Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida Cap XV 2ª parte.

Banquet
Luego se siguió que el Conde mi señor resolvió hospedar al señor marqués de Cadereyta, que iba por Embajador ordinario a Alemania, y pasó por Roma por embajador de la Serenísima Reina de Hungría. Y el Conde mi señor me ordenó le fuese a recibir al camino y ofrecerle su casa. Y, porque no traía las cartas de la Reina con las circunstancias que son menester para que el Papa le recibiese como embajador, le hube de llevar a Frascate, gran recreación, donde estuvo regalado hasta que la Reina tornó a escribir.
Con lo cual entró en Roma y vino a posar en casa del Conde mi señor, donde fue regalado y servido. Y después de besado el pie al Papa y recibido sus visitas, y hécholas Su Señoría también, se partió para Ancona, donde halló a la Reina y embarcó para la Corte Cesárea a ejecutar y ejercer su embajada, que la que hizo en Roma fue muy lucida y costosa, digna de tal señor.
Luego, dentro de pocos días, envió el Conde mi señor a pedir una galera a la señora duquesa de Tursis, para que fuese en ella el secretario Juan Pablo Bonete y yo a hacer ciertas diligencias en Madrid. Vino la galera, donde nos embarcamos y llegamos a Barcelona, y de allí se me ordenó corriese la posta, porque importaba. Hícelo, con lo cual tuvo el Conde mi señor su deseo, por haber llegado con brevedad.
Estuve en Madrid más de dos meses, donde me holgué en ver lindas comedias del Fénix de España, Lope de Vega, tan eminente en todo y el que ha enseñado con sus libros a que no haya nadie que no sea poeta de comedias, que este solo había de ser para honra de España y asombro de las demás naciones.
De Madrid me mandaron me partiese para Nápoles, donde era Virrey el Conde mi señor y, en llegando, me mandó tomase una compañía de infantería española. Díjele cómo yo lo había sido ya cuatro veces; porfiome y tomela, con la cual entré de guarda a su persona. Y de allí a dos meses me envió de presidio a la ciudad de Nola. Y estando allí quieto, una mañana, martes 16 de diciembre, amaneció un gran penacho de humo sobre la montaña de Soma, que otros llaman el Vesubio, y entrando el día comenzó a oscurecerse el sol y a tronar y llover ceniza; advierto que Nola está debajo casi del monte, cuatro millas y menos.
La gente comenzó a temer, viendo el día noche y llover ceniza, con lo cual comenzaron a huirse de la tierra. Y aquella noche fue tan horrenda que me parece no puede haber otra semejante el día del juicio, porque, demás de la ceniza, llovía tierra y piedras de fuego como las escorias que sacan los herreros de las fraguas, y tan grandes como una mano, y mayores y menores; y tras todo esto había un temblor de tierra continuo, que esta noche se cayeron treinta y siete casas, y se sentía desgajar los cipreses y naranjos como si los partiesen con un hacha de hierro. Todos gritaban «¡Misericordia!», que era terror oírlo. El miércoles no hubo día casi, que era menester tener luz encendida. Yo salté en campaña con una escuadra de soldados y traje siete cargas de harina y mandé cocer pan, con lo cual se remediaron muchos de los que estaban fuera de la tierra por no estar debajo de techado. Había en este lugar dos conventos de monjas, las cuales no quisieron salir fuera aunque el Vicario les dio licencia para ello antes que se fuera; los cuales conventos se cayeron y no hizo mal a nadie, porque estaban en el cuerpo de la iglesia rogando a Dios.
Los soldados de mi compañía casi se levantaron contra mí en esta forma: hicieron su consejo entre ellos, diciendo que viniesen juntos a forzarme saliese de allí, porque el fuego llegaba cerca. Topelos juntos en una calle, que venían a lo dicho, y yo, como los vi, les dije: «¿Dónde, caballeros?» Respondió uno «Señor…»; y antes que dijese más, dije yo: «Señores, el que se quisiere ir, váyase, que yo no he de salir de aquí hasta que me queme las pantorrillas, que, cuando llegue a ese término, la bandera poco pesa y me la llevaré yo». Con esto no hubo nadie que respondiese.
