Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar… De la composición y formación

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Todos los sobredichos oficiales deben residir siempre cerca de la persona del Maestro de Campo, de quien deben depender, porque dependiendo de personas por quienes se les haya de tener respeto, son remisos en hacer lo que los Maestros de Campo les ordenan. Podrían traerse ejemplos de inobediencia, después que se introdujo darles los generales patentes, ordenando y mandando a los Maestros de Campo los tengan como si hubiesen de ser sus superiores, bastando señalarles el sueldo, y ordenar a los oficiales de él se le asienten, y libren y paguen como y cuando a los demás oficiales y soldados de los tercios, en suma no criarlos a requisición de los que a cada paso les han de mandar, es repartir entre muchos la autoridad que había de tener uno, para que ninguno la tenga. Cada tercio debería al menos ser de tres mil hombres, y tener como las legiones, todo lo necesario en un ejército, porque muchas veces se puede ofrecer hallarse solo acampado, o caminar por partes que ninguna cosa se halla en muchas millas alrededor, rompense armas, cajas de arcabuces, conviene hacer puentes para pasar ríos, o cosas semejantes, sino hay Herreos, y Carpinteros, & c. ninguna cosa se puede hacer.

A cada tercio puede ocurrir necesidad de hacer con sólo sus soldados escuadrón, en que las banderas, el bagaje y todos ellos se reparen de caballería, o mayor número de Infantería, si tal acaeciese en una gran llanura sin arboleda ni soldados, formando un escuadrón cuadrado de gente de a 10 hileras por cada una de las 4 partes 47 picas en el alto, y 53 en hondo, y dejando en el centro lugar de 890 hombres, para meter el bagaje e impedimentos, guarneciendo los dos costados de 71 arcabuceros por costado, y haciendo dos mangas de cada otros tantos de las dos compañías de ellos, que es costumbre haber en cada tercio y de los 58 que sobran de 800 que son el tercio de las 8 compañías de piqueros. Las cuales dos mangas cuan necesario fuese, se recogiesen solo las picas del frente, y con la del escuadrón, sería el más fuerte que en tales llanuras se puede hacer, y aseguraría mucho ser de los 1.400 arcabuceros, y 200, mosqueteros, advirtiendo que al disparar no matasen sus amigos. Por eso conviene ser ellos los más foraneos de las hileras, que si los mosquetes echan onza y media de pelota con la pólvora necesaria, es forzado tirar sobre horquilla, que esté bien firme en tierra, y no se puede estando otros hombres delante de ellos, los cuáles no se han de apartar del escuadrón de las picas, porque el peso y embarazo de los mosquetes no les permite, y desde allí alcanzan tanto, que ningún arcabuz enemigo llega a ofender el escuadrón, para cuya perfección y mayor seguridad debería serlo en la caballería, o al menos tener cien caballos ligeros, como solían los Maestros de Campo, que en todas partes son necesarísimos, y ninguno serían mejores, pues es claro que los buenos salen de la Infantería. Y porque entre ella anda siempre mucha gente noble, y principal, no se les debe impedir el tener al menos doce caballos por ciento, en que puedan caminar los tales, y ayuden a los cansados, y vayan expeditamente a cosas que requieren más diligencias, de la que puede hacer gente de a pie. Para entretener los tales caballos, y otros doce bagajes por ciento, se les debe dar paja y heno por orden, durante paz, o tregua, porque de otra manera no se podrían sustentar con poco sueldo, ni comprar para las necesidades, y a cada soldado se le hace de mal dejar su ropa, y a los principales mal el ir a pie larga  jornada. De manera que de quitar tales comodidades, se seguiría faltar la nobleza, que es nervio de la Infantería Española.

Y porque no conviene ser casados, hombres que han de seguir las banderas, a dondequiera que por tierra, o por mar fueren: por cuidar los inconvenientes que se podría recrecer, débese permitir que haya al menos ocho mujeres por cien soldados, que pues las repúblicas bien ordenadas permiten tal género de gente por excusar mayores daños, en ninguna república es tan necesario permitirle, como entre hombres libres robustos, que en los pueblos ofenderían a los moradores, procurando sus mujeres, hijas y hermanas, y en campaña sería más peligroso no tenerlas, pero deben ser comunes, y no menos del número dicho: porque e infectarían de ellas los soldados, para no permitir las tales infectadas, debería haber persona que tuviese cuenta con ellas, y especial cuidado de hacerlas visitar a menudo.

