Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. Cap. XV 3ª parte

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A otro día tuve noticia que andaba un caballero haciendo mil bellaquerías en campaña y en conventos de monjas, hincando la que más bien le parecía. Yo, como me había resuelto ya de ir a campaña contra el Préside, ¡pardiez!, que me encaminé la vuelta de un lugarejo donde él dormía y le parecía que estaba como el Rey en Madrid, y le di una alborada hallándole en la cama, aunque se arrojó por una ventana a un huerto; pero hubo otros tan buenos saltadores que le pescaron. Atáronle y traje a la ciudad del Águila, que se quedaron espantados de que hubiese quien se atreviera a prenderle. Metilo en el castillo e hícele la causa, y hecha, le di dos días de término en los cuales se trató de hacer un tablado en medio la plaza y hacer los cuchillos para el sacrificio. La gente se burlaba de ver el tablado y de oír que era para cortarle la cabeza, pero más se admiraron cuando le vieron al quinto día, a las tres de la tarde, sin cabeza, que se la cortó un mal verdugo al cual le di un vestido mío y diez escudos. El pobre no era práctico, pero fue como los médicos que se enseñan en los hospitales a costa de inocentes, aunque este caballero no era sino grandísimo bellaco. Llamábase Jacomo Ribera, que cualquier brucés le conocerá aunque sea por el nombre, natural de la ciudad del Águila.
Estuve en esta ciudad por la Pascua de Resurrección, y los jurados o regidores estaban conmigo mal, porque no les dejaba vivir como querían. Y parecioles que el día de Pascua tenían alguna excusa el no acompañarme a la iglesia y con esto me hacían algún pesar. Yo les había dicho el jueves Santo se comulgasen como lo hacía yo, y ellos, como tenían la malicia, no quisieron comulgar. Llegó el día de Pascua, donde el Obispo decía la misa de pontifical; yo aguardé hasta que salió la misa y fui. Púseme en mi silla solo con mi asesor, aunque éste nunca quiso firmar ninguna sentencia de las contadas, pero no me espantó, que era de la tierra y se había de quedar en ella. Advierto que en esta ciudad el magistrado o regidores, que son cinco, cada uno tiene dos criados, que se los paga la ciudad, vestidos de colorado, y ninguno de estos regidores o jurados no saldrá de casa sin estos dos criados, ni irá a otra parte, aunque importe la vida.
Yo, como me vi solo a la misa pontifical y conocí la malicia de estos bergantes, llamé al sargento desde mi silla y díjele: «Vaya y préndame todos los criados del magistrado y en casa de cada uno de los magistrados meta seis soldados con orden que coman cuanto hallaren en casa y en la cocina, teniendo mucho respeto a las mujeres, y que no se salgan hasta que yo lo mande». Ejecutose al punto y más, que había soldado que, con ser día de Pascua, no se había hecho lumbre en su casa. Los jurados tuvieron nueva del caso y, como no tenían los de las capas coloradas, no podían venir a volver por sí; enviaban gentileshombres y recados. Yo decía vinieran ellos. Y como no podían venir, estuviéronse cada uno donde les cogió el sargento los criados.
Pidiome el Obispo sacase los soldados de las casas o que soltase los criados para que fuesen los jurados a sus casas. Concedí que saliesen los soldados de las casas con  que les diesen a cada uno tres tostones, que son nueve reales; diéronselos al punto, y dieran trescientos ducados por no los ver en casa: tanto nos quieren. Tuvieron los soldados y sus camaradas, con los nueve reales cada uno y comido, mejores pascuas que los jurados, porque las hicieron en el lugar donde los prendieron los criados, que por no perder la usanza o privilegio, no fueron a sus casas. Hízome instancia el Obispo soltase los de las capas coloradas; yo dije los había prendido a todos porque no se excusasen unos con otros, cuál era el que me había de haber llevado la almohada y puesto en la iglesia, pero que pagase cada uno un ducado para las arrepentidas y los soltasen; y al punto lo pagaron y salieron los jurados de su encantamiento, que ellos por tal tuvieron.
