Alonso de Contreras. Discurso de mi vida. CAPÍTULO VIII.

Maurits_(1567-1625),_prins_van_Oranje,_in_de_slag_bij_Nieuwpoort_(1600)
En que se cuenta la pérdida del señorAdelantado de Castilla en La Mahometa, donde yo estuve una jornada para Berbería
Ordenose en las galeras de Sicilia y Malta, cuatro de Malta y seis de Sicilia, a cargo del Adelantado de Castilla, que era general de aquella escuadra y le costó la vida en esta forma. Partimos para Berbería diez galeras, como tengo dicho, y a las de Sicilia mandó el Adelantado que dejásemos las cajas de los coseletes en Mesina por ir más ligeras. Llegamos a una isla que está ocho millas de tierra firme de Berbería; llámase el Cínbano, donde se hizo Consejo de Guerra y salió resuelto echásemos gente en tierra en una ciudad que se llama La Mahometa, que los años atrás habíamos tomado con las galeras de Malta. Llegamos a dos leguas de la ciudad, víspera de Nuestra Señora de Agosto, 1605, al amanecer.
Echamos la gente en tierra para ir marchando por unos arenales que hay hasta la ciudad, donde llegamos el sol salido más de un hora, a buena vista. Fui uno de los alféreces reformados que llevaba las escalas a cuestas, que eran siete. Hízose un escuadrón de quinientos hombres, todos españoles, con chuzos y arcabuceros, pero sin coseletes. Arrimamos las escalas con el valor que semejante gente tiene, españoles y caballeros de Malta, y por las escalas subimos, cayendo unos y subiendo otros; en suma, se ganó la muralla y degollamos la guarnición de los revellines, en que se hicieron fuertes algunos de los genízaros que estaban allí de presidio.
Abriose la puerta, por donde entró toda la gente, excepto la del escuadrón que estaba fuera, que debió de ser otros setecientos hombres, y prometo que no cabíamos en las calles, que son tan angostas como caña y media, que son tres varas. Cogiéronse algunos moros y moras, aunque pocos, por haberse escondido en los silos que tiene cada casa. Había en la tierra algún trigo que quiso embarcar el Adelantado y aun lo mandó. Fuera había unas huertas con sus norias, donde había algunos moros y algunos caballos, que no llegaban a quince y los de a pie a ciento, los cuales estaban a raya con el escuadroncillo. Las escalas no se habían quitado de la muralla, que fue la total ruina. Y al cabo de un rato se tocó la trompeta a recoger, sin saber quién se lo hubiese mandado. Con lo cual comenzó cada uno a cargar con los malos trapos que había buscado y se iban a embarcar a las galeras, que habían venido a la tierra muy cerca, a tiro de cañón. La gente se comenzó a embarcar sin más orden. Cuando se lo dijeron al Adelantado, dijo quién lo había mandado; no se halló quién. Y sin poderlos detener pasaron adelante con su viaje, tanto que el escuadrón hizo lo mismo; viendo que todos se iban a embarcar se deshizo sin saber quién lo mandase y corriendo a la marina sin haber alma que fuese tras ellos, con que vinimos a hallarnos a la lengua del agua casi todos los mil doscientos hombres.
Con que los moros que estaban en las huertas subieron por las escalas nuestras, que estaban en uno de los cuatro lienzos que tenía la tierra, sin ver la puerta (que estaba en otro) ya abierta. Comenzaron a salir de los silos los moros escondidos y de la muralla nos acribillaban con la artillería, que aun no fuimos para desencabalgarla o clavarla. Pero si tenía Dios dispuesto lo que nos sucedió, ¿cómo habíamos de tener juicio, pues nos lo quitó a todos este día?
En este punto se levantó tan gran borrasca que se pensaron perder las galeras, y era contraria, que venía de la mar. La gente de a caballo que estaba en las huertas con algunos de a pie, rompió con los que estábamos a la marina, e hicieron tan gran matanza que es increíble, sin haber hombre de nosotros que hiciese resistencia, siendo los nuestros casi toda la gente dicha, y ellos no llegaban a ciento y sin bocas de fuego, sólo con lanzas y alfanges y porras de madera cortas. ¡Miren si fue milagro conocido y castigo que nos tenía guardado Dios por su justo juicio! Toda esta gente que estábamos en la marina, unos se echaron al agua y otros a la tierra, de ellos mismos huyendo, tanto que vi un esquife encallado en el seco con más de treinta personas dentro, que les parecía estaban seguros por estar dentro el esquife, sin mirar que estaban encallados y que era imposible el desencallarse con tanta gente, y aun sin nadie dentro. Ahogose mucha gente, que no sabían nadar, y yo me había metido en el agua vestido como estaba, adonde me daba poco más de la cintura y tenía encima una jacerina que me había prestado el cómitre de mi galera, que valía cincuenta escudos, con que se armaba en Sicilia cuando iba a reñir.
