Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. Final.

Frans Hals-657272
Pues, ¿quién ha tenido en aquella ciudad capitanes entretenidos, como los tuvo el Conde, a treinta escudos cada mes a cada uno?; y éramos cuatro y yo era el uno, pagándonos de su bolsa con puntualidad. Y todo esto lo gobernaba Gaspar de Rosales, tesorero de Su Excelencia, que jamás dejó que nadie se quejase de Su Excelencia en aquella corte, al cual hizo Su Excelencia Secretario de Estado y Guerra de Nápoles cuando pasó a ser Virrey, oficio en el buen secretario bien merecido, por su vigilancia y limpieza de manos; y es cierto que muchas veces un señor acierta por tener un buen criado, y al revés por tenerle malo.
Pues en Nápoles, ¿qué Virrey ha habido que busque los hombres que tienen méritos, los cuales estaban arrinconados en algunos castillos, de desesperados? Y Su Excelencia los ha sacado y premiado, que yo conozco muchos, con que toda la nación se ha animado viéndose premiar. ¿Quién ha enviado en quince meses a Milán, como el Conde, dos tercios de italianos de a tres mil hombres y setecientos mil ducados, y a España seis mil infantes y mil caballos en veinticuatro galeones? La infantería a cargo del Marqués de Campo Lataro y la caballería al del Príncipe de La Rochela, y juntamente veinticuatro sillas, bridas bordadas con sus caballos escogidos, y otros tantos pares de pistolas que no tenían precio, y para encima de cada caballo una cubierta de brocado que llegaba a las corvas de los caballos: esto iba de presente para Su Majestad y señor Infante Carlos, que esté en gloria, y señor Infante Cardenal. Pues si tratase de miseñora la Condesa, la afabilidad que ha tenido con todas aquellas señoras tituladas del reino, repartiendo los días de la semana en los hospitales y a los de las mujeres ir a servirlas con sus manos, llevando de Palacio toda lacomida que se había de gastar aquel día, y de esto soy buen testigo; pues un convento de mujeres españolas arrepentidas que ha fundado y otros a que cada día ayuda con sus limosnas, favoreciendo y honrando a todos los que quieren valerse de su intercesión.
En suma, señor lector, no le parezca pasión lo que he dicho, porque he quedado muy corto; y juro a Dios y a esta † que cuando escribo esto, que son 4 de febrero 1633, me hallo en Palermo y en desgracia del Conde mi señor, que adelante lo verán el cómo y por qué. Pero, con todo, estimo ser su criado, aunque en desgracia, más que criado de otro en gracia, porque jamás seré ingrato a las mercedes recibidas en su casa y pan comido.
Volviendo a mi discurso, digo, señor, que se acabó nuestras escaramuzas, que fue a 20 de junio de 1632. Fuímonos a casa cansados y sudados y, a otro día, mandó el Conde se repartiese toda la caballería por las marinas para defenderlas por haber venido nueva de la armada turquesca. A mí me tocó ir con quinientos caballos, cabo tropa de ellos, al principado de Citra, donde estuve hasta fin de agosto en Campaña de Bol y Achierno. En este lugar era por caniculares, y hacía tanto frío que era menester echar dos mantas en la cama, y así, de día, ejercitábamos los caballos, escaramuzando unos con otros, y a veces corríamos una sortija.
Había un caballo grande en la compañía, de cuatro años, y era tan pernicioso que había casi estropeado cuatro soldados, y a uno del todo; y para herrarle era menester atarle de pies y manos, y era tan feroz que echado en el suelo quebraba todas las cuerdas, aunque fueran gordas. Yo mandé lo llevasen al convento del señor San Francisco, y que lo daba de limosna. Lleváronlo en pelo y el guardián dijo que, ya que le hacía la limosna, le hiciese un contrato para poderlo vender. Este caballo estuvo aquella noche tan feroz, que no se atrevían a llevarlo a beber; y a otro día hice el contrato y me dijo el guardián: «Señor, yo temo que este caballo ha de matar algún fraile». Fuese con su contrato al convento y a otro día me dijo: «Señor capitán, el caballo se está quedo y parece se ha quitado algo». En suma, en seis días se puso tan doméstico que no había borrico como él, y le echaron con una yegua que tenía el convento y andaba con ella como si no fuera caballo, que todo el lugar se maravilló.
