CAPÍTULO X

P00653En que se sigue el levantamiento de testimonio
sobre que era rey
EN suma, trajeron al teniente cura de San Ginés, que estaba a tres casas, y arrimándome a un rincón me confesé. ¡Pluguiera a Dios fuera hoy que escribo ésta, la cuarta parte tan bueno como entonces! Supliqué y pedí con citación al confesor que a otro día había de dar cuenta ele lr a que le pedía al secretario Prada y a mi madre y era suplicarle de mi parte se siguiese la causa, porque en ningún tiempo se dijese yo había sido traidor al Rey. Con lo cual se acabó la confesión y se fue el teniente cura y a mí me pusieron unos grillos y ataron muy bien encima de una mula de silla y por debajo de la barriga de la mula ataron el otro pie en que no iban grillos.
Salimos de casa, que vivíamos a la rinconada de San Ginés: Subiéronme por donde van los ahorcados, entré en la Plaza y bajáronme por la calle de Toledo y Puerta Cerrada, calles de los ajusticiados. Verdad es que era camino de la Puente Segoviana, por donde habíamos de ir para Hornachos, donde me llevaba, que pudo decírmelo, con que excusara aquella aprensión que tomé de que me llevaban a dar garrote. En suma, caminamos nuestro camino lo que quedó de la noche y a cada sombra de árbol pensaba que era el verdugo.
Amanecionos en Móstoles, caminamos a Casarrubios, donde dimos cebada y almorzamos, aunque yo de mala gana,y díjele al alguacil por qué no me decía adónde íbamos y hubiera ahorrado tan gran pesadumbre como había tomado aquella noche. Díjome que íbamos a una tierra que no me lo quería decir, porque llevaba orden del  Consejo, hasta que estuviésemos en ella, que aun me quedó algunas sospechas.
Llegamos a la vista de Hornachos y entonces dijo que íbamos a él y que se había de hacer una diligencia aquella noche, que no habíamos de entrar hasta medianoche.
Nuevos pensamientos para mí, que estuvimos en una huerta aguardando la hora y yo pensé era la postrera, pero no me daba cuidado; siempre que haya de ser me coja como entonces, que me contento. A la entrada del lugar me quitó los grillos y desató diciéndome: «Vuesa merced diga la casa donde estaban las armas». Dije: «Señor, yo no conozco el lugar porque no estuve en él más de una tarde y una noche, y cuando me llevó el soldado era de noche y ha cinco años; pero póngame vuesa merced en una calle que hay cuesta arriba donde hay una fuente, que espero en Dios acertar la casa».
Hízolo y dije: «Ésta o ésta es la casa». Dijo: «Pues vámonos a la posada». Fuimos y dábame de cenar, ¡reventado sea! Mire si me había dado buena cena con semejantes tragos. Amaneció y dieron traza para que yo entrase en las dos casas sin escándalo a reconocerlas. Y fue que entrando en otras primero, decían era enviado del obispo de Badajoz, a ver las casas si tenían imágenes y cruces, y como yo era ermitaño creyéronlo. Y fue causa que vinieron santeros con estampas de papel a Hornachos que se hicieron ricos, y no había puerta que no tuviese dos o tres cruces, que parecía campo de matanza. Entré en la casa y topé el silo, pero no estaba como yo lo había confesado en mi confesión que era blanco como una paloma y de algunos treinta pies de largo y veinte de ancho.
Halleme confuso y, arrimado a la pared, con el dedo estuve arañando como confuso, cuando Dios quiso que cayó un pedazo de lodo de donde arañaba y debajo quedó blanco; reparé en ello y dije: «Señor, traigan quien derribe una tapia, porque rasqué todas las paredes y no había blanco más de las tres y la una era negra». Trajeron quien la derribase, la negra, y luego quedó el silo como yo lo había dicho, porque habían echado una tapia en medio del silo y de un aposento habían hecho dos y echado una capa de barro encima.
Prendieron al dueño de la casa; dijo que él había comprado la casa dos años había de otro morisco, que no sé cómo se llamaba, más de que yéndolo a prender, como había ya sabídose el ruido del derribar la casa, tomó una yegua que tenía y se fue a Portugal, que costó harto de sacarlo de él. Embargáronle su hacienda, que la fiesta fue para él alguacil y los guardas. Con esto ya me tenían con menos cuidado. Despachose a la Corte con lo dicho, que estimó el Alcalde la nueva.
