Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. CAPÍTULO XIII.

Arcabuceros
En que cuento el viaje que hice a las Indias y los
sucesos de él
SALÍ del puerto y navegué cuarenta y seis días sin ver más tierra que las Canarias. Llegué a las islas de Matalino, hice agua allí, donde vi algunos indios salvajes, aunque con la comunicación de las flotas se aseguran a bajar, pero ninguno de los nuestros no, porque han cogido algunos y se los comen. Pasé la vuelta de mi viaje disminuyendo altura y llegué a las Vírgenes Gordas, que son otras islas deshabitadas. Fuime la vuelta del pasaje de Puerto Rico, que es un canal angosto, donde ordinario están corsarios ingleses y holandeses y franceses.
Llegué de noche y fui en persona a reconocerle con una barca bien armada, dejando los galeones fuera del canal, que es corto, y en él hay dos puertos muy buenos. No hallé bajel ninguno y atravesé, amaneciendo casi, a la boca de Puerto Rico y, arbolando mis banderas, entré, que fui muy bien recibido de don Felipe de Viamonte y Navarra, Gobernador de aquella isla. Díjome era milagro no haber encontrado con Guatarral, corsario inglés que andaba por allí con cinco navíos, tres grandes y dos chicos, y que cada día le molestaba. Desembarqué la pólvora que dijo era menester, y cuerda y plomo y algunas armas de fuego, con que el buen gobernador quedó contento. Pidiome cuarenta soldados que le dejase para reforzar el presidio, que en mi vida me vi en más confusión, porque no quería quedar ninguno y todos casi lloraban en quedar allí, y tenían razón, porque era quedar esclavos eternos. Yo les dije: «Hijos, esto es forzoso el dejar aquí cuarenta soldados, pero vuesas mercedes se han de condenar a sí mismos, que yo no he de  señalar a nadie, ni a un criado que traigo, que si le toca ha de quedar».
Hice tantas boletas como soldados, y entre ellas cuarenta negras, y metiéndolas en un cántaro, juntas y revueltas, iba llamando por las listas y decía: «Vuesa merced meta la mano, y si saca negra se habrá de quedar». Fuéronlo haciendo así y era de ver, cuando sacaban negra, cómo se quedaban. Últimamente, viendo la justificación y que era forzoso, se consolaron, y más viendo que le tocó a un criado mío que me servía de barbero, el cual quedó el primero.
En este puerto había dos bajeles que habían de ir a Santo Domingo, que es la corte de la isla Española, donde hay Presidente y Oidores y la tierra primera que pisaron españoles. Eran los navíos españoles, habían de cargar cueros de toros y jengibre, que hay en cantidad, y fuéronse conmigo. Llegué al puerto de Santo Domingo, que fui bien recibido, y comencé a poner en ejecución un fuertecillo que llevaba orden de hacer a la entrada del río.
De allí a dos días vino nueva cómo Guatarral estaba dado fondo con sus cinco bajeles cerca de allí. Traté con el Presidente de ir a buscarlos y pareciole bien, aunque los dueños de los navíos se protestaban que si se perdiesen se los habían de pagar. Armé los dos que traje de Puerto Rico y otro que había venido de Cabo Verde cargado de negros, y con los míos salí del puerto, como que éramos bajeles de mercaduría, camino de donde estaban. Y como el enemigo nos vio, hice que tomásemos la vuelta, como que huíamos. Cargaron velas los enemigos sobre nosotros, que de industria no huíamos, y en poco rato estuvimos juntos. Volviles la proa y arbolé mis estandartes y comenzamos a darles y ellos a nosotros. Eran mejores bajeles a la vela que nosotros y así, cuando querían alcanzar o huir, lo hacían, que fue causa no se me quedase alguno en las uñas.
Peleose y tocole al almirante de ellos el morir de un balazo y conocieron éramos bajeles de armada y no mercantes, que andábamos en su busca, con lo cual se fueron, y yo volví a Santo Domingo, donde acabé la fortificación y me partí a Cuba, donde hice otro reductillo en cuatro días. Quedaron diez soldados. En Santo Domingo había dejado cincuenta soldados y los tres bajeles, que ya no traía más que el uno, pero bien armado.
Cuba es un lugar en la isla de Cuba, que es la que está fabricada La Habana y el Bayamo y otros lugares que no me acuerdo. Salí de Santiago de Cuba y en la isla de Pinos topé un bajel dado fondo; peleé con él muy poco. Era inglés, de los cinco de Guatarral. Díjome cómo se había ido y desembocado la canal de Bahama, y que le había muerto a su hijo, que era almirante, y otras trece personas y que, de temor, se había ido a Inglaterra con algunas presas que llevaba. Avisé al Presidente de ello y al Gobernador de Puerto Rico porque no estuviesen con cuidado. Tenía este bajel palo del Brasil dentro y alguna azúcar que había tomado. Eran veinte y un inglés; trájelos a La Habana, donde estuvieron hasta que llegó la flota y los llevó a España. Entregué los pertrechos que me habían quedado y la infantería