Yo tenía un caballo, entre otros, que llamaba Colona y, como íbamos a correr y escaramuzar cada día a la alameda de San Francisco, este día me puse sobre este caballo, que era manso y yo había escaramuzado y corrido lanzas muchas veces en él; y poniéndole en la carrera, jamás quiso partir.
Yo me enojé y le di de las espuelas, y salió y a cuatro pasos se paró; tornele al puesto e hice lo mismo: el caballo no quiso correr sino muy poco y a través.
Rogáronme me apease y que no corriera; un soldado me dijo: «Démelo vuesa merced, que yo le haré correr y no le quedará ese vicio». Yo me apeé y el soldado subió en él, y no hubo bien subido cuando el caballo disparó a correr y, hasta que se estrelló en una pared, él y el soldado, no paró, y cayeron entrambos muertos, de que me quedé espantado. O fue la limosna que di del caballo, o de un altar que hice se fabricase para decir misas por las ánimas de Purgatorio y un breve que les hice venir de Roma para un altar privilegiado: la causa Dios la sabe, a quien doy gracias por tal beneficio, con los muchos que me hace cada día.
Entré en Nápoles con mi compañía, y alojáronme en el Puente de la Magdalena, de donde salía cada noche con veinte caballos a batir la marina de la Torre del Griego, y las demás compañías hacían lo mismo por la otra parte de Puzol.
Yo tenía muy buenos caballos, y las compañías de mi tropa no eran buenas; y así, por rehacerlas, mandó el Conde se reformase mi compañía, lo cual se hizo, y Su Excelencia me hizo merced del gobierno de Pescara, que es de lo mejor de aquel reino. Besele la mano al Conde por la merced y estúveme así más de un mes, sin pedir los despachos. Y una mañana me envió a decir el Conde mi señor, con el secretario Rosales, que gustaría que aprestase dos galeoncetes y un patache que estaban en el puerto, y que fuese a Levante con ellos a piratear un poco.
A esta sazón yo me hallaba con un hermano que había servido a Su Majestad veinte años en Italia y Armada Real, de soldado, sargento y alférez, y gobernador de una compañía tres años, con patente de general y con ocho escudos de ventaja particulares del Rey; y al presente se hallaba reformado de teniente de caballos corazas. Díjele al secretario «Señor, yo haré lo que me manda el Conde, pero mire vuesa merced que tengo a mi hermano y que, por lo menos, quede en Pescara por mi teniente». Díjome que no podía ser, que había de ser capitán el que había de ocupar aquello. Pedí le hiciesen capitán del patache y aun se lo supliqué yo a boca al Conde: no lo quiso hacer. Dije que le diesen una compañía de los ramos y gente suelta que se había de embarcar conmigo: dijéronme que sí. Yo en este ínter trabajaba en aprestar los bajeles, y decía al secretario: «Vuesa merced no se burle conmigo. Dígale al Conde acabe de ajustar esto, porque juro a Dios que si no lo hace que no me he de embarcar ni hacer el viaje». En esto anduvimos, hasta que una noche, en su escritorio, me
desengañó diciendo que no le habían de dar nada, y que nos habíamos de embarcar entrambos.