Pesaba más de veinte libras y pude desnudarme y quitármela e irme a nado a galera, que hacía fortuna porque nado como un pescado, pero estaba tan fuera de mí que no me acordaba y estaba embelesado mirando cómo seis morillos estaban degollando los que estaban en el esquife sin que ninguno se defendiese, y después que lo hubieron hecho, los echaron a la mar y se metieron en el esquife, desencallándole, con que fueron matando a todos los que estaban en el agua e iban nadando, sin querer tomar ninguno a vida. La tierra no dejaba de tirar artillería y escopetazos con que hacían gran daño. De las galeras habían señalado marineros en los esquifes para recoger la gente que pudiesen y no osaban llegar porque, como la borrasca era de fuera, temían no encallar en el bajo y perderse en uno de éstos. Venía por cabo el dueño de la jacerina y conociome en una montera morada que tenía con unas trencillas de oro y en la ropilla que era morada y, dándome voces que me arrojase, que ellos me recogerían afuera, lo hice sin quitarme nada de encima. ¡Disparate grande! Nadé como veinte pasos y me ahogaba con el peso y la gran borrasca que había; el cómitre, por no perder su jacerina, embistió conmigo y cogiome de un brazo y metiome dentro con harta agua que había bebido. Y otro pobre soldado que, medio ahogado, agarró del esquife y lo remolcaba a tierra con la mar, hasta que le cortaron la mano porque le soltase, con que se ahogó, que me hizo harta lástima, pero todo fue menester para salvar el esquife. Llevome a galera, donde, los pies arriba y la cabeza abajo, vomité el agua bebida.
Muerte del Adelantado de Castilla en La Mahometa
1605 El Adelantado, viendo esta desdicha, fuese a embarcar a su faluga que tenía. Y un capitán de infantería, camarada suya, dentro de guarda, como vio la gran desorden y la borrasca se fue a galera. Dicen que le llamaba a voces el Adelantado por su nombre, apellidándole camarada, que el nombre no digo por su infamia que hizo, y sin volver a tierra se fue y dejó al buen señor donde se ahogó queriendo nadar, y el esquife de la capitana lo embarcó, que lo conoció; pero cuando lo hizo ya estaba ahogado. Trajéronlo a la capitana. Yo le vi tendido encima de una mala alfombra en la popa de la capitana de Sicilia, con el vestido como estaba en tierra, sin herida ninguna, sólo la cara denegrida y acardenalada, que consideré qué cosa sea el ser gran señor o pobre soldado, que aun el ser general no le bastó para salvarse en aquella ocasión donde se salvaron otros, aunque pocos; que de toda la infantería del tercio de Sicilia que venía embarcada no quedaron más de setenta y dos, siendo más de ochocientos los que veníamos embarcados.
De las cuatro galeras de Malta pereció a este respecto también, que no supe el número. Vi al Adelantado, como he dicho, porque en mi galera no había oficial de la compañía ni soldados más de seis conmigo y díjome el capitán de la galera que fuese a las demás, a ver si topaba algún soldado de los nuestros que se hubiese salvado en alguna de las otras galeras. Tomé el esquife, que había querido Dios aplacar su ira con tantas muertes y con la del Adelantado, porque estaba la mar como una leche blanca, no habiendo habido de tiempo en ganar la tierra y perderla y la borrasca tres horas cabales. Llegué a la capitana y no hallé soldado ninguno más que el alférez, que todos saltaron en tierra sin banderas. Y entonces vi al Adelantado, como he dicho. Volvime a mi galera, que iba zarpando, y es de considerar que en este poco tiempo estaba también la marina como si no hubiera habido allí aquella gran matanza. No quisieron tomar vivo ningún cristiano, que todos los mataron, si no fueron algunos que se escondieron en unas tinajas grandes como en las que echan vino en España, que se hacen allí, y había muchas arrimadas a una puerta falsa de la tierra; pero no fueron treinta éstos.
