Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. Cap. Xv y Último. 1ª parte.

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Donde [cuenta] que levanté otra compañía de infantería en Madrid, en Antón Martín,
y otros sucesos 
A mía se enarboló en Antón Martín, y en veintisiete días levanté trescientos y doce soldados, que salí con ellos a los ojos de toda la Corte, en orden, y yo delante: que este consuelo tuvo mi buena madre de muchos pesares que ha tenido en este mundo de mis trabajos.
Al segundo día que salí de la Corte hubo en ella nueva que me habían muerto en Getafe, cosa que se sintió en Madrid como si yo fuera un gran señor, y de esto pongo por testigo a quien entonces se halló allí. Dicen que en el juego de la pelota lo dijo el marqués de Barcarrota, que no tuvo otro origen. Para lo cual despachó el señor don Francisco de Contreras, Presidente de Castilla, correos a saber la verdad, para el castigo si acaso hubiera sucedido como lo dijeron. Yo despaché cómo estaba bueno, que se n en la Corte: tanto importa el estar bienquisto. Saqué de esta muerte falsa que me dijeron algunas buenas personas más de quinientas misas en el Buen Suceso; supe fueron más de trescientas las que dieron limosna para decir. Súpelo después del mayordomo del Hospital, estando pretendiendo, que se llamaba don Diego de Córdoba.
Pasé a Cádiz con mi compañía y entré con más de trescientos soldados. Embarcámonos y fuimos al Estrecho, que era nuestro sitio. Iba esta armada a orden de don Juan Fajardo, general de ella. Embarqueme en el galeón almiranta de Nápoles, que en esta escuadra había seis bajeles famosos de que era general Francisco de Ribera, que lucía toda esta armada con sus bajeles y su valor. Eran de los que tenía en Nápoles el señor duque de Osuna, y pluguiera a Dios fuera general de toda esta armada el buen Ribera, que diferentemente hubiera sido servido Su Majestad y nosotros ganado reputación. Toda esta armada tenía veinte y dos galeones gruesos y tres pataches. Salíamos de Gibraltar algunos navíos que señalaban a encontrar algunos de turcos que pasaban por el Estrecho costeando la África, aunque no hay de distancia en este Estrecho de España a Berbería más de tres leguas, en que se hicieron algunas presas.
Al cabo de muchos días, a seis de octubre 1624, encontramos con la armada de Holanda que traía ochenta y dos velas aunque no eran todos de guerra. Fuimos a s sobre Málaga a la mar quince leguas. Lo que sé decir que el galeón capitana de Ribera y el mío, que era su almiranta, llegamos a pelear a las cuatro de la tarde con los enemigos; el galeón de Ribera y la capitana de don Juan Fajardo y la almiranta en que iba yo. Lo que sucedió no se puede decir, más que los enemigos se fueron riendo; que si a la capitana de Ribera no le hubieran dado un cañonazo os aguas (que fue menester dar un borde para poderlo remediar), sabe Dios cómo les hubiera ido a los enemigos. Este cañonazo le dieron, no siendo la bala cristiana ni de los bajeles del enemigo. Pasemos adelante, que anocheció, y aquella noche se fueron a pasar el Estrecho sin que nadie los diera pesadumbre, lo que jamás ellos pensaron y dieran por partido el haber perdido la cuarta parte de sus bajeles, como se dijo después. Volvímonos a Gibraltar y de allí se quedó don Juan Fajardo, y con Ribera fuimos en busca de los galeones de la plata, que la topamos y trajimos a Sanlúcar, además de dos navíos que tomamos de turcos en el camino y una presa que llevaban de azúcar.
Volvimos a invernar a Gibraltar y caí malo. Diome veinte días de licencia para ir a convalecer a Sevilla, y, porque expiró, me proveyó la compañía don Juan Fajardo. Fuime a la Corte, quejeme e hízome merced Su Majestad del gobierno de quinientos infantes que habían de ir a servir en cuatro compañías a las galeras de Génova. Levanté la infantería y, estando para marchar, me dieron orden fuese con ella a Lisboa, para embarcarme en una armada que se había fabricado para resistir a la de Inglaterra, a cargo de Tomás de Larraspur.