Con esto me vine a mi casa y, considerando que yo no tenía plaza en aquel reino, ni sueldo de Su Majestad, ni mi hermano tampoco, y así, viendo que mi hermano decía: «Señor, yo he servido como todo el mundo sabe; y vuesa merced ha hecho por muchos; y yo no tengo acrecentamiento; el mundo pensará tengo algún aj». Y como veía que tenía razón, me obligó a coger mi poca ropa y meterla en el convento de la Santísima Trinidad, y de allí escribí un papel al secretario del tenor siguiente: «No se espante vuesa merced que yo haya sido prolijo en que se acomodase a mi hermano, pues habiendo yo de ir este viaje, él había de quedar, si yo faltara, con las obligaciones de este sobrinillo y sobrina huérfanos, que no tienen otro padre sino yo. Y pues vuesa merced me desahució anoche que no se le había de dar nada, yo me he resuelto a no querer servir tampoco, ni hacer este viaje, y así se lo podrá vuesa merced decir al Conde mi señor, que yo me he retirado aquí, para ver dónde me resuelvo a ir a buscar mi vida, y porque Su Excelencia no me meta en algún castillo con alguna cólera. Si gustare el Conde de que yo le sirva y haga este viaje, dele una compañía a mi hermano, pues la merece y me la ha prometido, que yo saldré al punto y haré lo que verá en este viaje».
El secretario se espantó de ver semejante resolución y me escribió un papel, como amigo, a que saliese. No lo quise hacer sino con lo referido.
Pedile licencia al Conde para mí y para mi hermano y sobrino. Enviome a decir que yo no tenía necesidad de licencia, pues no era su súbdito, por Caballero de Malta, por no tener sueldo ni ocupación en aquel reino, que con una fe de la sanidad me bastaba. Yo le envié a decir que yo no era de los hombres que se iban sin licencia donde habían tenido ocupación, que si Su Excelencia no me la daba, me estaría allí en el convento hasta que me muriera o promovieran a Su Excelencia a mayores cargos. Y así Su Excelencia me hizo merced de concederme licencia muy honrada para Malta, y a mi hermano para España, y a mi sobrino para Sicilia; y todas tres me las envió al convento firmadas de su puño.
Luego, estando los navíos de partencia, me enviaron un papel de Palacio firmado del secretario, pero de otro mayor era, en que me mandaban hiciese una relación e instrucción para el modo como se habían de gobernar los bajeles. Hícela delante el que me trajo el papel, que era bien larga, y a la postre decía: «Señor, yo no soy ángel y podía errar, y así se podrá comunicar ese papel con los pilotos, y si mi parecer fuere bueno se usará de él y si no, no; que ése era el viaje que yo pensaba hacer, a no ser desdicha tener hermanos».
Luego traté de poner mi viaje en orden, aunque todo el mundo me decía que me guardase, y aun ministros y amigos de Palacio. Yo procuré tomar su consejo, aunque me resolví una noche de ir a ver al Secretario Rosales a palacio, y lo hice y estuve con él hablando largo; y diciéndome que no lo había acertado, quedamos en que otra noche nos habíamos de ver, y no me pareció hacerlo, sino en una faluca, que me costó muy buen dinero, embarqué a mi hermano y sobrino, a deshora, con la poca ropilla que tenía, y salimos de Nápoles a los 20 de enero a medianoche.
Olvidábaseme decir que con mi retirada en aquel convento todo el mundo pensó me había hecho fraile (como si yo no lo fuera) y aun se puso en la Gaceta, y de Malta me escribieron avisaban cómo era capuchino, y no había que espantar lo dijesen en tierras distantes, pues en dos meses que estuve en aquel convento, hubo hombre en el propio Nápoles que juró me había visto decir misa, y él no debía de saber que yo no sé latín, ni aún lo entiendo. Yo me pasé allí estos dos meses, haciendo penitencia con un capón a la mañana, y otro a la noche y otros adherentes, y con muy buenos vinos añejos, y oía cuatro misas y vísperas cada día.