Débense permitir asimismo treinta mozos a trescientos soldados, sin los del Capitán, Alferez, Sargento, y Cabo de escuadra, que en todos serían cincuenta y tres por compañía, tan necesarios como los mismos soldados, que no pueden pasar sin servicio. Y si no se les permitiese tener, no lo serían, en cada tercio habría de haber una persona que como en España, los padres de mozos, tuviesen cuenta con ellos, para no permitir vagabundos, ni ser maltratados los que sirviesen. Todos los sobredichos caballos, bagajes, mujeres, y mozos, no han de ocupar en el centro del escuadrón arriba formado más que ochocientos cincuenta hombres, porque deben estrechar mucho más que los soldados, cabalgando los mozos de los que en tal sazón se hubieren apeado y puesto en orden.

Para excusar tanto impedimento, que es inexcusable, son necesarios 1600 piqueros, como está dicho, y para mangas y guarnición de ellos, bastan los 1.400 arcabuceros, y mosqueteros. Dirá alguno, que tal necesidad se puede ofreçer pocas veces, y muchas el ser más útiles arcabuceros que piqueros, es así, mas para una sóla vez que pueda acaecer, conviene estar siempre apercibidos, y si no se pusiese límite, no habría soldado que no quisiese ser arcabucero por andar descargado, considerando bien ésto, y las necesidades que pueden ocurrir.

Los Capitanes Generales, que al principio regularon los tercios, ordenaron que no todo el número fuese arcabucería. Para pólvora, cuerda y plomo, señalaron a cada soldado un escudo de ventaja. Y para que los que las tales ventajas tuviesen, trajesen morriones, daban a cada cual de ellos un tostón, además de los cuatro escudos. Después considerando que en Italia, donde se instituyeron, y ordinariamente residían los tercios, hay más arboledas y fosos que llanuras, ordenaron, que de doce compañías que a la sazón formaban un tercio, las dos fuesen de arcabuceros, y se les diese la ventaja, y el tostón, como a los demás, y pareciéndoles que allí bastaba la dicha arcabucería, no permitían que soldado de tres escudos, sirviese con arcabuz, ni ahora se debe permitir por las causas dichas, y porque muchas veces se va donde hay campañas más desembarazadas, y en ellas sobran arcabuceros, y faltan picas, que son el reparo de ellos, y la fuerza de los escuadrones, además de que ningún soldado de tres escudos, puede traer el recaudo necesario a buen arcabucero, y permitirle traerlo, es permitir que no sirva sino de matar al que más cerca de él se halla, cuando alcanza para poder tirar algún tiro, así que no sólo se les debería permitir tomarlos, sin que los capitanes se los diesen, cuando se hubiesen de subrogar en plazas de los arcabuceros aventajados, mas deberíase tener grandísimo cuidado al hacer la tal subrogación, especialmente en las compañías de arcabuceros, a las cuales acuden todos los que en las de piqueros no pueden haber ventajas, haciendo cuenta que allí se las darán, y tendrán menos trabajo, especialmente en tiempo de paz, o tregua, que casi ninguno tienen, si no hace guardia de noche: por eso todos los soldados de ellas habían de ser arcabuceros escogidos entre los más diestros, y los Capitanes de ellos lo deberían ser: porque en la guerra se ofrecen muchas ocasiones, en las cuales hallándose con los arcabuceros, a todos, y a cada uno de ellos deben guiar según las necesidades, valiéndose de todas las ventajas, y comodidades que el terreno les permitiere. Y porque de ordinario unos soldados se adelantan, y otros se quedan más traseros de lo que conviene, deben ser los Capitanes hombres sueltos, adelantados, y sufridores de trabajo, para poder tirar los unos, adelantar los otros, y poner a cada uno en el lugar que más efecto pueda hacer, especialmente en terreno, que no permite andar a caballo.

Formando un tercio según dicho es, deberían los soldados de él ejercitarse en todos los géneros de ejercicios necesarios al próspero suceso de lo que emprendiesen. Los Romanos, cuyo ejemplo se debe seguir en todo lo tocante a la buena disciplina militar, lo primero que mostraban a todos sus legionarios nuevos, era el paso militar, teniendo por cosa muy importante el ir en orden caminando, o en escuadrones, lo cual les parecía no poderse hacer si primero los soldados no aprendían con continuo ejercicio a caminar con presteza e igualdad: usaban de grandísima diligencia en mostrárselo, porque un ejército que camina divido, y desordenado corre gran peligro, si hay enemigos cerca, parecíales que a paso militar en cinco horas de verano se debían caminar veinte miii pasos, y que a paso más apresurado, que llamaban pleno en otras tantas horas se debían caminar veinte y cuatro mil, y que cualquiera cosa que más prisa se añadiese, era correr: de manera, que no se podía definir el espacio de la tal carrera. Y por que muchas veces era necesario el correr, hacían que sus soldados se ejercitasen en ello, para que cuando se ofreciese, ocupasen con mayor claridad algún paso o lugar oportuno, o previniesen a los enemigos, si intentasen hacer lo mismo, y para ir a reconocer, y perseguir a los enemigos si huyesen.

