Alonso de Contreras,. Discurso de mi Vida. CAPÍTULO XIV.

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Cómo socorrí la fuerza de La Mámora, y otros
sucesos
PARTÍ y medí el tiempo, que hay cuarenta y dos leguas, de suerte que me amaneció en medio de los veintiocho bajeles. Tuve tan buen tiempo de suerte que como lo pensé me sucedió: juzgué que la armada del había de estar dada fondo por lo menos una legua a la mar, por estar largos de la artillería y porque aquella barra es brava y levanta tantos golpes de mar, que a la legua que yo digo comienzan a hacer escala. Y hallándome yo al amanecer en medio de ellos, iba mi camino hacia dentro, que las escalas de los golpes de mar me iban entrando y si alguno se determinaba a seguirme, era fuerza que entrase tras mí en el río o diese al través en la playa. Pues fue como lo he dicho, que cuando me vieron ya no pudieron remediarlo, si no fuese tirarme algunos mosquetazos y cañonazos, que fueron pocos, porque el tiempo fue tan breve que no pudieron hacer mal.
Entré, que fui la paloma del Diluvio. Diéronme mil abrazos el buen viejo Lechuga, que era Gobernador de aquella plaza y la había defendido como tan valeroso. Comenzose a desembarcar los pertrechos y los navíos a zarpar, pareciéndoles que la Armada Real estaría con ellos presto, y pensaban bien, que estuvo a otro día en la tarde allí. Yo me fui a comer con el Gobernador y, estándolo haciendo, tocaron arma, y, avisando lo que era, dijeron que seis matasietes que venían de paz. Mandó los abriesen y llevasen a la casa de un judío que hay allí intérprete, que era sólito el ir allí, y les daban de comer y tabaco en humo, que así los hallé yo. Estos matasiete[s] son sus nombres así por ser caballeros, y lo parecían, porque les vi muy lindos tahalíes bordados y muy lindos borceguíes y buenas aljubas y bonetes de Fez, diferente que los trajes de aquellos moros. Ordenó el Maestre de Campo Lechuga fuesen subiendo toda la pólvora y cuerda por delante de la casa donde estaban los moros y asimismo los soldados que traje, que estaban con buenos vestidos, y los de allí en cueros. Fuimos a la casa de los moros; levantáronse y saludámonos, tornáronse a sentar y brindáronnos y bebimos (que lo beben tan bien como los ganapanes de Madrid). Comenzó a pasar los pertrechos, que lo vieron bien y a los soldados. Dijeron que venían a pedir licencia al ador para irse aquella tarde siete mil de estos matasiete[s] y que todos los demás se irían aquella noche; que le querían por amigo, y que le enviarían quinientos carneros y treinta vacas a vender, que se los comprase. Dijo que sí haría; dioles mucho tabaco, que es el mayor regalo que se les puede hacer. Y no pueden vivir sin La Mámora, porque todo cuanto hurtan lo traen a vender allí, y lo que no hurtan. Dan un carnero como un buey por cuatro reales, y una vaca por dieciséis, y una fanega de trigo por tres reales, y una gallina por medio real. Con esto se partieron y yo me apresté para partirme.
Esta La Mámora es un río, que a la boca de él hay la barra dicha, pero entran navíos gruesos dentro y, si los enemigos le tuvieran, hicieran gran daño a España, porque no está a más de cuarenta y dos leguas de Cádiz, y como las flotas entran y salen en aquel puerto o en Sanlúcar, con facilidad podían hacer gran daño tomando los bajeles y en un día volverse a su casa, sin tener necesidad de hacer navegación larga, de ir a Argel y Túnez, además del riesgo que tienen de pasar el Estrecho de Gibraltar.
Sube este río hasta Tremecén, treinta leguas arriba, y es fondeable por todas partes, y, con la comodidad de los bastimentos tan baratos, podían aprestar armada muy buena allí, que por eso los holandeses estaban tan golosos de él. Para que se vea el mal que nos podían hacer de esta Mámora, por ser tan fondeable, y lo dicho, para entrar galeones gruesos: tres leguas en la misma costa hay un lugar que llaman Zale, con una fortaleza muy buena, que son de ella dueños los moriscos andaluces, y hay un riachuelo, que no caben sino bajelillos chicos, como tartanas y pataches, y con ellos nos destruyen la costa de España y no hay año que no entren en este Zale más de quinientos esclavos, tomados en bajeles de la costa nuestra, que vienen de las Indias, y de las Terceras y Canarias, y del Brasil y Pernambuco, y, en acabando de hacer la presa, en una noche están en casa; y la hacen en la costa de Portugal, en día y noche. Dirán que salgo del cuento de mi vida y me meto en historia. Pues a fe que pudiera meterme. Salí aquella noche de la barra de La Mámora y amanecí en Cádiz,digo entré antes de mediodía. Fui a Conil, donde estaba el Duque; convidome a comer y sobrecomida leyó la carta de creencia que traía del Gobernador para el Rey, que se holgó de verla y dijo no perdiese tiempo en ir a Madrid.
