VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 3ª parte

UniversalisCosmographia
El domingo 7 de abril entramos en el puerto de Zubu. Pasamos cerca de varias aldeas, en que vimos casas construidas sobre los árboles, y cuando estuvimos cerca de la ciudad, el comandante hizo enarbolar todos los pabellones y arriar todas las velas, haciendo una descarga general de artillería que produjo gran alarma entre los isleños. El comandante despachó entonces a uno de sus allegados, acompañado del intérprete, como embajador cerca del rey de Zubu. Al llegar a la ciudad encontraron al rey rodeado de una multitud inmensa, alarmada por el ruido de las bombardas. Comenzó el intérprete por tranquilizar al rey diciéndole que tal era nuestro uso y que este ruido no era sino un saludo en señal de paz y amistad, para honrar a la vez al rey y a la isla.
Estas palabras tranquilizaron a todos. Preguntó el rey, por medio de su ministro, al intérprete, qué era lo que nos llevaba a su isla y qué queríamos: a lo cual contestó aquél que su señor, que mandaba la escuadra, era un capitán que estaba al servicio del rey más grande de la tierra, y que el objeto de nuestro viaje era llegar a Maluco, pero que el rey de Massana, donde había tocado, habiéndole hecho grande elogio de su persona, había venido para darse el gusto de visitarle, y al mismo tiempo para tomar refrescos en cambio de mercaderías de las nuestras.
Replicó el rey que fuese bien venido, pero que le advertía que todas las naves que entraban a su puerto para comerciar, debían comenzar por pagarle cierto derecho: en prueba de lo cual, añadió, no hacía aún cuatro días que este derecho había sido cubierto por un junco de Siam, que había llegado a tomar esclavos y oro; llamando en seguida a un mercader moro, llegado también de Siam con el mismo objeto, a fin de que testificase la verdad de lo qué acababa de expresar.
Respondió el intérprete que su señor, siendo capitán de un tan poderoso rey, no había de pagar derecho a ningún otro de la tierra; que si el de Zubu quería la paz, le traía la paz, pero que si quería guerra, se la haría.
El mercader de Siam, aproximándose entonces al rey, le dijo en su idioma: cata raja chita, esto es, señor, tened mucho cuidado con esto; esta gente (nos creía portugueses) son los que han conquistado a Calicut, Malaca y todas las grandes Indias. El intérprete, que había entendido lo que el mercader acababa de decir, añadió que su rey era aún mucho más poderoso, tanto por sus ejércitos como por sus escuadras, que el de Portugal, a quien el siamés se refería; que era el rey de España y Emperador de todo el mundo cristiano, y que si hubiese preferido tenerle por enemigo más bien que por amigo, habría enviado un número bastante considerable de hombres y de naves para destruir su isla entera. El moro confirmó al rey lo que el intérprete acababa de expresar. El rey, sintiéndose entonces embarazado, contestó que se pondría de acuerdo con nto, al enviado del comandante y al intérprete un almuerzo de varios guisados, compuestos todos de carnes, en platos de porcelana.
Después del almuerzo, nuestros enviados regresaron a bordo y nos hicieron relación de todo lo que les había acontecido. El rey de Massana, que, después del de Zubu, era el más poderoso soberano de estas islas, desembarcó para prevenirle al rey de las buenas disposiciones de que nuestro jefe venía animado a su respecto.
Al siguiente día, el escribano de nuestra nave y el intérprete fueron a Zubu, saliéndoles a su encuentro el rey, acompañado de sus jefes, y después de haber hecho sentar delante de sí a nuestros dos enviados, les dijo que, convencido de lo que acababa de oír, no sólo no exigía derecho alguno, sino que, si lo pedían, estaba presto a hacerse tributario del Emperador. Se le replicó entonces que sólo se le exigía el privilegio de tener el comercio exclusivo de su isla, en lo cual consintió el rey, encargándoles manifestar a nuestro jefe que si quería ser verdaderamente su amigo, no tenía más que sacarse un poco de sangre del brazo derecho y enviársela, que él por su parte haría otro tanto: lo que sería testimonio de que ambos se habían de guardar una amistad sólida y leal: asegurándole el intérprete que todo se haría como él lo deseaba. El rey añadió entonces que todos los capitanes amigos que llegaban a su puerto le hacían algún presente, recibiendo de él otros a cambio, dejando al comandante la elección de dar primero estos presentes o de recibirlos. Repuso el intérprete que, puesto que parecía atribuir tanta importancia a este uso, no tenía más que comenzar: en lo que el rey consintió.