Yo caí malo y de muerte, pero fueron tantos los remedios y cuidado que sané presto. Enviaron por mí y para llevarme trajeron litera y médico que fuese conmigo porque iba convaleciente; y en todas las tierras que pasaba salía el Corregidor o Alcalde a entregarse de mí hasta la mañana que me tornaba a entregar; pero regaladísimo y en lindas casas y no en cárceles, que nunca entré en ellas. Llegamos a Madrid y lleváronme a la misma casa. Viome mi madre con hartas lágrimas.
Yo estaba ya bueno y un día lleváronme en casa del Presidente de Castilla, que era el señor don Pedro Manso, donde había una junta con consejeros del Real y de Guerra. El señor don Diego de Ibarra y el señor conde de Salazar eran del de Guerra; los demás no tenía con ellos conocimiento, sino con el señor Melchor de Molina, que era fiscal. Trajeron al Comisario a carear conmigo, a quien yo confesaba había dado cuenta y él había negado no había estado en Hornachos, y leyéndome la confesión dije que conocía al tal comisario y que era verdad todo lo contenido en aquella confesión y que para qué negaba cosa tan clara. Negolo y yo dije: «Señores, esta es la verdad y si es menester ratificarlo en un tormento, lo haré». Con esto se acabó, mandándome llevar a mi sólita prisión y al Comisario a la cárcel de Corte.
Tormento que me dieron

La_isla_de_la_Paz_1659

No pasaron muchos días que una noche, después de acostado, me mandaron vestir y, metiéndome en una silla, me llevaron a la calle de las Fuentes y metieron en una sala muy entapizada, donde había una mesa con dos velas y un Cristo y tintero y salvadera con papel; allí cerca un potro, que no me holgué de verlo, y estaba el verdugo y el Alcalde y escribano. El Alcalde me consoló y dijo que el Comisario negaba no le había dado parte de las armas y que así era menester darme tormento: que le pesaba en el alma de ello y, así, mandó que se hiciese lo necesario. El Secretario me notificó no sé qué, que no me acuerdo, y el verdugo me desnudó y echó en aquellas andas y puso sus cordeles. Comenzáronme a decir dijese a quién había entregado las armas; yo dije que me remitía a mi confesión. Dijo: «Aprieta, que bien sé que te dieron a ti y a tu capitán cuatro mil ducados porque lo callásedes». Yo respondí: «Es mentira, que mi capitán supo de ello como el Gran Turco.
Lo que tengo dicho es la verdad». Con que no quise responder más palabra en todo el tiempo que me tuvieron allí más de que dije: «Recio caso es atormenten por decir la verdad», que tan poco me importaba el decir lo dicho de bueno a bueno; «Si quiere vuesa merced que me desdiga, lo haré». Dijo: «Aprieta y da otra vuelta». Y no me pareció que me dolió mucho esta vuelta. Y luego me mandó quitar y que me metiesen en la silla y llevasen a casa, donde me curaron y regalaron como al Rey, y al meterme en la silla me abrazó el Alcalde. Estuve en la cama regalado más de diez días y luego me levanté. Y el Comisario estaba apretado en la cárcel de Corte, pero tenía al Condestable viejo que le ayudaba y al conde de Chinchón viejo, además de treinta mil ducados que decían tenía. Proveyose un auto en que me soltasen, tomándome pleito-homenaje que no saldría de la Corte hasta que se me mandase, y mandaron que me quitase el hábito de ermitaño, para lo cual me vistieron de terciopelo, muy bien, en hábito de soldado, y me daban cada día cuatro escudos de oro para comer y posada, los cuales me daba el secretario Piña cada cuatro días, con puntualidad. Todo esto se pagaba de los bienes de los moriscos.
Salí a San Felipe, como digo, galán. Todos se espantaban de verme y holgaban de que estuviese libre. Yo iba cada noche en casa del alguacil que me había tenido preso, y su mujer me decía: «Señor, el Comisario prueba no estuvo en Hornachos con muchos testigos; yo, por el pan que ha comido con nosotros vuesa merced, le aconsejaría se fuese, no tornase a caer en prisión y, como dicen, más vale salto de mata que ruego de buenos». Yo pensé lo decía con buena intención, y, ¡pardiez!, que traté de irme como me lo aconsejaba, porque lo hacía a instancia del Comisario que, como digo, era rico y al fin se le cuajó su intención.
Huida de Madrid
Yo tenía algo ahorrado y rogué al Secretario me diese para dos días la ración, que lo había menester y, vendiendo el vestido negro, habiendo comprado en la calle de las Postas un calzón y capote pardo sin aforro y unas polainas y una mala espada, con mis alforjas y montera salí una noche al anochecer de Madrid, camino de Alicante, y esto era por enero. Quien ha caminado aquellos caminos en tal tiempo, me tendrá lástima.
