Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. CAPÍTULO XI.

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En que se dice de la salida que hice de Madrid para Flandes y sucesos de la muerte de[l] rey de Francia
SALÍ de Madrid y encamineme a Agreda, donde llegué en poquitos días. Fuime a una posada y supo todo el lugar estaba allí, que se holgaron infinito de verme y más con las honradas cédulas que llevaba del Rey. Estuve allí cinco días y luego me partí para San Sebastián, a do llegué con salud, y me embarqué en un navío de Dunquerque para Flandes, que llegué en ocho días. Desembarqueme y fui a Bruselas, presenté al Archiduque mis despachos, hízome mucha merced y mandome sentar el sueldo, y que en la primera ocasión me daría una compañía. Hícelo, sentando la plaza en la compañía del capitán Andrés de Prada, que era deudo del Secretario de Estado, en el tercio del Maestre de campo don Juan de Meneses, que estaba en Cambray de guarnición.
No hubo ocasión en más de dos años de salir a campaña, ni de darme compañía, hasta que se revolvió lo de la princesa de Condé, que el rey de Francia, Enrique Cuarto, la quería en todo caso (él sabe para qué), la cual se había venido a favorecer de la señora Infanta y la tenía en su poder en Bruselas y a su marido también, que es el príncipe de Condé, jurado en Francia por tal príncipe y heredero legítimo de aquella corona, si el mucho valor de Enrique Cuarto no se la hubiera quitado; que se me ofrece tratar de él un prodigio de que yo soy testigo y aun tengo dicho mi dicho delante del magistrado de Cambray sobre el caso.
Muerte del rey de Francia Enrique Cuarto, 1610, a catorce de mayo Es a saber que el rey de Francia tenía hecha su liga con los potentados de Alemania e Italia, que ya tendrá el lector noticia de ella, que fue la del año de 1610 y aún creo que dura hoy.
Trató de irse a San Deonís, a jurar la Reina, que la dejaba en su lugar, y aquel día que lo había hecho se vino a París, que son dos leguas de una calzada, y entrando en la ciudad, en una calle angosta, donde la guarda no pudo ir cerca de la carroza donde iba el Rey, se arrojó un hombre y con un cuchillo jifero le tiró una puñalada. Y visto que el Rey habló diciendo: «No le a tue», que quiere decir: «No le matéis», se arrojó segunda vez y le dio otra con que mató al más valiente rey que ha habido de doscientos años a esta parte. Y prendieron a este hombre al que dieron infinitos tormentos para matarle, dándole cada día su género de tormento, y lo más que dijo siempre: «Mon Dio de paradí», que quiere decir «Dios mío del Paraíso». Y más que preguntándole quién se lo había mandado hacer, decía que nadie, que él lo había hecho porque no pereciese la cristiandad y que había venido de su tierra otras dos veces a hacer este caso y no había tenido ocasión de hacerlo y, gastándosele lo que traía, se volvía.
Este se llamaba Francisco Rubillar, natural de Angulema. Era maestro de niños. (Angulema está en Bretaña). Sucedió esto a 14 de mayo 1610, a las cuatro de la tarde. Todo esto es relación verdadera, que como estuve en Cambray, que está cerca, me certifiqué, de todo. Pero lo que vi diré ahora, a que tengo citado. Como he dicho, estaba de guarnición en Cambray con mi tercio, al cual se le había dado orden que se aprestase para salir a campaña y nosotros los soldados deseábamoslo como la salvación.