El martes por la mañana, el rey de Massana, acompañado del mercader moro, vino a bordo de nuestra nave, y después de haber saludado al comandante de parte del rey de Zubu, le dijo que estaba encargado de avisarle que aquél se hallaba ocupado en reunir todos los víveres que pudiera encontrar para obsequiárselos, y que después de mediodía le enviaría a su sobrino con alguno de sus ministros para establecer la paz. Dioles el comandante las gracias, haciéndoles ver al mismo tiempo un hombre armado de punta en blanco, diciéndoles que en caso que hubiera de combatir, nos armaríamos todos de la misma manera. El moro se sobrecogió de miedo al ver un hombre armado de ese modo; pero el comandante le tranquilizó, asegurándole que nuestras armas eran tan ventajosas a nuestros amigos como fatales a nuestros adversarios; que nos hallábamos en estado de ahuyentar a todos los enemigos de nuestro rey y de nuestra fe con la misma facilidad con que nos limpiábamos con el pañuelo el sudor de la frente. El comandante asumió este tono orgulloso y amenazante para que el moro hiciese de ello relación al rey.
Efectivamente, después de comer, llegaron a bordo el sobrino del rey, que era el heredero presunto de su reino, con el rey de Massana, el moro, el gobernador o ministro y el preboste mayor, con ocho jefes de la isla, para contratar con nosotros una alianza de paz. El comandante les recibió con bastante dignidad: se sentó en un sillón de terciopelo rojo, ofreciendo sillas de la misma tela al rey de Massana y al príncipe, los jefes fueron a sentarse en sillas de cuero y los otros en esteras.
El comandante hizo preguntar por medio del intérprete si era costumbre hacer los tratados en público, y si el príncipe y el rey de Massana tenían los poderes necesarios para concluir un tratado de alianza con él. Se le contestó que estaban autorizados para ello y que se podía hablar en público. El comandante les manifestó entonces todas las ventajas de esta alianza, pidió a Dios que la confirmase en el cielo, añadiendo varias otras cosas que le inspiraron el cariño y el respeto por nuestra religión.
Preguntó si el rey tenía hijos hombres, a lo que le contestaron que sólo tenía mujeres, la mayor de las cuales era la esposa de su sobrino, que era en ese momento su embajador, y que a causa de este matrimonio, era considerado como príncipe heredero. Hablando de la sucesión entre ellos, se nos dijo que cuando los padres alcanzan cierta edad no se les guardaban ya consideraciones, y que el mando pasaba entonces a los hijos.
Este discurso escandalizó al comandante, quien condenó esta costumbre, atendiendo a que Dios, que ha creado el cielo y la tierra, decía, ha ordenado expresamente a los hijos de honrar padre y madre, amenazando castigar con el fuego eterno a los que transgrediesen este mandamiento; y para hacerles sentir mejor la fuerza de este precepto divino, les dijo: «Que estábamos todos igualmente sujetos a las leyes divinas, porque somos todos descendientes de Adán y Eva»; añadiendo otros pasajes de la historia sagrada que causaron gran placer a estos isleños y excitaron en ellos el deseo de ser instruidos en los principios de nuestra religión, de manera que rogaron al comandante que les dejara, a su partida, uno o dos hombres capaces de enseñárselos, y a quienes no se dejaría de honrar mucho entre ellos. Pero el comandante les dio a entender que la cosa más esencial para ellos era hacerse bautizar, lo que podía ejecutarse antes de su partida; que él no podía por el momento dejar entre ellos a ninguno de la tripulación, pero que regresaría un día trayéndoles sacerdotes para que les instruyesen en todo lo relativo a nuestra religión.
Manifestaron lo agradable que les era este discurso y que recibirían gustosos el bautismo, pero que antes querían consultar a su rey sobre este punto. El comandante les dijo entonces que tuviesen cuidado de no hacerse bautizar por el solo temor que pudiésemos inspirarles, o por la esperanza de obtener ventajas temporales, porque su intención no era molestar a ninguno de ellos porque conservase la fe de sus padres, sin disimular, sin embargo, que los que se hiciesen cristianos serían los más amados y mejor tratados. Todos exclamaron entonces que no era por temor ni complacencia hacia nosotros que querían abrazar nuestra religión, sino por un movimiento de su propia voluntad.
El comandante les prometió en seguida dejarles armas y una armadura completa, según la orden que había recibido de su soberano; advirtiéndoles, a la vez, que era necesario que bautizasen también a sus mujeres, sin lo cual debían separarse de ellas y no conocerlas carnalmente, si no querían caer en pecado. Habiendo sabido que pretendían tener frecuentes apariciones del diablo, que les infundían gran temor, les aseguró que si se hacían cristianos, el diablo no se atrevería a mostrárseles más, a no ser en la hora de la muerte. Estos isleños, conmovidos y persuadidos de todo lo que acababan de oír, respondieron que tenían plena confianza en él, oyendo lo cual el comandante, llorando de puro conmovido, los abrazó a todos. Tomó entonces entre las suyas la mano del príncipe y del rey de Massana y dijo que por la fe que tenía en Dios, por la fidelidad que debía al Emperador su señor, y por el traje mismo que vestía, establecía y prometía una paz perpetua entre el rey de España y el rey de Zubu. Los dos embajadores hicieron igual promesa.
