PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III. Descubrimiento del árbol del clavo.

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… El sábado 16 de noviembre, uno de los reyes moros de Geailolo, que vino con varias embarcaciones, subió a bordo de nuestras naves. Le regalamos una chupa de damasco verde, dos frazadas de paño rojo, algunos espejos, tijeras, cuchillos y peines y dos tazas de vidrio dorado, que le agradaron bastante. Nos dijo con mucha gracia que, puesto que éramos amigos del rey de Tadore, debíamos también serlo suyo, porque amaba a ese rey como a su propio hijo y nos invitó a que fuésemos a su país, asegurándonos que nos haría tributar grandes honores. Este rey es muy poderoso y respetado en todas las islas de los contornos. Es de una edad muy avanzada y se llama raja Jussu.
Al día siguiente por la mañana, domingo, el mismo rey volvió a nuestra nave, queriendo ver cómo combatíamos y descargábamos nuestras bombardas, lo que hicimos con gran contentamiento suyo, porque había sido muy belicoso en su juventud. El mismo día bajé a tierra para examinar el árbol que produce el clavo y ver de la manera como da su fruto. He aquí lo que observé: el árbol alcanza una gran altura y su tronco es del espesor del cuerpo de un hombre, más o menos, según la edad del árbol; sus ramas se extienden mucho hacia el medio del tronco, pero en la cúspide forman una pirámide; sus hojas se asemejan a las del laurel y la corteza es de color oliváceo. El clavo nace en la punta de las ramas pequeñas en ramilletes de diez a veinte. Este árbol carga más de un lado que del otro, según las estaciones. El fruto es al principio de color blanco, pero al madurar se enrojece, y cuando se seca se pone negro. Se cosecha dos veces por año, primeramente hacia Navidad y en seguida por el día de San Juan Bautista, es decir, más o menos en los solsticios estacionales, en que el aire está más templado en estas regiones, aunque es más caliente en la de invierno, a causa de que el sol está entonces en el zenit.
Cuando el año es cálido y ha llovido poco, la cosecha del clavo produce, en cada isla, de trescientos a cuatrocientos bahares. El árbol sólo se da en las montañas, de modo que perece cuando se le trasplanta a los valles. Su hoja, la corteza, y aun su parte leñosa, poseen un olor tan fuerte y tanto sabor como el mismo fruto, el cual, si no se recoge en su precisa madurez, se pone tan grueso y tan duro, que sólo la corteza queda servible.
De estos árboles no hay sino en las montañas de las cinco islas Molucas, y uno que otro en la isla de Geailolo y en el islote de Mare, entre Tadore y Mutir, pero sus frutos no son tan buenos. Preténdese que las nieblas les dan cierto grado de perfección: lo que hay de cierto es que nosotros vimos diariamente una neblina en forma de pequeñas nubes que envolvía ya a una ya a otra de las montañas de estas islas. Cada habitante poseía algunos de estos árboles, que vigila por sí mismo y cuyos frutos coge, sin preocuparse de su cultivo. En cada isla se da nombre diferente al clavo: le llaman en Tadore jhomodes, en Sarangani bongalaban, y chianche en las islas Molucas. Esta isla produce también la nuez moscada, que, tanto por su fruto como por sus hojas, se asemeja a nuestras nueces. La nuez moscada, en la época de la cosecha, se parece al membrillo, así por su forma y color, como por la pelusa que lo cubre; pero es más pequeña. La primera corteza es tan dura como la cáscara de nuestra nuez; debajo hay una especie de tejido delgado o más bien de cartílago, y en seguida la macis, de un rojo muy vivo, que envuelve la corteza leñosa, la cual contiene la nuez moscada propiamente dicha.
Esta isla produce también el jengibre, que comen verde a guisa de pan. El jengibre no se da propiamente en un árbol, sino en una especie de arbusto que desprende del suelo vástagos de un palmo de largo, parecidos a los verduguillos de las cañas, a los cuales recuerda también en sus hojas, aunque las de jengibre son más angostas. Estos brotes no sirven para nada, pero en la raíz produce el jengibre que se usa en el comercio. El jengibre verde no es tan fuerte como cuando está seco, y para secarlo, le echan cal, porque de otro modo no se le podría conservar.
Las casas de estos isleños están construidas como las de las islas vecinas, pero no se levantan tanto de tierra y están rodeadas de cañas en forma de vallado. Las mujeres de este país son feas; andan desnudas como las de las otras islas, cubriendo sólo sus órganos genitales con una tela hecha de corteza de árbol. Los hombres andan también desnudos, y
a pesar de la fealdad de sus mujeres, son muy celosos. Se manifestaban, sobre todo, disgustados de vernos algunas veces bajar a tierra con las braguetas abiertas, porque se
imaginaban que esto podría ofrecer algunas tentaciones a sus esposas. Las mujeres, como
los hombres, andan siempre descalzas.