Otras mil cosillas me sucedió con éstos, y era que el pescado y la carne lo ponían a precios subidos, y el pan, porque les daban a cada uno un tanto en especie de pescado y carne y tocino, y el del pan en dinero. Yo supelo y dije que cuando fuesen a poner las posturas me llamasen. Hiciéronlo y así como la ponían, decía yo: «¿Vuesa Señoría no ve que es conciencia ponerlo tan bajo, que merece más, y subiéndolo habrá abundancia?» Ellos veían el cielo abierto y subían más. Después de hecha la postura decía yo a cada uno de ellos: «Señores, yo tengo tanta gente en mi casa y, aunque soy franco por Caballero de Malta y capitán de Infantería, y Capitán a Guerra, y Gobernador, quiero comenzar y pagar a la postura, y así, cada uno de Vuesas Señorías ha de llevar conforme tiene la familia y lo ha de pagar aquí, como yo, y ¡voto a Dios!, que si vosotros les dais una onza de nada, que os he de azotar». Y como ellos veían que no era yo de burlas, hacíanlo. Decían los jurados: «Señor, que en nuestra casa no se come pescado». «Pues yo quiero que lo coman y gocen de la postura, como yo y los pobres». Esto bastó para que la postura bajase la mitad y más en todas las cosas.
Volviendo a nuestro Préside o Virrey de la provincia, había enviado la carta que yo le escribí última al conde de Monterrey y se resolvió el sacarme del Águila a instancia del Préside y de los jurados, pero saconos a él y a mí en un día. A mí me dio una compañía de caballos corazas antes de salir del Águila y a él no le dio nada. Este fin tuvo el gobierno del Águila que tuve tres meses y siete días.
Partí del Águila para Nápoles a tomar posesión de la compañía de caballos. Hallela que estaba alojada en Capua y fue fuerza traerla a Nápoles, adonde me la entregó don Gaspar de Acevedo, general de mil caballos. Este día que me la entregó don Gaspar de Acevedo, delante del escribano de ración don Pedro Cumcubilete, se tasaron los caballos de la compañía, la cual había tenido don Héctor Piñatelo, que le promovieron a Teniente de Maese de Campo General. Dijo un soldado que le había trocado el caballo y otros dijeron lo mismo. Yo dije: «Aquel que trae Vuesa Señoría es de la compañía y los soldados dicen tiene Vuesa Señoría los mejores caballos y dado rocines, y son del Rey». Respondió: «No es verdad, que yo no he tomado caballo ninguno». Mas aunque entre italianos no es palabra ofensiva «no es verdad», no quise estar en opiniones, porque había muchos españoles e italianos delante, con lo cual alcé la mano y le encajé la barba, asiéndole de ella. Él al punto arrojó el bastón y sacó su espada como valiente caballero; pero yo no fui lerdo en sacar mi herruza; donde hubo una pendencia sin sangre, porque era tanta la gente que era imposible el herirnos. Un pobre tudesco de la guarda del Virrey, que estaba allí, lo vino a pagar, que salió con una cuchillada en la cara, como si fuera él el encajador.
Prendionos don Gaspar de Acevedo, como General de la caballería y capitán de la guardia del conde de Monterrey.
