VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 4ª parte

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El rey, levantando las manos al cielo, le dio las gracias, rogándole con instancias que le dejase alguno de los nuestros para que le instruyese en los misterios y deberes de la religión cristiana: lo que el comandante prometió ejecutar, pero a condición de que se le confiase dos de los hijos de los principales de la isla para conducirlos con él a España, donde aprenderían la lengua castellana para que a su regreso pudiesen dar una idea de lo que allí hubiesen visto.
Después de haber plantado una gran cruz en medio de la plaza, se publicó un bando para que quienquiera que desease abrazar el cristianismo, debía destruir todos sus ídolos y en su lugar poner la cruz, en lo que todos consintieron. El comandante, tomando entonces al rey de la mano, le condujo al cadalso, donde le vistieron completamente de blanco, bautizándole junto con el príncipe su sobrino, el rey de Massana, el mercader moro y otros hasta el número de quinientos.
El rey, que se llamaba raja Humabon, fue llamado Carlos, por el nombre del Emperador. Los otros recibieron distintos nombres. En seguida díjose misa, después de la cual el comandante invitó a comer al rey, quien se excusó, acompañándonos hasta las chalupas, que nos condujeron a la escuadra, la cual hizo una descarga de toda su artillería.
Después de comer desembarcamos en gran número, acompañados del capellán, para bautizar a la reina y a otras mujeres. Subimos con ellas al mismo cadalso. Mostréles una estatuita que representaba a la Virgen con el Niño Jesús, que les agradó mucho y las enterneció, y habiéndomela pedido para colocarla en lugar de sus ídolos, se las di con todo gusto. Se bautizó a la reina con el nombre de Juana, por el de la madre del Emperador; con el de Catalina a la mujer del príncipe, y con el de Isabel a la reina de Massana. Ese día bautizamos cerca de ochocientas personas, entre hombres, mujeres y niños.
La reina, que era joven y bella, se hallaba vestida totalmente de una tela blanca y negra y tenía la cabeza adornada con un gran sombrero hecho de hojas de palmera, en forma de quitasol, encima del cual llevaba una triple corona formada de las mismas hojas, semejante a la tiara papal, y sin la cual no sale jamás. La boca y las uñas las tenía pintadas de un rojo muy vivo.
Hacia la noche, el rey y la reina vinieron a la playa en que estábamos, complaciéndose en oír el estrépito inocente de las bombardas, que antes tanto les había atemorizado. Durante este tiempo se bautizó a todos los habitantes de Zubu y de las islas vecinas. Hubo, sin embargo, una aldea en una de las islas, cuyos habitantes rehusaron obedecer al rey y a nosotros: después de haberla quemado, se plantó en ella una cruz, porque era una población de idólatras, y si hubiera sido de moros, es decir, mahometanos, se habría levantado una columna de piedra para manifestar el endurecimiento de sus corazones.
El comandante bajaba a tierra todos los días para oír misa, a la cual concurrían también muchos de los nuevos cristianos, a quienes se hacía una especie de catecismo y se les explicaban algunas de las verdades de nuestra religión.
Un día vino también a misa la reina, rodeada de toda su pompa, precedida por tres jóvenes que llevaban en las manos tres de sus sombreros: vestía un traje blanco y negro y un gran velo de seda con listas de oro que le cubría la cabeza y los hombros; la acompañaban varias mujeres, cuyas cabezas se veían adornadas con un pequeño velo debajo del sombrero: todo el resto de sus cuerpos y aun sus pies estaban desnudos, usando sólo un pequeño taparrabo de tela de palmera para cubrir sus partes naturales. Los cabellos los llevaban esparcidos. La reina, después de haber hecho la reverencia al altar, se sentó sobre un cojín de seda bordado, habiéndola el comandante rociado, tanto a ella como a las mujeres de su séquito, con agua de rosas almizclada, olor que agrada
muchísimo a las mujeres de este país.
A fin de que el rey fuese más respetado y mejor obedecido de lo que era, el comandante hizo que un día viniese a misa vestido con su traje de seda, disponiendo que fuesen también sus dos hermanos, llamado el uno Bondora, que era el padre del príncipe, y el otro Cadaro, con otros varios jefes, llamados Simiut, Sibuaya, Sisacay, etc., a quienes exigió juramento de obedecer al rey, después de lo cual todos le besaron la mano.
A continuación el comandante hizo jurar al rey de Zubu que estaría sometido y sería fiel al rey de España, después de lo cual, poniendo su espada delante de la imagen de Nuestra Señora, declaró al rey que habiendo hecho semejante juramento, debía morir antes de faltar a él, y que él mismo estaba presto a perecer mil veces antes que faltar al juramento que había hecho por la imagen de Nuestra Señora, por la vida del Emperador, su señor, y por su propio hábito.23 Le obsequió en seguida una silla de terciopelo, diciéndole que dondequiera que fuese, la hiciese llevar delante de sí, por uno de sus jefes, indicándole la manera cómo debía conducirse para esto.