He aquí cómo hacen sus telas de corteza de árbol. Toman un pedazo de corteza y lo echan en el agua hasta que se reblandezca; lo golpean en seguida con palos gruesos para extenderlo en todo sentido, cuanto estiman conveniente, de suerte que llega a asemejarse a una tela de seda cruda con hilos entrelazados interiormente, como si fuese tejida.
Hacen el pan de la madera de un árbol que se asemeja a la palmera, de la manera siguiente: toman un pedazo de esta madera y le quitan ciertas espinas negras y largas; en seguida lo pelan y hacen el pan que llaman sagou. Acopian este pan para sus viajes marítimos.
Los isleños de Tarenate venían diariamente en sus canoas a ofrecemos clavo, pero como esperábamos recibir, no quisimos comprarlo a los otros isleños, contentándonos con cambiarles víveres, de lo cual los habitantes de Tarenate se quejaban mucho. La noche del domingo 24 de noviembre volvió a venir el rey, al son de timbales, y pasó entre nuestras naves, habiéndole nosotros saludado con varias descargas de bombardas, para manifestarle nuestro respeto. Nos dijo que en virtud de las órdenes que había dado, dentro de cuatro días nos traería una cantidad considerable de clavo; y en efecto, el lunes nos trajeron ciento setenta y un catils, que fueron pesados sin alzar la tara. Alzar la tara quiere decir tomar las especias por un peso menor del que realmente tienen, rebaja que se acuerda porque cuando cogen los frutos estando frescos, disminuyen de peso y de calidad cuando se secan. Siendo el clavo enviado por el rey el primero que embarcábamos y constituyendo éste el objeto de nuestro viaje, en señal de alegría disparamos varios tiros de bombardas.
El martes 26 de noviembre el rey nos vino a visitar, diciéndonos que hacía en obsequio nuestro lo que los reyes sus predecesores no habían jamás ejecutado, esto es, salir de su isla; aunque estaba contento de haberse determinado a darnos esta prueba de amistad hacia el rey de España y hacia nosotros, a fin de que pudiéramos partir a nuestro país lo más pronto y regresar en poco tiempo con más fuerzas para vengar a su padre, que había sido muerto en una isla llamada Buru y su cadáver arrojado al mar. Añadió que era costumbre en Tadore que cuando en un navío o en un junco se cargaba el primer clavo, que el rey diese un festín a los mercaderes o marineros de la embarcación, y que hiciese también plegarias para que llegasen con felicidad a su patria. Pensaba, a la vez, dar otro festín al rey de Bachián, que en compañía de su hermano venía a hacerle una visita, para cuyo efecto había hecho limpiar las calles y caminos.
Esta invitación nos inspiró algunas sospechas, tanto más cuanto que acabamos de saber que en el sitio en que hacíamos aguada, tres portugueses habían sido asesinados, poco tiempo antes, por isleños ocultos en un bosque inmediato. Además, se veía frecuentemente a los de Tadore en conferencia con los indios que habíamos hecho prisioneros; de suerte que, a pesar de la opinión de algunos de los nuestros que habrían aceptado de buena gana la invitación del rey, el recuerdo del funesto festín de Zubu nos la hizo rehusar. Sin embargo, presentamos al rey nuestras excusas y agradecimientos, rogándole que viniese lo más pronto a las naves para que pudiésemos entregarle los cuatro esclavos que le habíamos prometido, por cuanto nuestra intención era partir con el
primer buen tiempo.
El rey vino el mismo día y subió a bordo sin manifestar la menor desconfianza. Expresó que llegaba donde nosotros como si entrase a su propia casa, asegurándonos que sentía mucho una partida tan repentina y tan poco usual, ya que todas las naves empleaban ordinariamente treinta días en completar su cargamento, lo que nosotros habíamos ejecutado en mucho menor tiempo. Añadió que si nos había ayudado, hasta salir de su isla, a cargar con más prontitud el clavo, no había pensado por eso apresurar nuestra partida. Hizo en seguida la reflexión de que la estación no era a propósito para navegar en aquellos mares, a causa de los bajos que se encuentran cerca de Bandán, y que, por lo demás, podríamos en esos días encontrar algunas naves de nuestros enemigos los portugueses.

