PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III. Llegada a Tadore

… Los portugueses han dicho que las Molucas se hallan situadas en medio de un mar impracticable a causa de los bajos de que se encuentra sembrado y de la atmósfera cubierta de nieblas; sin embargo nosotros comprobamos lo contrario, y jamás encontramos menos de cien brazas de agua, aun en las mismas Molucas.
El viernes 8 de noviembre, tres horas antes de la puesta del sol, entramos en el puerto de una isla llamada Tadore, yendo a fondear cerca de tierra, en veinte brazas de agua, haciendo una descarga de toda nuestra artillería. Al día siguiente el rey se presentó en una piragua y dio la vuelta a nuestras naves, y habiendo salido a su encuentro con nuestras chalupas para manifestarle nuestro reconocimiento, nos hizo entrar en su piragua, en la cual nos colocamos a su lado. Estaba sentado bajo un quitasol de seda que lo cubría enteramente; delante de él se hallaba uno de sus hijos que tenía el real cetro; dos hombres, cada uno con un vaso lleno de agua para que se lavase las manos, y otros dos con dos pequeños cofres dorados llenos de betel.
Nos felicitó por nuestra llegada diciéndonos que desde hacía largo tiempo había soñado que algunas naves debían llegar al Maluco desde países lejanos, y que para asegurarse si este sueño era verdadero, había observado la luna, donde había notado que estas naves venían efectivamente en camino, y que así nos aguardaba. En seguida subió a nuestras naves, habiéndole todos nosotros besado la mano; se le condujo hacia el castillo de popa, donde para no verse obligado a agacharse no quiso entrar sino por la abertura superior. Ahí le hicimos sentar en una silla de terciopelo rojo, le vestimos un traje a la turquesa de terciopelo amarillo, y para manifestarle mejor nuestro respeto, nos sentamos todos en el suelo a su frente.
Cuando supo quiénes éramos y cuál era el objeto de nuestro viaje, nos expresó que tanto él como sus súbditos tendrían gusto en ser los amigos y vasallos del rey de España; que nos recibiría en su isla como a sus propios hijos; que podíamos bajar a tierra y permanecer en ella como en nuestra propia casa; y que, por amor al rey nuestro soberano, quería que en adelante su isla no se llamase más Tadore sino Castilla.
Le obsequiamos entonces la silla en que estaba sentado y el vestido que le habíamos puesto. Le dimos también una pieza de paño fino, cuatro frazadas de escarlata, un vestido de brocado, un paño de damasco amarillo, otros de la India, tejidos en seda y oro, una pieza de tela de Cambaya muy blanca, dos bonetes, seis sartas de cuentas, doce cuchillos, tres espejos grandes, seis tijeras, seis peines, algunas tazas de vidrio dorado y otras cosas. Regalamos a su hijo un paño de la India, de oro y seda, un espejo grande, un bonete y dos cuchillos, y a cada uno de los nueve principales personajes que le acompañaban, un paño de seda, un bonete y dos cuchillos. Hicimos también algunos presentes a todos los demás de su séquito, como un bonete, un cuchillo, etcétera, hasta que el rey nos previno que no diésemos más. Nos dijo que sentía no tener nada que presentar al rey de España, que fuese digno de él, pues no podía ofrecer más que su persona. Nos aconsejó que aproximásemos nuestras naves hacia las habitaciones, y que si alguno de los suyos osaba, durante la noche, venir a robamos, que le matásemos a tiros de fusil. En seguida se retiró muy satisfecho de nosotros, pero sin querer jamás inclinar la cabeza, a pesar de todas las reverencias que le prodigamos. A su partida hicimos una descarga general de artillería.
Este rey es moro, es decir, árabe, de edad de cerca de cuarenta y cinco años, bien conformado y de hermoso rostro. Su traje consistía en una camisa muy fina, con mangas bordadas en oro; un ropaje le descendía desde la cintura hasta los pies, y un velo de seda le cubría la cabeza con una guirnalda de flores sobrepuestas. Llámase rajá sultán Manzor. Es grande astrólogo.
