería la provisión tardía.
El orden en suma y la salud de todo un ejército, consiste principalmente en que no falte pan, vino, carne, sal, óleo, vinagre, agua, lelia, paja, heno, cebada, etc.
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