Alonso de Contreras. Discurso de mi Vida. CAPÍTULO IX.

Sitio_de_Ostende
Cómo me fui a España y en ella me levantaron era
rey de los moriscos, donde tuve mucho trabajo
FUIME a España y a la Corte a tratar de mis pretensiones. Metíéronme en relación de capitanes y vacando la Sargentía Mayor de Cerdeña, me la dieron, habiéndome consultado el Consejo en ella. Y queriéndomela barajar don Rodrigo Calderón, que esté en el cielo, para un hermano de un criado suyo, hizo que me pusiesen en la patente «a beneplácito del Gobernador o Capitán General», cosa jamás vista. Hablé al secretario Gasol sobre ello y encogiose de hombros. Tomé una mula y fuime al Escorial a hablar al Rey don Felipe Tercero, que esté en el cielo, y remitiome a don Rodrigo Calderón, que entonces no era más el año 1608. Yo respondí al Rey: «Señor, don Rodrigo es el que ha hecho poner en la patente el con qué». Díjome, casi enojado: «Yo os haré despachar». Fui a hablar a don Rodrigo y sabía ya cuanto había pasado con el Rey, con que me dijo: «¿Cómo sabe que yo he mandado poner en la patente el con qué? ¡Vaya, vaya!»
Herida al escribano en El Escorial
Salí de allí, y de allí a una hora llegaron a mí dos hombres y dijeron: «Venga vuesa merced con nosotros». Pareciome imperio de justicia, aunque no traí[n] vara, y como yo había tenido con el Rey y don Rodrigo lo dicho, acabé de creer era justicia, y pensé bien. Lleváronme en medio, en conversación, preguntándome mis pretensiones, con que llegamos abajo, al lugar, y yo pensando me metieran en la cárcel, pasamos por junto a ella, que está en el camino, y Saliendo del lugar, como dos tiros de mosquete, el uno que iba a mi lado derecho, puso la mano detrás por debajo de la capa, a quien yo miraba más a las manos que a la cara y al punto saqué la espada y di tan gran cuchillada en la cabeza que cayó en el suelo con las escribanías en la mano, que si no se las veo le asegundo. El otro, que era el alguacil, metió mano al punto y, tirándome afuera, hice una raya en el suelo con la espada y dije: «No me pase de ahí nadie, que lo haré pedazos». El alguacil tomó la sangre con unos pañizuelos y de aquella manera me notificaron no entrase en El Escorial, sin licencia del Rey, pena de la vida. Yo dije: «Y mi mula que está en el mesón, ¿tampoco no puedo ir por ella?» Dijeron: «No, que se la enviaremos». Y a toda prisa se fueron a curar el escribano y a dar cuenta al que se lo había mandado. Dicen que se rio mucho en la comida del Rey. Trájome un labrador mi mula y púseme a caballo camino de Madrid y en las siete leguas entré en cuenta conmigo y me resolví el irme a servir al desierto a Dios y no más Corte ni Palacio. Entré en Madrid y fuime a mi posada, donde perseveré en mi propósito y traté de mi viaje, que fue el irme a Moncayo y fabricar una ermita en aquella montaña y acabar en ella.
Ermitaño
Compré los instrumentos para un ermitaño: cilicio y disciplinas y sayal de que hacer un saco, un reloj de sol, muchos libros de penitencia, simientes y una calavera y un azadoncito. Metí todo esto en una maleta grande y tomé dos mulas y un mozo para mi viaje, sin decir a nadie dónde iba. Despedí un criado que tenía, recibí la bendición de mi madre, que pensó iba a servir mi Sargentía Mayor, y muchos lo pensaron cuando me vieron pasar por San Felipe, camino de Alcalá y Zaragoza.
