Discurso sobre la forma de reducir la Disciplina Militar a mejor y antiguo estado.

Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado.      Sancho de Londoño.
pinson 
Aprobación
He visto este libro, y es muy útil, y V. A. podrá, siendo servido, dar licencia para que se imprima, porque todo lo que en él se refiere de disciplina militar, y es muy digno de que se sepa, y yo conocí muy particularmente al Autor, de soldado, Capitán, y Maestro de campo, y fuimos camaradas, y desde entonces tengo noticias de este libro, en Madrid a 25 de noviembre, de 1594 años.
Luis de Barrientos
Este discurso, y los del alférez Martín de Eguiluz, tienen
cincuenta y tres pliegos, que a razón cada uno de tres
maravedis, montan cuatro reales y veintitres maravedis.
Tasa
Yo Gonzalo de la Vega, escribano de cámara del Rey nuestro señor, y uno de los que en el su Consejo residen, doy fe, que por los dichos señores del Consejo, fue tasado a tres maravedis cada pliego, del libro titulado, “El discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado”, compuesto por don Sancho de Londoño, Maestro de Campo por su Majestad, que por los dichos, S. S. se dio licencia para el poder imprimir, a Gaspar de Buendía librero, y mandaron que al dicho precio, y no más se venda y que esta fe de tasa se ponga al principio de cada cuerpo del dicho libro, para que se sepa el precio de él. Y porque de ello conste, de petición de la parte del dicho Gaspar de Buendía dí la presente, en Madrid a ocho días del mes de Marzo, de mil y quinientos y noventa y tres años.
Gonzalo de la Vega
A D. Fernando Alvarez de Toledo, Duque de Alba, Lugarteniente y Capitán General de su Majestad y su Gobernador en los Estados de Flandes
Habiendo yo militado tantos años con el Imperio de vuestra Señoría en las más arduas, y altas empresas que en el mundo se han ofrecido, después que la guerra tuvo principio y visto los admirables sucesos de ellas y habiendo oído decir, ser hechura de vuestra Señoría, pues de su incomparable experiencia sobre las demás cualidades, y partes, que hacen un ilustrísimo Emperador, y clarísimo Capitán, no se debe pensar, que para cargos tan preminentes como vuestra Señoría me ha encomendado, dificil elección de persona inmerita: debería saber la disciplina militar. De manera que fundándome en obediencia, principal parte de la tal disciplina, por habérmelo mandado a V. S. pudiese poner en escrito alguna forma de reducirla a mejor estado, del en que por la larga paz, y descuido de sus profesores V. Señoría la ha hallado, cuando por suplir las faltas de ella, y remediar la que los moradores de estos Estados habían hecho a la Majestad divina, y a la humana, ha sido necesario poner su persona en tantos trabajos y peligros, como en esta jornada de Lombardia a Flandes se han ofrecido, trascendiendo los altísimos Alpes, que dividen a Italia de Francia, por el muy aspero, y siempre cubierto de nieve Collado de Mont Cenis, hollando los profundos, angostos, y poco fructíferos valles de la Saboya, pasando Lissara, y otros grandes y caudales ríos, antes y después del rapidísimo Ródano, entre los feroces Helvecios, y poderosos Franceses, sin seguridad alguna de unos ni de otros, por la confederación y alianza, y por la diversidad de religiones que entre ellos hay: las cuales por ser contra la Católica, sabían cierto que V. Señoría venia a desarraigar, atravesando las grandes selvas de la Franca, Contea, y Lorena, en cuyos límites es la famosa Ardena. Y en suma caminando sesenta y ocho jornadas, con un ejército formado de nueve mil Infantes Españoles, y mil caballos ligeros de la misma nación, y de la Italiana, por donde jamás se oyó que otro pasase: y lo que más es de maravillar, sin que se sintiese falta, ni se hiciese desorden alguno.
     Quien pues todo lo dicho ordenó y guió, con lo demás que después de su felicísima llegada, de no menos momento se ha hecho, facilísimamente podría reducir la cosa militar a Discurso sobre la forma de reducir la disciplina militar a mejor y antiguo estado Sancho de Londoño  mejor estado, que nunca ella debajo de otro caudillo se vio sin parecer de nadie. Pero la grandeza y multitud de los demás negocios tocantes a la quietud, seguridad, y buen gobierno de tantos, y tan amplios estados, no deben permitir que V. Señoría se pueda ocupar en la reducción de tan necesaria disciplina, pues en tanto que la tormenta de los tales negocios me calma a mi, y es de creer que a los demás sus hechuras ha V. Señoría mandado poner en escrito nuestros pareceres, más creo que por entender, que es lo que cada uno en tan excelente escuela ha aprendido, que por advertencia ni recuerdo, para cuando V. Señoría tuviere lugar de disponer sobre lo a mi propuesto.