Diome una carta para el Rey y un[a] certificación honrada, que la estimo mucho, y en un bolsillo cien doblones, que decían los criados que era la mayor hazaña que había hecho en su vida. Fui al puerto de Santa María, donde el proveedor de las fronteras me dio ciento y cincuenta escudos para que corriese la posta, que en tres días y medio me puse en Madrid, de manera que en nueve días entré en Madrid, saliendo de España, yendo a Berbería, volviendo de Berbería a España y de allí a la Corte, que han ciento y ocho leguas de tierra desde Cádiz. Fuime a apear a Palacio y subí en cuerpo al cuarto del Rey, donde salió el señor don Baltasar de Zúñiga, que esté en el cielo, y  le di razón de todo. Y luego entré con Su Excelencia elante del Rey e hincando la rodilla le di las dos cartas, la de creencia y la del Duque; dióselas al señor don Baltasar. Comenzome a preguntar el Rey las cosas de La Mámora; dijo el señor don Baltasar: «A él se remite Lechuga por su carta». Informé de todo, que Su Majestad gustaba, y tanto que del cordón que tenía pendiente el hábito me le asió, y, dando con él vueltas, me preguntaba y yo respondía. Y de allí a un poco dijo el señor don Baltasar: «Váyase a reposar, que vendrá cansado».
Bajé por los patios y estaba el portero del Consejo de Estado, que era día de él, aguardándome y llevome adentro, que los señores estaban todos en pie. Preguntáronme el estado de las cosas; informé, que quedaron satisfechos. Con que me fui y puse a caballo en mis postas, camino de casa de un tío que tengo en aquella Corte, correo mayor de Portugal. Reposé, que lo había menester.
A otro día vino un alabardero a mi posada de parte del señor don Baltasar, a llamarme. Fui muy contento y, aunque estaba con mucha gente que le quería hablar, hicieron lugar. Sentose en una silla y mandome sentar en otra y preguntándome qué puestos había ocupado, porque quería Su Majestad hacerme merced, dije que había sido capitán de infantería española y que, al presente, estaba en el apresto de la armada de Filipinas y recogiendo los destrozos de ella, con cincuenta escudos de sueldo al mes, más había de dos años. Preguntó a qué me inclinaba y tenía puestos los ojos. Dije: «Señor, yo no soy soberbio por mis servicios; el Consejo me ha consultado en una plaza de almirante de una flota». Dijo: «¡Jesús, señor capitán!, darásele a vuesa merced al punto, con una ayudilla de costa». Yo le besé la mano por ello y dijo que acudiese al secretario Juan de Insástigui, que él me daría el despacho.
Fuime contento a mi casa y a otro día entré a buscar al Insástigui en la covachuela y topé con el señor don Baltasar, el cual me dijo: «¿Cómo va? Tome vuesa merced ese despacho y ese billete y tenga paciencia, que Su Majestad, al presente, no puede más en materia de maravedís». Yo dije: «Señor, no he menester dinero si hay tanta falta; reputación busco, que no dinero». Y volviéndole el billete no quiso que lo dejase, estimando en mucho mi liberalidad, como lo dijo. El billete era de trescientos ducados en plata doble y el otro un decreto para don Fernando Carrillo, Presidente de Indias. Llevele al Presidente y me recibió con cara de hereje (que no tenía otra) y me despidió secamente; que a su tiempo se haría lo que Su Majestad mandaba.