Al Maestre de Campo nuestro, que era un caballero del Hábito de Calatrava, que llamaban don Andrés de Silva, le cogieron vivo y, sobre quien le había de llevar, le cortaron por medio, vivo, para dar a cada uno la mitad, que fue lástima cuando lo oímos decir. A los muertos cortaron las cabezas y quemaron los cuerpos y a los que cogieron vivos les pusieron a cada uno una sarta de cabezas y una media pica en la mano con otra cabeza hincada en la punta, y de esta manera entraron en Túnez triunfando. Este fin tuvo aquella desdichada jornada.
Partimos para Sicilia y en el camino se apartaron las galeras de Malta para Malta, que estaban cerca. Nosotros llegamos a Palermo con los fanales de las galeras cubiertos de luto y las tiendas hechas, con ser por agosto, bogando sin concierto, que ponía dolor a quien lo veía, y más viniendo tantas barcas a preguntar, quién por su marido, y por hijo, y por camarada y amigos, y era fuerza responder «Son muertos»; porque era verdad que los alaridos de las mujeres hacían llorar los remos de las galeras.
Sacaron de noche el cuerpo del Adelantado y llevaron a una iglesia con muchas hachas, que no me acuerdo cómo se llamaba la iglesia, y dejaron depositado hasta llevarlo a España. Al capitán que le llevó la faluga al Adelantado hicieron proceso, y un hermano suyo, que estaba en Palermo en puesto grande, viendo que le habían de dar muerte infame por lo escrito, le dio una noche veneno y amaneció muerto, hinchado como una bota. Ya he dicho que no digo su nombre, porque era muy conocido.
Casamiento
Rehízose mi compañía y enviáronme alojar a Monreal, legua y media de Palermo, y estábalo yo en casa de un hornero o panadero que tenía una jaquilla de portante y gorda. Prestábamela todos los días e iba a Palermo y volvíame a Monreal. Estaba yo entonces buen mocetón y galán que daba envidia. En la calle por donde entraba de
Monreal vivía una señora española, natural de Madrid, viuda de un oidor con quien vino casada. Era hermosa y no pobre, y siempre que pasaba por allí la veía en la ventana, que me parecía estaba con cuidado. Supe quién era y envié un recado: que yo era de Madrid, que si a su merced la podía servir en algo, que me lo mandase, que más obligación tenía yo, por ser de su tierra, que no otros. Agradeciómelo y dio licencia que la visitase; hícelo con mucho cumplimiento y regalábala con frutas de Monreal,  que son las mejores del reino.
De lance en lance tratamos de amor y de matrimonio, aunque diferente estado el haberle tenido con un letrado y oidor, con fausto, o con un soldado que no tenía más que cuatro galillas y doce escudos de paga, aunque era alférez reformado. Venimos a tratar de veras el casamiento entre los dos y dije: «Señora, yo no podré sustentar coche ni tantos criados como tiene vuesa merced, aunque merece mucho más». Dijo que no importaba, que se contentaría con una silla y dos criadas y dos criados. Con lo cual pedimos licencia al arzobispo para casamos en una ermita y nos la dio, que esto se hizo con secreto, de que le pesó al duque de Feria cuando lo supo, porque la tenía por encomendada del duque de Arcos.
Estuvimos casados con mucho gusto más de año y medio, queriéndonos el uno al otro. Y cierto que era tanto el respeto que la tenía que, a veces, fuera de casa, no me quería cubrir la cabeza delante de ella; tanto la estimaba, en suma. Yo tenía un amigo que le hubiera fiado el alma;entraba en mi casa como yo mismo y fue tan ruin que, no mirando a la gran amistad que había entre los dos, comenzó a poner los ojos en mi mujer, que yo tanto amaba y, aunque yo veía algunas cosas de más cuidado en el hombre de lo ordinario, no pensé en tal cosa, hasta que un pajecillo que tenía me dijo: «Señor, ¿en España los parientes besan a las mujeres de los otros parientes?» Dije: «¿Por qué lo dices?» Respondió: «Porque Fulano besa a la señora y le mostró las ligas». Dije yo: «En España se usa, que si no, no lo hiciera Fulano (que no quiero nombrarle por su nombre a ella ni a él), pero no lo digas a nadie más: si ves que lo hace otra vez, dímelo para que yo se lo diga». El chiquillo me lo dijo otra vez y, en suma, yo, que no dormía, procuré andar al descuido con cuidado, hasta que su fortuna los trajo a que los cogí juntos una mañana y se murieron. Téngalos Dios en el cielo si en aquel trance se arrepintieron. Las circunstancias son muchas y esto lo escribo de mala gana. Sólo diré que de cuanta hacienda había no tomé un dinero más de mis papeles de mis servicios, y la hacienda gozó un hijo del primer marido.

CONTINUARA…

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