Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado. De la imitación de Tercios y Legiones.

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… A imitación de las legiones Romanas, son los que nosotros llamamos Tercios, aun que difieren mucho en el número, en el orden y en todo lo demás. Una legión tenía seis mil cien hombres de a pie, setecientos treinta de a caballo, dividíase en diez cohortes, la primera de mil ciento cinco peones, ciento treinta y dos caballos, todas las otras nueve de a quinientos cincuenta y cinco peones, y sesenta y seis caballos.

Formaban de una legión dos escuadrones, de a cada cinco cohortes, La cabeza de la legión se llamaba Tribuno, de “tribuhendo que jus”, porque mandaba y daba ley a los demás cabezas de cohortes, que se llamaban ordinarios Augustales, Flaviales, y a todos los demás oficiales y soldados, que se llamaban Aquilíferos, los que llevaban las insignias de las aguilas imperiales: Imaginarios, los que llevaban las imágenes de los Emperadores pintadas: Signíferos, lo que llevaban otras banderas con diversas señales: Tesararios, los que tenían cargo de dar las órdenes y mandados de los Emperadores y superiores (son ahora Sargentos Mayores) Opciones, los que tenían cuidado de recorrer los escuadrones, y dar remedio a los que adolecían o desmayaban: Campígenos, o Antesignanos, los por cuya obra y virtud crecían los géneros de los ejércitos: Metadores los que iban delante a elegir lugar para asentar el real. Librarios, los que referían en libros las raciones pertenecientes a los soldados. Tubicines los trompetas: Cornicines, los corneteros: Bucinatores, los que tañían las bocinas. Mensores, los que en los reales medían los cuarteles y señalaban el suelo, donde se pusiesen las tiendas: Beneficiarios los que eran promovidos y aventajados por beneficios de los tribunos. Armaturæ duplares, a quienes se daba doblado sueldo, o racion.

Simplares, a los que se debía simple, o sencillo. Torcuatos duplares y simplares, a los que demás de un collar de oro, que se les daba, cuando se señalaban con orden se daba asimismo doble, o sencillo el sueldo, o razón. Candidatos, duplares y simplares a los que además de darles sueldo, o ración doble o sencilla, como a soldados principales se daba otros privilegios. Munífices, los demás soldados que eran costreñidos a muflir y fortalecer de trincheras el real. Centurión primipilo, el que por ser promovido y criado por el cabeza de la legión, tenía cargo de cuatrocientos soldados, y del aguila, procedía en el primer escuadrón, y recibía las comodidades y mercedes como principal Centurión de toda la legión. Primus hastatus, o Ducenarius, el Centurión que guiaba doscientos hombres en el escuadrón. Princeps primae cohortis, el que guiaba ciento cincuenta hombres, y les tocaba todo lo que en ella se había de ordenar. Hastatus fecundus, el que asimismo gobernaba ciento cincuenta soldados, pero no le tocaban las órdenes que al primero. Triario primero, el que gobernaba una centuria que eran cien soldados, y así las diez centurias de la primera cohorte eran regidas por los cinco sobredichos, a las cuales eran constituidas grandes honras y utilidades, y por eso los demás soldados de toda la legión procuraban servir y señalarse, de manera, que mereciesen ser promovidos a aquéllos cargos y oficios: Había otros Centuriones, que tenían cargo de sendas centurias, llamábanse Centenarios. Había Decanos, que tenían cargo de cada diez soldados, y de la misma manera en las otras nueve cohortes de toda la legión, en la cual había cincuenta y cinco Centuriones. Había Herreros, para hacer las herramientas necesarias, Armeros, para hacer todo género de armas, Carpinteros, Barqueros, Soqueros, Minadores, y en suma todos los oficios necesarios en un ejército, porque no pudiese faltar a la legión cosa alguna donde quiera que se hallase, de cada oficio había su prefecto y cabeza, y uno de todos, y de toda la legión.

