PRIMER VIAJE ALREDEDOR DEL GLOBO. LIBRO III. 2ª Parte.

 mapa-mundi-de-domingos-teixeira-1573
… Cenamos sentados en el suelo sobre una estera de palmera. A cada pedazo que se comía era necesario beber, en una taza de porcelana del tamaño de un huevo, del licor fabricado del arroz destilado. Comimos también arroz y otras viandas hechas con azúcar, con cucharas de oro semejantes a las nuestras. Nos acostamos en el mismo lugar en que habíamos pasado la noche precedente, donde ardían siempre dos luces de cera blanca puestas sobre candeleras de plata, dos grandes lámparas de aceite, de cuatro mechas cada una, para cuyo cuidado velaron continuamente dos hombres. Al día siguiente nos trasladamos a la playa, donde nos esperaban dos piraguas que debían conducirnos a bordo. La ciudad está edificada a la orilla misma del mar, con excepción de la casa del rey y las de algunos de los principales jefes.
Contiene veinticinco mil fuegos o familias. Las casas son construidas de madera, sostenidas por gruesos postes que las preservan del agua. Cuando sube la marea, las mujeres que venden las cosas necesarias a la vida, atraviesan la ciudad en barcas. Delante de la casa del rey existe una gran muralla edificada con ladrillos gruesos, con barbacanas a manera de fortaleza, sobre la cual se ven cincuenta y seis bombardas de bronce y seis de hierro, con las que dispararon varios tiros mientras permanecimos en la ciudad.
El rey, que es moro, se llama raja Siripada; es bastante obeso y puede tener cerca de cuarenta años. Está servido sólo por mujeres, hijas de los principales habitantes de la isla. Nadie puede hablarle sino por medio de una cerbatana, según nos vimos obligados a hacerlo nosotros mismos. Tiene diez cronistas ocupados únicamente en escribir lo que le concierne, sobre cortezas de árbol muy delgadas que llaman chirítoles. No sale jamás del palacio sino para ir de caza.
En la mañana del 29 de julio, que era lunes, vimos venir hacia nuestras naves más de cien piraguas, divididas en tres escuadras, con otros tantos tungulis, o sea sus pequeñas barcas. Como temíamos ser atacados a traición, nos hicimos inmediatamente a la vela, y eso con tanta precipitación que nos vimos obligados a abandonar un ancla. Nuestras sospechas aumentaron cuando nos fijamos en varias embarcaciones grandes llamadas juncos, que el día precedente habían venido a fondear por la popa de nuestras naves, lo que nos hizo temer ser asaltados por todos lados. Nuestro primer cuidado fue librarnos de los juncos, contra los cuales hicimos fuego, de suerte que en ellos matamos mucha gente.
Cuatro de ellos quedaron en nuestro poder y los otros cuatro restantes se salvaron yendo a dar en tierra. En uno de los juncos que tomamos se hallaba el hijo del rey de la isla de Lozón, que era el capitán general del rey de Burné, y que acababa de conquistar con sus juncos una gran ciudad llamada Laoé25, edificada sobre una punta de la isla, hacia la gran Java. En esta expedición había saqueado esa ciudad porque sus habitantes preferían obedecer al rey gentil de Java antes que al rey moro de Burné.
Juan Carvallo, nuestro piloto, sin decimos una palabra, puso en libertad a este capitán, movido, según lo supimos después, por una fuerte suma de oro que le había ofrecido. Si le hubiésemos conservado, el rey Siripada nos habría dado, sin duda alguna, por su rescate todo lo que hubiéramos querido, porque se había hecho formidable a los gentiles, que son enemigos del rey moro.
En el puerto en que nos hallábamos no existe sólo la ciudad de que Siripada es señor, sino también otra habitada por gentiles, edificada igualmente a orillas del mar, y aun más grande que la de los moros. La enemistad entre ambos pueblos es tan grande que casi no se pasa día sin que ocurran querellas y combates. El rey de los gentiles es tan poderoso como el de los moros, aunque no tan vano, y aun parece que sería fácil introducir el cristianismo en sus dominios.