Llegué al puerto de Arcos, donde se registra, y queriendo que abriese la maleta, como la vieron grande, dije: «Suplico a vuesas mercedes no la abran, que no hay cosa de registro, ¿qué quieren que tenga un soldado que viene de la Corte?» Ellos quisieron abrirla y, comenzando, sacaron los instrumentos dichos, que se quedaron espantados y dijeron: «Señor, ¿dónde va con esto?» Dije: «A servir otro poco a otro rey, que estoy cansado». Y como veían que iba bien tratado, les movió a lástima y, en particular, el mozo de mulas, que lloraba como una criatura. Fuimos de allí adelante tratando los dos de mi retirada, hasta que llegamos a Calatayud, que había unos caballeros de Malta, mis conocidos, a quien pedí algunas cartas de favor en que me acreditasen para el obispo de Tarazona, que Moncayo está en su dióces[is]. Predicáronme no tomase tan fuerte resolución, porque sabían quién yo era, y no pudiéndome sacar de mi intento, me dieron cartas de mucho crédito y aún suplicaban al Obispo que me lo quitase de la cabeza. Era obispo un fraile jerónimo que había sido confesor del rey Felipe Segundo.
Llegué a Tarazona, fuime a una posada, despedí mi mozo y mulas, que no se quería ir (tanto amor me había cobrado), y de allí a dos días fui a ver el Obispo y di las cartas. Mandó que me quedase a comer con él y, sobremesa, me hizo un sermoncito, poniéndome por delante mil inconvenientes y la mocedad; yo siempre en mi propósito. Estuve en su casa ocho días regalado y siempre con sermones, hasta que vio no tenía remedio, con lo cual me dio cartas para su Vicario, que estaba en Agreda, que está a la halda de Moncayo. Llegué, di mis cartas al Vicario, que se espantó de mi resolución y dijo que cuando quisiese podía comenzar.
Estaba por Corregidor un grande amigo mío en esta ciudad, de Madrid, que se llama don Diego Castellanos de Maudes, que, como me vio, me llevó a su casa y tuvo unos días, que casi me hubiera quitado el pensamiento. Y como supieron en la ciudad mi intento y que el Corregidor me abonaba, que era hombre que había estado en tantas ocasiones, gané las voluntades de todos. Con que, vista mi perseverancia, ayudaron a fabricar mi ermita, que fue poco más de media legua de la ciudad, en la halda de la montaña.
Compúsela de algunas cosillas, con la imagen de Nuestra Señora de la Gracia, de bulto. E hice una confesión general en un convento de San Diego, de frailes franciscos descalzos, que está fuera de la ciudad, en el camino de mi ermita, que el día que me vestí de ermitaño y descalzo fue el Vicario y la bendijo y dijo misa; y estuvo el Corregidor y muchos caballeros que, acabado, se fueron y me quedé solo, tratando de repartir el tiempo en cosas saludables al alma. Púseme el saco de la color de San Francisco y, descalzo de pie y pierna, venía todos los días a oír misa al convento, donde tenía batería de los frailes fuese uno de ellos; yo no quería.
Los sábados entraba en la ciudad y pedía limosna. No tomaba dinero más de aceite, pan y ajos con que me sustentaba, comiendo tres veces a la semana una mazamorra con ajos y pan y aceite, cocido todo, y los demás días pan y agua y muchas yerbas que hay en aquella montaña. Confesábame cada domingo y comulgaba. Llamábame fray Alonso de la Madre de Dios. Y algunos días me hacían comer los frailes con ellos, con intención que me metiese fraile, y como vieron que no había remedio me pusieron pleito para que me quitase el hábito o saco que traía de su Orden. Salieron con ello y hube de mudar traje, que me pesó harto, tomando la color de los frailes vitorios, que creo si los hubiera allí fuera lo mismo: tanta gana tenían de meterme en su religión. Yo pasé cerca de siete meses en esta vida, sin que se me sintiese cosa mala, y estaba más contento que una pascua y prometo que si no me hubieran sacado de allí, como me sacaron, y hubiera durado hasta hoy, que estuviera harto de hacer milagros.