Prometióle el rey cumplir exactamente todo lo que acababa de encargarle, y para darle un testimonio de afecto a su persona, le obsequió algunas alhajas, consistentes en dos pendientes de oro bastante grandes, dos brazaletes del mismo metal para los brazos, y otros dos para los pies, todos adornados de pedrerías. Estos anillos constituyen el más hermoso adorno de los reyes de estos países, que andan siempre desnudos y sin calzado, sin llevar, como lo he dicho ya, más vestido que un pedazo de género que les desciende desde la cintura hasta las rodillas.
El comandante, que había ordenado al rey y a todos los nuevos cristianos que quemasen sus ídolos, lo que todos habían prometido ejecutar, viendo que no solamente los conservaban todavía, sino que aún les ofrecían sacrificios de cosas de comer, según su uso antiguo, se quejó por ello altamente y los reprendió. No trataron de negar el hecho, pero creyeron excusarse diciendo que no hacían esos sacrificios por ellos mismos, sino por un enfermo a quien esperaban que los ídolos devolviesen la salud. El enfermo era el hermano del príncipe, considerado como el hombre de más juicio y más valiente de la isla; hallándose tan enfermo que hacía cuatro días que había perdido ya el uso de la palabra.
Habiendo oído esto el comandante y animado de santo celo, dijo que si tenían verdadera fe en Jesucristo, quemasen todos sus ídolos e hiciesen bautizar al enfermo; añadiendo que estaba tan convencido de lo que decía, que consentía en perder su cabeza si lo que prometía no se verificaba en el acto. Habiendo asegurado el rey que asentía a todo, hicimos entonces, con la mayor pompa que nos fue posible, una procesión desde el sitio en que nos hallábamos hasta la casa del enfermo, a quien encontramos efectivamente en un estado tan lastimoso que ni siquiera podía hablar ni moverse. Bautizámosle junto con dos de sus mujeres y diez hijos, y preguntándole en seguida el comandante cómo se hallaba, respondió repentinamente que, gracias a Nuestro Señor, se sentía bien. Fuimos todos testigos presenciales de este milagro. El capitán especialmente tributó gracias a Dios. Propinó al príncipe una bebida refrescante y continuó enviándosela todos los días hasta que quedó completamente restablecido, remitiéndole al mismo tiempo un colchón, sábanas, una frazada amarilla de lana y una almohada.

Al quinto día, el enfermo, perfectamente sano, se levantó. Su primer cuidado fue hacer quemar delante del rey y a presencia de todo el pueblo, un ídolo que estaba en gran veneración y que guardaban cuidadosamente en su casa algunas viejas. Quiso también derribar varios templos situados a la orilla del mar, donde el pueblo se reunía para comer la carne consagrada a los ídolos. Todos los habitantes aplaudieron estos hechos, proponiéndose ir a destruir todos los ídolos, aun los que estaban en la casa del rey, gritando al mismo tiempo: « ¡Viva Castilla! » en honor del rey de España. Los ídolos de esta nación son de palo, cóncavos o huecos por detrás; tienen abiertos los brazos y las piernas y los pies vueltos hacia arriba, y un rostro grande, con cuatro dientes muy gruesos, parecidos a los de jabalí. Generalmente son todos pintados.

Y ya que acabo de hablar de ídolos, contaré a V. S. algunas de sus ceremonias supersticiosas, una de las cuales es la bendición del cerdo. Comienzan estas ceremonias por hacer sonar enormes timbales; traen en seguida tres grandes platos, dos de los cuales llenan con pescado asado y con dulces de arroz y mijo cocido, envuelto en hojas, y en el otro se ven géneros de tela de Cambaya y dos bandas de tela de palmera. Extienden en el suelo una de estas sábanas de tela y entonces se acercan dos viejas que traen en la mano, cada una, una gran trompeta de caña. Colocándose sobre la sábana, hacen una salutación al sol, y se envuelven con los otros géneros que están en el plato. Una de las dos viejas se cubre la cabeza con un pañuelo que ata sobre su frente, de manera que forma dos cuernos, y cogiendo en las manos otro pañuelo, baila y toca al mismo tiempo la trompeta, invocando de cuando en cuando al sol. La otra vieja toma una de las bandas de tela de palmera, baila y toca igualmente su trompeta, y volviéndose hacia el sol, le dirige algunas palabras. La otra coge entonces la otra banda de tela de palmera, arroja el pañuelo que tenía en la mano, y ambas tocan juntas sus trompetas, bailando durante largo espacio alrededor del cerdo, que permanece atado y tendido en tierra. Durante este tiempo, la primera habla al sol con una voz ronca, en tanto que la otra le responde. Después de esto se ofrece un vaso de vino a la primera, que lo toma, sin cesar de bailar y de dirigirse al sol.
