VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Muerte de Magallanes.

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… Habiendo notado los indígenas que sus tiros no nos hacían daño alguno cuando los dirigían a nuestras cabezas o cuerpos, a causa de nuestra armadura, pero que teníamos sin defensa las piernas, en adelante sólo dirigieron a éstas sus flechas, sus lanzas y sus piedras, en tal cantidad que no nos fue posible resistir. Las bombardas que teníamos en las chalupas no nos servían de nada a causa de que los bajíos no permitían a los artilleros aproximarse a nosotros.
Siempre combatiendo nos retiramos poco a poco, y estábamos ya a la distancia de un tiro de ballesta, teniendo el agua hasta las rodillas, cuando los isleños, que nos seguían siempre de cerca, empezaron de nuevo el combate, arrojándonos hasta cinco o seis veces la misma lanza.
Como conocían a nuestro comandante, dirigían principalmente los tiros hacia él, de suerte que por dos veces le hicieron saltar el casco de la cabeza; sin embargo, no cedió, combatiendo nosotros a su lado en reducido número. Esta lucha tan desigual duró cerca de una hora. Un isleño logró al fin dar con el extremo de su lanza en la frente del capitán, quien, furioso, le atravesó con la suya, dejándosela en el cuerpo. Quiso entonces sacar su espada, pero le fue imposible a causa de que tenía el brazo derecho gravemente herido.
Los indígenas, que lo notaron, se dirigieron todos hacia él, habiéndole uno de ellos acertado un tan gran sablazo en la pierna izquierda que cayó de bruces; en el mismo instante los isleños se abalanzaron sobre él. Así fue cómo pereció nuestro guía, nuestra lumbrera y nuestro sostén. Cuando cayó y se vio rendido por los enemigos, se volvió varias veces hacia nosotros para ver si habíamos podido salvamos. Como no había ninguno de nosotros que no estuviese herido, y como nos hallábamos todos en la imposibilidad de socorrerle o de vengarle, nos dirigimos en el acto a las chalupas que estaban a punto de partir. Fue así cómo debimos la salvación a nuestro comandante, porque en el instante en que pereció, todos los isleños se dirigieron al sitio en que había caído.

articles-70480_thumbnailEl rey cristiano habría podido socorremos y sin duda lo habría hecho, mas el comandante, lejos de prever lo que acababa de suceder, tan luego como puso pie en tierra con los suyos, le ordenó que no se moviese de su balangay y que permaneciese como mero espectador del combate. Cuando le vio sucumbir lloró amargamente.

Pero la gloria de Magallanes sobrevivirá a su muerte. Estaba adornado de todas las virtudes, mostrando siempre una constancia inquebrantable en medio de las más terribles adversidades. A bordo se condenaba a privaciones más grandes que cualquiera de los de la tripulación.
Versado como ninguno en el conocimiento de las cartas náuticas, poseía a la perfección el arte de la navegación, como lo probó dando la vuelta al mundo, que nadie antes que él había osado tentar.
Esta desgraciada batalla se libró el 27 de abril de 1521, en un sábado, día que el comandante había elegido porque lo tenía en particular devoción. Perecieron con él ocho de los nuestros y cuatro indios bautizados, y pocos de nosotros regresamos a las naves sin estar heridos. Los que habían quedado en las chalupas pensaron hacia el fin protegernos con las bombardas, pero a causa de la distancia en que se hallaban, nos hicieron más daño que a los enemigos, quienes, sin embargo, perdieron quince hombres.
En la tarde, el rey cristiano, con consentimiento nuestro, envió a decir a los habitantes de Matan que si querían devolvernos los cuerpos de nuestros soldados muertos, y en especial el del comandante, les daríamos las mercaderías que nos pidiesen: a lo que respondieron que nada podría obligarlos a deshacerse de un hombre tal como nuestro jefe, que querían conservar como un monumento de la victoria alcanzada sobre nosotros.
Al saber la pérdida de nuestro capitán, los que en la ciudad se hallaban comerciando hicieron en el acto transportar las mercaderías a bordo. Elegimos entonces, en su reemplazo, dos comandantes, que fueron Odoardo Barbosa, portugués, y Juan Serrano, español.
Nuestro intérprete, llamado Enrique, que era esclavo de Magallanes, habiendo sido ligeramente herido en el combate, se valió de este pretexto para no bajar más a tierra, donde era necesario para nuestro servicio, pasándose todo el día ocioso, tendido sobre una estera. Odoardo Barbosa, comandante de la nave que montaba antes Magallanes, le dijo que, a pesar de la muerte de su señor, no por eso dejaba de ser esclavo, y que a nuestro regreso a España le entregaría a doña Beatriz, mujer de Magallanes; amenazándole en seguida con hacerle azotar si no se iba inmediatamente a tierra para el servicio de la escuadra.
Levantóse el esclavo aparentando no haber prestado atención a las injurias y amenazas del comandante, y habiendo bajado a tierra, se dirigió a casa del rey cristiano, a quien expresó que pensábamos partir pronto y que si quería seguir el consejo que tenía que darle, podría apoderarse de nuestras naves y mercaderías. El rey le escuchó favorablemente y entre ambos tramaron una traición. El esclavo volvió en seguida a bordo, mostrando más actividad e inteligencia de la que hasta entonces había desplegado.
En la mañana del miércoles 1° de mayo, el rey envió a decir a los comandantes que tenía preparado un presente de pedrerías para el rey de España, y que para entregárselo les rogaba que ese día fuesen a comer con él con algunos de los de su séquito.
Fueron, en efecto, en número de veinticuatro, entre quienes estaba nuestro astrólogo, llamado San-Martino de Sevilla, no habiendo ido yo por tener la cara hinchada a causa de una herida en la frente, producida por una flecha envenenada. Juan Carvallo y el preboste regresaron inmediatamente a las naves, suponiendo a los indígenas de mala fe, porque habían visto, según decían, que el personaje que había sanado milagrosamente se había llevado al capellán a su casa. Apenas acababan de decimos esto, cuando oímos gritos y clamores, y habiendo inmediatamente levado anclas, nos aproximamos con las naves a tierra, disparando sobre las casas varios tiros de bombarda. Vimos entonces que Juan Serrano, herido y atado, era conducido hacia la playa, desde donde nos suplicaba que no disparásemos más, porque sin eso, según decía, lo matarían. Preguntárnosle qué había sido de sus compañeros y del intérprete, contestándonos que habían sido todos degollados, con excepción de este último, que se había unido a los isleños. Conjurónos que le rescatásemos por mercaderías; pero Juan Carvallo, aunque era su compadre, en unión de algunos otros, rehusaron tratar de su rescate, prohibiendo a las chalupas que se aproximaran a la isla; porque el mando de la escuadra le pertenecía por la muerte de los dos comandantes. Juan Serrano continuaba implorando la piedad de su compadre, asegurando que sería muerto en el momento en que nos hiciésemos a la vela; y viendo al fin que sus lamentos eran inútiles, se puso a imprecar y rogó a Dios que a la hora del juicio final pidiese cuenta de su alma a Juan Carvallo, su compadre. Pero no fue escuchado, y partimos sin que después hayamos tenido noticia alguna acerca de su vida o de su muerte.

La isla de Zubu es grande, y tiene un buen puerto con dos entradas, una al oeste y la otra al este nordeste. Está situada a 10° de latitud norte y a 154 de longitud de la línea de demarcación. En esta isla fue donde antes de la muerte de Magallanes tuvimos noticias de las islas Molucas.

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