Estuvimos aguardando en Cascaez y en Belén más de dos meses, porque se tenía nueva no iba a ninguna parte, sino a Lisboa, llamados de los judíos, y visto la preparación, dieron en Cádiz. Y aunque se supo, vino orden no desamparásemos aquel puesto, donde estuvimos hasta que se supo se había retirado a Inglaterra. El marqués de la Hinojosa, que estaba por General de mar y tierra, comenzó a reformar, donde entré yo con los de mi tropa, que volvimos a Madrid a que se nos diese orden para ir a nuestras galeras. Ya se había enfriado, porque dicen había guerra en Lombardía, y no debió de ser sino que los genoveses son poderosos. Y aunque el duque de Tursis lo ayudaba, por tener sus galeras guarnecidas con españoles, no pudo conseguir que por ahora se pusiese en ejecución, con lo cual nos quedamos pobres pretendientes en la Corte, aunque yo no libré mal, porque Lope de Vega, sin haberle hablado en mi vida, me llevó a su casa diciendo: «Señor capitán, con hombres como vuesa merced se ha de partir la capa», y me tuvo por su camarada más de ocho meses, dándome de comer y cenar, y aun vestido me dio. Dios se lo pague. Y no contento con eso, sino que me dedicó una comedia, en la veinte parte, de «El rey sin reino», a imitación del testimonio que me levantaron con los moriscos.
Gobierno de la Pantanalea
Pareciome vergüenza estar en la Corte, mas no teniendo con qué sustentar, que allí parecen mal los soldados aunque lo tengan, y, así, traté de venirme a Malta, por ver en qué estado estaba lo de mi Hábito y cuándo me había de tocar algo que comer por él. Pedí en el Consejo se me diese algún sueldo para Sicilia, que está cerca de Malta, y diéronme treinta escudos de entretenimiento, cinco más de lo que dan ahora a los capitanes. Con que tomé la derrota a Barcelona y allí me embarqué para Génova y Nápoles y Sicilia. Presenté mi cédula, asentóseme el sueldo y de allí a un mes, que quería ir a Malta con licencia, me hizo merced el duque de Alburquerque, Virrey de aquel reino, del gobierno de la Pantanalea, una isla que está casi en Berbería. Tiene una tierra y un castillo con ciento y veinte soldados españoles. Pasé por Malta a la ida y hallé que no tenía caravana hecha ni residencia para poder encomendar.
Estuve en este gobierno dieciséis meses, teniendo algunos encuentrillos con algunos morillos de los que allí vienen para hacer carne y agua. Y asimismo traté de que una iglesia en que tenemos la cofradía de Nuestra Señora del Rosario, era como una venta cubierta con cañas y paja. Envié por madera a Sicilia y por un pintor y colores. Reedifiqué esta iglesia, cubriéndola con buenas tablas y vigas; hice seis arcos de piedra, una tribuna y una sacristía; pinté toda la iglesia, el techo y capilla mayor con los cuatro evangelistas a los lados, y el altar de Nuestra Señora hice pintar en tablas, que después hice un arco con un Dios Padre encima, y el arco eran los quince misterios, retratado cada misterio. Doté renta perpetua para lo siguiente: que todos los años, por Carnestolendas, el jueves de compadres, se dijese una misa cantada con diácono y subdiácono y túmulo, con sus paños negros y cera, y más doce misas rezadas, y la víspera el oficio de difuntos, con su túmulo y cera, todo esto por las ánimas de Purgatorio. ejé renta para que, en sabiendo que yo sea fallecido, tengan obligación de decirme doscientas misas de alma. Más dejé con qué cada dos años limpien la pintura y iglesia. Más dejé cada mes una misa rezada por mi alma, en lo mejor y más bien parado de toda la isla. Quedó adornada lo mejor que pude. Con que pedí licencia al señor duque de Alburquerque para ir a Roma; concediómela de mala gana por cuatro meses. Vine a Palermo y de allí me embarqué para Nápoles, y de allí vine a Roma.
Hablado al papa Urbano VIII
Traté de que se me diese un breve para suplirme las caravanas y residencia que tenía obligación de hacer en la Religión para encomendar. Y habiéndoselo propuesto a Su Santidad, no lo quiso hacer, con lo cual me resolví de hablarle. Y dándome audiencia, le hice relación de mis servicios y dije que el tesoro de la Iglesia era para hombres como yo, que estaban hartos de servir en defensa de la fe católica. Lo cual, considerando Su Santidad estos trabajos con su cristiandad, no sólo me concedió el breve facultativo, mas me le concedió gracioso y más con otro en que ordena a la Religión que, en consideración de los servicios, me reciban en grado de fraile caballero, gozando de mi ancianidad y poder caber en todas las encomiendas y dignidades que los caballeros de justicia gozan; y más me concedió un altar privilegiado perpetuo para la isla de la Pantanalea, en mi iglesia, con no haber más de tres misas, que son menester ocho para el altar, por siete años;  que quedé contento.