     El orden de lo que yo quisiera decir, requería tocar primero ingénere lo más sustancial de la cosa militar, y luego en especial formar una compañía de trescientos soldados con su Capitán, y oficiales, y de tantas compañías, una corte con su Coronel particular, de tantas cortes, una legión, o tercio, con su Maestro de Campo, y oficiales a él adherentes, de tantas legiones, o tercios, un Ejército, que los Romanos llamaron Consular, con todos sus caudillos particulares, dando a cada uno desde el Generalísimo, hasta el menor soldado, su oficio, ejército, y lugar. Y después tratar de la conducción, metación de tal Ejército, de la instrucción de las batallas y escuadrones, de los sitios, y expugnación de ciudades, y castillos fuertes de su defensa, y difusamente todo lo que en la cosa militar se ha tratado, y podría tratar. Pero habiendo de ser breve, solamente tocaré por vía de Discurso lo que más me pareciere hacer a nuestro caso, y acabaré en algunos Estatutos que por ordenanzas Reales se deberían promulgar, y observar inviolablemente entre los soldados de su Majestad, sometiéndome, pero en todo, y en cada parte, al parecer y corrección de los que mejor lo entienden, doy tal principio al discurso.
Discurso
     No se debe dudar, que la larga paz, y poco ejercicio del arte militar ponga en olvido su buena disciplina, aunque muchos han escrito reglas de ella según se veía, o conviniera usar en sus tiempos, y todos concuerdan, en que su principal fundamento es la obediencia, de la cual procede no desamparar lugar, ni turbar orden con todas las demás circunstancias tocantes a los buenos sucésos de la guerra, que muchas veces es forzosa, mayormente a los Reyes y Príncipes, que no están siempre apercibidos para hacerla, o al menos para olvidar a los que se la intentaron hacer. Requiérese pues para ello, y para sustentar en justicia los súbditos y vasallos, y para amparar los amigos, y tener en oficio a raya los que no lo fueren, la fuerza que consiste en una milicia ordinaria, tan bién ejercitada, y regulada, que con ella se consiga lo sobredicho.
      Conseguirse ha, si la Majestad Real, en quien han de resaltar los prósperos, o adversos sucesos de las guerras, ofensivas, o defensivas, eligiere por sus principales ministros personas, en quienes concurran las calidades y partes necesarias a los cargos que les encomendare, especialmente en los Capitanes Generales se requiere gran experiencia, y entender el arte militar mejor que los demás ministros a ellos inferiores, pues han de determinar de motu propio o haciendo elección entre diversos pareceres, de aquellos que a sus consejos fueren admitidos, en los cuales también se requiere, además de prudencia, inteligencia, integridad, y fidelidad, mucha experiencia, porque no hablen a tientas, en cosas que pueden importar a ejércitos, provincias, y reinos.
     Asimismo los Capitanes particulares deben ser elegidos de los más idóneos y suficientes, que en la profesión militar se hallaren, conocidos por el que los eligiere, o por información bastante de personas fidedignas de la misma profesión, que mal puede abonar el que no lo es, al soldado. Débeseles dar estipendio suficiente para sustentarse honradamente, porque no hayan de defraudar al Rey en el número de la gente, ni a ella en el sueldo, ni emolumentos, ni a los provinciales y paisanos en cosa alguna.
     Deben tener esperanza de ser honrados, mejorados en cargos, y de recibir merced por sus trabajos y bueno servicios, y así mismo certeza de ser castigados ejemplarmente, si fueren remisos, y ejercitaren mal sus oficios. Los soldados entretenidos, que entre Romanos se llamaron Legionarios, porque eran elegidos con gran curiosidad, deberían al menos ser aptos al manejo de las armas, que en este tiempo se usan, y tener sueldo bastante a entretenerse sin agravio de nadie.
     El tal sueldo se les debería dar a fin de cada mes, presentándose ante los oficiales de él, con las armas que sus Capitanes les hubieren señalado enteras, y bien aderezadas. Deben tener también esperanza de ser aventajados en sueldo, honrados y puestos en cargos los que bien sirvieren, y con orden se señalaren, y así mismo certeza de ser fuertemente castigados por cualquier desorden, aunque de él resulte buen suceso. Débenseles quitar todas las ocasiones que provocan a desorden, y podrá hacerse como se sigue. Todos los que son súbditos y vasallos, parece que asentándose en los libros del Rey, en el número de los que llevan su sueldo, tácitamente han hecho juramento más solemne, que el que hacen los Alemanes, y que están más obligados que ellos a la observancia de él: pero porque los más no lo entienden así, debería por juramento solemne obligarse todos a servir bien y fielmente a su Rey, y a sus Capitanes Generales, a observar sus órdenes, y de los otros superiores, y oficiales particulares, sin réplica, ni contradicción alguna, a no partirse de sus banderas, sin justa y legítima causa, y licencia de sus superiores, porque de no estar obligados como los antiguos a la religión del Sacramento, tienen por cosas ligeras, hacer al contrario de lo arriba dicho.