Pasamos este día, unas veces de noche y otras con poco día. Las lástimas eran tantas que no se pueden decir ni exagerar, porque ver la poca gente que había quedado, desmelenadas las mujeres, y las criaturas sin saber dónde meterse y aguardando la noche natural, y que allí caían dos casas, allí otra se quemaba, se deja considerar; y por cualquiera parte que quisiera salir era imposible, porque se hundía en la ceniza y tierra que cayó el jueves por la mañana. Trabajó el elemento del agua, aunque no cesaba el fuego y llover ceniza y tierra, porque nació un río tan caudaloso de la montaña que sólo el ruido ponía terror; un pedazo de él se encaminaba a la vuelta de Nola, y yo tomé treinta soldados y gente de la tierra, con zapas y palos, e hice una cortadura, de suerte que se encaminó por otra parte y dio en dos lugarejos que se los llevó como hormigas, con todo el ganado y bestias mayores, que no se pudieron salvar, con que consideré: si cuando los soldados venían a que me fuese, me voy, se anega la tierra.
El viernes quiso Dios que lloviese agua del cielo, revuelto con la tierra y ceniza, que hizo una argamasa tan fuerte que era imposible cortarla, aunque fuese con picos ni azadones; con que tuve algún consuelo, por si apretaba el fuego tener por donde salir.
El sábado se cayó casi todo el cuartel donde estaba la compañía, pero no hizo mal a nadie, porque los soldados más querían estar al agua y ceniza en la plaza que en el cuartel y en la iglesia mayor, que era damuzada, aunque se meneaba como enjuagadientes en la boca, de los terrones que había.
Domingo me vino una orden del Conde, pensando estaba todo perdido, porque no podían haber pasado, en que me mandaba saliese y me fuese a Capua; y aunque me pesó cierto por dejar aquellas monjas que, viéndome ir, se habían de desanimar, me fue fuerza el usar de la orden, porque si sucedía algo no me culpasen. Salí con lo que tenía a cuestas, porque aunque quisiera traer un baúl, no había en qué. Llegamos a Capua que era dolor el vernos tan desfigurados, que no parecíamos sino que habíamos sido trabajadores en el Infierno, los más descalzos, medio quemados los vestidos y aun los cuerpos. Allí nos reparamos ocho días e hicimos Pascua de Navidad, aunque el Vesubio siempre vomitaba fuego.
Al cabo de ocho días me envió el Conde una patente para que me alojase en los casales de Capua: hícelo, y en ellos nos acomodamos algo de lo perdido. Y a mí me trajeron de Nola dos baúles de vestidos, que todo lo demás de una casa se perdió y fue dicha el no perderse los baúles también. En estos casales hay una usanza lo más perniciosa para los pobres: y es que los ricos que pueden alojar ordenan de primeras órdenes a un hijo y a éste le hacen donación de toda la hacienda, con que no pueden alojar, y el Arzobispo los defiende porque le sustentan. Yo di cuenta al Obispo de esta bellaquería, y respondiome que aquello era justo; yo me indigné y saqué los soldados de casa de los pobres y llevelos en casa de estos ricos; y preguntaba yo: «¿Cuál es el aposento del ordenado?» Decían: «Éste». Yo decía: «Guárdese como el día del domingo. Y estotros ¿quién duerme en ellos?» «Señor, el padre, la madre, las hermanas y hermanos», y en éstos alojaba a tres y a cuatro soldados.
Quejáronse al Arzobispo, y él enviome a decir que mirase que estaba descomulgado; yo reíme de aquello. Y uno de estos clérigos salvajes, que así los llaman en este reino, porque no tienen más de las primeras órdenes y son casados muchos, púsose en una yegua para ir a quejarse al Arzobispo, y un soldado diole una sofrenada diciendo se aguardase hasta que me lo dijeran a mí. La yegua no sabía de freno más que el dueño latín, con lo cual se empinó y dio con él en el suelo, que no se hizo provecho. Con todo su mal fue a quejarse, con que el Obispo me envió a decir que estaba descomulgado por el capítulo quisquis pariente del Diablo. Yo le respondí que mirase lo que hacía, que yo no entendía el capítulo quisquis, ni era pariente del Diablo, ni en mi generación le había; que mirase que si me resolvía a estar descomulgado, que no estaba nadie seguro de mí sino en la quinta esfera, que para eso me había dado Dios diez dedos en las dos manos y ciento y cincuenta españoles. Él tomó mi carta y no me respondió más de que les envió a decir a los de los casales que hiciesen diligencia con el Virrey para que me sacasen de allí, que él haría lo mismo, porque no hallaba otro remedio.