Estuvimos presos en casa cada uno, con guardas, tres días hasta que el Conde mi señor mandó, con la relación de los Maestres de Campo y Príncipe de Ascoli, que nos hiciesen amigos en su antecámara. Por el don Héctor salió el Príncipe de la Rochela, y por mí salió el señor don Gaspar de Acevedo, con que de allí adelante cada uno andaba, o yo por mejor decir, ojo avizor, como dicen los lampones. Ya yo era capitán de caballos, con que comenzaron nuevos cuidados, y más con que el Conde mi señor quiso hacer una muestra general de toda la caballería del reino y la nueva levantada, que era más de dos mil y quinientos caballos, y la infantería española e italiana, que era mucha y muy lucida, aunque en esta muestra no se halló infantería del reino, de milicia, sino la levantada, que eran los españoles dos mil y setecientos y los italianos ocho mil, escogida gente. Qué sería menester de galas para este día que yo, con ser pobre, saqué mi librea de dos trompetas y cuatro lacayos, todos de grana, cuajados de pasamanos de plata, tahalíes y espadas doradas y plumas, y encima de los vestidos gabanes de lo mismo; mis caballos, que eran cinco con sus sillas, dos con pasamanos de plata y todos con sus pistolas guarnecidas en los arzones. Saqué unas armas azules, con llamas de plata, calcillas de gamuza cuajadas de pasamano de oro, y mangas y coleto de lo mismo, un monte de plumas azules y verdes y blancas encima de la celada, y una banda roja recamada de oro, cuajada, que, a fe, podía servir de manta en una cama.
Yo entré de esta manera en la plaza con mi alférez y estandarte y ochenta caballos detrás bien armados; los soldados con sus bandas rojas, y mi hermano, que era mi teniente, detrás de la compañía, harto galán. Dejo considerar cómo entrarían los demás capitanes, que eran en cantidad. Pasamos todos por delante Palacio, donde estaban en un balcón el Conde mi señor y los eminentes cardenales Sabeli y Sandoval, y en otro balcón mi señora la condesa de Monterrey y mi señora la marquesa de Monterroso, con sus damas. Todas las compañías, como iban entrando en la plaza de armas, hacían un caracol y abatían los estandartes, y la infantería las banderas, y pasaron al largo del castillo, donde se hizo el escuadrón y nosotros peleamos con él, que cierto era de ver pelear la caballería con la infantería. A este tiempo, ya Sus Excelencias habían pasado con los señores cardenales a Castelnovo, y al pasar se disparó toda la artillería, que era mucho de ver, y hacíase esto tan al vivo que no faltaba más que meter balas, que todas las demás acciones se hicieron. Pero tal Capitán General teníamos para que no lo hiciéramos que, aunque se hubiera criado toda su vida en la guerra, no podía saber mandar más como mandaba y a sus tiempos; y no es adulación, que certifico que, con haber conocido infinitos príncipes, no he visto quién sepa tener tanta grandeza como este señor; y si no, dígalo la embajada de Roma extraordinaria del año de 1628, con la grandeza que allí estuvo, los muchos huéspedes que yo conocí en su casa alojados, los señores cardenales Sandoval, Espínola y Albornoz, un hermano del conde de Elda, y otro del de Tabara, y la del mismo Conde y mi señora la Condesa. Y todos comían en sus cuartos aparte y a un tiempo y no se embarazaban los oficios, ni reposteros, ni botilleres, ni cocineros, ni la plata, porque cada uno tenía lo que había menester, además que cada uno tenía un camarero y un mozo de cámara; y para todos había carrozas a un tiempo, sin pedir a nadie nada prestado. Yo vi colgadas treinta y dos piezas con sus doseles de verano y otras tantas de invierno.
Fue este señor el que hizo tan señaladas fiestas al nacimiento del Príncipe nuestro Señor, que Dios guarde, por octubre 1629, que hoy los romanos tienen qué decir, y aun los extranjeros que allí se hallaron: tantas comedias, tantas luchas, tantos artificios de fuego, tantas fuentes de vino, tantas limosnas a los hospitales, derramar tres días arreo por las tardes cantidad de dinero, oro y plata, a puñados. Y para más prueba, baste decir que en este tiempo éramos tan mal vistos en Roma que no se puede encarecer, y estas grandezas les obligaba a que fueran por dentro de Roma apellidando «¡Viva España!», que no hay más que decir.
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