PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III y IV. Regreso de las Molucas a España.

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… Estas aves son del tamaño de un zorzal, tienen la cabeza pequeña y el pico largo, las patas del grueso de una pluma de escribir y de un palmo de largo; la cola se asemeja a la del zorzal; carecen de alas, pero en su lugar tienen plumas largas de diferentes colores, como un penacho, y todas las demás, con excepción de las que le sirven de alas, son de un color oscuro. Estas aves no vuelan sino cuando hace viento. Se dice que provienen del paraíso terrenal y las llaman volondinatas, es decir, pájaros de Dios.
El rey de Bachián parecía ser un hombre de setenta años. Se nos refirió de él una cosa muy extraña, y fue que cada vez que iba a combatir a sus enemigos o quería emprender alguna cosa muy importante, se sometía por dos o tres veces a los caprichos repugnantes de uno de sus domésticos destinado a este objeto, lo mismo que lo hacía César con Nicomedes, según la relación de Suetonio. Un día el rey de Tadore envió recado a los nuestros que guardaban el almacén de mercaderías que no saliesen durante la noche, porque había, según expresaba, algunos isleños que, por medio de ciertos ungüentos, tomaban la figura de un hombre sin cabeza, en cuyo estado se paseaban durante la noche. Si se encuentran con alguno que no les agrada, le untan la palma de las manos, con lo cual la víctima cae enferma y muere en tres o cuatro días. Cuando divisan tres o cuatro personas juntas no las tocan, pero poseen el rte de aturdirías. El rey añadió que tenía espías para conocer a estos brujos y que había hecho ya colgar a varios.
Antes de habitar una casa recién edificada encienden grandes fogatas a su alrededor, celebran varios festines, y cuelgan en seguida del techo trozos de todo lo mejor que produce la isla, hallándose persuadidos de que por este medio no faltará nada en lo sucesivo a los que la habiten.
El miércoles por la mañana estaba todo listo para nuestra partida. Los reyes de Tadore, de Geailolo y de Bachián, como también el hijo del rey de Tarenate, habían venido para acompañamos hasta la isla de Mare. La Victoria izó velas la primera y se hizo mar afuera para esperar a la Trinidad, pero ésta experimentó dificultad para levar anclas,  durante cuya operación los marineros notaron que tenía una considerable vía de agua en la sentina, regresando entonces la Victoria a tomar su primitivo fondeadero. Para buscar y encontrar la vía de agua, se descargó parte de las mercaderías de la Trinidad, pero aunque se la puso de costado, el agua entraba siempre con gran fuerza, como por un tubo, sin que se pudiese jamás descubrir el mal. Todo ese día y el siguiente, no se cesó de achicar con las bombas, pero sin el menor resultado.
Con esta nueva, el rey de Tadore vino a bordo para ayudarnos a buscar la vía de agua, aunque en vano. Hizo que se sumergieran cinco de los indígenas que estaban acostumbrados a permanecer más tiempo debajo del agua, y por más que lo estuvieron por más de media hora, no pudieron encontrar el sitio por donde aquélla entraba, y como a pesar de las bombas el agua seguía subiendo, envió a buscar al otro extremo de la isla a tres hombres aún más reputados que los primeros como excelentes buzos. Al día siguiente, muy de mañana, regresó con ellos. Se echaron al mar con sus cabellos sueltos, porque se imaginaban que el agua, al entrar por la rotura, atraería sus cabellos y les indicaría por este medio dónde se hallaba; pero después de buscarla durante una hora, subieron a la superficie sin haber encontrado nada. El rey pareció afectarse vivamente con esta desgracia, hasta el punto que ofreció ir en persona a España a
manifestar al rey lo que acababa de acontecemos; a lo que le replicamos que teniendo dos naves podríamos hacer este viaje en la Victoria sola, que no tardaría en partir para aprovecharse de los vientos que comenzaban a soplar de este; que durante este tiempo se repararía la Trinidad, que podría en seguida valerse de los vientos del oeste para llegar hasta el Darién, que está del otro lado del mar en la tierra de Diucatán. El rey dijo entonces que tenía a su servicio doscientos cincuenta carpinteros, los cuales emplearía en el trabajo bajo la dirección de los nuestros, y que los que de nosotros quedasen en la isla, serían tratados como sus propios hijos. Pronunció estas palabras con tanta emoción que nos hizo a todos verter lágrimas.