El 10 de noviembre, día domingo, tuvimos una nueva entrevista con el rey, en la cual nos preguntó cuáles eran nuestros sueldos y cuál la ración que el rey de España nos tenía señalados. Habiendo satisfecho su curiosidad, nos rogó también que le diésemos un sello y un pabellón real, queriendo, según decía, que tanto su isla como la de Tarenate, en la cual se proponía colocar como rey a su sobrino Calanogapi, estuviesen en adelante sometidas al rey de España, en cuyo honor combatirían en lo porvenir, y que, si por desgracia se viera obligado a sucumbir ante sus enemigos, pasaría a España en una de sus propias naves y llevaría consigo el sello y el pabellón. Nos suplicó, en seguida, que le dejásemos con él a algunos de los nuestros, que le serían mucho más caros que todas nuestras mercaderías, las cuales, añadió, no le traerían a la memoria durante tan largo tiempo como nuestras personas el recuerdo del rey de España y el nuestro.
Viendo el interés que manifestábamos en cargar nuestras naves de clavo, nos dijo que no teniendo en su isla bastante seco para llenar nuestros pedidos, iría a buscar a la isla de Bachián, donde esperaba encontrar la cantidad que necesitábamos. Por ser domingo ese día no hicimos ninguna compra. El día de fiesta para estos isleños es el viernes.
Os será agradable, sin duda, monseñor, tener algunos detalles acerca de las islas en que crecen las especias. Son cinco: Tarenate, Tadore, Mutir, Machián y Bachián, de las cuales la principal es Tarenate. El último soberano dominaba casi enteramente sobre las cuatro restantes. Tadore, donde entonces nos hallábamos, tiene su rey particular. Mutir y Machián no tienen rey: su gobierno es popular; y cuando los reyes de Tanerate y de Tadore se hallan en guerra entre sí, estas dos repúblicas democráticas suministran combatientes a los dos partidos. La última es Bachián, la cual tiene también su rey. Toda esta provincia en que crece el clavo se llama Maluco.
Cuando llegamos a Tadore, nos dijeron que ocho meses antes había muerto ahí un tal Francisco Serrano, portugués, que era capitán general del rey de Tarenate, entonces en guerra con el de Tadore, a quien obligó a dar a su hija en matrimonio a su soberano, y además en rehenes, todos los hijos varones de los señores de Tadore, con cuyo arreglo se
llegó a establecer la paz.
De este matrimonio nació el nieto del rey de Tadore, llamado Calanopagui, de que he hablado. Sin embargo, el rey de Tadore no perdonó jamás sinceramente a Francisco Serrano, jurando que se había de vengar de él, y en efecto, algunos años después, habiendo Serrano ido a Tadore para comprar clavo, el rey le hizo dar un veneno en hojas de betel, de suerte que murió cuatro días después. El rey quiso hacerle enterrar según los usos del país, a lo cual se opusieron tres domésticos cristianos que Serrano había traído consigo. Serrano dejó, al morir, un hijo y una hija todavía niños, que había tenido con una mujer con quien se había casado en Java, consistiendo toda su fortuna en doscientos buhares de clavo.
Serrano había sido grande amigo y aun pariente de nuestro infortunado comandante, habiendo sido él quien le determinó a que emprendiese este viaje, porque, desde la época en que Magallanes se encontraba en Malaca, había sabido por cartas de Serrano, establecido en Tadore, que existía allí un comercio ventajoso que hacer. Magallanes no había olvidado lo que Serrano le escribiera, cuando el difunto rey de Portugal, don Manuel, rehusó aumentar su sueldo en medio ducado por mes, recompensa que creía haber merecido bien por los servicios que había prestado a la corona. En venganza se vino a España y propuso a Su Majestad el Emperador ir a Maluco por el oeste,
lo que consiguió.
