Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado Sancho de Londoño

11.102a Armas del Comisario - Puñal, daga de vela y espada-pistola
No hay duda, que el observar tales leyes hizo a Roma señora del mundo, haría la nación Española invencible, pues si alguna vez pierde es por su desorden, que procede de codicia, y de ver que no ganan sino los desmandados: y siendo como es naturaleza suya el pelear por ganar honra, siempre que se ofrece la ocasión, cierto es que peleará mejor en orden, que fuera de él, y guiada por sus caudillos, que desmandada. Así que se debe atender, a que en ninguna manera se desmande, y el principal freno será, saber que se ha de reducir a partición lo que cada uno ganare, que no por eso irán con menos, antes con más fervor, pues es claro, que deseando todos ganar, y no reduciéndose a partición, ganan solo los desmandados, que de ordinario son los más soeces, y de baja calidad, sobre los cuales muchas veces se han visto revolver el enemigo roto, y recobrándose, haber victoria, como siempre que revolviere la habrá, si no halla gente en orden que le resista. Pues si la tal gente en orden es el fundamento de vencer, por qué ha de sentir el beneficio de haber vencido la desmandada, que si no fuera por la ordenada, se perdiera juntamente con la victoria.
Para recoger y repartir lo que se ganase, se habrían de nombrar por fieles personas que lo fuesen, poniendo a los que algo defraudasen, la pena que sería justo darse, a quien robase el tesoro común, ganado con tanto trabajo, y peligro, como lo que lícitamente se gana en la guerra. A cada ministro se debe dar, toda la autoridad, que a ejercitar bien su cargo se requiere, y ninguno ha de impedir a otros graves penas: porque de hacer lo contrario, se pueden seguir diferencias que redunden en gran deservicio de la Majestad Real.
Los Capitanes particulares han de recibir los soldados de sus compañías, porque han de pelear con ellos, y dar cuenta de los desórdenes que hicieren: ellos les han de señalar las armas con que han de servir, pero no les han de despedir sin causa legítima, ni les han de herir, ni maltratar, sino en casos que no hubiese lugar de prenderlos, y conviniese castigarlos en la fragancia del delito, lo cual han de hacer con la espada, de manera que no maten, ni manquen de los miembros necesarios, para el manejo de las armas. Nadie sino los mismos Capitanes ha de dar licencia a sus soldados, para pasarse a otras compañías, pero no se les han de poder dar para irse del tercio, ni del ejército: y en caso que el soldado fuese agraviado, y el Capitán no quisiese darle licencia, el Maestro de Campo constándole del agravio se Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado Sancho de Londoño la debe dar para otra compañía del tercio, o fuera, pero no para irse del ejército, que para ello sólo el Capitán General la ha de dar.
Los Alféreces, en ausencia de los Capitanes, o sus Tenientes han de gobernar como los mismos Capitanes: pero en su presencia ni han de recibir soldados, ni darles licencia, ni castigarlos, ni darles, ni quitarles posadas, ni señalar, o quitar ventajas de arcabuceros, porque como Alféreces sólo han de tener cargo de sus banderas, y procurar que los soldados los amen, para que con más voluntad los sigan, y peleen por amor de ellos, además de por lo que la bandera significa son obligados, no se han de partir del lugar donde las banderas estuvieren sin gran causa, y con licencia de sus Capitanes. Los Sargentos han de dar a los soldados de sus compañías, las órdenes que sus Capitanes y Sargentos Mayores recibieren. Especialmente han de tener cuidado, que cada soldado sirva con las armas que el Capitán le hubiere señalado, sin faltarle pieza alguna. Que todos vayan a donde fuere la bandera en orden. Han de poner las guardias, y centinelas, en los lugares que el Sargento Mayor, o el Capitán, o Gobernador, si dentro en algún presidio fuere les señalare. Han de tener cuidado de visitar las centinelas, para ver si están con la vigilancia necesaria, y al que no lo estuviere, pueden castigar conforme al lugar, y la falta que la centinela hubiere hecho, lo requiere, porque en confianza de las centinelas, duerme todo el ejército, o presidio: mas no habiendo peligro en la mora, le han de prender para que su juez le castigue según la falta o desorden: y si conviniere castigar infraganti, hágalo el Sargento con la alabarda, o gineta sin cólera, porque no exceda los límites, que a ningún Sargento ha de ser lícito matar, ni mancar soldado alguno:
Los Cabos de escuadra son cabezas de cada 25 soldados que forman una escuadra. Los han de alojar repartidos en camaradas, y tenerlos en conformidad, amonestándoles que sirvan bien, y con las armas que sus Capitanes les hubieren señalado, sin hacer cosa no debida, ni partirse de su escuadra, ni del presidio sin licencia del Capitán, a quien han de dar cuenta y razón muy a menudo, de todo lo que en sus escuadras pasare, porque no incurran en mal caso, como sería delinquir algunos de sus escuadras, y por culpa, o descuido del Cabo escaparse: pero a los tales Cabos no se ha de permitir dar a los soldados de su escuadra herida, ni más castigo, que de amonestación y reprensión: si el soldado no sirve bien, y con todas sus armas: si tratare mal sus huéspedes: si fuere blasfemo, o mal Cristiano, si fuere amancebado: si jugara las armas, de todo le reprenda, y dé aviso al Capitán. Los Furrieles particulares son aposentadores de las compañías han de saber leer, escribir, y contar, porque además que han de aposentar los soldados, repartiendo las boletas por escuadras, conforme a la orden que sus Capitanes les dieren, han de tener las listas de todos los soldados, y dar razón de ellos. Cuando los oficiales del sueldo tomaren las muestras, hanse de hallar al listar, y tomar razón de los que se pagare, y del sueldo que a cada soldado se diere. Han de tener asimismo cuenta de los bastimentos, armas, y otras cosas que se repartieren entre los soldados de sus compañías, para poder dar razón de todo a sus Capitanes, y a quien pudiere pedírsela. Los Atambores y Pífanos son instrumentos necesarios, porque además de levantar los ánimos de la gente, con ellos se les dan las órdenes, que no se oirían, ni entenderían a boca, ni de otra manera. Por ello conviene, que los Atambores sepan tocar todo lo necesario, como recoger, caminar, dar arma, bateria, llamar, responder, adelantar, volverlas caras, parar, echar bandos, & c. Y aún convendría que tuviesen entendimiento, y estimativa para reconocer la fortaleza de un presidio, el asiento de un campo, y otras cosas, a que no se pueden enviar otras personas.
Los Capellanes son necesarísimos para oír de penitencia, y administrar los Sacramentos a los soldados, pero se les debería dar sueldo bastante a sustentarse honradamente, porque acudiesen a serlo hombres de buena vida, y que supiesen hacer sus oficios, y habría de haber en cada tercio un letrado, que predicase la doctrina evangélica a los soldados, y tuviese autoridad de darla a los demás Capellanes del tercio, para confesar, y administrar los Sacramentos, conforme al Decreto del Concilio Tridentino. Y asimismo tuviese veces de Obispo para dispensar en lo del comer huevos, y lácteos en cuaresma, y días de vigilia, y para castigar los otros Capellanes, si en alguna cosa delinquiesen, y habiendo el tal Capellán Mayor, no podría dejar de haber los demás, y de ser suficientes, y tener un gran cargo de conciencia, que es permitir que celebren, oigan de penitencia, y administren los sacramentos idiotas, e irregulares, como es de creer que lo son los más de los que acuden a servir por tres escudos.

 

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