Los que tripulábamos la Victoria, temiendo que su carga fuese demasiado considerable para que pudiese hacerla abrirse en alta mar, determinamos dejar en tierra sesenta quintales de clavo, haciéndolos conducir a la casa en que estaba alojada la tripulación de la Trinidad. Hubo, sin embargo, algunos de nosotros que prefirieron quedar en las islas Molucas antes que regresar a España, bien fuese por el temor de que la nave no pudiese resistir un viaje tan largo, o ya porque, recordando todo lo que habían sufrido antes de llegar a las Molucas, hubiesen temido perecer de hambre en medio del océano.
El sábado 21, día de Santo Tomás, el rey de Tadore nos trajo dos pilotos, cuyos servicios habíamos pagado de antemano, para que nos condujesen fuera de estas islas, y los cuales nos dijeron que el tiempo era excelente para el viaje y que era necesario partir lo más pronto; pero viéndonos obligados a aguardar las cartas de nuestros camaradas que quedaban en las Molucas y que querían escribir a España, sólo pudimos salir al mediodía. Despidiéronse entonces las naves una de otra por una descarga recíproca de artillería.
Nuestros compañeros nos siguieron en sus chalupas hasta donde les fue posible, y todos nos separamos llorando. Juan Carvallo se quedó en Tadore con cincuenta y tres europeos: nuestra tripulación se componía de cuarenta y siete de éstos y de trece indios.
El gobernador o ministro del rey de Tadore nos acompañó hasta la isla de Mare, donde apenas llegamos, cuando atracaron cuatro canoas cargadas de leña, la cual se subió a bordo en menos de una hora.
Todas las islas Molucas producen clavo, jengibre, sagú (que es el árbol de que hacen el pan), arroz, cocos, higos, plátanos, almendras más grandes que las nuestras, granadas dulces y ácidas, caña de azúcar, melones, pepinos, cidras, una fruta que llaman comilicai, muy refrescante, del tamaño de una sandía; otra fruta que se parece al durazno, llamado guave, y algunos vegetales buenos para comer. Hay también aceite de cocos y jenjelí. Con respecto a los animales útiles, existen cabras, gallinas y una especie de abeja no más grande que una hormiga, que hace sus panales en los troncos de los árboles, de una miel muy buena. Hay también mucha variedad de loros, entre otros algunos blancos que llaman catara, y unos rojos que se conocen con el nombre de nori, que son los más estimados, no sólo por la belleza de su plumaje, sino también porque pronuncian más distintamente que los otros las palabras que se les enseñan. Uno de estos loros se vende por un bahar de clavo. Hace apenas cincuenta años que los moros han conquistado y habitan las islas Molucas, donde han llevado también su religión. Antes de la conquista de los moros, no había en ellas más que gentiles que no se preocupaban en absoluto del clavo.
Se encuentran todavía allí algunas familias de gentiles que se han retirado a las montañas,
lugares donde crece mejor el clavo.
La isla de Tadore se halla hacia los veintisiete minutos de latitud septentrional, y a ciento sesenta y un grados de longitud de la línea de demarcación. Dista nueve grados treinta minutos de la primera isla de este archipiélago, llamada Zamol, al sudeste cuarta del sur.
La isla de Tarenate está hacia los cuarenta minutos de latitud septentrional.
Mutir se halla exactamente bajo la línea equinoccial.
Machián por los quince minutos de latitud sur.
Bachián hacia un grado de la misma latitud.
Tarenate, Tadore, Mutir y Bachián poseen montañas altas y piramidales en que crecen los árboles del clavo. Bachián, aunque es la más grande de las cinco islas, no se divisa desde las otras cuatro. Su montaña de clavo no es tan alta ni tan puntiaguda como las de las otras islas, pero su base es más considerable.

LIBRO IV
REGRESO DE LAS ISLAS MOLUCAS A ESPAÑA

Continuando nuestra derrota, pasamos en medio de varias islas, cuyos nombres son: Caioán, Laigoma, Sico, Giogi, Cafi, Laboán, Tolimán, Titameti y Bachián, de que hemos hablado ya, Latalata, Jacobi, Mata y Batutiga. Se nos dijo que en la isla de Cafi los hombres son tan pequeños como los pigmeos: han sido sometidos por el rey de Tadore.