Volvamos atrás, cuando pasé por Hornachos, que había pasado tiempo de cinco años, del año 1603 al de 1608, que era cuando estaba en la ermita o me f[u]i a ella. Hubo en España algunas premisas que los moriscos se querían levantar, y habiendo ido el alcalde Madera, que lo era de Casa y Corte, a Hornachos a hacer unas averiguaciones graves, quizá contra el rebelión que dicen se conjuraban los moriscos, estaba en dicho lugar con su corte, en el cual mandó ahorcar seis moriscos. El porqué no lo sé, más de que habiendo venido del lugar de Guareña a Hornachos unos labradores a vender algo, vieron ahorcados los moriscos, con lo cual dijeron: «No sin causa aquellos soldados que pasaron por nuestra tierra los años atrás decían tenían éstos una cueva de armas escondidas».
No faltó quien lo oyó y avisó al Alcalde, que mandó prenderlos, y tomada su confesión, dijeron que una compañía de soldados que había pasado por su tierra los años atrás, en una pendencia que hubo con la gente del lugar, decían los soldados: «¡Ah, cuerpo de Dios, si nos hubieran armado de las armas que hallaron escondidas en la cueva de Hornachos!»
Preguntáronlos quién era el capitán. Dijeron que no lo sabían, con que despachó al lugar a ver si lo podía saber. Y como en todos los lugares, antes de alojar, se echa un bando en nombre del capitán, halláronlo con facilidad. Sabido el nombre del capitán, que a la sazón estaba en Nápoles, hallaron testigos en el lugar como decían: «El alférez tuvo la culpa, que, pues las halló sin decir a nadie nada, las había de repartir entre nosotros». Con lo cual procuró saber quién era el alférez. No lo supieron decir y así se envió a la Corte a saber quién era el alférez del capitán don Pedro Jaraba del Castillo en la leva del año 1603 y con facilidad supieron era yo.
Buscándome, a[l]canzaron a saber cómo estaba en Moncayo hecho ermitaño y había dejado de ir a servir la plaza de Sargento Mayor de Cerdeña, porque había escrito de la ermita a mi madre y a unos oficiales de la Secretaría de Estado, mis amigos, que entonces la tenía el señor Andrés de Prada, el viejo, que me hacía mucha merced. Con lo cual despacharon una cédula real para que me fuesen a prender, pareciéndoles que, pues había topado aquellas armas y de ellas no se había tenido noticias hasta entonces, y que en tiempo que los moriscos trataban de levantarse y no quisiese yo haber ido a ejercer a Cerdeña mi oficio, sino retirádome el hábito de ermitaño a Moncayo, que es lo más fuerte de España y se comunica con Aragón y Castilla, siendo la raya de lo uno y lo otro, les dio a imaginar que yo sería el rey de aquellos moriscos, no sabiendo lo que me obligó el retirarme.
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Prisión siendo ermitaño
Llegó el que traía la comisión, que se llamaba Fulano Llerena, Alguacil de Corte, y presentola de secreto al Corregidor de Agreda. Y, convocando mucha gente armada, fueron a mi ermita; y como no era camino real, ni otro, el de la ermita, yo me espanté de ver venir tanta gente junta y armada. Imaginé era alguna compañía de soldados bisoños que pasaban a Aragón, pero viéndolos encaminar a la ermita, no sabía qué decirme. Más de que llegaron con tanta prevención, como si fuera un castillo lo que habían de ganar, y llegándose a mí, que estaba con un rosario en la mano y un cayado en la otra, me agarraron y prendieron y al punto me ataron las manos atrás y pusieron un par de grillos en los pies, con el mayor contento, como si hubieran ganado una ciudad muy fuerte y, poniéndome encima de un pollino, asentado y atado, comenzaron a caminar la vuelta de la ciudad. Yo oía decir «Este es el rey de los moriscos; miren con la devoción que andaba en la tierra». Otros decían mil disparates, con que llegamos a do había salido todo el lugar a verme y a unos hacía lástima y a otros daba qué decir. Metiéronme en la cárcel con gran guarda, donde estuve aquella noche encomendándome a Dios y haciendo examen de mi vida, por qué podían haberme preso con tanto cuidado y cédula del Rey. No podía saber qué fuese, porque hacía mil juicios.