El rey moro, habiendo sido informado del daño que acabábamos de hacer a sus juncos, se apresuró a manifestarnos, por medio de uno de los nuestros de los que se habían establecido en tierra para comerciar, que dichas embarcaciones no venían contra nosotros, pues no hacían sino pasar para llevar la guerra a los gentiles; y para probárnoslo nos mostraron algunas cabezas de estos últimos muertos en la batalla. Con esto hicimos decir al rey que si lo que nos manifestaba era verdadero, no tenía más que enviamos a los dos hombres que permanecían en tierra con las mercancías y al hijo de Juan Carvallo, en lo que no quiso consentir. Así fue castigado Carvallo con la pérdida de su hijo (que había nacido cuando estuvo en el Brasil), que habría sin duda recobrado en cambio del capitán general que puso en libertad por oro. Retuvimos a bordo a dieciséis de los principales de la isla y a tres mujeres que pensábamos conducir a España para presentarlas a la reina, pero que Carvallo se guardó para sí.
Los moros andan desnudos, como todos los habitantes de estas regiones. Estiman sobre todo el azogue, que beben pretendiendo que conserva la salud y cura las enfermedades. Adoran a Mahoma y siguen su ley, por cuya razón no comen jamás carne de puerco. Se lavan el trasero con la mano izquierda, de la cual no se sirven jamás para comer, y no orinan de pie sino al uso de las mujeres. Se lavan la cara con la mano derecha, pero no se frotan jamás los dientes con los dedos.
Son circuncidados como los judíos. No matan cabras ni gallinas sin dirigirse de antemano al sol. Cortan a las gallinas las extremidades de las alas y la piel que tienen debajo de las patas, y en seguida las parten en dos. No comen de animal alguno que no haya sido muerto por ellos mismos.
Esta isla produce alcanfor, especie de bálsamo que exuda gota a gota de entre la corteza y el tronco del árbol: estas gotas son tan pequeñas como los granos del salvado. Si se deja el alcanfor expuesto al aire, se evapora insensiblemente. El árbol que lo produce se llama capor. Se encuentran también canela, jengibre, mirabolanos, naranjos, limones, caña de azúcar, melones, cidrascayotas, rábanos, cebollas, etcétera. Entre los animales hay elefantes, caballos, búfalos, cerdos, cabras, gallinas, gansos, cuervos y varias otras especies de aves.
Se dice que el rey de Burné posee dos perlas tan grandes como huevos de gallina y tan perfectamente redondas, que, colocándolas sobre una mesa bien lisa, no se están jamás quietas. Cuando le llevamos nuestros presentes, le manifesté por señas que deseaba mucho verlas, y aunque prometió mostrárnoslas, no lo merecimos, pero algunos de los jefes me dijeron que el hecho era exacto.
Los moros de este país usan una moneda de bronce con un agujero para ensartarla: de un lado tiene cuatro letras, que son los cuatro caracteres del gran rey de la China. La llaman pici. En nuestros tratos, nos daban por un cathil de mercurio, o sea por un peso de dos libras, seis tazones de porcelana, y por un cuaderno de papel nos daban aún más. El cathil de bronce nos valía un pequeño vaso de porcelana; tres cuchillos, uno más grande, y ciento sesenta cathiles de bronce un bahar de cera. El bahar tiene un peso de doscientos tres cathiles. Por ochenta cathiles un bahar de sal, y por cuarenta un bahar de anime, especie de goma, de que se sirven para calafatear las embarcaciones, porque en este país no hay alquitrán. Veinte tabils hacen un cathil. Las mercaderías que aquí se prefieren son cobre, mercurio, cinabrio, vidrio, géneros de lana y las telas; pero sobre todo el hierro y los anteojos.