Sucedió que habiéndome nombrado de ronda a la muralla con otro alférez mallorquín, que se llamaba Juan Jul, porque estaba nuestra compañía de guarda, subimos a la muralla, donde hay muchas garitas y llegando sobre la puerta de Perona oímos una corneta de correo, que nos alegró. Es a saber que los maestros de posta dejan fuera de la ciudad seis caballos para los correos que pasan, los cuales no puede dar si no lleva el boletín del Gobernador, que se le da en una cajeta que está con unos cordeles desde la tierra a la otra parte del foso, y allí llegan los correos y dan voces a la guarda y luego dicen de dónde vienen y si traen cartas las echan en la cajeta y con ellas van en casa del Gobernador, donde se le da el boletín y lo lleva y echa en la caja, y tirando la cuerda la toma el correo y la da al maestro de postas y le da caballos. El correo llamó y le respondimos que de dónde venía; dijo que de España, que es aquél el camino. Dijímosle: «¿Trae cartas para el Gobernador?» Dijo: «No, despáchenme luego». Con lo cual le preguntamos: «¿Qué hay de nuevo?» Respondió: «Esta tarde mataron al rey de Francia con un cuchillo y le dieron dos puñaladas».
Con esto resolvimos que fuese yo a dar aviso al Gobernador, por ser más ligero; llegué, que estaba acostado y cuando le dije la nueva se espantó, porque sabía el estado y riesgo que tenían las cosas. Diome el boletín y fui a la muralla y echamos en la cajeta, y el correo le tomó, que estaba a pie y no traía más de un caballo, y se fue con él de diestro, camino del maestre de postas, que estaba de allí un tiro de mosquete.
Nosotros seguimos nuestra ronda, dando aviso de lo pasado en los cuerpos de guarda, que todos se espantaban. Amaneció y de todo aquel Cambrasi, que son muchos lugares, se venían retirando en carros la ropa para meterla en Cambray, porque decían que la gente levantada iba a saquearlos por la muerte del Rey. Con que fue mentira la muerte que se ha contado y a mí me daban la vaya. Pasó esto así que se ha oído, y al cabo de nueve días naturales vino un criado del Embajador don Iñigo de Cárdenas, que lo era por el Rey en París, corriendo la posta, y contó la muerte como está contada sin discrepar un punto y cómo quedaba la casa del Embajador con dos compañías de salvaguarda que mandó poner la Reina, porque no matasen al Embajador y su gente, pensando era la causa. Admiráronse del caso y mandando llamar al maestro de postas para que dijese si había dado caballos tal noche, dijo que no, por lo cual mandaron dijésemos nuestros dichos, como lo dijimos. Y se creyó que aquel correo había sido algún diablo o algún ángel. Y con esta muerte se quietó la cristiandad por entonces. Nosotros salimos a campaña y estuvimos en ella hasta setiembre que nos retiramos, y pedí licencia al Archiduque, por saber que en Malta había Capítulo General, donde pretendía tener algún fruto de mis trabajos, como lo tuve.
Antonio_de_Pereda_y_Salgado_3Salida de Flandes en bábito de peregrino
Diome licencia, y por no tener caudal con que ir en un caballo con un criado o solo, me vestí en hábito de peregrino, a lo francés, que hablaba bien la lengua. Metí en el bordón una espada y mis papeles en un zurrón y comencé a caminar. Pasé por una villa que llaman Cren, que está entre Amiés y París, donde estaba el príncipe de Condé con la Princesa, que ya se había retirado sin miedo. Pedile me hiciese merced de una carta para el Maestre de Malta; diómela, que era tan larga y angosta como un dedo, y más trescientos reales. Pasé mi camino, entré en Borgoña y llegué a una ciudad que se llama Jalón y pasa un río por las murallas. Estaba cerrada la puerta del camino por do venía yo, y fue menester ir costeando el río para entrar por otra y, como curioso, iba embebecido mirando la fortificación; repararon en ello y, al entrar por la puerta, cogiéronme. Yo, como no había hecho nada, no quería soltar el bordón, forcejeando, y ellos diciendo: «El bugre español, espión»: que no podemos encubrirnos aunque más hagamos.