Pasamos al oeste de Batutiga y tomamos la dirección del oeste-sudoeste. Hacia el sur, divisamos pequeñas islas. Aquí, los pilotos moluqueses nos dijeron que era necesario fondear en algún puerto para no dar durante la noche en medio de islotes y bajos.
Dejamos, pues, el cabo al sudeste y dimos fondo en una isla situada hacia el grado 3 de latitud sur y a cincuenta y tres leguas de distancia de Tadore. Esta isla se llama Suloch. Sus habitantes son gentiles y no tienen rey: son antropófagos y andan desnudos, tanto los hombres como las mujeres, sin más que un pequeño pedazo de corteza, del largo de dos dedos, delante de sus órganos sexuales. Hay cerca de allí otras islas cuyos habitantes comen carne humana. He aquí los nombres de algunas: Silán, Noselao, Biga, Atulabaón, Leitimor, Tenetum, Gonda, Kailruru, Madanán y Benaia.
Costeamos en seguida las islas de Lámatela y Tenetum.
Habiendo andando más de diez leguas en la misma dirección, fuimos a fondear a una isla llamada Buru, donde encontramos víveres en abundancia, esto es, cerdos, cabras, gallinas, cañas de azúcar, cocos, sagú, un guiso compuesto de plátanos que llaman canali y chicares, conocidos también con el nombre de nanga. Los chicores son una fruta que se asemeja a la sandía, pero cuya cáscara es muy nudosa. La parte interior está llena de pequeñas semillas rojas parecidas a las pepitas de melón; carecen de corteza leñosa, pero son de una sustancia medular como nuestros albaricoques blancos, pero más grandes, muy tiernos y de un sabor como el de las castañas. Encontramos allí otra fruta que en su forma exterior se parece a las pinas de los pinos, pero de un color amarillo; la parte interior es blanca, y cuando se la corta tiene alguna semejanza con la pera, pero es mucho más tierna y de un gusto exquisito: la llaman comilicai.
Los habitantes de esta isla carecen de rey, son gentiles y andan desnudos, como los de Sulach. La isla de Buru está hacia los 3° 30′ de latitud meridional y dista setenta y cinco leguas de las Molucas. A diez leguas al este de Buru hay una isla más grande que confina con Geailolo y que se llama Ambón: está habitada por moros y gentiles, residiendo los primeros cerca del mar y los segundos en el interior del país: son antropófagos. Las producciones de esta isla son las mismas que las de Buru.
Entre Buru y Ambón, se encuentran tres islas rodeadas de bajos: Vudía, Kailaruru y Benaia. A cuatro leguas al sur de Buru yace la pequeña isla de Ambalao. A treinta y cinco leguas de Buru, tomando hacia el sudoeste cuarta del sur, se encuentra la isla de Bandán y otras trece islas, en seis de las cuales se produce el macis y la nuez moscada. La más grande se llama Soroboa y las restantes Cleliceí, Saniananpi, Pulai, Puluru y Rasoghin; las otras siete son Univene, Pulan, Baracán, Lailoca, Mamicán, Man y Meut. En estas islas sólo se cultiva el sagú, el arroz, los cocoteros, los plátanos y otros árboles de frutas. Están muy cercanas unas de otras y habitadas todas por moros, que no tienen rey.
Bandán está hacia los 6° de latitud meridional y hacia los 163° 30′ de longitud de la línea de demarcación. Como se hallaba fuera de nuestra ruta, no pasamos por ella. Yendo de Buru al sudoeste cuarta del oeste, después de haber recorrido ocho grados de latitud, llegamos a tres islas muy vecinas una de otras, llamadas Zolor, Nocemamor y Galián. Cuando navegábamos en medio de estas islas, nos asaltó una tempestad que nos hizo temer por nuestra vida, de suerte que hicimos voto de ir en peregrinación a Nuestra Señora de la Guía si teníamos la suerte de salvarnos. Volvimos hacia atrás y nos dirigimos hacia una isla bastante elevada, que se llama Mallúa, donde fondeamos; pero antes de llegar a ella tuvimos que combatir mucho contra las corrientes y las ráfagas que descendían de la montaña.
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