VIAJE ALREDEDOR DEL MUNDO POR EL CABALLERO ANTONIO PIGAFETTA. Libro II. 2ª parte.

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… Tienen los cabellos negros y los llevan tan largos que les caen sobre la cintura. Sus armas son cuchillos, escudos, mazas y lanzas guarnecidas de oro. Como instrumentos de pesca usan dardos, arpones y redes hechas más o menos como las nuestras. Sus embarcaciones se asemejan también a aquellas de que nos servimos.
El lunes santo, 25 de marzo, me encontré en el mayor peligro. Nos hallábamos a punto de partir y yo quería pescar, para lo cual, para colocarme cómodamente, puse el pie sobre una verga humedecida por la lluvia, hube de resbalarme y caí al mar sin que nadie lo notase. Afortunadamente, la cuerda de una vela que pendía sobre el agua estaba cerca, me sujeté a ella y me puse a gritar con tanta fuerza que me oyeron, viniendo con el esquife en mi auxilio: lo que sin duda no debe atribuirse a mi propio mérito, sino a la misericordiosa protección de la muy Santa Virgen. En el mismo día partimos, y gobernando entre el oeste y el sudoeste, pasamos en medio de cuatro islas llamadas Cerralo, Huinangan, Ibusson y Abarien.
Jueves 28 de marzo, habiendo divisado durante la noche luz en una isla, en la mañana pusimos la proa a ella, y cuando estuvimos a poca distancia, vimos que se aproximaba a nuestra nave una pequeña embarcación, que llaman bototo, tripulaba por ocho hombres. El capitán tenía un esclavo natural de Sumatra, llamada antiguamente Taprobana, quien salió a hablarles en la lengua de su país, y a pesar de que le comprendieron y vinieron a situarse a cierta distancia de nuestra nave, no quisieron subir a bordo, y aun parecían estar temerosos de acercársenos mucho. El comandante, viendo su desconfianza, arrojó al mar un bonete rojo y algunas otras bagatelas, atadas a una tabla, las cuales cogieron dando señales de mucha alegría; pero incontinenti partieron, habiendo sabido después que se habían apresurado a ir a advertir a su rey de nuestra llegada.
Dos horas más tarde, vimos que venían hacia nosotros dos balangayes (nombre que dan a sus grandes embarcaciones) llenos de hombres, hallándose el rey en el más grande, bajo una especie de dosel formado de esteras. Cuando el rey estuvo cerca de nuestra nave, le dirigió la palabra el esclavo del capitán, habiéndole comprendido perfectamente, porque los reyes de estas islas hablan varios idiomas. Dispuso que algunos de los que le acompañaban subiesen a bordo, habiéndose él mismo quedado en su balangay, y partido tan pronto como los suyos estuvieron de regreso. El comandante hizo una acogida muy afable a los que habían subido a bordo, regalándoles también algunos presentes, sabido lo cual por el rey, quiso antes de alejarse obsequiar al comandante un lingote de oro y una cesta llena de jengibre, presente que el comandante agradeció, pero que no quiso aceptar. Hacia la noche fuimos con la escuadra a fondear cerca de la casa del rey.
Al día siguiente el comandante despachó a tierra el esclavo que le servía de intérprete, para decir al rey que si tenía algunos víveres que enviarnos se los pagaríamos bien; asegurándole, a la vez, que no habíamos venido hasta él para cometer hostilidades sino para ser sus amigos. Con esto el rey en persona vino en nuestra chalupa a bordo, con seis u ocho de sus principales súbditos, y después de subir, abrazó al comandante, presentándole tres vasos de porcelana llenos de arroz crudo y cubiertos de hojas; dos doradas muy grandes y algunos otros objetos. El comandante le ofreció por su parte una chupa de paño rojo y amarillo, hecha a la turquesa, y un bonete rojo fino. Obsequió también a los de su séquito, dando, a unos, espejos y, a otros, cuchillos. En seguida hizo servir el almuerzo, ordenando al esclavo intérprete que dijese al rey que quería vivir con él como hermano, lo que pareció darle grandísimo gusto.