Los juncos de que hemos hablado son sus embarcaciones más grandes. He aquí cómo están hechas: la obra viva, hasta dos palmos de la obra muerta, con tablones unidos por amarras de madera; su construcción es bastante buena. En la parte superior llevan cañas muy gruesas que sobresalen de los bordes del junco para formar contrapeso. Estos
juncos cargan tanto como nuestros buques. Los mástiles son hechos de las mismas cañas,
y las velas, de corteza de árbol.
Habiendo visto en Burné mucha porcelana, quise tomar mis informaciones a este respecto, y se me dijo que la hacían de una especie de tierra muy blanca, que dejan enterrada durante medio siglo para retinarla, de suerte que usan el proverbio de que el padre se entierra para el hijo. Pretenden que si se echa veneno en uno de estos vasos, se triza inmediatamente.
La isla de Burné es tan grande que para bojearla se necesitarían tres meses. Está situada hacia los 5° 15′ de latitud septentrional y a 176° 40′ de longitud de la línea de demarcación.
Al partir de esta isla volvimos hacia atrás en busca de un sitio a propósito y adecuado para recorrer nuestras naves, una de las cuales tenía una considerable vía de agua, y la otra, falta de piloto, había dado contra un bajo cerca de una isla llamada Bibalón; pero, a Dios gracias, la pusimos de nuevo a flote. Corrimos también otro gran peligro: un marinero, al despabilar una vela, por inadvertencia, arrojó una mecha encendida en una caja de pólvora de cañón, pero anduvo tan presto en retirarla que la pólvora no alcanzó a encenderse.
De camino vimos cuatro piraguas, de las cuales tomamos una cargada con cocos, destinada a Burné, cuya tripulación se salvó en una isla pequeña. Las otras tres escaparon, retirándose detrás de unos islotes.
Entre la punta norte de Burné y la isla de Cimbonbón, hacia los 8° 7′ de latitud septentrional, encontramos un puerto muy adecuado para recorrer nuestras naves, pero como carecíamos de muchas cosas necesarias a este fin, nos vimos obligados a emplear en esta operación cuarenta y dos días, trabajando todos lo mejor que podíamos, de una manera o de otra. Lo que más nos costaba era ir a buscar la madera en los bosques, porque todo el terreno estaba cubierto de zarzas y arbustos espinosos y nos hallábamos todos descalzos.
Hay en esta isla jabalíes muy grandes, habiendo nosotros muerto uno que pasaba a nado de una isla a otra; su cabeza, armada de colmillos muy gruesos, tenía dos palmos y medio de largo. Se encuentran también en ella cocodrilos, que habitan indistintamente en la tierra y en el mar; ostras, mariscos de toda especie y tortugas muy grandes. Nosotros cogimos dos, la carne sola de una de las cuales pesaba veintiséis libras y la de la otra cuarenta y cuatro. Pescamos también un pez, cuya cabeza, parecida a la del cerdo, tenía dos cuernos, el cuerpo revestido de una sustancia ósea, y en el espinazo una especie de silla; pero no era muy grande.
Lo que he encontrado de más extraordinario son árboles cuyas hojas caídas tienen cierta vida. Estas hojas se parecen a las del moral, salvo que son menos largas; su pecíolo s corto y puntiagudo, y cerca de él, de uno y otro lado, dos pies: si se les toca se escapan, pero no echan sangre cuando se las revienta. Metí una de ellas en una caja y cuando abrí ésta después de nueve días, la hoja se paseaba por todo el interior: pienso que se mantienen del aire.