Prisión en Borgoña
Con la fuerza que hacíamos se desencajó el bordón y vieron la espada, con que acabaron de creer era espía. Lleváronme a la cárcel donde trataron de darme tormento y hubo pareceres me ahorcasen, pues me cogían con las armas encubiertas, que qué más prueba. Yo mostraba mis papeles y licencia del Archiduque: ni por ésas. Tanto, que un español que estaba allí casado por no poder estar en los estados del Rey, a causa de ser de los amotinados de Flandes, que fueron dados por traidores, doliéndose de mí por ser español, vino y me dijo: «Señor, vuesa merced no esté descuidado, que éstos le quieren ahorcar; mire si quiere que yo haga algo». Pensé que se burlaba hasta que vi era de veras y volvíame loco viniese a morir tan seco y sin llover. Díjele: «Señor, aquí tengo una carta de favor que me dio el príncipe de Condé para el Gran Maestre de Malta, en que verán que voy mi camino y no soy espía». Dijo: «Démela vuesa merced, ¡cuerpo de Dios!» Era tan chiquilla que casi no la hallaba; y tomola y llevó al Magistrado. Yo quedé tan desconsolado como se deja pensar, y de allí a una hora oí gran tropel en la cárcel, que pensé venían por mí para ejecutar su crueldad y más que sentí una voz en que decía: «Du ete lo español?», que quiere decir: «¿Dónde está el español? Llamadlo». Yo fui y estaba todo el Magistrado y me dijeron en francés: «Vení  con nosotros». Y llevaron a una hostería, donde mandaron me regalasen bien; hízolo el huésped, que no era más hereje que Calvino.
A otro día me dieron dos caballos ligeros para que me acompañasen hasta León de Francia y otro caballo para mí, que no gasté blanca hasta llegar allí, comiendo bien. En León me entregaron al Gobernador e hizo lo mismo, que después de regalado en una hostería, me sacaron otros dos caballos ligeros, hasta ponerme en tierras del duque de Saboya, que fue Chanberí. Pasé mi camino hasta Turín y de allí tomé la derrota de Génova, donde me embarqué para Nápoles y de ahí para Palermo, donde estaba por Virrey el duque de Osuna, a quien hablé, y mandó darme cien ducados de ayuda de costa, porque vio traía licencia. No faltó quien me dijo que me había mandado prender por las muertes pasadas, y sin saber si era verdad, como no lo fue, me embarqué y fui a Malta, donde fui muy bien recibido. Y al punto me enviaron a Levante en una fragata a tomar lengua, mientras nuestra armada iba a los Querquenes, en Berbería, que fue el año de 1611.
Tercera jornada
Hice mi viaje y traje relación verdadera. Túvose Capítulo General en el cual me recibieron en el Priorato de Castilla, sin tener obligación de hacer las pruebas necesarias para ello, sin haber voto en contrario de todo el Capítulo, con ser más de doscientos. Hice mi año de noviciado y, acabado, me dieron el hábito, aunque me contradecían algunos caballeros que tenía dos homicidios públicos y, no obstante, hice profesión porque el Gran Maestre lo ordenó.
En el año del noviciado tuve una pendencia con un caballero, temerario en condición, italiano. Fue por volver por otro que me había hecho bien. Tiráronme dos pistoletazos y no me hicieron mal. Pedí licencia para España; vine en las galeras de la Religión hasta Cartagena, sin gastar en comer nada, en compañía del caballero por quien reñí la pendencia, que decir todas las circunstancias sucedidas, no habría papel en Génova. Llevome hasta Madrid este caballero, donde me dejó, y yo quedé con mi hábito puesto, que todos me daban el parabién, unos de envidia, otros de amor.
Pedí en el Consejo una compañía y enviáronme a servir a la Armada Real, donde estuve en las ocasiones que hubo, hasta que volví a la Corte con licencia. Y en este tiempo me aficioné de una mujer casada, que fuimos amigos algunos días, y otra a quien yo conocía, también casada, traíame en cuentos de celos, tanto que me obligó a hacer una ruindad que, por tal, la cuento. Y es que me fui a su casa, delante su marido, con resolución de cortarla la cara; saqué la daga para hacerlo; ella que me vio resuelto, tapola y bajó la cabeza, metiéndola entre las piernas; yo me vi mohíno y alcele las faldas, que estaba a propósito, y dila en las asentaderas dos rebanadas como en un melón. El marido tomó la espada y salió tras mí, que era en la tienda donde trabajaba, que era oficial, y como hay tanta justicia en Madrid, luego cargó a prenderme. Yo me retiré a una casa donde me hice fuerte a la puerta, y no dejaba entrar alma si no era por la punta de la espada.