Extendió en seguida delante del rey paños de diversos colores, telas, cuchillos y otras mercaderías; hízole también ver todas las armas de fuego, hasta la artillería gruesa, ordenando aun disparar algunos tiros, de que los isleños se manifestaron muy atemorizados. Hizo armar de punta en blanco a uno de nosotros, encargando a tres hombres que le diesen sablazos y puñaladas para manifestar al rey que nada podría herir a una persona armada de esta manera, y después de sorprenderse mucho, por medio del intérprete, hizo decir al capitán que un hombre tal podía combatir contra ciento. Es verdad, replicó el intérprete en nombre del comandante, y cada una de las tres naves tiene doscientos hombres armados de esta manera. Se le hizo examinar en seguida despacio cada pieza de la armadura y todas nuestras armas, indicándole la manera de servirse de ellas.
Después de esto le condujo al castillo de popa, y habiéndose hecho traer el mapa y la brújula, le explicó por medio del intérprete, cómo había encontrado el Estrecho para llegar al mar en que nos hallábamos, y cuántas lunas había pasado en el mar sin divisar tierra.
El rey, admirado de todo lo que acababa de oír y de ver, se despidió del comandante, rogándole que despachase con él a dos de los suyos, para hacerle ver, a su vez, algunas particularidades de su país. El comandante me envió con otro para que acompañase al rey.

Cuando pusimos pie en tierra, el rey levantó las manos al cielo y se volvió en seguida hacia nosotros, como también todos los que nos seguían: nosotros hicimos otro tanto. El rey me cogió entonces de la mano, y uno de los principales hizo igual cosa con mi camarada, en cuya forma seguimos hasta un tinglado hecho de cañas en que estaba un balangay que tenía cerca de cincuenta pies de largo y que se asemejaba a una galera.

Después de sentarnos en la popa, procuramos darnos a entender por señas, porque no disponíamos de intérprete. Los del séquito del rey, de pie, le rodeaban, armados de lanzas y de escudos. Se nos sirvió entonces un plato de carne de puerco con un gran cántaro lleno de vino. Después de cada bocado de carne, nos bebíamos una escudilla de vino, la cual, cuando no se vaciaba enteramente (lo que no era frecuente), se echaba el resto en otro cántaro. La escudilla estaba siempre lista sin que nadie osase tocarla, a no ser él y yo.
Todas las veces que el rey quería beber, antes de tomar la escudilla, levantaba las manos al cielo, las volvían en seguida hacia nosotros, y en el momento en que la cogía con la mano derecha, extendía hacia mí la izquierda, con el puño cerrado, de tal modo que la primera vez que ejecutó esta ceremonia, creí que me iba a dar una bofetada; y en esta actitud permanecía durante todo el tiempo que bebía, y habiendo notado que todos los demás le imitaban en esto, ejecuté con él otro tanto. De esta manara comimos sin que pudiese excusarme de probar la carne, a pesar de que era viernes santo. Antes de que llegase la hora de la cena, obsequió al rey varias cosas que para este efecto había llevado conmigo; preguntándole al mismo tiempo los nombres que algunos objetos tenían en su idioma, habiéndose sorprendido todos al vérmelos escribir. Llegada la cena, se trajeron dos grandes platos de porcelana, uno con arroz y otro con cocido de puerco, observándose durante la cena las mismas ceremonias que antes he descrito. De allí pasamos al palacio del rey, que tenía la forma de un montón de heno, sostenido por cuatro gruesos postes, cubierto con hojas de plátano, y tan en alto, que para
subir a él hubimos de necesitar escalera.