a Sancho de Alquiza, Capitán General que era de aquella isla y todos los lugares de él. Y en la flota que vino a España, me vine con don Carlos de Ibarra, que era general de ella el año de 1618. Fui y vine el de 19. Llegué a Sanlúcar y pasé a Sevilla, donde topé enfermo al señor Juan Ruiz de Contreras, que estaba despachando una armada para Filipinas. Y luego, al punto que llegué, me dijo tenía orden del Rey para que le asistiese. Hícelo y enviome al punto a Borgo, que es donde se aprestaban seis galeones grandes y dos pataches. Trabajé conforme la orden que me dio hasta que los bajé abajo a Sanlúcar, fuera de carenas, que es decir, despalmados. Metiéronse bastimentos y la artillería necesaria y la infantería, que eran más de mil hombres, harto buenos, sin el marinaje y artilleros. Era general de esta armada don Fulano Zoazola, del Hábito de Santiago, que iba de mala gana, como toda la demás gente, y así tuvieron el fin, porque a trece días después de partidos con buen tiempo del puerto de Cádiz, les dio una tormenta que vinieron a perderse a seis leguas de donde salieron. Díjose, por cierto, que fue causa el Almirante, que no era marinero ni había entrado en la mar jamás; llamábase Fulano Figueroa y después, para enmendarlo, le hicieron Almirante de una flota por sustentar el yerro primero.
Embistió en tierra la capitana y almiranta en un mismo paraje, y de la capitana no se salvó una astilla, con ser un galeón que era de más de ochocientas toneladas y cuarenta piezas de bronce gruesas. Ahogose el General y toda la gente, que no se salvó más de cuatro personas. De la almiranta se salvaron casi todos y el galeón no se deshizo tan presto porque dio en más fondo. Los otros corrieron al Estrecho y se perdió otro en Tarifa y otro en Gibraltar y otro en Cabo de Gata; los dos pataches se salvaron. Este fin tuvo esta armada, y para aderezarlo, como si yo tuviera la culpa, me enviaron con dos tartanas a Tarifa, o su playa, por treinta piezas de bronce que habían sacado del galeón que se perdió. Y se supo estaban dos galeones de Argel para querer embarcar la artillería, mas la gente de tierra no se lo consentía; y llegado con mis dos tartanas, embarqué las piezas, y llevaba orden que si los enemigos me apretasen, o que me rindiesen si llegaban a pelear conmigo, me fuese a fondo con toda la artillería, porque no se aprovechasen de ella, y ordenase a la otra tartana hiciese lo mismo. Yo me vine tierra a tierra y los enemigos a la mar, con que no pudieron hacerme mal y traje la artillería en salvamento.
De allí a pocos días llegó a Cádiz nueva cómo La Mámora quedaba sitiada por mar y tierra, con treinta mil moros por tierra y que la habían dado tres asaltos, y por la mar había veintiocho galeones de guerra, para estorbar el socorro, de turcos y holandeses. Mandó el duque de Medina Sidonia se proveyese luego socorro y el señor don Fadrique de Toledo se aprestó al punto con los galeones de su armada; pero no tuvo tiempo para hacer el viaje y, así, aprestaron dos tartanas con pólvora y cuerda y balas, que era de lo que carecían, pues habían quemado hasta las cuerdas con que sacaban agua de los pozos o cisternas y las con que tenían los catres, que son las camas en que duermen los soldados. Y habiendo visto yo cómo se habían de enviar aquellas tartanas, y que a los capitanes del presidio les habían mandado escoger alguna gente de la más granada de sus compañías y no había ninguno ofrecídose, llegué al Duque y dije: «Señor, suplico a Vuestra Excelencia me dé este viaje y por esta merced póngaseme en el rostro una ese y un clavo». Estimolo y mandó que fuese.
Como vieron los capitanes del presidio que se me había dado a mí, fueron al Duque y dijeron que aquello tocaba a un capitán de ellos, por estar a orden de Su Excelencia, y no a mí, que no lo estaba, y que estaba allí al apresto de la armada de Filipinas. Súpelo yo y dije públicamente que aquello se me había dado a mí habiéndolo pedido, después que les avisaron a ellos para que aprestasen alguna gente de sus compañías y que, no habiendo quien lo pidiese, lo pedí yo, que capitán era de infantería y más antiguo que algunos; que al que le pareciese otra cosa lo aguardaba en Santa Catalina para matarme con él. Y caminando hacia el puesto señalado, vino un ayudante de parte del Duque que me llamaba. Volví y mandome trajese una licencia del señor Juan Ruiz de Contreras, a cuya orden estaba, y traída, me dieron la orden de lo que había de hacer y, en particular, que con mi buena fortuna, Dios mediante, metiese aquel socorro o me dejase hacer pedazos.

CONTINUARÁ… Como socorrí la fuerza de la Mármora y otros sucesos.

Anuncios

2 comentarios sobre “Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. CAPÍTULO XIII.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s