Cuando vio que todo lo que acababa de decirnos no era bastante para detenemos, «pues bien, replicó, os devolveré entonces todo lo que me habéis dado en nombre del rey de España, porque si partís sin dejarme tiempo para preparar presentes dignos de vuestro rey, todos los soberanos mis vecinos dirán que el de Tadore es un ingrato, que habiendo recibido obsequios de un tan poderoso monarca como el de Castilla, no le enviaba nada en retorno. Dirán también, añadió, que os partís así de prisa, temiendo una traición mía, y toda mi vida quedaré yo con el nombre de traidor». Entonces para tranquilizarnos de cualquier sospecha que hubiéramos podido abrigar de su buena fe, se hizo traer su alcorán, lo besó devotamente y lo colocó cuatro o cinco veces sobre su cabeza, balbuceando entre dientes ciertas palabras que eran una invocación llamada zambehan. Después de esto dijo en alta voz y en presencia de todos nosotros, que juraba por Alá y por el alcorán que tenía en la mano, que sería siempre un fiel amigo del rey de España. Profirió todo esto casi llorando y con tan buen modo que le prometimos pasar aún quince días en Tadore.

Dímosle entonces el sello y pabellón real. Poco después supimos que algunos de los principales de la isla le aconsejaron efectivamente que nos matase, para hacerle merecer el agrado y reconocimiento de los portugueses, que le ayudarían mejor que los españoles a vengarse del rey de Bachián; pero que el rey de Tadore, leal y fiel al de España, con el cual había jurado la paz, había respondido que jamás nada podría obligarle a cometer tal acto de perfidia.
El miércoles 27, el rey hizo publicar un bando, previniendo que todo el mundo podía vendernos clavo libremente, lo que nos permitió comprar una gran cantidad. El viernes, el rey de Machián llegó a Tadore con varias piraguas, pero no quiso desembarcar porque su padre y su hermano, desterrados de Machián, se habían refugiado
en esta isla.
El sábado vino el rey a bordo con el gobernador de Machián, un sobrino suyo, llamado Humay, de edad de veinticinco años; y habiendo sabido que carecíamos ya de paños, envió a buscar a su casa tres varas de rojo y nos lo dio para que, en unión de algunas otras cosas que todavía podíamos tener, hiciésemos al gobernador un presente digno de su rango, lo que ejecutamos, habiendo además disparado varios tiros de bombarda cuando partieron.
El domingo 1° de diciembre se fue el gobernador de Machián, asegurándosenos que el rey le había hecho también regalos para que nos enviase clavo lo más pronto. El lunes el rey hizo otro viaje fuera de su isla con el mismo objeto.
El miércoles, por ser el día de Santa Bárbara y por honrar al rey que se hallaba de regreso, hicimos una descarga general de artillería, y en la noche encendimos fuegos artificiales, que aquél tuvo mucho gusto de ver.
El jueves y viernes compramos gran cantidad de clavo, que obtuvimos a bajo precio a causa de que estábamos a punto de partir. Se nos daba un bahar por dos varas de cinta, y cien libras por dos cadenetas de latón que sólo valían un mareel; y como cada marinero quería llevar a España todo lo que podía, cada uno cambiaba sus vestidos por clavo.
El sábado vinieron a bordo tres hijos del rey de Tarenate, con sus mujeres, que eran hijas del rey de Tadore, acompañados del portugués Pedro Alfonso. Regalamos una taza de vidrio dorado a cada uno de los tres hermanos, y a las tres mujeres tijeras y otras bagatelas. Enviamos también algunas menudencias a otra hija del rey de Tadore, viuda del rey de Tarenate, que no había querido venir a bordo.
El domingo 8, por ser día de la Concepción de Nuestra Señora, en señal de regocijo, disparamos varios tiros de bombardas, bombas de artificio y cohetes.

El lunes por la tarde vino el rey a bordo de nuestra nave acompañado de tres mujeres que le llevaban su betel. Conviene notar que los reyes y los miembros de la real familia son los únicos que tienen derecho de hacerse acompañar por mujeres. El mismo día el rey de Geailolo nos visitó por segunda vez para presenciar el ejercicio de fuego.
Como se aproximaba el tiempo fijado para nuestra partida, venía el rey frecuentemente a visitamos, dejándose notar fácilmente cuánto lo sentía. Entre otras cosas lisonjeras, nos decía que se hallaba como un niño a quien su madre va a quitar el pecho. Nos rogó que para su defensa le dejásemos algunas piezas de artillería.

Nos previno que no navegásemos durante la noche, a causa de los bajos y escollos que se encuentran en este mar; y cuando le dijimos que nuestra intención era navegar día y noche para llegar lo más pronto a España, nos respondió que en tal caso no podía hacer nada mejor que rogar y hacer que rogasen a Dios por la prosperidad de nuestra navegación.