Diez días después de la muerte de Serrano, el rey de Tarenate, llamado raja Abuleis, que estaba casado con una hija del rey de Bachián, declaró la guerra a su yerno y le expulsó de su isla. Su hija se fue entonces donde él para ser mediadora entre su padre y su marido, envenenando a aquél, que sólo sobrevivió dos días al tósigo. Murió dejando nueve hijos, cuyos nombres son: Chechili-Momuli, Jadore-Vunghi, Chechilideroix, Cilimanzur, Celipagi, Chialichechilin, Cataravajecu, Serch y Calanogapi.
Lunes 11 de noviembre, Chechilideroix, uno de los hijos del rey de Tarenate a quien acabamos de nombrar, se acercó a nuestras naves en dos piraguas en que había tocadores de timbales. Estaba vestido con un traje de terciopelo rojo, y según supimos en seguida, andaba con la viuda e hijos de Serrano. Sin embargo no se atrevió a subir a bordo y nosotros no quisimos invitarle sin consentimiento del rey de Tadore, su enemigo, en cuyo puerto estábamos, y a quien habiéndole preguntado si podíamos recibirle, nos hizo responder que éramos dueños de hacer lo que gustásemos. Durante este intervalo, Chechilideroix, viendo nuestras vacilaciones y concibiendo algunas sospechas, se alejó de nosotros, en vista de lo cual nos resolvimos a alcanzarle en la chalupa, regalándole una pieza de paño de la India, de seda y de oro, y algunos espejos, cuchillos y tijeras, que aceptó de mala gana, partiendo en seguida.
Tenía consigo un indio que se había hecho cristiano, llamado Manuel, doméstico de Pedro Alfonso de Lorosa, quien, después de la muerte de Serrano, había venido de Bandán a Tarenate. Este Manuel, que hablaba el portugués, vino a nuestro buque y nos dijo que los hijos del rey de Tarenate, aunque enemigos del rey de Tadore, se hallaban muy dispuestos a abandonar a Portugal para unirse a España. Por su conducto escribimos una carta a Lorosa, invitándole a venir a bordo, sin abrigar el menor temor por lo que a nosotros tocaba. Veremos en seguida que aceptó nuestra invitación. Informándome de las costumbres del país, supe que el rey puede tener cuantas jeres le agraden, pero que una sola se reputa como su esposa y todas las otras son sus esclavas. Fuera de la ciudad había una gran casa en que se albergaban doscientas de sus mujeres más hermosas, con otras tantas destinadas a su servicio.
El rey come siempre solo o con su esposa, sobre una especie de estrado alto, desde donde ve sentadas a su alrededor a todas las demás mujeres, eligiendo después de comer la que ha de dormir con él la noche siguiente. Cuando el rey ha concluido de comer, sus mujeres lo hacen todas en común, si él quiere, y si no, cada una va a comer por separado en su habitación. Nadie puede ver a las mujeres del rey sin un permiso expreso de su parte, y si algún imprudente osase acercarse a su residencia de día o de noche, le matarían en el acto. Para proveer de mujeres el serrallo del rey, cada familia está obligada a suministrarle una o dos jóvenes. El raja sultán Manzor tenía veintiséis hijos, ocho hombres y dieciocho mujeres. En la isla de Tadore había una especie de obispo que tenía cuarenta mujeres y gran número de hijos.
El martes 12 de noviembre el rey hizo construir en un día un galpón para nuestras mercaderías, al cual llevamos todas las que habíamos destinado a hacer cambios, despachando a tres de los nuestros para que las cuidasen. He aquí cómo se fijó el valor de las mercaderías que contábamos dar a cambio de clavo. Por diez brazadas de paño rojo de buena calidad, se nos debía dar un bahar de clavo. El bahar tiene cuatro quintales y seis libras y cada quintal pesa cien libras. Por quince brazadas de paño de mediana calidad, un bahar, y otro tanto por quince hachas o por treinta y cinco tazas de vidrio.