Los tercios aunque fueron instituidos a imitación de las tales legiones, en pocas cosas se puede comparar a ellas, que el número es la mitad menos, y aunque antiguamente eran tres mil soldados, por la cual se llamaban Tercios, y no Legiones, ya se dicen así, aunque no tengan más de mil hombres, antiguamente había en cada tercio doce compañías, ya en unos hay más, y en otros menos: había tres Coroneles, que lo eran tres Capitanes de los doce, cosa muy necesaria para escusar las diferencias que nacen cuando se envían de una compañía arriba a alguna faccion o presidio ya no hay memoria de ellos. El Maestro de Campo que solía tener autoridad de Tribuno y prefecto de Legión, tiene menos que tenía un Capitán sencillo en tiempo de nuestros pasados. A los Capitanes no se les permite usar de la que les toca, y de hay nace que sus Alféreces, Sargentos, Cabos de escuadra ninguna tienen. Son muy pocos los soldados que tienen doble sueldo, mereciéndolo muchos, por la mucha nobleza y gente particular, que entre la infantería Española suele haber. Los que tienen algo más que el sueldo sencillo, el día que atienden a cualquier género de oficio lo pierden, sin distinción que lo hayan habido por merced de servicio hecho, por entretenimiento, siendo justo que la merced hecha por servicios antecedentes, no se pierda por atender a oficios, que si se han de ejercitar bien, no se han de aceptar por merced, más de en cuando son ocasión de merecerla, y no se debería mirar a la cualidad del servicio después de hecha la merced para quitarla, sino antes para hacerla, que si fue con orden, y por lo que hizo el soldado, se le dió algo más del sueldo ordinario, aunque fuese mucho la convención del que puedo dárselo, que se conoce en el don, le hizo digno de él. Las otras ventajas ordinarias, que debería haber para entretener la nobleza y nervio de la infantería deberían proveerse por orden de los Capitanes, que deben conocer mejor que otros sus soldados, y sabrán cuales de los que se oVonen, cuando las tales ventajas vacan, deben ser preferidos, por haber servido más tiempo, o mejor en la compañía. De proveerlas así se seguirá que los soldados servirán mejor, serían más obedientes a sus capitanes, no buscarían otros medios, excusar serían negociaciones que entre gente de guerra no se deberían permitir, porque es cierto que el humillarse y someterse a más que a sus prefectos y superiores enferma los ánimos. Los Capitanes los serían, y no eligirían indignos de ser aventajados en sueldo, por no disgustar los más beneméritos. Volviendo pues a la comparación de los tercios a las legiones, en ellos faltan muchos oficios, y cosas necesarísimas que en ellas había. Dejo de especificarlos, por haber tocado algunos arriba, diré sólo de los Maestros de Campo sus adherentes, y dependientes, por acabar lo que los tercios requieren, y poder tratar alguna cosa de los demás ministros que en un ejército debe haber.

De quitar los ministros superiores a sus inferiores, la autoridad que antiguamente tenían, y es necesaria para ejercitar bien sus cargos se ha introducido inobediencia, y por consiguiente mala disciplina, ella durará hasta que a ellos se les restituya. Lo que les toca a los Capitanes particulares, en el precedente, capítulo, y en el que trata particularmente de ellos se ha dicho: Los Maestros de Campo de los tercios deben tener la autoridad que tenían los tribunos prefectos de las legiones, y para dar órdenes, y administrar justicia a los Capitanes, oficiales, y soldados de sus tercios: todos los instrumentos necesarios han de depender de ellos, como antiguamente dependían, es a saber, Sargentos Mayores, Atambores Generales, Capitanes de Campaña, Auditores, Furrieres Mayores: así mismo debe depender de ellos los médicos, y cirujanos principales de sus tercios, para lo que toca a la cura de los que en ellos adolecieren, o fueren heridos.

Los Sargentos Mayores son como los Tesararios principales de las legiones, han de recibir las órdenes de sus Maestros de Campo, y darlas a los Capitanes, oficiales, y soldados de los tercios. Y porque en ello hay siempre mucho que hacer especialmente en la guerra, y caminando, pues a ellos toca poner la gente en orden para caminar, según por donde, y en escuadrones para pelear, según en donde: han de tener un teniente, o ayudante, que depende de ellos, como ellos de los Maestros de Campo, en cuyo nombre se ha de entender que dan las órdenes, y por eso han de ser obedecidas, como si los mismos Maestros de Campo en sona las diesen. Deben ser hombres de gran diligencia, inteligencia y experiencia, cuenta y razón, que puedan tolerar los trabajos que el oficio trae consigo. A los inobedientes en las órdenes y escuadrones, guardias y centinelas, deben castigar con las ginetas o bastones, o con las espadas, si las inobediencia o desorden requiere el castigo en fragancia, y si no prender para que por justicia se castiguen. Pero no han de matar, ni mancar de los miembros necesarios al manejo de las armas.

Los Atambores Generales han de saber todas las diferencias de órdenes que con las cajas se puedan significar, porque no se oirían ni entenderían dándolas a boca, como acaece en las batallas, donde si ellos faltasen podría perderse la victoria, por no haber manera de significar lo que se debe hacer en un accidente repentino, de infinitos que en tales casos acaecen, y por ello antiguamente cada cabeza de legión traía una trompeta cabe si que significaba sus órdenes en ausencia del Emperador, o Consul, y en su presencia las que ellos daban por medio de sus trompetas, o instrumenos conocidos para tal, y tan necesario efecto.

Cada Maestro de Campo convendría que tuviese una trompeta además del Atambor General, porque puede acaecer que con el rumor de los otros Atambores de las armas y de la gente, no se oiga la caja del Atambor principal, y se oiga la trompeta por la diversidad del sonido, pero todos los Atambores del tercio han de entender cuantas diferencias el principal y la trompeta hicieren, para darselas a entender y mostrárselas a hacer.