Amanecí en la Barca de Bayona y caminé por esa Mancha arriba; llegué a Albacete, de donde tomé el camino de Alicante, que llegué en cuatro días, y aquí tomé lengua dónde estaba el tercio de la Armada, porque estaban todos los tercios de Italia y Armada en aquel reino de Valencia, donde estaban muchos soldados de mi compañía cuando pasé por Hornachos, que como agregaron mi compañía cuando me reformaron en Lisboa, todas las que quedaron en pie las metieron en la Armada, en el tercio de ella. Supe cómo estaba este tercio en la Sierra de Cortes y en Laguar. Caminé hacia allá en el hábito que he dicho y buscando algunos soldados de los míos; tuve medio de irme cada día a ver entrar las compañías de guarda, donde hallé más de quince y entre ellos dos, que eran alféreces, vivos. Conteles mis trabajos a los alféreces, que se condolieron y llevaron a su posada, y diciendo que el comisario negaba no había estado en Hornachos, dijeron que mentía, que aun le daría señas de lo que almorzó aquella mañana y en qué posada. Hablamos a algunos de los soldados para que dijesen sus dichos y, teniéndolo prevenido, hice un memorial para el Auditor del tercio en que me convenía examinar ciertos testigos de cómo un Fulano había estado presente en una tierra o lugar que se llama Hornachos por tal tiempo, y que para cobrar cierta hacienda me importaba, le suplicaba y daba los nombres de los testigos.
Con esto examiné cinco testigos de cómo estaba el Comisario en Hornachos cuando la compañía estuvo allí. Después de hecho lo guardé y quise irme, pero estábamos de día en día para saquear los moriscos de aquella tierra y me aguardé algunos días y también por aguardar buen tiempo, que le hacía cruel.
Cuando me huí de Madrid me echaron menos a dos días y enviaron a buscarme por diferentes partes y asimismo me pregonaron en Madrid, llamándome a pregones, con lo cual, como no respondí, ni se sabía dónde estaba, aunque tuvieron noticia que había huido hacia Valencia, por algunas señas que tuvieron de mí. Con que el Comisario comenzó a pedir que le soltasen, porque todo lo que yo había dicho era mentira y que me había vuelto a buscar los moriscos para meterme entre ellos. Tenía dinero y los dos grandes señores que le ayudaban y así no hubo dificultad en soltarle, aunque el Alcalde no creía de mí cosa mala, y más que se había hecho secretamente una plena información hasta dentro del cuarto grado, para saber si tenía alguna raza de moro o judío. Y digo esto porque después me dijo el secretario Piña «Si vuesa merced tuviera lo que costó de hacer pesquisa e información de su nacimiento, padres y abuelos paternos y maternos, había para pasar algunos días. Y fue vuesa merced venturoso en que no hallasen cosa de lo dicho, porque es cierto le hubieran ahorcado». El buen Comisario andaba fuera de la cárcel y la sentencia de los moriscos se iba fulminando (el echarlos de España) y a mí buscándome. Cuando de allí a pocos días, en un saquillo que hubo de unos moriscos en la Sierra de Laguar, me tocó un macho bizarro o mulo de arriero, con que tomé el camino de Albacete y un pasaporte del Sargento Mayor del tercio, cómo no tenía plaza y aquel mulo lo había ganado y era mío, con sus señas. Entré en Albacete y vendí el mulo, que me dieron por él treinta y seis ducados y valía ciento.
Vuelta a Madrid de Valencia
Caminé a Madrid y antes de llegar una legua, en Vallecas, hice un pliego de cartas intitulado: «Al Rey Nuestro Señor, en manos del Secretario Andrés de Prada». Y con mis alforjas, como correo, entré en Madrid al anochecer. Fuime derecho en casa del señor conde de Salazar y hablé con su secretario, Medina, y conociéndome dijo que me fuese con Dios, que si me cogían me habían de ahorcar mañana. Repliquele, y él en que me fuese; llamé un paje y dije: «Vuesa merced diga al Conde que está aquí un correo que viene del ejército de Valencia».
Mandome entrar al punto, y como me conoció miró a un lado y a otro si había gente, me pareció, para prenderme. Yo le dije: «Señor, yo soy el alférez Contreras, que por la reputación me ha obligado a venir así (venía con el lodo a media pierna), y para que vea Vuestra Señoría, aquí traigo información bastante cómo el Comisario estuvo en Hornachos, que por irla [a] hacer donde había soldados de la compañía me fui sin licencia. Ahora Vuestra Señoría mande lo que fuere servido». Entonces dijo: «Por este hábito que siempre tuve buen concepto de Contreras. Vaya en casa de Melchor de Molina, el fiscal, y cuénteselo luego y veámonos mañana».