Hiciéronla apretada, pero en el ínter me lo pagaron los ricos, sin que padeciese ningún pobre, que no fue tan poco que no duró más de cuarenta días.
Pasados éstos me envió el Virrey a la ciudad del Águila, de las mayores del reino, en la cual habían perdido el respeto al Obispo de aquella ciudad y aun querídole matar, y mandome que fuese a castigar a los culpados. Yo partí de estos casales a los nueve de febrero y pasé el Llano de las Cinco Millas, que llaman, el cual estaba media pica de nieve. Hubo lindas cosas en este llano con los soldados. Esta ciudad es tan inobediente por estar a los confines de la Romanía, que casi no conocen al Rey. Yo llevaba ciento cincuenta españoles de los de cuarto y octavo y entré en la ciudad escaramuzando con mis pardillos. Iba con título de Gobernador y Capitán a Guerra. Comencé a prender y ellos a huirse. Alojé los pardillos en sus casas de los culpados, que no les estuvo mal, y eché bando que no anduviese nadie ni entrase en la ciudad con bocas de fuego, que en ellos era costumbre como llevar sombrero.
Obedecieron luego, que fue milagro según decían todos. Y un día llegaron a la puerta de Nápoles seis criados del Virrey de la provincia, que era el conde de Claramonte, con sus escopetas y pistoletes de los chiquitos, y traían unos cabellos larguísimos a lo nazareno, que es aquí hábito de bandidos o salteadores, que todo es uno. Dijéronlos que no podían entrar sin orden del Gobernador y Capitán a Guerra; respondieron que no conocían al Capitán a Guerra, y como de cuatro soldados que estaban a la puerta se habían ido los dos a comer, entraron y fuéronse a dar pavonada a la plaza, no haciendo caso de nadie como lo pasado.
Yo lo supe y mandé cerrar las puertas de la ciudad y con ocho soldados salí a buscarlos. Hallelos como si no hubieran hecho nada y queriéndolos prender, se metieron a hacer armas, que las tenían muy buenas, pero no les valió porque de Romanía cerré con ellos y los prendí, aunque me hirieron un soldado.
Presos luego, al punto les hice la causa y di dos horas de término a cada uno y, pasadas, los condené a cortar los cabellos nazarenos y que se los pusiesen al pescuezo, y subidos cada uno en sus borricos, a usanza de mi tierra, les diesen, cada, doscientos azotes; lo cual se hizo con gentil aire, aunque el verdugo se estrenó en semejante justicia, que para él era nueva, y aun para la ciudad. Apeados de sus jumentos, fueron curados con sal y vinagre a usanza de galera, y a otro día los encaminé a las galeras de Nápoles con, cada, seis años, por entretenidos, cerca la persona del cómitre a quien tocaron.
El señor Virrey o Presidente de la provincia le pareció imposible la justicia y, certificándose de ello, me escribió que con qué autoridad había hecho aquello. Respondile que con la de Capitán a Guerra. Tornome a escribir que él solo en aquella provincia lo era; yo dije que eso se lo pleitease con el conde de Monterrey, que era el que me había dado la patente. Y con esto se determinó el venir a prenderme al Águila, y para ello juntó trescientos hombres de a caballo y algunos de a pie. Súpelo y escribile que mirase Su Señoría que era levantar la tierra y que ella lo estaba casi, pues yo había venido a castigar; que pues era ministro del Rey no intentase tal cosa, sino que diese cuenta al Conde como a Virrey del reino, y si yo había hecho mal me castigaría.
Él no hizo caso de esto, sino trataba de seguir su intento; yo, que tenía espías, vi que iba de veras y traté de escoger, de ciento y cincuenta españoles que tenía, los ciento con su pólvora y balas y cuerda, y en un gallardo caballo que yo tenía puse mis pistolas y encima de mi persona dos mil escudos en doblas y salí a aguardarle a un puesto donde le escribí una carta diciéndole que, pues miraba tan mal por el servicio del Rey, que prosiguiese su camino y que trajese buen caballo, porque, si le cogía, le juraba a Cristo que lo había de azotar como a los otros; y lo hiciera mejor que lo digo, porque yo estaba seguro el rendir su gente, que era toda canalla, y, hecho en él lo dicho, irme a Roma y a Milán y a Flandes, con que se acababa todo, y de donde estaba yo, en seis horas, me metía en el estado de la Iglesia. Él se resolvió tomar mi carta y enviársela al Virrey conde de Monterrey, y se volvió a su casa o tierra, y yo a la mía.
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