Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. CAPÍTULO XII.

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Cómo, llegado a Malta, volví a España y fui capitán
de infantería española, y otros sucesos
Y estando bueno, me partí para Nápoles con mi camarada, y de allí a Mecina, y de allí a Malta, donde hallé unas cartas de España y eran del Rey; la una para el Gran Maestre, en que le mandaba me diese licencia para ir a levantar una compañía de infantería española que me había tocado en una leva de ocho capitanes que se habían proveído. La otra era para mí, del secretario Bartolomé de Anaya, que lo era de la Guerra, avisándome de la provisión. Tratose de mi partida, que fue dentro de quince días, y, de camino, me encomendó el Maestre pasase por Marsella a dar aviso a dos galeras de la Religión para que pasasen con todo secreto a Cartagena a embarcar doscientos mil ducados de la Religión, de sus expolios.
Pasé a Barcelona y a Madrid, todo en veintisiete días, desde Malta. Y cuando llegué ya habían salido las compañías a levantar, y la mía había ido a Osuna a levantarla un primo mío, alférez de Flandes, que, no habiéndole tocado compañía en la leva, pidió al Consejo quería levantar la mía en mi nombre con título de alférez y que si no viniese a tiempo de la embarcación, por estar tan lejos, se quedase con ella. Hízolo el Consejo, pero yo me di tan buena maña que llegué antes de la embarcación más de cuatro meses, que era para las islas Filipinas. Partime de Madrid para Osuna, donde entré por la posta con mis despachos que me dieron en Madrid, y cuando me vio el primo se quedó muerto, que se tenía por capitán.
Veneno que me dieron en Osuna
Hablámonos y ofrecile todo lo que puede un buen amigo y deudo. Dijo que quería ir la jornada. Yo lo estimé, mas no sabía su intención dañada, pues engañó a un pajecillo de jineta que tenía y redució a que me diese solimán para matarme. Y la primera vez me lo echó en dos huevos pasados por agua sin cáscara y los polvoreó de solimán y azúcar. Yo los migué con pan, como era sólito, y comí: ya que había pasado una hora comencé a basquear que me moría. Comencé a trocar; llamaron los médicos, mandaron confesarme al punto y pensaron me moría aquella noche, que daba lástima a todo el lugar.
A medianoche me dieron un cordial rico y en él me echó el muchacho, que fue por él, diez maravedís de solimán; con que al beberlo me hizo en la garganta cuatro llagas y no lo pude acabar. Los médicos se volvían locos y fueron a la botica a preguntar qué habían echado; dijo que lo recetado. Diéronme con qué trocar, pero no era menester, que la naturaleza lo hacía sin remedios, que fueron los verdaderos remedios.
Amaneció y vino el Gobernador a verme, y lo mejor del lugar, y mandó me hiciesen la comida en su casa y mandó prender a una mujer que estaba en casa sin que yo lo supiera. Llegó la hora de comer y fue el muchacho por la comida y echó dentro otro papel de solimán. Comí y luego me dieron las bascas ordinarias, que pensaban eran de lo de atrás, y troqué toda la comida, que no estaba un punto en el cuerpo. Había un soldado que se llamaba Fulano Nieto, que me quitaba las moscas, que era por agosto, y estaba algo malillo de las partes bajas; y dije: «Den eso que ha sobrado a Nieto, que bien lo puede comer aunque sea viernes». El pobre se lo comió y a las cinco de la tarde ya estaba muerto.