Se lo acerca cuatro o cinco veces a la boca, fingiendo que quiere beber, pero el líquido lo desparrama sobre el corazón del cerdo. Devuelve en seguida la taza y entonces le pasan una lanza, que agita, siempre bailando y hablando, y la endereza varias veces contra el corazón del cerdo, al que al fin atraviesa de parte a parte, con un golpe rápido y bien dirigido. Tan luego como retira la lanza de la herida, cierran ésta y la curan con hierbas medicinales. Durante todas estas ceremonias permanece alumbrada una antorcha, que la vieja que ha herido al cerdo coge y mete en su propia boca para apagarla. La otra vieja humedece el extremo de su trompeta en la sangre del cerdo, con la cual va tocando y ensangrentando la frente de los asistentes, comenzando por su marido; pero no se dirigió a nosotros. Concluido esto, las dos viejas se desvisten, comen de lo que se había traído en los dos platos primeros, invitando a que coman con ellas a las mujeres y no a los hombres. Se depila en seguida al cerdo al fuego, sin que jamás coman de este animal antes de que haya sido purificado de esta manera. Sólo las viejas pueden practicar dicha ceremonia.
A la muerte de uno de sus jefes, se verifican también ceremonias extrañas, según yo mismo he podido ver. Las mujeres más respetadas del lugar se dirigen a la casa del muerto, en medio de la cual está colocado el cadáver, dentro de una caja, alrededor de la cual tienden cuerdas para formar una especie de recinto. Y atan a estas cuerdas ramas de árboles, y en medio de estas ramas, se cuelgan telas de algodón, en forma de pabellón, bajo las cuales toman asiento las mujeres de que acabo de hablar, cubiertas con un trapo blanco, y teniendo cada una una sirvienta a su lado que las refresque con un abanico de palmera. Las demás mujeres están sentadas alrededor de la pieza con un aire triste, y una de ellas con un cuchillo corta poco a poco los cabellos del muerto. Otra que ha sido la esposa principal (porque aunque un hombre pueda tener tantas mujeres como le plazca, una sola es la principal) se tiende sobre él de tal manera que tiene su boca, sus manos y sus pies, sobre la boca, las manos y los pies del muerto. En tanto que la primera corta los cabellos, ésta llora, cantando cuando se detiene la primera. Por todo el ámbito de la pieza se ven vasos de porcelana con fuego, en los cuales, de tiempo en tiempo, echan mirra, estoraque y benjuí, que esparcen una fragancia muy agradable. Esta ceremonia se continúa durante cinco o seis días, en los cuales no se saca el cadáver de la casa, por lo cual creo que tienen cuidado de embalsamarlo para que no se corrompa. Al fin se le entierra en el mismo cajón, que cierran con clavijas de madera, colocándolo en el cementerio, que es un local cerrado con tablas.
Se nos aseguró que diariamente un pájaro negro, del tamaño de un cuervo, venía durante la noche a posarse sobre las casas, infundiendo con sus gritos miedo a los perros, que se ponían a aullar todos mientras no venía el alba. No se nos quiso jamás decir la causa de este fenómeno de que todos fuimos testigos. Consignaré otra observación acerca de sus extrañas costumbres. He dicho ya que estos indígenas andan completamente desnudos, sin más que una tira de palmera que les cubre sus órganos genitales. Todos los hombres, tanto jóvenes como viejos, llevan el prepucio cerrado con un pequeño cilindro de oro o de estaño, del grueso de una pluma de ganso, que lo atraviesa de alto abajo, dejando al medio una abertura para el paso de la orina, y guarnecido en los dos extremos de cabezas parecidas a las de nuestros clavos grandes, los cuales también, a veces, se ven erizados con puntas en forma de estrellas. Me aseguraron que no se quitaban jamás esta especie de adorno, aun durante el coito; que eran sus mujeres las que querían eso, siendo ellas las que preparaban de este modo desde la infancia a sus hijos: pero lo que hay de cierto es que, a pesar de tan extraño aparato, todas las mujeres nos preferían a sus maridos… No faltan víveres en esta isla: además de los animales que he nombrado ya, existen perros y gatos que se comen. Crece también arroz, mijo, panizo y maíz, naranjas, limones, caña de azúcar, cocos, cidras, ajos, jengibre, miel y otros productos. Hacen vino de palma y hay también oro en abundancia.
Cuando alguno de nosotros bajaba a tierra, ya fuese de día o de noche, encontraba siempre indígenas que lo invitaban a comer y a beber. Comen sus guisados a medio cocer, en extremo salados, lo que les incita a beber mucho, y en efecto beben muy a menudo, sorbiendo por medio de tubos de caña el vino contenido en los vasos. Gastan ordinariamente en comer cinco o seis horas.