Después de esta ceremonia se sirvió el almuerzo y en seguida los indianos presentaron al comandante, de parte del rey de Zubu, grandes cestas llenas de arroz, puercos, cabras y gallinas, excusándose de que el regalo que ofrecían no era más digno de tan gran personaje.
Por su parte, el comandante dio al príncipe un paño blanco de tela muy fina, un bonete rojo, algunos hilos de cuentas de vidrio y una taza de vidrio dorado, por ser el vidrio muy estimado entre estos pueblos.
No hizo ningún regalo al rey de Massana porque acababa de darle una chupa de Cambaya y algunas otras cosas. Hizo también presentes a todas las demás personas que acompañaban a los embajadores.
Después que hubieron partidos los isleños, el comandante me envió a tierra, acompañado de otro, para llevar los presentes destinados al rey, los cuales consistían en una chupa de seda amarilla y violeta, hecha a la turquesa, un bonete rojo y algunos hilos de cuentas de cristal, puesto todo en un plato de plata, con dos tazas de vidrio dorado que llevábamos en la mano.
Al llegar a la ciudad, encontramos al rey en su palacio, acompañado de un gran cortejo. Estaba sentado en el suelo sobre un tapete de palmera: desnudo, sin más que un pedazo de tela de algodón que le cubría sus partes naturales, un velo bordado con aguja alrededor de la cabeza, un collar de gran precio al cuello, y en las orejas dos grandes anillos de oro circundados de piedras preciosas. Era pequeño, obeso, y estaba pintado de diferentes maneras, por medio del fuego. Comía en el suelo, sobre otra estera, huevos de tortuga puestos en dos platos de porcelana, teniendo delante de sí cuatro cántaros llenos de vino de palmera, cubiertos con hierbas odoríferas. En cada uno de los cántaros había un tubo de caña, por medio del cual bebía.
Después que hubimos saludado al rey, el intérprete le expresó que el comandante, su amo, la agradecía el regalo que acababa de hacerle, enviándole en retomo algunos objetos, no como recompensa, sino como testimonio sincero de la amistad que con él acababa de contraer. Después de este preámbulo, le vestimos la chupa, le colocamos en la cabeza el bonete y le presentamos los demás regalos que llevábamos para él.
Antes de ofrecerle las tazas de vidrio, yo las bajaba y las levantaba delante de mí, movimientos que el rey imitó al recibirlas. En seguida nos hizo probar los huevos y beber de su vino por medio de los tubos de que se servía. Mientras comíamos, los que habían estado a bordo le refirieron todo lo que él comandante les había dicho tocante a la paz y la manera como los había exhortado a que abrazasen el cristianismo. El rey quiso también darnos de cenar, pero nos excusamos y nos despedimos de él.
El príncipe, su yerno, nos condujo a su propia morada, donde encontramos a cuatro jóvenes que se ejercitaban en la música: una tocaba un tambor parecido a los nuestros, pero colocado en tierra: otra tenía a su lado dos timbales y en cada mano una especie de clavija o pequeño martillo, cuya extremidad estaba guarnecida de tela de palmera, con el cual golpeaba ya sobre el uno ya sobre el otro; la tercera tocaba de la misma manera sobre un gran timbal; y la cuarta tenía en la mano dos pequeños címbalos, que, golpeándolos alternativamente uno sobre el otro, producían un sonido muy suave. Guardaban todas tan bien el compás, que era necesario concederles un gran conocimiento de la música. Estos timbales, que son de metal o de bronce, se fabrican en el país del Signo Magno, y le sirven de campana; se les llama agon. Estos isleños tocan también una especie de violín, cuyas cuerdas son de cobre.
Estas jóvenes eran muy bonitas y casi tan blancas como nuestras europeas, y aunque eran ya adultas, no por eso estaban menos desnudas; algunas tenían, sin embargo, un pedazo de tela de corteza de árbol, que les descendía desde la cintura hasta las rodillas; pero las otras estaban completamente desnudas. El agujero de las orejas era muy grande, hallándose guarnecido de un círculo de madera para ensancharlo más y darle redondez. Tenían los cabellos negros y largos, y se ceñían la cabeza con un pequeño velo. No usan jamás zapatos ni otro calzado. Merendamos en casa del príncipe y regresamos en seguida.