A todo esto no había entrado a verme mi pariente el alférez, y el chiquillo fue en casa de un alcalde a quien había yo dejado el desapropiamiento de la ropa que tenía, que es como testamento, y tenía la llave del baúl, y dijo: «Señor, dice mi amo que me dé vuesa merced la llave para sacar una cuenta de perdones que hay dentro», y era verdad. Diósela el alcalde y sacó seiscientos reales y una cruz de Malta grande que pesaba doscientos cincuenta y medias y ligas y bandas. Y no pareció en todo aquel día, hasta que vino el alcalde a verme y dijo cómo me sentía; dije mejor y era que no continuaba el darme el solimán. Preguntó por la cuenta para saber las indulgencias que tenía. Dije: «¿Qué cuenta?» Respondió: «¿Vuesa merced no envió por la llave del baúl al paje para sacarla?» Dije: «No, señor». «Pues yo se la di», dijo. Fuéronle a buscar y halláronle en casa de un arriero que tenía concertado para irse a Sevilla. Trajéronle delante de mí y, preguntando por la llave del baúl, la sacó y, abriéndole, hallaron menos lo referido. Preguntele dónde tenía lo que faltaba de allí; dijo que escondido.
Fueron con él y trájose todo menos veintiséis reales, que dije yo: «Búsquenle esas faldriqueras», y haciéndolo le hallaron un papel con solimán, y abriéndole dijo la huéspeda: «¡Ay, señores!, que esto es el rejalgar que daban al señor capitán». Y reconocido que era solimán, le dije: «¡Traidor!, ¿qué te había hecho yo que me has querido matar con este solimán?» Respondió: «Ese papel me le hallé en la calle». Yo dije al alcalde: «Señor, envíe vuesa merced por el verdugo, que éste dirá la verdad». Respondió el alcalde: «Más vale que lo llevemos a la cárcel y que jurídicamente se haga proceso y dé tormento, y sabremos quién es la causa». Pareciome muy bien y llamé al alférez, que no le había visto en dos días, y mandé que, con cuatro soldados, llevase a la cárcel a aquel muchacho y estuviese, porque temía. Hízolo, y como era la causa del mal, llevolo por la iglesia de Santo Domingo y aconsejó se metiese dentro, como lo hizo, y aconsejó a los frailes no lo entregasen, porque lo ahorcaría luego el capitán. Los frailes lo hicieron y enviaron aquella noche a Sevilla.
Como faltó la causa del solimán, fui mejorando, que quiso Dios guardarme para lo que Él sabe. Sané y levanteme con gusto del pueblo y determineme el ir a Sevilla con seis soldados y en ella hice diligencia de buscar el muchacho, que con facilidad lo hallé y traje a Osuna, que lo deseaban para darle un castigo ejemplar. Hízose la causa, púsose a cuestión de tormento. Confesó haberlo hecho por orden del alférez, ofreciéndole grandes dádivas. Quisieron ahorcarlo, pero no le hallaron con edad y, así, le dieron cien azotes en la cárcel, a un poste, y cortaron los dos dedos de cada mano con que polvoreaba el solimán. En la confesión que yo hice en el artículo de muerte, ofrecí a Dios, delante el confesor, de perdonar a quien hubiera sido la causa de mi muerte, que la tal palabra me la pedía el confesor, sabiendo que era el alférez a quien el Gobernador quiso prender, mas no lo consentí yo. Y así, le envié a llamar al punto que el muchacho confesó y le dije: «Vuesa merced se vaya con Dios y no pregunte la causa, y si ha menester algo, dígalo, que se lo daré». Quedose muerto y fuese dentro de una hora, pareciéndole no me arrepintiese.
H 5037270Supe después se había ido a las Indias, que nunca más ha parecido en España. Con todo quedé por más de dos años casi tullido de los dedos de los pies y manos, que siempre me hormigueaban, además de haberme quitado la fuerza que tenía. Dijeron los médicos que el no haberme muerto fue el estar el estómago habituado del veneno que me dieran en Roma tan poco tiempo había. Vino el Comisario, tomó muestra a mi compañía y marchamos la vuelta de Sanlúcar, donde estaba la armada aprestada que había de ir a Filipinas. Tocome embarcar en el galeón «La Concepción» por cabo de tres compañías que iban dentro. Salimos de Sanlúcar la vuelta de Cádiz, para de allí hacer la partencia a Filipinas. En este tiempo vino orden del Rey para que no fuésemos, sino que nos incorporásemos con la Armada Real y los galeones de la plata y todas las galeras de España, y fuésemos a Gibraltar, adonde decían iba a pasar una armada de Holanda. Iba el príncipe Filiberto por general de todo.