Al salir de esta isla, es decir, del puerto, encontramos un junco que venía de Burné, y como, habiéndole hecho señal de que se detuviese, no hubiese querido obedecer, lo perseguimos, lo tomamos y lo saqueamos. Conducía al gobernador de Palaoán con uno de sus hijos y a su hermano, condenando a aquél a pagar como rescate, en el espacio de siete días, cuatrocientas medidas de arroz, veinte cerdos, otras tantas cabras y ciento cincuenta gallinas. No solamente nos dio todo lo que le pedimos, sino que voluntariamente añadió cocos, plátanos, cañas de azúcar y vasos llenos de vino de palmera. Para corresponder a su generosidad le devolvimos una parte de sus puñales y fusiles, dándole además un estandarte, un traje de damasco amarillo y quince brazas de tela. A su hijo le obsequiamos una capa de paño azul, etc., y su hermano recibió un traje de paño verde. Hicimos también regalos a las personas que iban con ellos, de suerte que nos separamos en buena armonía. Tornamos hacia atrás para volver a pasar entre la isla de Cagayán y el puerto de Chipit, corriendo al este cuarta al sudeste, siguiendo en busca de las islas Molucas. Pasamos cerca de ciertos islotes, donde vimos el mar cubierto de hierbas, a pesar de su gran profundidad, por lo cual nos parecía hallarnos en otros parajes.
Dejando Chipit al este, reconocimos al oeste las dos islas de Zolo y Taghima, donde, según se nos dijo, se pescan las perlas más hermosas y donde se encontraron las del rey de Burné de que he hablado. He aquí cómo se hizo dueño de ellas. Este rey estaba casado con una hija del de Zolo, la cual le dijo un día que su padre poseía estas dos grandes perlas, y habiendo asaltado al rey de Burné el deseo de poseerlas, una noche partió con quinientas embarcaciones llenas de hombres armados, se apoderó del rey de Zolo, su suegro, y de dos de sus hijos, y sólo les devolvió la libertad cuando le hubieron entregado las dos perlas dichas.
Siguiendo singlando al este cuarta del noroeste, pasamos a lo largo de dos rancherías llamadas Cavit y Subanín, y cerca de una isla igualmente habitada, llamada Monoripa, a diez leguas de los islotes de que acabo de hablar. Los habitantes de esta isla no tienen casas, viviendo siempre en sus embarcaciones.
Las aldeas de Cavit y Subanín están situadas en las islas de Butuán y Calagán, donde crece la mejor canela. Si hubiéramos podido detenernos allí algún tiempo, habríamos cargado la nave, pero no pudimos hacerlo por aprovechar del viento, porque debíamos doblar una punta y pasar algunas islas que la rodean. De camino, algunos isleños se aproximaron a nosotros y nos dieron diecisiete libras de canela a cambio de dos grandes cuchillos que habíamos tomado al gobernador de Palaoán.
Habiendo visto el canelo, puedo dar su descripción. Tiene de cinco a seis pies de alto y no es más grueso que el dedo. Sus ramas no pasan jamás de tres o cuatro y sus hojas se asemejan a las del laurel: la canela de que hacemos uso es su corteza, la cual se cosecha dos veces por año. La madera misma y las hojas poseen idéntico sabor de la corteza. Se la llama cainmaná (de donde ha venido el nombre de cinnamomum) porque cain significa
madera, y maná, dulce.
Habiendo dejado el cabo al nordeste, nos dirigimos a una ciudad llamada Mindanao, situada en la misma isla en que están Butuán y Calagán, para tomar un conocimiento exacto de la posición de las islas Molucas. Habiendo encontrado en nuestro camino un bignaday, embarcación que se asemeja a una piragua, determinamos tomarla: pero como esto no se hizo sin hallar alguna resistencia, matamos a siete de los dieciocho hombres que formaban la tripulación del bignaday, que eran mejor conformados y más robustos que todos los que habíamos visto hasta entonces. Eran jefes de Mindanao, entre los cuales estaba el hermano del rey, quien nos aseguró que conocía perfectamente la situación de las islas Molucas.