Otro día rogué me llamasen al Corregidor; vino y preguntele me dijese si sabía la causa de mi prisión. Respondiome que creía era tocante a los moriscos, con lo cual imaginé si era por las armas que topé en Hornachos, que luego se me vino a la memoria y dije: «Si es por las armas que topé en Hornachos ¿para qué me prendían con tanta cautela?, que preguntándomelo, lo diría». El Corregidor se espantó y llamó al punto al tal Llerena y se lo dijo, de que daba saltos de contento y mandó que me quitasen las prisiones de las manos que me atormentaban. Dábanme de comer con regalo y, como estaba enseñado a comer yerbas, me hinché luego que pensaron me moría y pensaron era veneno. Llamaron los médicos, curáronme y luego conocieron lo que era, que fue fácil de sanar. Caminamos a Madrid y en el camino fui regalado, pero con mis prisiones y doce hombres de guarda con escopetas. Llegamos a Madrid y me llevaron a apear a la calle de las Fuentes, en casa del alcalde Madera, que había venido de Hornachos.
Apeado, mandome quitar las prisiones y metió en una sala, donde quedamos solos, y comenzándome con amor a preguntar la causa de haberme retirado, le dije lo que ya tengo escrito atrás. Pasó adelante y díjome si había estado en Hornachos alguna vez. Respondile: «Señor, si es por las armas que topé en un silo allí, pasando con mi compañía habrá cinco años, no se canse vuesa merced; que, yo se lo diré cómo pasó». Levantose y abrazome, diciendo que yo era ángel, que no era hombre, pues había querido Dios guardarme para luz del mal intento que tenían los moriscos, y comencé a contárselo como está dicho. Mandó que me llevasen en casa de un Alguacil de Corte que se llamaba Alonso Ronquillo, con seis guardas de vista pero sin prisiones con orden me regalasen y que a la comida y cena estuviese un médico a la mesa, el cual no me dejaba comer ni beber a mi gusto, sino al suyo; por lo cual veo que come mejor un oficial que un gran señor.
Pasose cuatro días que no me dejaron escribir ni enviar recado a nadie de mis conocidos y madre. Y al cabo de ellos vino el mismo Alcalde con un Secretario del Crimen, que se llamaba Juan de Piña, y me tomó la confesión de verbo a verbo, en la cual no quiso que me llamase fray Alonso de la Madre de Dios, sino el sargento mayor Alonso de Contreras y así me hizo firmar.
De allí a quince días, que ya yo comunicaba con mi madre y amigos, aunque siempre con guardas de vista, pero no con médico a la mesa, llegó una noche el alguacil Ronquillo, a medianoche, vestido de camino y con pistolas en la cinta, con otros seis de la misma manera, y entró en el aposento y dijo: «Ah, señor sargento mayor, vístase vuesa merced que tenemos que hacer». Yo, como le vi de aquella manera, dije: «¿Qué, señor?» «Que se vista, que tenemos que hacer». Yo tenía poco que vestir más que echarme encima un saco; y hécholo, le dije: «¿Dónde va vuesa merced?» Respondió: «A lo que ordena el Consejo».
Entonces yo respondí: «Pues sírvase vuesa merced de enviar a llamar a San Ginés quien me confiese, que no he de salir de aquí menos que confesado». Entonces tornó y dijo: «Es tarde. Vamos, que no es menester». Y por el mismo caso más temí lo que tenía en mi imaginación; que era el llevarme a dar algún garrote fuera del lugar.

CONTINUARÁ…

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