La noche que salí de Nápoles no fue muy buena por el cuidado que traía, pero amanecimos en Bietre, sesenta millas de Nápoles. Pasamos el Golfo de Salerno y fuimos a Palanudo, donde no nos dejaron tomar tierra por amor de la sanidad. De allí fuimos a Paula y estuve allí dos días; visité donde nació el bienaventurado San Francisco de Paula. De allí pasé a Castillón donde topé una faluca que venía la vuelta de Nápoles; traía una brava dama española, conocida, con la cual cené aquella noche y rogome que durmiese en su aposento porque tenía miedo. No quise ser desagradecido y así me acosté en el aposento en otra cama. Yo me levanté a orinar y como estaba oscuro, por irme a mi cama topé con la de la dama y metime dentro y ella parecía que dormía, pero estaba despierta. Yo comencé a hincar y ella siempre dormía y acabado despertó y dijo: «¿Qué ha hecho vuesa merced?» Yo dije: «Tóquese vuesa merced y lo verá» y comenzó a decir: «¡Jesús, y qué mal hombre!» Yo la dije: «Yo lo creo, que más mozo le querría vuesa merced con que velar de aquí a la mañana», pero, aunque viejo, se dio una cuchillada sobre otra, que lo merecía a fe.
Amaneció y varamos nuestras falucas y cada una tomó la derrota que le convenía. Y aquella noche llegué a Tropía y no hice noche por llegar a Mesina víspera de Navidad, la cual hicimos en una posada que había harta carne, pero como era víspera de Navidad, todo el mundo se estuvo quedo, y más yo que venía harto de espiga. Oímos misa día de Pascua, o misas, y salimos de Mesina, pero no pudimos pasar de la torre del faro donde dormimos.
A otro día varamos y fuimos proejando hasta Melazo y estuvimos aquella noche y un día por ser malo el tiempo. Presentome el capitán de armas unas gallinas y vino y un cabrito, con que se acrecentó la despensa, y hubo sopa doble en la posada, que nunca en estas casas faltan diablos o diablas.
Partimos de Melazo y sin tomar tierra nos lle[g]amos hasta Términes, donde hay buena posada. Dormimos aquí y partímonos para Palermo, que llegamos a mediodía, donde hallé infinitos amigos y traté de poner casa, y antes de hacerlo hablé al señor duque de Alcalá que gobierna este reino. Díjele mi venida, aunque Su Excelencia lo sabía todo, y supliquele mandase se me aclarasen los treinta escudos de entretenimiento que yo tenía en este reino de Su Majestad: mandó luego se me aclarasen. Mi hermano dio un memorial suplicando a Su Excelencia, en consideración de sus servicios, le hiciese merced de que se le diese una patente de capitán para ir a levantar una compañía, por haber pocas en ese reino, y para ello yo le daba quinientos ducados, que es lo que da Su Majestad para estas levas, y yo quería ahorrar al Rey esto. Salió que informasen los oficios y el informe fue meterle en una tartana que estaba en este puerto, catalana, cargada de bizcocho para las galeras de este reino e iba a Génova. Dile doscientos escudos en oro y vestidos, y paguele el flete y matalotaje y echele mi bendición, diciendo «Hijo, vete a Flandes y allí serás capitán. Tú llevas servicios, galas, dineros, licencia… ¡Dios te guíe!» Con lo cual se fue con Dios y yo me he quedado hasta hoy 4 de febrero, que escribo esto, 1633. Si Dios me diere vida y se ofreciere más, lo añadiré aquí. Fin.