Trocamos luego de esta manera todas nuestras mercaderías con el rey.
Por diecisiete cathils de cinabrio o de mercurio, o por veintiséis brazadas de tela, un bahar, y si la tela era más fina, sólo dábamos veinticinco brazadas. Por ciento cincuenta cuchillos o cincuenta pares de tijeras, o cuarenta bonetes, o por diez brazadas de paño de buzerate, o por tres de sus timbales, o por un quintal de cobre, un bahar. Habríamos sacado un buen partido de los espejos, pero la mayor parte se quebró en el camino y el rey se apropió de casi todos los que habían llegado sanos. Una parte de nuestras mercaderías provenía de los juncos de que he hablado ya. Por este medio hemos hecho, sin duda, un negocio bien ventajoso, a pesar de que no hemos sacado toda la utilidad que hubiéramos podido esperar, a causa de que deseábamos apresurar a toda costa nuestro regreso a España. Además del clavo, hacíamos todos los días una buena provisión de víveres, pues los indígenas llegaban a cada momento con sus barcas trayéndonos cabras, gallinas, cocos, plátanos y otros comestibles que nos daban por cosas de poco valor. Hicimos también una considerable provisión de cierta agua excesivamente caliente, pero que, puesta al aire, se ponía fría en el espacio de una hora. Preténdese que esto viene de que el agua nace de la montaña en que se crían las especias27. En esto reconocimos la impostura de los portugueses que pretenden hacer creer que se carece enteramente de agua dulce en las islas Molucas, y que es necesario irla a buscar a países lejanos. Al día siguiente, el rey envió a su hijo Mossahap a la isla de Mutir para buscar el clavo que nos faltaba para completar nuestro cargamento.
Los indios que habíamos tomado en el camino encontraron ocasión de hablar al rey, quien, interesándose por ellos, nos pidió que se los entregásemos para remitirlos a su país acompañados de cinco isleños de Tadore, que tendrían así ocasión de elogiar al rey de España y hacer el nombre español caro y respetado a todos estos pueblos.
Le entregamos, pues, las tres mujeres que esperábamos presentar a la reina de España y todos los hombres, con excepción de los de Burné. El rey nos pidió otro favor: que matásemos todos los cerdos que teníamos a bordo, por los cuales nos ofreció una amplia compensación en cabras y gallinas. Hubimos aun de acceder a ello y para que los moros no lo notasen, los matamos en el entrepuente, porque tenían tal repugnancia por estos animales que cuando por un acaso se encontraban con alguno cerraban los ojos y se tapaban la nariz para no verlos ni sentirles el olor. La misma noche, el portugués Pedro Alfonso de Lorosa, habiendo sabido que el rey le había enviado a buscar para advertirle que, aunque fuese de Tarenate, debía guardarse bien de engañarnos en las respuestas que diese a nuestras preguntas, subió efectivamente a nuestra nave y nos suministró todos los datos que podían interesamos.
Nos contó que hacía diez años que estaba en las Indias, de los cuales había pasado diez en las islas Molucas, a donde había llegado con los primeros portugueses, que ahí estaban de hecho establecidos desde ese tiempo, pero que guardaban el más profundo silencio acerca del descubrimiento de estas islas. Añadió que hacía once meses y medio que un gran barco había venido de Malaca a las islas Molucas para cargar clavo, como lo hizo, pero que el mal tiempo lo había retenido durante algunos meses en Bandán. Este navio venía de Europa, y su capitán, un portugués que se llamaba Tristán de Meneses, refirió a Lorosa que la noticia más importante que por entonces había era que una escuadra de cinco naves había partido de Sevilla al mando de Fernando de Magallanes para ir a descubrir el Maluco en nombre del rey de España; y que el de Portugal, que estaba doblemente irritado por esta expedición, por cuanto uno de sus súbditos trataba de perjudicarle, había despachado buques al cabo de Buena Esperanza y al de Santa María en el país de los caníbales, para interceptarle el paso en el mar de las Indias; pero que no lo habían encontrado.