Había justicia de la Villa y Corte y, mientras más tardamos, más venía; tanto que llamaron uno de los señores alcaldes de Corte, que era don Fulano Fariñas, y llegado con gran tropa de alguaciles me dijo, quitándose el sombrero: «Suplico a vuesa merced meta la espada en la cinta». Respondile: «Pídemelo vuesa merced con tanta cortesía que, aunque me hubieran de cortar la cabeza, lo haré», como lo hice, y dijo: «Jure vuesa merced sobre esa cruz de no hacer fuga y venirse conmigo». Respondí: «Quien ha hecho lo que vuesa merced le ha mandado, no  ha menester; guíe vuesa merced donde fuere servido», y yéndonos mano a mano, llegamos a la cárcel de Corte, y dijo: «Vuesa merced quedará depositado hasta que se dé parte a la Asamblea y a su Alteza el Príncipe Gran Prior. ¡Hola!, decí que se le dé un aposento, el mejor que hubiere, y quédese con Dios, que esta noche vendré a ver a vuesa merced».
Prisión en Madrid
Felipe II y Fernando IIEl alcaide me dijo: «Si vuesa merced quiere estar con unos caballeros genoveses en su aposento, estará con compañía». Dije que sí, y así subió y se lo dijo, que lo hicieron de buena gana. Yo avisé al punto al Secretario de la Asamblea, aunque ellos lo sabían ya. Los genoveses me dieron de cenar y mandaron hacer una cama en el suelo, no mala, y a las doce de la noche vino el alcaide a dar tormento a un ladrón y, de camino, me tomó la confesión, a cual le respondí que bien sabía su merced que el día que había tomado el Hábito y hecho profesión me había despojado de mi libertad y que, así, no la tenía para jurar delante su merced, que antes le suplicaba me remitiese al Príncipe Gran Prior como mi juez. Dijo: «Dígalo con apercibimiento…» (de no sé qué), y dije: «Lo que he dicho, digo, y lo firmo de mi nombre».
Esta fue mi confesión, con que el señor alcaide se fue, y yo a acostar A la mañana vino el alcaide con mucha prisa a que me vistiese, que toda la sala me aguardaba; respondí que los señores no eran mis jueces y que, así, no quería ir. Fuelo a decir y mandaron subiesen ocho galeotes y me trajesen con cama y todo a la sala, que al punto se ejecutó y plantáronme en ella como estaba en mi aposento.
Comenzaron a decir lo que suelen en aquel tribunal; yo respondí una palabra que les obligó a mandar que me llevasen a un calabozo y, al pasar por los corredores, encontré con dos caballeros de mi Hábito y el Fiscal, que venían con orden de la Asamblea a pedirme. Entraron en la sala y, cerrados todos, ordenaron fuese un alcalde a hacer relación al Consejo. Fue uno que se llama Fulano de Valenzuela y subió al Rey, y volviendo a las doce del día, que no visitaron a nadie, trajo un decreto que tengo yo el tanto de él. Dice «Remítase el alférez Alonso de Contreras al Príncipe Gran Prior, mi sobrino, con todo lo que hubiere escrito original, advirtiendo que se sepa primero si es profeso y, siéndolo, quede un tanto de la carta de profesión en poder de los alcaldes». Con esto vino y me llamaron, que ya estaba vestido, y preguntaron por la carta de profesión. Envié por ella y registrándola, me entregaron a los caballeros y llevaron a la cárcel de la Corona, donde estuve hasta que la Asamblea me desterró por dos años, y me fui a servir a la Armada y estuve hasta que torné a pedir licencia para la Corte, a pretender una compañía.