En esta isla hay varias aldeas, cada una de las cuales tiene algunos personajes respetables que hacen de jefes. He aquí los nombres de las aldeas y de sus respectivos jefes: Cingapola; sus jefes son Cilaton, Ciguibucan, Cimaninga, Cimaticat, Cicanbul; Mandani, que tiene por jefe a Ponvaan; Lalan, cuyo jefe es Seten; Lalutan, que tiene por jefe a Japau; Lubucin, cuyo jefe es Cilumai. Todas estas aldeas estaban bajo nuestra obediencia y nos pagaban una especie de tributo. Cerca de la isla de Zubu hay otra llamada Matan, que posee un puerto del mismo nombre, donde anclaban nuestras naves. La principal aldea de esta isla se llama también Matan, cuyos jefes eran Zula y Cilapulapu. En esta isla era donde estaba situada la aldea de Bulaya, que quemamos.
Viernes 26 de abril, Zula, uno de los jefes de la isla de Matan, remitió al comandante, con uno de sus hijos, dos cabras, con encargo de decirle que si no le enviaba todo lo que le había prometido, no era culpa suya sino del otro jefe llamado Cilapulapu, que no quería reconocer la autoridad del rey de España; pero que si a la noche siguiente quería despachar en su auxilio una chalupa con hombres armados, se comprometía a batir y subyugar enteramente a su rival. Con este mensaje, el comandante se resolvió a ir allí en persona con tres chalupas, y aunque le rogamos que no fuese, nos respondió que, como buen pastor, no debía abandonar su rebaño.
Partimos a media noche, provistos de coraza y de casco, en número de sesenta, el rey cristiano, el príncipe su yerno y varios jefes de Zubu, con cierto número de hombres armados que nos siguieron en veinte o treinta balangayes: y habiendo llegado a Matan tres horas antes de que aclarase, el comandante resolvió no atacar, sino que envió a tierra al moro para que dijese a Cilapulapu y a los suyos que si querían reconocer la soberanía del rey de España, obedecer al rey cristiano de Zubu, y pagar el tributo que acababa de pedírseles, serían considerados como amigos, y que en caso contrario, conocerían la fuerza de nuestras lanzas. Los isleños no se amedrentaron con nuestras amenazas, respondiendo que tenían también lanzas, aunque sólo de cañas puntiagudas y estacas endurecidas al fuego.
Pidieron sólo que no se les atacase durante la noche porque con los refuerzos que esperaban se habían de hallar en mayor número: lo que decían maliciosamente para animarnos a que los atacásemos inmediatamente, con la esperanza de que caeríamos en los fosos que habían excavado entre la orilla del mar y sus casas.
Esperamos efectivamente el día y saltamos entonces en tierra con el agua hasta los muslos, no habiendo podido aproximarse las chalupas a la costa a causa de las rocas y de los bajíos. Éramos en todo cuarenta y nueve hombres, habiendo dejado once a cargo de las chalupas, y siéndonos preciso marchar algún tiempo en el agua antes de poder ganar tierra.
Encontramos a los isleños en número de mil quinientos, formados en tres batallones, que en el acto se lanzaron sobre nosotros con un ruido horrible, atacándonos dos por el flanco y uno por el frente. Nuestro comandante dividió entonces su tropa en dos pelotones: los mosqueteros y los ballesteros tiraron desde lejos durante media hora sin causar el menor daño a los enemigos, o al menos muy poco, porque aunque las balas y las flechas penetrasen en sus escudos, formados de tablas bastante delgadas, y aun algunas veces los herían en los brazos, eso no les detenía, porque tales heridas no les producían una muerte instantánea, según se lo tenían imaginado, y aun con eso se ponían más atrevidos y furiosos.
Por lo demás, fiándose en la superioridad del número, nos arrojaban nubes de lanzas de cañas, de estacas endurecidas al fuego, piedras y hasta tierra, de manera que nos era muy difícil defendernos. Hubo aun algunos que lanzaron estacas enastadas contra nuestro comandante, quien para alejarlos e intimidarlos, dispuso que algunos de los nuestros fuesen a incendiar sus cabañas, lo que ejecutaron en el acto. La vista de las llamas los puso más feroces y encarnizados: algunos aun acudieron al lugar del incendio, que devoró veinte o treinta casas, y mataron en el sitio a dos de los nuestros. Su número parecía aumentar tanto como la impetuosidad con que se arrojaban contra nosotros.
Una flecha envenenada vino a atravesar una pierna al comandante, quien inmediatamente ordenó que nos retirásemos lentamente y en buen orden; pero la mayor parte de los nuestros tomó precipitadamente la fuga, de modo que quedamos apenas siete u ocho con nuestro jefe.
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