Cuando entramos, el rey nos hizo sentar sobre esteras de cañas, con las piernas cruzadas, como los sastres sobre su mesa. Media hora más tarde trajeron un plato de pescado asado, cortado en pedazos, jengibre acabado de coger, y vino. Habiéndose presentado el hijo mayor del rey, le hizo sentar a nuestro lado. Sirviéronse entonces otros dos platos: uno de pescado cocido y otro de arroz para comer con el príncipe heredero. Mi compañero de viaje bebió sin tasa y se embriagó. Las velas para alumbrarse las hacen de una especie de goma de árbol, que llaman anime, que se envuelve en hojas de palmera o de plátano.
El rey, después de habernos significado que quería acostarse, se fue, dejándonos con su hijo, con quien dormimos sobre una estera de cañas y apoyando la cabeza sobre almohadas hechas de hojas de árboles.
Al día siguiente, el rey me vino a ver por la mañana, y habiéndome tomado de la mano, me condujo al lugar en que habíamos cenado la víspera, para que almorzásemos juntos; pero como nuestra chalupa había venido a buscarnos, presenté mis excusas al rey y partí con mi compañero. El rey parecía de muy buen humor: nos besó las manos y nosotros le besamos las suyas. Su hermano, que era rey de otra isla, nos acompañó a bordo con otros tres hombres, habiéndole el comandante dejado a comer y obsequiándole varias bagatelas.
El rey que nos había acompañado nos dijo que en su isla se encontraban pedazos de oro tan grandes como nueces, y aun como huevos, mezclados con la tierra, la cual se cernía para encontrarlos, y que todos sus vasos y aun algunos adornos de su casa eran de este metal. Se hallaba vestido muy aseadamente, según la usanza de su país, y era el hombre más bello que he visto en estos pueblos. Sus cabellos negros le caían sobre la espalda, un velo de seda le cubría la cabeza y dos anillos de oro le pendían de las orejas.
Desde la cintura hasta la rodilla le colgaba un paño de algodón bordado con seda; llevaba al costado una especie de daga o espada, que tenía un largo mango de oro y cuya vaina era de madera muy bien trabajada. Sobre cada uno de sus dientes se veían tres pintas de oro, de manera que se hubiera dicho que tenía todos sus dientes ligados con este metal. Estaba perfumado con estoraque y benjuí, y su piel, aunque estaba pintada, se veía que era de color oliváceo.
Tenía de ordinario su morada en una isla en que se hallan los países de Butuán y Calagán; pero cuando los dos reyes quieren conferenciar, se citan en la isla de Massana, donde actualmente nos hallábamos. El primero se llama raja (rey) Colambu, y el otro raja Siagu.
El día de Pascua, que era el último del mes de marzo, el comandante envió temprano a tierra al capellán con algunos marineros para hacer los preparativos necesarios para decir misa; despachando al mismo tiempo al intérprete para que dijese al rey que desembarcaríamos en la isla, pero no para comer con él sino para cumplir con una ceremonia de nuestro culto: el rey aprobó todo y nos envió dos puercos muertos. Bajamos a tierra en número de cincuenta, sin llevar nuestra armadura completa, pero sin embargo armados y vestidos lo mejor que pudimos; en el momento en que nuestras chalupas tocaron la playa, se dispararon seis tiros de bombarda en señal de paz. Saltamos a tierra, donde los dos reyes, que habían salido a nuestro encuentro, abrazaron al comandante colocándole entre ellos dos. De esta manera fuimos marchando en orden, hasta el sitio en que debía decirse la misa, que no estaba muy distante de la playa.
Antes que comenzase la misa, el comandante aspergió a los dos reyes con agua almizclada. En el momento de la oblación, fueron, como nosotros, a besar la cruz, pero no hicieron el ofrecimiento, y en el momento de alzar, adoraron la eucaristía con las manos juntas, imitando siempre lo que hacíamos. En este instante, las naves, habiendo visto la señal, hicieron una descarga general de artillería. Después de la misa, algunos de nosotros comulgaron, y en seguida el comandante hizo ejecutar una danza con espadas, lo que produjo mucho placer a los soberanos.