Habiendo muerto uno de los nuestros durante la noche, el miércoles por la mañana, acompañado del intérprete, regresé donde el rey para pedirle permiso para el entierro, y que con este objeto nos indicase un sitio. Le encontramos rodeado de un numeroso cortejo, y nos respondió que, puesto que el comandante podía disponer de él y de todos sus súbditos, con mayor razón podía disponer de sus tierras. Añadí que para enterrar al muerto debíamos consagrar el lugar de la sepultura y plantar en él una cruz, y el rey no sólo dio su consentimiento, sino que añadió que adoraría, como nosotros, la cruz.
Se consagró lo mejor que fue posible la plaza misma de la ciudad, destinada a servir de cementerio a los cristianos, según los ritos de la Iglesia, a fin de inspirar a los indianos una buena opinión de nosotros, y ahí enterramos en seguida el muerto. La misma tarde enterramos otro.
Habiendo desembarcado ese día muchas de nuestras mercaderías, las depositamos en una casa que el rey tomó bajo su protección, lo mismo que a cuatro nombres que el comandante dejó ahí para comerciar por mayor. Este pueblo, que es amigo de la justicia, usa pesos y medidas. Hacen las balanzas de un pedazo de palo, sostenido hacia el medio por una cuerda, y de un lado está el platillo de la balanza atado a un extremo del fiel por tres pequeñas cuerdas, y en el otro hay una pesa de plomo que equivale al peso del platillo. Del mismo lado se añaden las pesas, que representan libras, medias libras, tercios, etc., colocando sobre el platillo las especies que se quiere pesar. Poseen también medidas de longitud y de capacidad. Estos isleños son dados al placer y a la ociosidad. Hemos ya contado la manera como las jóvenes tocan los timbales; usan también una especia de gaita, que se asemeja mucho a la nuestra y que llaman subin.
Hacen sus casas de postes, tablas y cañas, y tienen cuartos como los nuestros; y hallándose en alto, queda debajo un vacío que sirve de gallinero y de establo para los puercos, cabras y gallinas.
Se nos refirió que había en estos mares pájaros negros, parecidos a cuervos, que cuando las ballenas aparecen en la superficie del agua, esperan que abran la boca para lanzarse dentro, yendo directamente a arrancarles el corazón, que se van a comer lejos. La sola prueba que nos dieron de este hecho fue que suele verse al pájaro negro comiendo el corazón de la ballena, y que a ésta se la encuentra muerta sin el corazón. Añadían que este pájaro se llama lagan, que tiene el pico dentado y la epidermis negra, pero que su carne es blanca y buena para comer.
El día viernes abrimos nuestro almacén y expusimos todas nuestras mercaderías, que los isleños miraban con admiración. Por el bronce, el hierro y demás mercaderías pesadas, nos daban oro; nuestras bujerías y otras menudencias se cambiaban por arroz, puercos, cabras y algunos comestibles. Nos daban diez piezas de oro, cada una del valor de ducado y medio, por catorce libras de hierro. El comandante prohibió que se mostrase demasiada estimación por el oro, sin cuya orden cada marinero habría vendido todo lo que poseía para procurarse este metal, lo que habría arruinado para siempre nuestro comercio.
Habiendo prometido el rey a nuestro comandante abrazar la religión cristiana, se había fijado para que tuviese lugar esta ceremonia el día domingo 14 de abril. Con este objeto, en la plaza que ya habíamos consagrado, se levantó un cadalso, adornado con tapices y hojas de palma. Bajamos a tierra en número de cuarenta, fuera de dos hombres armados de punta en blanco que precedían la real bandera. En el momento en que pusimos pie en tierra, las naves hicieron una descarga general de artillería, lo que no dejó de atemorizar a los isleños. Abrazáronse el rey y el comandante. Subimos al cadalso, donde se habían colocado para ellos dos sillas de terciopelo negro y azul. Los jefes de los isleños se sentaron en cojines y los restantes en esteras.
Entonces el comandante hizo decir al rey que, entre las otras ventajas de que iba a gozar haciéndose cristiano, tendría la de vencer más fácilmente a sus enemigos: a lo cual respondió el rey que gustaba de hacerse cristiano aun sin este motivo, pero que habría tenido grandísimo placer en poder hacerse respetar de ciertos jefes de la isla que rehusaban sometérsele alegando que eran hombres como él, y que así no querían obedecerle. Habiéndolos hecho llamar, el comandante les significó por medio del  intérprete que si no obedecían al rey como a su soberano, los haría matar a todos y daría sus bienes al rey: por lo cual todos los jefes prometieron reconocer su autoridad.
El comandante, por su parte, aseguró al rey que, a su regreso de España, vendría con fuerzas mucho más considerables y que le haría el monarca más poderoso de estas islas: recompensa quque creía que era debida por ser el primero que abrazaba la religión cristiana.
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