Pero faltaba lo mejor, que era el despachar estas cosas con los ministros monseñores, que les pareció eran muchas gracias y nunca vistas, como es verdad. Y ansina me las coartaban con mil cláusulas, pero todo esto lo allanó el conde de Monterrey, mi señor, y mi señora la Condesa, su mujer, con recados y billetes que escribieron a los ministros, que era imposible, si no fuera por Sus Excelencias, el poderlo conseguir Eran Sus Excelencias al presente embajadores en Roma extraordinario[s]. Y, habiéndome despachado, quise ir a y Palermo, donde tenía mi sueldo, y pidiéndole licencia a Su Excelencia, me ordenó por algunas causas que se ofrecieron no me partiese de Roma. Hícelo y estimolo, mandó que se me diesen mis treinta escudos al mes a su tesorero, que lo ha hecho con mucha puntualidad. Pedí licencia a Su Excelencia después de pasados seis meses para ir a presentar los breves. Diómela por dos meses y que volviese dentro de ellos. Partí de Roma y fui a Nápoles y Sicilia y de allí a Malta, donde presenté los breves con las cartas de Su Excelencia y al punto fueron obedecidos. Con lo cual me armaron caballero con todas las solemnidades que se requiere y dieron una bula, que la estimo más que si hubiera nacido del infante Carlos, en que dicen que por mis notables hechos y hazañas me n caballero, gozando todas las encomiendas, dignidades, que hay en la Religión y gozan todos los caballeros de justicia. Hubo aquel día sopa doble en un gran banquete. Partí de Malta para volver a Roma y vine en poco tiempo, porque en ir y estar, negociar y volver a Roma, fue en treinta y cuatro días, habiendo de camino casi trescientas leguas. Llegué a Roma y besé la mano al Conde mi señor y a mi señora la Condesa. Holgáronse de mi buen despacho y vuelta tan presto.
Ocho días después de llegado a Roma, me mandó el Conde, mi señor, fuese con dos carrozas de campaña suyas, de a seis caballos cada una, a traer los señores cardenales Sandoval y Espínola y Albornoz, que venían de España y habían de desembarcar en Puerto de Palo, veinte millas de Roma; y asimismo me ordenó los convidase de su parte para que viniesen a alojar en su casa, donde les tenían hecho un gran alojamiento.
Llegué a Palo, donde estaban Sus Eminencias en el castillo. Hice mi embajada, estimáronlo mucho, pero respondieron no pensaban entrar en Roma por ser tiempos de mutaciones, sino irse a algunas partes cerca de ella; y ya tomada esta resolución, los supliqué lo mirasen bien, antep niéndoles el servicio del Rey, con lo cual se aventuraron a perder su salud por hacerlo. Y a dos horas antes de noche, mandaron poner las carrozas en orden, que había ya diecisiete de campaña. Metiéronse los señores tres cardenales en la carroza del Conde mi señor, y los camareros suyos en la otra y yo. Comenzaron a picar las unas y las otras porque no les diese el sol, pero dime tan buena maña que entré en Roma al amanecer con solas las dos carrozas del Conde mi señor, sin que pudiese seguir ninguna de las diecisiete, y con ellas los traje a casa muy temprano día de San Pedro, cuando se presenta la hacanea al Papa.
Fueron alojados en casa del Conde mi señor, cada uno en su cuarto, con la ostentación y regalo que se puede creer, con sus camareros y otros criados. Estuvieron allí hasta que tomaron casas, que debió de ser un mes, y allí fueron visitados de todo el Colegio de los Cardenales y regalados del Conde mi señor.
Y yo me volví a mi posada, donde estoy y estaré hasta que Su Excelencia me mande otra cosa, que no deseo sino servirle. Una cosa digo que es milagro: que entraron estos señores en Roma día de San Pedro, cuando las mutaciones están en su punto y, de toda la familia que traían estos señores, que eran más de trescientas personas, no se murió ninguno, y a Sus Eminencias no les ha dolido la cabeza, con lo cual digo que es chanza lo de las mutaciones. Es verdad que yo les dije a todos en Palo que se guardasen del sol y, entrando en Roma, de hincar, que con esto no habría mutación. Esto ha sucedido hasta hoy, que son once de octubre de 1630 años, y si hubiera de escribir menudencias sería cansar a quien lo leyere; además que cierto se me olvidan muchas cosas, porque en once días no se puede recuperar la memoria y hechos y sucesos de treinta y tres años. Ello va seco y sin llover, como Dios lo crio y como a mí se me alcanza, sin retóricas ni discreterías, no más que el hecho de la verdad. Alabado sea Cristo.
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