Asimismo porque en tales casos se suelen hallar en los caminos fosos, paredes, o setos, hacían que sus soldados se ejercitasen en saltar, porque ocurriendo tales necesidades y dificultades, pudiesen sin trabajo pasarlas, y porque no todas veces se hallan puentes o barcos para pasar algunas riberas o torrentes, y avenidas que se causan de repentinas lluvias, o de deshacerse nieves, y es forzado que en el ejército siguiendo, o retirándose nade, y no sabiéndolo hacer correría peligro, no solamente de los enemigos más aún de las mismas aguas: hacían que todos sus soldados no solamente los peones, mas los de a caballo, y los mismos caballos, y los criados de verano se ejercitasen en nadar después de haberse ejercitado en las armas, porque cuando la necesidad ocurriese lo supiesen hacer todos.

Aunque las armas de que los Romanos usaban, eran bien diferentes de las que en este tiempo se usan, y la manera de ejercitarse en ellas, parecerá a algunos ridícula, porque ellos la tenían por importantísima, y no dejaríá de serlo ahora, parece cosa necesaria decir de las suertes de sus armas y ejercicios lo que se sigue.

Los soldados de a pie, que ellos llamaban, «gravis armatur», traían corazas, celadas, y escudos de hierro, o acero, y en las piernas derechas, quijotes y grevas, espadas cortas ceñidas, y en las manos derechas lanzas tan largas, que teniéndolas en las manos, pudiesen resistir el ímpetu de los enemgios. Al escuadrón de tales armados llamaban muro, porque las armas defensivas no sólo defendían a los que las traían de los tiros enemigos, mas también de bajo de las ofensivas se reparaban los demás soldados, que llamaban «levis armatur”, eran arqueros, honderos, y todo género de tiradores, los cuales también traían morriones y mangas de malla en los brazos izquierdos.

Para ejercitar los de grave armadura, hacían de mimbre teñido unos escudos redondos, que pesasen doblado que los escudos comunes, y así mismo unas mangas de palo, que también pesasen al doble que las espadas, e hincando en tierra unos palos que estando muy firmes se descubriesen seis pies de ellos, hacían que en tiempo de paz, o de quietud todos los soldados, especialmente los nuevos combatiesen una hora a la mañana, y otra a la tarde contra aquellos palos con los escudos y mangas sobredichas, haciendo todos los actos de herir, y preparar, y todos los movimientos, que si los palos fueran hombres enemigos les fuera necesario hacer. A los tiradores, arqueros, honderos, etc. hacían que cada día así mismo se ejercitasen dos horas en tirar cada uno con su arma, o instrumento, los de a caballo así mismo además de ejercitarse en el manejo de sus armas, aprendían a saltar armados a caballo, por saberlo hacer con destreza en las necesidades, que en fin ninguno teme tanto hacer lo que ha bien, aprendía, como lo que no sabe. A todos en suma, sus soldados así de a pie como de a caballo, además de los sobredichos sacaban tres veces cada mes a caminar armados con todas sus armas, y más el peso que podría importar la comida de cada uno, para no sentirlo cuando necesario fuese llevarlas éstas por cuatro o seis días, el ordinario paseo de los de a pie, era diez mil pasos de ida y venida, el de los de a caballo eran los mismos diez mil pasos, pero habían de ir siempre dando y recibiendo cargas, escaramuceando por llanuras y cuestas, para estar ellos y sus caballos hechos a todo, de manera, que ninguna fatiga en tiempo de necesidad pareciese nueva a los unos ni a los otros.

Tenían maestros que mostrasen todos los sobredichos ejercicios a
sus soldados, pareciéndoles menos costa y más provecho tener de sus
naturales pocos y diestros, que valerse de muchos forasteros en las
necesidades. En fin ejercitarse la gente de guerra legionaria y entretenida
en todo lo arriba dicho, siempre fue y será bueno, y lo contrario al
contrario.

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