Pasó uno y dos meses y no consultaba la plaza. Acudí al señor don Baltasar; diome un billete en que le mandaba anticipase la consulta, porque el Rey deseaba hacerme merced. Llevele, y el buen hereje debía de estar prendado por alguno, que consultó la plaza dejándome fuera, que luego lo supe y sin más dilación me fui a la audiencia del Rey, que entonces buscaban en los corredores quien le quisiese hablar, y dije: «Señor, yo he servido a Vuesa Majestad veinticinco años en muchas partes, como parece por este memorial, y por el servicio último de haber metido el socorro en La MámoraVuesa Majestad me hizo merced de un decreto para que me diesen la plaza de almirante de una flota, que por mis servicios he estado consultado en ella otras veces y, ahora, mandándomela dar Vuesa Majestad, aún no me ha consultado el Presidente». Cogió el memorial arrebatándomele de las manos, y volviendo las espaldas se fue y nos dejó a todos confusos, porque era recién heredado.
Fuime a consolar con el señor don Baltasar y a darle mi queja como a mi jefe. Y estando aguardando hora, llegó el Presidente con su cara dicha, que alguna píldora traía o le habían enviado de arriba. Y entrando, me entré con él, aunque no me dejaba el portero o un gentilhombre que estaba allí. Dije: «Déjeme vuesa merced, que vengo a lo que el señor Presidente». Entré y estaba el señor don Baltasar con el conde de Monterrey, mi señor, y un fraile dominico, hijo del conde de Benavente, y el señor don Baltasar en medio de la sala, en pie, con el Presidente. Me arrimé y dije «Suplico a Vuesa Excelencia pregunte al señor Presidente si tiene satisfacción de mi persona». Respondió con las manos abiertas: «Señor, que es muy honrado soldado y le enviamos a Puerto Rico y lo hizo muy bien». A esto le dije yo: «Pues si soy tan honrado, ¿por qué Vuesa Señoría no me consultó, habiéndolo mandado el Rey e intervenido Su Excelencia con otro papel?» Dijo: «Otra vez, señor. Ya está todo hecho» y dije yo entonces: «No le crea Vuesa Excelencia, que le está engañando como me engañó a mí». Entonces dio una gran voz: «¡Hombre, ya está todo hecho!» Respondió el señor don Baltasar: «Mire Vuesa Señoría que el Rey desea hacer merced al capitán».
Muerte de don Fernando Carrillo, Presidente de Indias
No pudo hablar, que se le añudó el garguero, y salió de allí; pero antes que llegase a la calle cayó sin sentido. Metiéronle en el coche, por muerto, y lleváronle a casa y dieron garrotes en los brazos y piernas para que volviese en sí: Dios le volvió su juicio y confesó y murió. ¡Dios le perdone el mal que me hizo!, que él se quedó sin vida y yo sin almirantazgo, porque el señor don Baltasar, que era mi jefe, decía que no era razón que se me hiciese merced por haber muerto un ministro, ¡como si yo le hubiera dado algún arcabuzazo! No tuviera más culpa algún papel que debió de venir de arriba, que yo he oído que aquél debió de darle la muerte. Con esto me retiré de Palacio y no entraba en él.
Pasaron más de seis meses, cuando un día, estando descuidado, entró a buscarme un alabardero de parte del señor conde de Olivares. Fui con cuidado a ver lo que me quería y, entrando por la sala donde estaba, lo primero que me dijo: «Señor capitán Contreras, no me dé quejas, que bien veo las tiene. El Rey ha resuelto el hacer una armada para guardar el Estrecho de Gibraltar y yo soy el general de ella. Y en la Junta de Armadas se han nombrado dieciséis capitanes traídos de diferentes partes, prácticos y de experiencia. Y de los dos que se han escogido de los que están en esta Corte, el uno es el maese de campo don Pedro Osorio y vuesa merced el otro; estímelo». Yo agradecí la merced que Su Excelencia me hacía y díjele: «Señor, yo me hallo con cincuenta escudos de sueldo y he sido capitán dos veces; no se compate ahora tornar a tomar compañía y dejar los cincuenta escudos que tengo en la Armada». Y díjome: «No hay qué tratar, que sus acrecentamientos corren por mi cuenta». Con que le dije: «Pues sírvase Vuesa Excelencia que esta compañía la levante en esta Corte». Dijo que jamás se había hecho, pero que, por contentarme, lo trataría con Su Majestad. Y lo consiguió, que levantamos los dos, el Maese de Campo y yo, siendo los primeros capitanes que, estando presente la Corte, hayan levantado gente y enarbolado banderas.

Continuará… Donde [cuenta] que levanté otra compañía de infantería en Madrid, en Antón Martín, y otros sucesos

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