Son necesarísimos los Atambores Generales, pues es claro, que no los habiendo en paz, se olvidaría el arte como se olvidarían otras cosas menos difíciles y avisadas que lo más principal y sustancial de ella se ha olvidado, y que no entienden ser necesarios para más de echarles bandos generales, y repartir los otros Atambores caminando y en los escuadrones, y para llevar algún mandado, o embajada de un escuadrón a otro, o de un ejército a otro, o de una fuerza a otra, y aún ésto saben los menos, debiéndolo saber todos, y tener estimativa para referir bien los tales mandatos, y embajadas, y reconocer los pasos, los sitios, las fuerzas, las armas, la calidad y cantidad de los enemigos, lo uno y lo otro, podría haberse olvidado por no los haber entretenido. De manera, que hubiese venido tan necesario arte derribando de unos en otros, y porque totalmente no se perdiese,  convendría que si alguno, lo sabe mostrase con gran diligencia a los otros: Y que para adelante tuviesen los Maestros de Campo especial cuidado de conservarla, pues no importa menos, que la victoria, por la cual se ha dicho tanto, y se podría decir mucho más de su necesidad. Los Barracheles, o Capitanes, que se dicen de campaña, son tan necesarios como lo es el terror en la gente, que si no lo tuviese haría desórdenes, sin emor de otro género de jueces, que procediesen judicialmente, confiados en que nunca faltan rogadores, y que las cárceles, y prisiones de campaña son fáciles de romper, y en fin que quien pasa punto: por eso conviene que los tales Barracheles sean diligentes para perseguir los fugitivos, los que van sin orden a correr, o hacer daño en la campaña, rigurosos para castigar los tales, y los transgresores de los bandos, con las penas en ellas contenidas, sin perdonarlo a ninguno, ni guardar término, pues desde que el bando se echa, está condenado en la pena el transgresor de él.

Para poder ejercitar bien su oficio, ha de tener los hombres necesarios a caballo, y todos los instrumentos que para hacer rigurosa justicia se requieren.

Para decidir y determinar los casos civiles, o criminales, que se requieren términos y decreto de ley, deben tener los Maestros de Campo asesores, como en España los Corregidores, o Gobernadores que no son letrados, y con consulta de los tales asesores, que entre nosotros se dicen Auditores, se deben determinar los casos, que como dicho es requieren decreto de ley: pero los Auditores deben proceder de comisión de los Maestros de Campo, y no de oficio, que los Maestros de Campo son jueces de sus tercios, y en nombre de ellos se deben pronunciar las as, refiriendo en ellas, que se dan con consulta de sus asesores, los cuales se han de subscribir debajo de la subscricción de los Maestros de Campo, con autoridad de notarios, o escribanos públicos, que los Auditores deben tener.

Deben tener así mismo los Maestros de Campo, alguaciles para delincuentes, carceleros para tenerlos en prisión, ejecutores de las penas criminales, que se extienden a quitar la vida, o las demás corporales que a soldados se pueden dar, no deberían ser afrentosas, o los que las mereciesen no habrían de ganar más sueldo, ni permitirles parar en profesión, que requiere principalmente honra.

Ahorcarse debería a sólo traidores, ladrones, y amotinadores, cortar las cabezas a los que cometiesen otros delitos dignos de muerte, tener en prisión, desterrar. & c. a los que no mereciesen muerte, o galera, y a ninguno azotar, ni dar la cuerda para dejarle más ser soldado, que los dignos de semejantes penas, son indignos de igualarse, como en las hileras se igualan con caballeros, hidalgos y profesores de honra: y no se debe permitir que tire sueldo de un señor allí, el que por haberle ofendido aquí mereció ser privado de él.

Por ello es muy necesaria la correspondencia entre los Generales, y Gobernadores de provincias, cuando al no admitir los unos sin licencia de los otros soldados alguno: que los condenados por ladrones, amotinadores, o por otros graves y enormes delitos, en escapándose de una parte ganan sueldo, y son honrados en otra, hasta en la Corte de la Majestad ofendida, de que se podría dar hartos ejemplos, excusar sería todo, como se contiene en el capítulo que trata de los reguladores. Los Furrieles que llamaban mayores en los tercios han de hacer lo que hacían los metatores en las legiones, es a saber, cuando se caminare ir delante a tomar cuartel, para todas las banderas, así cuando se hubiere de alojar en campaña, como en poblado, y repartirlo a los Furrieles particulares de las compañías, dando a cada uno el lugar que le tocare. Para lo cual deben ser hombres prácticos, que tengan conocimientos de los sitios, y lugares, especialmente en campaña, que muchas veces habían de hacer ellos elección de los tales sitios donde alojar sus tercios caminando sólos. Y cuando no podrán ayudar al Maestro de Campo general, o al Furriel Mayor de todo el ejército, cosá necesarísima, como adelante se dirá.

 Los Médicos y Cirujanos deben ser suficientes a curar los soldados que adolecieren, o fuesen heridos en los tercios.

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