Durante este tiempo, Pedro Alfonso de Lorosa se trasladó a bordo con su mujer y todos sus enseres para regresar a Europa con nosotros. Dos días más tarde, Chechilideroix, hijo del rey de Tarenate, llegó con una canoa bien tripulada para invitarle a que se fuese con él; pero Pedro Alfonso se guardó bien de aceptar el ofrecimiento, sospechando que encerraba alguna mala intención, previniéndonos aun que no permitiésemos que aquél
subiese a bordo, consejo que adoptamos.
En seguida se supo que Chechili, muy amigo del comandante portugués de Malaca, había formado el proyecto de apoderarse de Pedro Alfonso y de entregárselo.
Cuando se vio burlado en sus expectativas gruñó y amenazó a los que habían dado acogida a Pedro Alfonso porque le dejaban partir sin su permiso. El rey nos había prevenido que su colega de Bachián iba a venir con su hermano, quien debía casarse con una de sus hijas, habiéndonos rogado que hiciésemos en su honor una descarga general de artillería. Llegó, efectivamente, el 15 de diciembre en la tarde, ejecutando nosotros lo que el rey había solicitado, sin disparar, sin embargo, la artillería más gruesa, porque nuestras
naves tenían una carga demasiado grande.
El rey de Bachián y su hermano, destinado a casarse con la hija del rey de Tadore, se presentaron en una embarcación grande con tres órdenes de remeros por cada lado, en número de ciento veinte, y adornada de varios pabellones formados de plumas de loro blancas, amarillas y rojas, y en tanto que bogaban, marcaban el movimiento de los remos los timbales y la música. En otras dos canoas se hallaban los jóvenes que habían de ser presentados a la desposada. Nos devolvieron el saludo dando la vuelta de nuestras naves y
del puerto.
Como la etiqueta no permite que un rey ponga el pie en tierras de otro, el de Tadore vino a visitar al de Bachián en su propia canoa, y éste, al verle llegar, se levantó del tapiz en que estaba sentado y se colocó a un lado para ceder su lugar al rey de Tadore, el cual, por política, rehusó igualmente sentarse en el tapiz y fue a colocarse del otro lado, poniendo aquél de por medio. Entonces el rey de Bachián ofreció al de Tadore quinientas patollas como una especie de compensación por la esposa que daba a su hermano. Las patollas son paños de oro y de seda fabricados en la China y muy estimados en estas islas. Cada uno de estos paños se paga más o menos por tres bahares de clavo, según que tiene más o menos oro y trabajo. Cuando muere alguno de los notables, los
parientes, para honrarle, se visten con estos paños.
El lunes, el rey de Tadore envió al de Bachián una comida, llevada por cincuenta mujeres vestidas con paños de seda desde la cintura hasta las rodillas: marchaban de a dos en dos, llevando un hombre al medio. Cada una sostenía una bandeja que contenía pequeños platos llenos de diferentes guisados. Los hombres llevaban vino en grandes vasos. Diez mujeres de las de más edad hacían el oficio de maestros de ceremonia.
Llegaron en este orden hasta la embarcación, y presentaron todo al rey, que estaba sentado en un tapiz listado de rojo y amarillo. A su regreso, las mujeres se juntaron a algunos de los nuestros que la curiosidad había llevado a ver este convoy y no pudieron librarse de ellas sino haciéndoles algunos pequeños regalos. El rey de Tadore nos envió en seguida víveres, tales como cabras, cocos, vino y otros comestibles.
Este mismo día pusimos velas nuevas a las naves, pintando en ellas la cruz de Santiago de Galicia, con esta inscripción: ÉSTA ES LA ENSEÑA DE NUESTRA BUENA VENTURA. El martes dimos al rey unos cuantos de los fusiles que habíamos tomado a los indígenas cuando nos apoderamos de sus juncos, algunos versos y cuatro barriles de pólvora.
Embarcamos en cada una de las naves ochenta toneles de agua, reservándonos para tomar leña en la isla de Mare, cerca de la cual debíamos pasar y donde el rey había enviado cien hombres para tenerla lista.
Ese mismo día el rey de Bachián obtuvo permiso del de Tadore para bajar a tierra a fin de hacer alianza con nosotros. Iba precedido de cuatro hombres que llevaban en las manos puñales desenvainados. En presencia del rey de Tadore y de todo su séquito, expresó que se hallaría siempre dispuesto a consagrarse al rey de España; que conservaría para éste solo todo el clavo que los portugueses habían dejado en su isla, hasta la llegada de otra escuadra española, y que no lo cedería a nadie sin su consentimiento; que por nuestro conducto iba a enviarle un enclavo y dos bahares de clavo, y habría con todo gusto dado diez, pero nuestras naves estaban tan cargadas que no podían recibir más.
Nos dio también para el rey de España dos aves muertas muy hermosas.
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