***
Ídose mi hermano este año de 33 en dicha tartana, me quedé en Palermo y me envió a llamar el señor duque de Alcalá, que era Virrey de Sicilia. Subí a verle y preguntome que qué había tenido con el Conde [de] Monterrey. Díjele que nada y yo traía licencia para Malta. Apretome con razones: yo nunca le dije nada de lo que había sucedido en Nápoles. Despedime de Su Excelencia y bajeme al cuerpo de guardia y comenzáronme los capitanes a examinar de nuevo qué era lo que había tenido con el Conde en Nápoles. Yo les dije que dejasen al Conde, que era señor de todos los grandes, siendo chico. No faltó quien se lo fuese a decir al duque de Alcalá que, enojado, envió a su secretario me enviase a llamar y, venido, me dijo sin réplica ninguna: «Vuesa merced pague a don Jerónimo de Castro doscientos escudos que le debe». Y estaba allí el dicho don Jerónimo de Castro y yo le respondí al secretario: «Señor, es verdad que me dio doscientos escudos para que le sacase en Roma un breve facultativo para el Maestre de Malta, el cual breve no quiso pasar el dicho Maestre» y que yo había cumplido con lo que me tocaba. Respondiome el dicho secretario «Vuesa merced no tiene que alegar, sino pagarlos luego o le llevarán preso». Respondi a esa resolución: «Envíe vuesa merced conmigo quien los traiga». Enviome con guardia y trájelos en un saquillo y díjele: «Tome vuesa merced, déselos al Duque para que haga de ellos lo que quiera, porque no debo nada a don Jerónimo de Castro». Con esto me fui a mi posada, considerando lo que hace el mundo.
De allá dos días envió un ayudante de sargento mayor, el cual me dijo que mandaba Su Excelencia aclararse el entretenimiento que tenía allí. Yo respondí que yo allí no tenía sueldo, que tenía licencia para irme a Malta del conde [de] Monterrey con lo cual fue fuerza valerme del Recibidor de la Orden para que hablase al Virrey. Hízolo, con que me dejó, y dentro de veinte días me vinieron las bulas de Malta, de la encomienda que me había tocado de San Juan de Puente de Orbi. Estúveme allí dos meses. En ese tiempo vinieron dos galeras de Génova que trajeron un obispo. Yo le dije al capitán de una de ellas que si me quería llevar a Nápoles con condición de no decir que me llevaba al Conde. Ofreciolo y lo primero que hizo fue decírselo. Ya el Conde lo sabía todo, lo que había pasado en Sicilia, de los coronistas. Llamó a su secretario, Gaspar de Rosales, y díjole que me enviase a llamar y procurase rendirme y que me quedase en Nápoles. El Secretario me envió un papel a la galera, corto y breve, en que me decía: «El Conde ha sabido primero que yo que vuesa merced viene ahí; véngase a comer conmigo que tenemos que darnos dos toques».
Yo, visto que era ya forzoso, salí de galera y vine a Palacio, donde me vi con el Secretario; y mostré mis bulas, que se quedó espantado y se subió arriba a mostrárselas al Conde, el cual dijo: «Desenojadero tiene Contreras; catequizadle, por vida vuestra, de manera que se quede aquí». Bajó y comimos, y hubo grandes sermones, y no hubo remedio de quedarme. Las dos galeras pasaban a Gaeta, donde estaban otras aguardándolas para ir a Génova. Diome el Secretario un pliego del Conde para que diese en mano propia a la marquesa de Charela; hícelo. Y habiendo tirado el tiro de leva, me envió el Gobernador de Gaeta el bergantín armado para que fuese a Nápoles; que toda mi ropa estaba debajo de todo, que no se podía sacar e iba zarpando ya, que es lo que me valió. Hicimos nuestro viaje a Génova con bien, donde llegados, a dos días, llegó el Infante Cardenal que esté en gloria. Hizo su entrada galantemente; de allí se fue a Milán y yo a la vuelta de España, en las galeras que vino el Infante Cardenal. Llegué a Barcelona en breve tiempo, y de allí a Madrid, donde me alojé en casa del secretario Juan Ruiz de Contreras, padre de don Fernando, el que hoy está en la altura. Regalome mucho en su casa y comencé a tratar de pretensiones. Lo primero fue ir a tomar posesión de la encomienda. Volvime a Madrid y topé con mi hermano, que estaba pretendiendo, pidiendo le diesen su sueldo, donde había sido reformado por el oficio de Flandes y, habiéndose visto en el Consejo, se le dieron veinte escudos de entretenimiento y carta para que se le diese compañía por el oficio del secretario Rojas, el cual despachó un billete al secretario Pedro de Arce dándole cuenta de aquella merced, el cual recurrió y lo detuvo muchos días, haciendo conscientes a los consejeros de Estado que yo había sido capitán de caballos de tramoya, y que él no había de hacer aquel despacho. Esto lo supe al cabo de algunos días. Como no se despachaba el despacho de mi hermano, fuime al marqués de Santa Cruz, del Consejo de Estado, y apretele sobre la materia, con que me dijo: «¿Cómo quiere que le den a su hermano el despacho, si Pedro de Arce dice que vuesa merced fue capitán de caballos de tramoya?» Con lo cual volví las espaldas sin decirle nada al Marqués y fuime a mi casa, y, sin comer bocado, saqué la patente de capitán de caballos corazas y otra de cabo tropa de quinientos y mi reformación y licencia, y apreté los pies y volví a casa del marqués de Santa Cruz.