Después de esto, mandó traer una gran cruz adornada de clavos y de la corona de espinas, delante de la cual nos prosternamos, cosa en que también nos imitaron los isleños.
Entonces el comandante, por medio del intérprete, dijo a los reyes que esta cruz era el estandarte que le había sido confiado por el emperador para plantarla adonde quiera que abordase, y que, por lo tanto, quería levantarla en esta isla, a la cual este signo sería, por lo demás, favorable, porque todas las naves europeas que en adelante viniesen a visitarla, conocerían, al verla, que allí habíamos sido recibidos como amigos y no harían ninguna violencia ni a sus personas ni a sus propiedades; y que, aun en el caso que alguno de ellos fuese apresado, no tenía más que mostrar la cruz para que se le devolviese en el acto su libertad. Agregó que era conveniente colocar esta cruz en la cumbre más elevada de los alrededores, a fin de que todos pudieran verla, y que todas las mañanas era necesario adorarla; añadiendo que si seguían este consejo, ni el rayo ni la tempestad les causarían en adelante daño alguno. Los reyes, que no dudaban en manera alguna de todo lo que el comandante acababa de decirles, le dieron las gracias, asegurándole, por medio del intérprete, que se hallaban perfectamente satisfechos y que ejecutarían de buen grado todo lo que acababa de encargarles.
Les hizo preguntar cuál era su religión, si eran moros o gentiles: a lo que contestaron que no adoraban ningún objeto terrestre; pero levantando las manos juntas y los ojos al cielo, dieron a entender que adoraban a un Ser Supremo, que llamaban Abba, lo que causó gran contento en nuestro comandante. Entonces el raja Colambu, levantando las manos al cielo, le significó que había deseado mucho darle algunas pruebas de su amistad; y habiéndole preguntado el intérprete por qué tenía tan pocos víveres, le respondió que a causa de que no residía en esta isla, donde sólo venía a cazar o a celebrar entrevistas con su hermano, y que su residencia ordinaria era en otra isla, donde vivía también su familia. El comandante expresó al rey que, si tenía enemigos, se uniría gustoso a él con sus naves y sus guerreros para combatirlos: a lo que contestó dándole las gracias y diciendo que se hallaba en realidad en guerra con los habitantes de dos islas, pero que no era entonces la ocasión oportuna para atacarlos. Se acordó ir después de mediodía a plantar la cruz a la cumbre de una montaña, concluyendo la fiesta con las descargas de nuestros mosqueteros que se habían formado en batallón: después de lo cual el rey y el comandante se abrazaron, regresando nosotros a bordo.
Después de comer, bajamos todos a tierra, sin armas, y acompañados de los dos reyes, subimos a la cumbre de la montaña más elevada de los alrededores y en ella plantamos la cruz, expresando el comandante durante el trayecto las ventajas que de este acto debían resultar a los isleños. Adoramos todos a la cruz y los reyes hicieron otro tanto. Al descender, atravesamos por campos cultivados, dirigiéndonos al sitio en que estaba el balangay, y donde los reyes hicieron llevar refrescos.
El comandante había ya preguntado cuál era el puerto más a propósito que había en los alrededores para abastecer las naves y expender las mercaderías: a lo que se le contestó que había tres, Ceilán, Zubu y Calagán: pero que el de Zubu era el mejor, y como estaba decidido a llegar a él, le ofrecieron pilotos que le condujesen. Habiendo terminado la ceremonia de la adoración de la cruz, el comandante fijó el día siguiente para nuestra partida, ofreciendo a los reyes dejarles un rehén que respondiese por los pilotos hasta que los hubiese despachado, lo cual aprobaron.