     Para excusarlo, convendría así mismo quitarles las acogidas y guaridas, con que los Capitanes Generales, Gobernadores, y Castellanos, no admitieren soldado alguno sin licencia en escrito, firmado del General, Gobernador, o Castellano, donde primero hubiere servido: y que los portazgueros y guardas que hay a las entradas y salidas de los reinos, prendiesen a los que tales licencias, o pasaportes no llevasen, y diesen noticia a una persona que fuese regulador de la jurisdicción en que el tal puerto cupiese, y aquel a otro que fuese regulador de una provincia, o reino, y aquel otro que fuese regulador general, y residiese en la Corte, cabe la persona Real: que el tal regulador general criase los de provincias, o reinos, y aquellos criasen otros, de vecindades, y jurisdicciones, lo cuales cada año supiesen, cuantos hombres de sus vecindades, o jurisdicciones estuviesen fuera de ellas, y donde, y cuantos volviesen.
     Y como de todo lo cual diesen noticia a los reguladores provinciales, y ellos al general, y él a su Majestad, no habría tanta dificultad en esta cuenta, como en tener la, de si entran, o salen otras cosas vedadas, y  podría importar mucho más. Pues es claro, que de una bien regulada Milicia pende la observancia de las leyes divinas y humanas, y los prósperos, o adversos sucesos de las guerras, la quietud y seguridad de los reinos, y de los Reyes, así que por conseguir todo, a ningún trabajo ni gusto se debería mirar, cuanto más, que siendo todo un señor se puede tener tal cuenta, con mayor facilidad, que se tiene en Alemania donde hay tantos señores, y repúblicas libres. Y porque los soldados delincuentes no tuviesen seguridad, acogiéndose a los tales señores, o repúblicas, deberían ser ciertos, que si su Majestad tuviese algún tiempo guerra con señor, o república, donde ellos se hallasen, no haría paz sin que los entragasen, y que irremisiblemente se les daría la pena que los Romanos daban a sus fugitivos, que por lo menos era echarlos en islas despobladas donde muriesen de hambre.
     Pero porque la principal ocasión de desórdenes, es codicia de robar, se les debería quitar, con reducir a montón todo lo que de los enemigos justamente se ganare, y hacer como en los versos siguientes se contiene.
A la usanza de Francia, y de Castilla,
el Reino, la provincia, y señorío,
el Rey cautivo, la ciudad o villa.
Es del Rey que ha excedido en poderío
del general, que gana, es el que pierde,
el puede rescatarle a su albedrío.
Es cualquier otro preso, de cuaquiera de
los nuestros, que le gane en la batalla,
y hace el dueño que con el se acuerde.
La riqueza de dentro de muralla,
ganada por asalto y batería,
puede cualquier soldado saquealla,
dando pero al supremo que es la guía,
todas las municiones y banderas,
con la pujante y gruesa artillería.
Las pitas, que ni son medias, ni enteras,
y sin ruedas están encabalgadas,
son del Capitán de ellas las maneras.
Y las por los de fuera quebrantadas
llevan los artilleros, juntamente
con todas las por ellos embocadas.
Dijo el rebelde, el uso es excelente,
al menos a mi mucho me agrada,
bien puede andar contenta vuestra gente.
Esto es lo que dice, en general jornada,
aunque dice David no ser derecho,
mas de lo que se gana en algarada.
———
O correría un montón debe ser hecho,
y de allí, si algún preso hay rescatarlo,
dar para que se cure el que es maltrecho.
Pagar al dueño que perdió caballo,
lo que costó, si dentro del año fuere,
si no lo que valía, y ha de jurallo.
Y después que lo dicho se hiciere,
debe ser lo que queda repartido,
según el cargo cada cual tuviere.
Así lo tiene Alfonso instituido,
no sólo de lo preso en correrías,
mas aún de lo en batalla adquirido.
Esta ya no se guarda en nuestros días,
mas cierto el general que lo guardare,
podrá hacer mayores nombradías.
No temerá al vencer que se repare
el más desordenado, o que el valiente,
hasta el buen fin de la victoria pare.
El que por orden estuviere ausente,
atenderá a hacer lo a él ordenado,
sabiendo que para él gana su gente.
El que a guardar el campo disputado
estara mientras fuere tiempo quedo,
pues ha de tener parte en lo ganado.
Todo dijo el rebelde os lo concedo,
y determino dándome Dios vida,
de no exceder esta orden sólo un dedo
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