A la entrada de Cádiz hay un escollo debajo del agua catorce palmos, que llaman El Diamante, en el cual se han perdido muchos navíos; y yo, como más desgraciado, topé en él y perdime a vista de toda la Armada. No se ahogó nadie porque me socorrieron todas las chalupas de la Armada y el señor marqués de Santa Cruz con su capitana. Mandó el Príncipe que me prendiesen, lleváronme al galeón, en que anduve embarcado toda aquella jornada, aunque no saltaba en tierra, hasta que en el Consejo de Guerra me libraron, viendo no tenía yo culpa.
Anduvimos de Gibraltar a Cabo Espartel con algunos navíos de la Armada en aquel estrecho más de tres meses, aguardando la armada que jamás vimos. Esto fue por enero de 1616, y por marzo o abril vino orden que se deshiciese aquella armada, como se hizo, y en particular la que había de ir a Filipinas, donde era harto menester. Mandose que los seis galeones se agregasen a la Armada Real y que la infantería, que era la mejor del mundo, pasase a Lombardía a cargo de don Carlos de Ibarra, que la llevó. Era Maestre de Campo de estos dos mil y quinientos hombres don Pedro Esteban de Ávila. Y yo quedé en España con otro capitán, por venir la orden en esta forma en un capítulo de carta escrita al marqués de Santa Cruz del Rey: «Por cuanto conviene a España reforzar los tercios de Lombardía, será bien que pase el de don Pedro Esteban de Ávila, que había de ir a Filipinas, no dejando los doscientos hombres que nos había parecido con los capitanes prácticos de la navegación que son Contreras y Cornejo, que pueden quedarse para levantar gente de nuevo para ese efecto».
Con esto nos quedamos y fuimos a la Corte con orden del Marqués, donde nos detuvieron más de seis meses, hasta que se me ordenó que fuese, por la junta de Guerra de Indias, a Sevilla luego, que en el camino me alcanzaría la orden de lo que había de hacer. Llamome el Presidente, don Fernando Carrillo, que lo era de aquel Consejo, y, mandándome dar quinientos escudos, aquella tarde tomé mulas para Sevilla, donde partí. En Córdoba me alcanzó un pliego en que se me ordenaba me viese con el Presidente de la Contratación de Sevilla. Hícelo en llegando, el cual me mandó me partiese a Sanlúcar, que el duque de Medina me daría la orden.
Vime con su Excelencia y de secreto me ordenó pasase a Cádiz con una orden al Gobernador de aquella ciudad y que a las nueve de la mañana estarían allí dos galeras para embarcar la infantería. Vime con el Gobernador de Cádiz, al cual se le ordenaba que tocase cajas para socorrer las compañías que tenía allí de las flotas, y que en estando en la casa del Rey recogidos, embarcase número de doscientos hombres a mi satisfacción en las dos galeras y me los entregase sin oficiales ningunos mayores; digo el capitán, el alférez y sargento. Hízose con el secreto que requería porque no se embarcara uno tan solo, porque estos soldados de este presidio y flotas son los rufianes del Andalucía madrigados.
Partime para Sanlúcar, donde tenía prevenidos el Duque dos galeones de cuatrocientas toneladas con su artillería y bastimentos necesarios, además de los pertrechos que se llevaba de pólvora y cuerda y plomo para la plaza que se iba a socorrer.
ROCROI_DFespecial_webLlegué a Sanlúcar. Mandome el Duque embarcase la infantería en los galeones: hícelo metiendo en cada uno ciento, que se vieron como asaltados sin saber lo que les había sucedido. Llegó el otro capitán de la Corte para el otro galeón y embarcámonos para hacer nuestro viaje, que era ir a socorrer a Puerto Rico en las Indias, que se decía estaba sitiado de holandeses.