Por la mañana, cuando estábamos a punto de levantar el ancla, el rey Colambu nos hizo decir que vendría gustoso a servimos de piloto, pero que se veía obligado a demorarse todavía por algunos días para hacer la cosecha del arroz y de otros productos de la tierra, rogando, a la vez, al comandante que se sirviese enviarle algunos hombres de la tripulación a fin de ayudarle para concluir más pronto el trabajo. El comandante le envió, efectivamente, algunos, pero los reyes habían comido y bebido tanto el día anterior, que, ya sea porque su salud se hubiese alterado, ya sea por causa de embriaguez, no pudieron dar orden alguna, encontrándose, en consecuencia, los nuestros sin tener nada que hacer. Durante los dos días siguientes se trabajó mucho y la tarea se acabó.
Pasamos en esta isla siete días, durante los cuales tuvimos ocasión de estudiar sus usos y costumbres. Sus habitantes se pintan el cuerpo y andan desnudos, cubriendo solamente sus órganos genitales con un pedazo de género. Las mujeres usan un jubón de corteza dé árbol, que les desciende de la cintura para abajo. Sus cabellos son negros y les llegan a veces hasta los pies; las orejas las tienen agujereadas y adornadas con anillos y pendientes de oro.
Son grandes bebedores, y pasan mascando una fruta llamada areca (Areca cathecu, Linneo) que se asemeja a una pera, y que cortan en trozos, que envuelven, mezclados con un poco de cal, en hojas que se parecen a las del moral, del mismo árbol, llamado betel. Después de bien mascadas, las escupen, quedándoles la boca teñida de rojo. No hay ninguno de estos isleños que no masque el fruto del betel, el cual, según se pretende, les refresca el corazón, y aun se asegura que morirían si se privasen de él. Los animales que hay en esta isla son perros, gatos, cochinos, cabras y gallinas, y como vegetales comestibles el arroz, el mijo, panizo, maíz, cocos, naranjas, limones, plátanos y jengibre. Hay también cera.
El oro existe en abundancia, según se verá por dos hechos de que he sido testigo. Un hombre nos trajo una espuerta con arroz e higos, solicitando en cambio un cuchillo, y cuando el comandante, en lugar de éste, le ofreció algunas monedas, y entre otras una doble pistola de oro, la rehusó prefiriendo el cuchillo. Otro quiso cambiar un grueso lingote de oro macizo por seis hilos con cuentas de vidrio, cambio que el comandante prohibió expresamente aceptar, temiendo que esto no diera a entender a los isleños que apreciábamos más el oro que el vidrio y nuestras demás mercaderías.
La isla de Massana se halla hacia el 9° 40′ de latitud norte y a 162° de longitud occidental de la línea de demarcación: dista veinticinco leguas de la isla de Humunu. De ahí partimos dirigiéndonos al sudeste, pasando en medio de cinco islas llamadas Ceilán, Bohol, Canigán, Baybay y Gatigán, en la última de las cuales vimos murciélagos tan grandes como águilas: uno que matamos lo comimos, habiéndole encontrado sabor de gallina. Existen también palomas, tórtolas, loros y otros pájaros negros, tan grandes como una gallina, que ponen huevos del tamaño de los de patos y que son excelentes para comer. Se nos aseguró que la hembra pone sus huevos en la arena y que el calor del sol bastaba para incubarlos. De Massana a Gatigán hay veinte leguas.
Partimos de Gatigán dejando el cabo al oeste, y como el rey de Massana, que deseaba ser nuestro piloto, no podía seguimos con su piragua, le esperamos cerca de tres islas llamadas Polo, Ticobón y Pozón. Cuando nos hubo alcanzado, lo hicimos pasar a bordo de nuestra nave con algunos de su séquito, lo que le agradó mucho, dirigiéndonos a la isla de Zubu. De Gatigán a Zubu hay quince leguas…
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La Taprobana de los antiguos no es Sumatra, como dice Pigafetta, sino la isla de Ceilán.
Calagán se refiere a Mindanao

 

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