En vista de sus datos, cambiamos de dirección, dejando el cabo al sudeste. Nos hallábamos entonces hacia el 6° 7′ de latitud norte y a distancia de treinta leguas de Cavit. Se nos dijo que en un cabo de esta isla, cerca de un río, hay hombres velludos, grandes guerreros y sobre todo famosos arqueros. Usan dagas de un palmo de largo, y cuando cogen algún enemigo le comen el corazón crudo, sazonándolo con ácido de naranja o de limón. Se les llama benayanos.
En nuestra ruta hacia el sudeste, encontramos cuatro islas nombradas Ciboco, Biraham-Batolach, Sarangani y Candigar. El sábado 26 de octubre, a la entrada de la noche, costeando la isla de Biraham-Batolach, nos asaltó una borrasca, durante la cual amainamos las velas y pedimos a Dios que nos salvase, viendo entonces en la punta de los mástiles a nuestros tres santos que disiparon la oscuridad, conservándose allí por más de dos horas, San Telmo en el palo mayor, San Nicolás en el de mesana y Santa Clara en el trinquete. En reconocimiento de la gracia que nos habían acordado, prometimos a cada uno de ellos un esclavo, y les hicimos también una ofrenda.
Siguiendo nuestra derrota, entramos en un puerto situado en la mitad de la isla de Sarangani, hacia Candigar, y fondeamos en él cerca de una ranchería de los indígenas, donde hay bastantes perlas y oro. Este puerto está situado hacia los 5° 9′, a cincuenta leguas de Cavit, y sus habitantes son gentiles y andan desnudos como los de todos los demás pueblos de estos parajes.
Nos detuvimos allí un día, tomando por fuerza dos pilotos que nos condujeran a las islas Molucas. Según su parecer, corrimos al sud sudoeste, pasando por medio de ochoislas, en parte habitadas y en parte desiertas, que forman una especie de calle. He aquí sus nombres: Cheava, Caviao, Cabiao, Camanuca, Cabaluzao, Cheai, Lipán y Nuza, al fin de las cuales nos encontramos frente a una isla bastante hermosa; pero teniendo el viento contrario, no pudimos jamás doblar la punta, de manera que durante toda la noche nos vimos obligados a dar bordos. En esta ocasión fue cuando los prisioneros que habíamos hecho en Sarangani saltaron del buque y se escaparon a nado con el hermano del rey de Mindanao, aunque después supimos que su hijo, no habiendo podido sostenerse en la espalda de su padre, se había ahogado.
Viendo la imposibilidad de doblar la punta de la isla grande, la pasamos al fin, merced al viento, cerca de varias pequeñas islas. La grande, que se llama Sanghir, está gobernada por cuatro reyes cuyos nombres son: raja Matandatu, raja Laga, raja Bapti y raja Parabu. Se halla situada hacia los 3° 30′ de latitud septentrional, y a veintisiete leguas
de Sarangani.
Continuando nuestro curso siempre en la misma dirección, pasamos cerca de nco islas llamadas Cheoma, Carachita, Para, Sangalura, Ciau, la última de las cuales dista diez leguas de Sanghir. Se ve en ella una montaña bastante extensa pero de poca elevación, y su rey se llama raja Ponto. Llegamos a la isla de Paghinzara, donde se ven tres altos montes y cuyo rey se llama raja Babintán. A doce leguas hacia el este de Paghinzara, encontramos, además de Talaut, dos islas pequeñas, habitadas: Zoar y Mean.
El miércoles 6 de noviembre, habiendo pasado estas islas, reconocimos otras cuatro bastante altas, a catorce leguas hacia el este. El piloto que habíamos tomado en Saranghani nos dijo que ésas eran las islas Molucas. Dimos entonces gracias a Dios y en señal de regocijo hicimos una descarga general de artillería; no debiendo extrañarse la alegría que experimentamos a la vista de estas islas, si se considera que hacía veintisiete meses menos dos días que corríamos los mares y que habíamos visitado una multitud de islas buscando siempre las Molucas.
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