Salió una elección de cuarenta capitanes y no me tocó la suerte. Salí de Madrid con resolución de irme a Malta, que me parecía que allí podría medrar. Topé un caballero que iba a Malta y venímonos juntos. Llegamos a Barcelona y embarcámonos para Génova y, después de llegados a aquella ciudad, nos partimos para Roma por tierra, que llegamos en breve tiempo.
Aquí me sucedió un trabajillo y fue que yo andaba malo de unas tercianas y, aunque las pasaba en pie, un día fuime en casa de unas mujeres españolas a entretener el tiempo. Llegaron dos gentileshombres italianos y subieron arriba, porque los abrió la criada sin que yo ni las amas lo supiesen. Y entrados en la sala me preguntaron qué hacía allí; respondí que hablando con aquellas señoras de la tierra, que éramos paisanos. Dijéronme secamente: «¡Anda, vete!» Pareciome que era menoscabo el irme de aquella manera y no me di por entendido, hablando con la una de ella[s]. Tornáronme a decir: «¿Aguarda que le echemos por la escalera abajo?» Yo ya no podía sufrir más y levanté la espada, que traía en las manos como enfermo, y di sobre ellos, que todos dos rodaron las escaleras, y uno mal descalabrado. A las voces cargaron los esbirros (que en aquella ciudad hay muchos), y, metiéndonos a todos en una carroza, nos llevaron en casa del Gobernador, donde, contado el caso, las mujeres y ellos mismos me mandaron les diese la mano, y con esto nos fuimos cada uno a su casa.
Veneno en Roma que me dieron
Estos hombres, no teniendo ánimo de matarme, se aunaron con mi huésped y dijeron que me dijese si quería sanar de aquellas tercianas; había un médico que en cuatro días lo haría, sin llevar dinero, hasta sanarme. Yo, deseoso de la salud, dije que le trajese, y a otro día entró el huésped y dijo que allí estaba. Entró; era un hombre vestido de clérigo y visitome preguntándome del mal; díjeselo y respondió: «En cuatro días daré sano a vuestra Señoría, y quédese con Dios, que mañana volveré; no se levante de la cama». Fuese y díjome el huésped: «Es el mayor médico de Roma y lo es del cardenal de Joyosa». Aguardé a otro día que vino el buen médico, o diablo, y sacó una redomica de vino tinto y un papel con unos polvos y, pidiendo un vaso, echó muchos de ellos dentro, y vino de la redoma, y, revolviéndolo, me dijo: «Bébaselo vuestra Señoría». Hícelo y, acabado de beber, me dijo que me arropase, que ya quedaba sano. Fuese, y dentro de medio cuarto de hora se me comenzaron a ligar los dientes y las entrañas, que reventaba pidiendo confesión y echando por arriba cuanto tenía, y por abajo tinta negra.
Mi camarada el caballero fue corriendo en casa del Embajador de España y llamó el doctor, que era un portugués, que vino al punto. Y contado lo sucedido, y visto lo echado por arriba y por abajo, ordenó remedios con que atajó, aunque con trabajo, tanto mal; que después dijo que, para que se viese la gran robustez de mi estómago, quería dar a una mula tanto como cabía en una cáscara de nuez, y darlo a una mula, y que había de reventar en una hora, y a mí me había dado una cuchara de plata colmada.
Continuó hasta dejarme bueno. Y queriendo prender el huésped dijo que no le conocía, sino que él había venido a casa a ofrecerse y decir que era doctor del cardenal de Joyosa y que él lo había hecho por mi bien; que nunca pareció ni volvió tal médico, con que creí que había sido enviado de los dos que rodaron la escalera, con lo cual lo dejamos.

CONTINUARÁ... Cómo, llegado a Malta, volví a España y fui capitán
de infantería española, y otros sucesos.

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