Yo fui en casa de Melchor de Molina, el fiscal, y me dijeron que estaba acostado, con que me determiné a ir en casa de una mujer conocida, y llamando a la puerta me respondió una moza que tenía y abrió, y como me conoció dijo a voces, como espantada: «¡Ay, señora, que es el alférez!» Entré con la figura que he dicho, que era dificultoso el conocerme y dije: «¿De qué se alborotan?» Dijo la mujer: «Está loco en venir a Madrid, que no tardarán tanto en cogerlo como en ahorcarlo; ¡por las llagas de Dios se vaya a una iglesia!» Dije: «Isabelilla, toma; ve en casa del embajador de Inglaterra y trae una empanada de lo que hallares y vino, que estoy muerto de hambre, y si me han de ahorcar, deja que muera harto». La moza fue y vino en el aire y trajo la empanada y vino; y dije al ama: «Siéntese y cene». Dijo que había cenado y yo comencé a cenar y, acabado, hice que me lavaran los pies con un poco de vino y me acosté. Dormí, que venía cansado, y por presto que madrugué ya estaba fuera el fiscal. Dijéronme que había ido a misa a la Compañía y fui allá, y al salir de la iglesia hablele y dije cómo traía información y que el Conde me había dicho se la llevase y que se verían en Palacio. Tomó la información, doliéndose de verme, y dijo le aguardase en su casa. Yo lo hice como lo mandó.
La criada de la señora donde había cenado era amiga de un corchete y avisole por la mañana mientras fui en casa del fiscal, que yo mismo había dicho iba allá por la mañana cuando salí, y éste avisó a su amo, que era un alguacil de Corte que se llamaba Artiaga, y aprestándose con otros corchetes fueron a aguardarme cuando saliese de allí. Aguardé hasta mediodía, que vino el fiscal, y apeándose del coche me vio y dijo: «Venga vuesa merced, que Su Majestad le ha de hacer mucha merced», y esto asido de la mano. Los que venían con él se espantaron ver un hombre que parecía correo de a pie y menos, hacer tantos cumplimientos.
Entramos en el estudio y sentámonos y comenzó a engrandecer mi valor y dijo: «Vuesa merced vaya en casa del Conde, que ya hemos estado en Palacio juntos y se ha tomado resolución con vuesa merced». Yo salí de la casa cuando cargó el alguacil con sus corchetes sobre mí: «¡Favor al Rey!» Yo metí mano a la herruza y comencé a jugar, pareciéndome que era trampa lo del fiscal, que no dejaba llegar a mí a nadie. Avisaron al fiscal que salió a la puerta diciendo: «¡Picaros, ladrones! ¿Qué hacéis? ¿Sabéis quién es ese que va vestido de correo? ¡Por vida del Rey que os haga echar en una galera! ¿No bastaba que salía de mi casa?» Con lo cual quedó el alguacil aturdido y yo, envainando mi espadilla, me fui en casa del Conde, con más de cien personas detrás y delante. Aguardé que viniera, y aún no se había ido la gente de la puerta cuando llegó y me dijo: «Suba acá, señor alférez». Seguile y estando arriba me dijo: «Vuesa merced ha cumplido como muy hombre de bien. Esto está acabado; mire para dónde quiere una compañía y se le dará el despacho».
Yo le besé la mano por ello y dije: «Señor, ya que ha de ser, sea para Flandes». Y entonces me dio un billete para el secretario Prada y más trescientos reales en piezas de a dos, con que fui en casa del Secretario y di el billete y él me dio un pliego que hizo para el Rey, que estaba en el Pardo. Fuime al Pardo y entregué el pliego al secretario Veloque y dijo que volviese a la tarde, a boca de noche al escritorio. Y volviendo me dio un pliego para el mismo secretario Prada y mil reales en piezas de a cuatro. Tomé lo uno y lo otro y vine a Madrid y entregué el pliego; y había en él una cédula para Flandes de doce escudos de ventaja y una carta para el Archiduque en que mandaba el Rey me diese una compañía de infantería. Con lo cual me vestí a lo soldado y tomé la derrota para Agreda, donde era ermitaño, pidiendo a mi madre su bendición y dejándola algún socorrillo del que me habían hecho a mí. El comisario, como tenía dineros y tan buenos ángeles de guarda, y estaba ya suelto en fiado, y la sentencia dada contra los moriscos que los echasen de España, le dieron un destierro que le debió de durar poco, porque le vi en la Corte de allí a cuatro años, poco más.
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