Hiciéronme entrar y díjele: «Suplico Vuesa Excelencia me oiga: más ha de veinte años que en el postigo de San Martín me llamó una dama, anochecido; subí arriba y estuvimos parlando un rato, a lo que llamaron a la puerta. La señora dama dijo que me escondiese, que luego se iría Pedro de Arce, que era el que venía. Dije que no me había de esconder por ningún caso, que le abriesen. Afligida, la señora mandó que le abriesen. Subió el señor Pedro de Arce con su estoque y su broquel, verde como una lechuga; entonces era oficial de la Guerra. Así como me vio, me preguntó: ‘¿Qué hace aquí?’. Yo le respondí: ‘Esta señora me estaba preguntando por una amiga suya’, y sin acabar la razón enderezó su broquel. Yo estaba sobre la mía y fui presto, que le di en él una estocada que broquel, él y estoque rodaron por la escalera, dando voces que era muerto, sin estar herido. Bajé con la bulla yo también y fuime con Dios. Y a él le llevaron a su casa medio muerto de la caída, con que siempre ha tenido conmigo ojeriza todo este tiempo. Ahora vea Vuesa Excelencia esta patente, licencia y reformación con que echará de ver que lo que he contado es verdad, y que fui capitán de corazas siete meses y tres días».
Fin.
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Sobrecubierta edición de 1943

Sobrecubierta Edición de 1943

Alonso de Guillén (Madrid, 6 de enero de 1582 – 1641), más conocido como Alonso de Contreras, militar, corsario y escritor español, autor de unas memorias (Vida de este Capitán) que escribió quizá a instancias de su amigo Félix Lope de Vega. Se trata de una de las pocas autobiografías de soldados españoles que militaron en el ejército de los Austrias, y constituye su ejemplo más destacado junto a la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo.
Su autobiografía lleva por título literal Vida, nacimiento, padres y crianza del capitán Alonso de Contreras, natural de Madrid Cauallero del Orden de San Juan, Comendador de vna de sus en comiendas en Castilla, escrita por él mismo, y por subtítulo, Discurso de mi vida desde que salí a servir al rey, de edad de catorce años, que fue el año de 1597, hasta el fin del año de 1630, por primero de octubre, que comencé esta relación. El manuscrito original se encuentra hoy en la Biblioteca Nacional de Madrid.
El manuscrito fue descubierto en 1900 por Manuel Serrano y Sanz, quien hizo una primera edición que contenía supresiones y errores. Después se han hecho varias ediciones con prólogos y comentarios de diversos autores. La obra fue editada en 1943, con un ensayo preliminar de José Ortega y Gasset, y más recientemente por el hispanista Henry Ettinghausen.
El estilo de su escrito, como afirma el propio autor, va seco y sin llover y, sin embargo, es este el principal aliciente de su narración, que es muy ágil, movida e interesante por cualquier concepto, desde el sociológico al histórico y psicológico.

 

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