Estuve aguardando el tiempo en Los Pozuelos, que llaman, junto a la Barra, y los soldados, como todos eran forzados y dejaban las amigas de tantos años, y eran los oficiales de la muerte de la Andalucía, casi hacían burla de mí, porque diciendo «¡Ea, señores!, abajo, que es ya noche», respondían «¿Somos gallinas que nos hemos de acostar con día? ¡Acuéstese su ánima!» Yo me veía atribulado y no dormía pensando cómo se había de hacer este viaje, porque si no eran quince marineros y seis artilleros, no tenía de mi parte otra gente, que todos los cien soldados eran enemigos.
Y así me valí de la industria y poniendo los ojos en uno de los que me parecía más valiente y a quien ellos tenían respeto, que también entre ellos hay a quien obedezcan los valientes, y llamándole, dije: «¡Ah, señor Juan Gómez! ¡Venga acá!», y metile en la cámara de popa y dije: «¿Cuánto ha que sirve al Rey?» Dijo: «Habrá cinco años, en Cádiz y en Larache, de donde me huí, y un viaje de flota». Respondí: «Cierto que le he cobrado afición y que me pesa no tener una bandera que le dar». Quedó muy pagado de esto y dijo: «Otros lo hicieran peor que no yo». Yo le dije: «Pues si quiere ser sargento de esta compañía, váyase a tierra y siente la plaza, y si no tiene dinero para comprar una alabarda, yo se lo daré». Dijo: «Aún tengo cincuenta pesos, ya que vuesa merced me honra». Es a saber que había hombre que, porque le dejasen ir a tierra, daba doscientos reales de a ocho. Dile un papel para el contador y dije: «Vaya vuesa merced, que escalón es para ser alférez y mire que me fío de vuesa merced». Embarcose en la barca y fue a tierra y sentó la plaza y volvió al punto con su alabarda. Cuando los valientes le vieron sargento dieron su negocio por acabado y ejecutado lo que tenían determinado. Y llamando al sargento en la cámara le dije: «Ya vuesa merced es otro de lo que era, porque siendo oficial cualquier delito es traición, lo que no es en el soldado; dígame, por vida del sargento, quién de éstos son los más perniciosos y valientes». Dijo: «Calle vuesa merced, que son unos pobretes. Sólo Calderón y Montañés son casi hombres de bien». Dije: «Pues a la noche, cuando los mandemos recoger, hállese allí con su espada desnuda». «¿Para qué, señor?, que ¡voto a Cristo!, con un garrote basta». «No (dije yo), que a los soldados no se les castigan con palo, sino con espada, cuando son desvergonzados».
Vino la noche y dije, como era sólito: «¡Ea, señores!, abajo, que es ya hora». Respondieron con la insolencia ordinaria: «¡Acuéstese su ánima!» Yo, que estaba cerca del Calderón, alcé y dile tan gran cuchillada que se veían los sesos, y dije: «¡Ah, pícaros insolentes! ¡Abajo!» En un punto estaba cada uno en su rancho, como unas ovejas. Decíanme: «Señor capitán, que se muere Calderón». «Confiésenlo y échenlo a la mar», decía yo, y, por otra parte, que le curasen. Hice al punto echar en el cepo al Montañés, con que quedó esta gente tan sujeta que aun echar «¡Voto a Cristo!», no se echó en todo el viaje, porque el que le echaba le hacía estar en pie una hora con un morrión fuerte que pesaba veinte libras en la cabeza y con un peto que pesaba treinta. Avisé al otro capitán hiciese lo mismo, aunque, como supieron lo sucedido en mi galeón, se deshizo el consejo que tenían, que era, en saliendo del puerto, embestir en tierra, en Arenas Gordas, y huirse todos, y, si se lo impidiera yo, matarme.
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