Habiendo sabido en seguida que había pasado por otro mar y que iba a las Molucas por el oeste, dispuso que don Diego López de Sichera, su comandante en jefe en las Indias, enviase seis naves de guerra contra Magallanes; pero Sichera, teniendo noticia en estas circunstancias que los turcos preparaban una flota contra Malaca, se había visto obligado a despachar contra ellos sesenta embarcaciones al estrecho de la Meca, en la tierra de Judá, las cuales, habiendo encontrado las galeras turcas encalladas a la orilla del mar, cerca de la bella y fuerte ciudad de Aden, las quemaron todas. Esta expedición había impedido al comandante portugués llevar a cabo la que tenía dispuesta contra nosotros; pero poco tiempo después despachó a nuestro encuentro un galeón con dos baterías de bombardas, mandado por el capitán Francisco Faría, portugués: galeón que tampoco vino a atacamos a las Molucas, porque, ya fuese por los bajos que se encuentran cerca de Malaca, ya por las corrientes y vientos contrarios que tuvo, se vio obligado a regresarse al puerto de donde había salido. Lorosa añadió que pocos días antes, una carabela con dos juncos habían venido a las islas Molucas a saber noticias nuestras, despachando, mientras tanto, los juncos a Bachián para cargar clavo, llevando a bordo siete portugueses, quienes, a pesar de las recomendaciones del rey, por no querer respetar ni las mujeres de los indígenas ni las del mismo rey, fueron todos ultimados. Con esta nueva, el capitán de la carabela juzgó oportuno irse lo más pronto y regresarse a Malaca, después de abandonar en Bachián los dos juncos con cuatrocientos bahares de clavo y una cantidad de mercaderías bastante considerable para obtener otros cien.
Nos añadió que todos los años muchos juncos van de Malaca a Bandán a comprar macis y nuez moscada, de donde pasan a las Molucas a cargar clavo. El viaje de Bandán a las islas Molucas se hace en tres días, y en quince se va de Bandán a Malaca. Este comercio, nos dijo, es el que produce mayores entradas al rey de Portugal, por lo cual lo oculta con empeño a los españoles.
Lo que Lorosa acababa de expresamos era en extremo interesante para nosotros, por lo cual procuramos persuadirle de que se embarcase en nuestra compañía para Europa, haciéndole esperar que el rey de España le recompensaría muy bien.
El viernes 15 de noviembre, nos dijo el rey que quería ir a Bachián a recoger el clavo que los portugueses habían dejado, pidiéndonos presentes para los gobernadores de Mutir para entregárselos a nombre del rey de España; y habiendo subido a bordo se entretuvo en ver cómo manejábamos nuestras armas, esto es, las ballestas, los fusiles y los versos, que es un arma más grande que un fusil. Disparó aun, en persona, tres tiros de ballesta, pero no quiso por nada tocar los fusiles.
Frente de Tadore hay una isla muy grande, llamada Geailolo, habitada por moros y gentiles. Los moros tienen ahí dos reyes, uno de los cuales, según lo que nos dijo el rey de Tadore, ha tenido seiscientos hijos, y el otro quinientos veinticinco. Los gentiles no tienen tantas mujeres como los moros y son también menos supersticiosos. El primer objeto que encuentran por la mañana es el de su adoración durante todo el día. El rey de estos gentiles se llama raja Papua, que habita el interior de la isla y es muy rico en oro. En medio de las peñas se ven aquí crecer cañas tan gruesas como la pierna de un hombre, llenas de cierta agua excelente para beber: nosotros compramos varias. La isla de Geailolo es tan grande que una canoa la rodea con trabajo en cuatro meses.
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